sábado, noviembre 22, 2008

El buen emperador

Por Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas (ABC, 21/11/08):

Democracia en América, seña de identidad de la nación más poderosa de la historia. Primero y principal, felicitar al vencedor (espléndido McCain en Phoenix) y reconocer el mérito del adversario (generoso Obama en Chicago). La grandeza de espíritu eleva la condición humana, siempre proclive a cierta mezquindad vulgar. Contradicción aparente: sabemos que la utopía es pura ilusión retórica, pero la especie necesita escuchar palabras hermosas, fabricar ídolos intachables, incurrir una y otra vez en el mismo pecado, mezcla de soberbia con ingenuidad. El Imperio perverso y malvado es ahora bondadoso y apacible. Zapatero se apunta con entusiasmo a la nueva doctrina. Los antiamericanos de viejo cuño celebran las maravillas del sueño igualitario. Los proamericanos de toda la vida desconfiamos de los excesos propios de todo converso.

De pronto, ya no existen las hamburguesas, los telefilmes alienantes, la CIA o el «complejo militar-industrial». Descubren, copiando a Lenin sin saberlo, que la globalización no era la fase superior del neocapitalismo, sino una gran oportunidad para el éxito de los agentes del bien. Decía Julien Benda en 1927 que la pasión política organizada por los intelectuales es el rasgo capital de nuestro tiempo. Vamos a peor: las pasiones siguen ahí, pero los nuevos clercs hablan mal y escriben fatal. Secuelas del pensamiento débil.

El planeta que regirá Obama, el buen emperador, recorre hoy la misma órbita de ayer. Recuerden a Bin Laden y sus secuaces: los ciudadanos americanos no son inocentes, porque eligen a sus gobernantes; esta vez, a un «traidor». Para empezar, Afganistán cobra víctimas mortales entre los nuestros y los rusos anuncian que los misiles soviéticos están más cerca que antes. Mucho cuidado a partir del 20 de enero. Hace un año largo murió Arthur Schlesinger, el cerebro de los Kennedy. Su libro sobre los ciclos en la historia americana envejece mal, pero la reflexión sobre el péndulo «ilusión versus decepción» continúa siendo útil como síntesis de la psicología colectiva. Aquí y ahora: el presidente electo de los Estados Unidos puede ser aplastado por una sobredosis de expectativas. Leamos a Sigmund Freud, en Tótem y Tabú: los salvajes atribuyen a su rey la facultad de atraer la buena suerte y por eso le destronan o le matan cuando la naturaleza defrauda su esperanza de una caza abundante o una buena cosecha. Los antropólogos cuentan que entre las tribus polinesias los candidatos a la dignidad real procuran escapar de su aldea… El líder impecable es ídolo y prisionero a la vez de los amores que suscita. Si acudimos de nuevo al célebre psiquiatra vienés, esta ambivalencia de sentimientos es fiel reflejo de la paranoia. ¿Acaso no es ésta la enfermedad natural en tiempos de incertidumbre?

¿Por qué ganó el aspirante demócrata? Hay razones evidentes. Cambio de ciclo, según lo dicho. Crisis financiera en su momento álgido: nostalgia del New Deal y sermones laicos contra la herejía neoliberal, aunque el nuevo líder procura evitar este tópico. De momento, ha preferido quedar al margen de la «cumbre», una decisión sensata. Por supuesto, una campaña brillante, contra los Clinton -la más difícil- y contra los republicanos. Obama habla mucho, dice poco y no se equivoca nunca. Un gran candidato en tiempos de construcción mediática de la realidad. Hay algo más, creo. Para el votante medio, el enemigo exterior está muy lejos. La memoria flaquea pronto: el pasado 11 de septiembre casi nadie recordaba en Nueva York el trauma de la «zona cero». Pasó el miedo hobbesiano, porque Bagdad y Kabul parecen lugares remotos. Al-Qaeda aprieta, pero no ahoga. Es triste, pero es así. Las víctimas son una fatalidad estadística. Nos emocionan en su momento, pero la vida sigue y hay que pagar la hipoteca todos los meses. Los héroes de guerra merecen la admiración general, pero los mayores elogios en la jornada infame de las Torres Gemelas fueron para los bomberos y los conductores de ambulancia. Los más sensatos recuerdan que la amenaza sigue ahí, pero mucha gente prefiere mirar para otro lado.

¿Por qué perdió el aspirante republicano? Lean el párrafo anterior, claro. Hay otra clave determinante. La derecha -allí, aquí y en todas partes- tiene una cuenta pendiente con la cultura de la sociedad de masas. Necesita con urgencia al equivalente de Antonio Gramsci, aunque sea con medio siglo de retraso. Torpeza es poco decir. El apoyo a Obama ha sido abrumador entre los escritores, los artistas y todo género de personajes mediáticos. El caso Sarah Palin es la mejor prueba. Aportó aire fresco, pero fue -literalmente- triturada por el consenso de la moda universal con argumentos que, bien pensado, podrían ser orientados a su favor: mujer, periférica, ingenua, populista… Las celebridades intuyen por dónde sopla el vien-to y los jóvenes son conscientes de que el futuro es suyo. Si la derecha no logra disputar esta batalla con mediano éxito, está condenada a jugar para siempre en terreno contrario. Hace falta una revolución en el mensaje conservador y liberal frente a la marea progresista. No basta con actitudes despectivas o con la descalificación de todos los adversarios. Ellos son los ídolos contemporáneos, el producto de una eficiente fábrica de sueños. Recordemos otra enseñanza de la antropología social: en las sociedades primitivas nadie ejerce el poder en contra de los hechiceros de la tribu. Tampoco en la Grecia clásica los políticos se atrevían a contradecir al oráculo de Delfos. Una lección pendiente.

De candidato a presidente. ¿Qué va a hacer Obama? El buen marxista, especie en vías de extinción, lo tiene muy claro. El gran capital urde una trama diabólica. Fracasó el Imperio en su versión belicista, Bush mediante. Ahora, los bárbaros de las colonias seremos explotados con una sonrisa en los labios y múltiples reuniones multilaterales. Sigue nuestro izquierdista imaginario: si el político de cartón no obedece al poder en la sombra, habrá conspiración y hasta magnicidio. Lo dice el manual de instrucciones, y lo confirma Prison Break, la serie de moda. Sin embargo, ya no existen marxistas ortodoxos y los izquierdistas de todos los partidos hacen cursos acelerados de americanismo. ¿Les gusta la letra y la música del discurso? Es cierto que dijo pocas cosas concretas, entre ellas: que la lucha antiterrorista requiere más tropas en Afganistán; que el matrimonio genuino es la unión entre hombre y mujer; que el control de la inmigración ilegal puede exigir fuertes medidas de seguridad… Es probable que haya gestos orientados al público menos exigente, y algunos apuntan maneras. Ahora bien, visto el baño de realismo que imprime el despacho oval, es fácil pronosticar que el día 4 de noviembre de 2009 el presidente universal será menos popular que hoy.

Obama y España. Partido Demócrata y PSOE. Comparen la Magnificent Mile de Chicago con la (dignísima) taberna de Tetuán. En Ferraz toman nota buena del discurso en el parque Grant: «Dios bendiga a los Estados Unidos de América». Luego nuestro líder socialista utilizará la fórmula equivalente: «Dios bendiga a España». ¿Verdad que no parece probable? Volvamos a la gran ciudad de Illinois, al vestíbulo del hermoso rascacielos del Chicago Tribune. Allí están grabadas -con estilo muy americano- las mejores frases de los prohombres de aquel periódico centenario. El secreto del éxito, afirma uno de ellos, consiste en seguir «la línea del sentido común». He aquí el reto de Obama, y, por tanto, de todos y cada uno de nosotros. Ojalá acierte.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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