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sábado, febrero 14, 2009

Sarkozy se estrella con sus símbolos

Por ANTONIO JIMÉNEZ BARCA - París - (El País.com, 15/02/2009)

Una se llama Rama Yade: nació en Senegal y llegó a Francia con 10 años. El padre abandonó a la familia al poco tiempo y regresó a África. La madre, una historiadora a la que no convalidaron el título, sacó adelante a sus cuatro hijos cuidando niños de otros y limpiando casas. La hija más brillante se nacionalizó francesa a los 18 años y a los 25 se licenció en Ciencias Políticas. A los 31, Nicolas Sarkozy la nombró secretaria de Estado de los Derechos del Hombre y meses después, con el cargo recién estrenado, lloraba de emoción cuando, en una sesión de la ONU, el secretario general Ban Ki-moon la miró al referirse a la postura de Francia en un asunto internacional. Llegó a afirmar que su héroe preferido era "Sarkozy, aunque cuando él lo oiga se ría".

Ahora no cuenta mucho en el Gobierno. Tampoco para el presidente.

La otra se llama Rachida Dati, es más conocida que Yade y, como ésta, se convirtió en el símbolo de la Francia diversa al ser nombrada ministra de Justicia. Ya Sarkozy había avisado de la importancia de este asunto al presentarse en la campaña electoral, apelando a los orígenes húngaros de su padre, como "un francés con mezcla de sangres". Dati, también, como Yade, procede de una familia pobre, no francesa y numerosa: su padre es un albañil argelino y su madre era una mujer marroquí casi analfabeta. Rachida también idolatraba a Sarkozy. Ahora, un libro reciente, titulado Bel-Ami, escrito por los periodistas especializados Michaël Darmon e Ives Deral, certifica que su menguante estrella política se encuentra al borde de la extinción. De paso, la describe como un personaje ambicioso, obsesionado desde la adolescencia por el poder, experta en mezclar lo afectivo y lo profesional para aprovecharse a la hora de subir un escalón. La foto de la portada está bien elegida: muestra a Dati, con la mirada fija en un punto que sólo ella ve, abriéndose paso casi a codazos entre dos hombres de esmoquin.

Amiga personal de Cécilia Sarkozy, la anterior esposa del presidente de la República, Dati jugó a tres bandas al servir a la pareja de confidente amoroso y de paño de lágrimas mientras se atornillaba al primer círculo del poder. De hecho, Sarkozy le comunicó que iba a ser ministra estando Cécilia delante. Dati comenzó a sollozar de emoción al oír la noticia. La ex mujer de Sarkozy, según el libro citado, trató de contenerla:

-No llores. Ya sabes que a Nicolas no le gustan las mujeres que lloran.

Durante mucho tiempo, tanto Yade como Dati, que no se soportan por diferencia de caracteres y celos profesionales, han encarnado en decenas de portadas y de programas de televisión la cara más atrayente y novedosa del Gobierno multicolor de Francia.

Hasta diciembre.

Fue entonces cuando Sarkozy, en un avión rumbo a Polonia, propuso a Yade, por segunda vez, que dejara el puesto de secretaria de Estado de los Derechos del Hombre para integrar las listas del UMP en las elecciones europeas de junio. Yade no dijo nada, pero tanto el presidente como los colaboradores que se encontraban presentes en la conversación entendieron que aceptaba. El chasco fue inmenso cuando días después Yade, en una entrevista televisada, aseguraba que había rechazado el ofrecimiento del presidente y que prefería quedarse como estaba. Los colaboradores de Sarkozy aseguraron que éste montó en cólera y que llamó a su protegida cinco minutos después de que terminara la entrevista para echarle una bronca monumental.

Yade siempre se ha caracterizado por hablar claro. Incluso ha metido a la diplomacia francesa en algún lío por hacerlo. Una vez, después de estrechar la mano a Gaddafi cuando éste visitó Francia, aseguró después a los periodistas: "Hay gestos que obligan a uno a ir enseguida a lavarse las manos".

Amiga, pues, de no morderse la lengua, cuando le preguntaron por qué rechazó la oferta de Sarkozy volvió a responder en Le Nouvel Observateur: "Me hicieron una pregunta y respondí. Luego me dicen que ésa no es la respuesta adecuada: para eso no merece la pena hacer preguntas". Sarkozy replicó en un Consejo de Ministros: "Aquí es difícil subir y muy fácil bajar".

Desde entonces, Yade languidece en su cargo consciente de haber decepcionado al hombre más poderoso de Francia y en otro tiempo su héroe político.

A Dati, en enero, también le propuso Sarkozy, y también por segunda vez, integrar las listas europeas. Por entonces, el potencial político de la hija del albañil era casi inexistente debido a sus excesos mediáticos y a su incompetencia a la hora de gobernar un ministerio que se le cuarteaba por todos los lados. Es famosa una frase que Sarkozy pronunció en presencia de un grupo de ministros: "Debe trabajar más: se habla más de su embarazo que de lo que hace en el ministerio".

Dati, a diferencia de Yade, aceptó. Tal vez no le quedaba otra opción. En unos meses abandonará el Gobierno.

Mientras tanto, Sarkozy buscaba a alguien que ocupara la plaza de símbolo multiétnico que Dati y Yade habían dejado vacía. Pensó en un personaje peculiar, un jugador de futbol retirado recientemente, inteligente y culto, Lilian Thuram, al que le propuso, en diciembre, convertirse en ministro de la Diversidad en el próximo cambio de Gobierno. El ex defensa central de la selección francesa, que había criticado la política de inmigración de Sarkozy varias veces, se negó, según confesó hace dos semanas en Le Monde, "por razones evidentes".

En enero se produjo un baile de ministros. Brice Hortefeux, ministro de Inmigración, dejaba el puesto para pasar a Asuntos Sociales. Tal vez harto de perseguir símbolos raciales que acababan volviéndose contra él, el presidente decidió cambiar de táctica.

Eligió, para hacerse con la crucial política de la inmigración, a un político experimentado y peculiar de biografía particular a quien, en el Partido Socialista francés, todos conocen como El traidor. Eric Besson, economista, nacido en Marruecos, de madre libanesa, residente en Francia desde los 17 años, fue durante mucho tiempo un reputado dirigente socialista hasta que en plena campaña electoral de 2007 desertó del equipo de Ségolène Royal y se pasó al bando de Sarkozy. Royal, despechada, se preguntó públicamente para minimizar la deserción:

-¿Pero quién es este Besson?

Besson, despechado a su vez, redactó a toda prisa un libro-venganza que se titulaba: ¿Pero quién es Ségolène Royal?

Sus ex compañeros le llaman sin disimulo Judas; sus nuevos compañeros coinciden en la valía intelectual del nuevo ministro. Hace unos días, Sarkozy le nombró también adjunto a la Secretaría General de su partido, la UPM. Besson sube. Dati y Yade bajan. El presidente de la República confía más en la fidelidad del llamado traidor que en los símbolos que él levantó y luego dejó caer.

miércoles, junio 25, 2008

France’s Whirlwind of Change

By Jim Hoagland (THE WASHINGTON POST, 18/06/08):

Remember this, Mr. President of the United States of America: You may have regrets about things you were not able to finish in office. But only winners, like you and like me, ever get the chance to change their nations.

Nicolas Sarkozy ended a farewell toast to George W. Bush at an informal dinner Friday night with that stunning mix of leaderly consolation and bravado. I paraphrase slightly the French president’s words to capture their essence, which tells you more about the speaker — and his future — than about the visiting guest of honor and his past.

It could hardly be otherwise in a France dominated for the past year by Sarkozy’s tumultuous presidency and his equally turbulent personality. In France today, there are no conventional politics. There is only Sarkozy. He monopolizes and amalgamates the political, the cultural and the show-business spheres of his country as few men ever have done in any country.

“France is moving, Mr. President of the United States of America. France is changing,” Sarkozy said in another verbal manifestation of his insatiable longing to transform his tradition-bound society. But Sarkozy again deployed terms that described him more accurately than they did their ostensible subject, France.

His need to be constantly in motion, to change settings and to command others was on display as he guided Bush briskly from table to table to shake hands with his 100 or so guests at the Elysee Palace.

“Hold on,” the American president said at one point, “we haven’t said hello to these folks over here,” as he eluded Sarkozy’s grip to stroll over to another table. He also told his host not to be so quick to write his political obituary: “I still have six months and a lot of things to get done.”

While Sarkozy has not succeeded in changing much about France yet, he has recently changed his own ways — and his standing with a severely disenchanted public. Aided by Carla Bruni, the attractive, clever first lady who sat beside Bush at dinner, Sarkozy has driven his public approval ratings from Bushian levels of 30 percent and lower back above 40 percent and counting.

The still-unfolding revival of Sarkozy’s popularity allows him to relaunch the overhaul of a calcified government and the far-reaching economic reforms he promised in last year’s presidential campaign. Yesterday, he unveiled a firm commitment to bring France back into NATO’s military structure as part of the most radical changes in French defense policy and structures since Charles de Gaulle adopted the force de frappe as a nuclear arsenal in 1958.

Sarkozy must hope that the drama of policy battles over such issues will replace the melodrama of his personal life. The newly omnivorous French media feasted on Sarkozy’s very public and messy divorce last October and his remarriage in February to Bruni, a former model who is now one of France’s leading pop singers. Her next album, due out in July, is drawing front-page coverage for lyrics about cocaine that are hardly first-lady-like.

“The Elysee has become the backdrop for a show that is ‘Desperate Housewives,’ ‘The West Wing’ and ‘24′ all rolled into one,” says novelist and commentator Philippe Labro, who credits Bruni’s own ambition and shrewd marketing skills with helping Sarkozy get back on track.

She seems to calm him and contribute to a more reflective, presidential image. Standing beside Bruni after the Bushes left the Elysee, Sarkozy’s kinetic physicality seemed for a rare moment to shift into neutral.

He will need all the calm she can provide now that the well-insulated French military establishment has learned the details of a vast reorganization proposed in a massive white paper drawn up by a 35-member commission appointed a year ago.

The armed forces will be given the task of identifying and fighting terrorist networks at home (and in Africa) as a priority, instead of concentrating on territorial defense. Redundant bases will be closed, an expensive new aircraft carrier and new jet fighters have been put on hold to finance the restructuring and global deployment of intervention forces, and Sarkozy has declared that France “will now participate fully in NATO,” four decades after de Gaulle withdrew from the alliance’s command structure and ordered American troops off French soil.

As an important element of his comeback, Sarkozy is essentially adopting a Sept. 11 Commission report before a French Sept. 11 occurs. He is giving France, and its allies, change they should believe in and actively support.

lunes, junio 09, 2008

El divorcio entre Sarkozy y los franceses

Por Guy Sorman (ABC, 07/06/08):

¿Cómo se pasa, en un año, del 53 por ciento de los votos a un 20 por ciento de aceptación en los sondeos? Este hundimiento de Nicolas Sarkozy preocupa a los franceses: ¿cómo se va a mantener durante cuatro años este Presidente que parece haber perdido toda credibilidad? Las explicaciones ad hóminem de esta caída (el Presidente de los oropeles no sería digno de su función) me parecen de lo menos convincentes. ¿Y su vida privada? Su sonoro divorcio, seguido por un tercer matrimonio con una antigua modelo reciclada como cantante, ha ofendido a los de más edad y a los más conservadores; pero la nueva mujer de Sarkozy se ha vuelto tan discreta como elegante. Ha pasado el momento de las locuras y su marido no sube en los sondeos. Hay que buscar en otra parte.

El argumento defensivo de los partidarios de Sarkozy es que paga con una impopularidad provisional la temeridad de las reformas necesarias; los resultados beneficiosos no aparecerán hasta el final de su mandato. Este alegato sería convincente si las reformas fueran auténticas. Pero nos parece que son falsas y que ahí reside la verdadera causa de su impopularidad. Al mantener un discurso reformista, el Presidente disgusta a los partidarios del statu quo; al no emprender las reformas que pregona, decepciona igualmente a los partidarios del cambio.

¿De qué reformas se trata? No hay ninguna palabra tan ambigua, tal y como se comprueba actualmente en Estados Unidos, donde todos los candidatos defienden el cambio sin concretar su contenido.

El caso francés está más claro. Francia desaprovechó el giro que dio en los años ochenta; desde entonces, no consigue recuperarse de su pérdida de dinamismo. A principios de los años ochenta, la globalización, el hundimiento del modelo socialista y la comunicación instantánea a través de internet definieron un paisaje económico radicalmente nuevo: adaptarse exigió reducir las funciones del Estado, aceptar la flexibilidad de los mercados y responsabilizar a los individuos. Los que se sumaron a este modelo liberal, desde los bálticos hasta los chinos, obtuvieron beneficios evidentes. Los que se sumaron a medias, como Alemania o Japón, apenas superan el estancamiento. Francia es la excepción: el crecimiento económico sigue siendo satisfactorio gracias al capital acumulado y a la calidad de las aproximadamente 40 empresas globalizadas que no esperan nada del Estado. Pero no ocurre nada nuevo: el Estado paraliza a los jóvenes y a los pequeños empresarios; las Universidades son de tipo soviético. Los sistemas públicos de protección social, sanidad y vejez están sin aliento. Hasta Sarkozy, ningún Presidente había abordado de frente este estancamiento francés: François Mitterrand (1981-1995) no podía liberalizar Francia puesto que era socialista. Jacques Chirac (1995-2007) no quiso hacerlo ya que era inmovilista por sistema.

Nicolas Sarkozy ha querido romper con ese statu quo; hizo una campaña claramente centrada en un programa de liberalización de la economía. Una vez nombrado Presidente, todo cambió: cualquier iniciativa que se asemeje al liberalismo va seguida siempre de una medida a medias o de una renuncia. Si la esquizofrenia fuera una enfermedad política, se aplicaría al método Sarkozy. Todo lo pone de manifiesto.
¿Y la elección de sus ministros? Pudo parecer hábil reclutar a ministros socialistas, pero, para conservarlos, cualquier osadía liberal está prohibida. Todas las reformas a medias demuestran esta parálisis.

Consideremos la primera iniciativa, las universidades, cuya decadencia está comprobada. Para acercarse a la experiencia estadounidense, Sarkozy proclamó su autonomía pero no su independencia. Hizo que se votara una ley que excluye la libre elección de profesores y programas y la selección de los estudiantes: autonomía, sí, competencia, no. Ahí está el mismo tipo de reforma ambigua. En privado, los sindicatos de profesores están encantados porque nada ha cambiado realmente; en público, condenan el sometimiento de la Universidad a las exigencias del capitalismo. La consecuencia inesperada de esta extraña reforma es que un colegio de representantes de los profesores, de los estudiantes y de los empleados elige ahora a los rectores de las Universidades. Estos colegios electorales, influidos de entrada por la izquierda, despiden a los rectores de tendencia liberal: así se eliminó al rector de la Sorbona porque era ostensiblemente favorable a la selección de los estudiantes.

Otra muestra significativa son los organismos modificados genéticamente (OMG). Francia es uno de los pocos países donde los agricultores, enfrentados a una coalición de ecologistas e izquierdistas, ven cómo se les deniega el derecho a sembrar OMG. Esta oposición a los OMG no sería tan vociferante si no los produjeran empresas estadounidenses. ¿Qué hace Sarkozy? En el país de Pasteur, se espera un discurso que ensalce el progreso, una llamada a las empresas francesas de biotecnología. Pero Sarkozy, antes Poncio Pilatos que Pasteur, apoya una ley que autoriza los OMG, y al mismo tiempo, supedita su utilización al control de los jueces, que velarán por el respeto al medio ambiente. Todos han ganado y perdido a la vez la batalla de los OMG: nadie puede estar satisfecho.

Otro ejemplo es el mercado laboral. El candidato Sarkozy repudiaba la insólita ley que fija la jornada laboral en 35 horas semanales. En principio, el presidente Sarkozy mantiene las 35 horas: la izquierda echa las campanas al vuelo, la derecha está desconcertada. Pero al mismo tiempo, Sarkozy multiplica las excepciones a las 35 horas, a condición de que la empresa se someta a procedimientos jurídicos bizantinos. ¿Y los sindicatos? Protestan. ¿Y los empresarios? Tiran la toalla.

Un último ejemplo: Sarkozy y la globalización. Una empresa siderúrgica readquirida por el grupo indio Mittal está amenazada con la desaparición. ¿Estimulará Sarkozy a los franceses a reconvertirse a actividades más creativas y más dignas del ingenio nacional (y de sus costes salariales)? Se precipita en Lorena, jura a los obreros que él, como Presidente, no cerrará ningún taller. ¿Cómo llega Sarkozy a reivindicar a la vez el libre comercio y el proteccionismo? ¿Cómo puede llamarse europeo y acusar al euro de ser la única causa del estancamiento francés? El descontento aumenta porque dice una cosa y luego lo contrario.

¿Cómo se explica esta renuencia a elegir, esta gran capacidad para expresar, con tanto entusiasmo, imperativos contradictorios? Una primera hipótesis es noble: cuando se ha sido elegido por la mitad de los franceses, llegar a ser el Presidente consensual de todos ellos es una tentación de la que no escapa ningún Jefe de Estado. Pero el consenso, una idea atrayente, conduce a gobernar poco: la inquietud sustituye a la decisión. Otra hipótesis, ésta más cultural, a la moda: la indecisión de Sarkozy refleja su personalidad posmoderna, libre de cualquier convicción ideológica. Sarkozy es un hombre de su tiempo, a imagen de la sociedad. ¿Acaso no se ha convertido todo en lo equivalente a su contrario? Así, el presidente Sarkozy ha conservado completamente el protocolo monárquico instaurado por el General De Gaulle en 1959, pero corre en pantalones cortos por los jardines del Palacio. Sarkozy llamapragmatismo a esta asociación de los contrarios. Niega que siga habiendo una división entre la derecha y la izquierda; ya sólo existen los partidarios del cambio, por un lado, y los del inmovilismo, por el otro. ¿Pero de qué cambio habla?

El pragmatismo, cuando no está afianzado en una visión clara y definida de la sociedad, condena a la ambigüedad y a lo imprevisible. Sarkozy era ambiguo: tenía que serlo para ganar las elecciones. Se convirtió en imprevisible y esto es más preocupante. Francia tiene un capitán; navega sin brújula; su destino es desconocido. Y los franceses están mareados.

jueves, mayo 15, 2008

Sarkozy, año I

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 10/05/08):

Con ocasión del primer aniversario de la elección de Nicolas Sarkozy para la presidencia francesa, ¿qué balance cabe extraer de su política?

El rasgo más espectacular se refiere indudablemente a la mejora de las relaciones con Estados Unidos. En este sentido, se ha cumplido el objetivo preferente de Sarkozy. Resta por conocer si Francia obtendrá el beneficio esperado. Las relaciones franco-estadounidenses se habían degradado notablemente a raíz de la oposición de Jacques Chirac a la guerra de Iraq, aunque este último había procedido a una reconciliación con Washington desde el 2005. París y Washington colaboraron estrechamente en los temas de Irán, Líbano o Afganistán. A Chirac se le demonizó en EE. UU. Sarkozy ha optado por gestos espectaculares: vacaciones estivales en EE. UU., picnic en el rancho de Bush, discurso ante el Congreso, y refuerzo de las tropas francesas en Afganistán y voluntad de reintegración de Francia en la OTAN.

Algunos se han sorprendido de que Sarkozy haya optado por aproximarse a Bush cuando este está desacreditado, incluso en Estados Unidos. Pero Nicolas Sarkozy ha apostado por “comprar a la baja” juzgando que sus gestos espectaculares pueden granjearle popularidad en su país y entre los responsables políticos estadounidenses.

Francia participaba ya en la mayoría de los comités militares de la OTAN; su reintegración plena, por tanto, es básicamente simbólica. Pero en diplomacia los símbolos cuentan. Sería menester obtener de Washington concesiones palpables sobre la defensa europea. Ya no bastarán simples promesas verbales estadounidenses. Sobre Afganistán, es innegable el riesgo de hundirse en el cenagal. ¿Resultará que es necesario un refuerzo de la presencia francesa - cuando se evocó su retirada en la campaña electoral francesa- sin garantías sobre la estrategia que aplicará EE. UU. y que por ahora ha fracasado?

La máxima puntuación de Nicolas Sarkozy, en todo caso, se ha registrado en la cuestión de la construcción europea. Desde el fracaso del referéndum de mayo del 2005 existía un bloqueo institucional que pudo desencallarse merced a la adopción de un minitratado. Es posible que Sarkozy haya irritado a algunos de sus homólogos. Las capitales europeas han podido juzgar que el dinamismo del que hacía gala París era una forma de llevar el agua a su molino, se tratara del tratado de Lisboa, la liberación de las enfermeras búlgaras encarceladas en Libia o el proyecto de una Unión Mediterránea.

Sobre África, el balance se suaviza. Se acoge negativamente la política de inmigración de Francia. El asunto de El Arca de Zoé - aunque el Gobierno no haya tenido implicación alguna- ha hecho estragos en la opinión pública africana en general.

En Oriente Medio, Sarkozy se reafirma como amigo de Israel, aunque a decir verdad ningún presidente se ha presentado como enemigo del Estado hebreo. La diferencia estriba en que Sarkozy es positivamente apreciado en Israel, lo que no ocurría con Chirac. No ha dejado de manifestar, de todos modos, el carácter capital del conflicto palestino-israelí, circunstancia que no suele darse en los incondicionales de Israel. Francia, sin embargo, se mostrará menos emprendedora y dinámica en la cuestión palestina y no presionará a Israel. Europa y el mundo occidental ya no tendrán tanto a Francia como abogada de la causa palestina. Sarkozy, sin embargo, pretende mantener buenas relaciones, sobre todo comerciales, con los países árabes. Rusos y chinos temían un cuestionamiento de las buenas relaciones que mantenían con Francia, a la vista de las declaraciones de campaña de Sarkozy. Tales relaciones apenas han cambiado.

La diferencia más significativa entre las declaraciones de campaña y la política del presidente se aprecia en el capítulo de los derechos humanos. En campaña, Sarkozy recalcó que sería el presidente de los derechos humanos, que nunca sacrificaría en aras de los intereses de Francia. Censuraba la política excesivamente comercial de Francia. Pero, una vez elegido, no hemos visto ninguna ruptura, sino una gran continuidad. El candidato cedió con excesiva facilidad a las tentaciones de significarse en este sentido y pesó sin duda el espejismo de poder llamar a capítulo a los países del Sur sobre la cuestión de la democracia. Un presidente no es el responsable de una ONG y el Sur, a su vez, suele reprochar a los países occidentales su geometría variable sobre los derechos humanos. Sarkozy prefiere abordar cuestiones emblemáticas - las enfermeras búlgaras, Ingrid Betancourt- importantes desde el punto de vista humano pero que no definen por sí solas una política de derechos humanos.

Sarkozy reivindica la pertenencia de Francia al mundo occidental. Y convendría preguntarse por la idea de las relaciones internacionales que ello implica. ¿Visión multilateral o voluntad de dominio, por más que revestida de un discurso sobre la exportación de valores? Es evidente que la respuesta variará según McCain u Obama ganen en EE. UU. A partir de entonces, ¿no le interesaría a Francia mantener márgenes de maniobra autónomos?

lunes, mayo 12, 2008

Dany "El Rojo" Mayo del 68 ¿ Y el anarquismo de "entonces"?

Daniel Cohn-Bendit: «Lo que ha pasado en Francia es un grito suicida, fruto de la desintegración social»«Sarkozy y Villepin son el policía bueno y el malo buscando la confesión del detenido»

Nacido en Montauban, en una familia de emigrantes judíos alemanes, estudia en Alemania y vuelve a Francia para matricularse en la Facultad de Sociología de la Universidad de Nanterre, cerca de París. Allí se convierte en uno de los principales protagonistas de Mayo del 68. Después se dedicó a la escritura y hoy es eurodiputado por Los Verdes.

Daniel Cohn-Bendit (Montauban, 1945) empezó siendo rojo -de hecho, fue Dany el Rojo, el anarquista del 68, el líder estudiantil del Mayo francés- y terminó en el partido de Los Verdes. Desde mediados de los años noventa es europarlamentario. Ahora copreside el grupo ecologista de Bruselas. Fundó, junto a Joschka Fischer, ex ministro de Exteriores germano, este partido en Alemania. El Mayo francés fue una revuelta que enfrentó a estudiantes con la República burguesa del general De Gaulle. Daniel Cohn-Bendit entonces era alumno de la Universidad de Nanterre. Tras el conflicto el Gobierno galo decidió expulsarlo del país en el que había nacido, por extranjero. No pudo regresar hasta 1978.

Desde hace algunas semanas el extrarradio parisino se ha convertido en el escenario de una revuelta multitudinaria que se ha extendido por toda Francia. La solución para acabar con ella ha sido el decreto de estado de emergencia por parte del Gobierno de Dominique de Villepin y de su ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.

Las razones de esta revuelta van desde el descontento de los jóvenes por un futuro incierto al rechazo a los extranjeros por el hecho de ser extranjeros. De todo esto habla el político franco-alemán en su despacho, en el Parlamento de Bruselas.

-Nicolas Sarkozy ha dicho que los extranjeros han sido los protagonistas de las revueltas en los extrarradios franceses.
-No lo ha podido demostrar. Los que han actuado en los suburbios de las ciudades franceses no eran extranjeros. La mayor parte de los implicados es francesa. Los argelinos o marroquíes detenidos tenían permiso de residencia. Lo que ha hecho el ministro del Interior ha sido poner en marcha una doble vara de medir que, al final, carece de sentido. Los descontentos son franceses, es lo único que está claro.

-También declaró este ministro que los implicados eran delincuentes conocidos.
-Tampoco es cierto. El 80% de los procesados por estas razones en los tribunales no tenía antecedentes penales.

-¿Qué opina del decreto de estado de emergencia dictado recientemente?
-Es injustificado. Con esta medida se permiten la investigación y la entrada en domicilios privados sin autorización judicial. El Gobierno francés hace como si hiciera algo, cuando en realidad no sabe cómo actuar. Estas medidas sólo confirman la marginalización de parte de la población.

-¿Sarkozy y Villepin aprovechan electoralmente este asunto de los suburbios franceses?
-No creo. Villepin y Sarkozy están de acuerdo en todo. Las respuestas dadas desde el Gobierno son unívocas. Es como el policía bueno y el policía malo, uno sacude y el otro le da el cigarrillo. Los dos buscan que confiese el detenido.

-¿Quién es el policía malo?
-Sarkozy, Sarkozy.

-¿Qué papel le queda a la extrema derecha?
-Este tipo de revuelta violenta, no cabe duda, alimenta la fobia de la sociedad francesa hacia los extranjeros y refuerza las ideas y actitudes de la extrema derecha.

-¿Los sucesos son una revolución?
-No estoy seguro. Hablar de movimiento revolucionario cuando nos estamos refiriendo a lo que pasa ahora en Francia no me parece un término ajustado.

-¿Qué es esto entonces?
-El fruto de la desintegración social, de la marginación, un grito violento y suicida.

-¿A qué deberíamos llamar revolución en 2005?
-Ni idea. Las revoluciones surgen cuando los problemas que existen la sociedad no es capaz de darles solución. ¿Se podrán dar ahora más revoluciones? No tengo una bola de cristal.

-Esta juventud francesa de los extrarradios y la que se levantó bajo su liderazgo en 1968, ¿son la misma?
-Los jóvenes, la juventud nunca es igual, no puede ser. Es más difícil ser joven hoy que en mi época, en el 68. Hablo, claro, de lo que conozco, de la juventud en Francia, no en España. Durante el Mayo francés hubo un levantamiento porque teníamos la impresión de que existía un mundo más abierto que no conocíamos. Ahora existe una serie de preocupaciones como la mundialización, el declive ecológico, el sida... Parece que no existe un verdadero futuro para los jóvenes. Por eso surge la angustia, no lo podemos olvidar. Es más difícil ser joven ahora que cuando lo era yo.

La Nueva España, 10/12/05

martes, mayo 06, 2008

Sarkozy, del cielo al infierno en un año

Por J.M. MARTÍ FONT - París - (El País.com, 06/05/2008)

"Su Majestad tenía la mirada sombría pero viva, aunque tirando hacia abajo; una nariz que surgía para ocupar todo el centro de la cara y el cabello oscuro y ondulado, como si fueran pequeñas olas peinadas. Cuando hablaba en público, lo que sucedía varias veces en un mismo día, se pavoneaba y se libraba a curiosas contorsiones". Así, al modo de Saint-Simon, es como el escritor Patrick Rambaud describe a Nicolas Sarkozy en su Crónica del reino de Nicolas I (Grasset). Hoy se cumple un año desde que fue elegido presidente de Francia con un 53% de los votos frente al 47% de su contrincante, la socialista Ségolène Royal.

Aquella noche, su esposa Cecilia Ciganer, que ni siquiera se había dignado ir a votar por su marido, fue la encargada de organizar una cena para un público en cuya selección ella tuvo mucho que ver, en uno de los restaurantes más lujosos de París: Fouquet's, situado en un palacete de los Campos Elíseos. Se ha escrito incluso un libro sobre aquella velada -uno más de los cientos publicados sobre el presidente francés-, que más que políticos y personalidades de la vida pública, reunió a ricos millonarios del estilo de Arnaud Lagardere, Vincent Bollore junto a estrellas de la farándula como Johnny Hollyday. Era el anticipo del estilo que llegaba al palacio del Elíseo: ostentatorio.

Los franceses, incluso muchos de los que no habían votado por él, se rindieron a sus pies, hipnotizados por la hiperactividad de un personaje de quien esperaban milagros, incluidos los que había prometido durante su campaña: más dinero, dicho políticamente, un aumento del poder adquisitivo. Durante la primavera y el verano su popularidad creció como la espuma alcanzando cotas desconocidas que en septiembre rozaban el 70%.

Acabó el verano y llegaron las rebajas. Desde entonces está en caída libre; su imagen, lastrada por la penosa exhibición de su vida privada, hecha añicos. El pasado 28 de abril de 2008, Nicolas Sarkozy batía todos los récords de impopularidad de un presidente en su primer año en el poder. El sondeo del instituto BVA le daba tan sólo un 32% de opiniones favorables, una caída de ocho puntos en un mes. De nada ha servido su intento, el pasado día 24 de abril, de explicarse ante sus compatriotas, reconociendo humildemente sus errores durante una hora y media en televisión, entrevistado por cinco periodistas.

Las semillas de su desplome ya estaban plantadas cuando llegó al Elíseo. Acabada la campaña electoral, el desamor que le profesaba su esposa Cécilia se hizo insoportablemente evidente. Durante el verano sucedieron dos cosas: en lo personal su mujer quería el divorcio para volver con su amante Richard Attias. En lo político estallaba la crisis financiera. El panorama económico internacional echaba abajo todos los cálculos que su equipo había hecho para relanzar el crecimiento en Francia. Lo primero le explotaba en las manos cuando, forzado y a regañadientes, aceptaba en octubre concederle el divorcio a Cécilia. Lo segundo, encendía la espiral del descontento popular, las resistencias a cualquier cambio y la sensación de que no iba a cumplir la promesa de aumentar el poder adquisitivo de los franceses.

En lo más gris del otoño, los sindicatos, crecidos, deciden plantar cara a la reforma de las pensiones especiales, los privilegios difícilmente defendibles de un colectivo de funcionarios entre los que se encuentran los trabajadores del transporte público. Es la señal para que cualquier grupo o gremio mínimamente afectado por un cambio se cierre en banda.

Sarkozy, maestro en manipular los medios de comunicación, intenta entonces crear cortinas de humo mostrando su vida privada, lo que le sirve también para reivindicar su hombría malherida tras el divorcio. Los franceses descubren que su presidente tiene una nueva novia, una mujer bellísima y elegante, nada más y nada menos que Carla Bruni, una top model reconvertida en cantante.

Y entra en una deriva de adolescente inseguro. Las imágenes de la pareja viajando por Egipto y Jordania -nada menos que en el tempo de Petra, donde su anterior esposa había estado con su amante-, sus gafas Ray-Ban Aviator de espejo, sus relojes Rolex, configuran una exhibición de poder y dinero que se desparrama por los medios de comunicación, rompiendo definitivamente el molde de la función presidencial, que en Francia tiene claros componentes monárquicos. La deriva de Sarkozy va en paralelo a la comprobación por los franceses de que su situación no sólo no mejora, sino que empeora. Tres episodios son decisivos: por dos veces insulta a ciudadanos que le provocan, sin calcular que las imágenes se expanden por Internet a la velocidad de la luz. "Baja aquí si eres hombre", le contesta a un pescador que le ha gritado: "¡Que te den por el culo!"; "Ábrete, capullo", le suelta con infinito desprecio a un ciudadano que se niega a saludarle. Por el contrario, permite al coronel Gadafi que se pasee a sus anchas por París humillando a la ciudadanía.

Analizar las razones del descalabro presidencial se convierte en un pasatiempo nacional. Los psicoanalistas explican en la radio y en televisión que el problema del presidente es que su objetivo nunca ha sido otro que alcanzar el poder y que, una vez conseguido, no sabe lo que hacer con él. Otros señalan que el dinero es su valor central, y que eso explica su debilidad por los ricos, el exhibicionismo que ha acabado valiéndole el mote de presidente bling bling, una expresión sacada de la cultura del hip hop, que hace referencia al ruido de los collares de oro meciéndose sobre el cuello de los cantantes de rap. El 30 de octubre se subió el sueldo un 172%, para dejarlo en 19.331 euros mensuales.

¿Ha tocado fondo? Uno de sus consejeros al Journal du Dimanche: "Nicolas ha comprendido por fin que es él quien debe adaptarse a la condición presidencial y no a la inversa". Esas mismas fuentes aseguran que su tercera esposa, Carla Bruni, tiene mucho que ver en ello. Ahora, si hay viajes, son secretos, sin fotos ni referencias. Y cuentan que hace dos semanas, en la sala Richelieu de la Comedie Française, cuando los tres timbrazos avisaban del comienzo de la representación, una pareja ocupó silenciosamente sus asientos de primera fila. Sólo sus vecinos se dan cuenta de que son el presidente y su esposa. Dos horas más tarde, cuando acabó la representación, la pareja salió tan discretamente como había llegado. Los observadores del Elíseo le llaman a esto el efecto Carla.


Promesas rotas

Un 65% de los franceses consideran que Sarkozy no ha cumplido las promesas que hizo durante la campaña electoral; un 62%, que su proyecto es demasiado ambicioso; un 50%, que es poco creíble. Un 48% consideran que la situación económica se ha deteriorado desde que Sarkozy llegó a la presidencia; un 53%, que las medidas tomadas por el Gobierno han deteriorado su poder adquisitivo y un 80% está convencido de que un plan de austeridad es inevitable. Un 80% de los franceses piensa que Nicolas Sarkozy ha "hablado demasiado" de su vida privada al comienzo de su mandato, pero 67% consideran que ya no es este el caso ahora.

lunes, marzo 31, 2008

La advertencia

Por Eric Fottorino, director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 18/03/08):

Poco antes de su llegada a la presidencia, Nicolas Sarkozy habló de la necesidad de un breve retiro espiritual antes de ocupar el cargo que le aguardaba. Se le buscó -¿estaría en Solesmes o en el monte Athos?-, antes de descubrir que el nuevo jefe del Estado se había dejado atraer por los cantos de sirena de un yate. Fue la primera diferencia entre las palabras y los hechos y, a partir de ahí, cada nueva diferencia ha servido para confirmar la anterior, desde la algarada con un marino de Le Guilvinec hasta la desgraciada invectiva del Salón de la Agricultura, pasando por las irreflexivas promesas de ayuda del Estado a las acerías de Gandrange.

Si bien la clara victoria de la izquierda se debe, en gran parte, a consideraciones locales, es evidente que el país ha enviado un mensaje de advertencia a Nicolas Sarkozy. El grado de abstención, especialmente elevado en la derecha, confirma este sentimiento de enfado en un sector de los electores que llevaron a su paladín al Elíseo en mayo de 2007. Es decir, ha llegado la hora del desencanto e incluso la decepción. Ha llegado también la hora de recordar cuál es su deber al que fue candidato convincente (y por eso ganó) y después se convirtió en un presidente desconcertante.

Hace solamente nueve meses, la popularidad de Sarkozy se fundaba en su dominio de la palabra, que incluía la acción con un propósito voluntarista de reformas, de desprecio por el inmovilismo y de voluntad de trabajar para volver a poner en marcha a un país esclerotizado en su economía, sus arcaísmos estatales y sociales y su meritocracia en crisis. Había llegado su momento. Disponía de un gran capital político que le iba a permitir emprender tareas tan difíciles como urgentes. Su margen de maniobra era todavía más importante en la medida en que se negaba a inscribirse en un calendario de reelección, a cinco años vista, y prefería actuar -o eso decía- que perdurar. El país contenía el aliento. ¿Iba a ser capaz de triunfar, y a qué ritmo?

La esperanza política que Nicolas Sarkozy hizo nacer en mayo de 2007 se basaba en la coherencia entre un discurso, unas promesas y unos valores. Al candidato del poder adquisitivo se le oía bien, y muchos le creían, cuando se negó a comprometerse sobre el tema de trabajar más para ganar más. Llegó enero y los franceses se encontraron, a modo de felicitación, con que las arcas estaban vacías y que lo de Carla iba “en serio”. Poco serio era todo aquello precisamente, aunque asesoraron bien al presidente los que le aconsejaron que no hiciera depender la nómina de la buena voluntad del poder político. Se esperaban resultados, y lo que hubo fueron las discontinuidades del corazón. “Cécilia es mi única preocupación”, había confiado el jefe del Estado a unos cuantos periodistas durante la fiesta del 14 de julio en los jardines del Elíseo. Para todo el país, hoy, la preocupación es Sarkozy.

Una combinación y una coyuntura desafortunadas: el deterioro de la economía mundial, la crisis de las hipotecas de alto riesgo y el empuje de la inflación son elementos que han arrebatado al presidente unas palancas que él confiaba en poder manejar. El estilo y la forma -¿pero qué es la forma sino el fondo que asoma a la superficie?- han hecho, o deshecho, el resto.

El mal sería menor si el jefe del Estado no hubiera convertido su imagen en el centro de todo, su palabra en la única que hay que creer, su acción en la única que vale. El híper u omnipresidente se ha dedicado a enviar un reflejo turbio, con sus esfuerzos para imponer sus decisiones y su orquestación, a toda velocidad, del regreso de la esfera privada, de la que pensábamos que a partir de ahora iba a poder escapar a todos los montajes. Sobre todo, el presidente ha parecido menospreciar la laxitud de los franceses ante comportamientos que la vox pópuli reúne en el término “ostentación”. Primero sin que nos diéramos cuenta, y después de forma más brutal, Sarkozy ha mermado su capital de confianza, al creer, por lo visto, que podía permitirse cualquier cosa, y sobrepasar los límites de una cierta reserva, si es cierto, como escribía Tucídides y citaba François Léotard en su reciente panfleto, que “la manifestación del poder que más impresiona a la gente es la discreción”.

Hace ya varias semanas que los franceses han empezado a decir lo que opinaban de estos comportamientos decepcionantes. Como Nicolas Sarkozy no parecía tomar nota de su inquietud, pronunciaron un nombre: Fillon. La popularidad del primer ministro sugiere que su estilo es la vía que debería seguir el presidente: trabajar sin ostentación, mostrarse sin Ray-Ban ni relojes elegantes.

Sin embargo, los franceses no piden a Nicolas Sarkozy que sea el heredero directo del general, como no esperan que sea un gramático capaz de hacer malabarismos con los versos a la manera de Georges Pompidou ni el cantor de una visión aristocráticamente liberal que era Giscard d’Estaing. Tampoco pretenden que el inquilino actual del Elíseo cite a Chardonne y a Zola con el ansia de Mitterrand. Ni que se las dé de entender de arte primitivo y de civilizaciones de la lejana Asia como su predecesor. Nadie le exige que exhiba una cultura que no es la suya. Claro que, por otra parte, este hombre decididamente moderno hace gala de cierto descaro con su pretensión de parecer más inculto de lo que es.

En realidad, los franceses no piden a Nicolas Sarkozy que cambie. Al contrario, lo que le piden es que sea lo que dijo que iba a ser: un presidente activo, apoyado en su programa de reformas. Dejemos una cosa clara: sobre todo, no quieren que desaparezca. Quieren que se eleve. Y que esa altura le permita cumplir la tarea que se había propuesto, para la que fue elegido y en la que, hasta hoy, nos ha decepcionado.

Advertencia no es rechazo. Ni mucho menos. El presidente debe comprender que lo que más temen sus electores, incluso el país entero, es que fracase. Nadie puede razonablemente deseárselo. En mayo de 2007, después de 12 años de Chirac y no poco debilitamiento del poder francés, los votantes volvieron a situar el centro de gravedad del poder en el Elíseo. A Nicolas Sarkozy le corresponde encontrar el manual de instrucciones de su cargo y reducir su parte de comedia para entrar de pleno en la parte seria. Desde este punto de vista, su debilidad de hoy puede ser su fuerza mañana. Lo que tiene que hacer es reflexionar sobre ello. Ya.

domingo, febrero 24, 2008

Nicolas Sarkozy, un personaje proteico

Por Olivier Mongin, director de la revista Esprit. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 01/02/08):

La victoria presidencial de Nicolas Sarkozy vino marcada por el signo de la ruptura. Ruptura histórica, en primer lugar, tanto con el “gaullo-comunismo” instituido durante la posguerra que hizo posible los “treinta gloriosos” -aquellos años de crecimiento transcurridos entre 1945 y 1975-, como con las presidencias de Mitterrand y Jacques Chirac que aplazaron y esquivaron las reformas doblegándose a la opinión pública y escudándose en Europa. Ruptura política e institucional, a continuación: ésta reduce el papel de la democracia de partidos, aunque Sarkozy haya tenido que conquistar la UMP, en beneficio de una relación directa con los ciudadanos. En tal contexto, la ruptura de estilo presidencial se ha impuesto como la principal línea de conducta de Sarkozy. La multiplicación de las comisiones de toda clase (casi una treintena en el momento en el que escribo) tiene como objetivo debilitar al Parlamento y a los diputados, igual que el primer círculo de consejeros, situados bajo la férula del secretario general del Elíseo, Claude Guéant, tiene como meta frenar las ambiciones de los ministros. El papel de la política aperturista no es otro que el de debilitar a la oposición (de centro e izquierda). Paralelamente, la toma de poder mediático por la presidencia impone a los periodistas una agenda y un tempo apremiante. Este activismo presidencial, calificado como “hiperpresidencialismo”, responde antes que nada a la voluntad de reducir las mediaciones e intervenir constantemente “en directo”, lo que alimenta una relación de empatía con la gente. El presidente, cuyo saber hacer mediático es incuestionable, ha impuesto un ritmo desenfrenado que hoy se vuelve contra él. Pero ese ritmo no data de la campaña presidencial, sino que remite a todo un itinerario. Y Nicolas Sarkozy no se cansa de recordar: “Yo conocí el fracaso y tuve que superarlo (…). El valiente no es aquel que nunca ha tenido miedo, pues el valor consiste precisamente en superar el miedo”. Lo que significa concretamente: “Ustedes, como yo, tienen que demostrar valor y renunciar a la cultura del fracaso”.

Pero, más allá de sí mismo y de su trayectoria, el presidente se ha apropiado del estilo de ciertos personajes que constituyen modelos de éxito social de nuestros días: el ejecutivo, el entrenador y el presentador televisivo, entre otros. Marcado por su pasado como diputado por una circunscripción de fuera de la capital parisina, Nicolas Sarkozy, más que un político a la francesa, es un ejecutivo, es decir, el jefe de la empresa estatal. Pero el ejecutivo contemporáneo no es aquel empresario de ayer -tan caro a Max Weber- sensible al colectivo laboral y respetuoso de cierta ética. Y como tampoco parece un liberal convencido de que una mano invisible equilibre el mercado naturalmente, el presidente no ha renunciado al poder del Estado e impone reglas destinadas a exacerbar la competencia entre las empresas y en el seno de éstas. Sarkozy siente más debilidad por aquellos que triunfan por sí mismos que por los herederos de un patrimonio.

Su faceta de entrenador, reforzada por su proximidad con Bernard Laporte, el técnico del equipo francés de rugby convertido en secretario de Estado de deportes, consiste en recrear lo colectivo en un contexto marcado por las estrategias individualistas: “Todos juntos formaremos el mejor equipo posible, un equipo ganador”.

Finalmente, el presentador televisivo recuerda que Nicolas Sarkozy es hijo de la televisión y demuestra que domina perfectamente el oficio. El presidente no es tanto un político que se presta al espectáculo televisivo, como un profesional que hace política del mismo modo que se produce y realiza una emisión televisiva para el gran público y dirigida “directamente a todos”.

Si es cierto que todo retrato político de Sarkozy es tributario de ese trío de personajes que “rinden culto al éxito”, no lo es menos que tal alquimia reposa sobre una convicción acerca de la naturaleza de la opinión y favorece, en cierta medida, los cambios de humor de ésta. Lejos de creer que la población francesa se apasiona de nuevo por la política, Sarkozy tiene la convicción de que hay que mantener en vilo a aquellos que desconfían de la política. Alistair Campbell, ex consejero de comunicación de Tony Blair, ha descrito muy bien la fuerza mediática del presidente francés: “Hoy la gente piensa mucho menos en la política que antes. Por lo tanto, es necesario que el mensaje sea más sólido, más contundente, más concreto. Y es necesario que todo lo que se dice y se hace contribuya a transmitirlo. La menor intervención, la menor imagen, la menor reacción. En inglés tenemos una expresión: ‘Hay que dar hasta el parte meteorológico”.

Pero esta presidencia en directo, que continúa con voluntarismo la exitosa trayectoria del joven Sarkozy, que llegó a la política en Neuilly, a la edad de 23 años, no ha tardado en convertirse en una caricatura ni en deslizarse hacia la privatización de la vida pública. Los sucesivos episodios people -las conflictivas relaciones de pareja con Cécilia Sarkozy, el flechazo por Carla Bruni- han ido acaparando la actualidad a riesgo de deformar y embrollar el mensaje político, pero ¿hay que reducir, sin embargo, al hiperpresidente a un people metido a político? ¿Hay que reducir la política de Sarkozy únicamente al personaje proteico de Sarkozy?

Muy al contrario, lejos de ser un histrión llegado a la política por casualidad y condenado a desaparecer como cualquier producto mediático averiado, Sarkozy tiene mucho que ver con ciertos cambios en profundidad de la sociedad francesa. Resulta difícil no relacionarlo con las evoluciones de la burguesía gala y las transformaciones de la cultura de masas. Resulta difícil no comprender que Sarkozy mira por un lado hacia el mundo de los people, con glamour o sin él, cuyo éxito pasa por el papel cuché, y, por otro, quiere captar la atención de un medio popular hasta ahora cautivo del Frente Nacional. En un sentido más amplio, su victoria expresa una renovación de las élites que afecta a la sociedad francesa en su conjunto, y no únicamente a la clase política.

Pese a que Nicolas Sarkozy representa una innegable ruptura con el estilo de gobierno anterior, la ruptura sociológica en marcha no es únicamente obra suya, ¿puede decirse entonces que el presidente haya iniciado una política nueva? ¿Acaso su política le convierte en el representante de una derecha capaz de reformar un país marcado por el sello de la “excepción francesa”? Ésa es la cuestión. Ahora bien, estas rupturas (histórica, política, institucional, mediática) no dibujan un programa susceptible de impulsar al país hacia el futuro, ni de dinamizarlo.

¿Por qué razón? Esencialmente, por un desfase histórico entre unas reformas destinadas a “destejer” las medidas de protección vinculadas a una concepción caduca del Estado-providencia, la de los treinta gloriosos, y unas reformas que no pretenden “retejer” coherentemente un Estado-providencia acorde al nuevo mundo industrial de nuestros días.

El programa carece de solidez, pues su acción no se inscribe en el contexto de la mundialización y, sin embargo, al apostar por los ganadores, participa de la indiferencia de la mundialización hacia los perdedores. Este programa de ruptura política con el inmovilismo chiraquiano es realista, pero sus raíces no se hunden en la historia tal y como ésta se desarrolla.

El programa de Sarkozy dispone sin embargo de recursos: pese a no poder seguir presentándose como el “Presidente del poder adquisitivo” que pretendía ser durante la campaña, conserva los medios para recuperar el favor de una parte de la opinión pública agitando, cuando le convenga, las banderas rojas de la seguridad y la inmigración. Entre los valores esgrimidos, la seguridad sigue siendo decisiva.

Aunque Sarkozy representa en efecto una ruptura, su realismo político y su concepción del éxito le debilitan, y más aún su incapacidad para responder a nuestra historia. Es por eso por lo que la historia personal de Nicolas Sarkozy ocupa el primer plano, a riesgo de perjudicarle. Pero nos gustaría que su “yo” concordase con un “vosotros” y un “nosotros”.

sábado, febrero 23, 2008

Sarkozy o la copia torticera de las ideas

Por Sami Naïr, catedrático de Ciencias Políticas, profesor invitado de la Universidad Carlos III. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 26/01/08):

El 31 de diciembre de 2007, en su discurso a la nación francesa, el presidente Sarkozy recurrió a la noción de “política de civilización” para definir el sentido que pretende darle a su acción durante su mandato. Sus consejeros hicieron saber inmediatamente que esa idea provenía del libro que Edgar Morin y yo escribimos en 1997, y cuyo título, Política de civilización, era ya toda una declaración de intenciones. De lo que estoy seguro es de que el presidente Sarkozy no ha tenido el tiempo de dedicarle la atención necesaria a la primera versión del libro, que contenía, en efecto, una crítica muy dura a la globalización liberal y una reflexión sobre la renovación del vínculo social incompatible con la política que su Gobierno está llevando a cabo 10 años después. A no ser que el presidente se haya pasado, como yo desearía, al bando de los poskeynesianos de izquierda en los que se inspiraba el primer capítulo del libro, titulado: “Por una mundialización del bienestar social”, y que escribí yo mismo.

Pero confieso que incluso en ese caso seguiría siendo escéptico sobre la orientación que le va a dar y sobre la utilización que va a hacer de ese concepto. Y es que, no en vano, hay un precedente: el Gobierno también ha recuperado la idea de “codesarrollo”, que elaboré en 1997, y la utiliza hoy por mediación de su ministerio de Inmigración, Identidad francesa y Codesarrollo (!), para llevar a cabo una política migratoria en las antípodas de la que yo preconizaba. Por eso, antes de firmarle a Sarkozy un cheque en blanco, parece prudente recordar algunos principios básicos.

La cuestión de partida que presidía nuestra reflexión era: “¿adónde va nuestro mundo?”. Quien lea la primera versión del libro verá que la respuesta dependía de un análisis del sistema mundial realmente existente. Desde aquella época, la situación se ha agravado considerablemente: 11 de septiembre en Estados Unidos, invasión norteamericana de Iraq, 11 de marzo en Madrid, atentados de Londres, mundialización del terrorismo, interminable tragedia israelo-palestina… Todo eso con el trasfondo del avance de una globalización sin reglas en un contexto de degradación ecológica planetaria.

Tanto en Francia como en Europa, la privatización de los vínculos sociales ligada a esa globalización ha conducido a una crisis sin precedentes de las políticas sociales: la noción de interés general ha sido profundamente erosionada, y los servicios públicos, desmantelados. La idea, civilizada por excelencia, de unos “bienes universales” al margen del mercado, que abarca, entre otros, campos tan sensibles como la educación, la salud, la vivienda y la información libre, ha quedado deslegitimada por la imperiosa prioridad de la “mercantilización”. Todo debe someterse a la sacrosanta ley del dinero y la competencia ciega. El Estado encarna cada vez menos la voluntad general orientada hacia la profundización de la solidaridad, para ser, cada vez más, la imagen de una administración que no cesa de lamentarse de su propia impotencia.

Si la civilización significa, en la más hermosa tradición europea de las Luces, la instauración de un mundo en el que prevalezcan la igualdad de oportunidades y la solidaridad, entonces hay que reconocer que, devorada por un capitalismo sin alma, ésta está sufriendo una crisis profunda.

En su primera conferencia de prensa, el 8 de enero de 2008, el presidente Sarkozy la emprendía contra la deshumanización de las relaciones sociales, el individualismo salvaje y la pérdida de los sentimientos de solidaridad colectiva. Tenía razón. Pero, favoreciendo a ultranza, como ha hecho su Gobierno, la dinámica de privatización del vínculo social, ¿no contribuye a reforzar lo que censura? ¿No llama “reforma” al desmantelamiento de sectores enteros del Estado social? El regalo fiscal otorgado al comienzo de la legislatura (alrededor de 20.000 millones de euros) a ciertas categorías entre las más acomodadas de la población, ¿forma parte de la acción solidaria con los más necesitados?

He de recordar con humildad que una política de civilización digna de tal nombre ha de ser antes una política de ciudadanía justa. E implica grandes políticas públicas, un papel creciente del Estado como vector del bienestar colectivo, y una visión del desarrollo social y territorial basada en la redistribución selectiva de los recursos para instaurar la igualdad de oportunidades y crear las condiciones de una verdadera identidad común. Al dar a su Gobierno una imagen de diversidad a través del nombramiento de varios ministros surgidos de la inmigración (no me pronuncio aquí ni sobre sus cualidades ni sobre su representatividad), el presidente Sarkozy ha hecho avanzar considerablemente las representaciones de los franceses. Hay que reconocerle ese mérito y rendirle homenaje por ese golpe de mano simbólico. Pero la realidad no acompaña.

¿Cuándo verá Francia verdaderas y grandes políticas de integración para los suburbios estigmatizados, los barrios marginados de las ciudades, las zonas urbanas abandonadas del país? Francia es, en ese plano, el país de Europa en el que la situación es más preocupante.

Más aún: ¿una política de civilización no debería afrontar franca y rigurosamente la cuestión del pluralismo confesional? En el discurso que el presidente Sarkozy pronunció ante el Papa en Letrán, el 20 de diciembre de 2007, dio a entender que el laicismo francés constituye actualmente un obstáculo para lo que llamó, sin duda apresuradamente, necesidad de “trascendencia”. Ésta es una senda peligrosa que podría llevarnos, tras más de un siglo de relaciones pacíficas, a una nueva guerra entre el Estado republicano y la Iglesia.

Por supuesto, tanto el fondo religioso cristiano, que afloró en el contexto de los interrogantes sobre la identidad europea, como la nueva presencia del islam por toda Europa ponen a prueba la estabilidad del modelo laico francés. Pero ¿acaso es un motivo para renunciar a él? ¿Y si, por el contrario, ese modelo fuese, más que nunca, la mejor manera de responder a los desafíos que se plantean en nuestros días? ¿O se trata de inventar una nueva “trascendencia” por decreto? En realidad, la idea de un espacio público laico, respetuoso con los creyentes y con los no creyentes, constituye el horizonte infranqueable de la libertad de conciencia en el Estado democrático de derecho y está en el corazón de una política de civilización basada en el respeto a la diversidad y al libre apego a unos valores comunes.

En el plano internacional, resulta por el momento difícil ver lo que significa ese acercamiento a Estados Unidos que ha impulsado Nicolas Sarkozy. Pero ¿abogamos por la paz y la solidaridad cuando nos alineamos con un presidente Bush que no ha dudado en mentir, en derramar sangre, en destruir la nación iraquí atizando una guerra civil atroz y, finalmente, en alimentar la “guerra de civilizaciones” que el terrorismo integrista quiere propagar por todas partes?

Y, por otra parte, si bien es legítimo condenar a un presidente iraní peligrosamente provocativo y rechazar la carrera hacia la energía nuclear de uso militar, ¿contribuimos a favorecer la paz cuando Francia proclama, adelantándose incluso a Washington, una “lógica de guerra” frente a Irán?

¿Dónde está la “política de civilización” en esa visión conflictiva de las relaciones internacionales? Las ideas, no nos cansaremos de repetirlo, no son abstracciones: a menudo se transforman en fuerzas materiales, y por eso su utilización implica un elevado sentido de responsabilidad moral. La reflexión sobre la “política de civilización” no debe ser tergiversada para justificar lo que combate.

viernes, febrero 22, 2008

El tiempo corto

Por Nicole Muchnik, pintora y escritora (EL PAÍS, 22/01/08):

Lo inventó Sheherazade: para salvar su vida, para perdurar, contó un cuento por noche a su amante criminal, con el brillante éxito que sabemos. Da la impresión de que, a falta de grandes aspiraciones, de grandes perspectivas y a veces de meras ideas, y con el fin de perdurar, nuestros políticos echan mano a menudo, también ellos, de la solución Sheherazade.

En este plano son de nuevo los Estados Unidos, en particular los de George W. Bush, quienes nos preceden. Para la campaña de 2004, el videoclip más caro de la historia -6,5 millones de dólares- fue la historia de Ashley, una adolescente que perdió a su madre en el atentado del 11-S. La eficacia de la Ashley Story, difundida por todas las cadenas de televisión, en un portal de Internet y mediante 2,3 millones de folletos, fue reconocida por los dos campos y es objeto de estudio hasta el día de hoy por los especialistas de la comunicación.

En este punto entraba Bush con la historia de su vida: “He sido alcohólico, descubrí a Dios, el 11 de septiembre me salvó… Queremos historias de niñas afganas…”, porque el relato debe cambiar, debe asombrar para ser recordado. El demócrata John Kerry no contaba cuentos, desgranaba un programa. Años más tarde, Bush sigue en el mismo puesto después de haber servido mil historias de lucha contra the Terror, contra el Bien y el Mal, de batallas ganadas para la democracia o la felicidad de la familia americana. “Cuando la política te condena a muerte, comienza a contar historias”, según analiza el profesor Ira Chernus.

La variante del storytelling sería la de representar su propia historia para que otros la cuenten. Esta variante sería más bien europea y, en particular, la de Nicolas Sarkozy, auténtico mago de la creación de acontecimientos, aunque no de cualquier índole. Ningún gran proyecto, “plan quinquenal” ni “gran paso adelante”. Simplemente una buena historia por día, o, al menos, por semana: el almuerzo en Fouquets con la aristocracia del capitalismo francés, la ceremonia presidencial con los hijos de la familia reconstituida, el rescate de las enfermeras búlgaras y el de algunos “humanitarios” del Arca de Zoé, el folletín Cécilia, las vacaciones en EE UU, la pelea con los marinos bretones, Sarko, más católico que Francia, visita al Papa, Sarko y Carla de paseo por Disneyland y en Egipto, el salvar a Ingrid Betancourt…

Lo que importa es que las cosas se muevan. Es un poco como lo que hemos visto aplicado en la empresa desde los años 1990: desplazar a los empleados, los departamentos, los sectores, siempre con la promesa de un porvenir mejor para todos, más racional, más productivo, por consiguiente, más remunerador. Aun a precio de un cierto caos, considerado como más creativo. Para no hablar de las fusiones, reestructuraciones, deslocalizaciones, cambios de reglas, de cultura de empresa y hasta a veces de lengua, dada la internacionalización de la economía, y todo ello sometido a la exigencia de una rentabilidad cada vez más rápida: es el tiempo corto.

Que esto no agrade mucho al personal de esas empresas posmodernas verdaderamente cuenta poco en la toma de decisiones. Se han estudiado los efectos perversos y desestructurantes de estos grandes cambios tanto en las fábricas Renault como en EE UU. “Un joven diplomado cambiará de empresario 12 veces, de perfil de competencia, tres veces. La aprehensión profesional lo ha invadido todo”, dice The New York Times, “y diluye la autoestima, rompe las familias, fragmenta las comunidades”.

Es pronto para saber si Nicolas Sarkozy realmente transformará Francia, pero es probable que tal sea su intención. Una Francia anquilosada, tiesa en sus postulados, víctima de una burocracia obsoleta, a menudo paralizada por sindicatos pegados a su retórica -sólo el 7% de los trabajadores están sindicados, y éstos pertenecen mayormente al sector terciario-; y una sociedad arrinconada entre sus ventajas sociales reales y la necesidad de una estructura económica más competitiva. Es demasiado pronto también para saber si su voluntad de resolver la oposición derecha-izquierda dentro del mismo gobierno será beneficiosa para la democracia. Mientras tanto, lo que muestra es una presidencia-espectáculo en total ruptura con la imagen austera, distanciada si no majestuosa, de las presidencias desde 1945. Es un presidente que remueve, sacude ritos y tradiciones, siempre presente, que manifiesta sus emociones, sin armadura, exhibe sus gustos, su estilo de vida, se ofrece tanto a la crítica constante como a la atención, divertida o irritada, de los franceses o de los extranjeros.

Mostrar sus emociones e intentar a su vez suscitarlas -aun solidarias y generosas- es “el tiempo de la política del corazón, el tiempo corto, el de la reacción inmediata”, según escribe M. Revault d’Allones en Esprit. El tiempo de las ONG y menos el de los partidos, del discurso compasivo y no político, de la empatía y no de lo racional. En todo caso, Nicolas Sarkozy representa hoy un nuevo estilo de gobierno, un gobierno “posmoderno”, de golpe tras golpe y de success stories. ¿Será la respuesta adecuada a nuestras sociedades abiertas, ilimitadas, mundialistas? Ahí reside el peligro del aplastamiento de lo político. Es legítimo preguntarse qué queda de una democracia cuando los electores actúan según sus emociones y no su razón.

viernes, febrero 15, 2008

Sarkozy y la crisis de Europa

Por Jean-Marie Colombani, periodista francés y ex director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 14/12/07):

Las cumbres bilaterales, como la franco-italiana que se celebró recientemente, son uno de los aspectos habituales de la vida europea que, en el intervalo entre otras cumbres, reúnen a los 27 países miembros de la Unión y permiten resolver problemas concretos o allanar los inevitables roces y malentendidos. Cumbre es un término inapropiado, desde luego, que se ajustaba más a la época de la guerra fría y era un nombre adecuado para una entrevista entre Kennedy y Kruschev, tanto por su escasa frecuencia como por su orden del día: la paz o la guerra. Este vocabulario de otro tiempo oculta una realidad más vulgar y afortunadamente rutinaria, al tiempo que tales ocasiones sirven para tejer relaciones que pueden llegar a ser de amistad. Por ejemplo, las relaciones entre Nicolas Sarkozy y José Luis Zapatero, dominadas, cómo no -como lo demuestra el reciente asesinato en Francia de dos guardias civiles-, por la necesidad de estrechar los lazos policiales entre los dos países para hacer frente al terrorismo de ETA.

En Niza, donde se han reunido franceses e italianos, se ha dado fin a la guerra de la electricidad (otro término impropio y desmesurado) entre los dos países mediante un acuerdo entre ENEL y EDF; y hemos podido ver y oír, al final de la sesión, a Romano Prodi y Nicolas Sarkozy y a sus respectivos equipos, del brazo, entonando canciones célebres. En otras palabras, un ambiente alegre.

Ahora bien, toda esa alegría no ha podido enmascarar el estado letárgico en el que se encuentra la Unión. Nicolas Sarkozy, por el contrario, considera que ha ayudado a sacar a Europa de su parálisis al proponer un tratado, llamado de Lisboa, y conseguir el acuerdo de los otros 26 países de la UE para impulsarlo en lugar de la Constitución que franceses y holandeses rechazaron en referéndum. Es indudable que Europa se ha desbloqueado: el nuevo tratado le proporcionará los medios para gobernarse decentemente, sobre todo mediante una presidencia estable (elegida cada dos años). El presidente no disimula su orgullo por este triunfo, especialmente en un contexto de opinión que en conjunto, y por desgracia, todavía se muestra escéptica.

Tenemos, pues, derecho a sentirnos aliviados. Pero sólo un poco. La realidad europea, en general, sigue siendo inquietante. En primer lugar, porque ya no existe un lugar, un centro de poder, en el que se elabore un interés europeo, una visión europea capaz de arrastrar a los Estados miembros; desde este punto de vista, Europa está pagando caro el legado de un triunvirato -Blair, Chirac y Schröder- cuya actitud neonacionalista y a-europea consistió en tratar, constantemente y con paciencia, de debilitar la Comisión Europea, en beneficio de los intereses nacionales de sus “grandes” países. Y eso, después de la edad de oro de otro triunvirato -Kohl, Delors y Mitterrand- que, en su día, articuló Europa de esta forma: a la Comisión le correspondía elaborar ideas; a la pareja Francia-Alemania, mostrar el camino. La Comisión de Prodi fue víctima de una actitud compartida por franceses, alemanes y británicos, hostil a la persistencia de un polo de dinamización específicamente europeo. Y la Comisión de Barroso no se ha recuperado.

Europa se ha convertido en la instancia de administración de los conflictos de intereses entre Estados miembros, una suma -en el mejor de los casos- de intereses nacionales y la resolución de algunas disputas bilaterales, en un momento en el que se acumulan grandes cuestiones -en especial, energía y defensa- que justificarían, ante los gestos de Putin y, más a largo plazo, ante la irresistible ascensión de China, que la Unión se reforzase; es decir, que se dotase a sí misma de una “hoja de ruta” ambiciosa.

En este contexto, Nicolas Sarkozy propone dos ideas. La primera es que Tony Blair sea el primer presidente de la nueva Unión Europea. El motivo es la amistad que une a los dos. Romano Prodi lo habrá descubierto probablemente en Niza: Nicolas Sarkozy se mueve en función de los afectos. Es cualquier cosa menos un ser humano indiferente.

Desde el punto de vista político, puede que sea útil involucrar al ex primer ministro de un país que siempre ha combatido la idea de reafirmar una identidad europea; podría simbolizar una especie de superación de las dos visiones de la Unión, la de los fundadores, encarnada durante muchos años por el dúo franco-alemán, y la de Londres, que la ve simplemente como un inmenso mercado único. Pero este proyecto puede parecer extraño a quienes se acuerdan de que Blair defendió la guerra de Irak y, con ello, contribuyó a dividir Europa en dos, y piensan que malamente puede encarnar la independencia frente a Estados Unidos. En cualquier caso, otra cumbre, la celebrada en Nápoles entre Italia y España, es la que ha dejado patente el escepticismo, por no decir el rechazo, ante la hipótesis de que Tony Blair ocupe la presidencia de la Unión.

El otro proyecto de Nicolas Sarkozy es el de poner en marcha una “Unión Mediterránea”. Contar que esta idea ha levantado perplejidad es poco decir. No sólo al otro lado del Mediterráneo, donde no hay demasiado entusiasmo, sino también en la propia UE, que en 1995 inició un proceso que la asociaba con 10 países de la orilla sur. Es cierto que no ha habido grandes resultados para el denominado “proceso de Barcelona”.

Pero Alemania, por ejemplo, no oculta su irritación. Para el Gobierno de Angela Merkel, la Unión Europea es la única que “ofrece el marco político para un nuevo impulso mediterráneo”, porque, a su juicio, ya existen instrumentos para abordar temas que afectan a las dos orillas, como la inmigración y la energía, y sólo hace falta utilizarlos. El presidente francés, en sus desplazamientos a Marruecos y Argelia, ha obtenido una acogida meramente cortés para su proyecto.

No obstante, Nicolas Sarkozy cree que su proyecto es una idea magnífica, por lo que seguirá insistiendo. Y también va a demostrar que es paciente. Lo cual quiere decir que deberíamos darnos por satisfechos si de aquí surge -en el mejor de los casos- una unión de proyectos en la que los países interesados emprendan iniciativas a las que puedan incorporarse tanto los demás países europeos como otros países (por ejemplo, los Emiratos del Golfo) que sean vitales para Europa; el Banco Europeo de Inversiones podría financiar los proyectos nacidos de esas “cooperaciones” mediterráneas. ¿Por qué no? Seguramente sería positivo. Siempre que no se olvide que lo fundamental es, una vez ratificado el Tratado, volver a proporcionar un rumbo, un ímpetu, una ambición a la propia Unión Europea.

jueves, febrero 07, 2008

Los seis meses de Nicolas Sarkozy

Por Jean-Marie Colombani, periodista francés, y ex director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 18/11/07):

Hace seis meses, los franceses colocaban a Nicolas Sarkozy al frente de su país, un país sumido en la duda. La elección de Sarkozy representó, ante todo, la ambición de recobrar el aliento, la energía vital, el impulso, las ganas de actuar que parecían haber desaparecido del palacio del Elíseo y, por consiguiente, de todo el país. Desde ese punto de vista, los franceses pueden estar satisfechos, puesto que cuentan con un presidente vivo, activo, incluso hiperactivo, y siempre en movimiento. Un ejemplo es la semana pasada: el domingo, visita relámpago a Chad para recuperar a los periodistas y las azafatas que acompañaban al desastroso equipo “humanitario” de una asociación de iluminados, El Arca de Zoé; el martes por la mañana, reunión con los pescadores bretones en huelga; el martes por la tarde, Washington, para proclamar su amor a Estados Unidos; el jueves, de vuelta en Francia, donde se encuentra con un frente social que empieza a perfilarse en su contra. En resumen, a la hora de actuar, ninguna decepción, sino, más bien, todo lo contrario, cierta admiración y una sola pregunta (muy francesa; cuando hace buen tiempo, el reflejo nacional consiste en decir “sí, pero mañana lloverá”): ¿durante cuánto tiempo podrá mantener este ritmo? En cualquier caso, Sarkozy opina que se le eligió precisamente para eso, para estar lo más cerca posible de los franceses y sus problemas y, por tanto, en primera línea y en todos los frentes. Como dice Bernard Kouchner: “¡Él es así, habrá que acostumbrarse!”.

Esta actividad de Sarkozy hace que la oposición, sobre todo la izquierda, reivindique el modelo monárquico practicado por sus predecesores, que consistía en refugiarse en el Elíseo y dejar que fuera el primer ministro quien se quemara. Y es verdad que, en el plano institucional, la lección de estos seis meses es la desaparición del jefe de Gobierno.

No obstante, si los franceses tuvieran que volver a votar hoy, repetirían su veredicto. Es un resultado lógico, porque, a lo largo de los seis primeros meses -al contrario de lo que hizo Jacques Chirac en 2002 y, sobre todo, en 1995-, ha cumplido muchas de sus promesas (sobre todo en el terreno fiscal). Sin embargo, aunque Sarkozy puede estar tranquilo por la actitud de la opinión pública, tampoco debe sentirse satisfecho. Porque esta promesa de repetición de los resultados va acompañada de una decepción que podría transformarse rápidamente en descontento.

La decepción (como en otros países de la Unión) está relacionada con la cuestión del poder adquisitivo. Sarkozy, como otros antes que él, había recalcado este lema en la campaña: “Trabajar más para ganar más”. Es cierto que ha eximido las horas extra de impuestos, pero esa medida afecta a pocas personas y todavía no se ha hecho sentir; en cambio, además del petróleo, cuyo valor está que arde, los franceses se enfrentan a una tremenda oleada de alzas de precios, en vez de la tranquilidad salarial en la que se les había hecho creer.

El poder adquisitivo, pues, se ha convertido en la principal preocupación de los franceses, cuando, desde hacía 30 años, la prioridad era siempre el desempleo. El paro ha bajado y sigue bajando. Los precios siguen subiendo. Aunque es cierto que Sarkozy ha emprendido numerosas reformas, empieza a extenderse la idea de que no sirve de mucho que aborde todos los problemas a la vez, que vaya personalmente a cubrir todos los frentes, si se olvida o no es capaz de ocuparse del único asunto que se considera prioritario. Ello no quiere decir que los franceses estén descontentos. Pero ya no están confiados.

Estos días son decisivos tanto para el clima político como para la capacidad de Sarkozy de reformar el país como desea. Tras la huelga del 13 de noviembre en el transporte (la causa: la reforma del régimen especial de jubilaciones en los ferrocarriles y otros servicios públicos) viene, el 20 de noviembre, una huelga de toda la función pública (el motivo es la no sustitución de una parte de los funcionarios que se jubilan). Algunos opositores esperan, y el gobierno teme, que uno y otro movimiento confluyan y desemboquen en una parálisis del país análoga a la de diciembre de 1995. Además, la UNEF, principal sindicato de estudiantes (muy vinculado al PS y, en una pequeña parte, a la extrema izquierda), ha comenzado ya movilizaciones en las universidades y ha provocado el bloqueo de algunas de ellas.

Nos encontramos ante dos fenómenos mezclados. Uno es clásico: en Francia, desde hace medio siglo, la debilidad de los órganos de intermediación (Parlamento, sindicatos) hace que la salida a la calle, las presiones que representan las huelgas y las manifestaciones, se hayan convertido en servidumbre obligada para cualquier reforma. Es decir, vuelve a producirse el mismo mecanismo: la situación se bloquea, o avanza, sólo después de haber constatado cuál es la correlación de fuerzas. El otro fenómeno es coyuntural: seis meses después de la elección de Nicolas Sarkozy, con el PS esencialmente dedicado a sus disputas internas, los sindicatos tienen la tentación de ocupar el terreno del antisarkozismo, y corren el riesgo de ir demasiado lejos.

Para Nicolas Sarkozy, por el contrario, lo importante es mostrar que la reforma negociada es posible, que él es capaz de triunfar donde Jacques Chirac fracasó. Esa capacidad -o esa impotencia- dependerá de lo que ocurra en los próximos días.

viernes, noviembre 23, 2007

Amor y razón de Estado

Por Bernard-Henri Lévy, escritor y filósofo. Está considerado como uno de los intelectuales más influyentes de Francia (EL MUNDO, 22/10/07):

Se puede ser, como soy yo, un opositor a la política del nuevo Gobierno de Francia. Se puede considerar racista el discurso que Nicolas Sarkozy realizó en Dakar el pasado verano, indigna su idea de realizar tests de ADN a los inmigrantes para agrupar familias, insoportable la persecución a la que se somete en el país a los sin papales, y, al mismo tiempo, intentar sopesar este extraño acontecimiento que constituye el anunciado divorcio del presidente de la República.

Primero, cabe reflexionar sobre la reacción de los socialistas. Me parece especialmente llamativa la actitud de esos dirigentes que, una vez conocida la noticia, lo único que supieron hacer fue poner el grito en el cielo, con la actitud malévola del que ve complots en todos los acontecimientos. «¡Qué bribón¡ ¡Lo hizo aposta! Lo anuncia hoy para romper la huelga de transportistas».

Creo que deberían haberse callado esos socialistas. Y respetar el dolor privado. A lo sumo, podrían haber lamentado el escándalo político montado y decir, como se hizo en EEUU en la época del caso Lewinsky: «¡Move on! ¡Miremos adelante y volvamos a los auténticos problemas de la gente!». Pero no. Prefirieron optar por el conspiracionismo. Y, al hacerlo, dieron un nuevo signo (otro más) del auténtico estado de descomposición cadavérica en el que yace hoy la izquierda gala.

En segundo lugar, hay que analizar la reacción del presidente. Me parece, por qué no decirlo, extraordinariamente dolorosa la aventura de este hombre, que se creía dueño de sí mismo y del universo, que creía controlar todo el poder, todo, incluida la puesta en escena de sus afectos y de los afectos de sus allegados, y que se topa, aquí, con su propia medicina, con su propio escándalo. Un escándalo que tiene el rostro de la mujer a la que amaba, al mismo tiempo que el de su complicidad en el arte -que creía infalible- de la seducción de las muchedumbres y de la conquista del poder.

¿Cazador cazado? Lógicamente. Y maquinista maquinado. Y director dirigido. Y no por la tiranía de la intimidad al estilo del sociólogo estadounidense Richard Sennett, sino por su drama, por su tragedia, por su deriva irónica y fatal. Una deriva de un proyecto existencial desarreglado por ese otro yo, que puede parecer hasta emocionante, por poco que se quiera dejar en suspenso, aunque sólo sea por un instante, el fragor de la batalla política.

En tercer lugar, la atención se centra otra vez en el presidente. Es conocida la famosa teoría panóptica, elaborada en el siglo XVIII por Jeremy Bentham, según la cual el máximo poder lo detenta aquél que, situándose por encima de la sociedad, la tiene bajo su mirada. Pues bien, este divorcio de Estado es, una vez más, la inversión del dispositivo. La inversión panóptica. Se trata no ya de los gobernados bajo el ojo del gobernante, sino del gobernante bajo el ojo insaciable, voraz y ebrio de curiosidad de los gobernados.

Y, en contra de lo que suele decirse, es la prueba de que la democracia de la opinión pública le ha ganado definitivamente la batalla a la monarquía republicana. Sarkozy es quien es. Como todos los que lo precedieron, es una bestia de Estado dispuesta a todas las maniobras. Nadie me va a impedir pensar que, el otro día, en las imágenes de su llegada a la cumbre de Lisboa, bajo la atenta mirada de las cámaras del mundo entero persiguiendo la más mínima de sus miradas, de sus gestos y de sus signos de febrilidad o de serenidad engolada, la bestia de Estado se tornó, de pronto, en bestia acosada.

Y, por último, quiero tener un recuerdo para Kantorowitz y su doctrina del doble cuerpo del rey: humano por un lado, demasiado humano, y por el otro, sagrado, sacerdotal, cuerpo sublime del representante de Dios en la Tierra, casi inmortal de tanto desencarnarse. Ninguno de los anteriores presidentes de la República francesa había cuestionado seriamente este esquema. Desde De Gaulle a Mitterrand e, incluso, pasando por Jacques Chirac, todos siguieron siendo más o menos fieles a la ley según la cual el príncipe tiene que mostrarse distante, hierático en la escena, nada obsceno, liberado en la medida de lo posible de pasiones humanas. Sarkozy es el primero que rompe el código. Es el primero en mostrar su vulnerabilidad, su cuerpo, su sudor cuando hace jogging, sus estados de ánimo, sus impaciencias y, hoy, su desconcierto de individuo falible y mortal.

Se puede deplorar la situación. Se puede pensar, como los nostálgicos de la cultura del nacional republicanismo, que este presidente tiene demasiado cuerpo. Se puede echar de menos los tiempos de los señores de antaño. Pero el hecho está ahí. Y con él, un nuevo paso hacia la laicización -necesaria- del espacio público y político.

Una última palabra, para terminar, a propósito de la otra protagonista del caso: Cecilia Sarkozy. Pienso en las lecciones de saber estar de nuestras anteriores primeras damas. Pienso en todos los sapos y culebras que, según sus propias confesiones, tuvieron que tragarse. Por encima de la política, pienso en esa ortodoxia burguesa que postula que, desde hace tanto tiempo, tantas esposas hayan cedido ante sus propios deseos y capitulado. Y no puedo menos que pensar que, por lo tanto, hay algo de bellísimo en el caso de esta mujer que cargaba con el fardo de las componendas y de las simulaciones. Y que, curiosamente, decidió dejar su traje de marioneta y salir del escenario, en el momento en el que otras muchas sueñan con entrar en él. Ni Jackie. Ni Lady Di. Una mujer incomprensible. Mercuriana. Libre. Y eso es algo que hay que proclamar y agradecer.

jueves, octubre 04, 2007

La semana de Sarkozy

Por Jean-Marie Colombani, ex director del diario Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 02/10/09):

Francia acaba de vivir de nuevo una semana completamente Sarkozy, totalmente dominada por las declaraciones de su nuevo presidente, más omnipresente que nunca, capaz de monopolizar la atención y aficionado a la “gestión mediante el stress”, que aplica al país como lo haría con una empresa.

En realidad, no tiene nada de sorprendente: al situarle en la jefatura del Estado, los franceses sabían que iba a ser presidente de todo, ministro de todo, responsable de todo y de lo demás. Le eligieron precisamente por su energía vital, para que la transmitiera a todo el país tras la languidez y la melancolía chiraquianas. Por lo tanto, cualquier protesta incipiente es inútil; él puede muy bien responder que le escogieron precisamente por eso, por ser hiperactivo, para demostrar que la política no es impotente y que el monarca no está obligado a vivir encerrado en su palacio, como Jacques Chirac.

Más interesante es el momento: en este instante, en el que Nicolas Sarkozy se encuentra ante la necesidad de actuar, vamos a poder empezar a medir la realidad, si es un presidente de acción virtual o si, por el contrario, logra sacar a la luz los cambios que había anunciado. Después de las primeras semanas, que fueron las de la realización de las promesas electorales más visibles -como el famoso “paquete fiscal”, diversas desgravaciones que afectan y favorecen, en general, a los franceses más acomodados-, llega el periodo de lo que él denomina la “refundación”.

Es un periodo cuya ambición es modificar el sistema social francés y la orientación del Estado y de su función pública. Nicolas Sarkozy ha anunciado una mezcla de reformas que van dirigidas hacia un mayor realismo (que se traducirá en una cobertura social menor y, en el futuro, más dependiente del nivel de ingresos) y una reducción de las dimensiones y las actividades del sector público, incluidos los estímulos para que los funcionarios se retiren. Se trata, como han hecho ya otros países europeos, de disminuir el Estado y la parte correspondiente al gasto público en el producto nacional.

Nicolas Sarkozy empieza con una base sólida de popularidad. Porque, hasta hoy, es el que cumple sus promesas, y ha logrado prolongar el impulso de las elecciones. Pero sabemos también que ésta es una opinión pública difícil, que se resiste no a la idea de la reforma, pero sí a las reformas (en Francia siempre se ha pensado que todas ellas favorecen a una minoría privilegiada), en un país que, por desgracia, se distingue por el hecho de que confiamos poco en los demás (en Irlanda y Dinamarca, una de cada dos personas confían en los demás; en Francia, sólo una de cada cuatro).

La otra ventaja de Nicolas Sarkozy es que no es lo que se esperaba la derecha ni lo que se esperaba la izquierda. El electorado de derechas creía que iba a gobernar con los de su bando y que sus reformas serían otros tantos golpes a la Francia de izquierdas. Sin embargo, Nicolas Sarkozy empezó con la “apertura”.

La apertura consistió en reunir a una serie de personalidades emblemáticas, cuyo mascarón de proa es, evidentemente, Bernard Kouchner. Consistió asimismo en un equipo de gobierno compuesto en su mitad por mujeres y que reflejaba la diversidad étnica de la sociedad francesa. Prosiguió con el llamamiento a personajes cualificados como Jacques Attali, viejo sherpa de François Mitterrand, encargado de recomendar medidas para facilitar el crecimiento económico de Francia y mejorar la adaptación del país a la globalización.

En la Asamblea del Medef (la asociación de empresarios, agrupación de derechas por excelencia), el nombre de Jacques Attali suscitó abucheos, a los que Nicolas Sarkozy respondió: “¡Qué quieren que les diga, soy el director de recursos humanos del Partido Socialista!”.

Una de dos: o bien la “apertura” se reduce a una reunión de personalidades, por brillantes que sean, y entonces el centro de gravedad del sarkozismo volverá a su lugar natural, en la derecha, o bien es una auténtica política y entonces tendrá que extenderse a la sociedad civil, es decir, a los sindicatos, con la implantación de una nueva forma de relacionarse con ellos; en ese caso, el sarkozismo se afianzará en el centro-derecha y seguirá sorprendiendo a la izquierda.

Esta última, que por ahora se encuentra caída en desgracia, pendiente del estado de gracia del que goza Sarkozy, dijo que el recién llegado era la abominación de la desolación. Un error, porque el pragmatismo del nuevo presidente, su vocabulario simple y próximo al pueblo (al día siguiente de su visita a los empresarios recorrió un supermercado de las afueras para juzgar por sí mismo los efectos de “la carestía de la vida”), y la ausencia de cualquier sectarismo al escoger a las personas que forman su equipo les han pillado a contrapié. A ello se añade una especie de fascinación de la gente de izquierdas por este personaje tan simpático, de modo que cada cual está al acecho de alguna cosa, un gesto, su aprobación, un signo. En Francia se denuncia a menudo que existe una “corte” alrededor del monarca. Pero, aunque es cierto que tenemos esta aberración que es la monarquía constitucional absoluta, que da al presidente superpoderes exclusivos, los comportamientos cortesanos son, sobre todo, obra de los propios franceses. Nicolas Sarkozy, al empezar su reinado, está aprovechándolos mucho más que su predecesor.

Ahora bien, el éxito no está garantizado. Las circunstancias económicas han dejado de ser favorables: sin un superávit de crecimiento, al presidente le será más difícil ofrecer las contrapartidas en materia de poder adquisitivo que había prometido, a cambio de que se aceptaran las reformas. Y su centro de gravedad no está claro todavía. Él no es ningún ideólogo. Es fundamentalmente pragmático. Pero a veces cede excesivamente ante la fracción más dura de la derecha, por ejemplo a propósito de la inmigración, mientras que la sociedad francesa, en su mayoría, es acogedora, y soportará cada vez peor los dramas inevitables que la presión sobre las familias de los inmigrantes va a provocar de forma irremediable. La apertura, entonces, se habrá terminado.

Desde este punto de vista, la gran semana presidencial deja entrever los que pueden ser los límites del sistema Sarkozy: ha franqueado bien el cabo del primer anuncio sobre reformas sociales. Los sindicatos, en general, no protestan más que sobre los retrasos, y están abiertos a la discusión. Y al día siguiente, al hablar ante los funcionarios, les concede un pequeño “peculio” para animarles a irse. La humillación está garantizada, y corre el riesgo de ver cómo se movilizan -los sindicatos estarían obligados- sectores más amplios de la opinión pública.

Todo está abierto, por consiguiente; todo vacila. En la actualidad, Sarkozy sólo tiene una doctrina: el movimiento, la rapidez. Su verdadera ambición es ser el Blair francés. Ser para la derecha francesa lo que Tony Blair ha sido para la izquierda británica. Así ofrecería una mezcla inédita: el bonapartismo en la forma de comportarse y las costumbres políticas, y el blairismo en el contenido. ¿Blair y Bonaparte en una misma lucha? ¡Sarkozy puede!

miércoles, octubre 03, 2007

Presidente Sarkotodo

Por J. M. MARTÍ FONT - París - 23/09/2007

La rentrée política de Nicolas Sarkozy ha estado a la altura de su legendaria hiperactividad. En una cita, tal vez apócrifa, se asegura que el jefe del Estado francés vaticinó hace poco a uno de sus más próximos colaboradores que "más de un ministro va a estallar en vuelo". Y al poco, un rumor, recogido por la agencia France Presse, anunciaba para el mes de enero una primera remodelación del Gobierno -que tiene escasamente tres meses de vida- con el objetivo de "abrir más el Ejecutivo", lo que traducido del lenguaje sarkoziano quiere decir entrar de nuevo a saco en el armario de la izquierda socialista con el doble objetivo de desestabilizarla para las elecciones municipales de marzo y de crear temor entre las filas conservadoras, donde la escasa disponibilidad de cargos provoca ansiedad.

Sarkozy ha lanzado la revolución individualista del modelo social francés. Pretende reformar el mercado laboral, las pensiones, el sistema fiscal, el modelo educativo y reducir el peso de la Función Pública a la mitad, transformando a los funcionarios en ejecutivos agresivos cuyos objetivos sean la productividad y la eficacia.

El Estado francés dejará de ser el gran artefacto creado por Jean Baptiste Colbert, el ministro del rey Sol, Luis XIV, en el que se entra para hacer una carrera perfectamente milimetrada bajo criterios entre meritocráticos y oligárquicos. Será desde ahora una máquina perfectamente engrasada para hacer que funcione la renqueante economía francesa, empantanada en un raquítico crecimiento por debajo del 2%.

Porque Nicolas Sarkozy, por más que desde la oposición de izquierdas se insista en calificarle de "ultraliberal anglosajón", sigue siendo un clásico conservador francés proteccionista que no renuncia al papel decisivo del Estado. "El desarrollo económico no es posible en un contexto de oposición entre lo público y lo privado", dijo el miércoles; "todo lo contrario: la calidad del servicio público es decisiva para el crecimiento económico y la productividad de la Administración es igual de importante que la de las empresas".

TRABAJO. Hacia un nuevo pacto social

Nicolas Sarkozy ha propuesto a los ciudadanos franceses un nuevo pacto social consistente en trabajar más para ganar más o, dicho en términos más solemnes, "asumir la cultura del esfuerzo", una de las obsesiones del nuevo inquilino del Elíseo.

El sistema actual no es sostenible en términos financieros, desincentiva el trabajo y no garantiza la igualdad de oportunidades. La semana laboral de 35 horas implantada por el Gobierno socialista de Lionel Jospin ha tenido efectos catastróficos para los franceses, según Sarkozy, especialmente porque es la causa de la reducción de su poder adquisitivo y del raquítico crecimiento económico.

Las horas extraordinarias ya han sido desfiscalizadas. El final del camino es la reforma del modelo laboral consistente en la generalización de un contrato menos rígido, junto a la puesta en marcha de medidas para penalizar fiscalmente las jubilaciones anticipadas y sanciones para los parados que rechacen ofertas de trabajo.

ORDEN PÚBLICO. Implacable contra la delincuencia

En Interior tuvo fama de implacable contra la delincuencia. Sacó adelante la ley que impone cumplir penas mínimas a los reincidentes. Su ministra de Justicia ha chocado con el poder judicial, que acusa al Ejecutivo de saltarse la división de poderes. Él se declara "defensor de las víctimas" al pedir la castración química de los pedófilos.

PENSIONES. Acabar con los privilegios

Se trata de la primera gran prueba de fuerza frente a los poderosos sindicatos. Consiste en acabar con los privilegios de los llamados regímenes especiales de pensiones, básicamente de cuerpos de la función pública, pero también de algunas profesiones como los empleados de ferrocarriles, del gas, de la electricidad, los mineros y los marinos.

El cálculo de la pensión será igual para todo el mundo. Muchos primeros ministros se han dejado los dientes intentando sacar adelante esta reforma. Nicolas Sarkozy ha dejado la puerta abierta a todo tipo de componendas; la negociación se hará empresa por empresa. Eso sí, antes de finales de año debe estar cerrado este capítulo.

Si los sindicatos lo impiden, insinuó el presidente, no será posible reformar las pequeñas pensiones que reciben algunas viudas y gente que vive en el límite de la miseria. Los privilegiados tendrían la culpa, pese a que Sarkozy insiste en que "no son culpables".

ESTADO. Refundar la función pública

Francia tiene la impresionante cifra de 5,2 millones de empleados públicos, que suponen el 44% del presupuesto del Estado. Un día después de proponer "un nuevo pacto social", el presidente entró de lleno en el corazón de la reforma al anunciar la "refundación de la función pública", el núcleo duro de "la identidad republicana del Estado", como lo definió un líder sindical absolutamente sorprendido por el proyecto de "revolución cultural" anunciado por el presidente.

Nicolas Sarkozy quiere reducir drásticamente el número de funcionarios, flexibilizar su estatuto e individualizar los criterios de remuneración. Para servir de ejemplo reducirá en un 10% las plazas de la Escuela Nacional de la Administración (ENA), la fábrica de élites de Francia.

Sólo uno de cada dos funcionarios que se jubilen será reemplazado. A partir del próximo mes de noviembre, una auditoría en la que trabajarán 18 grupos de 200 personas controlará minuciosamente cada céntimo del gasto público, ministerio por ministerio.

INMIGRACIÓN. Más control, hasta con el ADN

El de la inmigración es, sin duda, uno de los temas recurrentes del presidente francés que, en su condición anterior de ministro del Interior ya consiguió el récord de hacer pasar tres leyes sobre la polémica cuestión.

La cuarta ley, ya con él en el Elíseo, la "de control de la inmigración", ha sido aprobada esta misma semana y contiene el detalle polémico del recurso a la realización de las pruebas de ADN para probar la filiación en los casos de reagrupamiento familiar, una vía de acceso a la regularización que es la mayoritaria en Francia.

Éste es un tema clave porque se dirige esencialmente a los electores del ultraderechista Frente Nacional que, por millones, han desertado de las filas de Jean-Marie Le Pen y, básicamente, entregado el palacio del Elíseo a su actual inquilino.

No los olvidó el pasado jueves en su aparición televisiva. Nicolas Sarkozy quiere imponer cuotas a la inmigración, tanto por profesiones como por origen geográfico.

SINDICATOS. Negociar con las espadas en alto

Su método no es el decreto ley, sino negociar y negociar. Los sindicatos ven que, si negocian, ya pierden y, si no, pierden legitimidad frente a la opinión pública, a favor de las reformas, incluida la de regímenes especiales y la ley de servicios mínimos que les impedirá paralizar el país como hasta ahora. Por el momento las espadas están en alto

jueves, septiembre 27, 2007

Nueva derecha, vieja izquierda, o todo lo contrario

Por Jordi Borja, profesor de la Universidad Oberta de Catalunya (EL PAÍS, 26/09/07):

Sarkozy, “el presidente caníbal”, como titula el Nouvel Observateur, es la última moda de la derecha europea. Presidente hiperactivo que anula a sus ministros e impone una acción reformadora a ritmo diario o casi, ha desarbolado a la izquierda francesa esgrimiendo la bandera del cambio y reclutando a algunas de sus personalidades.

Rocard (el cual por cierto no se ha pasado a la corte de Sarkozy como Lang o Kouchner) recuerda que no se “cambia la sociedad por decreto” (como dijo en su día el sociólogo Michel Crozier) y por ahora las reformas sarkozyanas con efectos prácticos han sido desgravar las herencias de los ricos y aumentar la represión sobre la inmigración imponiendo a los servicios del Ministerio del Interior cupos anuales de detenciones y expulsiones de extranjeros y limitación del reagrupamiento familiar mediante normas más propias de regímenes racistas como lo es la exigencia del ADN de los hijos. Si éstos son los cambios de la derecha moderna la izquierda tiene asegurada una larga vida.

Pero debe reconocerse que el estilo de Sarkozy (al que ha sucumbido Yasmina Reza, la autora de Arte, la exitosa obra teatral, quien acaba de publicar un libro sobre el personaje) es llamativo, seductor y tiene la virtud de afrontar problemas reales de la sociedad con un lenguaje nuevo, muy lejos de la ramplonería grosera de las conservadoras cúpulas del PP o de la Iglesia.

La otra cara de la moda actual es considerar a la socialdemocracia como algo vetusto, casi reaccionario, a la que se acusa contradictoriamente de defender ideas utópicas (por ejemplo, su generosidad o tolerancia respecto a temas como la inmigración) y privilegios sindicales o sociales (como los relativos a la reducción del trabajo y la generación de empleo). Es decir, valores propios del liberalismo democrático y del Estado del bienestar como reductor de desigualdades sociales y garantizador del acceso a los servicios básicos que proporcionan seguridad frente al riesgo y ofrecen esperanza de movilidad ascendente.

El principal acusado es el Partido Socialista Francés. Se olvida que su candidata al Elíseo, Ségolène Royal, tan criticada incluso por algunos de los líderes de su partido (Jospin acaba de publicar un libro de una sorprendente agresividad), alcanzó el 47% de los votos en las elecciones presidenciales y que posteriormente el PS obtuvo uno de sus mejores resultados en las legislativas, aunque el sistema mayoritario haya permitido que la derecha alcanzara la mayoría absoluta, lo cual no hubiera ocurrido con un sistema proporcional, como en España. Ya nos gustaría en España que el debate y las ideas renovadoras que se producen en la izquierda francesa tuvieran su equivalente acá.

Un libro reciente del brillante intelectual Jacques Attali ha irrumpido con fuerza en este debate, en Francia y en otros países europeos y americanos: una voluminosa biografía de Karl Marx. Attali fue asesor de Mitterrand pero, como él mismo reconoce, se consideraba ajeno a la cultura política dominante en los partidos de izquierda y nunca se había interesado por el marxismo. Pero tuvo la intuición de que Marx podía ofrecer algunas pistas para entender el mundo actual, el de la globalización. Algo que ya habían explicado otros autores anglosajones como David Harvey en su libro Espacios de esperanza, traducido al castellano. La obra de Attali es ante todo una biografía de las ideas de Marx y reconstruye su pensamiento sin perderse por los caminos dogmáticos e inoperantes del marxismo burocrático y menos aún por la degeneración criminal del modelo político estalinista, tan alejado de Marx como la Inquisición pueda estarlo de la teología de la liberación.

Asistimos, pues, a una revalorización en los medios intelectuales del marxismo de Marx, o como él expresaba cuando se declaraba no marxista, de un conjunto de ideas que ayudan a entender nuestro mundo, sus contradicciones y sus tendencias de futuro, y que afortunadamente no se presentan como una receta política prêt-à-porter. Pero sí que son un estímulo para cualquier proyecto renovador.

Estamos, nos parece, en el inicio de un nuevo ciclo político, y los que no se renueven están destinados a desaparecer en las catacumbas de la historia. Lo viejo, lo que se muere, aún ocupa a veces el poder o está presente en el escenario de la política, pero es simplemente un poder agónico o una presencia fantasmal. Como Bush, este cadáver político disfrazado de presidente, que sólo ha destacado por su perversa ignorancia. O Berlusconi, un patético clown que, como cantaba Reggiani, está dando su última vuelta a la pista. En España no estoy seguro de que el PSOE haya hecho muchos merecimientos para ganar las elecciones, pero sí estoy con vencido de que el actual PP no puede ganarlas ni se lo merece, no por ser conservador sino por rancio, anticuado, retrógrado, apolillado, intolerante, feo y malo.

Sarkozy representa la derecha renovada, y es útil distinguir en qué es renovada y en qué es conservadora. Su discurso es republicano, democrático, ciudadano, sin resabios ancien régime, a diferencia del de una derecha como el actual Partido Popular español que incluso es incapaz de rechazar el franquismo y sus secuelas.

En España, una derecha inteligente sería la más interesada en promover una ley de la Memoria Histórica como la que ahora se debate. Sarkozy, cuando practica una política represiva contra la población inmigrada lo hace en nombre de los valores de la República y de los intereses de las clases populares. Es neoliberal y proamericano, pero se declara protector del interés y de la identidad nacionales. Exalta el valor de la autoridad y del orden, pero también del trabajo y del mérito como medio de ascenso social. Y lo utiliza para alargar la jornada laboral y reducir las ayudas sociales. En resumen, el discurso es renovado, capaz de llegar a amplios sectores de la sociedad, y al mismo tiempo exalta los valores del pasado y preserva la desigual estructura social, con sus privilegios y sus víctimas. En nuestras sociedades hipermodernas sólo esta derecha tiene futuro.

La izquierda busca también sus modos de renovarse. Como es más difícil cambiar para reformar la sociedad que para conservarla es lógico que sus intentos tarden más en convertirse en éxitos y en consolidarse. La vía predominante es el “centrismo”, como el blairismo, o el que ahora gobierna en Italia. Tiene el inconveniente de que se coloca en muchos aspectos en el terreno del adversario: sumisión al mercado, discurso securitario, aceptación acrítica de la globalización, actitud reverencial hacia poderes fácticos como los religiosos…

El riesgo de la renovación de la izquierda es que diluya un proyecto de futuro, que su práctica de gobierno mantenga las desigualdades y que se pierdan apoyos en los sectores populares. La renovación sólo será eficaz si recupera los valores de igualdad y racionalidad, de derechos universales y sometimiento de la economía a los intereses colectivos, de rechazo del autoritarismo y de los privilegios, incluidos los de los poderes fácticos. En España, el temor a estos poderes resulta paralizante incluso a la hora de defender algo tan obvio como lo que expresa el proyecto de ley de la Memoria Histórica, simplemente una condena del franquismo y un reconocimiento de sus víctimas. Lo cual requiere una cierta dosis de coraje. Pero como escribió Borges, “nunca nadie se arrepiente de haber tenido algunos momentos de coraje en su vida”.