sábado, junio 18, 2011

El fin de la ideología verde

Por Guy Sorman, filósofo, economista francés y autor de Economics Does Not Lie (Project Syndicate, 17/06/11):

La fusión en la planta nuclear de Fukushima envió réplicas políticas que recorren el planeta. Sin embargo, la mayoría de las veces, las sacudidas fueron ideológicas, sin ninguna base científica.

Los gerentes de Tokyo Electric Power (TEPCO), que opera los reactores de Fukushima, fueron criticados justamente por usar una generación antigua de generadores mal mantenidos. Los japoneses, que se consideran los mejores ingenieros del mundo, ahora se sienten humillados.

Sin embargo, a pesar de las protestas callejeras, la reacción colectiva en Japón no fue repudiar la energía nuclear. Después de todo, el accidente de Fukushima afectó seriamente sólo a unas pocas personas -probablemente menos de una docena de trabajadores están irradiados a niveles peligrosos-. Casi todas las miles de víctimas japonesas se ahogaron como consecuencia del tsunami, no fueron aniquiladas por una fusión nuclear.

Japón no dejará de utilizar energía nuclear. De hecho, sus ingenieros desarrollarán plantas mejores y más seguras, muy probablemente utilizando reactores nucleares miniaturizados que fueron planeados para reemplazar a la planta envejecida de Fukushima. La mayoría de los japoneses se mostraron racionales frente a la tragedia de su país, al igual que la mayoría de la gente en los países vecinos asiáticos como China y Corea del Sur que tampoco abandonaron su compromiso con la energía nuclear.

No sucede lo mismo en Europa y Estados Unidos, donde las réplicas ideológicas de Fukushima fueron más destructivas. El gobierno de la canciller alemana, Angela Merkel, fue el primero en reaccionar desproporcionadamente al decidir cerrar todos los reactores nucleares en los próximos años -una medida radical impulsada por la política interna-. El gobierno de Merkel no incluye a los Verdes alemanes, pero la ideología verde se convirtió en un credo nacional ampliamente compartido en Alemania. De hecho, se puede vincular la hostilidad popular hacia la energía nuclear con el tradicional culto romántico de la naturaleza, no de la ciencia, en Alemania.

Las plantas nucleares de Alemania serán reemplazadas por más plantas termales, lo que implica un gran incremento en las emisiones de carbono alemanas -muy a pesar de la preocupación verde por el calentamiento global. Y muy a pesar de la honestidad intelectual, porque una Alemania sin energía nuclear propia se verá obligada a comprársela a Francia, que no tiene ninguna intención de cerrar sus plantas nucleares.

En Estados Unidos, la réplica ideológica está más cerca de la de Alemania que de la de Francia: Estados Unidos tal vez no sea excesivamente proclive al romanticismo, pero un culto de la naturaleza sigue siendo parte de la psiquis estadounidense. Esto de alguna manera puede explicar por qué los demócratas, que controlan la presidencia y el Senado, están tan comprometidos con las llamadas energías alternativas.

La administración del presidente Barack Obama invirtió miles de millones de dólares en energía eólica, solar, en base a etanol y otros recursos energéticos alternativos. Ahora la tragedia de Fukushima se utiliza como justificación para seguir adelante con estos programas económicamente discutibles. Podemos apostar a que ninguna de estas energías alternativas reemplazará fácilmente al petróleo, al gas y a la energía nuclear en el futuro previsible.

A precios de mercado, sin subsidios públicos, una unidad de energía producida por sol o viento en Estados Unidos cuesta cinco veces más que una unidad producida por plantas de petróleo, gas o nucleares. Es más, quienes respaldan las energías alternativas sistemáticamente minimizan su impacto ambiental negativo. Una turbina eólica requiere 50 toneladas de acero y 1,25 kilómetros cuadrados de espacio terrestre. Si California tuviera que basarse en la energía solar para su consumo de electricidad, tendría que cubrirse todo el estado con células fotovoltaicas.

La gran ironía de la situación actual es que donde se está llevando a cabo una verdadera innovación y actividad empresarial, sin respaldo del gobierno, es en el terreno de la generación de energía, como es el caso de la creación de reactores nucleares miniaturizados. El avance más prometedor bien puede ser el descubrimiento de enormes reservas de shale gas en todo el planeta.

Por cierto, gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica y perforación horizontal, el shale gas bien puede convertirse en el recurso energético dominante del futuro. El shale gas podría así reducir la dependencia del petróleo y del gas de la OPEP y disminuir la emisión de carbono. El gas genera diez veces menos carbono que la biomasa o el etanol, algo que los ecologistas promueven tan fervientemente.

Más allá de Fukushima, los futuros suministros de energía muy probablemente se basen cada vez más en plantas nucleares miniaturizadas y shale gas -una combinación capaz de responder a la creciente demanda de electricidad de una población mundial que se urbaniza a pasos acelerados.

Un equilibrio semejante de energía renovada tendría un impacto en el actual equilibrio de poder global. El shale gas es abundante en Europa y Norteamérica, a diferencia del petróleo y el gas. Por lo tanto, la energía de mañana bien podría apuntalar a las democracias del mundo y debilitar a sus regímenes más represivos, donde hoy se encuentra la mayor cantidad de petróleo. En este nuevo marco geopolítico, la ideología verde sobrevivirá como un culto o una receta para el suicidio económico.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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