martes, septiembre 02, 2008

El alcance geopolítico de la crisis

Por Sami Naïr, catedrático de Ciencias Políticas (EL PAÍS, 22/08/08):

La mayor parte de los observadores coinciden en pronosticar una crisis de la economía mundial de una amplitud excepcional. Esta crisis no es un accidente: era previsible, dados la ausencia de control de los flujos de capitales, la especulación salvaje y el sistema de bombeo, desde hace años, del ahorro mundial por parte de Estados Unidos.

La globalización feliz, que favorecía a las élites financieras y a las capas más afortunadas en los países ricos, se está acabando. Ahora no es posible seguir viviendo como si el sistema pudiera autocorregirse. En varios países desarrollados, inclusive en Estados Unidos, se habla de la necesidad de regulación de la economía, y el mismo presidente de Estados Unidos tuvo que inyectar dinero, en contradicción flagrante con todas las sacrosantas leyes del liberalismo, para atajar los efectos de la crisis financiera de su país. Ha sido en balde.

Antes que nada, hay que reconocer la existencia de la crisis, no sólo a nivel nacional, sino a escala planetaria. El economista Jacques Attali -ex asesor de François Mitterrand y ahora autor de un informe liberal para Nicolas Sarkozy sobre la economía francesa-, que subestimaba con grandilocuencia la crisis hace unos meses, habla ahora del tsunami que se acerca.

En segundo lugar, reconocer que no se trata sólo de una crisis de financiación, sino que ya toca al corazón mismo de la economía: empresas de construcciones, cadenas de comercialización (último ejemplo en España, Habitat).

Tercero, entender que se trata de una crisis duradera, tal y como el mismo FMI afirma -prevé dos años como mínimo- y que no va a poder solucionarse con las recetas tradicionales del laissez faire liberal, sino que necesita nuevos mecanismos, postiberales, que podrán incluir tanto acciones reguladoras de los tipos de interés, la aceptación por parte de los gobiernos de la necesidad de déficit presupuestarios e incluso en algunos sectores, nacionalizaciones imprescindibles, como ha pasado en Gran Bretaña.

Cuarto, tener claro que esta crisis económica, financiera y de largo alcance, también es una crisis geopolítica que implica la reorganización progresiva de la relación de fuerzas a escala planetaria.

Frente a esta situación, nada sería peor que reaccionar ideológicamente, para proteger una religión económica dada.

Reaccionar a la crisis supone definir de dónde vienen los problemas, y preguntarse a qué escala -nacional, regional, mun-dial- deben darse las respuestas.

Los parámetros fundamentales de la crisis tienen que ver con la manera con la que se ha desarrollado la globalizaciónestas últimas dos décadas: fundamentalmente, es la estrategia financiera adoptada por Estados Unidos, con efectos muy duros sobre todo el mundo, la que ha provocado la crisis, y no, como se suele decir muy superficialmente, la subida de los precios de petróleo o de los productos alimenticios. Estas subidas, reales, son de hecho las consecuencias del encarecimiento de los precios de todos los bienes a nivel mundial, lo que resulta directamente de la exportación de la inflación de Estados Unidos al resto del mundo por no tener una política drástica, como los europeos han impuesto desde mediados de los años noventa, de gestión de los déficit públicos y privados.

El déficit presupuestario estadounidense es abismal: no hay ejemplo comparable en el mundo. Así, en 2009, está previsto que alcance los 482.000 millones de dólares (en torno a los 306.000 millones de euros), más 141.800 millones de dólares para financiar las guerras de Irak y Afganistán. Recordemos que el presupuesto militar de Estados Unidos ha sido, para 2008, de 645.600 millones de dólares, con 503.800 millones de dólares para la financiación de la actividad del Pentágono y de los programas de armas nucleares. Ahora bien, la casi totalidad de estos gastos son financiados por el ahorro mundial, sobre todo por las compras de bonos de Tesoro americano por parte de China, los países del Golfo Pérsico, Japón, los fondos europeos y otros.

La crisis de las subprime de agosto de 2007 desveló de manera particularmente cruel esta política generalizada de endeudamiento de Estados Unidos en detrimento del resto del mundo. Dicho de otra manera, la crisis actual de la economía mundial es, primero, la crisis de la economía estadounidense, a la que daña gravemente, poniendo probablemente fin a la hegemonía económica mundial de Estados Unidos. Este país está ya en recesión, y dados los vínculos de su economía con el resto del mundo, la metástasis es inevitable.

Pero lo radicalmente nuevo es el espacio geopolítico en el que ocurre esta crisis de la economía estadounidense: se desarrolla en el contexto del auge de nuevos polos económicos que Estados Unidos no puede controlar: China, India, Brasil, México y países emergentes de la ASEAN, que están de hecho reorganizando el sistema comercial y productivo planetario. Ahora bien, contrariamente a los japoneses, europeos o países del Golfo -cuyos intereses y posicionamiento en el dispositivo económico internacional son cómplices de los de Estados Unidos-, los países emergentes quieren tener peso en el juego mundial, porque, en la globalización actual, sus ventajas comparativas (sobre todo, la mano de obra barata y la ausencia de políticas sociales) les favorecen. Es el precio del liberalismo mundial cuya característica es la competición a la baja de todo: calidad, sueldos, etcétera.

Todo ello plantea varias preguntas. Primero, es obvio que el sistema económico no puede seguir funcionando con pautas meramente monetarias y especulativas. El debilitamiento duradero del dólar pone en peligro la economía mundial. No es por casualidad que algunos países del Golfo, así como los chinos e inclusive los japoneses, están diversificando sus reservas de divisas, aceptando cada vez más el euro u otras monedas más fiables para sus exportaciones. No quieren ser pagados en moneda falsa. Llegado a este punto, ¿qué sistema monetario necesitaremos en el futuro de un mundo globalizado?

En segundo término, debemos plantearnos nuevos interrogantes, impensables hace sólo dos décadas: ¿cómo se van a insertar estas economías emergentes en el capitalismo del siglo XXI? ¿Qué modelo de hegemonía va a prevalecer con la decadencia progresiva de la dominación occidental sobre la economía mundial? Actualmente, el eje dominante es una alianza conflictiva pero necesaria entre Estados Unidos, Europa, Japón y los países del Golfo. ¿Se va a abrir a China, India, Brasil, México, esta alianza? ¿Cuál va a ser el precio social de la apertura? Y, en caso contrario, ¿cómo van a reaccionar estos nuevos polos de poder?

Más exactamente: Estados Unidos, que necesita más que nunca el apoyo de China y de India para su comercio y sus inversiones internas, ¿mantendrá el eje americano-europeo o va a desplazar su línea de intereses estratégicos hacia los países de Asia?

Son las cuestiones que se plantean en la actualidad en los centros de poder de Estados Unidos, un debate que se analiza también en las páginas de opinión de la prensa especializada de muchos otros países. Lo que parece bastante probable es que Europa va a tomar tarde sus decisiones, pues no tiene todavía claro el modelo institucional que la deba regir. Finalmente, esta reorganización inevitable de las relaciones económicas afectará también al papel de Rusia, potencia insoslayable, y del mundo árabe, que tiene muchos recursos para hacerse oír, siendo los más evidentes los energéticos.

En resumidas cuentas, estamos ante una crisis económica mundial que es sólo la punta del iceberg, y que esconde una importante reorganización geopolítica en la que van a vencer los que mejor sepan utilizar sus fuerzas y gestionar sus debilidades.

Egypt’s Unchecked Repression

By Saad Eddin Ibrahim, a visiting professor of political sociology at Indiana University and chairman of the Ibn Khaldun Center for Development Studies. He is living in exile in the Middle East (THE WASHINGTON POST, 21/08/08):

Editor’s note: A year ago today, The Post published the following op-ed by the Egyptian scholar Saad Eddin Ibrahim. This month, an Egyptian judge sentenced the 69-year-old Ibrahim to two years in prison, with hard labor, for harming the country’s reputation through his writings in the “foreign press”; 20 additional charges, some of which could carry the death penalty, are pending. The Post reposts the piece to show what is deemed offensive speech by Hosni Mubarak’s government.

This month marked the fourth anniversary of the disappearance of Egyptian journalist Reda Hilal. Rumors about the involvement of a secret government death squad tasked with silencing detractors of the ruling Mubarak family in this and other disappearances — such as that of Libyan dissident Mansour Kikhia in Cairo in 1993 — have spiked in recent weeks.

On Aug. 8, the Egyptian Organization for Human Rights reported that it had confirmed more than 500 cases of police abuse since 1993, including 167 deaths — three of which took place this year — that the group “strongly suspects were the result of torture and mistreatment.” The organization previously found that, while Egypt’s population nearly doubled during the first 25 years of Hosni Mubarak’s regime, the number of prisons grew more than fourfold and that the number of detainees held for more than one year without charge or indictment grew to more than 20,000.

Amnesty International and Human Rights Watch have corroborated chilling accounts of torture in Egyptian prisons. The independent daily Eldestour recently published two important facts: that the annual budget for internal security was $1.5 billion in 2006, more than the entire national budget for health care, and that the security police forces comprise 1.4 million officers, nearly four times the size of the Egyptian army. “Egypt has become a police state par excellence,” the paper’s editor noted.

Yet Mubarak’s regime has gone unchecked for years, since long before the Sept. 11, 2001, attacks and the “war on terror” and despite the billions of dollars in foreign aid the United States continues to give Egypt each year. The question is: Why?

Part of the answer lies in Mubarak’s skillful use of Egypt’s role in the Arab-Israeli peace process. Despite Egypt’s proximity to Gaza and its potential to contribute, the regime has not advanced the status quo far beyond what the late president Anwar Sadat accomplished. Mubarak boasts about his refusal to visit Israel, while his predecessor broke ground as the first Arab leader to visit Israel.

Another reason for U.S. silence is Mubarak’s exploitation of Islamophobia, rampant in many Western circles. On Mubarak’s own turf, the banned opposition group the Muslim Brotherhood has steadily increased its support among voters, with its candidates, running as independents, garnering 20 percent of the seats in parliamentary elections in 2005, despite the regime’s continuous harassment and arrest of Brotherhood leaders and rank-and-file members. Hamas, which is affiliated with the Muslim Brotherhood, swept Palestinian parliamentary elections in January 2006. Increasingly, in majority-Muslim countries where autocracies have bred inefficiency and corruption, populist groups such as the Brotherhood can attract a strong protest vote.

Yet in Egypt, the regime remains strong and is quick to silence critics. Recently it focused its attacks on the work of democracy activists and researchers at the Ibn Khaldun Center for Development Studies, which I founded nearly two decades ago. Nine members of the ruling party have filed legal requests to close the center. They want to see me and other staff members prosecuted, alleging that we have tarnished the country’s image abroad, shown contempt for religion, undermined the national interest and committed high treason.

Between 2000 and 2003, the center’s offices were ransacked by the State Security Agency, and 27 employees were jailed. It took three years, multiple trials and three tours in prison — where my health deteriorated — before Egypt’s Court of Cassation, the country’s sole remaining independent court, acquitted us of all charges. The egregious nature of the case led the court to rebuke those responsible, citing abuses emanating from the presidency.

More recently, similar attacks have been orchestrated against Ayman Nour, head of the Tomorrow Party, and two nephews of Anwar Sadat. The men, all members of the Egyptian parliament, were arrested on flimsy charges, tried and imprisoned. Nour is now in precarious health, and recently published photos show bruises he sustained from mistreatment while jailed.

Like other autocrats with declining legitimacy, Mubarak is trying to tighten his grip on power. His family is grooming 44-year-old Gamal to succeed his father. Any real or potential competitors, especially ones with charisma and name recognition, are to be defamed, jailed, driven from the country or otherwise eliminated. Hence the hounding of Nour, Sadat’s nephews and Islamic youth leader Amr Khaled, all of whom are ambitious, popular and about Gamal Mubarak’s age.

I am a 68-year-old pacifist academic in poor health. I do not fit the profile of these other men. Yet, according to regime-controlled media accounts, I am very influential with oil-rich Gulf Arabs, Hamas, Hezbollah, Israel, the Muslim Brotherhood, the European Union, and, above all, the White House and the U.S. Congress. None of these media outlets admits that in my scholarly capacity as a student of social movements I see all kinds of activists and political actors.

My real crime is speaking out in defense of the democratic governance Egyptians deserve. In May, I helped organize a meeting of Arab democrats in Doha, Qatar. Soon after, I attended a conference of veteran European and Third World dissidents in Prague at which President Bush gave a speech. Afterward, Bush chatted with me and a few others for a couple of minutes. To some, this is “proof” of my “influence” in Washington. When the House Appropriations Committee voted a few days later to attach conditions — mainly regarding political reform and tighter security of the borders with Gaza — to the $1.3 billion annual aid package to Egypt, I was solely to blame, according to the regime. (Would that I had a fraction of the influence attributed to me by the state-controlled media!)

Sadly, this regime has strayed so far from the rule of law that, for my own safety, I have been warned not to return to Egypt. Regime insiders and those in Cairo’s diplomatic circles have said that I will be arrested or worse. My family is worried, knowing that Egypt’s jails contain some 80,000 political prisoners and that disappearances are routinely ignored or chalked up to accidents. My fear is that these abuses will spread if Egypt’s allies and friends continue to stand by silently while this regime suppresses the country’s democratic reformers.

Las barreras de la edad

Por Rosa María Artal, periodista y escritora (EL PAÍS, 21/08/08):

Nacemos de uno en uno y crecemos, nos estancamos o menguamos, tanto físicamente, como en sentidos y capacidades; una conjunción de múltiples variables nos convierte en únicos. Sin embargo, la sociedad se empeña en encasillarnos en cajas rotuladas por especies, texturas, formas, colores y -hoy, más que nunca- por cronología. Respetada en el pasado, la edad madura no había sufrido antes tal acoso discriminador. La ONU ha llamado la atención sobre la creciente tendencia de elegir empuje frente a experiencia -en realidad, sueldos baratos frente a remuneraciones dignas-. Acarrea, según sus estudios, consecuencias negativas en la economía, porque jóvenes y veteranos aportan elementos distintos y complementarios al proceso productivo. En la vida social, la brecha de la segregación, en función del calendario, se agranda en el silencio de la casilla donde nos han colocado.

Política, mercado, comunicación, modelos de referencia, apuestan por un icono de piel tersa. España -más que otros países- se ha convertido en paradigma del culto a la juventud. Veneración de fachada; hueca, como casi todo en la sociedad actual.

Los niños vienen henchidos de futuro. Pero los resultados de un inquietante sondeo llevado a cabo por una firma comercial aseguran que el 78% de los pequeños españoles aspiran a ser de mayores… “famosos”, sin vincularlo a ninguna actividad profesional. Alguien -y algo- los ha fabricado con esa mentalidad. Aunque, seguramente, en muchos late un más edificante espíritu.

Con un horizonte de trabajos inestables y sueldos mileuristas, los adolescentes no parecen confiar en disponer de verdaderas oportunidades, ni estímulos. Ni con apetito de lucha. Según un estudio del Instituto Aragonés de Estadística, más del 70% de los estudiantes de ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), de 12 a 16 años, preferiría cobrar el paro a tener un empleo. Añade que esa cifra es similar a la media española. La apatía parece reinar hasta la treintena y aún más allá, o de eso se les acusa. Hay excepciones que terminarán por dirigir su destino.

De los 30 a los 45 llega la plenitud, la consolidación. El suelo se mueve bajo sus pies, sin embargo. Seísmos investidos de inseguridad laboral o temor al futuro que -en forma de otros más jóvenes- les pisa los talones. El liberalismo brutal, como raíz del problema. O la insuficiente soberanía del mercado, según los contrarios al control mínimo o nulo del Estado, injusta desde el punto de vista social. También en ese tramo, los humanos aparecemos diferenciados, inimitables, capaces de demostrar que cualquier reto es posible.

Entretanto, un ingente número de mujeres y unos pocos hombres -embutidos en botox, cosidos y estirados- tratan de planchar las arrugas de cara y cuerpo aspirando a que alguien con dificultades visuales les confunda con un joven -supuesto salvoconducto para obtener éxito, dinero, poder e incluso amor-. Para la escritora norteamericana Naomi Wolf, el problema atañe a la capacidad de “estar orgullosos de nuestra propia vida”. En El mito de la belleza, Wolf declara: “Borrar los años de la cara de una mujer es borrar su identidad, su poder y su historia”. Y, aun así, surge la tentación teñida de contradicciones: sólo terso se es competitivo, ¿no será el bisturí la llave?

Porque la mujer, como siempre, se ve más perjudicada. Laboralmente… y en las relaciones personales. Buena parte de los hombres maduros que buscan estabilidad sentimental hurgan en estuches que ofertan parejas 5, 10, 20 años más jóvenes que ellos -la mujer sigue siendo un adorno estético-. Los cincuentones, por ejemplo, no comprenden que sus coetáneas ofrecen exactamente lo mismo que, en sus espejos, visualizan como atractivos propios: inteligencia, madurez, supuesta seguridad… y, eso sí, un físico deteriorado. A los 40, la mujer ya empieza a experimentar el vértigo: ha de mantenerse, como sea, en el tope máximo de la edad deseable. Las leyes del mercado sentimental se rigen, en parte, por modelos de temporada. Encontraremos quien se burle de la moda, mantenga su independencia y su razón, y se calce sus arrugas… y su soledad.

Voces muy autorizadas -Valentín Fuster en su último libro, La ciencia y la vida, con José Luis Sampedro y Olga Lucas- se alarman de la pasividad de la juventud actual, pero -tanto o más- del retiro social de los maduros. El manto del olvido cubre sobre todo a los jubilados. Domésticos de lujo en el cuidado de los nietos, no se les plantean oportunidades reales de desarrollo. Por fortuna, libres ya de ataduras y prejuicios, algunos se lanzan a vivir, tal vez, como nunca antes lo hicieron. Se zambullen en la Red -abierta a ignotos mundos-, descubren aficiones o hacen turismo. Los viajes mixtos de la tercera edad constituyen una “repesca” para poder experimentar el goce de sentir. No es más halagüeña la situación para la olvidada tierra de nadie entre la juventud y la senectud. Para aquellos que -plenos de facultades- hemos doblado el cabo de la vida, en donde, previsiblemente, es más corto el tramo por vivir que el ya vivido. Atacados por un imperceptible virus maligno, nuestros cuerpos parecen despedir olor a retiro.

Nos ha tocado vivir la más difícil etapa histórica: la del falso culto a la juventud. Pero los matices marcan diferencias. En los países serios, las noticias son difundidas, aún, por rostros curtidos, con más de 50 años. Gran parte de ellos son mujeres, sin que nadie vomite al verlos. En Francia, países escandinavos, sajones, o Estados Unidos, se busca la credibilidad, nacida de la experiencia aprovechada. Barbara Walters, todavía presenta, con 79 años, programas especiales en la televisión norteamericana. Diane Sawyer continúa, a los 63, en pantalla, altamente valorada. Aquí, la televisión pública estatal, TVE, ha mandado a casa a los mayores de 50 años. Mientras, se contrata la amnesia. Muchas grandes empresas se desprenden de los veteranos…. más caros, libres e incómodos. No es justo, aunque la libertad adquirida -con planes de prejubilación que aseguran un mínimo sustento- permite estrenar una vida nueva.

Para el sociólogo Fermín Bouza, catedrático de Opinión Pública de la Universidad Complutense de Madrid, “prescindir de quien quiere trabajar, justo a la edad de conocimiento máximo, es un despilfarro incalculable de capital humano”. Sólo que “lo humano” no es una variable esencial a considerar en una sociedad mercantil y privatizada.

La feminista norteamericana Betty Friedan se preguntaba en Las fuentes de la edad: “¿Es la vejez un accidente o un avance evolutivo?”. Porque somos el único ser vivo que llega a sobrepasar, en 30 o 40 años, la edad reproductiva. Estamos aquí para algo más que asegurar la pervivencia de la especie -de sobra garantizada, y amenazada por peligros menos gratificantes-. La ciencia ha prolongado la vida, incluso la ha dotado de calidad; pero ya no sabemos con qué fin. A menos que lo encontremos, como siempre, de uno en uno.

Todo icono refleja a la sociedad que lo crea. Muchas buscaron -desde los griegos- armonía, equilibrio, perfección. El siglo XX se inicia con una explosión de creatividad y rebeldía. La misma que -algo más ingenua- impregnó los sesenta, exuberantes y coloridos. La mujer, entretanto, engordó y adelgazó al ritmo que le marcaban y siembre hubo de ser joven.

Nuestra sociedad de hoy parece querer borrar surcos y matices, peso. Allanar también el pensamiento. Compartimentar, para aislarnos y enfrentarnos. Su imagen -enjuta, sintética, plastificada- podría simbolizar su inconsistencia en los frágiles hilillos que constituyen las piernas de las modelos. No es casual. Los mismos entes que producen niños planos, aspirantes a famosos, consumidores desde ahora y para siempre, cercan a las demás generaciones. Planchar rostros genera beneficios económicos, contratar en el trabajo a jóvenes inexpertos, menos costo. La insatisfacción permanente, vulnerable desasosiego, o rendición. ¿Dignificar la escala de valores imperante es tarea imposible? ¿Será, aún, verdad que las ideas, la ilusión, la imaginación y el coraje cambian el mundo? Puede que haya llegado la apremiante hora de comprobarlo. A cualquier edad.

All the Oil We Need

By Eugene Gholz, an associate professor at the Lyndon B. Johnson School of Public Affairs at the University of Texas at Austin and Daryl G. Press, an associate professor of government at Dartmouth College (THE NEW YORK TIMES, 21/08/08):

While oil prices have declined somewhat of late, the volatility of the market and the political and religious unrest in major oil-producing countries has Americans worrying more than ever about energy security. But they have little to fear — contrary to common understanding, there are robust stockpiles of oil around the globe that could see us through any foreseeable calamities on the world market.

True, trouble for the world’s energy supplies could come from many directions. Hurricanes and other natural disasters could suddenly disrupt oil production or transportation. Iran loudly and regularly proclaims that it can block oil exports from the Persian Gulf. The anti-American rhetoric of President Hugo Chávez of Venezuela raises fears of an export cutoff there. And ongoing civil unrest wreaks havoc with Nigeria’s output.

Even worse, this uncertainty comes in the context of worrisome reports that oil producers have little spare capacity, meaning that they could not quickly ramp up production to compensate for a disruption.

But such fears rest on a misunderstanding. The world actually has enormous spare oil capacity. It has simply moved. In the past, major oil producers like Saudi Arabia controlled it. But for years the world’s major consumers have bought extra oil to fill their emergency petroleum reserves.

Moreover, whereas the world’s reserve supply once sat in relatively inaccessible pools, much of it now sits in easily accessible salt caverns and storage tanks. And consumers control the spigots. During a supply disruption, Americans would no longer have to rely on the good will of foreign governments.

The United States alone has just more than 700 million barrels of crude oil in its Strategic Petroleum Reserve. Government stockpiles in Europe add nearly another 200 million barrels of crude and more than 200 million barrels of refined products. In Asia, American allies hold another 400 million barrels. And China is creating a reserve that should reach more than 100 million barrels by 2010.

Those figures only count the government-controlled stocks. Private inventories fluctuate with market conditions, but American commercial inventories alone include well over a billion barrels. Adding up commercial and government stockpiles, the major consuming countries around the world control more than four billion barrels.

Some policy makers and analysts worry that these emergency stocks are too small. For example, they sometimes compare the American strategic reserve to total American consumption, so the reserves appear dangerously inadequate. The United States consumes about 20 million barrels of oil every day, so the Strategic Petroleum Reserve could only supply the country for 35 days. (Furthermore, the United States could not draw oil out of the reserve at anything approaching a rate of 20 million barrels per day.) This is why President Bush in his 2007 State of the Union address called for doubling the strategic reserve.

But this vulnerability is a mirage. The size of plausible disruptions, not total consumption, determines the adequacy of global reserves. The worst oil disruptions in history deprived global markets of five million to six million barrels per day. Specifically, the collapse of the Iranian oil industry during the revolution in 1978 cut production by nearly five million barrels a day, and the sanctions on Iraq after its conquest of Kuwait in 1990 eliminated 5.3 million barrels of supply. If a future disruption were as bad as history’s worst, American and allied governments’ crude oil stocks alone could replace every lost barrel for eight months.

Current fears about energy security focus on Iran. For example, Tehran could sharply cut its oil exports to drive up global prices. Of course, this would be the economic equivalent of suicide terrorism: oil exports provide more than 80 percent of Iranian government revenues, and a major cutback would wreck Iran’s economy.

It would also be futile because the industrialized world could easily replace Iranian oil. Iran only exports 2.5 million barrels each day. A coordinated release of reserve crude by the United States and its European and Asian allies could replace missing Iranian barrels for a year and a half. Iran is vulnerable; the West is not.

Of course, we are told, Iran might be able to take Saudi, Kuwaiti and Iraqi oil off the market, too, by attacking oil tankers as they pass through the Strait of Hormuz, along Iran’s coast. It’s conceivable, but not likely.

Significantly impeding oil traffic would require a sustained military campaign. Dozens of tankers carry more than 15 million barrels of crude through the strait every day. The water is so deep that the navigable channel for supertankers is 20 miles wide at its narrowest point. There is simply too much traffic across too much space for the waterway to be easily blocked.

Countries have attacked oil infrastructure before, and the results were underwhelming. During the Iran-Iraq war, Baghdad and Tehran struck each other’s oil terminals and tankers repeatedly, but they proved to be very resilient targets. Rugged structures and quick maintenance meant that Iran’s Kharg Island terminal kept pumping despite repeated bombings. Tankers, which dwarf aircraft carriers, have thick hulls designed to prevent oil spills and, when attacked, proved to have few sensitive parts where a “lucky” hit could cause serious damage. They managed to keep the oil flowing through Persian Gulf waters throughout the Iran-Iraq war.

Today, Iran has more advanced anti-ship weapons, and it could surely harass commercial tanker traffic. But it would be hard pressed to sustain an anti-shipping campaign sufficient to reduce oil flows drastically for weeks on end, especially in the face of an intense military response. Even if Iran were able to reduce oil flow though the strait by, say, 30 percent, global reserves could replace losses of that magnitude for more than nine months — plenty of time for the Navy to counter Iranian military operations.

Make no mistake, any major disruption — from a war, a terrorist attack or a natural disaster — would make prices jump until markets realized that the pipes feeding crude into refineries were not going to run dry. But recognizing the great capacity of global reserves to weather disruptions will go a long way to minimizing panic.

Emergency reserves have their limits. They cannot free the industrialized world from the underlying economic fundamentals that drive energy prices. As the global economy grows, demand for energy will rise and oil prices may remain high.

Government-controlled stockpiles should not be used to try to smooth out short-term blips in global supplies, the normal variations that companies account for with their inventories and financial hedging. Public inventories are a blunt instrument designed to protect the oil market as a whole from major disruptions — national strikes, hurricane damage, wars and attempts at geopolitical blackmail.

Paradoxically, our exaggerated fears over energy security have some benefits — for example, they may reduce the United States’ inclination to attack Iran. But they also have big costs. Politicians could be induced to try costly solutions for problems that don’t exist, like President Bush’s commitment to double the size of the Strategic Petroleum Reserve. Western leaders may also pay too much heed to an oil producer’s saber rattling. And, finally, exaggerated fear may encourage oil-market traders to panic at the first sign of even a small disturbance. When it comes to energy security, let’s not let fear get the best of common sense.

No pasarán

Por Prudencio García, investigador y consultor internacional del Instituto Ciencia y Sociedad (EL PAÍS, 21/08/08):

Hoy me apodero de Rusia; ¿qué ropa me pongo?”, preguntó la futura Catalina la Grande a su doncella horas antes de asestar el audaz golpe palaciego que le permitió acaparar todo el poder imperial. Seguro que el teniente coronel Antonio Tejero lo tuvo más claro a la hora de elegir su indumentaria para su propio golpe de 1981. En cualquier caso, es evidente que quien va a salvar una patria o adjudicarse un imperio no puede vestirse de cualquier forma. Son ocasiones históricas de gran trascendencia, cuya excepcionalidad exige una cierta prestancia formal.

Sin embargo, este detalle fue groseramente ignorado por los oficiales y guardiamarinas del buque escuela Esmeralda de la Armada de Chile en otra ocasión histórica: el golpe pinochetista del 11 de septiembre de 1973. Su forma de salvar a la patria en aquella destacada ocasión consistió en enfundarse las ásperas prendas de faena y dedicarse a golpear, vejar y torturar desde aquel mismo día, a bordo del buque, atracado en el área militar del puerto de Valparaíso, a numerosos detenidos acusados de algún tipo de militancia favorable al Gobierno socialista que aquella misma mañana acababa de ser sangrientamente derrocado.

Entre las víctimas llevadas al buque en aquellas primeras horas se hallaban el alcalde de la misma ciudad de Valparaíso, Sergio Vuskovitz, y el letrado del Ministerio de Interior Luis Vega. El trato recibido por las mujeres fue particularmente infame. La entonces universitaria María Eliana Comené resultó contagiada de gonorrea tras las repetidas violaciones que allí sufrió. Días después era también arrestado y conducido al buque el sacerdote anglochileno Miguel Woodward, que resultaría muerto como consecuencia de las torturas allí recibidas.

Instituciones tan dispares como Amnistía Internacional y el Senado de EE UU, además de las dos comisiones investigadoras oficiales (Rettig y Valech), denunciaron en su día los criminales excesos cometidos a bordo del buque.

Los recluidos en la nave el mismo día del golpe atestiguan que, al llegar al buque, fueron obligados a pasar entre una doble fila de guardiamarinas en ropa de faena, que les golpeaban brutalmente y les sometían a toda clase de atropellos físicos y psíquicos.

Atención al detalle: en ropa de faena. Qué zafiedad. Qué ignorancia del decoro estamental y de las exigencias formales de un honorable golpe de Estado que se precie. Craso error histórico y social. Se empieza vistiendo de forma informal y se acaba torturando curas, violando mujeres, asesinando demócratas y causando horror incluso a ese mismo mundo occidental al que supuestamente se pretende salvar. La Historia nunca perdona este tipo de deslices.

Prescindiendo ya de toda jocosa ironía sobre las indumentarias adecuadas para las grandes acciones patrióticas, y refiriéndonos únicamente al núcleo de la cuestión, entremos en el área, mucho más seria, de los comportamientos institucionales.

Los oficiales y alumnos guardiamarinas que hoy viajan a bordo del Esmeralda en su gira de instrucción anual número 53 no son, obviamente, las mismas personas que incurrieron en tales aberraciones tantos años atrás.

Pero la institución sí es la misma. La misma que durante tres décadas ha negado lo sucedido y ha entorpecido toda investigación. La misma institución -la Armada de Chile- cuya presión corporativa, a lo largo de tanto tiempo, ha impedido el juicio y castigo de los que sí cometieron aquellos crímenes. Se trata del mismo estamento que se ha escandalizado hace unos meses, al ver finalmente procesados por la insobornable jueza Eliana Quezada a los cuatro altos jefes (hoy almirantes retirados) que ejercieron el mando en aquellos puestos operativos desde los que se ordenaron las acciones perpetradas en la zona marítima de Valparaíso, en aquellas jornadas luctuosas de septiembre de 1973.

No resulta extraño que las visitas del buque a puertos como Río de Janeiro, Buenos Aires, Tokio, Sidney, Wellington y tantos otros hayan ido acompañadas, en distintos años, de diversos tipos de protestas, sin olvidar la suspensión de las visitas a Estocolmo, El Ferrol, Las Palmas y otros puertos europeos en 2003. Tales protestas se siguen produciendo en nuestros días. Este mismo verano, al visitar Cádiz (en cuyos astilleros la nave fue fabricada), su llegada fue deliberadamente precedida por la proyección, por Amnistía Internacional, del documental El lado oscuro de la Dama Blanca, del cineasta chileno Patricio Henríquez, reportaje que recordó a la población gaditana el historial, no precisamente inmaculado, del hermoso navío visitante.

Este 22 de julio, el Esmeralda llegaba al puerto griego de El Pireo. En el muelle le aguardaba una manifestación, encabezada por conocidos miembros del Parlamento heleno, que protestaban por la visita. A bordo del buque, la embajadora de Chile en Atenas, en su alocución oficial de saludo a los oficiales y alumnos, subrayaba el siniestro significado de la dictadura pinochetista. Ella tiene sobrada autoridad y conocimiento para proclamarlo, pues tal embajadora se llama Sofía Prats, hija del general Carlos Prats, el jefe del Ejército chileno que precedió a Pinochet, y que fue asesinado por orden del dictador.

Y en la visita del buque al puerto de Split, Croacia, también fue recibido con manifestaciones hostiles, cuyas pancartas decían: “Pinochet y Esmeralda no pasarán”.

lunes, septiembre 01, 2008

Cuarenta años no son nada

Por Hermann Tertsch (ABC, 21/08/08):

«A todo el pueblo de la República Socialista de Checoslovaquia. Ayer, día 20 de agosto de 1968 a las 23 horas, tropas de la Unión Soviética, de la República Popular de Polonia, de la República Democrática Alemana, la República Popular Húngara y la República Popular de Bulgaria han cruzado la frontera de la República Socialista Checoslovaca. Lo han hecho sin conocimiento del presidente de la República, de la Asamblea, del Comité Central y los demás órganos del Estado». Veinte años después de que los comunistas impusieran la dictadura en 1948, la Radio Estatal Checoslovaca no podía ya desprenderse de su retórica burócrata y totalitaria ni siquiera para denunciar la agresión de sus vecinos, aliados y patronos ideológicos. Para clamar por la libertad hace falta otro lenguaje. Y, sin embargo, horas después, hace hoy -esta misma mañana- cuarenta años, decenas de miles de ciudadanos de Praga, hacían frente, armados tan sólo con su ira y dignidad, a aquellas tropas extranjeras que irrumpían por las calles de la ciudad milenaria. Aquel primer día los invasores mataron tan sólo a 58 personas en toda Checoslovaquia, 22 de ellas en Praga, 15 de ellas precisamente en el asalto al edificio de la Radio estatal. Querían a toda costa que no les diera tiempo a los locutores a adoptar el lenguaje de los hombres libres.

Lo consiguieron. Hubo muchos más muertos, heridos, detenidos, deportados y torturados en días, semanas, meses y años, décadas siguientes. Todos estos sufrimiento fueron compartidos, por supuesto, trágica y paradójicamente, con los ciudadanos de las naciones, a su vez aplastadas, cuyos ejércitos participaron en aquella operación tan rotundamente victoriosa para el poder soviético. Porque lo fue en su momento. Pese a los actos heroicos, las protestas sinceras y los lloros petimetres occidentales. Millones de vidas rotas y ese silencio cargado miedo.

Durante otros veinte años volvió a reinar ese silencio oprobioso, ese orden bruto y brutal que era la pax soviética de Moscú. Hasta 1989 los disidentes fueron, cuando no suicidas como Jan Palach, que se inmoló en la Plaza de San Wenceslao, sí héroes civiles dispuestos a la muerte civil y profesional, a la cárcel o al destierro. En las capitales occidentales, como doce años antes durante las trágicas jornadas de octubre de 1956 en Budapest, solo se podía escuchar el lamento de la impotencia. Como en Bruselas, en la sede de la OTAN, el 19 de agosto del 2008. Cuarenta años no son nada.

Parece que fue ayer aquel 21 de agosto de 1968. En gran medida lo ha sido. Este agosto tiene mucho de aquel. Las imágenes de los tanques soviéticos aplastando coches de la policía de Praga son intercambiables con las que ahora vemos de los carros de combate del Zar Putin arremetiendo contra vehículos policiales georgianos en Gori. Y ha vuelto a suceder lo que siempre deberíamos al menos querer evitar: la obscena pero incontestable y palmaria demostración de los enemigos de nuestra forma de vida de que tienen instrumentos superiores a los nuestros para imponer su voluntad y su orden. No nos había pasado de forma tan contundente desde Praga. Las fronteras entre los bloques se debilitaban entonces por la voluntad de los ciudadanos del este de ser libres, en Praga y Varsovia. Hoy estamos como entonces, ante la contraofensiva de un estado imperial, como entonces un estado fracasado por poderoso que le hagan sus recursos minerales, que niega a los estados vecinos una libertad democrática que, de triunfar, pondría en peligro su propio régimen. La convulsión de los años sesenta había hecho germinar la idea de que los bloques hegemónicos y sobre todo el «cortijo» ideológico y político militar del Kremlin no era una realidad irreversible. Antes había sucedido en 1948 cuando el yugoslavo Josip Broz «Tito» se revolvió contra Stalin y éste respondió con su inmensa e implacable ofensiva de «limpieza» de todos los cuadros comunistas en Praga, Varsovia, Budapest y Bucarest. De veinte en veinte años como pueden ver parece pendiente siempre un pulso entre el totalitarismo y la libertad en nuestro continente. De la imposición estalinista en toda Europa oriental en 1948 retando a las democracias con el bloqueo de Berlín y la batalla contra el «titoismo» a la imposición de la doctrina «Breznev» del sarcasmo de la «hegemonía limitada» en 1968.

De la confirmación del fracaso del Pacto de Varsovia y el sistema del socialismo real en 1988/89 a la resurrección de una fuerza totalitaria que reclama su potestad incondicional sobre su inmediata vecindad y reclama para sí la hegemonía de un estado bonapartista o abiertamente dictatorial sobre las democracias vecinas o cercanas.

Estamos en este agosto ante un cambio de era y es muy posible, aunque indeseable, que éste suponga, como el agosto praguense, dos décadas de ocupación más o menos larvada y sumisión para pueblos que quieren compartir libertad y prosperidad con Occidente y cuyo mayor delito es tener fronteras con el nuevo Bizancio de la Checa, aunque reconvertido a la estética Armani. Aun estamos a tiempo para evitarlo. Siempre que Occidente sea consciente de que hoy no puede ya dividir el mapa europeo como lo hicieron Churchill y Roosevelt en Yalta. Nuestra debilidad ante Rusia la pagaremos todos con una dependencia permanente y creciente en la que nuestra libertad y soberanía no pueden sobrevivir. Y que no se basa en la amenaza de un arma, la nuclear, de la que también disponemos, sino de otras, la energética y tras ella la militar convencional, en las que no podemos o no queremos competir.

Los tiempos se vuelven profundamente inciertos para quienes no queremos conciliaciones entre nuestro sistema de libertades y el matonismo imperial. Aunque solo sean conscientes de ello quienes sienten un poco el pulso de la historia, tienen ciertas claves para identificar sus vaivenes y disfrutan o sufren la capacidad de percepción, como malditos augures, de las tinieblas de miedo, violencia y precariedad. Nubarrones de angustia amenazan con acabar con grandes proyectos de libertad, seguridad y prosperidad construidos por generaciones de comunidades de civilización participativa en zonas muy concretas del globo, gracias a voluntades, principios y circunstancias muy específicas, gracias a los legados de Grecia, de Roma, del Cristianismo, de la Ilustración y finalmente de la Democracia. Sus resultados son envidiados por la inmensa mayoría de los seres vivos de este planeta. Tanto que muchos arriesgan sus vidas por acceder a la condición de pobladores de estos círculos privilegiados de seres humanos que son los habitantes de las democracias occidentales. Es lo que intentaron los checoslovacos cuando se levantaron sin éxito contra la hegemonía soviética hace cuarenta años. Es lo que lograron todos esos millones que considero compatriotas, en Centroeuropa, en el Báltico y ya también final y lentamente en los Balcanes, cuando derrocaron a los cacicatos comunistas impuestos por un imperialismo soviético ideológico que hoy renace como fuerza expansionista imperial rusa. O cuando vencieron al mensaje fanático, mezquino y destructivo del nacionalismo, en el que otros intentan aun sumergirse. Esa huída hacia la vida en libertad y decencia es la misma que intentan todos aquellos que escapan de Cuba o Senegal, Mauritania o Marruecos, Myanmar o Sudán. Ahí es donde se equivoca nuestra caverna del izquierdismo europeo. El español, como siempre, el que más. Porque la gente huye mucho más de la falta de libertad que de la miseria porque sabe que ésta es consecuencia de aquella. Pero es inútil intentar debatir con quienes no tienen más hoja de navegación que el miedo a la libertad y el código de la dependencia como relación entre seres humanos y entre el poder y la ciudadanía.

Hace cuarenta años hoy de aquel día en el que Praga, como antes Budapest, después Varsovia y Gdansk, nos dio una suprema lección. Nunca la han aprendido quienes creen que las libertades son un privilegio por criterio poco menos que geográfico. Nunca la aprenderán los apaciguadores; los que claman contra la crispación «venga de donde venga»; los turbados por el conflicto; los convencidos de que sus vidas tendrán mejor calidad si no provocan sino complacen a quien les intimida; quienes están convencidos de poder vivir el resto de su vida en un pacto con los enemigos de la libertad; quienes así se convierten ellos mismos en enemigos de la libertad de quienes de verdad la quieren y la aprecian como máxima expresión de la dignidad de la persona y de la sociedad.

¿Aislar a Rusia? Keynes y Monnet

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 21/08/08):

El breve pero sangriento episodio de la guerra en Georgia ha puesto de relieve, una vez más, la tendencia occidental de cercar y aislar a Rusia, tratándola todavía como un peligroso enemigo, como si no hubiera cambiado desde la época de la guerra fría.

Precisamente mañana se cumplirán cuarenta años de la ocupación de Checoslovaquia, una invasión militar que acabó con el intento de socialismo democrático que encabezó Dubcek. Aquel día muchos europeos de izquierdas perdieron definitivamente la poca fe que les quedaba en una posible evolución democrática de la URSS. Pero el régimen de Brezhnev nada tiene que ver - ni por ámbito geográfico, ni por sistema económico, ni por instituciones políticas- con la actual Rusia de Putin y Medvedev. Por el contrario, son realidades muy distintas y el comportamiento de las instituciones occidentales (los estados, la UE y la OTAN) deben también ser distintos para adecuarse a estas nuevas realidades.

Sin embargo, no todos opinan lo mismo. Un comentarista tan moderado como el ex director de Le Monde Jean-Marie Colombani ha escrito estos días que la acción rusa en Georgia “confirma los peores temores que podíamos tener sobre la Rusia de Putin”, la cual “vuelve a ser una amenaza para Europa”.

No se trata de frases exageradas sino inciertas. No hay peligros ni amenazas para Europa, más bien al contrario. En los últimos años, es el comportamiento del bloque político y militar occidental el que está provocando en los rusos sospechas, recelos y miedo. Aislar a Rusia, excluirla del grupo de grandes potencias, asediarla militarmente y ahogarla económicamente, son algunas de las muy visibles tentaciones occidentales. Ello supondría, desde mi punto de vista, un grave error de imprevisibles consecuencias. Por el contrario, la tarea que debe llevarse a cabo es justamente la contraria: incorporar a Rusia al bloque occidental, dejar que forme parte de nuestras instituciones de cooperación internacional. No se trata del enemigo que batir sino del amigo que integrar.

Hay que aprender de la historia. Dos experiencias del siglo XX me llevan a justificar la necesidad de integrar a Rusia. La primera nos la suministró el economista inglés John Maynard Keynes. Keynes formaba parte del equipo técnico británico negociador del tratado de Versalles que puso fin a la guerra europea. Al prever que dicho tratado conduciría a una nueva catástrofe, Keynes dimitió de su puesto y escribió su libro Las consecuencias económicas de la paz. En él sostuvo que el tratado imponía unas condiciones excesivamente duras a Alemania que impedirían su prosperidad económica y reforzarían las tradicionales tendencias nacionalistas y militaristas. Inevitablemente, antes de veinte años, se producirá una nueva conflagración mundial, sostuvo proféticamente Keynes al intuir ya la llegada de Hitler y el nazismo. Aprendida la lección, en 1945 el comportamiento de los vencedores fue muy distinto: el plan Marshall ayudó a la reconstrucción económica de Europa, también de Alemania.

Y ahí enlazamos con el otro ejemplo histórico, también con nombre propio: los inicios de la unidad europea y el francés Jean Monnet. Los proyectos de unión europea eran antiguos. Sin remontarnos a otros más lejanos, ya la propuso Victor Hugo. Pero la unidad europea se solía fundar en la identidad cultural común y en el proyecto de crear un Estado federal europeo. Las dificultades, sin embargo, eran múltiples, especialmente las derivadas de las ambiciones soberanas de los estados nacionales. Monnet fue el gran artífice de una idea distinta que, a la postre, resultaría la única realista. Monnet dedujo de la historia que las guerras en Europa tuvieron como causa fundamental la oposición entre Alemania y Francia. Sin embargo, advirtió Monnet, entre estos dos grandes países había, como mínimo, un interés económico común, la creación de una gran industria siderúrgica, cuyos componentes esenciales eran el hierro y el carbón. Precisamente, Alemania era rica en minas de hierro y Francia en yacimientos de carbón. ¿Por qué no asociarlas para que cooperaran entre sí? De ahí surgió en 1950 el tratado de la CECA - la Comunidad Europea del Carbón y del Acero-, preludio del tratado de Roma de 1957 que creó la Comunidad Económica Europea e inició el Mercado Común. Nunca más, ni por asomo, hubo riesgo de guerra entre los estados europeos occidentales. Por el contrario, la cooperación económica, además de paz, produjo también libertad, democracia y bienestar.

Estas experiencias históricas deberían ser tenidas en cuenta para las actuales relaciones entre MESEGUER Europa y Rusia. Esta ya no es la URSS sino un régimen con instituciones democráticas todavía débiles y una imperfecta economía de mercado: Europa debe contribuir a consolidarlas. El aislamiento y el bloqueo sólo pueden conducir a la involución, a fortalecer las fuerzas nacionalistas y militaristas. Rusia tiene petróleo y gas, Europa carece de estas fuentes energéticas pero le sobra capacidad industrial. Las posibilidades y beneficios de una política de cooperación mutua son evidentes.

Aprendamos de Keynes y de Monnet, dos inteligencias pragmáticas.

Religión en las elecciones de EEUU

Por Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat Pompeu Fabra (EL PERIÓDICO, 21/08/08):

Los líderes europeos de los últimos años no han dejado de sorprenderse del lenguaje primario y elemental contenido en las frecuentes invocaciones que Bush hace a Dios, la fe y al juicio del cielo, para ilustrar sus singulares argumentos políticos. Hace unos días, los futuros candidatos a la presidencia de los Estados Unidos manifestaron ante un auditorio de 2.200 ciudadanos, miembros de una iglesia de Lake Forest (California), cosas como las siguientes: que su mayor fracaso moral fue no haber podido salvar su matrimonio (McCain) o cuando en su difícil juventud bebió alcohol y consumió drogas, lo cual lo atribuye a un cierto egoísmo que le hacía estar obsesionado consigo mismo y al margen de los demás (Obama).

Y, en relación a la existencia del mal y la actitud a tomar frente a él, el candidato demócrata sostuvo que como “individuos no borraremos el mal del mundo, es tarea de Dios”; mientras que el republicano contestó: “-Amigo, si soy presidente de Estados Unidos, perseguiré a Osama bin Laden hasta las puertas del infierno y lo atraparé”.

ESTAS Y OTRAS declaraciones relacionadas con sus convicciones morales y religiosas fueron realizadas en una entrevista que con cada uno de ellos y separadamente, realizó el pastor evangélico Rick Warren, un líder religioso autor de best sellers espirituales. Que ambos aceptaran someterse a este interrogatorio público dice mucho de la importancia del hecho religioso en EEUU, un país donde el discurso público es frecuente que recurra a argumentos de esta naturaleza. Un país cuya Constitución establece, sin embargo, una clara separación entre el Estado y la Iglesia y en el que el poder público no ha apoyado ni formal ni económicamente ninguna iglesia. En una sociedad muy plural en la que la diversidad de movimientos religiosos desde la independencia en 1776, alcanza una cifra superior al millar.

Se trata de una diversidad religiosa que a principios del siglo XXI se traduce, según el General Social Survey, en el 53,7% de protestantes (muy repartidos, pero con predominio de los baptistas, metodistas y luteranos); el 25% de católicos; el 7,2% de otras religiones (donde los judíos son el 2%) y el 14,1% restante sin religión. Aunque éste último porcentaje no es sinónimo de negación o indiferencia hacia el hecho religioso, porque según las mismas fuentes estadísticas, de cada 10 estadounidenses, siete afirman que “Dios existe de verdad y sin lugar a dudas”, mientras que solo uno puede identificarse con posiciones ateas o agnósticas. Razón por lo cual no parece funcional que en su discurso público y en su actividad privada un candidato a la presidencia se muestre distante frente a la religión.

Pero en la lógica liberal democrática de la que Estados Unidos no deja de ser un referente, la libertad religiosa es un derecho que concierne a la vida privada de la persona, cuyo ejercicio o su negación han de ser garantizados por el Estado y poco más. Y algo parecido ocurre con las convicciones morales. El escrutinio público sobre el comportamiento de los representantes del pueblo soberano empieza cuando el interés general entra en escena, no antes.

En este sentido, es absolutamente necesario para el debate público conocer qué piensa un candidato sobre el aborto, el matrimonio entre homosexuales o la investigación de células madre. Pero que se pronuncie sobre el fracaso moral que supuso para su vida un matrimonio fallido o haber consumido droga, es un tema que objetivamente trasciende más allá del círculo privado del candidato. Es irrelevante para el interés público, que habrá de gestionar si gana las elecciones. Como lo era también el manido asunto Clinton/Lewinsky en lo que concernía a la vida íntima del entonces presidente. No así cuando después este mintió ante la comisión del Congreso. La mentira del presidente sobre aspectos de su intimidad no era la de un anónimo, sino la del jefe del Estado, lo que hacía de interés público el proceso al que fue sometido.

A PESAR DE dar por sentada la importancia de la devoción religiosa en EEUU, desde la lógica liberal sorprende esta especie de confesión pública de ambos candidatos ante los fieles de una iglesia evangélica, sobre aspectos que habrían de formar parte de su ámbito privado inaccesible a los demás. Han consentido por un claro interés político dirigido a la búsqueda del voto de los cristianos conservadores. Pero lo cierto es que al margen de introducir, una vez más, el factor religioso en la lucha por el poder político, obviando la imprescindible laicidad en la gestión de lo público, y más allá de la considerable dosis de hipocresía puritana que expresan, no deja de sorprender que ambos candidatos hayan hecho dejación del derecho fundamental a la intimidad. Un derecho sobre el que en 1890 dos juristas norteamericanos S.Warren y L. Brandeis construyeron la doctrina del derecho a no ser molestado, salvo que razones de interés público puedan avalar una intromisión. Doctrina que ha servido de referente para perfilar la posterior jurisprudencia del Tribunal Supremo sobre la enmienda IV. Pero ni para Obama ni McCain parece que ello ha sido un elemento a tener en cuenta.

In Europe, as in Asia, Nato leaves a trail of catastrophe

By Simon Jenkins (THE GUARDIAN, 20/08/08):

Nato is useless. It has failed to bring stability to Afghanistan, as it failed to bring it to Serbia. It just breaks crockery. Nato has proved a rotten fighting force, which in Kabul is on the brink of being sidelined by exasperated Americans. Nor is it any better at diplomacy: witness its hamfisted handling of east Europe. As the custodian of the west’s postwar resistance to the Soviet Union’s nuclear threat it served a purpose. Now it has become a diplomats’ Olympics, irrelevant but with bursts of extravagant self-importance.

Yesterday’s Nato ministerial meeting in Brussels was a fig leaf over the latest fiasco, the failure to counter the predictable Russian intervention in Georgia. Ostensibly to save Russian nationals in South Ossetia, the intervention was, in truth, to tell Georgia and Ukraine that they must not play games with the west along Russia’s frontier. Nato, which Russia would (and should) have joined after the collapse of the Soviet Union, is now a running provocation along the eastern rim of Europe.

There was no strategic need for Nato to proselytise for members, and consequent security guarantees, among the Baltic republics and border states to the south. Nor is there any strategic need for the US to place missile sites in Poland or the Czech Republic. This was mere Nato self-aggrandisement reinforcing the lobbying of the Pentagon hawks.

These moves were bound to infuriate the hypersensitive Russians, and did. There is no point in western pundits saying that the thrust of Nato close to the Russian border is quite different from the cold war location of Soviet missiles in Cuba. It seems the same to Russian nationalists.

Nor is it any good pundits remarking that Russia’s defence of Russian minorities in Georgia is quite different from Nato’s intervention to defend the Kurdish minority in Iraq or the Albanian minority in Serbia. Again, that is just how it seems to Russia.

George Bush said earlier this month that “the age of spheres of influence is over”. In that case why push that most potent sphere of influence, Nato, to the Russian border? And what of the sphere-of-influence theory that underpinned Bush’s neoconservative plan to conquer the Muslim world for democracy?

The US’s two greatest bugbears at present, Russia and Iran, both have grounds for feeling encircled by hostile forces. However badly they behave, they too are vulnerable to the politics of irrational fear. Both countries display the rudiments of democratic activity, with paranoia playing on pluralism.

The glib response of Nato’s leaders has been hawkish, that the only thing “these people” understand is tough talk and big sticks. But that just apes Russia’s attitude towards Georgia and Ukraine, which at least Russia has the power to enforce.

The west is not threatened by Russia. Turning its border into a zone of bluff and counter-bluff, so Nato can boast 10 extra flags outside its headquarters, has proved destabilising and provocative. Intelligence, like morality, is supposedly the tribute power should pay to reason. Russia is boorish and belligerent enough already. Why encourage it?

With Russia, Nato is playing with fire. In Afghanistan/Pakistan - which should always be yoked together - it is playing with dynamite. Here Osama bin Laden and Donald Rumsfeld must be laughing in unison: the former because Nato’s conduct of the war against the Taliban has been a recruiting sergeant for al-Qaida in Pakistan; the latter because everything he said about nation-building has proved true. “Get in fast and get out fast” was his strategy, and he was right.

The fall of Pervez Musharraf might be good news for Pakistan’s democrats. It is dreadful news for Nato’s proconsuls in their fortified enclaves in Kabul. The likelihood of political turbulence in Pakistan can only increase the hold that pro-Taliban tribes have over the long frontier with Afghanistan and, with it, the certainty of an escalating war.

Nato’s performance here has been dreadful. A half-hearted peacekeeper, it had displayed divided counsels, divided leadership and divided rules of engagement. It has reflected the view of the US general in Kosovo, Wesley Clark, that US units should never again be placed under international command. International command means no command at all.

A Pentagon report by General Barry McCaffrey, revealed last week, criticises the lack of command unity in Kabul. “Afghanistan is in misery,” it says. “A sensible coordination of all political and military elements of the Afghan theatre of operation does not exist.”

There is said to be a plan for a 12,000-strong reinforcement of US troops to stage a Baghdad-style “surge”, outside the remit of Nato. The idea that the rural Taliban might be susceptible to the same handling as Iraq’s urban militias may be senseless, but is on the cards. Such a surge would mean three rival armies - Afghan, Nato and American - roaming this troubled land, a gift to any enemy.

The newly triumphant coalition in Islamabad must long for the days when its Afghan backyard was quiet. The Taliban regime was funded by opium and the Saudis, and of no strategic (as opposed to terrorist) concern to the west. There were no US Predators bombing villages, no CIA phone-tapping, no suborned Pakistan intelligence officers, no outside interference. Pakistan’s sphere of influence might not be to every taste, but it was roughly stable.

We shall now have the world’s sixth largest country, and with an active nuclear arsenal, in internal turmoil because of a doomed Nato adventure on its border. Taliban units are operating freely throughout the south and east of Afghanistan and within miles of the capital, Kabul, flatly contradicting the mendacious spin of Nato spokesmen over the past two years.

Western governments seem never to learn. Counter-insurgency wars of this sort never work if they become drawn out. At best they leave broken, corrupted, failed states such as Lebanon and Kosovo - and, soon, Iraq. At worst they mean defeat. If ever America were walking into another Vietnam, it is now in Afghanistan, fast replacing Iraq as the mecca for every anti-western fanatic on earth.

Peace in Afghanistan might not matter over much. But its absence will grossly destabilise Pakistan, and that matters greatly. Is this to be another feather in Nato’s cap?

Mi Paulina, mi país

Por Ariel Dorfman, escritor chileno. Su último libro es Otros septiembres (ELPAÍS, 20/08/08):

Fue en la ciudad de Santiago de Chile y a fines de septiembre de 1973 que conocí a esa mujer.

Llegó en su auto a una casa donde yo había estado escondido, uno de los muchos lugares donde me había refugiado después del golpe del 11 de septiembre en que los militares derrocaron al Gobierno democrático de Allende. Nunca me había cruzado con ella antes de esa ocasión y nunca supe su nombre. Sólo importaba que aquella señora era parte de una vasta y clandestina red de hombres y mujeres dedicados a salvar la vida de los adherentes del presidente muerto en La Moneda. Sólo importaba que ella había encontrado a alguien dispuesto a ofrecerme un asilo transitorio. Sólo importaba que los soldados de Pinochet nos matarían si llegaban a capturarnos.

Mientras cruzábamos la ciudad infectada de piquetes y fusiles y miedo, sí, en la médula misma de mi perdurable aprehensión, alcancé a pensar en forma absolutamente insólita: oye, esto es como de película, esta escena es como para filmarla. No pude impedir esa idea absurda. Siempre fui un hijo del cine, acostumbrado, como todos los de mi generación, a filtrar cada experiencia por la pantalla celuloide de mi espíritu, tarareando una melodía para acompañar cada acto de la existencia cotidiana, aun en los momentos más íntimos, los momentos más alarmantes. Pero en este caso una voz interior más prudente agregó: sí, como para filmarla, claro que sí, siempre que sobrevivas para contarle al mundo lo que pasó.

Sobreviví, en efecto, y, en efecto, le conté al mundo esa historia y ahora, en efecto, casi 35 años más tarde, se filmó una película que explora aquellos días azarosos en que me asomé a mi posible muerte y también los errantes años del destierro que me salvó de morir. A fines de 2006, el gran cineasta canadiense Peter Raymont (que ganó el Emmy por Shake hands with the devil, Dándole la mano al Diablo: el camino de Roméo Dallaire) me acompañó a Chile para revisitar las glorias de la revolución de Allende y la devastación que cayó sobre nuestro pueblo después de la asonada de Pinochet. Uno de los regalos inesperados que me brindó este viaje a mis orígenes fue que finalmente pude ubicar a esa mujer anónima y agradecer el auxilio que me había prestado.

La había recordado muchas veces durante mis 17 años de exilio, y cuando se restauró una precaria, todavía amenazada, democracia en 1990, le rendí homenaje al hacer de Paulina, la protagonista de mi obra teatral, La muerte y la doncella, alguien que se había dedicado a rescatar víctimas del golpe de Estado en un país muy similar a Chile. Con la esperanza de que ella, a diferencia de Paulina, hubiese escapado del destino inmisericorde de traición y prisión y tortura que yo tuve que inflingirle a mi personaje.

Por suerte estaba sana y salva -y mientras ella recorrió conmigo las mismas avenidas de antaño, recreando el itinerario por el cual me había guiado en esa lejana época de emergencia, descubrí tanto su nombre como la historia fascinante de su vida-.

Y, sin embargo, esa historia, ese nombre, esa mujer, no están en el documental.

Es cierto, las calles del ahora pacífico Santiago ya no estaban atiborradas de soldados malignos, pero los viejos temores todavía persistían en el aire, y siguen contaminando incontables vidas. Mi Paulina no quiso ser filmada, dijo, porque miembros de su familia no tenían la menor idea de su secreto heroísmo durante el golpe, cómo había arriesgado todo para salvar a subversivos como yo y tantos otros. Si su oculta identidad revolucionaria llegaba a saberse, desplegarse en una pantalla, dijo, podía haber todo tipo de consecuencias que ella prefería evitar. No era así como yo había imaginado nuestra gloriosa reunión.

En forma tal vez ingenua, lo que anticipaba era que, tal como ella me había redimido de la muerte, ahora el documental la redimiría a ella de un olvido injusto. Por cierto, que la cámara que inhibió su presencia en nuestro filme facilitó, en cambio, una serie de otros encuentros que nunca hubieran acaecido de no haber alguien presente para registrarlos, que sólo fueron posibles porque un director me exigía pertinazmente que enfrentara yo el dolor agitándose en la zona prohibida de mi pasado, ese dolor que había tratado de escabullir.

La última vez, por ejemplo, que había visto con vida a Salvador Allende, él estaba en el balcón del Palacio Presidencial, saludando a una muchedumbre de un millón de manifestantes que marchaban con entusiasmo frente a él, con tanto entusiasmo que, con mis compañeros, habíamos dado la vuelta a la manzana para pasar de nuevo bajo ese balcón, como si quisiéramos despedirnos, no dejar de ver a nuestro presidente por una última vez.

Y, ahora, la película de Raymont me permitió pararme en ese mismo balcón, mirar hacia la plaza vacía, calibrar lo que significaba que Allende fuera un cúmulo de cenizas y que ya todos esos hombres y mujeres ya no desfilaban allá abajo con el puño en alto y el corazón lleno de coraje, ya no estaban ahí mis múltiples compañeros desafiando la injusticia de los siglos.

Había escrito extensamente acerca de la invasión de las vidas privadas de cada ciudadano durante la dictadura, y de la violación paralela a sus cuerpos, pero nada me preparó para el sótano que visité donde había operado la Gestapo de Pinochet, donde sus espías habían escudriñado las conversaciones de Chile. Lo que quedaba de aquella abominación era un enjambre de cables torcidos cuya multitud de colores vivaces y hermosos hacía más perverso aún lo que había sucedido en ese antro subterráneo. Ver ese hervidero de hilos sinuosos me hizo mal, me hace mal ahora mismo que escribo estas palabras, retornándome a las noches en que estábamos a punto de ser extinguidos, cuando no nos podíamos permitir el lujo de reconocer lo que ese tipo de represión puede hacerte al alma, hacerle a tu país.

Y al próximo día de mi visita a ese sótano, casi como un responso, en el medio mismo de nuestra filmación, la radio trajo de sopetón la noticia de que el hombre responsable de tanta perfidia, mi Némesis, el general Augusto Pinochet Ugarte, había sufrido un infarto y estaba al borde de la muerte.

Nos fuimos de inmediato al hospital.

El exilio es un suplicio incesante, pero te libra, al menos, del fastidio de tener que cohabitar con los fanáticos y cómplices del dictador. Y ahí estaban, afuera de la entrada del hospital, un grupo de mujeres, lamentando a gritos a su líder agónico, capitaneadas por una mujer baja y rubicunda. sus labios teñidos de un rojo carmesí, los dedos regordetes aferrados a un retrato de su héroe, una letanía de lágrimas emergiendo desde detrás de unos incongruentes anteojos de sol. Ahí estaba ella, presentando un espectáculo lastimero y patético para el mundo entero, defendiendo a un hombre que había sido denunciado por tribunales internacionales de varios países y por los mismos jueces chilenos como un torturador, un asesino, un mentiroso, un ladrón. En eso se había convertido Chile: un país donde esta dama que había celebrado la destrucción de la democracia, que había abierto una botella de champaña mientras a mis amigos les acorralaban y les perseguían y les mataban, a esa mujer la estaban transmitiendo a los cuatro vientos mientras que mi Paulina seguía invisible, todavía encubriéndose, todavía sufriendo las consecuencias del terror desatado por aquel General tan frondosamente elogiado.

Y, no obstante, la miseria de esa mujer me conmovió en forma paradojal, inexplicable, casi incontrolable. De manera que, incapaz de detener mis acciones, me aproximé hasta ella y le dije que tal como yo había sufrido el duelo de Allende yo entendía que ahora le tocaba a ella llorar por su líder, al que yo me había opuesto con toda mi fuerza -y también quise que ella se hiciera cargo de cuánto dolor había de nuestro lado-.

Desarmada ante mis palabras, ella alcanzó a murmurar algo semejante a un agradecimiento, todavía no sé si sincero o perplejo o una mezcla de ambas emociones. Pero durante un instante ilusorio, tránsfugo, sentí que compartíamos un territorio, tal vez nuestra concurrencia señalaba débilmente hacia otro país posiblemente diferente.

Un cambio que se impone

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 20/08/08):

El fracaso de la recientes negociaciones de la Ronda de Doha para la liberalización del comercio internacional, en el marco de un acuerdo -que no pudo alcanzarse- de la Organización Mundial del Comercio (OMC), es muy representativo del estado de confusión en el que se halla sumido el mundo y de los nuevos equilibrios internacionales de fuerzas que se están diseñando en estos momentos. En una fase -téngase en cuenta- de decadencia de Occidente…

Los países emergentes (Brasil, Rusia, la India, China) no desarrollarán, por ahora, estrategias comunes -por más que el fracaso de la llamada Ronda de Doha, reunida en Ginebra, haya puesto de relieve una inesperada concertación entre la India y China-, pero presentan desde luego políticas propias y diferenciadas respecto a Estados Unidos y a la Unión Europea, que, en el ámbito económico, han actuado muchas veces en los últimos años de forma contradictoria.

Por otro lado, los países productores de petróleo y de gas -en un momento de crisis energética como el que estamos atravesando- también se atienen a visiones estratégicas propias y divergentes entre sí. Oriente Próximo, Arabia Saudí, Irak (o lo que queda de él) e Irán son ejemplos de cuanto decimos, como en África lo son Argelia, Libia, Nigeria o Angola, y en Latinoamérica México, Venezuela y Brasil, por no hablar de Rusia, país al que Putin, gracias al petróleo y al gas, ha dado una nueva pujanza, económica y política, en el conjunto de las naciones.

Lo que ocurre es que la mayoría de los países citados, poseedores de grandes reservas de petróleo y de gas, no siempre están social y económicamente desarrollados según los criterios de distribución de la renta de la ONU, ni son democracias respetuosas con los derechos humanos. Añádase que Estados Unidos y la Unión Europea, en términos mundiales, están perdiendo el prestigio y la fuerza de los que gozaron en el pasado.

Estados Unidos, en virtud de la deriva a la que ha conducido al país la política de la Administración de George W. Bush, tanto en el ámbito político y geoestratégico -guerras en Afganistán y en Irak, lucha contra el terrorismo sin respeto alguno por los derechos humanos- como en el económico, teniendo en cuenta el desastre al que ha llevado el neoliberalismo radical (crisis financiera, inflación, desempleo, subprime, quiebras de grandes bancos y empresas, bajada constante del valor del dólar, etcétera).

En lo que a la Unión Europea se refiere, su desprestigio se debe más a la omisión que a la acción, en virtud de cierta paralisis institucional, de omisiones en ámbito exterior y también -hay que decirlo- de la falta de visión, en relación al futuro, de algunos de los principales líderes europeos, como Sarkozy, Berlusconi o el propio Brown.

En estos momentos, además de la crisis energética, han surgido otras crisis acaso más nefastas aún: una crisis alimentaria (con la incontenible subida de precios de algunos géneros esenciales), otra económica (con el aumento del coste de la vida, la recesión económica, el desempleo), una crisis ambiental y la ya mencionada crisis financiera y de las bolsas.

Tanto en Estados Unidos como, ahora también aunque a menor escala, en la Unión Europea. Las perspectivas no son halagüeñas, y la mayoría de los gobernantes occidentales parecen estar a la espera de que la situación mejore, como por milagro, sin atreverse a hacerle frente. Error fatal, que todos acabaremos por pagar caro.

Curiosamente, George W. Bush, casi al final de su mandato, está renegando de su doctrina de siempre -el neoliberalismo- y, discretamente, ha intervenido creando un gran fondo federal para salvar a los bancos, a las empresas y a los propietarios endeudados con la compra de su vivienda a crédito (subprime). Un fondo de 300 billones de dólares, del que podrán beneficiarse 400.000 propietarios… Sin querer, casi forzados por las circunstancias, viene a dársele la razón al viejo Keynes y al new deal de Roosevelt, tan odiados por los republicanos.

En la Unión Europea no se ha llegado aún tan lejos. Sin embargo, a sus gobernantes les cuesta reconocer que, después de tantos años de propaganda, el neoliberalismo está agotado. Que es preciso cambiar de paradigma. La democracia liberal y la “teologización” del mercado han de ser sustituidas por la democracia social y ambiental, con una regulación de los mercados por parte de los Estados nacionales, y una regulación de la globalización por parte de la ONU.

Es ésta la tarea que le corresponde impulsar a Barak Obama, una vez que gane las elecciones de noviembre. Una tarea para cuya adaptación a la Unión Europea le queda poco tiempo, y que pasa por reforzar la asociación estratégica euroatlántica y por el entendimiento con los países iberoamericanos, en el propio interés de Occidente. Será el único medio de evitar la decadencia que se anuncia y de asegurar el cambio que se impone.

Caca, culo, pedo, pis

Por Félix Ovejero Lucas, profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 20/08/08):

En contra de una afamada sentencia filosófica, parece que se ha extendido la máxima “cuando no se tiene nada que decir, mejor no callarse”. Una de las maneras de no callarse cuando no se tiene nada que decir, la estrategia del adjetivo, chisporrotea cada mañana en tertulias y editoriales: se empaqueta la opinión criticada bajo una etiqueta y se prescinde del trámite del argumento. “Superada” y “rancia” son algunos de los adjetivos más concurridos. Hasta las opiniones contrarias a la Monarquía y a la religión se han descalificado como “antiguas” o “rancias”, sin molestarse en precisar el día y la prueba de la caducidad.

Así que, aviso al lector, lo que sigue es una antigualla que se ocupa precisamente de la estrategia del adjetivo. Una antigualla que intentaré arropar con otra antigualla: razones.

La tesis es sencilla: la estrategia del adjetivo confunde el etiquetaje con el diagnóstico e incapacita para entender los problemas. En particular, incapacita para abordar los llamados “conflictos culturales”, un territorio en donde los calificativos se espolvorean con mayor prodigalidad, hasta el punto de escamotear que, en muchos casos, tales conflictos no son sino epifenómenos de problemas más hondos de desigualdad.

Hay otra implicación, más intranquilizadora, pero la dejo para más adelante.

Que en los asuntos “culturales” las cosas no son lo que parecen lo mostró un premio Nobel de Economía de los que más ingenio ha destilado. En un clásico trabajo, Thomas Schelling nos enseñó que la segregación racial tan frecuente en las ciudades norteamericanas no hay que atribuirla necesariamente al racismo. Se puede dar, y se dará, con individuos que pueden ser la mar de felices en un barrio mixto, incluso si forman parte de la minoría.

Para que se produzca basta con que los vecinos de uno u otro color quieran evitar quedarse solos -o con muy poquitos de los “suyos”- entre los otros. Cuando cada uno, por la razón que sea, busca evitar esa situación, las desigualdades económicas empiezan a imponer su ley y se acaba recalando en barrios cromáticamente homogéneos.

Con sus matices, la dinámica del proceso no es muy diferente de lo que hemos visto en nuestras ciudades, cuando la llegada de unos cuantos vecinos, acomodados o menesterosos, con sus demandas de servicios y sus dineros, muchos o pocos, acaban por expulsar a los que están en la otra punta del escalafón. El nuevo ecosistema resulta irrespirable económicamente para sus antiguos habitantes.

The Economist, en un número reciente, mostraba lo último de esa tendencia entre los de arriba: barrios por afinidadesideológicas, en realidad, islas de identidad, en donde el dinero oficia como pasaporte, como peaje que desbarata la universalidad del ideal de ciudadanía. Dentro, servicios propios accesibles sólo a los vecinos. Cada tribu, sus leyes. Eso sí, siempre que se lo puedan pagar. Los demás, a mogollón en la periferia.

No faltan los ejemplos de “discriminaciones” que no son lo que parecen: los negros que reciben menos órganos para trasplantes; la admisión de judíos en Yale; el acceso de las mujeres a los Departamentos universitarios. Con todo, explicaciones de los conflictos culturales como la de Schelling son infrecuentes. Lo usual es tirar por lo derecho, por el adjetivo: si hay segregación racial, somos racistas; si las mujeres no tienen acceso a las posiciones de poder, somos sexistas; si los trabajadores miran con recelo a los inmigrantes, son xenófobos. Y así.

Entiéndase. Racismo, sexismo y xenofobia no faltan. Lo confirman mil experimentos. Por ejemplo, enfrentados a una serie de palabras, agrupamos más rápidamente las que se refieren a comportamientos bien vistos con aquellas que aluden a los nuestros que cuando las palabras rozan a los otros. Vamos, que juntamos “blanco” y “honestidad” en un instante, mientras que tenemos que rumiarlo cuando se trata de meter en el mismo cajón “negro” y “honestidad”.

Que la cosa es seria lo muestra que no importa si uno es negro o blanco, liberal o conservador. Es tan seria que, seguramente, tiene un sustrato biológico. Dicha la bestialidad a lo bestia: para nuestros antepasados ser racista pudo resultar ventajoso adaptativamente.

Pero que las disposiciones existan no quiere decir que den cuenta de todos los comportamientos que precipitadamente calificamos como racistas. Nadie explica el exceso de población del mundo porque nos divierta el sexo o el aumento de la criminalidad porque la agresividad forme parte de nuestro repertorio de reacciones básicas.

Lo importante son las circunstancias sociales, eso que antes se llamaba “el contexto”. Al fin y al cabo, quienes participan en las alegres fiestas marbellíes, tan multiculturales, no tienen una urdimbre genética diferente de la de los trabajadores que miran con recelo a los inmigrantes en las colas de los servicios sanitarios. En lo que atañe a xenofobia o machismo, unos y otros son igualmente confiables. Tanto o tan poco.

La operación simplificadora deja intacto el mundo pero maltrata a sus pobladores. Si la culpa es del racismo, el sexismo y de la xenofobia, en algún eslabón de la cadena causal la culpa es de cada uno de nosotros, racistas, sexistas y xenófobos. Y si uno levanta la mano y dice que las cosas no son tan sencillas, que lo que se archiva en el negociado de racismo, sexismo o xenofobia quizá pertenece al tradicional departamento de igualdad, no tardará en ser acallado bajo la acusación de racista, sexista o xenófobo. De antiguo. Caca, culo, pedo, pis.

Pero, qué le vamos a hacer, las cosas son complicadas. Es verdad que cuando en una sala abarrotada se produce un incendio y cada uno intenta salir el primero, sin atender a los demás, el egoísmo algo tiene que ver con la previsible catástrofe. Pero el resultado no será mejor con individuos altruistas si cada uno, cortésmente, cede el paso a los demás y nadie acaba por salir. La ignorancia de que el problema está en las reglas del juego sociales o en las instituciones, desemboca con bastante naturalidad en acusaciones de mala fe. Si se cree que los problemas se solucionan cuando somos buenos, no cabe sino buscar traidores y desleales cuando vienen mal dadas. Al final de la estrategia del adjetivo siempre asoma la estrategia de la sospecha.

La implicación política menos grave de esta forma de pensar es la propia de los curas: hay que cambiar las mentalidades, educar a las gentes. Cuando todos seamos buenos, el mundo será una maravilla. Y si no, la culpa es nuestra. La naturaleza caída del cristianismo, que al fin se impone. Otras veces las cosas son más graves. No hay que olvidar que el socialismo más siniestro, el de los campos de reeducación, iba de la mano del “hombre nuevo”.

Esa vereda, si tiene algún destino, es la paralización del pensamiento, sustituido por la pirotecnia de las palabras. Los conjuros siempre han entretenido mucho a la afición. Más fascinante y menos trabajoso que reordenar el poder o el dinero, que cambiar el mundo, es juguetear con las palabras, crear ministerios del humo, aunque se llamen ministerios de cambiar el mundo.

No supimos qué hacer con él

Por Ignacio García de Leániz Caprile, profesor de Factor Humano en la Empresa (EL MUNDO, 20/08/08):

Apenas su mujer -Lya-, sus hijos -Yermolai, Ignat y Stephan- y un círculo cada vez más reducido de amigos -muerto ya Rostropovich- preparaban para este diciembre su 90º cumpleaños. Lo iban a celebrar en su dacha de Troise-Lykovo, al oeste de Moscú, situada irónicamente entre las que ocuparon en tiempos más siniestros los camaradas Suslov y Chernenko, a quienes derrotaría con esa su pluma tan verdadera y de una determinación sobrehumana. Para el resto del mundo, hacía mucho que Solzhenitsin no vivía entre nosotros y lo habíamos metido en el desván de la Historia como una armadura ya vetusta, gloriosa en tiempos pero inservible para el siglo. Por eso, entre unos y otros andábamos sin saber muy bien qué hacer con él tras agradecerle, faltaría más, los servicios prestados, que eran muchos y ciertamente impagables. Y así, entre su silencio elocuente de los últimos años -él, que había sido con Primo Levi el gran vozarrón de este siglo XX que va del Lager al Gulag- y las sordinas que le veníamos aplicando, podíamos vivir sin sus palabras tan lacerantes.

Pero ahora la muerte nos obliga a volver la vista a su rostro estepario, incómodo como el de la Esfinge, y sostener su mirada vertida en unas obras que mucho nos cuestionan. Y es que odiaba tanto el totalitarismo de la Unión Soviética como denostaba el materialismo que asola Occidente y amenaza con el colapso de nuestra civilización: Solzhenitsin se encontraba exiliado del mundo. No por casualidad terminaba en 1971 su texto escrito para el Nobel con este proverbio ruso: «Una palabra de verdad pesa más que el mundo». En efecto, bastó un hombre como él, arropado por la sangre y el sufrimiento de millones de víctimas, y un libro aparecido clandestinamente en París para que se desplomaran al poco las murallas de la Unión Soviética, más livianas que su J’accuse demoledor. Tanto fue así que en un futuro los historiadores fijarán el comienzo del fin de la URSS no en la caída del Muro sino más bien en ese diciembre de 1973 donde los relatos de su Archipiélago Gulag abrieron a los ojos de Occidente -no a todos- la trágica realidad de aquella impostura o «gran isla de mentiras» que era ese inmenso piélago.

Pero ya mucho antes, en 1962, había acaecido un suceso difícilmente explicable cuanto más se medita: Tvardovsky, el providencial editor de Novy Mir, había hecho llegar a Krushev el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denisovich que Solzhenitsin había redactado en apenas 40 días, dos años antes. Y un personaje tan enigmático como Krushev, tras leerlo desvelado de un tirón, ordenó su publicación íntegra y que 23 copias fueran distribuidas inmediatamente entre los miembros del Politburó.

Pocas veces, si alguna, un libro pudo tener mayor impacto político en el mundo tanto soviético como occidental, mayor incluso que Archipiélago. Los sillares del estalinismo quedarían ya irreparables por esa jornada de calvario de Denisovich, que compendiaba el descensus ad inferos del propio Solzhenitsin por los campos de Butyrki, Novi Ierusalim, Marfino y Ekibastuz. El Iván Denisovich vino así a convertirse para el estalinismo en el juicio de Nuremberg que nunca tuvo y en el que Solzhenitsin haría la veces de fiscal, juez y víctima, como víctimas fueron aquellos héroes morales -tan decisivos para su itinerario espiritual- como Boris Gammerov, muerto a los 21 años, o Boris Kornfeld, cuyas últimas e impresionantes palabras fueron dirigidas al propio Solzhenitsin la noche antes de ser salvajemente asesinado. Era muy cierto que una palabra de verdad podía pesar más que el mundo.

Claro que tales osadías le costaron abandonar forzosamente su querida Rusia emprendiendo otro largo exilio y aparecer repentinamente con su grave voz y su verdad insobornable en este Occidente nuestro. Y, a qué engañarse, en esta Europa ilustrada y de la Ostpolitik no supimos muy bien qué hacer con un profeta tal, venido del frío, apasionado como Tolstoi y espiritual como Dostoiesvki. Entre nosotros, la intelligentsia de izquierdas -siempre tan dada a liberalidades- no le perdonó su visita a España en 1976 y Benet, erigido en gran pope, se lamentaba textualmente en el número de Cuadernos para el diálogo de marzo de ese mismo año de que «los campos de concentración no estuvieran mejor custodiados» y que «las autoridades soviéticas no se sacudieran mejor semejante peste».

Todo muy dialogante a lo que se ve y que explica muchas connivencias muy siniestras y en qué manos estábamos y cómo se las gastaban. Al final convinimos entre todos en buscarle refugio en la remota aldea de Cavendish, en los bosques de Vermont, con la esperanza de que, Atlántico por medio, no hiciera mucho ruido y que Estados Unidos se hiciera cargo de tal engorro. Pero desde allí, y en sus viajes europeos, continuó escribiendo y hablando urbi et orbi, diciendo verdades bien incordiantes, no sólo sobre la Unión Soviética sino también sobre este Occidente que empezaba a conocer a fondo. Solzhenitsin, como antes Casandra, había dejado ya de importarnos.

Mientras, él comprobaba perplejo que la adoración por la técnica -tecnolatría la denominó muy acertadamente- no era una mera patología soviética, sino que empapaba toda nuestra sociedad occidental bajo el mito del progreso perpetuo, sin quedar resquicio para la vida del espíritu y mucho menos para Dios. Y así, este ethos [modo de ser] nuestro languidecía bajo otros dos males que sin acudir a Heidegger veía igualmente en nuestro tiempo: la prisa y el ruido. Por eso se preguntaba melancólicamente desde su ensimismamiento: «¿Cómo proteger el derecho de nuestros oídos al silencio y el de nuestros ojos a la visión interior?». No encontró otra respuesta que propugnar que un redescubrimiento del hombre y la naturaleza en línea con lo que su amigo el economista Schumacher -converso como él- esbozaba esos mismos años en Lo pequeño es hermoso: o acudíamos a la vieja virtud de la frónesis [sabiduría práctica] e introducíamos la noción de respeto hacia nuestro entorno o realmente la humanidad iba a verse en una encrucijada fatal. Para que no nos aguara la fiesta, no le hicimos ni aquí ni en Moscú el menor caso y Solzhenitsin se calló: estaba ya de un tiempo a esta parte en aquellas regiones que Rilke daba en llamar «la alta mar del espíritu», en soledad amena.

Pero, aun con todo, no nos será fácil soslayar la mirada de este gigante de ultimidades y honduras muy serias vertidas en libros capaces de derribar regímenes y remover corazones. Como si sus páginas nos susurraran y dieran aviso de un Deus possibilis más allá de la gran riada del Gulag y de la enfermedad del espíritu que ahoga a Occidente, sin cuya lectura nuestra alma quedaría mutilada y el mundo más incomprensible. Tal vez por todo eso al despedir sus restos nos vengan aquellas exactas palabras que Shakespeare hizo decir a Antonio en otro tiempo y lugar: «Tan excelente fue su vida y coincidieron en él tantas virtudes que la Naturaleza bien puede proclamar al mundo entero: ‘Este era un hombre’». Uno no encuentra epitafio mejor para el hombre que fue Solzhenitsin.

Residuos de la grandeza

Por Valentí Puig (ABC, 20/08/08):

Los ídolos más modernos son los que se desploman con aquella prontitud de lo que arde fácilmente o se evapora sin dejar rastro alguno de nobleza. Al otro lado del río, donde hubo templos y palacios, para sucesivas promociones escolares la mitología greco-latina y el legado cultural del cristianismo ya no existen. Visitar un gran museo sin saber quién es Prometeo o qué fue la torre de Babel tiene algo de recorrido con antifaz virtual en un mundo sin referencias ni claves de civilización. Cuando a Goethe le preguntan a qué escritor le hubiese gustado conocer, no duda en decir: «Virgilio». Dante también recurrió a Virgilio como guía para transitar el infierno. Virgilio, el poeta que funda Europa. Hijo de alfarero y apicultor, su madre le da a luz en una zanja, y dice Jean Giono que se sabe también que era una tarde de bruma ligeramente holandesa y que a través de la niebla los rayos del sol agrandaban desmesuradamente la sombra de los grandes bueyes con cuernos en forma de lira. Un efecto equivalente aparece en la densidad transparente, en la serenidad turbadora de «Las hilanderas».

¿Quién leerá hoy a Virgilio, a Dante o Goethe? Incluso los críticos literarios más peripuestos se concentran en la lectura del siglo XX, a ser posible entre Paul Auster y Tabucchi. Por una parte, padecemos un proceso acelerado de vulgarización, entre la «play station» y la violencia tribal. Por otro, lo menos deleznable es una nostalgia por ideales y causas impolutas que no se han vivido y que se intuyen solo parcialmente. De ahí, y de tantos cabos por atar que deja la secularización, el afán de una religiosidad sin nombre. El mal hecho es irreversible salvo por reacción individual ante el naufragio y su consecuencia más manifiesta es la relativización de lo que era la literatura como un «continuum» de la experiencia humana, de la vida simbólica del hombre. Eso incide en el sistema de valores, erosiona. Afecta a la trama que sustancia gran parte de lo que entendemos como Occidente. Va incluso más allá de relativismo cultural. Niega la palabra misma, y como Foucault, también la existencia del ser humano. Es difícil entender a Dante si negamos la distinción entre el bien y el mal. De poco sirve leer a Shakespeare si no aceptamos la noción de naturaleza humana. Nada aprenderemos de Cervantes si reducimos la imaginación a psicopatología. Si la guerra es una entelequia políticamente incorrecta, ¿cómo interpretar una literatura y un arte sin guerra cuando ahí están Tolstoi o «La rendición de Breda»?

Lo políticamente correcto ha instituido una cultura de la sospecha que afecta a las novelas que comienzan por el principio y acaban por el final, la melodía en la música, la armonía en la arquitectura, la figuración en la pintura. Lo políticamente correcto es la trasgresión: el arte oficial es la vanguardia. Paradigma de la trasgresión que debe ser prioritaria en todo arte, el urinario de Marcel Duchamp primero apareció como una broma surrealista al exponerlo en 1917 con el título «Fuente»; así estuvo ascendiendo a los museos y fue parte de un absolutismo de la ideología estética, al margen de que Duchamp fuera un hombre con humor y buen jugador de ajedrez. En 2004, era seleccionada como «la obra de arte más importante del arte moderno». Ya llevaba tiempo consagrada: en 1999, un pintor que, como gesto de réplica, usó del urinario de Duchamp según función original, fue penalizado y tuvo que pagar una multa por daños y perjuicios. Décadas después, todo encaja en el vértigo. Duchamp asume la trasgresión cuando lee a Max Stirner, el más inteligente y menos destructivo de los anarco-pensadores, pero capaz de negar cualquier forma de esencia personal. Bagatelas tales como el espíritu o la belleza quedan rotas y cubiertas por las arenas del desierto, como la escultura de aquel Ozymandias rey de reyes que el poeta evoca y dice: «Y en torno a la ruina del colosal naufragio, sin límites, se extiende la arena lisa y sola que en el principio era». En el pensamiento de Foucault, lector de Stirner, las olas borran de la arena todo vestigio de la identidad del ser humano. Como humor, el dadaísmo y el surrealismo ya no divierten a nadie. Más bien enojan.

En oposición a la tradición permanente han predominado oficialmente las tradiciones de la novedad. Por eso el elitismo es un deber. Sin ambición las culturas no existen. Dicho de otro modo, se disuelven a partir de un cierto grado de autosatisfacción. Cada cultura tiene sus propias estrategias simbólicas, procesos de sedimentación y también de fragmentación o de fosilización. Es así que lo post-moderno ha fosilizado con tanta diligencia. Tendremos que recuperar la idea de que la cultura es la fuerza de continuidad en la biografía colectiva de una comunidad humana y a la vez un acto de individualidad. La libre circulación de las élites es imprescindible para una sociedad cohesiva y emprendedora, con voluntad de excelencia intelectual. Todo consiste en que, intelectualmente, libertad, responsabilidad y verdad recuperen sus vínculos. Cuesta siglos la sedimentación de instituciones que encaucen el conflicto en términos de escenario jurídico; en cuestión de segundos caen las torres gemelas de Manhattan.

Más allá el nihilismo perpetúa un mundo tóxico y residual, el gran virus que pudiera colapsar la red de redes de la experiencia colectiva, las vastas panorámicas de la acción humana. La energía prometeica sigue a disposición del mal. Implantamos ingenierías sociales que truncan la libertad, versiones del hombre nuevo que del absoluto ideológico han pasado a ser objetivo de las últimas instrumentaciones genéticas. Esa dimensión oscura coexiste con la capacidad para hacer el bien, con la pasión por la belleza, con el ansia de lucidez moral. La memoria es otro deber ineludible porque, como depósito de la experiencia y del caudal de la Historia, nos protege de la abstracción y de la radicalidad trasgresora. Algo elemental e intransferible está siendo corrompido todos los días, en el hemiciclo de un parlamento, en los laboratorios, en las páginas editoriales, en las aulas. Dice Therese Delpech en «El retorno a la barbarie en el siglo XXI» que lo más singular de nuestra época es, por un lado, la convicción de que el mal está instalado en el corazón de la Historia y, por otro, el frenético rechazo de esa constatación. Aún así, quedan resquicios para la grandeza y la gloria.

Turquía: el triunfo de la diplomacia

Por Francisco Veiga, profesor de Historia Contemporánea en la UAB. Autor del libro El turco. Diez siglos a las puertas de Europa (EL PERIÓDICO, 20/08/08):

La reacción informativa ante el veredicto del Tribunal Constitucional turco, que renunció a ilegalizar el partido del Gobierno, ha sido, en líneas generales, de desconcierto. Muchos analistas occidentales han supuesto que el país y sus actores políticos no han cambiado en los últimos 20 años y que no solo se produciría la mencionada ilegalización, sino que incluso cabría la posibilidad de un golpe de Estado militar. Pero los países se transforman a lo largo del tiempo, porque lo hacen sus sociedades, sus economías, sus circunstancias internacionales. Incluso las grandes potencias actúan de forma diferente y cambian sus objetivos. Así, un golpe militar turco hubiera resultado azaroso en sus resultados sin conocer quién mandará en la Casa Blanca y qué objetivos perseguirá en la zona el nuevo presidente norteamericano. Por otra parte, la Unión Europea presionó lo suyo para que el Tribunal Constitucional turco no llevara a cabo la ilegalización del partido en el Gobierno.

Pero, sobre todo, ha quedado en el aire la falsa idea de que el Gobierno islamista moderado ha tenido parte de la culpa de lo sucedido por haber detenido las reformas modernizadoras que deberían llevar a Turquía al seno de la UE dentro de una década. Y en eso, muchos comentaristas occidentales se han dejado llevar por la campaña en los medios de la oposición derechista al Gobierno (la que se suele denominar “laica”).

Ciertamente, durante los cuatro meses que duró esta última crisis, el Gobierno detuvo algunas reformas en política interior, so pena de que el Tribunal Constitucional las considerara un ataque a la patria o a la laicidad del Estado, conceptos que el establishment autodefinido como “kemalista” tiende a identificar entre sí, según le conviene. Se ha mencionado mucho que el Gobierno provocó las iras de los jueces al aprobar en el Parlamento la ley que posibilitaba el acceso a la universidad de las estudiantes musulmanas con türban o pañoleta. En cambio, se evita mencionar que el Gobierno de Erdogan también impulsó la reforma del polémico artículo 301 del Código Penal, que establecía una pena de hasta tres años de cárcel por insultar la “identidad turca”, la República y los órganos e instituciones del Estado. Y esa medida, que nada tiene de islamista, sí que concitó las iras de los sectores nacionalistas laicos.

PERO, SOBRE todo, a lo largo de los últimos meses, el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan impulsó un cambio espectacular en política exterior. Se habló mucho del eficaz protagonismo turco en las negociaciones de paz entre sirios e israelís, precedido, en el 2006, por el reconocimiento diplomático de Israel por Pakistán, también promovido por la diplomacia de Ankara. Sin embargo, se ha pasado muy de puntillas sobre el desbloqueo del conflicto chipriota. Es cierto que en parte fue debido a la victoria del grecochipriota y comunista Christofias en las presidenciales de febrero. Pero los turcos reaccionaron con presteza, y lo que hace un par de años era contemplado como un escollo insalvable en el camino de Turquía hacia la UE, ahora está en vías de solución y, por lo tanto, ha sido olvidado por la prensa.

Algo muy similar ha sucedido con el conflicto armenio-turco, que solo algunos periodistas, como Andrés Mourenza, colaborador de este periódico, han seguido con atención desde Estambul. Al menos ya desde el pasado otoño, el Gobierno de Erdogan había iniciado contactos discretos con las autoridades de la República de Armenia. Desde entonces se mantuvieron reuniones diplomáticas secretas con armenios, georgianos y azerbaiyanos en febrero; y finalmente, en abril, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Alí Babacan, dijo públicamente que Turquía abogaba por normalizar las relaciones bilaterales con Armenia. Por fin, ya en verano, el nuevo presidente armenio, Serge Sarkisian, cursó una invitación diplomática a su homólogo turco, Abdulá Gül, para que asistiera en Ereván al partido de clasificación para el Mundial de fútbol de Suráfrica del 2010 que enfrentará a las selecciones de ambos países el próximo 6 de septiembre.

POR LO TANTO, el Gobierno de Erdogan ha estado trabajando de firme en desbloquear el otro gran conflicto exterior de Turquía. Analistas occidentales poco favorables a la candidatura turca a la UE insisten en ligar esta cuestión al reconocimiento del genocidio armenio de 1915 por el Gobierno turco, aunque se trata de dos cuestiones diferentes. El restablecimiento de las buenas relaciones con Armenia sí que es un asunto que el Gobierno turco debe solucionar cara a Bruselas. No así la histórica polémica, muy utilizada por los intereses de las numerosas instituciones políticas de la diáspora armenia en Occidente, cada una con sus propios intereses.

En cualquier caso, debe recordarse que en los últimos meses, la diplomacia turca, muy bregada en situaciones difíciles, porque así es la posición geoestratégica de su país, ha demostrado a Bruselas dónde reside uno de los activos principales de la candidatura turca. Y quizás algún día se reconozca que contribuyó a evitar el descarrilamiento político del país en unos momentos muy delicados.