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jueves, marzo 31, 2011

Jean-Bertrand Aristide: si se recupera el ejército de Haití, "volvemos de nuevo a la miseria"

Democracy now!, (21 de marzo de 2011)

Escuche/Vea/Lea (en inglés)

El ex presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide y su familia volaron el viernes gracias al gobierno sudafricano de vuelta a su hogar en Haití, tras siete años en el exilio. Poco antes del viaje, el presidente Obama llamó al presidente sudafricano Jacob Zuma para intentar que evitara el viaje. Pero el gobierno sudafricano declaró que no cedería a las presiones, así que la familia Aristide tomó el vuelo en Johannesburgo el jueves por la noche. Amy Goodman, presentadora de Democracy Now!, fue la única periodista que los acompañó durante el viaje. Esta es la primera parte de la emisión mundial de nuestra conversación exclusiva con Aristide mientras sobrevolábamos el Océano Atlántico en dirección a Haití. “Si decidimos volver a tener un ejército de 7.000 soldados que controle el 40 por ciento del producto interno esto querría decir que estaríamos volviendo otra vez a la miseria, en lugar de hacer algo por pasar de esa miseria a una pobreza digna”, afirma Aristide.

AMY GOODMAN: Jean Bertrand Aristide y su familia regresaron a su hogar en Haití con el apoyo del gobierno sudafricano después de siete años de exilio. A principios de la semana pasada, justo antes del viaje, el presidente Obama llamó al presidente sudafricano Jacob Zuma, para tratar de impedir ese viaje. El gobierno sudafricano dijo que no cedería a las presiones. De modo que los Aristide abordaron el avión brindado por el gobierno sudafricano y el jueves por la noche salieron con destino a Haití.

En este informe exclusivo de Democracy Now!, ya que estuve durante el viaje por Dakar, en Senegal, para reabastecernos de combustible y fui la única periodista abordo del vuelo, hoy presentamos la primera parte de nuestra conversación exclusiva para una emisión a nivel mundial con el ex presidente de Haití, mientras sobrevolábamos el Atlántico y nos aproximábamos a Haití

AMY GOODMAN: Presidente Aristide, éste es un día histórico para usted, ya que estamos próximos a aterrizar en Puerto Príncipe y terminar un exilio de siete años en Sudáfrica. ¿En qué piensa a medida que nos acercamos a su país?

JEAN–BERTRAND ARISTIDE: Estoy seguro que el pueblo haitiano está celebrando este día histórico, un día histórico para ellos que me incluye a mí. Ellos siempre dijeron “Dignidad, dignidad, dignidad”. Este día les trae dignidad a ellos y al país. Cuando recordamos las condiciones de vida de nuestros antepasados que habían sido traídos de África a Haití, eso era la esclavitud no la libertad, y ellos lucharon para tener libertad. Celebrar la dignidad hoy es también reflexionar sobre la libertad, libertad de la mente y del corazón, antes de que tengamos libertad en todo el mundo.

AMY GOODMAN: ¿Qué significado tiene el vínculo establecido entre estos dos países, Haití y Sudáfrica? ¿Se reunió con el ex presidente sudafricano Nelson Mandela mientras estuvo en ese país?

JEAN-BERTRAND ARISTIDE: Nos reunimos varias veces. La primera vez fue cuando él salió de la cárcel, antes de las elecciones de 1994 [inaudible] en Estados Unidos, después yo fui a Sudáfrica para la ceremonia de asunción del mando. Desde entonces, Mandela sigue siendo un gran hombre, no sólo para Sudáfrica, para África y para los afrodescendientes, sino para todo el mundo. Un hombre digno que luchó por la libertad.

AMY GOODMAN: Democracy Now! estuvo en Haití el año pasado; yo también estuve allí en 1995 cuando usted volvió a Haití después del primer golpe y recuerdo haber escuchado la noticia de que usted iba a disolver las fuerzas armadas. En este momento se está debatiendo sobre el reestablecimiento de las fuerzas armadas ¿Qué piensa de eso?

JEAN-BERTRAND ARISTIDE: Bien, yo puedo, como dije, desde mi posición de simple ciudadano, invertir en educación, continuar hablando de los derechos humanos. Si usted es policía, debe respetar los derechos del pueblo y el pueblo debe respetar sus derechos también, porque usted es un ser humano. Con una fuerza policial que respete los derechos del pueblo haitiano, el pueblo se mueve de manera lenta pero segura de la miseria a la dignidad, a la pobreza con dignidad. Ese fue un movimiento muy lento, de la miseria a la pobreza con dignidad. Pero si decidimos volver a tener un ejército de 7.000 soldados que controle el 40% del presupuesto nacional, estaríamos volviendo otra vez a la miseria, en vez de tratar de hacer algo por pasar de esa miseria a una pobreza digna. Cuando recordamos la cantidad de gente que fue asesinada por el ejército de entonces, ¿queremos volver a lo mismo, pasar de eso mismo a algo peor, sabiendo que las víctimas aún están sufriendo, los padres, las madres, los amigos [inaudible], sin que exista todavía justicia para ellos? Cuando enseñamos, cuando educamos nos enfocamos en los derechos humanos, en los derechos de cada uno de los ciudadanos y evitamos estructuras que puedan violar los derechos humanos en vez de protegerlos. El futuro de Haití debe basarse en el respeto a los derechos de cada uno de sus ciudadanos.

AMY GOODMAN: Usted está volviendo después de siete años de exilio como resultado del golpe de estado en 2004. Yo estaba en el avión con usted cuando vino la delegación a la República Centroafricana para enviarlo de regreso al hemisferio occidental. En ese momento usted describió lo sucedido como un golpe respaldado por Estados Unidos luego del cual fue secuestrado. ¿Puede decirnos qué pasó entonces, por qué lo destituyeron y lo exiliaron de su país?

JEAN-BERTRAND ARISTIDE: Creo que los últimos siete años les dieron a todos la posibilidad de ver la verdad y se hizo obvio lo que sucedió. Los que quieren saber la verdad, pueden verla. No se puede obligar a verla a quienes se rehúsan. Cuando uno comete un error, es un error. Si uno decide seguir en el error, es peor. Se cometió un error con el golpe. Los que quieren mejorar las cosas, deben entender que la gente analfabeta no es tonta. El pueblo haitiano no es tonto; es posible que muchos de nosotros seamos analfabetos, pero es gente brillante. Ellos entienden. Y hay tanta gente en todo el mundo que también entiende lo que pasó. Es posible que no tengan poder para cambiar las cosas, pero entienden.

Y ahora lo que hay que hacer es que los haitianos y los verdaderos amigos de Haití en todo el mundo junten las manos para salir de donde estamos, porque siete años después del golpe, estamos peor de lo que estábamos antes del golpe. De modo que el tiempo nos está diciendo que fue un error; debemos reconocerlo; debemos superarlo para poder juntar las manos y cambiar la vida. Ese es un deber.

AMY GOODMAN: Usted dijo que todos sabían lo que pasaba. ¿Puede contarnos qué pasó?

JEAN-BERTRAND ARISTIDE: Tal vez un día hable de eso, pero si no le importa, si me permite, hoy preferiría concentrarme, enfocarme en lo positivo. Lo positivo es su presencia, la presencia de los miembros de las delegaciones, como Ira Kurzban, que comenzó a luchar por el pueblo haitiano hace varios años, Danny Glover y otros. Los que no pueden venir como la Representante Maxine Waters, como Randall Robinson y tantos otros que quieren avanzar con el pueblo haitiano. Ese espíritu positivo se puede reflejar en su compromiso de ayudar a los haitianos. Y los haitianos son los primeros en decir: “No estamos pidiendo limosnas. Solo estamos tratando de hacer lo mejor con dignidad y dando la bienvenida a los amigos que vienen a acompañarnos” Así que hoy es un gran día porque es un día de esperanza, en el que sabemos que no debemos permitir que nos maten la esperanza colectiva. Y sabemos que con dignidad, paz y solidaridad este gran día nos llevará a otro mejor.

AMY GOODMAN: Acabamos de escuchar al ex-presidente Jean-Bertrand Aristide, a bordo del avión en su regreso histórico a Haití. Estamos aproximadamente a una hora de Puerto Príncipe, sobrevolando el Atlántico. Para ver toda la documentación de nuestro viaje, puede consultar nuestra página de Internet democracynow.org. Mañana transmitiremos la segunda parte de nuestra entrevista con Jean-Bertrand Aristide. Si desea una copia del programa, puede ir a nuestra página de Internet democracynow.org . Expresamos un especial agradecimiento a K.K. Kean.

sábado, marzo 26, 2011

El regreso de Aristide a Haití: la travesía de una larga noche que se hizo día

Por Amy Goodman (Democracy now! en español, 24/03/2011)


En la madrugada del 17 de marzo, el ex presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide abordó un pequeño avión junto con su familia en Johannesburgo. A la mañana siguiente llegó a Haití. Habían pasado más de siete años desde que fue secuestrado de su casa en Haití tras un golpe de Estado que contó con el apoyo de Estados Unidos. En 2010, Haití fue azotado por un terrible terremoto que dejó un saldo de más de 300.000 muertos y un millón y medio de personas sin hogar. Una epidemia de cólera llevada al país por las fuerzas de ocupación de la misión de Naciones Unidas podría haber contagiado a casi 800.000 personas. La mayoría de la población vive con menos de un dolar diario. Ahora Aristide, por lejos la figura más popular de Haití en la actualidad y el primer presidente electo democráticamente de la primera república negra del mundo, regresó a su país.

“Bon Retou Titid” (“Buen retorno, Titid”, la forma afectuosa para referirse a Aristide) decían los carteles y coreaba la gente en Puerto Príncipe, mientras miles se congregaron para acompañar a Aristide desde el aeropuerto Toussaint L’Ouverture hasta su casa. L’Ouverture encabezó el levantamiento esclavo que fundó Haití en 1804. Tuve la oportunidad de viajar junto con Aristide, su esposa, Mildred, y sus dos hijas desde Johannesburgo a Haití en el pequeño avión proporcionado por el gobierno de Sudáfrica. Fue mi segundo vuelo junto a ellos. En marzo de 2004, la familia Aristide intentó regresar del exilio forzoso en la República Centroafricana, pero nunca logró regresar a Haití. El entonces Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, y otros funcionarios estadounidenses advirtieron a Aristide que se mantuviera lejos del Hemisferio Occidental. La familia Aristide no hizo caso a dicha presión, e hizo una parada en Jamaica antes de viajar a Sudáfrica, donde permaneció hasta el fin de semana pasado.

Justo antes de las elecciones de este domingo en Haití, el Presidente René Preval le dio a Aristide el pasaporte diplomático que le había prometido hacía mucho tiempo. Dos meses antes, el 19 de enero, el entonces portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, P.J. Crowley, escribió en Tweeter, en referencia a Aristide: “Hoy Haití necesita mirar hacia el futuro, no al pasado”. Mildred Aristide se sintió indignada por este comentario. Cuando la entrevisté en el avión, minutos antes de su regreso a Haití, dijo que Estados Unidos había dicho eso desde que obligaron a su esposo a salir del país en 2004: “Cuando estábamos en la República Centroafricana, alguien nos dio un libro sobre Barthélemy Boganda, el fundador de la República Centroafricana y el precursor de su independencia, porque en última instancia murió antes de que la República Centroafricana lograra su independencia de Francia. Y había una oración en el libro que me dejó paralizada. Se cuestionaba a Boganda por continuar siendo crítico de las relaciones entre la Francia colonial y la República Centroafricana, y le decían 'Estás hablando del pasado'. A lo que Boganda replicó: 'Dejaría de hablar del pasado, si no estuviera tan presente'”.

Mark Toner, el nuevo portavoz del Departamento de Estado, dijo la semana pasada: “El ex Presidente Aristide eligió permanecer fuera de Haití por siete años. Que regrese esta semana solamente podría ser considerado como una decisión consciente de tener un impacto en las elecciones de Haití.”

Jean-Bertrand Aristide no eligió irse ni permanecer fuera de Haití, y el gobierno de Obama lo sabe. El 29 de febrero de 2004, Luis Moreno, el número 2 de la Embajada de Estados Unidos en Haití, fue a la casa de la familia Aristide y los llevó por la fuerza al aeropuerto. Frantz Gabriel era el guardaespaldas personal de Aristide en 2004. Lo conocí cuando estuve con la familia Aristide en la República Centroafricana, y lo volví a ver el viernes cuando la familia Aristide regresó a Haití. Recordó: “El presidente no se fue voluntariamente, porque todos los que vinieron a acompañar al presidente hasta el aeropuerto eran militares. Yo estuve en las fuerzas armadas de Estados Unidos y se cuál es el aspecto de un oficial de infantería, y también sé cuál es el aspecto de un oficial de las fuerzas especiales. Lo que me llamó la atención fue que cuando abordamos el avión, todos se cambiaron el uniforme y se pusieron vestimenta civil. Y en ese momento supe que se trataba de una operación especial”.

Estados Unidos continúo impidiendo el regreso del Presidente Aristide durante los siguientes siete años. Precisamente la semana pasada el Presidente Barack Obama llamó al Presidente sudafricano Jacob Zuma para expresar su “profunda preocupación” ante el posible regreso de Aristide, y presionó a Zuma para que impidiera que viajara. Zuma tiene el mérito de haber ignorado la advertencia. Cables diplomáticos estadounidenses publicados por WikiLeaks revelan que durante muchos años hubo maniobras consensuadas para impedir el regreso de Aristide a Haití, entre ellas el castigo diplomático a cualquier país que ayudara a Aristide, e incluso la amenaza de bloquear el ingreso de Sudáfrica en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Luego de aterrizar en Puerto Príncipe, Aristide no perdió el tiempo. Se dirigió al pueblo haitiano desde el aeropuerto. Sus palabras tocaron un punto fundamental de las elecciones que acaban de llevarse a cabo en ese país: que su partido político, el partido más popular de Haití, Fanmi Lavalas, está proscrito, fue excluido de las elecciones. Aristide dijo: “El problema es la exclusión, y la solución es la inclusión. La exclusión de Fanmi Lavalas es la exclusión de la mayoría. La exclusión de la mayoría significa que están excluyendo exactamente a la rama sobre la cual todo estamos sentados. El problema es la exclusión. La solución es incluir a todos los haitianos sin discrmininación, porque todos somos personas”. Al reencontrarse con el país que no había visto durante siete años, el Presidente Aristide expresó: “Haití, Haití, cuánto más lejos estoy de tí, más me cuesta respirar. Haití, te quiero y siempre te querré. Siempre”.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2011 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 600 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 300 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

martes, marzo 22, 2011

With Aristide’s return comes hope

By Selma James, founder of the International Wages for Housework Campaign and author of The Power of Women and the Subversion of the Community (THE GUARDIAN, 21/03/11):

The return of former president Jean-Bertrand Aristide and his family to Haiti ends seven long years of campaigning – the 92% of voters who elected him had never accepted his overthrow in 2004 by a US-backed military coup. They risked their lives against a UN occupation that killed and brutalised thousands to demand his return. And last Friday he flew back from South Africa, where he had been living in forced exile, to a rapturous welcome in Port-au-Prince.

I was one of those waiting to greet him at his modest house, from where he was kidnapped seven years ago. Some of the waiting crowd were former political prisoners, others were visiting from exile. Yet others, disheartened after so many defeats – dictators, coups, hurricanes, earthquake, then cholera – had returned from Haiti’s diaspora.

We listened on transistor radios for news of his arrival. Finally Aristide’s plane had landed, and he was addressing supporters in a number of languages. He was back on Haitian soil two days before the fraudulent election from which his party has been excluded.

Much later his car was heard in the driveway. As the barrier that protected the house began to slide open, mainly young people began to flood the path and climb the walls, until we were surrounded by a torrent of the joyous. Lavalas, meaning “flash flood”, was the name of Titid’s party, and here it was. In their midst, hidden from our view, was the Aristides’ car.

We waited another hour to be escorted inside through the singing and dancing crowd. I was welcomed into the arms of his wife and my friend Mildred Trouillot. She was unafraid, elated to be back and part of this historic event. Her girls, 14 and 12 years old, had to see how their father was greeted, she told me, so “they understood who he was. Nothing else can explain it”. The girls’ non-negotiable demand was that they bring their beloved little dog.

Later we were brought to meet their father. Aristide spoke about learning from the people, a practical strategy now. No one knows how Haitians will meet the rigged election process which arrogantly excluded Lavalas from the ballot. Their leader is likely to take his cue from the collective response.

He embraced me as the living connection with my late husband CLR James‘s Black Jacobins. Thabo Mbeki, the president of South Africa when Aristide first arrived there, had told him that when Mbeki read this history of revolutionary slaves triumphant, he felt confident they would end apartheid. It was not so much a book as a weapon for freedom fighters. James had implied in the book that that was his intention. How unfair that he never knew of his real success.

On election day we visited Cité Soleil, an impoverished area which has been an Aristide stronghold. We heard that two days earlier the presidential candidate Michel Martelly, a popular musician associated with the Tonton Macoutes – the Duvalier murder squads that terrorised Haiti for decades – had been driven about by people singing. UN soldiers from Brazil were all around the polling station, menacing, rifles at the ready.

We asked people about Aristide and the elections: they were happy he was back, but he wasn’t on the ballot and they urgently needed to hold a government to account.

Yet the presence of Aristide in Haiti has immediately shifted everyone’s situation. When he landed he spoke of “the humiliation of the people under tents” and said that “modern-day slavery will have to end today”.

What’s clear is that the 1804 revolution never ended. The US and the Haitian elite seem as determined as 19th-century France to keep Haitians enslaved, though sweatshops have replaced plantations and UN tanks Napoleon’s army.

Nobody knows yet how Haitians will deal with the rigged election results. Aristide spoke to us about “learning from the people”. He is likely to take his cue from their collective response. Having achieved the victory of his return, the movement has again a powerful, compassionate voice.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, febrero 08, 2011

Haiti has lessons for Tunisia

By Mark V. Vlasic, an adjunct professor of law at Georgetown University who worked on the Haiti/Duvalier asset recovery team while serving as head of operations of the World Bank’s StAR Secretariat and Greg Cooper, a law student at the University of Texas (THE WASHINGTON TIMES, 04/02/11):

When Tunisian President Zine el-Abidine Ben Ali abruptly fled Tunisia‘s chaos,becoming an exile of a nation that he and his wife reportedly used as their personal cookie jar, it was deja vu all over again.

Amid rumors that Mr. Ben Ali fled along with 1.5 tons of gold (worth approximately $65 million), his escape seems eerily reminiscent of president-for-life Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier’s escape from Haiti. According to reports, it appears that both leaders fled aboard aircraft filled with stolen loot from countries that had endured nearly two decades of corruption and nepotism under their regimes. In a mysterious turn of events and after 25 years in exile, Mr. Duvalier recently returned to Port-au-Prince as Swiss and Haitian officials are working to return millions of his frozen assets to Haiti. Considering the similarities, one must ask: Can post-Ben Ali Tunisia learn something from post-Duvalier Haiti?

Much like post-Duvalier Haiti, Tunisia is in a fragile state, and after an attempt to create a unity government with opposition leaders, it is clear that events that will define its future are still in motion. When the dust settles and a stable government is formed, one of the major questions it will face will be whether it will follow Haiti‘s lead in trying to achieve some measure of justice by attempting to recover allegedly ill-gotten gains accumulated by the Ben Ali family.

Indeed, concerns about high-level corruption were among the reasons for the uprising in Tunisia, so it stands to reason that any new government would be well-served by launching a proper investigation into the allegations of malfeasance that have arisen.

In a matter of days since Mr. Ben Ali‘s quick departure, his international assets are being identified and targeted abroad. In France, President Nicolas Sarkozy‘s office announced it would block all “suspicious” movements of the Ben Ali family’s assets, preventing their liquidation or transfer out of the country. Similar actions are being taken in the United States. In Canada, there are reports of Tunisian expatriates protesting outside a $2.5 million stone mansion that is purported to be the property of Mr. Ben Ali‘s 30-year-old son-in-law. And in Switzerland, a country recognized for being forward-leaning in helping recover stolen assets (including passing a law to help repatriate Duvalier-related funds to Haiti), the Swiss Federal Council decided to block “with immediate effect” any possible funds in Switzerland of Mr. Ben Ali and his associates.

These are welcome steps forward – and a testament to a new era of fighting impunity – in which alleged kleptocrats are no longer openly welcomed by private banks and Western governments – but rather, sovereign states and political leaders step in to ensure that, as World Bank President Robert B. Zoellick put it, there are “no safe haven* for those who steal from the poor.”

But a full accounting of Mr. Ben Ali‘s wealth has yet to be revealed – and it will take time and sustained political will by any new Tunisian government to run all leads to an end. Indeed, it took years for Haiti to commence a sustained effort to recover Duvalier-related assets.

Unfortunately, political will on the part of a post-kleptocratic government is one of the rarest, yet most necessary, ingredients for successfully recovering illicit assets. And even should a new Tunisian government be willing to investigate the former president’s assets, identifying and recovering stolen assets is far from easy.

This is one of the reasons Mr. Zoellick made the Stolen Asset Recovery (StAR) Initiative, a global partnership to help recover assets from past dictators, his first initiative after joining the World Bank. Mr. Zoellick and his colleagues recognized that grand corruption – not unlike the alleged corruption in the cases of Mr. Duvalier and Mr. Ben Ali – is a global issue that demands a global response.

According to Jean-Pierre Brun, the lead author of new StAR handbook on recovering stolen assets, “the [asset recovery] process can be overwhelming for even the most experienced practitioners. It is exceptionally difficult for those working in the context of failed states, widespread corruption, or limited resources.” Thus, for Tunisia, any quest to recover stolen assets will not be simple. But it is not the only country to face such challenges.

Over the past few years, the Haitian government has been working quietly with officials from Switzerland and the StAR Initiative to help recover assets purportedly stolen by Mr. Duvalier (indeed, such effortslikely prompted Mr. Duvalier‘s sudden return to Haiti). And even though time-consuming, Haiti is on track to possibly recover millions of dollars of assets that are frozen in Swiss bank accounts – bringing some sense of justice to a country sorely in need of good news.

Thus, with the recent departure of Mr. Ben Ali comes the possibility of a new chapter for Tunisia – one in which corruption does not dominate the country – and in which the rule of law plays a central role in society. Should the new government decide to enter into the world of asset recovery, it should do so knowing that the success of such operations depends a great deal upon the political willpower of the successor government to sustain its recovery efforts. Let us hope the new leaders in Tunisia are statesmen, emboldened by the examples of Haiti and others to continue their fight against corruption, and that future dictators and kleptocrats around the world take notice. For it is only by collective and targeted international action that we can ensure that there will be no safe haven for stolen assets.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, abril 10, 2010

Jesús entre las ruinas

Por Mario Vargas Llosa © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2010 (EL PAÍS, 04/04/10):

Emergió entre las ruinas del Palacio Legislativo de Puerto Príncipe como una aparición. Era un caballero de ébano, erecto e impecable, una presencia inverosímil en ese mediodía de calor torrencial, con su traje azul tan bien planchado, su chaleco, su corbata colorada, sus gruesos guantes negros de cuero y lana, su sombrero de fieltro, su bastón con un mapamundi en la empuñadura, su espada flamígera en el costado derecho y su daga sarracena en el izquierdo. En medio de la polvareda, sus zapatos relucían como espejos.

-Soy Jesús de Nazareth -nos dijo en perfecto francés, sin mezclarlo con una palabra de créole-. He resucitado tres veces. La primera, ya saben cuándo. La segunda, para la independencia de Haití. Ésta es la tercera. Estaba sentado a la diestra del Padre y Él me mandó volver, con una misión.

No tengo la menor simpatía por los santones, locos místicos ni aparecidos. Pero después de haber pasado unas cinco horas entre las catástrofes y devastaciones de la capital haitiana, aquella figura ceremoniosa y profunda me inspiró respeto y gratitud, pues parecía dar sentido, dignidad y trascendencia al cataclismo, el caos y la absurdidad que nos rodeaba.

Tenía cabellos y barba muy blancos y le faltaban los dientes delanteros. Explicó que, convertido en una bola de fuego, dio tres vueltas al globo terrestre antes de posarse “aquí”. Y, en el mapamundi de su bastón, señaló Haití. Estábamos en lo que había sido la Plaza Italia o Plaza de las Naciones y de las banderas de todos los países que antes flameaban allí quedaban muy pocas enteras, la mayoría habían sido arrancadas, robadas o convertidas en jirones por los elementos desencadenados contra este desgraciado país. A 500 metros a la redonda todo eran escombros. El Palacio Nacional se había doblado en dos y arrodillado, se habían desfondado los cinco ministerios vecinos -Relaciones Exteriores, Obras Públicas, Interior, Economía, Educación-, el Palacio de Justicia, los Registros Públicos, la Penitenciaría -el terremoto amnistió a 4.000 presos-, la Catedral y, en todo lo que fue el corazón de la ciudad, no quedaba una construcción indemne, sólo paredes, fachadas, cornisas y retazos de techos, y enormes bloques de piedras, escombros y basurales entre los que hormigueaba una multitud silenciosa desguazando lo que quedaba todavía por llevarse, varillas, marcos y vanos, calaminas, maderas, telas, vigas, pedazos de camas, mesas o escritorios, para armar con esos desechos los descuajeringados campamentos donde anidan por lo menos un millón y medio de sobrevivientes en carpas y refugios minúsculos y asfixiantes que, según todos los pronósticos, serán barridos y descuajados por las lluvias que, dentro de pocas semanas, se abatirán como una nueva calamidad bíblica sobre los haitianos.

En las improvisadas oficinas de las Naciones Unidas erigidas en un rincón del aeropuerto nos habían dicho que era riesgoso internarse en algunos de los “campamentos espontáneos”, donde, empujados por el hambre, la sed y la desesperación, algunos desplazados habían agredido a los voluntarios de las organizaciones humanitarias que distribuyen comida, agua, artículos de primera necesidad, vacunas y curan u operan a las víctimas. Pero nosotros -éramos dos funcionarios del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y yo- no encontramos la menor hostilidad en nuestro recorrido, sino algo todavía más angustiante: la pasividad de unos seres despojados de nervio y ánimo, sumidos en un sopor hipnótico, como bajo el efecto de una droga que estupidiza antes de matar. Frente a esa humanidad esterilizada por el dolor y la desolación, el Jesús de Nazareth haitiano era la encarnación de la vida, un monumento a la esperanza.

Tengo como una de las experiencias más tristes que he vivido el recorrido por el atestado y laberíntico campamento erigido por los sobrevivientes en lo que fueron los patios y campos deportivos del Colegio San Luis Gonzaga, de los jesuitas, derruido en gran parte. Las frágiles carpas se amontonan sobre un suelo de restos de cemento y tierra cruda, con petates o camastros donde las familias deben dormir entreveradas o alternándose porque no es posible que esas cuatro, cinco o seis personas que alberga cada una de ellas tengan espacio suficiente para estar todas tendidas al mismo tiempo. Ahí están, tumbadas o sentadas, algunas rociando chorritos de agua a los niños, pero, las más, quietas y con la mirada perdida, en medio de montoncitos de objetos domésticos rescatados a la loca, cuando huían de la tempestad de piedras que se les venía encima, la polvareda que los cegaba y -según muchos, lo peor- el ronquido volcánico que reventaba los tímpanos. Contestan a las preguntas con desgano y sin esperanzas. No piden nada aunque algunos chiquillos alargan la mano, de manera mecánica, ejecutando un rito en el que ya no creen. Lo más extraordinario es el silencio que reina. ¡Estamos en el Caribe y nadie habla, canta, grita, ríe o chilla! Hay una quietud y un silencio inconcebibles en ese espacio tan reducido donde se apiñan más de mil familias. En algunas esquinas hay largas colas, sobre todo de mujeres, con botellas, ollas y recipientes, esperando el camión cisterna que repartirá agua, el bien más preciado y escaso hoy en Haití.

La tristeza y anomia de Puerto Príncipe desaparecerán unos días más tarde cuando visite, en Santo Domingo, el Hogar Vida y Esperanza, que el padre Manuel Ruiz ha llenado de niñas y niños haitianos malheridos por el seísmo. (Dicho sea de paso, la República Dominicana ha brindado ayuda médica a miles de haitianos heridos en el terremoto). Aunque sin piernas, sin brazos, con los cráneos fracturados, enyesados y vendados, han recobrado la alegría de vivir. Corren, juegan, o escuchan las historias que les cuenta el director del albergue, que habla créole. Inolvidable la imagen de Cristina, niña de siete u ocho años que fue extraída de una montaña de derrumbes tras seis días del terremoto, con una pierna gangrenada que debieron cortarle. Apoyada en su muleta salta y brinca, muerta de risa, como si viviera en el mejor de los mundos. He aquí, además de Jesús de Nazareth, otra haitiana que no se deja derrotar.

En los dos días que estoy en Haití no veo un solo perro, ni en la ciudad ni en el campo. Unos me explican que, según la vieja creencia, los perros olfatean y oyen antes que nadie la descomposición subterránea que provocará el terremoto y, ladrando frenéticos, huyen lo más lejos posible del lugar del sacudón. Otros, que los sobrevivientes azuzados por el hambre se los han comido, igual que a los gatos y demás animales domésticos. En todo caso, han desaparecido y acaso sea mejor así. Porque a todos los espectáculos de horror que se ven en las calles de Puerto Príncipe se añadiría, si no, el de canes hambrientos escarbando los escombros en busca de cadáveres para no morir de inanición. (Unos 200.000 han sido enterrados en fosas comunes, pero se calcula que al menos otros 100.000 yacen aún sepultados bajo los bloques de cemento, piedras y ladrillos).

Visité sólo Puerto Príncipe y algunas localidades vecinas a la frontera dominicana como Ganthier y Fond Parisien, donde el seísmo no provocó mayores daños. Pero me aseguran que en otras dos ciudades próximas al centro neurálgico del terremoto, Leogane y Jacmel, los estragos fueron equivalentes a los que han aniquilado la capital de Haití.

¿Qué ocurrirá ahora? Jesús de Nazareth piensa que uno de los efectos beneficiosos de esta tragedia será la desaparición del sida y, con un brillo pícaro en los ojos, nos asegura que él tiene en sus manos el secreto de su cura. Pero acaso esté más cerca de la verdad el pronóstico pesimista de un italiano, que, como mi hijo Gonzalo, recorre el planeta hace 20 años tratando de aliviar las atrocidades que padece: guerras, genocidios, tifones, plagas, terremotos. “Pronto comenzarán a irse los 10.000 marines que ahora nos ayudan a mantener el orden y a distribuir alimentos y medicinas. Haití dejará de ser noticia en los medios del mundo. Los donativos y envíos caritativos caerán en picada. Como, a diferencia de los individuos, las sociedades siempre pueden estar peor, los niveles de vida de los haitianos se degradarán todavía más y habrá más pobreza, desocupación, migraciones y desesperación. Pero Haití no desaparecerá. Porque, a diferencia de las personas, los países, sabe Dios cómo, siempre sobreviven”.

Le pregunto a Jesús de Nazareth por qué el Padre ha elegido, entre los innumerables lugares del globo terráqueo, mandarlo precisamente a Haití. Me responde con una rotunda afirmación: “Porque mi padre quiere mucho a Haití”. Mientras lo veo alejarse en una nube de polvo amarillo me pregunto cómo sería si, en vez de quererlo, el Padre Eterno odiara a este país.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona