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martes, junio 07, 2011

El imperativo científico de Europa

Por Helga Nowotny, presidente del Consejo de Investigación Europeo y Profesora Emérita de Estudios Sociales de la Ciencia, ETH Zurich (Instituto Suizo Federal de Tecnología). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 07/06/11):

El 29 de junio, la Comisión Europea presentará su propuesta de presupuesto para el próximo período multianual, que comienza en 2014. En él se incluirán elementos como la política agrícola común, fondos estructurales regionales, e investigación e innovación. Pero, ¿cómo prevé la Unión Europea que el uso de estas inversiones dé forma a su futuro?

El Parlamento Europeo y del Consejo de los Estados miembros de Europa aún deben tener la palabra, según lo previsto en el procedimiento presupuestario. Sin embargo, varias tendencias son discernibles en el intenso debate que ya ha comenzado, tanto en la Comisión Europea como entre las diversas partes interesadas.

Por un lado, se desechará el término “programa marco”. Incluso su nombre está por definirse: la Comisión Europea acaba de lanzar un concurso público para llegar a uno nuevo. El objetivo es captar el importante cambio de política subyacente de una cartera altamente heterogénea de programas – destinado a apoyar diferentes objetivos de varias maneras y grados diferentes – a un conjunto de medidas legislativas y presupuestarias diseñadas para servir como un marco estratégico común.

¿Pero un marco construido para lograr qué? El fortalecimiento de la posición de Europa en un ambiente de mayor competitividad a nivel mundial sigue siendo la prioridad. El espectacular aumento de la participación de China en las publicaciones científicas en todo el mundo, destacado recientemente en un informe de la Royal Society de Londres, es un buen indicador de lo que queda por delante. El objetivo ya no es convertirse en “la economía del conocimiento más competitiva del mundo”, como se anunciada en 2000. Más bien, ha cambiado de una manera más urgente, compleja, e intrínsecamente imprevisible, como se señala en la visión de la estrategia de la UE para 2020 de una “Unión de la Innovación”.

Bajo este amplio paraguas, la política de investigación, desarrollo e innovación (I + D + I) debe identificar las respuestas correctas en dos frentes: el “qué ” y el “cómo.” En la actualidad, se puede distinguir una estrategia de tres ángulos para el “qué”: el conocimiento para el crecimiento (la recuperación económica y la prosperidad), el conocimiento para la sociedad (la lucha contra los grandes desafíos por delante, desde el cambio climático y la seguridad energética a un envejecimiento saludable), y el conocimiento para la ciencia (nutrir la base científica y tecnológica de Europa, que sigue siendo indispensable para la innovación).

Bajo la bandera de la “simplificación”, el “cómo” apunta a la contratación externa de la mayor parte de la implementación a organismos que han de estar dotados, es de esperar, de una mayor flexibilidad para cumplir sus misiones específicas. Esto requiere una interfaz de trabajo ágil y mucho más eficiente entre los organismos y la Comisión Europea, que mantiene el control total sobre ellos, así como una profunda revisión de la regulación financiera para toda la operación y su tantas veces criticada burocracia.

Quedan por delante algunas opciones políticas difíciles: ¿Qué partes del programa marco han de tener continuidad y cuáles deben terminar? ¿Cómo puede la innovación, que no es nunca sólo tecnológica sino también social, alcanzarse y utilizarse en su totalidad? Y, quizás lo más importante, ¿cuáles son las soluciones de compromiso óptimas para lograr que los Estados miembros de la UE y las instituciones europeas cooperen manera más eficiente para un futuro europeo común?

En medio de toda esta turbulencia, el Consejo Europeo de Investigación (CEI), creado en 2007 para financiar la investigación de vanguardia, destaca como una historia de éxito indiscutible. Basado únicamente en el principio de la excelencia científica, ha puesto en marcha un sistema de evaluación que goza de gran credibilidad en la comunidad científica. Apoya a investigadores individuales independientemente de su nacionalidad o edad, en un enfoque único “de abajo hacia arriba”, siempre que trabajen en Europa. El CEI pone su confianza en los investigadores que a los que financia para saber dónde está la “frontera” de la ciencia.

Casi 1.800 de los mejores investigadores de Europa han recibido subvenciones el CEI hasta ahora, y la mitad de ellos representan la futura generación. El presupuesto del CEI llega a no más del 0,5% del gasto total europeo en I + D, o el 15% del presupuesto actual del Programa Marco. Universidades europeas, reconociendo la mayor reputación que logran gracias a las subvenciones del CEI, han comenzado a competir por ellas, dando lugar a una mayor conciencia de la necesidad de estimular y fomentar a los investigadores jóvenes con talento que tengan en su seno. El CEI incluye las ciencias sociales y las humanidades, reconociendo así su contribución a la evolución de las sociedades.

Mark Twain dijo una vez: “Pocas cosas son más difíciles de soportar que la molestia de un buen ejemplo”. El CEI no quiere molestar, sino marcar una diferencia para la investigación europea en un contexto global y competitivo. Quiere aprovechar su éxito para contribuir a la creación de una cultura de investigación potente y verdaderamente europea. Reforzará sus esfuerzos por “volverse global” mediante la atracción de más talentos científicos hacia Europa, sean los investigadores de origen europeo o no.

El resultado final dependerá de la sabiduría estratégica, la influencia política, y el valor de las autoridades europeas respecto a I + D + I. La innovación, en el sentido de hacer cosas con lo que la investigación ha descubierto, es parte de un futuro europeo. Averiguar cómo funcionan las cosas es la razón de ser de la investigación de vanguardia.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, marzo 18, 2011

Ciencia contra la resignación

Por Pere Puigdomènech, profesor de Investigación del CSIC (EL PAÍS, 11/03/11):

Se cuenta que un partido pacifista se presentó a las elecciones danesas con una propuesta radical para reducir el déficit presupuestario. Propuso que se redujera el gasto militar a unos 1.000 euros. Calculaban que este era el coste de un sistema de grabaciones colocado en la frontera del Reino y que a la llegada de un ejército enemigo lo acogiera con un: nos rendimos. La crisis económica ha llegado a las fronteras de nuestra sociedad como si se tratara de un ejército enemigo. Vecinos nuestros se preparan para construir sociedades basadas en la educación y el conocimiento. En nuestro caso más bien parece que la respuesta sea un interfono que responde: “Nos rendimos. Que inventen ellos”.

De los datos más preocupantes que aparecen en estos últimos tiempos de crisis destaca desde luego el del paro. Es un factor que diferencia claramente la situación española del resto de las economías europeas. Se ha dicho que el empleo basado en la construcción atrajo mucha gente con perspectivas de sueldos altos sin necesidad de formación. Un efecto colateral fue que algunos jóvenes creyeron que el camino de la educación era innecesario ya que la vía del estudio y la universidad se veía larga y penosa. Esta actitud parece haberse aceptado con resignación por nuestra sociedad. La consecuencia es que en España el abandono escolar es uno de los mayores de la Unión Europea y nuestras universidades aparecen en lugares bajos en el ranking mundial.

El modelo productivo durante mucho tiempo estuvo basado en actividades de bajo valor añadido que necesitaban muy poca innovación, y ya no hablemos de investigación. La presión para invertir en ciencia en España fue débil durante mucho tiempo y el nivel de inversiones en investigación estaba entre los más bajos de la Unión Europea. Es cierto que las cosas habían cambiado en los últimos tiempos. De forma constante la inversión pública y privada aumentaba y, como consecuencia, nuestro sistema de ciencia y tecnología se iba construyendo, iban apareciendo nuevas empresas de base tecnológica y la cultura de la innovación iba implantándose. A la primera de cambio, esta tendencia se invierte y los recursos humanos y económicos dedicados a la investigación han comenzado a disminuir. Parece aceptarse con resignación que nuestra economía mantendrá un horizonte tecnológico de bajo nivel.

Mirando a nuestro alrededor hay países que tienen distintas reacciones ante la crisis. Por ejemplo Alemania ha incrementado su ya alto presupuesto en investigación en un 7% y la reflexión sobre sus prioridades va a un buen ritmo. Francia decidió llevar a cabo un gran préstamo de 35.000 millones de euros destinados a inversiones de futuro, de estos 11.000 millones van a inversiones en universidades y 6.000 millones a grandes proyectos de investigación. Se trata de invertir decenas de millones de euros en proyectos de investigación, nuevas infraestructuras y centros de excelencia por periodos de cinco a 10 años. Estos recursos se están distribuyendo mediante un proceso de evaluación internacional gestionado por una nueva agencia. En Alemania ya hace años que la gestión de sus recursos la realiza una agencia de investigación independiente y en Europa está bien reconocido que los mejores ejemplos de gestión eficiente son EMBO o el European Research Council, organismos gestionados por científicos independientes.

Hay que decir que no es fácil tener datos concordantes de las reducciones presupuestarias de estos dos últimos años pero todo parece indicar que los recursos públicos dedicados a ciencia por el Gobierno de España han vuelto a los niveles que tenían entre 2004 y 2007 lo que va a hacer muy difícil mantener el incipiente sistema de ciencia que se estaba construyendo. Quizá estas reducciones hubieran podido ser más llevaderas si se hubieran acompañado de formas más eficientes de gestionar los recursos, pero la situación es justamente la contraria. Alguien parece haber descubierto que una manera fácil de reducir gastos consiste en poner obstáculos burocráticos a las peticiones de proyectos o a su ejecución en lugar de buscar un sistema que priorice la calidad de los proyectos. La realidad es que en los últimos tiempos la presión administrativa sobre los grupos de investigación ha aumentado tanto como han disminuido los fondos.

En estas circunstancias es cuando nuestra falta de una reflexión sobre para qué queremos ciencia en nuestro país, cuánto queremos invertir y cómo vamos a gestionar nuestros fondos aparece más patente. Es posible que hayamos perdido mucho tiempo en los años de bonanza económica que suelen ser los más favorables para hacer reformas. Sin embargo es en estos tiempos difíciles cuando la necesidad de una reflexión en diferentes direcciones aparece con toda su urgencia. En primer lugar parece obvio que deberíamos saber cuál es la investigación que nuestra industria, nuestro sistema de educación, nuestro sistema sanitario y nuestra cultura necesitan. Hay que dejar un margen para la ciencia creativa, pero debemos definir unas prioridades que luego se apliquen en el reparto de fondos y se defiendan en las instancias internacionales, y en primer lugar en Europa donde la definición de los próximos programas de investigación está en marcha.

En segundo lugar es obvio que la ciencia la llevan a cabo personas en lugares determinados. Se trata de personas que trabajan exclusivamente en ciencia o que comparten su oficio con la docencia o la asistencia clínica. Definir vías flexibles y atractivas de contratación y promoción es la única manera de tener investigadores con el nivel suficiente para que el retorno de la investigación sea adecuado.

Cuando en este momento la Administración tiende a reducirse es cuando mejor se aprecia el error de haber llenado universidades y centros de investigación de funcionarios. El acceso de las nuevas generaciones encuentra un obstáculo imposible de superar. Cuanto antes se actúe menor será la magnitud del problema.

En tercer lugar la gestión de la ciencia tanto en la distribución de los fondos como en su ejecución es un tema central en la política de la ciencia. La experiencia ha demostrado que la Administración pública no es el lugar adecuado para llevar a cabo una gestión eficiente de la ciencia. Algún tipo de agencia independiente para la gestión de proyectos y sistemas flexibles para la administración de los centros son vías que ya han sido ensayadas en España y en otros países. Mantener sistemas que han sido superados por el tiempo es aceptar con resignación la ineficiencia del uso de nuestros recursos. Finalmente, disminuir unos fondos que ya eran reducidos impide mantener el nivel, todavía modesto, al que había llegado con mucho esfuerzo nuestra ciencia.

Es posible que actuar de forma decidida y con continuidad en política científica necesite un pacto de las fuerzas públicas, es seguro que hay que coordinar políticas de los distintos niveles de la Administración y hasta se podría aceptar que hacer una ley como la que está en el Congreso de los Diputados puede servir para algo. La Unión Europea ha establecido como objetivo para mantener su nivel económico y de bienestar convertirse en una sociedad basada en el conocimiento. Este objetivo es imposible sin unas universidades que sean polos de excelencia que tiren de los jóvenes y sin una ciencia del mayor nivel en la que se basen nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra industria y nuestra cultura. Reducir en este momento la inversión en educación e investigación y no hacer las reformas necesarias es resignarse a no converger hacia el entorno europeo que es el único que tiene sentido para nosotros.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, enero 05, 2009

La Europa de la creatividad

Por Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de El nuevo espacio público (EL PAÍS, 04/01/09):

Hoy se inaugura en Praga el año europeo de la creatividad y la innovación, según la propuesta que realizó el Parlamento Europeo para dedicar el 2009 a esta prioridad que define tanto nuestra historia como los desafíos que el futuro nos plantea. No es posible entender la Europa moderna sin hacerse cargo de la centralidad que en ella ha adquirido la institucionalización de la innovación.

Esta exigencia generalizada de innovar se debe a que un largo proceso de diferenciación y profesionalización ha configurado instituciones que están especializadas en producir sistemáticamente innovaciones. Mientras que la innovación pre-moderna era concebida como desviación, exorcizada como heterodoxia o tolerada como genialidad, las sociedades modernas se constituyen institucionalizando la producción de novedad. Sin este proceso no podrían entenderse realidades que nos son tan constitutivas como la conciencia, el gusto o la libertad política.

La pregunta que todo esto nos plantea es si tiene sentido y en qué medida hacer algo para favorecer e impulsar la creatividad y la innovación. De entrada, hay quien parte del supuesto de que las innovaciones son algo que se puede básicamente planificar.

Si esto fuera así, entonces las innovaciones surgirían allí donde hubiera un plan adecuado para producir la innovación y se aplicara consecuentemente. Todo esto presupone una concepción funcionalista de las instituciones y una idea de la acción humana en general como mera implementación de conceptos y modelos teóricos.

Propiamente hablando, la creatividad y la innovación son algo que no puede exigirse ni producirse de una manera decisionista. Lo que está a nuestro alcance es crear las condiciones necesarias, aunque no suficientes, en las que puede surgir y evitar las rutinas o restrictores que la imposibilitan radicalmente.

En esto, la formulación negativa es la más socorrida, pero también la más razonable teniendo en cuenta el carácter impredecible de lo que se quiere favorecer. Porque la creatividad, que es el presupuesto básico de la innovación, no puede ser forzada, ni tiene sentido determinar previamente que innovación se debe conseguir. Parece mucho más lógico plantearse la cuestión de bajo qué condiciones aumenta la verosimilitud de que se realicen innovaciones y crear esas condiciones.

En sociedades complejas y tratándose de innovación se impone una especial modestia. Las sociedades y su cambio social son sólo limitadamente planificables y gobernables. Ahora bien, a pesar de la indeterminabilidad temporal y en cuanto al contenido de los procesos de innovación, sería completamente equivocado, por falta de actitud anticipativa, abandonar este proceso a la casualidad.

Los procesos de innovación no son sólo procesos económicos, sino que tienen lugar en un amplio contexto de realidades institucionales, estructurales y políticas, que a su vez interactúan en espacios regionales y supranacionales.

Las fuerzas económicas no son suficientes para “institucionalizar” la innovación. Es indudable que los poderes públicos tienen a su disposición una capacidad configuradora que favorece la innovación, en la cultura, en la sociedad civil, en las organizaciones y las instituciones. La cuestión sería entonces qué condiciones estructurales hay que propiciar para para que haya un clima favorable a la innovación.

Entre estos factores que favorecen la innovación están determinados elementos culturales, que en parte puede propiciarse con las políticas públicas y en parte se deben a procesos que se inscriben en el largo plazo. Podría sintetizarse esa cultura en la idea de una sociedad abierta al aprendizaje, capaz de cuestionar sus certezas, evidencias y rutinas, de afrontar el efecto desestabilizador que todo ello supone. Los sistemas y las sociedades que se orientan por el aprendizaje ganan la partida frente a los que solo aprenden con dificultad y prefieren decirle a la realidad cómo debería ser.

La llamada sociedad del conocimiento o del aprendizaje es un tipo de sociedad que no compite tanto por recursos materiales como por las destrezas que tienen que ver con el saber en un sentido muy amplio. La innovación consiste, de entrada, en la capacidad de distanciarse de las propias rutinas, de lo sabido, de los estereotipos y tener la capacidad de no contentarse con lo adquirido.

La innovación que resulta de estar en disposición de aprender es un imperativo general, un valor que afecta tanto a la organización empresarial como al modelo de convivencia que hemos de diseñar, tanto a las formas de expresión en el mundo de la cultura como a las políticas públicas.

Seguramente no tenemos muy claro cómo resolver los problemas planteados por las crisis financieras, los riesgos ecológicos, la sostenibilidad de las prestaciones sociales o el futuro de Europa, pero podemos estar seguros de que nos van a exigir un enorme esfuerzo de imaginación colectiva.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, noviembre 25, 2008

¿La calidad de las humanidades?

Por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación ÉTNOR (EL PAÍS, 24/11/08):

Hay asuntos que parecen gremiales y, sin embargo, tienen consecuencias en el conjunto de la sociedad. Así ocurre con las mediciones de calidad de la investigación, concretamente, en el ámbito de las Humanidades, que merecen un debate amplio.

Medir parece cosa de cantidades y, sin embargo, desde hace algún tiempo la obsesión por la medida se ha trasladado a la calidad. Se mide la calidad de la vida, de las democracias, del quehacer empresarial y de las instituciones educativas en sus distintos niveles. Y en el caso de la Universidad, se aplica el ábaco a los centros, pero también a la actividad de los profesores, sobre todo la investigadora, que es a la que me quiero referir.

Los resultados de tales mediciones son del mayor interés, sobre todo en dos casos: la acreditación para desempeñar tareas docentes, como contratado o como funcionario, y el reconocimiento de sexenios de investigación. La acreditación es el filtro por el que deben pasar los futuros profesores, cosa crucial en la vida de un país; los sexenios suponen un pequeño aumento económico, pero sobre todo un mejor bagaje para la acreditación, el emeritaje y para obtener un cierto reconocimiento, importante en la vida de un profesional.

Claro que los ábacos nunca pueden medir la valía. Miden lo que miden, y con los actuales criterios Ortega o Zubiri no tendrían ningún sexenio ni habrían sido acreditados. Pero cada cual es hijo de su tiempo y desde hace unos años la calidad se mide por la cantidad en los casos que comentamos, por eso sería preciso discutir al menos dos cosas: si tiene que ser así y, si no queda otro remedio, cuáles han de ser los parámetros para ajustarse lo más posible a lo que se pretende evaluar. Una vez decididos los criterios, si eso llega, han de ser muy claros, para que ni los evaluadores topen con dificultades excesivas ni los candidatos se encuentren en una situación de inseguridad evaluativa. Porque una cosa es la aplicación prudencial de unos criterios claros a los casos concretos, otra bien distinta, la lotería, que cuando cuenta demasiado da en arbitrariedad.

El asunto se complica al buscar parámetros para las Humanidades. Y no porque no haya en ese campo trabajos de mayor o menor calidad, o porque no exista posibilidad de evaluación, sino porque, en aras de la simplificación, siempre perversa, se aplica en ellas el mecanismo expeditivo que nació en el mundo de las “ciencias duras”, y no vale para estas otras formas de saber. Una traslación que se repite con frecuencia en planes de estudios o en proyectos de investigación, como si no hubiera más racionalidad que la de las “Naturalidades”, como les llamó Ortega.

Miden las Naturalidades la calidad de su investigación más por los artículos publicados en las llamadas revistas de impacto que por los libros. Quien logre situar en ellas un trabajo parece dar por demostrada su calidad. Nacen con ello los índices de revistas de impacto, en los que debe posicionarse cualquier revista que quiera recibir buenos artículos, porque mal podrá acreditarse o ver un sexenio reconocido quien publique en las revistas peor situadas en el ranking, con lo cual el efecto Mateo se ceba en la investigación. A las revistas más valoradas, los trabajos mejores se les darán, y a las otras, los restantes.

Claro que las cosas no son tan simples, y algo se ha escrito sobre estafas en revistas de élite y sobre la necesidad de entrar en una trama social para publicar en ellas. Pero esas denuncias sí que han tenido poco impacto, porque el mundo de las ciencias duras y de saberes cercanos, como la lógica, han entrado en esa deriva, al parecer sin remisión, y han contagiado a las Humanidades, cuando es éste un ámbito del saber bien distinto.

El historiador o el filósofo que tienen algo importante que decir, amén de escribir artículos, necesitan expresarlo en un libro, o en varios. El progreso en esos saberes requiere la base de una concepción bien explicitada y no un apunte conciso, por eso quien en la edad madura no ha sido capaz de escribir un libro de su cosecha ya ha demostrado suficientemente su esterilidad. Tal vez por esa razón las revistas correspondientes no se han afanado por “situarse bien” en los rankings, sobre todo en los extranjeros, a lo cual se suma la diversidad de valoraciones que reciben las mismas revistas en los distintos índices.

En el extremo opuesto se encuentran los localistas, los que publican sólo en revistas de su universidad, en aquellas de cuyo consejo de redacción son miembros, o en instituciones dispuestas a publicar cualquier cosa. Cuando lo cierto es que un investigador ha de esforzarse por llegar más allá de su localidad y sus amistades y dejarse medir por otros más exigentes. Pero también los evaluadores han de saber que en el campo de las Humanidades los investigadores de calidad escriben, sobre todo, buenos libros.

Ante esta Babel de criterios es urgente un amplio y serio debate sobre cómo evaluar la calidad de la investigación en Humanidades que reduzca al mínimo la inseguridad evaluativa.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, agosto 06, 2008

Desde Santurce a Columbia: la fuga de cerebros

Por Asier Alcaraz, profesor investigador en la Universidad de Missouri-Columbia (EL CORREO DIGITAL, 03/08/08):

Apunta el rector de la Universidad del País Vasco, Juan Ignacio Pérez, que si hay una carencia de especialistas en Euskadi, no será porque haya «fuga de cerebros», dado que en la promoción de 2004 tan sólo un 10% de los titulados trabajan fuera de Euskadi. Sin embargo, el editorial de EL CORREO (’Ajustar vocación y demanda’, 19-7-08) reflexiona y se pregunta lo siguiente: «Sería también un buen ejercicio conocer en profundidad las razones de ese 10% de titulados que decide desempeñar su función fuera de Euskadi. Una cifra cuantitativamente asumible pero, quizá, no cualitativamente».

En este breve artículo trato de recoger el guante. Soy natural de Santurce pero donde trabajo no llega el Bizkaibus: es la Universidad de Missouri-Columbia (EE UU). Soy profesor investigador. Mis áreas de especialización son la lingüística y la lingüística computacional. Me licencié en la Universidad de Deusto en Filología inglesa con matrícula de honor y posteriormente me doctoré en Lingüística en la University of Southern California, Los Ángeles. ¿Por qué sigo y seguiré en EE UU? (Den por hecho que me encantaría volver). La razón es bien sencilla. Las condiciones económicas, el desarrollo profesional (mérito-premio) y la movilidad laboral no se comparan con las de Euskadi o las del Estado español. Quizá no me lleguen a creer.

Diálogos anónimos

¿Qué es ser un cerebro académico? En Euskadi, sin ánimo de polemizar, no lo tengo muy claro. En Estados Unidos, por el contrario, es diáfano. Un profesional valorado en su campo es aquel que convence a otros colegas de la valía de sus investigaciones. Pero no de cualquier manera: más allá de conferencias y congresos, hay que ser capaz de hacerlo de forma anónima en medios especializados -de manera anónima tanto para el autor de la investigación como para los revisores de la misma-. Es un diálogo anónimo entre profesionales del campo. Sólo así se sabe quién es quién. ¿Y qué es estar fugado? Eso es más sencillo. No ejercer la profesión en tu tierra.

Yo soy un fugitivo porque ejerzo mi profesión fuera de Euskadi. ¿Soy un cerebro académico? Malo no debo ser. Estudié en una universidad R1 (Research-1 University, el conjunto de digamos las 60 universidades de EE UU que más dinero federal reciben para investigación) y ejerzo la profesión en una R1 también. ¿Podría trabajar en Euskadi? Vamos a ser optimistas. Digamos que con un poco de paciencia sí, ¿pero en qué condiciones?, ¿y con qué perspectivas de futuro?, ¿me convertiría en mileurista? Se preguntarán cuáles son las condiciones laborales que me atan a EE UU. Se las cuento, de eso se trata. Mis motivaciones no serán muy diferentes de las de otros como yo.

Money-Money-Money!

Sólo en mi primer año en Missouri, la Universidad ha invertido en mí cerca de 75.000 dólares, entre salario, gastos de viaje a seis conferencias, tramitación de la ‘tarjeta verde’ de residente, equipo informático y hasta el vuelo a Euskadi este verano. Tras la evaluación de méritos del primer año, mi salario sube 3.000 dólares. De aprobar las evaluaciones de méritos pertinentes, el cuarto y el séptimo año estaría liberado de enseñar. Mi carga docente es de 6 horas por semana (dos cursos). Me dedicaría a la investigación plenamente con el sueldo íntegro. Mi contrato se renueva anualmente hasta la evaluación de la titularidad de la plaza (el quinto año), siempre y cuando haga progresos puntuales que me vayan acercando al mérito de la titularidad. Si no vales, ¡estás despedido!: ‘the American way’. Como habrán adivinado ya, los méritos son acumulativos y en pocos años la vuelta a Euskadi será poco menos que absurda en el plano económico. En EE UU los méritos se reconocen, y lo alejan a uno de su tierra, lo hacen prófugo.

Endogamia o promiscuidad

Por muy buenas que sean las condiciones en mi Universidad, también lo son en muchas otras universidades, y éstas compiten por los mejores profesionales. Por ejemplo, cuando estaba acabando el doctorado, tuve tres ofertas. En EE UU, que uno empiece su carrera en una universidad, no implica que la acabe allí. Lo normal es cambiar varias veces durante la vida laboral. Comparen este mercado competitivo, casi promiscuo, con el famoso tema de la endogamia en nuestras instituciones. Los casos en que un profesional se doctora en la misma universidad estadounidense en la que va a trabajar son mínimos, constituyen normalmente un retorno tras varios años, y suelen ser personajes de gran valía. Nunca el chico del café y las fotocopias. Esa figura prácticamente no existe. ¿Y por qué no existe?, se preguntarán. ¿Es que los americanos no entienden de electricidad?

Las universidades estadounidenses compiten por fondos de investigación y estudiantes de calado. Necesitan los mejores profesionales. La decisión de contratar a una persona u otra es un proceso que dura cerca de medio año. Es una sucesión de entrevistas y visitas al campus, que desemboca en votaciones de todos los miembros titulares o con opción a titularidad, jefe del departamento y decano de la facultad. Y ese proceso sólo implica la contratación inicial. La titularidad involucra a los estamentos de la universidad a todos los niveles en varios comités. Demasiado largo de contar. El punto es que la contratación y promoción en el mundo académico de EE UU se basa en decisiones plurales y consensuadas. Las contrataciones son tan complejas que es relativamente frecuente que no haya quorum y que la búsqueda se postponga al año siguiente. Muy diferente, convendrán conmigo, del «esta vez mi estudiante y después el tuyo». De hecho, el anuncio de las vacantes tiene la máxima difusión. Suelen existir medios consensuados donde todos los departamentos de una disciplina anuncian sus vacantes, una conferencia o evento donde se hacen casi todas las entrevistas en fechas tradicionales y hasta se trata de regular qué tipo de preguntas proceden o no proceden en una entrevista académica. Y en Euskadi, ¿cómo funcionamos?

Las cuajadas de Eroski

El editorial de EL CORREO se pregunta cuál es el calibre de ese 10%. Yo no lo sé. Lo que sí sé es cómo se infravalora a los que estamos fuera: ‘pobre, no pudo encontrar trabajo aquí’. Como muestra un botón. En mi casa sólo me empezaron a tomar en serio como investigador después de haber librado ya muchas batallas internacionales, cuando dije un verano de 2005 que tenía que bajar a Elorrio para enseñarles un proyecto a la Fundación Eroski: el corpus paralelo basado en la revista ‘Consumer Eroski’, un corpus tetralingüe (castellano, euskara, catalán y gallego) que se usa aquí para muchas cosas (traducción automática basada en estadística, memorias de traducción, referencia para periodistas bilingües, incluso, como me dijo recientemente Iker Merchán, coordinador general de la revista, como referencia de primer orden para traducir la revista a euskara). En mi casa me miraron como se mira a Miguel Indurain. ‘¡Ahí va, Asier, pero si tus cuajadas favoritas de siempre son las de Eroski!’ Pues, fíjense, en todos estos años, ni me había dado cuenta.

jueves, junio 19, 2008

¿Cambio de nombre o de estrategia?

Por Aurelia Modrego Rico, Laboratorio de Análisis y Evaluación del Cambio Técnico. Universidad Carlos III de Madrid (LA VANGUARDIA, 15/06/08):

La creación del nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación ha generado un sentimiento casi generalizado de “ahora es la oportunidad para demostrar que la apuesta por la ciencia y la innovación, y la coordinación de intereses y esfuerzos públicos y privados, contribuyen a propiciar el crecimiento y el bienestar social del país”.

La generación de expectativas es el primer paso para facilitar la consecución de objetivos. Es por ello por lo que las primeras actuaciones del ministerio deberían tener un estilo marcadamente innovador, con estrategias claras, no exentas del riesgo que comporta toda novedad asociada a objetivos ambiciosos, y para el que necesariamente hay que tener previsto un plan de contingencias. Todo ello ha de constituir la nueva marca del ministerio. Hay que pensar en grande, actuar en grande y gestionar en grande. Si no es así, las primeras dificultades que sin duda se van a presentar, lejos de unir fuerzas, van a contribuir a engordar el grupo de los escépticos, del “ya decíamos nosotros…”.

Yendo a lo concreto, el esfuerzo en dotar de mayores recursos a las actividades de investigación, desarrollo tecnológico e innovación (I+ D+ i) es una señal positiva de la importancia que se da al sistema de generación y explotación del conocimiento como factor de desarrollo del país. Ahora bien, este esfuerzo no puede hacer olvidar que las señales de agotamiento que presenta el sistema son incompatibles con un uso eficiente de los recursos. Contar con recursos es una condición necesaria, pero no es suficiente. En este momento es preciso dar prioridad a la introducción de innovaciones en las formas organizativas y en la cultura de las administraciones públicas en general y, en particular, en la del propio ministerio, para garantizar mayores niveles de eficacia y eficiencia.

La introducción de este tipo de innovaciones organizativas no puede convertirse en el objetivo.Son un instrumento para conseguir un sistema dinámico, flexible y con capacidad de dar respuesta a las nuevas situaciones que se presentan permanentemente. Cambiar la cultura del tratamiento equívocamente igualitario y homogeneizador y de control en términos económicos y administrativos a otra, basada en la diversidad y en el dinamismo, en la confianza, en la asunción de responsabilidades, en la valorización (económica y social) de los resultados obtenidos, es una tarea urgente que requiere planteamientos claros y rigurosos y un sistema de gestión de gran complejidad. La creación de la Agencia Nacional de Evaluación, Financiación y Prospectiva de la Investigación Científica, que despertó grandes expectativas y fue apoyada por la Confederación de Sociedades Científicas Españolas, quedó en un intento baldío.

La transformación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en agencia puede ser un banco de pruebas para valorar las ventajas que la ley de Agencias puede aportar al funcionamiento de la actividad investigadora y de innovación.

Sin embargo, la potenciación de la evaluación a todos los niveles, como instrumento de retroalimentación del sistema, más allá del control ex ante y del superado sistema de sexenios - ejemplo de que los mecanismos útiles en su momento pueden generar efectos no deseados veinte años después-, no admite más demoras y reclama una apremiante actuación del nuevo ministerio.

Dos cuestiones más: la formación y el papel de la universidad. La formación a todos los niveles, y en todas disciplinas, tiene que estar orientada a que los niños y los jóvenes aprendan a pensar y a aprender y lo incorporen como un proceso permanente en sus vidas. Este planteamiento en el sistema educativo es crucial para formar y atraer a buenos investigadores, profesionales, empresarios y ciudadanos que conformen una sociedad más justa e innovadora. Conseguir un país atractivo para que las personas de dentro y fuera desarrollen sus capacidades está ligado a salarios competitivos y a un entorno estimulante. Hay que desterrar el mileurismo entre los jóvenes profesionales, pero también entre profesionales y jubilados, algunos de los cuales han hecho grandes contribuciones al desarrollo científico y tecnológico español.

Por lo que respecta a la universidad, es preciso que asuma el compromiso de ser la institución que lidere el cambio de cultura en el ámbito de la formación, de la investigación y de la innovación. La transformación de las universidades en organizaciones inteligentes que generen conocimiento, lo transmitan y lo rentabilicen en beneficio de la sociedad es una tarea pendiente que hay que acometer con decisión, haciendo realidad la cultura de asunción de responsabilidades y de rendición de cuentas de los resultados obtenidos. Porque la cuestión de fondo es conseguir que todos los ciudadanos e instituciones, y especialmente la universidad, se involucren en lograr un país con mayores niveles de progreso económico y social.

lunes, noviembre 26, 2007

La filantropía y el círculo virtuoso

Por Joan J. Guinovart, director del Institut de Recerca Biomèdica, presidente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (LA VANGUARDIA, 04/11/07):

Esto no es América”; “es responsabilidad del Gobierno”, “aquí no tenemos esa cultura”. Ésas son las explicaciones (¿o son excusas?) a la baja cantidad de donaciones para investigación científica que se da en Europa en general y en España en particular. Si bien en la mayoría de los países europeos hay realmente una tradición de mecenazgo artístico y cultural, sólo en el Reino Unido la filantropía se vuelca de forma significativa en el apoyo a la investigación.

Sin lugar a dudas, si Europa quiere mantener a largo plazo su Estado de bienestar y su prosperidad económica y social, tiene que convertirse en un líder en I+ D. Esos son los motores de la economía basada en el conocimiento que determinará el triunfo de los países en el siglo XXI. Desgraciadamente, la situación no es halagüeña y la inversión media de la Unión Europea en I+ D no llega al 2% del PIB, cuando en Estados Unidos es del 2,6% y en Japón supera el 3,2%. Estamos, pues, lejos de poder cumplir los compromisos de las cumbres de Lisboa y Barcelona y alcanzar el 3% en el año 2010. Ello es causa de preocupación y hay que tomar todo tipo de medidas con el fin de paliar este déficit.

En este contexto, el mecenazgo y las donaciones pueden contribuir de forma sustancial a aumentar los fondos destinados a la investigación. Eso ya ocurre de forma muy notoria en Estados Unidos y en otras partes del mundo. La cantidad de donaciones en Estados Unidos es colosal y las destinadas a instituciones de educación e investigación ocupan el segundo lugar, sólo por detrás de la religión. Impacta saber que las tres cuartas partes proceden de personas particulares.

Uno de los mayores problemas es la percepción de que la investigación científica debe ser subvencionada por el Gobierno. Los donantes se preguntan: ¿por qué debo dar a un centro de investigación si ya lo mantiene el Estado? Es cierto que los gobiernos proporcionan los fondos básicos de funcionamiento. Sin embargo, el coste de la investigación puntera es hoy en día tan elevado, que los aportes extras son los que pueden hacer la diferencia entre un centro bueno y otro extraordinario. Los gobiernos deben continuar invirtiendo en investigación, pero el mecenazgo puede desempeñar un papel fundamental en muchos aspectos y contribuir a diversificar las fuentes de financiación. De hecho, hay una relación muy clara entre la posición que ocupan las universidades en el ranking mundial y su capacidad de atraer fondos procedentes de la filantropía. Las que se sitúan en los 20 primeros puestos son, precisamente, aquellas que han sabido montar campañas que atraen miles de millones de dólares. Ésa es la mejor prueba de que el mecenazgo es lo que marca las diferencias.

En primer lugar, las fundaciones pueden tener un papel fundamental, complementando, sin sustituirlo, al dinero público. Pueden actuar de forma más ágil, flexible y libre que las instancias oficiales. Son capaces de responder más deprisa y sin necesidad de alcanzar acuerdos políticos. Gracias a ello pueden contribuir a explorar nuevas áreas, correr más riesgos y comprometerse en reformas que los organismos oficiales rechacen por considerarlas excesivamente atrevidas. Se pueden así convertir en auténticos agentes de los proyectos más audaces, contribuyendo a la necesaria evolución del sistema de I+ D.

Por lo que se refiere a los particulares, es necesario que las instituciones sean capaces de identificar los intereses de los potenciales donantes y ofrecerles vías de canalizarlos de forma que se sientan gratificados, creando con ellos una relación personal y duradera. Para ello, es fundamental disponer de instrumentos que permitan a los ciudadanos entender y valorar los avances científicos y su enorme impacto. Ello es relativamente fácil en el área de la medicina, pero puede lograse igualmente en otros campos del saber. Sólo entonces aumentará el prestigio de la investigación y atraerá la atención de los mecenas.

Hasta muy recientemente las grandes empresas españolas se sentían más inclinadas a patrocinar actividades culturales o sociales que la investigación. Afortunadamente, en los últimos años, estamos viendo como la situación va cambiando y tanto fundaciones como donantes están haciendo generosas aportaciones a proyectos científicos, particularmente biomédicos, iniciando así una tendencia muy positiva. Eso ha ido de la mano de la creación de centros de investigación de excelencia que, por su alto nivel, son percibidos como merecedores de las ayudas. Estamos ahora en condiciones de cerrar el círculo virtuoso: los fondos adicionales procedentes del mecenazgo deben proporcionar los recursos extras necesarios para que esos centros ganen en calidad y visibilidad. Ello les permitirá atraer a mejores científicos, que, a su vez, los van a colocar en la Champions de la investigación. Y si no son seguidores del fútbol, el mismo mensaje lo encontrarán en el Evangelio de Mateo, capítulo 25, versículo 29.

La importancia de los ratones KO

Por Pere Puigdomènech, Laboratorio de Genética Molecular Vegetal CSIC-IRTA (EL PERIÓDICO, 04/11/07):

El último Premio Nobel de Medicina y Fisiología de este año ha sido atribuido a tres investigadores por haber desarrollado y utilizado una tecnología que permite obtener ratones en los que se ha conseguido que un gen concreto de interés no funcione. El premio ha sido atribuido a un investigador inglés y dos americanos. Uno de ellos es Mario Capecchi, un científico que nació en Italia, donde, en tiempos de la segunda guerra mundial, sufrió una difícil infancia antes de emigrar a Estados Unidos, donde estudió y desarrolló su carrera. La técnica logra que un gen que se ha estado estudiando quede interrumpido y, por tanto, no funcione en el ratón manipulado. No es de extrañar, pues, que se diga que el gen ha quedado KO.

El ratón es el animal más utilizado cuando se quiere estudiar cómo funcionan los genes en las especies relacionadas con el hombre. Es un animal cercano a nosotros, pequeño, relativamente fácil de reproducir y mantener en el animalario y del que tenemos un conocimiento genético muy grande. Se conoce desde hace poco todo su genoma, y en general se ha convertido en un modelo esencial para el estudio de enfermedades humanas de base genética. Por eso se desarrolló la tecnología que ahora se premia y que es bastante compleja. Implica preparar células madre del embrión del ratón e introducir fragmentos de ADN preparados de tal forma que se introducen en el genoma y, con una baja probabilidad, se dirigen al gen de interés y lo interrumpen. Tras conseguir esta disrupción del gen en las células, se utilizan estas para reconstruir un embrión del que va a nacer un ratón. Más tarde hay que esperar a que en la descendencia aparezca algún ratón que haya integrado en su genoma este gen interrumpido. La complicación que implica la tecnología justifica el Premio Nobel, pero también las aplicaciones que ha permitido y que los premiados han desarrollado.

Esta metodología es en realidad una variación de la que produce animales modificados genéticamente en cuyo genoma se introduce un gen al azar, de forma que adquieren una nueva propiedad. La imagen de un ratón que había doblado su tamaño al introducirle un gen de hormona del crecimiento dio la vuelta al mundo en 1985. Hoy se siguen utilizando los animales transgénicos, y entre ellos quizá los casos más llamativos sean las ovejas o vacas que producen proteínas de interés médico en su leche o los cerdos que modificados para poder utilizar sus órganos en transplantes.

PERO LOS ratones knock-out (KO) se han convertido en un medio de gran importancia para aquellos que buscan la base genética de las enfermedades en nuestra especie. Por ejemplo, sabemos que hay enfermedades cuya causa es que un gen no funciona. Si el gen se conoce, se puede buscar el gen equivalente en el ratón y conseguir el ratón KO en ese gen. Tenemos, pues, animales que podemos utilizar como modelo para esta enfermedad, lo que permite observar cómo responden a los tratamientos o los fármacos que se diseñen. Existen ya colecciones de ratones en los que se han interrumpido los genes que están relacionados con la mayoría de las enfermedades importantes conocidas.

El uso sistemático de ratones ha tenido varias consecuencias. Los animalarios de ratones se han convertido en una de las instalaciones más importantes en biomedicina. Mantener una línea de ratones no es un problema, pero tener las colecciones de ratones necesarias para trabajos complejos es muy costoso. Se trata, además, de ratones delicados, así que se requieren condiciones particulares de esterilidad. Por todo ello, los hoteles de ratones son el objetivo de los equipos de investigación en toda Europa. Existe un centro europeo en las cercanías de Roma que tiene como fin transmitir este tipo de experiencias a los distintos grupos europeos, e incluso hay empresas que producen ratones KO a demanda. Antes o después tendremos knock-outs de todos los genes del genoma del ratón.

Otra necesidad que tienen los que trabajan con estos ratones es estudiar los efectos de la mutación en el desarrollo o en la fisiología del roedor. Por ello hay especialistas en la anatomía y la patología del ratón. Este año se decidió construir una clínica de ratones en nuestro país, que se instalará en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Todo ello testimonia la importancia del ratón, y en particular de las mutantes KO en la investigación biomédica actual.

PERO, COMO en tantos otros casos, estas tecnologías no se hacen sin discusión. Para los que se preocupan del uso de animales de experimentación, esta tecnología es preocupante. En los laboratorios ya hace tiempo que se ha reconocido la necesidad de limitar al mínimo necesario el uso de animales y de evitar al máximo su sufrimiento. Sin embargo, la aparición de estos nuevos tipos de animales ha hecho que se multiplique su uso. Las actuales colecciones de knock- outs se cuentan por millares, pero su interés biomédico hace muy di- fícil una vuelta atrás en el uso de estos ratones. Es uno de los muchos casos en los que hay que poner en la balanza el posible sufrimiento que se produce en los ratones frente al beneficio científico y médico que se está obteniendo, y que en este caso es indiscutible.