viernes, febrero 04, 2011

Los peligros de la estrategia palestina

Por Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí.) Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 02/02/11):

A estas alturas, todos deberían dar por entendido que las conversaciones entre el presidente palestino Mahmoud Abbas y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no pueden producir un acuerdo de paz. Sin embargo, sería erróneo insistir demasiado en las debilidades de los actuales dirigentes, ya que hacerlo supone que con líderes diferentes se podría alcanzar un acuerdo entre israelíes y palestinos a través de negociaciones bilaterales.

Por desgracia, como una reciente filtración de documentos oficiales palestinos demuestra, este no es el caso. La situación es típica de los disonantes ritmos históricos de Oriente Medio. En el pasado, las ofertas de Israel fueron rechazadas por los palestinos; ahora parece que Israel rechazó posiciones palestinas particularmente flexibles. Por supuesto, las personalidades son importantes en la historia, pero el proceso de paz entre israelíes y palestinos ha sido un rehén por décadas de las impersonales fuerzas de la historia.

En efecto, el que no se llegara a un acuerdo en el pasado no fue resultado de la mala fe o una inadecuada capacidad de negociación. Por el contrario, derivó de la incapacidad inherente de cada una de partes de reconciliarse con los requisitos fundamentales que la otra tenía para arribar a una solución. Dejados a nuestra propia suerte, nos hemos mostrado trágicamente incapaces de romper el código genético de nuestra disputa.

Abbas, pues, tiene derecho a optar por un nuevo paradigma de paz, pero su plan de declaración unilateral de independencia palestina podría ser la opción equivocada. Espera que una declaración unilateral, aunque reconocida por la comunidad internacional, de un Estado palestino a lo largo de las fronteras de 1967 supondría una presión insoportable sobre un Israel acosado por el fantasma de la deslegitimación en todo el mundo.

No se pueden negar los efectos devastadores de la nueva estrategia palestina sobre la reputación internacional de Israel. La actual ola de reconocimiento internacional de un Estado palestino es, de hecho, un gran golpe a las relaciones exteriores de Israel. Resultas especialmente doloroso el que los principales países de América Latina, donde antes Israel disfrutaba de un estatus casi mitológico, se hayan unido a ella.

Abbas parte del supuesto que, desde el momento en que su estado sea reconocido por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas , Israel se convertirá en el ocupante ilegal de un estado soberano (y miembro de pleno derecho de la ONU). En ese momento, sería objeto de sanciones internacionales que destruirían su economía y socavarían aún más su imagen, condenando al país a la condición de paria internacional.

Pero, a pesar de los daños que la estrategia palestina está infligiendo a la cada vez más frágil posición internacional de Israel, Abbas podría embarcarse en lo que podría llegar a ser un ejercicio de auto-derrota diplomática. Sintiendo ya el calor de una debacle diplomática importante, pronto Israel podría adelantarse a la ofensiva diplomática palestina con un “plan de paz” por su cuenta. Inevitablemente inadecuado -una idea que se ha considerado es el reconocimiento de un Estado palestino con fronteras provisionales que podrían abarcar cerca del 50% de Cisjordania – atraería sin embargo la atención de la comunidad internacional y quizás hasta haría fracasar la nueva estrategia palestina.

Por otra parte, en caso de que Abbas no logre reunir el apoyo de los Estados Unidos y Europa, Netanyahu podría sentirse libre de cancelar los acuerdos existentes y adoptar medidas unilaterales por su cuenta. Tampoco el apoyo de EE.UU. y Europa produciría necesariamente los resultados que Abbas espera. Si se lo presionara demasiado, Israel podría tratar de librarse de una situación insostenible a nivel internacional, retirándose de manera unilateral de Cisjordania hasta su “valla de seguridad”.

Entonces emergería automáticamente un estado palestino hostil del otro lado de ese enorme muro: un estado que no necesariamente estaría gobernado por la OLP. La retirada violenta de Israel y, por lo tanto, el final de la cooperación entre israelíes y palestinos en materia de seguridad, podría desatar tal inestabilidad que Hamás surgiría como un serio contendor por el poder en Cisjordania. Esto, a su vez, podría arrastrar a Jordania a los asuntos de esa área, al igual que Egipto lo está siendo, contra su voluntad, en los de Gaza.

Otro riesgo que implica una campaña unilateral palestina para lograr la condición de estado nacional es que puede hacer que el conflicto con Israel termine por reducirse a una banal disputa fronteriza entre estados soberanos. Cualquier gobierno que reconozca el Estado palestino inevitablemente vería ese hecho como el final del proceso de paz, y ni Europa ni los EE.UU. incluirían el reconocimiento del derecho de los palestinos de regresar a las zonas perdidas ante Israel en 1948. En efecto, al declarar unilateralmente un Estado palestino a lo largo de la línea de alto el fuego de 1967, Abbas pondría en práctica la visión de Israel de “dos estados para dos pueblos”.

De hecho, algunos en el lado israelí sostienen que, en lugar de luchar contra una declaración de un estado palestino, Israel debe aprovechar la oportunidad para convertir el conflicto en una disputa territorial manejable entre estados. A continuación, podría negociar con los EE.UU. la redacción del texto de la resolución de la ONU de forma que acabara creando un estado palestino dentro de las fronteras de 1967, con ajustes territoriales de común acuerdo. Dicha resolución neutralizaría problemas de “narrativa” difíciles, como el derecho de retorno, que han destrozado todo intento de acuerdo.

De cualquier manera, nos encontramos en el final del proceso de paz como lo hemos conocido hasta la fecha. Este nudo gordiano no se puede desatar: debe ser cortado por la sólida mediación de terceros. Sin embargo, un plan de paz de EE.UU. que apunte a cerrar las brechas entre las partes tendrá posibilidades solo si se basa en una fuerte alianza internacional para una paz entre israelíes y palestinos. Incluso entonces, dicho plan requeriría de una ingeniería diplomática especialmente laboriosa y compleja.

No importa lo enamorados de la “comunidad internacional” que se encuentren los palestinos: no estarán satisfechos con un plan que provenga de una alianza internacional liderada por Estados Unidos. Un plan que con casi total certidumbre tendría que satisfacer las inquietudes de seguridad de Israel y se inclinaría a reconocer su judaísmo – de un modo que podría neutralizar por completo el espíritu de retorno de los palestinos- podría resultarles especialmente indigerible.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Mitigar el calentamiento global también disminuye la obesidad

Por Ian Roberts, profesor de Epidemiología y Salud Pública en la London School of Hygiene & Tropical Medicine, y autor de The Energy Glut: the Politics of Fatness in an Overheating World. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 02/02/11):

Mitigar el cambio climático ofrece oportunidades incomparables para mejorar la salud y el bienestar del ser humano. En efecto, las políticas de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero pueden traer consigo una disminución significativa de las enfermedades cardiacas y respiratorias, el cáncer, la obesidad, la diabetes, la depresión y las muertes y lesiones por accidentes automovilísticos.

Estos beneficios para la salud surgen porque la política ambiental afecta necesariamente a dos de los principales determinantes de la salud humana: la nutrición y el movimiento. Aunque los profesionales de la salud reconocen cada vez más los beneficios de las políticas que abordan el cambio climático, los encargados del diseño de políticas no los valoran tan ampliamente. La existencia de estos beneficios para la salud supone una reducción radical de los costos netos de emprender acciones firmes para mitigar el cambio climático –lo que significa que el no comprender su importancia podría tener graves consecuencias ambientales.

Los múltiples beneficios para la salud derivados de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero han quedado documentados en investigaciones recientes. Para cumplir las metas de reducción de emisiones en el sector de los transportes se necesitaría, además de reducir el uso del automóvil, aumentar ligeramente las caminatas y el uso de la bicicleta. Sobre la base de evidencias epidemiológicas que vinculan la actividad física con la salud, el aumento resultante de esa actividad reduciría en gran medida las tasas de enfermedad crónica: entre el 10% y el 20% en el caso de las enfermedades cardiacas y los derrames cerebrales, entre el 12% y el 18% en el del cáncer de mama y el 8% en el de la demencia senil.

El transporte sostenible también mejoraría nuestra salud mental, pues se calcula que habría un 6% menos de casos de depresión. Habría beneficios adicionales para la salud mental con más espacios verdes, menos contaminación de ruido y una mejor condición física.

La reducción de la producción de ganado a fin de reducir las emisiones de metano procedentes de los animales y la deforestación –factores que contribuyen significativamente al cambio climático—también mejoraría la salud. Menos ganado significaría menos productos animales en nuestra dieta, lo que reduciría nuestro consumo de grasas saturadas nocivas y conduciría a una reducción del 30% en las enfermedades cardiacas. Reducir el consumo de carne también debería reducir las tasas de cáncer colorrectal –el segundo tipo de cáncer más común entre los hombres después del cáncer de pulmón.

Al mejorar la dieta y elevar los niveles de actividad física, las políticas orientadas a mitigar el cambio climático conducirían a grandes reducciones de las tasas de enfermedades que producen muertes prematuras e incapacidad en cientos de millones de personas en todo el mundo. También reducirían la gordura de la población. Más de mil millones de adultos tienen sobrepeso y 300 millones son obesos, incluyendo a una tercera parte de la población estadounidense. Además, científicos del gobierno británico predicen que el Reino Unido “será una sociedad predominantemente obesa” para 2050.

De hecho, si se mantienen las tendencias actuales, para 2050 nueve de cada diez adultos en el mundo desarrollado tendrán sobrepeso o serán obesos. En los países de ingresos medios, el índice de masa corporal está aumentando de manera constante. Esto tendrá un impacto grave en la salud y el bienestar y aumentará el riesgo de diabetes, enfermedades cardiacas, derrames cerebrales y cáncer.

Pero los países en desarrollo también están en peligro. A México sólo lo superan los Estados Unidos en términos de prevalencia de la obesidad. El aumento de la diabetes como consecuencia de una población que engorda está provocando una epidemia de enfermedades renales en un país en el que sólo una de cada cuatro personas puede recibir tratamiento.

La experiencia de Cuba en los años noventa confirma los efectos sobre la salud de reducir el consumo de combustibles fósiles. Durante la crisis de energía cubana que siguió a la interrupción de los insumos soviéticos subsidiados, la proporción de adultos que hacían actividades físicas aumentó en más del doble. El índice de masa corporal promedio de la población disminuyó 1.5 unidades, con lo que la prevalencia de la obesidad cayó a la mitad, del 14% al 7%. Las muertes por diabetes se redujeron 51%, por enfermedades cardiacas 35% y por derrames cerebrales 20%.

Además, en un mundo en el que se recurra menos al carbono habría menos hambre. En abril de 2008, Evo Morales, el presidente de la pobre y cada vez más hambrienta Bolivia, hizo un llamado por “la vida primero, los autos segundos” y exhortó al mundo rico a que dejara de quemar alimentos cada vez que manejaban sus autos –una referencia a las políticas de los gobiernos occidentales sobre los biocombustibles.

Sin embargo, el uso del automóvil y los precios de los alimentos ya estaban vinculados mucho antes de las políticas sobre los biocombustibles. El uso del automóvil hace que aumenten los precios de los alimentos, porque el petróleo es un insumo clave para la agricultura. Reducir el uso del petróleo en el sector de los transportes es esencial para evitar la hambruna en los países pobres. Hasta que la agricultura se libere de la dependencia del petróleo, habrá una competencia para llenar los tanques de gasolina en los países ricos y los estómagos en los pobres. Comer menos productos animales también reduciría los precios de los alimentos, porque el ganado se alimenta a base de cereales.

Otras políticas orientadas a mitigar el cambio climático también tienen efectos positivos sobre la salud. Aislar los hogares en los países de altos ingresos para conservar energía prevendría las muertes relacionadas con el frío. Igualmente, el uso de cocinas más eficientes en el consumo de combustible en los países pobres reduciría el número de muertes de niños –que actualmente es de un millón al año—por infecciones respiratorias provocadas o agravadas por el uso de combustibles sólidos.

Un programa de reducción del uso del carbono en todas las principales áreas del uso de energía, junto con una reducción del consumo de productos animales, generaría beneficios sustanciales para la salud y el bienestar del ser humano. En sus debates sobre el costo de la mitigación del cambio climático, los negociadores y encargados del diseño de políticas no pueden pasar por alto el enorme valor de estos beneficios.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Goodbye to “Globalization”

By Harold James, professor of History and International Affairs at Princeton University, and Matteo Albanese, researcher in history at the European University Institute (Project Syndicate, 02/02/11):

The term “globalization” first swept the world in the 1990’s and reached its highpoint of popularity in 2000 and 2001. In 2001, for instance, Le Monde contained more than 3,500 references to mondialisation. But then the figure steadily fell – more than 80% by 2006. Since the outbreak of the financial crisis in 2007, the word’s usage in major newspapers such as the New York Times and the Financial Times has fallen still further. Globalization is on its way out.

A brief history of the concept, and a comparison with another term that also became discredited by overuse, helps to explain what happened.

The twentieth century’s two most important conceptual innovations, “totalitarianism” and “globalization,” were originally Italian. The first term defined the tumultuous middle of the twentieth century, the latter its benign ending. “Totalitarianism” finally disintegrated in 1989, and globalization prevailed.

Both terms originated as criticisms that were supposed to undermine and subvert the political tendencies they described. But both ended up being just as frequently and enthusiastically used by the respective tendencies’ proponents.

“Totalitarianism” began its conceptual life in 1923 as a criticism or parody by the liberal writer Giovanni Amendola of the megalomaniacal pretensions of Benito Mussolini’s new regime. In the course of a few years, it had become the proud self-definition of Italian fascism, endorsed by Mussolini’s education minister, Giovanni Gentile, who became the official philosopher of fascism, and then incorporated in a ghost-written article by Mussolini himself in the Encyclopedia of Fascism.

In both the hostile and the celebratory use of the word, totalitarianism was intended to describe a movement that embraced all aspects of life in what purported to be a coherent philosophy of politics, economics, and society. Fascists liked to think of themselves as imbued with total knowledge and total power.

Today, few know where the term “globalization” originated. The Oxford English Dictionary gives as the earliest reference to its current usage an academic article from 1972. The word had been used earlier, but in a rather different sense. It was a diplomatic term conveying the linkage between disparate policy areas (for example, in negotiating simultaneously on financial and security matters).

The OED etymology ignores the non-English origins of the term, which can be found in the inventive linguistic terminology of continental European student radicalism. In 1970, the radical left-wing Italian underground periodical Sinistra Proletaria carried an article entitled “The Process of Globalization of Capitalist Society,” which was a description of IBM, an “organization which presents itself as a totality and controls all its activities towards the goal of profit and ‘globalizes’ all activity in the productive process.” Because IBM, according to the article, produced in 14 countries and sold in 109, it “contains in itself the globalization (mondializzazione) of capitalist imperialism.” This obscure left-wing publication is the first known reference to globalization in its contemporary sense.

Since then, the term has had ups and downs. It became increasingly faddish in the 1990’s, but mostly as a term of abuse. In the late 1990’s and early 2000’s, anti-globalization demonstrations targeted the World Trade Organization, the International Monetary Fund, the World Economic Forum, and McDonald’s. Globalization was seen at this time – as in the vision of the 1960’s Italian leftists – as the exploitation of the world’s poor by a plutocratic and technocratic elite.

But in the 2000’s, the meaning of globalization shifted and began to take on a semi-positive note, in large part because it increasingly looked as if the major winners of globalization included many rapidly growing emerging markets. Indeed, countries that had previously been described as “under-developed” or “Third World” were becoming incipient global hegemons. Moreover, many former critics began to recognize global connectedness as a way of solving global problems such as climate change, economic crisis, and poverty.

Historians have started to project globalization backwards. It is no longer seen only as a story of the capital-market-driven integration of the last two decades of the twentieth century, or even of an “early wave of globalization” in the nineteenth century, when the gold standard and the Atlantic telegram seemed to unite the world. Instead, the wider and deeper historical vision is of a globalization that encompasses the Roman empire and the Song dynasty, and goes back to the globalization of the human species from a common African origin.

The terms that we use to describe complex political and social phenomena and processes have odd ambiguities. Some concepts that are designed as criticisms are quickly inverted to become celebratory.

By 2011, anti-globalization rhetoric had largely faded, and globalization is thought of as not something to be neither fought nor cheered, but as a fundamental characteristic of the human story, in which disparate geographies and diverse themes are inextricably intertwined. In short, globalization has lost its polemical bite, and with that loss, its attractions as a concept have faded.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La realidad del poder virtual

Por Joseph S. Nye, ex subsecratario de Defensa de Estados Unidos, profesor de Harvard y autor de The Future of Power (Project Syndicate, 02/02/11):

Mientras los regímenes árabes lidian con manifestaciones alimentadas por Twitter y Al Jazeera, y los diplomáticos norteamericanos intentan entender el impacto de WikiLeaks, resulta evidente que esta era de la información global requerirá una comprensión más sofisticada de cómo funciona el poder en la política mundial.

Este es el argumento de mi nuevo libro, The Future of Power (El futuro del poder). Dos tipos de cambios de poder se están produciendo en este siglo –la transición del poder y la difusión del poder-. La transición del poder de un estado dominante a otro es un patrón histórico familiar, pero la difusión del poder es un proceso más novedoso. El problema para todos los estados hoy es que cada vez suceden más cosas fuera del control de hasta los estados más poderosos.

En cuanto a la transición del poder, hoy en día se derrocha mucha atención en una supuesta decadencia norteamericana, muchas veces con analogías históricas simplistas con Gran Bretaña y Roma. Pero Roma siguió siendo dominante durante más de tres siglos después del apogeo de su poder y, aún entonces, no sucumbió ante el ascenso de otro estado, sino que sufrió una muerte a causa de miles de cortes infligidos por varias tribus bárbaras

De hecho, a pesar de todas las predicciones de moda de que China, India o Brasil superarán a Estados Unidos en las próximas décadas, las mayores amenazas pueden provenir de bárbaros modernos y actores que no son estados. En un mundo de ciber-inseguridad basado en la información, la difusión del poder puede ser una amenaza mayor que la transición del poder.

¿Qué significará ejercer el poder en la era de la información global del siglo XXI? ¿Qué recursos producirán poder?

Cada era genera sus propias respuestas. En el siglo XVI, el control de las colonias y el lingote de oro le dieron a España una posición de ventaja; la Holanda del siglo XVII se benefició del comercio y de las finanzas; la Francia del siglo XVIII fue superior gracias a su población y sus ejércitos más grandes; y el poder británico del siglo XIX residía en la primacía industrial y naval.

La opinión generalmente aceptada siempre sostuvo que prevalece el estado con el ejército más grande. En una era de la información, sin embargo, el que gana puede ser el estado (o no estado) con la mejor historia. Hoy, no está para nada claro cómo medir un equilibrio de poder, mucho menos cómo desarrollar estrategias de supervivencia exitosas para este nuevo mundo.

La mayoría de las proyecciones actuales de un cambio en el equilibrio global del poder se basan principalmente en un factor: las proyecciones del crecimiento del PBI de los países. Por ende, ignoran las otras dimensiones del poder, entre ellas el poder militar duro y el poder blando de la narrativa, para no mencionar las dificultades en materia de políticas que implica combinarlas en estrategias exitosas.

Los estados seguirán siendo el actor dominante en el escenario mundial, pero encontrarán que el escenario está mucho más poblado y es más difícil de controlar. Una parte mucho mayor que nunca de sus poblaciones tiene acceso al poder que proviene de la información.

A los gobiernos siempre les preocupó el flujo y control de la información, y el período actual no es el primero en verse marcadamente afectado por cambios drásticos en la tecnología de la información. Lo que es nuevo –y lo que vemos que se manifiesta hoy en Oriente Medio- es la velocidad de la comunicación y el acceso al poder tecnológico de una franja mayor de actores.

La era de la información actual, a veces llamada la “tercera revolución industrial”, se basa en avances tecnológicos rápidos en computadoras, comunicaciones y software, lo que a su vez condujo a una caída dramática del costo de crear, procesar, transmitir y buscar información de todo tipo. Y esto implica que la política mundial ya no puede ser competencia única de los gobiernos.

A medida que se reduce el costo de las computadoras y la comunicación, caen las barreras de ingreso. Los individuos y las organizaciones privadas, que van desde corporaciones y ONGs hasta terroristas, en consecuencia tienen el poder para desempeñar un papel directo en la política mundial.

La difusión de la información implica que el poder se distribuirá más ampliamente, y las redes informales minarán el monopolio de la burocracia tradicional. La velocidad del tiempo de Internet significa que todos los gobiernos tendrán menos control sobre sus agendas. Los líderes políticos gozarán de menores grados de libertad antes de que deban responder a los acontecimientos, y luego tendrán que competir con una cantidad y una variedad cada vez mayor de actores para ser oídos.

Somos testigos de esta realidad mientras los estrategas políticos norteamericanos luchan por lidiar con los disturbios de Oriente Medio de hoy. La caída del régimen de Túnez tenía profundas raíces domésticas, pero el momento en que se produjo tomó a los foráneos, entre ellos el gobierno de Estados Unidos, por sorpresa. Algunos observadores atribuyen la aceleración de la revolución a Twitter y WikiLeaks.

Mientras la administración Obama formula una política para con Egipto y Yemen, enfrenta un dilema. En Yemen, el régimen de Ali Abudullah Saleh ofreció una asistencia importante a la hora de enfrentar la amenaza del terrorismo asociado a Al Qaeda. En Egipto, el gobierno de Hosni Mubarak ayudó a moderar el conflicto palestino-israelí y equilibró el poder iraní en la región. La promoción simplista de la democracia por parte de la administración de George W. Bush costó cara tanto en Irak como en Gaza, donde las elecciones permitieron el ascenso de un gobierno hostil liderado por Hamas.

En una era de la información, la política inteligente combina el poder duro y el poder blando. Dado lo que representa Estados Unidos, la administración Obama no puede permitirse ignorar la narrativa de poder blando de democracia, libertad y apertura.

Por consiguiente, Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton realizaron pedidos públicos y privados de reforma y cambio en Egipto y el mundo árabe más amplio, mientras que, al mismo tiempo, le reclamaron a todas las partes poner un límite a la violencia. Es más, se alinearon con la libertad de información frente a los esfuerzos por parte del régimen egipcio de bloquear el acceso a Internet.

Cómo se desarrollarán los acontecimientos en Oriente Medio es una incógnita, pero en la era de la información de hoy, defender la libertad de acceso a esa información será un componente importante del poder inteligente.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Revueltas árabes

Por Javier Rupérez, embajador de España (ABC, 02/02/11):

Fue en 1991. Argelia celebró la primera vuelta de unas elecciones razonablemente democráticas. No habían conocido los argelinos nada parecido desde los tiempos de la independencia, en 1962, cuando el Frente de Liberación Nacional se hizo con el poder tras la sangrienta rebelión contra Francia. Pero en las urnas se impusieron los islamistas y la segunda vuelta electoral nunca llegó a celebrarse. El ejército, y toda su cohorte de ineficacia y de corrupción, controló violentamente las secuelas de la frustrada experiencia electoral, desencadenándose una brutal contienda civil en la que militares e islamistas rivalizaron en barbarie. La guerra, de la que quedan no pocas secuelas, había dejado a principios del siglo XXI cerca de 200.000 muertos. Pero Argelia se había mantenido fiel al laicismo fundacional de la República, sus gobiernos garantizaron la estabilidad de los suministros energéticos a occidente y la comunidad internacional optó por mirar a otro lado.

Con acentos diversos, ese mismo dilema viene condicionando las opciones políticas de las democracias occidentales en sus tratos con los países árabes, tanto en el norte de África como en el Oriente Medio: sistemas autoritarios laicos o confesionales de vocación «moderada» que, enfrentados con el radicalismo islámico, garantizan una relativa estabilidad en las relaciones políticas y económicas con el mundo exterior. Entre el autócrata pro occidental o al menos neutro y la marea islamista las capitales del mundo desarrollado han optado por el primero, representación del mal menor, aun conociendo lo precario de la preferencia y lo incierto de su futuro.

Nadie desconocía la fragilidad interior de unos regímenes que nunca dudaron en usar la represión para acallar la disidencia mientras se mostraban incapaces de solucionar los problemas económicos y sociales de unas poblaciones abultadas en número y desprovistas de oportunidades. Bien por temor a irritar al tirano de turno, bien para no poner en peligro los sustanciosos réditos económicos de las relaciones comerciales, bien para garantizar la continuidad de los imprescindibles suministros energéticos, bien por el honesto convencimiento de que no había otra alternativa al peligro islamista, la timidez, cuando no abiertamente la complicidad, ha sido la nota dominante en el tratamiento de una situación potencialmente explosiva. En momentos puntuales, y habitualmente con delicada sordina, los americanos han utilizado foros públicos y privados para poner de relieve la peligrosidad de la situación. Recuérdese el discurso de Condoleeza Rice en la Universidad de El Cairo en 2005 reclamando democracia y reformas en los países árabes, en sintonía con las demandas democratizadoras que Bush había convertido en línea maestra de su aproximación a los países árabes. Hace todavía pocas semanas, antes del estallido en Túnez, otra Secretaria de Estado americana, Hillary Clinton, retomaba el mismo tema, en tonos que vistas las circunstancias aparecen como premonitorios. Las filtraciones de Wikileaks —para algo habían de servir— confirman que en privado los representantes americanos iban más lejos que en público con sus interlocutores árabes.

La lista de los potenciales focos de conflicto es larga y se extiende desde el Mediterráneo occidental hasta el oriental, pasando al Oriente Medio —y proyectando una sombra alargada hasta los países islamizados, bien que no árabes, del Asia Central—, y así, en un primer y apresurado recuento, nos encontramos con Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Jordania, Líbano, los Emiratos, Kuwait, Arabia Saudita y Yemen. No tardará Siria en sufrir los mismos dolores de parto. El estallido tunecino ya ha encontrado eco en Egipto y Yemen. Las apuestas sobre la generalización del contagio se multiplican en número y en pesimismo. La preocupación recorre las cancillerías occidentales con una lenta y pesada letanía: no hay opciones de recambio.

Es verdad, no hay opciones de recambio en plazo imaginable. Resulta comprensible que la caída o la fragilidad del déspota, por ilustrado que resultara, sea motivo siempre de regocijo y celebración y nadie va a poner peros a esos sentimientos. Habría resultado más congruente que los que hoy celebran la salida de Ben Alí o piden la retirada de Mubarak hubieran exteriorizado las mismas alegrías cuando Saddam Hussein fue derrocado, pero, en fin para qué traer a colación ambiguas memorias del pasado: el tunecino se ha ido —le han echado, para qué andarse con rodeos—, el egipcio lo está pasando mal, al yemení no le sonríe el futuro, los jordanos ya están levantiscamente en la calle, los argelinos se lo deben estar pensando, Gadafi ha puesto sus barbas ralas a remojar después de lo que le ha ocurrido al vecino Ben Alí y el sultán marroquí oteando el complicado horizonte.

Si bien se mira, de ese arco islámico de crisis solo se salva Turquía, el único país que en la zona parece haber consolidado un sistema en el que convive una fuerte impronta coránica con una democracia de inspiración laica. Y como bien se puede comprender, no es para mañana la adopción del modelo turco en Arabia Saudita.

«Al Jazeera», la pinturera televisión catarí, amiga de los amigos de Bin Laden y enemiga de los regímenes árabes llamados moderados —es decir, amigos de los americanos— se ha cobrado una pieza importante al poner a los Ben Alí y Mubarak de este mundo en la picota y, como hiciera Marco Antonio en la oración fúnebre de Julio César, cabe utilizar la sorna para mantener que Brutus/ Jazeera son gentes «honorables». Pero y ahora ¿qué? ¿Va a conseguir El Baradei encabezar la revolución pacifica de la inexistente clase media egipcia? ¿Serán los laicos tunecinos capaces de encontrar la estabilidad democrática conjurando la presencia de los durmientes islamistas? ¿Desaprovechará Al Qaida la oportunidad de la revuelta en Yemen para hacerse definitivamente con el poder en el desértico y estratégico país? ¿Qué futuro le espera a la siempre frágil Jordania? ¿No estará acaso Irán esperando la ocasión para profundizar en la desestabilización de la zona a través de Hamas y Hezbollah? ¿Qué opciones políticas y estratégicas quedan para un Israel sometido a presión y a cerco? ¿Cuáles son las barajas residuales en manos de los americanos y sus aliados occidentales para promover estabilidad, prosperidad y democracia en la zona?

Que nadie derrame una lágrima por el sátrapa caído. Que nadie ahorre un grito a favor de la libertad. Que nadie pretenda traficar estabilidad con injusticia. Pero que nadie se llame a engaño: repentinamente abierta la caja de Pandora tardarán los vientos en volver a su redil. Quieran los hados que sus remolinos no nos cojan desprevenidos. Son muy traicioneros. Y soplan desde muy cerca.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La juventud árabe, entre la exclusión y la espera

Por Tomás Jiménez Araya, profesor consultor del Máster de Derechos Humanos y Democracia-UOC y editor de Población y Desarrollo en el Mediterráneo. Transiciones demográficas y desigualdades socioeconómicas (EL PAÍS, 02/02/11):

La súbita erupción de la revuelta social de Túnez y Egipto, una movilización popular encabezada por jóvenes -por cierto, de ambos sexos-, ha girado el foco de la atención internacional hacia estos dos países, percibidos como heraldos de posibles cambios modernizadores en el mundo árabe.

Lo que está ocurriendo puede interpretarse como síntoma y a la vez como consecuencia de procesos sociales protagonizados por los grupos de población joven ampliamente mayoritarios en todo el norte de África y Oriente Próximo (región MENA, siglas en inglés), que son el resultado acumulativo de una larga y profunda transición demográfica, iniciada hace tres o cuatro décadas, mediante sucesivos descensos de la mortalidad infantil y la fecundidad, con altos crecimientos de la población en los periodos intermedios, en la cual Túnez ha ocupado un lugar de avanzada.

En palabras del demógrafo libanés Youssef Courbage, “la transición demográfica es un test de Rorschach de la sociedad: revela sus dudas y sus certezas, los conflictos y las líneas divisorias sociales y puede aclarar las relaciones entre el poder y la población, los avances, la marginación y los límites de la cohesión nacional”.

Por esta razón, para tratar de descifrar las claves de esta “cólera política juvenil” tunecina y egipcia, manifestación de un fenómeno latente en muchos países árabes, es conveniente tener en cuenta la interacción de factores demográficos y sociales subyacentes.

La región MENA se encuentra en la actualidad en el nivel más alto de una “plétora juvenil”, compuesta por más de 100 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años enfrentados a grandes desafíos en su transición a la edad adulta. Estos jóvenes constituyen aproximadamente un tercio de la población total y cerca de la mitad de la población en edad activa.

En principio, la presencia de esta plétora juvenil ofrece una gran oportunidad durante un periodo en el cual la población en edad activa representa una amplia y creciente mayoría de la población total, respecto a la población dependiente (niños y ancianos). Este “bono demográfico”, generado por la reducción de las ratios de dependencia económica, se produce en una fase de la transición demográfica que abre la posibilidad de ampliar la participación laboral (en las edades en que la productividad es máxima), incrementar las tasas de ahorro e inversión e impulsar, en definitiva, un mayor crecimiento económico per cápita, si se cuenta con un entorno institucional y político adecuado.

Sin embargo, la gran mayoría de países árabes está perdiendo esta gran ocasión histórica. En Túnez, debido a su inicio temprano de la transición, la ventana de oportunidad se estaría cerrando durante esta década.

De acuerdo a una amplia evidencia disponible (especialmente los estudios de Tarik Yousef y Paul Dyer en el marco de la Middle East Youth Initiative, http://www.shababinclusion.org), el potencial transformador de esta plétora juvenil no se está aprovechando adecuadamente y, lo que es aún más grave, la juventud árabe es en gran parte una población socialmente excluida de ámbitos cruciales como la educación, el empleo y la vivienda. Esta exclusión dificulta y dilata extraordinariamente su inserción productiva y social en un largo periodo de incertidumbre o de “espera”, con un riesgo y frustración crecientes.

Existe una gran brecha disfuncional entre las competencias adquiridas por los jóvenes de la región MENA, tradicionalmente orientadas al hipertrofiado sector público, y las solicitadas por los nuevos mercados laborales en el contexto de la reestructuración económica exigida por la competencia global. El epicentro de la exclusión reside en el alto desempleo y ocupación precaria de los jóvenes árabes. Se estima que, en promedio, uno de cada tres jóvenes de 15 a 29 años está desempleado, y en países como Egipto (el país más poblado) y Túnez superan con creces esta proporción. Dado su elevado peso demográfico, los jóvenes representan más de la mitad del total de desempleados de la región, en general de larga duración, con mayor incidencia entre las mujeres.

El coste económico de esta exclusión es enorme. Estimaciones del Banco Mundial han cifrado el coste de la exclusión de las mujeres en los mercados laborales de la región MENA en una pérdida del 25% de los ingresos de los hogares y una reducción de la tasa de crecimiento de la economía próxima al 1% anual. Por añadidura, en términos de desarrollo humano, los costes sociales son muy superiores.

En este contexto, es paradigmático que la chispa de la revuelta tunecina esté personificada por la inmolación de un joven, precario vendedor ambulante y único empleado de un hogar de ocho miembros.

Frustrados en sus aspiraciones básicas de autonomía personal e independencia económica y excluidos también de la participación política, por el gran déficit de libertades y la represión existentes en toda la región, no es de extrañar que los jóvenes árabes, hombres y mujeres, empiecen a considerar que el largo periodo de “espera” se está acabando.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La segunda liberación árabe

Por Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internacionales y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 02/02/11):

Las protestas en Túnez que acabaron con el régimen de Ben Ali en apenas cuatro semanas y las de Egipto desde el 25 de enero, pueden considerarse la cuarta oleada democrática internacional en medio siglo y la segunda oleada de liberación en el mundo árabe.

Las tres internacionales anteriores trajeron la democracia al sur de Europa, a Latinoamérica, a Europa central y oriental, y a partes importantes de Asia y África. La primera y, por ahora, la única árabe acabó con el control colonial a mediados del siglo XX, pero fue secuestrada desde el primer día por nacionalistas que impusieron sistemas tan represivos, unos con apoyo de Occidente y otros con apoyo del bloque soviético, como aquellos a los que sustituyeron.

Lo sucedido en Túnez desde el 17 de diciembre hasta mediados de enero y los primeros ocho días de movilización egipcia contra su régimen dictatorial son nuevos procesos de liberación de pueblos hartos de la corrupción, represión y mala gestión económica de dictadores sin ninguna legitimidad democrática.

Mucho más que el estancamiento económico -Egipto y Túnez están creciendo por encima del 4% anual-, en sus protestas han influido la injusticia, la represión, el paro masivo y la revolución informativa -gracias a la televisión por satélite, los móviles e internet-, que ha hecho trizas la maquinaria de la gran mentira sobre la que descansaba el sistema.

Los nuevos medios no han causado, pero sí impulsado y facilitado de forma decisiva, este movimiento de liberación al reforzar a los más débiles, abrir espacios para nuevos dirigentes, poner el foco internacional en su ignorada realidad, llenar el vacío informativo que los medios tradicionales, sin credibilidad alguna, habían perdido y acelerar la pérdida del miedo de los ciudadanos a reclamar sus derechos.

El miedo y la impotencia los mantuvo callados durante decenios y las grandes potencias miraron hacia otro lado a cambio de la estabilidad que los dictadores árabes garantizaron.

En el caso de Egipto, además de estabilidad, proporcionó 30 años de paz -fría, pero paz al fin y al cabo- con Israel, seguridad para el comercio por el canal de Suez, un importante freno del radicalismo iraní en la región y apoyo logístico decisivo en las guerras contra la URSS en Afganistán, contra el Irak de Sadam Husein y contra Al Qaeda.

La sombra de la caída del Shah, la inercia y el temor a un nuevo régimen antioccidental y antiisraelí en El Cairo explican las vacilaciones de Washington y de la UE en los primeros días de la crisis. Frente al temor, tan extendido en Occidente, a una repetición de lo sucedido en Irán hace 32 años, o a ejemplos posteriores como los resultados electorales en Argelia (1991) o Gaza (2006), tenemos la revolución indonesia que acabó con la dictadura de Suharto en 1998, las elecciones en Turquía del último decenio y el hecho de que, en más de 160 elecciones con participación de partidos islamistas en los últimos 15 años, el resultado obtenido por ellos ha sido de, aproximadamente, un 8%.

Si la realidad electoral no fuera suficiente, ya va siendo hora de que EEUU ponga su diplomacia donde -sobre todo desde la Agenda de Libertad de Bush en 2003- pone su retórica, y de que la UE empiece a defender en serio, como se comprometió a hacer en el frontispicio del Tratado de Lisboa, la democracia y los derechos humanos. Las declaraciones a favor de elecciones libres y justas, y de una transición ordenada, por la Casa Blanca, por el Departamento de Estado y por la UE en las últimas horas indican que han perdido cualquier esperanza en la supervivencia de Mubarak. Si no se atreven a decirlo con su nombre y apellido es, más que nada, para no desestabilizar o debilitar de forma peligrosa a sus aliados de Jordania, Marruecos, Arabia Saudí y el Golfo.

A pesar de ello, el monarca jordano se adelantó al tsunami y ayer mismo anunció un cambio de Gobierno. Será insuficiente si no va acompañado pronto de reformas democráticas serias como las que los egipcios exigen en las calles.

Los principales grupos de la oposición egipcia, a la que se están uniendo a diario miembros del partido en el poder, el NDP, prácticamente descabezado, han nombrado ya un comité negociador con el encargo de acordar -con el vicepresidente Suleiman y, sobre todo, con el Ejército- un plan de transición.

El plan incluye seis demandas. La primera, que hasta ayer consideraban innegociable, es la dimisión inmediata de Mubarak. Las otras son su rendición de cuentas ante la Justicia; el procesamiento del ex ministro del Interior, Habib el Adli, a quien se considera responsable principal de los muertos (entre 150 y 300, según las fuentes) y miles de heridos desde que comenzaron las manifestaciones; el establecimiento de una Comisión Constitucional o de Sabios para aprobar las nuevas reglas de juego; la formación de un Gobierno de unidad o de salvación nacional; y la disolución inmediata del Parlamento.

La rama de olivo presentada por Suleiman el lunes por la noche por televisión -diálogo con todos, reducción de precios, subsidios a los más necesitados (el 40% de los 84 millones de egipcios sobrevive con menos de dos dólares diarios), plan masivo contra el paro y revisión de los resultados electorales de noviembre, un pucherazo en toda regla- se queda demasiado corta y llega demasiado tarde.

Hace un mes este discurso podría haber salvado a Mubarak. Hoy su única salvación depende del Ejército y la declaración del lunes de su portavoz, Ismail Etman -«el Ejército no tiene intención de utilizar y no utilizará la fuerza contra el pueblo»-, fue recibida por la mayoría de los egipcios como una invitación a manifestarse en la Gran Marcha de ayer y en la convocada ya para el próximo viernes sin miedo a los tanques.

Presentándose como defensor de la libertad de expresión del pueblo, el Ejército deja atrás definitivamente a Mubarak, refuerza su rol de institución neutral y se consolida como la fuerza decisiva del régimen que nazca sobre los escombros del actual.

La advertencia de Etman de que «el Ejército no permitirá actos violentos que pongan en peligro la seguridad del país o causen graves daños a la propiedad» es la única espada de Damocles que todavía podría revertir el proceso y frenar el, aparentemente inevitable, cambio de régimen con un baño de sangre a lo Tiananmen.

Hasta ahora nadie ha podido vincular los incendios de edificios, la violencia, los saqueos y los motines en las cárceles, de los que han escapado miles de presos (comunes y políticos), con los manifestantes.

Parece, más bien, que la propia Policía, dependiente de Interior y brazo ejecutor de la represión durante decenios, está detrás de muchos de estos excesos para atemorizar a los civiles inocentes, la inmensa mayoría, y justificar el aplastamiento del movimiento de liberación. De ser así, la trampa no ha funcionado y el propio Ejército ha desplazado a la Policía de las calles para evitar males mayores.

Para que estos procesos de liberación -culminado felizmente en Túnez y a punto de hacerlo en Egipto- se encaucen correctamente y fructifiquen en democracias, la oposición desorganizada y, en buena medida, espontánea tiene que transformarse cuanto antes en plataformas de construcción institucional dispuestas al compromiso.

La primera dificultad es encontrar líderes limpios, que no hayan colaborado con las dictaduras salientes y puedan dirigir la transición con el apoyo de la mayoría.

Egipto, afortunadamente, los tiene. Mohamed el Baradei y Ayman Nour son dos de ellos, al menos para el proceso constituyente. El primero ya ha sido autorizado por los principales grupos de la oposición, incluidos los Hermanos Musulmanes, para hablar en su nombre.

Los interlocutores del régimen saliente serán, seguramente, Omar Suleiman, vicepresidente desde el sábado pasado, jefe de los servicios secretos egipcios y hombre de confianza de Israel y de los palestinos; y el general Sami Hafez Anan, jefe del Estado Mayor, con los mejores contactos en el Pentágono. La crisis, de hecho, le sorprendió en Washington, donde tenía previsto permanecer hasta hoy.

El Ejército, con unos 340.000 efectivos, es la única institución con la influencia y la credibilidad necesarias para sustituir el régimen de Mubarak y garantizar una transición en paz.

Hace 10 días, cuando el final de Mubarak aún parecía imposible, el único grupo reconocible detrás de las protestas era el Movimiento 6 de Abril, sin vínculos ideológicos a ningún grupo conocido, nacido a principios de 2008 e impulsor de las principales huelgas y manifestaciones desde entonces. En su dirección colectiva figuran docenas de periodistas, profesores independientes, jueces, abogados y funcionarios.

Hoy, cuando el final de Mubarak parece cuestión de horas o de días, el Movimiento 6 de Abril es sólo la vanguardia o punta de lanza de una constelación de fuerzas que integra ya a docenas de partidos, grupos y movimientos.

La Mezquita, que en las principales crisis árabes jugó un papel tan importante o más que el Ejército, en esta ocasión ha mantenido un perfil bajo, igual que los Hermanos Musulmanes, a pesar de que en las elecciones a las que se han presentado en Egipto, siempre con grandes restricciones, han obtenido excelentes resultados.

La tunecina ya está dando los primeros frutos, con un Gobierno de unidad, la convocatoria de elecciones libres en seis meses y una mesa de negociación de las nuevas reglas de juego con la ayuda de instituciones especializadas en transiciones democráticas como el Consejo de Europa, cuyo secretario general visitó ayer Madrid.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Alemania y el euro

Por José María Carrascal, periodista (LA VANGUARDIA, 01/02/11):

Los he uncido porque el euro viene a ser la materialización de un sueño alemán: el sueño de la Europa unida. No haber pertenecido al Imperio Romano es la más antigua de las frustraciones alemanas, y ya que la historia no puede deshacerse, se han pasado la suya tratando de reconstruirlo, primero, con el Sacro Imperio Romano Germánico, luego con los más diversos intentos, como el de nuestro Carlos I, V de ellos, y el último, el más fallido de todos, el de Hitler. Lo curioso es que la ocasión les llegó tras ese fracaso, con toda Europa en ruinas. Aunque desde las ruinas se levanta mejor la casa común. Alemania ha sido el motor y tesorero de la Europa Unida, ese club de lujo que atrae gentes de todo el planeta por su arte, libertades, servicios sociales y nivel de vida. No ha conseguido todavía convertirse en unos Estados Unidos de Europa, pero ha logrado una moneda común más fuerte que el dólar, el euro, que ha venido a simbolizar la realización de ese sueño.

Y miren ustedes por donde, cuando creíamos haberlo alcanzado, se nos dice que corre peligro, no sólo el euro, sino la casa común. Porque «si el euro fracasa, fracasa Europa» ha dicho nada menos que Angela Merkel en Davos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede fracasar el experimento más exitoso de la historia? Pues porque también se puede uno morir de éxito, y no hay duda de que el éxito de la Comunidad Europea se le ha atragantado. Por lo pronto, ha querido ir demasiado rápida. Mientras era un club de seis naciones de parecidas características y similares economías, su funcionamiento no ofrecía mayores dificultades. Pero cuando se amplió a doce, a quince y, luego, a veintisiete miembros, con enormes discrepancias entre ellos, la cosa comenzó a complicarse. Quiso subsanarse con una moneda común a modo de argamasa, y puede que haya sido la grieta. Adoptar una moneda común sin haber adoptado antes una política económica común es muy arriesgado, pues se corre el riego de que algunos socios gasten más de lo debido, al disponer de una moneda más fuerte que sus posibilidades. Que es lo que ha ocurrido. Con dracmas, escudos y pesetas, los griegos, portugueses y españoles no podían ir a Nueva York a hacer compras. Con euros, sí. Lo malo es que sus economías nacionales no respondían a la deuda que iban generando tanto fuera como dentro de su país. Faltaba sólo la gran crisis que ha sacudido la escena internacional como un terremoto, para que quedase al descubierto ese defecto de fábrica tanto del euro como de la Comunidad Europea. Se había empezado a construir la casa común por el tejado.

Hoy es tarde para corregirlo y lo que intenta hacerse es apuntalarla. ¿Cómo? Pues inyectando dinero a los que amenazan quiebra y obligándoles a ajustarse a sus verdaderas posibilidades. Algo que sólo puede conseguirse con recortes drásticos en sus prestaciones sociales y en su nivel de vida. No puede continuar que los alemanes se jubilen a los 67 años, y los griegos, a los 62. O que ellos tengan un copago en sus servicios médicos, y los españoles, no. Que Alemania viese deteriorarse sus autopistas, al tiempo que financiaba nuestras autovías. O que los impuestos irlandeses a los beneficios de las inversiones extrajeras fueran sólo un tercio de los que los que las hacen pagar en otros miembros de la unión. Había que armonizar la política económica y los impuestos de todos ellos si quería mantenerse que estábamos ante una auténtica comunidad. Los severos planes de reajuste impuestos a los que han vivido por encima de sus posibilidades es la primera consecuencia de ello.

¿Se salvará Europa o, lo que es lo mismo, se salvará el euro? La inmensa mayoría de los europeos lo aseguran. «El coste de romper el euro sería tan grande que nunca ocurrirá», dicen. Pero fuera no todos opinan lo mismo y en el Reino Unido, se considera posible. No sólo por haber antecedentes históricos —ya hubo, en 1865, un intento de implantar una moneda única en Francia, Bélgica, Italia y Suiza, como en 1875, otro entre Suecia, Noruega y Dinamarca— que fracasaron, sino también por razones técnicas, expuestas por Ed Balls, un editorialista del «Financial Times» que convenció a sus gobiernos conservadores y laboristas de que no adoptasen el euro porque «Europa carece de un sistema de impuestos federales que igualan las divergencias de las divergentes economías de sus estados, como ocurre en Estados Unidos». Tesis adoptada por Norman Lamont, Chancellor of the Exchequerbajo Mrs. Thatcher, que decía: «Siempre he dicho que el euro se romperá. No tras la primera crisis, sino tras la siguiente. Este no es, al fin y al cabo, un proyecto común, sino un proyecto político».

Hay que descontar de tales pronósticos ingleses su reticencia instintiva a ver unirse Europa, the Continent como ellos la llaman, para poder imponerse sobre ella, que hoy no tienen sentido. Pero que existe ese peligro lo demuestra la intranquilidad reinante en la última cumbre de Davos y las medidas que se están tomando para rescatar a los miembros más vulnerables de la Comunidad. Se hizo con Grecia, se hizo con Irlanda y ha intentado hacerse con Portugal, pero los portugueses, no sabemos si por orgullo o por estar más seguros de sí mismos que los demás, han rechazado la oferta. La incógnita es España. Su economía es mucho mayor que la de Grecia, Irlanda o Portugal, por lo que rescatarla requeriría mucho más dinero. Los cálculos que se barajan van de 350.000 millones de euros a 700.000 millones. Y aunque la Comunidad Europea ha decidido ampliar el fondo de rescate, tal palo iba a dejar sus arcas vacías o semivacías, perspectiva muy poco agradable.

Aparte de que muchos alemanes empiezan a estar hartos de rescatar a sus socios manirrotos y aunque la unidad europea sigue siendo uno de sus sueños, hay sueños demasiado caros y las encuestas arrojan que alrededor de la mitad sienten nostalgia por el marco. Aunque también hay que advertir que una declaración de quiebra española afectaría a Alemania no sólo en sus sueños, sino también en sus realidades: sus bancos y su industria tienen cuantiosas inversiones en nuestro país, que naturalmente acusarían el golpe.

De ahí también la visita que se anuncia de la cancillera a nuestro país, acompañada de su equipo económico. Viene a ver si estamos haciendo los deberes, cumpliendo lo prometido por nuestro presidente, a animarle y animarnos a cumplirlo.

Personalmente, puedo añadir lo siguiente: visito Alemania por razones familiares todos los años, y ya hace tres aprecié que se ajustaban a la crisis. «Este verano no hay vacaciones fuera. Hemos decidido ir al Mar del Norte». «Quince días, en lugar de un mes». «Las comidas en el restaurante los domingos, ahora, en casa». «Continuamos con el viejo coche» y cosas por el estilo.

Hoy, están saliendo de la crisis. Pero se ven arrastrados hacia el foso en que han caído otros por improvisación, frivolidad o, simplemente, ignorancia. E incluso, acusados de insolidarios y culpables de que la crisis se prolongue, ellos, que han contribuido más que nadie a una Europa unida y han hecho lo que tenía que hacerse para afrontar la crisis. Pero estas son cosas de la vida. Lo importante es lo que ha dicho su cancillera, que si fracasa el euro, fracasa Europa. Alemania ha hecho y está haciendo lo posible para que no fracase. Pero Alemania sola no puede salvarlo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Hartos: más libertad, menos miseria

Por Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas (EL PAÍS, 01/02/11):

Una vez más ha quedado acreditado en Túnez, en Egipto, et alii que las cosas solo cambian cuando la gente se moviliza. Unas veces a través de las urnas, otras de la calle y cuando se ha ejercido sobre ella violencia sin salida, con las armas. Así ha sucedido a lo largo de la historia desde las revoluciones americana y francesa. En general, los que mandan y sus socios se llevan una sorpresa mayúscula, expresión de su alejamiento abismal de lo que sucede en la base de la sociedad, esto es, de lo que va sintiendo la gente. Sentimiento que no es otro que una acumulación de hartazgo que un buen día revienta por los cuatro costados, provocado por un hecho concreto que hace de deflagrador: la subida de un impuesto excesivo, la carestía del pan, un alimento podrido o un joven que se quema a lo bonzo, desesperado ante tanta estúpida injusticia.

En los países concernidos y en otros que vendrán después, la gente tiene sobrados motivos para estar harta: del malvivir, de la corrupción, de la falta de libertad, de la carencia de perspectivas. Países con una abundantísima juventud sin futuro que se comunica a través de Internet mientras observa cómo familias cleptómanas se enriquecen y pretenden perpetuarse en el poder, pasando este de padres a hijos, hermanos, cuñados u otra parentela.

Ante este importantísimo movimiento que se extiende desde Túnez a Egipto y Yemen, y que quizá acabe afectando a Marruecos, Argelia o Libia, la reacción de Occidente y, en particular, europea ha sido lamentable. Durante décadas, las corruptas semidictaduras de turno han sido nuestros más fieles aliados, a los que los Gobiernos democráticos han mimado y apoyado hasta el punto de hacerles, en ocasiones, socios preferentes, en aras de un pragmatismo o “realismo político” mal entendido, que puede acabar teniendo consecuencias indeseadas. Conviene que algunos comprendan que el exceso de pragmatismo se acaba convirtiendo en su contrario, esto es, en el peor de los idealismos, ajeno a la realidad en su movimiento.

En este caso, las democracias han pecado de este exceso de realpolitik bajo la premisa de que estos regímenes del Magreb y Oriente Próximo, si bien no son democracias y la corrupción campa por sus respetos, combaten el terrorismo y se oponen al avance del islamismo radical, en una palabra, son necesarios para mantener la estabilidad. Es parecido al error que se cometió, en este caso por las Administraciones americanas, de apoyar regímenes dictatoriales -los casos de las dictaduras española y latinoamericanas son paradigmáticos- con tal de que fueran radicalmente anticomunistas. Convendría no cometer el mismo error, pues en este caso las consecuencias no serían las mismas. En el caso del Magreb, la mayoría de los movimientos de liberación anticolonial produjeron regímenes laicos y de tendencia progresista. Errores propios y ajenos han favorecido el avance del islamismo radical. De lo que hagamos dependerá, también, que este prospere o retroceda. De momento, los que salen a la calle no gritan ¡Alá es grande!

Qué duda cabe de que la estabilidad del Magreb debe ser un objetivo central de la política de la UE y, en especial, de países como España o Francia. Es nuestra frontera, son nuestros vecinos, tan cercanos y tan lejanos a la vez. Desde cualquier punto de vista, económico, migratorio, cultural y de la seguridad, tienen una importancia primordial. Pero es lícito preguntarse ¿en qué consiste, cuáles son las premisas de la estabilidad del Magreb? ¿Regímenes políticos autoritarios, represores, corruptos, con unas muchedumbres de jóvenes sin perspectiva? En mi opinión, esa es una estabilidad falsa y efímera en una perspectiva histórica. La verdadera y deseada estabilidad la garantiza la democracia, el progreso económico y la cohesión social. La violación de derechos humanos, la censura, la represión, la pobreza, el enriquecimiento ilícito solo conducen a la acumulación del hartazgo y a alimentar las tendencias e ideologías que se pretende combatir.

El caso de Túnez es ejemplar. El dictador caído intentó vender la idea de que el radicalismo islámico estaba detrás de la rebelión. Nada más falso. La gente quiere libertad y democracia de verdad. Y se sigue movilizando para que a Ben Ali (Franco) no le suceda Arias Navarro (los ministros de Ben Ali). Es una revolución democrática y laica que hay que apoyar para que siga siendo laica y democrática.

La UE, por iniciativa de Francia y España, debería variar su política hacia el Magreb. Se trata, por supuesto, de tener relaciones normales con estos países en diferentes direcciones: económicas, comerciales, culturales, de seguridad. Pero la UE no puede aparecer como el gran aliado y valedor de regímenes odiados por sus poblaciones, que no reúnen niveles mínimos de respeto a los derechos humanos, de libertad y decencia en la administración de la cosa pública. La doctrina Estrada hay que respetarla, pero una cosa es tener relaciones con los regímenes existentes y otra ser socio prioritario de dictaduras corruptas. Pensando en el futuro, la UE defendería mejor sus intereses apoyando estos movimientos democráticos y no apareciendo como cómplices de un pasado nefasto. Una buena ocasión para hacerlo es el próximo Consejo Europeo. ¿O es que vamos a declinar de nuestras responsabilidades en aras de un romo pragmatismo? Sería triste y prueba de incomprensible ceguera.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El misterio de la pizza china

Por Henry Kamen, historiador británico. Su último libro es Poder y gloria. Los héroes de la España imperial, Espasa, 2010 (EL MUNDO, 01/02/11):

El otro día mi esposa y yo salimos a buscar una pizza, una comida que adoro cuando está preparada correctamente. La hemos probado por todo el mundo, pero las que más nos gustan son las que prepara la cadena Pizza Express en Londres. Así que salimos, en Barcelona, pensando que nos sería fácil encontrar una pizzería italiana. Imaginen nuestra sorpresa cuando descubrimos que los tres restaurantes de pizzas que examinamos, y que previamente eran atendidos por italianos, ¡estaban ahora en manos de personal chino! Había camareros chinos y chinos haciendo las pizzas. Los cocineros asiáticos son a menudo excelentes y, sin duda, pueden hacer excelentes pizzas. De todas maneras, esta vez decidimos ir a un restaurante de cocina española.

Más adelante, hablamos sobre el extraño fenómeno de la comunidad china haciéndose cargo del negocio de la pizza. Parece que no es excepcional. Un amigo nos dijo posteriormente que las pizzerías que conocía en su ciudad estaban ahora en manos de orientales. Empecé a tener la sensación de que algo extraño estaba sucediendo. Justo entonces vi en las noticias de televisión que en EEUU los dirigentes del Partido Demócrata y del Partido Republicano se negaron a asistir a la cena de Estado ofrecida por el presidente Obama al presidente Hu de la República Popular China (RPC) al comienzo de su reciente visita histórica a Estados Unidos. Pensé inmediatamente «¡tal vez no acudieron porque el plato principal de la cena era pizza china!». Y no estaba lejos de equivocarme. Los líderes estadounidenses protestaban en parte por las políticas económicas de China.Y, ¿quién sabe si una de esas políticas no es hacerse con la industria de la pizza en Occidente?

Tras el misterio de la pizza, se esconde un misterio aún más grande: ¿cuáles son las intenciones económicas de la República Popular China? Hace algún tiempo, dediqué un artículo en este periódico al asombroso fenómeno del gigante asiático (China, el dragón resucitado, EL MUNDO, 13 de septiembre de 2006). El potencial económico y de población de la nación con la mayor fuerza productiva de todo el mundo, hace que muchas personas la vean como una amenaza económica. Hace algunos años, la actual senadora republicana de Delaware (Estados Unidos) declaró que China «ha elaborado con mucho cuidado un plan estratégico para tomar América». Muchos por entonces discreparon de ella, pero quizá posteriores evoluciones pueden haberles hecho cambiar de parecer. En los últimos días, muchas personas que conozco me han expresado sus recelos acerca de lo que parece ser un intento por dominar la economía mundial. Y en España, parece haber evidencia de que el actual Gobierno de Rodríguez Zapatero está ayudando activamente a Pekín.

Hay tres etapas principales en el proceso por el que China puede estar procediendo a la dominación. La primera es el establecimiento de buenas relaciones internacionales y el fomento del turismo. A este respecto, el ministro español de Industria, Miguel Sebastián, ha sido el agente más activo para fomentar los intereses de Pekín en España. Recientemente visitó China, con el objetivo de presentar un Plan de Turismo, cuyo objetivo es lograr que 300.000 turistas chinos visiten España en 2012 y un millón lo haga en 2020. El Plan incluirá acciones para adaptar la oferta española a las características del turismo chino, entre ellas la preparación de guías sobre España en mandarín, y la promesa (¡bastante optimista!) de reclutar guías turísticos españoles bilingües. También se ha avanzado en las negociaciones para llegar a acuerdos de cooperación en inversiones y en energías renovables de cara a la visita a España del viceprimer ministro chino.

La segunda etapa de la estrategia es la compra de deuda de los países que se convertirán en nuevos vasallos de la RPC. No es, por poner un ejemplo, ningún secreto que después de Francia, el segundo poseedor extranjero de deuda española es el gigante asiático. ¿Pero qué ocurre en tales casos? El vicepresidente de la Asia Society se explicaba así recientemente: «Las inversiones chinas no se hacen desde una perspectiva económica, sino teniendo en cuenta la estrategia y seguridad nacional. Por ello China tiene interés en acceder a los recursos naturales y en aumentar apoyo político». En efecto, está colocando su dinero en los países débiles, como España, para hacerse con el control. Igualmente, está haciendo préstamos a países vulnerables en todo el mundo. De hecho, el Financial Times estima que China ha superado al Banco Mundial en préstamos a los países en desarrollo. En los últimos dos años, China ha realizado préstamos de un valor estimado de 110.000 millones de dólares a África, América del Sur y Oriente Medio.

¿Qué sucede cuando China hace préstamos o compra deudas? Lo cierto es, según expertos financieros, que Pekín no espera que los préstamos le sean reembolsados. Podemos ver cómo funciona la estrategia en el caso de África. De acuerdo con un estudio publicado por David Mitchell, del Center for Strategic and International Studies, China canceló 1.200 millones de dólares de deuda de 31 países africanos en el año 2000 y condonó otros 750 millones de dólares de la deuda en 2003. En lugar de recuperar el dinero, China prefiere ser capaz de penetrar en el país deudor a través de concesiones de comercio e inmigración. Gracias a esta política, el volumen de negocios en el comercio entre África y China ha aumentado de siete millones de dólares anuales hace una década a 9.000 millones hoy. Uno de los mejores clientes de China en África es el dictador Mugabe, que ha extendido considerables privilegios de minería a la República Popular a cambio de armas y divisas.

La tercera y última etapa estratégica es la pizza, es decir, la presencia visible de ciudadanos chinos en actividades económicas e industriales. La infiltración de su presencia es particularmente notable en África, donde se han instalado tantos como 750.000 durante la última década. La estrategia ha sido diseñada cuidadosamente por funcionarios de Pekín, donde un experto ha estimado que China con el tiempo necesitará enviar a 300 millones de personas a África. La presencia china es una inundación que va creciendo. Angola tiene su propio Chinatown, al igual que grandes ciudades africanas como Dar es Salaam y Nairobi.

Y lo mismo está ocurriendo en España. La población total china de España se desconoce, pero está aumentando muy rápidamente. Aquí se conceden enormes facilidades a los ciudadanos chinos para abrir sus negocios, con todo el apoyo del Gobierno. Hace unos años señalé que el barrio en el que vivo en Barcelona era una de las zonas que el entonces alcalde de Barcelona, Joan Clos, concedió como un nuevo Chinatown, localizado entre el área del Arco de Triunfo y la Plaza de Tetuán.

Uno tras otro, los espacios comerciales han ido siendo ocupados por los nuevos chinos venidos, que se benefician de la exención de impuestos, regentando toda una variedad de comercios, desde restaurantes, supermercados y demás que se anuncian con rótulos no en catalán o español sino en chino. Madrid cuenta ya con el Chinatown más grande de toda España, en Cuatro Vientos. Se pretende que Alicante, Valencia y Barcelona sigan el mismo ejemplo.

La prueba final de la dominación china va mucho más allá de la pizza y tiene un gran parecido a la llegada de la enorme nave espacial en el exitoso filme Independence Day. El mayor éxito de Miguel Sebastián a favor de la RPC está en el establecimiento en España del banco más grande del mundo: el Industrial and Commercial Bank of China, que abrió su primera oficina en España a finales del mes pasado. La oficina, de 1.100 metros cuadrados, se instaló en el Paseo de Recoletos, en Madrid. La llegada del banco es una réplica de la llegada de la nave espacial.

Puede ser que Sebastián viva bajo el malentendido de que favoreciendo a la RPC reforzará España y la salvará de los fracasos del Gobierno actual. Si cree eso, tal vez debería ir a ver Independence Day, o quizá incluso estudiar un poco acerca de la cultura china, en particular la historia sobre el dragón devorador de todo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

¿Singularidad tunecina? Los límites de un contagio regional

Por Abdennour Benantar, Université Paris 8, Francia (REAL INSTITUTO ELCANO, 01/02/11):

Tema: El régimen tunecino había hecho hincapié en el liberalismo económico para ocultar el liberalismo político, pero la revuelta popular ha puesto de manifiesto el fracaso de su empeño.

Resumen: Nadie se esperaba que, en apenas unos días, Sidi Buzid se convirtiera en la capital árabe de la protesta popular y la inmolación en modus operandi de una juventud desesperada. Aún es pronto para calibrar las implicaciones del alzamiento tunecino, pero se puede decir de entrada que ya nada es como antes: una población decidida se ha impuesto a un presidente autoritario. Se trata de un precedente histórico para una región en la que los cambios se hacen desde arriba.

Análisis: Este análisis parte de cuatro hipótesis: (1) la “revolución desde abajo” ha instigado un cambio formidable en el régimen –por ahora– y no un cambio de régimen; (2) la salida negociada y segura de Ben Ali es fruto de un acuerdo doble, dentro del régimen y entre éste, en especial los militares, y EEUU; (3) la ausencia de islamistas ha evitado la represión brutal de la revuelta y le ha granjeado el reconocimiento de EEUU; y (4) la posibilidad de contagio queda limitada por razones locales, interárabes e internacionales.

En primer lugar, se analizará la naturaleza de este levantamiento y los actores involucrados, abordando el papel decisivo de las clases populares y del ejército, así como el papel limitado de la clase media y la oposición. A continuación, se examinarán los límites de un posible contagio regional. Por último, se estudiarán los obstáculos principales para la democratización de Túnez, las grandes ecuaciones por resolver y las enseñanzas que pueden extraerse. Cabe destacar cuatro conclusiones: (1) la revuelta no ha provocado una auténtica caída del régimen al no haber roto con la elite autoritaria; (2) sin contar con una dirección, la revuelta corre el peligro de no tener suficiente peso durante el proceso político posterior a Ben Ali; (3) las ambigüedades persisten en cuanto al papel de los militares, la actitud de EEUU y los acuerdos relativos a la salida de Ben Ali; y (4), por último, la posibilidad de contagio regional queda limitada por diversas razones.

Cambio desde abajo

El mundo árabe está acostumbrado al cambio desde arriba, bien sea por golpes de Estado o por presiones –incluso injerencias– externas. El cambio real es infrecuente y la tendencia es que haya presidencias vitalicias y que el poder sea hereditario. Pero hete aquí que el joven tunecino que se inmoló a modo de protesta desencadenó una movilización popular sin precedentes que ha provocado, por primera vez en la región, un cambio desde abajo. En este sentido, los enemigos exteriores más inmediatos (árabes) de la “Revolución de los Jazmines” son precisamente los partidarios de la presidencia vitalicia y del poder hereditario, antítesis mismas de la reapropiación por el pueblo de su propio destino. Esta revuelta no sólo ha expulsado a Ben Ali del poder y del país, sino que también ha desestabilizado a los regímenes árabes. Estos últimos afirman respetar la voluntad del pueblo tunecino, aun cuando no respetan la de sus propios pueblos.

Actores de la revuelta

Por actores principales entendemos las capas populares y el ejército, y por actores secundarios, la clase media y la oposición, en un discreto segundo plano durante la fase inicial del movimiento; ahora bien, junto a las organizaciones profesionales, estos últimos han desempeñado un papel importante durante la fase de organización.

Las sublevaciones populares se encuentran en el origen de este alzamiento. En realidad, la clase media no se movilizó, al menos no desde el principio. El modelo tunecino debería haberse ajustado al siguiente esquema: la aparición de una clase media debería haber llevado a que dieran a conocer sus reivindicaciones políticas tras haberse garantizado un determinado nivel de calidad de vida. Sin embargo, no ocurrió así. El régimen no sufrió presiones por parte de la clase media, así que prosiguió con su inercia autoritaria y se transformó en un régimen autoritario y mafioso: las redes mafiosas del capitalismo de Estado se impusieron sobre la política. De este modo, el régimen mantuvo a raya a la clase media y aplastó a las clases populares. Fueron estas últimas, sin nada que perder –a diferencia de la clase media–, las que propiciaron la caída de Ben Ali en menos de un mes.

Sin embargo, para apreciar este levantamiento en su justa medida, hay que destacar otro factor decisivo en la transformación del país: la actitud del ejército. Al negarse a disparar contra los manifestantes, el ejército adoptó una decisión ajena a la cultura política árabe. Sin lugar a dudas, fue un momento histórico en la región. Al actuar de este modo, el ejército abrió una enorme brecha en el aparato represivo del régimen de Ben Ali y dejó al descubierto las fuerzas de seguridad a su servicio. En última instancia, todo el aparato represivo quedó paralizado. La experiencia de los países del Este ya demostró que, una vez que el aparato represivo de los regímenes autoritarios y dictatoriales deja de funcionar, el régimen se derrumba. Así ha sido en Túnez, con la excepción de que aquí no se vino abajo el régimen, sino la cabeza del ejecutivo. Por el momento, el alzamiento se ha saldado con una continuidad, algo distinta, del régimen. En lo fundamental, no ha cambiado el régimen, que ahora trata de asimilar la nueva situación e intenta apropiarse de la revuelta. Los hombres del antiguo-nuevo régimen conservan la práctica totalidad de sus puestos en el gobierno de unidad nacional.

Por lo tanto, uno de los dos obstáculos para la democratización de Túnez es precisamente la ausencia de ruptura con el antiguo régimen. Las elites autoritarias siguen al mando. La composición del gobierno de unidad nacional refleja un cambio en el régimen, no un cambio de régimen. Es una ruptura abortada con la elite autoritaria. Sin embargo, la experiencia de la transición democrática en el Este demostró que los países que no logran la ruptura con las elites autoritarias no consiguen democratizarse.

Al parecer, se ha producido un desajuste, un divorcio entre algunos componentes esenciales del aparato represivo y la cabeza del ejecutivo. La cuestión es saber por qué y cómo adoptó esta decisión el ejército tunecino. Es posible que la salida protegida de Ben Ali esté destinada a salvar al régimen, pero la precipitación de los acontecimientos y el destino negociado del asilo a plena luz del día provocan cierta incredulidad ante este acuerdo. No obstante, el hecho de que el ejército no lo detuviese, sino que, al contrario, le garantizara una salida segura, parece indicar la existencia de un acuerdo (abandonar el poder frente a una salida segura). También es posible que se hayan querido evitar las represalias populares contra Ben Ali, presentándole los hechos consumados a raíz del alzamiento, para librarse así de un presidente que se había vuelto incómodo. Otra posibilidad es que su salida negociada sea el fruto de un doble acuerdo, en el seno del régimen y entre los militares y EEUU, en ausencia de Francia, aferrada a toda costa al statu quo y sin creer en la caída inminente del presidente. Por otra parte, también es posible que el ejército haya querido desembarazarse de él y no haya podido actuar, ya que la cultura de los golpes violentos es ajena al país. Habría esperado, por tanto, el momento propicio para actuar sin ser acusado de golpista con el consentimiento estadounidense.

La oposición, por su parte, se mostró más bien vacilante, como si no quisiera o no pudiera precipitarse a un futuro incierto por miedo a una represalia violenta, así que dejó que el pueblo se enfrentara solo a su destino. Cuanto más conciliador se mostraba el régimen hacia los manifestantes, más se enardecía el tono de la oposición: su escalada de poder en la escena mediática se produjo de forma paralela a las concesiones progresivas del régimen. En definitiva, lo que propulsó a la oposición no fue la generalización de la revuelta, sino el desplome vertiginoso del poder de Ben Ali. Fueron las capas populares quienes dieron su sangre para llevar a buen término esta “revolución”, lejos de implicaciones y contribuciones partidistas. Esto permitió al alzamiento conservar su independencia frente a todas las tendencias políticas y dejar paso a la oposición y a las organizaciones de la sociedad civil para ocuparse de la organización en la segunda fase (tras la huida del presidente depuesto). Sin embargo, esta circunstancia también impidió que la revuelta contara con verdaderos representantes. Es aquí donde radica el principal defecto de este alzamiento sin dirección. El hecho de no disponer de representantes legítimos para negociar en nombre del pueblo sublevado puede despojar a este último de su retribución política. Existe el riesgo de que se vuelva a acaparar el poder y se acometan cambios desde la continuidad, no desde la ruptura con el pasado autoritario. En resumen, lo más difícil no es sublevarse, sino controlar el proceso político en el Túnez de la era post-Ben Ali.

¿Contagio?

Estos acontecimientos sirven de inspiración a los pueblos árabes y la posibilidad de contagio se cierne sobre los Estados en situación precaria (Egipto, Argelia, Jordania, Yemen, etc.). Los regímenes destacan las “especificidades” locales. Aunque es cierto que las situaciones sociopolíticas son dispares, las semejanzas son mucho más notables que las diferencias. Incluso podría decirse que estos regímenes han alcanzado una unidad árabe en materia de bloqueo político, injusticia social y corrupción. No obstante, no basta con la presencia de los mismos ingredientes, sino que hacen falta elementos desencadenantes que no se pueden controlar y que dependen, por un lado, de la espontaneidad y amplitud del movimiento y, por otro, de la reacción de determinados actores internos y externos. La cuestión principal no es saber si el modelo tunecino –en este caso se puede hablar de modelo– va a encontrar su réplica en otros países árabes, sino si el ejército de dichos países va a mostrar la misma actitud que el ejército tunecino. Por el momento, se ha contenido el desbordamiento (spillover). El contagio observado en Argelia, por ejemplo, ha sido muy limitado tanto en amplitud como en duración. Los casos de inmolación ocurridos en Argelia, Mauritania, Egipto y Yemen no han suscitado movilizaciones populares. La transposición del modelo tunecino no ha traído más cola que esa. No obstante, si la revuelta perdura en el tiempo y consigue poner fin al régimen del presidente destituido, la posibilidad de contagio impondrá una presión mucho mayor sobre otros Estados.

Además, cabe cuestionarse por un lado la actitud de EEUU y por el otro la ausencia del fantasma islamista. El reconocimiento de EEUU hacia los manifestantes, sin que sirva de precedente, puede explicarse a través de tres consideraciones. En primer lugar, para ellos Túnez no es un Estado clave en la región, como sí ocurre con Arabia Saudí y Egipto. Cuesta imaginarse la misma actitud ante manifestaciones parecidas en estos dos últimos países. Después, la falta de adscripción del alzamiento a una tendencia política determinada supuso un elemento tranquilizador para EEUU. Por último, los islamistas no se atribuyeron el alzamiento, como suele ocurrir con las insurrecciones en el mundo árabe. Todo eso explica por qué EEUU rompió, con mayor o menor retraso, una regla de oro respetada por todas las potencias occidentales: no apoyar nunca las reivindicaciones democráticas en aquellos países cuyos gobiernos les sean favorables. Para darse cuenta, basta con comparar sus reacciones ante los sucesos ocurridos en Irán y ante el alzamiento tunecino. Es cierto que la democracia no puede imponerse desde el exterior, pero sí se le pueden poner impedimentos. Así ocurre en el mundo árabe, donde las potencias occidentales han demostrado ser verdaderos obstáculos para la democratización.

Por lo que respecta a la ausencia islamista, cabe buscar la explicación en la relativa modernidad de la sociedad tunecina, en la escasa capacidad de movilización de los islamistas a causa de la represión y, por último, en una posible estrategia de los islamistas consistente en no situarse en primer plano para evitar que el régimen legitimase la represión de la revuelta. En este sentido, cualquier levantamiento en el mundo árabe que adquiriese tintes islamistas sería reprimido por los gobiernos con el apoyo occidental. Habida cuenta de que la influencia islamista sigue siendo muy fuerte en numerosos países, es poco probable que el escenario tunecino se reproduzca fácilmente en otros lugares. Además, el hecho de que los manifestantes no recibieran apoyo de países extranjeros también dotó al movimiento de una credibilidad y una independencia innegables. Los guardianes del orden establecido no pudieron acusarlos de haber sido manipulados por el extranjero. Ni la acusación de mano extranjera (conspiración) ni la de terrorismo permitieron desacreditar el alzamiento y, por tanto, legitimar su represión.

Por último, no hay que subestimar la capacidad de los regímenes árabes para sobrevivir al cambio y renovarse desde dentro, sin cambiar su rumbo ni su naturaleza, puesto que han aprendido a deslizarse de una forma a otra de autoritarismo a merced de los acontecimientos. No obstante, se impone la prudencia. Si el régimen de Ben Ali, considerado uno de los más sólidos de la región –por ser uno de los más autoritarios–, corrió tal suerte, el escenario podría repetirse en otros lugares. Los regímenes árabes ya andan protegiéndose y mostrándose a la defensiva: bajada de los precios de los productos de primera necesidad, aumento del poder adquisitivo de determinados grupos de población, orden a las fuerzas de seguridad de evitar el enfrentamiento con posibles manifestantes, etc. Cabe señalar que se trata de medidas de emergencia: no son más que una técnica de adaptación para evitar que la situación pase a mayores, para acortar el periodo con riesgo de contagio sin atender a la raíz del problema. La capacidad de los regímenes para capear los vientos del cambio y desposeer de sentido a las reivindicaciones sociopolíticas sigue siendo grande.

De lo ya mencionado se puede inferir el otro obstáculo para la democratización en Túnez, que no es sino el rechazo de los Estados árabes a que uno de ellos se democratice, porque eso se traduciría en inestabilidad para su propio territorio. Por miedo al efecto dominó, y habida cuenta de las fuertes interpenetraciones interárabes, los regímenes actuales no tolerarán la existencia de una democracia real en Túnez. Bajo el pretexto de volver a la calma y a la estabilidad, procurarán que del movimiento no surja una verdadera democracia en el país, sino más bien una apertura política tan suficiente para apaciguar el fervor popular, como limitada para no poner en peligro la supervivencia del régimen. De hecho, algunos Estados árabes afirman querer respetar la voluntad del pueblo tunecino, pero ninguno de ellos criticó la “confiscación” del poder por parte de las élites autoritarias del antiguo régimen.

Algunas enseñanzas

  1. El cambio desde abajo, a través de un alzamiento popular, no sólo es posible sino que también es eficaz. Ante la falta de transición política desde arriba, el pueblo acabará rebelándose, en una sublevación que puede desembocar en anarquía o incluso en guerra civil si la dirigen o si se apropian de ella los movimientos radicales. Los regímenes que mantienen manu militari el control sobre el Estado y la sociedad acaban perdiéndolo todo.
  2. El fin de una creencia ampliamente extendida que consiste en decir que los pueblos árabes no se rebelan y que las “revoluciones de terciopelo” no son posibles en el mundo árabe.
  3. El alzamiento tunecino ha sido popular, espontáneo, masivo y sin orientación política. No tiene héroes, ni grandes figuras insurgentes o representantes con los que las “autoridades” puedan negociar. Precisamente, el héroe de la “Revolución de los Jazmines” está muerto: Mohamed Buazizi, cuya inmolación dio paso a la revuelta. No obstante, las revoluciones suelen dar lugar a la aparición de figuras emblemáticas y mediáticas. He ahí otra de las especificidades de este alzamiento, puesto que gracias a su naturaleza no partidista y a su canal mediático, Internet, no necesitó personificar la información para difundirla, en contraste con los medios tradicionales que buscan interlocutores que encarnen la “revolución”. En las redes sociales, todo el mundo difunde la información y todo el mundo la recibe.
  4. El modelo de la república hereditaria ha sufrido un grave revés. El poder hereditario instalado en la región corre el peligro de ser arrollado por el de la revuelta popular, lo que al menos tendrá como consecuencia que los proyectos de presidencia vitalicia y de sucesiones familiares acabarán posponiéndose en el mundo árabe.
  5. Las cuestiones económicas no pueden servir de pretexto en ningún caso para el aplazamiento sine die de la democracia. El vínculo entre desarrollo económico y desarrollo democrático es, hoy más que nunca, indisociable.
  6. La era de las redes sociales en Internet ha hecho añicos el sistema de cerrojo mediático de los Estados autoritarios. El régimen tunecino, que siempre mantuvo un férreo control sobre la información y sobre Internet, debe su caída, en parte, a la red, a la aparición de las redes sociales, auténticos repetidores mediáticos para un alzamiento popular. Las imágenes de las manifestaciones llegan a todos los rincones del planeta gracias a los manifestantes internautas.

Conclusión: Para evitar la agitación social y los procesos incontrolables de insurrección, hay al menos dos ecuaciones que resolver.

Admitir que no se puede mantener la disociación entre liberalismo económico y liberalismo político porque el segundo es la salvaguarda del primero: ante la ausencia de cualquier control democrático, el régimen se vuelve autoritario y mafioso, y la rebelión se erige entonces como único mecanismo de reajuste de la trayectoria política. Inyectar dinero para el desarrollo social no concede inmunidad frente a los levantamientos. La apertura del campo político corre pareja con el reparto equitativo de las riquezas y de los dividendos del crecimiento. El régimen tunecino hacía hincapié en el liberalismo económico para ocultar el liberalismo político, pero la revuelta popular puso de manifiesto el fracaso de su empeño. No sólo de pan vive el hombre, se alimenta igualmente de cultura y libertad. El bienestar también es una cuestión de dignidad y libertad. A igualdad de desarrollo entre dos países, se escogerá aquel en el que haya más libertades. En ese sentido, la problemática de la migración continuará apareciendo aun en contextos de crecimiento sostenido. Se constata además que entre los candidatos a la migración clandestina hay multitud de personas que provienen de clases acomodadas.

Acabar con la opción euroamericana, que prefiere la estabilidad precaria, garantizada por regímenes autoritarios, a (la temida inestabilidad de) un proceso democrático que no controla. Al final, las potencias euroatlantistas no han tenido ni estabilidad ni democracia en la región. Además, si bien es cierto que la democracia no puede venir impuesta por agentes externos, lo cierto es que sí puede ser –y es– obstaculizada por dichos agentes, muy a pesar de su discurso ético.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona