jueves, noviembre 22, 2007

Sobre el mito del Che

Por Josep Ramoneda (EL PAÍS, 16/10/07):

En tiempos nada épicos como los que vivimos resulta difícil entender que pudiera llegar a mito popular una figura como la de Ernesto Che Guevara. Estos días se ha conmemorado el 40 aniversario de su muerte, asesinado en una emboscada en Bolivia. Una celebración que, como corresponde a un buen santo, ha venido acompañada de un milagro ecuménico: un médico cubano ha devuelto la vista al que comandaba al grupo que mató al Che, como una prueba más de la bondad universal de la revolución castrista. Pero el mito ya no está para grandes alardes. Lo que corresponde a este momento es explicar por qué aquel revolucionario que prefirió la guerrilla al ejercicio del poder llegó a ser un icono universal. Al fin y al cabo, el estudio comparado de mitos puede ser un instrumento útil para entender las diferencias entre las distintas épocas y generaciones.

Cada momento tiene sus iconos. Y los asume como lo más natural del mundo, precisamente porque dicen mucho de las frustraciones colectivas. Y, sin embargo, no son evidentes. ¿Alguien se habría imaginado, para poner un ejemplo de actualidad, que Francia se entregaría a un hombre de tamaño enorme, rudo y melenudo como el jugador de rugby Sebastián Chabal, que ni siquiera es titular en el equipo nacional?

¿Por qué el Che? ¿Por qué su imagen llegó a estar en todas partes casi sin distinción de clase e ideología como ocurre con los verdaderos mitos, aquellos que no son de nadie? Sin duda hay muchos factores que confluyen en la creación de un icono universal. Factores históricos: la figura del Che debe verse en el marco del proceso de descolonización y de la toma de palabra por parte de los países colonizados. Del mismo modo que la última oleada revolucionaria del siglo XX, -la que culmina en el 68- con su carácter anticapitalista y antisoviético a la vez, era caldo de cultivo sensible a un producto que se presentaba libre de las ataduras del duro poder. También encontraríamos factores semióticos: probablemente el fortuito encuentro entre un cliché del fotógrafo cubano Alberto Korda y el editor italiano Feltrinelli resultó decisivo en la creación de una imagen que sería más mito que el propio Che representado en ella. Y, por supuesto, factores morales: el eterno mito de la autenticidad, que todavía encanta a alguna gente. Como si ser un déspota por coherencia en las propias ideas mereciera mayor respeto que no ser un déspota. E incluso factores de sensibilidad colectiva, pasada la resaca de la guerra a principios de los sesenta hubo una cierta necesidad de creer en el happy end. La coincidencia en el tiempo de Kennedy, Kruschev, el papa Juan XXIII y la propia revolución castrista, hizo soñar por unos pocos años que todo era posible. Duró poco y, todo hay que decirlo, si llega a durar mucho podía haber terminado perfectamente en una catástrofe universal.

Pero para mí la verdadera razón del mito del Che está en el fracaso de la revolución cubana. Desde la invasión de Hungría en el 56, la ignorancia sobre los regímenes de tipo soviético ya no era coartada aceptable desde ningún punto de vista. La revolución cubana parecía distinta. Surgió en un continente muy maltratado y sus líderes tenían una imagen libre e independiente. Hay en el Caribe algo de anárquico y libertino que parecía contraindicado con la glacialidad de morgue de los regímenes comunistas del Este. Y la izquierda de todo el mundo puso mucha ilusión en ella. Ernesto Che Guevara fue astuto: se alejó a tiempo. Abandonó a Fidel porque probablemente intuyó que la confluencia con el modelo de tipo soviético era imparable. Y lo hizo en nombre de valores muy atractivos: autenticidad, fidelidad al ideal, insumisión, desapego por el poder, y un cierto acento libertario. Lo demás lo puso la muerte, que siempre tiene su papel en la construcción de los pedestales.

A medida que la revolución cubana se iba cerrando, a medida que Fidel se iba enrocando, bajo la presión de Estados Unidos, y se iba entregando en manos de la Unión Soviética, a medida que la delación y la persecución se extendieron, a medida que la gente empezó a irse, el mito del Che iba creciendo. Él representaba lo que la revolución pudo haber sido y no fue. Una representación segura, por indemostrable. La imagen del Che acribillado completó la figura. Y la crueldad de las dictaduras latinoamericanas con los que más o menos siguieron sus pasos acabó de acrecentar al personaje. El mito se fue extendiendo. Un mito que, como casi todos, no comprometía a nada. Y, sin embargo, permitía salvar la supuesta pureza de origen de la revolución cubana y ser indulgente con sus desvaríos.

Es propio de los santos huir de la realidad. Y esto es lo que hizo el Che. Dejó la cruda realidad de una Cuba en construcción, en la que realmente se jugaban cosas muy serias, y se fue a una aventura que se sabía perfectamente inútil y que no llegaba siquiera a promesa. Pero eso le daba aureola de autenticidad. Hoy esta aureola algunos la otorgan a los terroristas suicidas: auténticos hasta el extremo de matar y morir por sus ideas. Con la autenticidad presuntamente libertaria de Ernesto Che Guevara la izquierda ajustaba cuentas con su propia conciencia y encontraba una manera de salvar al castrismo, por lo menos en los fundamentos. Dos vías que conducían a la parálisis. O a la contemplación, si se prefiere, ya que hablamos de vidas de santos.

Y fue un mito. No forzosamente mejor ni peor que algunos de los mitos de ahora, porque lo que proyectaba era una insatisfacción profunda ante una sociedad que definitivamente no fue por los caminos de reconciliación que algunos habían soñado. Dentro de cuarenta años, quizás algunos se pregunten por qué la muerte convirtió a Diana de Gales en un mito universal o por qué Bin Laden es un icono de los tiempos que corren, o por qué el horror-espectáculo se ha hecho un hueco en los medios a través de los snuff movies sin apenas debate público. Y posiblemente para algunos será tan inexplicable como puede ser ahora el mito del Che. Lo cual sólo significa que nunca debemos perder el hábito de interrogarnos sobre el presente, de someter al principio de la sospecha a todo lo que se erige sobre nuestras cabezas.

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