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sábado, enero 03, 2009

Encadenadas a sus maridos

Por NAIARA GALARRAGA (El País.com, 03/01/2009)

Un puñado de israelíes no pueden casarse con quien quieran. Son los mamzerin, los bastardos. Los tribunales rabínicos llevan un registro -una especie de lista negra- que en 2004 contenía un centenar de nombres, según la prensa local. Durante 10 generaciones, estas personas sólo pueden casarse con otro mamzer o con un judío converso. En Israel, el matrimonio, como el divorcio o los entierros, se rige por la ley religiosa judía, dictada por sabios ancestrales y aplicada casi siempre por ultraortodoxos. Las bodas civiles no existen.

Menos impactante, pero mucho más extendido, es el problema de las mujeres a las que sus maridos niegan el divorcio.

Hombres como Meir Briksman, un tipo rubio, de 1,90 de estatura, residente en Jerusalén, judío askenazi (descendiente de los judíos que se asentaron en Centroeuropa en el siglo X). El tribunal rabínico de Jerusalén ha difundido carteles en los que exige a quien se tope con él que le haga el vacío. Que le "impida unirse a una sinagoga, le dé alojamiento o cualquier ayuda" hasta que conceda "incondicional e inmediatamente el divorcio a su esposa", que espera desde hace un lustro.

El proceso de divorcio frente a un marido recalcitrante se torna a veces en auténtico chantaje. A menudo, ellas renuncian a los hijos, a la pensión, a la casa, a todo, a cambio del divorcio. Lo que sea por romper el vínculo conyugal y tener más descendencia, si se tercia. Porque, si una mujer todavía casada tiene hijos con otro hombre, éstos serán considerados bastardos. Una situación que rabinos y mujeres intentan evitar a toda costa. En cambio, si la recalcitrante es ella, la halajá (la ley religiosa) ofrece una salida: el marido puede volver a casarse con todas las de la ley, religiosa, con el permiso de 100 rabinos.

Los jueces rabínicos han decidido dar a Meir Briksman, el jerosolimitano en búsqueda y captura, su propia medicina: él tampoco podrá casarse de nuevo "ni con el consentimiento de 100 rabinos". Es una medida extraordinaria. Rarísima vez los rabinos se ponen así de duros. Sólo el esposo puede romper un matrimonio judío.

La mujer de Briksman espera el divorcio desde hace un lustro. Pero hay casos como el de una israelí nacida latinoamericana que pide que se la identifique sólo con el nombre de Sara, que aguardó durante 19 largos años.

Sara, de 55 años, se casó en Israel como Dios manda a los judíos. Bajo una jupá, una tela sujeta por cuatro pilares, ante un rabino y dos hombres observantes de testigos. Y, por supuesto, el novio estrelló una copa de vino contra el suelo para recordar la destrucción del templo de Salomón hace 2.000 años. "En cuanto me puse bajo la jupá, me coloqué las esposas", recuerda esta profesora de educación física. No es literal, pero casi. Años después, la relación fracasó... y huyó con sus tres hijos y con lo puesto, pero sin el get (el documento que acredita el divorcio).

Sara y sus hijos llamaron a muchas puertas hasta dar con una comunidad que los acogiera. "Ninguno me aceptaba por no estar debidamente divorciada; nadie quería líos". "De casualidad, en 1993, por una prima uruguaya que conocía a un rabino en EE UU, llegué hasta Yad Leissa ['Una mano para la mujer']", que es una ONG israelí que asesora a mujeres en la batalla legal para divorciarse. "Una abogada religiosa me ayudó gratis a partir de entonces", explica. El marido le ofrecía el divorcio a cambio de que ella asumiera sus inmensas deudas con la Seguridad Social. Ella nunca cedió. La pasada primavera, cuando ya nadie daba un duro por su caso, él le concedió la libertad. Aún no se explica por qué le ha dado el sí ahora, tras 19 años de noes. Pletórica, muestra su nuevo carné de identidad: "Mire, pone divorciada".

Los grupos de mujeres recalcan que la ley religiosa judía, desde hace siglos, y la ley israelí, desde 1995, contemplan sanciones para que el marido cambie de opinión. Tales castigos van desde negarle un entierro judío a retirarle el carné de conducir, la licencia profesional e incluso mandarle a prisión. El drama es que los tribunales rara vez las aplican. Sólo en 38 de los 8.000 procesos de divorcio existentes en 2005 hubo sanciones, según datos de Ruth Halperin-Kaddari, presidenta del Centro para el Avance del Status de las Mujeres de la Universidad de Bar-Ilan. "El motivo es que casi todos los jueces rabínicos son ultraortodoxos nada sensibles con la trágica situación de estas mujeres", explica la profesora.

Imposible saber con exactitud cuántas israelíes renuncian a sus derechos para obtener el divorcio. Una encuesta reveló que 100.000 mujeres israelíes se han visto o temen verse en semejante situación. "Mucha gente cree todavía que este asunto no va con ellos, pero puede afectar a cualquier judía casada por lo religioso", advierte Halperin-Kaddari.

En Israel, un divorcio supone bastante más que la batalla entre un hombre y una mujer. "Aquí es además una batalla entre los tribunales rabínicos y los civiles", según Halperin-Kaddari. Ambos conviven en equilibrio frágil desde la fundación del Estado judío, en 1948. Susan Weiss, del Centro para la Justicia con las Mujeres, coincide con la profesora en que la solución global está en una aplicación más moderna, más abierta, de la ley judía.

La halajá bastó para resolver el problema de las agunot (mujeres cuyo marido está en paradero desconocido) creadas por el Holocausto, recuerda Judith Garsón-Djemal, gibraltareña, colaboradora de la ONG Mavoi Satum (Callejón sin Salida). Los cadáveres de sus maridos jamás fueron hallados. Sin esa prueba, en principio, seguirían casadas. Lo mismo ocurrió tras el 11-S. En ambos casos, jueces rabínicos las liberaron para comenzar una nueva vida. Y para poder tener hijos. Las agunot son hoy pocas, pero existen. Tami Arad lo es desde hace 22 años, desde que su marido, Ron, aviador israelí, desapareció en combate en Líbano.

Sara, que no era, ni es, religiosa, tiene hoy una nueva pareja. A veces ambos bromean sobre una boda. Y, pese a las desventuras de estas dos décadas, ella señala que sería una ceremonia religiosa, bajo la jupá.

'Encadenadas a sus maridos' es un reportaje del suplemento 'Domingo' del 4 de enero de 2009

martes, diciembre 30, 2008

Contradicciones episcopales

Por Juan José Tamayo, director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid (EL PERIÓDICO, 30/12/08):

Los obispos españoles han vuelto a utilizar una fiesta litúrgica del calendario católico, la de la Sagrada Familia, para arremeter en tromba contra las leyes sobre el matrimonio y la familia aprobadas en el Parlamento. Tres han sido los escenarios elegidos para ello: las cartas pastorales, desde las que han responsabilizado a la ideología de género de la disolución de la familia, las catedrales de algunas diócesis españolas, donde los obispos han pronunciado homilías con una fuerte carga antiparlamentaria, y la misa multitudinaria de la plaza de Colón, reedición de la concentración del año pasado, que tuvo un marcado tono político deslegitimador del Gobierno socialista y, en cierta medida, del sistema democrático, al acusar al Parlamento de poner en peligro la democracia.

El cardenal Rouco Varela ha mostrado su estremecimiento por “el hecho y el número de los que son sacrificados por la sobrecogedora crueldad del aborto”, a los que ha definido como los nuevos Santos Inocentes de la época contemporánea. Monseñor Blázquez, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y obispo de Bilbao, ha responsabilizado de las dificultades que vive hoy la familia “al ambiente cultural y a algunas leyes”, ha afirmado –con desconocimiento de los datos de la antropología cultural– que en todas las culturas y los pueblos a lo largo de la historia el matrimonio es la unión del varón y de la mujer, ha calificado el “divorcio exprés” de duro golpe a la estabilidad de la familia y considera una desfiguración sustancial llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo. Monseñor Martínez Camino, secretario general de la CEE, ha ido todavía más lejos en la descalificación de las leyes hasta declarar que nunca ha habido una legislación sobre el matrimonio más irracional que la que hay hoy en España.

Los obispos están en su derecho a hacer este tipo de afirmaciones en el ejercicio de su libertad de expresión. Pero creo que incurren en una serie de contradicciones que resumo en el siguiente decálogo.

1. Defienden el matrimonio y la familia quienes no pueden casarse ni formar una familia. Los obispos y los sacerdotes del rito latino, en el momento de ser ordenados, renuncian al matrimonio y sustituyen de esta forma la paternidad humana por la paternidad espiritual, que consideran más fecunda y universal.

2. Defienden la indisolubilidad del matrimonio, conforme a lo establecido en el Código de Derecho Canónico: “El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte” (n. 1141), cuando la propia Iglesia católica cuenta con tribunales especiales dedicados a la disolución del vínculo matrimonial.

3. Consideran la procreación como uno de los fines del matrimonio, son partidarios de las familias numerosas y se oponen a los métodos anticonceptivos, cuando ellos no pueden procrear por el voto del celibato que les obliga a la abstinencia sexual de por vida.

4. Defienden la vida del no-nacido y se oponen al aborto, al que califican en todos los casos de asesinato u homicidio, cuando han justificado la pena de muerte y ponen hoy objeciones a la despenalización de la homosexualidad que, al menos en ocho países, se condena con dicha pena.

5. En cuestiones relativas a la sexualidad, el matrimonio, el origen y el fin de la vida, quieren imponer a todos los ciudadanos como ley natural lo que no es más que doctrina católica sostenida por la jerarquía, muchas veces discutida dentro de la propia Iglesia.

6. Hablan de retroceso de los derechos humanos en el ordenamiento jurídico apelando a determinadas leyes que, en realidad, amplían el ejercicio de dichos derechos. Con ello demuestran una clara incoherencia al exigir reconocimiento pleno de los derechos humanos en la sociedad, cuando ellos los desconocen y no los ponen en práctica en el seno de la comunidad cristiana.

7. Se oponen a la homosexualidad, considerada pecado, desviación natural o perversión moral, haciendo una lectura fundamentalista y descontextualizada de los textos bíblicos.

8. Confunden lo moral o, mejor, su propia idea de lo moral, con lo legal, y creen que lo que para ellos es pecado debe ser considerado delito y penalizado por las leyes.

9. Presentan la familia cristiana como paradigma único de convivencia, desconociendo que hay otros modelos legítimos inspirados en valores laicos o de otras religiones y confundiendo con frecuencia la familia cristiana con la familia patriarcal.

10. Se oponen a la investigación con células madre embrionarias considerando que un embrión es lo mismo que una persona, cuando eso significar mantenerse –¿a sabiendas?– instalado en un error científico y cuando esa oposición implica la renuncia a la curación de múltiples enfermedades y a la felicidad de muchas parejas.

¿Ignorancia, error o simple incoherencia lógica e ideológica? Que juzgue cada cual.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona