viernes, noviembre 21, 2008

Narrativa, realidad y crisis

Por Manuel Rico, escritor. Autor de la novela Trenes en la niebla, 2005 (EL PAÍS, 17/11/08):

Asistimos, en los últimos años, a un auténtico boom de la novela basada en ficciones ambientadas en espacios históricos remotos, en tramas vinculadas a enigmas religiosos o en supuestos misterios relacionados con la vida más o menos oculta de conocidos personajes de otras épocas. No hay más que entrar en cualquier librería, o en la sección correspondiente del hipermercado de turno y echar una ojeada a la mesa de novedades para advertir ese dominio casi apabullante. Otro tanto ocurre con las listas de los libros más vendidos en el género narrativo.

Ese fenómeno responde, entre otras razones, a un doble impulso: de un lado, una creciente demanda, por parte del lector, de ficciones que le atrapen por unas horas -o por unos días-, que le permitan vivir, con la imaginación, una realidad distinta a una cotidianidad no siempre feliz; de otro, a la opción de algunas de las grandes editoriales por responder a esa demanda con una literatura asequible, cómoda de leer y, a la vez, exenta de conflicto. Ambos factores, junto a una justificada y razonable expectativa de negocio, se aúnan para dar lugar a una situación difícil o, cuanto menos, nueva y de desarrollo imprevisible, para lo que hemos venido en denominar literatura de calidad.

Esa tendencia, que ha llegado a tentar, incluso, a significados narradores con una trayectoria esencialmente literaria y a editoriales que habían hecho de la innovación estética y del rigor literario sus señas de identidad, expresa una opción temática cuyo elemento de fondo es el alejamiento de los conflictos de la vida real, la elusión del presente y la reconstrucción, con más o menos fortuna histórica, de espacios temporales remotos. Tal opción, a veces teñida de modernidad y a veces acompañada de la descalificación de cualquier forma de narrativa comprometida, contrasta con la experiencia vivida en otras literaturas occidentales.

Hoy, cuando la crisis financiera mundial comienza a mostrarse en la economía real, en la vida cotidiana de nuestros barrios y ciudades, no sería malo recordar cómo la mejor literatura del siglo XX tuvo la mirada puesta en la realidad y en sus conflictos. Elcrack del 29 y la Gran Depresión que vivió la sociedad norteamericana de los primeros años 30 tuvo una proyección de gran calado en la narrativa de Steinbeck o Dos Passos, en las novelas de Scott Fitzgerald o de Nathanael West, incluso en el costumbrismo de Sinclair Lewis o en la honda complejidad de Faulkner. Los jóvenes airados (la generación Angry young men:Burgess, Amis, Sillitoe) de la narrativa británica de los cincuenta/sesenta, tuvieron en la realidad inglesa de su tiempo, en las contradicciones de una generación surgida tras la etapa de estabilización que sucedió a la Segunda Guerra Mundial, el caldo de cultivo esencial de sus novelas. Recordar la Italia de posguerra y los vínculos existentes entre la novela de entonces y la realidad cotidiana de un país con enormes dificultades sociales y económicas y en fase de construcción de la democracia tras largos años de fascismo sería una obviedad. Y no es descabellado pensar que la mejor narrativa del dirty realism americano de los años ochenta, con Carver, Tobias Wolff o Richard Ford a la cabeza, tenía mucho que ver con la voluntad de acercamiento a la América que sufría las consecuencias de la política de recortes sociales de Ronald Reagan, una América llena de personajes devastados por el paro, por la enfermedad, por la falta de horizontes.

Incluso hoy, podemos constatar el éxito (de crítica y de lectores) que tienen novelas procedentes de otros países y lenguas en las que se aborda tanto la realidad presente (ahí está el Auster de Un hombre en la oscuridad) como, desde los más diversos ángulos, la memoria más dura de Occidente, desde la experiencia de los campos bajo el nazismo hasta la guerra de Vietnam, mientras cierta crítica y no pocos escritores denuncian, en España, una excesiva producción de “novelas sobre la guerra civil”, de narraciones sobre la posguerra, y califican de superada la novela socialmente comprometida.

Lo cierto que es que la memoria inmediata de una sociedad que es capaz de polemizar vivamente por una ley como la de la Memoria Histórica y marcada todavía por las secuelas y herencias de quienes vivieron la guerra junto a los avatares de un presente difícil, en el que perviven grandes incertidumbres y grandes humillaciones, son asuntos tratados sólo excepcionalmente en nuestro panorama narrativo. Ahí está el inesperado éxito de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. También el último premio de la crítica, Crematorio de Rafael Chirbes. Incluso algún joven narrador, como Isaac Rosa, se ha atrevido a proyectar una mirada no convencional aunque extremadamente crítica sobre el tiempo de la dictadura en sus tres novelas publicadas en el último lustro. También lo ha hecho Marta Sanz o, desde un planteamiento más tradicional, Belén Gopegui.

Sin embargo, sólo se trata de islas. Porque el problema no es sólo que la narrativa eluda las sevicias de hoy y la memoria de la guerra y de la inmediata posguerra, sino que todavía haya amplias zonas de opacidad en nuestra historia reciente en las que apenas ha indagado. Pienso en la cotidianidad de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, en la vida -y la conciencia- de una sociedad adormecida conviviendo, en una paz ficticia, con cárceles llenas de presos políticos, con la costumbre obligada del silencio, de la autocensura, del miedo. ¿No es esa realidad parte de nuestra memoria y causa de nuestros miedos y complejos de hoy? ¿Por qué asumimos con normalidad, incluso con entusiasmo, que la última obra de Ian McEwan evoque las manifestaciones anti-guerra del Vietnam de sus protagonistas mientras calificamos de panfletario al narrador español que recobra la memoria de las luchas estudiantiles de los 60 o los grandes conflictos políticos, sociales y laborales que abrieron grietas, en los 70, en el edificio del franquismo? Es llamativo, a ese respecto, que la novela española del medio siglo (Aldecoa, Marsé, los Goytisolo, Benet, Isaac Montero, García Hortelano) abordara, en unas condiciones extremadamente difíciles, la realidad de aquel tiempo y que hoy, cuando las condiciones para ello son sumamente favorables, el presente y el pasado inmediato no tengan quien los escriba. O sólo unos pocos.

En ese contexto, en el que, además, asistimos a la presencia de grandes -en calidad y en volumen- novelas de autores foráneos de corte y estructura tradicionales, es curiosa la apelación que desde distintos foros se hace a la fragmentariedad, a una narrativa que se alimente de la experiencia diversa y arbitraria de la red, que renuncie a proyectar una luz crítica sobre el presente, que destierre todo imaginario colectivo y todo intento de construir historias en aras de una postmodernidad que fue hija del mercado y el liberalismo extremo cuando el mercado, al menos en su forma más “salvaje”, está siendo cuestionado tras el reciente crash incluso por sus más fervientes defensores de antaño.

¿Tendrán la crisis económica, y la memoria del franquismo más gris, y el presente, en el futuro, quien desde la ficción literaria y desde el lenguaje revelador, los describa y escriba? Ésa es, quizá, una de las grandes preguntas de nuestra narrativa del presente. Y, seguramente, del futuro. En el siglo de Internet, del predominio de las tecnologías de la información y de la comunicación, de una sociedad del conocimiento cada vez más sofisticada y extendida, de la omnipresencia de lo audiovisual, la demanda de una literatura de calidad, que incite a la reflexión, que se comprometa con la realidad y con la memoria, que sea mucho más que un espacio para el entretenimiento, es, aunque suene a determinismo, una necesidad objetiva. Y un desafío para los escritores del siglo XXI.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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