miércoles, agosto 06, 2008

ETA o la fertilidad

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 03/08/08):

Cuando en septiembre del 96 mi ex compañero de colegio Soares Gamboa me envió una carta relatando con todo detalle cómo en el 85 el comando Madrid dirigido por De Juana Chaos, del que él era miembro, había intentado asesinarme a la salida de un partido del Estudiantes al que providencialmente no acudí -«un artefacto rudimentario… un sencillo mecanismo que se clavaría en la rueda delantera izquierda y… ¡boom!… ahora no podría charlar contigo»-, una única idea martilleó mi cabeza durante días. La comenté con el titular de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, durante uno de nuestros habituales encuentros de entonces.

-Al leer algo así te das cuenta de cómo estás en manos del destino. Fíjate, si yo hubiera ido hace 10 años a aquel partido de baloncesto ni habrían nacido mis dos hijos pequeños, ni habría podido fundar EL MUNDO…

-Bueno, esto último no les habría importado demasiado a algunos de mis compañeros de Gobierno. Ja, ja, ja…

Aunque la broma del biministro -además de reflejar la patología del felipismo en su fase más aguda- deslindara oportunamente la paternidad biológica de la intelectual, lo que latía detrás de mis palabras era el espanto ante el hecho de que el terrorismo no sólo se incauta de la felicidad presente de sus víctimas sino que además les expropia su capacidad de fecundar el futuro. En esa interrupción de la cadena de la vida, en esa amputación de lo que está por venir, en esa castración a cañonazos de toda posibilidad de transmitir las ideas o los genes radica el cruel sadismo de quienes alegan que es imprescindible matar españoles para que su Euskadi viva.

El coche bomba y el tiro en la nuca son, pues, los más macabros métodos anticonceptivos jamás aplicados. Cercenan de cuajo la capacidad de proyectarse, verterse y reproducirse de los así inmolados. Pero además determinan por la ósmosis del miedo la conducta de los otros, bloqueando sus instintos morales básicos, restando vigor a sus proyectos individuales y colectivos, esterilizando su capacidad de moldear la convivencia democrática. Por eso decía Roosevelt que sólo había que temerle al miedo mismo: una sociedad de cobardes es una sociedad de eunucos.

He ahí la explicación de por qué nada nos estremece tanto como la intromisión del terrorismo en el mundo frágil de la infancia, donde el presente balbucea y el futuro se adivina imponente. El criminal infame que es De Juana adquiere directamente la condición de monstruo abominable, de abyecto esputo de la naturaleza, el día en que, tras el asesinato del matrimonio Jiménez Becerril, contempla impávido las imágenes de sus tres hijos huérfanos y se jacta de que «aquí en la cárcel sus lloros son nuestras sonrisas». Y cuando tras el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza se alinean en el suelo unos pequeños ataúdes en los que los restos de unas niñitas reventadas escoltan para siempre a los de sus padres, es cuando nos conjuramos en silencio a que nunca, jamás de los jamases, bajo ningún concepto, truene lo que truene, así que se abran 1.000 zanjas bajo nuestros pies y lluevan meteoritos desde el cielo, permitiremos que ni estos canallas inhumanos ni quienes hipócritamente presentan sus actos ignominiosos como la «expresión de un conflicto» se salgan con la suya.

La voz de cada uno de los niños asesinados por ETA en ése y otros episodios similares -ekintzas les llaman los muy hijos de… Sabino Arana- clama en nombre propio y en el de todos los que ni siquiera contaron con la oportunidad de existir. «Los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas», dice Aute en su ya mítica y siempre emocionante canción de cuna -canción de tumba- sobre los fusilamientos de septiembre del 75. Ellos son los más indefensos.

Repaso los rostros de las 25 personas que, con menos suerte que yo, salieron de su casa una mañana, inconscientes de que acudían a una trágica cita con De Juana y su comando, y no puedo dejar de pensar en que las últimas nanas de la cebolla que quedan por dedicar a las víctimas del terrorismo son las que merecen esos «hijos que no tuvieron», ese futuro tembloroso e imperfecto que llevaba camino de ser y no fue nunca, esa luz, ese aliento, esa ilusión, ese sueño, esa quimera adherida a ellos como la capa de vaho en el cristal sobre la que cada invierno se escriben mensajes con la yema de los dedos. En su caso todo fue borrado de un zarpazo.

¿Cómo es posible que los magistrados Guillermo Ruiz Polanco, Alfonso Guevara y María Angeles Barreiro no hayan sido conscientes de la tremenda tecla simbólica que estaban pulsando al decretar la puesta en libertad de Elena Beloki, tan sólo un año después de su condena a 13 de cárcel como dirigente de ETA, atendiendo a su petición de poderse someter en condiciones adecuadas a un «tratamiento de fertilidad»? ¿Qué ropajes morales recogieron la mañana en cuestión estas tres señorías en la sala de togas? ¿Se desvistieron allí accidentalmente de toda sensibilidad humana o es que ya se la habían olvidado en casa? ¿Habían dormido mal? ¿Habían bebido demasiado? ¿A alguno de ellos le había dado un pasmo durante el trayecto en su vehículo o se encontraba simplemente abotargado por la rutina mediocre de la vida?

La excarcelación de De Juana Chaos nos duele y llena de frustración; es una herida que sangra y será fuente de debates y reproches sobre 30 años de torpezas e ingenuas imprevisiones, pero en definitiva es un sacrificio en el altar de la inexorabilidad de las leyes. No había alternativa sin menoscabo de la seguridad jurídica. Y con el corazón encogido ofrecemos este desgarrador tributo al Estado de Derecho. El PSOE tenía que haber liquidado mucho antes el vergonzante Código Penal franquista. El PP debió haber introducido la cadena perpetua con juicio de revisión para los criminales múltiples de modo que salieran los arrepentidos como Soares Gamboa y no los recalcitrantes como De Juana. Pero ya es tarde y pagamos con vigilante dignidad nuestros errores. Dura lex, sed lex.

Lo de Elena Beloki es distinto. Es muchísimo peor porque es gratuito. Porque es una ocurrencia, una necia frivolidad del ponente -Ruiz Polanco- respaldada por el extravagante conformismo del otras veces firme presidente de la sala -Guevara- y por la pasividad de la tercera en concordia -Barreiro-. Es humillante, es ofensivo, es un insulto a la inteligencia, un agravio a las víctimas y un ultraje al mero concepto de equidad. ¿O es que acaso va a ser doctrina de la Audiencia Nacional excarcelar a partir de ahora a toda reclusa que solicite condiciones ambientales idóneas para quedarse embarazada? Piensen dos minutos la respuesta porque en caso afirmativo la ministra de Igualdad tendría que tomar cartas en el asunto para que recibieran idéntico trato todos los reclusos varones con pretensión y ánimo de inseminar a su pareja pasada, presente o futura. ¿O es que no existe también el derecho a realizarse a través de la paternidad?

Es tal la estulticia argumental, tal la insoportable levedad del auto, tal la tomadura de pelo, la befa y el escarnio que laten tras este episodio que es imposible quedarse ya de brazos cruzados. Si Zapatero no se ha recuperado aún del profundo impacto que le produjo la entrevista con el padre de Mari Luz -«Usted es el presidente del Gobierno, usted es la persona a la que yo he votado para que cosas así no pasen y para que si pasan las arregle»-, estoy seguro de que muchos españoles sentirán como yo que el caso Beloki, una semana después del revolcón en Estrasburgo por la emboscada a Liaño, es la gota que colma el vaso. Hay que meterle mano a la Justicia, empezando por la jurisdicción penal, empezando por la Audiencia Nacional.

Es obvio que un juez de vigilancia penitenciaria nunca concedería a una reclusa común este privilegio. Que lo hagan unos magistrados especializados en la lucha antiterrorista, conocedores del currículo de la susodicha, resulta inconcebible. Beloki fue primero compañera del propio De Juana; después, pareja de Josu Ternera en la guerra y en el amor, durante la etapa sangrienta de la voladura de la casa cuartel de Zaragoza; y hasta su detención era la jefa del aparato internacional de la banda y novia oficial del líder de las Gestoras Proamnistía, Juan María Olano. Entre tanto había tenido tiempo de falsificar todo un historial académico -matrículas de honor incluidas- como estudiante de Periodismo, al modo de De Juana, con la ayuda de hasta una docena de profesores abertzales de la Universidad del País Vasco.

Jueces, policías y fiscales llevaban 20 años buscándole las vueltas, convencidos de que tan etarra es quien pega los tiros como quien contribuye decisivamente a que otros los peguen. Cuando por fin le habían caído 13 años por integración en banda armada en grado de dirigente, llegan estos tres pánfilos y la sacan a la calle con sólo uno de cumplimiento efectivo con la mandanga de la fertilidad asistida.

Lo han hecho con un auto irrecurrible ante el Supremo y sin margen jurisprudencial alguno para que las víctimas acudan en amparo ante el Constitucional. En España nadie vela de verdad por ellas.

Pues bien, para mayor inri resulta que el tal Ruiz Polanco nunca debió haber tenido la oportunidad de resolver sobre este caso. En 2004 el expediente disciplinario abierto por el Consejo a raíz de la excarcelación de otro etarra como consecuencia de su olvido en prorrogar la prisión provisional desembocó en una sanción de un año de suspensión y la consiguiente pérdida de la plaza en la Audiencia. ¿Cómo es posible que un cuatrienio después nos encontremos de nuevo a este pimpollo haciendo de las suyas en el mismo tribunal especial, cuando para poder acceder a sus plazas se requieren ocho años de permanencia en el orden jurídico penal? Muy sencillo: porque Ruiz Polanco contaba con la protección del presidente de la sala, Javier Gómez Bermúdez, y el íntimo amigo de éste en el Consejo, José Merino, les cocinó a ambos un dictamen según el cual sería posible permanecer en ese escalafón aun estando apartado del mismo por sanción. Surrealista. Desde que se le computó a Eligio Hernández su etapa de gobernador civil como años de ejercicio efectivo del derecho para poderle nombrar fiscal del Estado, no se había visto un enjuague semejante. ¿A quién le pedimos cuentas ahora?

La Audiencia Nacional sólo tiene razón de ser como excepción al principio aleatorio del juez natural si acredita su funcionalidad de cara al eficaz cumplimiento de las tareas de alta sensibilidad que tiene encomendadas. Y ni la obtusa adjudicación de sus plazas anteponiendo la antigüedad a cualquier mérito, ni el carácter vitalicio de las mismas, ni lo poco que pueden decir y hacer las víctimas en un supuesto como éste en el que se modifica el régimen carcelario de un reo emblemático, ni la propia falta de mecanismos de revisión de disparates tan escandalosos son síntomas de que eso esté ocurriendo. Si tiene que seguir funcionando así, mejor que la desmantelen.

De momento Elena Beloki, portavoz de matarifes, jerifalta de una banda terrorista con casi 1.000 cadáveres a las espaldas, ha depositado sus 6.000 euros de fianza y afronta su tratamiento de fertilidad en las «condiciones psicológicas adecuadas». Esfumadas las opciones de sus víctimas, le ha llegado a ella el turno de ser madre. Ya que los asesinados no pueden fecundar y parir, que pase la vez a sus verdugos. Cuenten los niños que vendrán por los que no vinieron, que de bebés todos parecen iguales.

Tal vez Ruiz Polanco, Guevara y Barreiro contribuyan a conseguir así lo que por falta de pericia, tino o estímulo no estuvo al alcance de De Juana, Ternera y Olano. Pero la gran familia etarra celebrará el embarazo de Beloki y el nacimiento de uno o varios nuevos gudaris como simiente del porvenir. El día del feliz alumbramiento la magistrada podría ejercer de comadrona, el presidente de la sala proponerse como padrino y el atrabiliario ponente mamporrero mostrar desde el balcón la criatura, anunciando que por fin un tribunal español habrá logrado el milagro de obtener vida de la muerte. ¿O no están para eso nuestros jueces?

Europa en el limbo

Por Carlos Fuentes, escritor (EL PAÍS, 03/08/08):

Visité Europa por primera vez en 1950. Las heridas de la II Guerra Mundial eran visibles. Ciudades destruidas. Poblaciones empobrecidas. Tarjetas de racionamiento. Todo lo resumió, con una estética del más lúcido terror, Max Ernst en su pintura Europa después de la lluvia, expuesta en una galería de la Place Vendôme de París. Allí, el otro gran genio del surrealismo (Luis Buñuel era su par) convertía la catástrofe europea en un paisaje desolado de roca cadavérica iluminada apenas por el sol de un eclipse.

Si Max Ernst daba la respuesta estética a la guerra, tres estadistas buscaban la respuesta política. Francia y Alemania iniciaron las guerras de 1870, 1914 y 1939. Establecer un pacto de la concordia entre ambas naciones parecía -y era- el presupuesto de la paz. El canciller francés, Robert Schuman, el canciller alemán, Konrad Adenauer y el gran internacionalista francés Jean Monet construyeron una alianza de cooperación franco-germana que ha sido garante de la paz europea durante casi seis décadas. Pero Alemania estaba partida por la mitad debido a la política estalinista de crear una zona de seguridad para la URSS, del río Elba a la frontera ruso-polaca. La Cortina de Hierro aisló a media Alemania y todo el Este europeo se privó, asimismo, de la recuperación económica auspiciada por el Plan Marshall, originalmente propuesto tanto al Occidente como al Oriente europeos.

El Plan Marshall, es cierto, no era inocente. Al finalizar la guerra, Estados Unidos tenía un trío de estadistas (el presidente Harry Truman y los secretarios de Estado George Marshall y Dean Acheson) que miraban lejos y entendían dos cosas: que la recuperación económica de Europa era la mayor barrera contra la expansión soviética y que Estados Unidos demandaba una economía europea resucitada para ampliar y fortalecer el propio mercado norteamericano.

Que los países del Occidente europeo, recuperándose económicamente, afirmarían cada vez más su independencia política, era previsible. Que los del Oriente quedasen sujetos al Kremlin, también lo era, como lo demostraron los intentos de democratización del socialismo en Hungría y Checoslovaquia. Que el sistema entero se traducía en baja producción, bajo consumo y excesivo gasto militar, auguraba, como lo vio al cabo Mijaíl Gorbachov, el desplome del mismo.

La comunidad europea salió fortalecida del fin de la guerra fría. Pero si se acabó la neta confrontación ideológica capitalismo-comunismo mediante un sistema mixto de capitalismo con amplias garantías sociales, surgieron a llenar el vacío ideológico diferencias étnicas, religiosas, nacionales, y un imprevisto: la migración de las antiguas colonias africanas a las viejas metrópolis europeas.

Si evoco este trasfondo es sólo para admitir que la pujanza económica de Europa parecía tolerar estos desafíos internos y externos. Lo que hoy se pone en duda no es ya el desafío externo, sino la catarata de males internos. Ausente de Europa desde hace seis meses, me alarma elcambio que percibo en este verano de 2008. El aumento del precio de la gasolina a 145 dólares por barril amenaza la cultura del automóvil e impone restricciones a la circulación. El centro de Londres le es vedado al automóvil privado para favorecer el transporte colectivo. París se convierte en un velódromo de motonetas y motocicletas. Al precio del combustible se añade ahora el de la alimentación, comentado hace meses en estos artículos como una posibilidad que hoy es un hecho: el precio del alimento en Europa ha ascendido en un 40% en el último cuarto y la escasez amenaza a numerosos productos. Los valores inmobiliarios descienden (en un 20% sólo en Inglaterra) pero los intereses bancarios ascienden. El empleo sufre una merma dolorosa. Sólo en España, las excelentes reformas sociales del Gobierno de Zapatero (derechos de la familia, igualdad sexual, modernización civil) resultan insuficientes para darle la cara a las exigencias de la productividad, el crecimiento y la competitividad en crisis. Abordando estos temas, Zapatero pierde popularidad, pero acaso obliga a España a ver la realidad: la bonanza se ha detenido, las vacas flacas han llegado, la realidad económica debe ser vista con tanta imaginación como, hasta ahora, la realidad social. El valor político se mide en la adversidad tanto o más que en la fortuna.

Añádase a este brusco descenso económico una serie de graves fallas políticas. En su intento de actividad indisciplinada, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, va dejando una serie de iniciativas incumplidas y otras que sustituyen lo indeseado con lo imposible. La unión mediterránea propuesta por Sarkozy tenía que irritar profundamente a Alemania, excluida del Mare Nostrum en tanto que le daba a Turquía un postre insípido a cambio de la exclusión de Ankara del gran banquete europeo. El proyecto mediterráneo se ha desangrado para quedar como un documento de buenas intenciones. ¿Hasta qué punto se ha dañado, también, la relación franco-germana, piedra angular del edificio europeo?

El ingreso a la Unión Europea de los países menos desarrollados del Este -y aún de los más prósperos- crea aplazamientos, desniveles y fricciones, entre ellas las de la migración Este-Oeste, que, aunada a la migración de África a Europa, da lugar a tensiones que ponen a prueba numerosos datos de la integración europea. El primero, la capacidad o incapacidad de integrar al trabajador africano a la economía del Norte. Enseguida, la manera de regular la corriente migratoria cumpliendo la ley pero sin violar los derechos humanos de los migrantes. Tercero, la incapacidad de las economías africanas para retener a sus propios trabajadores y la debilidad de los programas africanos de construcción nacional. Y cuarto, la falta de protección al trabajo y la presencia de regímenes autoritarios o de desorden político en partes de África: de la dictadura de Mugabe en Zimbabue al hambre fatal de Darfur.

Silvio Berlusconi, el bufón de la política italiana, se permite lamentar la ausencia de grandes figuras en el tablero europeo. Creo que el problema no son los líderes: el problema son los problemas y en el mundo globalizado lo que sucede en Europa se repite, en grados mayores o menores, en otras partes. La migración laboral. El precio de los combustibles. El precio de la alimentación. Los intereses en ascenso. Los valores inmobiliarios a la baja. La crisis financiera. Y el espectro lívido de la inflación.

¿El fin de las guerras en el Mediterráneo?

Por Alain Touraine, sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París. Traducción: José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 03/08/08):

Somos muchos los convencidos de que la creación de un Estado palestino independiente que reconociese a Israel sería clave para resolver muchos de los conflictos entre los países ribereños del Mediterráneo. Por eso es positivo que este asunto estuviera muy presente en la reciente reunión organizada en París por Nicolas Sarkozy de casi todos los jefes de Estado y de Gobierno de los países mediterráneos y de la Unión Europea. Como también fue positiva la presencia de Turquía en esa cumbre, celebrada en la víspera del 14 de julio, y ello pese a todas las conocidas reticencias de Sarkozy sobre el ingreso futuro de ese país en la Unión Europea.

Sin embargo, es posible ir más allá. Hace varios años que palestinos e israelíes parecen estar a punto de encontrar una solución al conflicto, pero sus intentos fracasan una y otra vez, y, sin duda, el actual debilitamiento de la Autoridad Palestina y la fuerza electoral de Hamás complican aún más la situación. De modo que, sin llegar a pensar en sustituir a Estados Unidos en la búsqueda de una solución al conflicto israelo-palestino, la Unión Europea puede y debe hacer más en este asunto. Europa se ha visto reducida en el curso de los últimos años a una impotencia difícilmente compatible con el activo papel que ha desempeñado en la aportación de recursos financieros a la zona, en particular para paliar los sufrimientos de los palestinos. Por esta última y por otras razones, creo que Europa podría llegar a ser un garante colectivo de la formación de un Estado palestino independiente.

En el momento actual, la hegemonía y la influencia de Estados Unidos están, como consecuencia de la guerra de Irak, en claro retroceso en Oriente Próximo, lo que dificulta cualquier nuevo acuerdo entre Israel y los palestinos. Y por otro lado, cada día es más difícil saber lo que designa la palabra “palestinos”. ¿Hamás o la Autoridad Palestina?

Si es cierto que no resulta fácil imaginar qué podría empujar a los palestinos a unirse para defender una solución precisa y viable, no lo es menos que la intervención del conjunto de los países mediterráneos podría cambiar las cosas. Puede que ésta fuera la idea de varios de los participantes en la cumbre de París, entre ellos Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak. Y de ser así podría producirse una situación completamente nueva, en la que, mientras un Estados Unidos en plena transición presidencial se ocupa de elaborar su nueva política, se alcanzase un principio de acuerdo que reflejase lo que han venido anunciando diferentes interlocutores. Ese acuerdo podría dibujar dos etapas correspondientes a una duración de seis meses y otra de dos años a partir de hoy.

Si es evidente que las partes implicadas no pueden ponerse de acuerdo, si también lo es que Estados Unidos ya no tiene capacidad para imponer o promover una solución, ¿no le corresponde ahora no tanto a Europa como a un conjunto más amplio -formado por países miembros de la Unión Europea y por otros países mediterráneos- servir de garantía y apoyo a unas negociaciones cada vez más indispensables, en particular para los palestinos, divididos, hambrientos y sometidos a la presión siempre creciente de Israel?

Al menos, tenemos derecho a formular esta hipótesis. Y en este sentido, es a todas luces necesario incluir a Siria en una negociación de conjunto, aunque las opiniones sobre el dictador sirio sean muy negativas en todos los países.

Por otra parte, las señales que nos han llegado en los últimos tiempos sobre la posibilidad de que Estados Unidos cambie su política respecto a Irán pueden anunciar el comienzo de la solución de uno de los aspectos más peligrosos de la situación en Oriente Próximo. Dados los vínculos de Hamás y Hezbolá con Irán, un preacuerdo entre Washington y Teherán podría favorecer de modo decisivo la formación de un amplio grupo de apoyo a todos los intentos de acuerdo y de paz, es decir, los intentos que aspiran a la construcción de un Estado nacional palestino.

Si estas hipótesis fuesen confirmadas durante los próximos meses, habría que reconocer el éxito de la iniciativa impulsada por Nicolas Sarkozy, y cuyo primer logro, la realidad del encuentro en París entre países europeos y mediterráneos, ha demostrado que se pueden hacer más cosas de las que se pensaban.

En todo caso, es difícil negar que en un momento en el que hasta los más optimistas se desanimaban y en el que ya nadie osaba imaginar una solución al problema del que dependen todos los demás, el de las relaciones entre Israel y los palestinos, la situación ha vuelto a evolucionar.

Guadianas literarios

Por Rafael Argullol es escritor (EL PAÍS, 03/08/08):

A primera vista, puede sorprender la gran cantidad de representaciones clásicas de este verano en toda Europa. Dante ha sido el centro del Festival de Aviñón con escenificaciones del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso en tres lugares distintos. He visto anunciado a Shakespeare por todos lados y yo mismo, en Barcelona, he asistido a dos excelentes Rey Lear casi seguidos. Distintos teatros han acogido una buena porción de las tragedias griegas, empezando por Las troyanas, de Eurípides, representada en Mérida. Sorprendentemente, pues, en apariencia, dado que nuestra época no se distingue por un excesivo refinamiento cultural.

Puede que, en efecto, el fenómeno únicamente forme parte de nuestra necesidad de espectáculos, incluidos algunos de alta cultura. Dejo esto para los sociólogos. A mí me interesa más preguntar por qué determinadas obras parecen encajar en ciertos periodos y, en cambio, caen en el olvido en otros. En general, no se trata sólo de criterios de moda o gusto, por lo que acostumbran a escapar a las previsiones y planificaciones. No hay editor o gestor cultural que pueda prever factores que desbordan los estudios de mercado porque discurren por los recovecos de la imaginación de cada época. Hay algo en la atmósfera que exige el retorno de una obra largamente ignorada.

Uno de los mejores ejemplos de esta exigencia es la resurrección vigorosa de una novela como El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Cuando era estudiante, leí casi por casualidad este libro, que pocos conocían. Por supuesto, Conrad no era un perfecto desconocido, pero pasaba por ser un autor de culto, un poco al modo de Malcolm Lowry, cuyo Bajo el volcán yo encontraba muy conradiano. En las tres últimas décadas del siglo XX, las ediciones de Joseph Conrad se multiplicaron, a lo que sin duda contribuyó la adaptación cinematográfica de Coppola en Apocalypse Now.

Sin embargo, esta última explicación no es, desde luego, suficiente. Las causas de la influencia de la novela son más complejas y misteriosas. El corazón de las tinieblas apunta en dirección contraria al sentimentalismo y psicologismo predominantes y, no obstante, da en la diana al expresar nuestras ansiedades y nuestros miedos. Aun conectados por meandros enigmáticos, el horror conradiano y el nuestro aparecen superpuestos. Quizá por esto, un texto difícil, duro, sin concesiones, sigue abriéndose camino en medio de los conformismos literarios de este inicio del siglo XXI.

Otro ejemplo espléndido de renacimiento son los Ensayos de Montaigne. Ni que decir tiene que tampoco éste se había esfumado del mapa cultural europeo, pero hasta hace unos meses parecía circunscrito a los círculos académicos y escritores que sentían una particular identificación con el talante de Montaigne, como era el caso de Paul Valéry o, entre nosotros, Josep Pla. Era frecuente que circularan fragmentos de los ensayos montaignianos, aunque no la obra entera, esmeradamente publicada, como ahora no es infrecuente encontrar en editoriales de Europa.

Desde el punto de vista del estilo, o incluso del modo de afrontar las pasiones humanas, nada tienen que ver Montaigne y Conrad, la voluntad trágica de éste y el estoicismo más bien hedonista de aquél. Como escritores, ellos están muy lejos entre sí; no obstante, es nuestra época la que los hermana al requerir, por así decirlo, sus servicios. Hay algo profundamente tranquilizador, gratificante, en la mirada irónica de Montaigne, del mismo modo en que el heroísmo desesperado de Conrad es una medicina catártica. Cada uno a su manera nos habla de nosotros.

Es cierto que esto podría extenderse a todas las grandes creaciones del arte y del pensamiento, las cuales deben poseer la virtud de dirigirse, no sólo a su presente, sino a las épocas futuras. Pero estas épocas no siempre prestan atención, y éste es el matiz decisivo para establecer los tortuosos cauces de las fortunas artísticas. Las obras maestras son aquellas que siempre están en condiciones de hablar; sin embargo, para que efectivamente se hagan escuchar, los oídos de una determinada época deben prestar atención.

Así se explica el aparente silencio de algunos gigantes y el desigual eco de voces originalmente poderosas. No hay que condenar con juicios frívolos y apresurados el ostracismo actual de ciertos autores, como si su momento perteneciera definitivamente al pasado. Proust o Joyce, referentes imbatibles hace unos lustros, son mucho más nombrados que leídos. Thomas Mann, enterrado por tantos, ha remontado el vuelo. Kafka y Beckett mantienen su papel de intérpretes contemporáneos. Cercanos a los ejemplos de Montaigne y Conrad, aunque respondiendo a otras necesidades nuestras, Dostoievski y Camus se han consolidado como interlocutores irrenunciables.

Un caso particularmente elocuente para los de mi generación es el de Stefan Zweig. Muchos de nosotros estábamos acostumbrados a ver los libros de Zweig en las bibliotecas familiares, pero no se nos ocurría leerlos. En las últimas décadas del siglo XX, El mundo de ayer, la descomposición espiritual de Europa, aparenta estar en condiciones de amparar las dudas y pasiones de nuestro presente. Y otro tanto sucede con autores como Joseph Roth o Arthur Schnitzler.

Los rebrotes literarios, además de hacer justicia a escritores ocultados por la moda o la crítica sectaria, se adecuan a demandas epocales a menudo difíciles de apreciar. De hecho, lo que muchos editores ofrecen como modelos de “rabiosa actualidad” son, con frecuencia, menos aptos para el análisis de la sensibilidad contemporánea que bastantes textos desechados por inactuales.

Cada época necesita de palabras que la empujen a mirarse despiadadamente en el espejo. No importa que estas palabras sean del pasado o del presente. Cada época genera una literatura acomodaticia destinada a proponerle lo que quiere escuchar y otra, intempestiva, que le habla sin servidumbres ni contemplaciones. Por más que se niegue -ocurre también en cada época-, sólo esta última está en condiciones de perdurar más allá de la oferta y de la demanda de su tiempo.

Por eso volvemos continuamente a los que llamamos clásicos: en busca de aquella intempestividad que, al despreciar nuestra apatía y nuestro conformismo, nos ofrezca instantes no de éxito -para eso tenemos el resto del espectáculo de nuestra civilización-, sino de verdad. Para eso, para tener nuestros instantes de verdad, retornamos a Dante, a Shakespeare, a los poetas griegos. Y, desde luego, nunca son completamente arbitrarios estos retornos ni indiferentes a las ansias de cada presente.

Fijémonos en Shakespeare (que tampoco se libró de una época de purgación tras el impacto inicial). Aparte de Hamlet, que, independientemente de las generaciones, tan bien logra encarnar siempre la confusión humana, las otras obras han ido variando según la predilección de los públicos. A veces Macbeth y Julio César han sido los favoritos; otras, Otelo, El mercader de Venecia o La tempestad. En los últimos años, sin embargo, quizá ninguno de los dramas de Shakespeare ha sido tan representado como El rey Lear. No podemos saber la razón por la cual esta obra extremadamente compleja parece adecuada a nuestros escenarios, aunque sí podamos sospechar que tiene que ver con que “los locos guíen a los ciegos”.

En cuanto a la tragedia griega, no deja de ser elocuente hasta qué punto hemos tendido a mostrar nuestros conflictos a través de sus argumentos. Edipo, Antígona, La Orestíada y Las troyanas son rigurosamente contemporáneas cuando nos enseñan los engranajes del poder, de la libertad, del dolor. Ninguna de esas obras hace concesiones al obligarnos a posar ante el espejo, y gracias a esto sabemos, lo reconozcamos o no, que nos dicen más sobre nuestra actualidad que tantas toneladas de literatura acomodaticia servidas para aplastar al lector. Y, sin embargo, muy pocos editores dejarían de horrorizarse ante la idea de publicar un tipo de obra semejante escrita por un autor de hoy: “¡Qué difícil, Dios mío, y qué poco comercial!”.

Obama: entre esperanza y destrucción

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 02/08/08):

En el mundo, incluido Estados Unidos, millones de personas albergan la esperanza de un Obama presidente. Hasta Sarkozy. Su elección tendría trascendencia política, más allá del simbolismo: un presidente mulato en un país cuya historia fue desgarrada por el racismo. Aunque Obama se modere en contacto con la realidad económica y geopolítica que hereda, su inteligencia, su apertura de miras, su audacia y su popularidad pueden representar un cambio decisivo en un país que sigue condicionándonos a todos. Es seguro que impulsaría las energías renovables y lucharía contra el calentamiento global. Su estrategia económica es crear empresas y empleo en energías renovables y tecnologías verdes, conectando con la nueva ola de innovación e inversión en Silicon Valley. Así se enfrenta con las empresas petroleras donantes de enormes sumas a los republicanos. Pero la gente está tan enfadada con quienes se enriquecen con el precio que pagamos en la gasolinera que los demócratas centran su publicidad electoral en la conexión republicanos-petroleras. En política nacional, la prioridad de Obama será la salud pública. Y prepara un programa de estímulo económico de 70.000 millones devolviendo dinero a los contribuyentes e invirtiendo en infraestructura. El problema es el déficit presupuestario que hereda de Bush, 455.000 millones, el mayor de la historia. Aquí Obama liga política nacional e internacional. Su propuesta es salir de Iraq lo antes posible y destinar el dineral que se gasta en una guerra inútil a cubrir gastos. Es cierto que intensificará las operaciones en Afganistán y Pakistán hasta dar con Bin Laden. Pero se trata de fuerzas especiales más que de ejército de ocupación. Además, espera contar con apoyo de la OTAN. Partiendo de un desastre en la economía, la salud, la educación y la política exterior, simplemente con sensatez, criterio y renuncia a las ambiciones imperiales (aunque no a la defensa de los intereses nacionales de su país), muy mal lo tendría que hacer Obama para que Estados Unidos y el mundo no mejoraran sustancialmente a corto plazo.Pero esto es el cuento de la lechera. Porque es muy posible que haya un ataque de Israel a Irán con consecuencias imprevisibles. Y no se descarta un atentado de Al Qaeda en Estados Unidos, genuino o inducido. Entonces Mc-Cain podría ganar. Pero aun en circunstancias normales, la elección no está clara. Teóricamente, con una economía en ruinas, la gente perdiendo sus casas, una guerra impopular, un goteo de escándalos republicanos de corrupción y un Bush rechazado por el 72% de los ciudadanos, Obama debería aplastar en las encuestas. Y no es así: la síntesis de encuestas a finales de julio muestra una ventaja de 45 a 40 a favor de Obama (sin error muestral), con un 15% de indecisos. Además, en la elección puede haber lo que los politólogos llaman efecto Bradley. Gente que se dice tolerante pero cuando hay que votar por un negro se echa atrás. Ocurre también que muchos de los fans de Hillary Clinton odian a Obama. Podría solucionarse con Hillary Clinton de vicepresidenta, pero poner a Bill Clinton en el entorno de la Casa Blanca es un problema, porque Obama no sabe qué hacer con él, sus líos, sus negocios y su resquemor.

Pero el problema que tiene Obama es mucho más profundo.

Mientras ha entusiasmado a la nueva América, joven, profesional, innovadora, tiene desconcertados a los sectores viejos y menos educados, a quienes se les mueve el piso y se agarran al patriotismo. Los sindicatos lo van a ayudar con los obreros, muchos de los cuales desconfían de un Obama que ven como distinto de ellos. Pero menos del 10% de los trabajadores están sindicados en este momento, lo cual limita la influencia sindical. Y luego está el sistema electoral norteamericano, donde no cuenta el voto de conjunto del país sino los puntos obtenidos al ganar en cada estado. Los estados del Medio Oeste son indecisos y por tanto decisivos en la elección, y es ahí donde Obama no casa con el hombre blanco tradicional, atrincherado en sus creencias. Es ese electorado conservador, machista, nacionalista y racista reprimido que los republicanos movilizan contra Obama. La máquina republicana de ataque político está a punto. Liquidaron a Gore y a Kerry cuando nadie daba un céntimo por Bush y ahora van a por Obama. Tienen material para ello. Internet prolifera con bulos y cuentos de miedo sobre Obama: que si es musulmán, que si juró su cargo sobre el Corán, que amigos suyos fueron terroristas en los sesenta, que estuvo en la corrupción de Chicago, que su mujer odia a Estados Unidos, que Obama no saluda la bandera, que es racista, que es amigo de árabes y odia a los judíos, que se va a rendir en Iraq y plegar a lo que diga Irán, etcétera. Y su conexión con el reverendo Wright, pastor y guía espiritual de Obama durante 20 años cuyos vídeos de teología de liberación negra hicieron estremecer a mucha gente durante las semanas que se repitieron en todas las televisiones. Sobre este terreno abonado, los republicanos preparan anuncios televisivos para sembrar dudas sobre Obama como ciudadano leal a su país. Atacan siempre el mismo punto: Obama es un negro radical, con pasado musulmán, que se está infiltrando en la Casa Blanca. Es una historia de terror que puede ser eficaz en un paísdonde todavía un tercio de la gente cree que se encontraron armas de destrucción masiva en Iraq. Calumnia que algo queda. Y como la gente tiene miedo de todo (de la crisis económica, de las hipotecas, del terrorismo), no está para aventuras. Esta elección se juega entre la América del futuro y la América aferrada a su pasado. Y entre los intereses del complejo petroleromilitar-industrial y la nueva economía de la innovación. Entre el imperio y la cooperación internacional. La defensa de lo peor de Estados Unidos pasa por la destrucción de Obama. No se extrañen en los próximos meses de la sucesión de escándalos fabricados y tal vez algo más.

Turquía: la política en los tribunales

Por César Arjona, Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de Esade (EL PERIÓDICO, 01/08/08):

¿Existen juicios políticos? Evidentemente, sí. Otra cosa es si es bueno o malo que los haya, pero algo me parece claro: nada ganamos haciendo ver que en realidad no lo son. Un ejemplo: el proceso ante la Corte Constitucional turca para ilegalizar al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), proceso que habría podido dar lugar a la virtual disolución del gobierno presidido por Abdulá Gül y liderado por el primer ministro Erdogan. El AKP, de ideología islamista moderada y que cuenta con un amplio apoyo popular, había sido acusado de constituir un núcleo de actividades antilaicas en un Estado en el que el principio de laicidad es fundacional. En la memoria reciente está la decisión del AKP, anulada después por el Constitucional, de permitir la utilización del velo islámico en las universidades, la cual ilustra el conflicto entre el partido y el laicismo estamental que defiende el ejército y del que forma parte el funcionariado, incluidas las universidades y la administración de justicia.

¿Cómo debía actuar el tribunal frente a la propuesta de ilegalización? ¿Basando su decisión exclusivamente en el derecho o teniendo en cuenta las consecuencias de todo tipo, más allá de las jurídicas, que dicha decisión podía acarrear?

UN EDITORIAL del Financial Times, publicado el día anterior a la emisión del fallo, instaba a los jueces turcos a medir los potenciales costes económicos y políticos de sus acciones. La decisión final de no ilegalizar al partido (por un solo voto de margen) y de imponerle importantes sanciones económicas en una suerte de último aviso, hace pensar que lo han hecho. Pero, ¿corresponde esto a los juristas?, se preguntarían los viejos profesores de derecho, invocando quizás aquello de fiat iustitia, et pereat mundus, a saber, hágase justicia, aunque perezca el mundo, expresión con la que se identifica la actitud de conservación a toda costa de la justicia legal, sin considerar ninguna otra cuestión o interés que vaya más allá de la aplicación estricta del derecho.

Por otro lado, podía haber costes económicos y políticos, se decía. Y potencialmente muy grandes. El Gobierno del AKP, que ganó las elecciones democráticas del 2002 y las volvió a ganar en el 2007 obteniendo casi la mitad de los votos emitidos, ha otorgado realismo al sueño centenario de la integración entre Europa y Turquía. Ahí tenemos las reformas económicas posibilitadas por un Gobierno abierto al mercado global, la emergencia de una nueva clase media en el país, o las medidas sociales destinadas a hacer compatibles la idea de una Turquía en el primer mundo con la de una Turquía islámica.

Que se hable de Turquía es bueno porque la realidad de ese país reta las categorías simplistas inspiradas por el fantasma del choque de civilizaciones y otros eslóganes al uso. Explicado en cuatro líneas: el partido islamista que gobierna Turquía no solo goza de una amplia legitimidad democrática sino que se presenta como el mejor interlocutor para el entendimiento con Europa. Por el contrario, el laicismo oficial heredero del legado laico de Atatürk, literalmente “padre de los turcos” y fundador del Estado, está liderado por un ejército acostumbrado a inmiscuirse en la vida civil más allá de lo que una sana democracia debería aceptar. Su política ante los derechos humanos ha sido reprendida, destacando la cuestión de la libertad religiosa y el grave asunto kurdo.

En el proceso de integración de Turquía en la Unión Europea, el islamismo moderado del AKP representa una posibilidad real de acercamiento. Pero ese proceso no anda precisamente boyante, con unas negociaciones en punto muerto y una opinión pública, según recientes encuestas, mayoritariamente contraria a la integración y cada vez más numerosa, tanto en la Unión Europea como en la propia Turquía. Por no hablar del interminable litigio chipriota.

Parece claro que una decisión contraria al Gobierno democráticamente elegido habría podido generar convulsión política, desconfianza económica (a sumarse a los efectos de la crisis global) y quizás herir de muerte el proceso de integración en la UE.
Con ese fondo, un tribunal ha deliberado. Se podría decir que lo que se ha decidido es una cuestión jurídica, esto es, si el AKP amenaza el principio de laicidad del Estado, cuestión a resolver conforme a razonamientos basados estrictamente en derecho. Pero me temo que eso es una media verdad. Y si lo que se pretende decir es que solo se ha discutido una cuestión jurídica, entonces ya es una mentira.

EL DERECHO es una manifestación de la política, y en el caso de las normas superiores del sistema esa manifestación es explícita y notoria. La Constitución es un documento jurídico y político al tiempo, como un águila de dos cabezas. Y por eso los tribunales constitucionales son, también, si no principalmente, tribunales políticos. Políticos en un sentido que no tiene por qué ser necesariamente peyorativo. Lo malo es ocultar su verdadera naturaleza. Tengámoslo en cuenta en un país como el nuestro, en que las ilegalizaciones de partidos políticos no nos son ajenas, por no hablar de otros asuntos de carácter constitucional (estatutos y demás) que a nuestros vecinos turcos les sonarían quizás demasiado sutiles ante el calado de sus problemas.

El engorro de Karadzic

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de BAKEAZ (EL CORREO DIGITAL, 01/08/08):

Tiene uno por momentos la impresión de que, por detrás de la general alegría que ha suscitado la detención en Belgrado de Radovan Karadzic -y de la cumplida consideración de la singularísima peripecia del personaje en los últimos meses- ha acabado por gestarse una eficacísima cortina de humo que esconde datos importantes. Y es que, ni es oro todo lo que reluce ni faltan los problemas al margen de los discursos, impregnados de insorteable optimismo, que se han revelado entre nosotros.

La detención y el traslado a Holanda de Karadzic bien puede ser, no sin paradoja, un engorro en las relaciones de la UE con Serbia. Aunque la tesis más repetida en nuestros medios apunta que es precisamente esa detención la que despeja el camino de Belgrado hacia la UE, lo cierto es que en la trastienda despunta un dato objeto de permanente desdén. En las últimas semanas se ha extendido en Serbia la impresión de que el Tribunal de La Haya empezaba a asumir un criterio mucho más generoso en relación con los encausados de origen serbio (en general, con todos los encausados). Al respecto el rumor más extendido no es otro que el que venía a apuntar una rápida liberación del principal dirigente del Partido Radical serbio, Vojislav Seselj. La explicación que comúnmente se ha aducido para ese eventual cambio de criterio en los jueces era doble: si, por un lado, en momentos como el presente -y más aún tras la declaración de independencia de Kosovo, el pasado febrero- es menester buscar alguna vía de reencuentro con Serbia, emitiendo al efecto señales de conciliación, por el otro los hechos objeto de enjuiciamiento empiezan a quedar demasiado atrás en el tiempo, lo cual facilita la asunción, al respecto, de cierta distancia. Lo suyo es certificar, por lo demás, que el tribunal de La Haya, que depende visiblemente de la financiación de las potencias occidentales, habría tomado nota de las prioridades que estas últimas otorgarían ahora a sus políticas.

Completemos el argumento anterior con una conclusión difícil de evitar: si se anunciaba una etapa de entente cordiale entre el tribunal que nos ocupa y los gobernantes serbios, la irrupción de la figura de Karadzic en el escenario no puede por menos que dificultar el despliegue de ese proyecto de repentina liberalidad de los jueces. Y es que, y no nos engañemos, si puede hacerse la vista gorda ante una eventual generosidad con encausados de rango menor, no parece que sea tan sencillo repetir la jugada con una figura de primer plano como es la del dirigente serbobosnio detenido. Hay quien se sentirá tentado de agregar que el ‘affaire Karadzic’ tiene, por añadidura, el indeseable efecto de resituar en el centro del debate político serbio una discusión que, al menos sobre el papel, debía pasar más bien inadvertida.

Tampoco está de más que subrayemos otra circunstancia que ha caído visiblemente en el olvido los últimos días. Podría parecer como si el contencioso que el Tribunal de La Haya mantenía con Belgrado hubiese quedado automáticamente resuelto con la detención de Radovan Karadzic. Hora es ésta de subrayar que, con toda evidencia, no es así. El deseo de pasar página que parece acosar a algunos de los responsables del mentado tribunal, el propósito de abrir una nueva etapa que atenaza al grueso de los dirigentes de la UE y, en fin, el esfuerzo de los actuales gobernantes serbios en lo que hace a propiciar una rápida incorporación a la Unión se han dado cita para borrar de las mentes de todos el nombre del general Ratko Mladic, que sigue campando, sin embargo, por sus respetos. Digámoslo de otra manera: tal y como están las cosas, bien pudiera parecer que la detención de Karadzic colma en plenitud las expectativas de las cancillerías occidentales, con lo cual sería preferible archivar, sin más, el asunto Mladic. Se antoja difícil, sin embargo, acallar las imaginables protestas que semejante conducta generaría. Téngase presente que sobran los datos para aseverar que fue Mladic, por cierto, el responsable de la principal de las matanzas registradas al calor del conflicto bosnio: la verificada en Srebrenica en el verano de 1995.

Agreguemos lo que, en suma, parece evidente: quien piense que la detención de Radovan Karadzic modifica un ápice las reglas del juego en la Bosnia -el país de sus crímenes- de estas horas se equivoca. Por desgracia la abrumadora mayoría de los bosnios tiene problemas más perentorios -el desempleo, los bajos salarios, la lentitud de la reconstrucción, las reyertas políticas al uso, la corrupción- de los que preocuparse. Les sucede algo similar a lo que tuvimos la oportunidad de comprobar ocurría con los ciudadanos serbios cuando, meses atrás, acudieron a votar en unas elecciones generales sobre las que todos los analistas señalaron -con ostentoso error- iba a pender poderosamente cuestión tan espinosa como la independencia de Kosovo.

Obama en Alemania

Por Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 01/08/08):

Los alemanes tienen un término para designar el periodo de vacaciones y su falta de acontecimientos políticos: sommerloch, cuya traducción más apropiada sería el vacío del verano. Con los principales actores fuera de Berlín, aparecen sustitutos con más voluntad que talento, que luego vuelven a la oscuridad. A veces, incluso los políticos más experimentados se sienten movidos a decir cosas que para otoño han quedado olvidadas.

Durante un par de semanas, el senador Barack Obama ha llenado de manera poco corriente el vacío político veraniego en Alemania. Primero, con un amplio debate interno sobre dónde podía hablar. La canciller Angela Merkel planteó enormes objeciones a que lo hiciera ante la Puerta de Brandeburgo; le ofendía la idea de que un candidato presidencial estadounidense hablase en lugar tan sagrado en Alemania.

Su portavoz fue elocuente: a ningún político alemán se le ocurriría hablar en el lugar políticamente más sagrado de Estados Unidos, el Mall de Washington. En realidad, el Mall no tiene nada de sagrado. Ha presenciado misas papales, manifestaciones por el orgullo gay, conciertos de rock y concentraciones en pro de la abstinencia sexual. Por supuesto, no ha hablado allí ningún político alemán: ¿quién iba a notarlo? Más que el Mall, el santuario nacional es la Casa Blanca. A una Merkel recién elegida responsable de su partido se le dio una cálida bienvenida cuando fue allí a criticar la negativa del entonces canciller Schröder a apoyar la invasión de Irak.

Al final, se decidió que Obama pronunciara su discurso en la Columna de la Victoria, no lejos de la Puerta. Algunos otros políticos se apresuraron a declararlo inapropiado: la columna se erigió para conmemorar la última guerra ganada por Alemania, en 1870-1871, contra Francia. Si Obama hablaba allí, despertaría los fantasmas del pasado. Pero esos fantasmas han desaparecido hace mucho. La Columna de la Victoria es el lugar en el que se celebran el Love Parade -el Woodstock de Berlín- y las manifestaciones periódicas por los derechos de los homosexuales.

En realidad, la visita de Obama llenó un vacío mayor. El sistema político alemán es frágil. Los partidos tienen cada vez menos afiliados y la participación electoral está disminuyendo. La que podría ser una mayoría de izquierdas en el Parlamento (los Verdes, el nuevo Partido de Izquierda y los socialdemócratas tradicionales) está bloqueada por la negativa de estos últimos a activarla. Los socialdemócratas están atrapados en una coalición con los democratacristianos en la que cada uno de los socios obstruye las iniciativas del otro. El candidato de los socialdemócratas a la cancillería, el ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, es un funcionario público de profesión cuya admirable solidez es mucho más visible que su magnetismo.

El mayor don de la canciller Merkel es su refinada capacidad para eludir las decisiones difíciles. Los políticos alemanes son incapaces de conservar la prosperidad socialmente responsable del Estado de bienestar de la posguerra. Y gran parte del electorado se aleja de la política o se pasa a la derecha xenófoba. Por eso, a los alemanes les asombró ver la emocionante rivalidad entre la senadora Hillary Clinton (muy admirada en Alemania y la favorita de las mujeres) y un hombre joven que ha desafiado los convencionalismos. Cuanto más veían, más les parecía que Estados Unidos volvía a ser la tierra de las posibilidades.

La reacción de Berlín fue especialmente intensa. Al fin y al cabo, la mitad de sus ciudadanos vivió bajo dos dictaduras durante 56 años. Los habitantes de más edad de Berlín occidental se acordaron de JFK, y el día en que Caroline Kennedy se declaró en favor de Obama, la noticia dominó los periódicos y las televisiones berlineses. Por consiguiente, cuando llegó Obama, el terreno estaba bien abonado.

Cientos de personas se reunieron para recibir al candidato presidencial demócrata ante las modernas oficinas de la Cancillería (llamadas La lavadora por los berlineses, debido a sus formas cúbicas). Los equipos de la canciller y de Obama no tuvieron más que huecas palabras amistosas para describir la entrevista de una hora de duración. En un punto, no obstante, se mostraron de acuerdo la canciller y su rival, Steinmeier: Alemania enviará más tropas al norte de Afganistán en una misión de paz y reconstrucción, pero no enviará fuerzas de combate para luchar contra los talibanes en el sur.

En su día, la canciller Merkel no enseñó a su amigo George W. Bush lo que ha aprendido Alemania de su propia historia sobre los límites del poder militar. Pero parece que en esta ocasión, con Obama, se ha encontrado con un alumno más aventajado. Los dos se cayeron bien. Merkel ha viajado y sabe reconocer el talento político cuando lo ve.

La segunda entrevista que celebró Obama fue con el ministro de Exteriores Steinmeier. Un diplomático me contó que, cuando el senador entró en el patio interior del ministerio, estaba abarrotado de colegas suyos. Los diplomáticos alemanes son disciplinados y aplaudir habría sido una señal demasiado clara de favoritismo; dejaron que su presencia hablara por sí sola. En su conversación, Obama y Steinmeier coincidieron en que se precisa una nueva diplomacia para un mundo nuevo, en el que los viejos límites entre políticas nacionales y exteriores, entre proyectos económicos y medidas diplomáticas, han desaparecido. Los dos son ex profesores de Derecho y tienen en común la curiosidad intelectual y la capacidad de abordar la complejidad. Su colaboración sería productiva. El alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, es también una estrella mediática y ya está preparando su campaña para la cancillería en 2013. Se sobrepuso al contratiempo de que Obama no le visitase en el Ayuntamiento y acudió al Hotel Adlon con el Libro de Oro de la ciudad para que lo firmara el senador.

Cuando, por la tarde, Obama llegó a la Columna de la Victoria para pronunciar su discurso, había allí 200.000 personas; según un parlamentario alemán, aproximadamente 100 veces más que lo que habría convocado un político europeo.

Es llamativo comparar los testimonios de dos extremos del espectro de edad y político. En The Washington Post, el inteligente ex embajador estadounidense en Alemania John Kornblum, ahora retirado, dijo: “La magia que Obama despliega entre los jóvenes estadounidenses, sea cual sea, parece producirse también en el extranjero, al menos en Berlín. Tuvimos la sensación de formar parte de algo nuevo, sin poder describir exactamente lo que era”.

Benjamin Hofmann, que hace un par de años dirigía el periódico de los alumnos en el colegio bilingüe John F. Kennedy de Berlín y hoy es estudiante universitario, dijo que sus amigos y él, veteranos manifestantes contra las visitas de Bush, tuvieron la sensación de que ahora se les va a escuchar. También le pareció que quienes criticaron el discurso por ser demasiado general no se habían enterado de nada.

Es la opinión que comparten las figuras políticas alemanas con las que he hablado. Sabemos algo de lo difícil que es derribar muros, dijo uno: Obama hizo bien en declarar su intención en ese sentido. El resto tendrá que venir día a día, año tras año, decenio tras decenio. Este político habló con los asesores de Obama y observó que siguen teniendo cierta soberbia imperial. Dadas las opiniones del candidato, confía en que, si Obama llega a la presidencia, los alemanes y otros europeos puedan devolver a Estados Unidos los esfuerzos realizados en la posguerra mediante una tarea de reeducación.

Nosotros los liberales

Por Joaquín Calomarde, ex diputado al Congreso, catedrático y escritor (EL PAÍS, 01/08/08):

La historia de las palabras es fundamental a la hora de saber de qué hablamos. Mucho más si lo hacemos del término liberal. Hoy, todo el orbe político se califica como tal, en detrimento del sentido profundo de ese concepto, que ni es unívoco ni significa lo mismo en la tradición anglosajona o en la continental europea. Así pues, voy a la búsqueda de la tradición española, y encuentro en el Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias (1611) la siguiente definición de liberal: “Generoso, bizarro y que, sin fin particular ni tocar en el extremo de prodigalidad, graciosamente da y socorre; no sólo a los menesterosos, sino a los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien”.

Entrañables palabras que concurren al sentido cervantino de la liberalidad expuesto por don Miguel en las Novelas ejemplares o El Quijote, y que identifica al liberal como la persona en la que se encarna la liberalidad; esto es, el desprendimiento, la generosidad, la inclinación a dar a las personas lo que tiene y la toma de partido a favor de la libertad. Recuérdese al respecto el maravilloso verso de Cervantes: “Y he de llevar mi libertad en peso / sobre los propios hombros de mi gusto”. Pues se es liberal, precisamente, por esto: por gusto, por la imposibilidad vital y racional de ser otra cosa.

Bien lo expusiera Gregorio Marañón en sus Ensayos liberales cuando escribía: “Ser liberales es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe, sino ejercerla de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio o como por instinto, nos resistimos a mentir”.

En Cádiz, en la Constitución de 1812, se insiste en la misma idea de Covarrubias y Cervantes. El liberal es el amante de la liberalidad, la dadivosidad, el desinterés, el despego, el desprendimiento, la esplendidez, la guapeza, incluso la hidalguía, largueza, rumbo y tronío. Así pues, en español, el liberalismo es sinónimo de la cualidad propia del liberal; es decir, del conjunto de ideas y conductas que amparan y defienden entrañablemente la libertad social e individual. Podríamos ensayar una definición del liberalismo diciendo que no es sino la organización social de la libertad de todos.

Nada más lejos, pues, del espíritu liberal que el dogmatismo partidario, incluido, claro, el de los liberal-leninistas (en magnífica expresión de Rubert de Ventós) o los neoconservadores al uso, que reducen este término a una expresión exclusiva de mercantilismo anarco-conservador y a la socorrida teoría del Estado mínimo y de la privatización del derecho y de las instituciones democráticas representativas.

En España, hoy día, no existe un partido liberal. Ignoro si tal opción, aquella que prima al individuo y a la sociedad civil frente al Estado, podrá tener cabida en nuestro futuro institucional. No, desde luego, con nuestra actual ley electoral (que, a mi juicio, cabe mejorar reformándola por consenso y con alcance universal). Ahora bien, lo que sí cabe afirmar es lo siguiente: el PP no es un partido liberal, habiendo, como hay, liberales en el PP; el PSOE no es un partido liberal, habiendo, como hay, social-liberales en la izquierda española…, y no tenemos tercera opción.

¿De qué opción hablo? Del necesario centro democrático y liberal. Una opción de esa naturaleza estabilizaría nuestro sistema parlamentario; influiría de forma decisiva en nuestra política general, y ayudaría a vertebrar más y mejor la realidad española. Sin ataque alguno a los nacionalismos democráticos, donde también, claro es, hay liberales (y tradiciones liberales, como por ejemplo el fuerismo liberal vasco o gran parte del nacionalismo democrático catalán); practicando con ellos el diálogo y la búsqueda de acuerdos y consensos generales en el seno del Estado de derecho y dentro del marco que establece la Constitución.

Ese espacio liberal, que busque conjugar lo mejor del pensamiento de Stuart Mill, Condorcet o I. Berlin, es absolutamente necesario en España. Un liberalismo profundamente democrático, que cree en la libertad del mercado, por supuesto, pero siempre dentro de la ley, el derecho y el Estado. Un liberalismo institucionalista, que combina la libertad soberana del individuo con su plasmación concreta en las instituciones democráticas que la amparan, justifican y avalan. Un liberalismo europeísta, que no reniega de la relación Unión Europea-Estados Unidos, pero no proclama el modelo americano como el futuro del modelo social, económico, político y jurídico europeo. Un liberalismo que apuesta por la globalización humanizadora para todas las sociedades del planeta, que tienen derecho, lo mismo que las nuestras, a la libertad y a la democracia. Y que lo haga fomentando los foros internacionales que amparan el derecho y la legalidad internacionales. En suma, un liberalismo humanista por cuyo futuro conviene trabajar desde ahora mismo en España.

Migraciones y progreso

Por José Vidal-Beneyto, director del Colegio Miguel Servet de París y presidente de la Fundación Amela (EL PAÍS, 01/08/08):

Según el informe Migraciones Internacionales y Desarrollo, del Secretariado General de Naciones Unidas, mayo de 2006, la expansión de los procesos migratorios en los últimos 30 años ha sido extraordinariamente importante. El número de migrantes, que en 1965 era de 75 millones, pasa a 155 millones en 1990 y a 195 en 2005, lo que representa un aumento anual superior al 2,60%, mientras que el de la población mundial total apenas llegaba al 1,7% al año. El sectarismo de los Estados, la interesada demagogia de los políticos y la ignorancia general sobre este tema exigen una clarificación de sus supuestos básicos, comenzando por deshacer la confusión que reduce las migraciones a las solas emigraciones.

No se ha logrado que exista el derecho total de migrar, pues, aunque el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconozca el derecho de emigrar, ha sido imposible introducir en ningún marco legislativo el derecho complementario de inmigrar. Cierto que el derecho de asilo y el derecho de reagrupación familiar han sido brechas posibles, pero que han dado poco de sí, por lo que ahora se están explorando las posibilidades que ofrece el derecho a la “migración de instalación” en el marco de las integraciones regionales, como es el caso de la Unión Europea y sobre todo de la Comunidad Económica de los Estados de África Oriental (CEDEAO).

El principio de la seguridad y en general de los intereses estatales, que es el que rige absolutamente el flujo migratorio actual, ha aumentado las dificultades de las políticas de emigración a escala planetaria y ha agravado la vulnerabilidad de los migrantes, cuya precariedad se alimenta de la inestabilidad de la política migratoria de los Estados, de la brutal conveniencia de las grandes empresas y de sus importaciones masivas de mano de obra laboral, casi siempre socialmente contestable, sin olvidar la inaceptable situación de los empleados del hogar, que, en particular, en numerosos países asiáticos y del Golfo es de una abusiva, insoportable, dependencia de sus patronos, sobre todo para las mujeres.

Todo lo cual coincide con un fuerte desarrollo de los factores de movilidad y, en consecuencia, con el aumento de las migraciones. En primer lugar, la mundialización, que es un extraordinario dinamizador global, pero también los medios de comunicación, en especial, la televisión, que nos presentan una sociedad alternativa de la abundancia y el consumo, con altos salarios y libertades para todos, lo que conlleva un notable efecto de atracción. También la urbanización de las grandes metrópolis de los países en desarrollo que promueven el espíritu de cambio y de mejora de sus elementos más dinámicos, lo que les empuja a emigrar. Así como el abaratamiento del transporte y la multiplicación de las redes transnacionales que han hecho del viaje y de la movilidad casi un modo de vida cuya expresión más lograda es la migración pendular entre los países de la Europa Occidental, los antiguos países europeos comunistas y en el ámbito de los países árabes.

Hay que mencionar también la casi plena libertad de circulación de los grandes espacios integrados, como la Unión Europea, y la existencia de solidaridades transnacionales de condición familiar, económica, cultural, religiosa, asociativa, que producen consecuencias de atracción, “de llamada”. Finalmente, la práctica del asilo, que había tenido un crecimiento considerable en los años noventa, se ha estabilizado, siendo sustituida por el fenómeno de las personas desplazadas, de destino mayoritariamente dramático, por la pobreza extrema de los países de acogida.

En la bibliografía sobre el tema migratorio ha habido un enconado debate sobre sus ventajas y desventajas, tanto en el análisis por países como en una consideración global, cuya dominante fue negativa hasta finales del siglo pasado, en que se invirtió la tendencia. Ello se debió a la modificación de la orientación actual de la demografía y de las consecuentes dinámicas migratorias. En efecto, según el informe de 2007 del Sistema de Observación Permanente de las Migraciones (Sopemi) de la OCDE, el mayor incremento de la inmigración legal a partir de 2005 se ha experimentado en EE UU, España, Reino Unido, Italia y Nueva Zelanda, contextos en los que, a pesar de ello, comienza a plantearse el grave problema de la penuria de inmigrantes, no sólo para los empleos altamente cualificados, sino para aquéllos de nivel tecnológico menor, pero fundamentales en el sector servicios. Por lo demás, según este informe, a partir de 2030, el factor más seguro de progreso será el aumento de la población productiva y, por tanto, la inmigración.

En cuanto a los países de origen, es ya opinión unánime que la emigración se ha convertido en un factor capital para su desarrollo. De acuerdo con los datos del Banco Mundial, entre 1995 y 2006, el volumen de estos fondos ha pasado de 102 millardos de dólares a 232 millardos, y, centrándonos en Europa, los fondos remitidos por los trabajadores extranjeros hacia los países de que eran originarios han superado los 14.000 millones de euros.

La actual reputación mayoritariamente positiva entre los técnicos y los expertos del fenómeno migratorio no ha calado, sin embargo, en la opinión pública general con las consecuencias que ello tiene en los resultados electorales. La posición restrictiva del presidente del Gobierno español fue consecuencia de los resultados de los sondeos practicados sobre el tema migratorio. Tal vez por ello, desde una opción de progreso, haya que configurar la migración como un bien público mundial. Y, en ese sentido, insistir en su función como agente decisivo en la mundialización del saber, por obra de la diáspora científica procedente de los países del Sur y de las redes de contactos y proyectos que induce, determinantes para la transferencia de conocimientos; así como en su insustituible condición de estabilizador global del espacio mundial.

Recordemos que la División de la Población de Naciones Unidas evalúa en 1,6 millones los inmigrantes necesarios para que la UE mantenga su nivel actual de bienestar y que Japón tendrá que incorporar antes de 2050 una población extranjera de cerca del 30% de su población actual.

Es necesario, por lo demás, dotar al proceso migratorio de un marco jurídico común flexible y eficaz que debe ser interinstitucional y multifactores. Lo que es muy difícil, como prueba que no se haya logrado siquiera formular una carta común de derechos y obligaciones de los migrantes con efectividad real, pues el convenio internacional para la protección de los trabajadores migrantes y de sus familias, adoptado en 1990 por la Asamblea General de Naciones Unidas y ratificado, después de un laboriosísimo proceso de casi 20 años, por sólo 37 Estados, apenas funciona. Ni siquiera el Foro Mundial para la Emigración y el Desarrollo de la ONU, ambiciosa creación del entonces secretario general, Kofi Annan, animado por el esforzado Peter Sutherland, ha llegado a convertirse en el instrumento de promoción normativa y de coordinación ejecutiva que se necesita.

Calificar de progresista, como se ha hecho, la aprobación de la última directiva europea que regula, de manera injusta, la expulsión de inmigrantes y la deportación de menores es una nueva provocación del derechismo dominante. En cualquier caso, las razones para rechazarla han sido presentadas con fundamento y consistencia en la columna de Soledad Gallego-Díaz del 20 de junio en este diario y a ellas me remito. Pero no sin apostillar que en esta sociedad de penosa dominación mediática, nada hay más movilizador, a favor o en contra, que su carga simbólica. Y que en este caso, el aura negativa de la directiva lamentablemente aprobada es abrumadora. Con lo que el problema sigue en pie y la responsabilidad en este tema de quienes nos hemos apuntado al progreso no ha variado. Seguimos comprometidos en la promulgación de una carta común de referencia sobre las migraciones que, aunque no logremos que sea obligatoria, tenga al menos una fuerte capacidad indicativa y funcione como código inspirador del organismo mundial que hay que habilitar con urgencia. En él, los Estados estarán acompañados por las organizaciones regionales y las colectividades locales, así como por las empresas, los sindicatos y las ONG nacionales y transnacionales, con el fin de asociar poderes políticos y sociedad civil, única garantía de legitimidad y de eficacia.

lunes, agosto 04, 2008

Its green medal hopes are lost but Beijing must race on

By Isabel Hilton, the editor of chinadialogue.net (THE GUARDIAN, 31/07/08):

Beijing made many promises to secure the 2008 Olympics - hostages to fortune, as it turned out, as the date approached. Some greater press and political freedoms, for instance, have clearly not been honoured: as Amnesty International pointed out yesterday, there has been more, not less, repression as the games approach. But other promises that may remain unfulfilled do not reflect bad faith so much as the scale of the task. When the world’s most polluted country promised a green Olympics, it was a commitment of truly daunting ambition. If the city falls short, it won’t be for want of trying.

Imagine, for a moment, that Britain had made an international commitment to clean the air in Birmingham or Leeds in the 1880s, or even London in 1950, two years before the last great fog killed at least 4,000 people. That the air in the UK is now cleaner is partly due to the legislation that resulted from that disaster but, equally importantly, a side-effect of the world’s industrial production shifting from developed countries in the west to developing countries such as China. If China is now the world’s factory, the penalty is that China now produces the world’s smog.

It took Britain 150 years to begin cleaning up the legacy of industrialisation. China’s recent industrial revolution is less than 20 years old. As of now, the only way the air quality promises will be met is by shutting down much of north China for the duration. But in the longer term, Beijing’s 15 million residents may have reason to be grateful, not just for two weeks of relatively clean air in August, but for an accelerated handbrake turn towards a safer development track.

The official newspaper China Daily recently estimated the direct costs of the Beijing Olympics at $40bn - a conservative sum in the view of most analysts. Even at that level, if China wins the expected 40 gold medals during the games, each will represent an investment of $1bn. Over the past decade, Beijing has spent more than $15bn on green initiatives, so what will have been gained, beyond the satisfaction of being sports top dog?

Superficially, the city looks good - cleaned and greened by tens of thousands of migrant workers. Roses planted on central reservations are hastily replaced at the first sign of wilt. Grass has been laid in urban spaces, something previously unseen in Beijing’s near-desert climate. Water has been commandeered from surrounding provinces to flush the city’s modernised new public lavatories and to provide a seductive - andmisleading - display of water plenty.

Even if the roses die by September, much will have been gained. For the past 30 years, Beijing’s frenetic modernisation has followed an outdated and unsustainable path - a city of the car, strangled by multiplying ringroads and congested urban motorways, the bicycles and buses that used to predominate pushed off the road by private vehicles. In earlier times, heavy industry plant was situated in the capital, and Mao Zedong would point proudly to smokestacks as evidence of progress. The public health legacy of both phases of development has been disastrous, with air pollutants routinely many times over World Health Organisation safety levels.

According to an Olympic audit by Greenpeace, the cleanup has done much to change that model. More than 1,300 new cars hit the streets every day, but emissions regulations now match Euro IV, the toughest in the world. Factories have been closed, upgraded or relocated. Four new subway lines have been built, and Olympic facilities, at 20%, exceed the 15% target for renewable energy that is a national ambition in the current five-year plan. The city’s waste water treatment, previously remarkable by its absence, has been upgraded; domestic coal-burning reduced; and the largest natural gas bus fleet in the world will serve Beijing during the games.

Impressive as this achievement is, it may not be sufficient, and further emergency measures will have be enacted to save Beijing’s face: more cars will be taken off the road - already only half are supposed to drive on any given day - and industries in the neighbouring provinces of Hebei and Shandong, as well as the giant neighbouring municipality of Tianjin, will be ordered to take a two-week holiday.

Were this only a domestic event, the authorities might take refuge in silence - but with thousands of journalists in town, many equipped with independent monitoring equipment, Beijing’s air is more than just a health hazard. This has not been a good year for China’s international image, and now the triumphalism will play primarily to a population worked into a mood of truculent nationalism by the earlier public relations disasters. Any failure to meet the promised air-quality standards has high symbolic importance, and international criticism risks being read as further evidence of international ill-will. But Beijing - and China - could win lasting respect by building on the achievements of the Olympic cleanup and demonstrating that what matters to the government is the health of China’s citizens, rather than this brief moment in the global spotlight.

The bear is back

By Simon Tisdall (THE GUARDIAN, 31/07/08):

Russia’s bullish plans, unveiled this week, to build up to six aircraft carrier battlegroups and upgrade its nuclear submarine fleet are part of a worrying trend. They provide further evidence that Moscow’s military revival, initiated by Vladimir Putin and continued by his presidential successor, Dmitri Medvedev, may in time pose some unwelcome challenges for Europeans determined to believe the days of east-west confrontation are over.

Parallel Russian proposals for inclusive new European security structures that could in theory supplant Nato and the Organisation for Security and Cooperation in Europe are the political window-dressing for Moscow’s burgeoning ambition. And physical pressure on unfavoured neighbours, such as Nato aspirant Georgia or Baltic breakaways Estonia, Latvia and Lithuania, is a reminder that the “Bear is back”, or thinks he is.

Russia is testing a new intercontinental missile, the Bulava-M, whose main claim to fame is its supposed ability to pierce any defensive missile shield. Memo from Moscow to George Bush and his east European collaborators: take your Star Wars interceptors and go jump. The penetration of Georgian airspace by four Russian jets last month was less subtle still. Georgia claims a new Caucasus conflict is being hatched in the Kremlin.

“The pressure comes in many ways,” said a Baltic region diplomat said, speaking of life on Europe’s edge. “There is political interference using money, the use of oil and gas supplies as a weapon, there is cyber-warfare, there is the military. They [the Russians] try to keep us weak and worried. What they really want is a good question.”

One answer is that resurgent Russia, buoyantly bobbing on a sea of oil revenue, is ready to use any tool, from arms build-up and sabre-rattling [as in the Black Sea region] to diplomatic blockading [as over Kosovo] to political assassination [as in London], to regain the top-table status and leverage lost when the USSR imploded.

Nobody is suggesting a return to the scenarios that kept Nato planners busy during the cold war, working out how to repel a Soviet sweep across the north European plain. All the same, European governments and their militaries seem unprepared, unwilling or divided – or all three – over how to deal with this emerging behavioural pattern. As the recent Union of the Mediterranean summit in Paris indicated, they are more focused on security threats emanating from the south than from the east.

They may be looking the wrong way. But in any case, as Nick Witney argues in a European Council on Foreign Relations report entitled “Re-energising Europe’s security and defence policy”, the EU’s capacity to defend its citizens against threats from whatever quarter is deeply unimpressive. The so-called European security strategy has been in place since 2003. But precious little has been done to advance it, he says.

Witney, a former head of the European Defence Agency, blames “procrastination, weak coordination, and persistent absenteeism by some member states” for a collective failure to modernise, equip and coordinate Europe’s armed forces to meet future challenges and mount effective, well-resourced international operations. “Seventy per cent of Europe’s land forces are simply unable to operate outside national territory … Much of the €200bn that Europe spends on defence each year is simply wasted,” he said.

Whether the threat is terrorism, international trafficking, unmanageable immigration flows or Russian-style bullying, Witney says leading powers within the EU must be able to work more closely together without being held back by more reluctant or less responsible countries.

In his view that could mean excluding the likes of Austria, Ireland, Luxembourg, Malta, Bulgaria, Cyprus and Greece, which put relatively little money and men into defence, from the policymaking of more actively engaged powers such as Britain, France and Germany.

Witney also notes that recent changes of heart in Washington and Paris mean key obstacles to closer European defence cooperation that complements rather than rivals Nato have been removed. The need to do better is urgent, he says, giving as an example the EU’s 1999 decision to create a fully capable, 60,000-strong “rapid reaction force”. Nine years later this force remains wholly hypothetical, notwithstanding the evolution of smaller “battlegroups”.

Despite such advocacy and the French EU presidency’s prioritising of defence and security cooperation, it seems likely, with defence budgets falling and armies such as Britain’s badly overstretched, that Europe will continue to under-achieve, endangering its citizens while failing those in Africa and elsewhere who could benefit from European-led or supported peacekeeping and stabilisation operations.

The shortfall in EU defence capabilities has long been the subject of US criticism. Such complaints are generally benign. But with a less well-disposed Russia once again prowling around the neighbourhood, the need for a coherent, organised, collective European defence that is neither reliant on nor subordinate to Washington could become painfully obvious.

Comerse el mundo

Por Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza (EL PAÍS, 30/07/08):

Pocas sentencias han quedado tan anticuadas y en tan poco tiempo como aquella célebre de Bertolt Brecht según la cual “primero es el comer y luego viene la moral”. La pronuncia uno de los protagonistas de su Ópera de los tres centavos, en la canción ¿De qué vive el hombre?, a la que puso música Kurt Weil y que fue estrenada en 1928. En ella retrata las típicas hipocresías que fueron el objeto predilecto de sus denuncias. En este caso, una mafia de mendigos en el Soho londinense del siglo XVIII, que trataba de aprovecharse de la compasión de los paseantes. Esta afirmación tiene pleno sentido en el contexto de criticar la doble moral; al contraponer las necesidades fundamentales y los deberes de la conciencia, la urgencia de sobrevivir y el lujo de las sutilezas morales, sitúa el discurso moral en su suelo vital al que necesariamente remite. La moral no debe servir para hacer la vida imposible.

Reconozcamos que Brecht es un autor fascinante para obtener una imagen del mundo en el que esté claro dónde se encuentra el bien y dónde el mal; tiene toda la razón que le falta al capitalismo, pero hace agua cuando la complejidad exige ir más allá del anti capitalismo elemental y la crítica requiere mayor sutileza. En cualquier caso, uno siempre puede reconfortarse con sentencias tan elementales como la de “¿qué delito es el robo de un banco comparado con el hecho de fundar uno?”, también de la misma ópera.

Pero el anacronismo de esta frase está en otro registro. Su autor no pudo saber que un día casi toda la ética fuera a caber en la cesta de la compra y que la justicia alimentaria pudiera simbolizar todas nuestras preocupaciones en torno a la justicia en general. Hoy la moral parece haberse desplazado desde el dormitorio hasta el comedor. La moral ya no viene después del comer sino al mismo tiempo. La food justice se ha convertido hoy en un espacio en el que confluyen todas las exigencias morales. La comida es un ámbito de obligaciones especialmente intensas, respecto de nosotros mismos, de los demás, la naturaleza o los animales. Comer no es un acto privado, ética y políticamente irrelevante, sino una práctica cotidiana en la que el mundo se juega su destino, lo configuramos o lo destruimos, en la que literalmente nos comemos el mundo. Pensemos en el hecho de que con una metáfora alimentaria (la macdonalización) solemos referirnos al malestar ante la globalización. Con nuestra decisión acerca de qué comer, decidimos también cómo queremos vivir e incluso en qué clase de mundo queremos vivir.

En la justicia alimentaria se concentra buena parte de nuestros principales dilemas éticos y políticos: los problemas de la alimentación presente y futura de una creciente población mundial teniendo en cuenta la sobrecarga ecológica del planeta; la discusión en torno a las posibilidades de suprimir el hambre en el mundo mediante los transgénicos, con sus riesgos inherentes; el número creciente de personas que se alimentan de una manera insana, también y especialmente en el mundo más desarrollado. Se extiende la exigencia de una agricultura sostenible, de una política alimentaria respetuosa con los derechos humanos; coinciden en el tiempo las exigencias de justicia económica global y el desarrollo de una ética del consumo, lo que podría estar anunciando una nueva convergencia entre el gusto y la justicia.

El desarrollo económico que ha tenido lugar desde la segunda mitad del siglo XX ha conducido a una extensión social del bienestar anteriormente inimaginable. Por primera vez en la historia, gracias a la producción segura de alimentos y a su provisión en el mercado, una gran cantidad de consumidores de los países ricos dispone de los presupuestos materiales necesarios para poder comer lo que quiera. En las estanterías de cualquier gran supermercado está a nuestra disposición una enorme cantidad de productos a precios asequibles. La cuestión es quién vive en ese paraíso: nosotros los consumidores de los países ricos. Esa particularidad nos obliga a formular principios éticos en orden a la universalización de los bienes y nos sitúa frente a las contradicciones del mundo actual en lo que se refiere a las posibilidades y las realidades de la alimentación.

¿Es posible alimentarse mejor de lo que lo hacemos? ¿Cómo deberíamos comer y qué hábitos alimentarios deberíamos cambiar de modo que todos se pudieran alimentar bien?

En las relaciones que se establecen como consecuencia de la alimentación comparecen asuntos que tienen una fuerte dimensión de justicia, como la producción y provisión de alimentos. Pero el asunto se amplía con la progresiva toma de conciencia de que el consumidor está igualmente obligado a examinar su conducta de acuerdo con criterios de justicia. También el que come debe tomar en consideración el valor de justicia de lo que come, si está producido con equidad, si daña el medio ambiente, si pone en peligro su propia salud y se convierte por ello en una carga para otros, si lo hace responsablemente examinando sus consecuencias globales… Ahora bien, ¿cuáles son las posibilidades del ciudadano, del sujeto particular, del consumidor, en orden a modificar las injusticias globales en materia de alimentación? Mejorar el estado de la alimentación mundial no está al alcance de uno solo, por supuesto, pero tampoco de los grandes poderes; las autoridades políticas y económicas no pueden nada sin los seres humanos, sin los consumidores y sus microdecisiones cotidianas.

La clave está en la fuerza transformadora de los estilos de vida. La renuncia a consumir no es una estrategia practicable de sostenibilidad. Lo que se reclama cada vez con más fuerza es una modificación de nuestro estilo de vida. En el debate sobre desarrollo sostenible los consumidores ocupan ahora un lugar central; son considerados como verdaderos motores de todo cambio estructural en la medida en que tienen la posibilidad de “hacer política con el carro de la compra”. Andoni Luis Aduriz nos daba recientemente algunas pistas en estas mismas páginas.

La relevancia de la alimentación en orden a la sostenibilidad es manifiesta: según las estimaciones aceptadas, entre un 30% y un 40% de los problemas medioambientales son debidos directa o indirectamente al comportamiento dominante en el consumo. Una gran relevancia para la salud y el medio ambiente tiene, por ejemplo, el elevado consumo de carne; el uso de productos congelados también plantea graves efectos sobre la sostenibilidad; muchas enfermedades y alergias se deben a una mala alimentación, especialmente las que están vinculadas al sobrepeso. La alimentación sostenible tiene una clara dimensión ecológica. Podría mencionarse a este respecto la compra de alimentos con criterios de regionalidad, trazabilidad y estacionalidad. De este modo, por ejemplo, se minimiza el transporte y se fortalecen los circuitos económicos regionales.

Sabemos, por otro lado, que una cuarta parte de las basuras domésticas tienen su origen en el empaquetamiento de los alimentos. Los envases reciclables o los productos con poco envoltorio contribuyen a disminuir notablemente la cantidad de basura y el uso de energía.

Existe por tanto un contrapoder de los sujetos que es preciso activar mediante la información, los incentivos y las sanciones fiscales. Del mismo modo que la política requiere de los ciudadanos para su legitimación y la economía depende en última instancia del comportamiento de los accionistas y consumidores, las prácticas cotidianas de la comida actúan sobre las relaciones de poder que constituyen el complejo mundo de la alimentación (y, por añadidura, el mundo en general). Dentro de los espacios de juego existentes, nuestra libertad de determinar qué y cómo comemos establece límites reales a la industria y a la política.

Las costumbres alimenticias permiten al individuo configurar el tipo de vida que desea para sí y modificar su relación con el mundo. Cada uno de nosotros, en el ámbito de su conducta alimentaria, puede llevar a cabo una mejora del mundo, inapreciable pero insustituible. Comer es hoy un acto político global, una verdadera conspiración revolucionaria. Nuestras decisiones cotidianas en esta materia configuran el mundo, para bien o para mal. Brecht no hubiera formulado aquella simplificadora oposición de haber sabido que, actualmente, el comer se ha convertido en un asunto moral, en una cuestión de ciudadanía.

Europa: el retorno del miedo

Por Gaspar Llamazares Trigo, coordinador general de Izquierda Unida (EL PAÍS, 30/07/08):

La Unión Europea vende su alma al dogma del mercado y parece ahora condenada a la contestación o la pasividad ciudadana, a la inestabilidad institucional y, lo que es más grave, a la insignificancia política. Sus padres fundadores diseñaron al término de la II Guerra Mundial un nuevo horizonte inscrito en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la creación de la Comunidad Europea, una comunidad de intereses, sí, pero también de valores y libertades fundamentales que dan sentido al proyecto europeo.

La Directiva de Retorno, también denominada acertadamente Directiva de la vergüenza, convierte la Europa de los valores en la Europa del miedo, y esto en un continente que hasta mediados del siglo pasado lo fue de emigrantes, con decenas de millones de europeos que marcharon a las dos Américas huyendo del hambre, la guerra y el fascismo.

La construcción europea ha encadenado acontecimientos oscuros. Lo son las consecuencias del no irlandés al Tratado de Lisboa para aquellos que quieren construirla de espaldas a los ciudadanos, pero aún lo ha sido más para los defensores de los derechos humanos que el Parlamento Europeo aprobara la norma que autoriza a retener a un inmigrante irregular en centros de internamiento un máximo de seis meses, extensibles a 18, antes de su expulsión forzada al país de origen o a otros distintos al suyo, prohibiendo su regreso a Europa en cinco años. Los menores no acompañados, discapacitados, ancianos, mujeres embarazadas y otras personas vulnerables serán igualmente internados y, finalmente, expulsados.

Como ya se ha dicho no hay una sola Europa, hay varias: la Europa de las Luces, pero también la Europa del distanciamiento moral y el economicismo neoliberal que trata a algunos seres humanos como mercancía por haber nacido fuera de sus fronteras. Es imposible aceptar las premisas elevadas a categoría de norma inamovible, entre ellas la duración de la detención sin juicio alguno, aunque sea con supervisión judicial, ni que se dé el internamiento máximo cuando el país de origen se niega a readmitir al inmigrante, circunstancia de la que éste no es responsable.

El trauma de una detención inopinada, la pérdida de su vivienda y su empleo son humillaciones difíciles de olvidar para un inmigrante y, por extensión, para sus Estados de origen. El país en el que aquél confió la esperanza de una vida nueva le rechaza, le expulsa y le devuelve a un lugar donde nadie le espera. En el peor de los casos, la orden de expulsión empujará a muchos inmigrantes a una mayor clandestinidad o les pondrá en manos de las mafias para volver a cruzar las fronteras. Se decide tratar al extranjero como delincuente, incumpliendo la Convención de la ONU sobre los derechos del inmigrante.

Nuestro Gobierno quiere convencernos de la neutralidad de lo aprobado con el voto de los socialistas españoles -no así con el de la mayoría de sus compañeros de partido en Europa- con el argumento de que la directiva supone un avance al limitar la detención en los países en los que era indefinida. Pero el Ejecutivo español aprovechará el tirón y ampliará el límite temporal de retención de 40 a 60 días, mientras Berlusconi lo hará de dos a 18 meses. Se empeorará la situación de los recluidos en los centros de internamiento, cuyas deplorables condiciones han sido denunciadas reiteradamente por organizaciones internacionales de derechos humanos.

El apoyo del Ejecutivo español en el Consejo de Ministros europeo y el voto favorable de los eurodiputados del PSOE, con la encomiable excepción de Borrell, Obiols y Grau, junto al empecinamiento en la restricción de la reagrupación familiar reiterado en el Congreso por el ministro de Trabajo el pasado 22 de julio, confirman el giro copernicano de la política de inmigración socialista hacia una línea de mano dura y aproximación al PP para cambiar la Ley de Extranjería.

A quien hubiera advertido de esto la pasada legislatura, tachada por la derecha como la “de las regularizaciones masivas”, le habrían tachado de loco. Pero esta metamorfosis desde el talante hacia una acrimonia del Ejecutivo socialista sobre la inmigración no se puede ocultar, aunque lo intenten. De nada vale la cortina de humo de repescar viejas ideas del cajón progresista -por cierto, ya vetadas la pasada legislatura a quienes las promovimos- como la de permitir el voto en las elecciones municipales a los extranjeros extracomunitarios.

¿De qué vale que un Estado permita votar a inmigrantes para cuyos familiares y compatriotas reserva prisiones étnicas sacralizadas por una Europa fortaleza que eleva sus muros y arroja las llaves de las puertas cerradas a los inmigrantes? El tema es lo bastante trágico para que nadie juegue con las palabras. No aceptamos el populismo progresista, igual que siempre hemos denunciado el populismo xenófobo. Se abre y queda pendiente la deportación en toda la UE de 8 millones de personas. Todos los demócratas y la izquierda debemos cerrar el paso a directivas como ésta, al contrato de asimilación de Sarkozy, a la tipificación penal de la inmigración clandestina de Berlusconi y, también, al derechazo migratorio del Gobierno español.

Teoría del fracaso

Por Antonio Valdecantos, catedrático de Filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimos libros publicados son La fábrica del bien y La moral como anomalía (EL MUNDO, 30/07/08):

Sobre la esencia y significado del fracaso parece haber poco que decir, y todo bastante sencillo y no muy brillante ni novedoso. Es sabido, por ejemplo, que cualquier persona de bien anhela el fracaso de los prevaricadores, los plagiarios y los pederastas y deplora el de los filántropos, los oncólogos y los bomberos. En general se tiende a desear el fracaso del mal y el éxito del bien, a pesar de que a veces hay gentes turbias que gozan con la frustración del adversario, aunque de ella se sigan perjuicios para el bien común e incluso para el propio (el placer de contemplar el fracaso de ciertas personas puede justificar, no en vano, sacrificios nada desdeñables).

También es cierto que a menudo se dan por buenos los fracasos de uno, o los de la causa a la que uno sirve, en virtud de la regla que aconseja fracasar en las tareas que importan relativamente poco o en trances prematuros para así poder triunfar en lo esencial y en la ocasión decisiva. Pero, salvo excepciones como éstas, regidas por la perversidad o la astucia, se da por seguro que todos buscamos el éxito y rehuimos el fracaso, con mayor o menor fortuna.

De hecho, uno de los medios más eficaces de que el político suele valerse hoy día para adular al súbdito es hacerle creer que todo el aparato del Gobierno y la Administración constituye un dispositivo pensado para reducir al mínimo la tasa de fracaso de cada cual en los más variados quehaceres. Allí donde se tiene al pesimismo por vicio y al eufemismo por virtud, la posibilidad de que cualquier empresa humana se malogre no será más que un accidente desgraciado, fruto de no haber dado todavía con las soluciones correctas. Lo normal en este mundo es que las cosas salgan bien, de modo que, cuando no es así, alguien habrá a quien echar la culpa de ello. Con frecuencia, el súbdito se tiene a sí mismo por ciudadano cuando llega a creer que quien gobierna triunfará si inmuniza eficazmente contra el fracaso al cuerpo social y fracasará si no logra este propósito. Vuestros fracasos serán los míos: apenas podría encontrarse mejor lema que éste para una campaña electoral, de no ser porque la mención misma de la palabra tabú sería contraproducente en tales ocasiones.

Pero lo cierto es que la negación del fracaso no puede resultar más infantil ni más supersticiosa. La terca observancia de este tabú produce, desde luego, estragos muy variados, aunque quizá sea en la enseñanza, y en general en todo lo que atañe a la edad juvenil, donde sus secuelas son más dañinas. Es, en efecto, un dogma que el niño y el joven deben estar protegidos contra todo fracaso porque cualquier experiencia desgraciada los deformaría y echaría a perder. Y no se trata de que se los quiera mantener, por piedad, apartados de males que ya tendrán ocasión de sufrir en la edad adulta -como cuando se le ahorra al niño conocer los pormenores de la enfermedad, de la muerte o de la infamia-, sino de prepararlos para una vida, ciertamente pueril, en la que el fracaso será objeto de tanta prohibición como disimulo.

Nadie ignora, por ejemplo, lo que significa el llamado fracaso escolar y nadie lo celebra -por lo menos en público- ni propone su fomento. No es raro, en consecuencia, que los gobernantes atentos al bien común y el variado séquito de sus asesores y portaestandartes muestren el mayor interés en reducir dicho fracaso. Pero seguramente éste es uno de los deseos que ningún político puede satisfacer nunca, y menos a fuerza de jaculatorias pedagógicas. Hacer que los niños de toda clase y lugar asimilen sin perturbación las ecuaciones de segundo grado o que ningún adolescente se atasque en la consecutio temporum son logros que no están al alcance del legislador ni del gobernante, salvo de manera rebuscadamente indirecta y con muy traicionera incertidumbre. Sin embargo, una vez que pasa a ser tarea del político no estorbar al éxito de sus súbditos e incluso promoverlo activamente, la pervivencia del fracaso escolar se convierte en fracaso del gobernante mismo o, como suele afirmarse poniendo cara de haber dicho algo infalible y muy profundo, del sistema (siendo tarea del político, claro está, sanar los desperfectos del sistema o convencer, por lo menos, de que funciona con éxito).

El procedimiento más sencillo para acabar con los males mencionados sería, sin duda, rebajar los criterios que deciden si un alumno fracasa o triunfa, y permitir que se tomase por éxito lo que antes era fracaso. Si para superar el bachillerato había que traducir a Jenofonte, a Platón y a Homero, baste, por ejemplo, con saber encontrar a Sócrates y a Aquiles en la Wikipedia, y quede lo demás para subir nota. Este proceder, sin duda fraudulento, resultaría, no obstante, menos corruptor que el que de hecho se usa, consistente no en bajar las exigencias, sino en adulterar la materia misma de estudio de manera que el fracaso resulte imposible. Sólo se enseñará lo que esté libre de todo riesgo de no ser asimilado, y lo demás se juzgará inoportuno, obsoleto, trasnochado, rancio y casi fascista.

En muchos países la enseñanza media va aproximándose a pasos agigantados a semejante patrón (en España lo hizo en los años 80 de manera violentamente rauda) y la universitaria lleva camino de tomarle la delantera: primero en las nuevas humanidades, reducidas a mera quincalla divulgativa, y ahora en el resto de las enseñanzas, gracias a la declaración de Bolonia y a una política fundada -como si de cualquier otro bien de consumo se tratara- en el culto a la calidad, es decir, en la adulación al cliente y en la satisfacción de sus caprichos.

En general, la superstición del derecho al éxito puede mantenerse siempre que el súbdito haya perdido el sentido de la diferencia entre triunfo y fracaso. El papel de la escuela es decisivo para adiestrar a la población en la atrofia de esa capacidad y así podrá esperarse con toda confianza que el súbdito adulto -orgulloso ya de ser llamado ciudadano- entre en el mercado de trabajo, y en general en el de la vida, convencido de que el fracaso no existe y de que cuando existe hay que buscarle otro nombre. En la familia, en la escuela, en lo que se llama cultura, en el ocio, en el espectáculo y en la política correcta, el fracaso ha sido abolido y el éxito se ha convertido en derecho, pero ésa no es más que la cara simpática de la moneda. La otra es la de un mercado implacable donde el fracaso está garantizado para casi todos.

En el mercado vamos desnudos, pero se nos ha enseñado a decir que llevamos un traje de la mejor hechura y a actuar contra quien afirme lo contrario. Poco importa que tu vida no sea especialmente gloriosa, porque siempre podrás gastar, mucho o poco, en bienes de consumo cuya propaganda te pinte como un triunfador o como alguien único y muy especial que tiene derecho a no ser tratado como todo el mundo. La aciaga verdad de la pedagogía moderna es que está pensada para la educación del consumidor, y de ahí que, con todo desparpajo, al alumno se le llame cliente. Si mientras tanto se destruye el servicio público de la enseñanza, que en las generaciones anteriores servía para templar el carácter, salir del entorno familiar y social y adquirir conocimiento no consumible, tanto mejor para el mercado.

Todos sabemos, sin embargo, que cualquier logro estimable es hijo y a veces también padre del fracaso, que surgió de no haber triunfado en otros torneos o de haberse abstenido de acudir a ellos, y que va acompañado de toda clase de frustraciones y derrotas. En realidad, la obra bien hecha, admirable o ejemplar suele estar compuesta de fracasos y raras veces constituyó un triunfo o condujo a él. Si por algo se recuerdan casi todos los hechos memorables es por haber fracasado injustamente, por haberse negado a competir o por haber desprestigiado a la larga lo que venía tomándose por éxito.

El buen maestro no enseña casi nunca una sucesión de triunfos, sino más bien la crónica de una serie de derrotas en las que, sin embargo, se logró poner coto parcial a la estupidez, a la rutina, a la fealdad o a la mentira, derrotas sufridas en agotadoras peleas por seres que en general no fueron felices, que no gozaron de la estima de sus contemporáneos y cuya moralidad, en numerosas ocasiones, dejaba mucho que desear: misántropos intratables, malos padres de familia, negligentes esposos y extravagantes ciudadanos, aunque a veces lo bastante hábiles para labrarse una fama virtuosa. Contar la historia universal como una cadena de éxitos es la peor lección que puede impartirse y lleva a maleducar a la juventud de la peor manera posible.

La superstición del derecho a triunfar es todo un negocio para gobernantes y capitanes de industria, pero una ruina para la inteligencia. Seguramente no resultarían muy viables una política y una enseñanza fundadas en que el mundo es un amasijo de fracasos (y seguramente un fracaso en sí mismo) con algunas sorpresas memorables surgidas a contrapelo. Quien quisiera convencer de una cosa así a súbditos o alumnos sería desalojado con violencia antes de terminar la misión. Sin embargo, la tarea del político, como la del maestro, consiste precisamente en persuadir de aquello que todos se resisten a aceptar. Desde luego fracasarán casi siempre, pero lo que no sería buena cosa es que llegaran a creerse su propia cantilena y acabasen reclamando su propio derecho al éxito.