miércoles, mayo 13, 2009

1810 - 2010: Una oportunidad para las naciones del español

Por Manuel Lucena Girlado, investigador científico del CSIC (ABC, 11/05/09):

Hace casi un siglo, en 1910, las repúblicas iberoamericanas celebraron el primer centenario de su independencia alrededor de la idea de «progreso». Como nos muestran los estudios realizados sobre aquel momento de gloria patriótica, la generación que lo vivió disfrutó en calles y plazas de una verdadera fiesta. Hubo ardientes discursos que ponderaron las virtudes y hazañas de los próceres fundadores, además de multitud de desfiles, e inauguración de monumentos tanto en grandes ciudades como en pequeñas aldeas. Las exposiciones de productos agrícolas, ganaderos e industriales, organizadas por doquier, copiaron el modelo del imperialismo decimonónico europeo y pretendieron mostrar a los contemporáneos que la emancipación de España y Portugal había servido «para mejorar». El triunfo del espíritu humano, visible en los milagros traídos por la revolución industrial, se consideró inseparable de la libertad política lograda de Río Grande en México a Tierra de Fuego en Chile cien años antes. En 1860, cuando se habían cumplido cincuenta años de las independencias, en cambio, la atmósfera no había estado para celebraciones.

El mantenimiento de disensiones civiles y el influjo de la terrible Guerra de secesión estadounidense fue determinante. Algunos oficiales sudistas pensaron incluso en implantar la esclavitud en la Amazonía si perdían con los yanquis. Tampoco la España isabelina había madurado una relación igualitaria con las repúblicas «de su progenie», como se decía entonces, y estaba a punto de embarcarse en una serie de conflictos imperialistas patéticos de filiación napoleónica francesa, con Chile, México y Perú, que motivaron un resurgimiento de la hispanofobia continental. Así, hubo que esperar al benéfico impulso que supuso la celebración conjunta en 1892 del cuarto centenario del descubrimiento de América y al despliegue desde 1910 de una potente diplomacia cultural y académica, tan bien representada por Rafael Altamira o José Ortega y Gasset, para que se abriera un camino de éxitos, que facilitó la Edad de Plata de la cultura española. Más allá del genio de quienes la representaron, se subraya poco que fue posible por la existencia de caminos de creatividad transatlánticos: el joven poeta chileno Neruda o el magnífico editor venezolano Blanco Fombona colaboraron a diseñar y a poner en marcha las primeras industrias culturales del español.

Todo aquel impulso de convergencia desde ambas orillas del Atlántico sufrió una forzosa reconversión a causa del destrozo causado por la guerra civil, manifestación delirante de la anormalidad española, pero los lazos de la cultura fueron mucho más fuertes que la política. Como se sabe, ya durante los años cincuenta hubo sectores vinculados a la acción exterior del franquismo y exiliados republicanos de filiación moderada que entraron en contacto y empezaron a construir una cultura de la concordia, así como una visión del conflicto fratricida que superó el antagonismo entre vencedores y vencidos, al considerarla un desastre nacional, «un fracaso para toda la sociedad española».

Aquellas ideas maduradas en debates públicos y privados mantenidos en el continente americano -incluso en México, que nunca tuvo relaciones diplomáticas con la España vencedora en 1939- facilitaron de manera extraordinaria la transición democrática y crearon las bases de la renovación de la imagen española en América, sobre la base de una diplomacia pública de eficacia espectacular, representada en especial por SS.MM. los Reyes, a quienes entonces dieron eficiente cobertura las acciones de los gobiernos socialistas presididos por Felipe González.

Más tarde, los capitales y el saber hacer de los empresarios españoles cruzaron el Atlántico para vivir su particular era de la globalización iberoamericana, mientras multitudes de emigrantes dominicanos, cubanos, ecuatorianos, colombianos, bolivianos, venezolanos o brasileños, vinieron a «hacer las Españas» y a buscar una vida mejor como un siglo antes el flujo había sido al contrario y canarios, gallegos, catalanes o asturianos «hicieron las Américas». Menos inocentes que hace veinte años, obligados ahora por la crisis a realizar políticas enraizadas en un principio de realidad y no en una vacua palabrería, deberíamos preguntarnos qué Bicentenario queremos, aquí y allí, cuáles son las líneas de tensión de un programa de ideas que proponga la celebración del futuro, en vez de un evento tecnocrático o la simple confrontación respecto al pasado. ¿Cuál es la libertad que queremos soñar recordando que hace dos siglos las Españas, europea y americana, se fragmentaron y dieron lugar a dos decenas de naciones de ciudadanos? Parece obvio que el componente de extrema diversidad, de celebración de «un continente de color», en afortunada expresión del viajero alemán al servicio de la Corona española Alejandro de Humboldt, no puede ser relegado, como ocurrió hace un siglo. Todos los países iberoamericanos -España también- reposan sobre sociedades variadas y dinámicas que no tienen homogeneidad, pues poseen una creadora riqueza y una asombrosa diversidad. No existe un «pasado común» sino la necesidad de repensar la Historia en su complejidad, que ofrece un modelo de convivencia extraordinario, más allá de los tópicos sobre el «inevitable caudillismo» o las apelaciones populistas al odio de clases. El Bicentenario ofrece una posibilidad de transformación y de celebración de la democracia, que ha sido y seguirá siendo la forma de gobierno dominante en el Nuevo Mundo. Como ha señalado el historiador colombiano Germán Mejía, «esta es una fiesta de todos: nuestra conmemoración de habernos constituido en comunidad de seres libres, aceptando nuestra responsabilidad ante el otro, pues lo reconocemos igualmente independiente, esto es, distinto; nuestra conmemoración de habernos constituido en nación cuya construcción social encuentra su valor en la aceptación del otro; nuestra conmemoración de un pasado común, pero reconociendo ahora que su significado es dinámico y plural; nuestra conmemoración del Estado, al aceptar que en sus instituciones y reglas de vida se señala el modo de convivir y consolidar un proyecto colectivo, respetando lo particular; en esencia, nuestra conmemoración del futuro, que no encuentra otra posibilidad que su despliegue en la libertad, la comunidad, la convivencia y el patrimonio común».

Esta última valoración es muy relevante, porque la tendencia de las conmemoraciones a considerarse base de referencia y refundación de un tiempo nuevo suele erosionar la conciencia de la tradición. Se trata de un error habitual en los programas revolucionarios, que caen una y otra vez en la falacia de pensar que un cambio de las leyes o de las constituciones produce de manera automática una transformación de la realidad, «a golpe de decreto». Por el contrario, para que el Bicentenario sea operativo, requiere una conciencia mayor de realidad, una reflexión sobre lo que une y articula ambas orillas del Atlántico, pues lo que separa es recordado y jaleado de manera permanente. ¿Resulta quizás demasiado optimista quien recuerda que, por encima de las diferencias políticas, lo que ha unido y une es un idioma común, el español, la segunda lengua global? ¿Que el respeto a este patrimonio marca la senda del futuro, la sociedad del conocimiento y las industrias de valor añadido? Siempre más cercanos como pueblos que como Estados, según señaló el académico Guillermo Céspedes del Castillo, españoles e iberoamericanos deberíamos asumir que no hay futuro sin pasado, pero tampoco un porvenir de marasmo inevitable. Para evitarlo, sólo queda ponerse a trabajar.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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