domingo, mayo 02, 2010

¿Nueva etapa EE. UU-Israel? (1)

Por Fawaz A. Gerges, profesor de Política de Oriente Medio y Relaciones Internacionales en la London School of Economics, Universidad de Londres. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 29/04/10):

El segundo año del mandato de Obama empezó sin indicios de que la paz árabe-israelí fuera a figurar de forma destacada en su agenda de política exterior. El declive de su popularidad, unido a sus apuros para lograr que se aprobara una nueva legislación sanitaria, implicó que Obama carecía del capital político indispensable para dar pasos esenciales en el proceso de paz.

En marzo, el único logro de Obama se cifraba en un acuerdo para que Estados Unidos mediara en “conversaciones indirectas” entre Israel y la OLP, además de un compromiso de Israel de suspender “temporalmente” la construcción de asentamientos en Cisjordania. Minando la diplomacia estadounidense, Netanyahu reiteró que las cuestiones “fundamentales” relativas a la seguridad y el estatus territorial no entraban en las conversaciones. Y Obama accedió a regañadientes.

Se presuponía que la visita del vicepresidente Joseph Biden a Israel en marzo simbolizaría el creciente apoyo de su administración a la nueva ronda de conversaciones de paz y que disiparía los temores de Israel sobre el programa nuclear iraní. El equipo de Obama no preveía un importante avance como consecuencia de la visita de Biden.

El primer día de su visita a Israel, el ministro del Interior israelí anunció la construcción de 1.600 nuevas viviendas en Jerusalén Oriental, cuestión altamente conflictiva en el marco del proceso de paz. Estupefacta ante el anuncio, la Casa Blanca condenó la iniciativa por juzgarla un impedimento para la paz.

Según se ha informado, en una acalorada entrevista con Netanyahu, Biden le dijo: “La cuestión empieza a representar un peligro para nosotros”, significando con ello que corría peligro la seguridad de las tropas estadounidenses en el Gran Oriente Medio. En cuanto a Obama, consideró el anuncio “una bofetada”. Y los palestinos declararon que se ponía en peligro el impulso estadounidense a la reanudación de las conversaciones.

Aunque Netanyahu se disculpó por la inoportunidad del anuncio y precisó que se había tratado de una coincidencia fortuita, sus palabras no afectaron en la Casa Blanca, sobre todo después de que declarara que los asentamientos proseguirían según lo previsto. Al término de su visita, Biden subrayó que el anuncio había “atizado” la crisis palestino-israelí. “Personalmente, y a petición del presidente, he condenado – señaló Biden-inmediata e inequívocamente ese anuncio. Lisa y llanamente, amigos, hay ocasiones en que sólo un amigo se halla en condiciones de decir la verdad más dura”.

Las diferencias resultantes entre los gobiernos de Netanyahu y Obama llevaron a George Mitchell, enviado especial para Oriente Medio, a diferir indefinidamente su visita a la región.

En una conversación telefónica franca y prolongada con Netanyahu, Hillary Clinton expresó la honda preocupación y disgusto de su administración ante el anuncio israelí. Según el portavoz del Departamento de Estado, P. J. Crowley, la secretaria de Estado dejó claro que “Estados Unidos consideraba que tal anuncio enviaba un mensaje muy negativo sobre el enfoque israelí de la relación bilateral y era contraproducente con respecto al viaje del vicepresidente”. El mismo día, el Cuarteto emitía una declaración de condena de la iniciativa israelí por considerar que socavaba el proceso de paz.

El embajador israelí en Estados Unidos, Michael Oren, reconoció que la relación bilateral parecía hallarse en su punto más bajo desde 1975. Por su parte, David Axelrod, asesor de confianza de Obama, se refirió a los hechos diciendo que “socavaban los esfuerzos para llevar la paz a la región”. Desconcertado por la intensidad de tales reacciones, Netanyahu reiteró el compromiso de Israel a favor de la paz.

Ante las críticas recibidas, Netanyahu brindó una serie de medidas para restaurar la confianza, entre ellas la promesa de liberar prisioneros palestinos, la transferencia de un mayor control de Cisjordania a la Autoridad Palestina y la reducción del ritmo de construcción de asentamientos judíos en los barrios palestinos de Jerusalén Oriental. En correspondencia por estas señales positivas, Clinton accedió a enviar de nuevo a Mitchell a la región para ayudar a reanudar las conversaciones.

En su intervención ante el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC), Clinton dijo que el Estado judío debe adoptar “decisiones difíciles y necesarias” para alcanzar la paz. Clinton apremió a Israel a prolongar el plazo de diez meses de suspensión de la construcción de asentamientos a fin de incluir a Jerusalén Oriental y subrayó que “las conversaciones mediante los oficios de una figura de intermediación constituyen el primer paso hacia las negociaciones plenas”.

Netanyahu dijo, desafiante: “El pueblo judío construía Jerusalén hace tres mil años y el pueblo judío construye Jerusalén en la actualidad”.

La reciente reunión entre Obama y Netanyahu en la Casa Blanca, por lo demás, fue breve e infructuosa. Según se ha informado, Obama aludió a una serie de puntos a los que Israel debería prestar atención con vistas a reanudar el proceso de paz. Así, la prolongación del periodo de suspensión de los asentamientos, el cese de la edificación en Jerusalén Oriental y la retirada israelí de los territorios palestinos ocupados. Además, Obama trató de que Netanyahu aprobara las conversaciones indirectas sobre cuestiones esenciales como la seguridad y el estatus territorial.

Netanyahu se opuso a todas las demandas de Obama, remitiéndose al argumento de que tenía las manos atadas. Contrariado por la intransigencia de Netanyahu, Obama dio por finalizado el encuentro y optó por que la jornada siguiera su curso y Netanyahu fuera a almorzar con su familia. El hecho es que Netanyahu no cedió un palmo, mientras que Obama dejó bien claro que no le apetecía desempeñar el papel de anfitrión amable y solícito. En una reunión con congresistas estadounidenses, Netanyahu calificó las demandas de Obama de “ilógicas e irrazonables”, argumentando que retrasarían las conversaciones. Netanyahu volvió a su país con las manos vacías, y el secretario de prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, dijo que la visita del primer ministro había sido un “rapapolvo” a su intransigente postura. En Israel, los medios criticaron a Netanyahu por su incapacidad para superar el punto muerto en su relación con Estados Unidos y calificaron el episodio vivido en Washington de humillación personal para el primer ministro. A su vuelta a Israel, no hubo declaración oficial, la oficina de prensa de Netanyahu emitió un breve comunicado que señalaba que “la postura del primer ministro es que no hay cambio en relación con la política israelí en Jerusalén”.

El carácter no concluyente de las reuniones en cuestión suscita diversos interrogantes sobre el futuro de las relaciones entre Obama y el Gobierno israelí de Netanyahu. ¿Qué entraña la nueva postura de Estados Unidos? ¿Apunta en dirección de un enfoque más firme y enérgico con relación a Israel? ¿Ha llegado Obama a la conclusión de que no puede trabajar conjuntamente con la coalición derechista que gobierna en Israel?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Astana, frontera remota

Por Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia, Italia (EL PAÍS, 29/04/10):

En los tiempos que nos toca vivir las amenazas son cambiantes y peor definidas que en el mundo dividido en bloques de la guerra fría. Y éstas se aprovechan de la permeabilidad de las fronteras y de la capacidad de las nuevas tecnologías de la comunicación. Hoy ningún país puede garantizar por sí mismo la protección total de sus ciudadanos y de sus intereses estratégicos.

Razón de más para justificar una Europa unida a la que el Tratado de Lisboa da nuevos instrumentos para desarrollar su política exterior. Pero hemos tardado mucho tiempo en conseguirlo. Y han emergido nuevos actores que hace poco eran desconocidos o inexistentes, cuya influencia geopolítica es mucho más grande de lo que imaginamos.

Además, tenemos sobradas muestras de cómo la inestabilidad de un país causada por el terrorismo o por los conflictos civiles repercute en los vecinos de su región. Sobre todo en zonas en las que las agresiones a la paz se retroalimentan con argumentos religiosos o étnicos.

Por ello, para prevenir las amenazas a la seguridad colectiva, es imprescindible la cooperación entre distintas organizaciones internacionales que cubren áreas geográficas más amplias.

La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) es una de ellas. La integran 56 países, “desde Vancouver a Vladivostok”, y es una de las más importantes organizaciones internacionales regionales, especialmente en lo que respecta a las políticas de mantenimiento de la paz y defensa de las libertades. Tuve oportunidad de conocerla por dentro cuando España ejerció su presidencia en el 2007 y el ministro Moratinos me hizo el honor de nombrarme su enviado especial.

Entonces tuvo lugar el llamado “compromiso de Madrid”, por el cual la presidencia de la OSCE la ostentaría ahora un país como Kazajistán, el primer Estado de Asia Central y la primera república ex soviética en alcanzar este rango dentro de la organización.

La responsabilidad asumida por Kazajistán acredita la necesidad de extender el planteamiento sobre seguridad colectiva más allá de los límites a los que Europa estaba acostumbraba. Ahora hemos de integrar a nuevos actores que se sitúan en lo que cabría llamar “fronteras exteriores”, pero que están en la “primera línea” de la presión del terrorismo. Juegan un papel fundamental para evitar la proliferación de “Estados fallidos” que se conviertan en plataformas del terrorismo internacional o de otras actividades delictivas, como la piratería o el narcotráfico.

Kazajistán, un Estado multicultural y multiétnico, en el que conviven 140 etnias y más de 40 confesiones religiosas, es uno de estos países que asumirán un protagonismo creciente en la estabilización política y en la consolidación de procesos democráticos. La importancia que le da la diplomacia norteamericana lo demuestra y una visita al país lo constata. Y por si fuera poco, sus estepas, que vieron cabalgar a Gengis Khan, esconden enormes reservas de petróleo y gas, que refuerzan su importancia geoestratégica.

Que ese país surgido del desmembramiento del imperio soviético y con poca tradición democrática pretendiera ejercer la presidencia de la OSCE fue en su día motivo de sorpresa y reticencias. La presidencia española actuó entonces con la visión política necesaria para vencer prejuicios dando tiempo al tiempo. Hoy la presidencia kazaja propone celebrar una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OSCE en su capital, Astana, para dar un nuevo impulso a esta Organización e incorporar proyectos concretos a la agenda que quedó incompleta en la cumbre de 1999, celebrada en Estambul. Sería una buena ocasión de transmitir apoyo y confianza a los nuevos actores que se han incorporado a la preocupación común por la seguridad colectiva.

La Europa de Lisboa no puede ignorar las nuevas realidades y su nueva diplomacia debe entender que la fortaleza de organizaciones, como la OSCE, es una condición indispensable para que los esfuerzos multilaterales no se pierdan en el limbo de las buenas palabras.

El mayor error que pueden cometer las democracias occidentales es confiar su seguridad sólo a sus propias capacidades de prevención de los conflictos. Afganistán es un buen ejemplo y en la lejana Asia Central se van a jugar importantes desafíos para nuestra seguridad. La presidencia de Kazajistán de la OSCE muestra que es posible que los europeos cooperemos eficazmente con algunos de esos nuevos actores que han emergido sin que nos diésemos cuenta durante nuestra larga introspección.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Las amistades libias de El Tunecino

Por Fernando Reinares, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos e investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano (EL PAÍS, 29/04/10):

El pasado 24 de marzo, en Trípoli, tuve ocasión de mantener una entrevista privada con Abu Abdullah al Sadeq, el hasta hace muy poco emir o jefe supremo del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), una organización terrorista formada a mediados de la década de los noventa del pasado siglo y después asociada con Al Qaeda. Entre otras cosas -enseguida diré por qué- hablamos sobre Serhane ben Abdelmajid Fakhet, El Tunecino. Es decir, sobre quien fuera cabecilla de la célula operativa que preparó y ejecutó los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y algo más de tres semanas después, concretamente el 3 de abril, llevase a cabo, junto a otros componentes de la misma, un acto de terrorismo suicida en Leganés, episodio del cual se acaban de cumplir seis años.

Anochecía y los responsables de la fundación que preside Saif al Islam Gadafi, segundo de los hijos varones del autócrata mandatario de Libia y más que supuesto aspirante a su futura sucesión, a instancias de la cual llevaba yo varios días en el país -pese a que sus fronteras permanecían infranqueables para ciudadanos europeos con pasaporte de algún Estado integrado en el llamado espacio Schengen-, para tomar parte en un seminario sobre desradicalización de terroristas, se apresuraron a confirmarme que Abu Abdullah al Sadeq esperaba en casa de unos familiares, en una barriada popular de la capital norteafricana. En realidad, Abu Abdullah al Sadeq es el sobrenombre con el que se ha venido conociendo a Abd al Hakim Belhajj en su prolongada condición de máximo dirigente del GICL.

A finales de 2007, una parte de los miembros de este grupo decidieron fusionarse con Al Qaeda. Se trataba sobre todo de militantes que desde hace tiempo se encontraban en las zonas tribales de Pakistán y estrechamente vinculados a dicha estructura terrorista. Pero una sustanciosa parte del resto optó por hacerlo desaparecer en la práctica a lo largo de 2009, después de un complicado proceso de negociación entre sus responsables presos o en el exilio y las autoridades libias que se prolongó durante casi tres años. El propio Abu Abdullah al Sadeq había sido excarcelado por eso mismo el día anterior a nuestro encuentro, junto a otros destacados antiguos integrantes del directorio del GICL entre los cuales estaba también el segundo en la jerarquía del mismo, Khalid al Sharif y su principal ideólogo, Sami al Saadi.

Con Abu Abdullah al Sadeq cabía hablar de su trayectoria en el GICL o la decisión de abandonar la yihad terrorista contra el régimen libio tras involucrarse, al igual que decenas de los correligionarios que estuvieron a sus órdenes, en un denominado programa de diálogo y reconciliación puesto en marcha a inicios de 2007 por las autoridades de Trípoli. Pero había un asunto que adquiría especial interés desde una perspectiva española y reverberaba en mi cabeza mientras era conducido a la entrevista, en compañía de Rohan Gunaratna, director del Centro de Investigación sobre Violencia Política y Terrorismo de Singapur. Y es que, como recoge el sumario incoado en la Audiencia Nacional por los atentados del 11-M, existían indicios de un vínculo entre Abu Abdullah al Sadeq y Serhane ben Abdelmajid Fakhet.

Cuando, ya en casa de sus hermanos, surgió la ocasión de inquirir al que fuera emir del GICL sobre ese vínculo, su primera reacción, a través del intérprete que traducía del árabe al inglés y viceversa, fue negar que conociese a El Tunecino. Pero, al insistir en ello -había motivos para hacerlo-, Abu Abdullah al Sadeq, a buen seguro que consciente ya de los términos específicos de mi pregunta, admitió que sí, que conocía a Sernane ben Abdelmajid Fakhet. Entonces añadió, esta vez directamente en inglés, idioma que no le es del todo extraño: “No era miembro de nuestro grupo”. Al pedirle que me dijese de qué lo conocía, admitió, ahora a través del intérprete, que con El Tunecino tenía “relaciones sociales”. Lástima que Abu Abdullah al Sadeq no quisiese continuar la conversación y se excusara.

Desde luego, preguntar a Abu Abdullah al Sadeq por su relación con Serhane ben Abdelmajid Fakhet no era inocente. Existe un informe policial, elaborado con contribuciones de distintos servicios de seguridad extranjeros, incluido en la documentación judicial del 11-M, en el que se sustancia información referida a comunicaciones mantenidas a través de teléfonos móviles, unas semanas antes de aquella infame fecha, entre El Tunecino y el entonces emir del GICL. Éste se hallaba en aquellos momentos en el Este de Asia, donde sería detenido y finalmente entregado a las autoridades libias. El hecho de que haya reconocido su relación con el que fue cabecilla de la célula que perpetró los atentados de Madrid concede valor añadido a ese dato, pero es además significativo por otras razones.

Por una parte, confirma aún más -si cabe- que los terroristas del 11-M, lejos de constituir una célula independiente, tenían importantes e incluso decisivas conexiones internacionales. La propia sentencia por los atentados de Madrid puso claramente de manifiesto que dichas conexiones existían respecto al Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM). Más recientemente he podido revelar los vínculos entre destacados miembros de la red terrorista del 11-M, incluido el propio Serhane ben Abdelmajid Fakhet, y el mando de operaciones externas de Al Qaeda en Pakistán, a través de Amer el Azizi (véase EL PAÍS, 17 de diciembre de 2009 y 11 de marzo de 2010). Ahora, es el propio líder del Grupo Islámico Combatiente Libio quien confirma sus relaciones con El Tunecino.

Por otra parte, esta misma confirmación invita a revisar las relaciones del GICL, o de algunos de sus más relevantes integrantes, con la red terrorista del 11-M. El propio Amer el Azizi permaneció durante la primera mitad de 2001 en el campo de entrenamiento Mártir Aby Yayhya, que el GICL tenía unos 20 kilómetros al norte de Kabul, en Afganistán, lo que consolidó sus ligámenes con dicha organización y con el GICM. En segundo lugar, fue un prominente miembro de aquella, Malek el Andalusi, quien ordenó a Mustafa Maymouni establecer una célula terrorista en Madrid en 2002, después de que delegados del GICL, del GICM y de su entidad análoga tunecina acordaran en Estambul, en febrero de ese año, llevar a cabo actos de yihad en países de los que procedieran o donde residieran sus miembros.

Por si fuese poco, el propio Mustafa Maymouni casó a dos de sus hermanas, respectivamente, con Serhane ben Abdelmajid Fakhet, el cabecilla de la célula operativa de los atentados de Madrid, y con Ziyad al Hashim, también conocido como Imad al Libi, un destacado miembro del GICL. Más todavía: en Trípoli pude asimismo confirmar, durante una conversación mantenida en la tarde del 23 de marzo con Noman Benotman, antiguo mando operativo de dicho grupo, que El Tunecino, minutos antes de suicidarse en Leganés, contactó por teléfono con otro destacado miembro de la misma organización que se encontraba en Londres. Algo suficientemente importante tenía que transmitir Serhane ben Abdelmajid Fakhet a este último, quien posteriormente dijo a mi interlocutor que habían hablado de “negocios”.

En suma, la interacción entre notorios miembros del Grupo Islámico Combatiente Libio y al menos dos de los individuos que desempeñaron papeles fundamentales en la red terrorista que perpetró los atentados del 11-M es manifiesta desde el origen de esta última en la segunda mitad de 2002 hasta su desaparición efectiva con el episodio suicida que siete de sus miembros llevaron a cabo en abril de 2004, hace seis años. Esta conexión se añade a las del Grupo Islámico Combatiente Marroquí y el mando de operaciones externas de Al Qaeda. Pese a todo, aún hay quienes continúan hablando de los atentados de Madrid como si hubieran sido cosa de una célula local independiente o carente de nexo alguno con la urdimbre internacional del terrorismo yihadista. No será porque falte evidencia de lo contrario.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

A favor de la alumna

Por Rosa Pereda, escritora y periodista (EL PAÍS, 28/04/10):

Nunca nuestra cultura prohibió a las mujeres llevar la cabeza cubierta. El protocolo nos permite cubrirnos incluso en la mesa, cosa que a los varones no -bajo techo, ellos no-, y deja el control de esas cuestiones en manos de la moda.

Que las mujeres muestren el cabello fuera de casa es una marca de la modernidad. Es más, de la estricta modernidad occidental y laica. Sólo a partir del Concilio Vaticano II pueden las católicas entrar sin velo en las iglesias. Y llevar tapado el pelo sigue siendo norma en muchos ámbitos occidentales: en los quirófanos, en las cocinas, en muchas fábricas y laboratorios, en muchas órdenes religiosas.

La prohibición del velo en algunos centros de enseñanza no se puede enmascarar en cuestiones protocolarias, porque, respecto a las mujeres, no existen límites: es la prohibición de un rasgo identitario. Y es la introducción en el debate público de un tema que roza los derechos constitucionales de algunas ciudadanas españolas: el de no ser discriminadas por razones de religión.

Tampoco es cierto que cada centro escolar pueda hacer de su capa un sayo. Hay límites bastante precisos. Por ejemplo, no se pueden aplicar castigos físicos, y habría muchos que bien quisieran. No: los derechos humanos, que son individuales y universales, están absolutamente por encima de la voluntad normativa de los padres, enseñantes y propietarios de los centros.

Si son de titularidad pública, no deberíamos ni discutirlo. No se debería haber planteado. Porque abre un debate oportunista y lo hace vulnerando lo importante: el derecho de las chicas musulmanas y observantes a la educación pública. El mismo derecho que se vulneraría si se impidiera a las monjitas tocadas, asistir, como asisten, a la Universidad.

Es un tema de identidades y de pertenencias religiosas, que es absolutamente legítimo -igual de legítimo que el de no adscribirse a ninguna- y que las instancias públicas, aconfesionales y laicas, tienen que proteger y garantizar.

Los ciudadanos tenemos libertad para pertenecer y practicar la religión que nos parezca oportuna, o para no practicar ninguna. Y no tenemos por qué ocultarlo. Como decía hace pocos días Amelia Valcárcel en estas mismas páginas, la religión es privada, pero no clandestina. Los alumnos pueden llevar cruces o solideos o velos, claro que sí. Y el espacio público les respeta a todos, y les enseña, es su primera y principal enseñanza, a respetarse entre ellos. Sabiendo quiénes son.

Por eso el tema del velo no puede relacionarse con el de las señales religiosas en las instituciones públicas: los crucifijos en las aulas, los hospitales o los juzgados, por ejemplo. El Estado -y los centros educativos públicos son Estado- es aconfesional. Así que no a los crucifijos, medias lunas o estrellas de David en el aula pública. Sólo los símbolos civiles, que son símbolos comunes.

A mí, que soy agnóstica de educación católica, el velo no me gusta. Las mujeres progresistas de mi generación en el mundo musulmán, como querían cambiar sus sociedades y luchaban por ello, se lo quitaron. Porque luchar por la naturalidad del cuerpo formaba parte de la lucha de las mujeres por su igualdad. Como mi generación occidental se quitó el sostén, se puso los pantalones, los panties y la minifalda.

Con ello trataban de superar una situación de desigualdad de género, y de diferencia con sus congéneres occidentales; pero también expresaban la esperanza en la normalización democrática y en la salida de la pobreza de sus sociedades. Se quitaron el pañuelo igual que se lo quitaron, año arriba, año abajo, muchas campesinas cristianas de toda Europa. Pensemos en Castilla. Pensemos en Sicilia. Ellas habían elegido la modernidad.

La generación musulmana de nuestras hijas ha recuperado el pañuelo. No es un tema baladí, le han cambiado el significado: ahora tiene un valor reivindicativo e identitario, cuando antes se sentía como un símbolo de sumisión. Pero se da el caso de que ese valor nuevo coincide en el tiempo con el crecimiento y el empoderamiento político de las corrientes religiosas más retrógradas del islam. Y no sólo del islam, de todas las llamadas religiones del Libro. E incluyo a la Iglesia Católica.

En el pulso actual en la Comunidad de Madrid, el debate se ha abierto por donde no se debía, llevándose por delante, primero, la normalidad cotidiana: no es cierto que el pañuelo sea lo que discrimina, lo ha probado la solidaridad con la alumna del instituto Cela; segundo, llevándose también por delante el derecho de unas adolescentes a mostrarse como creen que son, y en la educación pública, como lo que son: ciudadanas de este país.

No creo que se pueda someter a ley general el tema del velo: hace siglos que no hay leyes suntuarias y que no se regla el tema de la ropa: sólo hay esa cosa amplia y cambiante del decoro y la etiqueta, y no creo que nadie se atreva a decir que el pañuelo es indecoroso. El que no se regule es, exactamente, la modernidad.

Y tampoco creo que se pueda dejar en manos de los consejos escolares la posibilidad de prohibirlo: está muy por encima de sus atribuciones. En todo caso, les tocaría investigar, a favor de la alumna, si se la violenta u obliga a llevarlo. Y en ese caso, como en todos los casos de violencia y abusos contra los niños, y con la debida prudencia, actuar en consecuencia: acudir a instancias superiores. A favor de la alumna. El resto es pura provocación.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La lucha por el cerebro de Cameron

Por Mark Leonard y Daniel Korski. Son, respectivamente, director e investigador senior del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 28/04/10):

Se está gestando una crisis internacional. Podría tratarse de la decisión norteamericana de bombardear Irán. Los teléfonos de los líderes del mundo comienzan a sonar, incluido el del primer ministro en el nº 10 de Downing Street. A medida que se acercan las elecciones británicas, los diplomáticos de todo el mundo empiezan a preguntarse qué puede esperarse de David Cameron como primer ministro del Reino Unido.

El “gobierno en la sombra” conservador se ha mostrado hiperactivo tratando de asegurar al resto del mundo que serán unos socios responsables, que un nuevo gobierno no se encaminará hacia una “euro-ruptura masiva”. Pero el propio líder tory es una persona de la que nadie sabe mucho. Su misión primordial ha sido la de ser elegido y su experiencia en política exterior es inexistente. Un rastreo por sus ideas acerca de una política exterior “liberal-conservadora” ofrece pocas pistas sobre sus planes futuros.

¿Quién hubiera pensado que Tony Blair -quien antes de ser elegido pronunció un discurso prediciendo que podría ser el primer jefe de Gobierno que no se viera nunca envuelto en acciones militares- llevaría a su país a la guerra en cinco ocasiones? En semejantes experiencias formativas los líderes apelan a sus instintos y al consejo de quienes les rodean. Así que ¿qué sabemos de la gente que, una vez instalado un gobierno tory, puede recibir una llamada en caso de que estalle una crisis?

El Partido Conservador tiene diferentes escuelas de pensamiento diplomático, que podrían enumerarse así: euroescépticos comunes, euro-obsesivos, “realistas modernizados”, neoconservadores, “capitanes de Cameron” y Little Englanders. Todos y cada uno de esos cenáculos pugnan por atraer la atención del líder conservador.

Los euro-obsesivos no son lo mismo que los euroescépticos. Todo el que cuenta algo en el actual partido tory es euroescéptico en algún grado. El cambio generacional a partir de 1997 -cuando la representación parlamentaria de los conservadores fue de sólo 165, la más baja desde 1906- ha sido total y las encuestas demuestran que la nueva hornada puede ser incluso más euroescéptica. Pero hay divisiones sobre cuál es la importancia real de la cuestión europea. Los euroescépticos comunes se contentan con la reciente aceptación por parte de Cameron del Tratado de Lisboa, su promesa de hacer un referéndum sobre cualquier futuro tratado y su petición de una limitada repatriación de poder desde Bruselas. Saben que tienen que trabajar con sus homólogos europeos sobre asuntos como el cambio climático, la presión a favor del libre comercio mundial, la seguridad energética, Rusia e Irán.

Pero los euro-obsesivos piensan de manera diferente. Para ellos, la UE no es una cuestión de compromiso y las razones para cooperar con Francia no son más poderosas que las de mantener vínculos con Rusia. Convencidos de que el Reino Unido tiene un espacio de maniobra independiente en el escenario mundial, operan sobre un espectro que va desde el abandono de la UE hasta el inicio de una nueva negociación entre ambas partes. Tienen un amplio apoyo entre los miembros del partido tory, el 63% de los cuales simpatiza, cuando menos, con la idea de dejar la UE.

La tercera camarilla con relación a la política exterior podría llamarse la de los “realistas modernizados”. En los años sesenta del siglo pasado esta escuela estaba a favor de la unilateralidad y se oponía a la aceptación por parte de MacMillan de los misiles Polaris norteamericanos, porque establecían una dependencia británica de Estados Unidos. Con el tiempo han pasado a ser destacados defensores de la OTAN. Actualmente su miembro más importante es William Hague, el probable futuro ministro de Exteriores conservador. Esto reconcilia el tradicional énfasis conservador sobre la soberanía británica y la aversión a los grandiosos diseños globales con una promoción de los valores británicos. Esperan restaurar las relaciones que se han ido oxidando en los últimos años, ya sea con Rusia o con los recalcitrantes Estados de Oriente Próximo, donde el Reino Unido solía gozar de influencia.

Mientras las otras escuelas políticas tienen sus raíces en la historia diplomática del Partido Conservador, los neoconservadores tienen su inspiración al otro lado del Atlántico. Los neocons británicos apoyan el uso de la fuerza para deponer a los dictadores y aborrecen la inacción del Gobierno de Major ante el genocidio de Bosnia a comienzos de los 90. Son también ardientes atlantistas, firmes partidarios de Israel y sumamente recelosos de las instituciones multilaterales como la ONU y la UE.

La quinta escuela podría llamarse “los capitanes de Cameron”. Un número considerable de actuales y futuros parlamentarios tories ha servido en las fuerzas armadas o procede de familias de militares. Si a veces los neocons contemplan el mundo en términos estratégicos, como generales de salón, los “capitanes” tienden a utilizar una perspectiva de la política exterior más a ras de suelo. Su mayor preocupación es el bienestar militar y cuando consideran la situación en Afganistán centran su atención en la protección y equipamiento más que en la estrategia general.

El último de estos grupos lo forman aquellos a los que tradicionalmente se les ha llamado Little Englanders (denominación que podría traducirse como “ingleses de campanario” o “de vía estrecha”, o quizá como “inglesistas”, nacionalistas antieuropeos que incluso se refieren al Reino Unido como Inglaterra). La pertenencia a este grupo se produce menos en función de una opinión que en la experiencia, o en la falta de la misma. El partido tory tiene hoy una orientación más localista, y la tendrá aún mayor después de las elecciones. Eso sucederá como consecuencia de haber estado fuera del poder durante 13 años, de haber abandonado el Partido Popular Europeo, y de un proceso de selección de candidatos al estilo norteamericano, lo que favorece a los aspirantes locales.

Hasta ahora, David Cameron ha exhibido rasgos atribuibles a todos esos grupos. Rindió tributo a los euro-obsesivos al salir del Grupo del Partido Popular Europeo. Hizo alarde de su “realismo” con su promesa de no ser “servil” con EE UU. Sacó brillo a sus credenciales neocon mediante su demostración de solidaridad con Georgia durante la guerra de ésta contra Rusia. Se ha alineado con su equipo de “capitanes” al formular al primer ministro preguntas relativas a la seguridad militar en Afganistán. Y ha hecho todo esto al tiempo que rehusaba empantanarse demasiado en aventuras exteriores.

Pero será imposible tener contento a todo el mundo todo el tiempo. ¿Qué pasaría si Obama perdiera la paciencia con el programa nuclear de Teherán y solicitara ayuda para un bombardeo? ¿Atendería Cameron el consejo de los neocons de bombardear, respaldaría las preocupaciones de los “realistas” sobre la estabilidad de la región, o las de los “capitanes” sobre los efectos no deseados sobre el terreno?

¿Hasta dónde llegará para proteger la integridad territorial de Ucrania ante una provocación rusa? ¿Y qué decir acerca de la UE? Cameron se ha comprometido a obtener el derecho de exclusión del Capítulo Social de la UE y de su correspondiente Carta de Derechos cuando Croacia firme el tratado de incorporación a la Unión. Pero ¿cómo reaccionará si otros líderes le dan largas al asunto? Los euro-obsesivos le instarán a bloquear la incorporación de Croacia a la Unión. Los realistas modernizados querrán luchar por conservar su capital político para otras luchas relativas a intereses británicos. Los neocons, que creen en la extensión de la comunidad euro-atlántica, pueden no querer poner en riesgo la pertenencia de Croacia a la UE.

La actitud de Cameron en política exterior vendrá definida por los acontecimientos que le afecten en el cargo más que por el tiempo que haya podido dedicar a pensar en la política exterior antes de acceder al poder. Pero a diferencia de Blair, que disfrutó de una generosa mayoría parlamentaria, la libertad de acción de Cameron podría quedar reducida si obtiene una estrecha mayoría. Si se ve forzado, como John Major, a forjar una nueva mayoría sobre cada asunto de su agenda parlamentaria, podría llegar a encontrarse guiado por las obsesiones de los diferentes bandos que luchan por controlar su cerebro.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Ganarse el corazón afgano (y 3)

Por William R. Polk, miembro del consejo de planificación del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 27/04/10):

Casi sin excepción, los principales responsables de las fuerzas armadas y servicios de inteligencia de la OTAN han llegado a la conclusión de que la guerra de Afganistán no se puede ganar por medios militares. La mayoría de ellos coinciden – sobre todo en privado-con el criterio del embajador y ex general estadounidense Kart Eikenberry, en el sentido de que el régimen de Kabul no constituye un socio eficaz desde el punto de vista estratégico. El país se halla plagado de corrupción, narcotráfico, actos de extorsión e incluso casos de violación.

La gente aborrece cordialmente a los agentes de las fuerzas de seguridad. Como el anciano de una aldea señaló recientemente a un corresponsal occidental, “si volvéis a traer a la policía al pueblo, os combatiremos a muerte”. Y otro añadió: “van sin uniforme [ para no ser identificados], toman drogas y roban a la gente”. Por añadidura, las fuerzas armadas afganas constituyen un fiasco. Resulta ya un tópico que el soldado medio, por estar malnutrido, no puede cargar con el equipo habitual. La mayoría son analfabetos y, muchos, toxicómanos. Durante la reciente campaña de Marja, en la provincia de Helmand, las fuerzas estadounidenses informaron de que las fuerzas autóctonas cuidadosamente seleccionadas y entrenadas se dedicaban a saquear los comercios en lugar de combatir. Dadas las circunstancias poco propicias al logro de una victoria en esta guerra (victoria notablemente improbable), los responsables de la OTAN y países occidentales han intentado dar con una alternativa para vencer a los talibanes. Consiste en mejorar el nivel de vida de la población afgana. Para valerse de la famosa frase de los días de la guerra de Vietnam, se trata de “ganarse los corazones y las mentes del pueblo”.

Como en Vietnam, los responsables políticos estadounidenses han descubierto que cuando dan dinero o bienes diversos a los jefes afganos sufren el flagelo del robo al pasar por las manos (y los bolsillos) de los funcionarios de modo que acaso tan sólo un dólar de cada diez llegará a manos de los previstos destinatarios.

En esta guerra, el dinero posee la consideración y el valor de un arma. Al término de la campaña de Marja en marzo, las fuerzas armadas estadounidenses distribuyeron al menos un millón de dólares entre los jefes de tribus pastunes, entre otras la de los Shinwari, en la esperanza de que dejaran de apoyar a los talibanes. En el caso de Iraq se hizo un intento similar que, al principio, pareció funcionar: si bien ciertos líderes tribales fueron contratados, por así decir, de modo temporal, desde luego no resultaron comprados. Al cerrar el grifo del dinero, volvieron sin vacilar a rendir pleitesía a los destinatarios de sus lealtades fundamentales.

El programa de ayuda de la OTAN a la población rural afgana presenta un segundo defecto, todavía más grave: la opción de sortear al Gobierno afgano para tratar directamente con las aldeas o tribus debilita la cohesión del Estado, cuya solidez y fortaleza constituye el objetivo primordial de la política de la OTAN.

Los responsables de la OTAN presupusieron que los afganos recibirían esta ayuda con los brazos abiertos – y así fue, de hecho, en algunos casos-,pero buena parte de la población no ha mostrado tal actitud. Un equipo de investigadores de la universidad estadounidense de Tufts, Massachusetts, concluyó en un estudio tras más de 400 entrevistas que “la percepción de la población afgana acerca de la ayuda exterior es abrumadoramente negativa”. Los talibanes y sus seguidores han aprendido de sus relaciones con los rusos y de las declaraciones de los estadounidenses que lo que consideramos como ayuda consiste, en realidad, en otra forma de guerra. El general David Petraeus lo ha expresado con claridad: “El dinero es mi munición más importante…”.

Por tanto, los talibanes consideran incluso que los proyectos de ayuda en cuestión en el plano civil, como la construcción de centros escolares, se refieren en realidad a instalaciones de carácter militar destinadas a derrotarles en el curso del conflicto, y los miembros de organizaciones humanitarias son soldados cuyo objetivo es expulsarlos del país o matarlos. Naturalmente, el asunto incomoda e irrita a una parte de la población afgana, deseosa de palpar por fin dinero contante y sonante, además de las correspondientes escuelas, centros sanitarios, puentes y carreteras. Quienes trabajan al servicio de proyectos extranjeros o se benefician de la ayuda económica en alguna medida suelen ser precisamente objetivo de los talibanes, que los consideran traidores.

¿Qué debería hacerse para que la política estadounidense al respecto adopte un cariz positivo? La breve respuesta a la cuestión consiste en dejar claro que la ayuda humanitaria debe distinguirse de la contrainsurgencia. Y para ello es menester establecer una fecha en firme y razonablemente próxima de la retirada de las fuerzas extranjeras. La fijación de este calendario habrá de dar paso a una transformación fundamental de la propia vertiente psicológica de la política estadounidense en relación con Afganistán y con su pueblo. Los afganos empezarán, entonces, a comprender que la ayuda en cuestión no es una forma de proseguir la ocupación de su país. Cuando la retirada empiece aser una realidad, los consejos locales intentarán afanosamente salvaguardar todo aquello que actualmente permiten que destruyan los talibanes. Porque, sin respaldo popular y como Mao nos dijo hace mucho tiempo, los talibanes serán como peces sin agua en que nadar.

Durante el periodo que medie entre el anuncio de una fecha en firme de retirada de las tropas y su retirada efectiva del país deberán entablarse negociaciones bajo la guía y patrocinio de la asamblea nacional o Loya Jirga. Tales negociaciones habrán de conducir a un compromiso de gobierno. Tal es el mejor resultado de la guerra y de la ocupación de Afganistán que, con sentido realista, podemos confiar en alcanzar. Así, si somos lo suficientemente inteligentes y sagaces para permitir que los afganos solucionen sus problemas a su manera y según su criterio en lugar de obligarles a adoptar nuestros métodos, podremos empezar a impulsar iniciativas sólidas y permanentes en dirección de la paz y de la seguridad.

El compromiso de retirada del país de forma ordenada y según un calendario razonable constituye el primer paso fundamental para afrontar el envite, mientras que la continuación de nuestras políticas actuales no hará sino multiplicar los costes del problema y conducir al fracaso.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

The World Cup is Africa’s chance to show how it has changed

By Kofi Annan, president of the Kofi Annan Foundation and chair of the Africa Progress Panel (THE GUARDIAN, 26/04/10):

Sport is far more than just a game. One only has to savour the global excitement in the runup to this year’s football World Cup to get a feel for its power and transformative potential. With less than 50 days to go before the first match kicks off, billions of football fans are looking forward immensely to the tournament. So am I – and not just because Ghana, my own country, has such a strong side.

I am also looking forward to it, because this competition may do more to bring our planet together than any treaty or convention could ever hope for. At a time when war, violence and ethnic and religious tensions continue to obscure our common humanity, the World Cup has the real potential to break down barriers and challenge stereotypes.

We have seen time and again how sport helps overcome the most deep-rooted conflicts and tensions. Just think of how the success of the Iraqi national football side in winning the Asia Cup in 2007 sparked scenes of jubilation in every community of that otherwise torn country. The team, which included Sunnis, Shias and Kurds, showed their fellow citizens – and the world as a whole – what could be achieved by working with each other. Or take the 400m gold medal won by aboriginal athlete Cathy Freeman at the Sydney Olympics in 2000. It did more to bring Australia together and enable it to face the past than any number of government task forces or reports. And, of course, the far-reaching impact of South Africa’s triumph in the 1995 Rugby Union World Cup was recently portrayed in the film Invictus. President Mandela understood that, just as the sports boycott had helped undermine apartheid, sport could also help heal its deep scars.

I am convinced that this World Cup has similar potential to rebuild fractured relationships, both within and outside Africa. I am equally convinced that it will do much to puncture the prejudices that, for many, unfortunately continue to define the image of the continent. The cup is a tremendous opportunity for Africa to show how, out of the headlines, it has changed for the better. There are, of course, countries where problems, conflicts and abuses have worsened. But these are the minority. There are many more where democracy and human rights have taken root, governance has improved, civil society has blossomed and opportunities are being extended to ever larger segments of the population. Four years ago, the World Cup altered many people’s perception of Germany. This time, people will be surprised by Africa’s remarkable progress and good spirits – and hopefully, its football teams.

These are only two of the many positive effects the World Cup will have, but they help to highlight the point that the benefits of sport go far beyond its physical and mental impact for the individual; that it is vital, too, for the health and strength of our societies and global community; that it is not a by-product of development, but one of its engines and an important agent of social change. We must use it more widely and effectively. This is the message I will deliver at today’s meeting of sport officials and athletes in Dubai.

But sport’s unquestionably transformative power also begs a deeper question. If an event like the World Cup can bring so many of us together, why do we drift apart as soon as it is over? Why do we all speak the same language while our teams are playing – whether we live in Manila, Manchester or Montevideo – but cannot understand each other once the game is over? Why do the principles of humanity so beautifully enshrined in the Olympic Charter merely seem to apply to the way we play, run and swim against each other, and not the way we do business or politics?

Sport’s potential to bring us together is unmatched, but in the end, it is up to us to stay together. I sincerely hope that all of us will carry the spirit of the World Cup, that being part of a family of nations and peoples celebrating a common humanity, into our daily lives and works.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

No Secrets in the Sky

By Peter Bergen, a senior fellow and Katherine Tiedemann, a policy analyst at the New America Foundation (THE NEW YORK TIMES, 26/04/10):

The highly classified C.I.A. program to kill militants in the tribal regions of Pakistan with missiles fired from drones is the world’s worst-kept secret.

The United States has long tried to maintain plausible deniability that it is behind drone warfare in Pakistan, a country that pollsters consistently find is one of the most anti-American in the world. For reasons of its own, the Pakistani government has also sought to hide the fact that it secretly agreed to allow the United States to fly some drones out of a base in Pakistan and attack militants on its territory.

But there are good reasons for the United States, which conducted 53 such strikes in 2009 alone, and Pakistan to finally acknowledge the existence of the drone program.

First, there is the matter of Pakistani civilian casualties caused by the drones. In a poll last summer, only 9 percent of Pakistanis approved of the drone strikes. A key reason for this unpopularity is the widespread perception that the strikes overwhelmingly kill civilians.

A survey we have made of reliable press accounts indicates that since January 2009, the reported strikes have killed at least 520 people, of whom around 410 were described as militants, suggesting that the civilian death rate is about 20 percent.

It’s possible, however, that the number is even lower. An American counterterrorism official told The Times in December that the civilian fatality rate is only 5 percent, saying that “just over 20” civilians and more than 400 militants were killed in 2009. Should the American government’s claims about the small number of civilian deaths be verified, some of the Pakistani hostility toward the United States might dissipate. This would be much easier if the now-classified videotapes of drone strikes were made available to independent researchers.

Acknowledging the drone program would also help advance our efforts — and improve our profile — in the region by providing an excellent example of the deepening United States-Pakistan strategic partnership. Since January 2009, up to 85 reported drone strikes have killed militants who are responsible for the deaths of thousands of Pakistanis. A good deal of the intelligence that enables these strikes comes from the Pakistanis themselves.

Last, Pakistanis once considered any military offensive against the Taliban as fighting America’s war. But because of the cumulative weight of the Taliban’s atrocities against politicians, soldiers, police and civilians, Pakistanis now believe that battling the militants is in the country’s own interest. As a result, over the past year, the public’s support for the Pakistani Army’s efforts in the Swat Valley and South Waziristan has surged. If Pakistan came clean about its involvement with the drones, public backing for the program might similarly increase.

Of course, by acknowledging the drone strikes, the Obama administration would also have to admit that civilians are sometimes killed in these attacks. When Afghan civilians are killed by American forces, their families are often compensated by the United States. Surely, the families of Pakistani civilians killed in American drone strikes deserve the same.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

¿Desarrollo sin democracia?

Por César Arjona, profesor de Derecho de Esade (EL PERIÓDICO, 26/04/10):

Parece que el desarrollo económico se puede lograr sin justicia. Al menos, sin justicia democrática, tal como la entendemos en Occidente. Y, en un mundo que está dominado por la economía, eso asusta.

En una reciente conferencia organizada por la cátedra de liderazgos de Esade, Javier Solana expresaba con autoridad un hecho contemporáneo que está ya asumido: el desplazamiento de poder económico desde lo que llamamos Occidente a lo que llamamos Oriente. Lo denominaba desoccidentalización. Durante esa misma conferencia, el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol expresó su preocupación profunda por ello. Una preocupación que no tenía que ver tanto con la pérdida de peso económico de Europa, como con ciertos valores y concepciones de la justicia, que pueden expresarse grosso modo mediante las ideas de Estado de derecho, democracia y derechos humanos.

LA RELACIÓN entre desarrollo económico y democracia –entendida en ese sentido amplio– es un tema clásico en el pensamiento social. Por un lado, es un hecho irrebatible que las zonas del mundo que en la historia reciente han disfrutado de un mayor desarrollo económico, es decir Europa y EEUU, son precisamente aquellas cuyos estados poseen democracias más sólidas. Aunque se trate de una generalización, a grandes rasgos, la coincidencia es obvia.

Sin embargo, establecer relaciones de causa-efecto resulta ya más complicado. Un argumento recurrente sostiene que los países subdesarrollados no necesitan democracia. Según este argumento, un régimen autoritario favorecería la economía de un país pobre, ya que impone una disciplina y un camino común no estorbado por las sutilezas jurídicas de los estados democrácticos y respetuosos con los derechos y las libertades.

En un libro muy reciente, y que preveo de gran influencia, titulado La idea de la justicia, el premio Nobel de Economía Amartya Sen trata, entre otros muchos, sobre este tema. En respuesta al anterior argumento, Sen afirma que democracia y desarrollo van necesariamente de la mano. Es decir: un régimen democrático y de derechos propicia y favorece el desarrollo económico, hasta el punto de que parece difícil concebir este sin aquel.

Para persuadirnos de que esto es algo más que un desiderátum, Amartya Sen recurre a ejemplos muy relevantes, como la colosal hambruna que sufrió China entre 1958 y 1961, la cual provocó la muerte de decenas de millones de personas. La falta de transparencia propia de un Estado dictatorial contribuyó decisivamente a esa continuada tragedia, hasta el punto de que el propio líder Mao Zedong destacó una virtud esencial de la democracia: la fluidez de la información. «Sin democracia», llegó a decir Mao a los cuadros del Partido Comunista, «no se puede comprender lo que está sucediendo allá abajo». Parece claro que ese reconocimiento era puramente instrumental, pero eso precisamente refuerza el argumento en favor de la democracia. La idea de que el desarrollo económico exige democracia reduce a demagógica la posición que defiende la necesidad del autoritarismo en los países pobres. No necesitamos libertades, sino pan. Y el resultado suele ser que no tienen ni libertades ni pan.

Sin embargo, lo que pasa hoy en China lo elude Sen convenientemente. Y es que, según dicen los que entienden y conocen la situación, el inmenso desarrollo macroeconómico chino viene acompañado de la mayor eclosión de clases medias sucedida en la historia: cientos de millones de personas a las que el Estado ha sacado de la pobreza y lanzado al ámbito del consumo global. Más allá de las consecuencias económicas de esto, nótese que todo ello se está logrando sin democracia y sin libertades, al menos tal como se entienden tradicionalmente en Occidente. Es más, desde una tradición política y jurídica notablemente distinta a la occidental.

Digo que Sen lo elude convenientemente, porque este hecho deja en mal lugar al principio que vincula el desarrollo económico con la democracia. Ese principio que es tan reconfortante y en el que nos gustaría tanto creer. Por eso, Pujol está preocupado por los valores occidentales. Y a mí me parece que tiene motivos.

La obra y la vida del propio Amartya Sen, que es precisamente experto en Economía del Desarrollo, nos ofrece una respuesta consoladora. Dentro de sus logros, está el haber inspirado mediante sus ideas el diseño del llamado índice de desarrollo humano, ahora utilizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, y que pretende determinar el grado de desarrollo de un país combinando los índices económicos con otros de carácter social y cultural. Sen nos diría que nos estamos equivocando si creemos en un desarrollo sin derechos y libertades, porque los derechos y las libertades forman parte del desarrollo, el cual no debe medirse solo en términos de PIB y de rentas per cápita. Conceptualmente impecable. Pero la cuestión es: ¿va a ir por ahí el mundo? La duda agobia.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Cuando el volcán ruge demasiado a menudo

Por Alejandro Lago, profesor del IESE-Universidad de Navarra (EL MUNDO, 26/04/10):

Tras el cierre de los aeropuertos europeos por la erupción del volcán islandés y la nube de cenizas que inundó los cielos, las aerolíneas criticaron la gestión y las decisiones tomadas por Eurocontrol. En parte suena a queja premeditada para justificar su petición de ayudas públicas, pero también pone de manifiesto que las aerolíneas quizá no hubiesen tomado la misma decisión. Es decir, querían haber volado antes. Nos preguntamos, ¿quién tenía razón? Es más, ya que este tipo de situaciones se están repitiendo con cierta frecuencia -desde el 2001 hemos tenido el 11-S, SARs, la gripe aviar y ahora el volcán-, cabe preguntarse qué debemos hacer para tomar las decisiones adecuadas en el futuro.

Nos encontramos ante un problema clásico: ante la incertidumbre por falta de datos o conocimiento, la decisión (volar o no) depende del riesgo que se esté dispuesto a asumir. Y éste depende del coste percibido sobre cada uno de los posibles desenlaces (en este caso, que haya un accidente si se vuela, o sufrir pérdidas por dejar de volar). Hablo de costes percibidos porque en una de las dimensiones no son objetivamente cuantificables (¿cuánto vale la vida de una persona?) y en la otra, porque afectan de manera diferentes a las partes involucradas. En este caso, como nadie sabe bien el efecto de las cenizas y como había vidas en juego, lo deseable desde el punto de vista social era asumir el menor riesgo posible por poca incertidumbre que existiera. Una decisión loable que como pasajeros aceptamos pero cuyo coste real lo asumen a corto plazo las aerolíneas. Una semana sin ingresos equivale fácilmente al escaso margen de beneficio que estas compañías tienen durante un año. Es fácil pues que éstas se rebelen y que estén dispuestas a asumir implícitamente un riesgo mayor.

Desde un punto de vista racional, parece que el problema podría eliminarse si fuéramos capaces de conseguir mejores modelos para poder predecir cuál es el riesgo real. Desgraciadamente, no es tan fácil. Más datos podrían reducir el nivel de incertidumbre, pero la decisión sobre si abrir el espacio aéreo sólo cambiaría si los datos fueran tan concluyentes como para reducir la probabilidad de un accidente a algo parecido a cero.

Obviamente, debemos esforzarnos en mejorar los modelos de predicción. Pero no creo que nunca podamos estar seguros al 100%. Es más, aunque consigamos un modelo fiable para el efecto de las cenizas, aparecerá otra eventualidad sobre la que no tendremos certezas. Entonces, habremos de asumir que el problema de incertidumbre es recurrente y que como sociedad preferiremos siempre no asumir riesgos y aceptar el alto coste económico de la decisión más conservadora posible. Las preguntas pues deberían ser otras. Primero, ¿qué mecanismos existen para que las aerolíneas absorban ese alto coste de una manera no disruptiva? Segundo, ¿es justo que ese alto coste debido a eventos de la naturaleza no controlables y a nuestro incuestionable respeto por la vida lo absorban sólo las compañías aéreas?

No hay soluciones claras. Podríamos pensar en un seguro, pero, desgraciadamente, ante eventos tan inciertos, ninguna aseguradora privada está dispuesta a asegurar las pérdidas. Otra alternativa es que las mismas aerolíneas se pongan de acuerdo para instaurar algún mecanismo conjunto de cobertura a largo plazo; quizá, ¿un FROB internacional al estilo bancario? Las autoridades podrían obligarlas, ya que en el entorno competitivo actual no creo que las compañías aéreas estén por la labor. De hecho, sería como poner un impuesto indirecto, que acabarían pagando todos los pasajeros pero que evitaría que, llegado el momento, las pérdidas fuesen tan disruptivas y que las compensaciones fueran más justas.

Las alternativas hoy no son muy creativas: o los gobiernos, como ya ha insinuado la UE, se hacen cargo de los gastos de alguna manera opaca y con cargo a todos los contribuyentes, o se deja a las compañías a su suerte para que sobreviva la mejor. No se trata aquí de defender una solución final, sino de plantear que seguramente este tipo de situaciones pueden ser cada vez más frecuentes. Tenemos que buscar soluciones justas y eficientes. Si hemos aceptado el debate en el sector bancario -donde, por cierto, la erupción del volcán la han provocado los mismos bancos-, ¿por qué entonces no abrirlo también en el sector aéreo?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

For Greece’s Economy, Geography Was Destiny

By Robert D. Kaplan, a senior fellow at the Center for a New American Security and a national correspondent for The Atlantic (THE NEW YORK TIMES, 25/04/10):

The debt crisis that caused Greece to ask for an international bailout on Friday has been attributed to many things, all economic: Greece’s budget deficits, its lack of transparency and its over-the-top corruption, symbolized by the words “fakelaki,” for envelopes containing bribes, and “rousfeti,” political favors. But there is a deeper cause for the Greek crisis that no one dares mention because it implies an acceptance of fate: geography.

Greece is where the historically underdeveloped worlds of the Mediterranean and the Balkans overlap, and this has huge implications for its politics and economy. For northern Europe to include a country like Greece in its currency union is a demonstration of how truly ambitious the European project has been all along. Too ambitious, perhaps, many Germans and other Northern Europeans are now thinking.

That Europe’s problem economies —Greece, Italy, Spain and Portugal— are all in the south is no accident. Mediterranean societies, despite their innovations in politics (Athenian democracy and the Roman Republic) were, in the words of the 20th-century French historian Fernand Braudel, defined by “traditionalism and rigidity.”

The relatively poor quality of Mediterranean soils favored large holdings that were, perforce, under the control of the wealthy. This contributed to an inflexible social order, in which middle classes developed much later than in northern Europe, and which led to economic and political pathologies like statism and autocracy. It’s no surprise that for the last half-century Greek politics have been dominated by two families, the Karamanlises and the Papandreous.

It is also no accident that the budding European super-state of our era is concentrated in Europe’s medieval core, with Charlemagne’s capital city, Aix-la-Chapelle (now Aachen, Germany), still at its geographic center — close by the European Union power nexus of Brussels, The Hague, Maastricht in Holland and Strasbourg, France. This stretch of land, the spinal column of Old World civilization, is Europe’s richest sea and land interface.

The Low Countries, with their openness to the great ocean and wealth of protected rivers and waterways inland, were ideal for trade, movement and consequent political development. The loess soil is dark and productive, even as the forests provided a natural defense. European antiquity was defined by the geographic hold of the Mediterranean, but as Rome lost its hinterlands, history moved north.

It is not only the division between north and south that bedevils Europe. In the fourth century, the Roman Empire split into western and eastern halves, with dueling capitals at Rome and Constantinople. Rome’s western empire gave way to Charlemagne’s kingdom and the Vatican: Western Europe, that is. The eastern empire, Byzantium, was populated mainly by Greek-speaking Orthodox Christians, and then by Muslims after the Ottoman capture of Constantinople in 1453.

The Carpathian Mountains, which run northeast of the former Yugoslavia and divide Romania into two parts, partly reinforced this boundary between Rome and Byzantium, and later between the prosperous Hapsburg Empire in Vienna and the poorer Turkish Empire in Constantinople. Greece is far more the child of Byzantine and Turkish despotism than of Periclean Athens.

In antiquity Greece was the beneficiary of geography, the antechamber of the Near East — the place where the heartless systems of Egypt and Mesopotamia could be softened and humanized, leading to the invention of the West, so to speak. But in today’s Europe, Greece finds itself at the wrong, “orientalized” end of things. Yes, it is far more stable and prosperous than places like Bulgaria and Kosovo, but only because it was spared the ravages of Soviet-style communism.

To see just how much geography and old empires shape today’s Europe, look at how former Communist Eastern Europe has turned out: the countries in the north, heirs to Prussian and Hapsburg traditions — Poland, the Czech Republic and Hungary — have performed much better economically than the heirs to Byzantium and Ottoman Turkey: Romania, Bulgaria, Albania and Greece. And the parts of the former Yugoslavia that were under Hapsburg influence, Slovenia and Croatia, have surged ahead of their more Turkish neighbors, Serbia, Kosovo and Macedonia. The breakup of Yugoslavia in 1991, at least initially, mirrored the divisions between Rome and Byzantium.

The Greek debt crisis is the biggest challenge since those Yugoslav secessions to Europe’s attempt at overcoming its geographical and historical divisions. Whereas in the early decades of the cold war the European enterprise had to heal only the long-time rift between France and Germany, now it is a matter of Carolingian and Prussian Europe — Brussels and Berlin — incorporating the far-flung Mediterranean and Balkan peripheries.

And it is precisely because Europe, for the first time in history, faces no outside threat to its security that it may fall prey to the narcissism of its internal contradictions. That the European Union’s northern powers aren’t willing to bail Greece out entirely by themselves, but are relying on the International Monetary Fund to kick in up to $20 billion, shows that there are limits to how far they will go toward the dream of a unified supercontinent.

Still, just as geography has divided Europe, it also unites it. For example, a lowland corridor from the Atlantic to the Black Sea has allowed travelers for centuries to cross the length of Europe with speed and comfort, contributing to Europe’s cohesion and sense of itself. The Danube, as the Italian scholar Claudio Magris rhapsodizes, “draws German culture, with its dream of an Odyssey of the spirit, towards the east, mingling it with other cultures in countless hybrid metamorphoses.” Central Europe, cleft from the West during the cold war, is the continent’s universal joint: a fact that puts the responsibility for surmounting the politics of historical division squarely on the shoulders of a united Germany.

Germans should realize that Greece, with only 11 million people, nevertheless remains the ultimate register of Europe’s health. It is the only part of the Balkans accessible on several seaboards to the Mediterranean, is roughly equidistant from Brussels and Moscow, and is as close to Russia culturally as to Europe by virtue of its Eastern Orthodox Christianity. In a century that will likely see a resurgent Russia put pressure on Europe, especially on the former Soviet satellite states in the east, the state of politics in Athens will say much about the success or failure of the European project.

The good news is that northern Europeans know this, and will not let Greece fail. Indeed, to let Greece drift politically eastward would forfeit any hope of a big and inclusive Europe —geographically, politically and culturally— in favor of a small and petty one, Charlemagne’s empire pretending to be Rome.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El vampiro Goldman Sachs

Por Francesc Sanuy, abogado (EL PERIÓDICO, 25/04/10):

Todo lo que ha ocurrido con el banco de negocios Goldman Sachs (GS), el más poderoso del mundo, ya lo denunció Matt Taibbi en la revista Rolling Stone en julio del 2009. En páginas escritas en agosto, mi libro Els plats trencats también se refería a ello, indicando que GS es un instrumento de manipulación de los mercados con una infinita capacidad de destruir las economías familiares, a base de situarse en una burbuja especulativa y vender unas inversiones que son una simple porquería. De hecho, desde 1920 ya hemos sufrido cinco burbujas de este tipo que, según J.K. Galbraith, son un ejemplo de locura aplicada a la inversión basada en endeudamiento. Pero, en los años 70, GS se presentó con la piel de cordero de una codicia enfocada a largo plazo. Hasta que un expresidente de la entidad, Rubin, entró en la Casa Blanca con Clinton y, como secretario del Tesoro, logró, con Summers y Greenspan, la liberalización de los mercados financieros que, en definitiva, puso la simiente del cataclismo.

Poco antes de que ocurriera todo esto, la Comisión Federal de Investigación de la Crisis Financiera de EEUU llamó a declarar a Chuck Prince, el ex presidente de Citygroup, quien acusó a los bancos, las agencias de evaluación y los reguladores gubernamentales de haber fingido que las obligaciones de deuda colateral (CDO), calificadas de triple A, eran inversiones seguras. Por su parte, la Washington Mutual acusó a las autoridades y las semiestatales Fannie Mae y Freddie Mac de haber impulsado a todo el mundo a comprar hipotecas subprime. Por lo tanto, llegó el momento de hallar culpables y se puso en el punto de mira un fondo de alto riesgo: el Magnetar de Illinois. Luego, entró en escena el Scion Capital, que descubrió que todos esos CDO estaban sobrevalorados y empezó a hacerles el short mediante la emisión y la comercialización de CDO. De este modo, Magnetar compró los activos más tóxicos, lo que permitió a los bancos vender la parte de riesgo más bajo a terceros. Pero lo que ocurría era que, mientras tanto, Magnetor jugaba apostando a corto contra los fragmentos menos peligrosos que había contribuido a poner en marcha. Lo cierto es que la mayor parte de operaciones acabaron en insolvencia, aunque el fondo en conjunto obtuviera beneficios en un momento u otro. La gran pregunta es, pues, si los bancos informaron a los demás inversionistas de cuál era la situación real. Y esto es lo que estalló cuando la justicia estadounidense abrió la investigación sobre el posible fraude.

Todo ello indica que, según la acusación, GS engañó a los clientes modestos sobre el papel que jugó el fondo Paulson & Co. en esta historia de engaño en la comercialización de unos incomprensibles derivados. Los daños y perjuicios son enormes (de momento, 1.000 millones de dólares), pero GS va a defenderse con el argumento de que los inversionistas eran gente sofisticada y que habían publicado un prospecto sobre rendimientos mayores con riesgo superior y un emisor domiciliado en las islas Caimán. Lo que la defensa pretenderá demostrar es que los reguladores nunca podrán controlar la innovación financiera. Pero los tribunales norteamericanos, que, al revés de lo que hizo aquí el tristemente famoso Constitucional con los Albertos, no indultan a estafadores, tratarán de demostrar que la justicia es el mecanismo de supervisión eficaz de los monstruos de Wall Street. Y si los banqueros se creen que pueden seguir fingiendo que cumplen reglamentaciones concretas mientras se saltan a la torera los grandes principios, se encontrarán implicados en unas transacciones alegales. En todo caso, es muy reconfortante que, tras años de tolerancia de los gobiernos, la justicia, lenta, pero segura, meta el miedo en el cuerpo de los financieros con las posibles responsabilidades penales, y que volvamos a la regulación de la Gran Depresión, que no se tendría que haber relajado nunca.

Podría ser, por tanto, la hora de evitar para siempre la autorregulación del sistema financiero, equivalente a dejar que los delincuentes redacten el código penal. Da igual si los daños causados son la consecuencia de un fraude premeditado, de una información privilegiada, de una gestión en manos de incompetentes o de la mala suerte. Lo que hay que garantizar es que un modesto particular o un fondo de pensiones no puedan ser estafados impunemente por unas entidades financieras a las que, generalmente por tráfico de influencias, se les ha concedido una licencia, pero no para actuar como GS (según la acusación de la SEC de EEUU) lo ha hecho en este caso. Obama, Gordon Brown y Merkel han salido a la palestra para decir ¡basta! Ya era hora. El banco argumentará que sus actuaciones no son técnicamente delictivas. Sin embargo, además de los tribunales, hay la opción pública y la reputación de unas entidades acostumbradas a abusar de los clientes cautivos y a la impunidad que se deriva de su rescate seguro a cargo del dinero de los contribuyentes cuando se equivocan en operaciones de especulación y casino a costa de todos nosotros.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Un país invadido y masacrado (2)

Por William R. Polk, miembro del consejo de planificación del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy (25/04/10):

Afganistán no ha gozado casi nunca de un gobierno central sólido. En parte, por su accidentada orografía. Las altas montañas y profundos valles que conforman la parte central del país suelen quedar bloqueados en invierno bajo un grueso manto de nieve, mientras que los vastos desiertos en el sur albergan amplias extensiones de arenas movedizas. El desplazamiento en camión o autobús es lento, en ocasiones peligroso y siempre relativamente caro.

La geografía del país encuentra la horma de su zapato en las barreras sociales. A lo largo de siglos, un par de decenas de grupos étnicos han emigrado de Afganistán a países vecinos. En la actualidad, toda la población es musulmana, pero sus formas de practicar el islam, sus costumbres, indumentaria y lenguas varían. Así, un tayiko musulmán chií es tan extranjero en el sur pastún – o, por ejemplo, un uzbeko suní en la provincia de Nuristán, en el este, o un hazara de Beluchistán en el sudoeste-como lo es un no afgano en cualquiera de esas áreas.

Distinta división separa a la población urbana de la rural. Por regla general, los habitantes de los pueblos o aldeas son más conservadores y de miras más estrechas sobre la organización política y social que los habitantes de las ciudades, más predispuestos a abrazar nuevas ideas y costumbres. Tales diferencias obedecen en parte al sistema educativo y se reflejan en él: las escuelas rurales se limitan prácticamente a enseñar a los alumnos a memorizar el Corán, mientras que las escuelas urbanas y la universidad del país tienden a insistir en las enseñanzas técnicas y científicas.

Pese a estas diferencias, los afganos comparten un sentimiento de hostilidad a los extranjeros. La historia les ha dado buenas razones para ello. Han sido invadidos, asolados y masacrados una y otra vez por sus vecinos más fuertes. De modo que, aunque los extranjeros se presenten con cara de buenos amigos, se les recibe bajo sombra de sospecha u hostilidad. Por lo demás, lidiar con los británicos (tres guerras en un par de siglos) dio lugar a un dicho popular afgano: “Primero llega un inglés a explorar o tirotear pájaros; luego, un par de ingleses para trazar un mapa y, por último, un ejército para apoderarse de nuestra tierra. Así que es mejor matar al primer inglés”.

El sentimiento de los afganos hacia los ingleses se multiplicó en forma de odio contra los rusos. De hecho, los pueblos turcomanos de Asia Central han combatido a los rusos desde los tiempos de Iván el Terrible. Y durante la ocupación soviética de Afganistán, los afganos se dedicaron sobre todo a luchar contra los rusos de forma encarnizada, sin tregua ni cuartel y cuerpo a cuerpo. Esta guerra con carros de combate y aviones rusos cobró ribetes de genocidio contra los afganos.

Estados Unidos contribuyó a su causa para debilitar a la Unión Soviética. Los polvos de la insurgencia afgana y de los enfrentamientos de los señores de la guerra trajeron los lodos del movimiento talibán. Los talibanes son fundamentalistas religiosos que encarnan buena parte de lo que desagrada a los extranjeros en relación con los afganos. Se han negado, efectivamente, a evolucionar desde sus costumbres medievales hacia la relativa apertura y libertad de la sociedad occidental. Pero, lo aprobemos o no, encarnan lo que a ojos de los afganos resulta justo y adecuado. Además, y por sentirse atacados y hostigados, los afganos vuelven si cabe aún más a lo tradicional. Cuanto más se les presione –sobre todo si son extranjeros-, más se pondrán a la defensiva.

Si atendemos al último medio siglo de la historia de Afganistán, constatamos que Afganistán evolucionó en periodo de paz. Cuando visité el país por primera vez a principios de los años sesenta, mandaba un gobierno de tinte progresista que tendía a aplicar la clase de reformas que actualmente apoyamos. Desgraciadamente, fue derrocado en un golpe de Estado. Las reformas se interrumpieron y un gobierno reaccionario no pudo encajar en la estructura política del país. A medida que se volvió más represivo, cavó literalmente su propia tumba y, derrocado a su vez por un golpe, dio paso a las condiciones que condujeron a la invasión soviética.

La política de la OTAN y de Estados Unidos se basa en parte en la esperanza de que, tras el intervalo de la ocupación soviética, de la destructiva guerra civil y del régimen reaccionario talibán, Afganistán pueda ser reconducido a las reformas y la modernización.

A tal fin, la OTAN intenta destruir o, al menos, debilitar a los talibanes. El objetivo actual es ganarse para la propia causa a los combatientes talibanes moderados y, al propio tiempo, apresar o liquidar a los partidarios de la línea dura. Es un eco de lo que Estados Unidos intentó en la guerra de Vietnam. No funcionó allí ni tampoco valió a los rusos en Afganistán. Y hasta ahora, al menos, parece sucederle lo propio a la OTAN. Como indica el estudio del 2009 de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, “no hay grupos escindidos de los talibanes desde su aparición, salvo en el plano local y sin consecuencias de orden estratégico”. Como el Viet Minh en Vietnam, los talibanes parecen presentar una sólida cohesión.

Si en el plano militar y político –como concluyen numerosos observadores- existen escasas posibilidades de victoria, ¿existe otra vía? En mi próximo artículo me referiré a la que muchos califican de tercera vía, la consistente en mejorar las condiciones de vida del pueblo afgano.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Quemado por el trabajo

Por Ricardo Cayuela Dalmau, profesor de Psicología del Trabajo, facultad de Psicología Blanquerna (LA VANGUARDIA, 25/04/10):

La creciente incidencia en el entorno laboral de la psicopatología conocida como burn-out (“quemado por el trabajo”) recomienda orientar su difusión, incidiendo en los aspectos de prevención. Mas allá del tratamiento individual, analizando el origen de un síndrome individual, pero que implica a dos componentes; al trabajador y a la organización. En consecuencia podremos establecer criterios compartidos de intervención para prevenir esta patología desde la doble vertiente de responsabilidad.

De entre las dos decenas de definiciones de burn-out existentes, la de Gil Monte – “todo trabajador que se enciende con su trabajo, puede llegar a acabar quemándose en él”- nos permite ubicar el origen de este síndrome en la decepción que siente el trabajador al no ver logradas sus expectativas, ni compensados sus esfuerzos laborales… En cambio debe de enfrentarse a una realidad laboral muy diferente a la imaginada, lo que le desimplica progresivamente de la tarea, provocándole un intenso agotamiento emocional, en el que se mezcla la impotencia para alcanzar sus objetivos y la falta de recursos para lograrlo. Se genera así un desajuste laboral que se alarga en el tiempo controlándose de forma tardía y con mayor coste de remisión.

Un psiquiatra norteamericano, Freudenberg, buscando respuestas sobre el estrés crónico, define en el año 1974 el burn-out como una vivencia de agotamiento emocional y pérdida de interés por la actividad laboral. En 1976 Malasch se refiere al burn-out como una sobrecarga emocional en un proceso gradual de pérdida de responsabilidad profesional y desinterés por la tarea.

El burn-outes una forma de acoso psicosocial, que no se debe confundir con el mobbing. En el burn-out, el sentimiento de acoso lo constituye la propia tarea que desborda y paraliza al trabajador, quien se autopercibe sin recursos ni capacidad suficiente para reaccionar. En el mobbing el trabajador es acosado específicamente por terceros. Tampoco hay que confundir burn-out con boreout, en la medida en que una cosa es estrés en el trabajo y otra aburrimiento en el trabajo. El boreout se caracterizaría por una respuesta más controlada y adaptativa que conduciría inicialmente a contrarrestar el aburrimiento, con unas posiciones de fingimiento, engaño o disimulo. Esta desmotivación prolongada podría llegar a derivar en síntomas psicosomáticos menos controlables.

Lo que estaría ocurriendo en los episodios de burn-out se referiría a unas exigencias laborales que para el afectado no se corresponderían con el acuerdo laboral pactado entre trabajador y empresario. Los trabajadores con síndrome de burn-out se caracterizarían por una tendencia inicial a entregarse plenamente a su trabajo incluso en clave de cierto comportamiento adictivo (workaholic)que ante la progresiva decepción se suprimiría para enquistarse, dejando paso a un sentimiento de impotencia, frustración y parálisis.

Estaríamos por tanto ante un importante desnivel entre contratante y contratado, al producirse una evolución irregular entre las demandas del puesto de trabajo y las expectativas ante el mismo. Por lo tanto el burn-out además de un abordaje individual requeriría de una intervención conjunta (puesta en común de los desajustes y voluntad mutua de su revisión) en un proceso de mediación y equilibrio tutelado por un experto.

La decepción que llevaría al burn-out se evidenciaría más en periodos en los que se inicia un nuevo proyecto profesional, momento de expectativas idealizadas y promesas que luego no se materializarían. Se detectaría mayor incidencia del burnout en la asunción de turnos horarios irregulares, en los sectores de salud o de servicios, en los procesos bruscos de cambio organizativo, siendo la mujer nuevamente el colectivo mas vulnerable.

Culturas tan diferentes como la de Europa y Japón nos muestran unos parecidos efectos devastadores del que finalmente constituye un estrés agudo. En el caso de Francia, sociedad muy jerarquizada, con los recientes suicidios (24) en una misma empresa, Télécom, y en el caso de Japón, territorio marcado por el confucionismo, con la muerte súbita por karoshi (derrame cerebral o ataque al corazón) de numerosos trabajadores, en muchos casos en su mismo puesto de trabajo (media de 3.000 muertes anuales).

Vemos finalmente como el estrés laboral extremo preside dos escenarios de trabajo que, aunque diferentes, desembocan igualmente en la muerte de los afectados. Se pone en evidencia que, a pesar de las diferencias, la coincidencia en la progresiva y absoluta intolerancia ante un trabajo que resulta tan angustiante como agotador llega hasta el extremo de morir por él. Al parecer nadie podría intervenir con efectividad para prevenir y evitar esta pérdida de vidas, ni siquiera en una sociedad aparentemente tan avanzada y preocupada por los trabajadores como la nuestra.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La manzana atómica

Por Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia (EL PERIÓDICO, 24/04/10):

Mientras los europeos penamos en ponernos de acuerdo para hacer frente a la crisis griega, Barack Obama ha conseguido un acuerdo para procurar cobertura sanitaria a 30 millones de estadounidenses y ha dado pasos importantes en el camino del desarme nuclear. El 6 de abril del 2009, en Praga, lanzó su ya famoso, y considerado utópico, llamamiento por un mundo sin armas nucleares. Como prueba de buena voluntad abandonó el proyecto de un sistema de misiles en Europa del Este, presentado por George W. Bush como un escudo protector frente a la amenaza iraní, pero que Rusia siempre consideró que iba dirigido contra ella. Exactamente un año después, la nueva doctrina nuclear norteamericana reduce el papel del arma nuclear en la política de defensa de EEUU. A continuación, el 8 de abril, volvió a Praga para firmar con el presidente ruso, Dmitri Medvédev, un acuerdo de reducción de armas nucleares estratégicas (START 2 ). Y los días 12 y 13 convocó en Washington un gran cumbre sobre la seguridad nuclear como prólogo a la Conferencia en Nueva York del Tratado de No Proliferación (TNP).

Esta dinámica muestra la voluntad de una ruptura total con el pasado. La revisión de la doctrina nuclear norteamericana define el papel «fundamental» del arma nuclear como el de la disuasión y señala al terrorismo nuclear como la principal amenaza. Es un mensaje claro a Irán y Corea del Norte: EEUU se compromete a no utilizar el arma nuclear contra los estados no nuclearizados que cumplan con el TNP. Este planteamiento no ha dejado contentos ni a los partidarios de un desarme radical ni a los halcones republicanos que rechazan escandalizados la renuncia a la construcción de nuevas ojivas nucleares y nuevos ensayos.
El acuerdo START 2 con Rusia es el primer acuerdo de desarme de la posguerra fría y quedará como uno de los éxitos más importantes de la presidencia de Obama. Limita el numero de cabezas nucleares a 1.550 para cada parte, un 30 % de reducción sobre lo acordado en el START 1 hace 20 años. Todavía más que suficientes para varios holocaustos nucleares, pero el acuerdo tendrá dificultades para reunir los 67 votos necesarios para su aprobación en el Senado. La cuestión de fondo del debate no es la reducción cuantitativa, sino si el tratado permite o no a EEUU desarrollar su defensa antimisiles. Los rusos dicen que no porque un sistema antimisiles dejaría obsoleto su arsenal nuclear, que a fin de cuentas es la única razón por la que Rusia puede aspirar al estatus de gran potencia. Pero es un objetivo irrenunciable para los norteamericanos, que están convencidos de que en el futuro su seguridad dependerá fundamentalmente de la defensa antimisiles, en la que han conseguido ya éxitos técnicos espectaculares.
Con ese acuerdo se abre en Europa una oportunidad para la retirada de 200 armas nucleares tácticas norteamericanas desplegadas en cinco países. En realidad, no se sabe cuántas son, porque fueron desplegadas por acuerdos secretos con EEUU, pero hoy son un vestigio de la guerra fría que ha perdido su utilidad. Ya han sido retiradas de Grecia y el Reino Unido, y las que quedan no tienen utilidad militar ni son una inquietud para Rusia. Y, sin embargo, la OTAN está muy dividida, con los países del Este de Europa abiertamente en contra de hacer una concesión gratuita a Rusia. Para ellos, esas armas son una manera de enlazar EEUU con la seguridad europea y una protección adicional frente a la amenaza, para ellos siempre presente, del oso ruso, que dispone de entre 2.000 y 5.000 de esas armas tácticas.

AUn con esos cabos sueltos, el acuerdo START 2 es un gran triunfo diplomático de Obama. Y le ha servido de tarjeta de presentación para la gran Conferencia de Seguridad Nuclear que ha reunido a 47 países en Washington. El objetivo era que todo el mundo se tomase en serio el riesgo de la diseminación de material radiactivo que podría acabar en manos de movimientos terroristas o de organizaciones criminales. Aunque sea poco probable que un grupo criminal disponga de la tecnología necesaria para montar un arma nuclear y, menos aún, que se apodere de un país que ya la tiene, como Pakistán, lo cierto es que el riesgo de confrontación nuclear ente las grandes potencias ha disminuido, pero el riesgo nuclear ha aumentado debido a la proliferación de las capacidades nucleares en países en zonas de conflicto regional y a las perspectivas que se abren en Irán y Corea.
Por eso, la próxima reunión del TNP tiene su importancia en la dinámica de Obama. El TNP de 1970 trataba de regular el mundo nuclear heredado de los años 50. Las cinco potencias nucleares de la época querían guardar su monopolio a cambio de dar acceso a la tecnología nuclear civil a los países que se comprometiesen a renunciar al arma nuclear.Pero no se cumplió: cuatro nuevos estados han accedido a la bomba y los países emergentes denuncian el comportamiento de los cinco. Obama ha dado grandes pasos, pero nos queda todavía mucho antes de que desaparezca la amenaza nuclear.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona