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domingo, marzo 29, 2009

Estragos educativos del porro

Por Vicente Carrion Arregui, profesor de Filosofía (EL CORREO DIGITAL, 28/03/09):

No se alarmen. No quiero hablarles de aquel chaval que empezó a fumar porros y acabó atracando farmacias, ‘yonqui’ perdido, sino de esta jovencita que ha pasado de ser una estudiante ejemplar a no poder terminar la ESO, reactiva a toda recomendación familiar que no sea complacer sus antojos. No ignoro que una cosa puede llevar a la otra pero es tan evidente que no por fumar porros se convierte uno en marginado social, delincuente, maltratador o abusador sexual -por probable que sea la asociación de todas estas conductas con las drogas- que más que incidir en el incierto futuro del joven porrero me interesa abundar en el vertiginoso presente de quienes se inician tan a la ligera en prácticas de alto riesgo. Hablamos de cerca del 40% de los dos millones y medio de jóvenes entre 14 y 18 años, de los cuales ’sólo’ el 10% corren riesgo de convertirse en adictos de por vida, según el último Informe del Plan nacional sobre Drogas. Es a ese 90% restante al que quiero referirme para advertirles del daño innecesario que se hacen a sí mismos y a sus familiares creyendo que el cánnabis ensancha sus horizontes vitales cuando en realidad los limita.
La idea de que las drogas expanden la conciencia y pueden favorecer el autoconocimiento, la creatividad y la comunicación tuvo sus valedores en la cultura hippie pero no ha resistido ni las evidencias de los estudios médicos (con la excepción de sus propiedades paliativas de determinados dolores) ni, sobre todo, las del deterioro vital de sus paladines, machacados en cuerpo y alma al cabo de los años por las sustancias que iban a liberarles. Es obvio que las drogas deparan momentos memorables -y en ello radica su peligrosidad: en lo mal que puede uno sentirse cuando se pasa su efecto-, por lo que puede ser muy placentero su consumo ocasional. Pero de ahí a defender su conveniencia hay mucho trecho. En todo caso, lo que decidan hacer los adultos con su existencia es cuestión de cada cual. Convivir con los porros no me parece tan diferente a convivir con el alcohol, el tabaco o los psicofármacos, sólo que no veo ventaja alguna en hacer apología de tales limitaciones personales de la libertad, sobre todo cuando se proyecta sobre los jóvenes una falsa idea sobre los paraísos artificiales contenidos, en este caso, en el cánnabis. El derecho a desconectar de las complicaciones vitales por medio de estupefacientes legales o ilegales que podamos concedernos como adultos no es extensible a los menores de edad porque las drogas pueden provocar daños estructurales en sus circuitos cerebrales y en sus personalidades incipientes.

Ahora bien, no por ser conscientes de los perjuicios de su consumo hemos de negar el manifiesto placer que provocan. Si así lo hiciéramos daríamos argumentos a sus defensores por ignorar lo que todo adicto considera principal: la inmediatez de su disfrute. En mi opinión, una sólida prevención antidroga ha de reconocer en ellas el poderío de hacer intolerable la vida en su ausencia porque todo parece absurdo cuando llega el bajón. Pues es la intensidad del bajón lo que provoca esa permanente ansiedad por reproducir la experiencia añorada al precio que sea: económico, laboral o desatendiendo los compromisos o traicionando las confianzas que haga falta. Pasa con las drogas más duras, sí, pero con los porros también.

Una de las características principales de un buen porro es el sentimiento de bienestar que provoca. Sea por la intensidad perceptiva que realza la belleza del paisaje o la plenitud del momento presente, suscitando sentimientos de paz y armonía con el entorno, sea por la fluidez con que se desinhiben las emociones y ocurrencias, posibilitando experiencias de comunicación interpersonal de gran impacto, como si quedara al alcance de la mano la intimidad propia y ajena. No es de extrañar así que se haya incrementado tanto su consumo entre los jóvenes (se ha cuadruplicado desde 1994), tan atentos a tejer lazos amistosos libremente elegidos, tan urgidos por salir del cascarón familiar, tan inseguros a la hora de ensayar sus primeros escarceos sexuales. Lamento quitarle lírica a esos momentos del sábado noche en que el tiempo se detiene mientras alguien lía un canuto, preludio fijo de risas y franquezas, pero no puedo sino afirmar que la felicidad que esas caladas procuran es sólo aparentemente inocua pues, en realidad, el gusto por reproducir esos momentos a posteriori, liando ya tus propios porros, puede ser extraordinariamente dañino para los estudios y para la vida familiar.

Es muy difícil resistirse a un fogonazo de placer inducido por algo tan sencillo como unas cuantas inspiraciones. ¿Qué tiene de malo sentirse bien?, se dicen la mayoría de los chavales que lo experimentan. Que cuando se pasa el efecto en vez de sentirte ‘normal’ te vas a sentir ‘mal’, contesto, con lo que empezarás a organizar tus días, tu economía y tus rutinas en función de repetir las experiencias placenteras, primero el próximo fin de semana, luego entre semana, luego a diario después de clase, luego en los recreos, luego haciendo piras, luego decidiendo que es una tontería estudiar, trabajar u obedecer cuando se tiene tan claro dónde y con quiénes está la fuente del placer.

Afortunadamente no siempre el consumo de porros provoca el fracaso escolar, pero creo que sí se produce siempre una peligrosa distorsión en la identidad personal, en la imagen que uno tiene de sí mismo. El placer de fumar un porro supone una inflación egoica que suscita calma, aparente lucidez, aceptación personal y sentimientos de omnipotencia. En edades adolescentes, ya de por sí máximas en egocentrismo, la idea que el porrero se hace de sí mismo es tan estupenda que le hace sospechar de la estupidez del sistema educativo y de todo lo que suene a esfuerzo, responsabilidad y ejercicio de la voluntad. Pasados sus efectos, queda la ansiedad, la desgana, el sentimiento de ser muy poca cosa, el desajuste entre las ideaciones y la capacidad para materializarlas, en fin, que los porros tensan extraordinariamente el abanico de estados interiores y por eso son proclives a desencadenar psicosis, trastornos bipolares, ‘borderlines’ y demás. Pero sin llegar a la patología psíquica, algo siempre se quiebra entre el consumidor de porros y su entorno educativo y familiar. Hay un secreto que nadie sino él conoce: «no hay mejor momento en la vida que el de fumarse un porro», y hay que desarrollar toda una cadena de autojustificaciones, mentiras, ocultaciones, broncas y engaños para encontrar esos momentos de aparente encuentro con el bienestar ‘auténtico’. El joven porrero necesita crear una nueva frontera hacia sus familiares y educadores porque ha puesto bajo sospecha los códigos educativos en los que se había criado. El natural proceso de rebeldía generacional en aras de su afirmación personal se distorsiona completamente por influjo del cannabis. Toda la lógica del esfuerzo, la autosuperación, la atención a las necesidades ajenas, el disfrute de las rutinas domésticas y de los placeres sencillos se viene abajo ante el arrebato explosivo del colocón. La comprensión ‘auténtica’ de sus colegas desbanca de pronto el laborioso influjo de padres y educadores porque le dicen a nuestro aprendiz de adicto lo que quiere oír: que no pasa nada, que los porros no enganchan, que los puede dejar cuando quiera.

Y no es verdad. Claro que el cánnabis no genera una adicción física tan intensa como otras drogas pero su influjo psicológico en el desarrollo adolescente puede ser muy intenso. Y no tanto por sus efectos más obvios en la memoria, en la concentración mental, en la somnolencia o en los altibajos emocionales, sino porque altera completamente la relación del joven con su propia fuerza de voluntad, auténtico motor de su realización futura, y también porque le confunde extraordinariamente en el ámbito afectivo: pasan a ser queridos quienes posibilitan sus amoríos con los porros y se convierten en enemigos todos los que rechazamos que pueda derivarse otro beneficio de sus juegos peligrosos que el de darse cuenta por sí mismo de qué peligroso era el juego del que ha escapado.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, junio 25, 2008

China conmemora el Día Internacional contra la droga con ejecuciones y sentencias

REUTERS - Pekín - 25/06/2008

Los tribunales chinos han emitido cinco sentencias de muerte en casos relacionados con tráfico de drogas y han ejecutado a tres personas con el objetivo de atraer la atención al problema del aumento del consumo de estas sustancias. Además, a principios de esta semana, los juzgados de cuatro ciudades chinas emitieron otros 20 veredictos relacionados con el mismo tema. Todo ello intenta remarcar Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas, que se celebra este jueves.

China contempla la pena de muerte para diversos tipos de delitos y, según denuncian las asociaciones por los derechos humaos, ejecuta al año alrededor de 10.000 personas, más que ningún otro país del mundo.

Tras su llegada al poder en 1949, los dirigentes comunistas chinos eliminaron casi por completo el consumo de droga en el país, ya que consideraban que la adicción al opio debilitaba un país. Sin embargo, el uso de estas sustancias está reapareciendo en China, donde la policía asegura que el año pasado se duplicaron los casos.

sábado, marzo 15, 2008

A fumar porros a otro sitio

Por ISABEL FERRER (El País, 16/03/2008 )

El Mississipi y el Smoky son los nombres de sendos barcos anclados en la orilla del imponente río Mosa. Albergan dos de los cafés más famosos de la ciudad de Maastricht, pero en ellos no se puede comer ni tampoco beber alcohol. Con las ventanas cerradas, el humo forma una nube mecida por melodías que van desde los Beatles hasta los raperos de última hornada. Ambos establecimientos son dos de los 15 con licencia para el consumo de derivados del cannabis, concentrados en el corazón de una de las ciudades más monumentales de Holanda y símbolo de la Unión Europea por el tratado que lleva su nombre.

Sentados frente a una vitrina repleta de utensilios para fumar, cortar o liar la marihuana, juegan a las damas unos jóvenes llegados del otro lado del Atlántico que no pueden ocultar su asombro. "Esto no puede hacerse en Estados Unidos", dicen, mientras fuman con cierta agitación.

Los cafés de este tipo existen desde hace décadas. Pero el Ayuntamiento tiene un plan para ellos. Consiste en trasladar una parte de estos coffee shops desde el centro urbano a unos solares en el extrarradio. Ocho de los 15 establecimientos deben agruparse en tres rincones de nueva planta, al lado mismo de la frontera belga. El proyecto lo patrocina el alcalde democristiano, Gerd Leers, cansado del caos circulatorio causado por los turistas de la droga que aprovechan la proximidad de Maastricht a Bélgica, Luxemburgo y Alemania. Unos visitantes que van y vienen apresurados y apenas contribuyen a la economía de la ciudad.

A pesar de sumar ingenio al pragmatismo oficial, que otorga a los coffee shops la función social de separar el consumo de la droga blanda de la dura, el alcalde ha chocado con unas leyes internacionales mucho más restrictivas.

Apoyado por los municipios belgas colindantes de Visé y Voeren, furiosos por tener que rozarse con los nuevos locales proyectados por el alcalde Leers, y con sus aparcamientos para centenares de coches, la también vecina y holandesa villa de Eijsden interpuso una demanda ante los tribunales contra la mudanza. Y los jueces acaban de fallar: consideran que Maastricht no ha demostrado que los nuevos emplazamientos permitan evitar los atascos y la presencia de traficantes de drogas duras, que suelen rondar los coffee shops autorizados para el consumo de porros. "Un auténtico desengaño", según el propio Leers, que ha perdido el primer asalto y prepara ya la apelación. "Buenas noticias, si bien el peligro no ha desaparecido. Uno de los proyectados rincones habría estado a dos o tres minutos de Voeren", dice Huub Broers, alcalde de dicha localidad, que no está dispuesto a que su ciudad sea ruta de paso para los narcoturistas.

Después de tres décadas de tolerancia con el consumo de marihuana y hachís, que han convertido a los cerca de 800 coffee shops del país en una atracción turística más, el Parlamento le ha pedido al Ministerio de Sanidad que evalúe la despenalización. Una solicitud histórica que arrojará luz sobre la efectividad del hecho de poder comprar cinco gramos diarios por persona y consumirlos en el local autorizado para ello. En la calle o en otro tipo de bar, el mismo usuario se convierte en delincuente y es multado. O bien la aparente paradoja de los dueños de coffee shops, que pueden almacenar hasta 500 gramos del producto para su venta siempre que no lo hayan conseguido traficando. Algo más que probable, puesto que cultivar cannabis en cantidades que superen el uso privado está prohibido, y un solo local puede recibir miles de clientes semanales y ganar cerca de medio millón de euros al mes. ¿Cómo podría, entonces, abastecerse sin recurrir al mercado negro? Salvado ese escollo que es perseguido por las autoridades, las cifras de consumo se mantienen estables desde hace años. Según el Centro Nacional contra las Adicciones, en 2005 había 363.000 usuarios en Holanda. Ese mismo año, una de cada cinco personas había probado alguna vez el cannabis.

Con sus 120.000 habitantes, las lagunas de la despenalización de las drogas debatidas en el Parlamento asomaban en Maastricht. Tal y como imponen las normas, a los famosos Mississipi y Smoky sólo se les reconoce por el rótulo. En la entrada, en lugar de los precios o los productos ofertados, se detalla en varias lenguas la obligación de ser mayor de edad para poder entrar. En el interior se puede pasar el día fumando y consumir refrescos y algunas nueces o patatas fritas.

"Que decidan lo que quieran. Nosotros somos legales, y si nos trasladan seguiremos abiertos. Claro, es lógico que se quejen de los atascos. En especial los fines de semana. Pero este lugar es más tranquilo que cualquier discoteca, donde la gente se emborracha y acaba pegándose", explica sonriente Tilly, el encargado de Smoky, al evaluar los planes de la alcaldía.

Detrás de Tilly, al fondo de la bodega del barco, el despacho de hierba tampoco cuenta con el letrero habitual de cualquier vendedor. No hay precios, para evitar la publicidad. De todos modos, las cantidades abonadas suelen variar poco de un local a otro. Algo más de un gramo de marihuana (1,4 gramos) cuesta unos 12 euros; un cigarrillo, cuatro euros. Para los que hacen demasiadas preguntas, o es su primera vez a bordo, hay folletos explicativos editados por la asociación oficial de coffee shops de Maastricht. Es mejor saber que no todo el cannabis tiene el mismo efecto. Ir bien acompañado asegura el regreso a casa. En la calle, las cosas pueden ser menos amables. "Si le sigue un drugrunner [lo mismo puede ser un ladrón que un traficante] no le haga caso. Tampoco le dé dinero. Ofrecer drogas blandas o duras es ilegal", reza la hojita informativa.

Tanto autocontrol contrasta con las quejas de los hoteleros de la ciudad. Desde el L'Orangerie se pueden ver anclados el Mississipi y Smoky, y la percepción ambiental es distinta. "Es imposible circular por el paseo fluvial del Mosa. Y aquí mismo, en esta calle, hay un coffee shop que no será trasladado y sólo nos crea problemas. Los traficantes rondan y acosan a nuestros clientes. Es posible que el cliente que fuma hachís no haga nada, pero el mundo que le rodea entorpece el negocio hotelero", sentencia la encargada del hotel.

Majestuosa y próxima a partes iguales, Maastricht prefiere sin duda ser recordada como la sede de la firma del Tratado de la Unión Europea en 1991. Sin embargo, la decisión del Gobierno de centro-izquierda de evaluar la tolerancia con las drogas blandas puede acabar jugando a su favor. Apartar de los centros históricos urbanos el negocio de la marihuana tiene visos de ganar adeptos entre los legisladores.

viernes, febrero 15, 2008

Las drogas, armas de destrucción masiva

Por Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño, y consultor para la resolución de conflictos internacionales (EL PAÍS, 14/12/07):

Sayed comenzó a proyectar desde su ordenador portátil decenas de fotografías de norteamericanos connotados, eran millonarios, ejecutivos de multinacionales, políticos republicanos y demócratas, militares, personajes de Hollywood, modelos, actores y actrices, cantantes, deportistas, periodistas, escritores, pintores, músicos, académicos y activistas de izquierda; en fin, una muestra de quienes detentan el poder económico, político, intelectual, cultural y mediático en los Estados Unidos. Al terminar de exponer las fotografías, Sayed dijo: “Estos personajes, y 25 millones más de norteamericanos, tienen algo en común, todos ellos son consumidores de algún tipo de droga ilegal”.

Sayed, un bioquímico nacido en Pashtum, una región ubicada en la frontera entre Afganistán y Pakistán, había obtenido su doctorado en Francia, pero su futuro prometedor terminó cuando su familia murió resultado de un bombardeo norteamericano. Nunca le interesó ni la política ni la religión, pero desde ese bombardeo sólo pensaba en vengarse. Había dictado muchas conferencias, pero ese día disertaba en una modesta casa en su tierra natal, ante un grupo que no era ni de académicos ni de estudiantes.

Sayed mostró datos de los consumidores de drogas estadounidenses por edades, ingresos y ubicación, explicando cómo la droga fluía con rapidez desde barrios pobres controlados por delincuentes hacia zonas de clase alta. Luego proyectó un mapa del mundo que destacaba los países productores y las rutas que seguían las drogas para llegar a Estados Unidos y Europa Occidental desde Afganistán, Pakistán, Birmania, Nigeria, Marruecos, Sudán, Bolivia, Colombia, Venezuela, Guatemala, México y otros. Seguidamente agregó: “Los países productores o de tráfico de drogas tienen conflictos internos, gran inseguridad, desorden, corrupción y poderosas redes delictivas. En algunos casos, EE UU tiene malas relaciones con sus Gobiernos, sin embargo su sociedad necesita de las redes criminales para abastecerse de drogas. Estas redes delictivas están interconectadas mundialmente y a través de ellas se puede llevar un producto desde donde estamos reunidos hasta las casas de los personajes que presenté al inicio”.

Sayed concluyó su exposición ante el grupo de terroristas islámicos diciendo: “Los americanos están esperando ataques atómicos, biológicos o atentados similares a los del 11 de septiembre, pero las drogas salen de nuestro mundo y llegan hasta el mundo de ellos sin que nadie controle su calidad. Una vez un cargamento llega a Estados Unidos, éste se convierte en infinidad de pequeñas dosis. No necesitamos bombas, sólo necesitamos alterar las drogas y convertirlas en una dosis de destrucción masiva y en pocos días les causaríamos millones de muertos”.

Esta historia es totalmente ficción, pero las premisas operacionales que la sustentan son completamente posibles. La intención es dramatizar cómo el consumo de drogas es ahora la mayor vulnerabilidad a la seguridad estratégica de Estados Unidos y Europa occidental frente al terrorismo. Las drogas naturales o sintéticas salen de lugares donde dominan terroristas y/o mafias del crimen organizado en Asia, África y Latinoamérica y llegan desde allí a millones de consumidores. Son comunes las intoxicaciones por drogas adulteradas y hay antecedentes de envenenamiento de comestibles; quienes preparan, trafican y venden las drogas no son ni médicos ni farmacéuticos, son criminales sin escrúpulos. Nadie pensó que aviones de pasajeros podían ser utilizados como misiles; utilizar las drogas como arma química es más fácil. Las hipótesis de ataques del Pentágono, la CIA o la ficción de Hollywood palidecen frente al riesgo real de un envenenamiento masivo por drogas. En EE UU rara vez se capturan grandes cargamentos a pesar de que allí se vende más del 40% de la producción mundial.

A la base de toda esta vulnerabilidad existen unas relaciones perversas, hipócritas y muy peligrosas entre la sociedad estadounidense y occidental con el terrorismo y el crimen organizado. Los persiguen, pero los financian; los quieren destruir, pero los arman; los consideran despreciables, pero toman las drogas que producen.

Son los consumidores de Chicago, Londres, París o Madrid quienes pagan la corrupción de los policías mexicanos, y quienes financian el terrorismo en África, Asia y Colombia. Un cigarro de marihuana, unos gramos de coca o heroína, o unas pastillas de éxtasis que llegan como diversión al consumidor final, dejan en el camino miles de muertos, poblados aterrorizados, policías convertidos en delincuentes, robos y prostitución realizados para sostener el vicio, niños que reciben drogas promocionales, millones de adictos incurables y guerras interminables, y en todo esto no hay nada divertido. Las drogas matan al distribuirlas y matan al consumirlas, tienen una lógica homicida y suicida.

En los años ochenta, Estados Unidos lanzó una guerra contra Nicaragua supuestamente para evitar que llegaran armas a la guerrilla salvadoreña, sin embargo ahora, de las 100.000 tiendas legales de armas que posee dicho país, hay 12.000 en la frontera sur que abastecen a los narcotraficantes mexicanos. El Gobierno de México capturó 90.000 armas entre 1995 y 2006. Sólo en el último año decomisó 3.300 fusiles de asalto. Los narcotraficantes podrían estar comprando unas 10.000 armas de guerra anualmente en Estados Unidos, bastante más de lo que recibíamos los guerrilleros salvadoreños. Pero no sólo son armas, en Colombia le decomisaron 14 millones de dólares a las FARC provenientes de la cocaína, y en México descubrieron 205 millones provenientes de la anfetamina. La narcoguerrilla colombiana compró al ex jefe de la inteligencia peruana Vladimiro Montesinos para ejecutar la más grande operación logística subversiva de Latinoamérica. 10.000 fusiles provenientes de Jordania llegaron así, por vía aérea, hasta las selvas colombianas.

Son los narcodólares estadounidenses la mayor amenaza a la estabilidad latinoamericana, éstos han convertido a Guatemala en un Estado fallido. Es la heroína de Afganistán lo que mantiene fuerte a Osama Bin Laden. Los planes estadounidenses de lucha contra la oferta de drogas han fracasado y creado un enorme agujero en su propia seguridad. El personal que se requiere para llevar droga clandestinamente hasta los Estados Unidos es mucho menos que el que se necesita para mercadearla en las calles.

Mientras los capos que trafican con las drogas, como Pablo Escobar, son perseguidos a muerte, las celebridades que las publicitan consumiéndolas, como la supermodelo británica Kate Moss, son regañadas por la policía, recibiendo nuevos millonarios contratos de trabajo como pena. Garantizar la oferta es delito, pero promover el consumo no. Los narcocorridos mexicanos invitando a desafiar a la muerte, y la expresión sexo, drogas y rock and roll invitando a divertirse, evidencian el absurdo de una seguridad basada en perseguir a la oferta y tolerar a la demanda. Las drogas deberían legalizarse, pero eso es imposible porque requeriría un acuerdo internacional simultáneo.

La doctrina de seguridad americana considera que la principal motivación de los insurgentes y/o terroristas es ideológica, antes era el comunismo y ahora el fanatismo islamista. Las personas comunes no caen en la violencia política por ideología, sino por emociones; y son las personas comunes quienes dan fuerza a una insurgencia. Médicos que ganaban 200.000 dólares anuales se convirtieron en hombres bomba para atacar aeropuertos británicos. Cuando se bombardea y ataca indiscriminadamente se multiplican el odio y las emociones, esto aumenta las posibilidades de que personas normales hagan cosas anormales. ¿Cómo controlaría Estados Unidos un ataque terrorista que utilizara las drogas como arma de destrucción masiva? ¿Podría evitar que se introdujeran? ¿Podría evitar que llegaran a las calles? ¿Podría evitar que fueran consumidas? Por ahora ninguna de esas tres cosas es posible, sólo falta entonces que los bombardeos generen un Sayed.

domingo, noviembre 04, 2007

¿Y si mi hijo se droga?

Por Begoña Del Pueyo, responsable del espacio Padres sin complejos en el programa Protagonistas de Punto Radio (EL PERIÓDICO, 05/10/07):

Este es el angustioso interrogante que la mayoría de los padres de adolescentes se plantean a la vista de cifras de consumo que, pese a haber descendido, continúan siendo preocupantes tal como se nos presentan. Las advertencias que alimentan el miedo actúan al final como profecía que se cumple, y así lo perciben muchas veces los jóvenes, que no se ven reflejados en la imagen que la sociedad proyecta de ellos. Frente al 20% de jóvenes entre 14 y 18 años, que se fumaron un porro en los 30 días anteriores a la encuesta presentada por el Ministro de Sanidad, un 80% no lo hicieron. Un 97,7% de los adolescentes nunca se ha hecho una raya y más del 50% no se emborracha.

Es importante tener en cuenta estos porcentajes, porque de otro modo cometemos el error de normalizar precisamente las actitudes que tratamos de corregir y de hacer que se sientan raros los que no hacen lo que se percibe como habitual para la mayoría de la sociedad, aunque se esté censurando. Una encuesta realizada en institutos resultó muy esclarecedora: un número significativo de los adolescentes consultados confesaron que consumían sustancias cebo que se incluyeron en el test a pesar de no existir. Ellos no querían ser menos que sus compañeros, una reacción normal en esa edad en la que la pertenencia al grupo está tan acentuada.

El otro efecto demoledor de las estadísticas provoca en los padres la impotencia de no saber enfrentarse a un problema que algunos consideran insuperable. Precisamente en un estudio realizado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, un 43% de los padres de niños todavía pequeños confesó no querer que crezcan, ante su incapacidad para ofrecerles argumentos que impidan el consumo de drogas. Un miedo que se traduce en dejación de responsabilidades, que se proyectan sobre la escuela, la Administración, la policía o el psicólogo, al que se acude con mucha más asiduidad en los últimos tiempos de lo que a los propios profesionales les gustaría.

Por eso conviene recordar que de la gran mayoría de los jóvenes que incurren en un consumo experimental de sustancias, de esos que prueban durante los fines de semana, no más de un 10%-15% acaban desarrollando una adicción que requiere tratamiento. Evitar el consumo problemático depende de los factores de protección, y en eso los padres tienen muchos más recursos a su alcance de los que imaginan.

EL PSICÓLOGO Jaume Funes no se cansa de explicar que los hijos ya saben que sus padres no son Supermán, que no esperan de ellos actitudes heroicas, que saben que se pueden equivocar y que a veces, aunque quieran, no pueden ayudarlos. Lo que quieren y necesitan es sentirse queridos. Eso pasa por acabar con la tacañería emocional, por reconocerles lo que hacen bien, al menos con la misma intensidad que les reprochamos cuando se portan mal, pero también por no disculparse a la hora de prohibir lo que resulta inaceptable.

Frente a esa visión negativa de lo que representa la juventud, en Holanda ha sido todo un revulsivo un interesante estudio editado por la consultora de márketing juvenil Keesie (las conclusiones se están adaptando a la realidad española). Denominan Generación Einstein a los jóvenes del siglo XXI: más listos, más rápidos y más sociables que las generaciones precedentes. Jóvenes individualistas que, sin embargo, priman por encima de todo la familia, la protección, la seguridad y la confianza que encuentran en ella.

El anhelo universal de los hijos es la dedicación, pero no necesariamente se mide en las horas que los adalides de la conciliación de la vida familiar y laboral reprochan a las madres que trabajan, sino en la calidad de la escucha; en ponerse en su lugar; en observarles, porque a esa edad con la cara pagan, y se pueden sacar más conclusiones del lenguaje gestual, de sus silencios, que de sus confesiones. Pasa también por dejarse de prejuicios y reconocer que de los hijos también se pueden aprender nuevas maneras de entender la vida.

MUCHA preocupación no necesariamente conduce a una mayor coherencia, como sucede con esa sociedad que censura el botellón, pero que en las salidas familiares con los más pequeños, la cita del fin de semana se centra en el aperitivo, con el bar como referente de ocio, o cuando en las reuniones familiares y con amigos se empeñan en rellenar una y otra vez el vaso del invitado, a pesar de sus quejas, que muestran ante sus hijos que beber, más que en una costumbre, se convierte en un deber social. Padres y madres que pertenecen a ese millón y medio de españoles que se subirían por las paredes si ven a su hijo fumando un porro o tomando una pastilla, pero que engrosan las cifras de los consumidores que abusan de los ansiolíticos y antidepresivos sin prescripción médica.

Lo importante en realidad no es la sustancia, sino el uso que se haga de ella, descubrir qué expectativa no cubierta está rellenando. Vacunar a los hijos contra las drogas no pasa necesariamente por hablarles de hongos, de porros o de rayas, sobre los que los padres no deben tener complejo de desconocer. El papel paterno está más en aplicar las tres erres: responsabilidad, reglas y respeto.