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sábado, agosto 25, 2012

Batman contra 15-M

Por Rafael Rodríguez Prieto, Profesor Titular de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Coautor de ¿Por qué soy de Izquierdas? Por una Izquierda sin complejos (Almuzara) (El país, 23/08/2012).
U occupy, como prefieran. Decía Joan Manuel Serrat que prefería “al sabio por conocer, a los locos conocidos”. Ese fragmento de lucidez y confianza en el ser humano contrasta con la extendida teoría del mal menor. Según este mezquino enfoque de la realidad debemos adaptarnos a lo que se nos impone por parte de poderes a los que no ponemos caras. El refranero cicatero del conformismo social ya lo dice: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Con estos antecedentes no es extraño que alguien se gaste millones de dólares para decirnos lo mismo, pero con efectos especiales. Este artículo no pretende ser una crítica cinematográfica. La referencia a la última entrega de Batman es solamente un ejemplo de la importancia que la propaganda tiene para el orden hegemónico vigente. La reflexión sobre la hegemonía como dirección cultural debería devolver a la actualidad el valioso pensamiento de Antonio Gramsci.
El Caballero Oscuro: La leyenda renace forma parte de un cierto tipo cine político que intenta pasar por mero entretenimiento. Hace unos años escuchaba al guionista de Ken Loach, Paul Laverty, quejarse de que Harrison Ford también hacía cine político y, sin embargo, se le califica como “de acción”. Laverty tenía razón y además con sus palabras trasladaba a la opinión pública, de una forma sencilla y diáfana, una tradición de estudios culturales que se ocupó en Gran Bretaña de explorar la significación política de determinadas expresiones de la cultura popular.
¿Por qué una producción taquillera de palomitas y verano es política? La película nos cuenta la historia de un malvado bastante simplón que pertenece a una sociedad secreta, cuyo fin es destruir la ciudad de Gotham. Para llevar a cabo su objetivo —aniquilar la sociedad— utiliza una retórica populista que va desde una espectacular entrada en la bolsa hasta la constitución de una especie de tribunales de salud pública, donde se condena a la gente sin ninguna garantía procesal. La estética es claramente fascista y el lenguaje que usa también. La retórica de Bane, el malo de la película, en lo que se refiere a los ricos es sólo una forma de justificar su poder. Sus acciones se dirigen a expandir el miedo con el fin de que una población fragmentada y desorientada acceda a conformarse a su dominio. La policía, expresión de la ley y el orden, es encerrada en unos túneles por lo que el control es ejercido por un grupo de mercenarios que imponen una ley marcial. Batman se erigirá en salvador que libere a los policías para que restablezcan el orden pretérito.
Una vez más, nos encontramos con un material tremendamente ideológico en que los privilegiados por el status quo imperante agitan el espantajo fascista. El fin es muy sencillo: preservar una realidad profundamente injusta para el 99% de la población. El mensaje de la película es el siguiente: lo malo conocido es siempre mejor que lo que esté por conocer. Y eso que pueda venir no será algo mejor, sino el fascismo, por lo tanto adáptate lo mejor posible a la sociedad en la que te tocó vivir. Es muy significativa la apelación de la película a conceptos de la terminología más neoconservadora como el uso que se hace de “Estado fallido” para referirse a la nueva situación de Gotham o la secuencia en uno de los puentes que recuerda a una de las manifestaciones del movimiento Occupy Wall Street en Brooklyn y que significó la detención de centenares de personas en una acción policial bastante controvertida.
Por Estado fallido, los neoconservadores entienden aquellos Estados en los que se registra un fracaso en los planos sociales, políticos y económicos. Esta idea está muy alejada de un mínimo rigor intelectual. Su objetivo es justificar y legitimar una intervención externa fuera de los procedimientos y cauces del Derecho Internacional. El ejército que interviene se transforma en un “salvador” que trae la paz y la libertad. La película de Batman sigue esta misma lógica. El superhéroe es el redentor, que a costa incluso de su propia vida, debe redimir a unos ciudadanos inmersos en el mayor de los caos.
Una vez más, nos situamos ante el manido y antidemocrático recurso al elegido que salva a la sociedad de algo, alguien o incluso de sí misma. Desgraciadamente, han sido muchos los dictadores o colectivos que se han valido de esta vía para preservar o imponer el discurso de los privilegiados. ¿Acaso no fueron grandes empresas alemanas las que apoyaron a Hitler como mal menor? Desde esta óptica, la gente no puede ni debe gobernarse. La democracia se reduce a un rito superficial que se celebra cada cuatro años con el fin de nutrir un espejismo. Cuando el espejismo se difumina queda practicar la represión. En cualquier caso, la élite debe gobernar porque sabe lo que interesa al 99%. De lo contrario sólo podemos vernos abocados al horror.
El político de turno nos dirá que gobierna para favorecer “el interés general”. Que serán medidas duras, pero lo hacen por “nuestro bien”. El problema es que la democracia no es eso. Democracia y “salva patrias” son conceptos antagónicos. Democracia es respeto a la decisión de la mayoría. Cuando gobiernan los banqueros alemanes o la OMC impone la privatización de sanidad, educación y pensiones, utilizando una deuda artificialmente hinchada con la ayuda de los especuladores y los políticos, no hay democracia. Es algo muy diferente.
En el mundo de “o capitalismo o caos” no hay lugar para la libertad. No lo hay tampoco para la participación o la justicia social.Occupy Wall Street y el 15-M afirman justamente lo contrario. No podemos permitir que el 1% controle las riquezas de un planeta que puede dar de comer a todos sus habitantes. La ciudadanía debe tomar sus propias decisiones porque de esto se trata la democracia. La realidad es construida y el ser humano puede transformarla en muchos sentidos y de prolijas formas. Entre la mayoría de los ciudadanos no conseguiremos algo perfecto, pero seguro que más justo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, julio 28, 2012

Compaginar responsabilidades

Por Cristina Ruiz Coloma (La Vanguardia, 22/07/2012)

En las últimas décadas se han producido muchos cambios en la sociedad que han afectado tanto a la generación de mayores como a sus hijos. Tiempo atrás las parejas se casaban jóvenes, formaban una familia y solían permanecer en el hogar familiar, a veces incluso varias generaciones simultáneamente. Los abuelos fallecían relativamente jóvenes, tras ser atendidos por sus hijos. En el ámbito laboral, la mujer quedaba al cuidado del hogar y el esposo tendía a buscar un trabajo fijo y habitualmente en su ciudad natal.

Actualmente el escenario es distinto. Las parejas se unen a una edad más madura, las relaciones suelen ser menos duraderas. Un elevado porcentaje de las madres primerizas son mayores de 30 años y se han incrementado las familias monoparentales. Como ya es bien sabido, el momento actual laboral es muy complejo y de gran inestabilidad. Lo que obliga en muchos casos a la movilidad en busca de una ocupación e impide la independización de los jóvenes. Por otro lado, una serie de avances tales como los adelantos médicos y el énfasis en la prevención de enfermedades han aumentado significativamente la esperanza de vida.

La generación que está directamente afectada por estos movimientos es la que se sitúa a partir de los 30 años hasta los 60 o incluso más. A esta generación la llamamos la generación sándwich –personas que tienen a su cargo, simultáneamente, a sus padres y a sus hijos, y al mismo tiempo mantienen una vida profesional–. La palabra sándwich, que significa bocadillo en inglés, tiene como origen el apellido del conde de Sándwich, noble británico del siglo XVIII inventor del bocadillo. El paralelismo que establezco es que tanto por encima como por debajo, hay dos focos que presionan hacia el centro, a la generación sándwich. Vamos a ver de qué modo y cuáles son las implicaciones.

La generación sándwich se enfrenta a un incremento de la población de mayores, al surgimiento de una nueva tipología de familia en la que se entremezclan hermanos, padres y abuelos postizos, un decremento de su dedicación a sus hijos y a sus mayores, una mayor presión laboral, un distanciamiento geográfico, y un largo etcétera. Y surgen cuestiones: ¿Se pueden atender adecuadamente a los abuelos? ¿Cómo se compaginan las responsabilidades familiares cuando no se reside en la misma población?¿Qué ocurre cuando la propia generación sándwich entra en la generación de mayores? Las preguntas son incontables y las respuestas difíciles de encontrar.

Algunas de las consecuencias directas de estas circunstancias son comprensiblemente el estrés, el ineludible cambio de papeles familiares, la sobrecarga emocional, o el debate sobre quién asume la responsabilidad del cuidado de los mayores. Muchos adultos viven con culpabilidad y frustración esta situación, puesto que aún cuando lo intentan, no llegan a todo. Y la sensación es de no hacer nunca lo suficiente.

No se trata de cambiar lo que no se puede cambiar, pero una mayor comprensión y aceptación de las circunstancias actuales facilitará adaptarse a ellas. También son numerosas las soluciones que se pueden aplicar para mejorar el bienestar propio y de los demás. Por ejemplo, se puede tratar de aceptar las limitaciones de los mayores y promover su autonomía. ¿Cómo se puede hacer? Detectando sus habilidades (cocinar, llevar las cuentas) y potenciándolas. Ayudarás a fomentar su sentido de utilidad y valía. O por ejemplo, intenta favorecer el contacto cualitativo (no de obligatoriedad) de nietos y abuelos. Ambas partes se enriquecerán de la relación y … te darán un respiro.

Pero todo lo que hagas por los demás, hazlo también por ti mismo. Sé consciente de tu salud física y emocional. No es suficiente con comer y dormir, sino que hay que cuidarse de una manera más amplia. Quizá alguien piense: “¿Cuidarme yo? ¡Pero si no tengo tiempo!”. Y ahí empieza el problema. Para mantener un buen estado de salud es fundamental conseguir un reparto equilibrado del tiempo en los diferentes ámbitos de la vida. Por lo tanto, dedica un tiempo racional al trabajo. Aprende a decir que no a demandas excesivas y delega cuando sea necesario. Comparte la carga emocional de la situación, pero también tiempo cualitativo con tu familia. No dejes de desarrollar tus intereses. Y mantén el optimismo; trata de no fijarte tan sólo en los aspectos negativos de lo que va aconteciendo y valora lo positivo de cada situación. Esta actitud te ayudará a afrontar mejor las nuevas experiencias que se vayan sucediendo.

Es mucho lo que se puede hacer por cuidar de la propia familia y de uno mismo. Aunque no hay soluciones mágicas ni perfectas, si eres paciente y constante en tus esfuerzos poco a poco mejorará tu calidad de vida y la de tus familiares. Y entonces habrá llegado el momento de vivir en armonía y disfrutar de cada momento compartido.

Cristina Ruiz Coloma, psicóloga clínica del centro médico Teknon y docente de ISEP.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

viernes, septiembre 16, 2011

Poor Models. Seriously.

By Ashley Mears, an assistant professor of sociology at Boston University and the author of Pricing Beauty: The Making of a Fashion Model (THE NEW YORK TIMES, 15/09/11):

As the designers, stylists and editors of Fashion Week pack up to leave New York City today, one group of participants isn’t going anywhere: hundreds of young models, the surplus labor of the fashion industry.

Ten years ago, I was one of them. When I told my dad excitedly that I would be walking in a fashion show — which paid in dresses instead of money — he summed it up succinctly: “That and a buck will get you a cup of coffee.”

Fashion Week, despite bringing over $400 million to the city each year, is unprofitable work for most of the people wearing the designs. Because modeling is freelance work done on a per-project basis, models don’t receive benefits, have little control over the conditions of their work and never know when their next job is coming. They are arbitrarily selected and easily dismissed. And vast disparities exist in payments among models who do equivalent work; for the same show, top models can earn between $1,000 and $5,000, while others are not paid at all. Some models even work under arrangements that recall indentured servitude: they are in debt to their agencies for visa expenses, plane tickets, apartment rentals, even the cost of bike messengers who transport their portfolios to and from offices.

Fashion is a glamorous industry, but rub off the sheen, and quite another scene emerges.

But should anyone feel bad for models? At the start of my first Fashion Week in New York, when I was 19, my agent advised me to dress to look as long and lean and possible, because “anorexia is in this season.” It was a joke; he laughed and so did I, but his words stayed with me when I returned to my undergraduate studies in gender and sociology. When I came across “The Beauty Myth” by Naomi Wolf, I winced at the passages on fashion models, an “elite corps deployed in a way that keeps 150 million American women in line.” She rightly lambasted the exaggerated silhouettes and prepubescent forms of high fashion. It was all the more offensive, she wrote, considering models’ “gross high pay,” and she added a crack about the challenges of being a paid beauty: “it’s really grueling under those hot lights.”

But sarcasm aside, for many models, it is grueling. Confronted with the huge successes of modeling’s winner-take-all market, most people miss the mass of losers. This is how glamour works: as a spell. Even the word glamour has magic roots, as a charm cast to transform appearances.

The truth is, modeling epitomizes the kind of precarious job that, since the 1990s, has been spreading from the informal labor market into traditionally more secure workplaces, like the retail and service industries and my own occupational home, the university, where contracted adjunct instructors are replacing tenure-track professor lines.

(I feel lucky to have a job with a future, however. I knew modeling wasn’t a long-term career when, at the age of 19, I was told to tell casting agents I was 18. “We are meat,” a Parisian male model told me matter-of-factly in a recent interview, “and it gets bad as it gets old.”)

Decades of critiquing representations of bodies in fashion have not changed what we see on the catwalk; reforming the conditions backstage just might. Empowering models as workers could potentially help them stand up against other aspects of the industry, like unhealthy expectations about dieting.

Sara Ziff, a model working with Fordham University’s Fashion Law Institute, has formed a nonprofit group called the Model Alliance that hopes to give models a platform to organize for workplace protections. At a minimum, it would be a space for them to share information about how much jobs pay and agencies charge. Models are so disorganized as a work force that, when a class-action lawsuit brought by models against their agencies was settled at $22 million in 2005, the court couldn’t find enough models to claim the damages.

The judge donated an unclaimed sum of $6 million to treatment centers for women with, among other problems, eating disorders. It’s hard to miss the irony. We shouldn’t miss the opportunity to change the terms of fashion’s labor, either.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, septiembre 15, 2011

Revueltas en un mundo sin normas

Por Salvador Aguilar, profesor de Estructura y Cambio Social en la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 12/09/11):

La crisis económica global ha desatado un caos. Fenómenos emergentes de conflictividad social muy variada proliferan por todos lados: huelgas generales, nuevos movimientos sociales y políticos, flash mobs y flash robs en Estados Unidos, el 15-M en España y otros indignados en Grecia e Israel, las revueltas árabes y, el pasado agosto, los “disturbios” británicos iniciados en Tottenham que hicieron estallar una crisis social de grandes dimensiones y diagnóstico incierto, algo perceptible en el desconcierto, político, mediático, de opinión pública, con que se abordó su tratamiento. Sin embargo, la ciencia social contemporánea hace tiempo que nos dio las claves adecuadas para captar su naturaleza y nos advirtió sobre los orígenes de “patologías sociales” como las que resurgieron hace pocas semanas en Reino Unido.

Los periódicos mejor orientados titularon esa crisis como “Explosión social” o “La banlieue británica”. Exacto: lo que ocurrió en las principales ciudades británicas fue más allá de un saqueo colectivo y, en cambio, se emparentaba con una larga lista de eventos que seguramente encabezan los sucesos franceses de noviembre de 2005 con el levantamiento de los barrios periféricos (las banlieues), que produjo la quema nocturna de 20.000 vehículos y amplios daños. Tanto en ese caso como en el de Reino Unido se trata de una revuelta social, pero de un tipo particular que denominaré “anómica”.

Anomia es un término técnico muy querido de algunos grandes científicos sociales para indicar una situación donde la estructura normativa que opera habitualmente, y mantiene relativamente cohesionados a los miembros de una comunidad, queda en suspenso. Anomia indica carencia de normas: los valores considerados poco antes como vigentes y que predisponían a una obligación moral (conformidad) han dejado de funcionar, mientras los valores nuevos que deberían reemplazarlos no están todavía disponibles.

Hay tres razones para considerar estas protestas como anómicas. Emergen en sociedades donde hay una condición de fondo dominante: la alienación individual y la ausencia de cualquier estructura fuerte de cohesión colectiva, algo revelado por la conducta asocial e incluso antisocial de esa minoría en la que se reconoce indirectamente la propia mayoría (al percibir esa fractura en la cohesión colectiva: es esto lo que crea una conciencia ciudadana inmediata de crisis social y fracaso de convivencia para lo que, en otras condiciones, sería meramente pillaje). En segundo lugar, la estructura normativa operativa para la mayoría es percibida como algo ajeno por una minoría (a veces muy amplia) que se considera a sí misma al margen de la sociedad. Finalmente, los protestatarios carecen de reivindicaciones y, por tanto, de propuestas normativas alternativas; los movilizados se manifiestan así como protagonistas de una protesta expresiva que implica rechazo de la forma de vida dominante, pero rechazo inerte: no pretende sustituir nada sino únicamente exhibir afán de destrucción y puesta en cuestión completa del orden. De ahí que no haya ni reivindicaciones, ni liderazgo claro, ni afán de negociar demandas: parece una protesta, en la terminología de Hobsbawm, “prepolítica” y de orientación reaccionaria (el afán de transformar ese mundo que se rechaza está ausente) al estilo de las “turbas” urbanas preindustriales y de los inicios de la industrialización.

Pero, inspeccionadas de cerca, estas revueltas anómicas contemporáneas no parecen prepolíticas. Son el recurso de los grupos populares marginales, carentes de voz política institucional, para marcar terreno en la defensa de sus intereses. Parece una forma poco racional de definir y defender intereses (sin parecido alguno, por ejemplo, con los grupos populares que disponen de sindicatos y partidos), pero se trata de una impresión engañosa: es un formato de protesta colectiva económico (por su espontaneidad, carencia de organización y actores, desactivación rápida, baja visibilidad individual de los protestatarios) en contextos donde la posibilidad de negociar intereses es impensable: si lo que está en cuestión es todo, el margen de negociación es ninguno; y la propia conciencia de grupo tiene un alcance limitado y efímero.

Y esto nos conduce a una segunda observación: en el capitalismo contemporáneo, estas formas de protesta son recurrentes y de frecuencia creciente. Numerosos científicos sociales lo han puesto de relieve, entre ellos el economista político Fred Hirsch en 1976: “El principio del autointerés es incompleto en tanto que instrumento de organización social. Funciona de manera efectiva únicamente en combinación con algún principio social de refuerzo… [En el capitalismo moderno] se ha intentado erigir una organización social crecientemente explícita sin el soporte de una moralidad social, lo que ha dado como resultado una tensión estructural tanto en el mecanismo del mercado como en el mecanismo político diseñado para regularlo y complementarlo”. Los saqueadores de Londres no mostraron menos moralidad pública, sino tal vez más, que la exhibida en los cuatro años de crisis por las élites financieras y económicas globales. ¿Por qué razón deberíamos dar más crédito los ciudadanos a unos que a otros? Esto expresa el problema central del capitalismo neoliberal: cómo concitar cohesión social y obligación moral entre los habitantes de un sistema basado estrictamente en el autointerés, la ventaja comparativa, la depredación y la desprotección pública de la mayoría de la población.

Por otro lado, la relación entre la protesta anómica y las leyes de funcionamiento del neoliberalismo fue bien establecida por el sociólogo (liberal-conservador) Ralf Dahrendorf en 2008, uno de los estudiosos de esa cuasi clase social formada por el precariado y las nuevas formas de desempleo y pobreza, a los que denomina infraclase o subclase: “¿Por qué la subclase no arremete y destroza los muebles de la casa que la clase mayoritaria construyó para sí misma? De vez en cuando lo hace”, en el estadio Heysel en 1985 o en Brixton en 1981 (antecedente directo del Tottenham de agosto), a los que podríamos añadir localidades españolas bien próximas.

Pero en lo fundamental, los “conflictos no se presentan como líneas de batalla en una guerra revolucionaria, o incluso como una lucha de clases democrática, sino como anomia”. Se presentan por tanto como carencia de un contrato social mínimo que predispone al absentismo de cualquier responsabilidad colectiva. Los medios de comunicación más sesgados intentaron hacer creer en agosto que el “nihilismo” y “gamberrismo” de los saqueadores británicos respondía a demasiado Estado del bienestar (malcrianza, inacción de las familias dependientes de subsidios estatales, supuesta pérdida de “valores” de las sociedades postindustriales). Pura e inaudita ideología. La anomia y la protesta pasiva contra todo tienen sus raíces en la estructura social característica del capitalismo neoliberal. ¿Qué se pensaban? Hay pocos precedentes históricos de un sistema de dominación tan cruel y antidemocrático como el instaurado bajo la globalización neoliberal, y los “costes” mínimos que han de afrontar los beneficiarios de tal sistema social hiperdesigual e irresponsable (está arrasando el planeta) son la hostilidad de la izquierda mundial, pero también este otro tipo de protesta política que se manifiesta a primera vista como antipolítica y puramente orientada al pillaje ocasional.

No se puede esperar que estas explosiones anómicas se desvanezcan fácilmente, porque son inherentes al sistema social imperante. Algunos recurrirán al marketing político, harán ver que no pasa nada y hablarán del neoliberalismo como “la sociedad abierta”, algo contradicho aparatosamente por los hechos y el examen de cualquier persona con mentalidad independiente, y hablarán de los saqueadores como meros “criminales”; otros intentarán paliar los efectos de las revueltas atacando las condiciones del entorno próximo (mediante ayudas públicas, mejora de la educación y creación de puestos de trabajo superfluos para la subclase), lo cual es encomiable y obligado, pero difícilmente practicable en épocas de crisis; la gente que busca un mundo mejor y acabar con esta expresión bárbara de la anomia deberá asociarse y presionar para escapar del neoliberalismo y atacar las causas por medio de un sistema social diferente y racional, basado en la igualdad, la democracia y el bienestar de la mayoría de la población.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, septiembre 01, 2011

Manifestaciones en Washington D.C. hacen temblar a las grandes petroleras

Por Amy Goodman (Democracy now!, 25 de agosto de 2011)

Escuche (en español)

La Casa Blanca sufrió una sacudida el martes, no solo a causa del terremoto de magnitud 5,8, sino también por las crecientes protestas frente a la casa presidencial. Más de 2.100 personas dicen que se arriesgarán a ser arrestadas en las próximas dos semanas. Se oponen al proyecto del oleoducto Keystone XL, diseñado para transportar crudo pesado de las arenas de alquitrán de Alberta, Canadá, a refinerías de la Costa del Golfo de México en Estados Unidos.

En arquitectura, 'Keystone', que significa “piedra angular”, es la piedra en la cima de un arco que lo mantiene en pie. Sin ella, la estructura se caería. Al exponerse al riesgo de ser arrestados, como ya sucedió al momento de escribir esta columna con más de 200 activistas, estos practicantes de la orgullosa tradición de la desobediencia civil estadounidense esperan hacer colapsar no solo el proyecto del oleoducto, sino también hacer tambalear la dependencia de los combustibles fósiles que está acelerando el cambio climático.

Bill McKibben fue uno de los arrestados. McKibben es el ambientalista y autor que fundó el grupo 350.org, nombrado así por el límite máximo seguro de dióxido de carbono en la atmósfera, que es de 350 ppm (partes por millón). El planeta actualmente está en las 390 ppm. En el llamado a la acción para sumarse a la protesta, McKibben, junto a otros como la periodista Naomi Klein, el actor Danny Glover y el científico de la NASA James Hansen, afirman que, en palabras del propio McKibben, el oleoducto de Keystone “Equivale a encender la mecha de la mayor bomba de carbono del planeta. De modo que necesitamos que el Presidente y el resto del gobierno centren mucho más su atención en el cambio climático”.

El movimiento de oposición a Keystone XL abarca desde activistas y científicos, hasta pueblos indígenas de los llanos y bosques boreales que corren peligro en Canadá, donde se encuentran las arenas de alquitrán, pasando por productores rurales y agropecuarios de la región ecológicamente vulnerable de Sand Hills en Nebraska, estudiantes y médicos.

Cuando se le preguntó por qué las protestas frente a la Casa Blanca se desarrollaban mientras el Presidente Obama está de vacaciones con su familia en Martha’s Vineyard, McKibben respondió: “También estaremos aquí cuando regrese. Nos quedaremos durante dos semanas, todos los días. Se trata del primer acto de desobediencia civil de esta magnitud del movimiento ambientalista en años”.

Apenas a unos kilómetros al este de Martha’s Vineyard y hace exactamente 170 años, en Nantucket, Frederick Douglass, el esclavo escapado, abolicionista, periodista y editor, dio uno de sus discursos más importantes ante la Sociedad de Massachusetts Contra la Esclavitud. Douglass es famoso por haber pronunciado una de las verdades fundamentales acerca de la organización de las bases: “El poder no otorga nada si no se lo presiona. Jamás lo hizo y jamás lo hará”.

Exigir cambios es una cosa y lograr un cambio en Washington D.C. es otra, en particular considerando la hostilidad de la Cámara de Representantes —controlada por los republicanos— ante cualquier legislación contra el cambio climático. Es por eso que las protestas contra el oleoducto Keystone XL se están desarrollando frente a la Casa Blanca.

Obama tiene el poder de detener la construcción del oleducto. La empresa canadiense que está detrás del proyecto, TransCanada, solicitó un permiso al Departamento de Estado de Estados Unidos para construir el oleoducto. Si el Departamento de Estado niega el permiso, el oleoducto Keystone XL estará muerto. La gran devastación ambiental provocada por la extracción de petróleo de las arenas de alquitrán continuaría, pero sin fácil acceso a las refinerías y al mercado estadounidenses, el proceso sin duda se demoraría.

Los ejecutivos de TransCanada están confiados de que Estados Unidos les otorgará el permiso a fin de año. Los políticos republicanos y la industria petrolera publicitan al proyecto diciendo que generará puestos de trabajo en la construcción bien remunerados, e incluso han tenido apoyo de algunos sindicatos.

En respuesta a esto, dos grandes sindicatos, el Sindicato Unido de Tránsito y el Sindicato de Trabajadores del Transporte, que representan a más de 300.000 trabajadores, pidieron al Departamento de Estado que negara el permiso a la empresa canadiense. Expresaron en un comunicado de prensa conjunto: “Necesitamos puestos de trabajo, pero no basados en aumentar nuestra dependencia del petróleo de las arenas de alquitrán. ...Se podrían generar muchos empleos basados en el desarrollo de la conservación energética, en la modernización de la red de electricidad, en el mantenimiento y la expansión del transporte público; empleos que nos pueden ayudar a disminuir la contaminación del aire, las emisiones de gases de efecto invernadero y mejorar la eficiencia energética”.

Dos mujeres canadienses, la actriz indígena Tantoo Cardinal, que protagonizó la película “Danza con Lobos” y Margot Kidder, que hizo el papel de Luisa Lane en “Superman”, fueron arrestadas junto a más de 50 personas justo antes de que el terremoto sacudiera la costa este el martes. El ambientalista Bill McKibben dijo desde Washington: “Se necesitará más que un terremoto o un huracán para lograr preocuparnos. Estaremos aquí hasta el 3 de septiembre”, dijo. Y continuó: “Tenemos la esperanza de generar un temblor de magnitud 8 en la escala de Richter en el sistema político el día que Barack Obama diga 'no' a los grandes proyectos petroleros y nos recuerde a todos por qué nos alegró tanto su elección. El oleoducto de arenas de alquitrán es la prueba a la que deberá someterse”, concluyó.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2011 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español. Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

La economía de la felicidad

Por Jeffrey D. Sachs, profesor de Economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (Project Syndicate, 29/08/11):

Vivimos en una época de vértigo. A pesar de la riqueza total sin precedentes del mundo, existe una gran inseguridad, un gran malestar y una gran insatisfacción. En Estados Unidos, una amplia mayoría de los norteamericanos cree que el país está “en el camino equivocado”. El pesimismo se disparó. Lo mismo es válido en muchos otros lugares.

Frente a este contexto, llegó la hora de volver a considerar los motivos básicos de felicidad en nuestra vida económica. La búsqueda implacable de un mayor ingreso está conduciendo a una desigualdad y a una ansiedad sin precedentes, y no a una mayor felicidad y satisfacción en la vida. El progreso económico es importante y puede mejorar marcadamente la calidad de vida, pero sólo si es un objetivo que se persigue junto con otros.

En este sentido, el reino de Bután en el Himalaya viene liderando el camino. Hace cuarenta años, el joven y flamante cuarto rey de Bután hizo una elección notable: Bután debía perseguir la “felicidad nacional bruta” (FNB) en lugar del producto interno bruto. Desde entonces, el país ha experimentado una estrategia alternativa y holística para el desarrollo que hace hincapié no sólo en el crecimiento económico, sino también en la cultura, la salud mental, la compasión y la comunidad.

Decenas de expertos recientemente se reunieron en la capital de Bután, Thimphu, para analizar la experiencia del país. Fui uno de los anfitriones junto con el primer ministro de Bután, Jigme Thinley, un líder en materia de desarrollo sustentable y un gran defensor del concepto de FNB. Nos reunimos tras una declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas del mes de julio que instó a los países a examinar de qué manera las políticas nacionales pueden promover la felicidad en sus sociedades.

Todos los que nos reunimos en Thimphu coincidimos en la importancia de buscar la felicidad en lugar del ingreso nacional. La cuestión que analizamos es cómo alcanzar la felicidad en un mundo que se caracteriza por la rápida urbanización, los medios masivos, el capitalismo global y la degradación ambiental. ¿De qué manera nuestra vida económica se puede reordenar para recrear una sensación de comunidad, confianza y sustentabilidad ambiental?

He aquí algunas de las conclusiones iniciales. Primero, no deberíamos denigrar el valor del progreso económico. Cuando la gente tiene hambre, carece de las necesidades básicas como agua potable, atención médica y educación, y no tiene un empleo digno, sufre. El desarrollo económico que alivia la pobreza es un paso vital para fomentar la felicidad.

Segundo, la búsqueda incesante del PIB sin tener en cuenta otros objetivos tampoco conduce a la felicidad. En Estados Unidos, el PIB aumentó marcadamente en los últimos 40 años; no así la felicidad. Por el contrario, la búsqueda inquebrantable del PIB llevó a grandes desigualdades en materia de riqueza y poder, alimentó el crecimiento de una vasta subclase, sumergió a millones de niños en la pobreza y causó una seria degradación ambiental.

Tercero, la felicidad se logra a través de una estrategia equilibrada frente a la vida tanto de parte de los individuos como de las sociedades. Como individuos, no somos felices si se nos niegan nuestras necesidades elementales, pero tampoco somos felices si la búsqueda de mayores ingresos remplaza nuestra dedicación a la familia, los amigos, la comunidad, la compasión y el equilibrio interno. Como sociedad, una cosa es organizar las políticas económicas para que los niveles de vida aumenten, y otra muy distinta es subordinar todos los valores de la sociedad a la búsqueda de ganancias.

Sin embargo, la política en Estados Unidos cada vez más permitió que las ganancias corporativas dominaran todas las demás aspiraciones: imparcialidad, justicia, confianza, salud física y mental y sustentabilidad ambiental. Los aportes corporativos a la campaña cada vez socavan más el proceso democrático, con la bendición de la Corte Suprema de Estados Unidos.

Cuarto, el capitalismo global plantea muchas amenazas directas a la felicidad. Está destruyendo el medio ambiente natural a través del cambio climático y otros tipos de contaminación, mientras que una corriente implacable de propaganda de la industria petrolera hace que mucha gente desconozca esta situación. Está debilitando la confianza social y la estabilidad mental, mientras que la prevalencia de la depresión clínica aparentemente está en aumento. Los medios masivos se han convertido en lugares desde donde transmitir los “mensajes” corporativos, muchos de ellos manifiestamente en contra de la ciencia, y los norteamericanos padecen un creciente rango de adicciones de consumo.

Consideremos de qué manera la industria de la comida rápida utiliza aceites, grasas, azúcar y otros ingredientes adictivos para crear una dependencia poco saludable de alimentos que contribuyen a la obesidad. Un tercio de los norteamericanos hoy son obesos. En definitiva, el resto del mundo seguirá sus pasos a menos que los países restrinjan las prácticas corporativas peligrosas, entre ellas la publicidad de alimentos adictivos y poco saludables para los jóvenes.

El problema no es sólo la comida. La publicidad masiva contribuye a muchas otras adicciones de consumo que implican grandes costos para la salud pública, entre ellas un tiempo excesivo frente al televisor, apuestas, consumo de drogas, tabaquismo y alcoholismo.

Quinto, para promover la felicidad, debemos identificar los muchos factores más allá del PIB que pueden aumentar o reducir el bienestar de la sociedad. La mayoría de los países invierten para medir el PIB, pero gastan muy poco para identificar las causas de la mala salud (como la comida rápida y el tiempo excesivo frente al televisor), la caída de la confianza social y la degradación ambiental. Una vez que entendamos estos factores, podremos actuar.

La búsqueda demencial de ganancias corporativas nos está amenazando a todos. Sin duda, deberíamos respaldar el crecimiento económico y el desarrollo, pero sólo en un contexto más amplio que promueva la sustentabilidad ambiental y los valores de la compasión y la honestidad que se necesitan para generar confianza social. La búsqueda de la felicidad no debería estar confinada al bello reino montañoso de Bután.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, julio 11, 2011

Comportamiento gregario

Por A. Serra Ramoneda, presidente de Tribuna Barcelona (EL PERIÓDICO, 10/07/11):

Cuando las ovejas que pacen dispersas oyen aullidos que indican la vecina presencia de lobos, tienden inmediatamente a formar un compacto rebaño. Lo mismo ocurre, tal como hemos visto en muchas películas del Oeste, cuando los vaqueros disparan al aire sus revólveres y lanzan gritos para atemorizar a las reses y conseguir que formen una manada que luego puede ser fácilmente conducida al rancho. Un biólogo, Hamilton, sostiene que en tal proceder no hay altruismo alguno, sino el afán de cada animal de interponer a otro miembro del colectivo entre él y el potencial depredador. Todos, a empellones, pugnan por ponerse en el centro del grupo para así conseguir la máxima protección. Quienes se quedan en el exterior corren mayor riesgo.

Este comportamiento gregario también se da entre los humanos. Los economistas ven en él una de las razones de la formación de burbujas especulativas. Se cuenta que en una de las más sonadas, conocida como la South Sea Bubble, que tuvo lugar en Inglaterra en el siglo XVIII, nada menos que Isaac Newton también participó de la locura colectiva -la exuberancia irracional, que diría Shiller- al invertir y perder 20.000 libras esterlinas en la compra de unas acciones que resultaron ser papel mojado. Al comprobar el fracaso, el famoso físico manifestó: «Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente».

Son numerosas las personas que en España alegan ahora que en su día sostuvieron que el disparatado ritmo de la construcción inmobiliaria y el consiguiente endeudamiento masivo de familias y bancos era insostenible. Pero fueron muy pocas las que se atrevieron a proclamar en voz alta sus temores. Y a reclamar medidas que cambiasen el peligroso rumbo de la economía. Mantenerse dentro de la manada es mucho más cómodo. Esta puede equivocarse en sus decisiones, pero a ninguno de sus miembros se le puede individualmente imputar el error.

Este comportamiento gregario se da también en las organizaciones donde discrepar de la opinión predominante, y sobre todo de la del superior jerárquico, es muy peligroso. La prensa económica norteamericana ha publicado diversos casos de ejecutivos de instituciones bancarias que osaron poner en duda la ortodoxia de los criterios aplicados en el cálculo del riesgo de los sofisticados títulos que iban a emitir. Fueron despedidos sin contemplaciones ante las sonrisas de sus colegas que se embolsaban millones en primas por colocarlos a incautos ahorradores. A la larga los hechos les dieron la razón. Pero nunca se les rehabilitó en el cargo ni se les compensó por los perjuicios ocasionados, mientras que quienes habían seguido a la manada pudieron disfrutar de sus millones a pesar del daño que para su consecución habían inferido. Claro que lo mismo, pero agravado, le ocurrió a Galileo. Al final, los hechos le dieron la razón, pero nadie desde el Vaticano intentó el milagro de tornarle la vida.

Un comportamiento gregario de un grupo humano significa que hay unas creencias y unas preferencias compartidas. Eso tiene aspectos positivos, pues facilita los intercambios y la cooperación incluso cuando sus miembros actúan por motivos egoístas. Pero llevado demasiado lejos, si se castiga en exceso la desviación respecto de la conducta predominante, tiene inconvenientes. El primordial es la pérdida de información privada que puede ser relevante para el grupo. De haber temido Galileo el castigo que sufrió, seguramente no habría revelado una verdad de trascendental importancia para el progreso de la humanidad. De haber sido más numerosos quienes elevaron la voz para dejar claro el peligro del rumbo de nuestra economía, quizá se hubieran tomado medidas que ahora nos harían más dulce la crisis.

En el cuento es un niño quien se atreve a denunciar una evidencia: el rey está desnudo. Seguramente fue su ingenuidad la que le impulsó a dar este paso. Es evidente que todos los adultos que contemplaban el cortejo veían la misma escena, pero alguna razón, tal vez la fuerte pena a la que se exponían, les mantenía la boca cerrada. Caso extremo de comportamiento gregario pero que aún hoy se da en ocasiones. Sería contraproducente conducir al ostracismo en Catalunya a quienes no fueran incondicionales de un triunfante club de fútbol, suscriptores de un diario siempre comedido, clientes de una potente entidad financiera o de un pujante bufete jurídico ni estuvieran claramente identificados con el partido en el poder. Todo coto cerrado empobrece. Aceptar la discrepancia, fomentar la individualidad, reducir los costes de defender otras opciones, enriquece a la colectividad. No al gregarismo, que no somos ni ovejas ni reses.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, junio 11, 2011

Una mirada al 15-M

Por Joan Coscubiela, investigador del seminario Comunicación y Sociedad Civil de la Universidad Abierta de Cataluña (EL PAÍS, 09/06/11):

Aunque nos falta distancia para analizar el movimiento del 15-M, todo apunta a que no estamos ante un hecho anecdótico. Hoy se abren algunos interrogantes. Qué aporta este movimiento y hacia dónde puede evolucionar. Consciente de que hay tantas respuestas como miradas, esto es lo que a mí me parece ver.

El 15-M ha mostrado de nuevo la potencialidad de la Red para propiciar la confluencia de diferentes iniciativas y como instrumento organizativo, aunque su expansión ha llegado con la presencia en la calle y la difusión por los medios. Es esta interacción de diferentes formas de comunicación la que ha potenciado fuertes vínculos emocionales y la implicación de gente muy diversa en variadas formas de participación, cooperación y socialización de vivencias. Importante en unos momentos en que la indiferencia, la resignación o el individualismo han atrapado a buena parte de la sociedad, el 15-M ha conseguido abrirse hueco en una agenda comunicativa cada vez más cerrada. Más complejo ha sido evitar el enmarcado que algunos medios han querido dar del movimiento, situándolo como subalterno de las elecciones del 22-M.

Estos días se ha generado un potente imaginario que ha ganado las mentes de muchas personas, rompiendo los estereotipos criminalizadores que desde el poder se han querido dar de los movimientos sociales. Ni marginal, ni apolítico, ni violento. El comportamiento en las acampadas, la respuesta a la intervención policial de Barcelona y la inteligente organización de la convivencia con los aficionados del Barça son muy ilustrativos.

Además de potentes vínculos emocionales, el 15-M aporta reflexiones con fuerte carga ideológica. La democracia sin contrapoderes sociales es débil, y sin democracia económica, no es real. Vínculo emocional e ideología son factores clave para movilizar a la ciudadanía en cualquier ámbito, social o político, como bien sabe la derecha española.

En contra de lo que pretenden sus detractores, el movimiento supone una clara reivindicación de la democracia y la política -en su sentido primigenio- como medios imprescindibles para dar respuesta a un sistema social gobernado por los mercados financieros y unas instituciones políticas impotentes; y al mismo tiempo defiende una manera no clientelar de entender la política y de tratar a la ciudadanía.

En esta línea, el 15-M aporta propuestas de carácter marcadamente regeneracionista, que son reformistas y subversivas al mismo tiempo. La reforma de la ley electoral, la exigencia de una efectiva división de poderes, espacios y formas de participación de las personas no intermediadas por las instituciones, el establecimiento de límites a la propiedad privada para garantizar su función social y el acceso a derechos sociales básicos como la vivienda, son propuestas reformistas y al mismo tiempo profundamente subversivas. El 15-M abre posibilidades a la aparición de un nuevo sujeto social que no puede analizarse con los parámetros propios de las organizaciones sociales estructuradas u otras formas de participación.

Ahora aparecen algunos interrogantes a los que no es fácil responder: cómo dar continuidad al espacio social que se ha generado, cómo evitar los riesgos de dilución con el paso de los días, qué tipo de acciones pueden mantener activo al movimiento y cómo continuar desempeñando un papel de contrapoder social.

Las formas utilizadas, la cultura que comporta sus prácticas participativas, han demostrado su riqueza y potencialidad, que ahora se están poniendo a prueba en los debates sobre cómo evitar los riesgos de deterioro o desfiguración del propio movimiento.

En los próximos días podremos analizar si la indignación se dirige solo a la política o bien sitúa a los poderes económicos entre sus objetivos. Una de las contradicciones de estos tiempos es la elusión de responsabilidades por parte de los poderes económicos, que no se sienten aludidos ni interpelados por lo que está pasando. A diferencia de la política, los mercados no necesitan legitimarse ante la ciudadanía, solo responden ante los accionistas y los inversores y su fuente de legitimidad son los beneficios. Parece como si el conjunto de la sociedad, y en esto el 15-M no ha supuesto ninguna ruptura, hubiera interiorizado que los poderes económicos son irresponsables, en el sentido de que no deben dar explicaciones y tampoco cabe pedírselas.

Algunas voces pretenden medir la utilidad del 15-M por las reivindicaciones que consiga a corto plazo, pero todo apunta a que los impulsores del movimiento afrontan el proceso con mentalidad de corredor de fondo, posiblemente porque saben que el cortoplacismo es uno de los cánceres de nuestra sociedad y de la política institucional.

Pero no cabe menospreciar lo que supondría para su consolidación como sujeto social que algunas de sus propuestas encontraran vías de avance. Esto depende de cómo evolucione el movimiento generado a partir del 15-M y las complicidades que puedan establecerse con otras organizaciones de prácticas y culturas distintas, pero los mismos objetivos. También cabe pensar que la única función posible es la de ofrecer un espacio para que la ciudadanía actúe como contrapoder social, y que desde fuera y desde dentro del movimiento no se puede pretender nada más.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La primavera y el otoño

Por Cristovam Buarque, profesor de la Universidad de Brasilia y senador de la República de Brasil. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 08/06/11):

En el curso de unas pocas semanas, el mundo ha podido asistir a una serie de manifestaciones sociales sorprendentemente parecidas en lugares muy diferentes. La movilización de la plaza Tahrir, en El Cairo, y las de la plaza de Cataluña, en Barcelona, y la Puerta del Sol, en Madrid. Ambos movimientos se asemejan, especialmente en su descontento con los políticos y los partidos tradicionales. A partir de ahí todo es diferente, en sus causas y en sus perspectivas.

El movimiento árabe es el comienzo de una nueva época democrática. El movimiento europeo es el fin de una época, de un modelo exitoso, aunque insatisfactorio. Por eso, si se habla de primavera en Egipto, en las dos plazas españolas cabría hablar de otoño.

La primavera árabe tiene como causa la falta de legitimidad de regímenes que no permiten la alternancia en el poder: basados en partidos únicos o casi únicos, han edificado corruptos sistemas que mezclan con promiscuidad lo público y lo privado, han llevado al enriquecimiento de las familias que ocupan el poder y han perpetuado sistemas económicos incapaces de conseguir que disminuyan los sufrimientos de la pobreza.

El otoño europeo se produce porque, a pesar de disponer de todo lo que los árabes están descubriendo ahora, el sistema ofrece signos de agotamiento. Se ha terminado el maridaje que hace siglos permitió a Europa unir la democracia política con el crecimiento económico y la justicia social. El crecimiento económico encuentra barreras de signo ecológico para su desarrollo y ha dejado de generar empleo, sobre todo para los jóvenes; el Estado de bienestar se ve estrangulado a causa de las limitaciones fiscales, que impiden la ampliación de los servicios públicos a los jóvenes de hoy. Aparte de eso, los partidos han dejado de representar alternativas. Los dictadores árabes crearon partidos únicos, pero en la democracia europea los partidos han acabado siendo tan parecidos que es difícil considerarlos diferentes. La primavera árabe es el resultado de la falta de legitimidad de la política; el otoño europeo es la consecuencia de la falta de imaginación de los políticos.

La imaginación árabe se limita a la búsqueda de la democracia que Europa ya posee. Por tal razón, es una primavera con la posibilidad de llegar al modesto verano de una nueva constitución que permita organizar partidos, separar los negocios públicos de los privados y hasta detener a los políticos corruptos, elegir presidentes, alcanzar la libertad de imprenta y la independencia de los poderes legislativo y judicial. Todo lo que Europa ya tiene.

En Egipto se quería derribar a Mubarak y elegir un nuevo presidente. En Europa, los indignados quieren derribar a los actuales gobernantes, pero no quieren colocar a la oposición en su lugar. Rechazan el presente, pero carecen de certezas sobre el futuro. El mundo árabe vive una primavera porque el verano al que aspira es el presente de Europa, que se está agotando. Por tal razón, lo que a Europa se le presenta por delante es la posibilidad de un invierno.

El optimismo de la primavera en los países árabes proviene de la modestia de propósitos realizables; el pesimismo en Europa proviene de la imposibilidad de ir más allá de lo que ya se ha hecho.

El gran desafío para transformar el otoño en una primavera es idear alternativas viables para una nueva época. No limitándose a repetir experiencias, a copiar proyectos ya puestos a prueba, como lo que intentan los jóvenes árabes. En Europa se trata de inventar un nuevo modelo. Los jóvenes árabes miran hacia tierras europeas, los españoles miran hacia el futuro. Eso exige un cambio mucho más profundo que el que conduce de la dictadura a la democracia, o del capitalismo al socialismo. El desafío europeo consiste en imaginar una nueva civilización, que vaya más allá de la industrial, más allá del PIB, en pos de un nuevo concepto de riqueza, de consumo material y privado, en pos del bienestar público e inmaterial. En lugar de más coches, más tiempo libre, sin depredación ambiental. Salir de la globalización excluyente en pos de una internacionalización incluyente.

La motivación de los jóvenes árabes es política, la de los españoles es moral.

Este difícil desafío de la imaginación no es más que el primer paso, pues queda levantar un proyecto político: el de difundir las nuevas ideas y conseguir el apoyo de las masas hacia una propuesta que exigirá una nueva mentalidad. Los jóvenes de Tahrir desean un mundo diferente al de sus padres. No se sabe si lo que los indignados españoles desean es un mundo diferente al de sus padres o los privilegios de los que estos gozaron gracias a la euforia del maridaje entre crecimiento económico, democracia y justicia social, que les facilitó el bienestar, un alto consumo y hasta la solidaridad con los inmigrantes. Los jóvenes de Egipto quieren ser incluidos en la política, los de Europa lo que quieren es no quedar excluidos de la economía, sino conservar el bienestar social del consumo, por más que el crecimiento se haya detenido, el empleo escasee y los beneficios sociales se hayan vuelto inviables.

A pesar del optimismo que han despertado los árabes, es en Europa donde podemos albergar esperanzas en la formulación de lo nuevo, que vaya más allá de lo que es el nuevo Egipto, ya viejo, sin embargo, para España. Es en la plaza de Cataluña o en la Puerta del Sol donde está lo más difícil, pues es de ahí de donde podrá salir realmente lo nuevo, porque el verano árabe es el verano del año pasado y solo después de que pase el otoño podrá llegar el verano del próximo año.

Los jóvenes egipcios quieren afiliarse a los partidos y votar a sus candidatos; los españoles quieren repudiar a los partidos y votar nulo, o no votar siquiera. Recurren a acciones como votar en blanco, retirar todos juntos el dinero del banco en un mismo día, establecer un día sin compras, dejar de usar coches y usar el transporte público.

En la plaza Tahrir había una consigna -”¡Fuera Mubarak!”-, en la plaza de Cataluña o en la Puerta del Sol vemos diversos grupos, debatiendo temas diferentes, indignados, aunque sin una propuesta aglutinadora todavía. Todos unidos en el descontento. Pero ¿cuántos aceptarán el decrecimiento para mantener el equilibrio ecológico? ¿La reducción de la jornada de trabajo con más tiempo libre y pleno empleo, aunque con menores salarios? ¿La solidaridad con los inmigrantes a costa de reducir los beneficios sociales? ¿La garantía de estabilidad monetaria y equilibrio fiscal a cambio de la reforma de la Seguridad Social?

Tahrir es el símbolo de un pequeño avance que se aprecia con nitidez; las plazas europeas son símbolos de perplejidad antes de un gran salto. Antes de esto, sin embargo, el tiempo aquí es otoñal; allá, de primavera.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, junio 07, 2011

La sociedad invisible

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 07/06/11):

Cualquiera que sepa cómo funciona la Red no preguntaría sobre quién o quiénes están detrás de las jornadas de movilización y protestas que se han originado en España a partir del pasado 15 de mayo. Sociólogos despistados y políticos desconfiados han encontrado la gran explicación: “Son antisistema”. Más o menos algo así como son jóvenes okupas que, de pronto, y movidos por una mano oculta, han decidido tirarse a la calle con el afán de molestar. ¡Qué error y qué horror de interpretación!

Desde que empezó la crisis económica, que ha azotado y sigue azotando a nuestra economía, con casi cinco millones de parados, el 45% de ellos jóvenes, se ha venido oyendo que lo sorprendente era que la gente no protestara, acusando a la sociedad española de indolente y de despreocupada por su futuro y por sus posibilidades de ganarse la vida en nuestro país. Pues bien, habiéndonos extrañado de que la gente no se echara a la calle, como había ocurrido en otros países de nuestro entorno, ahora que un nutrido grupo de jóvenes se ha tirado a las plazas públicas de muchas ciudades españolas, la respuesta que damos es: “Van contra el sistema”.

No hay duda de que ese movimiento intentará ser fagocitado por algunos que pretenderán transformar los motivos que han movido a esos jóvenes a protestar en votos para sus respectivas formaciones políticas. Pero ese no es el debate ahora. No toca saber quién está detrás de ellos o quién pretenderá llevarlos a su terreno. La pregunta pertinente en este caso sería la siguiente: ¿hay motivos para la protesta? Pretender buscar al autor o autores de la manifestación es desconocer el mundo en el que vivimos. Aunque alguien lance un mensaje por cualquiera de las redes sociales, y solamente tenga 100 seguidores, es posible que cada uno de esos 100 tenga 200 o 300 que sienten, piensan y desean las mismas cosas. Y ese fenómeno produce un efecto exponencial que trae como consecuencia que ya no se necesiten intermediarios para realizar una manifestación más o menos multitudinaria. Ya, con la Red, no hay un intermediario, sea este un partido, un sindicato o una organización del tipo que sea. Ahora lo que tenemos son miles de intermediarios que se autoconvocan gracias a la libertad que existe en Internet y gracias a que la Red sigue siendo libre, cosa que, por cierto, es una de las claves que ayudan a comprender el motivo inicial de las protestas.

Si hay motivos, y parece que todos éramos conscientes de que la crisis se ceba con muchos ciudadanos, parece lógico y natural que los más jóvenes, los ciudadanos del siglo XXI, utilicen las tecnologías y herramien

-tas del siglo XXI para manifestar sus protestas y sus inquietudes. No parece alejado de la realidad decir que ciudadanos indignados, más tecnologías del siglo XXI, es igual a un cóctel explosivo que no tiene por qué estallar si quienes se dedican a la política, y sobre todo a la política desde una concepción de izquierdas, son capaces de conectar con esos jóvenes para establecer con ellos y con el resto de la sociedad una relación política propia del siglo en el que estamos. El esquema tradicional de: tú me votas cada cuatro años y nadie te vuelve a pedir opinión hasta las elecciones siguientes ya no sirve para hacer una nueva política, porque en la era de Internet, donde todo es inmediatez y velocidad, cuatro años es una eternidad.

Quienes no entiendan que estamos viviendo en una sociedad nueva, donde existe una sociedad invisible en la Red, seguirán buscando a los líderes de ese tipo de movimiento que tanto ha sorprendido a algunos. Esa sociedad invisible está abarrotada de emprendedores, pero no en el sentido que se le da a esa palabra por parte de la derecha política, sino en el de gente que quiere cambiar el mundo y que saben que, ahora, desde el más humilde rincón de España, sin tener un nombre reconocible, se pueden dar ideas que intenten cambiar la realidad, porque se ha democratizado la posibilidad de tener seguidores sin tener un papel predominante o sin tener un apellido fulgurante que acompañe cualquier tipo de propuesta. Lo fantástico de lo que está ocurriendo en estos momentos, no solo en España, sino en otros rincones del planeta, es que es posible pensar que, desde un pequeño pueblo, desde un alejado rincón, cualquiera, con ideas y usando las nuevas herramientas tecnológicas, se puede contribuir a cambiar las cosas.

Como consecuencia del cambio social que se está produciendo en el mundo desde que apareció Internet, resulta obligatorio hacer el ejercicio de reinventarnos para adaptarnos. Nos estamos adaptando como ciudadanos y como trabajadores; desde el concepto de privacidad que ha cambiado con la aparición de la telefonía móvil, pasando por el concepto de identidad, tiempo, fronteras, distancia, comunicación, periodismo, etcétera, todo ha cambiado. Si a quien trabajaba en actividades económicas que hoy aparecen como obsoletas le decimos que tiene la obligación de reinventarse, no se entiende que los partidos políticos, la forma de gobernar y la propia democracia no se reinventen en la misma medida que se les exige a los demás. Un cirujano de principios del siglo XX tendría muy difícil reconocer un quirófano del siglo XXI, pero un político de principios del XX reconocería fácilmente una campaña electoral de 2011, por la sencilla razón de que poco o nada ha cambiado respecto a las campañas que él hacía hace 100 años. Se sigue cuidando y mimando la agenda mediática tradicional, pero se ignora, cuando no se desprecia, a los medios de comunicación individuales que se manifiestan diariamente durante las 24 horas del día en la Red. Y esa forma de gobernar, ignorando la nueva realidad, provoca desencuentros difíciles de remediar en la nueva democracia, donde nadie es menos que nadie y donde cualquiera, con algunas ideas, tiene su sitio en los foros donde se conforman las opiniones de la nueva sociedad.

Ha surgido una sociedad invisible formada por nuevos emprendedores, entendiendo como tales algo muy diferente al empresario tradicional. Emprendedores que quieren cambiar el statu quo y las formas clásicas de crear. A esa sociedad invisible ya no se le puede mantener ni en el silencio ni en el olvido. Para cambiar el mundo ya no hay que ser solo jefe de Estado o de Gobierno, o dirigente de un partido político, o intelectual de renombre. Los componentes de la sociedad invisible reclaman su papel en esta nueva sociedad porque se consideran, y lo son, creadores del siglo XXI que, hasta ahora, habían sido despreciados o calumniados por los creadores del siglo XX. La articulación de esta nueva sociedad ya no es solo cuestión de grupos, sino de individualidades; tratar de conducir a esas individualidades por el callejón es tan imposible como pretender llevar a una panda de gatos por un camino, alineados y en orden.

Esta es la nueva realidad. Los componentes de la nueva sociedad ya no quieren participar en política cada cuatro años, porque lo que han aprendido con la Red es que, ahora, pueden hacerlo instantánea e inmediatamente. Y eso es posible gracias a que no existe la censura en la misma. La posibilidad de que la censura haga acto de aparición es lo que aterra a los usuarios de esa Red. Y por ahí empezó todo, por el enojo de los internautas más avanzados, que vieron peligrar los derechos de los usuarios cuando, en lugar de escucharles y debatir con ellos, se les llamó piratas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

“Indignons-nous tous, à Paris comme à Madrid !”

Par Daniel Borrillo et Victor Gutierrez Castillo, respectivement enseignants à l’université Paris-Ouest et à celle de Jaen, Andalousie (LE MONDE, 07/06/11):

La crise globalisée a mis en évidence la dérive oligarchique de nos démocraties. Nous continuons à nous “lever tôt” et à “travailler plus” pour gagner moins. Nous ne pouvions toutefois pas nous plaindre, heureux que nous sommes d’avoir encore un emploi !

La situation est pourtant digne d’indignation. En effet, ceux qui ont provoqué la crise sont les premiers assistés par nos gouvernants, et de surcroît grâce à nos impôts. Les Espagnols ont commencé le mouvement le 15 mai à Madrid, à la Puerta del Sol, sans les partis politiques et contre la classe gouvernante. Celle-ci, loin de se soucier du bien-être populaire, applique sans scrupule une purge d’austérité économique dictée par les mêmes qui n’ont pas hésité à faire appel à l’Etat pour sauver leurs banques.

Les plus de 70 villes espagnoles “indignées” se sont converties en agoras où tout le monde discute et pense autrement notre vivre-ensemble. Les pancartes lues dans les rues parlent d’elles-mêmes : “Nous ne sommes pas contre le système, le système est contre nous”, “L’alternance n’est pas la démocratie”, “La violence, c’est gagner 600 euros par mois”, “Nous ne sommes pas une marchandise”…

DEUIL

C’est dans ce climat d’effervescence citoyenne que le Parti socialiste ouvrier espagnol (PSOE) perd massivement les élections régionales et municipales. Les résultats du suffrage outre-Pyrénées sont sans appel : le 1,6 million de personnes qui votaient au PSOE dans les élections nationales de 2009 se sont abstenues, ont voté blanc ou accordé leur confiance à d’autres formations politiques en 2011.

Rien de plus normal : comment se sentir encore représenté par une gauche qui n’a pas hésité à baisser les salaires des ouvriers et qui a favorisé la précarisation des relations de travail avec une batterie de mesures de flexibilisation du marché du travail que les conservateurs auraient pu plébisciter ? Lesdites mesures, loin d’améliorer la situation, ont aggravé le taux de chômage, qui est passé de 18 % en 2009 à 21,27 % en 2011. Personne en Espagne n’était contre un ajustement économique nécessaire, mais personne n’accepte que les bas salaires soient les seules variables d’ajustement.

En France, la situation n’est guère plus avantageuse : entre 1996 et 2006, les 10 % des salariés les moins bien rémunérés ont gagné 131 euros de plus, et les mieux rémunérés (0,1 %), 5 426 euros ! Un cadre gagne en moyenne dix fois plus qu’un ouvrier. Et selon le palmarès établi par Les Echos le 26 avril, les grands patrons français ont touché un salaire 24 % plus élevé en 2010 qu’en 2009, pour un montant moyen de 2,46 millions d’euros, soit 150 fois la valeur du smic !

Si l’on est ni rentier ni héritier, on doit faire le deuil de vivre à Paris ou à Madrid : le prix de l’immobilier a augmenté de 140 % en dix ans dans la Ville lumière et de 288 % dans la capitale du royaume ! Le prix des loyers ne cesse d’augmenter : pour moins de 800 euros, on ne trouve pas un studio à Paris ou un deux-pièces à Madrid, alors que le salaire moyen net est de 1 500 euros ici et de 900 à Madrid !

Pourtant, nombre d’experts continuent d’expliquer que tout cela est normal. Mais comment peut-on accepter de ne pas pouvoir se loger décemment dans la ville où on travaille ? Espérer un premier CDI à l’âge de 35 ans ? Se voir réduire peu à peu le remboursement des médicaments ? Ou devoir payer toujours plus cher gaz et électricité ?

La mobilisation continue à la Puerta del Sol et à la Bastille, l’affluence des citoyens indignés ne cesse de croître afin que nos Etats soient au service des citoyens et non à celui des grands pouvoirs financiers. La politique, c’est-à-dire notre destin, se fait dans les agences de notation ou dans les grands cabinets d’avocats d’affaires et non dans son lieu naturel : le Parlement.

Nul ne peut prédire la suite de ce mouvement politique, mais nous savons qu’il serait catastrophique que les grands partis de gauche ne reprennent massivement à leur compte les principales revendications des indignados, tant le contenu des revendications que la critique du système électoral.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, junio 06, 2011

El 15-M: ¿un nuevo Mayo de 1968?

Por Nigel Townson, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del proyecto internacional de investigación Alrededor de 1968: militancia, redes y trayectorias. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo (EL PAÍS, 06/06/11):

La semana pasada, deambulando entre las tiendas, sacos de dormir, tenderetes y pancartas de la Puerta del Sol, me preguntaba por qué algunos analistas habían llegado a calificar esta manifestación extraordinariamente pacífica y cívica de “nuevo Mayo del 68″. ¿Dónde estaban los estudiantes arrojando adoquines, las barricadas levantadas a toda prisa y los sangrientos enfrentamientos con la policía? Con todo, hay ciertas similitudes entre el 15-M y Mayo de 1968, aunque las disparidades entre ambos acontecimientos siguen teniendo un gran peso. Por otra parte, no cabe duda de que las convergencias entre uno y otro bastan para permitir que los participantes en Democracia Real Ya puedan extraer provechosas lecciones del movimiento registrado hace 43 años.

Lo primero que ambos mayos tienen en común es la sorpresa. Ni los medios de comunicación, ni los políticos, ni el conjunto de la sociedad preveían el espontáneo y sostenido estallido, no solo de indignación popular sino de celebración colectiva, que ha recorrido España en las dos últimas semanas. Lo mismo puede decirse de la protesta ocurrida en 1968 en la Universidad de Nanterre, de la periferia parisiense, que rápidamente se extendió a La Sorbona, mucho más visible por estar en el centro de la capital francesa y por su indiscutible prestigio. El hecho de que la protesta española se haya materializado en la ocupación de la Puerta del Sol apunta también un rasgo común. Los espacios de Mayo del 68, desde los consagrados edificios de La Sorbona a las calles y plazas del Barrio Latino de París, tuvieron una enorme importancia, ya que, para manifestantes y autoridades, esos disputados lugares estaban cargados de significado simbólico. Espacios céntricos como Sol o la Plaza de Catalunya se asocian con el poder oficial y reflejan el discurso dominante que les da significado. La Puerta del Sol no solo es el centro de la capital, sino el centro simbólico de España, el kilómetro cero. Al hacerse con Sol, los indignados no solo están reclamando para sí ese espacio, también sus significados simbólicos y discursivos, razón por la cual este ha pasado a conocerse con el nombre de “la República de Sol”.

Está claro que la ocupación de los espacios públicos refleja otro rasgo común a los dos mayos: ambos ponen en cuestión las pretensiones y métodos de la política de partidos convencional, suponiendo por tanto un desafío directo para ellos. Si los manifestantes parisienses rechazaban la V República “burguesa”, los sublevados de Sol han rechazado el duopolio institucional que constituyen el PSOE y el PP. Del mismo modo, los dos movimientos han hecho suya la “democracia directa” de las asambleas populares. También es sorprendente que tanto Mayo del 68 como mayo de 2011 sean estallidos de una juventud desafecta, de dos generaciones que sienten que el establishment les ha fallado. En España, el desencanto generacional lo ha agudizado la lentitud con la que se ha producido la renovación de las élites desde la Transición. Por último, los movimientos del 15-M y de Mayo del 68 se distinguen por la ausencia de líderes y de definición ideológica, así como por su correspondiente capacidad para la acción y la improvisación espontáneas.

Entonces, ¿qué distancia a los dos mayos? La diferencia más palmaria radica en que, para sus propios protagonistas, el levantamiento parisiense era una auténtica revolución. Según muchos de ellos, había de ser una revolución política, de corte marxista, con la que el proletariado y sus aliados arrebatarían el poder a la decadente burguesía de la V República. “Solo se hablaba”, como subraya Prisca Bachelet, de la Unión de Estudiantes Comunistas en 1968, “de cómo hacer la revolución”. Desde este punto de vista, la revuelta parisiense fracasó porque no tomó el poder político. Según expone un antiguo militante, la idea era “antes que nada ocupar el Hôtel de Ville (Ayuntamiento) y, si no se podía ocupar el Hôtel de Ville, quemar la Bolsa. El problema del 68 es que, aparte de las universidades, no nos hicimos con el control de nada; no ocupamos los centros de poder. No ocupar el Hôtel de Ville fue un enorme error”. Sin embargo, para otros militantes, mayo del 68 había de ser sobre todo una revolución cultural. Jean-Paul Dollé aspiraba a “una auténtica revolución cultural, pero de verdad. Se produciría un cambio en la forma de pensar, un movimiento filosófico de masas”. Como recuerda un colega, “nos decíamos que teníamos que llevar a cabo una revolución del espíritu. El auténtico mensaje era que todo el mundo puede hablar con los demás, que la democracia es libre, que por fin se pueden tener relaciones sexuales. ¡Abajo con la moralidad burguesa!”.

Tampoco habría que olvidar que la revolución política de 1968 se inspiraba en las luchas antiimperialistas y anticapitalistas del Tercer Mundo, sobre todo en la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana y la guerra de independencia argelina. De hecho, los manifestantes franceses creían que estaban llevando la revolución a la metrópoli, reproduciendo Vietnam, Cuba y los demás conflictos en el corazón de Europa Occidental. Algo que produciría inevitablemente derramamiento de sangre. Alain Geismar, uno de los fundadores de Gauche Prolétarienne (Izquierda Proletaria) y coautor de una obra de título revelador, Vers la guerre civile (Hacia la guerra civil), recalca que “pensábamos que iban a producirse levantamientos populares por doquier, que serían sofocados con derramamiento de sangre”. En realidad, ambos bandos recurrieron a la violencia, como demuestran los enfrentamientos entre los estudiantes y la policía, y entre esta y los trabajadores. Por ejemplo, el registrado el 11 de junio en la planta de Peugeot en Sochaux se saldó con 150 heridos y dos trabajadores muertos. El contraste con el 15-M es apabullante. Puede que en parte sus manifestantes se hayan inspirado en las revueltas prodemocráticas árabes y en las estudiantiles de Grecia y otros países, pero no se consideran parte de una revolución mundial contra el capitalismo y el imperialismo. Tampoco son fundamentalmente antisistema, como demuestran sus principales reivindicaciones: reforma electoral, castigo a los políticos corruptos, rendición de cuentas y transparencia. Además, Democracia Real Ya no ha recurrido a la violencia. Más bien es difícil imaginar una “revolución” más pacífica y fundamentalmente cívica.

Para terminar, el mayo parisiense de 1968 tenía tanto que ver con las formas de vida como con las tradiciones políticas marxistas. Muchos militantes se afanaban por reinventar la política de una manera novedosa e imaginativa, haciendo que el cambio personal fuera también político: cambiar uno mismo era también cambiar el mundo. Así, Roland Castro, dirigente de Vive la Révolution, calificó a su grupo de “libertario, libertino”. Daniel Cohn-Bendit afirma incluso que “el movimiento quería cambiar más las formas de vida que al Gobierno”. Sin negar la vertiente liberadora y festiva del 15-M, hay que decir que, cuatro décadas después, las aspiraciones del 68 en lo tocante a las formas de vida se han revelado en gran medida irrelevantes.

Si tenemos en cuenta que no logró su principal objetivo político y que fue incapaz de consolidarse desde una perspectiva organizativa o institucional, Mayo del 68 fue un “fracaso”. Esto no solo se debió a las tensiones entre los que buscaban cambios políticos o de formas de vida, sino a las que había entre estudiantes y trabajadores, ya que estos no compartían los objetivos revolucionarios de aquellos. El resultado fue un movimiento que, profundamente dividido, se componía de grupos, redes y aspiraciones enfrentados.

Visto en perspectiva, ¿qué puede aprender el 15-M de mayo del 68? En primer lugar, sería vital que cristalizara en propuestas claras y concretas. La indefinición y la incoherencia sobre cuestiones fundamentales no harán más que perjudicar a la credibilidad y la eficacia del movimiento. Una consecuencia esencial sería la continuidad organizativa, que también implica la existencia de algún tipo de liderazgo colectivo o individual, probablemente básico para garantizar la cohesión, la identidad y la búsqueda de una meta común para el 15-M. Finalmente, yo le sugeriría al movimiento que, para conservar el favor popular, no se quede más de la cuenta en el centro de las ciudades. Con frecuencia se olvida que en Francia los acontecimientos de mayo de 1968 suscitaron una reacción tan virulenta que en las elecciones de junio los conservadores de De Gaulle obtuvieron el 75% de los escaños. Seguramente, lo último que querría el movimiento del 15-M es sufrir un destino similar y ser conocido, por tanto, como “el nuevo Mayo de 1968″.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, marzo 18, 2011

La crisis de valores y el individualismo

Por Miquel Porta Perales, articulista y escritor (ABC, 12/03/11):

Se habla mucho de la crisis de valores. Pero, los valores no entran en crisis. Es la apreciación subjetiva del valor la que cambia. Un valor, por definición, es aquella propiedad —cualidad, significación, importancia o validez— que tienen las cosas para satisfacer las necesidades humanas o proporcionarnos placer y bienestar. Mientras una cosa tenga alguna propiedad que satisfaga mis necesidades o me proporcione placer o bienestar, esta cosa será un valor para mí y no estará en crisis. Y si esta cosa no satisface ninguna de mis necesidades, por mucho que los demás la aprecien, para mí no tiene ningún valor. Así, pues, se podría hablar de crisis de valores en este sentido puramente subjetivo: hay cosas que una mayoría de personas comienzan a creer que ya no son tan valiosas, que ya no merecen la pena, que ya no justifican el esfuerzo que se debe hacer para alcanzarlas, poseerlas, mantenerlas o extenderlas. De una manera estadística se podría establecer una clasificación de preferencias, y sería la posición en esta lista la que temporalmente daría valor al valor. Es lo que tradicionalmente se ha denominado escala de valores o jerarquía axiológica. Y el ascenso o descenso en la clasificación no puede calificarse de crisis de valores. Por lo demás, la estabilidad de una escala de valores es histórica. Nuevas realidades sociales, diferentes estadios de conciencia social, acostumbran a comportar cambios axiológicos.

¿Qué ocurre hoy? Estamos presenciando el nacimiento de la fase fractal de los valores: toda escala o jerarquía de valores genera y desarrolla otra que virtualmente supera la anterior. Parafraseando a Nietzsche, hay valores precedentemente catalogados como vicios que adquieren la categoría de virtudes. Y viceversa. La alteración de la escala de valores no siempre es positiva. Por ejemplo, no resulta positiva la pérdida de valor de la autoridad, el esfuerzo, el mérito o la excelencia. Como tampoco resulta positiva la ganancia de valor del relativismo, la medianía, el embuste o el insulto. En cualquier caso, más allá de nuestra apreciación de los valores, hay que reconocer que vivimos un presente axiológicamente plural. Los valores —para bien y para mal— se han secularizado y democratizado. Y, como apuntaba antes, del hecho que una parte de la sociedad destrone ciertos valores no se infiere que nos dirijamos hacia la quiebra moral. ¿Qué ocurre hoy?, preguntaba. Que determinados valores han perdido la condición de monarcas absolutos. Sigamos con la analogía política: en la cuestión de los valores se está imponiendo una mentalidad constitucional según la cual todos los valores tienen cabida, siempre que respeten las reglas del Estado de derecho. Un Estado que, por definición, excluye el privilegio axiológico. Cosa que no impide que nuestra jerarquía de valores esté hoy encabezada —distinto es que se obre o no en consecuencia— por esos absolutos o universales empíricos del género humano que son la vida y la libertad.

Hablando de la crisis de valores y de la secularización y democratización de los valores, conviene detenerse en una de las dicotomías éticas —más supuesta que real— de nuestro presente: solidaridad versusindividualismo. Hay quien afirma que el auge del individualismo es una carga de profundidad contra la solidaridad. No es eso. Ni el individualismo es un fenómeno nuevo —el afán de autonomía individual ha sido siempre uno de los valores de nuestra cultura— ni la solidaridad se está perdiendo. Veamos. La solidaridad, ¿ha entrado en crisis? Conviene aclarar que la solidaridad no ha entrado en crisis, porque rigurosamente hablando no existe ninguna edad de oro de la Humanidad en que haya sido un valor hegemónico. Lo que sí parece haber entrado en crisis —quien ha perdido posiciones en la jerarquía axiológica vigente— es una concepción redentorista de la solidaridad que, paradójicamente, tiene mucho de egoísta. Hablo de los llamados «actos de compasión», ese altruismo generalmente interesado que ayuda al Otro buscando la satisfacción personal que produce el auxilio al próximo. Hablo de la cara oculta de una solidaridad que busca calmar la mala conciencia del occidental privilegiado, que especula con la piedad para obtener subvenciones, que utiliza la filantropía para hacer carrera política, que convierte la fraternidad en una profesión a falta de otra mejor. Hablo, en fin, de las administraciones que conceden subvenciones en función de los propios intereses o de las firmas que practican el humanitarismo para mejorar la imagen corporativa y ganar mercado o cuota de pantalla.

Frente a esa solidaridad farisaica, existe un individualismo que asume que todo ser humano, en su diferencia, posee la misma dignidad. Asunción que permite llegar a un cierto grado de altruismo y solidaridad construido sobre bases no hipócritas ni ideológicas. Es decir, edificado sobre bases desinteresadas. «Únicamente los solitarios pueden ser solidarios», decía José Bergamín. Me permito retocar la afirmación —de resonancias nietzscheanas— del poeta: únicamente los individualistas pueden ser solidarios. Y ello, porque el individualismo encuentra la respuesta adecuada a la pregunta formulada por Rousseau hace más de dos siglos: «¿Se puede obligar al hombre a ser generoso?». A diferencia del despotismo del Bien propio de la solidaridad por decreto, a diferencia de la solidaridad por interés característica del fariseísmo y el fariseo de turno, el individualismo —el individualista—, a la manera de Hume, practica voluntariamente la «disposición social del género humano. En eso consiste precisamente la solidaridad bien entendida y el individualismo bien entendido. Alguien recordará que existe también una solidaridad franca y desinteresada así como un individualismo insolente y codicioso. Cierto. No lo niego. El objeto de estas líneas es otro: mostrar que el individualismo —como suele pregonarse con excesiva frecuencia en determinados ambientes ideológicos y políticos— no es ni representa necesariamente el grado cero de lo social. ¿Por qué el individualismo ha de ser, poco menos que por definición, egoísta e insolidario? Y, puestos a formular preguntas, ¿quizá la solidaridad —que suele considerarse lo opuesto al individualismo— está siempre libre de pecado?

Cuando, parafraseando a Max Weber, el mundo se está desencantando a pasos de gigante, el individualismo —que además de reconocer al Otro apuesta por la tolerancia, la pluralidad, la privacidad y la autonomía personal: ¿la «franquicia personal» de Étienne de La Boétie?— se erige en una suerte de resumen y compendio del civismo imperfecto propio de las sociedades desarrolladas de nuestro tiempo. Un individualismo que, para afirmarse, no necesita heroicidades o utopías que, en el mejor de los casos, han demostrado no valer nada pese a costar mucho. Un individualismo —ahí está la clave— que es capaz de constituir una empresa cooperativa susceptible de producir un amplio abanico de ventajas mutuas. Por eso —volviendo al inicio de estas líneas en que hablaba de la llamada crisis de valores y de los cambios axiológicos producto de las modificaciones y evolución de la conciencia social—, el individualismo está en alza en la jerarquía de valores de nuestro presente. Pero —sentido del límite obliga—, conviene ser precavido. Conviene guardar las distancias con uno mismo y con los demás. Ni ensimismarse ni disolverse en el Otro. Ya dijo Antístenes de Atenas que, con el individualismo, sucede algo parecido a lo que ocurre con la brasa: «Demasiado cerca, quema; demasiado lejos, hiela».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, mayo 02, 2010

¿Desarrollo sin democracia?

Por César Arjona, profesor de Derecho de Esade (EL PERIÓDICO, 26/04/10):

Parece que el desarrollo económico se puede lograr sin justicia. Al menos, sin justicia democrática, tal como la entendemos en Occidente. Y, en un mundo que está dominado por la economía, eso asusta.

En una reciente conferencia organizada por la cátedra de liderazgos de Esade, Javier Solana expresaba con autoridad un hecho contemporáneo que está ya asumido: el desplazamiento de poder económico desde lo que llamamos Occidente a lo que llamamos Oriente. Lo denominaba desoccidentalización. Durante esa misma conferencia, el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol expresó su preocupación profunda por ello. Una preocupación que no tenía que ver tanto con la pérdida de peso económico de Europa, como con ciertos valores y concepciones de la justicia, que pueden expresarse grosso modo mediante las ideas de Estado de derecho, democracia y derechos humanos.

LA RELACIÓN entre desarrollo económico y democracia –entendida en ese sentido amplio– es un tema clásico en el pensamiento social. Por un lado, es un hecho irrebatible que las zonas del mundo que en la historia reciente han disfrutado de un mayor desarrollo económico, es decir Europa y EEUU, son precisamente aquellas cuyos estados poseen democracias más sólidas. Aunque se trate de una generalización, a grandes rasgos, la coincidencia es obvia.

Sin embargo, establecer relaciones de causa-efecto resulta ya más complicado. Un argumento recurrente sostiene que los países subdesarrollados no necesitan democracia. Según este argumento, un régimen autoritario favorecería la economía de un país pobre, ya que impone una disciplina y un camino común no estorbado por las sutilezas jurídicas de los estados democrácticos y respetuosos con los derechos y las libertades.

En un libro muy reciente, y que preveo de gran influencia, titulado La idea de la justicia, el premio Nobel de Economía Amartya Sen trata, entre otros muchos, sobre este tema. En respuesta al anterior argumento, Sen afirma que democracia y desarrollo van necesariamente de la mano. Es decir: un régimen democrático y de derechos propicia y favorece el desarrollo económico, hasta el punto de que parece difícil concebir este sin aquel.

Para persuadirnos de que esto es algo más que un desiderátum, Amartya Sen recurre a ejemplos muy relevantes, como la colosal hambruna que sufrió China entre 1958 y 1961, la cual provocó la muerte de decenas de millones de personas. La falta de transparencia propia de un Estado dictatorial contribuyó decisivamente a esa continuada tragedia, hasta el punto de que el propio líder Mao Zedong destacó una virtud esencial de la democracia: la fluidez de la información. «Sin democracia», llegó a decir Mao a los cuadros del Partido Comunista, «no se puede comprender lo que está sucediendo allá abajo». Parece claro que ese reconocimiento era puramente instrumental, pero eso precisamente refuerza el argumento en favor de la democracia. La idea de que el desarrollo económico exige democracia reduce a demagógica la posición que defiende la necesidad del autoritarismo en los países pobres. No necesitamos libertades, sino pan. Y el resultado suele ser que no tienen ni libertades ni pan.

Sin embargo, lo que pasa hoy en China lo elude Sen convenientemente. Y es que, según dicen los que entienden y conocen la situación, el inmenso desarrollo macroeconómico chino viene acompañado de la mayor eclosión de clases medias sucedida en la historia: cientos de millones de personas a las que el Estado ha sacado de la pobreza y lanzado al ámbito del consumo global. Más allá de las consecuencias económicas de esto, nótese que todo ello se está logrando sin democracia y sin libertades, al menos tal como se entienden tradicionalmente en Occidente. Es más, desde una tradición política y jurídica notablemente distinta a la occidental.

Digo que Sen lo elude convenientemente, porque este hecho deja en mal lugar al principio que vincula el desarrollo económico con la democracia. Ese principio que es tan reconfortante y en el que nos gustaría tanto creer. Por eso, Pujol está preocupado por los valores occidentales. Y a mí me parece que tiene motivos.

La obra y la vida del propio Amartya Sen, que es precisamente experto en Economía del Desarrollo, nos ofrece una respuesta consoladora. Dentro de sus logros, está el haber inspirado mediante sus ideas el diseño del llamado índice de desarrollo humano, ahora utilizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, y que pretende determinar el grado de desarrollo de un país combinando los índices económicos con otros de carácter social y cultural. Sen nos diría que nos estamos equivocando si creemos en un desarrollo sin derechos y libertades, porque los derechos y las libertades forman parte del desarrollo, el cual no debe medirse solo en términos de PIB y de rentas per cápita. Conceptualmente impecable. Pero la cuestión es: ¿va a ir por ahí el mundo? La duda agobia.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona