viernes, febrero 04, 2011

¿Dominó o diluvio?

Por Kenneth Weisbrode, historiador del Instituto Universitario Europeo de Florencia. Traducción: Juan Gabriel López-Guix (LA VANGUARDIA, 04/02/11):

“Esto no es el final. Ni siquiera es el principio del final”, dijo Winston Churchill en noviembre de 1942. “Pero quizá sea el final del principio”. Podríamos llegar al mismo diagnóstico tras observar los acontecimientos de las últimas semanas en el mundo árabe y, sobre todo, en Túnez y Egipto.

Por apasionantes y espectaculares que sean, los acontecimientos no constituyen una verdadera sorpresa. Hacía mucho tiempo que los dirigentes de ambos países, Zin el Abidin Ben Ali y Hosni Mubarak, eran impopulares y que se esperaba que abandonaran el poder. Se podría haber previsto sin dificultad que eso sucedería muy deprisa, aunque seguramente no como consecuencia de un suicidio a lo bonzo de un modesto vendedor de fruta tunecino.

Como los imperios, todas las dictaduras terminan cayendo. La cuestión es siempre cómo y cuándo lo harán, y qué vendrá después. En este terreno, no hay garantías. Sólo algunos escasísimos dictadores consiguen ceder el poder sin contratiempos y morir en la cama. Y ese hecho tiene tanta relación con el carácter de sus sociedades e instituciones como con el del propio individuo.

Los precedentes recientes también importan. Recordemos, por ejemplo, la visita a Cuba de un conocido político de la derecha chilena para cuidar a su hijo, que estaba recibiendo tratamiento médico en la isla. Al poco de su llegada, fue recibido por Fidel Castro, quien le preguntó directamente: “¿Cómo lo hizo Pinochet?”.

Buena parte de la atención de los medios de comunicación occidentales se ha centrado en el papel de Estados Unidos en la crisis egipcia. Y es que fue en El Cairo donde a principios de su mandato Obama anunció una nueva apertura al mundo musulmán e hizo especial énfasis en la dignidad de los musulmanes de todo el mundo. Los manifestantes que salen hoy a la calle en Egipto y otras partes piden muchas cosas, pero casi todos colocan la dignidad en la cabecera de la lista. Quieren que sus gobernantes respeten la dignidad del individuo y los derechos de cada persona a buscar una vida mejor.

Durante muchas décadas, demasiadas personas han vivido reprimidas en Oriente Medio. Alcanzar una buena vida ha sido un lujo para la mayoría.

Sin embargo, Estados Unidos y el presidente Obama en particular se encuentran en una posición incómoda. Mubarak ha gobernado durante casi tres décadas el más grande e importante de los países árabes. No hay una alternativa cómoda y familiar. Todos están mirando hacia un futuro inescrutable. Los millones de egipcios que desean ver el final del dominio de Mubarak apenas han mencionado esa preocupación: que se vaya y todo irá mejor, no importa lo que venga después.

Ahora bien, pocos estadounidenses (y, en especial, aquellos cuya tarea es ocuparse de Oriente Medio) lo ven de la misma manera. Mubarak ha sido el aliado árabe más leal y el mayor receptor de la generosidad estadounidense. Durante años, toda la política de Estados Unidos en relación con Oriente Medio se ha basado en el aislado éxito de los acuerdos de Camp David. Son muchos en ese país los que temen las desconocidas consecuencias de un rechazo a dichos acuerdos o de la sustitución del régimen de Mubarak por otro menos amistoso, aunque democrático (como todos esperamos).

El gran “elefante en la habitación”, como dicen los estadounidenses para referirse a un problema que nadie quiere reconocer, es, por supuesto, Israel. También los israelíes están muy preocupados por el futuro inmediato de su vecino; muchas cosas dependen de la cooperación con Egipto, y las menores no son la paz y la estabilidad tan arduamente ganadas en la primera mitad de su corta historia como país independiente. No cabe duda, por otra parte, de que las preocupaciones israelíes se encuentran entre las prioridades del pensamiento de Estados Unidos, el principal aliado de Israel. Todo esto es lógico, aunque resulta en cierta medida triste que un levantamiento tan generalizado y, en apariencia, auténtico pueda verse frustrado por la ambivalencia de la lejana superpotencia que ha apelado de forma más sistemática a la libertad y la democracia en todo el mundo y, sobre todo, en Oriente Medio. Las luchas en las calles de Egipto, Túnez, Jordania, Yemen y otros países tienen que ver con la situación en esos lugares; no con Israel, Estados Unidos ni Irán, ni con religiones ni ideologías abstractas, sino con la vida real, con demandas básicas.

No obstante, cualquier estudioso de la historia de los levantamientos populares (en especial, de los que son tan multitudinarios como parecen ser los actuales) sabe lo difícil que puede ser desenredar lo cotidiano y lo abstracto. Lo que estamos viendo ahora no es una sociedad inmersa en discusiones y debates; es una formidable insurrección, intensamente emocional, cuya trayectoria resulta imposible de predecir.

Algún día la gente preguntará: ¿no se pudo prever todo esto? ¿Qué se pudo haber hecho para atenuar la situación? Es verdad que durante años los supuestos aliados de los dictadores árabes han estado instándolos a abordar reformas; algunos, como el rey Abdalah de Jordania, hicieron lo que pareció un sincero esfuerzo por seguir los consejos, aunque acabaron abandonándolo. Como han hecho los gobernantes desde el principio de los tiempos, su objetivo es ante todo permanecer en el poder; responden, en primer lugar, a los grupos y electores que les son más leales y más esenciales para mantener su posición, y tienen un interés cada vez mayor en la perpetuación del statu quo. Ese statu quo se vuelve, a su vez, cada vez más frágil. Y el ciclo continúa. Hasta que todo estalla.

El hoy desacreditado enfoque estadounidense a ese dilema fue el radical: hacer borrón y cuenta nueva. Invadir un país, derrocar al dictador y empezar de nuevo. Si hubo quienes pensaron que en Iraq eso podía funcionar y lograr de la noche a la mañana la transformación del país en un modelo árabe de buen gobierno, ahora están muy silenciosos. A la mayoría de los más fervientes partidarios de la invasión de Iraq en nombre de la democracia no les gusta lo que están viendo en Egipto y otros lugares cercanos.

Y esta es otra triste paradoja de Oriente Medio, una paradoja que se remonta a 1919, cuando los estadistas reunidos en Versalles desestimaron las peticiones de los dirigentes árabes alegando que no estaban preparados para la autodeterminación. Por desgracia, los descendientes de algunos de esos dirigentes aún siguen en el poder.

Sólo nos cabe esperar, de alguna manera, una única alternativa: que una transformación gradual encuentre un modo de materializarse, no sólo en el Oriente Medio árabe, sino dondequiera que una obstinada dictadura se niegue, bajo la amenaza de una violencia masiva, a ceder el poder. Aunque también esto está empezando a parecer, cada vez más, una esperanza vana. De todos modos, estamos sólo en el principio.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Una expresión ciudadana

Por Gema Martín Muñoz, directora general de Casa Árabe y profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico de la UAM (EL PAÍS, 04/02/11):

Las manifestaciones que se están dando en Túnez, primero, y Egipto, a continuación, son ante todo un movimiento ciudadano. No se limita a una revuelta popular, ni a una sublevación social por las pésimas condiciones socioeconómicas en que se vive. Es una demanda firme de ejercer sus derechos de ciudadanía. Y están todos juntos, musulmanes, cristianos, islamistas, laicos, clases medias, estudiantes, intelectuales. Desde hace años todas las encuestas sociológicas que regularmente se hacen entre las opiniones públicas árabes nos estaban diciendo sistemáticamente que su principal aspiración era gozar de un Estado de derecho. Pocos atendían a este sustancial dato, tan ocupados siempre en el peligro islamista, el velo islámico, preservar el statu quo… De ahí la sorpresa.

Parece que a los árabes les gusta la democracia, para sorpresa probablemente de algunos. Y parece que están preparados para ejercerla. Se sienten ciudadanos y quieren serlo. La sorpresa viene, en todo caso, de la errónea interpretación de identificar regímenes con país, y de no prestar atención a las enormes dinámicas de cambio y maduración ciudadana que las mujeres, los jóvenes y la mayor parte de la sociedad estaban realizando desde hace años en esos países. No se ha mirado a la sociedad, solo a los sistemas políticos.

En esas sociedades, las mujeres (con velo y sin él) están haciendo su particular revolución silenciosa contra el patriarcado y están participando activamente en esa gran reivindicación ciudadana, y en general los jóvenes (el 70% de la población tiene menos de 30 años), principalmente urbanos, muy politizados y con una mayoritaria preparación universitaria y diplomada, representan un enorme potencial para el desarrollo democrático y socioeconómico del país. Y si este se trunca, representan por el contrario un inmenso desafío de alienación ciudadana con indeseables evoluciones.

Se está viendo con simpatía esta movilización porque, y es totalmente cierto, es civil y los partidos islamistas no han desempeñado ningún papel. Y eso es bueno porque ni ellos, ni ningún otro partido, podrá reclamar legitimidad alguna de origen. La legitimidad más que nunca es de la ciudadanía entera, con todas las ideologías presentes. Pero ello no significa que no vayan a tener un papel que jugar en la transición democrática si esta se desarrolla bien. En el caso de Túnez, donde acaba de llegar Rachid Gannuchi, líder carismático de En Nahda, el movimiento islamista va a recuperar base social. En Egipto, laoposición política más estructurada y con base social son los Hermanos Musulmanes. Su perfil de actuación está siendo deliberadamente bajo (En Nahda ha anunciado que no presentará candidatura a la presidencia de Túnez). Esta posición responde a la conciencia de que cualquier viso de protagonismo islamista puede ofrecer el tan útil argumento del “peligro islamista” para perder el sustantivo apoyo externo a la reivindicación ciudadana y quebrar la unidad interna existente.

De hecho, los menos interesados en que esa evolución democrática se desarrolle son quienes están intentando poner en primera línea de la información el riesgo de que Egipto sucumba en manos de radicales islamistas. Pero la cuestión que se plantea es que si se impone la dinámica democrática, los nada radicales islamistas del Nahda tunecino y de los Hermanos Musulmanes egipcios estarán presentes en el proceso, y eso no debe privar de legitimidad ni apoyo a la tan necesaria transición democrática. Podríamos en este caso adaptar la famosa frase clintoniana a: “¡Es la democracia, estúpido!”. La pertinaz actitud de elegir unilateralmente a los actores que deben participar en la escena política en esta parte del mundo en nombre de sus ciudadanos ha hecho ya todo su fracasado recorrido. Como también lo han hecho las propuestas diversas de reforma política edulcorada y para la galería internacional que desde finales de los ochenta se han prometido sin resultado práctico alguno. El momento y el discurso de la reforma está caducado, ahora es el tiempo de la transición democrática, y lo que esos ciudadanos árabes están expresando es lo mismo que los ciudadanos españoles pedimos con la misma firmeza y entusiasmo hace más de 35 años.

La dimensión del cambio es, sin duda, de gran alcance porque supone modificar los parámetros sustanciales de la política internacional en esta región. Dejar de entender el statu quo como sinónimo de estabilidad porque, por el contrario, ha engendrado rabia, humillación, pobreza, extremismos. Afrontar que se podrá tener buenos aliados pero no clientelas. Y eso tiene muchas consecuencias en esta parte del mundo.

El caso de Egipto es, en este sentido, mucho más desafiante. Su peso simbólico y estratégico es determinante, y sin duda preocupa a muchos el alcance que tendría su cambio de régimen. Pero el nacionalismo que también alimenta la rebelión es otro componente sustancial a tener en cuenta para valorar la fuerza de la movilización. Los egipcios se saben referencia de toda la región y han digerido muy mal su pérdida de influencia regional, desplazada a otras partes del mundo árabe, las consideradas excesivamente estrechas relaciones con Israel, y su gran debilitamiento intelectual, otrora líder y pionero en la producción cultural árabe. Todos estos factores, unidos a una profunda alienación contra un sistema que les ha marginado, empobrecido y despreciado, se han convertido en una explosiva alquimia de componentes, verdadero polvorín en la actualidad. Por todo ello, la quiebra o intento de rendición de esta rebelión ciudadana egipcia (promoviendo el caos, el enfrentamiento violento y la provocación) augura un más que probable baño de sangre que ni el nacionalista Ejército egipcio, actor fundamental, ni la comunidad internacional pueden permitir. Las consecuencias serían desastrosas (más violencia, más radicalización, más inestabilidad).

Pero también es cierto que si la transición democrática arraiga, es necesario un sustancial apoyo económico internacional que acompañe al frágil proceso político. Durante mucho tiempo se ha defendido en Europa que invertir en el desarrollo económico era la clave para contribuir a la transformación de esos países, desentendiéndose de las cláusulas que vinculaban esa política al avance democrático (como establecía la declaración de Barcelona, los acuerdos de libre comercio, la nueva política de vecindad, etcétera). Los resultados han sido escasos y efímeros. Es ahora, en el apoyo al desarrollo económico acompañado de democracia, donde los actores exteriores tienen una verdadera baza que jugar: siendo fieles a sus propias definiciones, declaraciones y objetivos y dejando de lado los hegemonismos trasnochados que con cierto regusto colonial se han justificado por una pretendida minoría de edad política árabe. El carácter ciudadano de estas manifestaciones los ha definitivamente liquidado.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Davos y la política

Por Felipe González, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 04/02/11):

Cuando se produjo la implosión del sistema financiero global allá por el otoño de 2008, fundamentalmente en Estados Unidos y Europa, porque Japón llevaba muchos años en una prolongada crisis, hubo un clamor general para que los responsables políticos intervinieran. Dejar caer a Lehman Brothers, primer banco de inversión del mundo, se consideró un error y el pánico se propagó por todos los países centrales. La recesión mundial fue la consecuencia de ese estallido.

Algunos consideramos que la política, ausente en la era de hegemonía del pensamiento de la “mano invisible del mercado”, de la desregulación, estaba de vuelta. Los irresponsables que con sus malas prácticas nos llevaron a esta catástrofe, se agazaparon y pidieron a gritos ser rescatados.

Parecía, en efecto, que aunque fuera a un coste inmenso, la política como representación de los intereses generales, empezaba a tomar las riendas del mercado para desarrollar un marco regulatorio y un sistema de control que evitara la galopada de los movimientos de capital puramente especulativos, de la proliferación de esos “derivados” sin registros contables ni conexión con la economía real o de los bonus escandalosos para accionistas y ciudadanos.

Lo primero fue el rescate. Centenares de miles de millones de dólares o euros, en Estados Unidos o en Europa, se destinaron al saneamiento de las entidades financieras en crisis. Y aún más, según los casos, a paliar los efectos en la economía real de los países occidentales. Sin excepciones, el impacto de este esfuerzo financiero, recayó sobre el déficit y sobre la deuda de los países afectados. Es decir, sobre los ciudadanos.

A continuación empezó una lucha distinta. La política parecía dispuesta a limitar los despropósitos que se habían producido en el funcionamiento anómico de los mercados. Se pretendía acabar con la enorme cantidad de ingeniería financiera sin base real; con la ausencia de contabilidad de operaciones llenas de humo que iban creando la burbuja que terminó por estallar. Incluso se estaba pensando en cómo limitar las operaciones a futuro que tensionan al alza los precios de las materias primas -incluidas las alimentarias-. En definitiva, lo que se estaba buscando es que la política gobernara a los mercados y no fuera gobernada por estos.

Las escenas vividas en Davos indican algo muy diferente. La política a la defensiva y los representantes del sistema financiero rescatado al ataque. Merkel y Sarkozy defienden el euro ante las dudas planteadas sobre su capacidad de supervivencia. “Es nuestra moneda y la vamos a mantener”. “No se engañen, saldremos de esta situación y no dejaremos caer a ningún país del euro”, etcétera.

Los analistas financieros, los felices rescatados por las arcas públicas, los que no advirtieron la que se nos venía encima con sus prácticas intolerables, están crecidos. Vuelven a pronosticar y a recomendar a los políticos qué es lo que deben hacer. Su lenguaje suena así: “No se ocupen de nosotros, ni de nuestros bonos, ni de cómo y con qué productos debemos operar, ocúpense de reducir sus deudas y controlen sus equilibrios presupuestarios”. “O sea, nos tienen que dejar a nuestro aire, que hagamos lo que queramos y ustedes deben ocuparse de sus asuntos. Si no nos dejan tranquilos no habrá créditos para la economía productiva”.

O sea, muchos de ellos estaban quebrados, como Lehman Brothers, fueron rescatados con dinero público, es decir con endeudamiento de los Estados, provocaron una catástrofe que continúa en la economía real. Y, ahora, vuelven a dictaminar sobre lo que deben hacer los políticos, poniéndolos a la defensiva. Es demasiado descaro para que la opinión pública no esté indignada, aunque hayan logrado que lo esté más con los responsables políticos.

En estos momentos estamos soportando de nuevo las operaciones a futuro sobre granos, es decir sobre la alimentación. Una mala cosecha en Rusia, más los incendios, produce una supresión de exportaciones. Lo que afecta a la oferta mundial no es significativo por sí mismo, pero los movimientos especulativos tensionan al alza los precios en todas partes. En el norte de África, por mirar cerca de nosotros, nos encontramos con una nueva “revuelta del pan”, aunque mezclada con el trasfondo de ansia de libertad de mucha gente.

Y nos sentimos inermes. Cualquier especulador puede comprar siete cosechas de arroz o de trigo, o de…, con un afianzamiento del 5% de su valor estimado. La presidencia francesa del G-20 intenta recuperar la idea de una tasa, bien sea mínima, a los movimientos de capital. Si el movimiento no es especulativo, la tasa será indolora. Si lo es, y se repite cada 24 o 48 horas, empezará a pesar en los especuladores. Es una buena idea que nos retrotrae a la nonata tasa Tobin.

Pero si, como temo, no sale adelante, se podría cortar de raíz este movimiento que provoca hambre y desesperación en el mundo, exigiendo un afianzamiento del 60%. Menos trámites de acuerdos imposibles -hasta ahora- y poner cara la especulación salvaje, aumentando en serio el riesgo para los actores.

Pero, en fin, es solo una parte de esta fronda que nos llevó a la crisis y que teníamos la esperanza de que la política, de vuelta, pudiera racionalizar. En los debates de Davos parece que esa esperanza se convertirá en melancolía y que de nuevo incubaremos la siguiente burbuja financiera. Entonces nadie tolerará que se vaya al rescate de los que la provocan, a costa de tanto sufrimiento.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

No son revoluciones

Por Yasmina Khadra, escritor argelino. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 04/02/11):

Si los levantamientos que se encadenan en determinados países árabes tienen en común una misma motivación, a saber, la expresión ultrajada de un hartazgo y de una necesidad vital de emancipación y de libertad, los regímenes totalitarios contestados son muy diferentes los unos de los otros. En Yemen se trata de una dictadura estática, esclerotizada, sin proyecto real de sociedad y sin dinámica, basada exclusivamente en las alianzas tribales. Una dictadura virtual, sorda, opiácea, que ha instalado al pueblo en el estoicismo y la renuncia.

En Túnez, el régimen, nacido a partir de una esperanza de renovación y de progreso, cayó en la trampa de una espantosa estrechez de miras que condujo a Ben Ali a perder de vista la oportunidad de poder inscribir su nombre con letras de oro en la historia de su país. Ben Ali era, sin duda alguna, el más convincente de los presidentes árabes. Disponía de un pueblo magnífico, instruido, moderno, emancipado y no violento. Su reino era pan bendito. Pero, al no hacer la gloria estremecerse más que a las almas que son dignas de ella (Gogol dixit), el soberano de Cartago optó por la depredación bulímica y por una represión policial que no tenían ninguna razón de ser. Privilegió el reino de sus allegados y de su familia política en detrimento de su propio reino y acabó por verse superado por el giro de los acontecimientos. Podríamos decir que la dictadura de Túnez era sobre todo un poder crapuloso sobre el país, basado en el nepotismo, la corrupción y el tráfico de influencias.

En Egipto se trata de un régimen fantoche, deseado y alimentado por los intereses estadounidenses e israelíes. Considerado como la punta de lanza del mundo árabe, se ha convertido en su eslabón débil. Su incondicional alianza con los norteamericanos ha perjudicado mucho al destino de Palestina y dispersado considerablemente a la unidad árabe. Al concentrar en su seno a las principales instituciones árabe-africanas (políticas, económicas, culturales y deportivas), Occidente ha hecho de él su único interlocutor y su principal peón en la región. Valiéndose de ese privilegio, el régimen de Mubarak trocó deliberadamente su estatuto de hermano mayor por el poco brillante papel de cómplice y de traidor, actitud que el pueblo egipcio, considerado como el más intelectualizado del mundo árabe, no ha acabado de digerir. En la dictadura egipcia se da el ejercicio flagrante de una creciente injerencia de los intereses geoestratégicos occidentales, en particular los de Estados Unidos e Israel. Su vocación consiste esencialmente en amordazar el orgullo y la dignidad nacionales en beneficio de ambiciones vampirizantes exteriores.

Los levantamientos que tienen lugar en esos tres países responden también a una urgencia capital. En Yemen, como en Túnez y en Egipto, los pueblos reclaman la libertad, el honor y la posibilidad de acceder a una vida decente. Los regímenes denostados han sido, para nuestros pueblos, la causa principal del marasmo y de la descomposición socioeconómica que nos deniegan el derecho a poder ascender en el concierto de las naciones. Pero de ningún modo se trata de revoluciones. Se trata de una reacción espontánea, incoherente y sin orientación precisa, cuyo objetivo es el de expulsar al tirano sin prever ni preocuparse por lo que vendrá después. Una revolución es un acto pensado, maduramente articulado en torno a una hoja de ruta, de una estrategia, y conducido por actores identificados y determinados. No vemos a cabecillas titulares designados en las calles de El Cairo, de Túnez o de Adén. Privados de catalizadores eficaces, estos vastos movimientos de protesta van a tener que seguir hasta el final y desbaratar todos los ardides que los Gobiernos amenazados van a multiplicar para cambiar la situación a su favor. Nos hallamos ante la duda sideral, de ahí que se haga imperativo el recurso inmediato a conciencias intelectuales o políticas capaces de encarnar la cólera popular y la saludable alternancia exigida por el pueblo. Sería desastroso seguir sitiando las plazas públicas sin erigir en ellas tribunas y sin hallar para ellas una voz fuerte y creíble que desbanque los discursos falaces y las llamadas a la calma de los regímenes acorralados. Como sería desastroso aceptar un compromiso, que, con toda evidencia, no sería sino una trampa inesperada y una tentativa de ganar tiempo para los Mubarak y sus esbirros. Cometimos esa torpeza en Argelia con ocasión de la formidable insurrección de octubre de 1988. Al no contar con guías prevenidos que nos evitaran las trampas de la recuperación y nos precavieran de los fallos de nuestra inadvertencia, aplaudimos la proclamación de la democracia y del multipartidismo para desengañarnos algunos años más tarde bajo el tsunami islamista. No quisiera que esta catástrofe se operara en Túnez y en Egipto. Esa es la razón por la que resulta de extrema importancia, para esos dos países, escoger a hombres y mujeres aguerridos, vigilantes y dispuestos a erradicar toda traza de los antiguos aparatos represivos del Estado y a impedir las tentativas de instrumentalización y desviación ideológicas que reducirían a cenizas la instauración de una auténtica democracia laica y republicana.

Sin embargo, si el caso tunecino suscita la simpatía de Occidente, el de Egipto le quita el sueño. Porque en Egipto no se trata del porvenir del pueblo egipcio, sino de una nueva configuración de las relaciones de fuerza en la región. Si el régimen de Mubarak se hundiera, la “paz” de Oriente Próximo ya no estaría garantizada. Entendiendo por “paz” la estabilidad de Israel y su impunidad. Estados Unidos va a emplear todo su peso para mantener el régimen, a riesgo de sacrificar a Mubarak. Y los egipcios están viviendo las horas más peligrosas de su historia republicana. O aceptar la “transición” o la guerra civil. Personalmente, no soy nada optimista. Cada día que pasa lo hace en beneficio del régimen, que ha elegido la guerra de desgaste. Ya no es la calle la que gestiona el asedio. La economía está parada, la gente no percibe sus salarios y los estómagos empiezan a acusar el hambre. El régimen lo sabe y va a tratar de prolongar las manifestaciones pacíficas para volver a desplegarse, restablecer sus redes de propaganda y de disuasión y sembrar la duda en los ánimos. En el momento en que escribo, Mubarak habría confiado ya el destino de Egipto a los expertos del Pentágono. Esa “transición” que reclama Washington es la trampa mortal que destruirá toda oportunidad de recuperar su honor y su salvación al pueblo egipcio.

Hay dos preguntas que hacerse:

1. ¿Podrían extenderse estos levantamientos a Libia, Argelia, Marruecos y Jordania? Para Libia, la cuestión ni se plantea. Para los libios, Gadafi no es un dictador sino un líder iluminado. Tardaremos en ver sumidas en la cólera a las calles de Trípoli. Respecto a los otros tres países, a pesar de la corrupción generalizada, el desempleo, el empobrecimiento galopante y la falta de perspectivas para la juventud y los nuevos diplomados, no habrá insurrecciones en ellos. Los Gobiernos actuales prometerán la introducción de vastas y urgentes reformas para satisfacer las reivindicaciones de sus pueblos y seguirán sin comprender que es la alternancia lo que la nación exige. El brazo de hierro será flexible, pero nadie podrá prever la reacción popular a corto plazo. Una cosa es cierta, gracias a lo que ocurre en Túnez y en Egipto, los pueblos saben ya dónde están sus verdaderas fuerzas. Nada será ya como antes.

2. ¿Van a cambiar algo estos levantamientos? En Yemen, nada concluyente. Al régimen le bastaría con hacer algunas concesiones para dispersar a las multitudes. Las alianzas tribales están demasiado corrompidas como para renunciar a sus conquistas en beneficio de sus comunidades. Túnez podría arreglárselas. Tiene bazas reales de salir bien parado de la transición, pero los excluidos del aparato del poder no renunciarán a su parte del pastel. En cuanto a Egipto, se velan las armas, o, por seguir con la tradición musulmana, es “la noche de la duda”. Se juega todo a una carta. Y todo lleva a creer que se va a armar una buena. Los envites geoestratégicos son de tal calibre que gustosamente aceptarían el sacrificio de algunas decenas de miles de muertos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Rebelión árabe y expectativas en Occidente

Por Manuel Trigo Chacón, doctor de Relaciones Internacionales y autor del libro Oriente Medio, encrucijada de la Historia (EL MUNDO, 04/02/11):

Gran parte del mundo, pero muy especialmente Estados Unidos y Europa, están expectantes con la rebelión de las masas en los países árabes, sobre todo de una incipiente clase media que se rebela contra sus dirigentes dictatoriales, aliados de Occidente, reclamando libertad, justicia y una mejor redistribución de la riqueza.

En los 100 últimos años, casi tres generaciones de pueblos del norte de África y de Oriente Medio han sido tuteladas y colonizadas por las potencias europeas, sobre todo por Inglaterra y Francia, y después también por EEUU. Ya en el siglo XXI, en la nueva era de la globalización y de las comunicaciones en tiempo real, con la telefonía móvil, internet y sus redes sociales, no es de extrañar que comience a estallar el polvorín de descontento y desigualdad que se mantenía bajo control dictatorial en el Magreb y en Oriente Medio.

La espita ha sido Túnez, un pequeño país de cultura francesa, a medio camino del desarrollo económico gracias al turismo, pero sometido durante décadas, como sus vecinos, a una férrea dictadura. Su vecina Argelia sufrió el calvario de su independencia y la salvaje represión de Francia en los años 60, con torturas y hasta el genocidio de su población, de los que nadie ha pedido cuentas a Francia, que mantiene importantísimos intereses económicos en todo el norte de África, y por ello subvenciona a las dictaduras. El Gobierno argelino hoy tampoco está seguro en el poder, después de haber pasado por una guerra civil que dejó 200.000 muertos en el país.

El contagio a Egipto era previsible. Como era de esperar, a los cientos de miles de manifestantes que han salido a las calles no les basta con el anuncio de Mubarak de que no se presentará a la reelección presidencial, después de 30 años al frente de la dictadura. El pueblo egipcio reclama también libertad, justicia y mejor distribución de la riqueza. Egipto es un importante exportador de gas y petróleo, y tiene, claro está, un turismo muy desarrollado, cuya industria es fundamental en el PIB del país.

Egipto tiene también el Canal de Suez, que le proporciona unos ingresos de unos 5.000 millones dólares al año. Además, es el país más poblado del Magreb, con casi 90 millones de habitantes, y es el gran referente en el mundo árabe, cuna de los suníes. Fue en Egipto donde en 1928 nacieron los Hermanos Musulmanes, que han multiplicado su influencia a lo largo de las décadas con su doctrina islamista, pero también gracias a su importante red asistencial a los más necesitados. Su ideario es volver al islam puro y dar la espalda a la influencia occidental, especialmente a la política exterior estadounidense.

¿Cómo se ha llegado a esta situación de confrontación permanente entre el Islam y Occidente? Todo comenzó aproximadamente hace 100 años, cuando cayó La Sublime Puerta, como se llamaba al Imperio Turco, con ocasión de la Primera Guerra Mundial. Inglaterra, ayudada por Francia, dividió el Oriente Medio en un mosaico de reinos. Engañó al rey Faisal y troceó la Mesopotamia. Creó pequeños emiratos del tamaño de una refinería, como Kuwait, y se asentó como protectora de Egipto y de Palestina. Estados Unidos, que ya sabía de la importancia del petróleo para los motores de explosión, con Ford y otros presidentes, exigió a su permanente aliada Inglaterra una partición o división del mundo árabe, en dos mitades, dejando un pequeño espacio a Francia en Siria y El Líbano. Se trazó así la secreta línea roja, un pacto por el que se establecía una línea de demarcación desde Estambul, en Turquía, hasta el Índico en el sur. Los territorios al norte serían de influencia y dominio británico, y los del sur, estadounidense. Esta política de influencia en las dos zonas se mantuvo hasta bien entrada la era de Naciones Unidas, en 1945.

Dos años después se creaba el Hogar Judío, que pasó a ser el Estado de Israel, aprobado por la ONU y auspiciado por los anglonorteamericanos, que volvían a dividir a los árabes y abrían una confrontación con los palestinos. Naturalmente, en este tiempo las grandes compañías petrolíferas, las siete hermanas -cinco norteamericanas, una inglesa y otra angloholandesa- hacían su agosto, manteniendo un oligopolio mundial del crudo y pagando royalties irrisorios a los países árabes.

En 1956, en Egipto, tras el derrocamiento del rey Faruk, llegó al poder el coronel Nasser, que nacionalizó el Canal de Suez, hasta entonces propiedad de una empresa anglofrancesa. La ofensiva de Inglaterra y Francia desde Alejandría para recuperar el Canal y derrocar a Nasser fue parada por Estados Unidos y Rusia, lo que demostró que Londres y París habían dejado de ser grandes potencias, al no poder llevar por sí solas una invasión colonial.

En esos años, Rusia subvencionó la gran presa de Aswan, mientras la influencia norteamericana parecía decaer. Pero tal desafío hizo reaccionar a Washington, que pronto demostró su superioridad tecnológica y puso contra las cuerdas a Rusia. En el último tercio del siglo XX, EEUU se fue afianzando en el mundo, con una clara hegemonía, llegando a configurar un mundo unipolar, en el que podía situar a su antojo dictaduras en todo el cono sur de Latinoamérica y en Oriente Medio. Y cuando vio que era posible, la Casa Blanca dio los pasos necesarios para ayudar a la caída del Bloque del Este. También apoyó al dictador Sadam Husein en su guerra contra Irán, y en Afganistán, a los talibán contra Rusia. Al llegar el siglo XXI, Estados Unidos era el único Imperio sobre la tierra, pero el 11-S sufrió el más terrible ataque en su territorio, obra de radicales islamistas. Desde entonces son evidentes los límites del poderío norteamericano. Sus relaciones con Irán, Irak, Afganistán y ahora con Egipto lo evidencian, debido a las dificultades en la solución de los problemas.

La rebelión de las masas en el país de los faraones tiene un profundo significado. El pueblo clama por la libertad y la democracia que nunca ha conocido. Lo mismo ocurre en los países vecinos, gobernados por dictadores o monarquías feudales. Cómo organizar ese mosaico de Estados de África y Oriente Medio, nacidos a la independencia política, pero sujetos a un neocolonialismo económico, no es fácil. Han estado engañados muchos años en la era de la cooperación postcolonial, que comenzó, auspiciada por Naciones Unidas, e impulsada por Estados Unidos y Rusia en 1960.

Cuando se crearon las Naciones Unidas, en 1945, participaron en la firma de la Carta en San Francisco 51 Estados, de los que solo cuatro eran de África, y ocho de Asia. Hoy son más de 200 en la comunidad internacional, y una mayoría de dos tercios son afroasiáticos. No es de extrañar la inestabilidad política, económica y social de esos pueblos, con una nueva generación de ciudadanos, como en el caso de Egipto, que no conocieron el colonialismo, y que se encuentran amordazados y maniatados, en pleno siglo XXI, mientras la globalización se acelera y la era de las comunicaciones y la información en tiempo real es una realidad ya en cualquier parte del mundo.

El silencio de Naciones Unidas ante los conflictos del mundo árabe es patético. La era de la organización internacional está en su etapa final. Ya solo sirve a los intereses de Estados Unidos para legalizar sus guerras. Las decenas de organismos técnicos dependientes, como la propia ONU, están paralizados, anquilosados. Son una enorme máquina burocrática de gastar dinero, incapaces de resolver nada. La FAO, encargada de la agricultura y la alimentación, no ha sabido encauzar el problema de la carestía de los cereales y de los alimentos básicos -uno de los orígenes de la actual revuelta en todo el mundo árabe-, manipulados en sus precios y distribución por un oligopolio de cinco multinacionales. La carestía del pan, el azúcar y otros productos básicos han llevado a rebelarse a las masas, de clase media y baja, en los países subdesarrollados.

Naturalmente que Obama quiere una transición suave en Egipto. Pero ni el discurso de Condoleezza Rice en 2005, ni el del propio Obama en El Cairo en 2010, están en la línea de la política exterior real de la Casa Blanca. En lugar de un suministro diabólico de aviones de combate F-16 y de carros blindados Abrams, para un ejército egipcio de casi medio millón de hombres, se podrían haber enviado toneladas de cereales y tecnología para impulsar la industrialización del país. Lo que han buscado siempre EEUU y Europa es potenciar al ejército egipcio, como un aliado de contención frente al islamismo radical. Pero no hay que olvidar que fueron oficiales egipcios los que organizaron el comando que asesinó al presidente Sadat. Eso sí, una cosa son los generales, y otra diferente la oficialidad, más cercana y solidaria con el pueblo.

Otra fuerza perfectamente organizada en los países árabes, y especialmente en Egipto, es la de los Hermanos Musulmanes, que desde 1928, han ido escalando posiciones, llegando a ser un movimiento político y religioso fundamental. Considerados cercanos a los integristas islámicos, se han dedicado durante muchos años a una labor de captación social, ayudando a la población en labores sanitarias y educativas. Este movimiento, que está permaneciendo de forma voluntaria en un discreto segundo plano durante las revueltas de estos días, podría en una etapa posterior adueñarse de la revolución, como ya hicieran en otro tiempo en Irán los clérigos liderados por Jomeini. Esta es la peor opción que contemplan Norteamérica y Europa, preocupados como siempre por la estabilidad en la región, tanto por el estratégico paso del Canal de Suez como por el gravísimo riesgo para Israel y de inmediato para todo Occidente.

¿Qué pueden hacer EEUU y la Unión Europea ante la posición de fuerza del dictador Mubarak frente a su pueblo? Realmente, muy poco. Simplemente pedir una solución pacífica y tratar de ser neutrales. Han mantenido durante muchas décadas dictaduras como la egipcia, y ahora es difícil volverles la espalda. Dicen que es necesario que todo cambie, pero para que todo siga igual. No interesa que se corten los flujos del petróleo y del gas. Sin embargo, la situación cómoda de ignorar a los pueblos subdesarrollados cada vez se hará más difícil, y todo parece indicar que el mundo globalizado ha entrado en una dinámica de cambio imprevisible, y ello es debido a que el orden jurídico y económico establecido en 1945 se ha quedado obsoleto, por no decir injusto, y necesita otro orden económico más equitativo, con una nueva valoración de las materia primas y de la distribución de la riqueza.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Cuando las empresas eligen a los déspotas antes que la democracia

Por Amy Goodman (Democracynow!, 3 de febrero de 3011)

Escuche (en español)

"La gente llevaba un cartel que decía 'Para: Estados Unidos. De: El pueblo egipcio. Dejen de apoyar a Mubarak. ¡Se terminó!'" decía el tweeter de mi valiente colega y productor en jefe de Democracy Now! Sharif Abdel Kouddous, desde las calles de El Cairo.

Más de dos millones de personas se manifestaron el martes en todo Egipto; la mayoría de ellas inundaron la plaza Tahrir de El Cairo. Tahrir, que significa “liberación” en árabe, se convirtió en el epicentro de lo que parece ser una revolución en gran medida pacífica, espontánea y sin líderes en el país más poblado de Medio Oriente. Este increíble levantamiento que desafió el toque de queda militar, fue conducido por los jóvenes, que constituyen la mayor parte de los 80 millones de habitantes del país. Twitter y Facebook y los mensajes de texto de teléfonos celulares ayudaron a esta nueva generación a vincularse y organizarse, a pesar de vivir desde hace tres décadas en una dictadura apoyada por Estados Unidos. En respuesta, el régimen de Mubarak, con la ayuda de empresas estadounidenses y europeas, cortó el acceso a Internet y restringió el servicio de telefonía celular, dejando a Egipto en la oscuridad digital. A pesar de los cortes, como me dijo el activista mediático y profesor de comunicaciones C.W. Anderson con respecto a si lo que estaba ocurriendo en Medio Oriente era una especie de revolución de Twitter: “no es la tecnología, sino la gente la que hace la revolución”.

La gente en las calles exige democracia y autodeterminación. Sharif viajó a Egipto el viernes por la noche, a un terreno incierto. Las odiadas fuerzas de seguridad del Ministerio del Interior y la policía de camisas negras leales al Presidente Hosni Mubarak estaban reprimiendo y matando gente, arrestando periodistas y rompiendo y confiscando cámaras.

El sábado por la mañana, Sharif se dirigió a la plaza Tahrir. A pesar del bloqueo a Internet y los mensajes de texto, Sharif, talentoso periodista y genio de la tecnología, pronto halló la manera de publicar mensajes en Tweeter desde Tahrir: “Qué escena asombrosa: están pasando tres tanques cargados de gente que grita '¡Fuera Hosni Mubarak!'”.

Egipto ha sido el segundo gran receptor de ayuda externa de Estados Unidos durante décadas, después de Israel (sin contar los fondos gastados en las guerras y ocupaciones de Irak y Afganistán). El régimen de Mubarak ha recibido alrededor de 2 mil millones de dólares al año desde que asumió el poder, en su inmensa mayoría para las fuerzas armadas.

¿A dónde fue a parar ese dinero? En general a empresas estadounidenses. Le pedí a William Hartung de la fundación New America Foundation, que explicara esto:

"Es una forma de bienestar empresarial para empresas como Lockheed Martin y General Dynamics, porque el dinero va a Egipto y luego vuelve para aviones F-16, para tanques M-1, para motores de aeronaves, para todo tipo de misiles, para pistolas, latas de gases lacrimógenos de una empresa llamada Combined Systems International, cuyo nombre figura al costado de las latas halladas en las calles de Egipto".

Hartung acaba de publicar un libro, Los profetas de la guerra: Lockheed Martin y la creación del complejo militar industrial. Continuó diciendo: “Lockheed Martin ha encabezado acuerdos de 3.800 millones de dólares en estos últimos diez años; General Dynamics de 2.500 millones para tanques; Boeing de 1.700 millones para misiles y helicópteros y Raytheon para todo tipo de misiles para las fuerzas armadas. Entonces, básicamente este es un elemento fundamental destinado a mantener el régimen, pero gran parte del dinero se recicla. Los contribuyentes podrían simplemente darle el dinero directamente a Lockheed Martin o General Dynamics”.

De manera similar, la “llave general” para bloquear Internet y los teléfonos celulares en Egipto fue activada con la colaboración de las empresas. La empresa Vodafone (el gigante mundial en telefonía celular propietaria del 45 por ciento de las acciones de Verizon Wireless en Estados Unidos) con sede en el Reino Unido, intentó justificarse en un comunicado de prensa: “Nos quedó claro que Vodafone no tenía opciones legales ni prácticas, sino que debía satisfacer las exigencias de las autoridades”.

Narus, una subsidiaria de Boeing Corp., vendió equipamiento a Egipto para permitir “una inspección profunda de paquete” (DPI, por sus siglas en inglés), según Tim Karr del grupo de política de medios Free Press. Karr dijo que la tecnología de Narus “permite a las empresas egipcias de telecomunicaciones ver los mensajes de texto de los teléfonos celulares e identificar el tipo de voces disidentes que existen. También brinda herramientas tecnológicas para ubicar dichas voces geográficamente y rastrearlas”.

Mubarak prometió no presentarse como candidato a la reelección en septiembre. Pero el pueblo de Egipto le exige que se vaya ahora. ¿Cómo duró 30 años? Quizá eso se pueda explicar mejor en relación con una advertencia de un general del ejército de Estados Unidos hace 50 años, el Presidente Dwight D. Eisenhower que dijo “Debemos tratar de evitar que el complejo militar-industrial adquiera influencia injustificada, ya sea buscada o no”.

Ese complejo mortal no solo es un peligro para la democracia a nivel nacional, sino también cuando apoya a déspotas en el extranjero.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2011 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps, editado por Gabriela Díaz Cortez y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 650 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

Les Belges ont appris à se gouverner seuls

Par Frank De Bondt, journaliste et écrivain belge (LE MONDE, 03/02/11):

La crise belge semble intéresser davantage les Français que leurs voisins eux-mêmes. C’est du moins le sentiment que l’on a lorsque des amis parisiens nous apostrophent, désorientés par une situation qui paraît inconcevable dans la République. Certes, la Belgique n’a plus de gouvernement depuis bientôt neuf mois. Mais elle dispose d’une roue de secours, qui a déjà pas mal servi : un gouvernement de large coalition – comme tous les gouvernements du pays depuis des décennies – chargé d’expédier les affaires courantes. Qu’y-a-t-il de plus important, de plus urgent que des affaires courantes ? Rien. Au moins un tel exécutif ne risque-t-il pas d’importuner les citoyens. Il leur fiche la paix. Interdit le minimum, tolère le maximum et se garde de toute initiative susceptible d’enquiquiner des gens soucieux avant tout de vivre en paix.

L’étranger qui a visité le royaume, si peu royal du reste, le confirmera : le Belge sait vivre. Entendez par là qu’il vit bien, oublie de se prendre au sérieux et aussi de se prendre la tête. Il apprécie quiconque ne trouble ni son confort ni sa bonne humeur, face visible d’un humour irréductible. Il ne rêve ni de révolution ni de changer le monde, n’envisage pour son pays aucune fusion avec l’un de ses arrogants voisins français, allemand ou hollandais dont il garde un mauvais souvenir des “visites” passées. Il demande simplement qu’on lui reconnaisse le droit de se méfier des ingérences de la puissance publique. Un Etat faible, un pouvoir décentralisé et un gouvernement absent : quoi de plus séduisant ? A l’inverse de la France, construction ultra-centralisée, dirigée par un monarque névrosé, la Belgique est un Etat fédéral, et même quasiment confédéral, au sein duquel la plupart des décisions intéressant les personnes sont prises à l’échelon régional et communautaire.

L’éducation, la culture, les transports, l’emploi, l’essentiel de ce qui touche à la vie quotidienne (et demain sans doute la sécurité sociale) sont des domaines qui relèvent exclusivement des gouvernements régionaux (Flandre, Wallonie, Bruxelles) ou communautaires (flamands, francophones, germanophones) qui, eux, sont en place et fonctionnent de manière autonome. Le gouvernement fédéral voit son champ d’action très réduit, dès lors que la défense, c’est l’Otan, la monnaie, l’euro, la politique étrangère, une plaisanterie, et que la justice est indépendante. Au lieu de compatir aux malheurs de cette pauvre Belgique, ne serait-il pas plus judicieux de la donner en exemple à tous ceux qui en ont soupé des discours souverainistes, nationalistes et autoritaires ? Ou qui ne cessent de dénoncer la multiplication de lois liberticides ou de lois inapplicables et inappliquées qui ne servent qu’à embêter le monde et à mener les citoyens comme du bétail.

LA PUISSANCE DE L’ETAT-NATION FAIT LE MALHEUR DU PEUPLE

En dépit de son instabilité gouvernementale chronique, la Belgique est le troisième fournisseur de la France, derrière l’Allemagne et à quasi égalité avec la Chine. Elle enregistre un excédent commercial qui, rapporté au nombre d’habitants, n’a rien à envier à celui de l’Allemagne. Parce que ses forces vives s’investissent ailleurs que dans la politique. Ses comédiens, écrivains, chorégraphes, chanteurs, couturiers, designers ont envahi le marché français, au point que Paris n’hésite pas à les repeindre parfois en bleu, blanc, rouge pour se rassurer sur le niveau de son génie.

La leçon donnée par la Belgique, s’il y en a une, est celle d’un pays capable de se conduire seul, où les citoyens ont appris à se gouverner comme des adultes responsables. N’est-ce pas l’objectif que devrait poursuivre toute démocratie ? Délestés de leur pouvoir par la mondialisation économique et la révolution Internet, les gouvernements nationaux n’ont-ils pas révélé, derrière de pitoyables gesticulations, leur inefficacité et leur inanité face à la crise financière ?

La sagesse commanderait d’en revenir à de modestes gouvernements de la cité. Les finances publiques s’en trouveraient d’ailleurs mieux. Que chacun s’occupe donc de soi et que des élus, porteurs de mandats limités dans le temps, se consacrent à l’organisation de la solidarité indispensable à la vie collective. Méfions-nous des dirigeants qui nous offrent leur protection, alors qu’ils ne servent que leurs propres intérêts. Et rappelons-nous que la puissance de l’Etat-nation – surtout si elle est illusoire – fait le malheur du peuple.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

L’Europe doit reconnaître le génocide tzigane

Par Catherine Grèze, députée au Parlement européen et Tony Gatlif, réalisateur (LE MONDE, 03/02/11):

Chacun a pu le constater ces derniers mois : il ne fait pas bon être tzigane aujourd’hui. Tzigane. Ce terme désigne les populations originaires d’Inde et apparues en Europe au XIVe siècle. Il regroupe aussi bien les Roms, les gens du voyage, les Sinti, les Ashkali ou encore les Gitans. Avec près de 10 millions d’individus dans presque tous les pays de l’Union, la plus grande “minorité” européenne est aussi l’une des plus stigmatisées. Si la France s’est illustrée récemment dans sa politique agressive et non respectueuse du droit communautaire à l’égard de ces populations, elle n’est hélas pas la seule. Elles sont souvent sans Etat pour les protéger, et la construction européenne est leur seul bouclier contre des pays qui lient leur (mauvais) sort à des ambitions électorales à peine voilées. Atteintes à la liberté de circulation, discrimination et même ségrégation scolaire, le quotidien tzigane est loin d’être des plus paisibles.

Il ne fait donc pas bon être tzigane aujourd’hui. Réduits en esclavage pendant des siècles, déportés, on oublie parfois qu’il ne faisait pas bon être tzigane hier non plus. Durant la seconde guerre mondiale, leur situation a varié d’un pays à l’autre. Mais, toujours, un sort tragique leur a été réservé.

Méconnaissance de l’autre

En Allemagne, par exemple. L’arrivée au pouvoir des nazis leur réservera un sort qui rappelle beaucoup celui des juifs : “stérilisation eugénique”, interdiction des mariages mixtes, travail forcé, expérimentations médicales. Et extermination. Février 1940, les nazis testent le Zyklon B à Buchenwald sur 250 enfants tziganes. Décembre 1942, Himmler signe le décret de déportation des Tziganes d’Allemagne vers Auschwitz, au “camp des familles gitanes”. Selon les historiens, entre 500 000 et 700 000 Tziganes ont été assassinés sous Hitler. Cela porte un nom : c’est un génocide.

Autre exemple, celui de la France. Notre pays doit faire un véritable travail de mémoire. Recensés, puis fichés sous Clemenceau, les “nomades, bohémiens, vagabonds” ont été soumis au port du carnet anthropométrique d’identité. Y figuraient leur photo d’identité et leurs empreintes digitales, mais aussi tous les déplacements qu’ils avaient pu effectuer. Durant l’Occupation, des milliers de Tziganes sont internés dans des camps, où beaucoup meurent en raison de la faim, du froid ou des conditions d’hygiène.

A la fin de la guerre, les Tziganes sont absents du procès de Nuremberg. Pourtant, ce génocide sera reconnu en Allemagne en 1982. En Hongrie, un musée consacré à ce génocide est construit en 1998. Ce pays commémore chaque année, depuis 2001, le souvenir des Tziganes victimes de ce génocide auxquels il consacre un cours d’histoire dispensé à tous les adolescents.

En France, malgré la présidence du premier sommet européen sur l’inclusion des Roms, le génocide tzigane n’est toujours pas reconnu. De même, si le carnet anthropométrique a disparu, c’est pour être remplacé par un carnet de circulation ne constituant ni une pièce d’identité ni un justificatif de nationalité, encore moins un passeport.

La méfiance et l’exclusion viennent souvent de la méconnaissance de l’autre. Faire connaître et reconnaître l’histoire de ce peuple permettra de mieux le comprendre et pourra briser la spirale de la persécution dont il est prisonnier. Quel Etat, ou gouvernement, aujourd’hui se permettrait de traiter les juifs de la sorte ? Cette reconnaissance officielle permettra aussi à ces populations de prendre conscience de leur histoire commune et de reprendre confiance dans les institutions. Il est plus que temps de briser ce silence. Pas seulement pour celles et ceux qui ont souffert hier, mais pour celles et ceux qui continuent de souffrir aujourd’hui. Maintenant, c’est au Parlement européen de reconnaître ce génocide.

Nous avons reconnu la Shoah. Reconnaissons le génocide tzigane.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Le peuple, ça n’existe pas, la démocratie, oui

Par Jan Marejko, écrivain, philosophe (LE TEMPS, 03/02/11):

Pour reprendre une formule marxiste classique, rien ne nous répugne plus que l’oppression de l’homme par l’homme. D’où l’enthousiasme que soulève en nous la révolte d’un peuple contre ses oppresseurs, comme cela se produit en ce moment en Afrique du Nord. Mais il y a un hic et de taille. Il n’y a pas de peuple.

Dire qu’il n’y a pas de peuple, ça choque. Ce n’en est pas moins vrai. Un peuple ce n’est pas du singulier mais du pluriel. Un peuple, surtout aujourd’hui, ce sont de multiples associations, de multiples partis, de multiples religions, de multiples tendances. On peut allonger la liste à l’infini. On dira qu’en Tunisie, en Egypte, en Algérie, il n’y a pas tellement de pluralisme. Peut-être, mais il y en a. Dès lors, lorsqu’un peuple se soulève, ce n’est pas lui qui se soulève, mais les divers éléments dont il se compose. On conviendra, avec Jean-Paul Sartre, qu’il y a, dans un mouvement révolutionnaire, comme une fusion de tous ces éléments. Mais même en l’admettant, il est évident que cette fusion est très brève. Une fois l’enthousiasme retombé, des tribuns se profilent qui prétendent parler au nom du peuple. Comme ces tribuns apparaissent avant toute élection, ils se sont nécessairement autoproclamés ou poussés en avant par des foules enthousiastes. Leur légitimité ne tient pas à des votes déposés dans une urne mais à leur charisme, parfois à leur habileté dans le recrutement de groupes armés.

Même Trotski, pourtant pas un enfant de chœur, ne voulait pas que Lénine prît le pouvoir. Ce dernier le prit tout de même et l’on connaît la suite. La révolution du peuple russe conduisit à un régime dont le degré d’oppression a dépassé de loin celui du tsarisme. On pourrait dire la même chose de la Révolution française. Les révoltés parisiens ne voulaient certainement pas, à l’origine, couper des têtes. Il n’en reste pas moins qu’environ trois ans après la prise de la Bastille, trois mille têtes furent coupées sur la guillotine dans la seule ville de Paris. Cela donne à réfléchir.

On aurait donc voulu entendre, de la part des médias occidentaux, quelque retenue dans la manière de présenter les soulèvements de rue à Tunis ou au Caire. Non pas du tout pour les condamner, mais pour signaler que nous, en Occident, de tels soulèvements, nous en avons connu. Et que le résultat a souvent été très loin des espérances! Qu’il convient donc d’être prudent dans nos jugements ou appréciations. Car outre les Révolutions française ou russe, il y a aussi eu la Commune de Paris dont la répression a été si sanglante qu’elle fait encore froid dans le dos. Bref, un soulèvement populaire est toujours légitime mais il peut conduire à une oppression encore pire que celle dont il a voulu se débarrasser. Nous, Occidentaux, ne pouvons plus rendre de grands services au reste du monde. Mais ce rappel-là, nous pourrions encore le faire.

On ne l’a pas assez fait. Plus précisément, on ne l’a fait qu’en référence à la menace islamiste. Les soulèvements populaires auxquels nous assistons pourraient être dangereux, nous a-t-on expliqué, parce que des mollahs pourraient les utiliser à leur profit. Nous oublions ainsi plus de deux siècles de sanglants soulèvements révolutionnaires en Occident pour nous concentrer uniquement sur le danger d’une mise au pas des peuples par les appels des muezzins. Par conséquent, nous continuons à proclamer bonnes toutes les révolutions et ne les voyons menacées que par l’islam. En matière de logique binaire, on pourrait difficilement faire mieux.

Le plus étrange est qu’on s’est abondamment moqué, il y a quelques années, de la thèse de Francis Fukuyama qui annonçait la fin de l’histoire. Or si nous jugeons tous les événements politiques qui se produisent sous nos yeux comme autant d’étapes sur le chemin d’une démocratisation universelle de la planète, nous sommes effectivement en train d’assister à la fin de l’histoire. Tout convergerait vers le meilleur régime imaginable. Il n’y aurait que la démocratie. Ce serait elle ou le chaos.

Si l’on voulait favoriser un islamisme radical, on ne pourrait mieux faire que donner dans cet simplissime alternative. Les peuples détestent l’oppression, mais ils n’apprécient pas non plus qu’on leur dise quelle est la direction qu’ils doivent suivre pour être de bons élèves. A leur répéter sur tous les tons qu’il n’y a qu’une seule direction et qu’elle consiste en une démocratisation de leurs régimes politiques et seulement en cela, ils pourraient se mettre à loucher dans une autre direction, à savoir un régime peut-être pas radicalement islamiste, mais plus ou moins théocratique et en tout cas hostile à la laïcité qui caractérise les démocraties occidentales.

C’est à ce point-là que «communauté internationale» pourrait, pour une fois, faire preuve de doigté. Elle pourrait rappeler deux choses: d’abord qu’un rousseauisme simpliste évoquant une unanime élection par le peuple enthousiaste est une imposture. Elle pourrait ensuite rappeler qu’aucun peuple ne peut s’élire lui-même. Cela encouragerait, pour le moins, un minimum de pluralisme. Enfin, cette même communauté pourrait aussi rappeler qu’il y a diverses formes de démocraties mais que toutes reposent au moins sur deux éléments fondamentaux: l’élection des gouvernants à intervalles réguliers d’une part – la séparation des pouvoirs d’autre part. Si ces deux éléments sont garantis, tout le reste est secondaire.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Un acuerdo sobre el crecimiento mundial

Por Gordon Brown. Fue Primer Ministro (2007-2010) y ministro de Hacienda (1997-2007) del Reino Unido. Es autor de Beyond the Crash: Overcoming the First Crisis of Globalisation (“Más allá del desplome. La superación de la primera crisis de la mundialización”). Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 03/02/11):

El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, cautivó la imaginación del mundo cuando habló recientemente de un nuevo “momento sputnik”. Trazó un plan audaz para mejorar la educación, las infraestructuras y la tecnología y comparó, gráficamente, la determinación necesaria para enviar a un hombre a la Luna con la necesaria para restablecer el crecimiento de la economía de los EE.UU.

Obama tiene razón al decir que Occidente afronta no sólo grandes amenazas, sino también grandes oportunidades. En el último decenio, la economía mundial quedó transformada con la incorporación de mil millones de trabajadores asiáticos a las filas de los productores industriales. En 2011, por primera vez en dos siglos, Europa y los Estados Unidos corren el riesgo de ser superados en producción, exportaciones e inversiones por China y el resto del mundo.

Sin embargo, el crecimiento de Asia infunde también a Occidente una esperanza económica sin precedentes. En este decenio, el mundo quedará transformado una vez más por el aumento de los consumidores asiáticos. En 2020, el tamaño de los mercados internos de Asia será el doble del de los Estados Unidos. La clase media del mundo habrá pasado de mil millones de consumidores a tres mil millones.

Las oportunidades para el crecimiento de Europa y de los EE.UU. que ofrecerá esa demanda mundial suplementaria serán enormes. Los países y las empresas que prosperarán en los nuevos mercados de Asia serán los que ofrezcan los bienes y servicios –hechos por encargo, facilitados por la tecnología y con gran valor añadido– necesarios para atender la demanda de dos mil millones de consumidores de Asia.

Pero ni Europa ni los EE.UU. se encuentran en una situación suficientemente fuerte para aprovechar al máximo esos nuevos mercados. Para poder aprovechar las oportunidades que ofrece Asia, Occidente debe empezar de nuevo a superar en invención, innovación y aptitudes al resto del mundo. De hecho, a no ser que Occidente aumente en gran medida sus inversiones de capital en los sectores de la ingeniería, la ciencia y las nuevas tecnologías, se verá marginado por países cuyos gobiernos respaldan a sus innovadores con dinero contante y sonante.

Con el plan de inversiones de Obama se pondría la primera piedra para un acuerdo mundial oficial que brinde altos niveles de crecimiento a todos los confines del mundo y cree millones de nuevos puestos de trabajo. Conforme a dicho acuerdo, Europa se uniría a los EE.UU. para aumentar los niveles de inversión, complementando la iniciativa del “lanzamiento de un cohete lunar” por parte de los Estados Unidos con un programa de reforma estructural encaminado a crear una economía digital, verde, energéticamente eficiente y competitiva, mientras que China desempeñaría su papel aumentando su consumo. Creo que semejante acuerdo podría incrementar la economía mundial en un 3 por ciento, aproximadamente, de aquí a 2014… y sacar a cien millones de personas de la pobreza.

Presenté ese plan cuando presidí el G-20 en Londres en 2009. Quería que Oriente y Occidente se comprometieran con una estrategia oficial para rendir resultados más duraderos que los prometidos por los planes de rescate que estábamos aplicando en aquel momento. Habíamos centrado la atención en impedir que la recesión se convirtiera en una depresión. Yo sostuve que era también el momento de innovar con la creación de un marco de crecimiento más duradero.

Al final, no se pudo lograr un objetivo compartido de crecimiento y hasta ahora no ha habido suficiente voluntad política para actuar coordinadamente a fin de lograrlo. Desde entonces, Europa y los Estados Unidos han crecido muy por debajo de su capacidad (pese a la existencia de una demanda no atendida en todo el mundo) y el desempleo ha llegado a ser el 10 por ciento, aproximadamente, en los dos continentes (con un desempleo juvenil que ha alcanzado el alarmante nivel del 20 por ciento).

El acuerdo sobre el crecimiento mundial que nos eludió en 2009 sigue siendo la labor inacabada del G-20. La inversión pública concentrada al principio del período podría financiarse con cargo a un Banco Europeo de Inversiones de mayores dimensiones. China ha puesto ya los cimientos para desempeñar su papel: su política de xiaokang (reducir la pobreza y aumentar la clase media) ha de crear un mercado de miles de millones de dólares de bienes y servicios occidentales.

Occidente debe proponer que, si el consumo de China aumenta en entre dos y cuatro puntos porcentuales de su PIB durante los tres próximos años (cosa enteramente posible, al ampliar su red de seguridad social, reducir los impuestos y poner al alcance de sus ciudadanos de a pie la propiedad de una vivienda), los Estados Unidos y Europa incrementarán su inversión pública en cantidades similares. Si otros países asiáticos hacen lo propio y acuerdan crear un campo de juego igual para todos los exportadores, podríamos crear unos 50 millones de puestos de trabajo suplementarios.

Naturalmente, en Occidente un plan de inversión se expone a las críticas de quienes prefieren que no hagamos otra cosa que hablar de estrategias de crecimiento. De hecho, los críticos sostienen que el aumento de la inversión pública entra en conflicto con el impulso necesario para reducir los déficits públicos y avisan sobre el aumento de los tipos de interés que entraña un mayor gasto.

Pero los críticos se equivocan sobre los efectos de las inversiones específicas en el déficit. Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional aportó pruebas inequívocas de que podemos mantener en realidad los planes de reducción de los déficits, sin por ello dejar de beneficiarnos de las inversiones de capital suplementarias que las economías de los EE.UU. y de Europa necesitan.

Mí extrapolación del modelo del FMI muestra que los países occidentales pueden incrementar en gran medida su crecimiento del PIB a largo plazo aumentando sus niveles de inversiones de capital a lo largo de un período de tres años. Un estímulo anual equivalente a tan sólo el 0,3 por ciento del PIB rendiría un beneficio en los EE.UU. de 0,8 por ciento en crecimiento económico en su punto máximo en 2013 y de 0,4 en Europa.

Ese planteamiento, que garantiza el crecimiento y reduce el desempleo sin aumentar el déficit, es necesario para activar el sector privado y movilizar parte del capital que se ha acumulado en los balances de las empresas en los últimos años. También subraya la importancia del G-20 y del FMI para intentar conseguir el consenso mundial ahora.

Occidente está en condiciones de desempeñar su papel en la renovación mundial. Sus extraordinarias fuerzas laborales producen bienes y servicios de primera categoría, pero no se debe condenar a la fuerza laboral occidental con políticas que produzcan tozudamente un decenio de crecimiento lento y empleo escaso. Sería una tragedia humana y no sólo un desastre económico.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La inútil búsqueda de dinero más barato de Europa

Por Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 03/02/11):

Recientemente se han propuesto varias formas de “bonos europeos” comunes, eurobonos para ser más exactos, como salida a la actual crisis del euro, y sus proponentes hacen hincapié en las perspectivas de disminución de los costos del crédito. Pero esto parecen ser más bien deseos.

Para entender por qué, sólo hay que pensar en los beneficios a largo plazo que pueden esperarse de esos bonos. ¿Ofrecerían los bonos europeos tasas de interés inferiores a las del promedio de los bonos nacionales?

Los proponentes de los bonos europeos aducen que crearían un mercado mucho mayor y más líquido que los de los bonos nacionales. Pero es probable que esta ventaja sea limitada, un ahorro potencial de algunas décimas de punto porcentual, dado que las tasas de interés de bonos similares de alta calidad –como los que emiten Alemania y Austria–difieren únicamente por ese margen.

Otra supuesta ventaja de los bonos europeos es que se compartiría el riesgo: si los riesgos de los miembros individuales de la eurozona que tienen dificultades para pagar no fueran muy distintos – y no estuvieran demasiado relacionados– la emisión conjunta de bonos debería, en principio, reducir el riesgo crediticio de los bonos europeos en comparación con el riesgo promedio de los bonos nacionales.

Pero ese argumento no se puede utilizar ahora que los riesgos en la eurozona son tan asimétricos (cero en el centro y considerables en la periferia) y están tan relacionados entre los países de la periferia (son vulnerables a las mismas sacudida, por ejemplo, tasas de interés elevadas o crecimiento lento).

Así pues, es probable que los beneficios de los bonos europeos a nivel de la eurozona sean insignificantes. Vale la pena repetir el punto clave de esta sombría ciencia: nada es gratis. Las pérdidas para los países acreedores en términos del aumento de los costos del crédito y de la disminución de los ingresos generados por los intereses contrarrestarían los beneficios para los países deudores en términos de un menor costo del financiamiento.

Pero países como Grecia, Irlanda, Portugal y España se enfrentan a un verdadero problema: ahora que han terminado sus auges del consumo y la construcción, parece inevitable un largo período de crecimiento lento. Al mismo tiempo, tienen que pagar tasas de interés mucho más elevadas, lo que hace que su deuda aumente, al tiempo que su capacidad de pago se estanca. Por lo tanto, las tasas de interés bajas son vitales para estos países.

Pero es poco probable que los bonos europeos puedan alcanzar siquiera este objetivo limitado. Ha habido muchas propuestas, pero todas comparten dos características. En primer lugar, permitirían a los países de la eurozona emitir bonos que estarían garantizados “de manera conjunta y separada” por todos los miembros hasta cierto nivel –por ejemplo, el 40% del PIB, como en la propuesta más reciente del Primer Ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, y el Ministro de Finanzas de Italia, Giulio Tremonti. En segundo lugar, los bonos europeos tendrían prioridad sobre las reclamaciones privadas. Este segundo componente es crucial porque haría que todas las demás deudas públicas fueran subordinadas.

En la práctica, eso significaría que si, por ejemplo, Grecia tuviera que reestructurar su deuda una vez que se hubieran emitido bonos hasta el límite permitido, presumiblemente pagaría la totalidad de esos bonos (que esencialmente representan deuda multilateral oficial) y los acreedores privados absorberían todas las pérdidas. El valor de las reclamaciones privadas caería en consecuencia.

La emisión de bonos europeos no reduciría la deuda global de un país, únicamente cambiaría su composición. Sabemos que las empresas no pueden cambiar su valor de mercado total al cambiar la composición de sus pasivos (dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras). Lo mismo se aplica en el caso de los países: dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras no conducirá a la reducción de los costos de crédito promedio debido al costo más elevado del financiamiento privado después de que se le reduzca a deuda subordinada.

La sustitución parcial de deuda nacional con bonos europeos podría reducir el costo del servicio de deuda marginal para los países en dificultades mientras se emitan. Sin embargo, en última instancia, su costo promedio no sería inferior porque, otra vez, si los acreedores oficiales tienen prioridad sobre los privados, el financiamiento oficial a gran escala –que se usa principalmente para rembolsar vencimientos de deuda – impediría el acceso de los gobiernos a los mercados privados de crédito.

Además, mientras más bonos europeos se emitan, más se acentuará este problema porque el sobreendeudamiento existente en el mercado privado se hace cada vez más riesgoso. Dado que los costos del crédito tienden a subir proporcionalmente más que el aumento del riesgo, un país con un gran volumen de bonos europeos pendientes de hecho podría encarar mayores costos de crédito. La experiencia también muestra que el mercado a menudo excluye los riesgos graves, lo que implica que un país con una carga alta de deuda y muchos bonos europeos pendientes podría no ser capaz de emitir deuda privada en absoluto.

Por supuesto, si los países miembros estuvieran dispuestos a compartir todos sus créditos podrían obtener, en promedio, una pequeña reducción de los costos del servicio de deuda. Sin embargo, ello exigiría una europeización de la política económica global, incluidas, por ejemplo, las normas sobre pensiones y las tasas fiscales. Dado que los miembros de la eurozona rechazaron incluso la idea de sanciones automáticas para los países con déficits excesivos, no es probable que aprueben una pérdida de soberanía tan amplia.

¿Significa esto que los bonos europeos son en general una mala idea? No. Si todos los países miembros tuvieran poca deuda pública, emitir bonos europeos hasta del 40% o 60% del PIB cubriría todas sus necesidades de financiamiento, y podrían ganar una prima de liquidez modesta. Los mercados no les permitirían emitir demasiada deuda adicional y no habría riesgo de impago. Entonces, una condición esencial para considerar la emisión de bonos europeos es reducir primero la deuda pública a un nivel sostenible. Sin embargo, esto no está en la agenda oficial, al menos por el momento.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Caos bajo los cielos: qué magnífica situación

Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo (EL PAÍS, 03/02/11):

En las revueltas de Túnez y Egipto hay algo que no puede por menos de llamarnos poderosamente la atención, y es la patente ausencia del fundamentalismo islámico: siguiendo la más pura tradición democrática laica, la gente se ha limitado a levantarse contra un régimen opresivo y corrupto, y contra su propia pobreza, para exigir libertad y esperanza económica. El cínico postulado liberal de cuño occidental, según el cual en los países árabes las concepciones realmente democráticas únicamente están presentes en las élites más abiertas, mientras que a la gran mayoría de la población solo la puede movilizar el fundamentalismo religioso o el nacionalismo, ha quedado desmentido. Evidentemente, la gran pregunta es: ¿qué ocurrirá el día después? ¿Quién se alzará con el triunfo político?

En Túnez, cuando se constituyó un nuevo Gobierno provisional, de él quedaron excluidos los islamistas y la izquierda más radical. Los demócratas petulantes reaccionaron diciendo: “bueno, son fundamentalmente lo mismo, dos extremos totalitarios”, pero ¿son las cosas tan simples? ¿Acaso a lo largo del tiempo quienes se han venido enfrentando no han sido precisamente los islamistas y la izquierda? Aunque unos y otros estén momentáneamente unidos contra el régimen, cuando se acerquen a la victoria su unidad se resquebrajará y se embarcarán en un combate a muerte, con frecuencia más cruel que el librado contra su enemigo común.

¿Acaso no asistimos precisamente a esa pugna después de las últimas elecciones iraníes? Lo que cientos de miles de partidarios de Musavi defendían era el sueño popular que alentó la revolución jomeinista, es decir, libertad y justicia. Aunque ese sueño fuera una utopía, entre los estudiantes y la gente corriente supuso una imponente explosión de creatividad política y social, de experimentos y debates organizativos. Esa auténtica apertura que desató inusitadas fuerzas de transformación social, un momento en el que “todo parecía posible”, fue después poco a poco sofocado cuando las fuerzas vivas islamistas se hicieron con el control político.

Aun ante movimientos abiertamente fundamentalistas, hay que tener cuidado de no perder de vista el componente social. A los talibanes se los suele presentar como un grupo fundamentalista islámico que se impone mediante el terror; sin embargo, cuando en la primavera de 2009 ocuparon el valle paquistaní del Swat, The New York Times informó de que habían fraguado “una revolución de clase que explota las profundas fisuras existentes entre un pequeño grupo de terratenientes acaudalados y sus desposeídos arrendatarios”. Si al “aprovecharse” de los sufrimientos de los campesinos lostalibanes estaban “dando la voz de alarma sobre los riesgos que pesan sobre Pakistán, que sigue siendo mayormente feudal”, ¿qué es lo que impedía a los demócratas partidarios de ese país, así como de EE UU, “aprovecharse” igualmente de esos sufrimientos, tratando de ayudar a los campesinos sin tierra? ¿Acaso las fuerzas feudales paquistaníes son el “aliado natural” de la democracia liberal?

Es inevitable llegar a la conclusión de que el auge del radicalismo islámico fue siempre el reverso de la desaparición de la izquierda laica en los países musulmanes. Cuando Afganistán aparece retratado como el ejemplo más extremo de país fundamentalista musulmán, hay que preguntarse si todavía alguien se acuerda de que hace 40 años era un país con una sólida tradición laica en el que un poderoso partido comunista se hizo con el poder sin contar con la Unión Soviética. ¿Adónde fue a parar esa tradición laica?

Resulta esencial situar en ese contexto los acontecimientos que están teniendo lugar en Túnez y Egipto (y en Yemen y… ojalá hasta en Arabia Saudí). Si la situación se “estabiliza”, de manera que los antiguos regímenes sobrevivan con ciertas operaciones cosméticas de carácter democrático, se generará una insuperable oleada fundamentalista. Para que sobrevivan los elementos clave del legado democrático, sus partidarios precisan de la ayuda fraterna de la izquierda radical.

Si nos ubicamos de nuevo en Egipto, veremos que la reacción más vergonzosa y peligrosamente oportunista fue la de Tony Blair, tal como la recogió la CNN: el cambio es necesario, pero debería ser un cambio estable. Hoy en día, un “cambio estable” en Egipto solo puede significar un compromiso con las fuerzas de Mubarak por medio de una ligera ampliación del círculo de poder. Por eso hablar ahora de transición pacífica es una obscenidad: al aplastar a la oposición, el propio Mubarak la hizo imposible. Una vez que lanzó al Ejército contra los manifestantes, la opción estuvo clara: o bien una transformación cosmética en la que algo cambie para que todo siga igual o bien una auténtica ruptura.

Aquí está por tanto el quid de la cuestión: no se puede decir, como en el caso de Argelia hace una década, que permitir unas elecciones auténticamente libres equivalga a entregar el poder a los fundamentalistas islámicos. Israel se quitó la máscara de la hipocresía democrática y apoyó abiertamente a Mubarak, y, al apoyar al tirano objeto de la revuelta, ¡dio nuevas alas al antisemitismo popular!

Otra de las preocupaciones de los demócratas es que no haya un poder político organizado que llene el vacío cuando Mubarak se vaya: por supuesto que no lo hay; ya se ocupó él de que así fuera, reduciendo cualquier posible oposición a la condición de ornamento marginal. De manera que el resultado será como el del título de la famosa novela de Agatha Christie, Y entonces no quedó ninguno. Según el razonamiento de Mubarak, o él o el caos; pero es un razonamiento que va en su contra.

La hipocresía de los demócratas occidentales es asombrosa: antes apoyaban públicamente la democracia, pero ahora, cuando el pueblo se alza contra los tiranos para defender, no la religión, sino una libertad y una justicia laicas, se muestran “profundamente preocupados”… ¿Por qué esa preocupación? ¿Por qué no alegrarse de que la libertad tenga una oportunidad? Hoy día, el lema de Mao Zedong resulta más pertinente que nunca: “bajo los cielos hay caos: qué magnífica situación”.

Entonces, ¿adónde debería ir Mubarak? La respuesta a esta pregunta también está clara: a La Haya. Si hay alguien que merece sentarse allí, es él.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La nueva legitimidad árabe

Por José Maria Ridao (EL PAÍS, 03/02/11):

Las revueltas populares que comenzaron con el gesto desesperado de Mohamed Buazizi, el humilde vendedor de fruta tunecino que se inmoló en protesta por la brutalidad de la policía, han logrado en breves semanas lo que las bombas y los atentados de los yihadistas no consiguieron en largos años de barbarie: un cambio radical en el panorama político árabe, con el dictador de Túnez derribado, el de Egipto convertido en un cadáver político y unas apresuradas reformas democráticas emprendidas por Gobiernos que, hasta la víspera, se declaraban cínicamente comprometidos en transiciones que, sin embargo, no avanzaban jamás en el reconocimiento de las libertades.

Esta formidable sacudida política llevada a cabo sin un solo disparo por parte de los manifestantes, sin una sola acción que pudiera empañar su causa, exige corregir la diplomacia hacia la región de las principales potencias mundiales, incluido Israel. Como también exige mandar al lugar que merece esa infame literatura de expertos y seudoexpertos que, tras los atentados del 11 de septiembre, colocaron bajo sospecha a millones de personas con el razonamiento, a la vez siniestro y estúpido, de que, por ser árabes, tenían que ser musulmanes; y de que, por ser musulmanes, tenían que ser islamistas; y de que, por ser islamistas, tenían que ser, cómo no, terroristas. ¡Tanta perspicacia intelectual para descubrir enemigos emboscados de Occidente entre hombres y mujeres que solo aspiraban a lo mismo que aspiran los hombres y mujeres de cualquier parte del mundo, al pan y a la libertad, y tanta ceguera para no ver que, en realidad, se trataba de víctimas de unos dictadores con los que Occidente había concluido el negocio de sostenerlos a cambio de protección contra un enemigo que esa literatura agigantaba!

Cuando, tras la huida del tunecino Ben Ali y de la defenestración de Mubarak, que caerá o no como caen de la higuera los higos secos, se vuelve a agitar el fantasma de los islamistas y de su posible ganancia en el río de la revuelta, lo único que se está haciendo es salvar la cara de aquel repulsivo negocio, cuando no prorrogar por miedo o por interés la vigencia de su cláusula principal. Pero no solo porque si, llegado el caso, los islamistas triunfasen en unas elecciones democráticas no se podría cuestionar su triunfo sin cuestionar al mismo tiempo la democracia, sino porque la hipótesis misma de la victoria de los islamistas es, sin duda, prematura, y, tal vez, equivocada. Si los islamistas hubieran tenido capacidad para sacar tantos hombres y mujeres a las calles como las protestas de Túnez y Egipto -que podrían repetirse contra otras dictaduras de la región-, no habrían esperado a la inmolación del humilde vendedor de fruta Mohamed Bouazizi para convocarlas. Como tampoco los yihadistas hubieran construido el núcleo de su estrategia en torno a las bombas y los asesinatos; si lo han hecho es porque saben que forman una exigua minoría fanática, y que ni en sus más aventurados sueños serían capaces de movilizar a las multitudes que han derrocado a Ben Ali, y que amenazan con hacerlo con Mubarak, al grito de libertad y elecciones libres.

El bochornoso titubeo de la Unión Europea ante las revueltas, así como la impúdica posición de Israel, que no ha dudado en considerar sinónimos la estabilidad y la seguridad de la región con el mantenimiento de sus feroces dictaduras, demuestran que, ni en un caso ni en otro, han comprendido la auténtica dimensión de lo que está sucediendo. Sí la han comprendido, en cambio, las dictaduras vecinas de Túnez y Egipto que se sienten amenazadas, y que por eso se aferran al mantenimiento del statu quo, que por eso invocan el repulsivo negocio que concluyeron con Occidente, llegando así, por el camino opuesto, a la misma conclusión que Israel y a las mismas razones por las que la Unión Europea ha titubeado. Porque lo que está sucediendo es que las revueltas están colocando, por fin, en manos de los ciudadanos árabes la soberanía que les usurparon las élites del anticolonialismo, después de haberlo hecho las del colonialismo. Aquellas se limitaron a copiar los métodos de gobierno que estas aplicaban en los territorios sometidos, y que nada tenían que ver con los vigentes en las metrópolis. Con la independencia, las poblaciones que ahora se han levantado cambiaron de tiranos pero no se libraron de la tiranía, con el agravante de que la guerra fría, primero, y la guerra contra el terror, a continuación, establecieron el juego maniqueo en el que ha fraguado, hasta esclerotizarse, la situación política que está saltando por los aires.

Una nueva legitimidad está surgiendo en la región, una legitimidad que solo cabe calificar de revolucionaria. El momento crítico de traducirla en medidas políticas ha sonado en Túnez y Egipto, y puede que siga sonado en la región a lo largo de los próximos días y semanas. En estos dos países se ha empezado a abrir paso, poco a poco, un proceso constituyente que las principales potencias mundiales, incluido Israel, no pueden ignorar, y menos entorpecer, sin arruinar la primera gran esperanza que ha ofrecido el siglo XXI, iniciado bajo el signo de funestos presagios.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

¿Simples beneficios o grandes palabras?

Por José Luis Pardo, filósofo (EL PAÍS, 03/02/11):

Uno. Tengo por principio una prevención ya casi instintiva hacia los argumentos que se encarnizan con especial vehemencia y delectación en lanzar su cólera contra todo lo que es gratuito o se alcanza sin especial esfuerzo, porque en ellos se detecta a menudo la subrepticia mendacidad que consiste en suponer que el mero sufrimiento santifica a las cosas obtenidas por medio de él y a las personas que lo padecen, confiriendo valor a lo que de por sí no lo tiene y virtud a quien carece de ella. Hay muchas cosas buenas que, por desgracia, no pueden obtenerse sin esfuerzo, pero no es el esfuerzo lo que las hace buenas, del mismo modo que quien ha sufrido muchísimo preparando un examen de piano no merece por ello una nota más alta que quien lo ha preparado igualmente pero disfrutando de lo lindo. Así pues, a pesar del mezquino axioma de Gracián (“lo que no cuesta, no vale”), el que algo -por ejemplo, la descarga de un archivo en Internet- sea gratuito (en el caso de que en verdad lo sea) no hace de ello un hecho intrínsecamente malo ni de quien lo practica un monstruo moral. Así que, aunque sea gratis, les recomiendo que vean en Internet el cortometraje de Jordi Pereiras La máquina de copiar jamones, para eliminar algunos prejuicios innecesarios.

Dos. Obviamente, tampoco es cierto que porque algo sea tecnológicamente viable haya de convertirse de inmediato en moralmente recomendable, legalmente aceptable, culturalmente valioso o políticamente progresista. En este punto, los poderes públicos de nuestro país (independientemente de su sesgo ideológico) se encuentran presos en una paradoja. Durante años, han aceptado y difundido entusiásticamente el evangelio de que las nuevas tecnologías de la comunicación por sí mismas nos harían más libres, más sabios, más democráticos y más creativos, ya fuera porque de buena fe creían en semejante papanatismo (aunque solo hay que pensar un poco para comprender que la tecnología no es más que un instrumento, y que por sí sola no le basta a nadie para aprender física de partículas, hacer buenas películas o ejercer una opinión pública cualificada), porque querían buscar simpatías electorales en la franja social de los internautas o porque querían impulsar el desarrollo de las empresas informáticas.

El caso es que, no solo de palabra, sino de obra y de inversión de dineros públicos, se identificó la extensión del ADSL con el progreso del conocimiento y de la libertad, sin preguntarse para nada por el uso efectivo que los consumidores hacían de tal instrumento, que por supuesto es perfectamente compatible con la maldad, la estupidez, la trivialidad y la procacidad. Y aún quedan huellas de este discurso en un reciente artículo de la actual ministra de Cultura (El adversario es otro, EL PAÍS, 18 de enero de 2011) donde afirma que la Red “es un espacio autónomo de creación, libertad y democracia”. Pero es la propia González Sinde la que, en el mismo artículo, se ve obligada a reconocer y a enunciar con una valentía hasta ahora desusada que Internet -tanto por el régimen jurídico de las empresas que dominan su espectro como por la utilización que de ella hacen los usuarios- pertenece esencialmente al ámbito de lo privado, hasta el punto de que alguna de esas empresas dominantes se ha excusado del cumplimiento de sentencias condenatorias amparándose en la “imposibilidad técnica” de acatarlas (una bonita justificación que hasta ahora no estaba al alcance de los ciudadanos privados de a pie), o de que el Estado se ha mostrado hasta hoy incapaz de extender la protección jurídica de las comunicaciones postales o telefónicas al conjunto de la Red.

Y si bien hay que celebrar que, aunque sea con retraso, los poderes públicos reconozcan ahora la falsedad de aquel evangelio que antes jalearon (y cuyo jaleo forma parte del bullicio que ahora tanto lamentan porque entorpece sus iniciativas parlamentarias), su legitimidad para intervenir en el terreno de lo privado depende de que todos tengamos claro que lo hacen en defensa del interés público. Y es en este último punto en el que se acusa una evidente falta de legitimación de las estrategias políticas hasta ahora desplegadas o, dicho de otra manera, en donde se ha extendido la sospecha de que se trata de defender ciertos intereses privados, sospecha que de no disiparse no dejará de ensombrecer esas iniciativas.

Tres. En aras de esta claridad convendría despejar el carácter al menos parcialmente demagógico de los discursos que justifican la restricción de las descargas en Internet apelando al interés superior del Arte, de la Cultura o de la Inteligencia. Pues el mismo papanatismo afecta a quienes esperan que la tecnología en cuanto tal nos haga ricos que a quienes temen que nos haga pobres. Puede que Cervantes escribiera la segunda parte del Quijote para combatir la piratería literaria, pero el beneficio cultural que ello trajo a nuestras letras no depende de esa intención, sino del contenido de la obra, y hasta ahora ni los defensores ni los detractores de las dichosas descargas han dado prueba de que aquello que defienden nos haya traído una tercera parte del Quijote que suponga un incremento culturalmente sensible. Porque no fueron las descargas en la Red sino una vez más los poderes públicos -y una vez más en obscena connivencia con los privados- quienes, precisamente cuando triunfaba el neoconservadurismo que reclamaba el adelgazamiento del Estado (y ante todo la supresión de los Ministerios de Cultura), se complacieron en modificar cualitativamente el estatuto de los bienes culturales (cuyo valor se consideraba hasta ese momento relativamente exento de la lógica mercantil), tendiendo a considerar la cultura como un área de negocios exactamente igual que cualquier otra, exaltando por ejemplo el “valor económico del español” como lengua instrumental (con el consiguiente detrimento académico y social de la literatura), y propiciando la reducción del sector editorial a las técnicas de gestión empresarial y de marketing.

Y esta progresiva reducción del ámbito de la cultura al de los negocios, que ha hurtado a los productores de cultura y de conocimiento los medios para evaluar autónomamente sus producciones al margen del mercado, es la que ha terminado por reducir la polémica -ahora exacerbada por el tema de las descargas- a la sola cuestión del negocio (editorial, cinematográfico o discográfico), que es la única que se discute hoy en este campo, en donde bajo las grandes palabras como el Libro, el Cine o la Cultura, de lo que se trata básicamente es de los márgenes de beneficio. Pero no hacía falta ningún cibergurú de las finanzas para decirnos que la cultura no es un buen negocio (o, más exactamente, que no puede ser únicamente un negocio, que su lógica no se reduce a la de la producción de mercancías o a las cotizaciones bursátiles, y que no por ello equivale al despilfarro), pues esa fue precisamente la razón por la cual se crearon los Ministerios de Cultura.

Cuatro. Claro que, allí donde la cultura cambia de estatuto para convertirse en negocio, no es extraño que también los ministerios del ramo tiendan a trastocar su función por la de garantes de esa conversión y, en definitiva, por la de garantes del negocio, que vienen hoy -precisamente cuando las arcas del Estado no están para invertir en cultura porque tienen otras prioridades- a declarar abiertamente que la cultura que no sea negocio no podrá sobrevivir. Es seguro que quienes así nos exhortan tienen toda la razón, como la tienen quienes nos aseguran que hemos de sacrificar las pensiones, los servicios públicos o las universidades para evitar la quiebra. Pero no pueden esperar que, manteniendo ese discurso, puedan conservar la legitimidad suficiente para hablar, actuar y legislar en el nombre de la cultura, del conocimiento o de la libertad, ni mucho menos convencernos de que las descargas en Internet son la causa de que tales cosas estén amenazadas. Mucho me temo que tendrán que ir acostumbrándose a este ruido, que emana de un malestar del cual sus políticas (o su falta de ellas) son una de las principales causas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona