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domingo, septiembre 23, 2007

Pero ¿quién ha matado a Montesquieu?

Por Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político (ABC, 22/09/07):

No hace demasiado tiempo, estando el PSOE en el Gobierno, quien ocupara la Vice-Presidencia, Alfonso Guerra, lanzó una frase, de esas que no se olvidan: «Montesquieu ha muerto». Muchas vueltas se dieron intentando acertar lo que el político sevillano había querido decir con una afirmación tan tajante. El ilustre pensador francés había sido, como antaño se sabía desde el bachillerato, el padre formulador de la teoría de la división de poderes, pieza fundamental de toda Constitución a partir de entonces. Dividir los poderes y garantizar los derechos eran los supuestos que permitían hablar de que un país tenía Constitución. Así lo aportó el pensamiento revolucionario francés y así fue recogido, una y otra vez, en los textos de nuestro histórico constitucionalismo, comenzando por la gran Constitución de 1812. De aquí que no se entendiera muy bien el alcance de la afirmación que hemos reproducido. Y es que, al menos en lo que se me alcanza, su autor no explicó, como necesario complemento, quién, cómo y por qué había asestado tan letal golpe al barón francés.

Pero la realidad es que, desde que esta teoría sobre la separación de poderes apareciera, muchas cábalas se han sucedido intentando explicar una u otra realidad histórica no precisamente ajustada al veredicto de Montesquieu. Como es sabido, el noble francés está obsesionado en la búsqueda de la libertad política. Y ha puesto sus ojos en Inglaterra, mucho más por influencia de las lecturas de Locke y Harrington que por la realidad que dicho país está pasando a mediados del siglo XVIII. Y tras señalar la falta de libertad tanto si la función legislativa cuanto la de juzgar están en las mismas manos, afirma rotundamente en el Libro XI de su «Espíritu de las leyes»: «Todo estaría perdido (es decir, estaría perdida la libertad política) si un mismo hombre, o un mismo cuerpo de los principales, de los nobles o del cuerpo, tuviese el ejercicio de las tres potestades, la de hacer las leyes, la de ejecutar las resoluciones públicas y la de juzgar los delitos o de las diferencias de los particulares».

Tras aparecer la teoría de la separación de poderes, no tardan en surgir interpretaciones científicas que intentan adentrarse en el verdadero sentido de la misma. El veredicto de Monstequieu se convierte de inmediato en una especie de idea-mito que se extiende en el constitucionalismo de la época. Desde la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 hasta la elevación a dogma en el famoso artículo 16 de la Declaración de Derechos del Hombres y del Ciudadano («Toda sociedad en la cual la garantía de estos derechos no está asegurada y la separación de poderes determinada no tiene constitución»). Pero si el punto de partida es plenamente aceptado en el Nuevo Régimen, sus interpretaciones no carecen de diferencias. No tema el lector que no voy a cansarle con ellas. Únicamente me parece necesario señalar dos consecuencias. La primera, la afirmación de Monstesquieu parece dirigida a la figura del Rey. Ningún Rey podrá tener en sus manos los tres poderes. Y aquí se encuentra la gran paradoja, posteriormente desarrollada por Althusser: Monstesquieu, que pertenecía a la nobleza origina que «un opositor de derechas, en el curso del siglo, sirve a todos los opositores de izquierdas». Y así es, como segunda consecuencia: el sistema de Montesquieu acabará representando, en sus líneas generales, la estructura típica de la división de poderes de todo Estado liberal.

Pero el devenir histórico, aun manteniendo en el frontispicio de todas sus Constituciones la afirmación de poderes separados, se ha originado lo que Montesquieu no quería: el predominio casi absoluto de uno de ellos. La primera ruptura del equilibrio tiene lugar con la consolidación del Estado de derecho, forjado a lo largo del mismo siglo XIX, que conoce el claro predominio del poder legislativo. Estamos ante la indudable hegemonía de la Asamblea y de los regímenes de asamblea. Es en ella el lugar en que descansa la soberanía y, por ende, de ella dependerá todo el desarrollo de la vida política. Por poner únicamente un ejemplo, es el modelo, ya trasnochado, en el que se basó toda la vida de nuestra Segunda República, con la consiguiente inestabilidad de los gobiernos. La Asamblea todo lo podía y todo lo pudo. Pero precisamente para evitar esta inestabilidad, el siglo XX, bien temprano, va a tener como base «el reforzamiento del Ejecutivo», propio del Estado Social de Derecho. Los textos constitucionales, hasta nuestros días, pondrán especial énfasis en la aparición de «gobiernos fuertes». Los métodos son muy variados y casi todos obedecen a la necesidad de hacer frente, desde una postura fuerte, a las características de la política en los siglos XX y XXI. Tampoco voy a aburrir con la cita extensa de medidas. Volviendo a nuestro país, piénsese que eso es lo que pretende la controvertida «moción de censura constructiva», presente en nuestra actual Constitución.

Dos fuertes dardos contra Montesquieu. Pero ahí sigue. Al menos en el discurso político y como lema venerado.

El final de la agonía y la anunciada muerte se da con la consolidación del actual «Estado de Partidos». Ahora son ellos quienes tienen la llave de una hegemonía que puede extenderse en los tres poderes. Por una vía similar a ésta: a) Un partido triunfa en unas elecciones y, por ende, obtiene la mayoría parlamentaria. b) De esa mayoría, propia o nacida por pactos con otros partidos, surge la formación de un gobierno (poder ejecutivo) y c) Cuando la Constitución encarga al Parlamento la designación de miembros del poder judicial, son los partidos los que, de nuevo, se ponen de acuerdo (nefasta costumbre de «las cuotas») en los nombres a ofrecer. ¡Siempre los partidos!

Y aquí está el dilema. Si Montesquieu ha muerto, quien le sucede, nada más y nada menos, es el reinado de los partidos. Pero, ¿se puede confesar y predicar esto en una democracia llamada liberal? En las no liberales, ni en los regímenes no democráticos no hay problema, naturalmente. Entre nosotros, como es sabido, en el inmediato pasado, el tema no poseía dudas: unidad de poder en la persona de Franco y coordinación de funciones. El maestro García Pelayo ha intentado salvar el tema con la afirmación de que lo que tenemos es la interacción de dos sistemas: el jurídico-político y sociopolítico. Y confesando que en la actualidad es «necesaria la revisión de principios que parecían intocables» y a lo que asistimos es al proceso en el que las decisiones de los partidos se imputan jurídicamente al Estado.

Aunque personalmente no me agrada en demasía el argumento del maestro, creo que el dilema continúa y habrá que optar. Aunque, por lo menos, queda claro quiénes son los autores de la muerte de Montesquieu.

jueves, septiembre 20, 2007

Chile: ¿cómo hacemos para ser izquierdistas?

Por Antonio Skármeta, escritor chileno (EL PAÍS, 18/09/07):

Todos queremos ser izquierdistas, ¿pero cómo hacemos para serlo?

Ésta es la pregunta que parece afligir al Gobierno de Michelle Bachelet, que recientemente ha visto bajar sus índices de apoyo en las encuestas a un 39%. La cifra recoge fundamentalmente la insatisfacción que sienten los santiaguinos por la desastrosa implementación de un ambicioso plan de transporte urbano que ha dejado a la gente expuesta a horas de espera, a caminatas por calles peligrosas, a ausentismo laboral, o simplemente a viajar en los apretujados buses como un animal rumbo al matadero.

La imprecisión en identificar a los culpables de este mal servicio ha irritado a la ciudadanía de la capital, que ve con escepticismo cómo los funcionarios escabullen las responsabilidades o las remiten a funcionarios de administraciones pasadas. La gente pide una solución urgente para poder movilizarse y le interesa poco saber si el culpable fue quien diseñó el sistema de transporte que no funciona, o quien lo implementó. En ambos casos, son los Gobiernos de la Concertación de centro-izquierda que gobierna en Chile desde el retorno de la democracia en 1989 los que se sientan en el banquillo de acusados. Y de esta grave situación debiera estar aprovechando la oposición de centro-derecha, llamada aquí “La Alianza”, para ganar adeptos.

Pero las mismas encuestas que magullan la popularidad de Bachelet no dan cifras nada auspiciosas para la derecha. Antes bien, la población marca un distanciamiento fuerte con ambos conglomerados políticos. En un momento de la historia del país -y acaso del mundo occidental- donde las fronteras entre derecha e izquierda son difusas, la gente se siente confundida y le resta adhesión a los políticos.

El tema no tiene urgencia, pues las elecciones municipales son en Chile el próximo año, y las presidenciales, recién el 2009. Pero que un cúmulo de candidatos eventuales de ambas coaliciones ya esté haciendo campaña habla de una cierta debilidad de la imagen de Michelle Bachelet como conductora “política”. Entre comillas va el término “política”, porque la credibilidad hacia las buenas intenciones de la gobernante es enorme. Todo el mundo le tiene simpatía, y acaso eso explica que las encuestas no la castiguen aún más.

Si el tema del sistema de transporte pareciera ser sólo un asunto de la capital, también las regiones del país, del norte al extremo sur, se encuentran alteradas, pues muchos fondos que deberían ir para fomentar el desarrollo de las provincias se destinan a parchar malamente el transporte en la capital. Los provincianos sienten que están “subvencionando” a los capitalinos.

Pero, en fin, lentamente, el transporte muestra señas de recuperación y puede ser que de aquí a un año esté funcionando de maravilla. Probablemente entonces las nuevas encuestas eleven la figura de Bachelet y sus ministros, y deje a la Concertación en mejor pie para las elecciones que habrá el 2008 y el 2009.

La crisis del transporte hace evidente la frustración de la gente y también destapa un cierto clima de insatisfacción generalizado donde los trabajadores tienen la sensación de que el éxito de Chile como país exportador, con opulentas arcas fiscales gracias, entre otras exportaciones, a los miles de millones de dólares que Chile ha conseguido vendiéndole cobre a China, no se derrama en sueldos dignos para ellos.

¿Qué es un sueldo digno en Chile? El honorario básico de un trabajador es tan bajo que mis lectores españoles abrirán espantados los ojos. Ronda apenas los 200 euros mensuales. Y si bien los distintos gobiernos de la Concertación centro-izquierdista muestran notables cifras de reducción de la pobreza, y un macizo esfuerzo para beneficiar a la población en salud, vivienda y educación, persiste la impresión demoledora de que la riqueza en Chile está brutalmente mal distribuida y que los economistas tienen más puesto el corazón en los temas de equilibrios macroeconómicos que en aliviar las necesidades de la gente.

La percepción de que los políticos y empresarios son indolentes a estos apremios fue tan grande que hace pocas semanas un incidente detonó en Chile lo que estaba tapado por distintos tipos de retóricas: la Iglesia católica, a través de su portador, el obispo Alejandro Goic, llamó a los poderes chilenos a establecer ya no un sueldo mínimo, sino un sueldo “ético”. E incluso le puso una cifra: 250.000 pesos. Algo así como 370 euros mensuales.

El noble obispo Goic recibió fuego granado e irónico de los economistas, y frases tiernas y evasivas de los políticos. Pero que la Iglesia, para usar un término futbolístico, pusiera en movimiento el balón, excitó la capacidad dormida de movilización de los chilenos, y, tras mucho tiempo de calma, se ha vuelto a ver efervescencia social en las calles del país.

Esto culminó el 29 de agosto, cuando la Central Unitaria de Trabajadores convocó a protestas en las calles. El Gobierno no las autorizó, pero las protestas de todos modos se hicieron. No faltaron los actos de vandalismo, ni tampoco las conductas sorprendentes de algunos políticos de la coalición gobernante, que se solidarizaron con los manifestantes “contra” su propio Gobierno.

Conclusión: ¡alarma roja! Varios políticos quieren perfilarse ante el pueblo como de “más izquierda” sembrando la polémica y la división entre las fuerzas gobernantes.

Un senador de origen popular, Alejandro Navarro, fue golpeado brutalmente por un policía, y las imágenes del político con la cabeza sangrando rumbo al hospital subieron la temperatura de los insatisfechos chilenos. Según un entretenido observador, también esa cabeza sangrante habría hecho subir el rating del senador algunos puntos en su improbable carrera hacia la presidencia de 2009.

Si la activa Iglesia chilena habló por imperativo ético, es porque percibe que hay una insatisfacción ya no sólo soterrada en Chile, sino muy expresiva, que a mediano plazo puede vulnerar el exitoso, aunque poco sensible, modelo de desarrollo.

¡Menuda encrucijada en la que se encuentra Chile: próspera economía con dramática desigualdad social, amplia riqueza que no va a dar al desarrollo de los pobres con la urgencia que éstos necesitan, sino al ritmo pusilánime de los equilibrios macroeconómicos, deterioro de la imagen de los políticos que hace que no cosechen “futuro” ni gobierno ni oposición!

Curioso momento: se esperaba que Michelle Bachelet fuera más izquierdista que sus predecesores, el demócrata-cristiano Eduardo Frei y el socialista Ricardo Lagos, pues partió con mayoría en la cámara de diputados y de senadores que le auguraba un rápido tranco en la aceleración de leyes que beneficiaran a los pobres y ratificaran el “Humanismo socialista” de la mandataria. Pero a poco andar, algunas figuras parlamentarias del bloque gobernante se desgajaron de él hacia una independencia crítica y la mayoría se ha vuelto inestable e impredecible.

¿Cómo es el amor en los tiempos del cólera? ¿Cómo se puede ser izquierdista en los tiempos de la beatificación mediática del neoliberalismo?

O, puesto de otra manera: ¿se puede ser socialista sin que se enojen los empresarios y los políticos socialistas? Al parecer, en el Chile de Bachelet, esta inocente pregunta no tiene por el momento respuesta.

viernes, septiembre 14, 2007

Monopolio político mexicano

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York (EL PAÍS, 14/09/07):

México es un país de monopolios, quizás incluso desde la época de la colonia y la Casa de Contratación de Sevilla. Los monopolios modernos no se limitan a lo bien sabido: teléfonos, medios de comunicación masiva, hidrocarburos, electricidad, bebidas y alimentos, sindicatos de profesores, de obreros, de mineros, y aerolíneas. Se extiende la ancestral condición monopólica mexicana a otros ámbitos, y en particular a la arena electoral. La renuencia de los tres primeros gobiernos democráticos de la historia moderna del país -Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón- a enfrentarse a esa estructura monopólica, muestra a la vez su fuerza, y la debilidad de la sociedad mexicana para combatirla. El tema va y viene, cambiando de énfasis según las coyunturas. Hoy es el monopolio del poder político el que se discute en México, y por desgracia, el que parece consolidarse.

El presidente Calderón ha entregado a las direcciones de los tres grandes partidos mexicanos -PRI, PAN y PRD- la responsabilidad de diseñar y construir un nuevo esquema institucional y electoral. Decisión inevitable y contradictoria a la vez: el Ejecutivo carece de la fuerza para realizar esa tarea por su cuenta, pero el curso actual es como pedirle a los monopolios que redacten su propia ley “anti-trust”. Lógica y tristemente, el remedio parece estar resultando peor que la enfermedad.

Por ahora, la reforma electoral probable sólo incluye un apartado positivo. Es posible que los tres partidos coincidieran en suprimir y/o prohibir la compra de tiempo-aire por candidatos o partidos durante las campañas y precampañas e incluso el resto del tiempo. La pregunta es si las poderosas empresas mexicanas de radio y televisión serán derrotadas en su embestida contra esta reforma -les costaría más de doscientos millones al año- y si le doblarán las corvas a los partidos, diluyéndola o emasculándola. En caso de aprobarse se trataría de un enorme paso adelante, en un país que ha copiado el sistema norteamericano de campañas electorales, en lugar de acercarse a los modelos europeo o latinoamericano.

Los elementos criticables de la reforma son, sin embargo y por desgracia, más probables que esta transformación esperanzadora. El primero consiste en colocar a los bueyes por detrás de la carreta. El procedimiento que han seguido casi todos los países donde se han llevado a cabo transformaciones político-electorales de cierta envergadura consiste en conducir de manera acompasada las reformas institucionales y las electorales, las primeras dominando a las segundas. Primero se decide qué tipo de régimen o diseño institucional se desea: presidencial, parlamentario, híbrido, con partidos fuertes o presidencia fuerte, etc. Y luego se decide qué tipo de arreglo electoral conviene a ese diseño: mayoría relativa, dos vueltas, representación proporcional, mezcla de ambos, reelección con o sin límites (en México no existe), candidaturas independientes con o sin regulación, umbrales de representación de partidos minoritarios, etc. Para variar, México está procediendo hoy exactamente al revés.

La segunda característica lamentable es más grave. Se trata de lo que podríamos llamar un verdadero golpe de Estado electoral. Básicamente el PRI, el PAN y el PRD, cada uno por razones distintas -y ciertamente las del PAN menos egoístas y estrechas que las de los otros dos-, parecen haberse puesto de acuerdo en cerrar con mortero, acero y blindaje la arena electoral mexicana. Allí no entra nadie, que no sea priísta, panista o perredista. Y además, ninguna corriente minoritaria de los tres “partidazos” podrá llegar jamás a postular un candidato presidencial.

Varias razones justifican este diagnóstico tan pesimista. La primera es que la prohibición de toda publicidad de gobierno municipal, estatal o federal con efigie equivale a congelar los índices de reconocimiento: los que están arriba ahora en las encuestas, allí seguirán, igual que los de abajo. Sobre todo si persiste la aberración actual, donde a 13 años del inicio de la democratización mexicana, todavía no existe un programa político a nivel nacional en televisión abierta, transmitido en tiempo triple A. En segundo lugar, la reforma parece buscar la expulsión de los partidos pequeños de la arena electoral, al reducir drásticamente su financiamiento, limitar su margen de alianzas y elevar el umbral para el registro; asimismo, se dificulta enormemente la formación de nuevos partidos. En tercer lugar, no sólo no habrá candidaturas independientes, sino que el PRI ha planteado elevar a rango constitucional la prohibición de dichas candidaturas. El motivo es evidente. Aun si el que escribe perdiera su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde el Gobierno de Felipe Calderón puede ser el primero de la historia de México en ser condenado por violar los derechos humanos de un ciudadano mexicano, es casi seguro que la próxima vez que alguien cuestione la constitucionalidad y/o compatibilidad con instrumentos internacionales de las disposiciones vigentes de la legislación electoral mexicana, gane. La Suprema Corte mexicana ya ha dado indicios de inclinarse en esa dirección, el Tribunal Electoral también. Todas estas medidas no deben ser abstraídas de su contexto: el fortalecimiento del monopolio de la partidocracia.

Por último, y peor todavía, los partidos pretenden secuestrar al Instituto Federal Electoral, la institución mexicana que goza de mayor credibilidad dentro y fuera del país. Se proponen nombrar a un auditor que fungiría como comisario político, reducir el número de consejeros y defenestrar a los dirigentes actuales, es decir, a quienes calificaron la elección presidencial del año pasado. No se entiende cómo pueden resultar ahora ineptos, mentirosos y hasta corruptos, los consejeros electorales que el año pasado determinaron con pericia y honestidad pecuniaria e intelectual la victoria de Felipe Calderón. Son hoy lo que eran ayer. Si merecen ser despedidos hoy, no merecieron ser creídos hace un año.

De tal suerte que México corre el riesgo no sólo de desperdiciar una magnífica oportunidad para emprender una ofensiva anti-monopólica en varios frentes, sino de ver fortalecido uno de los monopolios más perniciosos que padece. Los partidos políticos mexicanos carecen de credibilidad y prestigio entre la población, y lo saben. Por eso insisten desesperadamente en despojar a la sociedad mexicana de otras opciones, para no tener más remedio que seguir en sus manos: un pobre destino para un país con tanta promesa.

lunes, junio 04, 2007

La reforma del Senado en España

Por Alberto Penadés, Profesor titular de Escuela universitaria del área de Sociología en la Universidad de Salamanca y doctor-miembro del Instituto Juan March, e Ignacio Urquizu-Sancho, Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración Pública (2001) por la Universidad Complutense de Madrid (FUNDACIÓN ALTERNATIVAS, 01/06/07):

El propósito de este proyecto de investigación es hacer propuestas que mejoren el funcionamiento del Senado español como cámara de representación territorial. En este sentido, las propuestas se centran en dos bloques, la selección de los senadores y las tareas del senado. Respecto al primero, estudiando otros países de nuestro entorno, se presentan diferentes simulaciones que nos permitan comparar la composición del Senado si cambiamos el sistema electoral. Respecto al segundo, tras observar las funciones de las cámaras altas en países de nuestro entorno, se enumeraran una serie de propuestas que sirvan para dar más protagonismo y relevancia al Senado.

viernes, mayo 18, 2007

Referéndum y lucha de poder en Rumanía

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 18/05/07):

Cincuenta años después de que todo empezase, la integración de los países europeos en el proyecto de la Unión se ha convertido en un sistema complejo, sin precedentes en la Historia y sin ejemplos similares en otras partes del mundo contemporáneo. Los viejos y los nuevos Estados-nación del continente se han sumado a ella, algunos se han quedado a la espera de formar parte de la misma y sólo unos pocos siguen queriendo permanecer fuera, aunque no sabemos por cuánto tiempo. La mejor prueba del éxito la constituyen las sucesivas rondas de profundización y ampliación. La UE está muy viva y ofreciendo resultados, a pesar de muchas previsiones negativas y a despecho de todo tipo de escenarios catastróficos, ya que, a diferencia de los imperios del pasado, se asienta sobre sistemas democráticos y sobre el principio de libre asociación. En el Consejo Europeo celebrado en Luxemburgo los días 12 y 13 de diciembre de 1997, se planteó la posibilidad de admitir en la UE a algunos países del antiguo bloque socialista que habían solicitado su incorporación al proyecto europeo. En una primera fase (1 de mayo de 2004) se sumaron al mismo Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Chipre y Malta y en una reciente segunda fase, 1 de enero de 2007, se han incorporado Rumanía y Bulgaria.

El primero de estos países, Rumanía (tierra de romanos y república semipresidencialista democrática y multipartidista), eufórico por su incorporación a la UE (’Hora de la alegría’), vive en estos momentos la incertidumbre del vacío de poder que han generado los enfrentamientos entre su clase política. La inestabilidad permanente en la que ha vivido el país desde la caída del régimen comunista (personalista) de Nicolae Ceaucescu llegó a ser insostenible el pasado mes de abril. Después de la crisis económica que provocó una rebelión en Timisoara y más tarde en Bucarest en diciembre de 1989, fue ejecutado el dictador junto a su esposa, y se estableció un Frente de Salvación Nacional presidido por Ion Iliescu, que ganó las sucesivas elecciones hasta 1996, año en el que asumió la presidencia el democristiano Emil Constantinescu.

En 2000 volvió Iliescu y, cuatro años más tarde, Traian Basescu, al frente de una coalición de centroderecha, fue elegido presidente (51,2% de los sufragios) y hombre fuerte de la política rumana. El tercer presidente del país, tras la caída del comunismo, tomó posesión del cargo en diciembre de 2004 y en su discurso inaugural en el Parlamento prometió hacer de Rumanía un «país diferente» en los años siguientes. Capitán de barco, inspector de Navegación Civil, subsecretario de Estado y jefe del Departamento de Tráfico Marítimo en el Ministerio de Obras Públicas y Transportes y después ministro del mismo en los gobiernos de Petre Roman, alcalde de Bucarest en 2000 y 2003 y presidente de la república rumana, Basescu, aparecía ante sus conciudadanos como proeuropeo, proatlantista y comprometido con las reformas económicas de mercado.

Su política populista; las acusaciones de injerencia en la política interior del país y de manipulación y abuso de las instituciones del Estado; el malestar proveniente de sus críticas a la clase política, al Parlamento y al Gobierno, a los que acusa de corrupción e incompetencia; la condena, previo informe, del régimen comunista y de algunos políticos en activo como Ion Iliescu (colaboracionistas); y, fundamentalmente, su enfrentamiento con el primer ministro Colin Popescu Tariceanu y con sus antiguos aliados liberales que pactaron con los socialdemócratas su suspensión y eliminación de la vida política, generaron una situación de inestabilidad tal que el Parlamento rumano acordó, el pasado 19 de abril, suspender al presidente en sus funciones (acusándole de violar la Constitución) y convocar un referéndum para el 19 de mayo, mañana, tal y como establece la Carta Magna rumana. Referéndum que se realiza para determinar la continuidad del destituido Basescu y que sólo será válido si acude a votar más del 50% del censo electoral, es decir, unos nueve millones de rumanos. El electorado deberá responder con un sí o un no a la pregunta ‘¿Está de acuerdo con la destitución del presidente Traian Basescu?’.

El ’suspendido’ presidente tiene a su favor que sigue siendo el político más popular y respetado de Rumanía debido a su discurso directo y a las reformas que ha realizado para luchar contra la corrupción, el crimen organizado y en pro de la independencia de la Justicia, y de ahí que todo apunta a que será confirmado en su cargo, recuperando las funciones inherentes al mismo y que desempeña provisionalmente el presidente del Senado, Nicolae Vacaroiu. La última modificación legislativa relacionada con el referéndum y con el deseo de la oposición socialdemócrata de expulsar a Basescu se produjo a principios de mes, cuando el Tribunal Constitucional del país modificó la ley para que se pudiera destituir al jefe de Estado sólo con la mayoría de los votantes que acudan a las urnas.

En otra coyuntura, la preocupante situación política que atraviesa Rumanía no tendría más relevancia que la propiamente interna, pero en estos momentos la inestabilidad que genera afecta directamente a la UE y a la crisis que por otros motivos padece. Rumanía aún no ha superado la herencia comunista en sus relaciones políticas y sociales. La época de transición en la que se encuentra sigue caracterizándose por la difícil convivencia de dos tendencias opuestas, que son la nostálgica de los favorecidos por el antiguo régimen y la de los que se consideran víctimas sufrientes del mismo y reclaman justicia o venganza. El país vive una época muy confusa. La rivalidad entre los políticos, que ha culminado en el caos actual, hace imposible el diálogo y la democracia. Esta peligrosa e irresponsable actitud añade una preocupación más a una UE que sigue controlando el cumplimiento, por parte de los sucesivos gobiernos del país, de las condiciones que se puso a Rumanía para su precipitado ingreso.

Intentar reconciliar la democracia con la creciente interdependencia internacional constituye un problema que va más allá de las fronteras de Europa. Hoy en día los descendientes de los que inventaron la soberanía y el Estado-nación deben diseñar nuevas formas de democracia supranacional a fin de estar a la altura del tipo de integración que ya se ha conseguido en algunas políticas. La Unión es un claro ejemplo en este sentido, pero para asentar proyectos tan complejos como éste, los países miembros deben consolidar cada vez más sus democracias y superar situaciones como la rumana. La apuesta de ampliarse hacia el Este fue de tal envergadura que la UE tuvo que idear una reforma institucional para poder funcionar con 27 miembros, reforma recogida en un Tratado constitucional ahora en cuarentena por la negativa francesa y holandesa a ratificar el texto. La actual presidencia alemana de la UE quiere recuperar este tema y superar el mencionado rechazo al texto constitucional, tal y como han manifestado Ángela Merkel y su ministro de Asuntos Exteriores, Frank Walter Steinmeier. La inconsistencia política rumana y la rebeldía integrista polaca deben cortarse de raíz para que sus negativos efectos no afecten a un complejísimo y dificultoso proceso, el europeo, que por primera vez ha superado las diferencias socioculturales, económicas y políticas particulares, priorizando la voluntad de convivencia y la conciencia de un pasado común.

jueves, mayo 17, 2007

La ofensiva conservadora

Por Álvaro Delgado-Gal (ABC, 17/05/07):

Una semana antes de ganar las elecciones, Sarkozy pronunció en Bercy un discurso muy jaleado por la prensa, incluida la adversa. Tardé unos días en bajar el discurso de internet y, lápiz en mano, recorrerlo de cabo a cabo. Dios premia en ocasiones a los rezagados: mientras incumplía mi compromiso con Sarkozy, leí un libro que Mondadori había publicado en el 2004 y que lleva por título Senza Radici. En Senza Radici, el todavía cardenal Ratzinger y Marcello Pera, presidente a la sazón del Senado italiano, hablan el uno con el otro y concurren en diagnosticar que Europa está presa de una misteriosa, ominosa enfermedad, tan rara y tan destructiva como la que mortalmente aflige a las doncellas en cuyo cuello ha clavado Drácula sus colmillos. Esa enfermedad es el relativismo. Volví a la alocución de Sarkozy y me encontré, miren ustedes por dónde, con el mismo mensaje. Según Sarkozy, el 68 ha inoculado en su país un morbo que liquida la moral y suprime la solidaridad y el sentido del deber. El discurso del presidente, apoyado en la repetición anafórica, y muy eficaz retóricamente, alude al episodio sesentayochista con insistencia casi maniática. El 68 le sirve, literalmente, para hacer vudú, un vudú dirigido contra la izquierda hedonista, el multiculturalismo -que Sarkozy prefiere llamar «comunitarismo»-, y el abuso irresponsable y egoísta del Estado benefactor. Pero el concepto central es, de nuevo, el relativismo. Cito literalmente: «…el 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral». A esto, en astronomía, se le llama «alineamiento de planetas». Un laico atribulado, un tomista que después sería Papa, y un político que presidirá la quinta República durante cinco años, denuncian el mismo fenómeno y proponen remedios necesariamente distintos, aunque emparentados por la naturaleza común del mal que se pretende combatir. Mi pregunta es la siguiente: ¿nos enfrentamos a un ectoplasma suscitado por el pensamiento conservador, o es verdad que nuestras sociedades están sufriendo un proceso degenerativo y potencialmente letal?

En mi opinión, la alarma de los conservadores no es gratuita, y la invocación del relativismo como causa del desarreglo, no está tampoco mal traída. Empecemos por estudiar qué clase de bicho es el relativismo. La filosofía relativista alega, en esencia, que la verdad o falsedad de las cosas está indiciada a la perspectiva desde la cual se las contempla. Los méritos de este argumento se me han antojado siempre dudosos, por decirlo suavemente. En efecto, sólo tiene sentido que me dirija a otro para convencerle de algo, si se cumplen dos requisitos. El primero, es que piense que ese algo responde a la verdad. En segundo lugar habré de entender que el otro, precisamente porque no comparte mis convicciones, ocupa una perspectiva distinta a la que ocupo yo. Aceptadas estas premisas, el tinglado relativista se viene abajo. ¿Por qué? Conforme a la doctrina relativista, las verdades que yo inste deberán estar indiciadas a mi perspectiva. Pero el que me escucha sólo puede concebir verdades indiciadas a su perspectiva. Por tanto, para que la verdad viajara eficazmente de una perspectiva a otra, debería cambiar de índice a medio camino, lo que no se sabe qué significa ni tiene pies ni cabeza. El problema se plantea, en fin, más en el campo de la pragmática, que de la lógica estricta. El problema es que no se comprende a santo de qué los relativistas insisten en la tarea, inexplicable desde su propio punto de vista, de ponerse a convencer de nada a nadie.

El relativismo, ininteresante filosóficamente, obra sin embargo efectos portentosos en el plano de la experiencia social. En una sociedad en que se ha decidido que no existe la verdad objetiva, se abren dos horizontes de acción: o el de la violencia, inevitable cuando a cada cual le da por imponer una verdad que no es confrontable con las ajenas, o el de la tolerancia absoluta. Lo último se suele conocer como «pluralismo». Se entiende que son pluralistas aquellas sociedades en que no se acepta ninguna verdad transversal pero en las que tampoco se critica ni ataca a nadie por el hecho de cultivar su propia, intransmisible verdad. ¿Qué régimen político conviene mejor a este equilibrio de verdades dispersas y como replegadas sobre sí mismas?

Un candidato obvio, es la democracia. La democracia a que me refiero, es la liberal reducida al absurdo. En la democracia liberal clásica, teníamos la ley y el parlamento, y las cartas de derechos que se querían proteger y desarrollar mediante la ley y el parlamento. En la democracia liberal reducida al absurdo, se identifica el derecho con la arbitrariedad del individuo, y la ley con un artificio cuyo única función es impedir que la gente se haga daño. Es evidente que una sociedad así no es viable, salvo en la fantasía de los anarquistas o de quienes depositan en la mano invisible de Adam Smith esperanzas poco realistas. No está claro, no obstante, que no estemos caminando, lentamente, hacia un escenario moral próximo al de la democracia reducida al absurdo. Con algunas circunstancias agravantes, por cierto. En la democracia imaginaria que les he pintado, no existirían, por ejemplo, los inspectores de Hacienda. El motivo es obvio: no se le puede pedir a Mengano que sacrifique parte de sus recursos con el argumento de que así lo exigen la justicia, la solidaridad, el interés general, o cualquier otra causa mayúscula. Las causas mayúsculas son patrimonio del moralista, no del relativista que ha descubierto, o cree haber descubierto, que los niños no vienen de París y que la lírica edificante es el refugio de los borrachos o de los bribones. Sucede sin embargo, ¡oh sorpresa!, que las democracias de verdad son enormemente impositivas. En ellas se redistribuye la renta apelando a la justicia, la solidaridad, y el interés general. En nombre de estos principios, los políticos compran el voto y los electores se rascan recíprocamente el bolsillo. Ocurre como si asistiéramos a una enorme conspiración de todos contra todos, montada sobre argumentos que, simultáneamente, el ethos dominante nos invita a no tomar en serio.

De manera que sí, estoy de acuerdo con la tesis conservadora de que nuestra sociedad ha perdido el oremus, y se dedica a hacer eses sobre un suelo deslizante. Y también estoy de acuerdo en que a nuestra sociedad le aguarda, tal como está, un futuro problemático. Segunda pregunta: ¿qué tiene que ver todo esto con los soixanthuitards? Mucho, mientras pongamos cuidado en no confundir las magnitudes. Como es bien sabido, el mayo anarcoide estalló, mes arriba, mes abajo, en todo Occidente. ¿Por qué ocurrió esto? Ratzinger nos diría que la muerte de Dios, anunciada por Nietzsche, es una de la causas. Y Pera invocaría el relativismo epistémico de Kuhn y compañía. Son argumentos de peso. Pero yo no echaría en saco roto un comentario que al desgaire hace Naipaul en The Killings in Trinidad, un ensayo sobre un episodio sangriento protagonizado por un imitador alienado de los panteras negras -y blanco, para más señas- , y unas cuantas descerebradas inglesas que jugaron a perderse en un rincón remoto del Caribe. Naipaul se refiere, despectivamente, al ludismo de las clases medias -middle-class playfulness-: tras decenios de prosperidad, paz y libertad, las masas democráticas han perdido el sentido de la realidad. El análisis teológico no está reñido con el zoológico.

miércoles, mayo 09, 2007

Los partidos políticos como instrumentos de democracia

Por Henar Criado Olmos, profesora en el Departamento de Ciencia Política I de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense y doctora miembro del Instituto Juan March. Ha sido visiting scholar en la Universidad de Nueva York, 2003-2004 (FUNDACIÓN ALTERNATIVAS, 08/05/07):

La democracia interna de los partidos, o mejor dicho su ausencia, es uno de los temas clásicos de la ciencia política. Autores como Robert Michels o Max Weber han analizado las consecuencias que el tipo de organización de los partidos tiene para el funcionamiento de la democracia. No obstante, el análisis de las formas de democracia interna y sus efectos trasciende el ámbito del debate puramente académico. Se trata de una cuestión política relevante: dado que los partidos son la organización a través de la cual se representan los intereses de los ciudadanos, las transformaciones de su modelo organizativo tienen consecuencias importantes sobre cómo se ejerce la representación política.

En este trabajo se analizan las distintas vías existentes para democratizar el funcionamiento de los partido políticos. Hay dos aspectos claves de la vida interna de un partido que pueden democratizarse: la formulación de políticas y la selección de candidatos. La formulación de políticas se refiere a la definición de la línea política básica del partido y, sobre todo, a la elaboración del programa electoral. La democratización de la selección de candidatos se refiere a abrir procesos de elecciones primarias en las que los afiliados a los partidos puedan intervenir directamente en la elección de sus líderes.

Estas reformas suponen un cambio en el funcionamiento de los partidos. Como todo cambio, implica posibles beneficios, pero también cierta incertidumbre. Partidos más democráticos son más receptivos ante las demandas de los electores y les proporcionan una mayor información con la que evaluar a sus gobiernos. Pero también partidos más democráticos pueden visibilizar y profundizar las diferencias de opinión dentro del partido, y esto puede tener costes electorales. Muchos partidos han iniciado cambios democratizadores de este tipo, como el Partido Laborista británico. La experiencia de estas organizaciones nos enseña que el éxito o el fracaso de las reformas democratizadoras depende en gran medida de cómo se articulen.

Se realizan en este trabajo las siguientes propuestas con el fin de introducir reformas que democraticen el funcionamiento de los partidos:

Con respecto a la formulación de políticas, se propone que el debate sobre la dirección de la política se produzca teniendo en cuenta la opinión de diversos órganos del partido, incluidos, de manera directa o indirecta, los afiliados. Pero, para que el debate ideológico no genere una imagen de desunión ante los electores, es importante que este proceso se articule teniendo en cuenta a diversos órganos del partido en los que se discutan las propuestas de manera sucesiva.

Con respecto a la selección de candidatos, la experiencia de otros países ha demostrado que algunas modalidades de primarias pueden implicar mayores riesgos. Las primarias para la elección de las listas electorales en cada circunscripción son en este sentido especialmente arriesgadas porque debilitan la disciplina de voto. Sin embargo, no tienen consecuencias tan inciertas y sí pueden tener beneficios para la imagen del partido ante los votantes las primarias para la elección del líder del partido. Es importante, no obstante, que se establezca incluso en este caso una serie de requisitos para la presentación de candidaturas a las elecciones primarias.

Mediante estos requisitos se pretende que los candidatos sean en sí mismos representativos de posiciones ideológicas mayoritarias dentro de la organización.

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domingo, abril 15, 2007

Una revolución suave para una VI República

Por Arnaud Montebourg, diputado por Saône-et-Loire y portavoz de Ségolène Royal. Este texto ha sido recopilado en París por Octavi Martí a partir de declaraciones de Montebourg (EL PAÍS, 15/04/07):

Francia necesita la VI República que le propone Ségolène Royal porque necesita modernizar y reajustar su sistema político. Que éste está enfermo lo vemos a través de los síntomas, a través de esa fiebre que es el aumento del populismo y también de la desconfianza respecto a la clase política. La V República creada por el general De Gaulle es autoritaria, unilateral, antidemocrática y bonapartista. En ella un hombre solo, el presidente, aislado de la sociedad y del pueblo que le ha elegido, toma todas las decisiones rodeado de un núcleo de cortesanos designado por él. Conviene no olvidar nunca que en la V República el presidente firma el nombramiento de 6.000 altos cargos, desde el primer ministro hasta el administrador general de la Comédie-Française pasando por el director del Office Interprofessionel des Plantes à Parfum Aromatiques et Médicinales. Nuestro sistema es autoritario, pues concentra en manos de una sola persona un gran poder; pero también es impotente porque, cuando le falta el respaldo popular, no puede acometer las reformas imprescindibles.

La VI República será capaz de construir compromisos sólidos y duraderos porque estará libre de la tentación autoritaria, porque será un sistema que contemplará los referendos de iniciativa popular, porque fomentará que la ciudadanía controle la acción de sus representantes, porque pondrá fin a los famosos “dominios reservados” del presidente de la República, es decir, las cuestiones de política exterior y de defensa. Esos “dominios reservados” pasarán a ser compartidos con el Gobierno y a estar bajo control de la Asamblea Nacional.

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