jueves, noviembre 22, 2007

Perspectiva electoral en EE. UU.

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 14/10/07):

Cada vez comienzan antes las elecciones - y sus campañas correspondientes- en Estados Unidos. Falta más de un año para las elecciones presidenciales y la campaña ya avanza a velas desplegadas. Los medios de comunicación les dedican notable atención y constituyen tema principal de conversación hasta el punto de descuidarse otras cuestiones importantes. No es bueno para nadie, y menos para los candidatos en liza. Todo esto cuesta mucho dinero (según los cálculos al respecto, más de mil millones de dólares) y demanda grandes dosis de energía invertida en viajes y desplazamientos, discursos, apariciones en público, apretones de manos, besos a niños… Los candidatos han de hacer declaraciones sobre cualquier tema que pueda surgir a lo largo y ancho del planeta fijando al respecto su posición. Sin embargo, las cosas están cambiando y lo que digan ahora puede volvérseles en contra dentro de un año. En consecuencia, ¿por qué no pueden ponerse de acuerdo para comenzar más tarde el inicio de la campaña? En fin, no he podido oír hasta ahora una explicación convincente.

Si las elecciones se celebraran la semana que viene, ganaría Hillary Clinton. No es la mejor oradora ni pensadora ni posee la personalidad más atractiva, pero parece competente, no ha cometido ningún fallo notable y la mayoría de los miembros de su partido considera que es la que cuenta con mayores posibilidades de derrotar a los republicanos. Los otros dos candidatos favoritos, Barack Obama y John Edwards, son personas agradables y sensatas pero tienen en contra que sean insuficientemente conocidas y faltas de experiencia. Barack Obama, el primer candidato negro, puede ganar en los comicios demócratas en Iowa dentro de tres meses, pero tal circunstancia no revestiría excesiva importancia. Por otra parte, Obama puede acabar siendo vicepresidente, lo que le permitiría ganar en el 2012. John Edwards procede de una familia modesta, su padre fue un obrero y su madre una empleada de correos; siempre afirma que es el candidato del hombre y la mujer corrientes. Pero mientras tanto, ha acumulado una buena cantidad de millones de dólares como abogado y el hecho de que haya pagado 400 dólares por un corte de pelo no le ha ayudado precisamente.

¿Qué factor podría impedir una victoria de Clinton? Un año es un lapso de tiempo muy largo en política; podría producirse una crisis importante en el plano internacional que podría facilitar las cosas a los republicanos. Hasta fecha reciente, los demócratas han insistido en la guerra de Iraq, pero últimamente la situación ha mejorado un tanto y en cualquier caso habrán de lidiar con la cuestión de Iraq y no resulta muy inteligente que digamos ponerse a hacer ahora grandes promesas. De modo que han adoptado una perspectiva más sagaz y, por ejemplo, han sacado de la chistera una propuesta ambiciosa y largamente esperada como es la relativa a un seguro sanitario universal para todo el territorio.

Sin embargo, la precaución que muestran en la cuestión de Iraq ha provocado las iras de numerosos activistas demócratas que pueden volverse contra cualquier candidato que no prometa retirarse mañana y, en conjunto, prometa seguir una política en alguna medida aislacionista. Tal es probablemente el talón de Aquiles del Partido Demócrata: un candidato realmente aceptable a ojos de los activistas no lo es a ojos del pueblo estadounidense. En consecuencia, habrán de hacer concesiones. No obstante, ejercen notable influencia en la opinión al actuar en la era del blog, aparte de que han reunido notables sumas de dinero y pueden obligar a Hillary Clinton a hacer cosas o al menos a hacer declaraciones que afecten negativamente a sus oportunidades de victoria. Clinton, que ha de andar sobre la cuerda floja, puede caer.

Otro candidato puede salir a escena de improviso: en su caso una incógnita como, por ejemplo, Al Gore, que perdió por poco frente a Bush en el 2004. Sin embargo, la obtención del premio Nobel de la Paz por sus actividades sobre el problema del cambio climático, podría inducirle a optar de nuevo a la presidencia. Desde luego es ya un poco tarde para crear un equipo y recaudar fondos, pero Hillary Clinton tiene muchos enemigos que preferirían a Gore, figura que podría ser ligeramente más popular entre el ala radical del partido. De modo que no cabe excluir tal eventualidad.

¿Y qué puede decirse de los principales candidatos republicanos? Rudy Giuliani, anterior alcalde de Nueva York, es el favorito, pero resta por ver con qué grado de apoyo puede contar aparte de la Costa Este. El senador John McCain, de Arizona, es probablemente el candidato republicano más respetado; es un hombre de gran valentía e independencia de criterio. Sin embargo, es el candidato de más edad (71 años) y su postura dura sobre Iraq le ha dañado políticamente. Otras candidaturas incluyen, por ejemplo, a Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts y a Fred Thompson, de rostro más familiar para millones de estadounidenses porque no sólo fue senador sino también actor de una popular serie de televisión, Ley y orden.Por otra parte, tampoco cabe descartar que los republicanos en su convención de Minneapolis elijan en el último minuto otro candidato.

El 40 por ciento de los estadounidenses vivos en la actualidad ha vivido bajo un presidente llamado Bush o Clinton, y se ha dicho con razón que hay millones de familias en Estados Unidos con otros nombres. De acuerdo, pero también hay que decir que se advierten ahora menos deseos que en el pasado de servir al país en la presidencia, asumiendo el enorme esfuerzo que conlleva convertirse en candidato con cierta posibilidad de éxito.

El doble debate del Partido Comunista de China

Por Xulio Ríos (EL CORREO DIGITAL, 14/10/07):

Más allá de los cambios personales, que los habrá y no serán pocos, dos importantes debates convergen en el XVII Congreso del Partido Comunista de China (PCCh), que se abre mañana. El primero ya se ha dado, cristalizando en una clara reorientación de la reforma, que ahora propicia un nuevo modelo de desarrollo, más sostenible, atento no sólo al crecimiento económico sino también a los factores ambientales y sociales. El ajuste, que marca un punto y aparte con el período de Jiang Zemin, se inició ya al poco de comenzar el mandato de Hu Jintao, en 2002, y culminó en el pleno del Comité Central de otoño de 2006 y en las sesiones del legislativo chino de marzo de 2007, cuando la armonía se erigió como la encarnación de la justicia con peculiaridades chinas. Con sus altibajos y dificultades, esa nueva orientación ha calado partidaria y socialmente y, en los próximos años, con las inversiones anunciadas en la mejora de la situación en el campo y de los campesinos, especialmente en materia de salud o de educación, puede derivar en un nuevo salto adelante de un proceso que, a la par de un asombroso crecimiento, generó no menos apabullantes desigualdades y desequilibrios de una tal magnitud que de no atajarlos pronto y bien pueden hacer zozobrar la sacrosanta estabilidad. El giro auspiciado en el último lustro ha acreditado en Hu Jintao la etiqueta de líder con una mayor sensibilidad social que sus antecesores, ciertamente más entusiastas del ‘neoliberalismo a la china’. En realidad, no tiene más elección.

El otro gran debate del Congreso será la democratización. No será la reforma política en sentido occidental, entiéndase bien. Hu Jintao la ha descartado en numerosas ocasiones de forma clara y explícita, y en el pleno de otoño antes mencionado nos convoca para 2020, y no antes. Lo que estará en debate en el XVII Congreso serán propuestas e innovaciones en materia de transparencia y democratización que deben servir para atajar la principal gangrena que ataca sus filas: la corrupción en sentido amplio.

A lo largo de los dos últimos años, Hu ha insistido en el discurso de moralización de la vida pública, proponiendo primero los llamados ‘ocho honores y deshonores’ y alertando sobre la importancia de retener incólume la militancia ideológica marxista, sirviendo al pueblo, llevando una vida sencilla y evitando los abusos de poder. La cruzada anticorrupción ha sido especialmente intensa en los últimos meses y aunque no es difícil ver en ella la oportunidad clara para deshacerse de muchos rivales políticos, su alcance va mucho más allá. El departamento central de organización ha dictado numerosas circulares estableciendo severas incompatibilidades para el desempeño de cargos públicos e imponiendo obligaciones de transparencia (tanto en los negocios como en la vida personal) a los militantes del Partido. La comisión central de disciplina ha despachado miles de funcionarios en comisiones rogatorias que han indagado y expedientado a numerosos responsables a lo largo y ancho del país, actuaciones publicitadas con un lujo de detalles sólo manifestado en muy contadas ocasiones.

Además del propio PCCh, las medidas democratizadoras deben afectar al funcionamiento del Estado, especialmente a las relaciones entre el poder central y territorial, y la introducción de ciertas dosis de legitimación pública de algunas decisiones y procesos, dando paso a una cosmética electoral, experimentada limitadamente en el campo, pero muy ausente, incluso en el plano formal, en el medio urbano. Pero también afectarán a las relaciones con las nuevas elites y otras expresiones de autonomía social, a quienes el PCCh intentará subordinar e instrumentar a través de diferentes mecanismos.

¿Implicarán los cambios que se vaticinan una superación de los retrocesos habidos en los últimos años en el llamado Estado de derecho socialista y en la separación de Estado y Partido? ¿Estamos en los albores de la llamada quinta modernización? La estrategia tiene un doble sentido. En primer lugar, debe contribuir a fortalecer las capacidades del PCCh y del poder central respecto a una base militante que ha podido dar muestras de un creciente desentendimiento, dejándose enredar en la cadena de fidelidades locales que tanto ha influido para fragmentar las lealtades y la disciplina en el seno del Partido. Fuentes del departamento central de organización informaron recientemente de que, en el último lustro, una media de 2,3 millones de personas han ingresado en sus filas cada año. La afiliación no ha dejado de crecer, aunque bien es verdad que su composición está variando. Entre los nuevos estratos sociales se incluye a cerca de tres millones de empresarios privados, además de casi un millón de autónomos. También el número de organizaciones del Partido presentes en el sector privado ha aumentado en un 80% desde 2002. El poder y la proyección del Partido es, pues, muy fuerte y sólida, aunque totalmente invisible para los esclavos de Shanxi.

Por otra, recuerda una y otra vez los límites políticos de la reforma china que, al igual que en lo económico, persigue no sólo el desarrollo, sino un modelo basado en una soberanía y una singularidad irrenunciables. En la defensa a ultranza de esos valores radica la propia supervivencia del PCCh como estructura medular del sistema, tan dependiente de la necesidad de mantener una considerable capacidad de control sobre los resortes económicos esenciales (los principales sectores estratégicos) y los aparatos de seguridad, Ejército incluido -que sólo rinde cuentas al Partido- como del ejercicio de un mandarinato benévolo por sus más de setenta millones de militantes que cubren todos y cada uno de los nichos de poder de la República Popular China.

Jiang Zemin, con su teoría de las tres representaciones, empezó a picar en el muro de los cuatro principios irrenunciables concebidos por Deng Xiaoping como el dique que debía impedir la deriva capitalista de la reforma. ¿Será Hu Jintao capaz y estará dispuesto a acabar con el principio de inalterabilidad del sistema político? En el discurso pronunciado en la Escuela Central del Partido el pasado 25 de junio, Hu insistió de nuevo en que China construye su particular modelo de socialismo. Crípticamente, el líder chino aseguró que, en el futuro, las personas serán la preocupación principal del PCCh y que el desarrollo deberá concebirse al servicio de los ciudadanos. El elemento humano deberá colocarse por encima de cualquier otra consideración, apuntó. Esto es novedoso.

Los dos debates dan pistas suficientes sobre la existencia de cierto dinamismo en el proyecto político de Hu Jintao y del PCCh, claramente instalado en la continuidad denguista, pero pudiendo deparar aún alguna sorpresa.

Tradición y progreso en China

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 14/10/07):

Pronosticaba Ortega y Gasset en 1937 que Europa se sentiría unida el día en que un chino asomara la coleta por los Urales o se produjera una sacudida en el magma islámico. Ahora se nos agolpan los dos fenómenos y Europa dista mucho de la unidad, pero la conexión islámico-confuciana temida por el profesor Samuel P. Huntington en el marco del choque de civilizaciones no se ha producido. Las prioridades de China, promotora del Grupo de Shanghái (con Rusia y las repúblicas asiáticas exsoviéticas), radican en la estabilidad, la contención de la hegemonía norteamericana y la cooperación económica en Siberia.

China despertó con estrépito y nos ofrece el espectáculo fascinante de su febril desarrollo económico, su consumo desenfrenado de materias primas, sus desastres ecológicos, su asombroso proceso de urbanización y su estabilidad política bajo la dirección férrea del Partido Comunista de China (PPCh), cuyo 17° congreso se celebra en Pekín para situar al presidente Hu Jintao y su pensamiento en el panteón de los líderes históricos, tras Mao, Deng y Jiang.

LOS CHINOS traspasan todas las fronteras y acampan entre nosotros mientras se multiplican las lucubraciones sobre la influencia de su capitalismo autoritario en la superación de las crisis cíclicas y en la ambivalente financiación del desorbitado déficit de EEUU. “La escala de lo que ocurre en China resulta inimaginable”, asegura un profesor norteamericano tras estudiar el desarrollo urbano, sin parangón en la historia del mundo. Millones de chinos aguardan a las puertas del espacio quimérico que se extiende del mar Caspio a Vladivostok, tan rico en recursos como escaso de población.

El control de tan inmenso país y tan apabullantes perspectivas está en manos de un grupo reducido (no más de 12 personas) integrado por Hu y sus compañeros del comité permanente y de la comisión militar del comité central del PCCh, organismos que concentran todos los poderes y que previsiblemente serán rejuvenecidos por el congreso. Desde que tomó el relevo en 2002, de manos de Jiang Zemin, el presidente Hu, líder máximo del partido, ha procurado rodearse de fieles y consolidar su poder, de manera que puede ofrecer a los delegados un nuevo código de conducta que promueva los reajustes necesarios para que nada sustancial cambie.

Abandonado el maoísmo en el basurero de la historia, reducido el socialismo a un adorno del nacionalismo, el pensamiento de Hu sigue la línea pragmática de Deng y se centra en las cuestiones morales convenientes para construir “una sociedad armoniosa” y, por ende, jerarquizada. Un viejo sueño confuciano, con más de 2.000 años de antigüedad, ahora convertido en parapeto ideológico de una dictadura implacable sobre las necesidades, apenas mitigada por la presión demográfica, el orgullo nacional, la urgencia de preservar pulcro el escaparate de los Juegos Olímpicos de 2008 y las ansias colectivas de prosperidad.

La doctrina presidencial incluye un curioso, ingenuo y doble catecismo de “ocho virtudes y ocho pecados” (por ejemplo, “ama a tu país, no le hagas daño”), que será incluido en la constitución del PCCh y que subraya el peso excesivo de la tradición. El desarrollo acelerado del país, su apertura al mundo y la habilidad y competencia de sus dirigentes contrastan con la simbología arcaica y personalista que envuelve a su timonel. El intenso debate entre los octogenarios intelectuales marxistas y las tímidas propuestas para abandonar “el socialismo por la violencia” en aras de un socialismo democrático, aunque difundidos en internet, han sido sofocados en aras de la unidad, el empuje de las nuevas generaciones prestas a enriquecerse y la consagración de Hu. El fantasma soviético desaconseja cualquier experimento.

En contraste con sus predecesores, que tenían prestigio revolucionario o encarnaban la ruptura con el maoísmo cataclismático de las comunas o la revolución cultural, Hu es un hombre enigmático y precavido que ha escalado pacientemente todos los peldaños y que está persuadido de que sólo el PCCh es capaz de mantener el avance económico, la unidad y la independencia de un país con peligrosas inclinaciones centrífugas, convulsionado socialmente por el abismo entre el dinamismo trepidante de sus fachadas marítimas y el atraso rural, lo que provoca un permanente éxodo bíblico.

PESE AL tiempo transcurrido desde la matanza de Tiananmen (1989), la disidencia sigue bajo la férula de un poder intolerante que airea su objetivo de un Estado de derecho, pero que mantiene el monopolio político del PCCh, al que se subordinan las ambiciones de la burguesía mercantil en estrecha connivencia con la burocracia. No solo los pingües negocios frenan los ímpetus democratizadores de Occidente. Los peligros inherentes a una genuina apertura política abruman a los realistas que siguen el camino inaugurado por Nixon y Kissinger en 1972 en su entrevista con Mao, porque un estallido de China abriría las puertas de todos los infiernos.

Los problemas que acucian a la dirección del PCCh derivan de la marcha incontenible del país. Durante sus cinco años como timonel, Hu y sus epígonos han combatido la rampante corrupción más allá de la retórica, han reconocido el oprobio de que China sea el país más contaminante y la necesidad de frenar las disparidades sociales, pero no han hecho nada por cambiar una cultura política que sigue anclada en el despotismo desarrollista.

jueves, noviembre 08, 2007

Venezuela: encrucijada de un modelo de desarrollo productivo

Por Leonardo V. Vera, profesor-investigador de la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela (REAL INSTITUTO ELCANO, 10/10/07):

Resumen: La macroeconomía venezolana parece sana y ordenada. Sin embargo, detrás de este panorama alentador se esconde un modelo de desarrollo productivo que exhibe importantes debilidades. Al tiempo que se profundiza un patrón de especialización basado en la explotación de los recursos naturales, se pretende encadenar a un sector enclave intensivo en capital en una economía de servicios intensiva en mano de obra de baja calificación. La idea de una “economía alternativa” formada por miles de cooperativas que se mantienen gracias a los contratos con el Estado genera todo tipo de inconvenientes: pone a estas pequeñas organizaciones a merced de las oscilaciones del gasto público, desincentiva la innovación y la competencia y crea enormes redes clientelares ineficientes. En definitiva, todo descansa en un Estado fortalecido financieramente por los ingresos petroleros, que hace poco para consolidar un sector industrial capaz de responder a los retos de un mundo globalizado.

Análisis

El entusiasmo febril por el corto plazo

En los últimos tres años, Venezuela ha exhibido una vibrante expansión económica que convierte al país en el de mayor crecimiento del continente americano. El incremento del Producto Interno Bruto (PIB) de los últimos 12 trimestres promedia 12,2%, con incrementos aún mayores del gasto público y del consumo privado. El producto por habitante, que en 2003 era de 3.250 dólares, en 2006 fue de 5.630. El consumo público y privado ha desbordado la capacidad local de producir bienes y servicios, por lo que las importaciones se han triplicado entre 2003 y 2006.

La expansión se ha potenciado por los crecientes ingresos petroleros. Estos recursos han permitido que la posición externa del país presente una solidez como no se ha había visto en décadas. En 2006, el superávit en cuenta corriente alcanzó el récord de 27.000 millones de dólares, y el nivel acumulado de reservas internacionales llegó a 35.000 millones de dólares, más del triple que el de cuatro años atrás. Aunque las cuentas fiscales siguen siendo deficitarias, la deuda doméstica como proporción del PIB, cuyo aumento había generado preocupación en años previos, viene disminuyendo: hoy equivale al 11,1%, mientras que la deuda global es de apenas el 36,6%, cifras que llenarían de rubor –si no de envidia– a cualquier ministro de Finanzas europeo. La inflación sigue siendo un problema crónico en Venezuela, pero el país parece haber dejado atrás los picos de los noventa. En esencia, Venezuela presenta un panorama macroeconómico digno de una buena recompensa por las calificadoras de riesgo y los mercados financieros externos.

Pero el juicio que deriva de observar tanto las cifras macroeconómicas, como la posición en los mercados financieros y las calificaciones de riesgo, se rige a menudo por una lógica de corto plazo. Su alcance por tanto es limitado. En verdad, la perspectiva de que una coyuntura estable y favorable como la que atraviesa hoy Venezuela pueda perpetuarse y encaminar al país por una senda de desarrollo depende de otro tipo de apuestas. En este sentido, vale más conocer cuál es el rumbo y la naturaleza de los cambios que ocurren en la estructura productiva y cual es el patrón de especialización económica que se promueve.

El modelo de desarrollo productivo

Que la economía venezolana atraviesa un período de intensos cambios estructurales no debería ser una sorpresa para nadie. No podía ser de otra forma en un contexto de reacomodo del poder político, donde las reglas del juego y los cambios institucionales son el eje de una gestión que despliega un discurso y una práctica revolucionaria. En lo que atañe a la dimensión productiva, el espacio de transformaciones es importante y visible. Pero quien se pregunta por el modelo de desarrollo que se vislumbra puede tener algún grado de conciencia del dramatismo de los cambios, mas encontrará problemas para hacerse un criterio claro de qué es lo que está ocurriendo y cómo evaluarlo. En este sentido, vale el esfuerzo por presentar una muy breve sistematización del modelo, con sus contradicciones tanto como sus limitaciones.

Un intento por abordar el problema y encontrar las fuentes de inspiración del modelo de desarrollo que se despliega en Venezuela es el que presenta Camila Piñeiro Harnecker en un trabajo publicado en el año 2005 por la revista Monthly Review titulado “The New Cooperative Movement in Venezuela’s Bolivarian Process”. En este trabajo, Piñero señala que “la administración del Presidente Chávez ha abrazado un nuevo modelo de desarrollo, conocido como Desarrollo Endógeno”, y agrega: “La conceptualización del modelo se apoya en gran medida en las ideas de Osvaldo Sunkel contenidas en su libro ‘El Desarrollo desde dentro: un enfoque neo-estructuralista para América Latina’”.No se trata de una impresión aislada. Las referencias a un modelo de desarrollo endógeno, y a Sunkel como autor de la idea, se encuentran en otros trabajos. Sin embargo, fue el propio Chávez quien, en su Programa 214 de Aló Presidente en febrero de 2005, dijo haberse inspirado en la obra del economista chileno para configurar su propuesta de modelo de desarrollo productivo.

Quizá valga la pena hacer una pausa y algunas precisiones. El desarrollo desde dentro, publicado en el año 1993, fue escrito por un puñado de economistas latinoamericanos descontentos con los resultados, ya entonces visibles, de las políticas neoliberales. Pero más allá de este descontento, es difícil identificar otros espacios de coincidencia con lo que se percibe o se proyecta como el nuevo modelo productivo venezolano. Ramos y Sunkel, en el mismo libro, destacan, por ejemplo, que su forma de concebir el proceso de desarrollo “significa, en lo esencial, retomar y superarel desafío industrializador original de Prebisch en torno de generar un mecanismo endógeno de acumulación y generación de progreso técnico que permita una capacidad propia de crecer con dinamismo y productividad”. Más adelante, no dejan muchas dudas con respecto a qué mecanismos debe utilizar y qué orientación ha de tomar el modelo de desarrollo: “En definitiva, se postula una intervención selectiva que busque establecer ventajas comparativas dinámicas en los mercados internacionales, pues la exportación es la próxima etapa natural para aprovechar la plataforma industrial existente”.

Desarrollo desde dentro es, pues, una invitación a retomar el desafío de la industrialización, pero orientando el esfuerzo hacia los mercados externos, promoviendo la generación de progreso técnico y tomando en consideración las capacidades propias de la región. Sunkel no pudo haberlo dicho más claro cuando en diciembre de 2005 –en una entrevista dada en a la revista Cuadernos CENDES– señaló: “Exportar o morir, sigue siendo nuestra penitencia”. Su crítica a lo que él mismo denomina el modelo estadocéntrico es contundente y es por eso que, sin el menor empacho, se atreve a señalar que el modelo de desarrollo basado en la intervención directa del Estado es un anacronismo. “Lo que se creó fue un aparataje estatal muy grande, muy centralista, muy burocrático, muy rígido, muy jerárquico y, en definitiva, muy auto centrado o autoreferente”.

¿Qué elementos contrastan entre esta visión y el modelo de desarrollo que comienza a consolidarse en Venezuela? A nuestro juicio, al menos tres. En primer lugar, como veremos en breve, el modelo productivo que se promueve en Venezuela es Estadocéntrico y, por lo tanto, está expuesto a las debilidades que el cepalismo crítico de Sunkel señala. En segundo término, el tejido productivo asociado al modelo exhibe una muy baja densidad tecnológica y parece difícil que pueda desarrollar ventajas comparativas dinámicas. En tercer lugar, como consecuencia de lo anterior, carece de un nivel crítico de innovación y en esas condiciones es muy difícil que pueda generar mecanismos endógenos de acumulación y de mejoras en la productividad que hagan de ese tipo de “economía alternativa” una fuente de crecimiento a largo plazo.

Una característica esencial de este nuevo modelo productivo es que se organiza bajo el poder financiero del Petro-Estado, poniendo en evidencia una renovada relación entre el Estado patrimonialista petrolero y el sector productivo. Esta caracterización general ayuda a comprender las piezas constitutivas de este nuevo arreglo productivo. La primera consiste en lo que Chávez ha llamado el “núcleo endógeno básico”. En esta esquematización, el Estado, potenciado financieramente por la renta petrolera, se relanza sobre la actividad productiva comprometiéndose directamente en la producción industrial primaria y en la prestación de servicios básicos, también llamados “sectores pilares fundamentales”. En su programa 205 de Aló Presidente, en septiembre de 2004, Chávez lo vislumbró de la siguiente manera:“Se comienza por establecer las industrias consideradas pilares fundamentales para crear lo que hoy llamaríamos un núcleo endógeno básico. En este trabajo el ministro y el Ministerio de Industria pues también tienen un papel fundamental que jugar. En este impulso creador inicial de la industria del hierro y del acero surgen la electro y la metalmecánica, estamos hablando de otras áreas: la química básica, la infraestructura de energía, transporte y comunicaciones a partir de la utilización de recursos naturales hasta entonces desaprovechados”.

La segunda pieza está constituida por los “núcleos endógenos micros”. Estos conforman un conjunto de nuevas fórmulas de propiedad empresarial, tales como las cooperativas, las empresas de producción social (EPS) y las empresas cogestionadas, que son promovidas en una alianza con las empresas básicas del Estado. En el sector petrolero, por ejemplo, las EPS y las cooperativas han venido asumiendo en forma creciente actividades de transporte y distribución de insumos y productos, de recolección de residuos sólidos, servicios de alimentación, seguridad y mantenimiento. Por una parte, estas nuevas formas de propiedad empresarial tienen como clientes a las empresas pertenecientes a los núcleos endógenos básicos; por otra, las empresas del Estado tienen como mandato explotar la relación con este tipo de empresas pequeñas, que constituyen una especie de economía alternativa. Pero en la relación que se teje la subordinación es muy clara: unas arrastran a las otras. En su Programa Aló Presidente, en marzo de 2005 Chávez lo manifestó de esta forma: “Superada la etapa fundacional, todas esas empresas que van a ir naciendo en núcleos endógenos micros, pequeños, medianos o grandes núcleos o polos de desarrollo deben estar interrelacionadas estrechamente con las empresas básicas, con las grandes plantas industriales”.

En estas formas empresariales se supone que radica la respuesta a los problemas de desempleo y subempleo. De acuerdo a la visión del Gobierno, constituirían un incentivo clave para la participación en otros asuntos de interés comunitario, para elevar la calidad de vida y superar la exclusión en el campo social, económico y político. Vale decir que de 35.000 cooperativas registradas en la Superintendencia de Cooperativas (Sunacoop) en 2003, la cifra ha pasado a cerca de 130.000 (en julio de 2007), a las que reportarían cerca de 1.500.000 asociados. No obstante, las cifras de Sunacoop son confusas y no provienen de un Censo rigurosamente formulado. Tampoco se sabe con exactitud el peso que la actividad cooperativa puede tener en el PIB.

La tercera pieza del modelo se basa en la “Misión Vuelvan Caras”, un programa de capacitación laboral de amplia cobertura que está orientado a construir, a través de cursos de formación, capacidades para facilitar la entrada a nuevas relaciones productivas de cooperación y auto-gestión. Tal y como expresó Chávez al presentar el Balance de Gestión Vuelvan Caras, en septiembre de 2005: “Vuelvan Caras II, será una demostración del éxito obtenido por Vuelvan Caras, la cual pudo en un corto plazo financiar el 60% de las cooperativas conformadas (4.036 cooperativas) a las cuales se les entregó un monto de 574 millardos de bolívares, para incorporar a la actividad productiva del país a 264.720 lanceros y lanceras”.

Conviene no dejar de lado el hecho de que desde mediados de 2003 el Gobierno del presidente Chávez comenzó a implementar la llamadas “misiones educativas” (Robinson 1 y 2, Ribas y Sucre), entendidas y diseñadas como un conjunto de programas para atender el problema de la alfabetización, para aumentar la escolarización básica, secundaria y de estudios superiores, y para incorporar a un amplio universo de la población excluida del sistema educativo. La “Misión Vuelvan Caras” se propone absorber una parte de los egresados de estas misiones educativas para que adquieran habilidades y se capaciten para el trabajo en cooperativas.
Sintetizando, puede decirse entonces que este conjunto de piezas se articulan para fraguar un modelo de desarrollo productivo que hasta ahora ha corrido en paralelo con un sector informal hipertrofiado y con un sector industrial no petrolero en decadencia. El modelo encadena a las misiones educativas, las misiones productivas, los núcleos endógenos micro y los núcleos endógenos básicos con la expectativa de estar creando a un nuevo empresario: el nuevo empresario popular.

Las debilidades del modelo

Destaca que el sector primario exportador petrolero sea la pieza fundamental para el financiamiento del modelo. Esto explica por qué en medio de la fiesta de recursos provenientes del mercado petrolero, nadie se pregunta en las alturas si el diseño es sostenible. El modelo está, además, claramente dirigido por el Estado, de modo que todo pende de un hilo donde decenas de miles de cooperativas se orientan en una sola dirección, pues sobreviven de la contratación con las empresas del Estado y otros entes de la administración pública. Esto hace su vulnerabilidad muy evidente.

Por otro lado, el alcance de las nuevas formas de organización empresarial, corazón del nuevo modelo de desarrollo productivo, parece sobreestimado. Las cooperativas constituyen una muy buena opción para resolver problemas locales cuando existen mercados incompletos, fallas del Estado, o cuando los mercados funcionan estacionalmente. Constituyen un tipo de organización económica que puede proveer bienes y servicios donde no llega el mercado o el Estado. Sin embargo, son organizaciones de baja densidad tecnológica, con poca capacidad para establecer eslabonamientos verticales, sin economías de escala y con escasas ganancias de productividad. De hecho, no hay ninguna experiencia de desarrollo económico en el tercer mundo basada fundamentalmente en las cooperativas.

Por otro lado, las cooperativas constituyen un modelo organizacionalmente exigente. Para que éstas funcionen adecuadamente deben cumplir una serie de requisitos: un sistema de beneficios compartidos donde los miembros sean iguales frente a la organización y gocen de la misma participación; la fusión de la propiedad y el control; y la ausencia de trabajo asalariado y sindicatos. Si estos principios son ignorados, normalmente fracasan. Además, las cooperativas requieren un plan estratégico democrático de planificación financiera para el proceso de producción, la previsión del flujo de caja como parte de un presupuesto para hacer el follow-up del proceso, cálculos de rentabilidad, análisis de costes y precios de todos los componentes, análisis de la oferta de insumos, mercadeo, etc.

La importancia de estos principios relativos al funcionamiento y la gestión de las cooperativas se hace evidente cuando prevalece la improvisación, que es lo que parece estar ocurriendo a decir por el crecimiento febril de este sector en Venezuela. Las cooperativas no pagan impuestos y reciben financiamiento del Estado en condiciones blandas, lo que genera todo tipo de incentivos para el oportunismo. Legalmente, las nuevas cooperativas se constituyen con cinco personas en un proceso que sólo toma unos días. Esto ha hecho que muchas empresas mercantiles se disfracen de cooperativas. En muchas existe el trabajo asalariado, se apela a la subcontratación y, en definitiva, se comprueba una conexión mercantil entre la distribución de los beneficios y la propiedad.

Estos problemas se agravan cuando el financiamiento de las nuevas cooperativas proviene exclusivamente del Estado. Es bien conocido que cuando el capital de la cooperativa no proviene de sus miembros, se rompe con uno de los pilares fundamentales del cooperativismo: el autofinanciamiento. Esto no sólo le resta a la organización independencia y viabilidad sino que además somete su desempeño a la trayectoria cíclica del gasto público.

El financiamiento de estas nuevas unidades productivas proviene en general de los bancos del Estado: el Banco del Pueblo y el Banco de la Mujer. Esto genera problemas, ya que los recursos se entregan sin mayor preocupación por la posición patrimonial de las organizaciones cooperativas, con la creencia de que el repago no importa y con el argumento de que el lucro no sería el principio que las guía. Pero se trata de un sinsentido. Aunque quizá no sea clave para la sostenibilidad de las instituciones de crédito, el repago es fundamental para garantizar la responsabilidad social. Por lo demás, cuando se otorgan créditos a tasas de interés subvencionadas, no sólo se deposita la carga en las finanzas de los bancos públicos, sino que además se promueve una competencia desleal que inhibe el desarrollo de otros intermediarios microfinancieros de naturaleza no gubernamental. Esto puede llevar a una mala selección y a la constitución de una masiva red clientelar centrada en una sola preocupación: la distribución de la renta petrolera.

Conclusión: El nuevo modelo de desarrollo productivo venezolano requiere poco capital y escasas calificaciones y, por lo tanto, parece una respuesta atractiva frente al grave problema de la exclusión social. Sin embargo, corre el riesgo de consolidar un tejido de empresas movidas mucho más por un afán clientelar que por un espíritu de innovación e incremento de la competitividad.

Un paliativo no debe confundirse con una alternativa. Una alternativa implica hacerse un lugar en un mundo donde el crecimiento depende cada vez más del comercio, y donde el comercio depende las ventajas competitivas basadas en el conocimiento como fuente indispensable de creación de valor.

Por desgracia, la economía venezolana, al tiempo que profundiza un patrón de especialización basado en la explotación de los recursos naturales, avanza por un camino que reproduce los males de una estructura económica dual. Un sector de enclave, intensivo en capital, convive con una economía de servicios y de comercio al detal, intensiva en mano de obra de baja calificación.

Ya no se habla de política industrial: el número de establecimientos industriales se ha reducido a la mitad en los últimos seis años, lo que explica el estancamiento de las exportaciones no petroleras y el creciente déficit comercial que exhibe el sector, cercano ya a los 22.000 millones de dólares. El sector industrial no petrolero, en efecto, se encuentra en decadencia, y ha venido escapándose sigilosamente hacia la vida más tranquila del negocio de las importaciones.

El desarrollo es un fenómeno complejo y con muchas facetas. Pero hoy día sabemos que la complementaridad estratégica entre la inversión pública y privada, la promoción de un sector industrial diversificado y orientado hacia fuera, el incremento en la productividad para mover la economía hacia la frontera tecnológica, así como los cambios en el patrón de especialización hacia productos y procesos más intensivos en conocimiento, son factores críticos para avanzar por este camino.

Chile: al menos una sonrisa

Por Antonio Skármeta, escritor chileno, autor de El cartero de Neruda y El baile de la victoria (EL PAÍS, 10/10/07):

El 5 de octubre de 1988 el pueblo chileno vivía uno de los momentos más emocionantes de su historia. Venciendo el miedo y el escepticismo, los chilenos asistieron a las urnas para votar en un plebiscito donde el dictador Pinochet les pedía que votaran sí para mantenerse otros ocho años en el poder. Estimulado por una campaña publicitaria a favor del no donde los artistas chilenos mostraron ingenio y visión de futuro, el pueblo le propinó a Pinochet un no tan gigantesco que no hubo maniobra posible que lograra ocultar el sol con la mano. Chile quería democracia y que se fuera Pinochet.

Un año más tarde la gente elegía libremente y con holgada mayoría a un candidato de una coalición de centro izquierda, alianza de partidos socialistas y democratacristianos, que hasta hoy gobierna Chile. Si bien las últimas encuestas acicatadas por problemas puntuales de este último año muestran un descenso del índice de apoyo a la presidenta Bachelet, cercano ahora al 35%, es innegable que Chile en estas dos últimas décadas consiguió progreso económico y estabilidad democrática.

Sólo en algo el país estaba rezagado: el intento de juicio al general Pinochet había desembocado en una triste parodia de justicia donde el anciano dictador escabulló la cárcel con una gama de ardides dignas de un prestidigitador. También quedó flotando la sensación de que el Chile democrático no pudo, o no quiso, hacer más por encarcelar al dictador, frustrando así el hondo anhelo del pueblo que sufrió los rigores de su dictadura y a la opinión pública internacional, que no sin perplejidad veía cómo la democracia chilena cuidaba su estabilidad con una prudencia excesivamente pragmática.

En efecto, cada vez que Pinochet era investigado por el sospechoso origen de una fortuna incompatible con el salario de sus funciones, los poderes fácticos se movían y lograban con amenazas veladas o abiertas suspender los procesos en su contra. Fueron varias las ocasiones en que la justicia y la democracia sufrieron esta humillación. Las repetidas frases: “En Chile la justicia funciona”, “Dejemos actuar a los tribunales”, a veces parecían formulaciones de buenos deseos más que descripciones realistas.

Dos acontecimientos brotados fuera de Chile pusieron en jaque esta cierta indolencia de la exitosa democracia chilena y la obligaron a cuestionarse y actuar.

La primera fue la orden de detención que el juez español Baltasar Garzón logró imponer cuando Pinochet visitaba Londres, y la segunda una denuncia de cuentas sospechosas del general, tras una revisión de instituciones financieras en Estados Unidos, especialmente del Banco Riggs, motivada en una pesquisa tras los dineros del terrorismo que se había manifestado el 11 de septiembre en Nueva York.

De no haber mediado estas instancias, Chile hubiera marcado con paso cansino los avances en la justicia por violación a los derechos humanos y el esclarecimiento de la corrupción en la dictadura. La paliza que le había dado Pinochet al país había sido muy grande como para arriesgar enojar al general y sus boys a que actuaran contra la bella y vulnerable democracia conseguida con tanto esfuerzo. Un episodio de esta debilidad fue especialmente expresivo: durante el Gobierno de Eduardo Frei un juez investigó a fondo ciertos cheques voluminosos de un hijo de Pinochet y el ex dictador paseó entonces sus tropas por las calles en tenida de combate. El caso fue bautizado por la prensa como el de los “pinocheques”. El presidente de la República determinó no continuar con el proceso indagatorio “por razones de Estado”.

Se comprenderá entonces la conmoción que ha causado en el país que justo alrededor del 5 de octubre, a 19 años del triunfo del no, un juez vigoroso y decidido haya logrado superar todas las celadas que se le tendieron y emitiera orden de detención contra más de veinte familiares directos y colaboradores de Pinochet. Algunos, siguiendo una estrategia patentada por el dictador, se declararon gravemente enfermos y fueron a dar al Hospital Militar, como su viuda, pero los otros no se han librado de una noche en la cárcel.

Es imposible prever hoy qué sucederá con todos estos acusados que fueron el núcleo duro del general. Es posible que sus abogados los saquen luego a las calles y que se establezca la demorosa rutina de tira y aflojas que caracteriza a la burocracia judicial.

Puede que luego se borre con el codo lo que se escribió con la mano. Pero esa noche, cuando todos estos personajes, dechados de omnipotencia y arrogancia en su tiempo, desembocaron en los calabozos, será un símbolo de gran valor emocional para los chilenos y acaso para los seguidores solidarios en el mundo del desarrollo de nuestro país.

Quizás sólo una noche. Pudiera ser dos. Tal vez más. Un castigo leve que no guarda ninguna proporción con el enorme daño que la dictadura hizo, y sin embargo, para el pueblo chileno, que no desea venganza sino justicia y que ha tolerado tanto con tanta paciencia y dulzura, es un castigo de genio ético que les ha puesto una sonrisa en los labios. Lo toman con la tradicional humildad chilena que suele decir “peor es ná” y que también ha tenido expresiones de modestia épica. Como por ejemplo cuando el presidente Allende decide morir, pues se sabe vencido, y dice que su muerte será “al menos un castigo moral a la felonía y a la traición”.

Esta vez, una sonrisa al menos.

Lanzas, espadas, rostros y nada

Por Féliz de Azúa, escritor (EL PAÍS, 10/10/07):

Aunque se va atenuando, no es difícil todavía encontrar aquí y allá voces quejosas sobre la bajísima calidad de las (vamos a llamarlas así) obras de arte actuales: narrativas, músicas, plásticas, arquitectónicas. La melancolía de un tiempo en el que los Reyes del Arte eran coronados por un tribunal de expertos sólidamente formados (casi siempre profesores de prestigio capaces de un razonamiento complejo), aunque mermada, no ha abandonado por completo el lamento. Todas las semanas se asoma alguien a la prensa y declara: “¡Hay que ver cómo está la literatura!”, como si hablara del precio de la merluza.

Es desde luego casi imposible de creer que todavía en la década de los sesenta del siglo XX pudiera Bernstein mantener con enorme éxito un programa televisivo dedicado a explicar la música clásica o que los conciertos de la orquesta de la BBC tuvieran una audiencia millonaria por la radio. Eran tiempos en los que grandes maestros como Thomas Mann o Camus podían encabezar simultáneamente la cima literaria y la de superventas. Todo eso se acabó. Y no va a volver. Seguramente, para nuestro bien.

La causa es, sin duda, la inconcebible extensión del campo llamado “cultural” y la entrada como consumidores de miles de millones de ciudadanos que hasta hace pocos años no manifestaban el menor interés por esos productos. La masificación de los museos es cosa reciente: yo me he paseado por un Louvre absolutamente vacío, excepto en dos salas contaminadas por la notoriedad. Los escritores norteamericanos de la posguerra sabían que caracterizar a un personaje como aficionado al béisbol le daba un inconfundible sello popular, pero que si visitaba un museo o leía un libro quedaba marcado como blanco de clase media y posiblemente judío. Hemingway era sutilísimo en esas pinceladas que hoy pasan inadvertidas.

Cuando hablamos de masificación cultural deberíamos en realidad emplear otra expresión para ser más exactos: democratización cultural. El proceso de masificación no es sino el efecto industrial de la democratización aplicada al campo “artístico”. Y los viejos escritos de Th.W. Adorno contra lo que él llamaba “cultura popular”, así como los de tantos otros elitistas inconscientes que escribieron contra la “industria cultural” no estaban sino tratando de prolongar el sistema rotundamente clasista de la Europa más tradicional. No en vano casi todos los críticos de la “industria cultural” provenían de la izquierda. Una izquierda que creía en la clase política, es decir, en ellos mismos, como vanguardia de una población ignorante (”alienada”, se decía) a la que despreciaban. No han cambiado mucho las cosas en España.

La democratización del Arte, en el terreno literario, comenzó entre nosotros con Cien años de soledad. Nadie podía negar su calidad literaria, sin embargo la venta de millones de ejemplares puso en evidencia un desfase entre las escrituras minoritarias, en general alabadas, y las populares, siempre atacadas por la izquierda. Recuerdo perfectamente a ciertos mandarines “progresistas” que ensalzaron el libro cuando se publicó, pero pronto lo consideraron una “concesión al comercio” en cuanto el libro superó el margen que ellos habían puesto a la élite lectora. Entonces dijeron que “lo bueno de García Márquez es El coronel no tiene quien le escriba”. Pocos años más tarde sucedió algo similar con las primeras y admirables novelas de Vargas Llosa.

En realidad el proceso estaba comenzando y es lógico que despistara a los happy few, pero su avance, mundial y poderoso, es hoy ya tan evidente que sólo gente muy nostálgica sigue atacando “la baja calidad”, “la comercialización” o “la trivialidad” de las (llamémoslas así) obras de arte populares. Hay incluso algún izquierdista, como Zizek, que ya ve como algo indispensable hablar seriamente sobre esos “productos industriales”. Ya era hora: Stanley Cavell lleva décadas haciéndolo.

Esta muy larga introducción pretende situar la última novela de Javier Marías, un escritor que jamás ha despreciado la “cultura popular”, sino todo lo contrario: es un apasionado defensor (e incluso editor) de novela negra, gótica, de misterio y horror. Lo cual no impide que distinga con toda claridad cuál es la cima artística de la novela española actual, indudablemente Juan Benet. Mantener una actitud objetiva e incluso interesada por la literatura “comercial”, sin por ello perder de vista cuál puede ser el mérito de una escritura difícil, densa, rica y ambiciosa, me parece admirable y digno de imitación.

De hecho, en su recientemente publicada Tu rostro mañana III, se dan aspectos que fusionan el uso de elementos democráticos con la hipertécnica de una escritura para profesionales. Y esa ha sido siempre una característica de Marías cuya primera novela, Los dominios del lobo, era ya un homenaje a las narraciones de aventuras que, por cierto, Juan Benet (quien tampoco tuvo jamás pretensiones elitistas) alabó con énfasis. Posiblemente la predilección por la literatura anglosajona que compartían Marías y Benet (Mendoza es el tercer hombre y Cercas el cuarto) les salvó de los errores que cometimos los que andábamos deslumbrados por la literatura francesa de la época, esa híspida profesora vestida de cuero que nos agredía con un volumen de Althusser al grito de: “Cerdo burgués, te voy a hacer llorar cerdito mío”.

La voluminosa parte final de la trilogía de Marías es, creo yo, un ejemplo de literatura artística con la máxima exigencia, pero sin la menor pretensión de encerrarse en un territorio especializado, ese que antes se llamaba “literatura de experimentación”. Contiene elementos architípicos de la literatura popular, de los cuales el más sobresaliente es la pertenencia del protagonista a una sociedad secreta. Este sueño de todo adolescente viene de lejos, posiblemente del “Wilhelm Meister” de Goethe. Y ha provocado siempre una emoción intensa en el lector, como ha demostrado con creces Harry Potter. No obstante, la sociedad secreta a la que pertenece el protagonista de Marías no enlaza con la tradición romántica de los brujos, sino con la muy contemporánea de los agentes secretos, una especie de James Bond en zapatillas que no por eso deja de ser un individuo peligroso. Gracias a la pertenencia a ese grupo de privilegiados de la información, el protagonista accede a un conocimiento del mundo que le está vedado al común de la gente y que le va a permitir intuir cuál será “su rostro mañana”. Una vez lo averigua, como está mandado en el género, puede abandonar la sociedad secreta.

En una escena espléndida, el protagonista debe mirar por obligación los vídeos que obran en poder de esa sociedad secreta, en los que se exhiben escenas pavorosas que Deza observa entre horrorizado y fascinado a través de los dedos de sus manos. En esas cintas se esconde un poder terrorífico que es, simultáneamente, grotesco: palizas, torturas, asesinatos, actos sexuales ridículos, la vil simpleza que exhibe constantemente la televisión en sus programas. Y que, sin embargo, es real para aquellas personas que la sufren. Es cierto que al ruso lo liquidaron, que a la pobre mujer le quemaron el rostro, que al muchacho le partieron la cabeza a la salida del colegio, que el jefe de la CIA iba a las orgías vestido de señora. Esa idiotez criminal, intrínseca al poder político contemporáneo, es el gran secreto de una sociedad que no tendría por qué ser secreta, hasta tal punto la vida cotidiana consiste en esa criminalidad imbécil desde los medios de formación de masas. Sin embargo, la criminalidad imbécil es un material muy valioso en el mercado y ciertas sociedades comercian con ese material en nombre de la Patria.

El argumento de la trilogía cabría en dos carillas. Si bien Marías elige con astucia sus escenarios y son decididamente democráticos, en cambio, para la exposición utiliza las herramientas más difíciles de la literatura exigente. Quizás por eso hay lectores que se declaran fatigados, del mismo modo que los hay que afirman haberse aburrido con las novelas de Benet. Como es lógico, esa es una cuestión de elección personal. Yo no creo que sea más arduo leer a Benet o a Marías que soportar la prosa periodística. Incluso tiendo a entender con mayor dificultad las declaraciones de un ministro que las páginas de una novela de Benet. A veces debo leerlas dos veces para encontrarles algún sentido, cosa que no me ha pasado en las casi mil páginas de Marías.

La prosa de Marías es densa porque es creativa, no es fácil porque es preciso aprender a usarla (lo mismo sucede con Bernhard o con Schoenberg), en ningún momento apela al latiguillo, al tópico, al lugar común, a la frase hecha para facilitar las cosas, sino que, por el contrario, dedica bastantes páginas a desentrañar expresiones, a mirar con lupa una palabra, una frase, a obsesionarse con las equivalencias lingüísticas entre idiomas. Hay críticos que le reprochan un uso poco ortodoxo de la sintaxis. Yo creo que eso debería ser una alabanza.

La justificación de una prosa heterodoxa, sin embargo, ha de nacer de una necesidad reconocible, presente en la novela. La prosa de Marías es claustrofóbica, repetitiva, agobiante, obsesiva, casi demente en ocasiones, pero es que la novela no trata de otra cosa: obsesiones, demencias, agobios. El verdadero asunto de la novela no es el amor, o las relaciones entre los humanos, o las dificultades económicas, sexuales, políticas habituales. El tema de la obra es sencillamente el tiempo como apelativo abstracto de una destrucción imperceptible y repetitiva. A diferencia del tiempo proustiano, que tiene enmienda y se recobra o reencuentra, el tiempo de Marías es unidireccional, no tiene regreso, es irrecuperable. Ese tiempo se escinde en varias dimensiones, pero en todas ellas destruye sistemática y tercamente hasta hacernos desaparecer. A nosotros, a quienes amamos, lo que conocemos, lo que sentimos, la totalidad de nuestro ser, es decir, la totalidad del mundo en el que nos representamos; todo, hasta convertirnos en nada.

Proponer como asunto de una novela la aniquilación, requiere un tratamiento específico. Si Proust hubo de inventar una frase inacabable, retorcida, de una complejidad inaudita y sin embargo transparente al entendimiento hasta el punto de que su novela es en realidad un tratado filosófico, Marías ha tenido que ir puliendo una frase exasperante, asfixiante, insoportable como la misma destrucción a la que procede. Una frase que se destruye a sí misma y que sólo sirve para eso, para escribir novelas de Marías sobre la destrucción, y cualquier pardillo que trate de imitarle no hará sino escribir malas novelas de Marías. Esa armonía entre la necesidad artística del material y la extremada complejidad del mismo es lo que despista a algunos lectores; no así los escenarios, que pertenecen al orden pluscuamdemocrático. En el extenso monólogo de la novela, el narrador va aniquilando todos y cada uno de los personajes, incluido él mismo, aun cuando en realidad sólo dos de ellos mueren o se extinguen realmente. Al finalizar, uno cree haber leído el Eclesiastés contemporáneo.

En la actual efervescencia, en el mundo que se está inventando (yo creo que vivimos una fundación y que somos primitivos de nuestra propia era), la extensión ilimitada de lo “cultural” parece conducir inevitablemente al bodrio. Bien, pues no es así. La novela de Marías debería indicar a los más escépticos que es posible la máxima ambición literaria unida a la más lúcida y simpática mirada sobre “lo popular”. Y que, con mucho esfuerzo y talento, se puede demostrar su fraternidad, su mutua necesidad.

Palestina: la solución democrática

Por John V. Whitbeck, experto en Derecho Internacional y asesor del equipo palestino que negocia con Israel. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 10/10/07):

La conferencia prevista para relanzar el proceso de paz de Oriente Medio parece indicar que la Administración Bush, con notable retraso, ha caído en la cuenta de la importancia de solucionar lo que los estadounidenses denominan “el problema palestino”.

Sin embargo, si este problema encuentra realmente solución un día, será menester redefinir sus términos y alcanzar su correcta comprensión. Porque quienes persiguen sinceramente la justicia y la paz en Oriente Medio han de correr también el riesgo de hablar con claridad y franqueza del “problema sionista” y extraer acto seguido las conclusiones éticas y prácticas correspondientes.

Cuando Sudáfrica se hallaba bajo un régimen de supremacía racial y colonialista, el mundo comprendió claramente que el problema radicaba en la ideología y el sistema político racista del sistema. Quienquiera que fuera del país pudiera referirse al “problema negro”, el “problema nativo” o - en realidad- al “problema blanco”, podía ser calificado inmediatamente de racista.

El mundo asimismo comprendió que la solución de este problema no podía consistir en la separación (el apartheid para los afrikáners) acompañada de la diseminación de reservas nativas por el país (llamadas “estados independientes” por el propio régimen sudafricano y bantustanes por el resto del mundo) o en echar al mar a los colonizadores en el poder. No, la solución debía surgir del advenimiento de la democracia (como, para satisfacción general, así fue): en este caso, que los sudafricanos blancos se desprendieran de su ideología y sistema racista y comprendieran que sus intereses y el futuro de sus hijos se verían mejor satisfechos en un Estado democrático y no racista, con idénticos derechos para todos sus habitantes.

La solución, en el caso de la tierra que antes de que fuera literalmente borrada del mapa se llamaba Palestina, es la misma. Sólo puede ser la democracia. Lo cierto es que el “horizonte político” en permanente retroceso con relación a una “solución en forma de dos estados” que, con razón, se torna menos factible a medida que pasa el tiempo y se amplían los asentamientos, las carreteras sólo para judíos y los muros, se ve asediado por una miríada de difíciles cuestiones relativas al asunto del estatus final que los gobiernos israelíes se han negado a discutir con seriedad, prefiriendo posponerlas hasta una meta que nunca se alcanza y que quizá se desea que nunca llegue a alcanzarse.

Al igual que proceder a un matrimonio es muchísimo menos complicado que proceder a un divorcio, la democracia es mucho menos complicada que una partición. Una solución democrática postsionista no requeriría acuerdos relativos a las fronteras, a la división de Jerusalén, a desplazamientos de población o a propiedades valoradas y asignadas en su caso. Los plenos derechos de ciudadanía se extenderían sencillamente a toda la población nativa superviviente y residente aún en el país, como sucedió en Estados Unidos a principios del siglo XX y en Sudáfrica a finales del siglo XX.

Evidentemente, ante tal solución sencilla y moralmente inatacable se alza un obstáculo intelectual y psicológico. Traumatizados por el holocausto e inseguros al sentirse una isla judía en medio de un mar árabe, los israelíes presentan enormes problemas psicológicos a la hora de enfrentarse a la práctica imposibilidad de mantener lo que se considera un régimen de supremacía racial y colonialista que se cimentó sobre la limpieza étnica de una población autóctona.

De hecho, los israelíes se han autocolocado en una situación prácticamente inviable. Y, al objeto de saborear su amargo meollo, los estadounidenses podrían intentar imaginar cómo sería la vida en su país si los colonos europeos no hubieran exterminado prácticamente a la población autóctona apartando a los escasos supervivientes, y si casi la mitad de la población estadounidense actual se compusiera de indios, privados de derechos humanos esenciales, empobrecidos, llenos de rencor.

En tal sociedad, tanto colonizadores como colonizados se verían degradados y deshumanizados. Los colonizadores podrían concluir que nunca podrían ser perdonados por aquellos a quienes habían despojado de sus derechos y que no cabría imaginar solución alguna. Pues bien, así ha sido, y sigue siendo, en las tierras bajo régimen israelí.

Quizá la próxima Conferencia será la última boqueada de la estéril búsqueda de una solución separatista para quienes viven, y seguirán viviendo, en Tierra Santa. Quizá quienes se interesan por la justicia y la paz y creen en la democracia puedan incitar a los israelíes a superar ideologías y actitudes sionistas en dirección hacia una perspectiva más humanista, esperanzadora y democrática de las realidades actuales y las posibilidades futuras.

Nadie se atrevería a indicar que la transformación moral, ética e intelectual necesaria para alcanzar una digna “solución basada en la existencia de un solo Estado” vaya a ser fácil. Sin embargo, cada vez más personas reconocen actualmente que una digna “solución basada en la existencia de dos estados” se ha tornado imposible.

Sin duda es hora de que las personas interesadas en la cuestión - en especial estadounidenses y europeos- imaginen una vía mejor y ayuden tanto a los israelíes como a los palestinos a encontrarla. Es hora de considerar la cuestión de la democracia.

Aniversario del Che

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York. Publicó La vida en rojo: una biografía del Che Guevara, en 1997 (EL PAÍS 09/10/07):

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer… con prioridad en las comunidades más desasistidas. (…) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara…”.

En el cuarenta aniversario de la muerte del “Guerrillero Heroico”, Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un “hombre nuevo”, sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por… un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace cuarenta años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue Estados Unidos interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al “eje del bien” (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando “Seremos como el Che”, cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer “ser como el Che”: con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear “focos” guerrilleros en los años sesenta, setenta y ochenta fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de “seguridad nacional” en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el anti-imperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el cuarenta aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.

El papel español en la fundación de EE UU

Por Carla Blank, autora de Rediscovering America, 2003. Traducción de Mireia Sentís (EL PAÍS, 09/10/07):

La reciente visita a Jamestown (Virginia) de la reina Isabel de Inglaterra fue acompañada por una ráfaga de artículos acerca de la fundación de Estados Unidos por anglosajones. Estos relatos establecen con exactitud que Jamestown fue el primer asentamiento inglés permanente, pero yerran cuando consideran a Jamestown el primer asentamiento colonial europeo en Norteamérica.

La edición de la revista Time del 7 de mayo tenía como titular de portada ‘Norteamérica, 400 años. Cómo la colonia de Jamestown nos ha hecho lo que somos’. En su interior, el artículo estelar, de Richard Brookhiser, llevaba por título ‘Una mirada en profundidad al lugar donde nuestra nación empezó a tomar forma’. Enterrado en este artículo figura el reconocimiento de cierta presencia española en 1607: “Los 104 colonos… eran los últimos participantes en la lotería del Nuevo Mundo. España había conquistado México en 1521, Perú en 1534″. Pero tales declaraciones ignoran los primeros asentamientos permanentes en el actual territorio de Estados Unidos, que eran también españoles:

En 1565, la capital del territorio colonial español de La Florida fue fundada en San Agustín (ahora, Saint Augustine) por el comandante de la armada española Pedro Menéndez de Avilés, y permaneció como posesión española hasta 1817.

En el territorio español de Nuevo México, un área que se convertiría en el suroeste de Estados Unidos, los españoles fundaron Santa Fe en 1607, el mismo año en que llegaron los primeros colonos a Jamestown. En 1610, Santa Fe era designada oficialmente capital, convirtiéndose así en la más antigua del país. El Palacio de los Gobernadores, desde el cual los españoles regían Nuevo México, fue construido ese mismo año en la plaza de la flamante ciudad, con materiales y estilo adoptados de los pueblos indígenas locales. Hoy día, continúa en pie.

La preferencia nacional estadounidense por reivindicar la ascendencia inglesa no es nueva. La mayoría de sus antologías literarias comienzan con los puritanos, sin ni siquiera mencionar el hecho de que antes de su llegada ya existían publicaciones literarias en lengua no inglesa. El primer informe etnográfico de las tierras que más tarde se convertirían en EE UU fue escrito en español, y no en inglés: La relación (1542) de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. ¿Cuántos ciudadanos de EE UU se han enterado de que los estudios y las letras españolas iniciaron importantes instituciones de lo que sería la futura cultura estadounidense?

De acuerdo con la introducción a la Antología de la herencia literaria hispánica en Estados Unidos, de Nicolás Kanellos: “Para bien o para mal, España fue el primer país en introducir una lengua europea escrita en una zona que se convertiría en parte de Estados Unidos. Comenzando en 1513 con los diarios de viaje por Florida de Juan Ponce de León, la conservación de registros civiles, militares y eclesiásticos llegó a ser práctica corriente en las comarcas, entonces hispánicas, del sur y suroeste de Estados Unidos… Todas las instituciones de alfabetización -escuelas, universidades, bibliotecas, archivos gubernamentales, tribunales y otras- fueron introducidas en Norteamérica por los españoles a mediados del siglo XVI”. Y sin embargo, en su libro de 1992 La desunión de Norteamérica. Reflexiones sobre una sociedad multicultural, el fallecido historiador Arthur Schlesinger Jr. defendía el mito de que la nación norteamericana está influida por una única cultura europea: “La tradición anglosajona blanca y protestante fue durante dos siglos -y en algún aspecto esencial sigue siéndolo- la influencia dominante sobre la cultura y sociedad norteamericanas. Esta tradición suministró el estándar al cual habrían de adaptarse otras nacionalidades inmigrantes y la matriz a la cual terminarían por asimilarse”.

La actitud de Schlesinger trae a colación otra postura muy popular entre los intelectuales de EE UU: aunque “anglosajón” es una designación étnica como cualquier otra, los líderes de este grupo afirman representar al conjunto de los norteamericanos e insisten en que todos los demás abandonen sus respectivas etnicidades y se sumen a la suya.

En ‘Trans-National America’ (New York Review of Books, 22-11-1990), el profesor de Ciencias Políticas Adrew Hacker reseñó cinco libros relacionados con la etnicidad en las aulas estadounidenses. Su análisis revelaba que los libros contenían muchas cuestiones y puntos de vista contradictorios. Sin embargo, Hacker concluía que la evaluación realizada 150 años antes por Alexis de Tocqueville según la cual el “modelo prevaleciente en el país sigue siendo angloamericano”, es todavía correcta “en muchos aspectos”.

Dado que esta perspectiva se ha generalizado en la política educativa estadounidense, resulta alentador que un 26% de las cartas al director recibidas por Time el 21 de mayo opinara que “concentrarse en Jamestown excluye otras culturas que ayudaron a construir Norteamérica”. Ahora bien, el 74% restante apoyó el planteamiento de la revista, porque “adoptar una visión honesta sobre la vida de Jamestown enriquece nuestra democracia”.

Si los estadounidense omitimos la multiplicidad de acontecimientos y culturas que se desarrollaron a lo largo de más de dos terceras partes del territorio actual del país, proseguiremos alejándonos del reconocimiento de los aspectos fundamentales de nuestra identidad nacional.

David Cameron ante su hora decisiva / He looks like a man who will be PM. But not in one month

Por Simon Jenkins, periodista, columnista habitual del diario The Guardian y experto en Historia militar (EL MUNDO / THE GUARDIAN, 09/10/07):

¿Qué hay en una alocución política? ¿Nada más que palabras para los convencidos en un lugar de vacaciones azotado por el viento? El discurso de la semana pasada de David Cameron ante los conservadores en Blackpool (noroeste de Inglaterra) fue anunciado como el de la hora de la verdad, «el discurso decisivo» tanto para él como para su partido; al menos así se concebía cuando aún se barajaba el adelanto electoral para este otoño -sin la más mínima justificación-, que finalmente Brown ha descartado.

A 10 puntos por detrás de Gordon Brown en las encuestas de los últimos meses, Cameron se vio obligado a decir a sus huestes titubeantes que una derrota en las urnas, prácticamente segura, no sería el fin del mundo. Como los rusos en la batalla de Borodino, animó a sus correligionarios a seguir manteniendo la moral bien alta, haciendo posible a su jefe la supervivencia para lanzarse al combate en una cita posterior. Pues bien, aunque era intrascendente en sí mismo, el discurso de Cameron se ha convertido en trascendente, porque todo el mundo ha dicho que lo era.

Lo que hizo el líder del Partido Conservador británico no fue tanto estar a la altura de la ocasión como complacerse en ella. Su aspecto impecable y su porte juvenil contradicen la supuesta seriedad que hace falta para transmitir autoridad en un Gobierno. Cunde en relación a él una sensación como de que se ha cometido un pequeño error al repartir los papeles, como de que no está lo bastante preparado para el trabajo en cuestión. A unos electores mayoritariamente conformes con permitir a Gordon Brown seguir en el cargo -como hicieron con John Major en 1992-, debe ofrecérseles una razón convincente para que se lo jueguen todo a la carta de un ingenuo. De ahí, pues, la presentación que Cameron hizo de sí mismo como un político sin aristas y responsable, un inquilino verosímil de Downing Street pero no, como sería de esperar, en un plazo de tres años, sino incluso dentro de tres semanas.

Con su forma de hablar, en un tono familiar, durante más de una hora sin recurrir a notas, Cameron se reveló como un orador extraordinario que forma un trío impresionante con la brillantez retórica de William Hague [ex líder de los conservadores] y el estilo confiado de George Osborne [portavoz del Partido Conservador de Finanzas]. No recurrió a frases rimbombantes y resultó, afortunadamente, parco en tópicos, salvo ese terrible patinazo sobre «el nuevo mundo: el fracaso de la vieja política, la necesidad de una nueva política». Era consciente de que se estaba dirigiendo no sólo a los convencidos, sino, sobre todo, a los espectadores escépticos a través de los televisores de toda la nación, lo cual requería, como él mismo dijo, un cambio de actitud, «de un hombre que quiere dirigir mi partido a uno que quiere dirigir mi país».

El partido de Cameron ha disfrutado de una buena semana después de un verano para olvidar. La estrategia de apelar primero al centro en los temas de medio ambiente y política social y después a la derecha en los de defensa, ley y orden cayó en el riesgo de parecer que se movía en un río revuelto para ganancia de todos. A continuación, las propuestas de investigación que Cameron presentó hace un año de manera audaz tocaron demasiados puntos e introdujeron confusión en temas como los centros estatales de enseñanza secundaria, los impuestos en los supermercados y lo que parecía ser una especie de fervor medioambiental colectivo. A lo largo de esta semana, la dirección ha tenido que cerrar precipitadamente la caja de Pandora, mientras Cameron tuvo que ofrecer en su discurso un poco de coherencia ideológica.

Eso sí, ha sido capaz de hacerlo con habilidad. La tradicional personalidad conservadora, dividida entre la necesidad de una gran libertad individual y un gobierno fuerte, se ha resuelto en su frase: «Yo creo que si damos a las personas más poder y control sobre sus vidas…, la sociedad en su conjunto también se volverá más fuerte». Cameron se ha comprometido no sólo a acabar con los documentos de identidad, sino también a eliminar todo tipo de regulación vertical en la que «se retira la responsabilidad a nuestros funcionarios públicos y, en consecuencia, se prescinde [de toda responsabilidad] de los servicios públicos».

Cameron ha exhibido un entusiasmo desconocido por la autonomía de los gobiernos locales y por «hacer pedazos los manuales de procedimientos, las barreras y las revisiones de cuentas». Ha habido apoyo a los alcaldes electos y a los comisarios de policía, e incluso a un juvenil «servicio nacional de ciudadanos» de objetivos imprecisos. Estas ambiciones se han ilustrado de manera muy gráfica con anécdotas sobre profesores, médicos y policías imposibilitados de realizar su trabajo por culpa del centralismo de los laboristas.

Oír a un conservador quejarse de que «mientras nuestra economía se está volviendo más rica, nuestra sociedad se está volviendo más pobre» es algo novedoso y bienvenido, aunque queda invalidado cuando se identifica una sociedad más fuerte, con menos inmigrantes, más presos y la necesidad de las guerras de Irak y Afganistán. Esto debe de responder más a la audiencia de Cameron que a sus propias convicciones personales.

El se ha dado cuenta con toda claridad de que, para ser elegido, un partido conservador tiene que superar al laborista en terrenos como la escolarización igualitaria, el funcionamiento del NHS [National Health Service o Sistema Nacional de Salud] y la consolidación de las pensiones individuales. Debe prestar atención, asimismo, a las cuestiones relativas al medio ambiente que los jóvenes políticamente activos consideran simbólicas, como la de atajar de una vez «el claro peligro que en estos momentos representa para nuestro país el cambio climático». No ha sido una hazaña menor lograr que una audiencia conservadora aplauda las restricciones a la libertad del consumidor que puede conllevar una política destinada a combatirlo.

Cameron está en vías de definir un nuevo conservadurismo que podría liberarse así del lastre pesado de 18 años de mandato, desde 1979 a 1997. Este conservadurismo da carpetazo a los gobiernos fuertes y a un Estado autoritario, pero no mediante un individualismo defendido con uñas y dientes, sino a través del compromiso personal con el voluntariado y el servicio público. El thatcherismo eliminó buena parte del desorden que había en la intervención estatal en la industria y el comercio. Su asignatura pendiente fue el funcionamiento excesivamente burocratizado del Estado. Para Tony Blair y Gordon Brown eso ha significado la aceptación de las privatizaciones thatcherianas de la manera más burda y la llamada posibilidad de elección (falsa, en gran medida) en los servicios públicos. Eso no ha funcionado. Eso ha sido thatcherismo mal entendido.

No está claro lo que significa en la práctica el compromiso de Cameron con los servicios públicos personales. Tendrá que encontrar una antítesis al centralismo que vaya más allá de consignas sin contenido del tipo de «una nueva política» y «responsabilidad social». Deberá poner algo de chicha en estos conceptos, no sólo una idea general, sino compromisos concretos de descentralización de los servicios mencionados a favor de las autoridades democráticas locales. Habrá de ceder a estas autoridades el poder de recaudar y gastar dinero, que es algo que todavía se muestra reacio a hacer.

Hay algo que todavía impide a Cameron acercarse a la taquilla y exigir que el ministro haga menos, no más, en relación con algunas crisis en los servicios públicos. Es como si no se atreviera a exigir la descentralización porque él mismo está aún encerrado en el armario de Westminster. Carece de experiencia para comprender exactamente qué es lo que está fallando en los servicios públicos del Reino Unido. Un hombre contrario a la idea del gobierno fuerte debería tenerla, tanto en el plano particular como en el general, de manera que los usuarios normales de esos servicios puedan hacerse una idea de lo que realmente significa esa «nueva política».

Sean cuando sean finalmente las elecciones, lo mejor que puede esperar Cameron es batirse con gallardía, infligir alguna humillación al contrario y dedicarse después a consolidar una base más sólida desde la que volver a pelear en el plazo de los cuatro años siguientes, como hizo Thatcher en la oposición.

David Cameron tiene el aura de un hombre que llegará algún día a ser primer ministro. Tras algún que otro traspié inevitable, ha seguido una trayectoria sensata desde que se hizo con el puesto de jefe de su partido. Es posible que se le niegue la gloria inmediata, pero lo que ha hecho hasta ahora, no le va a causar ningún daño a largo plazo.

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What’s in a political speech? Mere words to the faithful in a windy resort? David Cameron’s speech to the Conservatives in Blackpool yesterday was billed as make or break, the “speech of a lifetime”, both for him and his party, given that they may face an outrageously unjustified election this autumn.

Trailing by 10 points in the polls, Cameron had to assure his stumbling forces that near certain defeat is not the end of the road. Like the Russians at Borodino, they must conduct themselves so that morale stays high and their leader lives to fight another day. That was yesterday’s task. Unimportant in itself, the speech became important because everyone declared it so.
Cameron did not so much rise to the occasion as relax into it. His sleek appearance and youthful demeanour deny him the gravitas needed to convey authority in government. There is about him a sense of mild miscasting, a not-quite-readiness for the job in hand. Voters content to give Gordon Brown a decent chance in office, as they did John Major in 1992, must be offered a convincing reason for gambling on an ingenue. Hence Cameron’s presentation of himself as un-shrill and responsible, a plausible occupant of Downing Street - not, as might have been expected, in three years’ time, but possibly in three weeks.Talking conversationally for over an hour without recourse to notes, Cameron is emerging as a remarkable orator, forming an impressive trio alongside the rhetorical bravura of William Hague and the confident declamations of George Osborne. He used no soaring phraseology and was mercifully spare with his cliches, other than a dreadful lapse with “new world: old politics failing, new politics required”. He knew he was addressing not just the faithful but sceptical TV screens across the nation. This required a mood shift, as he said, from a man who “wants to lead my party to one who wants to lead my country”.

Cameron’s party has had a good week after a miserable summer. The strategy of appealing first to the centre on the environment and social policy, then to the right on defence and law and order, risked seeming all things to all people. Then the research programmes which Cameron boldly launched a year ago ran all over the shop, with confusion over grammar schools, taxes on supermarkets and what appeared to be collective tree-hugging. This week the leadership had hurriedly to push cats back into bags while Cameron in his speech had to give it some ideological coherence.

This he did deftly. The old Tory personality split between individual freedom and strong government was resolved into: “I believe that if we give people more power and control over their lives … society too will become stronger.” Cameron committed himself not just to end ID cards but to sweep away targetry and top-down regulation, where “responsibility is sucked away from our public servants and as a result sucked away from our public services”.

He displayed a newfound enthusiasm for devolution to local government and to “tearing up the rulebooks, ring-fencing and auditing”. There was support for elected mayors and police commissioners and even a teenage “national citizens’ service”, of indeterminate purpose. Such ambitions were vividly illustrated with tales of teachers, doctors and policemen unable to do their jobs because of Labour’s centralisation.

To hear a Tory wail that “while our economy is getting richer, our society is getting poorer” is novel and welcome, though spoiled when a stronger society was identified with fewer immigrants, more prisoners and the Iraq and Afghan wars. This must owe more to Cameron’s audience than to his convictions. He clearly understands that to be electable, a Tory party has to outgun Labour in such territory as equal schooling, NHS performance and the underpinning of personal pensions. It must also cover the environmental bases which politically active young people regard as iconic, to halt the “clear and present danger to our country” of climate change. To have a Tory audience cheering the restrictions on consumer freedom this may entail was no mean achievement.

Cameron is on his way to defining a new Toryism which can free itself of the dreary baggage of 18 years of office from 1979 to 1997. This Toryism replaces big government and an overbearing state not with red-in-tooth-and-claw individualism but with a personal commitment to voluntary and public service. Thatcherism cleared much of the clutter of state intervention in industry and commerce. Its remaining business was the over-bureaucratised performance of the state. To Tony Blair and Gordon Brown this meant crudely importing Thatcherite privatisation and (largely phoney) choice into public services. This has not worked. It was “the wrong sort” of Thatcherism.

What Cameron’s alternative commitment to personal public service means in practice is obscure. He must find an antithesis to centralism that goes beyond empty slogans such as “a new politics” and “social responsibility”. He must put flesh on these concepts, not as policies but as pledges to decentralise named services to local democratic authorities. He must give those authorities the power to raise and spend money, which he is as yet unwilling to do.

Something still holds Cameron back from standing at the dispatch box and demanding “the minister do less not more” about some crisis in public services. It is as if he dare not demand devolution because he himself is still locked within the Westminster cupboard. He lacks the experience to understand quite what is failing in Britain’s public services. An anti-big-government man must be so in the particular as well as the general, so that ordinary users of services can comprehend what the “new politics” really means.

If an election is called next week it will only be because Brown is certain to win, such being the craziness of the British constitution. The best Cameron can hope is to fight well, inflict some humiliation and spend the aftermath building a stronger base to come back in four years’ time, like Thatcher in opposition.

He has the aura of a man who will one day be prime minister. Give or take some inevitable spills, he has steered a sensible course since he became his party’s leader. Early glory may soon be denied him, but yesterday he did his long-term cause no damage.

Mercenarios, soldados premodernos

Por Mariano Aguirre, coordinador del área de paz, seguridad y derechos humanos en Fride, Madrid (LA VANGUARDIA, 09/10/07):

Una serie de incidentes protagonizados por la empresa privada de seguridad Blackwater han costado la vida a cerca de 20 personas en los últimos meses en Iraq. El Gobierno iraquí desea suspender las actividades de esta empresa, contratada por el Pentágono, y abrir una causa criminal. Pero el Gobierno de Estados Unidos quiere que Blackwater y otras empresas similares que operan en Iraq, y que ocupan aproximadamente a 50.000 profesionales de la seguridad, continúen sus operaciones sin constricciones legales, especialmente ahora que necesita disminuir el número de tropas debido a la presión del Partido Demócrata.

Las posibilidades de que el débil Gobierno iraquí pueda abrir una causa contra Blackwater son escasas. En el 2004, el administrador de Estados Unidos en Iraq, Paul Bremer, firmó la orden 17, que otorgaba inmunidad legal a las empresas privadas de seguridad que trabajan para Washington. La ley iraquí confirmó esta curiosa medida. Como afirma la jurista Joana Abrisketa (Universidad de Deusto), la otra cara de la inmunidad es que tampoco se pueden pedir responsabilidades según el código penal civil o militar estadounidense ni por las normas del derecho internacional.

La semana pasada la Cámara de Representantes aprobó una ley que podría situar a los contratistas privados de seguridad bajo la jurisdicción del Código Penal estadounidense. Pero la Casa Blanca se opone. Además, no será retroactiva y en la práctica resultará muy difícil efectuar investigaciones para abrir una causa en un medio tan peligroso como Iraq.

La tendencia de Estados Unidos a privatizar la seguridad es grave. En los últimos años Washington ha subcontratado el uso de la fuerza con compañías como Blackwater, ArmorGroup y Dyncorp en Iraq, Colombia, Somalia y Afganistán. Desde el 2003, Blackwater obtuvo contratos del Pentágono por 750 millones de dólares. Con orgullo, su presidente, ex miembro de las fuerzas especiales de Estados Unidos, dice que es “la compañía más amplia y profesional del mundo en cuestiones militares para hacer cumplir la ley, proveer seguridad y realizar operaciones de paz y de estabilización”.

Blackwater sigue los pasos de empresas sudafricanas, británicas e israelíes, formadas por ex oficiales que reclutan a personal militar de las fuerzas armadas. Los sueldos son mucho más altos que en los ejércitos profesionales (alrededor de 1.000 euros diarios para los estadounidenses; 1.500 al mes para los latinoamericanos).

Hacer cumplir la ley es una tarea de las fuerzas de seguridad estatales. La mayor delegación que se nos ocurre es que el Estado permita a grandes almacenes o aeropuertos tener guardas de seguridad y, aun así, ¿no es tarea de la policía garantizar la seguridad en esos sitios? Resulta inquietante que en la guerra o en las operaciones de paz una compañía privada de seguridad, sostenida por los contribuyentes estadounidenses, se arrogue una serie de tareas. Una mala idea que están considerando otros gobiernos.

Una vez abierta la puerta a la delegación y el limbo jurídico, las cosas se complican.

Testimonios de la cárcel de Abu Graib indican que miembros de estas empresas interrogaron y torturaron. Los mercenarios pasan a ocuparse de aquellas tareas en las que el Estado no quiere verse involucrado de forma directa: investigadores federales de Estados Unidos están indagando sobre el supuesto contrabando de armas automáticas y componentes militares que Blackwater está canalizando hacia Iraq.

El monopolio legítimo del uso de la fuerza es una atribución del Estado moderno, junto con el control del territorio y un orden legal-administrativo legítimo que garantice la seguridad y los derechos de los ciudadanos. Ese monopolio de la violencia fue el resultado de un largo proceso que culminó hace aproximadamente cinco siglos con la constitución del Estado moderno y la creación de ejércitos nacionales, que pusieron fin a la dependencia de mercenarios para hacer la guerra. El caso Blackwater revela de forma espectacular el deterioro de la concepción del Estado y de la privatización llevada hasta extremos suicidas. Durante la catástrofe de Nueva Orleans, producida por el huracán Katrina,el Gobierno de George W. Bush no proveyó ayuda a los habitantes, pero contrató a Blackwater para trabajar junto al ejército y militarizar la ciudad.

La política exterior y de seguridad de un Estado es una extensión de su política interior. Si Estados Unidos invade Iraq o manda fuerzas especiales a Colombia, o un Estado participa en una misión aprobada por la Organización de las Naciones Unidas, son tareas que deben emprender los oficiales y soldados, profesionales o reclutados.

El embajador de Estados Unidos en Iraq declaró recientemente ante el Congreso que “sencillamente no hay otra alternativa salvo los contratos externos” para que los trabajos de seguridad de los que se encarga el Departamento de Estado puedan ser cumplidos.

Peligroso precedente, porque el Estado no debe delegar las responsabilidades de la seguridad. En todo caso puede subcontratar algunas actividades con una regulación adaptada al derecho internacional. El uso de la fuerza moderna no puede retroceder a la edad media.

El ‘hiyab’ y la libertad amenazada

Por Abdenur Prado, presidente de Junta Islàmica Catalana (EL PERIÓDICO, 09/10/07):

En relación con el caso de Shaima Saidani quisiéramos hacer varias precisiones. En primer lugar, la discusión sobre si la niña ha decidido ponerse el hiyab por sí misma o influida por sus padres es ociosa. Los padres tienen el derecho a vestir a sus hijos con vaqueros, con hiyab o como consideren oportuno hasta la edad en que ellos decidan por sí mismos. Todos actuamos influidos por múltiples motivos, y nadie en su sano juicio negaría el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones.

En segundo lugar, no se puede reducir el caso a la supremacía de la escolarización sobre la normativa de un determinado centro. Presentar desde esta óptica el problema es intentar ocultar su verdadera naturaleza. Lo que está en juego es mucho más importante: se trata del derecho a la diversidad cultural y a la libertad de conciencia.

Desde el punto de vista del Estado de derecho, la cuestión es clara: hablamos del derecho de los ciudadanos a su propia imagen, del derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones, del derecho a la diversidad cultural, del derecho de los individuos a vivir según sus valores religiosos. No se trata de aspectos secundarios, sino esenciales en la democracia, todos ellos puestos patas arribas por la normativa del colegio.

A PESAR DE la claridad del ordenamiento jurídico, asistimos a una corriente de opinión que pretende cuestionar estos derechos, llamando a la defensa de la identidad frente a lo que es presentado como un pluralismo amenazante. Los predicadores del odio prefieren situarse al margen de la ley y agitar el espantajo de la amenaza que se cierne sobre la sociedad occidental.

Cuando Josep Antoni Duran Lleida afirma que “la multiculturalidad deshace la cultura propia”, hay que leer literalmente sus palabras. Está afirmando que existe una cultura dominante que debe ser impuesta, que no cree en la libertad de las personas, que debemos vulnerar los derechos individuales para preservar una hipotética cultura colectiva. En la dialéctica entre lo local y lo global, su visión se corresponde con aquellos movimientos que defienden el cierre identitario. Una vez más, el sueño de las identidades puras, que creen protegerse mediante la represión de lo diverso.
Pero, ¿cuál es esta “cultura propia”? ¿Son la misma cultura la del joven rasta, el pescador ampurdanés, el musulmán catalán, el inmigrante japonés y la monja de clausura? ¿Todos los ciudadanos deben adaptarse a una supuesta “cultura dominante”?

POR MI PARTE, no me cabe duda de que cada vez somos más los catalanes que renegamos de la cultureta de Duran Lleida, de su clericalismo a la moda del siglo XIX. Los ciudadanos provenientes de Pakistán, de El Salvador, de Rumanía o de China tienen derecho a preservar su cultura, así como su religión. La legislación nacional e internacional sobre el derecho al uso público de símbolos religiosos es abrumadora. Estas son nuestras leyes, las mismas para todos.

Otros han aprovechado la ocasión para atacar al islam. La excusa es lo de menos, y el arsenal ideológico del orientalismo ofrece la imagen necesaria. Se repite el tópico del velo como símbolo de opresión de la mujer. Una vez más la misma falacia, el mismo etnocentrismo, el mismo estereotipo, el mismo desprecio hacia las opciones vitales de millones de personas. El intento de enmascarar la islamofobia en nombre de las pobrecitas musulmanas oprimidas no es sino una mala excusa, un tópico de la mentalidad colonialista.

En unas declaraciones especialmente violentas, Pilar Rahola ha llegado a calificar de “fundamentalista” a la pequeña Shaima y a sus padres por llevar hiyab, un insulto a miles de ciudadanas de este país. ¿Cómo es posible que TV-3 dé cobertura a semejante discurso? ¿No es uno de los cometidos de la tele pública, favorecer la convivencia?

La Junta Islámica Catalana ha criticado la imposición del hiyab allí donde se produzca. Ha defendido la libertad individual de las mujeres, sosteniendo que no se trata de un precepto estrictamente religioso, que no existe ningún versículo del Corán que convierta el hiyab en obligatorio.

NO SE TRATA, pues, de defender el uso de este velo. Lo que está en juego es mucho más importante. Lo que está en juego es el futuro de nuestras sociedades, la defensa de la diversidad frente a una concepción pequeñoburguesa de Occidente.

Se trata del respeto a la diversidad frente al fanatismo de aquellos que se permiten juzgar a los demás desde una posición de superioridad moral. Se trata de aplicar el artículo 18 de la Carta Universal de los Derechos del Hombre, el artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, los artículos 13 y 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Se trata de respetar el artículo cuarto de la Declaración universal de la Unesco sobre la diversidad cultural: “La defensa de la diversidad cultural es un imperativo ético, inseparable del respeto de la dignidad de la persona humana”. Aunque tal vez el artículo quinto sea el que zanja la cuestión: “Toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respete plenamente su identidad cultural”.

Llamada a los Medios de Comunicación

Por Wifredo Espina, periodista y exdirector del Centre d’Investigació de la Comunicació

La escalada de actos contra los simbolos de las instituciones democráticas, y en consecuencia en el fondo contra estas mismas, va cobrando relieve y se va extendiendo peligrosamente.

Si en un primer momento se podia pensar que, siendo obra de unas minorias exaltadas y de un lugar determinado, estas actuaciones incívicas o ilícitas podian ir remitiendo con el paso de los dias y el rechazo social mayoritario, parece sin embargo que van camino de exacerbarse y causar un grave enfrentamientio no solo político sino en la misma sociedad.

En gran parte, hay que buscar responsabilidades en la pasividad o tibieza en las reacciones de rechazo por parte de instituciones políticas, sociales, culturales, académicas, empresariales, sindicales y de todo orden, empezando por los propios gobiernos central y autonómicos.

También la actuación inusual y quizás precipitada de la Fiscalía ha contribuido indirectamente a dar una dimensión desproporcionada a unos actos seguramente más incívicos que puramente penales, con lo que se ha producido un efecto magnificador y multiplicador.

Pero no se puede exonerar de responsabilidad a los partidos políticos que intrumentalizan para su fines partidistas y electorales estos incidentes, convirtiéndolos en asuntos de Estado de primer orden, susceptibles de derruir todo un sistema democráticamente refrendado por el pueblo.

Y tampoco son inocentes ni tienen las manos limpias los medios de comunicación que en busca de la noticia espectáculo, morbosa o estridente para captar audiencia y beneficios, no solo dan noticia de estos hechos –como es su obligación- sino que también los magnifican destacándolas exageradamente en las primeras planas o espacios radio-televisivos y reiterándolos en tertulias y debates con frecuencia más banales que clarificadores.

Y es sobre esto último –el papel y la responsabilidad de los medios de comunicación- que también hay que reflexionar. Somos contrarios a las leyes que limiten la libertad de expresión y opinión, y partidarios de la autorregulación; que en el fondo no es más que el ejercicio voluntario de la responsabilidad de los propios actos, como se expone en los muchos códigos de deontología que han promulgado las propias organizaciones profesionales.

Cuando una situación corre el riesgo de desmadrarse y perjudicar el sistema democrático y de estado de derecho, poniendo quizás en peligro la convivencia ciudadana, el cumplimiento de estos códigos deontológicos y éticos debe ser más escrupuloso que nunca.

Y si las leyes de la competencia, las complicidades políticas de unos medios o sus excesos en la conducta profesional impiden que se cumplan aquellos principios éticos y deontológicos -que nos hemos dado los propios profesionales en beneficio de la libertad de expresión-, además de la reflexión necesaria es del todo conveniente y urgente la actuación colectiva para frenar juntos, no la libertad de expresión, sino la pendiente del desenfreno, que acarrea consecuencias sociales perniciosas.

Creemos que ha llegado el momento de una autoconvocatoria de todos los medios de comunicación y de sus órganos representativos, para reflexionar y llegar a un consenso mínimo en el tratamiento periodístico de estos hechos que están ocurriendo y que llevan camino de aumentar, y quizás de deteriorar gravemente el sistema democrático vigente y la convivencia social. Es el momento de asumir más claramente nuestra propia responsabilidad ante el país.