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sábado, septiembre 01, 2012

China quiere la Luna

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China. Autor de China en 88 preguntas. (El País, 28/08/2012).
El Cielo y la Luna, como el Sol, siempre han conformado ricos imaginarios de culto y admiración en todas las civilizaciones. Su influencia en aspectos esenciales de la existencia como el devenir agrario o la resignada aceptación del poder en plaza han marcado la evolución de una relación que, ciertamente, se ha transmutado con el paso del tiempo, pero sin perder por ello el enorme hechizo que emana de un desafiante enigma cuya perduración llega hasta nuestros días. En la China de las dinastías, la fusión de ambos elementos tomó cuerpo, por ejemplo, en las ceremonias del Emperador, considerado el Hijo del Cielo, para implorar buenas cosechas, ofrendas que tenían en el Templo del Cielo una expresión inequívoca y sublime del esplendor y atractivo de la divinidad. También es parte inseparable de su filosofía de la naturaleza y de los conceptos de espíritu y forma, equilibrio y armonía.
Y en el Cielo, es la Luna quien más ilusiones siempre despertó entre los antepasados. El gran poeta Li Bai, en la dinastía Tang, escribió: “Cuando era pequeño, no conocía la Luna y la llamé plato blanco de jade. Suponía que era el espejo de la diosa, colgado en el cielo”. A ojos de los chinos, en la Luna hay un palacio que se llama Guanghan (“frío profundo”), donde vive la diosa Chang’e. A ella alude el propio Mao en su poema Los inmortales, en el que describe el viaje al país de las divinidades de dos seres queridos que había perdido: su esposa Yang Kaihui y su amigo Liu Zhixun. La diosa sólo está acompañada del conejo, un animal mítico de jade, que en su tiempo libre suele elaborar medicinas. Como no podía ser de otra forma, la primera sonda lunar diseñada por China se bautizó con el nombre de Chang’e y fue enviada al espacio en 2007 iniciando así una nueva marcha cósmica que no deja de sorprender por su veloz travesía. Desde entonces, la tradición, las leyendas seculares y el programa espacial chino han quedado indisolublemente unidos.
El envío de aquella sonda lunar fue en realidad el tercer hito de la moderna tecnología espacial china tras los proyectos de satélite (1970) y de nave espacial tripulada (2003). El sentido general de dicho programa remite a un afán que tiene mucho más de reto tecnológico que poético, claro está, y es fiel reflejo del aumento del poder general de China, también conocida como la Gran Tierra por su enorme dimensión continental, y, en paralelo, nos muestra una importante faceta de la modernización de la defensa nacional. Hoy, China tiene en proceso de construcción su propia estación espacial Tiangong, configurada a partir de un primer laboratorio ya en avanzado estado de gestación, con el objeto de ultimarla en 2020 y tiene planes de enviar en el presente lustro un vehículo no tripulado a la superficie de la Luna, primer paso para que, más adelante, sus taikonautas arriben al satélite, probablemente en torno a 2020 o 2025.
Tras el envío del primer astronauta al espacio, cabe señalar que los éxitos han acompañado su estela con hitos como el primer paseo extra vehicular (2008), el acoplamiento de dos vehículos en órbita el año pasado o el primer acoplamiento espacial tripulado con la participación de una mujer por primera vez el último junio. Cierto que todo se halla aún en fase preliminar, pero avanza a gran velocidad. La mezcla de voluntarismo, generosos recursos y eficacia está produciendo resultados realmente impresionantes. En solo tres décadas, China ha puesto en órbita un centenar de satélites y, con cuatro bases de lanzamiento, su tecnología se encuentra entre las más seguras del mercado. Con un presupuesto similar al de Francia o de Japón en este dominio y equivalente a la décima parte del gestionado por la NASA ha logrado llevar a cabo casi 70 lanzamientos con solo dos fracasos conocidos. La fuerza de la impronta china ha obligado a la agencia estadounidense a replantearse el regreso a la Luna, lo que podría verificarse a finales de la presente década. La carrera espacial, fiel exponente del pulso estelar entre las dos superpotencias de la guerra fría, podría volver por sus fueros, aunque ambas partes reniegan de ello por activa y por pasiva.
La desconfianza exterior respecto al proyecto espacial chino nos remite a la importancia del factor militar en el programa y al temor de que Beijing pueda alcanzar en este campo algún tipo de supremacía militar respecto a EE UU. Con tres Libros Blancos ya publicados sobre la actividad espacial, lo cierto es que poco trasciende más allá de los contornos generales del fomento de una industria espacial basada en el desarrollo de las capacidades propias y en la innovación nacional. Lo limitado de su colaboración internacional, aunque cabe destacar la cooperación de especialistas rusos, arroja también poderosas sombras que se nutren de las contradicciones presentes en un discurso que parece disimular otras intenciones reales, disparando la especulación.
La puesta en órbita de satélites de comunicación le aporta una rentabilidad económica nada desdeñable, señalando otro espacio para la competencia. De hecho, representa un excelente negocio para China en el que va ganando cuota de mercado frente a otros competidores.
Por otra parte, cuenta ya con una cartografía completa de la Luna, incluso en versión 3D desde 2009, y otra de gran precisión desde este año, recursos de gran utilidad para impulsar ese ensayo no tripulado que podría coronar la emergencia china ante un mundo ensimismado con sus crisis. Las dificultades, no solo económicas, del programa europeo Galileo contrastan con los avances de su par chino, el Beidou, alternativo al GPS estadounidense.
De la Tierra al Cielo y la Luna, el éxito de las misiones de exploración y la ambición del proyecto chino contribuyen a aumentar el patriotismo y consagran al Partido Comunista no solo como el gran activador del progreso científico sino como realizador de las más alejadas utopías y el único capaz por esta vía de dotar a China de todos los atributos de una gran potencia espacial, lo que refuerza definitivamente su nuevo status internacional. No es fruto de la casualidad que cada misión se programe en fechas adaptadas al calendario político. Los éxitos logrados sirven para mostrar el nivel de excelencia alcanzado y reforzar la imagen de potencia, pero igualmente para reafirmar el liderazgo político-partidario que, como antaño, encuentra en el Cielo y la Luna una fuente añadida de legitimidad.
No siempre China ha contado con los recursos necesarios. Pero tampoco con la voluntad. De hecho, el propio Deng Xiaoping, inspirador principal con su apertura del mayor cambio histórico registrado en el país, declaraba a comienzos de los años ochenta que “China no necesita ir a la Luna para modernizarse”. El gran salto se produciría en la década siguiente, asociado a la recuperación del prestigio, del patriotismo y de los objetivos económicos (especialmente en materia energética) y defensivos. La Luna podría aportarle sustancias como el hélium-3 o recursos minerales como el titanio u otros necesarios para seguir afianzando su desarrollo.
Sea como fuere, parece lógico que China figure entre los países que conforman la historia de las grandes exploraciones, de las que se había apeado por voluntad propia en el siglo XV, cuando las expediciones marítimas del almirante Zhang He, gran precursor de Colón, Vasco da Gama o Magallanes, dieron paso a un tiempo de aislamiento, el conocido como Gran Repliegue, que condicionó el signo de los siglos siguientes, de declive propio y dominio occidental. Esa motivación constituye actualmente un poderoso aliciente ya que la expansión en el cosmos la rehabilita en el seno de las civilizaciones más avanzadas entre las cuales se caracterizó históricamente por no desarrollar una política de colonización. ¿La desarrollará en la Luna?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, marzo 28, 2011

Alien Life, Coming Slowly Into View

By Ray Jayawardhana, a professor of astronomy and astrophysics at the University of Toronto and the author of Strange New Worlds: The Search for Alien Planets and Life Beyond Our Solar System (THE NEW YORK TIMES, 27/03/11):

I remember the first time the concept of another world entered my mind. It was during a walk with my father in our garden in Sri Lanka. He pointed to the Moon and told me that people had walked on it. I was astonished: Suddenly that bright light became a place that one could visit.

Schoolchildren may feel a similar sense of wonder when they see pictures of a Martian landscape or Saturn’s rings. And soon their views of alien worlds may not be confined to the planets in our own solar system.

After millenniums of musings and a century of failed attempts, astronomers first detected an exoplanet, a planet orbiting a normal star other than the Sun, in 1995. Now they are finding hundreds of such worlds each year. Last month, NASA announced that 1,235 new possible planets had been observed by Kepler, a telescope on a space satellite. Six of the planets that Kepler found circle one star, and the orbits of five of them would fit within that of Mercury, the closest planet to our Sun.

By timing the passages of these five planets across their sun’s visage — which provides confirmation of their planetary nature — we can witness their graceful dance with one another, choreographed by gravity. These discoveries remind us that nature is often richer and more wondrous than our imagination. The diversity of alien worlds has surprised us and challenged our preconceptions many times over.

It is quite a change from merely 20 years ago, when we knew for sure of just one planetary system: ours. The pace of discovery, supported by new instruments and missions and innovative strategies by planet seekers, has been astounding.

What’s more, from measurements of their masses and sizes, we can infer what some of these worlds are made of: gases, ice or rocks. Astronomers have been able to take the temperature of planets around other stars, first with telescopes in space but more recently with ground-based instruments, as my collaborators and I have done.

Two and a half years ago, we even managed to capture the first direct pictures of alien worlds. There is something about a photo of an alien planet — even if it only appears as a faint dot next to a bright, overexposed star — that makes it “real.” Given that stars shine like floodlights next to the planetary embers huddled around them, success required painstaking efforts and clever innovations. One essential tool is adaptive optics technology, which, in effect, takes the twinkle out of the stars, thus providing sharper images from telescopes on the ground than would otherwise be possible.

At the crux of this grand pursuit is one basic question: Is our warm, wet, rocky world, teeming with life, the exception or the norm? It is an important question for every one of us, not just for scientists. It seems absurd, if not arrogant, to think that ours is the only life-bearing world in the galaxy, given hundreds of billions of other suns, the apparent ubiquity of planets, and the cosmic abundance of life’s ingredients. It may be that life is fairly common, but that “intelligent” life is rare.

Of course, the vast majority of the extra-solar worlds discovered to date are quite unlike our own: many are gas giants, and some are boiling hot while others endure everlasting chills. Just a handful are close in size to our planet, and only a few of those may be rocky like the Earth, rather than gaseous like Jupiter or icy like Neptune.

But within the next few years, astronomers expect to find dozens of alien earths that are roughly the size of our planet. Some of them will likely be in the so-called habitable zone, where the temperatures are just right for liquid water. The discovery of “Earth twins,” with conditions similar to what we find here, will inevitably bring questions about alien life to the forefront.

Detecting signs of life elsewhere will not be easy, but it may well occur in my lifetime, if not during the next decade. Given the daunting distances between the stars, the real-life version will almost certainly be a lot less sensational than the movies depicting alien invasions or crash-landing spaceships.

The evidence may be circumstantial at first — say, spectral bar codes of interesting molecules like oxygen, ozone, methane and water — and leave room for alternative interpretations. It may take years of additional data-gathering, and perhaps the construction of new telescopes, to satisfy our doubts. Besides, we won’t know whether such “biosignatures” are an indication of slime or civilization. Most people will likely move on to other, more immediate concerns of life here on Earth while scientists get down to work.

If, on the other hand, an alien radio signal were to be detected, that would constitute a more clear-cut and exciting moment. Even if the contents of the message remained elusive for decades, we would know that there was someone “intelligent” at the other end. The search for extraterrestrial intelligence with radio telescopes has come of age recently, 50 years after the first feeble attempt. The construction of the Allen Telescope Array on an arid plateau in northern California greatly expands the number of star systems from which astronomers could detect signals.

However it arrives, the first definitive evidence of life elsewhere will mark a turning point in our intellectual history, perhaps only rivaled by Copernicus’s heliocentric theory or Darwin’s theory of evolution. If life can spring up on two planets independently, why not on a thousand or even a billion others? The ramifications of finding out for sure that ours isn’t the only inhabited world are likely to be felt, over time, in many areas of human thought and endeavor — from biology and philosophy to religion and art.

Some people worry that discovering life elsewhere, especially if it turns out to be in possession of incredible technology, will make us feel small and insignificant. They seem concerned that it will constitute a horrific blow to our collective ego.

I happen to be an optimist. It may take decades after the initial indications of alien life for scientists to gather enough evidence to be certain or to decipher a signal of artificial origin. The full ramifications of the discovery may not be felt for generations, giving us plenty of time to get used to the presence of our galactic neighbors. Besides, knowing that we are not alone just might be the kick in the pants we need to grow up as a species.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona