Mostrando las entradas con la etiqueta FMI. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta FMI. Mostrar todas las entradas

martes, julio 05, 2011

La transformación del FMI

Por Sonsoles Castillo y Santiago Fernández de Lis, BBVA Research (REAL INSTITUTO ELCANO, 05/07/11):

Tema: El FMI ha experimentado una importante transformación desde el estallido de la crisis financiera internacional para mejor abordar los retos a los que se enfrentará en el siglo XXI.[1]

Resumen: En este ARI se abordan las transformaciones recientes del FMI en su adaptación a la crisis financiera internacional: (1) la reforma en la financiación del FMI; (2) el cambio en el enfoque del fondo en materia de política fiscal; (3) los cambios en la posición sobre controles de capitales; y (4) los cambios en la gobernanza de la institución. La principal conclusión es que el FMI, en respuesta a la que ha sido una de las crisis más complejas y profundas de las últimas décadas, se ha dotado de un marco más flexible y un enfoque más pragmático en la formulación de recomendaciones de política económica y condicionalidad de los programas; sin embargo, es necesario profundizar esta transformación, especialmente en el ámbito de la gobernanza de la institución –para acomodar la mayor influencia de los países emergentes y en desarrollo–, aspecto donde los avances han sido mucho más lentos.

Análisis: A mediados dre la década pasada, el FMI era una institución decadente que parecía condenada a la irrelevancia. En un mundo caracterizado por el crecimiento sostenido, la estabilidad macroeconómica y la aparente ausencia de crisis, el Fondo parecía haberse quedado sin funciones y sin recursos para sufragar sus costes de funcionamiento. Las economías emergentes, hasta entonces sus principales clientes, habían ido distanciándose de la institución como resultado de las discrepancias en torno a la crisis asiática de 1997-1998 y la traumática experiencia de la crisis argentina de 2001. El establecimiento de límites más estrictos a la financiación en caso de crisis (condición puesta por los países desarrollados para limitar el riesgo moral) y la estricta condicionalidad de esta ayuda (sobre todo a través de políticas fiscales restrictivas, independientemente de las circunstancias del país) habían inducido prácticas de “autoaseguramiento” de los países emergentes y en desarrollo, mediante procesos de acumulación de reservas que, además, ayudaban a mantener artificialmente bajo el valor de sus divisas. Los países con programa, como Argentina, amortizaron anticipadamente estas ayudas a la primera oportunidad para escapar de su condicionalidad.

En estas circunstancias, el Fondo, cuyos ingresos dependían de los pocos programas de ayuda entonces vivos (Turquía especialmente), redujo su personal en cerca de un 20%, comenzó un programa de ventas de oro, decidió rentabilizar de manera más activa su cartera de inversiones y se planteó incluso cobrar por su labor de asesoramiento y asistencia técnica a los países (véase Crockett Report, 2007).

Unos pocos años después, la situación ha cambiado radicalmente como consecuencia de la crisis financiera internacional. El Fondo está desempeñando un papel crucial en la resolución de la crisis, bajo la dirección política del G20: los fondos a disposición de la institución han aumentado exponencialmente, así como los países con programa, y las modalidades de ayuda también se han multiplicado, con nuevas facilidades y un enfoque más pragmático y flexible que en el pasado. A diferencia de crisis anteriores, en esta ocasión muchos de los programas de ayuda han tenido como objetivo a países desarrollados, en tanto que los emergentes y en desarrollo apenas han necesitado ayudas.

La reforma en la financiación del FMI

Uno de los objetivos últimos que perseguía el lanzamiento del FMI hace ya más de 65 años era apoyar financieramente, de forma transitoria y con garantías, a los Estados miembros que se enfrentaban a desequilibrios externos. Teóricamente el FMI aspiraba a cumplir tres grandes objetivos: (1) evitar que los países con problemas experimentaran un colapso; (2) actuar como catalizador de otras fuentes de financiación (capital privado); y (3) ayudar a prevenir crisis. Para cumplir este mandato el FMI fue dotado con unos recursos y líneas de financiación (en una doble modalidad, concesional y no concesional). En la práctica, el acceso al FMI ha sido bastante desigual, los motivos que han desencadenado la petición de ayuda han ido variando en el tiempo y el grado de cumplimiento de estos objetivos ha sido también muy variable. La actuación de FMI, en la mayoría de los casos, ha sido más reactiva que preventiva, lo que pone de manifiesto una debilidad fundamental en su funcionamiento.

A lo largo de su historia, el volumen y la naturaleza de la financiación otorgada por el FMI han experimentado continuos cambios, en paralelo con la evolución de la economía global. Con todo, se pueden identificar tres denominadores comunes. Por un lado, salvo en sus comienzos, en los que la financiación fluyó mayoritariamente a países desarrollados, la financiación del FMI ha tenido en los países emergentes sus principales destinatarios (en la década de los 70 y 80 para amortiguar el efecto de las crisis del petróleo y las crisis de deuda, y en los 90 acompañando al proceso de transición de los países de Europa del Este). Tras la reciente crisis, varios países desarrollados, fundamentalmente europeos, han vuelto su mirada al FMI y la actividad prestamista del fondo ha recuperado niveles de la década pasada, tras varios años de casi inactividad. Por otro lado, la condicionalidad de los préstamos ha sido estricta, en el entendimiento de que los países que acceden a un crédito del FMI han de poner en marcha medidas para fortalecer sus economías y, al tiempo, garantizar la devolución de los préstamos. Por último, la modalidad de préstamo con la que se han articulado la gran mayoría de las ayudas no concesionales ha sido el tradicional SBA (Stand-By-Arrangement), a pesar de la proliferación de instrumentos articulados por el FMI, pero que a la larga se han revelado como poco operativos o incluso redundantes.

Tras todos estos años, y con el telón de fondo de la reciente crisis financiera, se ha reabierto un debate de fondo sobre el papel del FMI en su calidad de prestamista. En concreto, se han plateado varias cuestiones: ¿hasta qué punto la caída en picado de la actividad prestamista del FMI en los años centrales de la década pasada fue el resultado de un entorno global muy favorable o más bien reflejo unas modalidades de financiación inadecuadas?; y ¿ha sido el estigma asociado a la petición de ayuda un factor inhibidor al papel que puede jugar el FMI en la prevención de crisis?

En el seno del FMI, en el verano de 2008 se plantearon este tipo de debates, que culminaron con una amplia reforma de su marco de financiación en marzo de 2009 (véase IMF, 2008 y 2009). El objetivo era la modernización de este marco y el realineamiento con los fuertes cambios que se estaban produciendo a su vez en el sistema financiero internacional. En definitiva, fortalecer la capacidad del FMI para prevenir y resolver crisis.

Las reformas han abarcado un amplio número de temas, pero se han centrado en dos grandes ejes: (1) mejorar las modalidades de financiación por adelantado tales como el acceso a ayudas con carácter preventivo, la simplificación del conjunto de herramientas disponibles hasta la fecha o la flexibilización de la condicionalidad; y (2) aumentar el monto susceptible de ser prestado a los países miembros.

Hay varios aspectos de la reforma que merecen ser valorados positivamente, pero hay dos, que están íntimamente ligados entre sí, y que merecen una consideración especial. Primero, la creación de dos nuevas líneas de liquidez preventivas, Línea de Crédito Flexible, FCL, y Línea de Crédito preventivo, PCL, disponible en el primer caso sin condiciones para países con muy sólidos fundamentales y buen manejo de las políticas económicas, o en el segundo caso con algún tipo de condicionalidad para países que a pesar del buen comportamiento macroeconómico presentan algunos elementos de vulnerabilidad.

Igualmente positiva es la revisión del marco de condicionalidad, que a partir de ahora puede aplicarse ex ante, en lugar de ex post como se venía haciendo hasta la fecha. Lo realmente positivo y novedoso es que estas nuevas fórmulas preventivas de financiación sí están funcionando (México, Polonia y Colombia las han solicitado e incluso extendido) dándose así un paso para salvar el tan temido efecto estigma del mercado. Este es un resultado largamente deseado por el FMI, pues una intervención preventiva puede evitar una crisis, y por los propios destinatarios de las mismas que reciben un espaldarazo al buen desempeño macroeconómico y de políticas económicas.

Dicho todo esto, quedan todavía importantes desafíos que exigen pasos adicionales en el diseño e implementación de los programas de financiación. Teniendo en cuenta dos de los aspectos que marcan el nuevo entorno global –la creciente importancia de los desequilibrios financieros, junto a los puramente macroeconómicos y el papel crítico que juegan los canales de contagio–, se están explorando nuevas alternativas como la extensión del FCL y la creación de una línea de liquidez que pueda ponerse en marcha de forma contingente ante la aparición de riesgos sistémicos. Otro reto importante sigue siendo hacer un diagnóstico acertado del origen de los problemas en algunos países, distinguiendo los problemas de liquidez de los problemas de solvencia. Por último, la crisis ha puesto de manifiesto que una acción coordinada es una condición necesaria para resolver algunos problemas, de ahí que sea deseable que se refuerce la acción conjunta del FMI con otros prestamistas de última instancia como otros organismos multilaterales y bancos centrales.

El FMI y las recomendaciones en materia fiscal

Hay al menos dos elementos que sitúan al FMI como una voz autorizada en el debate sobre el diseño, manejo y eficacia de los instrumentos de política macroeconómica, y especialmente de la política fiscal. Desde un punto de vista puramente práctico hay que reconocer al FMI una larga experiencia en esta materia, ya que al diseño de cualquiera de los programas de rescate del FMI se ha venido incorporando de forma casi inexorable un programa fiscal (austeridad fiscal). Desde un punto de vista teórico, el FMI ha liderado durante varias décadas el análisis económico en materia fiscal en diferentes dimensiones, desde la pura recopilación de estadísticas, pasando por el análisis de sostenibilidad de la deuda, hasta la elaboración de ejercicios de sensibilidad de las cuentas públicas a distintos parámetros. Tras el estallido de la crisis financiera, el FMI ha adoptado iniciativas adicionales en estas líneas, como la publicación de un informe regular sobre la situación fiscal (Fiscal Monitor) y la elaboración de indicadores de vulnerabilidad fiscal, para un amplio número de países.

Pero más allá de profundizar en el análisis, la crisis también parece haber propiciado cierto cambio en la sensibilidad del FMI en lo relativo a las recomendaciones de política económica. En esencia, la premisa básica de austeridad fiscal y la contención de los ratios de deuda pública sigue siendo válida, pero se puede decir que se ha avanzado a posiciones algo más pragmáticas. Así, hay un reconocimiento explícito de la política fiscal como instrumento para mitigar los impactos de una crisis como la actual, rompiendo algunos de los estándares de pensamiento más arraigados y trayendo a la política fiscal al centro del debate. Estas son algunas de las reflexiones que han emergido en relación a la política fiscal tras la crisis (véase Blanchard, Dell’Áriccia y Mauro, 2010). La política fiscal discrecional es una herramienta más, junto con la política monetaria, para estabilizar la economía en el corto plazo. La política fiscal puede ser efectiva bajo determinadas circunstancias, si bien hay una gran incertidumbre sobre el valor de los multiplicadores. Estas ideas se plasmaron en el estímulo fiscal puesto en marcha por las mayores economías mundiales desde principios de 2009 para evitar que la profunda recesión derivase en una espiral deflacionista, una idea que desde las organizaciones multilaterales fue impulsada principalmente por el FMI. Por otro lado, el FMI sigue reconociendo que la existencia de contar con un margen en materia fiscal es clave, esto eso, un impulso fiscal agresivo que permite acotar el impacto de la crisis sólo es posible si se ha construido un colchón en los años de bonanza. Y, por último y no menos importante, las medidas fiscales contracíclicas de corto plazo deben acompañarse simultáneamente por medidas que garanticen la consolidación fiscal a largo plazo. La coyuntura por la que están pasando ya algunos países desarrollados es un claro exponente de que esto es algo imperativo de ahora en adelante. De ahí que la receta del FMI sigue siendo la de vigilar los ratios de deuda, avanzar en el proceso de consolidación fiscal y comprometerse con reglas fiscales o techos de deuda para conseguir que los altos niveles de endeudamiento converjan a niveles incluso inferiores a los previos a la crisis. El otro gran reto más allá de esto es avanzar en el diseño de estabilizadores automáticos.

Los controles de capitales

El FMI es una institución tradicionalmente defensora de la libre circulación de capitales, posición en cierto modo natural, ya que el Fondo tiene entre sus objetivos fundacionales fomentar una mayor integración financiera internacional. Aunque el Fondo ha reconocido tradicionalmente que los controles de capitales pueden ser necesarios en los estadios iníciales de desarrollo, su paulatina eliminación, a medida que los países alcanzan un grado de desarrollo suficiente, ha sido parte esencial de la doctrina del Fondo.

Las últimas crisis, sin embargo, han puesto de manifiesto que las burbujas del precio de los activos tienen su origen con frecuencia en procesos de entradas de capitales que el país receptor no tiene capacidad de absorber sin incurrir en desequilibrios graves. La secuencia es bien conocida: un país en proceso de convergencia, cuyas políticas son razonables y sus fundamentos correctos, importa capitales por la mayor rentabilidad de la inversión frente a economías más maduras. Estas entradas de capitales plantean a las autoridades un dilema entre aceptar una apreciación del tipo de cambio o acumular reservas de divisas. En el primer caso se produce una pérdida de competitividad, déficit por cuenta corriente y aumento del endeudamiento exterior que, cuando las entradas de capitales se dan la vuelta (sudden stop) conducen a una crisis de balanza de pagos. En el segundo caso se produce un aumento de la cantidad de dinero y de la inflación que erosiona igualmente la competitividad y conduce a una crisis.

Estos procesos son bien conocidos, pero en esta última crisis concurren dos circunstancias que hacen que puedan ser especialmente peligrosos: (1) los desequilibrios macroeconómicos globales, tras un breve paréntesis en 2008-2009, han continuado aumentando, lo que genera necesidades de reciclaje de capitales cuantiosas y crecientes; y (2) en la medida en que la crisis se ha concentrado en los países desarrollados, se han tendido a reorientar los flujos de capitales hacia los países emergentes, cuya capacidad de absorción de estos flujos es limitada, como mayor es su vulnerabilidad ante desequilibrios como los descritos.

La experiencia de los países del este de Europa en los primeros compases de la crisis, así como la de la periferia del euro en la fase más reciente, ilustra los peligros de las burbujas del precio de los activos en países en proceso de convergencia. Todo esto ha encendido las alarmas de las autoridades nacionales y los organismos internacionales, que han buscado maneras de evitar, en concreto, burbujas inmobiliarias como las experimentadas en los últimos años, que producen graves crisis bancarias y soberanas.

Los controles de capitales tradicionales se han mezclado en muchos casos con las nuevas políticas macroprudenciales, que utilizan los instrumentos de las políticas prudenciales (del solvencia de entidades financieras) para alcanzar objetivos “macro” de estabilidad financiera o de prevención del riesgo sistémico. Algunos ejemplos de este último tipo de políticas son los límites a los ratios de préstamo sobre valor (Loan to Value, LTV) en los préstamos hipotecarios, la utilización de los coeficientes de reservas bancarias para desalentar determinadas operaciones (por ejemplo, la captación de depósitos en moneda extranjera), provisiones dinámicas o anticíclicas que permitan construir un colchón en los tiempos buenos que se pueda utilizar en los tiempos malos y, tal como se propone en el marco de la nueva regulación bancaria (Basilea III), un recargo de capital más elevado si el crecimiento del crédito en el sistema supera un determinado umbral.

Algunas de estas medidas pueden presentar analogías con controles de capitales tradicionales, cuando inciden sobre la moneda de denominación de las operaciones financieras o tratan de manera distinta a los residentes y no residentes. El Fondo, en definitiva, se ha mostrado mucho más flexible y dispuesto a aceptar controles de capitales como medida preventiva que evite males mayores: recalentamiento de la economía, burbuja del precio de los activos y desequilibrios que, tarde o temprano, generan crisis (véase IMF, 2010).

La reforma de la gobernanza del Fondo

El poder de voto en el Directorio del Fondo se basa en un esquema complejo que depende de las cuotas de los países miembros, quienes a su vez se agrupan en “sillas”. La ventaja inicial de los miembros fundadores, unida a un sistema con fuertes componentes de inercia y a una fórmula que descansa en variables que priman a las economías europeas (como la apertura) ha hecho que las cuotas hayan tenido un sesgo claramente en favor de Europa y en contra de los países emergentes.

Antes de la reforma de Singapur en 2006 este sesgo condujo a que los votos de los Países Bajos y Bélgica (2,3% y 2,1% del total, respectivamente) fueran superiores a los de la India y Brasil (1,9% y 1,4%) (véase Fernández de Lis, 2006). Esta situación era insostenible, y más en un mundo donde los países emergentes son la locomotora de la economía mundial. Tras la reforma de Singapur, y al hilo de la crisis internacional, se ha propuesto una reforma más ambiciosa que supondrá, entre otras cosas, situar a China como el tercer país por tamaño de su cuota, reducir los votos del conjunto de los países desarrollados del 45,1% (pre-Singapur) al 41,2% y aumentar paralelamente los de los países emergentes y en desarrollo del 39,4% al 44,7%. La UE perderá tres puntos en poder de voto, aunque algunos pocos países tradicionalmente infrarrepresentados aumentarán su participación, de manera destacada España, que pasará del 1,4% previo a Singapur al 1,9% después de la reforma en curso. Esta reforma requiere la aprobación del 85% del poder de voto del Fondo.

Aunque estos avances hacia un reparto del poder de voto en el Fondo más acorde con el peso de las economías en el mundo son muy importantes, conviene señalar que, desde el punto de vista de la gobernanza de la institución, es más importante la composición del Directorio, donde los avances han sido mucho menores. De los 24 directores ejecutivos, 8 ó 9 son europeos (dependiendo de las rotaciones en las sillas) y 12 ó 13 de países desarrollados. África sólo cuenta con dos sillas y países tan importantes como México no disponen de una representación permanente. En la reunión del FMI de Seúl en 2010 se acordó que Europa cederá dos sillas a los emergentes para 2012 como parte de la reforma en curso, acuerdo que es un paso en la dirección correcta, pero que está pendiente de concretar.

Esta composición del poder de voto se refleja en la elección del director de la institución, por tradición europeo, como se ha puesto de manifiesto en la reciente elección de la candidata francesa Christine Lagarde frente al candidato mexicano Agustín Carstens. Independientemente de los indudables méritos de la candidata francesa, la tradición de un europeo al frente del Fondo y un americano en el Banco Mundial responde a un reparto de poder que excluye a los países emergentes y en desarrollo, y que es insostenible a medio y largo plazo. El hecho de que una parte significativa del préstamo del Fondo se concentre ahora en países de la UE es un argumento adicional para cambiar estas prácticas, ya que no conviene que instituciones dedicadas al préstamo estén gobernadas por los deudores.

Conclusión: Como se ha visto, el FMI ha experimentado una importante transformación desde el estallido de la crisis financiera internacional que lo coloca en una mejor posición para abordar los retos a los que se enfrentará en el siglo XXI. Sin embargo, una de sus asignaturas pendientes sigue siendo adaptar su estructura de gobernanza interna a la multipolaridad de la economía mundial. Los países desarrollados y, más en concreto, EEUU y la UE no deberían atrincherarse en la amplia mayoría que les otorga la suma de sus votos para perpetuar sus ventajosas posiciones de partida. El avance de la representación de los países emergentes en este y otros foros financieros internacionales no sólo es deseable, sino inevitable.

Sonsoles Castillo y Santiago Fernández de Lis

BBVA Research

Referencias

Blanchard, Olivier, Giovanni Dell’Áriccia y Paolo Mauro (2010), “Rethinking Macroeconomic Policy”, IMF Staff Position Note, SPN/10/03, 12/II/2010, http://www.imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1003.pdf.

Crockett Report (2007), Report of the Committee to Study Sustainable Long-term Financing of the IMF, 31/I/2007, http://www.imf.org/external/np/oth/2007/013107.pdf.

Fernández de Lis, Santiago (2006), “IMF Quota Reform: The Singapore Agreements”, ARI nº 111/2006, Real Instituto Elcano, 1/XII/2006, http://www.realinstitutoelcano.org/wps/wcm/connect/909f0f804f01866eba9efe3170baead1/1079_Fernandez_+de_Lis_IMF.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=909f0f804f01866eba9efe3170baead1.

IMF (2008), “Review of the Fund’s Financing Role in Member Countries”, 28/VIII/2008, http://www.imf.org/external/np/pp/eng/2008/082808.pdf.

IMF (2009), “IMF Overhauls Nonconcessional Lending Facilities and Conditionality”, Public Information Notice (PIN) nº 09/40, 3/IV/2009, http://www.imf.org/external/np/sec/pn/2009/pn0940.htm.

IMF (2010), “Capital Inflows: The Role of Controls”, IMF Staff Position Paper, SPN/10/04, 19/II/2010, http://www.imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1004.pdf.

NOTA
[1] Este ARI refleja las opiniones de los autores y no necesariamente la del BBVA.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, junio 20, 2011

El FMI advierte del riesgo de contagio de la crisis griega a toda la eurozona

Por ANDREU MISSÉ / CLAUDI PÉREZ | Luxemburgo (El Pais.com, 20/06/2011)

No hay trato. Ni más opción para Grecia y para el resto de Europa que una nueva oleada de austeridad a pesar de los indignados de la plaza Syntagma en Atenas y de la de Neptuno en Madrid. La Unión Europea ha dado hoy a Grecia un ultimátum en toda regla tras dos días de maratonianas reuniones en las que se ha involucrado incluso el G-7 y que concluyeron con más amenazas que acuerdos. Toda la presión está ahora en Atenas. Si Grecia no aprueba los nuevos recortes que reclaman tanto la UE como el FMI no recibirá los 12.000 millones de euros necesarios para pasar el verano sin tener que cerrar la persiana. Sin el enésimo tijeretazo -al que se opone casi la mitad de la población, según las encuestas- tampoco habrá un segundo paquete de rescate, imprescindible ante la constatación de que el primero, aprobado en mayo de 2010, ha sido un sonoro fracaso. Grecia tiene dos semanas: el Eurogrupo celebrará una reunión extraordinaria el 3 de junio para dictar sentencia. En juego, según ha advertido hoy el FMI, está en evitar el contagio de los problemas al centro de la eurozona y, de ahí, a la recuperación internacional.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha puesto hoy negro sobre blanco cuáles serían las consecuencias de un 'no' a la austeridad en el Parlamento ateniense. "Fallar en esa decisiva votación contagiaría las tensiones al corazón de la zona euro, con el resultado de graves efectos en todo el mundo", aseguró el Fondo, representado por el director gerente in pectore, el estadounidense John Lipsky.

El comunicado del FMI, que ha presentado sus conclusiones sobre la eurozona, fue mucho más duro que las palabras del que fuera número dos de Dominique Strauss-Kahn. Lipsky explicó ante la prensa que las dificultades en la periferia de la eurozona y las consecuencias de un eventual contagio "son relativamente pequeñas, porque se trata de economías de tamaño reducido". Con un pero importante: el sistema financiero. "La crisis se dejará sentir en el resto del mundo si la crisis tiene efectos sobre la banca del corazón de la eurozona", indicó Lipsky, quien reclamó que la reestructuración de la deuda en Grecia tenga en cuenta esas consecuencias sobre el sector bancario. "La recuperación en la eurozona es fuerte, pero la crisis de deuda soberana en la periferia sigue siendo un riesgo y requiere toda la atención para evitar un contagio al centro y al resto del mundo, concluyó.

Hasta la cumbre del 3 de julio el Ejecutivo de Yorgos Papandreu tiene que cerrar la crisis política que supuso el fallido intento de formar un Gobierno nacional y que se ha saldado con un cambio en el gabinete y una moción de confianza que se resolverá mañana. El siguiente paso es la votación en el parlamento: el 28 de junio, con una exigua mayoría, el Ejecutivo someterá a votación un paquete de austeridad que incluye privatizaciones, duros recortes del gasto -entre los que destacan los despidos de miles de funcionarios y un tijeretazo a las pensiones- y subidas de impuestos. Si hace esos deberes, el Eurogrupo dará luz verde a las ayudas el 3 de julio y seguirá adelante con el segundo plan de rescate, que incluye una reestructuración de la deuda de Grecia con la participación voluntaria de la banca: meter el bisturí en la deuda de forma suave para que las agencias no califiquen esa operación de impago y se evite así el contagio a otros países y al sistema financiero.

En Luxemburgo no faltaron las pinceladas de drama y épica habituales en las cumbres extraordinarias a las que casi se ha acostumbrado una UE que tiende a dar un paso adelante solo cuando está al borde del abismo. Pero todo suena ligeramente impostado. El nuevo ministro de Finanzas griego, Evangelos Venizelos, destacó "la necesidad inmediata y urgente de recuperar la credibilidad". El presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, tuvo un recuerdo para los indignados de Atenas, de Madrid y de otras capitales europeas en las que la oleada de austeridad europea está sembrando descontento. Al final, el mensaje de Europa se resume en que el dinero llegará, pero solo si Grecia hace lo que debe hacer. No hay plan B. "Grecia tiene que aprobar las nuevas medidas. Y va a hacerlo. De lo contrario... ya veremos", dijo Juncker.

Tras el fracaso en las negociaciones del domingo, los mercados abrieron a la baja y el riesgo país de la periferia de la eurozona subió con fuerza. Incluido el de España, cuya prima de riesgo alcanzó los 270 puntos básicos, muy cerca de máximos. Por la tarde, la confianza de los líderes de la eurozona en que la situación se despeje permitió cierta mejoría. "Los mercados distinguen perfectamente entre Grecia y España, aunque es cierto que hubiera sido deseable un acuerdo más inmediato", explicó la vicepresidenta y ministra de Economía española, Elena Salgado.

La incapacidad de Europa para llegar a acuerdos quedó patente en las duras críticas de varios analistas. El economista belga Paul De Grauwe fue uno de los más incisivos e indicó que los últimos acontecimientos sobre Grecia están siendo "vergonzosos". "Los líderes europeos están imponiendo austeridad adicional. Todo el mundo sabe que Grecia no va a ser capaz de reducir su nivel de endeudamiento cuando una deflación intensa se impone en ese país desde fuera. Dentro de seis meses habrá una nueva crisis debido a que el programa actual, e incluso el segundo plan de rescate con la reestructuración suave, no pueden funcionar. Las cifras no salen con Grecia: los planes de rescate están destinados a proteger a la banca y el BCE a expensas de la población griega".

Las próximas horas serán claves. Papandreu se enfrenta mañana a una moción de confianza. El próximo martes, el Parlamento griego abordará las nuevas medidas de austeridad, imperiosas si Grecia quiere desencallar los 12.000 millones y el segundo plan de rescate. Todo eso en medio de una fenomenal fatiga tanto en el Norte de Europa como en los países periféricos, en los que la austeridad hace mella en la calle. Esa fatiga se ha traducido en una fuerte tensión en la cumbre de Luxemburgo. "El hartazgo es visible en Atenas, en Madrid y en otras ciudades europeas. Los sacrificios han sido enormes y no podemos subestimar ese sentimiento. Pero a su vez, estamos en un momento decisivo en la peor crisis para Europa desde la Segunda Guerra Mundial", declaró el comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn. Grandes palabras como telón para una cumbre con exiguos resultados y apenas una conclusión: Grecia tiene la palabra. El drama encara sus capítulos finales. Y si Atenas quiere la ayuda de Europa, deberá capitular y aceptar sus condiciones, que se resumen en la receta habitual: más, más y más dosis de austeridad.

Venizelos: "Soy la nueva víctima"

El nuevo ministro de Finanzas griego, Evangelos Venizelos, tiene al menos un afilado sentido del humor: anoche se presentaba en sociedad, ante sus homólogos europeos, con una sonrisa acompañada de ironía: "Soy la nueva víctima", espetó ante la vicepresidenta Elena Salgado y otros asistentes a la fallida cumbre extraordinaria, apenas unas horas después de sustituir a Yorgos Papaconstantinu al frente del Ministerio griego de Finanzas. La prensa internacional considera a Venizelos un político populista sin apenas credenciales para navegar en las procelosas aguas de las finanzas internacionales. Al cabo, su nombramiento supone de alguna manera militarizar las finanzas griegas: Venizelos era el titular de Defensa del Gabinete de Papandreu. Y uno de sus grandes rivales políticos, al que ahora el primer ministro sitúa en un puesto de enorme desgaste.

Venizelos tiene montañas de trabajo por delante: el Gobierno griego tiene 155 de los 300 escaños del Parlamento, pero las deserciones dentro del propio partido socialista (el Pasok, partido del Gobierno helénico) dificultan la aprobación del doloroso paquete de austeridad que exige Europa, muy contestado en las multitudinarias manifestaciones callejeras en Atenas y otras ciudades griegas. Eso será el 30 de junio. La falta de acuerdo para liberar los 12.000 millones de euros que necesita Grecia de forma acuciante hace de esa fecha un momento fundamental en la crisis fiscal: Venizelos puede presentar la votación como la posibilidad de seguir adelante o de verse obligado al impago de los compromisos de la deuda pública, según los analistas.

El nuevo titular de Finanzas, de 54 años, es un peso pesado dentro del partido socialista griego y un destacado constitucionalista. En la penúltima lucha por el poder en el Pasok, se enfrentó a Papandreu y perdió el envite, pero fue nombrado ministro de Defensa. Lo de ahora son palabras mayores, como ha podido comprobar en su primera visita a Luxemburgo, que le ha recibido con el mismo clima frío dentro y fuera de la sala de reuniones de la cumbre. Hay niebla, apenas 10 grados y ráfagas de lluvia en el ducado luxemburgués en pleno mes de junio. Y no hace falta salir al exterior del edificio que alberga el Ecofín para sentirlo.

domingo, mayo 29, 2011

Don’t let European politicians run the IMF

By Dalibor Rohac, a fellow at the Legatum Institute in London (THE WASHINGTON TIMES, 27/05/11):

After announcing her candidacy, French Finance Minister Christine Lagarde immediately emerged as the front-runner in the race for the presidency of the International Monetary Fund. France, the United Kingdom and Germany all support her, while the emerging economies that oppose her candidacy – such as Brazil, India and Mexico – are unlikely to coalesce behind Agustin Carstens, governor of Mexico’s central bank.

While Ms. Lagarde’s victory might be applauded by European Union political elites, it is far from clear that having a French head of the IMF is desirable in the midst of the present crisis on the eurozone’s periphery. For one, a European politician is likely to have a deep vested interest in furthering the European integration project, possibly at the expense of the IMF’s shareholders – of which the U.S. government remains the biggest one – and at a great cost to Europe’s struggling economies.

Dominique Strauss-Kahn has played a disastrous role by extending a joint IMF-EU rescue package to Greece and subjecting that country to an austerity program that is not working, given the absence of devaluation or serious reforms aimed at restoring Greece’s competitiveness. After Greece ran a budget deficit of almost 11 percent of gross domestic product last year, the most optimistic of estimates predict that its economy will shrink by at least 3 percent this year, further increasing the size of its debt relative to the economy. At the same time, Greek tax revenues are in free fall and there are no signs that the country will be able to consolidate its public finance anytime soon.

The problem of the eurozone’s periphery is one of solvency, not liquidity. As such, it cannot be solved simply by piling up more debt on top of the existing loans and expecting Greek or Portuguese public spending to shrink by unreasonable amounts within a short time.

Those eurozone economies on unsustainable fiscal paths must be allowed to restructure their debts and restore their competitiveness, both via structural reforms and through currency depreciation. However, that would require recognizing that the euro was a flawed project from the start.

Clearly, European leaders, for whom more integration and an “ever-closer Europe” represent the answer to all of Europe’s ills, are not willing to make such a concession. Irish politicians, for instance, have been so unscrupulous as to impose a new levy on Irish citizens’ pension savings in order to boost public revenue rather than give in.

Since entering French politics in 2005, Ms. Lagarde has had an impressive career, holding the posts of minister of trade, minister of agriculture and currently minister of economic affairs, finance, industry and employment. Becoming the first appointed female head of the IMF in history would be a natural move in her career, boosting her chances of holding further high-level positions both within the EU’s governing structures and in France.

However, she will not want to become the IMF head who oversees the unraveling of the eurozone and the default of Greece, Portugal or Spain. She almost certainly will be a staunch advocate of further aid packages aimed at keeping the periphery afloat. This will not benefit Europeans as a whole – and certainly not the Greeks, the Portuguese and the Spaniards, who are needlessly enduring a painful fiscal contraction without being able to regain their competitiveness through an exchange-rate adjustment.

The IMF needs a president who will be able to distance the organization from the vanity of European leaders who have invested lots of political capital into the project of the EU’s common currency. Turning off the IMF’s tap to Europe’s periphery, instead of fueling what is an unsustainable fiscal and monetary arrangement, requires courage and a detachment from Brussels’ groupthink and from the world of EU summits. In this sense, it is obvious that Ms. Lagarde is not the right person for the job.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, mayo 23, 2011

In the IMF succession battle, a stench of colonialism­­­­

By Moises Naim, a former executive director of the World Bank, senior associate at the Carnegie Endowment for International Peace and chief international columnist for Spain’s El Pais (THE WASHINGTON POST, 20/05/11):

A stench of colonialism is wafting around 19th and H streets in Northwest Washington, site of the headquarters of the International Monetary Fund. These foul fumes do not originate in the fact that the powerful, wealthy 62-year-old Frenchman who until this week ran that institution stands accused of sexually assaulting a young and poor African maid in a posh New York hotel. They’re emanating instead from the strong colonial legacy that is already tainting the selection of Dominique Strauss-Kahn’s successor.

This legacy — a product of an antiquated, post-World War II bargain struck among the world’s richest countries — means that only a European can become the new managing director of the IMF, an institution owned by 187 member nations. This arrangement, which effectively discriminates against 93 percent of humanity, has enjoyed the support of the United States, the IMF’s largest shareholder.

In its daily work, the IMF demands that the governments that seek its financial assistance adopt market principles of efficiency, transparency and meritocracy in exchange for its help. Yet that same institution selects its leader through a process completely at odds with those values. According to the agreement between Western Europe and the United States, the IMF’s top job always goes to a European, while the presidency of the World Bank is reserved for an American. This has been the case since these institutions were created in the mid-1940s, and while the deal might have reflected the world’s realpolitik at the time, it is now obsolete, unacceptable and counterproductive to the cause of global economic stability.

Even the leaders of the Group of 20, the assembly of nations that accounts for more than 80 percent of the world’s economy and two-thirds of its population, recognize that leadership selection at these institutions must change. When they met in early 2009 in London on the heels of the financial crisis, the G-20 leaders asserted that “the heads and senior leadership of the international financial institutions should be appointed through an open, transparent and merit-based selection process.”

That this is not already the standard is outrageous. No more outrageous, of course, than how European countries are offering countless excuses for why Strauss-Kahn’s replacement must carry a European passport.

Didier Reynders, Belgium’s finance minister, offered the prevailing European view when he said that “it would be preferable if we continued to hold these posts.” German Chancellor Angela Merkel has stressed that a person from the developing world can indeed ascend to the IMF’s top job, but only “in the medium term.” For now, she asserts, it should be a European. French Finance Minister Christine Lagarde is already being touted as a favorite by the U.S. and international press, and even a top Brazilian official admitted to Reuters that “Europe is likely to keep its deep stranglehold on the position.”

Influential European columnists such as Martin Wolf and Wolfgang Munchau have argued in the Financial Times that given the IMF’s critical role in the rescue of the continent’s troubled economies, only someone with vast political contacts in the region can operate effectively there. “Certainly, no non-European could play the role Mr. Strauss-Kahn did in the eurozone,” Wolf writes. Or as Munchau puts it, “I wonder to what extent a highly competent Mexican central banker, for example, would be able to fulfill this role?”

Funny how such consideration never seemed to come up when Asia and Latin America had their own financial crises in the 1990s. Somehow, it didn’t much matter then that the IMF was run by a Frenchman or a German lacking extensive political contacts in those regions. Now, of course, such familiarity is deemed essential: “The new IMF chief will deal with mostly European issues for most of his or her first term,” Munchau writes, and “will have to bang heads together in meetings of European finance ministers, and will have to converse effectively with some notoriously difficult heads of government and state.”

So from this Eurocentric perspective, Agustin Carstens, the governor of Mexico’s central bank and formerly a top IMF official, and Kemal Dervis, Turkey’s respected former finance minister, simply lack the intellectual or political wherewithal to strike a deal with Greek or Portuguese colleagues, or cannot hope to win the respect of German or French policymakers.

Another unwarranted assumption is that European politicians will put up greater resistance than their Asian and Latin American counterparts did to the unpopular economic measures that come with any IMF bailout — and that only a fellow European can make them see the light. So is the tacit implication that Europeans deserve gentler treatment than what the IMF proffered to the governments of South Korea and Brazil when they needed bailouts.

In fact, Europe can do no better than having as the IMF chief one of the many highly trained and deeply experienced economic players from a developing country that has already successfully managed a crisis. India, Brazil and South Africa have a deep bench of talent that can help Europe navigate its problems. Furthermore, even though Europe is experiencing the crisis du jour, the new IMF chief will have to deal with economic troubles that may erupt in some of the developing countries that are now booming.

And then there is the small detail that while Europe’s weight in the global economy is rapidly shrinking, that of countries such as China, India and Brazil is expanding ever faster. Why should rising economic powers be kept out of the decision-making positions of the world’s main financial institutions?

The argument that the next head of the IMF must hail from a predetermined region or nation is fallacious, because it can be made in favor of virtually any region. Instead, the position should be open to any qualified candidate from anywhere in the world — and the selection process must be inclusive, transparent and based on no other considerations than the candidate’s professional merits, experience and integrity.

It would be nice, too, if the candidates were required to make a strong commitment to actually finish their five-year terms in the IMF’s top slot. The past three heads of the IMF (all Western Europeans, of course) resigned before completing their terms.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, abril 22, 2009

El FMI pone cifras a la Gran Recesión

Por CLAUDI PÉREZ - Washington - (ElPais.com, 22/04/2009)

Frente a quienes atisban los primeros signos de esperanza en la recuperación, los pesimistas son legión y todavía no se han equivocado en esta crisis. El FMI está entre el segundo grupo. El Fondo dibuja en su informe de primavera un panorama sombrío, con una caída del PIB mundial del 1,3% este año, mucho peor que sus estimaciones anteriores. Se trata de la recesión más profunda desde la II Guerra Mundial "por un amplio margen", según el Fondo. Son malas noticias. Más abajo sólo quedan los años de la Gran Depresión. El Fondo se alinea así con economistas como el estadounidense Paul Volcker, que ha bautizado la crisis actual como "la Gran Recesión".

La recesión empeora, la necesidad de gasto fiscal se agudiza y urge el activismo de los Gobiernos para limpiar de basura tóxica los balances de los bancos. El FMI no perdió ocasión esta mañana de martillear ese mensaje en medio de unas perspectivas "excepcionalmente inciertas, con riesgos aún inclinados a la baja". Traducción libre: la cosa va a peor. El PIB se contraerá este año en países que representan tres cuartas partes de la riqueza mundial. Apenas hay buenas noticias: como mucho, la desaceleración debería moderarse a partir de la segunda mitad del año. Para 2010 el Fondo prevé un crecimiento mundial del 1,9%, "flojo en comparación con otras recuperaciones", según el informe. La pesadilla de la recesión presenta así la peor de las siluetas: la curva del PIB mundial dibuja una preocupante "L". Incluyendo las cifras de 2010 el perfil se asemeja a una leve sonrisa o, como mucho, a algo similar al logotipo de Nike.

                          Previsiones del FMI

La caída de la riqueza mundial se producirá "a pesar de las enérgicas medidas adoptadas para restablecer la salud del sistema financiero y del uso continuo de medidas de política macroeconómica para apoyar la demanda", según el Fondo. En otras palabras: ni las ayudas a la banca permiten recuperar el aliento al sistema financiero, ni la mayor intervención pública conocida en la economía sirve de mucho hasta ahora. Es más, el Fondo alerta de que es posible que los esfuerzos de política económica "no sean suficientes para romper el círculo vicioso de deterioro de las condiciones financieras y debilitamiento económica mundial".

Esa peligrosa espiral sigue alimentando el huracán, por lo que el FMI demanda nuevos estímulos fiscales a corto plazo y medidas excepcionales de política monetaria. Deberes para el Banco Central Europeo (BCE): el FMI no sólo apuesta por tipos al 0%, sino que invita a los bancos centrales a utilizar todo su arsenal, ortodoxo y no ortodoxo, para salir de la crisis. Algo parecido a una invitación al uso de la máquina de imprimir billetes, que ya han puesto en marcha EE UU, Suiza o Japón.

Batacazo para España

El FMI se suma a las previsiones más pesimistas para la economía española. El Fondo estima que el PIB caerá el 3% este año, en línea con los vaticinios del Banco de España o Funcas, y casi el doble de la previsión del Gobierno, que apuntaba a una caída del 1,6%. La recesión va para largo: en 2010, el PIB se contraerá el 0,7%, según el FMI, que en el informe constata la severa corrección del mercado inmobiliario -junto con países como Irlanda y el Reino Unido-.

El paro escalará hasta el 17,7% este año, para cerrar 2010 en el 19,3%, según el FMI, aunque en el caso del mercado laboral hay casas de análisis que vaticinan ya más de un 20% de desempleo. La crisis tendrá al menos un efecto positivo: el déficit comercial se reducirá hasta el 5,4% del PIB este año.

Además, el análisis del Fondo incluye a España dentro de un grupo de países europeos que pueden registrar problemas en su sector financiero, por el excesivo endeudamiento (caso de Islandia), por su exposición a las economías de Europa del Este (Austria), por la desaceleración acompañana de una débil posición fiscal (Grecia) o, en el caso de España e Irlanda, por la exposición a la corrección inmobiliaria.

Los datos de la institución para los bancos españoles no son mucho más halagüeños.


Geithner reconoce la culpa de EE UU en la crisis

El secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, ha asegurado este miércoles que su país tiene una parte sustancial de la culpa por la actual crisis económica, pero que el mundo debe trabajar unidos para aligerar esta carga. "El resto del mundo necesita que la economía y el sistema financiero de EE UU se recuperen. Seguimos en el centro de de la actividad económica mundial con relaciones comerciales y financieras con cada región del mundo" ha dicho Geither, que ha pedido la implicación de los países del G-20 en un cambio de la regulación financiera mundial.

En una conferencia en el Club Económico de Washington, Geithner ha asegurado que, de igual manera que el mundo necesita a EE UU, la economía estadounidense "necesita que el resto del mundo se restablezca". El secretario del Tesoro, que no ha hecho referencia ni una sola vez al G-7 o el G-8 en su discurso, sí ha nombrado varias veces al G-20.

Un año "muy difícil para la banca española"

El FMI ha augurado hoy un año muy difícil para banca española y cree inevitable la fusión de algunas cajas de ahorros por su dependencia del sector inmobiliario, donde los precios caerán otro 15% en términos reales, según sus cálculos. "Los bancos españoles afrontan un año muy difícil, lo que probablemente lleve a su consolidación", dijeron los expertos del Fondo Monetario Interncional (FMI) en su revisión anual de la economía del país.

domingo, noviembre 09, 2008

Bretton Woods y Washington: de ayer a hoy

Por Gabriel Tortella, catedrático emérito en la Universidad de Alcalá (EL PAÍS, 08/11/08):

Se habla con frecuencia estos días de los paralelos entre la conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) y la inminente reunión de Washington el próximo día 15. En efecto, algo tienen en común ambas conferencias en suelo norteamericano; pero las diferencias son quizá mayores. El mayor paralelismo radica en que las dos tratan de recomponer o reconstruir un sistema crediticio hecho añicos por una serie de catástrofes económicas: las de la Gran Depresión de los años 30 y la Guerra Mundial en el caso de Bretton Woods; y la derivada de la crisis de las hipotecas y las burbujas inmobiliarias, que estalló en Estados Unidos en junio de 2007, en el caso de la reunión de Washington.

La primera gran diferencia entre ambas radica en las circunstancias: la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar en plena Guerra Mundial. Parecía ya clara la victoria de los Aliados, pero aún quedaba un año largo de lucha cruenta en Europa y en el Pacífico; hacía apenas un mes que las tropas aliadas habían desembarcado en Normandía e iniciado una lenta y trabajosa reconquista de Francia. Por graves que sean hoy los enfrentamientos internacionales y las guerras locales, la escala de tensión y violencia mundial es mucho menor.

Otra considerable diferencia estriba en que la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar unos 15 años después del inicio de la crisis económica en 1929. Transcurrieron una larga década de depresión y cinco años de guerra antes del histórico acuerdo que sentó las bases del sistema monetario internacional de la segunda mitad del siglo XX. La conferencia de Washington, por el contrario, está convocada a poco más de un año de estallar la crisis, cuando el calado y la extensión de ésta se han hecho indudables y temibles. La celeridad con la que se ha organizado la conferencia de Washington es un acierto, pero hay que recordar que también durante la Depresión se convocaron varias conferencias, como la de Londres en 1933, que al cabo concluyeron en fracaso.

También es bastante diferente el tipo de problema a resolver. En Bretton Woods se trató de encontrar solución a los problemas monetarios de un lado, y de reconstrucción física tras la guerra de otro. El problema más acuciante para los reunidos en Washington es el de la reconstrucción del sistema de crédito internacional. El sistema monetario internacional actual, aunque muy diferente del que surgió de Bretton Woods, no plantea graves problemas inmediatos que requieran una reunión internacional de la envergadura de la que se prepara en Washington. Tampoco son comparables los integrantes de ambas reuniones. En Bretton Woods se reunieron los países fundadores de la Organización de Naciones Unidas. En Washington se van a reunir las naciones más desarrolladas (el G-8) con una representación de las naciones emergentes (el G-12). En principio, las Naciones Unidas no tienen ningún papel en Washington, aunque sí lo tenga el Fondo Monetario Internacional que es, al menos de iure, una agencia de la ONU. Examinemos con un poco más de detalle cuáles eran los problemas que se planteaban en 1944 y qué solución se les dio, para luego referirnos a las cuestiones de la crisis actual.

En 1944, ante el previsible final de la Guerra Mundial con la victoria aliada, se trataba de poner las bases económicas de lo que se anunciaba como una difícil postguerra. Economistas y políticos coincidían en que los orígenes de la guerra radicaban en la Gran Depresión, que favoreció el ascenso de Hitler al poder en Alemania y que dio alas a los movimientos totalitarios en todo el mundo, desde Japón hasta Argentina pasando por España. Una de las causas de la depresión fue el derrumbamiento del sistema monetario internacional al quebrar el patrón oro, que había facilitado los pagos internacionales desde mediados del siglo XIX. El problema del patrón oro era que imponía una rígida política monetaria que impedía llevar a cabo una expansión anticíclica en épocas de depresión. Ante la magnitud de la que tuvo lugar en los años 30, el patrón oro fue abandonado gradualmente, pero eso causó una crisis de confianza de escala mundial que hizo que el comercio internacional cayera en picado y con ello la producción se contrajera y el paro aumentara de modo aterrador. El aumento del paro trajo consigo el caos político que favoreció el totalitarismo. Lo primero que se trataba de resolver en Bretton Woods, por tanto, fue el problema de los pagos internacionales, algo que sustituyera al patrón oro y permitiera la expansión comercial que la reconstrucción tras la guerra requería. Por eso allí una de las estrellas fue Keynes, el economista que mejor había entendido los problemas monetarios del periodo de entreguerras.

De la conferencia surgieron dos agencias económicas de la entonces incipiente ONU, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El primero estaba destinado a resolver los problemas monetarios internacionales, el segundo a contribuir a financiar la reconstrucción física tras la guerra. El FMI trataba de mantener una de las características del patrón oro, los tipos de cambio fijos, cuya ventaja era eliminar el “riesgo país”, la desconfianza que genera la inestabilidad de los tipos de cambio, que es uno de los mayores obstáculos al comercio internacional. Para mantener la estabilidad de los tipos de cambio el FMI prestaría dinero a los países con problemas de balanza de pagos y, en casos extremos, les permitiría devaluar con la condición de llevar a cabo reformas estructurales que mejoraran su competitividad. Un caso paradigmático fue el Plan de Estabilización español de 1959, que favoreció una profunda reforma de la economía española y permitió las altas tasas de crecimiento de la era del “desarrollismo” en los 60. En general puede decirse que el sistema de Bretton Woods fue un éxito y que si quebró en 1971 fue por la inflación y déficit estadounidenses debidos a la Guerra de Vietnam. Se volvió a los cambios flotantes, pero la cooperación era mayor, y los bloques monetarios (dólar, euro, libra, yen y yuan) reducen la incertidumbre.

La crisis actual, a la que la inminente conferencia de Washington pretende poner remedio, no es el fracaso del sistema capitalista, como muchos afirman. En primer lugar, porque las economías crecen cíclicamente, es decir, con crisis periódicas, desde tiempos bíblicos; en segundo lugar, porque los culpables de la presente crisis están más en el sector público que en el privado. El que algunos banqueros y financieros cometan excesos en su deseo de abultar sus cuentas de resultados es casi inevitable. La responsabilidad última, sin embargo, recae sobre el estamento político, que no ha ejercido adecuadamente su misión supervisora y sancionadora, y sobre los bancos centrales que no han restringido a tiempo la burbuja crediticia.

Por otra parte, la crisis no es exclusivamente estadounidense, porque muchos otros países, como España, tenían sus propias burbujas, que estallaron como ecos de la de allí. Por tanto, lo que cuerdamente se propone a petición del presidente Sarkozy en la reunión de Washington es reformar el sistema financiero internacional, probablemente dando mayores poderes y medios al FMI para regular e inspeccionar el sistema crediticio mundial, actuando como prestamista de última instancia. Se trata, a su vez, de impedir que la crisis se extienda demasiado, tratando de que los principales países adopten medidas coyunturales concertadas. En Bretton Woods lo que se sometió a los reunidos fue un documento anglo-estadounidense largamente preparado, y redactado en una reunión previa en Atlantic City. No hay indicios de que una tal preparación se haya llevado a cabo ahora. Por otra parte, la iniciativa de la reunión de Washington es europea, y siendo los presidentes Bush saliente y desprestigiado y Obama recién electo, es poco probable que ninguno de ellos tenga autoridad bastante ahora para tomar grandes iniciativas. Sin la plena cooperación de EE UU poco se puede hacer. Todo ello hace temer que, a pesar de las declaraciones rimbombantes que sin duda se producirán al terminar el encuentro, lo de Washington sea un nuevo parto de los montes. Ya se habla se una nueva reunión tras la toma de posesión de Obama, signo indudable de lo poco que se espera de esta cita.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, octubre 12, 2008

Navigating the Storm

By John Lipsky, first deputy managing director of International Monetary Fund (THE WASHINGTON POST, 10/10/08):

After several years of exceptional progress, the global economy is entering a major slowdown. The risks of a more worrisome outcome are palpable. The International Monetary Fund’s World Economic Outlook released this week notes that many advanced economies are close to or are moving into recession; growth in emerging economies also is weakening.

With the crisis spreading, it would be easy to give in to deep pessimism. Nonetheless, there are good reasons for hope that a protracted downturn can be avoided and that the IMF’s expectation that the global economy can begin a gradual recovery by the second half of next year is realistic.

The IMF has long experience in dealing with banking and financial system breakdowns in advanced and emerging economies. We have distilled practical lessons regarding how to halt systemic decay and lay the foundations for recovery. But past IMF experiences also suggest that even a successful path won’t be quick or easy. The tectonic plates of the global financial system are shifting. There is no reasonable prospect of restoring the current system, so it is imperative that innovative solutions be found.

Dramatic policy moves this week in the United States and in key European countries made clear that government officials and central bankers recognize the extreme danger signs in the financial markets and the unfolding economic data. Already, officials have come to understand that earlier piecemeal initiatives undermined confidence and that decisive action is necessary. Some initiatives that previously would have been rejected out of hand as too extreme, such as a coordinated round of interest rate cuts, have been implemented. Surely more will follow.

The first priority must be to halt and then reverse the current turmoil. To overcome this crisis — which is familiar in outline, if unprecedented in scale, scope and complexity — a set of decisive, coherent and consistent policy initiatives, implemented vigorously, will be required. This principle is classic. What is novel is that global and regional responses are necessary for success in the current circumstances, not just national responses — however bold.

At this decisive phase, policies must be aimed at addressing the key systemic problems — illiquid assets, capital shortages and the collapse of counter-party trust. The continued provision of massive liquidity is one necessary element of a solution. So is an internationally consistent approach to deposit insurance.

The possibility of extending at least temporary public guarantees to interbank or other loans has not yet been addressed clearly, though such moves have proved useful in several previous instances. Moreover, the effective implementation of plans for public-sector swaps for or outright purchase of troubled assets — such as in the Bank of England’s Special Liquidity Scheme or, prospectively, in the U.S. Troubled Asset Relief Program — could play an important role in restoring confidence in the financial markets.

It is critical for bank capital to be rebuilt quickly. In many past crises, a public provision of capital has been crucial in catalyzing private funds and in helping to restart credit creation. Of course, the use of public funds in this way requires adequate safeguards and a viable exit strategy. That this crisis has specific roots in the United States and other housing markets suggests that direct public support for this sector should be considered, an aspect of policy that will inevitably be decided by each country individually.

Looking beyond the immediate crisis, a new multilateral framework for macro-financial stability will be needed. It should cover regulatory frameworks as well as economic policies. A variety of efforts are well underway in this area. The priority now must be to break the negative feedback loop between dysfunctional financial markets and a weakening global economy. The IMF stands ready to play its unique role of policy adviser and source of crisis aid to its member countries, whether they are advanced, emerging or developing economies.

The annual meetings of the IMF and World Bank, beginning tomorrow, will bring together the world’s key economic and monetary officials. The schedule includes sustained opportunities to confront both immediate and structural policy challenges. It would be unrealistic to expect dramatic decisions to follow immediately. But the next few days will be critical in setting a multilateral path toward global success in resisting the downward spiral of financial strains and weakening growth. Over the coming weeks, a new coherence in global policy efforts should address the profound shifts occurring in financial markets.