jueves, noviembre 22, 2007

Religión y política

Por Santiago Petschen, catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y profesor Jean Monnet de la UE (REAL INSTITUTO ELCANO, 17/10/07):

Introducción:

Durante gran parte del siglo XX, la religión y la política caminaron más separadas que nunca en la Historia. Sin embargo, en un determinado momento de sus décadas finales, se produjo una espectacular inversión. La política y la religión volvieron a unirse con una fuerza poco antes impensable. Debemos advertir, ya desde el principio, que dicho cambio se produjo en las sociedades monoteístas. En ellas, pues, vamos a poner nuestra atención.

Después de las guerras de 1967 y de 1973, el partido político Likud inició en Israel la carrera del ascenso hasta que en l977 llegó al poder tras unas elecciones cuya victoria siempre conseguía el partido laborista, de carácter secular. En 1973 se creó la Organización de la Conferencia Islámica, fundamentada en la religión musulmana. En 1979, el ayatolá Jomeini conquistó el poder en el Irán pretendiendo un influjo efectivo en todo el islam. En 1980, el nuevo presidente de los EEUU, Ronald Reagan, incluyó en la actividad normal de sus operaciones políticas el favorecer a la religión. En las últimas décadas del siglo, las representaciones de los grupos religiosos fueron abriendo oficinas en Bruselas y consiguieron en la UE posiciones favorables a la relación con las religiones.

Son numerosos los autores que hacen referencia a dicho cambio de la presencia de la religión en la vida de la sociedad.

Gilles Kepel lo describe así: “Hacia 1975… un nuevo discurso religioso toma forma, no para adaptarse a los valores seculares sino para devolver el fundamento sacro a la organización de la sociedad, cambiándola si es necesario. Este discurso, a través de sus múltiples expresiones, propone la superación de una modernidad fallida a la que atribuye los fracasos y las frustraciones provenientes del alejamiento de Dios… En quince años este fenómeno ha adquirido dimensión universal”. Edward Mortimer afirmaba en 1991: “la religión parece estarse introduciendo cada vez más en los asuntos internacionales”. En nuestro país, Eugenio Trías lo expresó de la siguiente forma: “La religión vuelve a estar de actualidad después de dos siglos en los cuales parecíamos asistir a su declive irreversible. Lejos de ser un factor cultural en retroceso, parece hallarse hoy, en primer plano de los asuntos mundiales”. Paralelas a estas manifestaciones son las conclusiones a las que llegan los estudios de los sociólogos, entre los que mencionamos solamente a dos: Juan Linz e Ignacio Sotelo.

Y, últimamente, Georges Corm ha escrito: “Ayer, hace sólo treinta años, algunos elementos de este nuevo decorado de nuestro universo no eran realmente visibles. Hoy estamos rodeados, atufados por su omnipresencia… Parece que es la identidad religiosa la que lo envuelve todo”. Interés tiene también la pregunta sobre las causas u orígenes de dichos nuevos decorados religiosos: “Sin embargo, no sabemos cómo han llegado aquí, quién los ha pintado y ordenado tan bien a nuestro alrededor”.

Para iniciar un camino adecuado de investigación al respecto, es necesario que nos hagamos algunas preguntas. La primera de ellas resulta muy obvia: ¿cuáles han sido las causas de tan general y coincidente fenómeno?

A continuación hay que inquirir sobre los efectos de la nueva situación: ¿qué consecuencias y repercusiones tiene y va a seguir teniendo en la sociedad internacional?

Por último, hay que referirse al tratamiento político de la cuestión. ¿Cómo debe ser tratado dicho fenómeno? Últimamente pretende ser abordado, por lo menos en parte, desde la llamada “Alianza de Civilizaciones”. Las civilizaciones se han construido a partir, sobre todo, de las religiones.

Las causas de tan general y coincidente nueva relación entre la religión y la política, según luego iremos viendo, son principalmente, tres: (1) la búsqueda y la revitalización de las identidades más profundas; (2) la vinculación de las civilizaciones al hecho histórico concreto del cambio de soberanía del territorio de los lugares sagrados judíos e islámicos, de Israel/Palestina; y (3) la utilización de lo religioso como pretexto para justificar y potenciar la fuerza de las partes opuestas en los conflictos. Los tres factores están íntimamente relacionados entre sí. No olvidemos que la identidad se forma y mantiene con referencia a un contrario y que lo acaecido en Israel/Palestina es una concreción de las otras dos causas.

A propósito de estas tres causas creo que debe decirse lo siguiente:

(1) Sobre la búsqueda y revitalización de las identidades más profundas, la religión es factor importante de identidad pero no el único. Junto a él se dan también, muchas veces como más importantes, el peso de la historia, la lengua y el medio geográfico.

(2) Sobre la utilización de lo religioso como pretexto para fortificarse en la lucha, son diversos los autores que abordan de una u otra forma la cuestión. Así, Samuel Huntington, Robert Kagan y Robert Kaplan. Entre todos ellos destaca, por su claridad de pensamiento y nitidez expositiva, Georges Corm que dice: “el retorno de lo religioso… es un importantísimo fenómeno político que de religioso sólo tiene el nombre”.

(3) Hay autores que no destacan el hecho histórico concreto del cambio de soberanía del territorio de los sagrados lugares judíos e islámicos. Pero desde el punto de vista de lo factual tiene una importancia extraordinaria debido a su poderosa influencia como lugar de memoria religiosa en situación de disputa. Opera unida a las otras dos causas.

Antes, sin embargo, de profundizar en los tres aspectos enunciados, es necesario que demos una visión general acerca de la situación de las religiones en el mundo. Sólo desde dicho ámbito será posible entender mejor las cuestiones particulares.

En primer lugar, hay que afrontar una vertiente que parece fundamental. Se habla del resurgimiento de las religiones. Pero resurgimiento, en profundidad, de las religiones propiamente dicho no parece que haya. En estos últimos años del siglo XX y primeros del siglo XXI, ¿dónde están las grandes personalidades inspiradas que han creado nueva dimensiones en la religión? ¿Dónde están los grandes teólogos, los grandes místicos, los grandes fundadores? No hay nada en la actualidad que se parezca a lo que Toynbee llamó la Era-Eje de la aparición de grandes genios espirituales. Lo que hay son pensadores (filósofos, sociólogos) que analizan la evolución del movimiento religioso en la sociedad.

Vayamos a la vertiente opuesta: la decadencia de la religión. ¿Acertó la Ilustración al señalar su declive? En parte sí y en parte no. El fallo de la Ilustración con respecto a la religión fue considerar al ser humano demasiado homogéneamente racional. Desde la perspectiva de los ilustrados, el conjunto del género humano tendría que haber ido perdiendo la fe de una manera bastante rectilínea. Pero el ser humano no es tan racional. Cuenta con manifestaciones emocionales y pasionales que, con mucha frecuencia, se sobreponen a la razón. Por otra parte, la heterogeneidad siempre es más amplia que la homogeneidad. Por mucho que aparezcan en la sociedad humana numerosos elementos homogeneizadores, el espíritu humano tiene muy distintas formas de configurarse. La heterogeneidad es un hecho recibido del pasado que determina profundamente el modo cómo las distintas civilizaciones y culturas afectan al variado proceder de las gentes. La heterogeneidad humana es producto también de la diversidad económica y técnica que existe en el mundo. La emocionalidad y la heterogeneidad son tierra abonada para el florecimiento de la variedad religiosa. Mientras el mundo sea así, el elemento religioso estará siempre muy presente en las acciones de los hombres. Las acciones políticas, al hacerse religiosas, ganan una dimensión muy notable, tanto en profundidad como en extensión. El aspecto de la religión que resalta aquí no es el de la religión como fenómeno espiritual. Es la religión-instrumento. Al afirmar la secularización de la profunda vida interior del hombre, los ilustrados tuvieron razón. Véase sino, en una parte del mundo, lo que se llama el cinturón de hielo religioso de la Humanidad: Europa y Australia. Bryan Wilson y Peter Berger sostienen que “el declive de la religión tradicional y la pérdida de su relevancia social es una concomitancia inevitable del proceso de modernización”. Cuando se habla de religión, en el sentido de lo que Luckmann denominó “religión invisible” y Bellah “religión civil”, se está dando, en gran parte, la razón a los ilustrados. Donde no la tuvieron fue en que, en la posmodernidad, pudiera utilizarse tanto la religión como un instrumento tan poderoso para la política.

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