martes, febrero 08, 2011

La rebelión norteafricana

Por Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans (EL PERIÓDICO, 06/01/11):

La rebelión ha venido y todos saben cómo ha sido. Unos dicen que las crecientes desigualdades en el norte de África, de Marruecos a Egipto, habrían desencadenado la ira y lo que está ocurriendo a partir de que la inmolación de un muchacho tunecino en diciembre fuera la chispa que provocaría el incendio. Otros, que tiranos como Ben Alí o Hosni Mubarak tenían sus días contados, sumidos como estaban en la corrupción. (¿Cuántos decenios de días contados?) Aun otros, que merced a twitter y a la telefonía móvil se había generado una red no controlada por las viejas policías políticas. Y así sucesivamente. Estas no son explicaciones plenamente satisfactorias.

Los seres humanos soportan a menudo con infinita paciencia regímenes políticos extrema y manifiestamente injustos. La pregunta que hay que hacerse no es la habitual de ¿por qué estalló la rebelión?, sino más bien al revés: ¿cómo es posible que la gente aguante tanto sin rebelarse? Lenin, en uno de los ensayos más lúcidos que se hayan compuesto sobre la rebelión, afirmaba que si el poder tiránico no se desmoraliza y sus aparatos represivos -ejército, policía- no lo abandonan, la revolución es imposible. Mubarak debe de haber leído a Lenin, porque ya ha mandado a sus matones a reprimir manifestantes a tiros.

Hasta hoy no se está produciendo una revolución en esa zona, sino una rebelión desesperada, sobre todo por parte de una masiva población joven sin trabajo, fruto de la explosión demográfica que, de seguir, conseguirá que demasiadas cosas agradables terminen yéndose al garete.

La explosión se ha producido según la ley de todas las rebeliones populares, desde la que condujo más tarde a la revolución francesa hasta la rusa bolchevique y la china maoista del siglo XX. Estallan cuando una corriente de esperanzas y expectativas crecientes -de prosperidad y mejores oportunidades- se estrella contra una realidad que las niega. Esa frustración es lo más peligroso para el tirano de turno. No hay efecto contagio que valga -aun siendo un factor que anime a los desesperados- si no viene empujado por la frustración de una esperanza realista.

El espléndido ejemplo de ansias de libertad, democracia y emancipación popular que estamos presenciando a lo largo de la región del Magreb y hasta el Sinaí podría acabar en solo rebelión y no en revolución. (La excepción de momento es un Marruecos que espera tenso el instante a pesar de todos los alauitas pesares). En la revuelta aún no hay programa, ni ideología, ni auténtica concepción de aquel pluralismo político que es la esencia de la democracia. (La democracia es la presencia legítima de un Gobierno con una oposición tan legítima como él.) Acechan los cuervos en algunos lugares -la Hermandad Musulmana junto al Nilo- mientras que en otros la llegada de un viejo exiliado solo pone una figura venerable y paterna para aplacar angustias, brevemente.

Y no vale reprochar todo a las fuerzas exteriores. Los yanquis echaron mano de Mubarak en Egipto como la habían echado del Sha en Persia o de su agente en Bagdad, Sadam Husein, al que luego atacaron y hundieron en una guerra con pretextos inventados. En ella también estuvimos nosotros por obra y desgracia de gobiernos como los de José María Aznar y Tony Blair. Las fuerzas exteriores apoyan a quienes les conviene, aunque Barack Obama esté prometiendo ahora -y bien está que lo haga- que apoyará transiciones pacíficas a la democracia y regímenes decentes allá donde surjan. Esas fuerzas andan, no lo dudemos, metidas en el baile. Lo que vemos son las declaraciones del presidente Obama o las ambiguas y tímidas de la señora Catherine

Ashton en nombre de la Unión Europea. Pero lo que pesan son presiones durísimas, ocultas, para que la ira popular no acabe con los tiranos. Al Yemen ya le han obligado a ejercer el arte de la cosmética política de democrática apariencia. Un futuro y patético Wikileaks demostrará lo que sabemos sin que nos lo digan.

Lo que esas fuerzas no controlan es la dinámica terrible de tendencias como las señaladas: incapacidad política y económica de satisfacer anhelos de libertad y trabajo, estupidez represiva, ansia de permanencia ciega en el poder. Castro -cuánto duele decirlo- es un anciano gruñón como lo fuera Franco. Mubarak les emula. Y no sabe irse, ni fallecer.

Y luego vendrá lo que muchos en esta Europa meridional tendrán que entender. Que nuestra frontera sur, el mar, es ya porosa, puente de constantes migraciones hacia el norte -hacia Italia, Grecia, España, Francia- y que lo será más aún, cuando toda la rebelión de las masas norteafricanas se vaya transformando en la migración en tropel a costas ajenas. Porque si la democracia -y esperemos que les llegue, que no es seguro- es buena para la economía, es decir, para dar trabajo, el desarrollo no es cosa de dos días. La desesperación no se absorbe de la noche a la mañana.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La caída del muro árabe

Por Fawaz A. Gerges, director del Centro de Oriente Medio en la London School of Economics and Political Science, Universidad de Londres. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 06/02/11):

A medida que las protestas multitudinarias sacuden Túnez, Egipto, Argelia, Yemen y Jordania, parece desmoronarse la omnipresencia de unos estados controlados por los servicios de seguridad. En concreto, la incapacidad del temido aparato de seguridad del presidente Hosni Mubarak para reprimir la creciente marea de manifestantes y salvar un dominio que ha durado treinta años señala la caída del muro autoritario árabe. En tanto que país más poblado del mundo árabe y capital de su producción cultural, si Egipto se transforma en una democracia, se producirá una reacción en cadena a lo largo de toda la región. Como en el banquete de Baltasar, la mano profética ya ha escrito en la pared.

Se ha alzado ya la barrera del miedo que permitió a los dictadores árabes oprimir a sus ciudadanos. Contra todo pronóstico, cientos de miles de jóvenes (hombres y mujeres) han tomado las calles y, arriesgando la vida, han exigido cambio y libertad. Túnez proporcionó la chispa que ha prendido esos incendios políticos a lo largo de todo el mundo árabe. Si los tunecinos podían expulsar a su opresor Ben Ali, muchos árabes se atrevieron a pensar lo impensable.

Al margen de que los opresivos regímenes árabes consigan capear la tormenta, el statu quo ya no resulta sostenible. Los árabes de la calle se sienten dotados de poder, a punto de ser testigos de un nuevo amanecer democrático. Se han sacudido la apatía política y se han adentrado en el espacio político.

Los gobernantes árabes, en cambio, temen que se haya terminado su prolongado reinado autoritario. En Yemen, tras 32 años en el poder y a pesar de un reciente esfuerzo por autonombrarse presidente vitalicio, Ali Abdulah Saleh ha declarado que ni busca ser reelegido ni traspasar la autoridad a su hijo tras el actual mandato que concluye en el 2013. “Ni ampliación de mandato, ni sucesión, ni puesta a cero del reloj”, afirmó Saleh antes de la gran manifestación en Saná del jueves, bautizado como “día de la ira” a imitación del modelo tunecino y egipcio. En Jordania, el rey Abdulah II ha destituido al primer ministro y a su gabinete tras semanas de manifestaciones antigubernamentales y ha ordenado al nuevo primer ministro que lleve a cabo urgentes reformas políticas.

Envalentonados, los manifestantes ya no se conforman con retoques cosméticos, sino que piden un cambio político sustancial: la reestructuración de las cerradas sociedades siguiendo un modelo plural. Para los árabes, psicológica y simbólicamente, este momento equivale a la caída del muro del Berlín. Están a punto de subirse a una ola democrática como la que barrió Europa oriental tras el derrumbe de la Unión Soviética. En este sentido, la intifada árabe ha acabado con la afirmación de que el islam y los musulmanes son incompatibles con la democracia.

Como sus equivalentes de Europa oriental, el viaje democrático de los árabes será incierto, complejo, desigual y prolongado. No hay ninguna garantía de una transformación democrática con éxito y no cabe duda de que surgirán contratiempos. El desafío más difícil es institucionalizar la relación entre el ejército y la dirección política civil y poner fin al dominio de los rangos más antiguos del ejército. Como en Europa oriental, la transición árabe desde el autoritarismo político a unas sociedades plurales y abiertas llevará más de dos décadas.

La nueva intifada árabe se nutre principalmente de preocupaciones y agravios internos (el trabajo y las libertades) y no de sentimientos antioccidentales de política exterior. A diferencia de los manifestantes de la revolución islámica iraní a finales de la década de 1970, ni los egipcios ni los tunecinos queman banderas estadounidenses e israelíes, ni tampoco culpan de su suerte al imperialismo occidental.

Tampoco los clérigos y los mulás son los motores de la agitación social que se ha apoderado de los países árabes. La punta de lanza de la revuelta contra el opresivo statu quo es una clase media acuciada por los problemas. Aunque fragmentada y sin coherencia ni unidad, la oposición está formada por una variopinta coalición de hombres y mujeres de todas las edades y todos los colores políticos, incluidos centristas de tendencias liberales, demócratas, izquierdistas, nacionalistas e islamistas.

Lo que distingue la intifada árabe de la revolución iraní es que no hay ningún ayatolá Jomeini preparado para secuestrar la revolución y hacerse con el poder. En el caso de Egipto, los Hermanos Musulmanes son el único grupo político influyente entre un mosaico de organizaciones opositoras laicas. Los Hermanos renunciaron hace tiempo a la violencia y aceptan plenamente las reglas del juego político. Es el movimiento de base religiosa más grande y organizado del mundo musulmán y ha demostrado tener sentido común, madurez y realismo político. Dedican grandes esfuerzos a librarse de su antigua imagen de radicalismo y subversión.

No hay un auténtico peligro de que los extremistas ocupen el vacío de la seguridad porque existen mecanismos de control y equilibrio de poderes. A pesar de que persiste la violencia, el ejército ya ha llenado el vacío dejado por la salida de la policía y el aparato de seguridad de Mubarak. Cuando se alcance un acuerdo político, si es que eso llega a ocurrir, es probable que el ejército supervise la transición hacia el nuevo régimen mientras se mantengan los derechos e intereses de los oficiales superiores. La diversidad y el dinamismo de la oposición y de la sociedad civil también son factores que operan en contra de un posible secuestro de la pacífica revolución egipcia.

Aunque de modo tardío, Estados Unidos ha aceptado por fin la importancia y la inevitabilidad del cambio en la región. Dirigiéndose a los manifestantes egipcios, Obama dijo que su “pasión y dignidad” eran “motivo de inspiración para las personas de todo el mundo, incluidos también los habitantes de Estados Unidos y todos aquellos que creen en la inevitabilidad de la libertad”. “Deseo ser claro, oímos vuestras voces”, afirmó Obama.

Aunque existen riesgos inherentes en la agitación que se extiende por el mundo árabe, los recientes acontecimientos apuntan a un futuro más prometedor y brillante. Los árabes están superando el amargo legado del colonialismo y del fracasado Estado poscolonial. Están luchando por ser dueños de su historia y por decidir su futuro.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Cuatro laicidades

Por Olegario González de Cardedal, teólogo (ABC, 06/02/11):

Un Estado, gobierno y sociedad que no realicen permanentemente la tarea de diferenciar, definir y coordenar están a merced de las fuerzas irracionales. Y cuando estas se imponen perecen al mismo tiempo la libertad y la justicia.

Los dos grandes hechos constitutivos de la era moderna son: en perspectiva cultural y política, la Ilustración; en perspectiva religiosa y moral, el Concilio Vaticano II. Nada es inteligible en Europa y especialmente en España sin referirnos a estas dos realidades. No hay otra España legítima y moral sino la que se deriva y se orienta por la Constitución de 1978. No hay otra Iglesia católica sino la que se identifica a sí misma desde la comprensión y la realización del cristianismo propuestas por el Vaticano II. Quienes se comprenden y comportan al margen o contra estas dos realidades se comportan violentamente contra la nación y contra la Iglesia. Ambas son hechos dinámicos, y por ello ni están agotados ni son absolutizables: miran abiertos y ampliables hacia el futuro, pero no son negables en el pasado. La dignidad y fecundidad histórica de España depende de la forma en que integre hoy esos dos hechos determinantes de nuestra realidad cultural y moral.

Una de las cuestiones clave para entretejer hoy esos dos hilos en el bordado del alma española es la laicidad, o la relación entre política, cultura y religión. Nosotros no la estamos estrenando en Europa. En la mayor parte de ella lleva vigente siglos, y por ello nos encontramos con modelos diversificados. En cada uno de los países está determinada por la historia anterior, por la configuración de la propia sociedad y por los elementos dinamizadores de su progreso. Existen el modelo anglosajón, tanto de Inglaterra como de Estados Unidos, el modelo alemán y el modelo francés. El francés ya lleva más de un siglo afirmándose y corrigiéndose. Las palabras repetidas de Sarkozy sobre una «laicidad positiva» no niegan, pero tampoco repiten, la ley de Combes (1903). Ni la Iglesia católica es ya la misma ni la presencia del islam en Francia es hoy la que era a comienzos del siglo XX. La madurez política de un pueblo y de un gobierno se mide por su capacidad de comprender e integrar los hechos nuevos en los viejos marcos legales y de modelar estos conforme a las realidades nuevas. Para nosotros la pregunta simple es esta: ¿a cuál de esos cuatro modelos de laicidad (británico, norteamericano, alemán, francés) se quiere asemejar la propuesta hispánica?

La decisión supone un esclarecimiento del contenido de la palaba. Ella posee cuatro niveles de significación y de realización. Hay la laicidad de abstención propia del Estado (laicidad negativa), a tenor de la cual «ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal», según la fórmula de nuestra Constitución. Ella es la condición indispensable tanto para la igualdad de derechos y deberes en ese orden como para la libertad religiosa en su vertiente positiva de ejercicio y negativa de distancia. En este sentido, se prohíbe al Estado la imposición directa o indirecta de una religión a los ciudadanos. A este respecto el Estado no piensa, no elige. Su inhibición institucional le libera en una dirección: no discriminar, y le obliga en otra: posibilitar que se afirme la realidad ciudadana, defenderla y favorecerla.

Hay también una laicidad de confrontación (laicidad dialéctica). En una sociedad viva surgirán grupos religiosos e ideológicos, políticos y culturales. De entrada, ninguno de ellos tiene una plusvalía o primacía. Su dinamismo los llevará a entrar en relación y a confrontarse, a ofrecer a los ciudadanos su propuesta para organizar la sociedad y hacerla más rica, abriéndola a las múltiples posibilidades que la realidad ofrece: ética, estética, política, religión… Y, dentro de esta última, las diversas formas que ella puede abarcar. M. Gauchet habla de la «salida de la religión». Con esta frase designa tanto un hecho consumado en muchas partes del mundo como una propuesta pendiente para otras: la religión (cristiana) ha dejado y quiere dejar de ser el marco único que ofrezca sentido a la existencia, al cual los demás órdenes de realidad tendrían que plegarse.

Esto, que vale para la religión, vale igualmente para los demás órdenes. También la ciencia, la ética y la política deben retirarse a su rincón y participar en la rica complejidad de la vida común sin erigirse en monolitos soberanos que dictan la verdad a la sociedad. Por ello, frente a todo monismo, hay que reclamar la equivalente laicidad de la cultura, de la ética y de la política. Todos estamos ante estas preguntas: ¿qué descubre y alumbra más entretelas de la vida humana?, ¿qué la hace más «buena», libre, fecunda y esperanzada?, ¿qué crea más gloria y dignidad para el hombre: la abertura a una trascendencia religiosamente comprendida o un atenimiento excluyente a la finitud que fenece? Y entre las religiones, ¿cuál de ellas responde a mayores necesidades y ofrece mayores posibilidades al hombre?

La tercera sería la laicidad de diálogo (laicidad activa). Se trata de la referencia y colaboración permanente entre el Estado y la sociedad civil. El Estado es responsabilizado en sus funciones propias por el partido político que asume en cada momento el gobierno de la nación. Pero el gobierno no es dueño del Estado ni de la sociedad, que no pueden ser puestos a disposición de fines partidistas, doblegados a una orientación ideológica, ni utilizados en provecho propio. También en este sentido el Estado debe ser positivamente laico. No puede haber una religión integrista ni una laicidad integrista. Esta última existe cuando un gobierno desconoce o rechaza la ejercitación de la vida humana elegida por los ciudadanos, siempre que estos cumplan respetuosamente las leyes del Estado. Aquí entramos en campos difíciles; por ejemplo, la educación. Es tarea de los padres y de la sociedad, en cuyo nombre la lleva adelante el Estado, siendo responsable de que tenga lugar en la justicia, la solidaridad y la eficacia. La educación no es solo del Estado ni solo de los padres: en la medida en que el hombre es persona, es responsabilidad inicial de los padres; en la medida en que es ciudadano, es responsabilidad inicial del Estado. Y la responsabilidad final es del propio sujeto.

Este Estado laico tiene que proveer a una pluralidad integrada e integradora, ofreciendo fuentes de sentido y de comunidad. Si no lo hace y deja a los ciudadanos remitidos a la soledad y el egoísmo individualistas, la sociedad se fragmentará en competencia o sufrirá de esa soledumbre que amaga con desolación y desesperanza. En este orden, Europa tiene que mostrar fortaleza en la defensa de los principios y derechos humanos ya irrenunciables. Pero a la vez debe ser honesta, acogedora y flexible. Su cultura no es «la cultura», su religión no es «la religión». Un filósofo francés tan riguroso y ponderado como P. Ricoeur se ha preguntado por qué una chica francesa, cristiana o atea, puede pasearse por la calle casi completamente desnuda, y una chica musulmana, en cambio, no puede llevar cubierta su cabeza, en la calle o en la escuela? Tal discriminación, ¿no es pura injusticia y duro fariseísmo? ¿Por qué hoy en Francia el islam es más integrador que las ideologías laicistas?

Nos queda una cuarta forma de laicidad: laicidad de servicio (laicidad cooperativa). Más allá de las propias diferencias, los grupos religiosos están llamados a colaborar entre sí al servicio de la sociedad común, y con otros grupos de naturaleza social o cultural. Estamos ante la tarea de ofrecer convicciones y crítica, en afirmación de lo específico aportado al acervo común, a la vez que cooperación en una sociedad regulada por la justicia en igualdad y libertad. Una vez clarificadas todas las diferencias y realizadas las necesarias separaciones, hay que pasar de una laicidad de resentimiento y rechazo a otra de reconocimiento mutuo y colaboración.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

¿Guion o guión?

Por Salvador Gutiérrez Ordóñez, miembro de la Real Academia Española y coordinador de la nueva Ortografía de la lengua española (EL PAÍS, 06/02/11):

La aparición de la nueva Ortografía de la lengua española no ha dejado indiferente a la sociedad. Las opiniones se polarizan en los dos extremos de la escala. Para unos, la obra es sólida, novedosa, bien fundamentada, coherente, exhaustiva, didáctica. Otros, en el polo opuesto, se fijan en cambios muy concretos y expresan de forma apasionada su desacuerdo.

Paso por alto, claro está, algunas interpretaciones desaforadas que alistan a la Real Academia Española en una cruzada de barbarie educativa empeñada en simplificar la escritura para favorecer a vagos e incultos. ¡Qué desatino! La RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española saben bien que la ortografía no es una cuestión menor. Es el código donde se manifiesta de forma más visible el carácter unitario de la lengua, y posee enormes repercusiones sociales, educativas e incluso económicas. Por eso, han abordado esta obra con enorme cuidado y responsabilidad.

Uno de los asuntos que con mayor asiduidad ha castigado las prensas, que con mayor brío ha cabalgado sobre las ondas y que con mayor celeridad ha circulado por las redes es, sin duda, el problema de los monosílabos con diptongo o triptongo ortográfico. Me refiero a la obligatoriedad de escribir sin tilde voces como guion, Sion, truhan, Ruan, crie, fie, guie, lie, crio, fio, guio, lio, rio, criais, fiais, guiais, liais, riais, crieis, fieis, guieis, lieis, riais, hui, huis, flui, fluis…

Quienes no comprenden el cambio muestran disconformidad, disgusto, grandísimo enojo y desde su trinchera exigen inmediata revocación de la norma. Cuando veo esta amenazante lluvia de dardos, me acuerdo de Lutero en la Dieta de Worms, bajo la mirada olímpica del emperador Carlos y el dedo vociferante de las autoridades eclesiásticas que le exigían inmediata retractación. Aunque sobrecogido, respondía con seguridad: “Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa”, al tiempo que admitía discutir sus tesis, siempre que el debate se guiara “por las Escrituras y por la razón”.

¿Qué afirman las “escrituras”, es decir, la norma heredada? La Ortografía de la lengua española de 1999 (Ortografía99) determinaba de forma taxativa los diptongos ortográficos. Se consideraban tales:

a) Toda combinación de vocal cerrada átona (i, u) con una vocal abierta (a, e, o). “En consecuencia, son diptongos las siguientes combinaciones: ai, au, ei, eu, oi, ou, ia, ie, io, ua, ue, uo” (Ortografía99, página 43).

b) Toda combinación de dos vocales cerradas distintas (i, u).

Y añadía: “Algunas de estas combinaciones vocálicas pueden articularse como hiatos (es decir, en dos sílabas), dependiendo de distintos factores: su lugar en la secuencia hablada, el mayor o menor esmero en la pronunciación, el origen geográfico o social de los hablantes, etcétera. Sin embargo, a efectos de la acentuación gráfica, se considera siempre que se trata de diptongos” (Ortografía99, página 43). Tres páginas más adelante, en aplicación de estas reglas, consideraba monosílabos palabras como fie, hui, riais, guion, Sion… (Cf. Ortografía99, página 46). Es decir, tanto si se pronuncia gui.on como guion…, en la escritura estas palabras son monosilábicas. Y, si son monosilábicas, no deben llevar tilde.

La reciente Ortografía es, punto por punto, totalmente fiel a la doctrina heredada. ¿Cuál es la diferencia? Que la Ortografía de 1999 dejaba libertad para poner o no tilde según fuese la percepción de su fonética. Es decir, por un lado dictaminaba que ortográficamente eran diptongos; pero, por el otro, permitía la doble escritura: guion-guión, Sion-Sión, truhan-truhán, fie-fié, fieis-fiéis…

Esta opcionalidad, que constituía una flagrante y cruda contradicción contra la regla, se entendió como una moratoria o periodo de adaptación, pero constituyó una de las cuestiones más criticadas de dicha obra. La ortografía -se aducía con fundamento- ha de establecer normas unívocas, no reglas potestativas.

Dejemos las escrituras y en las razones entremos:

1. Se acusa a la nueva obra académica de dilapidar una de las grandes ventajas que poseía hasta el presente el sistema acentual del español: la propiedad de señalar de forma inequívoca sobre qué vocal de una palabra recae el acento de intensidad. Gracias a las reglas de la tilde, cualquier usuario, nacional o extranjero, que conozca las normas diferenciará en la pronunciación término, termino o terminó. Esta ejemplar propiedad se perdería -se dice- si quitamos la tilde en vocablos como guion, truhan, fie, fio, fieis, fiais. Tal crítica carece de fundamento, pues la ausencia de tilde no modifica la lectura: la intensidad afecta igualmente a la vocal abierta. Por otra parte, la voz hui nunca podrá confundirse con la interjección ¡huy!, ya que en los diptongos de final de palabra la -y siempre es átona.

2. Una segunda objeción señala que las nuevas normas ortográficas no nos permiten saber si las secuencias vocálicas de guion, Sion, truhan, lie, fie, liais, fiais, lieis, fieis… se articulan en el habla como hiato o como diptongo. Esta afirmación es cierta; pero no ha de ser tomada como una crítica, sino como una alabanza. Diría más, como un genial hallazgo de la ortografía. Esta disciplina no debe establecer en la escritura contrastes que no se correspondan con oposiciones de significado, y en los diptongos ortográficos la realización fónica como una sola sílaba o como dos no provoca cambios de significado. Veamos algunos ejemplos. Con independencia de que una pronunciación sea más frecuente que otra, no hay cambio de sentido en los siguientes dobletes: con.fi.ar / con.fiar, va.ci.ar / va.ciar, fi.a.ble / fia.ble, fa.tu.o / fa.tuo, ru.i.do / rui.do, je.su.i.ta / je.sui.ta… La medida es sabia, pues, de lo contrario, tendríamos que escribir un gran número de palabras con o sin tilde según las percibiéramos como llanas o como esdrújulas: glo.ria-gló.ri.a, su.per.fluo-su.pér.flu.o, gra.cia-grá.ci.a, i.bais-í.ba.is, ve.ni.ais-ve.ní.a.is, gar.fio-gár.fi.o, va.cuo-vá.cu.o, con.ti.nuo-con.tí.nu.o, cons.pi.cuo-cons.pí.cu.o, am.bi.guo-am.bí.gu.o, per.pe.tuo-per.pé.tu.o, ar.dua-ár.du.a, te.nue-té.nu.e, a.rio-á.ri.o… y varias decenas de voces más.

Volvamos a los términos que nos ocupan (guion, Sion, truhan, fie…). El hecho de articularlos fonéticamente como diptongo o como hiato no modifica su sentido: gui.on / guion, tru.han / truhan, fi.e / fie… Lo normal en la dicción pausada de gran parte de los países hispánicos es que muchas de estas palabras se articulen como hiatos. Sin embargo, en México y en una gran zona de América Central predomina su articulación como diptongo. Pero no es necesario ir muy lejos para observar que nosotros mismos en muchas situaciones del habla familiar y cotidiana los articulamos también como diptongos: ¡Anda, que liais cada una!; ¡No os fieis de eso! ¡íNo os riais de mi! ¿Deberíamos poner o quitar tildes ateniéndonos a la pronunciación de cada circunstancia o de cada lugar? En modo alguno. ¡Sería una norma general al arbitrio subjetivo de cada hablante!

3. Se oyen voces de que, con esta norma, la RAE está proponiendo que tales palabras se pronuncien como diptongos y no como hiatos. Tampoco es cierto: al igual que la escritura sin tilde de superfluo no nos impide articularla como esdrújula (su.per.flu.o) o como llana (su.per.fluo), las representaciones gráficas guion, Sion, truhan, lie, fie, liais, fiais, lieis, fieis… (no marcadas por la tilde) pueden representar tanto la pronunciación monosilábica como la bisilábica. Por el contrario, la escritura con tilde de guión, Sión, truhán, lié, fié, liáis, fiáis, liéis, fiéis… sí es excluyente: nos está diciendo que son palabras bisílabas. ¿Cómo aceptarían esta escritura en México y Centroamérica?

Cualquier cambio ortográfico es percibido como una agresión que afecta al hábito mismo de escribir. Provoca reacciones y debates que, una vez enfriados los ánimos, son siempre positivos, pues nos ayudan a reflexionar sobre la lengua y a comprender la fina malla de nuestra estructura ortográfica. Servirán también para desvelar el enorme esfuerzo de reflexión realizado para construir, desde la unidad y para la unidad, una obra rigurosa, cercana y comprensible.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El ansiado olvido

Por Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza (EL PAÍS, 06/02/11):

Decía el embajador estadounidense en Chile, en un cable confidencial enviado a Washington a comienzos de 2007, poco después de la muerte de Pinochet, que los chilenos miraban con menos rencor al pasado, a su dictadura, que los españoles a la de Franco. El comentario, aunque superficial y bastante inexacto, puede servir para introducir algunas observaciones de historia comparada, de similitudes y diferencias entre ambas dictaduras, y sobre la forma en que son recordadas.

Pinochet aprendió muchas cosas de Franco. El dictador chileno, como antes había hecho el español, intentó imponer una visión histórica que legitimara la necesidad del golpe de Estado y lo presentara como salvador de la nación. Durante sus dictaduras, Franco y Pinochet festejaron el 18 de julio en España y el 11 de septiembre en Chile como un mito fundacional de “salvación nacional” frente a la revolución marxista. Esa versión oficial, establecida a partir del control de la educación, de la censura y de la persecución a quien se oponía públicamente, generó políticas de desinformación y de manipulación de la historia, muy difíciles de combatir durante las respectivas transiciones a la democracia.

El golpe de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, no provocó una guerra civil y su dictadura, de 17 años, duró 20 menos que la de Franco. Después de miles de asesinatos y de violencias masivas de los derechos humanos, ambos dictadores gozaron de amplios apoyos entre sus ciudadanos. Franco murió en la cama y nunca tuvo que preocuparse de responder a cargos sobre crímenes contra la humanidad. Pinochet sobrevivió 16 años a su Gobierno autoritario y su arresto en Londres, en octubre de 1998, abrió en Chile una profunda discusión sobre el pasado, en la que afloraron con toda su crudeza las historias y memorias enfrentadas de militares y de familiares de los desaparecidos y víctimas de la represión.

El legado de los crímenes de las dos dictaduras se abordó de forma muy diferente en los dos países. En España, tras la Ley de Amnistía aprobada el 15 de octubre de 1977, el Estado renunciaba a abrir en el futuro cualquier investigación judicial o a exigir responsabilidades contra “los delitos cometidos por los funcionarios públicos contra el ejercicio de los derechos de las personas”. Bajo el recuerdo traumático de la guerra, interpretada como una especie de locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos, y el del miedo impuesto por la dictadura, nadie habló entonces de crear comisiones de la verdad que investigaran los miles de asesinatos y la sistemática violación de los derechos humanos practicada hasta el final por Franco y sus fuerzas armadas.

En Chile, por el contrario, y pese a que la democracia, bajo la vigilancia y el corsé impuesto por el tirano todavía vivo, no pudo derogar la amnistía que se habían concedido los propios militares con la Ley de 1978, el primer presidente democrático, Patricio Alwin, decidió establecer una Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. No se podía llegar a la reconciliación nacional, pensó Alwin, sin antes conocer y reconocer a los desaparecidos y víctimas de la violencia de las fuerzas armadas. Formada, bajo la presidencia del prestigioso jurista Raúl Rettig, por expertos en derechos humanos, pero también por partidarios de la dictadura, como el historiador Gonzalo Vial Correa, la Comisión entregó su informe, de 1.350 páginas, el 8 de febrero de 1991, menos de un año después del encargo oficial.

El informe Rettig, interpretado por los militares chilenos como un ataque a su honor y dignidad, fue un hito en el proceso de reconstrucción de la democracia y de la memoria colectiva. En España, durante la transición, y en la larga década posterior de Gobiernos socialistas, no hubo políticas de reparación, jurídica y moral, de las víctimas de la guerra y de la dictadura. No solo no se exigieron responsabilidades a los supuestos verdugos, tal y como marcaba la Ley de Amnistía, sino que tampoco se hizo nada por honrar a las víctimas y encontrar sus restos.

Por eso, no resulta sorprendente que cuando comenzó a plantearse entre nosotros, por fin, casi tres décadas después de la muerte de Franco, la necesidad de políticas públicas de memoria, como se había hecho en otros países, apareciera un enérgico rechazo de quienes más incómodos se encontraban con el recuerdo de la violencia, con la excusa de que se sembraba el germen de la discordia y se ponían en peligro la convivencia y la reconciliación. Acostumbrados a la impunidad y al olvido del crimen cometido desde el poder, se negaron, y se niegan, a recordar el pasado para aprender de él.

Para muchos españoles, el rechazo de la dictadura y de las violaciones de los derechos humanos no ha formado parte de la construcción de su cultura política democrática. Y por eso tenemos tantas dificultades para mirar con libertad, conocimiento y rigor a las experiencias traumáticas del siglo XX. Parece que estemos en un eterno debate y, en realidad, seguimos rodeados de miedos y mentiras. Y, lo que es más importante para el futuro, sin claras políticas educativas y culturales sobre los derechos humanos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La investigación del cáncer de todos los días

Por Manel Esteller, médico. Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge (EL PERIÓDICO, 05/02/11):

Escribí mi primer artículo científico a los 17 años. Salió publicado en la revista Ciència que hacíamos en mi instituto, el Llor de Sant Boi de Llobregat, inspirados por un inquieto profesor de Química, Jordi Carvajal. La publicación fue premiada dos años seguidos por la Comissió Interdepartamental per la Recerca i la Innovació Tecnològica (CIRIT) por fomentar el espíritu científico entre la juventud, una excelente iniciativa de la Generalitat que se mantiene casi 25 años después. El artículo se titulaba El càncer. Lo he reencontrado en una visita a la vieja casa familiar, y me he dado cuenta de cómo ha cambiado el conocimiento de esta enfermedad, pero también de cuánto nos queda por hacer. Estas dos últimas décadas han visto la obtención de los primeros genomas completos de los tumores humanos y la aparición de fármacos específicos contra las mutaciones que contribuyen a su desarrollo. Hemos visto cómo la supervivencia del cáncer de mama pasaba de ser casi nula a incrementarse radicalmente. Los mismos logros hemos alcanzado con las leucemias infantiles. Pero no hemos conseguido mejorar significativamente el pronóstico del tumor de cerebro (glioma) o del cáncer de páncreas. Los adelantos han sido también claves en salud pública, como la vacuna contra la hepatitis B y ciertos tumores de hígado y los programas de detección precoz de cáncer de mama y cuello de útero.

Sí, ya sé que hablar de estadística es algo frío y que deberíamos hablar de cada caso en particular, de cada persona, de cada historia. Pero la mejora numérica es magnífica: si en 1945 curábamos solo un 5% de los tumores, ahora somos capaces de hacerlo en el 55% de los casos. Hemos dado la vuelta a la tortilla. No ha sido fruto del azar. Se debe a la investigación constante de médicos clínicos, cirujanos y radiólogos, biólogos, bioquímicos, farmacéuticos, químicos¿ Pero aún nos queda mucho por hacer. Muchísimo. Cada vez que sé de una historia que no termina bien, pienso que podríamos hacer más.

Nuestra población tiene más cáncer que generaciones anteriores, en buena parte porque vivimos más tiempo que otras olas demográficas que fueron heridas de muerte por otras afecciones, como las infecciones en la infancia. El precio de nuestra longevidad es tener más probabilidades de desarrollar un tumor (igual que una enfermedad cardiovascular o un trastorno degenerativo como el alzhéimer). La buena noticia es que no nos acostamos sanos y nos despertamos con un tumor grande y agresivo, sino que el proceso requiere meses para su desarrollo. Un tiempo precioso en el que podemos intervenir decididamente para interrumpir la caída de este dominó de células alteradas. En este sentido, debemos tener siempre presente que un pequeño tumor puede extirparse quirúrgicamente, y entonces las posibilidades de curación son muy altas.

El diagnóstico genético del cáncer hereditario nos plantea una cuestión más compleja que no entraré a discutir: el derecho del enfermo a saber y a decidir hasta dónde quiere recibir información. Los medios de comunicación, como altavoces de la sociedad, deben contribuir a dar a conocer los últimos adelantos en la investigación del cáncer y a hacer entender que una sociedad mejor informada es una sociedad más libre y con más capacidad de elección. Cuando leo en los periódicos o la web la frase «después de una larga enfermedad» me parece retroceder a la edad media. Tenemos que llamar a las cosas por su nombre: cáncer de páncreas, cáncer de pulmón, cáncer de próstata. Solo conociendo a nuestro enemigo podremos vencerlo. Las asociaciones de pacientes americanas contra determinados tumores, como la Susan G. Komen for the Cure (cáncer de mama) o la Lance Armstrong Foundation (cáncer de testículo) han hecho más por luchar contra estas formas tumorales que muchos programas de investigación pública. Aquí, el ejemplo de la Fundación Josep Carreras contra la leucemia es magnífico. No podremos vencer esta enfermedad si nos escondemos tras las trincheras de los seudónimos. El cáncer es una enfermedad como cualquier otra y si se destinan los suficientes recursos públicos y privados para investigarla puede ser detenida en una generación.

Muchas veces me preguntan cuándo llegará la curación del cáncer. Más de una vez suelo dar esta respuesta: «Yo sé cómo eliminar una tercera parte de los tumores del mundo». Entonces, al periodista se le abren las pupilas de los ojos para cerrarlas casi inmediatamente cuando añado: «Simplemente, la población debe dejar de fumar». El tabaco causa no solo el cáncer de pulmón (el 90% del mismo aparece en fumadores), sino que también origina el cáncer de cabeza y cuello y el de vejiga. Por eso las medidas restrictivas de su uso como las actualmente aprobadas son siempre bienvenidas. Es mejor prevenir una enfermedad que curarla. Un pequeño paso más en la lucha contra el cáncer, que requiere concienciación y apoyo social, financiero y político decidido. Pero de esto ya hablaré otro día.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Comunicación y revolución

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 05/02/11):

Diez días en Egipto están cambiando el mundo. La insurrección popular contra Mubarak y la probable apertura de un proceso de transición política garantizado por el ejército en contacto con Obama transforman la geopolítica de Oriente Medio y abren vías de participación a los pueblos árabes en la construcción de su futuro. Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Sudán, tal vez Siria. Entre autocracia y fundamentalismo las sociedades civiles árabes buscan una democracia inclusiva de los islamistas dentro de las instituciones. El proceso no está exento de peligros pero puede salirse al fin de ese laberinto de odios, intereses e intrigas que entre países árabes e Israel ha secuestrado la paz del mundo. Factor clave en este proceso, tan súbito como esperanzador, es la emergencia de nuevas formas revolucionarias. La autocomunicación a través de internet, mediante blogs, YouTube, Twitter, Facebook y otras redes sociales, distribuidas por telefonía móvil, ha superado la censura estatal y corporativa permitiendo la información libre y un debate entre miles de jóvenes que han roto la barrera de su frustración solitaria. Recordemos que la media de edad en Egipto es 22 años.

Y es que el cambio sociopolítico se inicia en la mente y la mente se alimenta de su entorno comunicativo. De ahí la centralidad de la censura y la incomunicación en el poder autoritario y la importancia de la comunicación libre para oponerse. Cuando no hay liderazgos reconocidos o cuando la represión los ha diezmado, la autoorganización de la gente depende de esa capacidad de contacto, de converger en acción y en objetivos hasta constituir una wikirrevolución, o sea, una revolución cogenerada en sus tiempos, formas y organización. Pero en la revolución egipcia estamos observando algo aun más decisivo: la batalla por el control de la nueva comunicación en la medida en que los gobiernos ya saben que internet y las redes móviles son el actual espacio público y están dispuestos a su desconexión.

Obviamente, los movimientos sociales en curso en Túnez, Egipto y otros países no tienen como causa los mensajes en internet. Nacen de la explotación y la opresión en la que viven estos países desde hace décadas. En Egipto en los tres últimos años ha habido más de tres mil protestas populares y el llamado Movimiento del 6 de Abril nació de una gran huelga obrera, aunque fue asfixiado por una salvaje represión. Pero hay consenso en que la insurrección actual surgió de la renovada audacia de los jóvenes al ser testigos, en internet y en Al Yazira, de las manifestaciones en Túnez y de su capacidad para derrocar al dictador. De pronto la revolución pacífica se hizo posible.

El apoyo entre amigos en las redes sociales condujo a las protestas masivas del día de la ira, el 25 de enero en El Cairo, Alejandría, Suez, Ismailia, El Mahala, El Kubra y otras ciudades con tal intensidad que consiguieron romper los cordones de policía y ocupar la simbólica plaza Tahrir. Datos de Google muestran que la búsqueda de la palabra manifestación empieza a intensificarse el 21 de enero y se multiplica por 15 entre el 21 y el 23, preparando las protestas en la calle. Es decir, un acontecimiento externo, la revolución tunecina, desencadena la comunicación en internet que induce protestas que van ampliando sus formas de acción con un objetivo sencillo: fuera Mubarak. Un “ya basta” sin mucho más programa que el de regenerar el país. Pero las dictaduras no se rinden fácilmente. Hay demasiados intereses en juego.

De ahí que, con más presteza y eficacia que los regímenes de Túnez o Irán, en la noche del 27 al 28 el Gobierno egipcio obligó a los cuatro principales proveedores de internet a desconectarse de sus usuarios, interrumpió las redes móviles e incluso exigió a Vodafone, el principal proveedor, enviar un SMS anónimo a todos los abonados apoyando a Mubarak. Y sin embargo el 28, bautizado viernes de la cólera, las manifestaciones redoblaron su fuerza. El Baradei volvió al país para unirse al movimiento. El régimen empezó a tambalearse. Una vez que hay decenas de miles de personas en la calle, la comunicación por internet ya no es indispensable, hay otras formas de entenderse, del boca a boca a los panfletos tradicionales, pasando por el fax y las radios de aficionados. La cobertura mediática internacional, en particular mediante televisión por satélite, conecta a los egipcios entre sí y con el mundo. Además se organiza el rescate internauta global. La red de hackers Tor y organizaciones internautas como Telecomix difundieron números de teléfono internacionales para conectar a internet mediante modem. Google y Twitter establecieron un sistema conjunto para conectar llamadas telefónicas internacionales a un sistema que enviaba el mensaje por Twitter y de ahí a fax. Proveedores de internet europeos proporcionaron conexión gratuita mediante llamadas de teléfono (las líneas fijas no fueron cortadas). Hasta que finalmente se restableció parcialmente el servicio de internet el 1 de febrero. En ese momento la cobertura informativa internacional ya era permanente y se podía acceder por satélite y por internet. De ahí que el último y desesperado intento de Mubarak fuera atacar salvajemente a los periodistas, entre ellos a los de este diario, intimidarlos para silenciarlos. Sin conseguirlo, gracias a su coraje, mientras que los manifestantes continuaron enviándoles información e imágenes. Ciudadanos periodistas y periodistas ciudadanos se fundieron en un abrazo por la libertad.

La batalla de la comunicación fue también esencial en EE.UU. para que Obama se decidiera a presionar al ejército exigiendo la destitución de Mubarak a pesar de la oposición de Israel. Y es que la revolución no surge sólo de la comunicación, pero la wikirrevolución tiene lugar en el nuevo espacio público resultante de la conexión entre redes digitales y plazas simbólicas. El futuro de Egipto y Túnez es incierto. Pero ya sabemos qué forma tienen las revoluciones del siglo XXI.

Por cierto, China acaba de prohibir en internet la palabra clave Egipto.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

En El Cairo y en Túnez, quien vuelve es Rifa

Por Guy Sorman, ensayista (ABC, 05/02/11):

Durante la revolución de julio de 1830, el joven Rifa, de la ciudad de Tahta en el Alto Egipto (Al Tatawi), se encontraba en París: imán titulado de la mezquita de Al Azhar en El Cairo, acompañaba a una delegación de príncipes egipcios a los que su pachá, Mehemet Ali, había encargado estudiar en Francia las ciencias contemporáneas para que su país sacara provecho de ello a su regreso. Los príncipes se distrajeron, pero Rifa aprendió rápido el francés y se convirtió en el niño bonito de los salones de la época. A lo largo de los siete años que duró su estancia, reunió una gigantesca biblioteca que más tarde ordenó traducir al árabe. Una vez acabada su misión, se convirtió en el principal consejero del pachá, creó escuelas para niñas, publicó los primeros periódicos en lengua árabe e introdujo las ciencias en la enseñanza: Rifa fue el fundador del Egipto moderno, en unos tiempos en los que su país resplandecía sobre el conjunto del mundo musulmán. Pero hubo una reforma, solo una, que Rifa no logró que el pachá consintiera: la adopción de una Constitución política. A Rifa le había impresionado especialmente la Revolución de 1830: el rey Carlos X era impopular, los parisinos se rebelaron, unos cañonazos causaron algunas víctimas, pero tres días más tarde, Luis Felipe ascendía al trono con el beneplácito general y sus poderes delimitados por una nueva Constitución. Rifa contó todo eso y otros recuerdos en un pequeño libro titulado L’Or de Paris (El oro de París), donde también habla de las parisinas: son, escribía, tan infieles como las cairotas, pero ¡en Francia a sus maridos les da igual!

Nada le parecía más útil a Rifa que ese concepto de Constitución: permitía cambiar de régimen sin guerra civil, minimizando la violencia. Pero el pachá de Egipto, dispuesto a aceptar todo de la ciencia francesa y partidario de Rifa en sus controversias teológicas con los clérigos integristas de Al Ahzar (Rifa consideraba concretamente que el Corán no imponía el velo a las mujeres y tampoco privarlas de educación ya que mediante la educación podían acceder al Corán), se negó a que su poder absoluto fuese limitado por una Constitución. ¡Qué pena! La faz del mundo árabe podría haber cambiado. En nuestros tiempos, los egipcios más ilustrados son conscientes de ello ya que es un retrato (presumiblemente) de Rifa el que adorna la entrada de la nueva biblioteca de Alejandría. Ello no impidió que, tras las reformas de Rifa, Egipto se convirtiera en un país lo suficientemente moderno para que hasta la década de 1950, su futuro y su prosperidad parecieran asegurados; lo mismo que en Irak, Siria o Líbano. La verdadera tragedia del mundo árabe no se debe en absoluto al islam o a no se sabe qué fatalidad cultural, sino a la influencia nefasta de las ideologías contemporáneas. Nasser es el culpable, a partir de 1956, de haber roto la economía egipcia desde el momento en que sustituyó la burguesía cosmopolita y emprendedora de El Cairo y Alejandría por el modelo soviético: el resto del mundo árabe le siguió, con expulsiones y nacionalizaciones, y los desastrosos resultados económicos y éticos que conocemos.

Cuando los Hermanos Musulmanes, una hermandad inicialmente más orientada hacia la ayuda mutua que hacia la violencia, trataron de oponerse a él, Nasser los exterminó, ordenó ejecutar a sus jefes y los condenó a la ilegalidad. El mismo esquema se reprodujo en Argelia, donde el ejército impuso el socialismo (moderado por la corrupción) y demonizó a los partidos musulmanes después de que estos tuvieran el mal gusto de ganar las elecciones municipales en 1991. Fue tras la anulación de esas elecciones por parte de la dictadura militar (una prevaricación vivamente aprobada en aquella época por François Mitterrand) y no antes, cuando los islamistas iniciaron en Argelia una guerra civil inacabada.

Esta historia del mundo árabe, reducida a lo básico, conviene tenerla en mente para entender los levantamientos de Túnez o de El Cairo. La alianza contra natura entre las democracias occidentales y los déspotas árabes frente al supuesto peligro islamista es una invención conjunta de esos déspotas y de nuestros demócratas. Nicolas Sarkozy, que retoma para sí la tesis sin palabras refinadas de Jacques Chirac, declaraba muy recientemente que había que «elegir entre Ben Ali y los barbudos». Pero entre los manifestantes de Túnez o de El Cairo distinguimos pocos barbudos: consideraremos que los «Hijos de Rifa» (una expresión utilizada con frecuencia por los demócratas egipcios para reconciliarse con su propia historia) son mayoritarios, en cualquier caso entre la clase culta, que es la que dirige la revuelta. Por tanto, Rifa tenía razón: los árabes son perfectamente capaces de adoptar una Constitución sin que esta sea ni islamista, ni tiránica. Añadamos a beneficio de aquellos a los que atraigan las comparaciones que la revolución iraní de 1979 fue dirigida por una clericatura chií, una tecnocracia religiosa propia del Irán feudal y totalmente desconocida en las sociedades suníes del Magreb. A los Hijos de Rifa, por tanto, les falta constituirse en un partido o movimiento social, algo que, lo reconocemos, no ha sido, hasta ahora, su punto fuerte.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Me pregunto yo

Por Carmen Posadas, escritora (ABC, 05/02/11):

Siempre me ha sorprendido el fenómeno de la imitación. Tal vez porque para mal —y para bien, quizá— no soy muy propensa a él. Es evidente, sin embargo, que una de las formas, si no la forma más eficaz de aprendizaje, es copiar lo que hacen los demás. Así aprenden los niños los rudimentos de todo, así se pulen más adelante destrezas, se afinan talentos, se evitan errores. Sin imitación posiblemente jamás se habría inventado nada nuevo, puesto que solo se puede crear algo diferente si se conoce y se domina lo anterior. Hasta aquí lo obvio, lo positivo de dicho fenómeno, pero como todo en esta vida tiene dos facetas (yo cada vez estoy más oriental y creo que nada es bueno ni malo, sino las dos caras de una misma y contradictoria moneda) la imitación tiene también su faz oscura. Lo primero en lo que uno piensa al hablar del lado negativo es en el mal ejemplo, léase el que damos a los niños, o esa pérdida de valores de la que tanto se habla últimamente. Porque a una sociedad le cuesta siglos construir valores como tolerancia, generosidad, respeto, honor, abnegación, pero bastan un par de ejemplos negativos para tirar por tierra aquello logrado con tanto esfuerzo. Verdad es también que, por lo general, es mucho más sencillo imitar lo malo que lo bueno, y de esto podríamos hablar largamente, pero no es a este tipo de imitación al que me quiero referir, sino a otro más inquietante aún. Hablo del que lleva a ciertas personas a arriesgar la propia vida y, con no poca frecuencia, también la de los demás.

Las autoridades conocen bien dicho fenómeno. ¿Saben ustedes cuál es el número de personas que se suicidan en nuestro país? Casi diez por día, muchas más que las que mueren en accidente de tráfico. Sin embargo, nunca se habla en los medios de comunicación de este tipo de fallecimientos, porque está comprobado que cuando se produce un suicidio automáticamente ocurren más. Al fenómeno imitación se deben también hechos tan terribles y fútiles como cuando se pone de moda entre los adolescentes tumbarse en las vías del tren y grabar la escena para colgarla en internet. O heroicos y desesperados como inmolaciones en pos de un ideal o como signo de protesta. Es curioso señalar, por ejemplo, cómo apenas una semana después de que un muchacho se quemara a lo bonzo en Túnez desencadenando una gran revuelta popular (revuelta que ha generado, por cierto, otras en casi todos los países de su entorno) ya se habían producido diez inmolaciones idénticas, cuando quemarse a lo bonzo es algo que nos retrotrae a la década de los setenta.

¿Qué hace que un ser humano imite a otro repitiendo, incluso, patrones de comportamiento extremos? ¿Es posible que un hecho luctuoso y terrible inspire hasta ese punto? Y dicho esto, sabiendo que la imitación es un fenómeno que existe y está estudiado, ¿no sería mejor dar menos publicidad a ciertos hechos tal como se hace con los casos de suicidio? La disyuntiva moral no es sencilla porque afecta a otros fenómenos que son tan actuales como dolorosos. Me refiero a la violencia machista y también a la inmigración ilegal, en concreto a aquella que llega por vía marítima. Para mencionar en primer término esta última, creo que cabría preguntarse, por ejemplo, si es deseable dar tanta cobertura mediática a la llegada de mujeres embarazadas o con niños de corta edad. Y lo mismo ocurre con las víctimas de la violencia machista. Porque no hace falta recurrir a las estadísticas para darse cuenta de que cuando se produce una muerte al día siguiente tenemos que lamentar otra. Ya sé que los puristas se llevarán las manos a la cabeza ante la mera posibilidad de no dar publicidad a casos tan desgraciados.

El derecho a la información es sagrado, dirán sin tomarse la molestia de pensar exactamente qué se persigue con esa poderosísima arma que son los medios. Se persigue, es evidente, crear opinión, dar cobertura a hechos relevantes de todo tipo y, por supuesto, evitar abusos e injusticias, y denunciar conductas delictivas. Pero también se persigue, supongo yo, evitar que sucedan más hechos lamentables. Existe en la sociedad actual la curiosa idea de que uno es bueno y compasivo por el mero hecho de sentarse ante la televisión, ver la desgracia ajena, menear la cabeza con pesadumbre y decir «qué horror, qué horror». Yo, en cambio, pienso que el fin último que se persigue con los medios no es solo comunicar ese horror, sino también evitar que se produzca. ¿De qué sirve, por ejemplo, y, sobre todo, de qué demonios «informa» la difusión en la tele de un vídeo grabado por tres imbéciles que deciden jugarse la vida tumbándose entre las vías del tren para que el convoy les pase por encima? Y en el caso de las mujeres subsaharianas que arriesgan su vida y la de sus bebés embarcándose en una patera en pos de un sueño no siempre realista, ¿cuántas más deben morir para que alguien acabe por considerar que tal vez sea mejor omitir su gesta para salvar a otras muchas que se disponen a emularlas? Sé que las preguntas que planteo no son fáciles ni políticamente correctas, pero pienso que merecen, al menos, una mínima reflexión. Una serena que no se deje influir por histerismos simplistas que reducen toda discusión a repetir que «el derecho a la información es sagrado y está por encima de todo, caiga quien caiga». Porque, a mi modo de ver, no se trata de coartarlo ni cercenarlo en forma alguna, sino, simplemente, de ponerlo al servicio del más elemental sentido común.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Extirpemos el pericardio a los atletas

Por José Antonio López Calbet, médico, fisiólogo y catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canarias (EL PAÍS, 05/02/11):

La principal misión del control de alcoholemia es proteger a los conductores. Pero también protege a los que no beben y a los acompañantes que pudieren viajar con un conductor ebrio al volante. Al principio se hacían pocos controles de alcoholemia y las consecuencias de una alcoholemia elevada eran irrisorias, banales. Había muertos por doquier y no parecía importar. Sin embargo, al endurecerse las leyes y sobre todo al aplicarlas, de repente bajan de forma espectacular los accidentes, especialmente de gente joven. Por lo tanto, está claro que los controles de alcoholemia salvan vidas.

Algo parecido pasa con el control antidopaje.

Se ha argüido, y es verdad, que la principal misión del control antidopaje es preservar la salud de los deportistas. Pero no menos importante es evitar que algunos deportistas a través de procedimientos artificiales que podrían llegar a extremos impensables pudieran batir a otros que no tuvieran acceso a esa tecnología. Les pondré un ejemplo de intervención extrema.

Hace casi 30 años Stray-Gundersen y colaboradores demostraron que se puede aumentar la capacidad de rendimiento en perros si se les opera y se le extirpa el pericardio, una membrana que envuelve el corazón y que limita su capacidad de llenado y, en consecuencia, la capacidad máxima de bombeo de sangre en el esfuerzo máximo. ¿Y qué pasa si aumenta la capacidad máxima de bombeo de sangre del corazón? Pues eso tiene un efecto espectacular en la capacidad de esfuerzo. De hecho uno de los principales efectos por los que el entrenamiento de resistencia (el que realizan por ejemplo los corredores de maratón o los ciclistas) permite mejorar el rendimiento es a través de aumentar ligeramente la capacidad máxima de bombeo de sangre del corazón. Al bombear más sangre, el corazón suministra más oxígeno a los músculos, eso permite retrasar la fatiga durante el esfuerzo prolongado.

Se ha aducido que aquellas sustancias poco perjudiciales para la salud no deberían ser prohibidas. O bien, que si el atleta está dispuesto a asumir el riesgo, en pro del espectáculo no habría que prohibir estas prácticas. Desgraciadamente la biología no es tan simple. Prácticas aparentemente inocuas pueden desembocar en gravísimas enfermedades o en cambios irreversibles, cuyas manifestaciones se producen muchos años después. Hace unos meses un cardiólogo danés me comentaba que en el último año habían ingresado en la unidad coronaria dos chicos jóvenes con una miocardiopatía causada por anabolizantes esteroides. Su corazón estaba tan deteriorado que los médicos no creían que pudieran superar el mes de vida de no recibir un trasplante. Los esteroides anabolizantes también se han asociado al cáncer de hígado.

Se podría argumentar que es muy infrecuente que alguien desarrolle una cardiomiopatía por anabolizantes o un cáncer de hígado, y por tanto si quiere asumir el riesgo, ¿por qué no permitir que los atletas que lo deseen usen anabolizantes a discreción? Bueno, resulta que los anabolizantes pueden producir también arritmias cardiacas y estas pueden ser causa de muerte súbita. Más todavía, estudios recientes demuestran que a dosis altas los anabolizantes pueden provocar alteraciones cromosómicas en múltiples tejidos. Los esteroides pueden aumentar el riego de sufrir lesiones musculotendinosas que pueden llegar a truncar la carrera de un deportista. Incluso es probable que el uso prolongado de anabolizantes acorte la expectativa de vida.

Bueno, pues olvidémonos de los anabolizantes y usemos otros productos menos peligrosos o simplemente propongamos a nuestro deportista que se extirpe el pericardio. ¿Alguien sabe qué le pasaría a un deportista si se extirpara el pericardio? ¿Cuánto podría mejorar su rendimiento? Algunos estudios con animales de experimentación sugieren que el consumo máximo de oxígeno (o VO2max) podría aumentar un 20% o 30%. El VO2max de un ciclista de élite, de los mejores ronda los 85 ml/kg/min. Si un ciclista (un gregario) con un VO2max de por ejemplo 70 ml/kg.min aumentara artificialmente su VO2max hasta por ejemplo 96 ml/kg.min, sería imbatible. Pasaría de ser un ciclista anónimo a ser el supercampeón. ¿Se pueden imaginar el espectáculo que llegaría a generar? ¿Pero, qué pasaría si un ciclista se hiciera esta cirugía? Bueno si se produjeran en el ser humano los mismos efectos descritos en perros y cerdos, al poco tiempo ningún ciclista podría aspirar a competir sin practicarse una pericardiectomía. Pero tal vez, al cabo de unos meses o unos años sufrirían un deterioro de su corazón por excesiva dilatación… Tal vez algunos tendrían arritmias fulminantes en las competiciones. Mejor no saberlo.

Tarde o temprano existirá la posibilidad de manipular algunos genes implicados en el rendimiento: ¿se debería permitir esta práctica en pro del espectáculo?

Reconozco que estos son ejemplos extremos. Y los partidarios de la barra libre podrían proponer que se adopte una legislación más permisiva, o sea, que permitamos conducir con un poquito más de alcohol en sangre y que baje el precio de las multas… me temo que aumentarían de nuevo los accidentes de tráfico especialmente de jóvenes. Además, múltiples estudios epidemiológicos han puesto de manifiesto que muchos de los deportistas que se dopan usan simultáneamente múltiples sustancias. Muchas veces en combinaciones cuyos efectos secundarios para la salud son desconocidos. Al amante del espectáculo a cualquier precio le encantaría ver correr a un ciclista que inteligentemente combinara varios métodos liberalizados por esta nueva corriente permisivista: por ejemplo una pericardiectomía con una transfusión. ¿Cuánto podría aumentar el VO2max si se combinarán estos dos métodos? Si se eliminara de nuevo el límite de hematocrito y se permitiera volver a la época dorada del abuso de eritropoyetina (una hormona que aumenta la cantidad de hemoglobina en la sangre) ¡se podría incrementar la capacidad de transporte de oxígeno en más de un 20%, a sumar al efecto de la pericardiectomía! Pero tal vez los músculos no serían capaces de usar tanto oxígeno…

En cualquier caso, está claro que ciertas sustancias y prácticas tienen que estar prohibidas; y que todas las sustancias potencialmente peligrosas y todas las prácticas que impliquen la modificación de las estructuras anatómicas con la única finalidad de aumentar el rendimiento deportivo deben estar prohibidas. Aunque solo sea para evitar que alguien pudiera presionar al deportista que no se dopa.

La lucha contra el dopaje es muy compleja pero marcha bien, yo diría que muy bien. Es imprescindible para preservar el juego limpio, la igualdad de oportunidades y la salud de los deportistas en todas las categorías y, especialmente de los más jóvenes. No se pueden banalizar prácticas como las autotransfusiones. Las autotransfusiones clandestinas son peligrosísimas. Imagínense qué pasaría si el dopador clandestino se equivoca de bolsa y le transfunde a un deportista sangre de otro que tiene sida o simplemente otra persona de diferente grupo sanguíneo. O bien, si se pierde la cadena de frío. En los hospitales se toman medidas especiales de seguridad para evitar estos riesgos.

El Comité Olímpico Internacional hace muy bien en perseguir el dopaje. La eficacia de los sistemas de detección es cada vez mejor. La aplicación de las sanciones debe ser racional y justa. Los márgenes de seguridad con los que se trabaja son muy altos. ¿Se podrían incrementar? Sí, por ejemplo, se podría determinar que para ciertas sustancias el positivo tiene que ser reiterado en el tiempo (por ejemplo, el caso de las pequeñas dosis de clembuterol). Sería bueno aumentar el número de controles aleatorios de orina, pero para evitar sobrecostes habría que mantener muestras congeladas sin analizar. Los deportistas no sabrían si su muestra va a ser analizada ni cuándo.

La lucha contra el dopaje es imprescindible y los deportistas de élite son los primeros interesados en que los controles sean eficaces aun a costa de la pérdida de libertades y pequeños sacrificios. Sería bueno que los procedimientos judiciales fueran más rápidos y eficientes, y sobre todo que los jueces fueran capaces de mantener los secretos sumariales, sentenciar rápido y hacer cumplir las sentencias. Dejen que los médicos y científicos decidan lo que es peligroso y lo que no lo es.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El comodín de la desigualdad

Por Kenneth Rogoff, profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, y ex economista jefe del FMI (Project Syndicate, 04/02/11):

Mientras siguen desarrollándose los dramáticos acontecimientos en el norte de África, muchos observadores fuera del mundo árabe se dicen a sí mismos, con aire de suficiencia, que todo gira alrededor de la corrupción y la represión política. Pero el desempleo elevado, la desigualdad ostensible y los precios en alza de las materias primas básicas también son un factor importante. De manera que los observadores no deberían estar preguntándose hasta dónde se propagarán acontecimientos similares en toda la región, sino qué tipo de cambios podrían producirse en casa frente a presiones económicas similares, si no tan extremas.

En el interior de los países, la desigualdad de ingresos, riqueza y oportunidades posiblemente sea mayor que en cualquier otro momento del siglo pasado. En toda Europa, Asia y América, las corporaciones nadan en efectivo, mientras su implacable búsqueda de eficiencia sigue generando enormes ganancias. Sin embargo, la porción de la torta que les corresponde a los trabajadores se está reduciendo, gracias al alto desempleo, a las jornadas reducidas de trabajo y a los salarios estancados.

Paradójicamente, la realidad es que las mediciones de desigualdad de ingresos y riqueza entre países están cayendo, gracias a un crecimiento robusto constante en los mercados emergentes. Pero a la mayoría de la gente le importa más lo bien que le va en relación a sus vecinos que a ciudadanos de tierras lejanas.

A los ricos les está yendo esencialmente bien. Los mercados bursátiles globales se recuperaron. Muchos países son testigos de un crecimiento vigoroso de los precios de la vivienda, de las propiedades comerciales o de ambos. Los renacientes precios de las materias primas están creando enormes ingresos para los dueños de minas y pozos petroleros, incluso a pesar de que las subas de precios de los alimentos básicos están desatando disturbios, si no completas revoluciones, en el mundo en desarrollo. Internet y el sector financiero siguen desovando nuevos millonarios y hasta multimillonarios a un ritmo asombroso.

Aún así, el desempleo alto y prolongado afecta a muchos trabajadores menos calificados como una plaga. Por ejemplo, en España, un país afligido financieramente, el desempleo hoy supera el 20%. No ayuda para nada que al gobierno al mismo tiempo se lo esté obligando a absorber nuevas medidas de austeridad para hacer frente a la precaria carga de deuda del país.

De hecho, dados los niveles de deuda pública sin precedentes en muchos países, son pocos los países que tienen posibilidades sustanciales de abordar la desigualdad a través de una mayor redistribución de los ingresos. Países como Brasil ya tienen niveles tan altos de pagos de transferencia de los ricos a los pobres que mayores medidas en este sentido socavarían la estabilidad fiscal y la credibilidad anti-inflación.

Países como China y Rusia, con una desigualdad igualmente alta, tienen más posibilidades de una mayor redistribución. Pero los líderes en ambos países se han mostrado reticentes a tomar medidas audaces por miedo a desestabilizar el crecimiento. Alemania debe preocuparse no sólo por sus propios ciudadanos vulnerables, sino también por cómo encontrar los recursos para rescatar a sus vecinos del sur de Europa.

Las causas de la creciente desigualdad en el interior de los países son bien entendibles, y no es necesario desgranarlas aquí. Vivimos en una época en la que la globalización expande el mercado para los individuos ultra talentosos, pero hace que la competencia deje afuera a los empleados comunes. La competencia entre países por individuos calificados e industrias rentables, a su vez, limita la capacidad de los gobiernos de mantener impuestos elevados a los ricos. La movilidad social está aún más afectada porque los ricos les brindan a sus hijos una educación privada y ayuda post-escolar, mientras que los más pobres en muchos países no pueden permitirse ni siquiera que sus hijos sigan yendo a la escuela.

En el siglo XIX, Karl Marx observó maravillosamente las tendencias de desigualdad en sus días y concluyó que el capitalismo no podía sustentarse políticamente de manera indefinida. Llegado el caso, los trabajadores se levantarían y derrocarían el sistema.

Fuera de Cuba, Corea del Norte y unas pocas universidades de izquierda en todo el mundo, ya nadie se toma en serio a Marx. Contrariamente a sus predicciones, el capitalismo generó niveles de vida cada vez más altos durante más de un siglo, mientras que los intentos por implementar sistemas radicalmente diferentes fracasaron de manera espectacular.

Sin embargo, en un momento en que la desigualdad alcanza niveles similares a los de hace 100 años, el status quo tiene que ser vulnerable. La inestabilidad puede expresarse en cualquier parte. Fue apenas hace apenas poco más de cuatro décadas que los disturbios urbanos y las manifestaciones masivas sacudieron al mundo desarrollado, catalizando en definitiva reformas sociales y políticas de amplio alcance.

Sí, los problemas que enfrentan Egipto y Túnez hoy son mucho más profundos que en muchos otros países. La corrupción y la imposibilidad de abrazar una reforma política significativa se convirtieron en deficiencias agudas. Sin embargo, sería un grave error suponer que la enorme desigualdad es estable siempre que surja a través de la innovación y el crecimiento.

¿Cómo se desarrollará exactamente el cambio y qué forma asumirá en definitiva un nuevo compacto social? Es difícil especular, aunque en la mayoría de los países, el proceso será pacífico y democrático.

Lo que resulta evidente es que la desigualdad no es sólo una cuestión de largo plazo. Las preocupaciones sobre el impacto de la desigualdad de ingresos ya están constriñendo la política fiscal y monetaria en países desarrollados y en desarrollo por igual, a la vez que intentan abandonar las políticas de híper estimulación adoptadas durante la crisis financiera.

Más importante aún, es muy probable que las capacidades de los países para hacer frente a las crecientes tensiones sociales generadas por la enorme desigualdad separen a los ganadores de los perdedores en la próxima ronda de globalización. La desigualdad es el gran comodín en la próxima década de crecimiento global, y no sólo en el norte de África.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Haiti has lessons for Tunisia

By Mark V. Vlasic, an adjunct professor of law at Georgetown University who worked on the Haiti/Duvalier asset recovery team while serving as head of operations of the World Bank’s StAR Secretariat and Greg Cooper, a law student at the University of Texas (THE WASHINGTON TIMES, 04/02/11):

When Tunisian President Zine el-Abidine Ben Ali abruptly fled Tunisia‘s chaos,becoming an exile of a nation that he and his wife reportedly used as their personal cookie jar, it was deja vu all over again.

Amid rumors that Mr. Ben Ali fled along with 1.5 tons of gold (worth approximately $65 million), his escape seems eerily reminiscent of president-for-life Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier’s escape from Haiti. According to reports, it appears that both leaders fled aboard aircraft filled with stolen loot from countries that had endured nearly two decades of corruption and nepotism under their regimes. In a mysterious turn of events and after 25 years in exile, Mr. Duvalier recently returned to Port-au-Prince as Swiss and Haitian officials are working to return millions of his frozen assets to Haiti. Considering the similarities, one must ask: Can post-Ben Ali Tunisia learn something from post-Duvalier Haiti?

Much like post-Duvalier Haiti, Tunisia is in a fragile state, and after an attempt to create a unity government with opposition leaders, it is clear that events that will define its future are still in motion. When the dust settles and a stable government is formed, one of the major questions it will face will be whether it will follow Haiti‘s lead in trying to achieve some measure of justice by attempting to recover allegedly ill-gotten gains accumulated by the Ben Ali family.

Indeed, concerns about high-level corruption were among the reasons for the uprising in Tunisia, so it stands to reason that any new government would be well-served by launching a proper investigation into the allegations of malfeasance that have arisen.

In a matter of days since Mr. Ben Ali‘s quick departure, his international assets are being identified and targeted abroad. In France, President Nicolas Sarkozy‘s office announced it would block all “suspicious” movements of the Ben Ali family’s assets, preventing their liquidation or transfer out of the country. Similar actions are being taken in the United States. In Canada, there are reports of Tunisian expatriates protesting outside a $2.5 million stone mansion that is purported to be the property of Mr. Ben Ali‘s 30-year-old son-in-law. And in Switzerland, a country recognized for being forward-leaning in helping recover stolen assets (including passing a law to help repatriate Duvalier-related funds to Haiti), the Swiss Federal Council decided to block “with immediate effect” any possible funds in Switzerland of Mr. Ben Ali and his associates.

These are welcome steps forward – and a testament to a new era of fighting impunity – in which alleged kleptocrats are no longer openly welcomed by private banks and Western governments – but rather, sovereign states and political leaders step in to ensure that, as World Bank President Robert B. Zoellick put it, there are “no safe haven* for those who steal from the poor.”

But a full accounting of Mr. Ben Ali‘s wealth has yet to be revealed – and it will take time and sustained political will by any new Tunisian government to run all leads to an end. Indeed, it took years for Haiti to commence a sustained effort to recover Duvalier-related assets.

Unfortunately, political will on the part of a post-kleptocratic government is one of the rarest, yet most necessary, ingredients for successfully recovering illicit assets. And even should a new Tunisian government be willing to investigate the former president’s assets, identifying and recovering stolen assets is far from easy.

This is one of the reasons Mr. Zoellick made the Stolen Asset Recovery (StAR) Initiative, a global partnership to help recover assets from past dictators, his first initiative after joining the World Bank. Mr. Zoellick and his colleagues recognized that grand corruption – not unlike the alleged corruption in the cases of Mr. Duvalier and Mr. Ben Ali – is a global issue that demands a global response.

According to Jean-Pierre Brun, the lead author of new StAR handbook on recovering stolen assets, “the [asset recovery] process can be overwhelming for even the most experienced practitioners. It is exceptionally difficult for those working in the context of failed states, widespread corruption, or limited resources.” Thus, for Tunisia, any quest to recover stolen assets will not be simple. But it is not the only country to face such challenges.

Over the past few years, the Haitian government has been working quietly with officials from Switzerland and the StAR Initiative to help recover assets purportedly stolen by Mr. Duvalier (indeed, such effortslikely prompted Mr. Duvalier‘s sudden return to Haiti). And even though time-consuming, Haiti is on track to possibly recover millions of dollars of assets that are frozen in Swiss bank accounts – bringing some sense of justice to a country sorely in need of good news.

Thus, with the recent departure of Mr. Ben Ali comes the possibility of a new chapter for Tunisia – one in which corruption does not dominate the country – and in which the rule of law plays a central role in society. Should the new government decide to enter into the world of asset recovery, it should do so knowing that the success of such operations depends a great deal upon the political willpower of the successor government to sustain its recovery efforts. Let us hope the new leaders in Tunisia are statesmen, emboldened by the examples of Haiti and others to continue their fight against corruption, and that future dictators and kleptocrats around the world take notice. For it is only by collective and targeted international action that we can ensure that there will be no safe haven for stolen assets.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, febrero 04, 2011

The Arabs and the Democratic Choice

Shashi Tharoor, a former Indian Minister of State for External Affairs and UN Under- Secretary General, is a member of India’s parliament and the author of several books, most recently Nehru: the Invention of India (Project Syndicate, 04/02/11):

Egypt’s fate has had the world riveted in recent days to newspapers and televisions, as the unfolding consequences of Tunisia’s “Jasmine Revolution” seem to portend a wave like the liberal revolutions of 1848 for the Arab world. Amateur historians ask breathlessly whether this could be the year of decisive change in the Middle East, the year when regime after regime falls prey to rising discontent with authoritarian rulers who have failed to deliver decent lives to their people. Who could be next: Yemen? Libya? Sudan? Even Jordan?

Watching these events from afar, I find it difficult to escape the conclusion that it is not authoritarian rule per se that is being challenged in the streets, much as we democrats would like to believe otherwise; rather, authoritarian rule has simply failed to deliver the goods. Dictatorial rule has been accepted in each of these countries for decades. What the protestors were shouting for was not just freedom but dignity – the dignity that comes from having a job worth doing, enough food to eat, and the hope of a better life for their children.

The biggest failures of Hosni Mubarak in Egypt and Zine Al Abidine Ben Ali in Tunisia may not have been their repressive politics but their failed economics. If young men had not been unemployed and struggling to make ends meet, feed themselves, and be able to offer a home to the young women they desire, they would not be risking their lives and freedom calling for the overthrow of their governments.

And yet one is tempted to ask the question: would a different political approach have avoided regime collapse? In other words, could democracy have provided a sufficient outlet for the grievances of jobless and frustrated youth?

The Indian experience offers an instructive model. Unlike most developing countries – including every country in the Arab world – India, upon attaining its independence from colonial rule, did not choose to adopt an authoritarian system in the name of nation-building and economic development. Instead, it chose democracy.

British rule left India impoverished, diseased, and undeveloped, with an appalling 18% literacy rate. The British-determined partition with Pakistan added communal violence, the trauma of destruction and displacement, and 13 million refugees to this list of woes. India’s nationalist leaders would have been forgiven for arguing that they needed dictatorial authority to cope with such immense problems, especially in the most diverse society on earth, riddled with religious, linguistic, and caste divisions. But they did not.

They decided, instead, that democracy, for all its imperfections, was the best way to overcome these problems, because it gave everyone a stake in solving them. Democracy reflected India’s diversity, since Indians are accustomed to the idea of difference. The Indian idea is that a nation may contain different castes, creeds, colors, convictions, cuisines, costumes, and customs, yet still rally around a consensus. And that consensus is the simple idea that in a democracy you don’t really need to agree – except on the ground rules for how you will disagree.

Indian nationalism has therefore always been the nationalism of an idea – the idea of one land embracing many, a land emerging from an ancient civilization, united by a shared history and sustained by a pluralist political system.

India’s democracy imposes no narrow conformities on its citizens. The whole point of Indian pluralism is that you can be many things and one thing: you can be a good Muslim, a good Keralite, and a good Indian all at once. The Indian idea is the opposite of what Freudians call “the narcissism of minor differences.” In India, we celebrate the commonality of major differences.

If America is famously a “melting pot,” then to me India is a thali, a selection of sumptuous dishes in different bowls. Each tastes different, and does not necessarily mix with the next, but they belong together on the same plate, and they complement each other in making the meal satisfying.

Amid India’s myriad problems, it is democracy that has given Indians of every imaginable variety the chance to break free of their lot. There is social oppression and caste tyranny, particularly in rural India, but Indian democracy offers the victims a means of escape, and often – thanks to the determination with which the poor and oppressed exercise their franchise – of triumph. The significant changes since independence in the social composition of India’s ruling class, both in politics and in the bureaucracy – with leaders from the formerly “untouchable” and backward castes elected to high office – have vindicated democracy in practice.

The result is that, though economic difficulties – rising food and fuel prices, corruption, and unemployment – persist, they have not led to demonstrations calling for regime change. Indians know that they can use other means – debates in Parliament, political alliance-making, and eventually the ballot box – to bring about the changes they desire. Democratic accountability also guarantees responsive government. Indian governments act today for fear of electoral retribution tomorrow. That is an incentive that Mubarak and Ben Ali never had.

India has always been reluctant to preach democracy to others. Its own history of colonial rule makes it wary of preaching its ways to foreign civilizations, and underscores its conviction that each country must determine its own political destiny.

Democracy, in any case, is rather like love: it must come from within, and cannot be taught. Nevertheless, for Arab rulers looking uneasily at the lessons of events in Tunisia and Egypt, the example of India might be well worth heeding.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Egipto, en transición explosiva

Por Xavier Bru de Sala, escritor (EL PERIÓDICO, 04/02/11):

Haga lo que haga Hosni Mubarak, el cambio político en Egipto es irreversible. Tan irreversible como pleno de incertidumbres. El dictador calculó con precisión su contragolpe. Batalla campal con piedras y barricadas para ocupar la plaza de Tahrir, pero con cuidado de no provocar una masacre. Esto explica la ausencia y pasividad de las fuerzas del orden. Mubarak puede perder o ganar este intento de prorrogar su mandato. Pero incluso si le saliera bien su estrategia o el desorden, el final del régimen es un hecho. Tahir no es Tiananmen. Egipto no es China.

La influencia de Estados Unidos sobre el Ejército egipcio ha de ser determinante. Washington actúa y actuará en todo momento para no poner en peligro la estabilidad de la zona. Aquí se juegan la seguridad de Israel y el tránsito en el canal de Suez. La Administración de Obama hace lo posible y hará lo imposible para compaginar la transición democrática con esta doble prioridad geoestratégica. Si no deja el poder, Mubarak tan solo les traerá problemas. Una vez el rais deje el escenario, la tensión aflojará. Pero no, mientras no se vaya, aunque sus partidarios consigan ocupar el centro neurálgico de la revuelta. Puede ser que durante un tiempo remita, pero tarde o temprano cobrará más fuerza por la sencilla razón de que este régimen no es capaz ni de una gran matanza ni de ofrecer perspectivas de mejora en la existencia de los egipcios.

Un vez en marcha, este tipo de procesos pasan por turbulencias imposibles de prever. Cuando es imposible volver atrás, hay que asumir los riesgos. La estación de salida queda atrás. La de llegada no se puede predecir, pero si el Ejército no se divide, las posibilidades de éxito no son menores. En todo caso, se ha acabado el dogma fundado en Argelia hace 20 años. Allí, el fundamentalista FIS encendió todas las alarmas al ganar las elecciones. Ante el peligro de iranización, Occidente propició una guerra civil, masacres y la dictadura que ahora quizá caerá. Pues bien, si una cosa parece cierta es el final de la doctrina que ha amparado las dictaduras, más o menos amigas, para frenar al islamismo. Se ha aplicado en el mundo árabe con el éxito aparente de toda realpolitik inflexible. Ha funcionado, pero también ha falseado el problema, por exceso de simplificación, y lo ha agravado. Medio siglo animando a los regímenes dictatoriales a reprimir en vez de propiciar el desarrollo. La bomba demográfica no ha parado de crecer. En los últimos tiempos, Occidente se hacía el sordo y Europa paralizaba la neonata Unión por el Mediterráneo, con sede en Barcelona. Es comprensible que Israel y los partidarios de su política se aferren a Mubarak, pero Obama ha sabido liderar la reacción mundial al reclamar el inicio inmediato de las reformas.

Una vez más, lo imprevisto se ha hecho imprevisible por falta de previsión. La mecha, relacionada con los aumentos de precio, se ha encendido en Túnez. Pero el cartucho se encuentra en Egipto. Lo que pase en Egipto en los próximos meses actuará como faro sobre buena parte del mundo árabe, de Marruecos a Siria. Quizá también en la península Arábiga. Hay razones para un cierto optimismo. Las posibilidades de cambios positivos son reales. El problema es que el laboratorio no es aséptico, que el ingrediente principal son 80 millones de habitantes con perspectivas democráticas y en situación explosiva. La esperanza realista es que un modelo a la turca está mucho más cerca que el iraní.

Los jóvenes, que no tienen casi nada que perder, aunque poco que ganar, impulsados por las redes sociales, han actuado de detonante. Hasta aquí o hasta que caiga el dictador. Después, las masas serán, como siempre y en todas partes una vez disipadas sus energías, incapaces de dirigir el proceso. En la otra cara de internet, la sociedad egipcia está desorientada y poco organizada. Hay que tener en cuenta asimismo que la democracia y el pluralismo por sí mismos no resuelven los gravísimos problemas de una sociedad pobre y poco estructurada. Una vez evitados los peligros de caos y desestabilización, si es que los egipcios consiguen lo que pide Washington, harán falta perspectivas de desarrollo, mejoras tangibles y reales.

Es decir, que Estados Unidos tiene un papel y Europa otro. Ahora, a los europeos, nos toca callar y reforzar a Obama. Cualquier diferencia o deseo de protagonismo de los dirigentes europeos añadirá incertidumbre y confusión. En esta ocasión, no estoy nada de acuerdo con los que reclaman un papel más activo de Europa. Será más adelante cuando el soft power europeo tendrá que entrar en acción. La parte que nos toca no es de maniobra en las actuales turbulencias de la historia, sino de fondo. Europa, el bienestar europeo, los valores europeos, son el referente primordial de los jóvenes sublevados. Para propiciar el inicio de un nuevo ciclo histórico, de acercamiento de las dos orillas bajo el paraguas común de la democracia, hay que volcarse en el desarrollo económico. No hay otra salida. Barcelona tendría que tener un gran papel.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona