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martes, octubre 02, 2012

Cándido en Bengazi

Por Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia (ABC, 01/10/2012).
En su trepidante novela Lituma en los Andes Mario Vargas Llosa refiere la trágica suerte corrida, a manos de Sendero Luminoso, por varios europeos, despreocupados paseantes por los Andes. En un caso, dos francesitos jóvenes, en busca de la más excitante aventura de su vida, viajan en desconchiflados autocares por carreteras de barrancos espeluznantes, rodeados de gallinas y chanchos, de campesinos calzados con ojotas. Todo precioso: para contarlo en París, mostrar las fotos, alardear para los restos de un halo original y atrevido. Su peripecia —a todas luces sacada por el autor de la prensa de la época— termina peor que mal: apedreados hasta morir por los terrucos de Sendero. Más grave aún, si cabe, es el caso de la naturalista-ecologista-botánica de confuso origen europeo, pero afincada ya muchos años en el Perú, y sobre el cual había escrito numerosas obras sin enterarse de nada, de nada de lo fundamental: por su tozudez buenista hace perecer con ella a varios funcionarios peruanos cansados de advertirle cómo los estaba metiendo inermes y de puros cojudos en la boca del lobo. Momentos antes de enfrentarse a la lapidación, la irreducible gringa loca —aquí dirían guiri— no comprende lo que sucede, si ella ha decidido hacer la excursión sin escolta militar, si ella no está con el Gobierno, si ha escrito muchos y buenos libros para difundir sus estudios sobre plantas, paisajes, tesoros humanos… Si ella está con el pueblo, ¿por qué la matan?¿Por qué la odian? ¿Por qué no valoran la entrega de su vida al amor por el Perú y a proyectos para ayudar a los serranos? Desde la cruda objetividad del narrador o de nuestros ojos espectadores sabemos la respuesta: simplemente porque es ella. Y no es una de los suyos. Ni siquiera hay que acudir a la explicación pseudorracional del mesianismo maoísta, mezclado con el mito de Inkarri —vengativo restaurador del Tahuantinsuyo— por Abimael Guzmán y otros descerebrados; o a la utilización del terror como arma para desanimar y paralizar al adversario. Simplemente por ser ella.
Podríamos añadir una larga lista de casos similares en distintas latitudes, circunstancias y tiempos, desde algunos —por fortuna incruentos, aunque del todo baldíos—, como esos párrocos ilusos que piensan resolver la confrontación con el islam desarmando a las imágenes de Santiago Matamoros (v. g. en Nieva de Cameros, ver ABC, 03.08.08), o, si el cura es progre-progre, escondiendo al santo tras mil lienzos en la sacristía, hasta otros menos chuscos y más tristes, como aquella desgraciada actriz teatral italiana, con más sentimientos que ideas, quien, vestida de novia, en autostop y sola, se lanzó a las carreteras para detener la guerra de Irak, la de los Balcanes, todas las guerras. Naturalmente —y lo decimos con amargura— su ingenuo impulso terminó en una cuneta de Macedonia, violada y asesinada. También ella creía que la mera bondad de su causa sería parte suficiente para conjurar y derrotar a las fuerzas del Mal, y es ocioso extenderse comentando la inutilidad de las buenas intenciones si no van acompañadas de medios contundentes de convicción y/o coacción, la complejidad y duración de los procesos de cambio histórico y social, el componente de fe religiosa —personalísima— mal encauzada que late en todas estas acciones. Con proclamar su verdad, el mundo entero caerá de hinojos, comprenderá su error y mimará a las ballenas, mandará los tanques al chatarrero y confraternizará tiernamente y sin titubeos con los aborígenes de las antípodas, aunque no entiendan una palabra de su charla ni vayan a verlos jamás.
Han asesinado al embajador americano en Libia y —como es natural— nada podemos, ni debemos, opinar sobre sus motivaciones últimas, pues las desconocemos, al tiempo que respetamos el sacrificio de su existencia. Pero en términos generales, sí se debe recordar que fue uno de los impulsores de la supuesta Primavera Árabe y que su condición de arabista —en alguna medida lo era— pudo influir en su modo de entender las cosas. Porque eso que, de manera un tanto sumaria, denominamos «deformación profesional», en este caso un exacerbado sentido de identificación con el Buen Salvaje, o El Otro, induce a numerosos arabistas a verse como una prolongación del objeto de su estudio (en otras especializaciones con el suyo), redactando magníficos tratados y estudios sobre matices y aspectos de detalle en su materia de trabajo, pero tercos y ciegos en la negativa a replantear asunto alguno que afecte a las raíces de la cultura árabe o a sus relaciones con la nuestra. Tabú. Y a partir de ahí, profesionales serios, o analistas de medio pelo que vienen detrás, pueden incurrir en graves errores de bulto, por basarse en datos y valoraciones no pocas veces inexactas o incompletas, por decirlo educadamente. Que un conocedor del mundo árabe —como era el embajador Stevens— sobrevalore el poder de arrastre de sus buenas intenciones parece apuntar en el sentido que venimos indicando: como si a Sendero Luminoso, al-Qa‘ida, Boko Haram o los Hermanos Musulmanes les importasen un comino los miles de horas de estudio y dedicación, el cansancio de viajes y lugares inhóspitos soportados, las enfermedades contraídas —sé de lo que hablo— «en busca de la ciencia», dicho sea calcando la expresión árabe. Nada de esto redime al estudioso o al simpatizante arabófilo a los ojos del fanático de enfrente, que sólo quiere sumisión (o sea, islam); más bien lo vuelve del todo sospechoso, acreedor de reticencias y pesquisas: por algo lo hará…
En estos mismos días el Papa ha visitado el Líbano, tratando de coadyuvar, cuando menos, a un apaciguamiento de la violencia permanente que allá se vive desde tiempo inmemorial; se ha reunido en protocolarias ceremonias con dirigentes religiosos de diversas confesiones y ha lanzado sentidos llamamientos a la cooperación y unidad de cristianos y musulmanes. Ha demostrado preocupación y buenos sentimientos, testimonio de su misión y caridad por los que sufren. En suma, ha cumplido como máximo representante de la principal confesión religiosa del momento y de la historia. Pero es imposible que ignore —y por tanto no es él el Cándido de Bengazi— la dificultad ciclópea que entraña su exhorto. Los intentos de acercamiento pacífico a los musulmanes tienen larga trayectoria: desde que a mediados del siglo XV fray Juan de Segovia (con antecedentes en Ramón Llull) compusiera su obra de aproximación teórica ( De mittendo gladio Divini Spiritus in corda Sarracenorum), o a fines de la misma centuria fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada tras la toma de la ciudad, pretendiese la conversión de los moros locales por la vía de la dulzura persuasiva sin coerción ni presiones. El fracaso práctico de tan loables métodos (como años más tarde el de fray Bartolomé de las Casas en Cumaná) trajo el golpe pendular del cardenal Cisneros, su orden coactiva de bautismo y la primera rebelión de las Alpujarras. Justo lo contrario de lo pretendido.
Bien es cierto —y es una diferencia notable— que Benedicto XVI, siguiendo el respetuoso ecumenismo de la Iglesia actual, no pretende convertir a nadie, tan sólo coexistir en paz, cooperar y mantener el status quo, tan menguado, de la fe en Oriente Próximo. Nada más. O, en otras palabras, salvar el cristianismo subsistente en la zona en espera de tiempos mejores. El problema —que sin duda el santo Padre tampoco ignora— es que eso también lo saben los dirigentes musulmanes, y saben que el tiempo siempre ha jugado a su favor, desde la caída de Jerusalén en el año 636. Tenemos, pues, ante nosotros un presente y un futuro en los que no cabe candidez alguna.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, septiembre 01, 2012

Un nuevo paradigma

Por Sami Naïr, catedrático de Ciencia Política, es profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Su último libro es La lección tunecina (Galaxia Gutemberg).
Desde las revoluciones de 2011, algo está cambiando entre Estados Unidos, Europa y los países árabes musulmanes. Hasta esa fecha el paradigma de la política exterior occidental, asumidas todas las diferencias, se resumía en la defensa, a cualquier precio, de la estabilidad interna en los países árabes, del control de las fronteras occidentales frente a los flujos migratorios y, por fin, de la lucha en contra del integrismo religioso. Los países europeos apoyaban a regímenes dirigidos por dictadores supuestamente laicos (Mubarak, El Asad, Ben Ali, Gadafi), mientras que Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque sostenían a los mismos dirigentes (con matices tratándose de Gadafi y El Asad), ponían hincapié sobre la diferencia entre el islamismo conservador, que merecía el apoyo, y el integrismo, enemigo irreductible. Esta sensibilidad americana y británica a favor del islamismo conservador, incluso el de los Hermanos Musulmanes de Egipto, hunde sus raíces en una vieja tradición, inaugurada en 1944 en el acuerdo de Quincy entre Roosevelt y el rey Ibn Saud, cuyo objetivo era asegurar la perennidad del régimen wahabita a cambio del petróleo árabe. A partir de este momento, Arabia Saudí se volvió una potencia casi-americana en la región, probablemente más involucrada en la estrategia estadounidense de lo que sería Israel más tarde.
Americanos, británicos y saudíes estuvieron estrechamente unidos en la lucha en contra del nacionalismo laico árabe desde los años cincuenta hasta la década de 2000, favoreciendo la constitución por doquier de fundaciones, institutos, editoriales islámicos para hacer frente a las ideologías de izquierdas. Esta ofensiva religiosa acompañaba, en el mundo musulmán, a la “doctrina Eisenhower” de lucha en contra del comunismo. La revolución islámica iraní, en 1979, sorprendió a todo el mundo y trastornó el mapa geopolítico regional. De repente, Arabia Saudí tuvo un adversario en el mismo terreno religioso, aunque chií. Irán, descartado de la escena islámica y árabe desde que la CIA había instalado en el poder al sah Mohamed Reza, volvió así como potencia autónoma y radicalmente opuesta a Estados Unidos y a sus aliados regionales. Y desde 1979, EE
UU, las potencias europeas, Arabia Saudí y Egipto, lo combatieron, incluso apoyándose sobre el Irak nacionalista de Sadam Husein. De allí la guerra de ocho años entre Irak e Irán, que costó más de dos millones de muertos a ambos países, y que acabó sin vencedor.
Desde aquel entonces, el objetivo de las monarquías petrolíferas era contrarrestar la expansión iraní. ¿En nombre de qué ideología? Arabia Saudí, legítimamente, no confiaba en el nacionalismo prosoviético y antifeudal de Sadam Husein. Siria era aliada de hecho con Irán por razones a la vez religiosas (pertenencia del clan El Asad a una rama chií-alauita) y políticas (control de los chiíes libaneses). La única alternativa posible era oponer al chiísmo el sunismo. Así que la primera guerra del Golfo en 1991 y la invasión americano-británica en 2003, de Irak, marcaron el fracaso definitivo del nacionalismo árabe y el auge, en todas partes, de los enfrentamientos confesionales interislámicos.
Las revoluciones democráticas de 2011 plantean ahora nuevos retos. Se ha abierto un peligroso periodo de inseguridad. Han surgido nuevos actores políticos, a veces desconocidos o cuyas estrategias quedan opacas. El hecho más decisivo, tanto para Estados Unidos como para los europeos y Arabia Saudí, ha sido la caída de Hosni Mubarak en Egipto. Él era el verdadero guardián del orden occidental. Y eso porque Arabia Saudí ni entendió ni aceptó el apoyo de Washington a los revolucionarios de la plaza de Tahrir. Tampoco podía aceptar una evolución democrática laica, que representaba un peligro mortal para sí misma. Razón por la cual el periodo de vacilación no duró mucho. La contraofensiva fue iniciada desde Riad; está triunfando ahora, aunque probablemente de manera coyuntural. Su concepto es claro: se trata de recuperar la revolución democrática cuya dinámica era potencialmente laica, dado que los islamistas no tuvieron un papel importante en la contienda, y transformarla en victoria del islam político. Para ello, Arabia Saudí, Catar y las innumerables organizaciones privadas del islamismo financiero internacional, derramaron toneladas de dinero a los movimientos islamistas. Los islamistas tunecinos, como los egipcios, utilizaron esta ayuda “divina” para comprar votos y corromper a sectores enteros de la población en las elecciones frente a los demócratas y laicos. Esta estrategia de Arabia Saudí ha conseguido un verdadero éxito. Para este país, como para sus aliados islamistas en Egipto y Túnez, se trata fundamentalmente de utilizar la democracia para islamizar la sociedad. Y lo están intentando ahora, democráticamente.
Frente a esta nueva situación, las potencias occidentales están reorientando poco a poco su diplomacia. Atrapadas en las redes de la contraofensiva saudí, la apoyan objetivamente. Eligieron a los islamistas como interlocutores privilegiados, tanto en Egipto como en Túnez; favorecieron la victoria de los islamistas supuestamente “liberales” en Libia y, más claramente, están sosteniendo directamente a los islamistas sirios —armados por Arabia Saudí— frente a la dictadura de El Asad.
El nuevo paradigma parece ser el de una búsqueda de la estabilidad regional interna en los países árabes basándose en los islamistas conservadores, que se han convertido en los nuevos aliados. Las fuerzas democráticas laicas árabes parecen demasiado débiles, no constituyen una elección seria de momento… Se abre de hecho un periodo de experimentación del islam político tanto en Túnez, Libia, como en Egipto y probablemente mañana en Siria, bajo dominio saudí y beneficiándose del apoyo directo de Estados Unidos y Europa. Por supuesto, hay que matizar este paradigma en función de los intereses particulares de cada uno, pero en el fondo, es idéntico para todas las potencias occidentales.
Este cambio es, evidentemente, necesario. Hay que tener buenas relaciones, tanto de intereses como de vecindad, con los países de la ribera sur del Mediterráneo. Sin embargo, desde 2011 hemos entrado en una larga época de desestabilización. Nada es menos seguro que la hipótesis de que la “islamización” de estas sociedades pueda tener un éxito fácil. Pues no se trata solo de un problema ideológico, de “recuperación cultural”, tal y como lo afirman los islamistas, sino más bien de un hecho sociológico: el auge de nuevas clases sociales dentro de los sistemas económicos y políticos. Quieren reemplazar a las capas occidentalizadas, orientadas hacia Occidente. En Túnez, hoy día, los islamistas de El Nadha miran hacia Oriente y prometen a sus seguidores la promoción social dentro de los aparatos del Estado y de la función pública. ¿En detrimento de quién? En Egipto, la misma evolución social. La mirada de los islamistas, al igual que la de los grupos sociales que les apoyan, está dirigida hacia Oriente. Es una tendencia de fondo.
Ahora bien, los islamistas no tienen un proyecto económico diferente del de los regímenes dictatoriales: abogan por un liberalismo incapaz de solucionar las demandas económicas de sus seguidores. El clash social parece cierto, aunque los islamistas lo van a cubrir de retórica religiosa. Lo demuestra ya el actual enfrentamiento entre los sindicatos tunecinos y el poder islamista.
Por otra parte, la demanda migratoria hacia Europa se va a incrementar, inevitablemente, tal y como ocurrió en Argelia cuando el partido islamista ganó las elecciones, en 1990. Por esa razón es por la que el nuevo paradigma europeo, más allá de los intereses inmediatos, debe tomar en cuenta las aspiraciones de los demócratas y republicanos árabes, aunque solo sea porque, después de las revoluciones democráticas de 2011, lo importante para todos no es tanto el adjetivo: “islámico”, sino, más bien, el sustantivo: democracia.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, agosto 21, 2012

Don’t Fear All Islamists, Fear Salafis

For Robin Wright, the author of Rock the Casbah: Rage and Rebellion Across the Islamic World, is a fellow at the United States Institute of Peace and the Woodrow Wilson International Center for Scholars (The New York Times, 20/08/2012).
 This spring, I traveled to the cradle of the Arab uprisings — a forlorn street corner in Sidi Bouzid, Tunisia, where a street vendor, drenched in paint thinner, struck a match in December 2010 that ignited the entire Middle East. “We have far more freedoms,” one peddler hawking fruit in the same square lamented, “but far fewer jobs.” Another noted that Mohamed Bouazizi, the vendor who set himself on fire, did so not to vote in a democratic election but because harassment by local officials had cost him his livelihood.
As the peddlers vented, prayers ended at the whitewashed mosque across the street. Among the faithful were Salafis, ultraconservative Sunni Muslims vying to define the new order according to seventh-century religious traditions rather than earthly realities. For years, many Salafis — “salaf” means predecessors — had avoided politics and embraced autocrats as long as they were Muslims. But over the past eight months, clusters of worshipers across the Middle East have morphed into powerful Salafi movements that are tapping into the disillusionment and disorder of transitions.
A new Salafi Crescent, radiating from the Persian Gulf sheikdoms into the Levant and North Africa, is one of the most underappreciated and disturbing byproducts of the Arab revolts. In varying degrees, these populist puritans are moving into the political space once occupied by jihadi militants, who are now less in vogue. Both are fundamentalists who favor a new order modeled on early Islam. Salafis are not necessarily fighters, however. Many disavow violence.
In Tunisia, Salafis started the Reform Front party in May and led protests, including in Sidi Bouzid. This summer, they’ve repeatedly attacked symbols of the new freedom of speech, ransacking an art gallery and blocking Sufi musicians and political comedians from performing. In Egypt, Salafis emerged last year from obscurity, hastily formed parties, and in January won 25 percent of the seats in parliament — second only to the 84-year-old Muslim Brotherhood. Salafis are a growing influence inSyria’s rebellion. And they have parties or factions in Algeria, Bahrain, Kuwait, Libya, Yemen and among Palestinians.
Salafis are only one slice of a rapidly evolving Islamist spectrum. The variety of Islamists in the early 21st century recalls socialism’s many shades in the 20th. Now, as then, some Islamists are more hazardous to Western interests and values than others. The Salafis are most averse to minority and women’s rights.
A common denominator among disparate Salafi groups is inspiration and support from Wahhabis, a puritanical strain of Sunni Islam from Saudi Arabia. Not all Saudis are Wahhabis. Not all Salafis are Wahhabis, either. But Wahhabis are basically all Salafis. And many Arabs, particularly outside the sparsely populated Gulf, suspect that Wahhabis are trying to seize the future by aiding and abetting the region’s newly politicized Salafis — as they did 30 years ago by funding the South Asian madrassas that produced Afghanistan’s Taliban.
Salafis go much further in restricting political and personal life than the larger and more modern Islamist parties that have won electoral pluralities in Egypt, Tunisia and Morocco since October. For most Arabs, the rallying cry is justice, both economic and political. For Salafis, it is also about a virtue that is inflexible and enforceable.
“You have two choices: heaven or hellfire,” Sheikh Muhammad el-Kurdi instructed me after his election to Egypt’s parliament as a member of Al Nour, a Salafi party. It favors gender segregation in schools and offices, he told me, so that men can concentrate. “It’s O.K. for you to be in the room,” he explained. “You are our guest, and we know why you’re here. But you are one woman and we are three men — and we all want to marry you.” Marriage may have been a euphemism.
Other more modern Islamists fear the Salafi factor. “The Salafis try to push us,” said Rachid al-Ghannouchi, founder of Ennahda, the ruling Islamist party in Tunisia. The two Islamist groups there are now rivals. “Salafis are against drafting a constitution. They think it is the Koran,” grumbled Merhézia Labidi, the vice chairwoman of Tunisia’s Constituent Assembly and a member of Ennahda.
Salafis are deepening the divide between Sunni and Shiite Muslims and challenging the “Shiite Crescent,” a term coined byJordan’s King Abdullah in 2004, during the Iraq war, to describe an arc of influence from Shiite-dominated Iran to its allies in Iraq, Syria and Lebanon. Today, these rival crescents risk turning countries in transition into battlefields over the region’s future.
The Salafis represent a painful long-term conundrum for the West. Their goals are the most anti-Western of any Islamist parties. They are trying to push both secularists and other Islamists into the not-always-virtuous past.
American policy recently had its own awakening after 60 years of support for autocratic rulers. The United States opted to embrace people power and electoral change in Tunisia, Egypt, Libya, Morocco and Yemen. Yet Washington still embraces authoritarian Gulf monarchies like Saudi Arabia, tolerating their vague promises of reform and even pledging the United States’ might to protect them.
Foreign policy should be nuanced, whether because of oil needs or to counter threats from Iran. But there is something dreadfully wrong with tying America’s future position in the region to the birthplace and bastion of Salafism and its warped vision of a new order.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, agosto 09, 2011

Seis meses para cambiar el mundo

Por Luz Gómez García, profesora de estudios árabes e islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 03/08/11):

Seis meses para cambiar el mundo. O al menos nuestro mundo: el Mediterráneo. O arriesgando en la terminología, el euroárabe: por la geografía, por los flujos migratorios, por el sustrato cultural. Seis meses de revueltas árabes que no han sido monolíticos. Han fluctuado el alcance de los cambios, la implicación popular, la localización y el fervor mediático. Pero tal y como los árabes mismos proclaman sin cesar, ya nada será igual: ni en el mundo árabe ni en Occidente. Y en Occidente la gran sorpresa ha sido España. El 15-M, en el que los árabes quieren ver, orgullosos, una réplica de Túnez y Tahrir, no busca acabar con ningún tirano, pero sí con algunas tiranías: la de los mercados financieros, la de los partidos sin democracia, la omnipresente del productivismo patriarcal. Por ello, y pese a lo que diferencia a ambos procesos, lo ocurrido en el mundo árabe y en España dibuja un nuevo paradigma, perfectamente alcanzable. Solo hace falta una cosa, la más difícil de todas: querer cambiar las cosas.

Enero-febrero. Con la caída de Ben Ali, se puso de manifiesto la capacidad de la sociedad tunecina para gestionar un espacio público propio y reinventarse a sí misma. En menos de cuatro semanas, la suerte del mundo árabe estaba echada. Aunque la fuerza simbólica de las plazas mayores (Tahrir o La Perla) acaparó las miradas, en las revueltas árabes la ramificación callejera ha sido fundamental: las pequeñas ciudades y la periferia fueron las que encendieron la llama en Túnez y la hicieron imparable en Egipto, donde hace 4.000 años se inventó el centralismo administrativo. Nada más contrario a las pirámides que las redes, la nueva expresión de la revolución. Sin centro y sin márgenes, las identidades se difuminan, reducen su pugnacidad, y la tríada maldita de la sociedad árabe (clase, sexo, religión) recula en el nuevo espacio público.

Como se vio en Egipto, la revolución no es un mero horizonte, es una estrategia realista, hasta triunfante. Puede con Mubarak, con la Embajada estadounidense y con los Hermanos Musulmanes. Cuando la hermandad fundada por Hasan al Banna en 1928 se decide a salir a la calle, ya no hay hueco para sus recetas reformistas y su umma de cortar y pegar, retrógrada en lo social y componendista en lo político. Esta vez es el pueblo, no la umma, el arquitecto del futuro.

Marzo. Por fin un respiro, piensa la vieja realpolitik occidental: la primavera árabe se atasca en Libia. Sí y no. Con Libia hemos llegado a la creación de un problema complejo, útil para cuestionar silenciosamente el despertar árabe: el sueño puede acabar en guerra civil, por lo tanto tal vez no es del todo bueno. Sin la intervenciónmilitar occidental, Bengasi habría sido arrasada por Gadafi. Pero como la intervención ha sido oscura y poco eficiente para garantizar el triunfo total de los rebeldes, la causa rebelde queda enturbiada y sometida al discurso habitual, previo: el de las potencias mundiales que se posicionan a favor o en contra de un tirano. Los rebeldes quedan reducidos a un papel secundario, molesto. ¿Deberían haberlo hecho?

Parece que los árabes solo deban hacerlo cuando dominen maravillosamente lo icónico, como en Tahrir, haciéndose con una plaza y con el apoyo de Al Yazira. Pero el mundo árabe sigue sus procesos, como los seguía cuando estaba inmerso en el islamismo. La gente ha abierto la puerta y está decidida. La prueba es Siria: aunque el mundo haga poco o nada, los sirios siguen en pie contra el tirano.

Avanzan las revueltas y se impone la sensación de que el cambio árabe es demasiado fatigoso para un Occidente políticamente exhausto, que no ha podido explicar a sus ciudadanos por qué sus élites financieras, para las que se nos pidió confianza, han robado impunemente a los ciudadanos: un Obama moralmente preso de Guantánamo y asfixiado en casa; un Sarkozy que es una parodia de De Gaulle y de Le Pen al mismo tiempo; un Cameron y una Merkel tan poco europeístas que ni se entienden entre ellos; y un Zapatero que ha fallado a los jóvenes a los que prometió no fallar. ¿Quiénes levantan la cabeza airosos en el último decenio? Erdogan, Lula, los periféricos, los que de entrada asumieron su desconfianza en el sistema.

Abril. Fatah y Hamás cierran filas, en vano. Si el mundo árabe se levanta, Palestina se levantará: contra sus gobernantes y contra la ocupación. El millón y medio de habitantes de Gaza y los dos y medio de Cisjordania podrían marchar hacia Israel, cada día la posibilidad se acerca más y se llama septiembre. Los palestinos harán su revolución una vez más: por ellos y por el mundo árabe. ¿Será con éxito? Será para fracasar mejor, como decía Beckett. Israel e Irán, los grandes enemigos del mundo árabe, habrán de recomponerse los ropajes. ¿Una Siria libre? Terror para ambos. ¿Una Palestina libre? Terror para ambos. ¿Un Egipto libre? Terror para ambos. ¿Una Arabia Saudí libre? Terror para ambos. La libertad del mundo árabe es el terror de Irán e Israel. ¿Y qué será de la hegemonía americana en la región si se hunde el viejo paradigma maniqueo que enfrenta a Irán (el demonio, lo distinto) con Israel (el hermano, el semejante)?

Mayo-junio. Mucho se ha hablado de las posibles semejanzas entre las revueltas árabes y el 15-M español. Que en el plano icónico las hay, es evidente. Y lo icónico importa. Pero lo cierto es que más allá del cultivo de la horizontalidad y de la cultura de la red en Túnez-Tahrir y Sol, las semejanzas no son muchas: en el mundo árabe se llora por una democracia no muy desemejante a la de aquí, mientras que aquí se la juzga caduca. Aquí lo que en el fondo se reclama es un nuevo pacto social. La democracia española que reposa sobre los Pactos de la Moncloa ha llegado a su fin, si es que no lo había hecho hace tiempo. A muchos efectos la Transición solo ha acabado de acabar ahora, con la contestación del 15-M, que supone la aparición de nuevos actores políticos, marginales de momento, pero nuevos, apartidistas aunque no apartidarios.

Hay que refundar la esfera pública española. Nuestra Constitución, la relación del Estado con la Iglesia y hasta el modelo de Estado posiblemente no nos sirven ya. Pero lo importante, lo que indica un cambio de paradigma a una escala mayor, es que la sensación es semejante en otros países sin nuestras condiciones intrínsecas. Hay una crítica a la democracia formal europea como modelo de resultados seudodemocráticos.

Es cierto que la mayoría de la población acepta las condiciones de su relación con esta democracia que no tiene otro rostro que el del capitalismo liberal. Pero eso no invalida la crítica regeneradora, la solicitud de un cambio radical en el sistema de las mediaciones, en el que mediador y poder han quedado asimilados en el sentir de sectores sociales que han decidido reprobarlos.

Coda. Cualquier cambio político de alcance no solo tiene todas las de perder, sino que es azaroso, titubeante. Sin embargo a las revueltas árabes o al 15-M se les exige acierto a la primera, perfección y otras cualidades poco frecuentes cuando se hace historia. En ambos acontecimientos, tomados por separado y conjuntamente, lo que importa es su fe en la perfectibilidad política: en el mundo árabe, estamos ante un rugido en favor de la democracia; en el 15-M, ante una propuesta regeneradora y transformadora, que le pide realidad a la democracia, porque al ciudadano le sobra realidad y le falta democracia, esto es, poder político. Pero el estado de cosas ¡desea ver caer al 15-M! Digámoslo todo: y a las revoluciones árabes, que no se pueden juntar con el movimiento español, pero que han coincidido en un tiempo único, cargado de futuro.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, junio 17, 2011

El viento de la ‘primavera árabe’

Por Tahar Ben Jelloun, escritor marroquí. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 13/06/11):

Muamar Gadafi y Bashar el Assad están de acuerdo, al menos, en una cosa: hay que eliminar la primavera; a partir de ahora, el año no tendrá más que tres estaciones.

Por culpa de ellos, el fenómeno denominado la primavera árabe está ensombreciéndose y empezando a parecer un «infierno árabe». Son hombres de la estirpe de Sadam Huséin. Como él, no toleran la oposición y reaccionan con las armas. Como él, se aferran a su sillón, que ocupan sin legitimidad. Como él, se apoyan en el tribalismo para mantenerse en el cargo. Como él, temen a la justicia. Como él, están convencidos de que tienen razón.

Las revueltas de Túnez y Egipto triunfaron porque el ejército se unió a los manifestantes. Sin el valor y la audacia de unos cuantos altos oficiales, los dos países estarían aún enterrando a sus muertos.

¿Qué ha sucedido, por qué y cómo fue posible que el sueño se hiciera realidad, aunque sea una realidad salpicada, en estos momentos, de dificultades, decepciones e impaciencia? El genio de un pueblo es imprevisible. No se sabe por qué, un día, la gente sale a la calle y se enfrenta con valentía a las balas de la policía o el ejército. Despreciar, humillar, aplastar al ciudadano es una forma de gobernar y garantizar la consolidación del poder. El Raïs se convierte en padre de la nación, en un personaje indiscutible y libre de hacer y poseer lo que quiera; la tradición y la mentalidad árabe enseñan el respeto absoluto al padre. No se critica al padre, no se levanta la voz en su presencia, se le obedece y se le dan las gracias por existir. Por eso tanto Mubarak como Ben Alí, Gadafi y Bashar el Assad son capaces de considerar alegremente que el país y sus recursos son patrimonio suyo y se presentan como padres de sus respectivas naciones.

En Occidente, esta noción del padre no existe. ¿Por qué está tan arraigada en el mundo árabe y musulmán? En esos países hay una constante: el individuo, como entidad única y singular, no existe, no está reconocido, lo más importante es la familia, el clan o la tribu. La novedad que caracterizó las primeras manifestaciones en Túnez y Egipto fue la aparición del individuo; la gente en la calle no reclamaba aumento de sueldo, sino unos valores universales como la libertad, la dignidad, el respeto a los derechos de la persona. Querían reafirmarse como individuos con derechos y obligaciones y se negaban a que los considerasen súbditos del jefe del Estado.

La inmolación de Mohamed Buazizi, que se prendió fuego, es una rebelión contra el padre. El islam prohíbe el suicidio y la inmolación no pertenece a la cultura tradicional árabe.

Hamza al Khatib tenía 13 años. Le detuvieron en Deraa el 29 de abril por gritar «Abajo el régimen sirio». Fue torturado, recibió descargas eléctricas, le quemaron los pies, los codos y las rodillas, luego le hirieron en el rostro y le cortaron los genitales. Le remataron de tres balazos, uno de ellos en pleno pulmón. El 25 de mayo entregaron el cuerpo a sus padres; se encontraba en estado de descomposición. El padre fue detenido y le obligaron a acusar a los salafíes de haber cometido el crimen. Hamza, como Mohamed Buazizi, se ha convertido en símbolo de una rebelión en la que la sangre no deja de correr.

Estas revueltas no son revoluciones. Surgieron de forma espontánea, sin líderes, sin ideología, sin partidos políticos. Fue la voluntad de no seguir viviendo doblegados, de que no les sigan negando su dignidad de hombres y de mujeres; fue la tozudez de una rebelión que no se detuvo hasta la marcha de quien simbolizaba la represión, el robo, la corrupción y el ejercicio del poder absoluto. Fue una misma cólera que habitaba en el cuerpo y alma de millones de ciudadanos de todo el mundo árabe.

Y ahora, a pesar del desorden actual y las improvisaciones más o menos afortunadas en Túnez y Egipto, el viento de esta primavera continúa soplando sobre el mundo árabe en su conjunto. Los dos países en los que los combates contra la dictadura se saldan a diario con docenas de muertos de civiles desarmados, Siria y Libia, están en manos de un sistema que tiene raíces antiguas y estructuradas. Siria siempre ha sido un Estado policial, con un ejército sólido, que se aprovecha de la proximidad de Israel y Líbano, de donde salió expulsado en 2005.

Líbano (sin gobierno desde hace seis meses) vive en un estado de angustia. Su seguridad es frágil. «Los libaneses», me dice Fouad Siniora, que fue primer ministro, «temen que Siria cree dificultades en la frontera para desviar la atención de la prensa internacional, que sigue de lejos y a través de internet (está prohibida en territorio libio) lo que ocurre todos los días en el país».

Los países del Golfo contemplan con especial interés la evolución de la situación en Siria porque saben que detrás de El Assad está Irán, una potencia a la que las monarquías del petróleo tienen miedo.

Tanto Yemen como Libia, aunque haya grandes diferencias entre los dos regímenes, están condenados a librarse de sus dictadores. Alí Abdalá Saleh se aferra a su puesto de una manera indigna. Los muertos se cuentan por centenares. Se sabe que el país es complejo, está dividido, y la gente está armada. Herido por disparos el 3 de junio, el presidente aprovechó para ir a curarse a Arabia Saudí.

Gadafi ya no tiene futuro. El día que sus mercenarios se cansen, caerá. Ha habido 10.000 muertos desde el comienzo de la rebelión. Qué importa, dice él. Sólo saldrá de Libia por voluntad divina, parece que ha asegurado. Pero la voluntad divina no le ha dicho que asesine a su pueblo. Por eso el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 1973 y por eso interviene la OTAN. Creer que Gadafi va a ceder a las presiones internacionales y emprender el camino de un exilio negociado es conocerle mal. Su patología no es de hoy. Es un hombre acorralado que no comprende que se le pueda exigir que se vaya. Está convencido de que tiene razón, que es víctima de Occidente y de los elementos de Al Qaeda. Cuando uno lleva 42 años en el poder, se olvida de lo que es real, piensa que lo normal es lo que él decide. Ha perdido toda noción de la realidad. No está loco, está enfermo. Al contrario que Milosevic, Gadafi no tiene nada que negociar, salvo su marcha.

El caso de Bahréin es significativo. En este país de mayoría chií, la población se rebeló para reclamar el fin de la monarquía. Entonces intervino Arabia Saudí (con la bendición de Estados Unidos). Todo debe cambiar, salvo las monarquías del Golfo. Con los recursos petroleros, pocas bromas. El 1 de junio se levantó el estado de emergencia.

La primavera árabe sigue adelante en este comienzo de verano. Una de sus victorias fundamentales es el fracaso del islamismo, la coartada que permitía a Ben Alí y Mubarak mantenerse al mando y negociar con Occidente. Ahora descubrimos que era un engaño. El islamismo se ha visto totalmente superado por unas revueltas en las que no ha participado. Ha pasado el tren, y los islamistas ni siquiera se habían dado cuenta de su llegada. Han perdido la ocasión. Su programa está caduco. Bin Laden ha muerto, y, con él, toda una fantasmagoría que no corresponde a la realidad. En Egipto, los Hermanos Musulmanes se han constituido como partido. Tendrán que aceptar las leyes de la democracia o desaparecerán del panorama político. El islamismo es una corriente más, entre muchas otras. Tiene derecho a existir, pero de acuerdo con las reglas y las leyes del respeto democrático.

La desaparición de Bin Laden no acaba con el terrorismo. Siempre habrá en alguna parte un iluminado, un loco, un grupo de enfermos dispuestos a poner bombas y matar a inocentes, como sucedió en Marraquech el 27 de abril. El terrorismo tendrá más dificultades sencillamente porque las poblaciones se han vuelto más vigilantes y la policía ha hecho de la seguridad su objetivo prioritario.

El mundo árabe es una entidad que no corresponde a nada; no existe unidad ni filosofía común. Hay unos Estados árabes que no se soportan entre sí, aunque celebren reuniones y cumbres. La hipocresía es manifiesta. Marruecos y Argelia no se entienden. Sus fronteras están cerradas. Túnez tiene miedo del vecino libio. Siria juega en todos los tableros al tiempo que consolida su régimen policial y represivo y confía en volver a introducirse en Líbano, que vive en tensión permanente. Irak cuida sus heridas mientras el terrorismo sigue matando. En Jordania, por ahora, hay calma; ha vivido tiempos difíciles. Sudán se encamina hacia un montón de problemas. Yemen corre el peligro de perderse en una guerra civil. E Israel observa este desbarajuste mientras endurece su política colonial, rechaza la unión de los palestinos y deja caer las propuestas de Barack Obama en el olvido.

El rey Mohamed VI previó estos acontecimientos y propuso, en un histórico discurso pronunciado el 9 de marzo, profundas reformas por las que delegará parte de su poder en el primer ministro y el parlamento. Se celebran manifestaciones todos los viernes y domingos. Las del 3 de junio produjeron la muerte de un manifestante por una paliza de la policía, un hecho grave e imperdonable. El papel de la policía es garantizar el orden, no golpear y matar.

El despertar de los pueblos árabes no ha terminado. El miedo ha cambiado de bando. Los dictadores que ocupan el poder sin legitimidad no podrán mantenerse en él. Tarde o temprano, el mundo árabe se deshará de esos locos furiosos que se aferran a sus cargos a costa de multiplicar las matanzas.

La primavera árabe acaba de dar un rodeo por Europa. Los jóvenes de España y Grecia manifiestan todos los días su indignación.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, junio 11, 2011

L’UE au défi du Printemps arabe

Par Jacques Delors Antonio Vitorino et al. (LE TEMPS, 08/06/11):

Les révoltes en cours dans les pays arabes ont surpris et parfois déstabilisé les dirigeants européens. Au même titre que les récents soubresauts survenus à l’est de l’Europe, elles ont conduit l’Union européenne à s’interroger sur la stratégie à adopter vis-à-vis de ses voisins, sans qu’il soit clairement perceptible à ce stade qu’elle soit parvenue à se hisser à la hauteur des événements.

Se hisser à la hauteur des événements survenus dans le monde arabe, c’est tout d’abord les qualifier comme il se doit, c’est-à-dire comme une opportunité historique pour l’UE: celle de sortir du dilemme stérile entre dictatures et islamisme, et par la suite, de la «préférence pour la sécurité» qui a longtemps pesé sur ses relations avec les pays des rives Sud et Est de la Méditerranée. Cette vision sécuritaire a récemment conduit à ­insister de manière disproportionnée sur les conséquences ­négatives potentielles des «révolutions» en cours, en termes de vagues migratoires ou d’éventuels risques terroristes.

Si «risques» il y a, ils ne peuvent occulter la démonstration d’attachement aux valeurs d’ouverture, de démocratie et de liberté apportée par les Tunisiens, les Egyptiens et tant d’autres peuples du pourtour méditerranéen, qu’il convient d’encourager avec toute l’énergie nécessaire. C’est sur ces aspirations-là que l’UE et ses Etats membres doivent construire une relation nouvelle avec les Etats dont les peuples aspirent au changement, en affichant son soutien moral et matériel et en combinant projets de court terme et vision stratégique.

Deux urgences: le soutien aux économies et aux sociétés civiles.

C’est en évitant que la situation économique ne se dégrade plus encore dans les pays en mouvement que les avancées politiques pourront être consolidées et prolongées. Un plan d’aide européen massif s’impose, qui doit reposer sur la mobilisation et la mise en cohérence de l’ensemble des outils européens et nationaux disponibles: aide humanitaire et aide au développement, prêts de la BEI, de la BERD et des agences nationales, projets d’investissement dans les secteurs vitaux tels que le tourisme et l’énergie, ouverture commerciale réciproque y compris dans le domaine de l’agriculture… Cela implique également pour l’UE de bien se coordonner avec les grandes institutions internationales comme la Banque mondiale, avec les Etats-Unis, la Turquie, ou encore les pays du Golfe, qui sont aussi actifs dans la région. Comme au moment du «plan Marshall», l’ensemble de ces soutiens doit favoriser le rapprochement des pays bénéficiaires et l’intégration régionale. Leur mise en œuvre doit naturellement faire l’objet de négociations précises avec les pays bénéficiaires et être proportionnée à leur degré de modernisation politique: attention cependant à ne pas imposer une conditionnalité trop stricte, qui retarderait ou diminuerait le soutien urgent dont ces pays ont besoin.

C’est aussi parce que des signaux d’ouverture seront adressés aux sociétés civiles et forces démocratiques qu’elles se sentiront confortées dans leurs choix. Les dirigeants de l’UE se fourvoient en polémiquant sur l’accueil de quelques dizaines de milliers de migrants, à l’heure où la Tunisie s’efforce d’accorder l’hospitalité à plus de 100 000 personnes ayant fui la Libye. Il est certain qu’il faut gérer les flux avec les pays de départ et s’efforcer de contrôler l’immigration clandestine en signant avec eux des accords de réadmission; mais il est tout aussi essentiel de leur adresser un autre message, en facilitant la délivrance de visas pour les étudiants et les enseignants, ou à entrées multiples pour les professionnels. Sur le moyen terme, il importe d’aborder sereinement, au niveau multilatéral, l’enjeu des migrations ­entre des pays européens vieillissants, pour qui le recours à la main-d’œuvre étrangère est une solution davantage qu’un problème, et des pays voisins beaucoup plus jeunes, dont l’essentiel des ressources humaines a vocation à être employé dans un cadre interne, mais dont une partie aspire à rejoindre les pays de l’UE.

Si la politique d’élargissement, amplifiée après la chute du mur de Berlin, a contribué à donner un contenu concret à l’introuvable «politique extérieure de l’UE», le Printemps arabe doit aujourd’hui conduire à renforcer l’un des autres «piliers» de cette politique extérieure, c’est-à-dire la «politique de voisinage». Cette dernière, mise sur les rails il y a quelques années, et dont la Commission européenne et la haute représentante de l’Union Catherine Ashton viennent de proposer une refonte bienvenue, doit permettre à l’UE d’adapter sa vision stratégique aux nouveaux enjeux. Il est de l’intérêt vital de l’UE de fonder ses relations avec ses voisins méridionaux et orientaux sur un socle commun d’interdépendances et de valeurs partagées, et de constituer ainsi un véritable pôle d’influence au niveau international. Cette stratégie requiert aussi une implication forte pour le règlement des conflits qui menacent la sécurité et la stabilité de régions toutes entières, comme c’est le cas en Libye. Dans ce pays, l’UE doit avant tout s’efforcer d’accélérer le départ des dirigeants en place et d’œuvrer à la reconstruction de l’Etat, en y associant l’ensemble des forces politiques et tribales.

Dans le contexte de crise actuel, il serait particulièrement absurde de relancer des débats mortifères sur une éventuelle compétition Sud/Est. En effet, à l’Est, les peuples manifestent également leur soif de réforme, en Ukraine, en Géorgie ou en Biélorussie notamment. L’UE et ses Etats membres se doivent de développer la prospérité et l’Etat de droit dans l’ensemble de leur voisinage. L’UE peut mieux faire en mobilisant davantage de ressources que celles annoncées sur le très court terme, mais aussi au moment de la renégociation du cadre financier qui va s’ouvrir.

De la même manière, en mettant notamment l’accent sur le concept de «différenciation», l’UE doit octroyer des avantages supplémentaires aux pays s’engageant à s’attaquer à leurs maux récurrents (népotisme, corruption, captation des rentes, etc.), être intransigeante avec ceux qui bafouent les droits fondamentaux, tout en s’efforçant de soutenir l’ensemble des sociétés civiles. Les pays pouvant bénéficier d’un «statut avancé», comme la Tunisie ou l’Egypte, sont amenés à jouer un rôle moteur dans le rapprochement de l’UE et de son voisinage: leur réussite fera figure de test pour l’ensemble des autres pays, mais également pour l’UE.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, mayo 29, 2011

The Weak Foundations of Arab Democracy

By Timur Kuran, a professor of economics and political science at Duke and the author of The Long Divergence: How Islamic Law Held Back the Middle East (THE NEW YORK TIMES, 29/05/11):

The protesters who have toppled or endangered Arab dictators are demanding more freedoms, fair elections and a crackdown on corruption. But they have not promoted a distinct ideology, let alone a coherent one. This is because private organizations have played only a peripheral role and the demonstrations have lacked leaders of stature.

Both limitations are due to the longstanding dearth, across the Arab world, of autonomous nongovernmental associations serving as intermediaries between the individual and the state. This chronic weakness of civil society suggests that viable Arab democracies — or leaders who could govern them — will not emerge anytime soon. The more likely immediate outcome of the current turmoil is a new set of dictators or single-party regimes.

Democracy requires checks and balances, and it is largely through civil society that citizens protect their rights as individuals, force policy makers to accommodate their interests, and limit abuses of state authority. Civil society also promotes a culture of bargaining and gives future leaders the skills to articulate ideas, form coalitions and govern.

The preconditions for democracy are lacking in the Arab world partly because Hosni Mubarak and other Arab dictators spent the past half-century emasculating the news media, suppressing intellectual inquiry, restricting artistic expression, banning political parties, and co-opting regional, ethnic and religious organizations to silence dissenting voices.

But the handicaps of Arab civil society also have historical causes that transcend the policies of modern rulers. Until the establishment of colonial regimes in the late 19th century, Arab societies were ruled under Shariah law, which essentially precludes autonomous and self-governing private organizations. Thus, while Western Europe was making its tortuous transition from arbitrary rule by monarchs to democratic rule of law, the Middle East retained authoritarian political structures. Such a political environment prevented democratic institutions from taking root and ultimately facilitated the rise of modern Arab dictatorships.

Strikingly, Shariah lacks the concept of the corporation, a perpetual and self-governing organization that can be used either for profit-making purposes or to provide social services. Islam’s alternative to the nonprofit corporation was the waqf, a trust established in accordance with Shariah to deliver specified services forever, through trustees bound by essentially fixed instructions. Until modern times, schools, charities and places of worship, all organized as corporations in Western Europe, were set up as waqfs in the Middle East.

A corporation can adjust to changing conditions and participate in politics. A waqf can do neither. Thus, in premodern Europe, politically vocal churches, universities, professional associations and municipalities provided counterweights to monarchs. In the Middle East, apolitical waqfs did not foster social movements or ideologies.

Starting in the mid-19th century, the Middle East imported the concept of the corporation from Europe. In stages, self-governing Arab municipalities, professional associations, cultural groups and charities assumed the social functions of waqfs. Still, Arab civil society remains shallow by world standards.

A telling indication is that in their interactions with private or public organizations, citizens of Arab states are more likely than those in advanced democracies to rely on personal relationships with employees or representatives. This pattern is reflected in corruption statistics of Transparency International, which show that in Arab countries relationships with government agencies are much more likely to be viewed as personal business deals. A historically rooted preference for personal interactions limits the significance of organizations, which helps to explain why nongovernmental organizations have played only muted roles in the Arab uprisings.

A less powerful business sector also hindered democracy. The Middle East reached the industrial era with an atomistic private sector unequipped to compete with giant enterprises that had come to dominate the global economy. Until then, Arab businesses consisted exclusively of small, short-lived enterprises established under Islamic partnership law. This was a byproduct of Islam’s egalitarian inheritance system, which aimed to spread wealth. Successful enterprises were typically dissolved when a partner died, and to avoid the consequent losses Arab businessmen kept their enterprises both small and transitory.

Arab businesses had less political clout than their counterparts in Western Europe, where huge, established companies contributed to civil society directly as a political force against arbitrary government. They also did so indirectly by supporting social causes. For example, during industrialization, major European businesses financed political campaigns, including the mass education and antislavery movements.

Since the late 19th century, commercial codes transplanted from abroad have enabled Arabs to form large, durable enterprises like major banks, telecommunications giants and retail chains. Still, Arab companies tend to be smaller relative to global norms, which limits their power vis-à-vis the state. Although large Western corporations have been known to suppress political competition and restrict individual rights, in Arab countries it is the paucity of large private companies that poses the greater obstacle to democracy.

Despite these handicaps, there is some cause for optimism when it comes to democratization in the Middle East. The Arab world does not have to start from scratch. A panoply of private organizations are already present, though mainly in embryonic form. And if the current turmoil produces regimes more tolerant of grassroots politics and diversity of opinion, more associations able to defend individual freedoms will surely arise.

Moreover, the cornerstones of a modern economy are in place and widely accepted. Economic features at odds with Shariah, like banks and corporations, were adopted sufficiently long ago to become part of local culture. Their usefulness makes them appealing even to Islamists who find fault with other features of modernity.

Over the last 150 years, the Arab world has achieved structural economic transformations that took Europe a millennium. Its economic progress, whatever the shortcomings, has been remarkable. If political progress has lagged, this is partly because forming strong nongovernmental organizations takes time. Within a generation or two, as the economic transformations of the past century-and-a-half continue to change the way citizens interact with organizations, insurmountable pressure for democracy may yet arise even in those corners of the Arab world where civil society is weakest.

A stronger civil society alone will not bring about democracy. After all, private organizations can promote illiberal and despotic agendas, as Islamist organizations that denounce political pluralism and personal freedoms demonstrate. But without a strong civil society, dictators will never yield power, except in the face of foreign intervention.

Independent and well-financed private organizations are thus essential to the success of democratic transitions. They are also critical to maintaining democracies, once they have emerged. Indeed, without strong private players willing and able to resist undemocratic forces, nascent Arab democracies could easily slip back into authoritarianism.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, mayo 28, 2011

Tres olas, muchos desafíos

Por JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA (El Pais.com, 27/05/2011)

Si la primavera árabe se ha caracterizado por el desbordamiento de las ilusiones, el verano árabe se definirá por las incertidumbres. Transcurridos cinco meses del estallido de las revueltas, la ola de cambio se ha partido en tres olas menores. Túnez y Egipto han roto radicalmente con el pasado, pero su futuro dista de estar asegurado: son la ola democrática. Argelia, Marruecos, Jordania y Arabia Saudí han optado por abrir la espita de las reformas para así quitarse la presión popular de encima: son la ola reformista. Libia, Siria, Yemen y Bahréin han optado por la fuerza: son la ola represora.

Gestionar un panorama como el que presentan estas tres olas es sumamente complicado: la comunidad internacional está concentrándose en los casos extremos (de democracia o de violencia) y dejando de lado los casos intermedios (los reformistas). Esto tiene sentido, pues lo prioritario en este momento es conseguir, a un extremo, asegurar que se celebren unas elecciones democráticas limpias y justas en Túnez y Egipto y, al otro, poner fin tanto al conflicto bélico en Libia como a las matanzas en Siria. Por un lado, nada nos interpela más que la extensión de la democracia a Túnez y Egipto: son dos faros que pueden iluminar todo el mundo árabe y poner fin a la anomalía democrática que allí ha venido rigiendo. Por otro, nada nos divide y pone más a prueba nuestra coherencia que la respuesta ante el uso de la violencia: en el recorrido que va del envío por Francia de material antidisturbios a Ben Ali al ofrecimiento de helicópteros de ataque a los rebeldes libios hay un trecho tan largo en lo conceptual como escaso en el tiempo. No obstante, como se desprende de la tibiedad con la que Europa y Estados Unidos tratan a los escasamente ejemplares países del golfo Pérsico, o como se adivina en las dudas sobre si exigir la salida del poder de Bachar el Asad en Siria, ni Washington ni Bruselas las tienen todavía todas consigo a la hora de dar una respuesta unificada y coherente a casos que en el fondo son bastante similares.

Cerrar la herida en la continuidad de las reformas democráticas que supone Libia y poner fin al oprobio que significa la salvaje represión siria es crucial, de ahí que la UE se haya por fin lanzado a abrir una representación en Bengasi y a incrementar la presión sobre El Asad. Pero no conviene olvidar a los regímenes reformistas: si algo hemos aprendido en los últimos meses es a sospechar de las manifestaciones de estabilidad que vienen de países no democráticos con importantes déficits sociales. Además, las dificultades que la comunidad internacional está teniendo a la hora de actuar sobre aquellos que, como Gadafi en Libia, El Asad en Siria o Saleh en Yemen, optan por la violencia contra sus ciudadanos proporcionan una razón adicional para asegurarse de que aquellos que, como Marruecos o Argelia, han optado por la vía reformista (en distintos grados) no lo hagan de forma puramente táctica, sino realmente comprometida y sin posibilidad de marcha atrás.

Con razón, Estados Unidos, la Unión Europea y los organismos internacionales se están volcando en asegurar el éxito de las reformas en Túnez y Egipto: en las últimas semanas hemos visto, sucesivamente, importantes anuncios de ayuda provenientes de Washington y Bruselas (condonación de deuda, créditos, asistencia técnica y acceso a mercados), a los que se ha sumado el Banco Mundial, el G-7/G-8 y pronto lo hará el Fondo Monetario Internacional. Aunque ambos países celebrarán pronto elecciones, no son las urnas las que darán de comer a tunecinos y egipcios: con un turismo hundido, los inversores internacionales en compás de espera y unas fronteras con Libia por donde se filtra la inestabilidad y los refugiados, las perspectivas de crecimiento económico en la región ya han sido revisadas a la baja, de un 5% estimado originalmente a un 3,5%. Aunque desde Europa parezcan cifras de crecimiento aceptables, no lo son para estos países, pues esos ritmos de crecimiento no permiten cubrir el inmenso déficit social, ni crear el suficiente número de empleos para el ingente número de jóvenes desempleados que hay en dichos países. La democracia es un proyecto frágil e incierto: de la última ola democratizadora, las revoluciones de las rosas en Georgia, naranja en Ucrania o de los tulipanes en Kirguizistán han acabado empantanadas en la mediocridad de unas élites corruptas y con resabios autoritarios y unas instituciones frágiles y de baja calidad democrática. Es precisamente lo que se trata de evitar ahora.

jueves, mayo 19, 2011

La cólera de los dioses y la furia de los hombres

Por Jerónimo Páez, abogado (EL PAÍS, 13/05/11):

Sin duda hay que celebrar la furia de cuantos en el mundo árabe han decidido rebelarse contra los tiranos. Han conseguido acabar con varios de ellos y mover los cimientos de los regímenes despóticos que imperaban en sus países. Sea cual sea la nación árabe de la que hablemos, y por más que algunos de sus Gobiernos presuman de haber hecho los deberes, en todas ellas el pueblo llano habla hoy día con mayor libertad, se expresa y se manifiesta como nunca antes lo había hecho. Es como si de pronto un viento huracanado se hubiera desatado e impulsara a sus habitantes a luchar por la democracia, la dignidad y la justicia social; de una u otra forma quieren participar en el Gobierno, decidir sobre su futuro.

No parece que esta corriente de aire liberador vaya a detenerse, a pesar de las sangrientas represiones de Siria, Libia y Yemen. Impresiona ver cómo la gente sigue manifestándose y se enfrenta a la violencia que sufren e incluso a la muerte. Las primeras euforias han pasado, algunas revueltas no han triunfado y puede que muchos se sientan defraudados, toda vez que ahora comienza el frustrante y largo camino para ver si estos movimientos son capaces de resolver las graves carencias políticas, económicas y sociales. Se necesitan años para cambiar una sociedad. Afortunadamente, parece que ni el terrorismo ni el fundamentalismo islamista van a servir de coartada para paralizar el proceso, aunque pueden hacerlo más difícil y reforzar los sectores reaccionarios que en estos países apuntalan los poderes autoritarios.

Tradicionalmente, los pueblos árabes y musulmanes han sido tratados como súbditos y ahora quieren ser tratados como ciudadanos. Nuestra propia historia europea nos dice que tardamos muchos años en conseguirlo; y también que no es un objetivo occidental, sino de cualquier pueblo y de todo ser humano. En todo caso, consigan o no sus sueños han roto ya poderosos y ancestrales tabúes y están obligando a que se modernicen las tradicionales estructuras de poder, aunque persistan grandes sombras en materia de libertades religiosas y de igualdad de sexos.

Estos profundos cambios han coincidido con la cólera de los dioses que se ha abatido sobre el sufrido y admirable pueblo japonés. En un mundo que presuntuosamente pensábamos podíamos dominar, todas nuestras alertas han saltado cuando a la ira vengadora e imprevisible de los cielos se han unido los errores y las imprudencias de los seres humanos. Al igual que Zeus hizo con Prometeo, una vez más ha querido poner a prueba la prepotencia de los hombres y hacerles saber que gusta de castigar su arrogancia cuando creen que pueden domeñar a la naturaleza o robarle sus secretos.

Barack Obama, que posiblemente pase a la historia como un gran orador que no como un gran estadista, pronunció recientemente un discurso visionario en el que afirmó que Estados Unidos no tiene garantizado su futuro en las actuales condiciones de consumo energético. Lo mismo podríamos decir del mundo en su conjunto y en especial de las nuevas y mastodónticas potencias, cuyos líderes parecen más preocupados por crecer a cualquier precio que del futuro de sus gentes. Se quiera o no, y aunque olvidamos con demasiada frecuencia los males del pasado, la energía nuclear ha recibido una grave estocada premonitoria y puede que en un futuro no muy lejano, la gente se rebele contra los gobernantes que quieran implantarla por doquier y a toda costa, contra los lobbies nucleares y también contra los grandes fabricantes de armas, que utilizamos para matarnos los unos a los otros.

A su vez, la casi obligada, pero titubeante y mal planificada, intervención en Libia empieza a inquietarnos al ver que se prolonga y no se sabe bien cómo va a terminar, máxime cuando comprobamos que ninguna intervención es un paseo militar; y que no lo es gracias a las armas y a la tecnología que vendimos al Ejército libio que ahora tenemos que destruir para evitar que Gadafi masacre a su propio pueblo.

Todo ello evidencia la incoherencia, hipocresía y las contradicciones de nuestras políticas en relación con el norte de África y Oriente Próximo; también cómo los ideales de democracia universal que propugnamos se mueven según sopla el viento, lo que es evidente en el caso de Siria.

No deja de ser sorprendente, por otra parte, que los occidentales sintamos que debemos intervenir para evitar la matanza de los libios por su propio Gobierno y que prácticamente ningún país árabe o musulmán sienta el mismo imperativo. En algunos casos, ocurre todo lo contrario, como ha sucedido con Arabia Saudí, que no solo no apoya los movimientos de liberación, sino que contribuye a acabar con ellos, como ya ha hecho en Bahréin. Es también incomprensible esa inmoral neutralidad o distanciamiento de las grandes potencias emergentes.

En este mundo superpoblado, sobreacelerado y sobresaturado que hemos producido se hace necesario reflexionar y decidir hacia dónde camina la humanidad y cuáles son los peligros que nos acechan, ya sean naturales o artificiales, recordando en todo caso las lecciones que hemos vuelto a aprender: que los oprimidos de cualquier lugar del mundo, afortunadamente, tarde o temprano se vengan de sus tiranos, y que los dioses, para desgracia nuestra, se vengan de la prepotencia y engreimiento de los seres humanos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, abril 24, 2011

La rehabilitación de los Estados Unidos ante los árabes

Por Daoub Kuttab, ex profesor de periodismo en la Universidad de Princeton, y director general de la Red de Medios de Comunicación Comunitarios de Ammán. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 08/04/11):

En los últimos meses, aunque sin bombos ni platillos, ha habido una novedad en todo el mundo árabe: no ha habido manifestaciones antiamericanas ni quema de banderas americanas. Los árabes parecen cada vez más dispuestos a aceptar –e incluso aplaudir– la política del gobierno de Obama para con esa región.

Naturalmente, los árabes siguen descontentos con el continuo sesgo de los Estados Unidos a favor de Israel. Su incapacidad para poner fin a la ocupación militar durante cuarenta y cuatro años de territorios palestinos no ha pasado inadvertida, pero actualmente muchos árabes prefieren dar una oportunidad a los EE.UU. Exceptuada la falta de decisión del gobierno de Obama para denunciar el trato infligido a los manifestantes por los regímenes de Baréin y del Yemen, aliados de los EE.UU., se ha acogido con beneplácito la posición de este país sobre las rebeliones árabes.

Los árabes –en particular los jóvenes árabes, que comprenden la mayoría de la población de la región– admiran a los Estados Unidos cuando utilizan su poder mundial para defender la moral y los valores democráticos. Se tiene en gran concepto el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, así como la garantía de la libertad de expresión que figura en la Constitución de los Estados Unidos. Precisamente la falta de aplicación de esos valores en lugares como Palestina y el Iraq ha sido lo que ha vuelto a innumerables árabes vehementemente antiamericanos y puede seguir haciéndolo.

La elección del Presidente Barack Obama hace dos años causó una impresión positiva a los árabes y alentó a los demócratas árabes, que la vieron como una prueba de la verdadera naturaleza democrática de los Estados Unidos. El discurso de Obama en El Cairo, pronunciado en uno de sus primeros viajes al extranjero, prometía un nuevo comienzo en las relaciones entre los EE.UU. y los árabes y no cabe duda de que fortaleció a los demócratas árabes.

Pero la primera prueba de la capacidad de dirección en materia de política exterior de Obama decepcionó a muchos árabes. Un veto de los EE.UU. a una resolución del Consejo de Seguridad, apoyada por los catorce miembros de éste, en la que se oponía a los asentamientos israelíes, pareció indicar que Obama se había venido abajo bajo la presión del grupo proisraelí de los Estados Unidos. Éstos no habían revisado su política, ni siquiera con un hijo de un inmigrante africano en la Casa Blanca.

Una opinión más positiva sobre Obama surgió cuando comenzaron las rebeliones árabes en Túnez y Egipto, países con regímenes proamericanos. Si bien al principio los EE.UU. dieron muestras de prudencia de palabra y de hecho, no tardaron en entender que las rebeliones reflejaban de verdad la voluntad del pueblo y adoptaron medidas para alinearse con la causa democrática.

Las mismas personas a las que Obama había pedido en El Cairo que procuraran la democracia se habían vuelto entonces el más importante movimiento no violento que el mundo había visto en varios decenios. La juventud árabe se había movido por fin y Obama y su equipo hicieron las declaraciones adecuadas para alentarla, sin por ello dejar de decir con toda claridad a los regímenes egipcio y tunecino que no podían seguir ocultándose tras el argumento de que estaban luchando en la guerra de los Estados Unidos en el África septentrional.

Alejarse de los dictadores sin intentar apuntarse el mérito ni apropiarse de la rebelión era exactamente lo que hacía falta. La juventud árabe tenía que luchar por la democracia y ganarla por sí misma. Lo único que se necesitaba de los Estados Unidos –pensaban la mayoría de los jóvenes– era la retirada del apoyo a aliados como Hosni Mubarak y otros dictadores árabes.

Sin embargo, en Libia la necesidad era diferente. La misma energía desplegada en El Cairo y Túnez resultaba evidente entre la juventud libia, pero esa vez los Estados Unidos no pudieron hacer gran cosa diplomáticamente, porque no tenían relación con el coronel Muamar El Gadafi.

Por eso, no es de extrañar que la energía de la juventud libia chocara de frente con la inclinación de Gadafi a la brutalidad y –lo que es más importante– contra sus mercenarios. Los Estados Unidos tenían el deber moral de proteger a los jóvenes a los que Obama había alentado. Se necesitaba otro tipo de ayuda, pero resultaba difícil dilucidar qué forma debía adoptar.

Los países árabes, en particular Egipto, tenían a centenares de miles de ciudadanos que trabajaban en Libia. Sus gobiernos se vieron rehenes de Gadafi, pero lo que no pudieron hacer los países árabes con apoyo militar lo hicieron prestando respaldo político a la intervención militar dirigida por los EE.UU., Gran Bretaña y Francia.

Los países del Golfo, que no tienen ciudadanos que trabajen en Libia, fueron los primeros en denunciar a Gadafi. Después la Liga Árabe se reunió para adherirse a su iniciativa. En vista de que jóvenes árabes de diferentes países se manifestaron delante de sus oficinas en El Cairo para pedir apoyo a sus hermanos libios, la Liga Árabe adoptó una posición atípica: acordó denunciar a un dirigente árabe. Estaba claro que el mundo árabe estaba cambiando y de repente los EE.UU. dejaron de ser unos enemigos y pasaron a ser unos amigos.

Después de conseguir el apoyo del Consejo de Seguridad, los EE.UU., Europa y algunos países árabes empezaron a hacer exactamente lo que se debe esperar de la comunidad internacional cuando un gobierno está preparándose para cometer una carnicería con sus propios ciudadanos: impedir la matanza.

Desde luego, los problemas de los Estados Unidos con los árabes y sus dificultades en Oriente Medio distan de haber desaparecido. Obama debe cumplir aún sus promesas de celebrar con los palestinos la adhesión de su país como miembro de pleno derecho de las Naciones Unidas este otoño y retirar sus fuerzas del Afganistán.

Pero de momento los árabes no están manifestándose contra los Estados Unidos, sino que, con ayuda de éstos, están disfrutando del primer albor de la libertad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, abril 11, 2011

El islam y Occidente y el islam en Occidente

Por Ekmeleddin Ihsanoglu, secretario general de la Organización de la Conferencia islámica. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 07/04/11):

Las revoluciones en Túnez y Egipto ofrecen ejemplos de transiciones en el poder en gran medida pacíficas después de decenios de inquebrantable gobierno autoritario. Sin embargo, el cambio en esos y otros países tomó por sorpresa al mundo.

La expresión “primavera árabe” lleva ya meses apareciendo con insistencia en el debate político y en los medios de comunicación occidentales. Muchos musulmanes que viven en Occidente están contemplando también atentamente los acontecimientos en esa región con la esperanza de que sus correligionarios disfruten pronto de mayores derechos, libertades y protecciones conforme al Estado de derecho, como han hecho ellos mismos durante muchos decenios.

Pero no está garantizado que semejantes transiciones vayan a tener resultados pacíficos. De hecho, la situación actual en Libia, Baréin y Yemen es extraordinariamente preocupante y la búsqueda de soluciones políticas viables en esos países va a ser muy ardua no sólo para el mundo musulmán, sino también para Occidente y para toda la comunidad internacional.

Sin embargo, sería un error caracterizar las relaciones entre el mundo islámico y Occidente sólo a la luz de los actuales movimientos de masas árabes. Hay otro aspecto de la relación: el islam en Occidente, es decir, los asuntos relativos a los musulmanes que viven en sociedades occidentales, en particular en Europa.

Un informe publicado en mayo de 2010 por el Consejo de Europa y titulado Islam, Islamism, and Islamophobia in Europe reconocía que Europa ha sido un hogar para musulmanes durante muchos siglos y reconocía la contribución de la civilización islámica a la cultura europea. Aun así, como observaba también el informe, hoy los musulmanes en Europa se sienten socialmente excluidos, estigmatizados y discriminados. De hecho, han llegado a ser víctimas de estereotipos por sus tradiciones religiosas y culturales.

En los medios de comunicación más importantes de Europa y entre sus partidos políticos –por ejemplo, el Partido Popular danés, el Partido de la Libertad holandés, el Frente Nacional francés, el Partido Popular suizo, la Liga de Defensa inglesa, La Liga del Norte italiana y el Partido de la Libertad austríaco– se ve una ola en ascenso de retórica islamofóbica. Partidos semejantes existen o están surgiendo en toda Europa.

Esta situación sólo sirve para recordarnos el conocimiento insuficiente entre muchos europeos de las raíces comunes y las conexiones históricas que vinculan al mundo islámico con Occidente. También indica la necesidad de nuevas relaciones basadas en la comprensión, la tolerancia y el respeto de la diversidad cultural.

Según el informe de la Fundación Pew sobre la religión en la vida pública de septiembre de 2010, la población musulmana total en la Europa occidental asciende a más de 17 millones de personas. En países como Austria, Bélgica, Francia, Alemania, los Países Bajos, Suecia y Suiza, los musulmanes representan el cinco por ciento o más de la población. Se debe apoyarlos y alentarlos para que desempeñen plenamente su papel en la comunidad y en la vida pública.

La Organización de la Conferencia islámica, como segunda organización internacional del mundo por su tamaño, está comprometida en la cooperación con la comunidad internacional para fomentar y consolidar la paz, la estabilidad, la armonía, la seguridad y el desarrollo mundiales. Como he subrayado en muchas ocasiones, la OCI se rige por los principios de moderación y modernización. Los documentos básicos de la OCI, como, por ejemplo, el Programa Decenal de Acción y su nueva Carta, ofrecen una hoja de ruta con amplitud de miras para afrontar los imperativos que tiene ante sí el islam en el siglo XXI.

Las diversas culturas deben complementarse y mejorarse mutuamente. Sólo cuando las comunidades y las culturas se comunican y se respetan mutuamente, se fomentan la tolerancia, la estabilidad y la prosperidad. Levantar la voz contra la islamofobia no es negar la existencia del odio a otras religiones y nosotros, los musulmanes, debemos extender la mano en pro de la cooperación para contrarrestar el antisemitismo, la cristianofobia y las concepciones erróneas sobre la cultura occidental.

No debemos ser rehenes de nuestros extremistas. Cuando toda la comunidad internacional está luchando contra la radicalización y el terrorismo, creemos firmemente que ese esfuerzo debe formar parte de todo un empeño encaminado a la creación de un mundo mejor, basado en la diversidad cultural, en el que se respeten debidamente la dignidad humana, los derechos humanos y la libertad fundamental.

Cuando Barack Obama llegó a ser Presidente de los Estados Unidos, prometió un nuevo capítulo en las relaciones entre el mundo islámico y Occidente. En su primera visita como Presidente, al dirigirse al Parlamento turco, dijo:

“Los Estados Unidos no están –ni estarán nunca– en guerra con el islam. (…) Su relación con la comunidad musulmana, con el mundo musulmán, no puede –ni podrá– basarse exclusivamente en la oposición al terrorismo. Aspiramos a un compromiso más amplio basado en el interés y el respeto mutuos. Escucharemos atentamente, superaremos los malentendidos y buscaremos puntos en común. Seremos respetuosos, aun cuando no estemos de acuerdo. Transmitiremos nuestro más profundo aprecio a la fe islámica, que tanto ha hecho a lo largo de los siglos para moldear el mundo… incluido mi propio país”.

Aunque ha habido muchos obstáculos en el camino hacia las buenas relaciones, este año podría brindar una oportunidad excepcional para forjar una nueva actitud de tolerancia y comprensión entre los pueblos del mundo islámico y Occidente. Puede que debamos contar con las comunidades musulmanes dentro de las sociedades occidentales para que brinden orientación y dirección con vistas al futuro. Se deben crear y mantener más oportunidades de encuentros amplios y profundos entre los musulmanes y los no musulmanes en los niveles individual e institucional. A la luz de las posibilidades existentes para que haya un nuevo clima de apertura política en los países de mayoría musulmana, dichos encuentros pueden ser más posibles que nunca.

Lo más importante es que las organizaciones y las personas comprometidas deben unirse y movilizarse para aislar a los extremistas… y mantenerse unidas en la labor de desarrollo de la cultura de la tolerancia y del respecto necesarios para garantizar el pleno disfrute de nuestros derechos. Ésa es la única vía para avanzar por parte del mundo islámico y de Occidente… y para el islam en Occidente.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona