miércoles, mayo 20, 2009

Ratzinger, un Papa solo y valiente

Por Filippo di Giacomo, canonista y editorialista-analista del diario La Stampa. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 13/05/09):

Como hacen decir los novelistas a los jueces en los tribunales de papel, tratemos de dar la palabra a la defensa. “A mí ya me han diseccionado varias veces: el profesor de la primera etapa y el de la etapa intermedia, el primer cardenal y el de después. Ahora se añade otro segmento más. Como es natural, las circunstancias, las situaciones y las personas influyen, porque asumen distintas responsabilidades. Digamos que mi personalidad y mi visión fundamental han madurado, pero todo lo que es esencial ha permanecido idéntico. Me alegro de que ahora se adviertan además aspectos que antes no se veían”.

La cita es larga pero merece la pena recordarla porque es la autobiografía sintetizada que hizo de sí mismo Benedicto XVI a un periodista que le entrevistaba en 2006. El cronista había hecho notar al Papa una supuesta diferencia entre el panzer kardinal que dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe y el tímido Benedicto XVI que lleva el timón de la nave de Pedro. El hecho de que a Benedicto XVI le aguardaba una gran tarea se intuyó minutos después de las 18.04 horas del 19 de abril de 2005, con la fumata blanca y su primera bendición urbi et orbi. Que esa gran tarea iba a abordarla prácticamente solo lo estamos comprendiendo poco a poco, con el paso de los meses y los años. Benedicto XVI no ha logrado ganarse la simpatía de la gran prensa italiana e internacional, que en gran parte continúa mostrándole una actitud hostil.

Y tampoco las altas jerarquías de la Iglesia parecen mostrar una solidaridad especial con un Papa tan apacible como valeroso. Desde el mismo abril de 2005, la resistencia a sus directrices en el propio Vaticano fue tenaz y extendida. Y sigue siéndolo dentro de esa mezcla de fracasados de la diplomacia y paternalistas sudamericanos, ya mayores de 70 años pero todavía desesperadamente aferrados al sillón, que bloquean desde hace años el funcionamiento de la Santa Sede con mediocres disputas internas y personalismos enredadores.

Pero empecemos desde el principio. ¿Por qué, en un cónclave formado -salvo una excepción- por cardenales nombrados por Juan Pablo II, los 114 electores escogieron al único que llevaba aún la púrpura concedida por Pablo VI? En una famosa entrevista del año 2000, el entonces Prefecto de la Doctrina de la Fe tomaba nota de que casi nada de lo que elaboraba su Congregación encontraba una acogida verdaderamente positiva. En los años del “woj-tylianismo público”, entre los esfuerzos organizativos y mediáticos que hacían que fuese tan preponderante en el mundo de la comunicación la presencia del pontífice polaco, eran pocos los que tenían tiempo para darse cuenta de la coherencia con el Concilio implícita en el método de trabajo del cardenal-teólogo. Que, en todos sus años de magisterio en Roma, ha firmado siempre y exclusivamente documentos discutidos punto por punto con el episcopado mundial, lo cual ha permitido aclarar la debilidad de las premisas y la parcialidad de los argumentos que, ante el cónclave y con gran apoyo de los medios de comunicación, producían y propagaban los grandes agentes del wojtylianismo.

Si hoy el mundo católico no vive bajo la ferocidad pastoral de una Summa vitae promulgada como dogma, sino que avanza iluminado por la luz intensa (aunque problemática) de tres encíclicas dedicadas a los temas éticos impuestos por la vida, se lo debe a un Ratzinger teólogo que no ha rechazado jamás el diálogo ni la discusión. Y que, a diferencia de Juan Pablo II (capaz de contradecir con desenvoltura incluso lo que él mismo había afirmado el día anterior), siempre ha sabido vincular su teología a todos los momentos creativos que, desde Juan XXIII hasta nuestros días, ha concedido el Espíritu a su Iglesia.

Como cardenal, en los años en los que los vaticanistas esperaban acceder a un sistema capaz de transformar en best sellers periodísticos unas ilusiones ópticas muy toleradas y bien recompensadas -siempre que se redactasen por encargo de los miembros de corbata del Opus Dei-, Ratzinger era objeto de poco seguimiento. Con su elección como Papa, recibió como regalo las multitudes que el Pueblo de Dios vierte a diario a su paso y que, desde hace ya cuatro años, siguen sus homilías con una atención que no deja de asombrar.

Sólo con recordar algún gran acontecimiento de la época de Wojtyla, los actos de Ratzinger pueden parecer minimalistas, desarrollados a partir de una expresividad simbólica que está relacionada con la liturgia que él celebra con gran autoridad. Su magisterio está totalmente centrado en la palabra desnuda: homilías, Ángelus, catequesis, discursos y, hasta ahora, sólo dos encíclicas. En este sereno y tenaz intento de vincular su autoridad exclusivamente a la Palabra de Dios, Benedicto XVI está volviendo a acostumbrar a los católicos a fijarse en lo esencial, no en su persona sino en Jesucristo vivo y presente en su Iglesia.

Al contrario que el wojtylianismo, con su fecunda complejidad, el ratzingerismo no admite contradicciones entre las luces del escenario y la penumbra de la trastienda, porque, como ha explicado, “el cristianismo, el catolicismo, no son un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que se vea de nuevo, porque esa conciencia, hoy, prácticamente ha desaparecido. Se ha oído tanto hablar de lo que no está permitido…”.

La glosa que añade a este principio es que es en la liturgia donde encuentra los temas para expresar este y otros mensajes fundamentales de la fe. Y que de esa fuente, y esos temas, su voz “se inserta en la actualidad de hoy, en la que, ante todo, queremos buscar la colaboración de los pueblos y las vías posibles hacia la reconciliación y la paz”. Para los católicos comprometidos en la política y la labor social, la señal objetiva contenida en las reflexiones de Benedicto XVI debería estar muy clara: es posible encontrar, partiendo del magisterio pontificio, una discusión seria y profunda sobre los grandes problemas teológicos e históricos de nuestra época y sobre las premisas por las que se rigen. Al observar el Cielo por encima de la Iglesia actual, el papa Ratzinger lee en él todas las palabras importantes, y casi siempre nuevas, que desde el magisterio pontificio y el episcopal nos invitan al diálogo, el trabajo, el valor, la fantasía política, la comunión social. Todas ellas, palabras que prescinden de una “cultura confesional” específica e invitan a una clara interiorización de los valores fundamentales en una sociedad civil que se convierte así en el topos, el lugar en el que el diálogo, el altruismo, la sinceridad, la asunción de responsabilidades políticas y económicas, la honradez, el auténtico espíritu de democracia y la serenidad de las relaciones sociales encarnan un precepto evangélico fundamental.

Y mientras Benedicto XVI nos entrega su “teología de la sociedad civil”, en Europa entran en el seminario los primeros jóvenes llegados a la edad de la razón tras la caída del muro de Berlín. En Latinoamérica, la mitad de los obispos no recuerda los desgarros posteriores a la reunión de Medellín. En Estados Unidos y el resto del mundo anglosajón, los obispos incapaces y sin vergüenza han sido marginados y los católicos están impulsando una nueva etapa eclesial en la que a nadie le está autorizado minimizar el dolor de quienes han sufrido los pecados cometidos por los hombres de la Iglesia.

En una África (como demostró Benedicto XVI en sus discursos de Camerún y Angola) entregada por cuatro perras a las trivializaciones de los hombres del rock y las ONG, la Iglesia construye cultura y libertad. La buena noticia es ésta: esta vez, al menos, los africanos no se han dejado meter en la cabeza el preservativo de las multinacionales farmacéuticas de capital francés, alemán y belga-holandés. Prueben a localizar en un motor de búsqueda, en francés o en inglés, las palabras clave de la reciente visita papal a África, y verán que en el Continente Negro todos comprendieron el sentido político de la declaración con la que, recién llegado a Yaundé, Benedicto XVI reivindicó el derecho a la salud y, por tanto, a los cuidados gratuitos, para todos. Pongan después el nombre de Nicolas Sarkozy y verán cómo y por qué se encontró con oposición tanto en Senegal en enero como en Congo a finales de marzo. Porque, aunque uno quiera ir de laico y progresista, para comprender el mundo hace falta tener también ojos para ver y oídos para escuchar.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

1 comentario:

wwwarturoruiz dijo...

Su ingenuidad me conmuveve señor, este papa es por fin el rostro verdadero de la Iglesia, el papa canónico por excelencia, el inquisidor coronado sin máscara de carisma. Como papa se ha dado cuenta de su debilidad: ya nadie cree, ha visto a la cara el cadáver de su dios (jamás mayúsculas), todo es una forma, una concha vacía... mejor estaríamos sin Iglesia, sin papa ¿cómo no puede verlo? A todos los que no creemos nos resiente su poder, tener que escuchar sus posiciones absurdas, su intromisiones aneróticas en nuestros lechos, sus imposiciones reproductivas, su hedor a añejo. Que hable para católicos -si es que de verdad existen aún católicos y no sólo hipócritas golpeadores de pecho o campesinos ignorantes atemorizados.