domingo, agosto 10, 2008

El biombo chino

Por Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 09/08/08):

La fastuosa ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, que presenciamos ayer millones y millones de televidentes en todo el mundo, ha desempeñado el papel de un biombo chino -nunca mejor dicho-, con el que los dirigentes de ese inmenso país han querido ocultar la auténtica realidad política que sufren sus ciudadanos.

Nadie discute que en la China actual no se da ni siquiera un mínimo respeto a los derechos fundamentales, pues es bien sabido que en los últimos tiempos el régimen comunista ha llevado a cabo matanzas en el Tíbet, se producen constantemente detenciones irregulares de ciudadanos disidentes de la situación política, la contaminación ambiental en ciudades como Pekín es insoportable y, además, sus gobernantes ejercen una férrea censura sobre toda noticia -comunicada tanto por nacionales como por extranjeros- que pueda perturbar la necesaria paz olímpica que exige la celebración de los Juegos.

Sin embargo, todo esto se sabía hace ocho años, cuando el COI decidió encargar a China la organización de los XXIX Juegos de la era moderna, pues nada hacia prever que un país de partido único, en el que no se reconocían los más elementales derechos humanos, pudiese democratizarse mínimamente en el corto espacio de unos años, manteniendo la misma organización política a pesar, por supuesto, de los enormes cambios que se han adoptado en lo que se refiere a la economía, sector en el que rige un capitalismo comunista que, probablemente, mantiene los peores defectos de ambos sistemas, incluido por supuesto el común de la corrupción y las enormes desigualdades sociales. Pero al margen de ello, no cabe duda de que el país ha crecido enormemente en su economía con esta original fórmula iniciada por Hu Yaobang y aplicada después por Deng Xiaoping hace ya muchos años.

Pues bien, cuando el COI decidió conceder a China los presentes Juegos -gracias en gran parte a Juan Antonio Samaranch-, se sabía todo esto. Pero si al final se impuso esta decisión, se debió también a que los dirigentes chinos prometieron una cierta democratización del régimen, para llegar políticamente presentables a la cita del 8-8-8. Ahora bien, lo que ha pasado después recuerda el caso de aquella vidente, admirada curiosamente por Bertrand Russell, que vivía, hacia 1820, junto a un lago en el Estado de Nueva York. Esta profeta anunció a sus seguidores que tenía el don de caminar sobre el agua y prometió hacerlo así a las 11 en punto de una mañana próxima. El día señalado llegó, y se convocó una muchedumbre de varios millares de personas para presenciar el portento. Entonces ella les preguntó si creían seriamente que podría caminar sobre las aguas, a lo que respondieron de forma unánime que sí. «En ese caso no hay necesidad de que lo haga… Iros a casa», dijo la vidente, que se quedó tan ancha, ante el desconcierto de sus admiradores.

Algo de eso ha ocurrido igualmente en el caso de encargar a China la organización de los Juegos, pues hasta ahora no ha habido pruebas fehacientes de que el régimen se haya democratizado lo más mínimo. Más bien al contrario, porque en aras de conseguir la seguridad indispensable para que todo transcurra en orden, se han cometido en los últimos tiempos demasiadas tropelías contra los disidentes políticos o religiosos, especialmente por las protestas del Tíbet. Pero no sólo eso, sino que ya se han destapado casos como el descrito en estas páginas por David Jiménez, en el que un antiguo manifestante en la plaza de Tianamen, que perdió sus dos piernas al ser arrollado por un tanque, fue excluido en su momento del equipo paralímpico, demostrándose así cuáles han sido los criterios que han guiado a los actuales dirigentes chinos, al ir dejando un reguero de represaliados por el camino.

Claro que, como defiende Samaranch, precisamente una de las razones por las que se concedió a China ser sede de la cita deportiva se debe a que casi todos los países que han organizado unos Juegos conocieron después un incremento de libertades, como ocurrió, por ejemplo, en Corea del Sur en 1988. Esta doctrina falla de forma estrepitosa en el caso de la Alemania nazi en 1936, pues todos sabemos lo que ocurrió después. Es más: los Juegos no sólo sirvieron de propaganda desmesurada para los fines de Hitler, sino que crearon en el subconsciente colectivo alemán el poso de un racismo a favor de la raza aria que después se cobraría millones de víctimas.

No sabemos, por tanto, lo que pasará después de acabar los Juegos, pero si el actual régimen -que es una potencia nuclear- evoluciona hacia fórmulas mas democráticas se deberá a la presión internacional que, con motivo de esta Olimpiada, ejerzan no sólo los dirigentes de los países democráticos que participan en ella, sino también a la presión de los grandes genios del deporte, que son sin duda alguna unos líderes de opinión privilegiados en el mundo de hoy. El problema que se presenta es saber entonces cuál es el momento procesal oportuno -por decirlo así- para que hablen. Los que quieran hablar.

El presidente del COE ha recomendado esta misma semana la ley del silencio a nuestros deportistas, temiendo que, de lo contrario, pudiese haber represalias que perjudicasen nuestros resultados. Es comprensible, en parte, su posición. Sin embargo, en ningún caso se puede aceptar una censura previa a los que quieran opinar sobre la actual situación dictatorial en China. Cada uno es -o debe ser-lo suficientemente maduro para saber lo que tiene que hacer en un momento así. Pensemos en la influencia de lo que pudieran decir alguna de nuestras grandes estrellas deportivas sobre los derechos humanos en China, como son Nadal, Gasol o Contador. Pero eso es algo que sólo les concierne a ellos y sólo a ellos, sean deportistas o no.

Por supuesto, es cierto que el artículo 51.3 de la Carta Olímpica señala que no se permite llevar a cabo manifestaciones de orden político o propagandístico en ningún emplazamiento olímpico. Pero ello no se compadece con lo que señala la Declaración Universal de Derechos o la propia Constitución Española, reconociendo la libertad de expresión para todas las personas, incluidas, claro está, los deportistas. Pero es que, además, si se exige el cumplimiento de este precepto se debe exigir igualmente el contenido en el Principio 2 de la misma Carta, que expone que «el objetivo del olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana». Es más que probable que este artículo no lo hayan leído los actuales dirigentes chinos.

En cualquier caso, no sabemos lo que harán o dirán nuestros deportistas, pero al menos ya sabemos que España va a investigar, a través de un juez de la Audiencia Nacional, las responsabilidades del Gobierno chino en la represión de marzo pasado en el Tíbet. Esperemos que no nos quiten alguna medalla.

La China de los Juegos

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China (LA VANGUARDIA, 09/08/08):

Después de tanto esfuerzo, el largo proceso que ha conducido a los Juegos de Pekín ha dejado en todo el mundo una doble sensación. En primer lugar, casi de repente, la convicción parcial de que China será uno de los poderes clave del nuevo siglo se ha convertido en una verdad prácticamente universal, pasando por alto las hipotecas y complejidades que aún penden sobre dicho proceso. Esa unanimidad, por otra parte, deja paso a un desacuerdo profundo: la incertidumbre pesa sobre la evolución de su sistema político, circunstancia que, en unos, suscita preocupación (especialmente por las reservas ante el ingrediente nacionalista y la falta de asunción efectiva de los valores globales), mientras que, para otros, esa preocupación es expresión de la desazón que experimentan los hipotéticos rivales, ante el temor de verse inevitablemente relegados, con un poder global notoriamente reducido ante una China que no se deja influenciar a la ligera.

Esta China quiere desarrollarse, acceder a mayores cotas de bienestar, y llega a los Juegos después de tres décadas de pujante crecimiento. Hoy puede llenar con sus productos (o de las multinacionales occidentales que tanto se benefician de las carencias de su mercado laboral) los anaqueles de los supermercados de todo el mundo, pero no está del todo claro que esa convicción de producir más y a mejor precio que nadie - lo que, a priori, sería de agradecer en el mundo occidental-, vaya acompañado de una mayor simpatía global. Y ello es así aun siendo verdad que el Gobierno chino no parece aspirar en modo alguno a llenar el mundo de bases militares y que, a lo sumo, sus soldados en el exterior multiplican su participación en las misiones de paz de la ONU, un cambio positivo que denota la progresiva asunción de responsabilidades globales, al igual que intensifica su apego a la diplomacia multilateral. Siendo esto cierto, más allá del régimen y sus usufructuarios, muchos ciudadanos chinos que aspiraban a convertir los Juegos en una alegre ceremonia de encuentro con el exterior, se han visto defraudados y molestos por algunas críticas y modos de actuación que juzgan extemporáneos y fuera de tono aun cuando admiten las carencias de un sistema para el cual ellos mismos reclaman mayor evolución, aunque sin admitir soberbias ni imposiciones que ignoren o desprecien su soberanía. Esa riqueza de matices es esencial para tender puentes con la sociedad china.

Con la fuerza de su economía a pleno pulmón, pero con algunos achaques importantes, China celebra los Juegos en un momento interno de cambios en su modelo de desarrollo, sentando las bases de un país no sólo más rico, sino también tecnológicamente más avanzado y poderoso. La inflación pudiera parecer el mayor problema actual, pero los desafíos estructurales y el impacto social de los desajustes constituyen los mayores retos para la estabilidad del proceso, junto a los males sempiternos que, como la corrupción, alientan el desasosiego cívico.

En cualquier caso, dos imperativos se imponen para capitalizar en positivo el enorme esfuerzo que el pueblo chino ha protagonizado en las últimas décadas. En primer lugar, perseverar en la eliminación de aquellas dudas que fundamentan las desconfianzas. Librarse de la pobreza, objetivo número uno, exige también librarse del autoritarismo, que no es más que otra forma de miseria. No valen coartadas al respecto, si bien cabe respetar el derecho a la originalidad de la vía elegida. En segundo lugar, fomentar un mayor conocimiento de su cultura en el exterior, circunstancia que ayudaría y mucho a comprender la naturaleza profunda de los cambios y a identificar los mejores mecanismos para acompañar y completar su evolución. La trivialización de su identidad, nutrida de manidos tópicos tan fáciles de popularizar, dificulta la credibilidad de su discurso en otros órdenes.

Los Juegos Olímpicos del 2008 permitirán al mundo tomar conciencia del regreso de China al centro de la escena internacional. Se sentará en primera fila. Sus mastodónticas dimensiones le impiden evitarlo. Pronto será el país más rico aunque muchos de sus ciudadanos sigan viviendo con niveles de renta propios de un país en vías de desarrollo. No es un problema de ambición, sino de magnitud, la misma que, observada en lo absoluto, provoca tantas distorsiones engañosas. Los Juegos Olímpicos le han permitido darse cuenta de lo complejo de algunos problemas y advertir que su emergencia, pese a tantas declaraciones de buenas intenciones, pudiera no ser tan armoniosa como cabría desear.

Pekín 2008, juegos sin libertad

Por Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas (ABC, 09/08/08):

EL futuro de la democracia depende de China. Hasta hoy, la equivalencia entre economía de mercado, sociedad de clases medias y régimen constitucional no había fallado nunca. Al menos, eso imagina la mentalidad occidental con su historia de las ideas concebida al gusto de los comerciantes puritanos anglosajones. Libertad y propiedad nacen y viven juntas en una sociedad de individuos iguales ante la ley. Ya saben, la declaración de Filadelfia y otras similares. La prosperidad material genera una demanda de autonomía personal y de participación activa en la política. Cada uno a su manera y a su tiempo, en Occidente todos hemos llegado al mismo destino: democracia constitucional, derechos humanos, imperio de la ley. Con graves defectos y servidumbres, sin duda, pero superior en el ámbito moral a cualquier forma de tiranía, despotismo o dictadura. China y otros dragones, de aquí y allá, gozan de una sólida clase dirigente y son capaces de afrontar proyectos ambiciosos. Los Juegos de Pekín, cómo no, sirven de escaparate. El mapa del mundo se llena de grandes urbes macrocapitalistas en lugares antes insospechados: Shanghai, Astaná, Dubai, Singapur… Siempre bajo regimenes autoritarios. ¿Acaso no les importa la libertad a las nuevas clases medias?

Las noticias desde Pekín son concluyentes. El régimen ¿comunista? aplica sin complejos su querencia natural. Menos visados; fuera pancartas; «gran muralla virtual», o sea, filtros ideológicos en Internet. Censura a tope, con el apoyo de algún amable gobierno europeo. Del Tibet ya lo sabemos casi todo. Prohibida incluso la contaminación, ese invento molesto de la prensa imperialista. Peligro terrorista, luego más control policial. Vean ustedes la China que les queremos enseñar. La gran capital olímpica, con el estadio de Herzog y De Meuron y la T-3 de Foster. El skyline de Shanghai, que maravilla a los viajeros desde el viejo Bund colonial. También la presa de las Tres Gargantas o el supertren que vuela por las nubes camino de Lhasa, aunque mejor no hablar de monjes tibetanos. En los ratos libres, disfruten de la Ciudad Prohibida y sus hermosos palacios de nombre relajante: entre otros, «armonía preservada» o «pureza celestial». Ceremonia espectacular, instalaciones mágicas, un país al servicio del visitante festivo… A partir de ahí, vale más que no pregunten. Decía Hegel, tan eurocéntrico, que China no tiene historia porque la vida discurre igual desde hace milenios. No obstante, las cosas cambian en el terreno material: desde la coleta impuesta por la dinastía Qing al artilugio electrónico de última generación. Las mentes siguen acaso en estado de ingravidez. Recuerden la máxima del Tao: Wu Wei, no actuar, dejar hacer a los procesos naturales. Por cierto, ¿no es esa la esencia del liberalismo económico? Curiosa conclusión de los estudios culturales comparados.

Se ha escrito con razón que la China actual pretende combinar la tradición de Confucio, el sistema socialista y la economía de mercado. Por supuesto, la gente común no se entera de nada. La joven universitaria de Xi´an se ríe del visitante que asegura haber visto en Madrid y en Barcelona algunos guerreros originales de terracota. «Es imposible, no pueden salir nunca», aclara. Más vale suponer que no lleva razón… El régimen político es un modelo perfecto de tiranía a la vieja usanza. Se analiza cada gesto de Hu Jintao y demás jefes del partido para adivinar qué clan impondrá su ley en el futuro. Mao nos mira indiferentes desde la plaza de Tian´anmen. Por razones obvias, le importa poco un grado más de represión. La sociedad dual se deja ver por todas partes: tecnología puntera, al límite de la ciencia-ficción, comparte tiempo y espacio con los andrajos, la suciedad y la miseria. Dicen que el campo es mucho peor… Pero China es un gran país, con una espléndida cultura histórica y un patriotismo envidiable, a prueba de revoluciones y guerras civiles. No es una nación, sino un imperio, una diferencia sutil que en Europa apenas sabemos apreciar a estas alturas. Es, además, el imperio del Centro, que nos sitúa a los demás en una periferia remota. Guardan muchos ecos de viejas humillaciones. De los ingleses, cuando la guerra del opio, y de los japoneses, antes y después de Manchuria. ¿Llega la hora de la venganza?

La doctrina oficial es el «ascenso pacífico», una amable prédica buenista. A la hora de la verdad, conviene fijarse en el presupuesto de Defensa, la presencia dominante en África o los criterios inflexibles en Naciones Unidas. Pekín concibe los Juegos como una operación de imagen a gran escala. Ecos de Olimpia inmortal, frases al gusto de Coubertin, héroes mediáticos de alcance planetario. Explosión tecnológica y diseño ultramoderno. Orden y progreso. El Partido no es consciente de la influencia que ejerce una opinión pública debidamente orientada. Es lógico, porque allí no conocen tal cosa. Les sorprendió el revuelo en torno al Tibet, los incidentes con la antorcha olímpica, las tímidas amenazas de boicot. Entienden, en cambio, la lógica del capitalismo. ¿Quién se atreve a estropear un buen negocio? El tiempo les da la razón. Cuando se apagan los ecos de la protesta, llegan las luces del espectáculo. Allí estamos… y los que no están, no será por falta de ganas. Es curioso: aquello empezó con el equipo de pingpong enviado por el «realista» Henry Kissinger. Para realismo, por cierto, el de Taiwán: una sola China, lazos eternos, cercanía afectiva. Tan lejos de la Guerra Fría y tan cerca del «dragón rojo».

Gao Xingjian, el Nóbel exiliado, lo tiene muy claro: «las protestas no van a servir de nada». Las cosas de Steven Spielberg, las denuncias de esta o aquella ONG, el recuerdo de Darfour y su régimen genocida, alguna palabra fuerte de Sarkozy para consumo interno… El que quiera hacer negocios, debe guardar un silencio prudente. Aquí hay un mercado sin límites y una capacidad inversora dispuesta a controlar la deuda pública emitida por el Tesoro americano. Una mano de obra barata y sin restricciones. Un potencial inmenso para la era global. ¿Y las libertades? Vamos al fondo del asunto. La demanda es muy escasa, no nos engañemos.

Domina en la naciente clase media un estado de ánimo que mezcla el escepticismo con el hedonismo. Es natural, después de Mao y su trampa gigantesca. No quieren saber nada de ideologías. Algunos dicen que el pecado de Occidente es la idolatría hacia los derechos humanos. Otros apelan al sentido común: ahora que empezamos a vivir bien… Los más reflexivos acuden al determinismo histórico: los letrados imperiales eran grandes administradores, pero pésimos comerciantes. Los que viajan por ahí fuera tienen una buena réplica: ¿tal vez son felices los pobres en su país? Las libertades individuales son un producto histórico muy definido, mezcla de Atenas, Roma y Jerusalén con una ciencia moderna que desemboca en la revolución industrial. No es fácil que arraiguen fuera de contexto. ¿Un pronóstico? Creo que China será, a medio plazo, una de tantas democracias aparentes, es decir, no constitucionales. La moda del siglo XXI son las dictaduras que ganan una falsa legitimidad en las urnas para acallar los escrúpulos del viejo mundo libre.

¿Y los Juegos? Un éxito, ya lo ven ustedes. Mientras la costurera de Gao lee a Balzac, nosotros, amigo lector, buscamos en televisión el canal que ofrece la mejor imagen. Hijos de la era global.

Plucky little Georgia? No, the cold war reading won’t wash

By Mark Almond, a history lecturer at Oriel College, Oxford (THE GUARDIAN, 09/08/08):

For many people the sight of Russian tanks streaming across a border in August has uncanny echoes of Prague 1968. That cold war reflex is natural enough, but after two decades of Russian retreat from those bastions it is misleading. Not every development in the former Soviet Union is a replay of Soviet history.

The clash between Russia and Georgia over South Ossetia, which escalated dramatically yesterday, in truth has more in common with the Falklands war of 1982 than it does with a cold war crisis. When the Argentine junta was basking in public approval for its bloodless recovery of Las Malvinas, Henry Kissinger anticipated Britain’s widely unexpected military response with the comment: “No great power retreats for ever.” Maybe today Russia has stopped the long retreat to Moscow which started under Gorbachev.

Back in the late 1980s, as the USSR waned, the red army withdrew from countries in eastern Europe which plainly resented its presence as the guarantor of unpopular communist regimes. That theme continued throughout the new republics of the deceased Soviet Union, and on into the premiership of Putin, under whom Russian forces were evacuated even from the country’s bases in Georgia.

To many Russians this vast geopolitical retreat from places which were part of Russia long before the dawn of communist rule brought no bonus in relations with the west. The more Russia drew in its horns, the more Washington and its allies denounced the Kremlin for its imperial ambitions.

Unlike in eastern Europe, for instance, today in breakaway states such as South Ossetia or Abkhazia, Russian troops are popular. Vladimir Putin’s picture is more widely displayed than that of the South Ossetian president, the former Soviet wrestling champion Eduard Kokoity. The Russians are seen as protectors against a repeat of ethnic cleansing by Georgians.

In 1992, the west backed Eduard Shevardnadze’s attempts to reassert Georgia’s control over these regions. The then Georgian president’s war was a disaster for his nation. It left 300,000 or more refugees “cleansed” by the rebel regions, but for Ossetians and Abkhazians the brutal plundering of the Georgian troops is the most indelible memory.

Georgians have nursed their humiliation ever since. Although Mikheil Saakashvili has done little for the refugees since he came to power early in 2004 - apart from move them out of their hostels in central Tbilisi to make way for property development - he has spent 70% of the Georgian budget on his military. At the start of the week he decided to flex his muscles.

Devoted to achieving Nato entry for Georgia, Saakashvili has sent troops to Iraq and Afghanistan - and so clearly felt he had American backing. The streets of the Georgian capital are plastered with posters of George W Bush alongside his Georgian protege. George W Bush avenue leads to Tbilisi airport. But he has ignored Kissinger’s dictum: “Great powers don’t commit suicide for their allies.” Perhaps his neoconservative allies in Washington have forgotten it, too. Let’s hope not.

Like Galtieri in 1982, Saakashvili faces a domestic economic crisis and public disillusionment. In the years since the so-called Rose revolution, the cronyism and poverty that characterised the Shevardnadze era have not gone away. Allegations of corruption and favouritism towards his mother’s clan, together with claims of election fraud, led to mass demonstrations against Saakashvili last November. His ruthless security forces - trained, equipped and subsidised by the west - thrashed the protesters. Lashing out at the Georgians’ common enemy in South Ossetia would certainly rally them around the president, at least in the short term.

Last September, President Saakashvili suddenly turned on his closest ally in the Rose revolution, defence minister Irakli Okruashvili. Each man accused his former blood brother of mafia links and profiting from contraband. Whatever the truth, the fact that the men seen by the west as the heroes of a post-Shevardnadze clean-up accused each other of vile crimes should warn us against picking a local hero in Caucasian politics.

Western geopolitical commentators stick to cold war simplicities about Russia bullying plucky little Georgia. However, anyone familiar with the Caucasus knows that the state bleating about its victim status at the hands of a bigger neighbour can be just as nasty to its smaller subjects. Small nationalisms are rarely sweet-natured.

Worse still, western backing for “equip and train” programmes in Russia’s backyard don’t contribute to peace and stability if bombastic local leaders such as Saakashvili see them as a guarantee of support even in a crisis provoked by his own actions. He seems to have thought that the valuable oil pipeline passing through his territory, together with the Nato advisers intermingled with his troops, would prevent Russia reacting militarily to an incursion into South Ossetia. That calculation has proved disastrously wrong.

The question now is whether the conflict can be contained, or whether the west will be drawn in, raising the stakes to desperate levels. To date the west has operated radically different approaches to secession in the Balkans, where pro-western microstates get embassies, and the Caucasus, where the Caucasian boundaries drawn up by Stalin, are deemed sacrosanct.

In the Balkans, the west promoted the disintegration of multiethnic Yugoslavia, climaxing with their recognition of Kosovo’s independence in February. If a mafia-dominated microstate like Montenegro can get western recognition, why shouldn’t flawed, pro-Russian, unrecognised states aspire to independence, too?

Given its extraordinary ethnic complexity, Georgia is a post-Soviet Union in miniature. If westerners readily conceded non-Russian republics’ right to secede from the USSR in 1991, what is the logic of insisting that non-Georgians must remain inside a microempire which happens to be pro-western?

Other people’s nationalisms are like other people’s love affairs, or, indeed, like dog fights. These are things wise people don’t get involved in. A war in the Caucasus is never a straightforward moral crusade - but then, how many wars are?

viernes, agosto 08, 2008

La China global

Por Manel Ollé, profesor de Estudios Asiáticos de la Universidad Pompeu Fabra (EL PAÍS, 08/08/08):

Sólo hay que acercarse al bazar de la esquina para entrar en la aldea global. Más de 50 millones de chinos habitan la diáspora más interconectada y extendida por todos los confines del planeta. De Yakarta a Ciudad del Cabo, de Almería a Bratislava o de Montreal a São Paulo: en la más remota de las ciudades del mundo encontraremos con toda facilidad algún restaurante con linternas y dragones, algún colmado o alguna lavandería regentada por chinos. Cuentan que a finales de los años setenta, Jimmy Carter le pidió a Deng Xiaoping que permitiese a los chinos salir del país para que pudiesen probar el sabor de la libertad. Con su habitual retranca, el Pequeño Timonel le preguntó cuántos millones quería que le enviase. Evidentemente, la cosa viene de mucho más lejos. La diseminación planetaria de la población china lleva siglos de avance imparable. Además de la República Popular China, de Hong Kong, de Macao y de Taiwán -que entre todas suman más de 1.350 millones de chinos-, existe un quinto ámbito sínico con rasgos propios y en plena expansión: la China global.

En el sureste de Asia ya hace varios siglos que las comunidades chinas lideran el comercio y las finanzas. Los chinos de ultramar llegaron a América cuando la abolición de la esclavitud y las guerras del opio abonaron el tráfico de culíes. Los trabajadores chinos se hacinaban en las bodegas de los vapores transpacíficos con un contrato de ocho años que les conducía a un régimen de semiesclavitud. La construcción del ferrocarril del oeste norteamericano, las plantaciones y las minas de Cuba y Perú fueron algunos de sus destinos preferentes. Los populosos chinatown de San Francisco o de Nueva York vienen de aquellos lodos. Los chinos empezaron a llegar a Europa en las últimas décadas del siglo XIX. Eran pocos y mayormente buhoneros. Hoy ya casi nadie recuerda que en las playas cercanas a la actual zona del Fórum de las Culturas en Barcelona, durante más de un siglo hubo un núcleo de barracas conocidas como la playa de Pekín, topónimo que nos remite al núcleo barraquista de chinos que allí se establecieron hacia el 1860, junto al Somorrostro.

Las antenas parabólicas y la red de redes han contribuido a extender los lazos de una comunidad extraordinariamente dispersa, pero siempre estrechamente conectada con sus puntos de partida. No hay que olvidar que la segunda lengua de uso en Internet es el chino, y que todo apunta a su primacía en pocos años. Los chinos transportan a China allí donde van: comen en charla animada cuencos de sopa de fideos en los locales de horarios imposibles que acogen casi en exclusiva a comensales chinos; ven culebrones de época, llenos de concubinas y espadachines que suben paredes; leen periódicos en chino de edición ibérica, en los que se comentan las noticias de España y Portugal, de China y del mundo, en las que se publicitan los almacenes de mayoristas y en los que cada día aparecen más anuncios clasificados ofreciendo trabajo de masajista a jovencitas de buena presencia; los chinos de las ciudades españolas se cortan el pelo en peluquerías chinas, juegan al Mahjong, cantan karaoke y se casan de la forma más parecida posible a como lo harían en China. Incluso circunscriben su bajo índice de delincuencia a la extorsión y el delito orientado a su propia comunidad. Exceptuando, evidentemente, los multicopiadores compulsivos de DVD pirata. Los chinos de ultramar son aquí y en todas partes siempre la comunidad más emprendedora y más próspera de todas: la que tiene una mayor capacidad de autoexplotación. La ilimitada confianza del paisanaje que se dispensan les concede créditos informales, condiciones ventajosas de comercio que reducen los costes de transacción. Son aquí y en todas partes siempre la comunidad que genera más asociaciones de todo tipo, asociaciones que actúan como redes de ayuda mutua, lejos del tópico de las mafias. Que haberlas, haylas, pero no adquieren dimensiones mucho mayores que las mafias gerundenses, rumanas o castellano-leonesas. Los chinos de ultramar generan no pocas leyendas urbanas a cual más peregrina. Supuestamente no se registran en nuestros tanatorios muertes de chinos porque de este modo las mafias harían desaparecer los cadáveres de los finados para reaprovechar los papeles. De tan ridículo casi no merece ser rebatido: los chinos que emigran son jóvenes y los que han venido a España aún no han tenido tiempo de morirse. Y a sus mayores les gusta descansar en tierra de ancestros.

Hemos tendido siempre a inventarnos a los chinos, a proyectar en ellos estereotipos que normalmente tienen tan poco que ver con sus realidades como el Circo Teatro Chino de Manolita Chen (que ni era Manolita ni Chen, sino un travestido andaluz al que, según parece, bautizaron como Manuel Saborido).

Los chinos de ultramar aterrizan en entornos culturales tan exóticos e incomprensibles para ellos como lo sería para nosotros despertar de golpe a las afueras de Pekín. Mayoritariamente desconocen la lengua de acogida y se entregan a un régimen laboral tan espartano que no tienen tiempo para ir mucho más allá del chapurreo precario de palabras salvavidas, indispensables para servir una mesa o atender el mostrador. La familia extensa asegura la transmisión de valores. Los sábados por la mañana envían a sus hijos a estudiar chino para que no pierdan sus orígenes. No es que sean cerrados, es que a los miembros de la primera generación de emigrantes apenas les queda tiempo para darse cuenta de que están lejos de su tierra: viven en la China global. Son sus hijos escolarizados en España quienes atienden a los funcionarios municipales y quienes les hacen de intérpretes en situaciones de necesidad. En Estados Unidos, a los ABC (American Born Chinese), los puristas les llaman despectivamente bananas: amarillos por fuera y blancos por dentro. Amy Tan tiene materia de sobra como para pergeñar unas cuantas docenas más de best-sellers repletos de conflictos generacionales y choques de mentalidades.

Los chinos se extienden por el mundo desde hace siglos, pero en estas últimas décadas de reforma y apertura en el continente chino, el proceso se ha acelerado de forma exponencial. Ya no solamente se dedican a servir rollos de primavera: regentan talleres textiles legales o clandestinos, abren almacenes y bazares multiprecio, compran los bares Marcelino y aprenden a hacer café con leche, bocadillos de tortilla de patatas y lo que convenga; regentan tiendas mayoristas de maletas y bolsos, de calzado, de trapos o de bisutería, colocan directamente la producción manufacturera de su distrito de origen, que en parte financia la operación. En los últimos años se les ve cada vez más por África, en paralelo al ingente esfuerzo diplomático e inversor chino en el continente olvidado.

En 1980 había apenas 677 chinos censados en España. Hoy, las cifras oficiales superan los 120.000. La gran mayoría ha llegado en la última década, en parte, de otros puntos de Europa. Curiosamente, en contraste con su extraordinaria dispersión diaspórica, la gran mayoría de chinos que emigran procede de un mismo distrito: China es inmensa, pero se calcula que más del 70% de los chinos de España, Francia, Italia y Portugal procede de la comarca de Qiangtian, de 2.500 kilómetros cuadrados, a las afueras de la ciudad de Wenzhou, en Zhejiang, al sur de Shanghai, una zona especializada en la migración europea como mínimo desde la I Guerra Mundial: las remesas, las inversiones y donaciones filantrópicas de los chinos de ultramar constituyen una de sus mayores riquezas. De nuevo, la familia y el paisanaje, la inversión de las autoridades locales y las redes asociativas facilitan un tránsito que de otro modo se vuelve quimérico.

Los habitantes de la China global son ya nuestros vecinos, nos venden refrescos o garrafas de agua en horario nocturno, nos suministran todo tipo de gadgets inútiles, enlazan nuestra economía con la del gigante asiático. Y a su manera protagonizan su experiencia de la modernidad global: no se pierdan al respecto la última película de Wayne Wang, La princesa de Nebraska: el retrato inclemente de una joven pequinesa recién llegada a San Francisco.

La Unión del Mediterráneo… sí, pero…

Por Moncef Marzouki, médico, escritor y opositor tunecino. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 08/08/08):

Los motivos del presidente Sarkozy para querer que la Unión del Mediterráneo (UM) viera la luz el 13 de julio de 2008 son complejos. Se le puede achacar tanto una voluntad de poder personal como el deseo de que Europa sostenga a la orilla sur del mar común para que tenga más peso en el nuevo despliegue de fuerza inevitable tras la aparición de socios como China, India y Brasil.

Dicho esto, no cabe duda de que se trata de un proyecto que, si triunfa, sería un paso adelante gigantesco en la construcción de un mundo más estable y más justo. El problema es que no todos los buenos proyectos son posibles o realizables. La UM es una de esas buenas-malas ideas cuyo resplandor exterior oculta un interior hueco.

En todo matrimonio, de amor o de conveniencia, el consentimiento de las dos partes es la base fundamental. Lo mismo ocurre con las uniones políticas. Cuando se trata de estructuras de cooperación a gran escala y de larga duración histórica, estas uniones no pueden funcionar sin el consentimiento y la participación de los pueblos.

Pues bien, los pueblos de la orilla norte no han mostrado más que un gran desinterés por el proyecto de Sarkozy. Y los de la orilla sur parecen rechazarlo por completo. Los foros del sitio aljazeera.net, los debates en los periódicos y las cadenas por satélite muestran un rechazo unánime por motivos, a veces, contrarios.

La corriente de identidad islamo-nacionalista, hoy predominante en el mundo árabe, ve con malos ojos un proyecto al que se acusa de querer sustituir a los proyectos estancados -pero todavía ardientemente deseados- de una Unión del Magreb árabe, es decir, islámica. Todavía más criticable le parece el hecho de que obligaría a los árabes a vivir bajo el mismo techo que Israel y constituiría una forma de obtener el reconocimiento árabe del Estado judío sin que éste hubiera cedido nada respecto a los derechos inalienables del pueblo palestino.

La corriente laica y democrática tiene aún más reservas, pero por motivos totalmente diferentes. Sus reparos destacan varios puntos clave.

1. La historia nos enseña de forma irrefutable que sólo es posible fraguar uniones políticas viables entre democracias. El derrumbamiento de uniones creadas por dictaduras como la URSS y Yugoslavia, el dinamismo de la Unión India y la Unión Europea, para no hablar de Estados Unidos, son pruebas de la validez de esa ley. Sin embargo, la UM pretende unir las primeras democracias del planeta con sus últimas dictaduras. Peor aún, el proyecto, tal como está, no puede sino reforzar a las dictaduras de la orilla sur.

2. Dictadores corruptos sin ninguna legitimidad electoral y con un balance catastrófico, como Mubarak, Bel Ali y Assad, se han apresurado a acudir a París para encontrar allí la legitimidad internacional y un apoyo diplomático y en materia de seguridad contra sus adversarios, entre ellos, los demócratas y los activistas de los derechos humanos.

A los tunecinos no les gustaron la visita que Sarkozy hizo a Ben Ali en junio ni su discurso ditirámbico sobre los logros de la dictadura…, sobre todo en cuanto al progreso de las libertades. El presidente francés expresó en voz alta lo que piensan muchos líderes occidentales: a cambio de vuestra lucha contra el islamismo, se os perdona todo, incluida vuestra lucha contra la democracia.

En 2009, el dictador se dispone a ser “elegido” por quinta vez, con el 90% de los votos. El establecimiento de la secretaría de la UM en Túnez habría sido un regalo espléndido. Pero qué símbolo tan negativo habría sido la apertura de esa sede en una ciudad en la que han desaparecido todas las libertades públicas y privadas. Por lo visto, el intento era demasiado burdo y la resistencia demasiado firme, y Ben Ali tuvo que regresar de París de vacío y furioso.

3. Los jefes de Estado árabes firmantes no se han consultado más que a sí mismos al respecto, como en todas las demás cosas. Como son presidentes vitalicios, autoelegidos y, por tanto, ilegítimos, no cuentan más que consigo mismos, y no con nuestras poblaciones.

¿Qué posibilidades de sobrevivir tiene, en estas condiciones, esta nueva estructura, aparte de una serie de colaboraciones entre vagas burocracias policiales? En el mejor de los casos, pocas; en el peor, ninguna…, salvo si…

Si se recupera el espíritu de Barcelona, en el que la promoción de la democracia y los derechos humanos en la orilla sur eran las condiciones indispensables de la cooperación entre Estados… Si se convirtiera en un asunto de sociedades civiles que organicen sus propias relaciones internacionales y sus propias políticas de acercamiento, ¡eso sí que sería un logro!

Hay que ser muy conscientes de que una agrupación así sería la única unión política existente de tipo multicultural, y que ésa sería la mejor prueba de lo estúpida que es la teoría del choque “inevitable” de civilizaciones. Sólo por eso, ya valdría la pena que todos nos comprometamos a contribuir a hacerla realidad: un regalo maravilloso que podremos hacer a las generaciones futuras.

No olviden a la otra China

Por Bao Tong, ex secretario del ex primer ministro chino Zhao Ziyang. Vive desde 1996 en arresto domiciliario por su apoyo a los derechos humanos y sus críticas a la represión en el Tíbet (EL MUNDO, 08/08/08):

El mensaje implícito, y extraordinariamente eficaz, transmitido por los Juegos Olímpicos que hoy comienzan y por el renovado brillo que se deriva del prestigio nacional, es que todo el mérito le corresponde al inquebrantable régimen autoritario del Partido Comunista chino. La cita olímpica de Pekín asume así -irónicamente- un inmenso significado político interno: el evento simbólico por excelencia de la paz y de la cooperación internacional se vincula al renacimiento del nacionalismo.

El régimen chino actual se proponía transformar en realidad los ideales del comunismo -una ideología considerada en casi todo el mundo a estas alturas como fallida-. Sin embargo, lo único cierto es que el Gobierno de Pekín sigue pidiendo sacrificios a la inmensa mayoría de la población, sin ser capaz de ofrecer a cambio una futura sociedad comunista. Por eso, el nuevo objetivo declarado de los actuales dirigentes es el de construir una nación más fuerte, que sepa hacerse respetar en el escenario internacional. Así pues, la mejora de la posición china en el ámbito internacional sigue siendo la ambición principal de determinados sectores del país. Pero, por el contrario, la mayoría de la población, especialmente la que aún reside en las áreas rurales, es todavía víctima de la pobreza, de las enfermedades y de la precariedad económica.

Hoy la gloria de la nación se difundirá a través de la televisión entre millones de chinos -que viven en el campo-, que desde hace 50 años sacrifican su bienestar en pro de la industrialización del país, sin ninguna promesa de que el futuro les vaya a ofrecer grandes mejoras respecto a las condiciones de vida de sus antepasados. Hasta ahora, lo único que han visto son los bajos salarios pagados a los trabajadores de la construcción procedentes del campo, que son los que han levantado las enormes infraestructuras de los Juegos. Amén de la irrefrenable ocupación de terrenos -por decreto administrativo- para destinarlos a nuevos proyectos, sin consulta alguna y sin resarcimiento adecuado a la población local, condenada a ser desalojada de sus casas y de sus tierras de la forma más brutal.

No tengo la más mínima duda de que todos los beneficios económicos ocasionados por los Juegos Olímpicos irán a parar únicamente a manos de las elites urbanas, que se están enriqueciendo cada vez más. El estímulo económico producido por unos gastos estatales desaforados, por los inmensos proyectos de infraestructuras y por el flujo constante de inversiones extranjeras está siendo disfrutado exclusivamente por un ramillete de millonarios.

En teoría, el efecto del trickle-down (es decir, el acceso de las franjas menos favorecidas a la redistribución de la riqueza) debería darse en todos los sectores económicos. Pero, en cambio, la creciente distancia entre las rentas más altas y las más bajas sugiere que se está asentando una desigualdad sistemática, favorecida por un Gobierno cuyo eslogan parece ser el de siempre y sólo para los ricos.

Los Juegos son el ejemplo por antonomasia de este tipo de política que termina sirviendo sólo a una pequeña parte de la población. No hay que olvidar que los nuevos edificios brillantes y los cielos de Pekín temporalmente limpios y exhibidos con orgullo al mundo durante los próximos días se han conseguido a un precio muy elevado, el de innumerables sacrificios por parte de todos aquellos a los que las autoridades han desalojado, alejado y escondido a la vista de los visitantes que están llegando para asistir al evento.

Hay muy pocos signos de que los Juegos de Pekín hayan favorecido en China el nacimiento de una sociedad abierta. Y, de hecho, aunque periodistas extranjeros hayan podido disfrutar de un permiso de trabajo y residencia en el país desde el 1 de enero de 2007 hasta el final de los Juegos, lo cierto es que la represión gubernamental contra los abogados y los periodistas chinos ha proseguido imperturbable. La exhibida modernidad sigue presentando un neto contraste con la retrógrada forma de gobernar del Partido Comunista. La legitimidad del Gobierno se basa desde hace ya demasiado tiempo en equívocos y en mentiras históricas. Para preservar su cada vez más intrincada y compleja versión de la verdad, necesita tanto la censura como la supresión sistemática de la memoria común.

¿El entusiasmo de millones de telespectadores chinos ante los Juegos bastará para acabar con el recuerdo de la feroz represión de la plaza de Tiananmen? Nadie lo sabe con certeza, pero el Gobierno parece convencido de salir airoso de su empresa de inducir a una amnesia colectiva. Sólo así se explica su insistencia para albergar los Juegos y la atención en torno al futuro papel del país en el escenario mundial a partir de ahora. Utilizar la Olimpiada como instrumento de propaganda puede servir para promover una operación de imagen a corto plazo, pero no contribuirá a resolver los problemas de China.

Los auténticos problemas, de largo plazo y de largo alcance, se esconden tras la cita deportiva que hoy comienza, y tras la aparatosa celebración del evento. Medio siglo después de la puesta en marcha de las grandes directrices políticas, el Partido Comunista no ha sido capaz de ofrecer a su pueblo ni paridad de derechos ni servicios sociales fundamentales, como la enseñanza, la sanidad o la seguridad social, a pesar de haber nacionalizado -bajo el régimen de Mao- todas las tierras y amplísimos sectores de la economía.

Infinitas promesas se les hicieron a los pobres de las comunidades rurales (todas muy pronto olvidadas), mientras su mano de obra fue necesaria para la construcción de las modernas ciudades. Los fondos estatales financiaron modernísimas fábricas deportivas, teatros líricos y millones de kilómetros de redes de internet, olvidando sin embargo construir calles en los pueblos más pobres del país y rescatar de la bancarrota al sistema nacional de la seguridad social. Además, no se ha visto progreso alguno en el campo de los derechos civiles, la única forma de poner coto a las injusticias y de anclar el sistema en la legalidad y en el respeto a las personas.

A Deng Xiaoping se le reconoció el mérito de haber cambiado profundamente las políticas de Mao, pero, gracias a él, también surgió la idea, profundamente injusta, de dejar prosperar a las elites gracias al crecimiento económico. Hasta hoy, ningún político chino ha sido capaz de afrontar sistemáticamente, ni tan siquiera reducir, la injusticia social que reina en China, a pesar de todas las promesas hechas a las capas más débiles de la población.

Consiguientemente, el Gobierno está obligado a recurrir cada vez más a la represión, para mantener a raya el descontento, mientras se dedica con pasión a iniciativas propagandísticas como los Juegos.

¿Fiesta en Pekín?

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China (EL CORREO DIGITAL, 08/08/08):

Sea como sea, habrá fiesta en Pekín. Luces y fuegos de artificio en el Estadio Nacional, impresionante en su arquitectura, en una ceremonia-anticipo de lo que aguarda al mundo en esplendor y diseño. Nadie como los chinos ha logrado sofisticar tanto el arte de la transformación superficial. Pero la procesión va por dentro.

Pudiera pensarse que las rebeliones violentas que se han registrado en las últimas semanas en las provincias de Guizhou o Zhejiang, con ataques e incendios de edificios oficiales (del Gobierno, del Partido, de la Policía, etcétera), son hechos aislados, pero, al contrario, son el iceberg de un malestar cívico, a veces tan intenso, que ni la tregua olímpica puede lograr silenciar. A juzgar por dichos síntomas, el proyecto político de Hu Jintao se encuentra en la cuerda floja.

Desde sus inicios, en 2002, el líder chino ha propiciado un doble mensaje: giro social de la reforma y lucha contra la corrupción. Han pasado seis años, pero el balance no es muy alentador. En el primer caso, los discursos han sido muchos y también los compromisos respaldados formalmente por infinitos ceros que según el primer ministro Wen Jiabao deberían reducir las desigualdades, mejorar la vida en el campo y, en definitiva, socializar la prosperidad acumulada durante treinta años de galopante desarrollo. Pero las palabras y la realidad parecen alejarse y las informaciones que los medios chinos repiten sin cesar respecto a la mejora general del nivel de vida, ni los propios chinos se las acaban de creer. Y si en un primer momento había comprensión y esperanza, lo que ahora está surgiendo es rencor y desconfianza, sentimientos que se profundizan a medida que la crisis económica global repercute de forma negativa en las capas más humildes de la sociedad en forma de aumento de los precios de bienes básicos (en especial, la comida), ésos que han garantizado buena parte de la estabilidad hasta el momento. También aquí la vida parece subir más de lo sugerido por el IPC.

En cuanto a la corrupción, Hu Jintao ha adoptado muchas medidas en diversos planos destinadas a ensalzar el gobierno de la virtud (el código de los sarcásticos ‘ocho honores y deshonores’) por parte de los funcionarios públicos, pero también a acentuar la profesionalización de la lucha contra esta lacra, ya sea en forma de prevención o de represión. Se ha creado una agencia estatal específica, eso sí, subordinada a la oficina correspondiente del Partido, es decir, sin independencia efectiva, y se han ensanchado los márgenes de transparencia pública de los casos detectados. Pero la percepción social es que la corrupción aumenta, un fenómeno, estructural donde los haya, cada vez más asociado al hecho del monopolio político en el ejercicio del poder y a la abusiva utilización de este problema en las luchas intestinas. Y la permanente sospecha de fraude y connivencia con el delito prevalece sobre la presunción de honestidad de los empleados gubernamentales.

China se queja de la injusticia que suponen las críticas occidentales en materia de derechos humanos o de represión en Tíbet, del acoso a la antorcha olímpica, y de la incapacidad exterior para comprender el enorme esfuerzo que está realizando para coger de nuevo el paso de la sociedad global. Y pudiera no faltarle razón cuando denuncia los dobles raseros y la utilización interesada de sus problemas internos.

Pero una injusticia sin quebrantos anida hoy en su interior y abre una profunda brecha en la credibilidad de sus propios ciudadanos, rendidos ante la evidencia fáctica de que los conflictos del PCCh no son con la clase empresarial o los nuevos ricos, muy cómodos con la gobernanza comunista y poco interesados en otros desarrollos sociales o políticos, sino con los inmigrantes rurales, los campesinos, los desempleados, sectores importantes de la clase media, todos ellos descreídos progresivamente del mensaje redentor y patriótico del PCCh. A ello hay que sumar el vaticinio de que el probable relevo de Hu Jintao apuesta por la intensificación de las complicidades entre el poder y los nuevos poderes económicos emergentes.

El desgaste social del poder del PCCh y este divorcio exacerbado entre la alegría que sugiere la fiesta olímpica y la penuria que rodea aún la vida de millones de personas puede servir de caldo de cultivo de descontentos cualificados que se distancien del PCCh, cada vez más diezmado por las elites político-económicas a nivel territorial, abriendo paso, desde la izquierda, a otras opciones, socavando los intentos de ‘pluralizar’ la vida política de forma ordenada con el alargamiento de la base social del Gobierno (con más incorporación de personalidades independientes) y el beneplácito a un mayor protagonismo de otros partidos, sin merma de su subordinación al PCCh.

Esa fractura de las dos Chinas (una a la que le va de maravilla con el mercado y otra que ya ni con lupa consigue apreciar algún residuo de socialismo) constituye una severa amenaza que el Gobierno y el PCCh no pueden tomar a la ligera, exigiéndoles un mayor empeño y contundencia para pasar de las palabras a los hechos. De lo contrario, terminada la fiesta de Pekín, las grietas abiertas podrían hacer temblar de nuevo las bases de su sistema político, desbordando los anuncios de una mayor democracia, por el momento asumida como privilegio experimental de los miembros del PCCh.

Los límites del triunfo de China

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 08/08/08):

Luego del conflicto sobre la censura de numerosos sitios de internet por el Gobierno de China, el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Jacques Rogge, reconoció que “habían pecado de idealismo” al dar por buenas las promesas de libertad y respeto de los derechos humanos cuando hace siete años otorgaron a Pekín la organización de los Juegos Olímpicos. Esta reflexión tardía resume bien el ambiente creado por la falsa presunción de que el espíritu olímpico sería honrado por un régimen autocrático en el que el partido comunista chino (PCCh) mantiene el monopolio de la actividad política y la más absoluta intolerancia ante el menor atisbo de disidencia.

Más allá de las falsas y reiteradas apreciaciones del COI o de sus patéticos llamamientos para despolitizar el acontecimiento, objetivo en el que coincidió irónicamente con la proclama del presidente Hu Jintao, los Juegos de Pekín, los más caros de la historia (42.000 millones de dólares), sin ningún control democrático, constituyen un triunfo sin precedentes para un sistema político que, en nombre de una supuesta excepción cultural milenaria y confuciana, llega hasta el escarnio en su menosprecio de los derechos humanos y de la democracia, alegando riesgos para la seguridad nacional.

DURANTE ESTE año resurgieron con fuerza las soterradas tensiones y los problemas ingentes que ensombrecen el futuro del país más poblado del planeta. La revuelta del Tíbet y su represión militar implacable, en marzo, mientras los altavoces de la propaganda se desgañitaban contra el exiliado dalai-lama, pusieron de manifiesto la problemática legitimidad del PCCh en esa y otras regiones periféricas: Xinjiang (con importante minoría uigur, musulmana, y un reciente atentado terrorista), Mongolia, Taiwán, pasando por el escaparate relativamente liberal pero estrechamente vigilado de Hong Kong.

El devastador terremoto de la provincia de Sichuan (7,9 grados en la escala abierta de Richter), el 12 de mayo, que provocó el hundimiento catastrófico de muchas escuelas y de bloques enteros de viviendas, reducidos a escombros, desvelaron los pavorosos problemas de corrupción de un país atrasado en sus regiones interiores y de una población rural explotada por funcionarios sin escrúpulos que actúan en nombre del PCCh, aplicando el anacrónico centralismo leninista que preside su funcionamiento.

Tras casi 30 años de crecimiento ininterrumpido, con tasas del 10%, el milagro económico plantea numerosos interrogantes, como corresponde a un capitalismo desenfrenado sin controles sociales eficaces, con los salarios en alza y el petróleo por las nubes. El catálogo de los males no puede ser exhaustivo, pero algunos son inquietantes: las discrepancias en el ritmo de desarrollo regional, el abismo creciente entre ricos y pobres, el envejecimiento acelerado de la población, el peso de la corrupción (10 % del gasto público) y el desastre ecológico, según confirman las draconianas medidas adoptadas en Pekín para evitar la asfixia de los atletas.

Los pronósticos de los futurólogos norteamericanos oscilan entre la euforia mezclada con el temor competitivo y el más oscuro pesimismo. Unos creen que la economía china superará a la de EEUU hacia el 2035, porque el desarrollo proseguirá respaldado tanto por la fortaleza de la demanda interna cuanto por la habilidosa política monetaria. Otros calculan que, después de tantos años de bonanza, una corrección profunda será inexorable en breve y acarreará graves tensiones que pondrían a prueba los delicados equilibrios del sistema político y las premisas de la globalización imprescindibles para la buena marcha de la fábrica del mundo.

El poder omnímodo del PCCh, el partido más numeroso del mundo (75 millones de adherentes), no ofrece, por el momento, síntomas de agotamiento ni de tensiones incoercibles, sino que se envanece de su “dinámica estabilidad”, según la jerga oficial. Los desarrollistas pragmáticos fieles al expresidente Jiang Zemin conviven con otro sector en alza, encabezado por el presidente Hu Jintao, que expresa sus inquietudes sociales ante una carrera desbocada. Ambas coaliciones, como corresponde a la teoría de un país dos sistemas, comparten la creencia de que la clase media en auge se mantendrá alejada de la política directa mientras siga enriqueciéndose.

LOS GRANDES del mundo, con Bush a la cabeza, acuden a Pekín para asistir a la consagración de un cliente importante y de una dictadura falazmente comunista a la que pretenden convertir en socio respetable y previsible, pero que hasta ahora replicó con un nacionalismo puntilloso, represivo sin complejos, o en connivencia con algunos personajes poco recomendables como el presidente iraní o los sátrapas de Sudán o Zimbabue. Poco importa el informe demoledor de Amnistía Internacional sobre los derechos humanos, cuya situación se degradó pese a los JJOO, o las quejas de las ONG sobre “la capitulación o la puñalada por la espalda asestada a la disidencia”.

No es cierto que los intereses de las democracias coincidan con los del nuevo Imperio del Medio, pero no solo los pingües negocios mitigan los escrúpulos occidentales. Como Nixon y Kissinger en 1972, los líderes realistas consideran que un estallido de China reavivaría su tendencia a la fragmentación y tendría consecuencias nefastas para todo el mundo ahora que el peso de la historia gravita sobre el Pacífico.

jueves, agosto 07, 2008

El complejo poético-militar

Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno y autor, entre otros libros, de Irak. La tetera prestada. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 07/08/08):

Radovan Karadzic, el líder serbobosnio responsable de la terrible limpieza étnica en la guerra de la antigua Yugoslavia, está, por fin, detenido. Ahora es el momento de alejarse un poco y examinar la otra faceta de su personalidad: psiquiatra de profesión, no sólo era un jefe político y militar implacable y despiadado, sino también un poeta. Y no debemos despreciar su poesía ni considerarla ridícula; merece una lectura detallada, porque ofrece la clave para entender cómo funciona la limpieza étnica. He aquí los primeros versos de un poema sin título que se identifica por su dedicatoria, “… Para Izlet Sarajlic”: “Convertíos a mi nueva fe, muchedumbre. / Os ofrezco lo que nadie ha ofrecido antes. / Os ofrezco inclemencia y vino. / El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol. / Pueblo, nada está prohibido en mi fe. / Se ama y se bebe. / Y se mira al Sol todo lo que uno quiera. / Y este dios no os prohíbe nada. / Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre”.

Estos versos describen una constelación precisa: el llamamiento obsceno y brutal a suspender todas las prohibiciones y disfrutar de una orgía permanente destructiva. El nombre que da Freud a ese dios que “no os prohíbe nada” es el superego, y ese concepto es crucial para entender la suspensión de las prohibiciones morales en la violencia étnica actual. Aquí hay que dar la vuelta al cliché de que la identificación étnica apasionada restablece un firme sistema de valores y creencias en la confusa inseguridad de la sociedad mundial laica de hoy: el fundamentalismo étnico se apoya en un secreto, apenas disimulado, “¡Podéis!”. La sociedad posmoderna y reflexiva actual, aparentemente hedonista y permisiva, es paradójicamente la que está cada vez más saturada de normas y reglas que supuestamente están orientadas a nuestro bienestar (restricciones a la hora de fumar y comer, normas contra el acoso sexual…), de modo que la referencia a una identificación étnica apasionada, en vez de contenernos, sirve de llamamiento liberador: “¡Podéis!”. Podéis infringir las estrictas normas de la convivencia pacífica en una sociedad tolerante y liberal, podéis beber y comer lo que queráis, asumir costumbres patriarcales que la corrección política liberal prohíbe, incluso odiar, luchar, matar y violar… Sin reconocer plenamente este efecto pseudoliberador del nacionalismo actual, estamos condenados a no poder comprender su verdadera dinámica. He aquí cómo describe Aleksandar Tijanic, un destacado periodista serbio que, durante un breve periodo, llegó a ser ministro de información y medios públicos de Milosevic, “la extraña simbiosis entre Milosevic y los serbios”:

“Milosevic resulta apropiadopara los serbios. Durante su gobierno, los serbios abolieron las horas de trabajo. Nadie hace nada. Permitió que florecieran el mercado negro y el contrabando. Se puede aparecer en la televisión estatal e insultar a Blair, Clinton, o cualquier otro de los ‘dignatarios mundiales’. Además, Milosevic nos otorgó el derecho a llevar armas. Nos dio derecho a resolver todos nuestros problemas con armas. Nos dio también el derecho a conducir coches robados. Milosevic convirtió la vida diaria de los serbios en una gran fiesta y nos permitió sentirnos como estudiantes de bachillerato en un viaje de fin de curso; es decir, que nada, pero verdaderamente nada de lo que hacíamos se castigaba”.

¿Dónde se concibió inicialmente este sueño de una orgía destructiva? Aquí nos aguarda una sorpresa desagradable: el sueño de la limpieza étnica lo formularon, hace muchos años, los poetas. En su Fenomenología del espíritu, Hegel menciona “el silencioso tejido del espíritu”: la labor subterránea que va cambiando las coordinadas ideológicas, de forma invisible, en su mayoría, hasta que de pronto estalla y sorprende a todo el mundo. Es lo que ocurrió en Yugoslavia durante los años setenta y ochenta, de forma que, cuando las cosas estallaron a finales de los ochenta, ya era demasiado tarde, el viejo consenso ideológico estaba totalmente podrido y se desintegró por sí solo. En los años setenta y ochenta, Yugoslavia era como el personaje de dibujos animados que llega al borde de un precipicio y continúa andando por el aire; sólo se cae cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que no tiene tierra firme bajo sus pies. Milosevic fue el primero que nos obligó a mirar hacia abajo, hacia el precipicio… Si la definición corriente de guerra es la de “una continuación de la política por otros medios”, entonces podemos decir que el hecho de que Karadzic sea poeta no es una mera coincidencia gratuita: la limpieza étnica en Bosnia fue la continuación de una (especie de) poesía por otros medios.

Platón ha visto dañada su reputación porque dijo que había que expulsar a los poetas de la ciudad; un consejo bastante sensato, a juzgar por esta experiencia post-yugoslava en la que los peligrosos sueños de los poetas prepararon el camino para la limpieza étnica. Es verdad que Milosevic “manipuló” las pasiones nacionalistas, pero fueron los poetas los que le proporcionaron la materia que se prestaba a la manipulación. Ellos -los poetas sinceros, no los políticos corruptos- estuvieron en el origen de todo cuando, en los años setenta y primeros ochenta, empezaron a sembrar las semillas de un nacionalismo agresivo no sólo en Serbia, sino también en otras repúblicas yugoslavas. En vez del complejo industrial-militar, en la post-Yugoslavia nos encontramos con el complejo poético-militar, personificado en las dos figuras de Radovan Karadzic y Ratko Mladic.

Para evitar creer que el complejo poético-militar es una especialidad de los Balcanes, habría que mencionar por lo menos a Hassan Ngeze, el Karadzic de Ruanda, que, en su periódico Kangura, difundía de forma sistemática el odio contra los tutsis y hacía llamamientos al genocidio. Y es demasiado facilón despreciar a Karadzic y compañía y decir que son malos poetas: otras naciones ex yugoslavas (y la propia Serbia) tuvieron poetas y escritores reconocidos como “grandes” y “auténticos” que también se involucraron de lleno en proyectos nacionalistas. ¿Y qué decir del austriaco Peter Handke, un clásico de la literatura contemporánea europea, que asistió de forma muy sentida al funeral de Slobodan Milosevic?

El predominio de la violencia de justificación religiosa (o étnica) puede explicarse por el hecho de que vivimos en una era que se considera a sí misma post-ideológica. Como ya no es posible movilizar grandes causas públicas en defensa de la violencia de masas, es decir, la guerra, como nuestra ideología hegemónica nos invita a disfrutar de la vida y realizarnos, a la mayoría le resulta difícil superar su repugnancia a torturar y matar a otro ser humano. Las personas, en general, se atienen de forma espontánea a unos principios morales y matar a otra persona les resulta profundamente traumático. Por eso, para lograr que lo hagan, es necesario hacer referencia a una Causa superior que haga que las pequeñas preocupaciones por el hecho de matar parezcan una nimiedad. La religión y la pertenencia étnica desempeñan ese papel a la perfección. Por supuesto, hay casos de ateos patológicos que son capaces de cometer asesinatos de masas por placer, simplemente porque sí, pero son excepciones. La mayoría necesita que anestesien su sensibilidad elemental ante el sufrimiento de otros. Y para eso hace falta una causa sagrada.

India y China: sueños y pesadillas

Por David Seaton, analista político (EL MUNDO, 07/08/08):

El mayor problema que habrá de afrontar el mundo en los próximos años será, con toda probabilidad, el de encontrar espacio, alimento, aire y energía suficiente para la población de China e India, dos potencias emergentes que en los últimos años han iniciado una importantísima estrategia exterior para hacerse con todo esto a través de grandes sumas de dinero contante y sonante, en efectivo.

Estamos muy cerca de averiguar si el actual sistema económico mundial, que tantas riquezas nos ha proporcionado hasta ahora, está preparado para soportar que los ciudadanos chinos y los indios accedan a vivir igual de bien que nosotros, los occidentales, o incluso para el simple hecho de que sueñen con llegar a vivir así. Sus problemas sociales y políticos ya no son temas sobre los que de cuando en cuando leemos artículos en la revista National Geographic; no, se trata de asuntos que afectan, directamente, a nuestra vida diaria.

Hace poco menos de 200 años, China aportaba alrededor de un tercio de la producción mundial, e India, un 16%. En aquellos tiempos, Europa aportaba un 17% y Estados Unidos -que, evidentemente, estaba muy lejos de ser la superpotencia que es hoy en día- menos del 2%. En 1950, la proporción de EEUU había subido ya al 27%, mientras que la aportación a la producción global de China había caído al 5%, cifra similar a la de India, con un 4%.

Hoy la globalización ha cambiado este panorama. En lugar de limitarse simplemente a proporcionar materias primas y mercados cautivos para nuestros fabricantes, China e India han llegado a integrarse en un continuo con las economías occidentales, y centenares de millones de sus ciudadanos forman parte de una clase media universal.

Ante esta situación, la pregunta clave es: ¿habrá petróleo suficiente en el planeta para llenar los depósitos de India y China cuando dispongan de tantos automóviles per cápita como EEUU o Europa? ¿Habrá aire suficiente en el planeta para respirar cuando todos esos automóviles echen los gases de sus escapes a la atmósfera? ¿Habrá cereales suficientes en el planeta para alimentar a todos los cerdos que se pueda comer la clase media china? ¿Habrá agua suficiente en el planeta para regar esos cereales y todos los cultivos necesarios para alimentar a tantísima gente?

En estos momentos notamos como nunca el despertar de Asia en la subida de los precios de la energía y los alimentos, pero no ha de transcurrir mucho tiempo sin que se haga notar también su enorme potencial humano. El tamaño importa. Como expresaba recientemente un agudo observador: «Si es usted uno entre un millón, resulta que en China o India hay hasta 1.000 como usted». Pese a que este tipo de datos apenas trasciendan a los medios, los estudiantes ya tienen más matrículas de honor en China o en India que las del número global de alumnos en Estados Unidos.

Ahora bien, a pesar de las similitudes en tamaño y talento, India y China presentan problemas enormemente diferentes. China es un régimen autoritario e India es una democracia pero, paradójicamente, China tiene una tasa de alfabetización de adultos del 90,9%, según la UNESCO, mientras que en India sólo un 61,3% de la población es capaz de leer y escribir. En cuanto a la esperanza de vida, en India es de 64 años, mientras que en China alcanza los 73.

En contradicción con el hecho de ser «la democracia más grande del mundo», la nueva prosperidad de India depende por completo de una -en proporción- minúscula elite de científicos, economistas e ingenieros informáticos. Mientras aproximadamente 100 millones de indios gozan de un estilo de vida comparable al de los europeos occidentales, 300 millones de sus compatriotas viven con menos de un dólar estadounidense al día. En China ya sólo se encuentran en esta última situación 85 millones de personas, con una población total mayor a la de su vecino del sur. En India, el 45% de los niños por debajo de los cinco años padece desnutrición, y más de la mitad de la población vive todavía en zonas rurales. Empujados por unos precios de los alimentos y de la energía que no dejan de subir, las enormes masas rurales y analfabetas de India -con derecho a voto, eso sí- viven resentidas e inquietas.

He aquí un síntoma del tremendo abismo existente entre los nuevos ricos y los pobres de toda la vida. Y otra paradoja más: mientras en China Mao Tse Tung sólo pervive en la cara de las monedas, en más de la cuarta parte del territorio indio hay guerrillas maoístas activas, cada vez más eficaces, del mismo tipo que las que recientemente se han hecho con el poder en el vecino Nepal. El maoísmo, según el primer ministro indio Manmohan Singh, es el principal problema de seguridad interna al que jamás se haya enfrentado el país.

Con la subida de los precios de los alimentos y de la energía, la agitación revolucionaria podría acabar llevando a millones de indios, con una capacitación profesional magnífica y perfecto dominio del inglés, al mercado de empleo occidental. Los miembros de la nueva clase media nativa de India pueden convertirse en los nuevos británicos obligados a huir de su país. Y una huida de esas características supondría el muro de Berlín de la globalización.

El Partido Chino manipula a Occidente

Por Guy Sorman (ABC, 07/08/08):

EL Partido Comunista Chino cuenta con una gran ventaja respecto a los dirigentes occidentales: tiene una estrategia clara, sabe adónde se dirige, lo hace con determinación y, a falta de democracia interna, nadie en China está en condiciones de oponérsele. Los Juegos Olímpicos de Pekín se enmarcan en esta estrategia. En cambio, los occidentales están divididos, indecisos, perplejos, subyugados por los chinos y, a la vez, preocupados por sus ambiciones. Los occidentales también están desmoralizados, menos seguros de personificar valores universales que en la época de la lucha contra la Unión Soviética; dudan en contraponer a los comunistas chinos los principios de la democracia y los derechos humanos. Es cierto que, si continuamos esta comparación con la Unión Soviética de antaño, China parece menos peligrosa: no está movida por el deseo de conquistar el mundo y no intenta difundir su ideología interna más allá de sus fronteras.

Por último, China es un buen negocio para los occidentales, una cantera de mano de obra barata y de beneficios. Los dirigentes chinos, que han estudiado atentamente cómo funcionan las élites occidentales, incluso los medios de comunicación, han llegado a ser hábiles a la hora de seducir, convencer y también corromper: apenas cruzan la frontera, la mayoría de los visitantes occidentales de China pierden cualquier sentido crítico. La habilidad china ante esta renuncia moral de Occidente explica cómo y por qué Pekín ha conseguido los Juegos Olímpicos con el intercambio de vagas promesas no mantenidas sobre la democratización de China. Los periodistas, estupefactos, descubren que no pueden trabajar libremente. Pero es demasiado tarde para quejarse: ¿habían creído por un instante que el Partido Comunista Chino mantendría sus promesas?

Los dirigentes chinos saben que los periodistas occidentales no boicotearán los Juegos Olímpicos por tan poco: les costaría más marcharse que quedarse. El Comité Olímpico Internacional está igualmente cogido en la trampa. Los dirigentes occidentales también. Una trampa que ha funcionado perfectamente después de la revuelta de los tibetanos. Recordamos que Nicolás Sarkozy, en nombre de la Unión Europea, supeditó su presencia en la apertura de los Juegos a las negociaciones con el Dalai Lama. Inmediatamente, el Partido Comunista aceptó fingir que negociaba, amenazando al mismo tiempo a Francia con cancelar algunos contratos de compra de centrales nucleares: la Unión Europea que preside Sarkozy cedió de plano, lo cual era previsible, puesto que Occidente no tiene ni principios ni estrategia.

Los chinos saben también que la indignación de los occidentales es siempre breve: desde principios de 2008, las detenciones masivas de disidentes tibetanos, de intelectuales demócratas, de periodistas atrevidos y de abogados independientes sólo suscitan en Occidente pequeñas arremetidas que se aplacan en unos días. Después del terremoto de Sichuan, Europa se asombró de que, de repente, las organizaciones humanitarias y los medios de comunicación pudieran acceder a las regiones siniestradas: algunos ya anunciaban el deshielo de la dictadura. Luego, la policía china encarceló a los padres que se atrevían a protestar en Internet contra los defectos de construcción de las escuelas donde murieron sus hijos. Aquí ya se había pasado a otra cosa.

Así, en un Pekín censurado, dividido en zonas por la policía y vaciado de gran parte de sus habitantes, los Juegos deberían aportar al Partido Comunista lo que espera. ¿Pero qué espera? ¿Cuál es esta estrategia china? Se puede describir por medio de dos sencillas características: la revancha y el poder. Revancha, en primer lugar, contra la humillación sufrida por el Imperio chino desde su semicolonización por parte de Occidente en el siglo XIX. Al obligar a los dignatarios occidentales a asistir a los Juegos Olímpicos, controlados también claramente por el Partido, el Partido tiene la sensación de que recupera su honor. Por la misma razón, en las negociaciones internacionales, ya se trate de Irán, Sudán o la Organización Mundial del Comercio, China es el Imperio que dice no.

La otra característica es la ostentación de poder que pregonan los monumentos olímpicos, más dirigida al resto del mundo que al pueblo chino: el aeropuerto más grande, el estadio más grande, la autopista más grande. En comparación, los equipamientos olímpicos de Berlín en 1936 parecen raquíticos.

¿Se podría decir que China ha ganado los Juegos Olímpicos antes de su apertura? De hecho, ya se ha demostrado que los occidentales no tienen ni la voluntad, ni la capacidad, de influir sobre la estrategia china. ¿Deberíamos preocuparnos por esta pasividad de Occidente? En realidad, que los chinos quieran restaurar su honra y desarrollar su economía no tiene nada de extraño: son sentimientos legítimos. Pero al mismo tiempo, Occidente abdica de sus principios democráticos y tolera que 1.000 millones de seres humanos se vean privados de libertad porque son chinos: para Occidente, es un fracaso intelectual fundamental. Por otra parte, no habría que preocuparse por el desarrollo económico de China sino por la constitución de una potencia militar en manos de una camarilla comunista que nadie controla en la propia China. ¿Cuál será la ambición definitiva de un Partido Comunista armado? Lo ignoramos, porque los regímenes despóticos son indescifrables.

Queda lo imprevisible que surge en los regímenes totalitarios: en ellos, las sorpresas se desencadenan generalmente desde dentro.

¿Qué pasará por la mente de todos los chinos que vean los Juegos en la televisión? ¿Estarán orgullosos de sus atletas? ¿O estarán indignados por los fondos invertidos en los monumentos de Pekín? ¿Van a comparar éstos con su cuchitril en el campo, con sus modestos pisos en la ciudad, con el lamentable estado de sus escuelas, con la falta de hospitales? ¿Acallará la exaltación nacional el creciente resentimiento del pueblo contra los dirigentes del Partido?

Además, por tradición, los chinos son más individualistas que patriotas: ¿les importa realmente que George Bush y Nicolás Sarkozy vengan a inclinarse ante el presidente comunista? En toda China, se comprueba que gana la agitación, que estallan rebeliones y que Internet propaga el descontento. Precisamente porque su situación económica mejora, hay más chinos que constatan la creciente desigualdad entre los privilegiados del régimen y los humildes. Así pues, no podemos saber ni prever si los Juegos Olímpicos consagrarán el triunfo de una ideología, como los de Berlín en 1936, o el crepúsculo de una dictadura, como los de Seúl en 1988. A pesar de todo, Pekín está más cerca de Seúl que de Berlín.

Terrorismo en los Juegos

Por Pedro Baños Bajo, teniente coronel y profesor de Estrategia y Relaciones Internacionales en la Escuela Superior de las FF. ARMADAS (EL CORREO DIGITAL, 07/08/08):

A las 37 disciplinas olímpicas de los 28 deportes que participarán oficialmente en los vigésimo novenos Juegos Olímpicos les ha salido un duro competidor. El terrorismo aspira también a llevarse su medalla, al menos la del protagonismo. Así lo demuestra el atentado del pasado lunes, que costó la vida a 16 policías armados en las inmediaciones de Kashgar, en la región autónoma de Xinjiang. Para los atletas del terror, dar publicidad a su causa, por irracional que sea, constituye una de sus máximas, si no la principal. Y qué mejor ocasión que el evento internacional más importante que se celebra cada cuatro años, cuando se espera que mil millones de personas vean las transmisiones; es decir, la práctica totalidad de la población mundial mayor de 14 años.

Sin duda, y como todos los expertos esperaban, los más extremistas activistas uigures, los más fundamentalistas de los musulmanes que habitan al noroeste de China, han demostrado con este condenable atentado que no van a dejar pasar la oportunidad de tratar de interferir en los Juegos Olímpicos. Miembros de los principales grupos, como el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (MITO), desde 2002 en la lista de EE UU y de China de organizaciones terroristas, o el Partido Islámico del Turkestán buscarán que el mundo vuelva sus ojos a sus ansias de independizar el por ellos llamado Turkestán del Este, y a su objetivo a más largo plazo de formar un imperio islámico en Asia.

Para los uigures, no es tan difícil cometer un atentado en su feudo de la remota ciudad de Kashgar, antiguo oasis de la Ruta de la Seda, con más de 300 mezquitas y seis enormes madrashas, adonde acuden cientos de estudiantes de numerosas partes del mundo islámico. Pero otra cosa muy distinta es intentarlo en las sedes de los Juegos. Los terroristas se encuentran con un contrincante que no les concede el más mínimo respiro. China está empeñada en aguarles la fiesta, y no escatima ningún medio ni procedimiento para ello. De los casi 30.000 millones de euros que le va a costar a Pekín la realización de las Olimpiadas, buena parte los ha dedicado a poner en marcha el más impresionante dispositivo de seguridad jamás visto en la historia en tiempo de paz. Sólo en la capital, el monto puede llegar a los 4.500 millones.

Aunque atentados de pocos efectos materiales nunca pueden ser completamente descartables, Pekín se ha curado en salud y ha aplicado medidas tan extremas que el efecto disuasorio parece estar completamente conseguido. Que se haya producido un atentado a 3.400 kilómetros de distancia de la capital del país no es para estremecerse ni para pensar que la seguridad de las siete ciudades sedes de las competiciones, ni sus 36 recintos deportivos y 59 centros de entrenamiento, puedan verse directamente afectados. A ello se une que la hipotética voluntad de los terroristas uigures de atentar para causar el pánico y aprovechar el inmenso efecto propagandístico queda frustrada por la realidad de sus escasos medios y recursos humanos. En el último atentado, los policías militares fueron atacados con bombas de rudimentaria fabricación y rematados con cuchillos. Los terroristas fueron inmediatamente capturados, lo que da idea de sus grandes limitaciones, su personal deficientemente entrenado y la carencia de infraestructura sólida.

Por el contrario, la extrema seguridad gubernamental va desde la instalación de misiles tierra-aire HQ-7 en las inmediaciones de los principales estadios hasta que todos los musulmanes sean permanentemente vigilados en las grandes ciudades. A ello se suman decenas de miles de cámaras de seguridad que controlan los lugares públicos, desde las calles a los cafés y restaurantes. Conectadas a los más sofisticados sistemas de análisis de imágenes, alertan sobre la presencia de personas buscadas. A los más de 100.000 policías, se han unido 34.000 militares, dotados de 74 aviones, 47 helicópteros y 33 barcos de guerra, con capacidades para actuar de inmediato ante un incidente nuclear, químico o biológico. Al tiempo que cientos de miles de ciudadanos voluntarios, identificados con un brazalete rojo, patrullarán las calles para evitar que pueda realizarse la más mínima acción contraria a la finalidad deportiva. Todo preparado para que nada pueda perturbar la tranquilidad de los más de 10.000 deportistas y de los cientos de miles de asistentes a los 302 eventos previstos.

Pero, curiosamente, quizás el jugador que más en peligro puede poner la normal realización de los eventos deportivos y dañar la imagen de China no sea el terrorismo uigur o Al-Qaida. De producirse un brutal atentado, la comunidad internacional difícilmente podría culpar a Pekín. Lo más probable es que el país anfitrión saliera fortalecido y defendido por la mayoría de los ciudadanos del mundo. Sin embargo, actividades mucho más pacíficas, que evitaran intencionadamente la violencia buscando provocar reacciones extremas de las autoridades chinas, tendrían graves consecuencias si no se acierta a gestionarlas debidamente. Efectuadas por los actualmente prestigiados monjes tibetanos y sus cada vez más seguidores, por miembros del movimiento espiritual Falun Gong o por aquellos que pretenden acelerar el proceso aperturista y democratizador del país, conseguirían de modo no violento mayores objetivos que los siempre posibles atentados terroristas. Y contra ellos de nada servirían todos los medios policiales y militares del mundo. Su única arma serían los medios de comunicación y las conciencias de los ciudadanos de la comunidad internacional, algo para lo que es muy probable que los chinos todavía no hayan encontrado defensa eficaz.

Blinded By the Firewall

By John Kamm, founder and executive director of the Dui Hua Foundation, a San Francisco human rights group (THE WASHINGTON POST, 07/08/08):

The Chinese people, it seems, are among the most satisfied on Earth. More than 80 percent told the Pew Research Center that they are satisfied with the country’s economy and overall direction, and 65 percent think the government is doing a good job. Ninety-six percent think the Olympics will be a success, and 93 percent believe the Games will improve the country’s image. Three-quarters think China will win the most gold medals. Even accounting for distortions that arise in polling in authoritarian states, the numbers are impressive: China is brimming with optimism.

Three in four Chinese think the world likes China, while only one in 10 thinks foreigners don’t like the country. More than 80 percent believe China takes other countries’ interests into account when formulating foreign policy. Just 3 percent think China’s economic growth has a negative effect on other countries. Only 1 percent knew a lot about the recall of Chinese products for quality and safety reasons.

Pew’s Global Attitudes Survey of public opinion in 24 countries, released in June, makes clear that international opinion toward China is very different from what people in China think it is.

Excluding results from China, the mean “favorable” rating for China in 21 countries for which tracking data are available is 46 percent, and in 15 of these countries China’s favorability rating declined this year from last. Also in 15 countries, more people believe that China exerts a bad influence on their country than think it exerts a good influence. Across all countries in the poll, only 30 percent believe China takes the interests of other countries into account. Knowledge of problems with Chinese products is widespread.

Other polls reveal a similar disconnect between how the Chinese think the world views China and how other countries actually view it. A recent BBC survey found that 90 percent of Chinese believe China’s global influence is positive. The average opinion in the 23 countries for which tracking data is available was 47 percent.

Essentially, the people of China think twice as many people in the world like their country as actually do. This isn’t a gap; it’s a chasm. And the information bubble around the Chinese people explains a lot.

Consider the Chinese reaction to the Olympic torch protests this spring. More shock than anger, the sentiment underlying the people’s responses was clear: How could foreigners behave so badly toward a country as loved and respected as China? An official from the Chinese Ministry of Foreign Affairs mournfully told me after the London and Paris protests in April: “China is smiling at the world, but the world is not smiling back.” She stressed how hurt the feelings of the Chinese people were by protests of Beijing’s human rights practices and its policy toward Tibet. Yet polling before the protests found widespread disapproval of Chinese policies toward Tibet in countries as diverse as India, South Korea, the United States and Germany.

The empty Beijing hotel rooms and the lower-than-usual interest in the Games outside China are attributable to more than the strict visa policies and security measures that have discouraged travel to Beijing. A year ago, an NBC News-Wall Street Journal poll found that two-thirds of Americans surveyed had little or no interest in attending the Games. China’s image (which was not helped by its decision this week to revoke the visa of Olympian Joey Cheek) could affect the size of the international TV audience for the Games. The people in developed countries who think it was a mistake to award the Olympics to Beijing (43 percent of Americans, vs. 41 percent who told Pew it was the correct decision) are less likely to watch.

The fact that the Chinese people think the world loves China helps explain why it is so difficult to persuade Beijing to address human rights and other issues. The Chinese people, after all, see no need for changes to improve the country’s image. In contrast, polls have shown that Americans are aware that the United States’ image overseas has been badly damaged in recent years, and there is widespread agreement that work must be done to improve that image. In China, the Communist Party controls most of the information to which people have access, and that information does not include material showing how unpopular the country has become.

If the Chinese eventually come to understand how the world sees their country, they will ask why its image is so poor. They will learn, then, that there is concern about China’s economic growth and its impact on Western jobs and on the environment, as well as concern about China’s military expansion.

But most striking to the average Chinese may be the widely held view that their government does not respect personal freedoms. Majorities in 12 of 23 countries (including all of the top medal winners in the Athens Games except Russia) believe the Chinese government does not respect individual rights. In 10 countries, at least two-thirds hold that opinion. Only in four countries do a majority think the Chinese government respects personal freedoms.

It is not known whether the Chinese people think their government respects human rights: Pew wasn’t allowed to ask this question in China.

¿Por qué la salud es de pago en EE UU?

Por Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas en la Universidad Pompeu Fabra, España, y profesor de Políticas Públicas y Sociales en la Johns Hopkins University, Estados Unidos (EL PAÍS, 06/08/08):

El proceso de las primarias de los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos que termina este agosto ha sido presentado por gran número de comentaristas que escriben en las páginas de opinión de medios de información españoles como un indicador de la vitalidad, madurez y calidad democrática de aquel país. Ni que decir tiene que tal proceso ofrece muchas enseñanzas positivas que explican que se haya convertido en un punto de referencia internacional. Varios partidos en España y en Europa han introducido prácticas de gobierno interno claramente inspiradas en las primarias de los partidos mayoritarios estadounidenses.

Ahora bien, en el análisis de aquella experiencia de Estados Unidos hay dos hechos que no reciben suficiente atención crítica. Uno es que el sistema electoral no es proporcional, sino mayoritario. Es decir, el número de escaños que se asignan a un partido no es proporcional al número de votos que recibe. El sistema electoral favorece el bipartidismo, el cual requiere unas primarias que permitan conocer la fuerza de las distintas sensibilidades existentes en cada partido. En un sistema proporcional, tales sensibilidades probablemente serían partidos políticos.

El otro hecho que merece subrayarse y que disminuye la calidad democrática de las primarias (y de cualquier proceso electoral en Estados Unidos) es la financiación primordialmente privada del proceso. Los candidatos requieren grandes cantidades de dinero para tener acceso a los medios de información, de los cuales los medios televisivos son los más importantes. Las televisiones, todas ellas privadas, venden su espacio al mejor postor, sin límites y sin estar sujetas a ningún tipo de regulación en cuanto al contenido, al espacio o al tiempo de exposición.

Así, antes de comenzar la campaña de las primarias del Partido Demócrata, los dos candidatos más importantes, Barack Obama y Hillary Clinton, tenían ya recogidos más de 100 millones de dólares que provenían en gran parte de empresas financieras (como la banca y las compañías de seguros), empresas comerciales (como cadenas de supermercados), empresas manufactureras (como la industria farmacéutica), asociaciones profesionales (como la Asociación Médica Americana) y otros intereses económicos y profesionales (conocidos todos ellos en el lenguaje popular como componentes de lo que se llama en Estados Unidos la Corporate Class). Tales fondos proceden también de aportaciones de personas que pertenecen sobre todo al 40% de renta superior del país. Esta privatización en la financiación del sistema electoral discrimina a aquellos candidatos -en su mayoría voces críticas del sistema económico y político, con sensibilidad de izquierdas o centro-izquierda, tales como Kucinich y Edwards- que no pudieron conseguir fondos de la Corporate Class, y por lo tanto tienen muchas menos posibilidades de acceder al público.

Esta privatización del sistema electoral tiene enormes repercusiones en la configuración de las políticas públicas de los candidatos, incluidas las políticas que configuran el escasamente desarrollado Estado de bienestar. Un ejemplo de ello es la sanidad. El hecho de que los candidatos más importantes en las primarias de ambos partidos recibieran fondos de las compañías de seguros sanitarios privados (525.188 dólares Hillary Clinton, 414.863 Barack Obama y 274.729 John McCain), explica que ninguno de ellos haya propuesto una financiación pública del sistema sanitario que se caracteriza por una financiación privada gestionada por tales compañías de seguros. El aseguramiento privado es la forma más común de financiación de la atención sanitaria y se realiza bien mediante las aportaciones de los empleadores y de los empleados de las empresas a las compañías de seguros (que contratan la provisión de servicios con las instituciones sanitarias mayoritariamente privadas) o bien individualmente, siendo en este último caso difícil conseguir tal aseguramiento cuando la persona tiene una enfermedad crónica. El Gobierno Federal financia el aseguramiento sanitario de los ancianos, cubriendo cerca del 50% de sus gastos sanitarios.

Tal sistema es enormemente costoso. Estados Unidos se gasta un 16% del PIB en sanidad, calculándose que alcanzará el 20% en 10 años. Como contraste, España se gasta el 5,8% del PIB en sanidad pública, ofreciendo cobertura sanitaria completa a todos sus ciudadanos, y garantizando el derecho humano de tener acceso a los servicios sanitarios en tiempo de necesidad, un derecho no existente en aquel país.

Cuarenta y siete millones de habitantes no tienen ninguna cobertura sanitaria y no son suficientemente pobres para beneficiarse del programa federal Medicaid, un programa para personas pobres que es financiado conjuntamente con los Estados, y que atiende a menos del 20% de la población que se llama “indigente médica” (es decir, que no pueden pagar sus facturas médicas), porcentaje que varía de Estado a Estado, pues son los Estados los que definen el nivel de indigencia médica. Según el doctor David Himmelstein, profesor de Health Policy de la Universidad de Harvard, más de 100.000 personas mueren al año por no poder tener acceso a los servicios sanitarios por causas económicas. Esta dificultad para pagar las pólizas de seguros, copagos y facturas médicas es un problema generalizado y alcanza dimensiones de gran dramatismo humano: el 48% de las personas con una enfermedad terminal expresó en una encuesta reciente que estaba preocupado de cómo ellas o sus familiares pagarían sus facturas médicas. La imposibilidad de pagar las facturas médicas es la primera causa de bancarrota de las familias estadounidenses.

No hay duda de que Estados Unidos tiene excelentes centros médicos y la calidad del personal sanitario es elevada. Pero la inseguridad que crea en la población tal sistema de aseguramiento y financiación privada, su gran carestía y su enorme ineficiencia (el 28% del gasto sanitario total lo absorbe la Administración del sistema) es la causa del gran descontento de la población hacia la organización y financiación del sistema sanitario. El 69% de la población está insatisfecha con la financiación de la atención sanitaria (la población estadounidense es la población de la OCDE que está más descontenta con su sistema sanitario), lo cual explica que la reforma sanitaria se haya convertido en uno de los temas más importantes en las campañas de las primarias y presidenciales (para mayor detalle de las propuestas de los candidatos, ver www.vnavarro.org, sección Estados Unidos).

En respuesta a esta insatisfacción, los candidatos están proponiendo políticas públicas que respondan a esta demanda de cambio. En realidad, el 62% de la población desea que el Gobierno Federal garantice el derecho de acceso a los servicios sanitarios a través de una financiación pública, tal como existe en la gran mayoría de países de la UE-15. Pero ninguno de los candidatos está haciendo propuestas que permitan alcanzar tal deseo. Y ello se debe a la enorme influencia que los grupos económicos, financieros y profesionales que dominan el sector tienen en la vida política, como consecuencia de la privatización del sistema electoral. Una influencia de la que la mayoría de la población es consciente y que explica la animadversión que gran parte de la población tiene hacia la clase política (un 74% de la población señala que el Congreso de Estados Unidos no representa sus intereses).

De ahí que todos los candidatos, Obama, Clinton e incluso McCain, se tuvieran que presentar durante las primarias como anti Washington (el centro de la clase política) y anti Corporate Class, siendo Barack Obama el que más se ha beneficiado de este sentimiento popular al haber estado en Washington sólo un par de años y haber expresado su oposición a la intervención en Irak cuando Washington apoyó tal medida. Ahora bien, es altamente improbable que en caso de salir presidente (hecho que favorezco), universalice el derecho de acceso a la sanidad por parte de la población, tal como en la práctica ocurre en España y en la mayoría de países de la UE-15. En realidad, una reforma sustancial de la sanidad y de otros servicios del Estado de bienestar estadounidense no tendrá lugar a no ser que haya un cambio muy profundo del sistema electoral.

Turquía: la concordancia es posible

Por Francisco Veiga, profesor de Historia Contemporánea de la Europa Oriental y Turquía en la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 06/08/08):

La decisión del Tribunal Constitucional turco de no ilegalizar al partido del Gobierno es, junto con la detención de Radovan Karadzic, una de las buenas noticias de este verano, y ambas están relacionadas con el intento de retomar el buen pulso del proceso de integración europea. Los agoreros podrán decir que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) sólo se salvó por un voto, pero en realidad, pistas aquí y allá venían indicando que se estaba produciendo algún tipo de acuerdo de Estado para evitar la catástrofe. Además, es muy probable que la discreta mediación de la UE haya sido el mejor bálsamo para tranquilizar los ánimos e incluso para recuperar la confianza en el maltrecho proceso de integración europea en los Balcanes y Anatolia.

Recapitulemos: el pasado mes de abril, el Tribunal Constitucional aceptó la denuncia de la fiscalía turca para poner fuera de la ley al Gobierno democrático del AKP, que dirige Erdogan, por presuntas actividades “antilaicas”. Llevar al extremo la teoría de la supuesta agenda oculta del Gobierno Erdogan para hacer de Turquía una república islámica generó esta situación surrealista.

De hecho, la intentona judicial resultaba suicida, porque Bruselas no le hubiera perdonado a los sectores “laicos”, nacionalistas o ultraderechistas, que desestabilizaran a Turquía justo en este momento, cuando las posibilidades de ingreso del país en la UE empezaban a cobrar impulso. El daño hubiera sido devastador, dado que esos sectores de oposición no presentan un frente unido, no poseen un proyecto político moderno, no podrían llevar a Turquía a la UE y desequilibrarían al país de modo irremisible y durante años.

Mientras tanto, el Gobierno se mantuvo firme y respondió a la presión con la detención de un tinglado de conspiradores de extrema derecha: la denominada red Ergenekon. El mensaje era bien claro: el establishment laico sí poseía una agenda oculta, y no el vilipendiado Gobierno islamista. Pero si bien el contraataque no carecía de lógica, resultaba básicamente inapropiado mantenerlo siquiera a medio plazo. Porque los turcos no tenían por qué ir hacia la autoaniquilación política en nombre de la pugna entre dos estamentos político-sociales que no son tan diferentes entre sí.

Por un lado se nos habla de los “sectores laicos” u “oposición secular” de forma genérica, lo que pretende una identificación con la modernidad y hasta el progresismo. Pero esta oposición también asocia a militares de rancia tradición golpista y a jueces conservadores. En realidad, ese campo (que actualmente abarca en torno al 25 o el 27% de la población) define lo que en muchos países europeos se conoce como la derecha nacionalista, que integra desde posturas centristas hasta actitudes neofascistas. El Partido Republicano del Pueblo, sólo a medias heredero del que fundara en su día Atatürk, ve peligrar su presencia en la Internacional Socialista ante lo que este organismo considera netas posturas nacionalistas y poco más.

El Partido de la Justicia y el Desarrollo, en el Gobierno y con una amplia mayoría parlamentaria, suele ser tildado de “islamista moderado”. En realidad, a la luz de la experiencia política occidental, podría ser definido de forma más precisa como demócrata-islámico, con un perfil ideológico y una base social muy similares a los que en su día tuvieron los demócrata-cristianos europeos. Es evidente que el actual Gobierno no hace feliz a la izquierda turca, y es normal que sea así; pero el problema real reside en el hecho de que en Turquía esa última opción está muy desdibujada.

Por tanto, estamos ante una transición política, y con las consabidas tensiones que implica un relevo, en el cual los que resisten al cambio se aferran a los viejos hábitos de la cultura política en extinción y no tienen apenas proyectos coherentes de futuro. En Turquía la extrema derecha ha llegado a lanzar propuestas de “irse con Rusia” y fantasías panturquistas de similar calado. El golpe militar parece descartado hasta que se redefina la política norteamericana hacia Oriente Medio, y para eso hay que esperar a las elecciones en la gran potencia. Pero lo evidente es que todo ese coro de voces conecta con los lamentos de un estrato social que se hizo con el poder institucional en tiempos del kemalismo clásico y ahora pretende vender caros sus sillones y prebendas. Al otro lado, los que han ido tomando el relevo desde 2002 cuentan con el respaldo de Bruselas, lo cual amarga aún más a la derecha “laica”. Es más que comprensible: tras décadas identificando sus posiciones políticas con la esencia de lo occidental y lo moderno, se encuentran con que la Unión Europea apoya a la democracia islámica del Partido de la Justicia y el Desarrollo. Un amargo trágala.

En cualquier caso, la pugna política es entre una derecha y un centro, “islamista” o lo que se quiera, que es un centro derecha. Lógicamente, ambos estamentos políticos representan cada uno a clases medias diferentes destinadas a converger ¿Es suficiente eso para encarrilar a Turquía?

El objetivo más razonable habría de ser que en ese país se reconfigurara el sistema político y se constituyera un sistema de partidos equilibrado, adaptados a la realidad turca y alejados de nostalgias de épocas que no volverán.