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domingo, junio 05, 2011

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Por Santiago Carrillo, ex secretario general del PCE y comentarista político (EL PAÍS, 04/06/11):

Hace unas semanas EL PAÍS publicaba una lúcida columna del profesor Santos Juliá con el título: Desalmado capital. El texto partía de la constatación de una situación que estamos viviendo en este comienzo del siglo XXI, que “los Gobiernos no son ya depositarios de la soberanía nacional, sino meros ejecutivos de órdenes que emanan de los centros del poder financiero, que los políticos han sucumbido ante las exigencias del capital llamado ahora los mercados”, y recordaba las tesis de Marx sobre el Estado, ya en el siglo XIX, tesis que han recorrido todo el siglo XX y que ahora parecen tener máxima actualidad.

Santos Juliá añade una consideración muy interesante: la burguesía de los tiempos anteriores a la formación de este “capital desalmado” fue capaz de pactar el Estado de bienestar con la socialdemocracia y de facilitar así progresos sociales y políticos considerables.

Sobre todo a partir de la II Guerra Mundial se llevaron a cabo en Europa cambios democráticos, pactados generalmente en los movimientos de resistencia antifascista, que llegaron incluso a modificar los contenidos del Estado que Marx conoció en su tiempo. El Estado de bienestar, cuyos rasgos distintivos ya no eran exclusivamente la policía, los jueces y el ejército, que se ocupaba realmente de la redistribución de la renta entre las diferentes capas de la población, que gestionaba incluso sectores de la economía devenidos de propiedad pública, experimentó modificaciones que llevaron a un marxista norteamericano, Herbert Marcuse -muy de moda años atrás-, a considerar a este tipo de Estado como un periodo de transición entre el capitalismo y el socialismo.

La “revolución conservadora” encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan y la expansión del neoliberalismo nos han conducido a un retroceso brutal. La consigna “menos Estado” se ha impuesto generalmente. Los mercados han sustituido a aquella burguesía pactista desarrollándose como una excrescencia cancerosa, que ha impuesto su dictadura sobre los Gobiernos y la política.

El poder financiero se ha convertido en una especie de dios todopoderoso, ante cuya autoridad han sucumbido gobernantes y partidos políticos históricos que en otros tiempos parecían una garantía democrática. Un dios porque no se le ve, pero se le siente y está en todas partes.

Quienes aparecen públicamente endosando la responsabilidad de sus decisiones son los políticos, los que para el pueblo que sufre la crisis aparecen como los demonios en esta constelación que se nos ha impuesto tan clara como inesperadamente.

La pérdida de la confianza en los políticos y los partidos tradicionales conlleva el peligro de una pérdida masiva de la confianza en la democracia. Se producen síntomas característicos como el crecimiento de los grupos ultraderechistas y las tendencias a la abstención electoral en la izquierda.

Mi generación conoció una experiencia, durante la crisis de los años treinta, que guarda ciertas semejanzas con lo que ocurre hoy, y perdió durante años la confianza en la democracia. Los progresistas, que velamos cómo las corrientes de capitulación se extendían en los países considerados democráticos, empezamos a pensar que la solución sería la dictadura de las fuerzas de izquierda. Los tradicionalistas se hicieron fascistas y terminaron desencadenando la Guerra Civil y trayendo la dictadura de Franco, con la ayuda de Hitler y de Mussolini.

Fue necesario que viéramos a la República en peligro, para llegar a valorar la democracia y aprender que para defenderla hay que avanzar en el terreno de las libertades, ampliándolas a las estructuras económicas y sociales.

Quizá el haber vivido esta experiencia nos haga más sensibles a los peligros que aparecen hoy.

Nos sorprende la facilidad con la que en Europa la socialdemocracia y los hombres políticos en general se han rendido a los mandatos del sistema financiero y han aceptado seguirlos resignadamente. Por eso atribuimos un gran valor a las palabras de Santos Juliá: “La nueva clase financiera, sin embargo, es desalmada: no bien el Estado ha acudido a su rescate y ya vuelve a repartirse, sobre las ruinas provocadas por ella misma, los millones de dó1ares como si aquí no hubiera pasado nada. Y si la vieja burguesía hubo de avenirse a un compromiso, es claro que a esta nueva clase el Estado no sabe o no puede protegerla de su propia codicia; no le queda más opción que destruirla”. Y el autor de este artículo hace una pregunta que es clave: ¿Quién le pone el cascabel al gato? O lo que es lo mismo, ¿de dónde pueden salir las fuerzas que supriman este poder desalmado?

Quizá haya que promover una ventolera que saque de su modorra a los Gobiernos que no reaccionan ante las exigencias de ese poder irresponsable.

Y permítaseme decir que ante la decepción de los políticos es la intelectualidad la que debe asumir responsabilidades, dirigiéndose al pueblo como lo han hecho el francés Stéphane Hessel y José Luis Sampedro y ahora Santos Juliá. Ante el hechizo que parece haber dormido en un sueño profundo a los Gobiernos y a los líderes políticos, debe ser la intelectualidad progresista quien desarrolle el nuevo pensamiento político capaz de movilizar al pueblo.

La intelectualidad y el mundo del trabajo y la juventud unidos tendrían fuerza suficiente para romper el hechizo. Hay que asumir el papel del viejo topo de hoy. En el fondo estamos ante un cambio de época que exige la entrada en liza de fuerzas intelectuales más dotadas que los políticos de a diario y exige también una alianza de los dos sectores más creativos de la sociedad: las fuerzas de la cultura y el mundo del trabajo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, enero 05, 2009

Un veneno duradero

Por Norman Manea, autor del libro The hooligans´s return; en el 2006 recibió el premio Médicis Étranger. Traducción: Carlos Manzano (LA VANGUARDIA, 04/01/09):

Este año se celebra el vigésimo aniversario del desplome del comunismo en Europa. Los jóvenes de la generación poscomunista de la Europa oriental, liberados de la complejidad de saber demasiado sobre el pasado cruel, no parecen interesarse por lo que sus padres y abuelos padecieron.

Sin embargo, la reciente revelación de la supuesta complicidad del escritor checo Milan Kundera con el estalinismo es simplemente la última del largo periodo medio de vida de un pasado tóxico. Recordamos otros ejemplos: las acusaciones de colaboración con la policía secreta lanzadas contra Lech Walesa, las controversias públicas en Rumanía sobre el pasado fascista de Mircea Eliade y los ataques sobre el supuesto “monopolio judío del sufrimiento”, que equiparan el holocausto con el gulag soviético.

Friedrich Nietzsche dijo que, si miras a los ojos al Demonio durante demasiado tiempo, corres el riesgo de convertirte en demonio, a tu vez. Un anticomunismo bolchevique, similar en su dogmatismo al propio comunismo, se ha desmadrado de vez en cuando en algunas partes de la Europa oriental. En un país tras otro, simplemente se rehízo esa mentalidad maniquea, con sus enormes simplificaciones y sus manipulaciones, al servicio de los nuevos ocupantes del poder.

También se pueden encontrar rastros residuales de pensamiento totalitario en la hostilidad a los antiguos disidentes, como Adam Michnik o Vaclav Havel, quienes sostuvieron que las nuevas democracias no debían explotar los resentimientos ni buscar venganza, como hizo el Estado totalitario, sino crear un nuevo consenso nacional para estructurar y facultar a una sociedad civil genuina. Los antiguos generales de la policía secreta y miembros de la nomenclatura comunista, intocables en sus confortables villas y con sus jubilaciones, deben de sentir gran placer al ver las cazas de brujas actuales y la manipulación de archivos antiguos con fines políticos inmediatos.

Pero el caso de Kundera parece diferente…, aunque no menos inquietante. En 1950, Kundera, entonces un comunista de 20 años, denunció, según dicen, ante la policía criminal como espía occidental a un hombre desconocido para él, amigo de la novia de un amigo suyo. Aquel hombre fue interrogado brutalmente en un antiguo local en el que la Gestapo había torturado y pasó catorce años en la cárcel. El nombre de Kundera estaba en el informe del oficial investigador, autentificado después de que un historiador lo descubriera en un polvoriento archivo de Praga.

El solitario Kundera, que emigró a París en 1975, ha declarado que eso “nunca ocurrió”. Además, la temible policía secreta de Checoslovaquia nunca aprovechó ese incidente para chantajearlo o ponerlo en evidencia. Hasta no tener más información, tanto de Kundera como de las autoridades, no se revolverá ese caso, pero, si sucedió, requiere una mayor reflexión.

Por lo que yo sé, Kundera nunca fue informador y no podemos pasar por alto que más adelante se liberó de la obligatoria felicidad totalitaria que el comunismo propagaba. El decenio de 1950 fue el periodo más brutal de la “dictadura del proletariado” en la Europa oriental, periodo de gran entusiasmo y temores terribles que envenenó las inteligencias y las almas de todos, creyentes devotos, oponentes feroces o espectadores apáticos.

Además, el caso de Kundera no es único.

En el 2006 Günter Grass, ganador del Nobel, reveló que, sesenta años antes, siendo un adolescente, fue miembro de las Waffen-SS. Y hace unos años, el mundo se escandalizó al saber que el famoso escritor italiano Ignazio Silone había colaborado en su juventud con la policía fascista. La vida diaria bajo el totalitarismo, ya fuera comunista o fascista, estuvo basada rutinariamente en una profunda duplicidad cuyos efectos son muy duraderos.

No estoy de acuerdo con quienes dicen que no debemos interesarnos en los oscuros episodios de la vida de un gran escritor. ¿Por qué no? No debemos interesarnos para fines acusadores, sino para lograr una comprensión más profunda de una utopía sangrienta, demagógica y tiránica… y de la debilidad y la vulnerabilidad humanas.

Pero ¿podemos defender justificadamente a artistas e intelectuales moralmente comprometidos basándonos en el mérito de su obra y, sin embargo, condenar a personas comunes y corrientes por delitos con frecuencia menos graves? Un ejemplo atroz de ello fue el modo como los seguidores del filósofo rumano Constantin Noica defendieron su apoyo a la Guardia de Hierro fascista y su posterior colaboración con los comunistas, al tiempo que condenaban incluso a una genérica señora de la limpieza por fregar los suelos de los despachos de la policía secreta. ¿No se debería tener en cuenta igualmente el duro y monótono trabajo de esa limpiadora para mantener a su familia, sus hijos y su propia supervivencia?

Para entender aquella época, debemos conocer y juzgar cautelosamente circunstancias ambiguas y abrumadoras, sin simplificar nunca una realidad diaria multidimensional con vistas a la consecución de fines políticos en el presente. Como mínimo, para perdonar debemos saber lo que perdonamos. En la Europa oriental actual, tanto los viejos como los jóvenes se beneficiarán de esa lección. Moisés erró con su pueblo por el desierto durante 40 años, hasta que se liberaron de la venenosa mentalidad de los esclavos.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, noviembre 21, 2008

Marañón y el compromiso ético del intelectual

Por Antonio López Vega, historiador (EL PAÍS, 18/11/08):

Recientemente se ha celebrado en Madrid la Semana Marañón en la que se ha reflexionado sobre El humanismo en la práctica médica con la obra Vocación y ética del célebre médico como trasfondo. La figura de Gregorio Marañón (1887-1960) nos permite abordar la evolución del intelectual desde comienzos del pasado siglo; la irrupción del intelectual como sujeto histórico, su acceso a la vida pública, su papel en la política y, en definitiva, plantear su función en nuestras complejas sociedades tan llenas de valores pero escasas de referentes.

Existe cierto consenso en situar el origen de la voz intelectual sustantivada en torno al conocido affaire Dreyfus y a la carta que Émile Zola escribió en enero de 1898 al presidente de la III República Francesa, Félix Faure, subtitulada por Clemenceau con el célebre J’accuse! Acto seguido, los intelectuales afloraron por Europa como consecuencia de diversos acontecimientos que generaron su movilización (por ejemplo, en Alemania, Inglaterra o España con los casos Spahn, Wilde y los sucesos de Montjuïc, respectivamente). Los teóricos han destacado que cualquier definición estática del intelectual a lo largo del siglo XX resulta inapropiada ya que su aplicación a un periodo difícilmente se ajusta a lo que se puede entender por tal en otro (antes de los años veinte conformaron una élite que se concibió como conciencia de la multitud inerte; posteriormente, salieron de su abstención política y accedieron a la “plazuela pública”; y, tras la II Guerra Mundial, el término se tendió a aplicar, exclusivamente, a personas vinculadas ideológicamente con la izquierda). Sin ánimo de ser exhaustivos, toda definición del intelectual recoge los siguientes elementos: 1. Son personas vinculadas al mundo cultural o científico; 2. Manifiestan un compromiso cívico influyendo en la política, o bien directamente, o bien a través de su criterio profesional; 3. Tienen cierta proyección social a través de los medios de comunicación, y 4. Si se quiere, constituyen cierto estatus o clase sociológica diferenciada.

Marañón vivió una época dorada de la intelectualidad. Entonces centraron el debate público y adquirieron un ascendiente social que no volverían a conocer y que llevó a Azorín a bautizar el régimen de 1931 como República de los intelectuales. Pero ¿cuál fue el camino que les llevó a esa ascendencia? Primero, concibieron su compromiso ético con la sociedad a través de su profesión. Antes de acceder a la esfera política, brillaron con luz propia en sus respectivas disciplinas. Marañón supone un buen ejemplo. Sus trabajos científicos y experimentales se centraron en la lucha contra las enfermedades infecciosas y en el impulso de la endocrinología,en lo que fue pionero en nuestro país. Al filo de los años veinte gozaba ya de un amplio prestigio internacional como consecuencia de algunas de sus aportaciones a la ciencia clínica.

Segundo, fue en ese ejercicio profesional donde se plasmó en un inicio su compromiso ético con la sociedad. Así, Marañón publicó desde 1917 artículos en los que se refleja una profunda preocupación por la situación sociosanitaria de los sectores más desfavorecidos (mendicidad, infancia desfavorecida, etcétera). En 1918 viajó a Francia para estudiar la etiología de la catastrófica pandemia gripal que asolaba buena parte de Europa. También por entonces impulsó, conforme a los parámetros médicos más vanguardistas, la construcción del Hospital del Rey o de Enfermedades Infecciosas. O, en junio de 1922, tuvo lugar su célebre viaje a Las Hurdes con Alfonso XIII a partir del cual se pusieron en marcha acciones terapéuticas que paliaron el hipotiroidismo congénito y endémico de su población. Pues bien, fue a partir de entonces cuando, con mayor o menor fortuna, se implicó en la vida política nacional.

Tercero, Marañón, como aquellos intelectuales de la Edad de Plata de la Cultura Española y a diferencia del profesional de la política, concibió su acceso a la política como un servicio a su país, como una responsabilidad ética para con sus conciudadanos. Es conocido cómo durante la Dictadura de Primo de Rivera enarboló la bandera del liberalismo. Con la crisis de la Monarquía fundó, junto a Ortega y Gasset y Pérez de Ayala, la Agrupación al servicio de la República. Con la sublevación militar de julio de 1936, tras un inicial apoyo al Gobierno legítimo, los acontecimientos revolucionarios que vivió en Madrid en los meses de agosto y septiembre le distanciaron del régimen republicano. Una vez llegado a París, apoyó al bando autodenominado nacional,percatándose entonces del peligro que llamaron de bolchevización del Gobierno de Madrid, pero minimizando la amenaza fascista durante la guerra, entendiendo que daría lugar a una dictadura que contemplaba como transitoria hacia una nueva era liberal depurada de errores pasados. Como miembro de la que se ha conocido como Tercera España, ya desde los meses finales de la propia Guerra y hasta el final de sus días, insistió en la necesidad de la reconciliación nacional para la construcción de la futura España. A través de un liberalismo posibilista que, como es sabido, no tuvo traducción política, reivindicó la libertad como valor humano esencial, el respeto y tolerancia hacia las ideas de los demás y, derivado de ello, la españolidad del exilio (frente al discurso de la Antiespaña elaborado por el régimen franquista). Como expresó Miguel Artola con ocasión del centenario del nacimiento de Marañón, su “mayor aportación política fue sin duda haber levantado la bandera del liberalismo, de la libertad, en una época en que pocos o ninguno podían hacerlo”.

Y cuarto, compartieron lo que Habermas ha llamado “patriotismo constitucional” y que para el caso español aquí tratado podemos denominar por razones históricas como “patriotismo cívico”. Aquellos intelectuales, antes de la Guerra Civil, con independencia de su adscripción político-ideológica, conocían y compartían España, tenían un arraigo por lo español, sus tierras, gentes, lenguas, costumbres, folklore, gastronomía, etcétera. Si por la mañana moderados y liberales, conservadores y progresistas, católicos y agnósticos, debatían en la prensa, por la tarde compartían tertulia, como por ejemplo, por citar un caso pertinente a lo aquí tratado, en casa de Manuel Marañón, en Santander, se reunían Galdós, Pereda y Menéndez Pelayo. Fue la identificación exclusiva de lo español con lo nacional-católico durante el franquismo la que enajenó de esa corriente que venía desde las Cortes de Cádiz a la tradición liberal-progresista y por la que habían pasado desde Jovellanos, Argüelles o Giner de los Ríos hasta Azaña, Fernando de los Ríos o Julián Besteiro.

Después de aquella época dorada de la intelectualidad, los estudiosos se sumieron en un intenso debate con motivo de los fallecimientos de Sartre y Raymond Aron en 1980 y 1983, respectivamente. Entonces se abrió camino la tesis de que había desaparecido ese intelectual universal e, incluso en los últimos ochenta, se llegó a hablar de la “muerte de los intelectuales”.

Con todo, en los últimos años ha irrumpido un tipo de intelectual que continúa teniendo presencia pública, si bien no goza de la popularidad de aquellos otros. Estos intelectuales de hoy manifiestan sus juicios en relación, sobre todo, con el área de conocimiento en la que son especialistas. Con independencia de su posible implicación y compromiso político directo (como en las últimas elecciones francesas -Glucksman, Levy-, o en nuestro propio país con la implicación de Savater y otros en UPD), retoman su papel en nuestras sociedades como conformadores de opinión pública y publicada.

Posiblemente hemos dicho adiós a aquel tipo de intelectual aclamado que ha existido durante buena parte del siglo XX. Sin embargo, bienvenidos sean de nuevo los intelectuales que pueden y deben ser decisivos para construir un mundo mejor.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, septiembre 23, 2008

La evaporación del intelectual

Por Álvaro Delgado-Val (ABC, 20/09/08):

¿QUÉ ha sido de los intelectuales? ¿Dónde están? ¿Por qué no consiguen hacerse oír sino rara vez acerca de las grandes cuestiones sociales? Sugiero que enfilemos esta intriga mediante un experimento virtual. Supongamos que se ha dividido a la población en tres estratos, con arreglo a un criterio generacional. El estrato más antiguo comprende a los españoles de cincuenta o más años; el segundo, a aquellos cuya edad se sitúa entre los cincuenta y los veinticinco; en el último, se agrupa la cohorte de los bisoños. Imaginemos, a continuación, que aparece, sobre una gran pantalla luminosa, la pregunta con que se abre esta Tercera. Mi conjetura es que los más talludos echarían en falta a pensadores del corte de Sartre. Serían menos precisos en la réplica los de mediana edad. Y los más jóvenes pondrían cara de póquer, porque ya no saben lo que es un intelectual. Para los que están estudiando una carrera en la universidad, o buscan trabajo después de haberse licenciado, la palabra «intelectual» se halla tan horra de resonancias concretas como «linotipista», «aladrero» o «calero». Voces, todas ellas, referidas a oficios antañones y como perdidos en la bruma del pasado.

No entraré aquí en el problema de si es bueno o malo que muchos jóvenes se queden de una pieza al oír la palabra «intelectual». Lo que me interesa, es discutir el motivo de esta curiosa nesciencia, curiosa al menos desde el punto de vista de quienes cargamos con más de medio siglo a las espaldas. Recorreré tres hipótesis, de más a menos popular. La primera, y más popular, es también la menos convincente, a poco que se examine con un mínimo de detenimiento. En 1946, en el prólogo a la segunda edición de La trahison des clercs, Julien Benda enumera algunos de los episodios que en su opinión han confirmado el incumplimiento por los intelectuales de su misión, la cual estriba, o habría de estribar, en defender públicamente las causas de la justicia y la verdad. Benda menciona el aturdimiento de sus colegas frente a los fenómenos nazi, mussoliniano, y franquista, pero no suelta prenda sobre Stalin. Y es que Benda persiste en considerar que no se puede abordar el comunismo con la misma contundencia moral que a los fascismos. El diagnóstico sería entonces claro: Benda tuvo razón en un cincuenta por cierto, aunque sólo en un cincuenta por ciento. Un número ingente de intelectuales, en efecto, se puso del lado de los fascismos a lo largo de los veinte y treinta. Pero fue también desmesurado el concurso de quienes, en la tacada siguiente, siguieron apostando por Stalin o no acertaron a comprender lo que éste representaba. Benda constituye un buen ejemplo, según lo revela su filocomunismo durante los primeros compases de la Guerra Fría. Se consumaron, en fin, dos errores históricos complementarios, cuya suma compone un error total. Pocos, poquísimos, habrían pasado la doble criba, de donde ha venido a ocurrir el ingreso del gremio, del gremio en bloc, en un desprestigio irreversible. En España la longevidad del franquismo y, por lo mismo, la prolongación de actitudes más conformes con los tiempos de la Komintern que con los de la segunda mitad del XX, habría agravado el síndrome.

¿Todo en orden? No. Es cierto que resulta muy complicado superar, en vanidad y tontería, al tándem formado por Sartre y Simone de Beauvoir. Ahora bien, si los predicadores -sagrados o laicos- estuvieran condenados a desaparecer por equivocarse repetidamente, no existiría, en este momento, la Iglesia Católica. Y sin embargo, y a despecho de tal cual alifafe, la Iglesia continúa disfrutando de innegable salud. De modo que conviene explorar tesis alternativas. Les propongo una que es sociológica y hace completa abstracción de las ideas. Reza así: el intelectual ha sido depurado por la democratización de la sociedad. «Democratización» sustantiva un verbo, «democratizar», que asociamos a la universalidad del voto y a la participación de todos en la administración de la cosa pública. Pero no es esto lo que tengo in mente, entre otras razones, porque no creo que la extensión universal del sufragio se haya traducido en una forma colectiva de autogobierno, en la acepción clásica del concepto. Lo que aquí quiero significar por la especie «democracia», es una regulación de los recursos, y de las costumbres, determinada ante todo por lo que desea la gente. En este sentido, el vehículo máximo de democratización ha sido el mercado. El mercado estimula la producción de aquellas mercancías de las que existe más demanda. De igual modo, premia a las personas de las que existe más demanda, o por utilizar una fórmula menos brutal, a las personas que interesan y gustan más. La consecuencia, es que en una sociedad democrática las estrellas de rock o de la televisión ocupan, moralmente, el primer plano. El clerc de Benda, el predicador sin alzacuello, habría conocido su momento más dulce en sociedades de tránsito, colgadas entre la estructura levítica de la sociedad antigua, y la actual, donde el peso de una idea se mide por los índices de audiencia o su instalación en medios subvencionados a través de la publicidad. El diario republicano, que fue el instrumento de agitación de los dreyfusards, los primeros intelectuales netos de la era contemporánea, se correspondería con ese momento fronterizo. Zola no era, ni Goethe, ni Paulo Coelho. Pero escribía novelas que leía mucha gente, y participaba, a la vez, del prestigio de aquél y de la ubicuidad de éste. Fin de la historia. Para los intelectuales, claro.

No descreo del todo de esta hipótesis. No obstante, mi preferida es la tercera, más misteriosa, más confusa. ¿Qué aventura la tercera hipótesis? En esencia, que se ha hecho muy difícil referir historias. El fenómeno está relativamente bien filiado en el campo estricto de la literatura. Autores archimodernos -Joyce, Kafka, en cierto modo Proust, más tarde, en Italia, Gadda- empiezan a no terminar lo que escriben -Gadda no remata, prácticamente, ninguno de sus libros-, o a acabarlo en falso, o a estirar la narración sin que en ella se arranque a pasar nada. El bloqueo es intrigante, y arguye la suspensión de la premisa principal sobre la que se sostenía la novela decimonónica: a saber, que la vida tiene sentido -por eso existe planteamiento, nudo y desenlace-. En La Veuve Couderc de Simenon, o en L´ étranger de Camus, aparecidas ambas en 1942, la falta de sentido se convierte en el propio sujeto de la novela. Es posible, desde luego, que haya sido un desarrollo autóctono de la técnica narrativa el causante de la parálisis. Pero no es menos posible que el atasco de Gadda y compañía anticipara un proceso más hondo, que quizá cupiese resumir en la idea de que nos hemos quedado sin modelos. No tenemos un modelo de lo que es el hombre, ni de lo que ha de ser, y por tanto, hemos desaprendido el arte de interpretar melodías morales. Enfrentados a un pentagrama en blanco, los herederos de Zola -o de Ortega- no atinan a producir música en materia de ética o buenas costumbres. Desde esta perspectiva, el silencio de los intelectuales no sería fruto de sus errores pasados, sino del hecho de que no existen marcos, esquemas, en cuyo interior sea agible dibujar un itinerario ideal del Homo sapiens a su paso por este valle de lágrimas.

La situación parecerá excelente al libertario, que siempre ha sentido aborrecimiento hacia la índole petulante, y en último extremo autoritaria, de esos croquis panorámicos en cuya ejecución se atarearon los clérigos bendianos. El punto, es si la anomia libertaria es viable. Para serles sincero, no las tengo todas conmigo.