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viernes, septiembre 16, 2011

Replantearnos la lucha contra el VIH

Por Bjørn Lomborg, autor de El ecologista escéptico y En frío, director del Centro del Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 15/09/11):

Hace treinta años, el mundo tuvo su primer indicio de una catástrofe inminente, cuando cinco hombres jóvenes gay en Los Ángeles murieron por la enfermedad que se llegó a conocer como el VIH/SIDA. Hoy en día tiene un impacto verdaderamente global, cobrándose 1,8 millones de vidas al año, el equivalente de acabar con la población de Washington, DC, tres veces al año.

Por supuesto, ha habido notables avances científicos desde 1981. Los científicos descubrieron que un retrovirus previamente desconocido era la causa del SIDA y que se transmite principalmente por contacto sexual. Crearon pruebas que pueden determinar si una persona posee o no el VIH y medir el grado de avance de la enfermedad. De igual manera, diseñaron medicamentos antirretrovirales que han hecho posible que la infección por VIH se convierta en una condición crónica de supervivencia.

Junto a estos avances, las autoridades de gobierno, los defensores de los derechos humanos y las personas que viven con VIH/SIDA han luchado intensamente para reducir el estigma y la discriminación. Y se ha invertido una cantidad sin precedentes de fondos en tratamiento y prevención del VIH. En 2008, el total de recursos para programas de VIH en países de bajos y medianos ingresos fue, increíblemente, 50 veces el nivel de apenas 12 años antes.

Sin embargo, a pesar de estos importantes avances el número de víctimas del VIH/SIDA sigue siendo inmenso. Cada año ocurren 2,4 millones de nuevas infecciones y los 34 millones de personas que viven con el VIH / SIDA necesitan tratamiento para mantenerse con vida. Existe la percepción generalizada en los países desarrollados de que ya se ha ganado la batalla. En realidad, la crisis se ha limitado a ser menos visible.

En el África subsahariana vive el 10% de la población mundial, pero el 70% de las personas que viven con VIH/SIDA. En toda África, se estima que la enfermedad ha reducido los índices medios de crecimiento nacional en 2 a 4% al año.

Los investigadores dirigidos por Bernhard Schwartländer, el director de evidencia, estrategia y resultados de ONUSIDA, calculan para el año 2015 será necesario un gasto anual de al menos 22 mil millones de dólares para lograr acceso universal a la prevención, tratamiento, atención y apoyo relacionados con el VIH.

ONUSIDA y la Fundación Kaiser Family estiman que en 2010 los donantes aportaron 6,9 mil millones de dólares para prevención, atención, tratamiento y apoyo, un 10% menos que en 2009.Como resultado de la crisis financiera mundial y la fatiga de los donantes, Dinamarca, Alemania, los Países Bajos, Noruega, España, Suecia, Estados Unidos y la Comisión Europea han reducido su gasto.

La triste realidad es que será prácticamente imposible obtener 22 mil millones de dólares de financiamiento anual para el año 2015. Por tanto, merece la pena hacerse otra pregunta: ¿qué podemos lograr con tan sólo un pequeño aumento en la financiación actual? Eso es lo que el Centro del Consenso de Copenhague y la Fundación Rush están haciendo en un nuevo proyecto, RethinkHIV.

Hay tantas opiniones como opciones sobre cuál debe ser la máxima prioridad para los donantes. Hemos hablado con personas que viven con el VIH en África y que sostienen puntos de vista totalmente diferentes. En Kawangware (Kenia) Esther, de 38 años, argumenta con pasión en favor de más reformas a las políticas sociales. Nos dijo: “Creo que el VIH no es el único asesino. También el estigma y el estrés matan más rápido”. Por otra parte, en Mungushi (Tanzania) Rehema, de 28 años, planteó que más asistencia económica marcaría la gran diferencia. “Es muy difícil tomar los medicamentos antirretrovirales sin tener nada que comer ni dónde vivir”, señaló.

En RethinkHIV, integramos a este vital debate sobre las prioridades a algunos de los principales economistas, epidemiólogos y demógrafos del VIH. Sus conclusiones serán un aporte esencial. Los equipos de investigadores han escrito 18 artículos para identificar las formas más eficaces de hacer frente a la epidemia, examinando lo que se ha demostrado que funciona y lo que se podría ampliar o repetir en otros lugares de África.

Todos ellos calculan los costos y beneficios de las soluciones que proponen, y competirán por convencer a un panel de cinco economistas de talla mundial, entre ellos tres premios Nobel, de que las suyas son las mejores soluciones. Las conclusiones de los premios Nobel apuntarán a las vías más eficaces de financiación adicional. Este enfoque, el proceso del “Consenso de Copenhague”, es el mismo que se ha aplicado cada cuatro años a los retos globales; el próximo tendrá lugar en 2012.

La premisa es simple: ningún dólar se puede gastar dos veces. Mil millones de dólares destinados a un conjunto de enfoques no se pueden utilizar para nada más. Entonces, ¿en qué es mejor gastarlos en primer lugar? A menudo se omite formular esta simple pregunta, pues hacerlo significa elegir entre muchas estrategias populares, cada una con su propia base de entusiastas partidarios.

Al poner de relieve la eficacia de algunas de las opciones -o apuntar a opciones de políticas que requieren más investigación- las conclusiones de los nuevos estudios y de los premios Nobel pueden servir de ayuda a los donantes y catalizar decisiones óptimas sobre a qué se deben destinar los fondos.

Treinta años tras el descubrimiento del VIH / SIDA, hemos visto impresionantes avances científicos y de políticas. Sin embargo, el VIH / SIDA sigue siendo una amenaza cotidiana para millones de personas, limita el desarrollo y destruye las vidas de demasiados seres humanos. Con atención y una determinación más precisa del destino de los fondos, es vital que intensifiquemos nuestra lucha contra esta enfermedad mediante la adición de las lecciones del análisis de costo-beneficio a los recursos que tenemos a nuestra disposición.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, agosto 09, 2011

AIDS divides the globe

By Michel Sidibé, executive director of the Joint United Nations Programme on HIV/AIDS (UNAIDS) and under secretary-general of the United Nations (LOS ANGELES TIMES, 03/08/11):

At the International AIDS Society’s annual meeting in Rome last month, there was a lot of good news. Chief among it was the presentation of solid evidence that antiretroviral therapy does more than treat HIV — it can also prevent the virus.

New findings from the HIV Prevention Trials Network have demonstrated that early treatment for people living with HIV can reduce sexual transmission to their partners 96%. The Partners PrEP study has found that giving antiretroviral therapy to the HIV-negative partners of those living with HIV can reduce their chances of acquiring HIV up to 73%. And there is further evidence that male circumcision is effective in preventing HIV in men.

But amid all the good news, one stubborn fact was hard to ignore: AIDS remains a metaphor for inequality.

In the world’s wealthier nations, where access to medicine is widespread, AIDS is becoming a chronic disease rather than a death sentence. But in the developing world, 1.8 million people die of AIDS each year. In the Northern Hemisphere, we are seeing a new generation born HIV-free, while each year in the southern half of the world, 370,000 babies start life infected with HIV. In the southern region, 9 million people living with HIV are still waiting for treatment to survive.

It is hard not to conclude from all this that life is not valued equally across the world. This is morally wrong and unacceptable.

A mother should not have to choose between treatment for herself and treatment for her newborn. People should not be dying of AIDS when treatment is available. It is morally wrong that babies are still being born with HIV when we know how to prevent it, and it is morally wrong that children are still growing up as AIDS orphans.

At a recent United Nations High-Level Meeting on AIDS, member states unanimously adopted a Political Declaration on HIV/AIDS that sets bold new targets for 2015. But even as the fight against the virus is starting to turn, some countries have reduced their contributions to the worldwide effort.

Now is not the moment to retreat. We must see beyond the near-term costs toward the long-term benefits of innovation and investment for AIDS.

If we want to turn scientific successes into progress for the poor, we must overcome the forces that threaten access. We have to scale up, even as some donors are scaling back, and we have to use innovation to overcome social division and inequity.

We urgently need to move forward on five fronts.

First is developing a new generation of options that will lower treatment costs, deliver smarter drugs in smarter ways, and provide better approaches to HIV testing, diagnostics and delivery.

Second, we need new ways to make sure life-saving services reach everyone who needs them quickly. We need to increase treatment literacy at the community level, increase demand for services, and improve delivery on the ground. We must also work with countries, the pharmaceutical industry, international organizations and NGOs to ensure that new discoveries are accessible to all who need them.

Third, we must reduce the time it takes for research findings to be integrated into policy. Currently, it still takes about one year to get research results published, then five to 10 years to translate them into public health policy, and three to five more years to gear up to implement them on a national or global scale.

Fourth, we need better primary prevention of HIV. We must focus on hot spots where transmission is most likely to occur, especially to reach women and girls; men who have sex with men; migrants; prisoners; people who buy and sell sex; those who inject drugs; and others whose access is blocked by stigma, discrimination and criminalization.

Finally, we must leverage the networks created to combat HIV, using the reach, resources and lessons of the AIDS movement to improve global health beyond HIV and bring a wide range of life-saving discoveries to the poor.

The AIDS virus does not move slowly, and neither should we if we are to hope to achieve our collective vision of “zero new HIV infections, zero discrimination and zero AIDS-related deaths.”

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, junio 20, 2011

I Had Polio. I Also Have Sex.

By Winstone Zulu, an adviser for AIDS-Free World and the coordinator of Health Triangle Zambia (THE NEW YORK TIMES, 19/06/11):

I spoke at an AIDS conference not long ago, and after the talk, someone asked me how I had contracted H.I.V. “Well,” I replied, “sexually.” Staring at my crutches, which I have used since I got polio as a child, she exclaimed, “But how?”

The assumption that all disabilities — of hands, feet, hearing, sight — somehow also affect the ability and desire to have sex is common. It would be comic if it didn’t have such serious consequences: people with disabilities are rarely exposed to sex education and are almost never considered in need of information about H.I.V. and treatment for it.

As a result, although people with disabilities are just as likely to be sexually active as people without, our H.I.V. infection rate is up to three times higher.

In Africa, children with disabilities are less likely to receive sexual health education, both because they are less likely to be enrolled in school, and because those who attend are sometimes removed from sexual health classes. Due to the widespread belief that we are asexual, we are often left out of family planning programs, despite the fact that many of us want children or are parents already.

The blind can’t read H.I.V. prevention posters; the deaf can’t hear radio campaigns. Vague messages are not understood by those with intellectual disabilities. Places where condoms and education materials are available are often physically inaccessible.

People with disabilities are often among the poorest of the poor, and can’t afford health care services. But even those with access to health care often experience discrimination and loss of privacy in health centers. Consider my hearing-impaired friends, who have to bring a family member to interpret if they want to get tested for H.I.V. In many places, people face being evicted or ostracized if family members learn they have H.I.V. The lack of confidentiality is a big deterrent to testing and treatment.

Worst of all, when drugs and services must be rationed, our lives are sometimes valued less than others. I have heard of cases where people with disabilities are given a lower priority for life-saving antiretrovirals.

Last week world leaders met at the United Nations to discuss efforts to fight H.I.V. Despite pledges for universal access to prevention, treatment and care, some people — children and heterosexuals — always get more attention in these meetings than others — sex workers, drug users, gays and lesbians and people with disabilities.

We must no longer be overlooked because of false assumptions about our sexuality. People with disabilities can and do have sex. I know from my own experience. We need to be a part of the fight against H.I.V., too.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, junio 04, 2011

Toward an H.I.V. Cure

By Françoise Barré-Sinoussi, director of the Regulation of Retroviral Infections Unit at the Institut Pasteur in Paris and president-elect of the International AIDS Society. With Luc Montagnier, she was awarded the 2008 Nobel Prize in Medicine for their discovery of H.I.V. (THE NEW YORK TIMES, 04/06/11):

Sunday marks 30 years since the first AIDS cases were reported. Since then, H.I.V. science has been translated into prevention and treatment breakthroughs, one of the greatest being the antiretroviral treatment that has ensured that millions of H.I.V.-positive people can lead healthy lives.

Furthermore, there is now robust evidence that early and highly active antiretroviral therapy can have a major impact on reducing H.I.V. transmission, demonstrating the “treatment as prevention” concept.

AIDS is no longer the death sentence it was, but there now remains extreme uncertainty concerning the long-term sustainability of treatment access, especially in resource-limited settings.

More than ever we need to find an H.I.V. cure. We need to invest in research that aims to find better and more cost-effective therapeutic strategies that may lead at least to a functional cure — the long-term remission of patients with a very efficient and persistent control of H.I.V. after discontinuation of treatment.

This begs the question: After 30 years of H.I.V. research, why have we still not found a cure?

The answer to that lies in the obstacles related to the complexity of the interaction between H.I.V. and its host, the persistence of H.I.V. in people on highly active antiretroviral therapy, and our limited knowledge on the very early stage of the infection. However, there are some promising signs that the pieces of the H.I.V. pathogenesis puzzle are beginning to fall in place.

What we have known for some time now is that latent H.I.V. reservoirs, where H.I.V. hides and persists, are one of the main barriers to finding a cure. It is precisely why treatment does not eradicate H.I.V. and why, when treatment is stopped, the virus rebounds.

What we haven’t had until very recently are the scientific advances and new approaches to tackling those viral reservoirs. For instance, our basic understanding of the mechanisms of H.I.V. persistence in latent reservoirs is far superior than it was a decade ago. We are also witnessing promising developments from recent studies and small-scale testing reactivation agents that can reverse latency and “flush” the H.I.V. reservoirs.

We have also been aware that the so called “elite controllers” — those very few people who are infected with H.I.V. for at least a decade, do not take treatment and yet do not develop AIDS — were always going to be a vital part of future cure research.

Now we are gaining a better understanding of this unique group of patients. Some of the more recent science is showing that the elite controller status is related to the host genetics permitting robust cell-mediated immunity and/or restricting an infection in their CD4 lymphocytes and macrophages.

Understanding this group of people who efficiently control the virus replication and reservoirs, we believe, will be key in our search to attaining a “functional” cure that would allow long-term remission of infected individuals.

Last week’s announcement that researchers had identified a new restriction factor that inhibits an early step of the H.I.V.-1 life cycle in immune cells is greatly encouraging as well. New findings on the innate control of H.I.V. have implications for treatments and can provide us with insight into therapeutic vaccine development.

In addition, there is now a “proof of concept,” as scientists like to call it, for a cure. The case of the Berlin patient Timothy Brown, who received a stem-cell bone-marrow transplant in 2007 leading to the remission of his leukemia and now considered to be cured of AIDS, has now provided us with one.

While it is clearly unrealistic to think that this medically heavy, extremely costly, barely reproducible therapeutic approach could be replicated and scaled-up, it has nevertheless got the scientific world talking about the possibility of a cure.

Developments in gene therapy are also encouraging. The recent work by Paul Cannon with the Sangamo group using gene editing to knock out the CCR5 receptor gene on which H.I.V. relies to enter into host cells indicates that gene therapy may well prove to be an effective intervention, more readily available than chemotherapy or stem cell transplants.

I believe that given our current knowledge and innovative tools and concepts, a functional cure is a more realistic goal for the near future.

A cure will require funding commitments, strong community engagement, rigorous and innovative scientific endeavor and, above all, further collaborative multidisciplinary science with a better connection between basic and clinical research — in short, all the same ingredients that got us where we are today with the global antiretroviral treatment.

Thirty years is a long time and yes, we still do not have a cure. But if we do not seriously start looking for one, now that the science is telling us that perhaps we should be, do we want to be here in another 30 years regretting that we did not try?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, mayo 28, 2011

After 30 years of HIV/AIDS, real progress and much left to do

By Anthony S. Fauci, director of the National Institute of Allergy and Infectious Diseases at the National Institutes of Health (THE WASHINGTON POST, 28/05/11):

Three decades ago, the June 5, 1981, issue of Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR) reported on five previously healthy young gay men in Los Angeles diagnosed with pneumocystis carinii pneumonia (PCP), an infectious disease usually seen only in people with profoundly impaired immune function. As a specialist in infectious diseases and immunology, I had cared for several people with PCP whose immune systems had been weakened by cancer chemotherapy. I was puzzled about why otherwise healthy young men would acquire this infection. And why gay men? I was concerned, but mentally filed away the report as a curiosity.

One month later, the MMWR wrote about 26 cases in previously healthy gay men from Los Angeles, San Francisco and New York, who had developed PCP as well as an unusual form of cancer called Kaposi’s sarcoma. Their immune systems were severely compromised. This mysterious syndrome was acting like an infectious disease that probably was sexually transmitted. My colleagues and I never had seen anything like it. The idea that we could be dealing with a brand-new infectious microbe seemed like something for science fiction movies.

Little did we know what lay ahead.

Soon, cases appeared in many groups: injection-drug users, hemophiliacs and other recipients of blood and blood products, heterosexual men and women, and children born to infected mothers. The era of AIDS had begun.

I changed the direction of my career to study this disease — to the chagrin of my mentors and many colleagues — and began a 30-year journey through this extraordinary global health saga. The early years of AIDS were unquestionably the darkest of my career, characterized by frustration about how little I could do for my patients. At hospitals nationwide, patients were usually close to death when they were admitted. Their survival usually was measured in months; the care we provided was mostly palliative. Trained as a healer, I was healing no one.

In the first couple of years, few scientists were involved in AIDS research, and there was very little funding to study the disease. Initially, we did not know the infectious agent — if indeed there was one — so researchers had no precise direction in which to search.

The first major research breakthrough came in 1983 with the discovery of the human immunodeficiency virus, or HIV, and then in 1984, with proof that it caused AIDS. Our knowledge of HIV/AIDS rapidly grew with the development of a diagnostic test in 1985 that revealed the frightening scope of the pandemic. Our desperately ill patients were just the tip of the iceberg.

The first drug that slowed the progression of HIV/AIDS — zidovudine, initially called AZT — was licensed by the Food and Drug Administration in 1987. For those in the field, this was a major high point. Finally, we could treat the disease instead of just its complications. Soon, however, we learned that the benefits of AZT as a stand-alone treatment waned within months as HIV developed resistance to the drug. The disease relentlessly progressed. The realization that we were in for the long haul began to set in.

In 1984, I became director of the National Institute of Allergy and Infectious Diseases and soon established a distinct AIDS research program. This met considerable opposition from some senior figures in medicine, who believed that I was overreacting and that focusing on AIDS would divert resources from other important infectious diseases. Despite our intensive efforts to find solutions to this emerging global plague, federal scientists — including me — and my colleagues at the Centers for Disease Control and the FDA were vilified by growing numbers of AIDS activists, who thought that the government was not moving fast enough to fight the epidemic and should modify its research agenda and drug approval procedures to meet the special circumstances of the pandemic. In many respects, the activists were correct. Looking back, one of the most productive decisions I made in the 1980s was to fully engage with the activists. Clinical trials were soon modified to be more flexible and user-friendly, and through activist engagement with the FDA, the drug approval process was markedly accelerated while retaining proper attention to safety.

There is a stunning contrast between how I felt as a physician-scientist in the 1980s and the optimism I feel today as more infections are prevented and lifesaving drugs increasingly become available throughout the world. Annual funding for HIV/AIDS research at the National Institutes of Health exceeds $3 billion, thanks to consistent support from Congress and each successive administration. Thousands of researchers globally are intensively studying HIV, developing therapies, and designing and implementing prevention modalities — including a thus-far-elusive vaccine. The surge in research efforts has enabled enormous medical advances, especially in therapeutics. More than 30 anti-HIV drugs have been developed and licensed; in combinations of three or more these medications have proved extremely effective since the mid-1990s in slowing and even halting HIV’s progression. In the 1980s, patients received a prognosis of months. Today, a 20-year-old who is newly diagnosed and receives combination anti-HIV drugs according to established guidelines can expect to live 50 more years. Furthermore, HIV treatment not only benefits the infected individual but can reduce the risk of transmitting the virus to others.

In 2002, President George W. Bush sent a team to southern Africa on an HIV/AIDS fact-finding mission. Upon our return, the president asked me to help design a plan for providing HIV-related services on a large scale in low-income countries. Eventually, this became the President’s Emergency Plan for AIDS Relief (PEPFAR). Visiting African hospitals and seeing scores of HIV-infected people, I noted that the physicians were experiencing the frustration that I and so many of my colleagues in rich countries had felt 20 years earlier, as we saw people die because of our inability to treat the disease. In Africa in 2002, the effective treatments that had transformed HIV/AIDS care in wealthy countries were available only to the privileged. The developing world clearly needed PEPFAR, and President Bush made it happen.

The implementation of PEPFAR — as well as programs such as the Global Fund to Fight AIDS, Tuberculosis, and Malaria; the Bill & Melinda Gates Foundation; the Clinton Foundation; Doctors Without Borders; and others — has changed the landscape of global AIDS. PEPFAR alone has provided anti-HIV drugs to more than 3.2 million infected people in the developing world, predominantly in southern Africa and the Caribbean, and it has offered HIV care, counseling, testing, prevention services and support to millions more. In 2010, PEPFAR’s support of antiretroviral prophylaxis to prevent mother-to-child transmission allowed more than 114,000 infants to be born HIV-free.

With most diseases, these results would sound like an unqualified success story. The HIV story, however, is far from over. There have been more than 60 million HIV infections throughout the world, with at least 30 million deaths. In 2009, 2.6 million people became infected with HIV and 1.8 million died; more than 90 percent of cases occurred in the developing world, two-thirds in sub-Saharan Africa. For every infected person put on lifesaving therapy, two to three people are newly infected. To control and ultimately end the pandemic, we will need to treat many more HIV-infected people, for their health and to reduce the risk of their sexual partners becoming infected. We also must accelerate implementation of other prevention approaches, as well as research toward a cure.

We cannot lose sight of the fact that lifesaving HIV/AIDS programs at home and abroad must be strengthened despite global constraints on resources. Enormous challenges remain and must be met by the next generation of scientists, public health officials and politicians throughout the world. History will judge us as a global society by how well we address the challenges in the next few decades of HIV/AIDS.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, abril 20, 2009

No sólo con condones

Por Manuel de Unciti, sacerdote y periodista (EL CORREO DIGITAL, 20/04/09):

Entre el 60% y el 70% de los 4.325 sacerdotes y religiosos -nativos y extranjeros- de las 24 diócesis católicas de Camerún son víctimas del VIH; para entendernos, víctimas del sida. La divulgación de estos datos ha sido hecha por medios confesionalmente cristianos, a comenzar por el diario parisino ‘La Croix’. Es impensable, por ello, que Benedicto XVI no hubiera reparado en esta trágica estadística cuando preparaba su primer viaje a África. Ha tenido que conocerla, lamentarla y … sufrirla. Y estando así de problemática -incluso entre el clero- la realidad de la sexualidad en el continente africano, ¿en qué cabeza cabe que el Papa pasara a condenar los condones ante los periodistas que le acompañaban en el avión de Roma a Yaundé? ¿No habría equivalido su palabra condenatoria de los profilácticos a un veredicto de muerte para miles y millones de africanos y para centenares y miles de sus propios sacerdotes?

Ha ocurrido que, en esta ocasión, el pensamiento del Papa ha sido distorsionado gravemente; y no se dice esto para tratar de echar un capote en una presunta metedura de pata de Benedicto XVI, como suele hacerse en tantos y tantos otros trances cuando a una alta personalidad se le coge en algún renuncio. No. La explicación de por qué se ha adulterado tan radicalmente el pensamiento del Papa hay que buscarla o en los fuertes intereses económicos mundiales que andan de por medio en el tema de los profilácticos o en oscuras razones ideológicas. ¡A cada cual optar por una u otra baza! Pero el hecho está ahí: en ningún momento o pasaje de las palabras del Papa puede encontrarse una condena expresa de los condones. Para comprobarlo basta con ir a las hemerotecas que reproducen fielmente los propósitos mantenidos por Benedicto XVI con una periodista francesa. Ésta le interpelaba sobre si le parecía realista o eficaz el juicio negativo de la Iglesia sobre los condones… La respuesta del Papa subraya -y esto es de sentido común- que «no se puede superar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos». Y también: «No se puede superar el problema del sida sólo con eslóganes».

Hay que dejar muy claro que el Papa no exorciza el uso del condón, lo que no deja de ser una novedad en los usos y modos del Vaticano. Se limita a desautorizar el exceso de confianza de quienes reponen toda la solución del problema del sida sólo en el condón. Con el eslogan ‘póntelo, pónselo’ se puede contener la expansión de la pandemia y está bien; pero su apelación resulta frágil, particularmente para los jóvenes que, en cualquier momento, pueden verse frente a la tentación de mantener relaciones sexuales completas ‘a pelo’. La autentica solución ha de venir por el camino de la educación sexual, por eso que el Papa, en África, ha definido como «la humanización del sexo».
Para dar la razón a Benedicto XVI bastaría con mirar alrededor y ver, por ejemplo, lo que pasa en la ultramoderna (¡) ciudad de Washington, Distrito -concretamente- de Columbia. Lo que ahí ocurre no se debe a falta de condones ni a ignorancia de las gentes -particularmente entre las de color negro- sobre los profilácticos. Pero el dato está ahí: el número de los infectados por el sida se sitúa al mismo nivel de los enfermos por el VIH de Uganda o de Kenia. La estadística es, sencillamente, estremecedora. La ha dado a conocer el alcalde Adrian Fenty, un ejemplar político que, según muchos, reproduce a escala local nada más y nada menos que al presidente Obama. Por cada 100.000 habitantes de la que es sede del Gobierno federal de Estados Unidos, hay -entre los mayores de 12 años y ¡ya es decir!- 3.000 infectados de sida.¡Y eso que la estadística se ha elaborado a partir de la población que voluntaria y libremente se ha sometido a pruebas de laboratorio.

Pero no hace falta ir tan lejos. Sobre el continente africano se han volcado millones de condones desde hace ya más de medio siglo. Incluso ha habido misioneros y misioneras que, desafiando los criterios de la Curia Romana y exponiéndose a mil y mil censuras, han tomado sobre sus conciencias la distribución de profilácticos y la enseñanza sobre su correcto uso. Pero en vano: mucho es lo que esta enseñanza habrá conseguido para la salud de las mujeres y hombres de África, y Dios se lo pagará a los valientes que han osado desafiar lo que hasta ahora era la doctrina oficial en punto a los condones. Pero está probado y comprobado que con sólo condones no basta. ¡Que es lo que afirmó el Papa Benedicto XVI en el avión que la trasladaba a África!

Y algo más: lo del sida no es sólo cuestión de pobreza mayor o menor, aunque los niveles de pobreza tengan mucho que decir a este propósito. Camerún, con un 30% de su población bautizada, disfruta de paz desde hace muchos años, lo que es un dato a poner de relieve -y mucho- en el dramático panorama del continente. Pero no basta con ser un remanso de paz y un lugar hospitalario para muchos de los que huyen de los pueblos vecinos. El mal que corroe gravísimamente las entrañas del país es la corrupción. Y de este flagelo no se libra la población católica formada por casi cinco millones de entre los poco más de dieciocho millones que conforman la población total del país. Hace unos días las páginas de ‘L’Osservatore Romano’ denunciaban que «a los ojos de muchos la Iglesia de Camerún es un grupo de privilegiados y de ricos», lo que no ha impedido que sean no pocos los sacerdotes que se pasean con sus mujeres y sus hijos, sin ocultarse de nadie, o lo que es peor, que, como se ha dicho, sean víctimas del sida… ¡Vaya que si tiene razón el Papa Benedicto XVI!

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Cooperación en tiempos de crisis

Por Jordi Casabona, Fundación Sida i Societat (EL PERIÓDICO, 20/04/09):

Acaba de celebrarse en Cáceres la Conferencia Internacional de Donantes del Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Malaria y la Tuberculosis, organismo creado en el 2002 por la ONU para recoger fondos para la prevención y el control de estas infecciones en países en vías de desarrollo. Este Fondo Mundial se ha convertido en paradigma de la ayuda multilateral y en banco de pruebas para ver cómo integrar los sectores gubernamentales, no gubernamentales y privados en la generación, ejecución y evaluación de recursos. La reunión ha coincidido en que, desde distintos ámbitos, se ha sugerido que en época de crisis compartir recursos con los países en desarrollo no es la mejor idea. Esto puede tentar a más de uno, pero, por poco que se analice el concepto de cooperación internacional para el desarrollo y los efectos que tendría disminuir las ayudas oficiales al desarrollo en los sectores más pobres, no es defendible limitar esta ayuda.

Primero, hay que recordar que el concepto de desarrollo no se limita a la creación de riqueza, sino que incluye todos los procesos encaminados a conseguir los derechos fundamentales de las personas –incluyendo salud, educación y cultura propia–, y, por tanto, la ayuda al desarrollo está recogida en todos los compromisos internacionales. Segundo, está claro que la pobreza y sus efectos sobre la salud son por ellos mismos un freno al desarrollo económico. Y tercero, como demuestra la actual crisis, en un escenario globalizado los problemas de unos lo acaban siendo de los demás. Como dijo Soraya Rodríguez, secretaria de Estado de Cooperación Internacional: “No saldremos de la primera crisis global marginando a la mitad del mundo”. El Estado español ha hecho una clara opción política al aumentar las ayudas oficiales al desarrollo, que en el 2008 supusieron el 0,4% del PIB, y ser el octavo donante mundial. Para el 2012 se pretende llegar al mítico 0,7%. Además, es coherente con el modelo de Estado que las comunidades autónomas –especialmente las que, como Catalunya, tienen larga tradición en cooperación internacional– desarrollen estrategias públicas propias en este terreno que complementen las acciones de la sociedad civil. Catalunya, a través de la Agència Catalana de Cooperació al Desenvolupament, es la comunidad que destina más recursos. En el 2008 supusieron el 0,42% de su presupuesto.

AHORA, el debate no debe ser cuestionar la cooperación internacional al desarrollo, sino ver qué tipo de cooperación y mecanismos de control son necesarios para asegurar, más que nunca, su adecuación y efectividad. Sobre esto hay un montón de recomendaciones, como incluir la utilización de mecanismos públicos de gestión financiera o que un 20% de la ayuda oficial al desarrollo se destine a aspectos sociales básicos. Gran parte de la ayuda española en salud se vehicula a través de iniciativas internacionales. En concreto, en Cáceres se anunció que este año se contribuirá al Fondo con 213 millones de dólares.

Si bien este tipo de iniciativas facilitan la coordinación, también es cierto que son una alternativa fotogénica y administrativamente fácil sobre la que se tiene muy poca influencia. La ayuda multilateral debe estar equilibrada con la ayuda directa y enmarcada en una estrategia propia. Además, no puede olvidarse el papel de las oenegés como ejecutoras, pues, aparte del valor añadido que representa para el país involucrar a la sociedad civil en la cooperación al desarrollo, pueden –especialmente en países con estructura administrativa, pero poco compromiso político– reforzar el papel del sector público local desde las bases.

En lo tocante a la salud y a alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, es necesario que al menos un 15% de la ayuda oficial al desarrollo se destine a ello. Aun así, en el 2015 aún serían necesarios 27.000 millones de dólares adicionales, y, en el caso del sida, los 10.000 millones inicialmente estimados para revertir la epidemia ya se han convertido en 15.000. Por eso es preocupante constatar una disminución del peso relativo que el sector de la salud tiene en la ayuda oficial al desarrollo. Es de ingenuos pensar que la cooperación, tanto de organizaciones gubernamentales como no gubernamentales, no tiene intereses estratégicos o sectoriales, pero precisamente para evitar que la acción de la cooperación acabe reflejando solo las sensibilidades de los políticos del momento o sometidas a alguno de los distintos tipos de simpatías clientelares existentes, hay que poner en la agenda dos aspectos clave: la profesionalización de los cuerpos técnicos de las agencias de cooperación internacional al desarrollo y la realización de evaluaciones objetivas y públicas. Finalmente, es imprescindible que las políticas de este tipo de las autonomías se coordinen con la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo, entre las propias autonomías y con las iniciativas municipales.

VIVIMOS TIEMPOS en que a menudo no es políticamente correcto hablar de valores más allá de los de la bolsa, pero no se puede hablar de cooperación sin hablar de solidaridad. Por consistencia con el discurso construido en las sociedades del bienestar y por agradecimiento histórico, pero también por cuestiones prácticas, ahora no toca hacer solo números en casa: ahora toca ser más solidarios. Sin embargo, en política, la memoria es débil y los valores, efímeros, y siempre habrá quien caerá en la fácil demagogia de criticar que se lleven a cabo políticas de solidaridad en tiempos de crisis. Pero tal vez así se verá quién se lo cree y quién lo aparenta… cuando no es cosa de un céntimo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, abril 14, 2009

La Iglesia, en crisis

Por Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Islam. Cultura, religión y política (EL PERIÓDICO, 12/04/09):

La Iglesia católica romana está pasando por una de las crisis más profundas de su historia. Y el catolicismo español no es una excepción. Va perdiendo credibilidad a pasos agigantados entre los propios creyentes, pero también, de manera ostensible, ante la sociedad. Una prueba incontestable la ofrecen las encuestas, en las que los ciudadanos y las ciudadanas la colocan en los últimos puestos de sus preferencias. En honor a la verdad, razones no faltan, y muy poderosas. Observemos algunas de las más visibles.

La jerarquía católica mantiene posiciones retrógradas en cuestiones relativas al origen y al final de la vida, y lleva a cabo burdas y manipuladoras campañas como la que denuncia de forma falaz e infundada la existencia de mayor protección para la vida de los linces que para la de los niños, o la que compara el aborto con el terrorismo. Por no hablar de la amenaza de excomunión para las mujeres que abortan y para los facultativos que les prestan su colaboración.

TIENE UNA VISIÓN negativa de la sexualidad. No solo se opone al uso de los preservativos en las relaciones sexuales para poner fin a la extensión del sida, sino que afirma que su empleo agrava todavía más el problema. Así lo declaró de manera insensata e irresponsable el papa Benedicto XVI en el viaje a África que hizo el pasado mes de marzo. Afirmaciones como esta le convierten en defensor de una teología de la muerte y le hacen responsable de la extensión del sida y de agravar todavía más la terrible epidemia que asola a millones y millones de personas en África.

La Iglesia católica oficial demuestra comportamientos homófobos al condenar la homosexualidad en sus distintas manifestaciones, desde la propia inclinación –por utilizar su lenguaje– hasta las parejas de hecho y los matrimonios homosexuales, y al declarar pecaminosas, e incluso antinaturales, dichas relaciones. Se opone a los avances científicos que contribuyen a aliviar el dolor, a mejorar las condiciones de vida y a la curación de enfermedades. Dos ejemplos, entre muchos: la investigación con células madre embrionarias y la fecundación in vitro.

Vive cada vez más distanciada de los movimientos sociales, de sus denuncias del capitalismo, de sus reivindicaciones a favor de los excluidos y de su propuesta utópica de otro mundo posible, lo que demuestra su alejamiento del mundo de los pobres y su insensibilidad ante ellos. Muestra una oposición numantina a la laicidad del Estado y de sus instituciones, condena el laicismo como doctrina filosófica y modelo político –verdadera conquista de la modernidad– y defiende una “sana y positiva laicidad”, tras la que se esconde la reclamación de presencia e influencia de la Iglesia católica en la vida pública como actor político. Se alía con los sectores política, cultural e ideológicamente más conservadores de la sociedad.

El modo de actuar de la Iglesia católica en los campos antes citados ha producido un importante descenso de católicos en España. En 1998 se declaraban pertenecientes al catolicismo el 83,5% de la población. Según la encuesta de enero del 2008 del CIS, la afiliación a la Iglesia católica ha descendido cinco puntos. Y el descenso es mayor todavía en la práctica religiosa, que está en niveles inferiores al 20%. Lo que queda es un “catolicismo social” o un “cristianismo cultural”, no un cristianismo conforme a los principios evangélicos.

EN LOS JÓVENES, el descenso es todavía mayor. Los sociólogos hablan de un “cristianismo residual”. La no creencia entre la juventud ha sufrido un incremento espectacular: en menos de 15 años se ha pasado del 22% que se declaraba no creyente, al 46%. En la actualidad, los jóvenes que se declaran no creyentes católicos están por encima del 50%. De entre los creyentes, el 39% se declara católico no practicante, y solo el 10%, católico practicante. El descenso es mayor cuando se trata de expresar la importancia de la Iglesia católica en su vida: sólo para el 3% desempeña un papel significativo y tiene sentido en su día a día.

Cada año, varios miles de fieles abandonan la fe católica y pasan a engrosar el mundo de la falta de creencia o se incorporan a otras religiones que les merecen más crédito y confianza. Las solicitudes de apostasía van en aumento. Durante los seis primeros meses del 2008 se habían presentado 529 solicitudes de apostasía, cifra muy superior a las presentadas durante todo el año 2007, que alcanzaron la cantidad de 287.

LA REACCIÓN de la jerarquía ante tamaña crisis no es un examen de conciencia al modo clásico para analizar las causas de semejante deterioro y poner remedio. Lejos de asumir su responsabilidad, lo que hace es echar balones y culpar de la misma al galopante proceso de secularización de la sociedad, al Gobierno socialista, a las leyes aprobadas en el Parlamento, al laicismo ambiental e incluso a los teólogos críticos y a los movimientos cristianos de base. ¿Aprovechará la jerarquía católica la Semana Santa y la Pascua de Resurrección para reconocer su desubicación cultural, despertar del sueño dogmático en el que vive y cambiar de rumbo?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, abril 06, 2009

Sida, preservativo y moral católica

Por Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo (EL PERIÓDICO, 06/04/09).

Quien no conozca un poco la historia, seguramente pensará que en la Iglesia católica las normas son inamovibles. Pero nada más lejos de la realidad. En el siglo XIII bulas del papa Inocencio IV, y en el XVI, del papa León X afirmaban que era “voluntad del Espíritu quemar a los herejes”, y Galileo fue censurado para evitar que la razón científica pudiera constituirse al margen del magisterio. Más recientemente, se seguía afirmando que la Iglesia “es una sociedad de desiguales”, que “la división de clases en la sociedad es conforme a la voluntad divina”, que “la libertad religiosa es poco menos que un delirio”, que “el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer para procrear”.

El Concilio Vaticano II (cima del magisterio eclesial) modificó estas perspectivas. Afirmó que era ley fundamental la igualdad de todos los miembros dentro de la Iglesia, así como el derecho a la libertad religiosa y comprender el matrimonio como una comunidad de vida y amor, por lo que tiene razón de ser aun cuando falte la descendencia. Dos cosas aparecen aquí muy claras: el matrimonio, con todo su ámbito de intimidad sexual, no se justifica ni se ordena a la procreación y su ra- zón fundante es el amor –que puede ser fecundo o infecundo– y se manifiesta en las expresiones gozosas del placer. El placer, componente y consecuencia del amor, es tan legítimo como el amor mismo. Se descarta la necesidad de justificarlo como subordinado a la procreación: es bueno, legítimo y sacramental.

El problema se plantea cuando, en el ejercicio de esa intimidad, se pretende establecer como norma única dominante el respeto a la estructura biológica del acto sexual, que debería desarrollarse sin interposición o alteración de ninguna clase. Tal norma respondería a una visión fisicista de la sexualidad humana, reducida al cuadro natural-instintivo de una sexualidad animal, agotada –supuestamente– en sola procreación: “Natural –decía Ulpiano– es lo que la naturaleza enseñó a todos los animales”. Pero tal aforismo falsea el significado natural de la sexualidad humana: la persona no es mero cuerpo ni puro instinto ni se aparea, al modo de los animales, solo para procrear. La persona tiene la responsabilidad de discernir y en una situación de conflicto de valores elegir aquellos valores que en conciencia considere más importantes.

ESTA ES moral tradicional, que enseñaron y explicaron diversos episcopados cuando el conflicto de la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI: “A este respecto, recordaremos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando se está en una alternativa de deberes, en la que cualquiera que sea la determinación tomada no puede evitarse un mal, la sabiduría tradicional prevé buscar delante de Dios cuál es, en tal coyuntura, el deber mayor”.

Idéntico planteamiento cabe aplicar al sida. “¿Qué dice el moralista cristiano cuando le surge el dilema: condón o sida? Nos encontramos aquí ante un caso típico, en el que el Papa actual (Juan Pablo II) piensa de un modo diferente que la mayor parte de los teólogos y de los laicos que piensan críticamente. Imaginen dos casos: un hombre casado sabe que está infectado del sida. De ninguna manera puede exponer a su mujer al peligro de contagio. En esta situación sería irresponsable engendrar una nueva vida, que, con toda probabilidad, estaría también infectada. Usando el condón, puede evitar los dos peligros. Sin condón sería el acto matrimonial con su mujer, sin duda, un pecado contra el quinto mandamiento. Otro caso: un hombre tiene fuera del matrimonio contactos sexuales, aunque sabe que está infectado de sida. Si lo hace con condón, comete, sin duda, un pecado contra el sexto mandamiento. Si lo hace sin condón peca, además, contra el quinto mandamiento” (J. G. Cascales y B. Forcano, Bernhard Häring, Nueva Utopía, página 50).

A este respecto comenta el padre Häring: “La historia y la propia experiencia nos enseñan más que suficientemente que todos nosotros, sin excluir a los papas, con frecuencia podemos errar y aseverar tonterías con una seriedad sorprendente. La Iglesia ganaría mucho, si todos nosotros –en todos los planos– quisiéramos aprender de todo eso” (ídem, página 51).

ES UN HECHO común que el Evangelio apenas tiene orientaciones o normas de carácter sexual. Vacío ese que debía colmarse históricamente con el recurso al modelo cultural dominante. Es lo que hicieron los Santos Padres, entre ellos San Agustín y Santo Tomás. Sus doctrinas moldearon el pensamiento de Occidente. Pero hoy nadie las identifica sin más con el mensaje del Evangelio.

El nuevo enfoque del Vaticano II debe marcar el pensar y obrar de los cristianos: “Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada de forma más adecuada”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, marzo 22, 2009

Salud, desarrollo y religión

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 22/03/09):

Para los vivos y los muertos, el sida es básicamente una enfermedad africana. De los 33 millones contaminados por el sida, casi el 70% viven en el África subsahariana. Allí mueren tres de cada cuatro de los dos millones de sus víctimas anuales. Y africanos son más del 90% de los niños que nacen portando la enfermedad.

En varios países africanos la extensión del sida plantea un grave problema para su desarrollo. La mortalidad que causa anula la mejora en la esperanza de vida, diezma la mano de obra disponible, especialmente en las regiones rurales, debilita el ahorro y crea la enorme carga social de 11 millones de huérfanos.

Así, el sida contribuye a ese “sufrimiento desproporcionado” del continente africano que el Papa denunció al llegar al Camerún, ante el cual “ningún cristiano puede ser insensible”. Pero antes de aterrizar en Yaundé, creyó oportuno reforzar la oposición de la Iglesia a toda forma de contracepción. En particular, al uso del preservativo que, según Su Santidad, no solo no resuelve el problema, sino que lo agrava. Solo la abstinencia, dijo, es la solución para detener el avance de esa mortal enfermedad.

Al considerar que el uso del preservativo “agrava” el problema, el papa Benedicto XVI ha ido más lejos de la doctrina de la Iglesia en materia de contracepción. En África le apoyarán los sectores más conservadores, religiosos y culturales. Sus palabras reforzarán la actitud de los que rechazan la protección profiláctica en las relaciones sexuales. Y harán mucho más difícil el trabajo de los que tratan de combatir la extensión del sida, tanto de los gobiernos como de los trabajadores sociales y sanitarios. Especialmente, en países como Uganda, Ruanda y Senegal, que han hecho de la lucha contra el sida una de sus prioridades políticas y desarrollan una intensa campaña de extensión del uso de los preservativos.

La posición del Papa influirá negativamente en el resultado de un combate contra la muerte y la pobreza que está lejos de ganarse. Los preservativos son caros y no todos los gobiernos pueden apoyar su distribución gratuita. Algunos países no han tenido hasta ahora clara conciencia de la urgencia en frenar el avance de la enfermedad, que se extiende de manera muy diferente. En el África austral –Zimbabue, Botsuana, Zambia–, los trabajadores emigrantes en las minas son contaminados por la prostitución y extienden la enfermedad a sus lugares de origen. La pobreza no deja de reducir la edad de la iniciación sexual de las jóvenes, y en Kenia y Etiopía la prostitución hace explotar la epidemia. En países como Nigeria y Camerún, al principio poco afectados, el crecimiento es exponencial. En los países en guerra, las mujeres son especialmente vulnerables (60% de los seropositivos son mujeres), expuestas a la violencia sexual de los combatientes o a las difíciles condiciones de la vuelta a la vida civil de los desmovilizados.

TODO ESO SE sabe, como se sabe que el sida es una de las mayores hipotecas para el desarrollo de África. Pero, para el Papa, lo importante es el dogma, y la solución solo puede basarse en algo tan irreal en esas circunstancias socioeconómicas como la castidad y la abstinencia. Sin ir tan lejos como el filósofo Friedrich Nietzsche, que consideraba la castidad como un crimen contra la naturaleza, no hay un solo responsable de la salud pública en África que piense que con el ideal católico de la castidad se puede detener el sida.

Nadie ha pretendido nunca que el uso del preservativo sea la solución. Pero la inmensa mayoría de las organizaciones que luchan contra la epidemia, incluidas las católicas, lo consideran un instrumento fundamental de prevención. Al considerar que su uso “agrava” el problema, el Papa se comporta de forma irresponsable y hace más rígida todavía una doctrina que algunos esperaban fuera más flexible. Por ello, muchos de los que trabajan en la ayuda al desarrollo se han sentido consternados por esa posición papal. Entre otros, la ministra belga de la Salud, que considera que con esa posición el Papa contribuye a desmantelar el esfuerzo de años de prevención y pone en peligro muchas vidas humanas.

PERO HAY OTRAS actitudes del Papa que provocan consternación. En una reciente carta, lamenta los “errores de apreciación y de comunicación” que han rodeado su decisión de levantar la excomunión a los obispos integristas seguidores de monseñor Lefebvre, opositor encarnizado al Concilio Vaticano II, entre ellos Richard Williamson, notorio negacionista del Holocausto.

Fue hecha pública el día antes de su encuentro con el Gran Rabino de Israel en un intento de cerrar la crisis abierta por esa decisión. Pero no hay ninguna referencia a otra decisión polémica: la del obispo de Recife de excomulgar a la madre de una niña de 9 años violada por su suegro y encinta de dos gemelos, y a todos los médicos del equipo que realizó un aborto terapéutico plenamente legal en un país tan restrictivo en materia de aborto como es Brasil.

Un drama familiar en un medio de extrema pobreza donde se suelen producir esos abusos sexuales y donde el aborto esta muy mal visto. La rebelión de la madre contra el entorno social para salvar la vida de su hija, en las condiciones previstas por la ley, recibe como respuesta la excomunión. En nombre del derecho a la vida, el Vaticano apoya la decisión de ese obispo, que substituyó a Helder Cámara, el obispo de los pobres, y liquidó su herencia progresista.

Un derecho que el discurso del papa en África pone gravemente en peligro.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, diciembre 06, 2008

La lucha contra el sida, una acción de todos

Por Bernat Soria, ministro de Sanidad y Consumo (EL PAÍS, 02/12/08):

A principios de los ochenta, un cuadro clínico desconocido alarmó a los especialistas. No duró mucho el desconcierto inicial, investigaciones epidemiológicas y virológicas llevaron hace 25 años a la identificación (reconocida con el Nobel de Fisiología y Medicina) del virus causante del sida, el VIH. Esto marcó el inicio de una imponente respuesta de médicos, sanitarios, investigadores, líderes políticos y sociedad civil ante una grave amenaza de salud pública.

El Día Mundial del Sida, que cumple su vigésimo aniversario, es motivo para hacer balance y reforzar los compromisos para continuar la reducción del impacto de este virus en la salud y el bienestar de la población mundial. Es mucho lo alcanzado, pero aún queda mucho por hacer.

Casi 60 millones de infectados desde el inicio de la pandemia en el mundo y la mitad han muerto. Se ha avanzado en prevención, terapias y control de la epidemia, con efecto palpable en países como España, donde ha caído mucho la mortalidad. El reto: mantener y profundizar en los avances mientras sus efectos se extienden a quienes más los necesitan. No olvidemos que sólo un tercio de los que lo requieren recibe tratamiento y que por cada persona que inicia tratamiento hay más de dos infecciones nuevas. Siguen siendo necesarios la voluntad y el liderazgo político, la aportación financiera y social sostenida y una adecuada visión científica y de salud pública.

Las sendas abiertas aportan sólidos fundamentos para afrontar el futuro y han enriquecido nuestras estrategias globales de salud pública. Hemos aprendido el valor práctico de proteger los derechos humanos y comprobado cómo la prevención es más justa y efectiva al aplicarse con respeto y luchando contra la discriminación y el estigma. Ésos son los principios rectores de la estrategia del Ministerio de Sanidad y Consumo. Para su desarrollo, contamos con la sociedad civil, las ONG comprometidas, clave de la estrategia. Y en este plano se enmarca la iniciativa del ministerio de financiar las intervenciones para corregir la lipodistrofia facial.

Nuestro enfoque es pues integral, trazando acciones que aseguran la calidad de vida de los afectados, proveen acceso equitativo, universal y gratuito a tratamientos efectivos y desarrollan acciones de alcance a colectivos desaventajados. La estrategia preventiva debe integrar el conocimiento de los determinantes sociales, por ello, prima a los más vulnerables y tiene en cuenta hechos clave en el riesgo de adquirir el VIH, como las relaciones de género.

Otro buen camino trazado ha sido el investigador. Equipos multidisciplinares trabajan estrechamente para innovar y trasladar el conocimiento a la práctica preventiva y clínica. Así, son dignos de elogio quienes aúnan un trabajo clínico excelente con una labor investigadora incansable y muestran qué incentivos guían a los profesionales de los servicios públicos de salud, la dignidad del trabajo bien hecho y la investigación que redunda en beneficios sociales. Un buen ejemplo es el ensayo en fase I de una vacuna frente al sida, desarrollada por investigadores españoles del Consejo Superior de Investigaciones Científicas dirigidos por Mariano Esteban.

El ministerio entiende que problemas como el sida requieren una oportuna gobernanza de todos. Por ello, a través de la Fundación para la Investigación y Prevención del Sida junto a la industria farmacéutica, financiamos investigaciones en este ámbito, que, gracias a la calidad y colaboración de los investigadores, están alcanzando liderazgo mundial en áreas como el trasplante hepático en personas infectadas por el VIH.

Pero la prevención sigue siendo la prioridad desde salud pública. En España, la epidemia alcanzó en los noventa las tasas de infección más altas de Europa. Hoy el curso de la infección es favorable, pero, para tener un futuro positivo y financieramente sostenible, hay que esforzarse en prevenir.

Profundizar en innovación, en gestión eficiente del conocimiento y en calidad de los servicios sanitarios es crucial en el proyecto del Gobierno de España. Esto concierne a la asistencia y a la prevención y las estrategias preventivas deben basarse en la evidencia de su efectividad. Hoy, con una epidemia que se transmite por vía sexual en cinco de cada seis nuevos casos, el acceso al tratamiento, la educación, la distribución de preservativos, el test de VIH confidencial y con asesoramiento y los mediadores son estrategias que funcionan. Debemos acercarlas a los más vulnerables.

Precisamente la equidad y solidaridad, principios básicos de la acción del Gobierno, son clave en salud pública para modificar los determinantes sociales que están en el origen de la enfermedad. Así, estos principios se extienden a nuestra política de cooperación: la ayuda española para la respuesta global a las grandes amenazas para la salud es solidaria, se fundamenta en evidencia científica y se dirige a quien más lo necesita.

Nuestra preocupación por el sida se convierte por tanto en acción, como reza el eslogan de este año de ONUSIDA, una acción basada en la aplicación práctica de los derechos humanos y en los compromisos de equidad y solidaridad, vía segura para atajar los principales problemas de salud pública global.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, octubre 13, 2008

Pasiones, premios y medallas

Por Jordi Casabona, médico epidemiólogo. Fundació Sida i Societat (EL PERIÓDICO, 13/10/08):

La historia de la ciencia, como actividad humana que es, no está exenta de pasiones, intereses y traiciones, sino todo lo contrario. Este año, la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina ha querido dejarlo claro excluyendo a Robert Gallo del anhelado galardón y concediéndolo a Françoise Barré-Sinoussi y a Luc Montagnier, en reconocimiento por su descubrimiento del virus que causa el sida.
La historia se remonta a 1983, dos años después de la descripción de los primeros casos de sida y cuando, pese a que los datos epidemiológicos sugerían que esta enfermedad podría estar producida por un virus que se transmitiera de forma similar al de la hepatitis B, no había ningún indicio sobre cuál podría ser el agente causal. Françoise Barré-Sinoussi, trabajando en el equipo de Luc Montagnier en el Institute Pasteur de París, aisló un virus en material procedente de algunos pacientes con sida, que asociaron a una linfadenopatía y al que llamó LAV.

AL AÑO siguiente, Robert Gallo en los National Institutes of Health (NIH) de Bethesda, describió un retrovirus al que denominó HTLV-III, y afirmó que era la causa del sida. Los dos virus resultaron ser el mismo agente y, como el laboratorio francés había compartido material biológico con LAV con varios laboratorios internacionales, Montagnier acusó a Gallo de haber utilizado el mismo virus que él había descubierto. Este hecho, que años después –al poder demostrar la similitud genética de ambos virus– provocó la salida de Gallo de los NIH, tensó la polémica sobre el descubrimiento del virus desde sus inicios.

Pero la polémica no solo estaba relacionada con los egos, que eran grandes, sino también con los beneficios de las patentes sobre las pruebas diagnósticas que se derivaron del descubrimiento, que eran todavía mayores. Las dudas sobre si el equipo de Gallo había incurrido en una mala praxis, tanto dentro como fuera de los NIH, generó todo tipo de especulaciones y acusaciones –unas, como siempre, peor intencionadas que otras– y los dos investigadores dedicaron ingentes cantidades de tiempo (y dinero) a explicar su versión de los hechos. El tira y afloja se arregló aparentemente en 1987 con una declaración conjunta en la que se revisaban las aportaciones científicas de ambos grupos y donde se explicitaba la voluntad de colaboración entre estos. Los gobiernos de Francia y Estados Unidos acordaron repartir al 50% los beneficios económicos derivados de las patentes, y tanto Gallo como Montagnier fueron considerados formalmente codescubridores del virus que causa el sida, denominado a partir de 1986 virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

LOS PREMIOS y medallas pretenden ser un reconocimiento a actos o trayectorias que se consideran modélicas en el marco de valores de la institución que los concede. Los ejércitos ponen condecoraciones, la Iglesia católica proclama santos y en el mundo del deporte se dan medallas y copas de metales diversos. Aunque los premios, pese a que pueden recaer en personas que se los merecen, nunca son del todo justos, porque borran matices de las historias. Las luchas, los méritos, las malas pasadas, los descréditos –merecidos o no– y las motivaciones más íntimas –a veces inconfesables– desaparecen en el momento de poner la medalla. Parece que la historia se reduce a un fenómeno binario: haber recibido el premio o no haberlo recibido. Y, evidentemente, como a menudo demuestra el conocimiento, las cosas pocas veces son en blanco o negro.

Robert Gallo y su equipo aislaron y describieron los dos primeros retrovirus humanos, el HTLV-I y el HTLV-II, en el año 1981 y 1982, respectivamente, los dos asociados con cierto tipo de leucemias. Sus investigaciones en el campo de la retrovirología y el cáncer son referentes y piezas imprescindibles para la posterior identificación y comprensión del VIH. Su carrera es brillante y llena de reconocimientos académicos, pero Gallo, cuando estaba muy cerca de alcanzar su objetivo más deseado –identificar el tercer retrovirus humano y la causa del sida–, sucumbió al canto de las sirenas y el afán investigador o el anhelo de gloria se impusieron a la siempre difícil humildad. En este caso, la de aceptar que alguien había llegado antes.

SI HUBIERA respetado ese principio, teniendo en cuenta sus capitales aportaciones a la virología humana antes y después del aislamiento del VIH, quizá ahora los galardones serían tres, y este Premio Nobel sería un poco más justo. Lástima.

Tras recibir el premio, Luc Montagnier ha declarado que Robert Gallo se lo merecía tanto como él, y su mejor enemigo, en una escueta nota de premsa, ha agradecido el gesto. Las pasiones, más o menos soterradas, seguirán su curso, pero, como bien sabía William Shakespeare, no resistirán el paso de los días: “Pero el tiempo pasa cuentas … estropea decretos reales, oscurece la belleza, despunta ávidos intentos, doblega a los fuertes al curso mudable y falso”.

Afortunadamente, la ciencia va más allá de las personas y de los premios y, pese a que la solución a la pandemia del sida todavía está lejos, el descubrimiento del VIH y sus consecuencias científicas han marcado ya un hito en la historia de la biomedicina.

miércoles, agosto 13, 2008

El glamur en torno al sida

Por Jordi Casabona, copresidente de la 14ª Conferencia Internacional del Sida. Presidente de la Fundación Sida y Sociedad (EL PERIÓDICO, 11/08/08):

Se ha clausurado en México la 17ª Conferencia Internacional del Sida (CIS), que ha tenido el mérito de ser la primera realizada en un país de América Latina, de haber contado con traducción al castellano y de haber dado la oportunidad de participar a las comunidades de esta región. Pero, como en las últimas ediciones, la reunión no ha estado exenta de polémica.

Por un lado, la falta de novedades científicas y la creciente presencia mediática han convertido las CIS en una plataforma para que gobiernos y agencias internacionales compitan por hacer visibles su contribución a la lucha contra la enfermedad, y en la que las oenegés reivindican la inclusión de sus opiniones en las agendas técnicas y políticas. Por otro, el coste cada vez más elevado (la CIS de México ha costado más de 24 millones de dólares), junto con el glamur de las recepciones que la industria farmacéutica y las agencias internacionales ofrecen, contrasta con las necesidades de los millones de personas de las que se habla. Pese a los entusiasmos de afectados y oenegés, entristece ver cómo a menudo el discurso políticamente correcto no es otra cosa que una estrategia hacia el beneficio. Ha llegado el momento de revisar la relación de coste y efectividad de las CIS y, si acaso, concretar sus objetivos y reducir su magnitud.

A DIFERENCIA de lo ocurrido en el 2002, cuando se celebró en Barcelona la 14ª –y el Gobierno español dejó pasar la oportunidad para entrar en la escena internacional de la lucha contra el sida–, el actual Ejecutivo ha hecho un claro esfuerzo para estar presente. La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y el ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria, participaron en la inauguración y anunciaron la contribución de España con 600 millones de euros al Fondo Global en los próximos años y un aumento de 10 millones en la aportación a Onusida. Pese a que estas aportaciones nos convierten en el séptimo país donante del mundo, se necesita también otro tipo de actuaciones para asegurar la presencia e influencia de la comunidad científica y las organizaciones españolas en la escena internacional.

España sigue teniendo un papel privilegiado por tener un papel básico en la cooperación con América Latina, pero para hacerlo hay que concretar líneas estratégicas y apostar por proyectos a medio y largo plazo, técnicamente sólidos y efectivos en el territorio.

En la conferencia de México se han dicho muchas cosas, y entre ellas, ¡oh sorpresa!, una vez más, que no hay ni vacuna ni microbicidas efectivos, y que se va a tardar bastante en tenerlos. Sin que esto quiera decir que no tengan que estar en las agendas de investigación, sí hay que tenerlo claro a la hora de dar prioridad los recursos y los mensajes. Podemos afirmar de nuevo que con los tratamientos antirretrovirales no se parará la epidemia, y que la infección por el virus –y su impacto– nos acompañará bastantes años. En la conferencia de Barcelona introdujimos dos componentes nuevos: la prevención y la implementación de programas. En México se ha reforzado el mensaje de que, además de garantizar el acceso a los tratamientos, hay que poner énfasis en la prevención basada en la evidencia científica y su correcta evaluación.

En España existe una gran desproporción entre los recursos destinados a los tratamientos y los de prevención, que a menudo se reducen a campañas de promoción de la salud. La prevención también tiene una base científica y hay intervenciones que se han demostrado efectivas. Por ello, los políticos deberían apoyar y exigir que las intervenciones preventivas se hagan con el mismo rigor con que se hace el trabajo clínico.

Es la ocasión idónea para los programas con objetivos concretos y evaluables que integren prevención y asistencia. Esto significa movilizar más recursos y favorecer espacios interdisciplinares de consenso. Como no tenemos tradición, es un reto organizativo y económico, pero es la única forma de asegurar los derechos de las personas con riesgo, la reducción del número de nuevas infecciones y la sostenibilidad del tratamiento de los infectados.

PASADOS 26 años desde los primeros casos de sida, estamos ante algo que es mucho más que una enfermedad. El sida se ha convertido en un fenómeno social, político y económico sin precedentes que ha contribuído a incentivar la investigación biomédica, la metodología epidemiológica y la reivindicación de los derechos humanos y civiles, como ninguna otra enfermedad ha hecho en la historia. El sida da visibilidad y genera recursos, y si bien –como tanto ha reclamado Onusida– el liderazgo y la movilización de recursos son básicos para articular una respuesta efectiva, cuando la visibilidad y los recursos se convierten en objetivos, la dificultan.

El sida y las CIS seguirán teniendo glamur, pero sería una negligencia que este nos alejara de los objetivos de la salud pública. Hay millones de personas que no se lo merecen.

jueves, mayo 22, 2008

Phobia at the Gates

By Andrew Sullivan, a senior editor at the Atlantic magazine and former editor of The New Republic (THE WASHINGTON POST, 14/05/08):

Twelve countries ban HIV-positive visitors, nonimmigrants and immigrants from their territory: Armenia, Brunei, Iraq, Libya, Moldova, Oman, Qatar, the Russian Federation, Saudi Arabia, South Korea, Sudan and . . . the United States. China recently acted to remove its ban on HIV-positive visitors because it feared embarrassment ahead of the Olympics. But America’s ban remains.

It seems unthinkable that the country that has been the most generous in helping people with HIV should legally ban all non-Americans who are HIV-positive. But it’s true: The leading center of public and private HIV research discriminates against those with HIV.

HIV is the only medical condition permanently designated in law — in the Immigration and Nationality Act — as grounds for inadmissibility to the United States. Even leprosy and tuberculosis are left to the discretion of the secretary of health and human services.

The ban can be traced to the panic that dominated discussion of the human immunodeficiency virus two decades ago. The ban was the brainchild of Sen. Jesse Helms (who came to regret his initial hostility toward people with HIV and AIDS). President George H.W. Bush sought to drop the ban, but in 1993, after a scare about Haitian refugees, Congress wrote it into law.

I remember that year particularly because it was when I, a legal immigrant, became infected. With great lawyers, a rare O visa (granted to individuals in the arts and sciences), a government-granted HIV waiver and thousands of dollars in legal fees, I have managed to stay in the United States. Nonetheless, because I am HIV-positive, I am not eligible to become a permanent resident. Each year I have to leave the country and reapply for an HIV waiver to reenter. I have lived in the United States for almost a quarter-century, have paid taxes, gotten married and built a life here — but because of HIV, I am always vulnerable to being forced to leave for good. After a while, the stress of such insecurity gnaws away at your family and health.

I am among the most privileged non-Americans with HIV. Others live in fear of being exposed; many have to hide their medications when entering the country for fear of being discovered by customs or immigration. Couples have been split up and torn apart. International conferences on HIV and AIDS have long avoided meeting in the United States because of the ban, which violates U.N. standards for member states.

This law has lasted so long because no domestic constituency lobbies for its repeal. Immigrants or visitors with HIV are often too afraid to speak up. The ban itself is also largely unenforceable — it’s impossible to take blood from all those coming to America, hold them until the results come through and then deport those who test positive. Enforcement occurs primarily when immigrants volunteer their HIV status — as I have — or apply for permanent residence. The result is not any actual prevention of HIV coming into the United States but discrimination against otherwise legal immigrants who are HIV-positive.

Would treating HIV like any other medical condition cost the United States if such visitors or immigrants at some point became public dependents? It’s possible — but all legal immigrants and their sponsors are required to prove that they can provide their own health insurance for at least 10 years after being admitted. Making private health insurance a condition of visiting or immigrating with HIV prevents any serious government costs, and the tax dollars that would be contributed by many of the otherwise qualified immigrants would be a net gain for the government — by some estimates, in the tens of millions of dollars.

In the end, though, removing the ban is not about money. It’s a statement that the United States does not discriminate against people with HIV and does not retain the phobias of the past. That’s why repeal has been supported by a bipartisan group of senators, including Republicans Gordon Smith and Richard Lugar and Democrats John Kerry and Barack Obama, in an amendment to the reauthorization of the President’s Emergency Plan for AIDS Relief. They know that immigration and public health policy should not rest on stigma or fear. For the Bush administration, removing the Helms ban would be a final, fitting part of its admirable HIV and AIDS legacy.

It’s also worth remembering that we are talking about legal immigrants and visitors, people who go through the process and seek to participate and contribute to this country. Making HIV the only medical condition that legally prevents someone from immigrating or even visiting is a signal to people with HIV that they have something to be ashamed of. That stigma is one of the greatest obstacles to tackling HIV across the world. The United States has done much to reduce this stigma; it makes no sense to perpetuate it in its own immigration policy.

People with HIV are no less worthy of being citizens of the United States than anyone else. All we ask is to be able to visit, live and work in America and, for some of us, to realize our dream of becoming Americans — whether we are HIV-positive or not.

domingo, febrero 17, 2008

Lotería C

Por Francisco Veiga, profesor de Historia Contemporánea de la Universitat Autónoma de Barcelona (EL PERIÓDICO, 29/12/07):

La desaparición del terror al holocausto nuclear de la guerra fría ha cedido el paso a una enorme colección de miedos ante los posibles apocalipsis de la globalización. Tsunamis, desastres tecnológicos mundiales, terrorismo a gran escala, desplomes bursátiles, desórdenes sociales. Es lo que Zygmunt Bauman denomina “miedo líquido”. Las enfermedades ocupan un lugar destacado entre los horrores sin fronteras: zoonosis o epidemias traídas por especies animales ajenas a nuestro ecosistema o por los más de 2.000 millones de viajeros que se mueven diariamente por todo el mundo; o alguna de las cuarenta nuevas afecciones que se han descubierto en los últimos quince años, sin posible tratamiento o vacuna. Ante ello, las autoridades y medios de comunicación nos racionan unos miedos y nos ofrecen doble menú de otros.

LA RECIENTE infección de varios niños con el virus de la hepatitis C (VHC) en el Hospital del Vall d’Hebron entra de lleno en esta cuestión, sobre todo si tenemos en cuenta que casi coincidió con el Día Mundial del Sida (VIH), otra enfermedad epidémica de los nuevos tiempos, antecesora de la nueva generación de males globales. Sida y hepatitis C tienen en común que están causadas por retrovirus y que son enfermedades de reciente descubrimiento, aunque la primera la conocemos desde hace ya más de un cuarto de siglo, mientras que el VHC fue identificado en torno a 1989.

Al margen de ello, ambas comparten una curiosa relación: si bien los sistemas sanitarios, gobiernos y oenegés impulsan campañas para la prevención del VIH, el VHC queda siempre en segundo plano. El recuerdo de la rápida mortalidad que causaba el sida en los ochenta, en contraste con la más lenta evolución de la hepatitis C, juega aquí su papel. Pero también lo tiene, al menos en parte, la falacia de que se trata de una enfermedad de difícil transmisión, propia de ambientes marginales. El peso de las cifras desmiente de plano esta temeraria concepción.

A escala mundial: si 33 millones de personas viven con el VIH, la hepatitis C afecta, grosso modo, a 200 millones. Y la prevalencia en los países desarrollados no es para nada inferior a esa proporción: hace solo un par de años, el VHC afectaba del 1,5% al 2,3% de la población japonesa; en Estados Unidos llegaba al 1,8%. En España, uno de los países con mayor incidencia de sida en Europa, se contaban en ese mismo año un total de 74.900 casos de esta enfermedad, frente a 800.000 de hepatitis C. Eso supone un 2% de la población total, como mínimo: también aquí tenemos el récord. Si en China, país especialmente castigado por el VIH, se calculaban por esas fechas unos 650.000 casos de sida, el VHC rondaba los 38 millones de afectados.

Por lo tanto, parece bastante claro que el VHC tiene una capacidad de contagio superior al VIH, máxime si tenemos en cuenta que la hepatitis C se transmite poco por vía sexual. De ahí que las explicaciones del personal sanitario del Vall d’Hebron deben ser aceptadas: los casos de contagio en los servicios de hemodiálisis no son extraños en ningún centro hospitalario del mundo. Pero, si es así, hemos de temer que la explicación esconde una confesión: las vías de transmisión del VHC no están, todavía, bien tipificadas. Lo cual explicaría el elevado porcentaje de pacientes que no tienen ni idea de dónde se contagiaron.

ASÍ QUE la hepatitis C es toda una epidemia. Tanto más temible, si tenemos en cuenta que durante años cursa de forma totalmente asintomática. Y, sin embargo, las autoridades sanitarias y los medios de comunicación no la abordan como tal. El hecho de que el tratamiento del VHC es bastante caro, puede tener su parte de culpa. También lo es el del VIH. Pero la hepatitis C afecta a muchas más personas, y quizá por ello los gobiernos y los sistemas sanitarios pueden argumentar que están luchando contra una epidemia siempre que no se hable de la otra; hacerlo contra las dos en profundidad quizá resultaría prohibitivo. En segundo lugar, el contagio con VHC resultó estar muy relacionado originariamente con prácticas médicas y hospitalarias: transfusiones, tratamientos odontológicos, simples inyecciones. El ejemplo más extremo es el de Egipto, país con unos cinco millones de casos a comienzos del 2007, legado de las campañas del gobierno anteriores a 1980 para tratar a la población rural de esquistosomiasis, una enfermedad parasitaria endémica. El tratamiento, que conllevaba varias inyecciones, no siguió modelos de higiene rigurosos y por ello extendió la infección con el VHC a casi un tercio de la población.

UNA CAMPAÑA de alerta masiva a escala internacional desataría un debate siempre inoportuno sobre la viabilidad de ciertas estructuras sanitarias y la necesidad de replantear unos controles higiénicos, que a lo peor ya no son suficientes para detener la epidemia. Y mal asunto: al final va a resultar que la hepatitis C no se puede grabar con las hipotecas morales que se le cargaron al VIH. Durante decenios, el VHC ha resultado ser una lotería en la cual los propios sistemas sanitarios han sido responsables subsidiarios: un paradójico mecanismo, a escala política, del que lleva a cabo la actividad retroviral en el cuerpo humano.