viernes, marzo 18, 2011

¿Intervenir en Libia?

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 12/03/11):

La ola de wikirrevoluciones democráticas que está transformando el mundo árabe se ha estrellado en Libia en el roquedal último del poder: la fuerza bruta. Las protestas pacíficas, también convocadas por redes espontáneas en internet y expresadas en las calles, como en otros países, fueron reprimidas a balazos. La negativa de oficiales y tropa a masacrar a sus conciudadanos conllevó una división del poco estructurado ejército. Así pudo en un primer momento triunfar la rebelión el este del país, donde hay los mayores yacimientos petrolíferos. Ante el desconcierto inicial de Gadafi y su cúpula, entusiastas milicianos con más ánimo que capacidad militar marcharon hacia Trípoli, en una gesta reminiscente de las milicias anarquistas en los primeros momentos de la guerra civil española. En el oeste, ciudades como Ez Zauiyah se rebelaron y resistieron heroicamente los asaltos de mercenarios y luego de brigadas de combate bien pertrechadas, aunque ya se perciben los estertores de su defensa y empieza el calvario de ejecuciones . El éxito inicial de la revuelta en el este se debe a la división tribal de Libia. Las tribus del este siempre fueron excluidas del poder y de los beneficios del petróleo que alberga su desierto. Cuando se vieron amenazados, el autócrata y sus hijos desencadenaron todo la fuerza que habían concentrado en torno a ellos.

No hay tanto en realidad. Gadafi vive rodeado de un guardia de amazonas, más folklóricas que efectivas. En el siguiente círculo está su guardia presidencial, con potencia de fuego y estricta disciplina. Y más allá, cuenta con la temible Brigada 32, dirigida y organizada por su hijo Jamis, que acapara la capacidad ofensiva, con fuerzas entrenadas, artillería, blindados modernos y apoyo aéreo táctico. En la periferia están los matarifes carne de cañón, turbas mercenarias del Áfricasubsahariana, sin disciplina y con armamento ligero pero capaces de aterrorizar mediante matanzas indiscriminadas. Fueron estos últimos los que encerraron en sus casas a los habitantes de Trípoli desarmados. Pero no pudieron tomar Ez Zauiyah y fueron desbandados en Bengasi. Fue entonces cuando la brigada Jamis entró en acción y lo que quedaba de fuerza aérea apoyó con bombardeos a los desorganizados milicianos revolucionarios que ni tienen armamento pesado ni saben utilizarlo cuando les llega.

En estos momentos los expertos concluyen que en términos militares Gadafi puede aplastar a la oposición, matar o exiliar a sus líderes y aterrorizar al conjunto de la población. Y como es un animal herido, lo hará mientras pueda. Y si no puede, se suicidará.

El mundo ha seguido con creciente congoja la evolución de la situación, gracias a las informaciones e imágenes que los medios de comunicación internacionales han ido transmitiendo jugándose la vida. La maniobra del hijo supuestamente civilizado de Gadafi, Saif al Islam (nada menos que doctor de la London School of Economics – doctorado comprado por dos millones-)de permitir el acceso controlado a la prensa le salió mal. De hecho, aumentó la visibilidad de la desigual lucha y subsiguiente masacre, sumándose a lo que se percibía en internet.

Los medios de comunicación están siendo la principal protección de que disponen los libios frente a la brutalidad incontrolada, no porque a Gadafi le importe la opinión pública, sino por el peso de esta opinión sobre los gobiernos que podrían eliminar su poder militar en caso de intervención.

Pero esta intervención no se produce por la inoperancia de la ONU cuando está dividida y porque Obama y Clinton viven bajo el síndrome de Iraq. Saben que, como en Bosnia, en último término cuando se trata de acción militar los europeos traspasan la responsabilidad a la máquina de guerra estadounidense. Y ahí empiezan las resistencias, en primer lugar desde las propias fuerzas armadas, que se han pronunciado inequívocamente en contra, por la sencilla razón de que no pueden abrir una tercera guerra cuando aún están en Iraq, lo pasan muy mal en Afganistán y tienen que mantenerse en estado de alerta en el golfo Pérsico y en el mar de Japón. No va más: estos son los límites reales del superpoder militar estadounidense. Y aunque Sarzoky y Cameron hablan más alto, tienen que pasar por la OTAN y la OTAN por EE. UU. y estos por las Naciones Unidas, que están bloqueadas por Rusia y China, por aquello de la soberanía y Chechenia y Tíbet.

Pero el coste de la no intervención es altísimo. En credibilidad porque tras declarar Obama y demás gobiernos que Gadafi debe dimitir, si se mantiene en el poder convierte a las democracias en tigres de papel cuando se trata de derechos humanos. Y se frena el proceso de cambio en el mundo árabe porque de nuevo los que no sabían cómo parar a los jóvenes movilizados por internet recuperan sus reflejos de matar y torturar como forma de gobierno. No hay Al Qaeda en Libia, como no la había en Iraq antes de la invasión. Lo que hay son tribus sublevadas y jóvenes de una nueva generación que quieren inventar su democracia, más o menos legitimados por chaqueteros del régimen dispuestos a liderar una transición. Abandonarlos a su suerte es una nueva muestra de lo irrisorio de los valores que decimos defender. Hay formas diversas de intervención que no son tan costosas. Algunas parece que ya están en marcha. Instructores y armas para los sublevados. Comandos infiltrados con la idea de matar a Gadafi y a sus hijos. Declaración de una zona de vuelo prohibido que tendría un valor simbólico importante. Y tal vez bombardeos selectivos sobre centros de control y sobre la única brigada de combate efectiva de Gadafi. Pero la sombra de la ilegal guerra de Iraq está ahora paralizando la intervención para detener una guerra civil que conduce a una masacre. Pero tal vez estemos pensando más en cómo mantener el grifo del petróleo y evitar la ola de refugiados que en defender unos principios en los que ya pocos van creyendo. Como dijo Obama, las revoluciones tienen que ser orgánicas. Pero entonces, ¿por qué no se calla el presidente?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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