jueves, marzo 31, 2011

Bonos para un sueño

Por Antonio Roldán Monés, asesor en el Parlamento Europeo (EL PAÍS, 30/03/11):

En uno de sus últimos artículos Tomaso Padoa-Schioppa, uno de los grandes europeístas de nuestro tiempo y padre intelectual del euro, escribía: “Si la respuesta política a una amenaza sistémica no es, en sí misma, también sistémica, sus posibilidades de éxito serán nulas. Solo una Unión más unida, capacitada para mediar con crisis sistémicas, será capaz de confrontar los pánicos sucesivos en los mercados y los frenazos en la actividad económica”.

El Pacto por el Euro Plus que acaba de acordar el Consejo Europeo supone un avance significativo hacia la Unión Económica, pero no es suficiente. Solamente los eurobonos pueden ofrecer una respuesta sistémica para terminar con las persistentes amenazas al euro. Su puesta en marcha se interpretaría como una apuesta definitiva por el federalismo, reabriría el debate sobre la necesaria fiscalidad común y demostraría el compromiso real de nuestros líderes con el proyecto político europeo.

El reciente colapso político y económico de Portugal, de consecuencias todavía inciertas, es una prueba más de que esta no es simplemente una crisis financiera o de la deuda soberana. A pesar de los compromisos acordados para mejorar la gobernanza económica, los ataques a la eurozona persisten. La crisis ha sacudido los pilares de la Europa que conocíamos y sigue estando en juego la supervivencia del euro y, por extensión, el proyecto político de la Unión. Por esa razón, la solución no puede basarse únicamente en una mejor coordinación intergubernamental de políticas económicas y una mayor disciplina fiscal. La crisis nos exige sentar las bases de una verdadera gobernanza económica posnacional.

El Pacto por el Euro Plus tiene dos grandes debilidades, una de método y otra de contenido: al basarse en el método intergubernamental, es decir, en los compromisos voluntarios de los Estados para su cumplimiento, corre el riesgo de quedarse en papel mojado -como le sucedió, por ejemplo, a la Estrategia de Lisboa. En segundo lugar, no aborda la debilidad fundamental de nuestra Unión Monetaria (UME), la carencia de una fiscalidad común que permita corregir nuestros desequilibrios internos y responder a shocks macroeconómicos asimétricos como el que ahora padecemos.

La Unión Europea necesita mayores recursos propios para fomentar inversiones en bienes públicos europeos, resolver los problemas bancarios y moderar los desequilibrios de nuestra geografía económica. Muchos europeos quizás no sepan que la Unión Europea gasta apenas el 1% de su renta, una cantidad simplemente insuficiente, para responder a nuestras obligaciones comunes.

La falta de recursos propios es una de las razones por las que la eurozona ha sufrido la crisis con mayor agudeza que, por ejemplo, Estados Unidos, que entraba en la crisis con unas ratios de deuda y déficit sobre el PIB, en algunos de sus Estados, más altos que en los países de la eurozona. Con un sistema fiscal compartimentado en secciones nacionales, la especulación financiera internacional ha sido capaz de atacar los puntos más débiles de nuestra UME. Es probable que si Estados Unidos no gozara de un presupuesto federal fuerte, del 40% del PIB en su caso, hoy estaríamos hablando de Florida o California en vez de Grecia o Irlanda.

Las dificultades en las que se encuentra Europa son en gran parte consecuencia de una tendencia histórica de raíces profundas que se traduce en una crisis irreversible de los Estados nación europeos, incapaces de afrontar en el marco de la soberanía nacional los retos que plantea la globalización. La crisis ha funcionado como un seísmo en ese largo proceso y ha forzado a un replanteamiento de las estructuras de gobierno.

Hasta el momento, se han realizado avances notables en lo que se refiere al gobierno económico. Hace tan solo tres años hubiese sido impensable que en 2011 se pusieran en funcionamiento tres autoridades de supervisión financiera europeas y un Consejo Europeo encargado de prevenir riesgos sistémicos. Tampoco nadie hubiera imaginado que estaríamos funcionando en un Semestre Europeo para una mejor coordinación de nuestras políticas presupuestarias, ni que se acordara la reforma del recién nacido Tratado de Lisboa para crear un Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), o lo que es lo mismo, un Fondo Monetario Europeo.

Todas esas medidas son positivas y contribuirán a acercar nuestras políticas en materia económica, a prevenir riesgos y a mediar con futuras crisis. No obstante, un fondo de rescate basado en las contribuciones de los Estados no será suficiente si los contagios se extienden. Incluso podría resultar contraproducente, si los altos costes de los rescates repercutieran en tensiones políticas entre los miembros de la eurozona.

Tampoco, desgraciadamente, parece que estén sirviendo para demasiado las pruebas de resistencia bancarias, ni los recortes sociales ad infinítum, exigidos por Alemania. No olvidemos que la crisis política en Portugal ha estallado en el proceso de aprobación del cuarto plan de recortes en un año y, con todo, los intereses del bono luso a 10 años siguen estando alrededor del 8%.

Los mercados ya no dudan de la solvencia de uno u otro país; están poniendo en duda la continuidad de la UME en su forma presente. La única respuesta que puede calmar esas dudas es un paso adelante definitivo hacia el federalismo fiscal. Los eurobonos ofrecerían la evidencia de que ese camino es posible, de que existe la voluntad política para avanzar en la integración europea hasta sus últimas consecuencias.

Como apuntaban recientemente Jean-Claude Junker, primer ministro y ministro del Tesoro de Luxemburgo, y Giulio Tremonti, ministro de Economía y Finanzas de Italia, “los eurobonos permitirían mandar un mensaje rotundo a los mercados sobre nuestro compromiso político con la Unión Económica y Monetaria y sobre la irreversibilidad del euro”.

Los títulos de deuda europeos podrían ser emitidos por una nueva Agencia Europea de la Deuda (EDA) que sustituiría al MEDE y tendría el mandato de alcanzar una emisión del papel vigente del 40% del PIB de la Unión. Los Estados miembros tendrían la posibilidad de financiarse con bonos europeos, bonos “azules”, según la propuesta del think tank Bruegel, hasta un cierto límite de endeudamiento y por encima de ese límite se verían obligados a emitir bonos nacionales de deuda, “bonos rojos”.

Esto permitiría que el mercado europeo de deuda alcanzara el nivel de liquidez de los bonos del Tesoro de Estados Unidos, con unos tipos de interés muy bajos -puesto que el riesgo de suspensión de pagos asociado al conjunto de la eurozona sería prácticamente nulo- y evitaría ataques especulativos. Asimismo, sería la mejor fórmula para incentivar la disciplina fiscal -desde luego más eficiente que la inclusión de límites de deuda y déficit en nuestras constituciones nacionales, como se ha propuesto-, puesto que los países harían lo posible por evitar los “bonos rojos” soberanos, mucho más caros.

Pese a lo que algunos puedan pensar, esta no es una decisión técnica, es una decisión política fundamental que serviría de termómetro del compromiso por la convergencia y la solidaridad europeas que impregnan la palabrería de nuestros tratados. Alemania, principal detractora de la idea, debería liderar ese cambio, puesto que ella sería la primera beneficiada de una Europa estable y bien equipada para navegar en las aguas económicas globales.

Tras 60 años de viaje europeo nos encontramos en un punto de inflexión. La declaración Schuman, que dio el pistoletazo de salida a la integración europea, decía: “Europa no se construirá toda de una vez, o siguiendo un único plan. Se logrará a través de acuerdos concretos que crearán una solidaridad de facto”. Entonces, la propuesta de poner en común la producción del carbón y del acero sentó las bases del desarrollo económico interdependiente, como primer paso hacia la Unión Europea que conocemos hoy. Ahora, la decisión sobre los eurobonos es probablemente el paso más importante de la Europa poscrisis, que reflejaría la fortaleza fundamental de nuestro compromiso con la idea de Europa.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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