miércoles, febrero 04, 2009

Andreotti: principios y tiempo

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 04/02/09):

La película Il divo, del napolitano Paolo Sorrentino, se centra en una etapa de la vida de Giulio Andreotti. Lo interpreta Toni Servillo, quien quizá no acierta –por un exceso de rigidez y dureza– a captar el aire del personaje, que siempre mantuvo un tono de festiva y contenida ironía. Su pose era de una impavidez cortés y amable, no de una estolidez agria. El filme traza una caricatura cáustica –y, sin duda, sesgada– de la figura política de quien fue apodado Il Divo por ser el más influyente político italiano de la segunda mitad del siglo XX. La crónica insiste en sus ansias de poder, y lo hace cargando las tintas en el cinismo del personaje. Todo ello presentado con un humor grotesco que contrasta con los hechos graves –algunos atroces– que narra, ya que se muestran las tripas de la Democracia Cristiana durante el último Gobierno de los siete que presidió Andreotti.

La Democracia Cristiana –partido hegemónico desde el fin de la segunda guerra mundial hasta el estallido de Tangentopolis en los 90– tuvo épocas y zonas oscuras, con críticas por sus abusos y sospechas fundadas por sus coqueteos con la mafia para conservar el poder. Era la época de la guerra fría, cuando la amenaza comunista lo justificaba todo o, por lo menos, matizaba el principio de que el fin no justifica los medios. Formalmente, la película es efectista, un tanto fallera, con subrayados excesivos y un deliberado histrionismo por parte de algunos actores secundarios. De estética oscura y barroca, confirma la idea de que el país por antonomasia del barroco es Italia, muy por encima de España.

Aparco el tema –planteado con acierto por Vicente Molina Foix– de la tendencia creciente a inmiscuirse de forma desabrida en la vida privada y familiar de políticos vivos, tal y como hace Il Divo, lo que genera productos semejantes a Gran Hermano, si bien para espectadores con presunto barniz cultural. La crítica política –por acerba que sea– es manifestación de libertad y, como tal, fundamento de la democracia, pero la inmisión en la intimidad familiar es rechazable, aunque se envuelva con el celofán de un humor tan fácil como burdo, que, así concebido, degrada cuanto toca. Pero, al margen de este tema, la película sugiere dos grandes cuestiones políticas: el valor de los principios y los efectos demoledores de la perpetuación en el poder.

“PARECÍA tener una aversión positiva a los principios. Estaba incluso convencido –dijo Margaret Thatcher de Andreotti– de que un hombre de principios está condenado a ser un hazmerreír”. Esta ductilidad, puesta al servicio de una inteligencia superior, una cultura notable, una ironía devastadora y un dominio de sí mismo sin fisuras, hicieron posible la carrera del hoy nonagenario Andreotti.

Miembro de la Asamblea Constituyente en 1946, ministro 20 veces y presidente del Gobierno siete más, su trabajo constante, la atención directa, asidua y clientelar a su electorado y un conocimiento exhaustivo de los despachos y de las cloacas del Estado, le convirtieron en el eje de una etapa de la vida política italiana. Hay en su trayectoria un hecho capital: el secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas. Moro, atento al compromiso histórico propuesto por el comunista Enrico Berlinguer, propugnaba un gobierno de solidaridad nacional entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. En contra de esta fórmula estaban Andreotti, Cossiga y, naturalmente, EEUU. Eran tiempos de guerra fría. Pero –como ha escrito Indro Montanelli– “echemos a Andreotti todas las culpas que queramos, dado que durante unas épocas asumió todas las responsabilidades; pero si hubo un caso en el que su comportamiento fue impecable, ese fue cómo se llevó el caso Moro”, al hacer prevalecer la firmeza ante las demandas de los secuestradores, lo que habría equivalido a otorgar a las Brigadas Rojas la condición de interlocutor político. Berlinguer también se opuso a ello. Y Craxi siempre creyó que el último secreto sobre la muerte de Moro lo guardan los americanos.

SEA COMO fuere, lo cierto es que se ha vinculado a Andreotti con el escándalo de Italcasse, el mortífero café que bebió Sindona, el suicidio de Calvi en el puente londinense de Blackfriars, la desaparición del dossier Moro tras el asesinato del general Dalla Chiesa, el asesinato del periodista Pecorelli, el de Silvio Lima y el de los jueces Falcone y Borsellino. No ha de extrañar, por tanto, esta conclusión de Montanelli: “Se extiende cada vez más en nuestros periódicos la costumbre de dar a Andreotti el tratamiento de Belcebú. Abandonémosla. Belcebú podría querellarse”.

Casi al final de la película, justo después de que Andreotti confiese a Cossiga –en un raro instante de abandono– su enamoramiento adolescente de una hermana de Vittorio Gassman, Cossiga le dice que su problema esencial consiste en haber tenido el poder demasiado tiempo. Es muy probable que Cossiga acertase. A fin de cuentas, es aventurado pensar que Andreotti hiciese algo sustancialmente distinto de lo que hicieron la mayoría de los políticos de su generación. Lo que sucede es que lo hizo durante medio siglo. Y, al final, la democracia es solo cambio.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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