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jueves, abril 30, 2009

Sochi’s Olympic Troubles

By Boris Nemtsov, former deputy prime minister of Russia and former governor of the Nizhny Novgorod region. He is a leader of the Solidarity opposition movement (THE WASHINGTON POST, 25/04/09):

My country has produced some of the best Olympic athletes in history, but some things about the preparations for the 2014 Winter Olympics, which are to be held in the Black Sea resort city of Sochi, are very disturbing.

I was born in Sochi and am running for mayor in tomorrow’s election, which has been marked by all the usual traits of “managed democracy”: My Kremlin-backed opponent enjoys a vast administrative and media advantage, while my campaign materials are being confiscated and my supporters are constantly harassed. But the state of democracy in Russia is only one of my concerns: Based on the current plans, Sochi is simply not capable of hosting the Olympics, and continuing with the current approach threatens the well-being of the people of Sochi and the entire region.

Already, hundreds of residents have been evicted from their homes. Thousands more are being forced into “lease” agreements with the regional government. The beaches that have long attracted tourists in summer are slated to become loading ramps for the heavy machinery necessary to build Olympic facilities. It is understandable that residents have opposed the outsized disruptions that the Olympic preparations would bring.

Environmental groups, including Greenpeace, have raised concerns about the irreparable damage these preparations are doing to the rare ecosystem of the West Caucasus. Flora and fauna are being bulldozed. Construction practices undertaken with no regard for the environment are leading to landslides and other scars on a World Natural Heritage Site.

Then there is the question of graft. Russia’s initial Olympic bid included investment promises of up to $12 billion. But the corporations the Kremlin has been counting on in this effort have been diminished by the economic crisis. Russia’s finance minister told the Financial Times last week that Russia might return to borrowing money on international markets sooner than expected. It’s hard not to wonder whether, in five years, having built an improbable Winter Olympics base will prove to have been the best use of the state’s currency reserves. Even if the funding does go forward, are the appropriate controls in place to guard against epic levels of corruption?

Sochi is a beautiful subtropical coastal resort. For decades it has been a popular summer destination for Russians. The streets are lined with palm trees. Little wonder that people might scratch their heads in confusion when told this city will host the Winter Olympics.

It should also be noted that Sochi is between Russia and Georgia, caught in the zone of military tensions that boiled over into armed conflict last August. Given that Russia has recognized the independence of the neighboring breakaway region of Abkhazia and decided to place a military base there over Georgia’s objections, a new military conflict cannot be ruled out. This creates an unprecedented threat to the security of the Games: No Winter Olympics has ever been conducted so close to the heart of an armed conflict.

Our athletes unquestionably deserve the honor of hosting the Olympic Games in Russia. But the effects of hosting the 2014 Winter Games in Sochi, based on present plans, would be disastrous for this city and its residents. During the 1980 Moscow Games, sporting venues were spread across the country. I would recommend a similar approach for 2014. Unlike current Russian politics, Olympic sports champion fairness and good sportsmanship, and we can use their positive influence. But the preparations for the Games must be done in the right way.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, febrero 14, 2009

Madrid 16: el valor de la solidez

Por Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid (ABC, 14/02/09):

Arnold Toynbee nos enseñó que una civilización no declina mientras es capaz de ofrecer respuestas creativas a un determinado desafío. Y además nos recordó que, en nuestro tiempo, esa reacción vivificante se produce desde un entorno urbano configurado por auténticas Ciudades en marcha. Por eso no es exagerado afirmar que, en medio de una realidad problemática como la que actualmente afronta el mundo, Madrid se puso en marcha este mismo jueves en Lausana. Ese día entregó al Comité Olímpico Internacional los tres tomos de un dossier de candidatura cuyo aliento primordial incita a una profunda renovación no ya de la ciudad, sino de todo el país, y quién sabe si de un mundo que, ante los problemas sobrevenidos, se pregunta qué hacer. Porque la candidatura de Madrid aspira a convertirse, de la mano del ideario olímpico, en un camino de esperanza hacia el orden nuevo que está por construir.

Por eso Madrid 16 no es un proyecto que sobrevuele la crisis o que intente obviar sus dificultades. Antes al contrario, lleva en su seno las claves para dar con esa respuesta creativa que se necesita frente a esta realidad adversa. En ocasiones, anticipando en las seiscientas páginas del dossier la agenda de prioridades y debates emergentes que una situación de mudanza como la presente nos plantea: el regreso a ciertas actitudes de responsabilidad que habían sido temerariamente relegadas; el aprecio por los logros tangibles y la desconfianza ante las quimeras; la sostenibilidad como elemento sustantivo de nuestra manera de vivir y producir; la solidaridad en tanto que pilar de carga de una sociedad estable y cohesionada; la colaboración entre la esfera pública y la privada como garantía de seguridad y dinamismo; o el equilibrio entre Estado y sociedad en que se expresa lo anterior.

Empezamos a cobrar conciencia ahora de que el decaimiento de la economía obedece al furtivo abandono que se ha producido del sistema de valores que la vertebraba. Y justo en este momento en el que afloran los efectos devastadores de la codicia y la especulación, el olimpismo resurge con un repertorio opuesto de principios -el esfuerzo diario por mantener lo conseguido, el afán de superación basado en un cálculo de posibilidades razonable, el respeto escrupuloso a las reglas del juego, la confianza en el compañero de equipo y aun en el adversario leal- que le permitió atravesar con integridad todos los avatares del siglo XX. Y aunque ignoramos todavía si el mundo no caerá en la tentación del miedo y el aislacionismo, también puede ocurrir que las grandes convocatorias globales, como la que representa la cita olímpica -la mayor fiesta del planeta, que suscita una audiencia de 5.000 millones de personas- nos ayuden a avanzar juntos por el camino de la cooperación.

Por otra parte, sabemos, gracias a Galbraith, que ni siquiera la vigorosa política keynesiana pudo revertir la Gran Depresión en lo que a niveles de desempleo se refiere. No fue hasta que se produjo una situación límite y de propia superviviencia de nuestro sistema de valores, con todo su potencial movilizador, cuando un modelo socioeconómico nuevo situó al mundo en la senda del desarrollo. Hoy nos encontramos ante la necesidad de un revulsivo semejante que sustituya la violencia por el ingenio, no sólo en el ámbito de la innovación tecnocientífica, sino también en nuestro modus vivendi. La candidatura olímpica de Madrid indaga en la solución a ese reto desde el momento en que se apoya en las energías renovables y se impone a sí misma rigurosas medidas de ahorro y eficiencia. Igualmente, cuando concibe una Villa de Medios cuyos módulos serán después desmontados para ser aprovechados con fines sociales en cualquier parte de España o del mundo, o al transformar la Villa Olímpica en un ámbito urbano sostenible en el que una parte se convierte en vivienda pública protegida. Esa conciencia de que los recursos no son ya ilimitados, y de que por tanto hay que hacer más con menos, esa preocupación para que cada infraestructura olímpica tenga asignada una función posterior a los Juegos, conforme a un Plan de Legado y una Comisión que lo aplicará, son señas de identidad características de la propuesta de Madrid, que, en su respuesta a la necesidad de perfilar un modelo productivo basado en la innovación y en una auténtica economía del conocimiento, ha adquirido también el compromiso de intensificar la capacidad de conexión de la ciudad mediante redes de fibra óptica y telefonía móvil de cuarta generación.

Con todo, la principal ventaja de Madrid es su naturaleza como ciudad de síntesis, donde tradición y modernidad se equilibran y logran definir un entorno urbano de escala humana en el que es posible garantizar la acogida más calurosa y hospitalaria que unos Juegos Olímpicos y Paralímpicos hayan recibido jamás. No hay que olvidar que la salida a la crisis se producirá cuando acertemos a combinar el regreso a los valores de seguridad y estabilidad con la audacia del corazón que es necesaria para volver a asignar un valor ético a cada iniciativa, de acuerdo con una renovada escala de principios.

La fiabilidad que en estos tiempos de incertidumbre ofrece Madrid no tiene posible competidor. La solidez de su propuesta procede no sólo del hecho de que el 77 por ciento de las infraestructuras estén ya construidas o en ejecución, sino también de su diseño compacto y sostenible, donde el 85 por ciento de las sedes deportivas se concentran en un radio de 15 kilómetros, en el Este de Madrid -el corazón de los Juegos- y junto al río -el pulmón-. La ciudad misma ha acometido la transformación urbana más profunda recientemente experimentada por una capital europea, detrás sólo del Berlín posterior a la caída del muro. El transporte público, con una de las mejores redes del mundo, los recintos feriales, el aeropuerto, que para entonces debería llevar ya el nombre de Adolfo Suárez, o las líneas de alta velocidad ferroviaria, son parte de ese proceso que ha hecho de esta ciudad la tercera capital de Europa junto a Londres y París.

Un gran gobernante italiano dijo que un político atiende a las próximas elecciones mientras que un estadista piensa en la próxima generación. Por lo que se refiere a la candidatura de Madrid, todos -las más altas instituciones del Estado, las Administraciones, los partidos políticos, los agentes sociales- han demostrado esa actitud responsable, empezando, naturalmente, por la única institución que en todo tiempo se mantiene inserta en esa perspectiva duradera del interés general: la Corona. No sorprende, pues, que la candidatura de Madrid, apoyada por nueve de cada diez españoles, destaque por su capacidad para conciliar la iniciativa de las instituciones y la participación de la sociedad. Todo hace pensar, en fin, que los Juegos puedan ser un principio razonable para ese horizonte sugestivo de vida en común que Ortega le pedía a España. Así lo vivimos con motivo de los Juegos de Barcelona y lo intuimos en nuestra anterior experiencia olímpica. Porque ante las empresas decisivas -la Transición a la democracia, el ingreso en Europa, la entrada en la moneda única…-, los españoles hemos demostrado una poderosa unidad de fondo que merece otra oportunidad para brillar.

Trabajar por unos Juegos Olímpicos y Paralímpicos en Madrid es contribuir a un mundo mejor, más seguro y sostenible. El legado que dejarían en la capital de España comienza antes incluso de la designación, porque incluye el propio camino de cambio al que nos convoca. Marcará a una generación entera, que a su vez educará a la siguiente en los mismos valores de esfuerzo y generosidad. Y aunque no sabemos cuántas cosas serán distintas la tarde del 5 de agosto de 2016, lo que es seguro es que, si desarrollamos el concepto humanista que palpita en esta candidatura, esa ceremonia inaugural tendrá buenas razones para el júbilo. Porque el mundo festejará algo más que el comienzo de unas pruebas deportivas. Estará celebrando el momento en que la Humanidad se sobrepuso a sus contradicciones y cambió a tiempo. De momento, y hasta que seamos llamados a esa responsabilidad, sólo podemos repetir las palabras de Coubertin en una hora semejante a ésta: «Los tiempos son difíciles todavía; la aurora que se anuncia es la del día siguiente a la tormenta, pero hacia el mediodía el cielo se aclarará y los brazos de los segadores se verán de nuevo cargados de doradas espigas».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, septiembre 05, 2008

La resaca olímpica

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, Casa Asia-IGADI (EL PAÍS, 29/08/08):

Se ha especulado mucho, y negativamente, sobre la capacidad de los Juegos para facilitar una evolución democrática en China. Si bien es verdad que el Pekín de hoy poco o nada tiene que ver con el Seúl de 1988, el vaticinio final pudiera resultar más complejo, habida cuenta que la necesidad de una cierta democratización parece interiorizada en el precavido y temeroso liderazgo chino a juzgar por las decisiones del XVII Congreso del Partido Comunista (PCCh) de octubre pasado y que, por sí sola, la represión como solución no parece una alternativa aceptable ahora para encarar algunos de los desafíos más destacados de la agenda china.

A este respecto, no debiéramos infravalorar la proyección de algunos frentes que, en lo político, han dejado abiertos los Juegos. El primero, y probablemente el más fácil de gestionar por las autoridades chinas, guarda relación con las actitudes adoptadas por algunos gobiernos occidentales que se han sumado a las críticas en materia de derechos humanos o de respeto a la identidad tibetana, entre otros. La presencia en la ceremonia inaugural de buena parte de los principales líderes de la comunidad internacional y la atlética bajada de cerviz de alguno dan cuenta de la capacidad de China para recomponer los “malentendidos” e implicar en sus estrategias a los actores económicos y políticos más influyentes de Occidente, cuyos nobles principios rivalizan mal con los sagrados intereses que deben defender. Pero las tensiones subsistirán.

El segundo afecta a la opinión pública internacional. Uno de los principales objetivos de China era utilizar estos Juegos para mejorar la percepción global de su emergencia. No obstante, no parece haberlo logrado, al menos en el grupo de países más desarrollados, donde numerosos medios de comunicación se han recreado en la divulgación del lado oscuro de su proceso de reforma. Esa negativa imagen de China, a veces descontextualizada, ya no sólo se ve afectada por el atraso, la pobreza o la repercusión de sus exportaciones en el empleo o la producción locales, sino también por otros asuntos, ya sean las controvertidas prácticas laborales, la inexistencia de transparencia informativa o la negación misma de valores globales. Paradójicamente, esta quiebra en la seducción global de China se produce al tiempo que el presidente Hu Jintao promueve reformas sociales y anuncia innovaciones políticas que, por otra parte, suponen un último intento de lograr la cuadratura del círculo: más democracia con más PCCh. En términos generales, la lectura exterior de estas iniciativas es objeto de rechazo poniendo al descubierto sus hipotéticas incoherencias al interpretarlas como un sucedáneo incapaz de propiciar cambios significativos, ya sea mayor igualdad o una más efectiva participación social.

El tercero afecta al orden interno y a las expectativas de democratización de la propia sociedad china. Los líderes del PCCh hace tiempo que han tomado buena nota de la dificultad de mantener a largo plazo su estrategia de dos velocidades. Saben que no pueden ignorar ciertas críticas, aunque respondan a ellas con evasivas que tanto se nutren de la singularidad civilizatoria, de su desigual desarrollo social o del recurrente patriotismo. Pero el propio ritmo interno de la reforma puede exigir una mayor concreción, forzada no tanto por las demandas de las capas medias o los nuevos poderes económicos, bien acomodados en la situación actual, como por la necesidad de abrir espacios que permitan una gestión más democrática de unas tensiones sociales que podrían agravarse en esta etapa postolímpica y cuyo desenlace, bajo ningún concepto quisieran dejar al azar.

Las turbulencias internas proliferan en China, aguzadas, de una parte, por la incertidumbre de una situación económica en la que se advierten signos de cierta inquietud (aumento de la inflación, de los precios de los alimentos, crisis inmobiliaria y de la Bolsa, etcétera). En una economía en transición como la china, el Gobierno dispone aún de poderosas palancas para influir de modo decisivo en el control de ciertos fenómenos, como ha podido demostrar durante la celebración de los Juegos con el propósito de garantizar la estabilidad general. No obstante, pese a intentarlo visiblemente, más difícil puede resultarle encarar en positivo los desafíos sociales que erosionan su legitimidad cuando el crecimiento se modere y las dificultades sigan creciendo si, como parece, los problemas que enfrenta no son fenómenos coyunturales sino estructurales y derivados de las incongruencias y asimetrías del propio sistema.

Los notables éxitos reflejados en el medallero olímpico y el paseo espacial programado para octubre ofrecerán otra pequeña tregua, pero difícilmente pueden subvertir el clima social subyacente y que algunos viejos dirigentes comparan ya, abiertamente, con el existente en tiempos del Kuomintang por ese irrespirable nivel de corrupción que el Gobierno central no consigue atajar. La “benevolencia” del PCCh pierde crédito ante el olvido de la “virtud”, a pesar de la inmensa transformación que ha propiciado en las últimas décadas, positiva en muchos aspectos aunque siempre a caballo de abusos y otros múltiples efectos perversos.

Descartado el inmovilismo y con la credibilidad del PCCh así de afectada, a pesar del elevadísimo nivel de ocupación socio-política que ha desplegado y su nuevo perfil tecnocorporativo, difícilmente le bastará con demonizar a los “enemigos” del renacimiento de China para disponer de los recursos morales que le permitan seguir cohesionando en exclusiva tan complejo magma, calmando las ansias de una reforma política que podría abrir otras vías de satisfacción para quienes hasta ahora han resultado escasamente beneficiados por el cambio. A poco sabrán también los intentos de reconducirla por la vía de la transformación del PCCh en un eficaz cuerpo de administradores que haga innecesaria cualquier forma de pluralismo efectivo. Ese debate, ya presente y abierto en los medios académicos, pudiera ser la clave de la próxima renovación generacional, prevista para 2012.

Los Juegos han supuesto un desafío de apertura para un poder acostumbrado a manejarlo todo desde arriba, incluido el fomento del impulso cívico desde la base. La opacidad y el maquillaje informativo, duramente sometidos a prueba, fueron parte de una misma estrategia que, en rigor, no puede darse por exitosa. Los múltiples agujeros advertidos no sólo dan cuenta de la inutilidad del empeño en controlarlo todo sino, a sensu contrario, de la fortaleza añadida que puede suponer la transparencia. Habrá balance e interpretaciones diferentes de dicha gestión y es probable incluso un primer apagón momentáneo, pero será imposible sostenerlo siquiera a corto plazo. China sólo puede abrirse más.

El mayor contacto y exposición al exterior que han significado los JJ OO dejan tras de sí un legado que fortalecerá el debate sobre la transformación democrática. Es verdad que, por el momento, quizás no tanto como principio y sí más como instrumento para proyectar una nueva estabilidad, pero alejando aquella otra percepción que identifica la pluralidad como un mero mecanismo de penetración destinado a facilitar las alianzas de poderes locales e intereses ajenos empeñados en lograr la sumisión y docilidad de la nueva potencia económica.

La disyuntiva entre reeditar el paternalismo confuciano, como nos sugirió la ceremonia inaugural, recuperar el control partidario y gubernamental de los tímidos impulsos de apertura promovidos al abrigo de los Juegos, o democratizar de forma efectiva la sociedad y sus relaciones con el poder, quizás siguiendo el ejemplo taiwanés (que coincidiendo con los Juegos ha admitido el registro del Partido Comunista de la isla, ilegal desde 1931 en la China nacionalista), abriendo camino a un ejercicio progresivamente independiente en áreas decisivas (la justicia, medios de comunicación) y a otra visión de la gestión de conflictos que favorezca la erradicación de temores obsesivos, es la cuestión central sobre la que deberá pronunciarse esa amplia e influyente intelectualidad china que, desde dentro, comulga parcialmente con algunos segmentos del poder, al tiempo que pondera un cuestionamiento esencial de las políticas públicas y acomete una redefinición del concepto de estabilidad, auténtica clave del avance o retroceso del proceso democratizador en la China actual.

jueves, septiembre 04, 2008

Política y Juegos

Por Bob Dietz, coordinador para Asia del Comité para la Protección de los Periodistas, CPJ (EL CORREO DIGITAL, 27/08/08):

A medida que se acercaban los Juegos de Pekín entre críticas crecientes, China concentró sus esfuerzos en alejar el contenido político de la información olímpica. Una semana antes de la inauguración, la prensa local marcó la senda a seguir al destacar el encuentro del presidente Hu Jintao con una selección de algunos periodistas extranjeros. El mensaje era claro: «No mezclen la política con los Juegos», titulaba el diario oficial ‘China Daily’ en su edición de fin de semana. Para quienes no captaron el mensaje, el editorial principal de la edición, titulado ‘La excusa de los derechos humanos’, entrecomillaba la siguiente frase: «La politización de los Juegos Olímpicos no respeta el espíritu olímpico».

Cuando Pekín fue proclamada en 2001 sede de los Juegos de este año, China y el Comité Internacional Olímpico (CIO) realizaron una promesa muy clara y específica: «No habrá restricciones sobre los periodistas cuando cubran las Olimpiadas», se comprometieron entonces los dos organizadores. El COI verificó la promesa china en su evaluación de las ciudades que competían por albergarlos, al asegurar que «la Comisión ha recibido la confirmación de que no habrá restricciones informativas». Es evidente que no ha sido el caso.

El popular sitio de comercio musical ‘Apple iTunes’ fue censurado en plenos Juegos cuando las autoridades descubrieron que unos 40 atletas habían descargado temas del álbum ‘Canciones para Tíbet’, publicado el 5 de agosto. Por otra parte, un diario de Hong-Kong sacó a la luz el pasado 12 de agosto una directiva secreta del Departamento Central de Propaganda chino que especifica una veintena de temas tabú para la prensa local: la disposición de asientos de los dignatarios extranjeros, la seguridad alimentaria, el uso de cualquier fuente que no sea la agencia oficial de noticias Xinhua y, por supuesto, la cobertura de las actividades en las tres zonas -vacías- habilitadas por el Gobierno para las protestas.

¿Qué relación existe entonces entre la política y los Juegos? La Carta Olímpica es muy elocuente a este respecto. El Artículo 1 de los Principios Fundamentales que abren este documento afirma que «el Olimpismo es una filosofía de vida que exalta y combina en un todo equilibrado las cualidades del cuerpo, la voluntad y la mente. Mezclando el deporte con la cultura y la educación, el Olimpismo aspira a crear un modo de vida basado en el disfrute del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por principios éticos fundamentales universales». Son estos «principios éticos fundamentales» los que me parecen más relevantes en esta situación. Por su parte, el Artículo 2 se refiere también a algo que va más allá de la competición atlética: «El objetivo del Olimpismo es situar el deporte al servicio de un desarrollo armonioso del hombre, para promover una sociedad pacífica comprometida con la preservación de la dignidad humana».

Entonces, ¿los Juegos no son política? El 1 de agosto, el presidente del COI, Jacques Rogge, y Liu Qi, presidente del comité organizador chino, rubricaron sus nombres en el Muro de la Paz y la Amistad, en la Plaza de la Paz de la Villa Olímpica. Rogge escribió: «El mundo de hoy es un lugar en el que es difícil vivir por sus numerosos conflictos entre y dentro de las naciones, pero -añadió- la Villa Olímpica no es uno de esos lugares». Liu destacó que el Muro dejaría un legado hermoso de paz, amistad y desarrollo global, mientras que el ‘China Daily’ apuntaba que Rogge había renovado la tradición de la Grecia clásica de la «tregua olímpica».

Se trata de brillantes ideales internacionalistas, que trascienden el enfoque limitado que encierran esos ‘¡Vamos, España!’ o ‘Go USA!’ que han dominado las pruebas. Unos ideales que son políticos en su más pura esencia. Y ésa es precisamente la idea que subyace en los Juegos modernos. Si China no quiere asumir los principios de transparencia compartidos en todo el globo, es la decisión de China. Pero no debería engañar prometiendo primero que garantizarían la libertad de prensa, como hizo en 2001, para descartar la cuestión más tarde bajo la acusación de presiones políticas externas. De cara a Olimpiadas venideras, el COI debería revisar sus principios y estudiar maneras de ponerlos en práctica que le permitan respetar su propia Carta.

martes, septiembre 02, 2008

La otra gran revolución china

Por Juan Manuel Gozalo, periodista. Es el español que más Juegos Olímpicos ha cubierto (EL MUNDO, 25/08/08):

Los Juegos de Pekín y un poquito de Shanghai y otro poquito de Hong Kong -no confundamos a estas tres ciudades con China, aunque China sea la madre que parió, crió y desarrolló todo el tinglado-, han sido un gran negocio. La propaganda expresa otras emociones, como el espíritu deportivo, la armonía, la cultura, el afecto y la unión de la gran familia universal. Eso también. No es nuevo. Llevo 11 Juegos a mis espaldas y, desde 1968 en México, el final siempre es el mismo y los lemas, todos iguales. Incluso cuando la incomprensión, las armas o el drama han extendido barnices negros sobre la historia olímpica o su propio desarrollo.

Los Juegos que ayer concluyeron han supuesto una enorme experiencia y una sonora revolución que abrirá la frontera de un antes y un después en el modelo, los conceptos y la gestión deportivas. Es la otra gran revolución abanderada por un inmenso país -que ni siquiera muchos chinos conocen bien-, con un crecimiento económico del 10,5% anual de media y que ni pestañea con las inversiones realizadas en recintos e infraestructuras urbanas, calculable en más de 220 billones de yuanes (unos 22 billones de euros al cambio).

El evento comenzó el día 8 de agosto de 2008 a las 8 de la tarde, porque el 8 es el número que representa el dinero; igual que el 9 es el guarismo por antonomasia, el imperial; el 4, el de la mala suerte -en muchísimos edificios en China el piso cuarto no existe, sustituido por una F de four-; y el 6 el de la suerte. Todo muy chino. Con 1.300 millones de habitantes, el país es un mundo inmenso, un estremecedor abanico de estilos, métodos y costumbres que aportan las más de 40 etnias que lo pueblan y cuyos únicos nexos de unión son el nacionalismo sin tregua, el orden sin fisuras y la disciplina espartana. Sin todo ello, me decía un español que lleva viviendo en China varios años, el país no podría sobrevivir a su propio gigantismo. Eso y la burocracia, terrible, inasequible al desaliento, martirizante, pero bajo cuyo amparo hemos vivido la experiencia pequinesa con una absoluta y total tranquilidad, protegidos por medidas terminantes y vigilancia permanente. Lo que los Juegos exigían para mostrar facetas amables, ordenadas, serviciales y aliñadas siempre con una sonrisa. Por delante y por detrás, hay otro mundo, en el que personalmente no me correspondía indagar, pero que existe.

El pueblo chino, ciñéndome al pequinés junto al que he convivido durante las últimas semanas, adora a sus ídolos; los convierte en héroes y admira sus conquistas deportivas, sociales y económicas. Desde el punto de vista de un observador que ha estado en Pekín para ver, visitar o informar de los Juegos Olímpicos, el resultado es satisfactorio, gratificante e inolvidable. Pero tras la inmensa pantalla olímpica, hay carencias, agravios y, sobre todo, una vida vieja, antigua, preñada de historia, belicismo, cultura milenaria, imaginación, inventos y costumbres que aún se cultivan y respetan. Por ejemplo: abandonar a tus ancianos padres te puede costar la cárcel.

Para los chinos estos Juegos han sido un indudable éxito. Económicamente, muy rentables, y desde el punto de vista estrictamente deportivo han logrado medio centenar de medallas de oro -más del 50% del total-, y han conseguido desbancar del trono casi eterno a EEUU -con más metales, pero menos oros-. Han dominado en unas cuantas especialidades, regañado en las demás y competido en todas. Su secreto es aparentemente sencillo: tienen un enorme potencial humano donde elegir, muchísimo dinero para invertir -hasta 14 técnicos extranjeros han dirigido a muchos de sus equipos, entre ellos el catalán Joan Jané al grupo de waterpolo femenino- y, por encima de todo, sus atletas, todos, sin excepción, trabajan a destajo con dos cosas que no se pueden extrapolar: orden y disciplina a rajatabla.

Gracias a eso, a todo eso, China ha hecho realidad su sueño, tanto tiempo esperado y preparado con mimo, decisión y con las ideas muy claras. Por encima de cualquier estudio, que se hará, en profundidad, valorando el movimiento deportivo chino, con lo que eso conlleva en todos los aspectos, sociales, económicos y propagandísticos, estos Juegos dejarán una huella indeleble e histórica con dos nombres emergiendo por encima de todos: el atleta jamaicano Usain Bolt, quien, por cierto, ha donado 50.000 dólares a las víctimas del terremoto de Sichuan, y el nadador estadounidense Michael Phelps. Podrían contarse también mil historias humanas basadas en la motivación, el coraje y el espíritu de superación. La lista sería interminable.

Un total de 88 países de los 205 que desfilaron el día 8 han logrado llevarse medallas. Algunos sólo el bronce. Para ellos, la gloria. España ha sumado un total de 18, con cinco oros -que serían seis si el TAS y el Comité Internacional de regatas no hubieran esquilmado sin sonrojo y de manera vergonzosa a nuestro barco-, 10 platas y tres bronces, lo que traducido a capacidades y resultados es una cosecha discreta con casi 300 deportistas.

Hemos logrado el decimocuarto puesto mundial, merced a ese quinteto de virtuosos, pero queda la impresión de que nuestro deporte necesita una revisión profunda, muy seria, en la que no sólo se estudien los rendimientos deportivos, sino también el trabajo técnico y de gestión. El modelo en vigor, sin ser perverso, tiene quiebras y requiere una reflexión amplia que evite los desequilibrios, el gasto innecesario, la justicia en la distribución de premios y becas, la valoración real que asegure la estrategia entre esfuerzo y resultados y, sobre todo, teniendo muy claro dónde, cómo y hacia quiénes debe dirigirse la inversión, calculando los riesgos y cuidando evitar agravios comparativos entre deportistas profesionales -que en la práctica de su deporte ganan sumas considerables- y los que no tienen esa posibilidad -pero luego son mirados con lupa en estos eventos-. Eso sí, exigiendo dedicación, responsabilidad y disciplina.

Los Juegos son el mayor y más universal escenario de países, deportes y deportistas, y a ellos se acude a competir con entrega absoluta y no a pensar que, con llegar, está todo hecho. Especial y decepcionante mención a los dos grandes deportes olímpicos: atletismo y natación. En el agua hemos contado con un solo finalista, y en cuanto a nuestros atletas, hemos acabado con 11 diplomas, pero sólo un gran veterano de la marcha rozó la medalla, sin conseguirla. Pobre, muy pobre aportación. Nadie puede sentirse contento de estos resultados, para cuyo viaje no se necesitaban tantas alforjas. El deporte a veces reparte mal sus afectos, pero hay que aprender a competir con otras condiciones mentales.

Los Juegos han terminado. Y empieza otro ciclo, que quizá en ocho años nos lleve el certamen a Madrid. Para entonces habrá que tener otra partitura. En la actual, hay muchas cosas que desafinan.

Saludando a Pekín

Por Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político (ABC, 25/08/08):

Afirman algunos filósofos que siempre han sabido de casi todo, que el pasado únicamente existe en la memoria de cada uno. Y que es la propia memoria, asistida por gozos o desgracias, la que de pronto y sin pedir permiso alguno, nos presenta el ayer, cercano o lejano, dibujado con rasgos positivos o negativos. Y es bastante probable que de ahí provenga el absoluto aserto sobre lo mejor o peor de «cualquier tiempo pasado», que aparece tan bien pronto hasta en nuestra literatura y como conclusiones avaladas por prestigiosas plumas. Bien puede que todo sea así. Lejos de mí la pretensión de entrar en estos párrafos, no escritos precisamente para la discusión filosófica, en tema de tan alto rango. Desde una posición mucho más modesta, lo único que me atrevo a afirmar es que, en este asunto, algo tiene que ver también lo posterior. Lo que a cada uno ha acaecido después del pasado ayer. Y en el terreno de la historia y de la política, sobre todo, la forma, objetiva o manipulada, como se nos ofrezca «lo que pasó». Aquí las manos y los intereses de los humanos campean como quieren. Por ello, la insoslayable necesidad de buen guía cuando uno aspira a adentrarse en el infierno, purgatorio o paraíso de cualquier país. Ya se sabe lo de contar la feria…

Durante el caluroso verano de 1975, en plena vigencia del maoísmo y con el Gran Timonel vivito y mandando, tuve la suerte de realizar uno de los primeros viajes «culturales» a la gran China. Unas treinta personas de distintos lugares españoles, casi todos dedicados al menester de pensar, escribir o enseñar. Ignoro si hubo algún criterio selectivo. Aunque en nuestro país aún ostentaba la Jefatura del Estado un general fuertemente opuesto al comunismo, las relaciones diplomáticas eran algo distantes, pero absolutamente correctas. Durante tal acontecimiento, tuvimos ocasión de recorrer los puntos, centros y ciudades de mayor interés. Eso sí: los previamente establecidos y no otros, salvo alguna excepción. Todo impecablemente organizado y con dos guías a nuestra disposición personal. De arriba abajo y en sus principales ciudades, comenzando por una semana en Pekín, puedo afirmar que, desde el terreno científico, y, por supuesto, sin conexión alguna con la ideología allí vigente, se trata de la estancia en el extranjero más interesante que he realizado en mi larga y abundante vida universitaria. Y por una razón principal: el más completo sistema de adoctrinamiento político en los valores y formas de vida que un régimen había logrado. La sociedad en la que, con más evidencia y por los métodos que fueran (sin olvidar la represión y limitaciones a la «libertad occidental»), dicho régimen (Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao y se acabó) había conseguido calar hasta en los aspectos más privados de la vida. Nada ni nadie escapaba del «Pensamiento Mao».

Desde el principio y a poco que en ello se pensara, quedaba claro que, con la Gran Revolución que había logrado vencer al colonialismo y con los supuestos de la ideología maoísta, lo conseguido era el paso de la miseria a la pobreza. Quizá no se podía más. Aunque eso sí (y muy posiblemente frente a lo que entonces pasaba en la URSS), todos pobres. Imbuidos por la poderosa ideología, creo que salvo posibles excepciones que nunca comprobamos, estábamos visitando un país satisfecho con lo logrado. Y es que todo lo logrado había sido obra del «pensamiento», escrito e impuesto por el gran líder. Se nos recalcaba que, gracias a ello, todos podían comer su arroz diario, tener asistencia médica, una casa en la que había que compartir el baño con los vecinos, una educación gratuita y obligatoria y hasta la querida bicicleta que a todas partes llegaba. Jamás vimos un coche, ni oficial ni privado, ni conocimos ningún tipo de alteración pública. Lo asimilado se unía a lo castigado: robar algo a un extranjero estaba penado con la pena de muerte. Naturalmente y como ocurriría en cualquier país conducido por la idea esencial de la igualdad (quizá la historia ha caminado en todas partes con el dilema entre libertad o igualdad), el logro requería también presiones y hasta violencia. No se ocultaba. Nada más que un periódico oficial para todo el inmenso país. Prohibición de salir al extranjero por miedo al «contagio capitalista». Monocorde argumento en cines y teatros. El té como única bebida. Y en las celebraciones, ya se sabe: «exquisitas ensaladas de tiburón o serpiente». El aislamiento y la autarquía no daban para más. Y cuando, por poco tiempo, el sistema se creyó en peligro, el remedio no fue otro que la gran Revolución Cultural que destruyó con saña cuanto pudiera poner en cuestión la ortodoxia: desde quema de libros hasta liquidación de personas. Y cuando los interesados por el pasado imperial querían visitar el famoso Palacio Imperial de Pekín recibían a la entrada y para no deslumbrarse la gran advertencia del propio Mao: «El pueblo y sólo el pueblo es el motor de la historia». Por cierto y pese a los cambios, la gran imagen del Padre-Dictador Mao sigue estando, para veneración y recuerdo, en la famosa Plaza por la que tanta sangre había corrido. Y es «curioso»: cuando ahora se quieren recordar víctimas del siglo XX, ni Mao, ni Stalin merecen castigo. Los «eliminados» por el primero y el Archipiélago Gulag obra del segundo no han debido de existir nunca.

Cuando tiene lugar la sesión de clausura de los actuales Juegos Olímpicos en Pekín quienes decidieron bien conocían todo lo anterior. La actual China lo que intenta es la difícil conjunción entre una ideología absolutamente totalitaria con no pocas concesiones a un «socialismo de mercado». ¡Temeraria empresa cuyo punto final requiere larga espera! Con el cambio, ciertos niveles de prosperidad han llegado a los sufridos habitantes. Ya hay coches por las calles, colores en las vestimentas antaño uniformadas y la Coca-Cola ya no es algo extraño. Como consecuencia de muchos años educado en el aprecio a su gran país y con la férrea disciplina en el cumplimiento del impuesto o elegido deber, nada está fallando y China se reivindica ante el concierto internacional. Y no únicamente en el número de medallas, por cierto obtenidas por quienes absolutamente ganan por ello en el terreno económico, sino hasta en los secundarios menesteres de coger pelotas en el tenis para nuestro gran Rafael Nadal o en los momentos de hacer lucir banderas o entonar himnos. Y claro, aparecen las cínicas críticas de quienes debían guardar silencio. De quienes no tienen reparos en comerciar con China, de haber protegido al gran dictador vecino de Mao, de haber postergado durante muchos años a la raza negra, de mantener Guantánamo o de haber masacrado sin piedad en Irak por la auténtica razón llamada petróleo. Otros robaron a gusto en sus años de Imperio. Y hasta uno que guarda decoroso silencio mientras ametralla Georgia. Sin duda: la memoria sigue siendo caprichosa y selectiva al diseñar la historia.

China, en el podio

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, Casa Asia-IGADI (EL PERIÓDICO, 24/08/08):

El balance final de la celebración de los Juegos Olímpicos (JJOO) de Pekín presenta un saldo complejo. Internamente, a priori, no cabe duda del éxito. Tanto el medallero como los elogios a la organización técnica del evento y a las facilidades otorgadas a la comunidad deportiva, llenan de orgullo a los responsables, cuya capacidad de gestión ha logrado hacer olvidar los muchos inconvenientes y temores previos por temas tan dispares como la seguridad, el clima, la calidad de la comida o la contaminación.

En lo político, por otra parte, se ha dado una nueva vuelta de tuerca a una cohesión excluyente, nucleada en torno a la exaltación del nacionalismo han, la nacionalidad mayoritaria en el país, que, a la inversa, refuerza la hostilidad de aquellas nacionalidades minoritarias que contemplan su alejamiento de dicho escenario como un mecanismo automático de preservación de su identidad. Los problemas surgidos con los tibetanos y uigures advierten de la fragilidad de la arquitectura institucional china, basada en una estructura aparentemente autonómica que se traduce en supuestos porcentajes generosos de representación pero que no llevan aparejado poder efectivo. Cuanto más se estimule ese orgullo nacionalista, mayores podrán ser las distancias que separen a la nacionalidad han de las demás.

En lo socioeconómico, el aluvión de información deportiva ha pasado a un segundo plano tensiones de diverso tipo, derivadas tanto del repunte de la inflación, que oficialmente parece haber descendido en julio al 6,3%, una moderación que contrasta con el incremento mundial del precio de los alimentos y de las materias primas, explicada por una intervención gubernamental (más subvenciones y mayores controles) que podría inhibirse en los próximos meses, circunstancia que favorecería un repunte de las dificultades. El Gobierno de Wen Jiabao ha prometido fuertes inversiones en el medio rural y en gasto social, así como una mayor eficiencia en la acción pública, incidiendo especialmente en la pulcritud de sus funcionarios, pero la enormidad del foso que separa a las capas más favorecidas por la reforma y el resto, anula, por el momento, cualquier iniciativa redistributiva. El incremento de las desigualdades y los desequilibrios, así como de la desconfianza cívica respecto a la capacidad del PCCh para hacer efectivo el impulso social prometido, constituyen razones de peso para explicar el avance de los descontentos.

EN OCTUBRE próximo se reunirá el comité central del PCCh en su sesión de otoño. Coincidiendo con el encuentro, los taikonautas chinos llevarán a cabo su primer paseo espacial, lo que servirá para demostrar ante la opinión pública que el PCCh sigue gozando del “favor del cielo” y que su política, pese a las sombras, sigue siendo la más adecuada para lograr el renacimiento del país, ese objetivo que ha llenado de orgullo a sus ciudadanos al ver su aventajada posición en el medallero olímpico.

Esta China posolímpica, más segura de sí misma, ha podido demostrar a todos sus crecientes capacidades. Ese empeño va a proseguir en los años venideros, concediendo especial prioridad al cambio en el modelo de desarrollo, con especial énfasis en lo científico-tecnológico y en la defensa, con el propósito de asegurar la cohesión global de un proyecto cuyo trazo más distintivo sigue siendo la afirmación de la soberanía nacional.

La ceremonia inaugural ha querido ser una expresión de garantía de que dicho proceso se conducirá por cauces esencialmente confucianos. El PCCh, sin renunciar del todo a su inmediato pasado ni a su ideología, lidera hoy la rehabilitación del confucianismo, una nueva síntesis con la que pretende justificar la búsqueda de un modelo político autóctono, eludiendo las críticas que denuncian su inmovilismo y proporcionar argumentos a quienes necesitan aportes de previsibilidad de su política. La democratización seguirá el curso que dicten las circunstancias propias, a su ritmo y con los contenidos y manifestaciones que a juicio del PCCh no cuestionen su primacía básica.

LOS JJOO han abierto una tregua interna, frágil y sólida a la vez, salpicada de conflictos puntuales, pero estable en su balance global. En el 2010 se llevará a cabo la Exposición Universal en Shanghái, a dos años de producirse un nuevo e importantísimo relevo en la cúpula china. De evento en evento, manteniendo el ritmo del crecimiento, demostrando su capacidad para garantizar la cohesión (del partido y del país) y para afrontar las turbulencias que asoman en el horizonte, el PCCh confía en poder mantener el actual nivel de control de esta gran transición. Serán años clave para decidir el ritmo y orientación de la reforma política anunciada en el 17° congreso del PCCh, celebrado en el otoño último.

China quiere ser comprendida. Los JJOO han demostrado que esto no es posible sin una evolución que humanice su crecimiento y despeje las dudas sobre su comportamiento cuando llegue a ser la primera potencia económica del globo. Los JJOO han demostrado su buen conocimiento de unos gobiernos que, a la primera de cambio, se desdicen de sus pomposas y altisonantes críticas, pero igualmente que China precisa de gestos, audacia y atrevimiento sinceros para ganarse el favor de buena parte de la opinión pública mundial. Esa medalla le falta por ganar.

lunes, agosto 18, 2008

Paradojas olímpicas

Por J. M. Ruiz Soroa (EL CORREO DIGITAL, 17/08/08):

La celebración de los Juegos Olímpicos en China está provocando una curiosa serie de descubrimientos intelectuales. El primero, desde luego, el de la escasa correspondencia con la realidad del pensamiento cultural relativista tan difundido entre nosotros, ese pensamiento que proclama una radical diferencia e incomunicación de valores entre las diversas culturas del mundo. Si tal cosa fuera cierta resultaría difícil de entender el entusiasmo con que los chinos ponen en práctica un evento que fue ‘inventado’ en el corazón mismo de la cultura occidental, asumiendo sin dificultad alguna todo su significado, incluido el nacionalista y propagandístico, que conlleva. Parece que competir para exaltar el triunfo propio frente al otro es un universal antropológico (aquéllos a quienes repugna este término pueden poner aquí el de ‘común’), una pauta en la que todos los grupos étnicos se expresan con idéntico sentido y similar eficacia.

Por el contrario, los derechos de las personas a una igual dignidad se siguen considerando entre nosotros como un ‘invento occidental’ cargado de etnocentrismo, que no podría ni debería traducirse a culturas diversas. De manera que habría que respetar la privación que sufren ciertas poblaciones como una expresión de su particularismo cultural. Los orientales prefieren la fraternidad a la libertad, se llega a afirmar entre nosotros con toda tranquilidad (aunque sin explicar nunca qué es en concreto eso de la fraternidad). Curiosa actitud ésta que acepta con toda docilidad la universalización del deporte competitivo o de la economía mercantilista, y sin embargo aduce tantas (malas) razones para evitar la universalización de la dignidad del ser humano. Es el tributo que pagamos al culto idolátrico a la diferencia que se practica entre los pensadores políticamente correctos.

No menos curiosa y paradójica resulta la posición oficial del Comité Olímpico y de las autoridades de algunos países invitados a China (entre ellas las españolas) de censurar a sus atletas y prohibirles hacer cualquier manifestación o comentario político críticos (se entiende) sobre el país de acogida, bajo amenaza de mandarlos a casa de inmediato. La verdad es que en el País Vasco tenemos una larga tradición en esto de mirar para otro lado cuando vamos de fiesta o cuando acudimos al fútbol. Nunca se ha visto, en efecto, que unas ‘jaiak’ se suspendieran por el asesinato de un ciudadano, o que el Athletic guardara un minuto entero de silencio por las víctimas. Pero resulta sorprendente contemplar cómo nuestro modelo de separación entre fiesta deportiva y derechos humanos se adopta a nivel mundial. Difundimos uno de los peores aspectos de nuestra idiosincrasia.

La prédica de que política y deporte deben separarse se funda en un gigantesco equívoco, el de pensar que la política es una cuestión que se sitúa en un lugar particular y aislado dentro de la sociedad civil, que posee un ‘locus’ separado nítidamente de otros como el deporte, la familia o la economía. Y no es así, sino que la política permea y tiñe cualquier ámbito de actividad interpersonal y cualquier institución social. Tal como el movimiento feminista ha puesto de manifiesto modernamente (y antes que él hicieron ese descubrimiento los trabajadores o los esclavos), ‘lo privado es político’. Mantener esferas de actividad sociales a resguardo de la política, por mucho que se haga invocando altos ideales, no es en último término sino una forma de perpetuar un poder y unos intereses muy concretos. En este caso, el poder de un régimen autoritario chino que recuerda extraordinariamente a nuestro tardofranquismo, todo él imbuido de desarrollismo económico y autoritarismo social. Pero también el poder omnímodo y preocupante que en nuestras sociedades están usurpando los organismos rectores del deporte.

En efecto, el deporte está conformándose progresivamente en la actual sociedad como un ámbito sometido a unas reglas particulares, que instauran y administran unas instituciones de borrosa composición y más que dudoso control público, dotadas de unos particulares sistemas de justicia y sanción. Comportamientos que no se tolerarían en otros sectores de actividad, como el de prohibir a sus miembros ejercitar su derecho a la libre expresión de sus ideas, se aceptan dócilmente en el ámbito deportivo so capa de respeto a un espíritu olímpico vago y etéreo. Al igual que, so capa de acabar con la lacra del dopaje, se acepta que a los deportistas se les trate en una forma que sería inadmisible incluso en caso de delincuentes confesos.

Pero lo que resulta más sorprendente y paradójico es que nuestro propio Gobierno avale esa suspensión temporal del derecho constitucional de libre expresión de sus ideas para unos ciudadanos españoles. Que ponga entre paréntesis su propio Estado de Derecho y obligue a sus deportistas desplazados a comportarse como si fueran chinos. Es decir, como personas a las que no se reconoce ni ampara su autonomía crítica. Quienes con toda seguridad se emocionaron en su juventud viendo a los atletas negros levantar sus puños enguantados en el México de 1968 amenazan con la expulsión a quienes ahora alcen nada más que su voz para criticar una realidad china muy concreta. Incongruente. Como lo es que unos países occidentales democráticos pretendan convencer de lo valioso de su régimen político a los demás, pero al mismo tiempo estén dispuestos a conculcarlo para poder mantener fructíferas relaciones mutuas. ¿De verdad creen que así se prestigia la causa de la dignidad humana?

Fantasmagoría olímpica

Por Salvador Giner, sociólogo (EL PERIÓDICO, 17/08/08):

El circo olímpico que cada cuatro años ocupa la época boba mediática, la canicular, tiene sus aguafiestas. ¿A quién se le ocurre entrometerse en una fiesta de universal buena voluntad, deseos generales de paz y noble concurrencia entre los deportistas de todas partes? Esta vez, solo a Rusia y a Georgia, que inauguraron los Juegos con una guerra sanguinaria caucásica.

Permítanseme, sin afán de incordiar, solamente algunas constataciones. El Comité Olímpico Internacional sostiene, como el Gobierno tiránico de China, que estos Juegos no son políticos. El apoliticismo olímpico de un Gobierno que aplasta la nación tibetana y niega toda autonomía a los pueblos turcomanos y musulmanes de Xinjiang –dos territorios enormes– es una sublime entelequia. Con el latiguillo de Un mundo, un sueño el Partido Comunista Chino, plenamente dedicado a la promoción del capitalismo –y cómo– parece haberse unido a la idea del llamado pensamiento único, promovido –sin éxito, por cierto– por la derecha más neoliberal y reaccionaria.

EN ESTO los chinos no innovan nada. Los Juegos berlineses de 1936 –como en Georgia, empezaba entonces otra guerra simultáneamente, la civil española, con intervención alemana al lado de la barbarie– les precedieron en politización, aquella vez, fascista. Durante la preparación de las de México, en 1968, la policía, tres semanas antes, realizó una gran matanza de estudiantes. (La gente se acuerda más de los románticos disturbios parisinos de aquel año que de la represión mexicana.) Ahora, en cambio, todo parece controlado. Sobre todo, la buena educación pequinesa. Se ha prohibido a la gente escupir en público (hasta las escupideras que adornan los rincones han sido retiradas) y estrechar la mano más de tres segundos.

Eso es bueno para los efímeros visitantes y llena de satisfacción al Comité Olímpico Internacional. Consiste el COI en una comisión que se autorreproduce y perpetúa, y cuyo 90% de miembros son varones, además de occidentales y, muchos, miembros de la nobleza o de las diversas realezas que quedan por el mundo. El mayor poder en el COI queda en manos del comité ejecutivo, con 15 miembros (uno de ellos, uno nada más, mujer) y media docena solamente, no europea. Con lo cual este helénico continente nuestro sigue controlando la cosa, como los dioses del monte Olimpo deseaban. En las Olimpiadas clásicas no había persas.

Nunca ha tenido límites la credulidad humana, de modo que uno comprende que cunda tanto la admiración por los ceremoniales olímpicos. Bien está, pues, que nos creamos aquello de que en la inauguración se representaron 5.000 años de historia de la civilización china. (Aunque Gengis Jan y otros angélicos orientales no aparecieran, ni tampoco Mao y su edificante Revolución Cultural). Pero cuesta algo más de entender cómo tantos de los que han presenciado los Juegos no se sorprendan ante un despliegue tan descomunal de disciplina y precisión multitudinaria, con su anulación de toda individualidad, de todo pluralismo, de todo atisbo de humana variedad.

En ello los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, con su elegancia, su ironía estética, su inventiva y la modestia de la población, contrastan de modo extraordinario. Ni Atlanta en 1996, ni Sydney en el 2000, ni Atenas en el 2004, alcanzaron tanta elegancia: pero como soy catalán, pueden ustedes pensar que me dejo llevar por mis sentimientos tribales. Pero tengo razón. Lo que vino después de Barcelona fue pura Disneylandia. Y lo que hay hoy en Pekín, el canto del cisne de un orden explosivo.

China es un gran país, con una sobrecogedora civilización, pero un país al que esperan tiempos difíciles. Estos Juegos pequineses han sido una orgía triunfalista de un gigante cuyo crecimiento industrial y económico parece imparable, pero que va a sufrir pronto una crisis de gravísimas proporciones. El capitalismo industrial desaforado necesita homologarse con un sistema político y otro cultural que encajen con él. Si los gobernantes chinos creen que no se producirán disfunciones y desajustes entre lo uno y lo otro, se equivocan trágicamente. La represión en la plaza de Tiananmen pudo llevarse a cabo con impunidad; la destrucción del Tibet, previa la entrada en él del ferrocarril más alto del mundo y la invasión demográfica planificada, también.

PERO LO que se avecina es mucho más grave. Los levantamientos ya no serán de unos cuantos estudiantes desesperados, de afán democrático. No bastarán ni los sindicatos verticales que hoy dominan la vasta clase obrera, ni la policía política, ni la censura contra internet y la prensa libre, ni las sumarias ejecuciones que sin cesar denuncia Amnistía Internacional. Lo que era fácil para una dictadura militar reaccionaria como la nuestra –la transición a la democracia liberal– no va a serlo para el régimen tiránico chino. No falta pues mucho para el descalabro posolímpico.

Unos pocos años a lo sumo.

miércoles, agosto 13, 2008

La antorcha de la contradicción

Por Javier Cremades, abogado. Autor de «China y sus libertades» (ABC, 11/08/08):

LOS Juegos Olímpicos de 2008 tratan de ser la presentación en sociedad de la China moderna. La espectacular ceremonia de inauguración, de tres horas y media de duración, trató de exaltar los cinco mil años de cultura china. Ese fue el encargo a su director, el cineasta Zhang Yimou, en cuyas tres películas históricas puede preverse la imagen que los Juegos quieren transmitir al mundo. En 1991, Lámpara roja presentaba a un protagonista que se volvía loco a causa de la claustrofobia. Fluch de las flores doradas (2006) muestra, por otra parte, el protagonismo de la masa, de los movimientos coordinados, de la música y de las armas. Pero la verdadera clave interpretativa está en Hero (2002) donde el héroe, enviado para acabar con un tirano, renuncia, sin embargo, ante la perspectiva de que el magnicidio debilite y arruine su país, y termina por aceptar su propia muerte como castigo al atentado que planificó.

La emotividad de la ceremonia de apertura de los Juegos dará nuevas alas al régimen chino para impulsar su proyecto. Los Juegos Olímpicos de 2008 son para China, y desde luego para su Gobierno, algo más que un escaparate del país: con ellos pretende influir en su pueblo y en el extranjero para mover la historia en la dirección que apunta su proyecto.

China cuenta con una Constitución del año 1982 modificada en varias ocasiones. La reforma más reciente, de 2004, reconoce la propiedad privada. China, según declara sin ambajes el propio texto constitucional, es un Estado socialista bajo la dictadura democrática del pueblo, dirigido por la clase trabajadora y fundado en la alianza de trabajadores y campesinos. El órgano supremo de la República, la Asamblea Popular Nacional, está integrado por unos tres mil miembros, elegidos por períodos de cinco años en representación de provincias y territorios autónomos. El 25 de junio de 2007, Hu Jintao afirmó en la escuela central del Partido que «desarrollar la democracia socialista es nuestro objetivo a largo plazo, el Gobierno debe aumentar los canales de participación política para la gente ordinaria, enriquecer las formas de participación y promover el proceso de toma de decisiones científicas y democráticas». Pero al acercarse el Congreso, los debates sobre democracia se pusieron en sordina. Los líderes tenían preocupaciones mucho más pragmáticas: reforzar su poder, asegurar la promoción de sus hombres, conseguir medios para poner por obra sus políticas. En octubre de 2007 el XVII Congreso del Partido Comunista Chino mostró un continuismo esencial, con el acento en la lucha contra la corrupción (las manifestaciones de mayo de 1989 en Tiannamen criminalmente reprimidas fueron para reclamar medidas contra la corrupción política) y un matiz de defensa del medio ambiente, en busca del «desarrollo científico» y una «sociedad armoniosa». El PCCh, según el discurso presidencial, mantendrá su «papel como centro del liderazgo» hacia un «socialismo con características chinas». La reforma del sistema político no formo parte de la agenda. El Congreso marcó la toma definitiva del poder del Presidente Hu Jintao, un líder modernizador pero que no toca casi nada del sistema. Los dos nuevos personajes fueron Xi Jinping, de 54 años, secretario del Partido en Shangai, y Li Kequiang, de 52, secretario del partido en Liaoning. Ambos accedían al comité permanente del buró político, restringidísimo club de los nueve dirigentes mas poderosos de China. Hasta 2012 no hará falta tener sucesor para Hu Jintao. Entonces se pasará de la cuarta generación (tras Mao, Den Xiaoping y Jian Zeming), la de los ingenieros, a la quinta, la de los economistas, politólogos o juristas, que escaparon de la Revolución Cultural y que en muchos casos se formaron en el extranjero. Pero el Partido tiene experiencia en equilibrar las ideas y limitar la influencia de los individuos.

La modernidad de China es una realidad peculiar y compleja. China se ha integrado en el mundo globalizado. En Occidente, tendemos a entender esa frase como sinónima de integración en nuestro mundo. Tal interpretación sería un gran error. No cabe esperar a corto plazo una reforma del sistema político en esa dirección. Ciertamente, China se ha integrado en la economía de mercado. Al menos en buena parte de sus aspectos formales, esta afirmación sería cierta. Pero China, y sobre todo su gobierno, no ha aceptado los valores que, en la civilización occidental, hicieron surgir la economía de mercado. En China, como muchos quieren poner de manifiesto precisamente con ocasión de los Juegos Olímpicos, la libertad personal -en sus aspectos espirituales, culturales, políticos, etc.- sigue estando notablemente restringida. Parece como si la única libertad que hubiera admitido el régimen chino fuera la de hacerse rico, o al menos intentarlo. En agosto de 2007, cuarenta intelectuales chinos publicaron una carta de protesta frente a lo que consideran una nueva oleada de nacionalismo y propugnaron, frente al lema oficial de los Juegos -Un mundo, un sueño- la exigencia de ¡un estandar de derechos humanos!

Para algunos, los límites a la libertad en China son inaceptables y deberían conllevar un boicot de todo lo que proceda en dicho país o allí se organice, Juegos Olímpicos incluidos. Otros -la mayoría- confían en que lo que aparece como apertura económica del régimen, conlleve tarde o temprano la caída de las demás restricciones a las libertades personales y sociales. A los primeros, hay que responderles que la realidad económica y política es terca: los hombres estamos obligados a compartir el mismo planeta y, por encima de las discrepancias y salvo breves períodos bélicos, a lo largo de la historia sociedades y regímenes muy distintos han convivido, comerciado y negociado a muchos niveles.

A los segundos, es decir, a quienes piensan que las libertades políticas son consecuencia de la apertura económica o de la prosperidad, también habría que advertirles de lo irreal de su planteamiento, tanto en general como respecto a China. Como apuntamos arriba, la democracia occidental no es una improvisación. Más bien han sido las garantías de desarrollo de las libertades individuales y sociales las que han permitido la expansión del sistema económico que denominamos de libre mercado. La libertad, en su raíz, se refiere a la forma de pensar, al reducto de la conciencia en la que sólo cada persona entra. Y esa libertad necesita garantías para su ejercicio, sin las cuales el hombre no llega a desarrollar las capacidades de creación de que está dotado. Una libertad, por tanto, sólo aparente, o que sólo permitiera comerciar con los logros del genio humano, sería una carcasa improductiva con respecto al verdadero desarrollo humano. En China es particularmente válida esta apreciación, ya que ese inmenso país nunca ha desarrollado en su historia -ajena todavía al humus cristiano- una cultura que considere sagrada la libertad personal. Si la prosperidad económica no genera automáticamente libertades individuales, mucho menos lo hará en un país donde la cultura reinante no apunta en esa dirección.

Por todo ello puede hablarse de China como de un país con dos velocidades. O, si se prefiere, de un país que marcha a la misma velocidad que nosotros en algunos aspectos, o que viaja en un vehículo parecido al nuestro. Pero que no viene del mismo lugar que nosotros ni, necesariamente, se dirige al mismo destino.

La China y el deporte

Por Héctor Abad Faciolince, escritor colombiano y autor de El olvido que seremos. (EL PAÍS, 10/08/08):

Una de las cosas más raras -por lo inútil y por lo monstruosa- de que he tenido noticia en mi vida, fue un deporte al que tuvieron que dedicarse los chinos durante una semana, en aquellos años tristes de la Revolución Cultural del presidente Mao, que con tanta alegría celebraron los maoístas occidentales. Aquello se llamó “la guerra de los pájaros” y consistió en lo siguiente: como había carestía de alimentos y los funcionarios del régimen se dieron cuenta de que los pájaros se comían parte de la cosecha de arroz, en toda la China se impartió una orden terminante: todos los ciudadanos del campo y de la ciudad, al unísono, debían dedicarse el día entero a espantar con palos, ruidos, ollas, trapos, piedras, con lo que fuera, a todos los pájaros de la China.

Los funcionarios habían descubierto que los pájaros no podían volar mucho tiempo, que tenían que descansar en las ramas de los árboles o en los picos de las montañas o en los aleros de las casas. Si la gente los obligaba siempre a volar, los pájaros terminaban por caer al suelo, exhaustos. Una vez en el suelo, era deber de todos los ciudadanos aplastarlos de un solo golpe con el zapato. Así la patria china tendría una extraordinaria cosecha de arroz, sin disputarse el grano con las aves.

Aquella cacería masiva de pájaros, en la que cientos de millones de chinos debían aplastar a cientos de millones de pájaros, al parecer, no tuvo ningún efecto práctico, fuera del mal olor de un montón de animales muertos. Pero ese deporte fantástico de espantar a los pájaros para hacerlos caer al suelo con el corazón partido de cansancio, siempre me ha parecido una de las más oscuras y absurdas actividades humanas, dirigidas por un régimen obsesivo que creía poder dominar todas las potencias del cielo y de la tierra. Y lo que más asusta, quizá, es constatar la ciega obediencia con que fue cumplida una orden absurda, impartida por un líder hundido en el delirio, y llevada a cabo por mil millones de hormigas de un rebaño domesticado y obediente.

Hay algo hermoso y terrible en esas ceremonias donde los seres humanos dejan de ser individuos para convertirse en simples movimientos mecánicos de una enorme coreografía. Lo que es uniforme y riguroso nos fascina, quizá porque no hay nada más inhumano que esto, si lo humano es, como creo, no ser una masa de autómatas, sino una informe serie de individuos en la que cada cual es uno mismo y va a su propio ritmo. Cuando se cede la libertad y uno se convierte en un diente más de un inmenso engranaje, hay algo que fascina y asusta.

Se habla mucho del silencio de los gobiernos occidentales, que hacen muchos y muy buenos negocios con la China milenaria, hoy riquísima, y por consiguiente callan sobre sus miserias políticas internas, o sobre sus imposiciones imperiales en el Tíbet. También criticamos, con buenas razones, la prohibición impartida a todos los deportistas, so pena de descalificación, de hacer cualquier manifestación que pudiera interpretarse como un gesto político de conciencia individual o de protesta cívica.

No creo, sin embargo, que este silencio cómplice, o al menos hipócrita, de casi todos los gobiernos, se deba solamente a los buenos negocios. Creo que detrás hay algo mucho más grave. El sueño de todos los grandes capitalistas de la tierra, me temo, sería tener un gobierno mundial parecido al gobierno local de la China: una pequeña camarilla de gobernantes que concentran en sus manos el poder absoluto, sin discusión, sin elecciones periódicas, sin control independiente ni periodos de revisión de las políticas. Sin disidentes -o con los disidentes en la cárcel-. Con las protestas públicas ahogadas por sutiles o no tan sutiles métodos policiales. Con una prensa controlada por la censura previa. Con páginas de internet prohibidas. Y sobre todo, con una masa inmensa de ciudadanos trabajadores, puntuales, obedientes, que aceptan salarios exiguos, pero de todos modos sedientos de consumo. Se les da pan, se les dan unos cuantos bienes, y a cambio se les exige silencio, laboriosidad extrema y obediencia. ¿No sería este el sueño de los dueños del mundo?

Termino con una paradoja, o con una salvedad, o con una duda, y es ésta: incluso en este momento de la China, con un régimen que en muchos sentidos se puede calificar como opresivo, de todas maneras, en sus larguísimos siglos de historia milenaria, los chinos nunca antes habían gozado de tanta libertad como ahora. Y eso es mucho. O por lo menos es algo. Y quizá algún día los borregos encuentren la manera de no bailar y consumir todos al unísono. Van a brincar, a gozar y a gastar, tal vez, a su propio aire. Porque la sed de libertad y de movernos como nos dé la gana, y no solamente según las reglas del deporte, de la publicidad o de la política, quizá sea el más hondo de los sentimientos humanos.

Al poner punto final miro por la ventana. Veo pájaros que vuelan y que se posan en las ramas de los árboles. Vuelven a volar, libres. Solemos decir: “libre como un pájaro”. Y sin embargo, en cierto sentido, los pájaros son autómatas, y repiten desde que salen del huevo los mismos movimientos que repitieron sus padres cuando también ellos rompieron el cascarón. No sé si somos como pájaros, y nos creemos libres. O si de verdad podemos optar por algo distinto. ¿Podría no ver los Juegos Olímpicos, si me diera la gana, pese a todo el acoso mediático que hay sobre ellos? Si no los veo, ¿sería por voluntad o sólo por un deseo íntimo de contradecir? No sé. En todo caso apago la televisión.

domingo, agosto 10, 2008

El biombo chino

Por Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 09/08/08):

La fastuosa ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, que presenciamos ayer millones y millones de televidentes en todo el mundo, ha desempeñado el papel de un biombo chino -nunca mejor dicho-, con el que los dirigentes de ese inmenso país han querido ocultar la auténtica realidad política que sufren sus ciudadanos.

Nadie discute que en la China actual no se da ni siquiera un mínimo respeto a los derechos fundamentales, pues es bien sabido que en los últimos tiempos el régimen comunista ha llevado a cabo matanzas en el Tíbet, se producen constantemente detenciones irregulares de ciudadanos disidentes de la situación política, la contaminación ambiental en ciudades como Pekín es insoportable y, además, sus gobernantes ejercen una férrea censura sobre toda noticia -comunicada tanto por nacionales como por extranjeros- que pueda perturbar la necesaria paz olímpica que exige la celebración de los Juegos.

Sin embargo, todo esto se sabía hace ocho años, cuando el COI decidió encargar a China la organización de los XXIX Juegos de la era moderna, pues nada hacia prever que un país de partido único, en el que no se reconocían los más elementales derechos humanos, pudiese democratizarse mínimamente en el corto espacio de unos años, manteniendo la misma organización política a pesar, por supuesto, de los enormes cambios que se han adoptado en lo que se refiere a la economía, sector en el que rige un capitalismo comunista que, probablemente, mantiene los peores defectos de ambos sistemas, incluido por supuesto el común de la corrupción y las enormes desigualdades sociales. Pero al margen de ello, no cabe duda de que el país ha crecido enormemente en su economía con esta original fórmula iniciada por Hu Yaobang y aplicada después por Deng Xiaoping hace ya muchos años.

Pues bien, cuando el COI decidió conceder a China los presentes Juegos -gracias en gran parte a Juan Antonio Samaranch-, se sabía todo esto. Pero si al final se impuso esta decisión, se debió también a que los dirigentes chinos prometieron una cierta democratización del régimen, para llegar políticamente presentables a la cita del 8-8-8. Ahora bien, lo que ha pasado después recuerda el caso de aquella vidente, admirada curiosamente por Bertrand Russell, que vivía, hacia 1820, junto a un lago en el Estado de Nueva York. Esta profeta anunció a sus seguidores que tenía el don de caminar sobre el agua y prometió hacerlo así a las 11 en punto de una mañana próxima. El día señalado llegó, y se convocó una muchedumbre de varios millares de personas para presenciar el portento. Entonces ella les preguntó si creían seriamente que podría caminar sobre las aguas, a lo que respondieron de forma unánime que sí. «En ese caso no hay necesidad de que lo haga… Iros a casa», dijo la vidente, que se quedó tan ancha, ante el desconcierto de sus admiradores.

Algo de eso ha ocurrido igualmente en el caso de encargar a China la organización de los Juegos, pues hasta ahora no ha habido pruebas fehacientes de que el régimen se haya democratizado lo más mínimo. Más bien al contrario, porque en aras de conseguir la seguridad indispensable para que todo transcurra en orden, se han cometido en los últimos tiempos demasiadas tropelías contra los disidentes políticos o religiosos, especialmente por las protestas del Tíbet. Pero no sólo eso, sino que ya se han destapado casos como el descrito en estas páginas por David Jiménez, en el que un antiguo manifestante en la plaza de Tianamen, que perdió sus dos piernas al ser arrollado por un tanque, fue excluido en su momento del equipo paralímpico, demostrándose así cuáles han sido los criterios que han guiado a los actuales dirigentes chinos, al ir dejando un reguero de represaliados por el camino.

Claro que, como defiende Samaranch, precisamente una de las razones por las que se concedió a China ser sede de la cita deportiva se debe a que casi todos los países que han organizado unos Juegos conocieron después un incremento de libertades, como ocurrió, por ejemplo, en Corea del Sur en 1988. Esta doctrina falla de forma estrepitosa en el caso de la Alemania nazi en 1936, pues todos sabemos lo que ocurrió después. Es más: los Juegos no sólo sirvieron de propaganda desmesurada para los fines de Hitler, sino que crearon en el subconsciente colectivo alemán el poso de un racismo a favor de la raza aria que después se cobraría millones de víctimas.

No sabemos, por tanto, lo que pasará después de acabar los Juegos, pero si el actual régimen -que es una potencia nuclear- evoluciona hacia fórmulas mas democráticas se deberá a la presión internacional que, con motivo de esta Olimpiada, ejerzan no sólo los dirigentes de los países democráticos que participan en ella, sino también a la presión de los grandes genios del deporte, que son sin duda alguna unos líderes de opinión privilegiados en el mundo de hoy. El problema que se presenta es saber entonces cuál es el momento procesal oportuno -por decirlo así- para que hablen. Los que quieran hablar.

El presidente del COE ha recomendado esta misma semana la ley del silencio a nuestros deportistas, temiendo que, de lo contrario, pudiese haber represalias que perjudicasen nuestros resultados. Es comprensible, en parte, su posición. Sin embargo, en ningún caso se puede aceptar una censura previa a los que quieran opinar sobre la actual situación dictatorial en China. Cada uno es -o debe ser-lo suficientemente maduro para saber lo que tiene que hacer en un momento así. Pensemos en la influencia de lo que pudieran decir alguna de nuestras grandes estrellas deportivas sobre los derechos humanos en China, como son Nadal, Gasol o Contador. Pero eso es algo que sólo les concierne a ellos y sólo a ellos, sean deportistas o no.

Por supuesto, es cierto que el artículo 51.3 de la Carta Olímpica señala que no se permite llevar a cabo manifestaciones de orden político o propagandístico en ningún emplazamiento olímpico. Pero ello no se compadece con lo que señala la Declaración Universal de Derechos o la propia Constitución Española, reconociendo la libertad de expresión para todas las personas, incluidas, claro está, los deportistas. Pero es que, además, si se exige el cumplimiento de este precepto se debe exigir igualmente el contenido en el Principio 2 de la misma Carta, que expone que «el objetivo del olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana». Es más que probable que este artículo no lo hayan leído los actuales dirigentes chinos.

En cualquier caso, no sabemos lo que harán o dirán nuestros deportistas, pero al menos ya sabemos que España va a investigar, a través de un juez de la Audiencia Nacional, las responsabilidades del Gobierno chino en la represión de marzo pasado en el Tíbet. Esperemos que no nos quiten alguna medalla.

La China de los Juegos

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China (LA VANGUARDIA, 09/08/08):

Después de tanto esfuerzo, el largo proceso que ha conducido a los Juegos de Pekín ha dejado en todo el mundo una doble sensación. En primer lugar, casi de repente, la convicción parcial de que China será uno de los poderes clave del nuevo siglo se ha convertido en una verdad prácticamente universal, pasando por alto las hipotecas y complejidades que aún penden sobre dicho proceso. Esa unanimidad, por otra parte, deja paso a un desacuerdo profundo: la incertidumbre pesa sobre la evolución de su sistema político, circunstancia que, en unos, suscita preocupación (especialmente por las reservas ante el ingrediente nacionalista y la falta de asunción efectiva de los valores globales), mientras que, para otros, esa preocupación es expresión de la desazón que experimentan los hipotéticos rivales, ante el temor de verse inevitablemente relegados, con un poder global notoriamente reducido ante una China que no se deja influenciar a la ligera.

Esta China quiere desarrollarse, acceder a mayores cotas de bienestar, y llega a los Juegos después de tres décadas de pujante crecimiento. Hoy puede llenar con sus productos (o de las multinacionales occidentales que tanto se benefician de las carencias de su mercado laboral) los anaqueles de los supermercados de todo el mundo, pero no está del todo claro que esa convicción de producir más y a mejor precio que nadie - lo que, a priori, sería de agradecer en el mundo occidental-, vaya acompañado de una mayor simpatía global. Y ello es así aun siendo verdad que el Gobierno chino no parece aspirar en modo alguno a llenar el mundo de bases militares y que, a lo sumo, sus soldados en el exterior multiplican su participación en las misiones de paz de la ONU, un cambio positivo que denota la progresiva asunción de responsabilidades globales, al igual que intensifica su apego a la diplomacia multilateral. Siendo esto cierto, más allá del régimen y sus usufructuarios, muchos ciudadanos chinos que aspiraban a convertir los Juegos en una alegre ceremonia de encuentro con el exterior, se han visto defraudados y molestos por algunas críticas y modos de actuación que juzgan extemporáneos y fuera de tono aun cuando admiten las carencias de un sistema para el cual ellos mismos reclaman mayor evolución, aunque sin admitir soberbias ni imposiciones que ignoren o desprecien su soberanía. Esa riqueza de matices es esencial para tender puentes con la sociedad china.

Con la fuerza de su economía a pleno pulmón, pero con algunos achaques importantes, China celebra los Juegos en un momento interno de cambios en su modelo de desarrollo, sentando las bases de un país no sólo más rico, sino también tecnológicamente más avanzado y poderoso. La inflación pudiera parecer el mayor problema actual, pero los desafíos estructurales y el impacto social de los desajustes constituyen los mayores retos para la estabilidad del proceso, junto a los males sempiternos que, como la corrupción, alientan el desasosiego cívico.

En cualquier caso, dos imperativos se imponen para capitalizar en positivo el enorme esfuerzo que el pueblo chino ha protagonizado en las últimas décadas. En primer lugar, perseverar en la eliminación de aquellas dudas que fundamentan las desconfianzas. Librarse de la pobreza, objetivo número uno, exige también librarse del autoritarismo, que no es más que otra forma de miseria. No valen coartadas al respecto, si bien cabe respetar el derecho a la originalidad de la vía elegida. En segundo lugar, fomentar un mayor conocimiento de su cultura en el exterior, circunstancia que ayudaría y mucho a comprender la naturaleza profunda de los cambios y a identificar los mejores mecanismos para acompañar y completar su evolución. La trivialización de su identidad, nutrida de manidos tópicos tan fáciles de popularizar, dificulta la credibilidad de su discurso en otros órdenes.

Los Juegos Olímpicos del 2008 permitirán al mundo tomar conciencia del regreso de China al centro de la escena internacional. Se sentará en primera fila. Sus mastodónticas dimensiones le impiden evitarlo. Pronto será el país más rico aunque muchos de sus ciudadanos sigan viviendo con niveles de renta propios de un país en vías de desarrollo. No es un problema de ambición, sino de magnitud, la misma que, observada en lo absoluto, provoca tantas distorsiones engañosas. Los Juegos Olímpicos le han permitido darse cuenta de lo complejo de algunos problemas y advertir que su emergencia, pese a tantas declaraciones de buenas intenciones, pudiera no ser tan armoniosa como cabría desear.

Pekín 2008, juegos sin libertad

Por Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas (ABC, 09/08/08):

EL futuro de la democracia depende de China. Hasta hoy, la equivalencia entre economía de mercado, sociedad de clases medias y régimen constitucional no había fallado nunca. Al menos, eso imagina la mentalidad occidental con su historia de las ideas concebida al gusto de los comerciantes puritanos anglosajones. Libertad y propiedad nacen y viven juntas en una sociedad de individuos iguales ante la ley. Ya saben, la declaración de Filadelfia y otras similares. La prosperidad material genera una demanda de autonomía personal y de participación activa en la política. Cada uno a su manera y a su tiempo, en Occidente todos hemos llegado al mismo destino: democracia constitucional, derechos humanos, imperio de la ley. Con graves defectos y servidumbres, sin duda, pero superior en el ámbito moral a cualquier forma de tiranía, despotismo o dictadura. China y otros dragones, de aquí y allá, gozan de una sólida clase dirigente y son capaces de afrontar proyectos ambiciosos. Los Juegos de Pekín, cómo no, sirven de escaparate. El mapa del mundo se llena de grandes urbes macrocapitalistas en lugares antes insospechados: Shanghai, Astaná, Dubai, Singapur… Siempre bajo regimenes autoritarios. ¿Acaso no les importa la libertad a las nuevas clases medias?

Las noticias desde Pekín son concluyentes. El régimen ¿comunista? aplica sin complejos su querencia natural. Menos visados; fuera pancartas; «gran muralla virtual», o sea, filtros ideológicos en Internet. Censura a tope, con el apoyo de algún amable gobierno europeo. Del Tibet ya lo sabemos casi todo. Prohibida incluso la contaminación, ese invento molesto de la prensa imperialista. Peligro terrorista, luego más control policial. Vean ustedes la China que les queremos enseñar. La gran capital olímpica, con el estadio de Herzog y De Meuron y la T-3 de Foster. El skyline de Shanghai, que maravilla a los viajeros desde el viejo Bund colonial. También la presa de las Tres Gargantas o el supertren que vuela por las nubes camino de Lhasa, aunque mejor no hablar de monjes tibetanos. En los ratos libres, disfruten de la Ciudad Prohibida y sus hermosos palacios de nombre relajante: entre otros, «armonía preservada» o «pureza celestial». Ceremonia espectacular, instalaciones mágicas, un país al servicio del visitante festivo… A partir de ahí, vale más que no pregunten. Decía Hegel, tan eurocéntrico, que China no tiene historia porque la vida discurre igual desde hace milenios. No obstante, las cosas cambian en el terreno material: desde la coleta impuesta por la dinastía Qing al artilugio electrónico de última generación. Las mentes siguen acaso en estado de ingravidez. Recuerden la máxima del Tao: Wu Wei, no actuar, dejar hacer a los procesos naturales. Por cierto, ¿no es esa la esencia del liberalismo económico? Curiosa conclusión de los estudios culturales comparados.

Se ha escrito con razón que la China actual pretende combinar la tradición de Confucio, el sistema socialista y la economía de mercado. Por supuesto, la gente común no se entera de nada. La joven universitaria de Xi´an se ríe del visitante que asegura haber visto en Madrid y en Barcelona algunos guerreros originales de terracota. «Es imposible, no pueden salir nunca», aclara. Más vale suponer que no lleva razón… El régimen político es un modelo perfecto de tiranía a la vieja usanza. Se analiza cada gesto de Hu Jintao y demás jefes del partido para adivinar qué clan impondrá su ley en el futuro. Mao nos mira indiferentes desde la plaza de Tian´anmen. Por razones obvias, le importa poco un grado más de represión. La sociedad dual se deja ver por todas partes: tecnología puntera, al límite de la ciencia-ficción, comparte tiempo y espacio con los andrajos, la suciedad y la miseria. Dicen que el campo es mucho peor… Pero China es un gran país, con una espléndida cultura histórica y un patriotismo envidiable, a prueba de revoluciones y guerras civiles. No es una nación, sino un imperio, una diferencia sutil que en Europa apenas sabemos apreciar a estas alturas. Es, además, el imperio del Centro, que nos sitúa a los demás en una periferia remota. Guardan muchos ecos de viejas humillaciones. De los ingleses, cuando la guerra del opio, y de los japoneses, antes y después de Manchuria. ¿Llega la hora de la venganza?

La doctrina oficial es el «ascenso pacífico», una amable prédica buenista. A la hora de la verdad, conviene fijarse en el presupuesto de Defensa, la presencia dominante en África o los criterios inflexibles en Naciones Unidas. Pekín concibe los Juegos como una operación de imagen a gran escala. Ecos de Olimpia inmortal, frases al gusto de Coubertin, héroes mediáticos de alcance planetario. Explosión tecnológica y diseño ultramoderno. Orden y progreso. El Partido no es consciente de la influencia que ejerce una opinión pública debidamente orientada. Es lógico, porque allí no conocen tal cosa. Les sorprendió el revuelo en torno al Tibet, los incidentes con la antorcha olímpica, las tímidas amenazas de boicot. Entienden, en cambio, la lógica del capitalismo. ¿Quién se atreve a estropear un buen negocio? El tiempo les da la razón. Cuando se apagan los ecos de la protesta, llegan las luces del espectáculo. Allí estamos… y los que no están, no será por falta de ganas. Es curioso: aquello empezó con el equipo de pingpong enviado por el «realista» Henry Kissinger. Para realismo, por cierto, el de Taiwán: una sola China, lazos eternos, cercanía afectiva. Tan lejos de la Guerra Fría y tan cerca del «dragón rojo».

Gao Xingjian, el Nóbel exiliado, lo tiene muy claro: «las protestas no van a servir de nada». Las cosas de Steven Spielberg, las denuncias de esta o aquella ONG, el recuerdo de Darfour y su régimen genocida, alguna palabra fuerte de Sarkozy para consumo interno… El que quiera hacer negocios, debe guardar un silencio prudente. Aquí hay un mercado sin límites y una capacidad inversora dispuesta a controlar la deuda pública emitida por el Tesoro americano. Una mano de obra barata y sin restricciones. Un potencial inmenso para la era global. ¿Y las libertades? Vamos al fondo del asunto. La demanda es muy escasa, no nos engañemos.

Domina en la naciente clase media un estado de ánimo que mezcla el escepticismo con el hedonismo. Es natural, después de Mao y su trampa gigantesca. No quieren saber nada de ideologías. Algunos dicen que el pecado de Occidente es la idolatría hacia los derechos humanos. Otros apelan al sentido común: ahora que empezamos a vivir bien… Los más reflexivos acuden al determinismo histórico: los letrados imperiales eran grandes administradores, pero pésimos comerciantes. Los que viajan por ahí fuera tienen una buena réplica: ¿tal vez son felices los pobres en su país? Las libertades individuales son un producto histórico muy definido, mezcla de Atenas, Roma y Jerusalén con una ciencia moderna que desemboca en la revolución industrial. No es fácil que arraiguen fuera de contexto. ¿Un pronóstico? Creo que China será, a medio plazo, una de tantas democracias aparentes, es decir, no constitucionales. La moda del siglo XXI son las dictaduras que ganan una falsa legitimidad en las urnas para acallar los escrúpulos del viejo mundo libre.

¿Y los Juegos? Un éxito, ya lo ven ustedes. Mientras la costurera de Gao lee a Balzac, nosotros, amigo lector, buscamos en televisión el canal que ofrece la mejor imagen. Hijos de la era global.

viernes, agosto 08, 2008

No olviden a la otra China

Por Bao Tong, ex secretario del ex primer ministro chino Zhao Ziyang. Vive desde 1996 en arresto domiciliario por su apoyo a los derechos humanos y sus críticas a la represión en el Tíbet (EL MUNDO, 08/08/08):

El mensaje implícito, y extraordinariamente eficaz, transmitido por los Juegos Olímpicos que hoy comienzan y por el renovado brillo que se deriva del prestigio nacional, es que todo el mérito le corresponde al inquebrantable régimen autoritario del Partido Comunista chino. La cita olímpica de Pekín asume así -irónicamente- un inmenso significado político interno: el evento simbólico por excelencia de la paz y de la cooperación internacional se vincula al renacimiento del nacionalismo.

El régimen chino actual se proponía transformar en realidad los ideales del comunismo -una ideología considerada en casi todo el mundo a estas alturas como fallida-. Sin embargo, lo único cierto es que el Gobierno de Pekín sigue pidiendo sacrificios a la inmensa mayoría de la población, sin ser capaz de ofrecer a cambio una futura sociedad comunista. Por eso, el nuevo objetivo declarado de los actuales dirigentes es el de construir una nación más fuerte, que sepa hacerse respetar en el escenario internacional. Así pues, la mejora de la posición china en el ámbito internacional sigue siendo la ambición principal de determinados sectores del país. Pero, por el contrario, la mayoría de la población, especialmente la que aún reside en las áreas rurales, es todavía víctima de la pobreza, de las enfermedades y de la precariedad económica.

Hoy la gloria de la nación se difundirá a través de la televisión entre millones de chinos -que viven en el campo-, que desde hace 50 años sacrifican su bienestar en pro de la industrialización del país, sin ninguna promesa de que el futuro les vaya a ofrecer grandes mejoras respecto a las condiciones de vida de sus antepasados. Hasta ahora, lo único que han visto son los bajos salarios pagados a los trabajadores de la construcción procedentes del campo, que son los que han levantado las enormes infraestructuras de los Juegos. Amén de la irrefrenable ocupación de terrenos -por decreto administrativo- para destinarlos a nuevos proyectos, sin consulta alguna y sin resarcimiento adecuado a la población local, condenada a ser desalojada de sus casas y de sus tierras de la forma más brutal.

No tengo la más mínima duda de que todos los beneficios económicos ocasionados por los Juegos Olímpicos irán a parar únicamente a manos de las elites urbanas, que se están enriqueciendo cada vez más. El estímulo económico producido por unos gastos estatales desaforados, por los inmensos proyectos de infraestructuras y por el flujo constante de inversiones extranjeras está siendo disfrutado exclusivamente por un ramillete de millonarios.

En teoría, el efecto del trickle-down (es decir, el acceso de las franjas menos favorecidas a la redistribución de la riqueza) debería darse en todos los sectores económicos. Pero, en cambio, la creciente distancia entre las rentas más altas y las más bajas sugiere que se está asentando una desigualdad sistemática, favorecida por un Gobierno cuyo eslogan parece ser el de siempre y sólo para los ricos.

Los Juegos son el ejemplo por antonomasia de este tipo de política que termina sirviendo sólo a una pequeña parte de la población. No hay que olvidar que los nuevos edificios brillantes y los cielos de Pekín temporalmente limpios y exhibidos con orgullo al mundo durante los próximos días se han conseguido a un precio muy elevado, el de innumerables sacrificios por parte de todos aquellos a los que las autoridades han desalojado, alejado y escondido a la vista de los visitantes que están llegando para asistir al evento.

Hay muy pocos signos de que los Juegos de Pekín hayan favorecido en China el nacimiento de una sociedad abierta. Y, de hecho, aunque periodistas extranjeros hayan podido disfrutar de un permiso de trabajo y residencia en el país desde el 1 de enero de 2007 hasta el final de los Juegos, lo cierto es que la represión gubernamental contra los abogados y los periodistas chinos ha proseguido imperturbable. La exhibida modernidad sigue presentando un neto contraste con la retrógrada forma de gobernar del Partido Comunista. La legitimidad del Gobierno se basa desde hace ya demasiado tiempo en equívocos y en mentiras históricas. Para preservar su cada vez más intrincada y compleja versión de la verdad, necesita tanto la censura como la supresión sistemática de la memoria común.

¿El entusiasmo de millones de telespectadores chinos ante los Juegos bastará para acabar con el recuerdo de la feroz represión de la plaza de Tiananmen? Nadie lo sabe con certeza, pero el Gobierno parece convencido de salir airoso de su empresa de inducir a una amnesia colectiva. Sólo así se explica su insistencia para albergar los Juegos y la atención en torno al futuro papel del país en el escenario mundial a partir de ahora. Utilizar la Olimpiada como instrumento de propaganda puede servir para promover una operación de imagen a corto plazo, pero no contribuirá a resolver los problemas de China.

Los auténticos problemas, de largo plazo y de largo alcance, se esconden tras la cita deportiva que hoy comienza, y tras la aparatosa celebración del evento. Medio siglo después de la puesta en marcha de las grandes directrices políticas, el Partido Comunista no ha sido capaz de ofrecer a su pueblo ni paridad de derechos ni servicios sociales fundamentales, como la enseñanza, la sanidad o la seguridad social, a pesar de haber nacionalizado -bajo el régimen de Mao- todas las tierras y amplísimos sectores de la economía.

Infinitas promesas se les hicieron a los pobres de las comunidades rurales (todas muy pronto olvidadas), mientras su mano de obra fue necesaria para la construcción de las modernas ciudades. Los fondos estatales financiaron modernísimas fábricas deportivas, teatros líricos y millones de kilómetros de redes de internet, olvidando sin embargo construir calles en los pueblos más pobres del país y rescatar de la bancarrota al sistema nacional de la seguridad social. Además, no se ha visto progreso alguno en el campo de los derechos civiles, la única forma de poner coto a las injusticias y de anclar el sistema en la legalidad y en el respeto a las personas.

A Deng Xiaoping se le reconoció el mérito de haber cambiado profundamente las políticas de Mao, pero, gracias a él, también surgió la idea, profundamente injusta, de dejar prosperar a las elites gracias al crecimiento económico. Hasta hoy, ningún político chino ha sido capaz de afrontar sistemáticamente, ni tan siquiera reducir, la injusticia social que reina en China, a pesar de todas las promesas hechas a las capas más débiles de la población.

Consiguientemente, el Gobierno está obligado a recurrir cada vez más a la represión, para mantener a raya el descontento, mientras se dedica con pasión a iniciativas propagandísticas como los Juegos.

¿Fiesta en Pekín?

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China (EL CORREO DIGITAL, 08/08/08):

Sea como sea, habrá fiesta en Pekín. Luces y fuegos de artificio en el Estadio Nacional, impresionante en su arquitectura, en una ceremonia-anticipo de lo que aguarda al mundo en esplendor y diseño. Nadie como los chinos ha logrado sofisticar tanto el arte de la transformación superficial. Pero la procesión va por dentro.

Pudiera pensarse que las rebeliones violentas que se han registrado en las últimas semanas en las provincias de Guizhou o Zhejiang, con ataques e incendios de edificios oficiales (del Gobierno, del Partido, de la Policía, etcétera), son hechos aislados, pero, al contrario, son el iceberg de un malestar cívico, a veces tan intenso, que ni la tregua olímpica puede lograr silenciar. A juzgar por dichos síntomas, el proyecto político de Hu Jintao se encuentra en la cuerda floja.

Desde sus inicios, en 2002, el líder chino ha propiciado un doble mensaje: giro social de la reforma y lucha contra la corrupción. Han pasado seis años, pero el balance no es muy alentador. En el primer caso, los discursos han sido muchos y también los compromisos respaldados formalmente por infinitos ceros que según el primer ministro Wen Jiabao deberían reducir las desigualdades, mejorar la vida en el campo y, en definitiva, socializar la prosperidad acumulada durante treinta años de galopante desarrollo. Pero las palabras y la realidad parecen alejarse y las informaciones que los medios chinos repiten sin cesar respecto a la mejora general del nivel de vida, ni los propios chinos se las acaban de creer. Y si en un primer momento había comprensión y esperanza, lo que ahora está surgiendo es rencor y desconfianza, sentimientos que se profundizan a medida que la crisis económica global repercute de forma negativa en las capas más humildes de la sociedad en forma de aumento de los precios de bienes básicos (en especial, la comida), ésos que han garantizado buena parte de la estabilidad hasta el momento. También aquí la vida parece subir más de lo sugerido por el IPC.

En cuanto a la corrupción, Hu Jintao ha adoptado muchas medidas en diversos planos destinadas a ensalzar el gobierno de la virtud (el código de los sarcásticos ‘ocho honores y deshonores’) por parte de los funcionarios públicos, pero también a acentuar la profesionalización de la lucha contra esta lacra, ya sea en forma de prevención o de represión. Se ha creado una agencia estatal específica, eso sí, subordinada a la oficina correspondiente del Partido, es decir, sin independencia efectiva, y se han ensanchado los márgenes de transparencia pública de los casos detectados. Pero la percepción social es que la corrupción aumenta, un fenómeno, estructural donde los haya, cada vez más asociado al hecho del monopolio político en el ejercicio del poder y a la abusiva utilización de este problema en las luchas intestinas. Y la permanente sospecha de fraude y connivencia con el delito prevalece sobre la presunción de honestidad de los empleados gubernamentales.

China se queja de la injusticia que suponen las críticas occidentales en materia de derechos humanos o de represión en Tíbet, del acoso a la antorcha olímpica, y de la incapacidad exterior para comprender el enorme esfuerzo que está realizando para coger de nuevo el paso de la sociedad global. Y pudiera no faltarle razón cuando denuncia los dobles raseros y la utilización interesada de sus problemas internos.

Pero una injusticia sin quebrantos anida hoy en su interior y abre una profunda brecha en la credibilidad de sus propios ciudadanos, rendidos ante la evidencia fáctica de que los conflictos del PCCh no son con la clase empresarial o los nuevos ricos, muy cómodos con la gobernanza comunista y poco interesados en otros desarrollos sociales o políticos, sino con los inmigrantes rurales, los campesinos, los desempleados, sectores importantes de la clase media, todos ellos descreídos progresivamente del mensaje redentor y patriótico del PCCh. A ello hay que sumar el vaticinio de que el probable relevo de Hu Jintao apuesta por la intensificación de las complicidades entre el poder y los nuevos poderes económicos emergentes.

El desgaste social del poder del PCCh y este divorcio exacerbado entre la alegría que sugiere la fiesta olímpica y la penuria que rodea aún la vida de millones de personas puede servir de caldo de cultivo de descontentos cualificados que se distancien del PCCh, cada vez más diezmado por las elites político-económicas a nivel territorial, abriendo paso, desde la izquierda, a otras opciones, socavando los intentos de ‘pluralizar’ la vida política de forma ordenada con el alargamiento de la base social del Gobierno (con más incorporación de personalidades independientes) y el beneplácito a un mayor protagonismo de otros partidos, sin merma de su subordinación al PCCh.

Esa fractura de las dos Chinas (una a la que le va de maravilla con el mercado y otra que ya ni con lupa consigue apreciar algún residuo de socialismo) constituye una severa amenaza que el Gobierno y el PCCh no pueden tomar a la ligera, exigiéndoles un mayor empeño y contundencia para pasar de las palabras a los hechos. De lo contrario, terminada la fiesta de Pekín, las grietas abiertas podrían hacer temblar de nuevo las bases de su sistema político, desbordando los anuncios de una mayor democracia, por el momento asumida como privilegio experimental de los miembros del PCCh.