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domingo, diciembre 07, 2008

Los ojos son una ventana

Por Christopher Boone (08/11/2008)



En nuestro día a día, solemos hacer suposiciones sobre nuestra propia naturaleza, y una de ellas es la extendida idea de que vemos con los ojos.

Aunque pueda parecer algo totalmente lógico, este concepto no es cierto. Está claro que sin los ojos, el proceso de la visión sería imposible de realizar, pero si realmente logramos reconocer lo que vemos (lo percibimos), es gracias al procesado que se realiza de esta información. Y esto se hace en el cerebro.

Si observamos la fisiología del globo ocular, veremos que simplemente es un conjunto de células fotorreceptoras (entre otras partes, por supuesto), que en función de la cantidad de luz recibida, enviará unos impulsos eléctricos u otros.

Pero si analizamos esto, nos daremos cuenta de que los ojos no dejan de actuar como simples receptores. Porque cada una de sus células responderán de la misma forma a una estímulo determinado. No importa si la imagen que estimula un cierto fotorreceptor proviene de una fotografía o de la cara real de un amigo, los receptores no lo entenderán.

Será cuando recibamos toda la información en el centro de visión del cerebro cuando realmente seremos conscientes de que lo que estamos viendo es una imagen fija o una persona.

Pongamos otro ejemplo: a todos nos ha pasado alguna vez que nos hemos quedado pensando en las musarañas. Durante ese breve instante de tiempo, quizás un amigo nos ha estado haciendo gestos con las manos delante de nuestra propia cara, pero no los hemos visto. No ha sido hasta que hemos “vuelto a la realidad”, que no hemos percibido lo que teníamos delante.

Si ya lo dicen, ver para creer…

Fuente: Genciencia

viernes, septiembre 26, 2008

Pareidolia: Poniendo orden en el Caos

Por Christopher Boone (Genciencia 15/09/2008)













Si preguntamos a cualquier persona sobre qué está viendo en la imagen de arriba, la respuesta en la mayoría de casos será la misma: una nube con forma de perro. Pero, ¿por qué realizamos esa conexión?

La respuesta está en el fenómeno psicológico conocido como pareidolia. Con este nombre se conoce el hecho de percibir como algo reconocible una forma inicialmente sin ningún tipo de patrón. En este caso hemos utilizado una nube, pero bien valdría una mancha en una pared, una sombra…

Y es que cuando percibimos algo, no sólo lo hacemos objetivamente a través de los ojos/oídos, sino que nuestro cerebro lo intenta clasificar. De esta forma, inconscientemente estamos creando patrones que nos permitan identificar aquello que observamos, y darles un sentido.

De hecho, se piensa que esta característica del ser humano no es más que una ventaja evolutiva, adquirida para una correcta supervivencia.

Imaginemos una hipotética situación donde una persona (o al menos un proyecto de ésta) camina por un bosque, cuando de repente oye un ruido. Gira la cabeza, y entre toda la maleza verde, ve una mancha amarilla. Saldrá corriendo al pensar que es un tigre, pero en realidad no deja de ser una pera.

Como vemos, nuestro cerebro ha evolucionado de forma que a veces prefiere engañarse para así mantenernos a salvo de los peligros.

Pero está claro que hay un componente cultural que se ha visto fuertemente influenciado por este “defecto” psicológico, y es la visión de todo tipo de personajes y entes extraños. Son el caso de los OVNI, bigfoots, Jesucristos varios, o caras famosas en explosiones, paredes, fotografías… ¡incluso en tostadas!

Y es que el ser humano, si por algo se caracteriza, es por ser creativo.



miércoles, septiembre 10, 2008

Phineas Gage y el cambio de personalidad

Por Christopher Boone













El caso de Phineas Gage es conocido entre la comunidad médica como uno de los estudios más sorprendentes sobre la influencia del cerebro en las emociones.

Este hombre de 25 años trabajaba en la industria como capataz de obra cuando un 13 de septiembre de 1848 sufrió un accidente que cambió su vida. Estaba rellenando con dinamita un agujero de una roca cuando por error suyo, la barrena que aguantaba para introducir el explosivo tocó la roca e hizo explotar la dinamita.

La barrena, de 6 Kg. de peso y un metro de largo, salió volando hacia la cabeza de Gage, entrando por debajo de su ojo izquierdo. Atravesó su lóbulo frontal izquierdo, y salió por el vértice de su cabeza.

Aunque sea difícil de creer, Gage fue a un hotel cercano sentado en un carromato tirado por bueyes, y subió por su propio pie las escaleras del edificio. Aunque más curiosa fue la reacción del doctor Harlow, que al ver la situación, la calificó como “fabulosa”.

Porque Gage había perdido parte del lóbulo frontal izquierdo y bastante sangre. Para tener una idea de la herida, el agujero era de 9 cm. de diámetro, y permitió al doctor introducir todo el dedo índice por el orificio (muestra de que el ser humano es curioso por naturaleza).

No teniendo una mejor idea, el médico le aplicó apósitos y vendas para proteger la herida, que en las siguientes semanas sufrió una gran infección. Sorprendente fue comprobar que al mes de su accidente, Gage ya paseaba tranquilamente por la ciudad.

Y aquí es donde aparecieron las secuelas. Porque tras la recuperación, la personalidad de Gage había cambiado radical y permanentemente. Tanto, que en su trabajo no vieron adecuado readmitirlo.

Antes de la explosión, Gage era considerado como alguien eficiente y capaz. Se le veía equilibrado, y la gente lo apreciaba por ser trabajador, puntual y muy sensato.

Pero tras el accidente, Harlow lo describió de la siguiente forma: “impulsivo, irreverente y en ocasiones se permite las blasfemias más groseras (lo que antes no era habitual en él), manifestando muy poco respeto por sus compañeros; no tolera las restricciones (…), caprichoso e indeciso…”.

Hay que decir que Gage siguió viviendo 12 años más, al parecer sin un rumbo fijo.

Durante ese tiempo, el doctor Harlow siguió escribiendo sobre su evolución, demostrando que había sufrido una mayor alteración en su personalidad que no en su inteligencia.

Actualizado: No puedo perder la oportunidad de enseñaros una fotografía que he encontrado en demedicina.com. Se trata de una recreación del momento en el que Gage fue atravesado por la barra.

Si fue capaz de mantener esa sonrisa, Phineas pasará a ser el número uno en mi ranking de gente optimista.


Un extraño en tu hogar

Por Christopher Boone
















Vivir con alguien que sufre algún tipo de trastorno mental es difícil. Ver como nuestro familiar, antes sano, tiene ahora dificultades para recordar cosas sencillas, no gusta a nadie.

El alzheimer es posiblemente una de las enfermedades más conocidas, pero hay otros trastornos menos frecuentes, que pueden llegar a sorprender al familiar que se encuentre con los síntomas sin conocer su origen.

Y dentro de estos, hay un grupo que tiene como punto común unos síntomas curiosos: el paciente cree que en su casa están viviendo extraños, ya sea de una forma oculta, o suplantando a alguno de sus antiguos familiares. Veamos tres de ellos.

El primero es el Síndrome o Mal de Capgras, donde el paciente cree que una persona allegada ha sido suplantada por un doble idéntico. Pensará que es el único que se ha percatado del problema (ya que nadie le dará la razón), y tratará de impostor al “extraño”.

Este mal es debido a un problema de conexión entre el reconocimiento visual y la memoria afectiva. Por ejemplo, si el enfermo cree que su tía es una doble, será porque la verá, la identificará como su tía, pero en cambio no tendrá los recuerdos que conllevan la parte emocional de una relación.

En el siguiente vídeo se puede ver de una forma clara de qué trata el problema. La primera parte es una situación ficticia, seguida de la explicación teórica.



Otro trastorno de síntomas parecidos es el Síndrome de Frégoli. En este caso, el paciente pensará que de alguna forma, un familiar o persona cercana es alguien distinto, aunque también allegado.

Es decir, que un enfermo con este síndrome podría suponer que su primo es en realidad un hermano que murió y ha ocupado su cuerpo.

Y por último tenemos el Síndrome del Huésped Fantasma. La persona que sufra este trastorno, pensará que su casa está ocupada por alguien que de alguna forma, consigue ocultarse para no dejarse ver.

Aún así, el enfermo tendrá la idea delirante de que detecta a su curioso ocupante, ya sea viendo su reflejo en un espejo, escuchando el televisor encendido…

Curiosas enfermedades que poco a poco, y gracias a los avances en neurociencia, van teniendo respuestas.

Tu cerebro entra en guerra

Por Christopher Boone

Eso pretende ahora el ejército estadounidense, que ha creado un comité para evaluar el potencial militar de la neurociencia. ¿Acaso no era de esperar?

Y es que ayer se publicó un artículo creado por el Departamento de Defensa bajo el título “Neurociencia Cognitiva Emergente y Tecnologías Relacionadas”, en el que se trataban todas aquellas tecnologías que potencialmente podían ser útiles, y también problemáticas.

Los principales campos de estudio fueron cuatro:

Lectura mental. El desarrollo de modelos psicológicos e imágenes neurológicas está haciendo posible observar si una persona está mintiendo.

Aún así, esta ciencia está en sus inicios, y hay problemas para poder realizar un estudio correcto. Estos lectores de mentes permitirían a los estadounidenses interrogar a enemigos capturados, o a “presuntos terroristas”, labor en la que suelen mostrarse de lo más exhaustivos.

Aumento cognitivo. Cuando los soldados se encuentren en plena guerra, sería importante conseguir drogas que los mantuvieran despiertos y alerta durante días, y porqué no, con un deseo de luchar intacto.

Además, se plantea la posibilidad de una mejora tan significativa en el diseño de drogas que permita dar fuerzas casi sobrehumanas a quien las tome. De la misma forma, si se puede llegar a crear una droga que incremente una habilidad, también se plantearía diseñar la opción contraria, para destruir habilidades físicas o mentales.

Control mental. Y entonces viene la gran pregunta que se hacen los militares: Si podemos alterar el cerebro, ¿porqué no controlarlo?

La motivación será básica en los estudios en este campo. Por un lado, que los soldados estadounidenses tengan deseo de luchar. Y por el otro, que los enemigos pierdan toda su motivación. Pero la intención no se queda aquí.

Hay ideas peores, aunque parezca mentira. Otras opciones que se plantean son: ¿Cómo hacer que la gente nos crea más? ¿Y si podemos eliminar la ira o el miedo? ¿Podríamos hacer que el enemigo nos obedeciera?

Conexión cerebro-máquina. Por último, será importante conseguir controlar sistemas robóticos (ya se puede mediante movimientos visuales, por ejemplo). Sería posible trabajar con prótesis sensoriales, asistentes robóticos que harían nuestro trabajo a distancia…

Un futuro inquietante, sin duda.

Reconocer una cara va con tu cultura

Por Christopher Boone











Siempre se ha entendido que el reconocimiento facial era algo íntimamente ligado a todo el mundo, ya que es un mecanismo universal a la hora de relacionarnos con los demás. Pero análisis realizados en la actualidad por científicos de la University of Glasgow han descubierto diferencias culturales a la hora de mirarnos a la cara.

Para realizar dicho estudio, se analizó el movimiento de los ojos de todos los sujetos al mirar un rostro. Tras procesar toda la información, pudo deducirse que existía una experiencia social que influía en dónde se dirige la mirada.

Específicamente, las diferencias se encontraron entre occidentales y orientales. Tal como se puede ver en la imagen del principio, los occidentales suelen dirigir su mirada hacia rasgos específicos de la cara como son los ojos o la boca (en rojo), mientras que los asiáticos prefieren mirar hacia la nariz (en azul), por estar en el centro de la cara y dar una visión general de todos los rasgos.

Según concluyen los investigadores, esto puede ser debido a que en las culturas asiáticas, un contacto visual directo o excesivo puede ser considerado de mala educación.

Estos resultados indican que la comunicación no verbal entre gente de distintas culturas puede llegar a ser problemática, sobretodo en una época como la actual, donde la globalización ha incrementado factores como la integración o la interacción con gente de todo el mundo.

Las sociedades occidentales suelen ser más individualistas, mientras que las orientales tienden a ser colectivas. O dicho de otra forma, Occidente piensa localmente, mientras que Oriente lo hace globalmente.

¿Pensáis que esta diferencia puede traer algún problema? ¿O quizás la solución no sea tan complicada?

domingo, septiembre 16, 2007

Nuestra pequeña mano

Por Gustavo Martín Garzo, escritor (EL PAÍS, 16/09/07):

¿Qué hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de nuestros sueños hoy día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parecen haber quedado la insondable obra de Freud y su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos, las divagaciones de C. G. Jung sobre el poder liberador de los símbolos, las delicadas fantasías de Melanie Klein sobre el mundo de los niños, o las reflexiones de Lacan sobre el poder creador del lenguaje. La psicología ya no trata de responder a la pregunta eterna de quién somos, sino de encontrar fórmulas que nos permitan lograr mejor nuestros objetivos de acomodación a lo que hay. Pero ¿el mundo tiene que ser necesariamente como es? Aun más ¿no radica en esa necesidad de preguntarnos si podría ser de otra forma una parte esencial de nuestra humanidad? Perceval visitó un extraño reino donde todo estaba muerto, y contempló a su rey herido y el lúgubre cortejo de la copa de oro y, al evitar preguntar por lo que pasaba, los condenó sin saberlo a que continuaran eternamente igual. El tema de las preguntas que por no plantearse conducen a la esterilidad y a la muerte del pensamiento es un tema muy repetido en el folklore, y me temo que algo así está empezando a pasar entre nosotros, y tal vez por eso, porque no pensamos, dimanamos autosatisfacción. Pero ¿de verdad tenemos motivos para estar tan contentos? Es cierto que el mundo que nos ofrecen las oficinas de viaje y las promociones de la banca poco o nada tiene que ver con el mudo oscuro de los cuentos de hadas, pero a cambio, como diría Chesterton, es mucho menos interesante. Un mundo sin sentimientos ni memoria, un mundo sin desatinos ni sueños puede que fuera menos perturbador que el nuestro, pero ¿de verdad merecería la pena vivir en él?

Pero la pregunta acerca de quiénes somos sólo puede formularse a través de la contemplación del mundo en que nos ha tocado vivir. La realidad es nuestra máxima construcción colectiva: el terreno de lo común, de las percepciones y normas compartidas, el gran escenario de un juego en el que todos participamos, y cuyas reglas revelan lo que estamos dispuestos a hacer con la vida. Numerosas voces claman por el trato que damos a la naturaleza, o llaman la atención sobre ese espectáculo grotesco en que hemos transformado la política. Ambas, naturaleza y política, han estado en el corazón de las aspiraciones humanas a lo largo de la historia, pues el mundo es, ante todo, “un lugar para vivir”. Pero el hombre posee una asombrosa capacidad para observar el complejo discurrir de sus pensamientos, sentimientos, intuiciones, fantasías, recuerdos y deseos. Todos ellos constituyen un prodigioso mundo interior, sobre el que no hemos dejado de interrogarnos desde los albores de la humanidad, gracias al fabuloso misterio de la conciencia. Y desde hace más o menos dos siglos ha sido la psicología la ciencia encargada de llevar a cabo esa apasionante tarea.

Y puede que en ningún otro momento de la historia esta joven disciplina haya estado tan presente en nuestras vidas. Las Facultades rebosan de estudiantes, equipos de profesionales intervienen en las tragedias colectivas, seleccionan personal en las empresas o participan en “reality shows” televisivos, y muchos psicólogos y psiquiatras expresan sus opiniones y consejos en los medios de comunicación o escriben libros con indicaciones terapéuticas o de auto-ayuda. A pesar de que el acceso a la psicología en la Sanidad Pública sigue siendo precario, proliferan los artículos y revistas que divulgan un supuesto saber científico en torno a las profundidades de la mente humana. Uno de ellos, titulado “Autoestima española”, de un prestigioso psiquiatra, ha llamado poderosamente mi atención por la manera en que ejemplifica el trato que suele darse a estas cuestiones en los medios de comunicación.

Las consideraciones que se vierten en ese artículo en torno a la autoestima nada aportan de original y adolecen de la misma formulación autosuficiente que suele imperar en los actuales escritos sobre psicología: son la expresión de la obviedad elevada al rango de ciencia. Las hipótesis (en este caso, que los españoles gozamos de una excelente autoestima) no necesitan ser demostradas a través de la reflexión o la argumentación, sino de numerosas encuestas en las que se ha preguntado directamente a miles de personas sobre su nivel de satisfacción consigo mismas. A partir de aquí, cualquier cuestionamiento sobra: también cualquier explicación. La estadística por sí sola ha comprobado lo que, a los ojos de cualquier simple mortal, sería imposible de medir: el nivel de satisfacción subjetiva de un pueblo. El propio autor reconoce la dificultad y afirma que la autoestima “no podemos medirla como el pulso o la temperatura del cuerpo. El único método para estudiarla es preguntar”. Todo se juega, pues, en las preguntas. La calidad de las respuestas depende de ellas: por eso los grandes filósofos se han distinguido siempre por la manera singular en que interrogan a la realidad.

La psicología hegemónica actual, en su empeño por alcanzar el estatus de una ciencia empírica (cuando su objeto de estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de mediciones estadísticas), ha hecho un tristísimo uso de las preguntas: planteando sólo las más previsibles, limitando al máximo las respuestas, eliminando por completo todo género de matices y detalles. Los resultados obtenidos son tan pobres como la herramienta utilizada, pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las matemáticas y la estadística. Nuestro psiquiatra acaba su artículo sugiriendo que quizá los españoles tengan una percepción equivocada de sí mismos. Aún no nos hemos dado cuenta de la magnífica verdad que describen por nosotros las encuestas: “los pensamientos automáticos derrotistas nos roban continuamente la conciencia de nuestro alto y saludable bienestar emocional”.

Este mismo esquema se aplica a diario en el terreno de la psicología clínica. Muchas terapias se basan en el aprendizaje de técnicas y ejercicios conducentes al control de los síntomas, renunciando a plantear los interrogantes básicos acerca de su origen o sentido. Y tales métodos se presentan como científicamente probados a través de experimentos empíricos, basados, en su inicio, en la comparación de la conducta humana con la que se puede observar en los ratones. El mensaje surge con claridad: “la psique es mucho más simple de lo que se ha podido pensar o intuir, responde a sencillos mecanismos de estímulo-respuesta, el hombre es un animal previsible”.

La psicología, como disciplina dedicada al estudio de la mente humana, y en su vertiente terapéutica, da cuenta de la manera en que nos vemos a nosotros mismos, del modo en que nos acercamos a los demás y de la idea de bienestar y curación que proyectamos en quienes sufren. Su estado no hace más que demostrarnos la pobreza de nuestras aspiraciones, la poca importancia acordada a la creatividad y al juego, la profunda limitación de nuestra concepción del ser humano. Las llamadas estrategias de distracción proponen desviar la atención de la angustia para centrarla en banalidades cotidianas: el número de personas que llevan una prenda roja en un vagón de metro o la suma de las matrículas de los coches. ¿Por qué aspirar a que una persona disfrute del arte o encuentre un refugio en su imaginación? ¿Por qué tratar de ahondar en sus desdichas y reflexionar sobre ellas? ¿Por qué escuchar, con el compromiso que exige la verdadera escucha, sus sueños, temores y esperanzas: adentrarse en el terreno de lo no vivido? Es más sencillo y eficaz hacer un vacío en el pensamiento, desconfiar del poder de la palabra. Las terapias, lejos de tratar de conducir a las personas a la máxima realización de sus posibilidades, se convierten en la negación de lo específicamente humano: renuncia al vuelo del pensamiento y a la radical función del lenguaje. Como si a un pájaro atemorizado se le convenciera de que la vida es hermosa sobre una rama y no es conveniente que se lance a volar. A pesar de haber nacido con alas, se le recomienda que no las utilice, pues entrañan peligros. ¿Para qué arriesgarse? Uno puede perderse o caerse en las alturas, errar el camino de vuelta, ser atacado o sentirse inseguro. Nada le garantiza el bienestar. Del mismo modo la psicología, en su progresivo empobrecimiento, desea convencernos de que no merece la pena adentrarse en los oscuros caminos del pensamiento, la imaginación y la memoria. Se afana en disfrazar su complejidad, reforzar sus engaños, no descubrir sus potenciales. Parece ignorar que, como dijo Hölderlin, en “el peligro puede estar, también, la salvación”.

Una arriesgada reflexión resulta imprescindible: ¿Qué hemos hecho del estudio de la mente humana, ese lugar fascinante y enigmático, para que haya derivado en tal cantidad de despropósitos? Toda la responsabilidad es nuestra. La vida y el mundo dependen del sentido que queramos otorgarles: de la medida en que estemos dispuestos a implicarnos, del compromiso que adquiramos con ellos. Un cuento proveniente de la tradición de los judíos jasidim, puesto en boca del Baal Shem Tov, llama la atención sobre el enorme potencial de nuestras realidades, pero también sobre la incesante tentación de apartar e ignorar sus maravillas: “¡Ay! ¡El mundo está lleno de brillantes resplandores y de misterios y el hombre los aleja de sí con una pequeña mano!”. La psicología puede ser el terreno privilegiado de la imaginación, la memoria, la reflexión y el juego; también el de la obviedad, la simplificación y el conformismo. La elección sólo recae en nuestra pequeña mano.