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sábado, agosto 16, 2008

Cara y cruz de Fidel y el Che Guevara

Por Juan María Alponte, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (EL PAÍS, 16/08/08):

En noviembre de 1953, Ernesto Guevara, nacido en Santa Fe, Argentina, el 14 de junio de 1928, acababa de llegar a Guatemala después de un largo viaje por América Latina. Buscaba trabajo en un periodo presidencial: el de Jacobo Arbenz. Éste, elegido en 1950, había promulgado, en 1952, la Reforma Agraria y hecho su famosa confrontación con la United Fruit. Una exiliada, perseguida por la dictadura peruana porque representaba el aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre, fue encargada de encontrar soluciones para el joven médico argentino. Ella se llamaba Hilda Gadea. Sería, después, la primera esposa de Ernesto Guevara. Él no era, todavía, el Che.

Fue evidente que la revolución -¿no era decir demasiado?- de Jacobo Arbenz impulsaría (en Estados Unidos se decía, sin más, que era un comunista y, con el paralelo torrente simplista de la United Fruit, se cerraba el “análisis”) y transformaría la vida de Guevara. En efecto, las tropas de Castillo Armas, bajo el concreto mando de la CIA, cruzaron la frontera el 17 de junio de 1954.

Con apoyo aéreo y metralleta en mano, durante la noche del sábado 26 al domingo 27, la resistencia se hizo imposible. El derrumbe del Gobierno de Jacobo Arbenz fue la primera experiencia seria, auténtica, del Che Guevara. Hilda dice que Ernesto Guevara escribió, en esa anochecida de bombas y fusiles, su primer artículo político de combate. Después, el texto se perdió. Se tituló así: Yo he visto la caída de Jacobo Arbenz. El artículo, según Hilda Gadea, desapareció en aquellas horas finales de la caída de un presidente a balazos. Derrumbe que Ernesto Guevara no dudó en calificar por su origen político y su dimensión, como “una intervención imperialista”.

El médico, hijo de una familia ilustrada y de la alta clase media, entraba en la historia cotidiana. Su contextualización dialéctica sería parte de su propia evolución personal. Veinte años después hablaría yo de ello con Víctor Raúl Haya de la Torre. Miro la dedicatoria que me hiciera, en Lima, en su libro El Antiimperialismo y el APRA. Acierto. Debajo de su firma está el año: 1974.

Le recordaba sus inicios en México donde, con el apoyo y protección de José Vasconcelos, se fundó el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana, que después se entendió como Alianza Antiimperialista), y el sólo nombre de Vasconcelos le revivió aquel exilio. Uno de tantos, entre opresiones. Recuerdo su casona de Lima. En su despacho había 15 o 20 personas, todas hablando al tiempo. El presidente de Perú, el general Alvarado, gobernaba un seudosocialismo militar y su esposa (las criollas blancas casadas con los hombres de la casta militar), segura de sí misma, más que él, bailaba en las fiestas populares. Hablé con Haya de la Torre de esa estructura de poder y del fascinante encuentro, en Guatemala, de Ernesto Guevara con una aprista. Todo ello en un proyecto de cambio con la dura respuesta de la CIA. La cabeza móvil y festiva de Haya de la Torre aceptaba la coincidencia del tiempo. Me preguntó: “¿Has visto al general Alvarado?”. “Sí. Le hice una entrevista para el Canal 2 de Televisa en México”.

Tuve claro, oyendo al general, que el proyecto militar, acuciado por necesidades imperiosas, naufragaría. Así fue. De todas formas, la apasionante conversación con Haya de la Torre sobre el aprismo y el nacimiento político de Ernesto Guevara en Guatemala, bajo el Gobierno de Jacobo Arbenz, nos permitió entender al joven médico. Desde Guatemala a México. Aquí, en México, Ernesto Guevara se encontró con Fidel Castro. Ninguno de ellos lo previó. Tampoco, un día, su separación.

Se lo recordaba yo al padre de Ernesto Guevara cuando vivía, me parece recordar que era en el último piso del hotel Habana Libre. Fueron conversaciones apretadas, calientes. Pensaba hacer, y le animé para ello, un libro sobre su hijo, el Che. Después lo hizo. Nuestras palabras se encendían en la terraza que miraba el esplender del cielo del Caribe. Me dijo: “Voy a enseñarte algo prodigioso”. Entró en la habitación y me trajo dos fotografías. Una era la de Ernesto Guevara, hijo que tuvo en su primer matrimonio; la segunda era la de sus tres hijos habidos en el segundo enlace. Vi y entendí lo que me quería mostrar: el parecido portentoso de sus tres últimos hijos pequeños con Ernesto Guevara. Quedé sobrecogido: como si los genes quisieran perpetuar, en las vidas humanas, el juego misterioso de la sangre y la historia.

Lo que fue Guatemala para Ernesto Guevara, lo fue Bogotá para el hijo del soldado español (Ángel Castro) que en 1898 fuera conducido desde Galicia a los campos de guerra de Cuba para combatir a José Martí, el libertador, hijo de un sargento valenciano. Ángel Castro, terminado su periodo militar, regresó a España. Pronto, fascinado, retornó a Cuba. Fue arrastrado por un imán mágico que le transformó en un grande y rico hacendado con dos familias paralelas. De la segunda descienden Fidel, Raúl y Ramón. El padre debía ser hombre consciente. Sus hijos pasaron los años en los mejores colegios de jesuitas. No sé qué les enseñarían. Ignacio de Loyola y el duque de Gandía, que fueron generales de la orden, lo pasaron mal con la Inquisición. Lo digo, obviamente, en su honor.

Lo cierto es que el universitario Fidel Castro tuvo, como Ernesto Guevara de la Serna (el último virrey De la Serna fue derrotado en la batalla de Ayacucho y hecho prisionero por el joven mariscal Sucre, que firmó con los vencidos una paz de hombre con alma grande) un bautismo de fuego especial. Aquél, en Guatemala; Fidel, en Bogotá. En efecto, en 1948, participó, con otros universitarios cubanos, en la Conferencia Estudiantil a celebrar en Bogotá, a la vez que allí se desarrollaba la Conferencia de los Estados Americanos.

Hubo parada, en el camino a Bogotá, en Venezuela, donde, por vez primera desde la Independencia, el país eligió en 1948 a un presidente en las urnas: Rómulo Gallegos, el autor de Doña Bárbara. Estuvieron Fidel y los cubanos en su casa, en La Guaira. Fidel se asombró: “No había un guardia”. Duró don Rómulo 11 meses en el poder. Hasta que mi amigo, Pablo Pérez Alfonzo, el futuro cofundador de la OPEP, obligó el fifty-fifty a las compañías petroleras estadounidenses. Una dictadura militar se impuso hasta el levantamiento popular, en Caracas, de 1958. Duro es vivir. Eso no lo sabían aún los estudiantes de La Habana.

En Bogotá los cubanos visitaron a un famoso dirigente colombiano: el liberal de izquierda Jorge Eliécer Gaitán. Su noble verbo transformaba la política. El 7 de abril estuvieron a verle en su despacho. Le entregó a Fidel Castro un texto suyo conmovedor: El discurso en favor de la paz. Quedaron en verse, de nuevo, el día 9. La cita fue para las once de la mañana. Cuando llegaron, la ciudad lloraba. Se acababa de asesinar a sangre fría a Gaitán. Bogotá la Noble entró en una furia inclemente -el Bogotazo- y, por vez primera, Fidel Castro, entre el oscuro río de la revuelta, tomó un fusil después de querer apropiarse de las botas de un militar que le gritó: “No; son las mías”. El incendio de Bogotá fue terrible. Nadie sabe lo que pasaría en el corazón de un joven universitario ante la infamia. Colombia iba a universalizar e institucionalizar, entre la agonía, la violencia que tendría para los colombianos un sentido terrible.

Crecieron las guerrillas que ahora cuentan sus muertos. Pero el epicentro de Jacobo Arbenz y el Bogotazo cambiaron la vida a dos hombres. El joven Fidel diría: “Durante esos días tuve [en Bogotá] un máuser y 16 balas en mis manos. Empleé, entonces, cuatro”. ¿Cuántas se han disparado en el edificio de la intransigencia? Tirofijo, ahora, estrena su muerte. Volvieron a Cuba aquellos del Bogotazo en un avión de ganado.

La violencia ganaría en Colombia su batalla a la concordia. Ni shalom ni salam.

lunes, noviembre 26, 2007

Actualidad del Che

Por Gaspar Llamazares, coordinador general de IU (EL PAÍS, 02/11/07):

El Che sigue levantando pasiones aún hoy. Repasando la prensa de las últimas fechas, con motivo de su aniversario, es evidente que no ha disminuido su capacidad de ser referente, icono, símbolo de un determinado modo de entender el compromiso político y de la adecuación de la vida personal a ese modo de entender la vida pública. Lo peor de estos días, no obstante, es ese empeño de tratar de evaluar una referencia simbólica como la del Che desde parámetros políticos y morales actuales. Y tratar de hacerlo, además, desde una distancia que se presume aséptica en términos políticos.

No es defendible esa presumible neutralidad y lo que se evalúa hoy es también lo que se medía entonces: su actividad revolucionaria. El Che fue ejemplo de integridad política y moral, de denuncia, de consecuencia con unos ideales de emancipación y libertad. Esto es lo sustancial y por eso su figura no se ha empequeñecido con el tiempo. También por eso, en un tiempo de cambio como el que actualmente vive América Latina, el icono del Che sigue siendo enarbolado como estandarte de la emancipación. ¿Por qué molesta esto tanto?

Molesta a los que consideran que las cosas deben seguir igual pese a las evidencias de que el continente latinoamericano sigue siendo el más desigual del mundo en la distribución de riqueza. Y molesta también, y parece que especialmente, a aquellos que han trazado una barrera entre lo permisible y lo no permisible. Para estos últimos, los procesos de cambio que vive América Latina diferencian a una izquierda buena de una izquierda mala, a una izquierda homologable a ciertos estándares europeos y a una izquierda decimonónica y retardataria. Buscan hacer creer que es la izquierda de la modernización frente a la izquierda de la transformación. No hay duda de que la figura del Che cae para estos neoinquisidores del lado de lo viejo, lo refractario y lo inclasificable.

Para entender lo que está pasando en América Latina hay que sacudirse la pereza intelectual y una buena parte de los viejos esquemas interpretativos respecto a los conflictos políticos y sociales. No es posible pensar el hoy sin el acumulado de resistencias de décadas frente a los experimentos económicos y políticos que han producido un verdadero “tsunami social” en esa (y, por cierto, otras) parte del mundo.

Primero fueron las dictaduras al amparo de las lógicas de la “seguridad nacional” que destruyeron la democracia, pisotearon las libertades y fracturaron moralmente las sociedades. Después -o al tiempo, depende de los países- vinieron las políticas del llamado “Consenso de Washington”, defendidas con entusiasmo por esos que ahora discriminan entre lo posible y lo impensable.

Aquí radica buena parte de la responsabilidad de las décadas perdidas en este continente herido. Esta pérdida se refiere siempre a lo mismo y afecta siempre a los mismos. Millones de personas instaladas en la pobreza y sin perspectivas, Gobiernos corruptos y/o neoautoritarios, invasión de empresas extranjeras más preocupadas por las ganancias rápidas que por la inversión productiva, y todo ello junto a un sistema político que, en el mejor de los casos, era incapaz de incorporar al contrato social a millones de sus propios ciudadanos. En países como Venezuela, Bolivia o Ecuador, más del 60% de la población han sido, en términos de ciudadanía política, parias para sus propios regímenes, gentes que sobraban.

El cruce conflictivo entre pobreza y exclusión identitaria, especialmente en la zona andina, ha hecho emerger nuevos actores políticos y sociales, nuevas agendas, nuevas perspectivas de reforma política e institucional. Llama la atención que los que con tanta ligereza interpretan contextos que no son los suyos no se hayan percatado de un detalle que no puede pasar inadvertido: los procesos de cambio tienen un innegable pedigrí democrático. ¿Cuántas elecciones más debe ganar Hugo Chávez para que se le trate con el respeto que merece un dirigente democrático? ¿Qué es lo que molesta tanto de procesos de refundación sobre la base de cambios constitucionales y reforma del sistema político? A nosotros nos parece que estos procesos revitalizan la democracia y sus perspectivas, además de mostrar la potencialidad de cambio que llevan implícita y explícitamente los procesos de representación política. Plantean en una nueva dimensión la lógica de la reforma y la transformación, sugieren nuevos modos de organización institucional, ponen en primer plano la fractura social de sus sociedades para primar la agenda de lucha contra la pobreza. Y en esta voluntad rebelde, de resistencia y de propuesta, reconocemos la figura del Che y su aportación. La principal, ser rebelde frente a la injusticia y vivir con coherencia personal el compromiso con los de abajo.

Ésa es, precisamente, la lectura que hoy nos seduce del Che. Es una invitación para observar estos procesos lejos de los viejos clichés y de los anatemas de los de siempre. América Latina nos dice -para los que desde la izquierda se molesten en escuchar- que hay oportunidades para la agenda de la transformación social, que es posible repensar la utopía socialista para el siglo XXI, que es posible reconstruir el contrato social con una agenda diferente y que no hay razones para plegarse a los designios totalitarios sin resistencia.

jueves, noviembre 22, 2007

Sobre el mito del Che

Por Josep Ramoneda (EL PAÍS, 16/10/07):

En tiempos nada épicos como los que vivimos resulta difícil entender que pudiera llegar a mito popular una figura como la de Ernesto Che Guevara. Estos días se ha conmemorado el 40 aniversario de su muerte, asesinado en una emboscada en Bolivia. Una celebración que, como corresponde a un buen santo, ha venido acompañada de un milagro ecuménico: un médico cubano ha devuelto la vista al que comandaba al grupo que mató al Che, como una prueba más de la bondad universal de la revolución castrista. Pero el mito ya no está para grandes alardes. Lo que corresponde a este momento es explicar por qué aquel revolucionario que prefirió la guerrilla al ejercicio del poder llegó a ser un icono universal. Al fin y al cabo, el estudio comparado de mitos puede ser un instrumento útil para entender las diferencias entre las distintas épocas y generaciones.

Cada momento tiene sus iconos. Y los asume como lo más natural del mundo, precisamente porque dicen mucho de las frustraciones colectivas. Y, sin embargo, no son evidentes. ¿Alguien se habría imaginado, para poner un ejemplo de actualidad, que Francia se entregaría a un hombre de tamaño enorme, rudo y melenudo como el jugador de rugby Sebastián Chabal, que ni siquiera es titular en el equipo nacional?

¿Por qué el Che? ¿Por qué su imagen llegó a estar en todas partes casi sin distinción de clase e ideología como ocurre con los verdaderos mitos, aquellos que no son de nadie? Sin duda hay muchos factores que confluyen en la creación de un icono universal. Factores históricos: la figura del Che debe verse en el marco del proceso de descolonización y de la toma de palabra por parte de los países colonizados. Del mismo modo que la última oleada revolucionaria del siglo XX, -la que culmina en el 68- con su carácter anticapitalista y antisoviético a la vez, era caldo de cultivo sensible a un producto que se presentaba libre de las ataduras del duro poder. También encontraríamos factores semióticos: probablemente el fortuito encuentro entre un cliché del fotógrafo cubano Alberto Korda y el editor italiano Feltrinelli resultó decisivo en la creación de una imagen que sería más mito que el propio Che representado en ella. Y, por supuesto, factores morales: el eterno mito de la autenticidad, que todavía encanta a alguna gente. Como si ser un déspota por coherencia en las propias ideas mereciera mayor respeto que no ser un déspota. E incluso factores de sensibilidad colectiva, pasada la resaca de la guerra a principios de los sesenta hubo una cierta necesidad de creer en el happy end. La coincidencia en el tiempo de Kennedy, Kruschev, el papa Juan XXIII y la propia revolución castrista, hizo soñar por unos pocos años que todo era posible. Duró poco y, todo hay que decirlo, si llega a durar mucho podía haber terminado perfectamente en una catástrofe universal.

Pero para mí la verdadera razón del mito del Che está en el fracaso de la revolución cubana. Desde la invasión de Hungría en el 56, la ignorancia sobre los regímenes de tipo soviético ya no era coartada aceptable desde ningún punto de vista. La revolución cubana parecía distinta. Surgió en un continente muy maltratado y sus líderes tenían una imagen libre e independiente. Hay en el Caribe algo de anárquico y libertino que parecía contraindicado con la glacialidad de morgue de los regímenes comunistas del Este. Y la izquierda de todo el mundo puso mucha ilusión en ella. Ernesto Che Guevara fue astuto: se alejó a tiempo. Abandonó a Fidel porque probablemente intuyó que la confluencia con el modelo de tipo soviético era imparable. Y lo hizo en nombre de valores muy atractivos: autenticidad, fidelidad al ideal, insumisión, desapego por el poder, y un cierto acento libertario. Lo demás lo puso la muerte, que siempre tiene su papel en la construcción de los pedestales.

A medida que la revolución cubana se iba cerrando, a medida que Fidel se iba enrocando, bajo la presión de Estados Unidos, y se iba entregando en manos de la Unión Soviética, a medida que la delación y la persecución se extendieron, a medida que la gente empezó a irse, el mito del Che iba creciendo. Él representaba lo que la revolución pudo haber sido y no fue. Una representación segura, por indemostrable. La imagen del Che acribillado completó la figura. Y la crueldad de las dictaduras latinoamericanas con los que más o menos siguieron sus pasos acabó de acrecentar al personaje. El mito se fue extendiendo. Un mito que, como casi todos, no comprometía a nada. Y, sin embargo, permitía salvar la supuesta pureza de origen de la revolución cubana y ser indulgente con sus desvaríos.

Es propio de los santos huir de la realidad. Y esto es lo que hizo el Che. Dejó la cruda realidad de una Cuba en construcción, en la que realmente se jugaban cosas muy serias, y se fue a una aventura que se sabía perfectamente inútil y que no llegaba siquiera a promesa. Pero eso le daba aureola de autenticidad. Hoy esta aureola algunos la otorgan a los terroristas suicidas: auténticos hasta el extremo de matar y morir por sus ideas. Con la autenticidad presuntamente libertaria de Ernesto Che Guevara la izquierda ajustaba cuentas con su propia conciencia y encontraba una manera de salvar al castrismo, por lo menos en los fundamentos. Dos vías que conducían a la parálisis. O a la contemplación, si se prefiere, ya que hablamos de vidas de santos.

Y fue un mito. No forzosamente mejor ni peor que algunos de los mitos de ahora, porque lo que proyectaba era una insatisfacción profunda ante una sociedad que definitivamente no fue por los caminos de reconciliación que algunos habían soñado. Dentro de cuarenta años, quizás algunos se pregunten por qué la muerte convirtió a Diana de Gales en un mito universal o por qué Bin Laden es un icono de los tiempos que corren, o por qué el horror-espectáculo se ha hecho un hueco en los medios a través de los snuff movies sin apenas debate público. Y posiblemente para algunos será tan inexplicable como puede ser ahora el mito del Che. Lo cual sólo significa que nunca debemos perder el hábito de interrogarnos sobre el presente, de someter al principio de la sospecha a todo lo que se erige sobre nuestras cabezas.

El Che, las razones de un mito

Por Alfonso S. Palomares, periodista (EL PERIÓDICO, 16/10/07):

Ahora, con motivo del 40° aniversario del asesinato del Che en el altiplano boliviano, desde los diversos medios de comunicación nos han inundado con un diluvio de crónicas, reportajes y artículos diversos. El Che era un hombre exagerado, para quien la palabra revolución tenía el significado de redención. Y las redenciones se cobran desmesurados tributos de sangre. De ahí la carga pasional y apasionada que tienen las palabras que llueven sobre él. Pasiones encontradas y contradictorias. Unos le retratan como referente de la mitología de todas las rebeliones, y la encarnación de la pureza original de la revolución cubana y de muchas revoluciones sin destino. Otros, como un hombre frío, autoritario y brutal dispuesto a sacrificar en el altar absoluto de la revolución a quienes se oponían o planteaban dudas, aparte de los enemigos, por supuesto. Pero, en el caso del Che, una imagen ha valido más que millones de palabras. Al hablar de imagen me refiero a la famosa foto de Alberto Korda en la que aparece Ernesto Guevara, el Che, con la estrella de comandante en la boina, el pelo en un armónico desorden y mirada de visionario. Un rostro verdaderamente hermoso. Esa imagen ha sido la más reproducida del planeta en las cuatro últimas décadas.

A PRINCIPIOS de enero de 1966, un año y 10 meses antes de su muerte, se celebró en La Habana la Conferencia Tricontinental. La gran cita de los revolucionarios y guerrilleros de tres continentes: Asia, África y América. Así como de los intelectuales que creían que la revolución cubana era el camino para la liberación de los pueblos y de los pobres. La palabra revolución llevaba la carga de la esperanza. Revolución también significaba, sobre todas las cosas, la destrucción del imperialismo encarnado por Estados Unidos. Revolución e imperialismo eran más que dos palabras, eran un cargamento de ideologías encontradas y sobre esas dos palabras se balanceaban los entusiasmos y las repulsas de la mayoría de los asistentes.

De España fuimos dos periodistas: el redactor jefe de la revista Triunfo, Eduardo García Rico, y yo. No acudió ninguna representación de los partidos clandestinos, ni de otros estamentos culturales situados en el paisaje de la izquierda. En el largo viaje desde Barajas a Rancho Boyeros (había que hacer escala en Gander, Terranova) coincidimos con Mario Vargas Llosa, acompañado de su esposa, Patricia, embarazada de su primer hijo, Álvaro. El joven Mario acababa de tener un éxito muy vistoso y reconocido con la novela La ciudad y los perros, y alineaba sus entusiasmos políticos con el castrismo. En el avión iban también Josephine Baker, Alberto Moravia y otros escritores menos conocidos.

En los salones del hotel Habana Libre, antes Hilton, en donde se celebraban las sesiones de la conferencia, lucían los uniformes de las más variadas guerrillas y guerrilleros que luchaban por cambiar el mundo en los tres continentes. El Che ya no estaba, andaba buscando nuevos campos de batalla, pero su espíritu y sus planteamientos estratégicos flotaban sobre la conferencia, y sus mensajes se repetían como rosarios monótonos. Nadie conocía su paradero (a no ser Fidel y su cercanísimo entorno): unos decían que estaba en África; otros, que ya estaba en un lugar de América Latina. Ya había fracasado en su aventura congoleña, pero no se sabía ni se decía. Incluso Salvador Allende, que venía de perder unas elecciones, lo ignoraba. Me lo dijo con toda rotundidad.

Un día, a escritores, periodistas y observadores nos llevaron a visitar Pinar del Río y comimos en un restaurante de amplios ventanales que daban a una montaña cubierta literalmente por una gigantesca fotografía del Che, un montaje desmesurado. En mi mesa, a mi derecha, se sentaba Hildita Gadea, la hija mayor del Che, que entonces tenía 14 años y murió antes de cumplir 40. Le preguntaron por papá y respondió que estaba haciendo la revolución.

En la conferencia se aceptaba que había que hacer la guerra mundial contra Estados Unidos, y se proclamaba como dogma la consigna del Che de que había que crear uno, dos, tres Vietnam, muchos Vietnam, en el camino hacia la victoria… Hasta la victoria siempre. Era un error y un disparate, pero lo aplaudíamos, porque la revolución era una alucinación colectiva de cierta izquierda. La URSS estaba en otra cosa: la coexistencia pacífica con Estados Unidos.

TODOS aquellos planteamientos delirantes fracasaron estrepitosamente: unos, ahogados en sangre; otros, por abandono. Sin embargo, el Che sigue siendo un mito. Hay varias razones para ello, entre otras la de que murió joven y de forma violenta, pero la principal es la de que los marginados de la tierra lo ven como un símbolo de la esperanza y quienes sueñan con cambiar el mundo, lo toman como ejemplo; los inconformistas y soñadores, como el icono de las apuestas por lo imposible. Encarna el arquetipo del hombre dispuesto a dar la vida por sus ideas, y la dio. Lo peor de los hombres dispuestos a dar la vida por sus ideas es que también lo están a matar por ellas. Esa es la cara oscura del Che.

jueves, noviembre 08, 2007

Aniversario del Che

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York. Publicó La vida en rojo: una biografía del Che Guevara, en 1997 (EL PAÍS 09/10/07):

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer… con prioridad en las comunidades más desasistidas. (…) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara…”.

En el cuarenta aniversario de la muerte del “Guerrillero Heroico”, Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un “hombre nuevo”, sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por… un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace cuarenta años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue Estados Unidos interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al “eje del bien” (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando “Seremos como el Che”, cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer “ser como el Che”: con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear “focos” guerrilleros en los años sesenta, setenta y ochenta fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de “seguridad nacional” en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el anti-imperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el cuarenta aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.