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martes, agosto 09, 2011

La mente terrorista

Por Rogelio Alonso, profesor de Ciencia Política, Universidad Rey Juan Carlos (ABC, 03/08/11):

En los años noventa, los grupos de extrema derecha noruegos constituían una problemática lo suficientemente preocupante como para inspirar programas de desradicalización imitados en otros países escandinavos. El temor a que expresiones de violencia surgidas en aquellos años escalaran fue precisamente lo que motivó la salida de esos grupos de diversos activistas, como revelan los trabajos de Tore Bjorgo, académico noruego que entrevistó a algunos de ellos. Existía pues un germen para una violencia como la que ahora se ha materializado en una proporción muy superior a la contemplada previamente y que resultaba, por varios motivos, difícil de prever.

Por un lado el terrorismo yihadista ensombrece otras amenazas, de forma que el riesgo de atentados altamente letales e indiscriminados suele identificarse con esa tipología terrorista. Sin embargo, aunque característica del yihadismo, ese tipo de violencia también ha sido considerada por actores, que finalmente han renunciado a ella por los negativos costes que podría acarrearles a sus causas, e incluso utilizada por otros. El atentado de Timothy McVeigh contra el edificio del FBI en Oklahoma constituye un precedente significativo. Tampoco resulta sencillo prever una atrocidad así porque, afortunadamente, la violencia no es una conducta normal en sociedades democráticas, constituyendo en cambio una actitud que repugna a la mayoría.

Sin embargo, la evolución del terrorismo revela que el terrorista no es ajeno a modas que le llevan a emular tendencias. Algunos terroristas anhelan dotar a sus crímenes de una espectacularidad que acentúe el impacto psicológico de los mismos, motivando innovaciones que combinan varias tácticas. La masacre de Noruega confirma esa lógica y la relevancia que la ideología posee en el proceso de radicalización del fanático para provocar un resultado tan cruento. El contenido de su ideología, más o menos desarrollada pero inspirada en la ultra derecha, se diferencia de la de otros terroristas, por ejemplo, yihadistas o etarras. No obstante, su ideario xenófobo y racista sustentado en el odio al contrario cumple la misma función que las versiones radicales del islamismo o el nacionalismo: aportar un marco autojustificativo a una brutal transgresión social y moral. La ideología es la que permite desactivar los inhibidores morales que el ser humano desarrolla aportándole cierta racionalidad a un macabro crimen. Las expresiones más radicales de ideologías como el nacionalismo, el islamismo o el extremismo de derechas e izquierdas coadyuvan al fanatismo político y religioso derribando la inhibición que frena la agresión.

La conciencia moral que genera sensación de culpa y empatía con otros seres humanos es la que impide brutalidades como las que cometen los terroristas después de que una deficiente politización les confirme la idoneidad de usar la violencia para perseguir objetivos políticos. Por ello es por lo que Breivik recurre a la ideología y a mecanismos psicosociales idénticos a los empleados por otros terroristas que racionalizan su barbarie para intentar dotarla de legitimidad.

El terrorista noruego pretende distanciarse moralmente de su crimen definiéndolo como «atroz, pero necesario» con objeto de neutralizar los sentimientos adversos que genera su salvaje acción. Por ello transfiere la culpa a «islamistas y marxistas» por un deleznable crimen del que sólo él es responsable. Lo enmarca además en lo que los estudios sobre terrorismo definen como una «guerra de fantasía» con la que revestir de respetabilidad algo injustificable. Lo hace mediante comparaciones ventajosas que difuminen las connotaciones negativas del terrorismo al autodefinirse como un «cruzado» que se equipara con «templarios y revolucionarios». Así reproduce un lenguaje que elude la responsabilidad por sus crímenes al presentarse como implicado en un conflicto bélico que se erige en «justiciero», o sea, mostrando su megalomanía y delirios de grandeza al atribuirse la representatividad de una comunidad supuestamente agraviada, cuando únicamente representa sus propios intereses ególatras.

Esta retórica, aunque con variaciones formales, es muy similar a la de la propaganda incautada a otros activistas de inspiración islamista o nacionalista. Además evoca claramente a la reproducida por Timothy McVeigh, otro fanático obsesionado con alcanzar una notoriedad a modo de legado que otros pudieran seguir. McVeigh se inspiró en la novela de ficción The Turner Diaries, escrita por un supremacista blanco, en la que el protagonista encarna al integrante de una milicia que mediante acciones de guerrilla se enfrenta al Gobierno de Estados Unidos y busca exterminar a los enemigos de la raza aria. El personaje, que parece mimetizado por el noruego Brievik, es un individuo solitario que dedica su existencia a la causa.

McVeigh encontró otro referente de oposición al sistema en el supremacista Louis Beam, que en su obra Leaderless resistance(Resistencia sin líder) ofreció una idílica visión de los militantes de ultra derecha al presentarlos como luchadores por la libertad comprometidos con una revolución contra su propio Gobierno. Algunos de esos rasgos se aprecian también en otro icono de lo apocalíptico, Aum Shinrikyo, líder de la secta que en 1995 intentó asesinar a miles de viajeros del metro de Tokio en un atentado con gas sarín. El japonés justificó sus crímenes como una misión «para destruir el mundo con el fin de salvarlo», revelando una ideología milenarista que encuentra elementos comunes en el terrorista noruego y en otros visionarios, como quienes justifican el terrorismo suicida.

Es de esperar que la ausencia de simpatía y apoyo a la brutalidad perpetrada en Noruega determine que atentados de estas características continúen representando acciones excepcionales que no se generalizan y que no forman parte de una campaña sistemática. No obstante esa decisiva falta de legitimidad, el atentado invita a reflexionar sobre la respuesta que nuestras democracias plantean a la radicalización de individuos con el potencial de apoyar acciones terroristas. La tendencia generalizada ha sido la de diferenciar la radicalización cognitiva de la violenta, centrándose en esta segunda al asumirse que este estadio es el verdaderamente peligroso. En ocasiones se subestima que la primera de esas etapas constituye un indicador temprano de un proceso que puede devenir en una radicalización violenta como la de Brievik.

Nuestra respuesta antiterrorista no debería ignorar la necesidad de detectar y confrontar una radicalización cognitiva en la que librar una compleja pero crucial batalla de ideas que determinará voluntades. Conviene por tanto no subestimar la ideologización de un fanático como Brievik etiquetándolo como un loco irracional a pesar de su marginalidad y por mucho que sus agravios carezcan de sentido. Su atentado respondía a un cálculo perfectamente racional cual es el de aterrorizar y desestabilizar a la sociedad noruega, convirtiéndose en una monstruosa celebridad y en destacado precursor de lo que él desearía que fuera un movimiento emergente. El odio y el fanatismo motivadores de su abominable crimen no lo vacían de contenido político e ideológico, cuestión que debe tenerse presente para prevenir la radicalización de otros extremistas de una ideología similar o de otras como el islamismo radical o la extrema izquierda. Este tipo de ideologías se convierten en eficaces herramientas de radicalización que conforman identidades transformadoras al construir peligrosas imágenes sobre los problemas de la sociedad y los métodos propugnados para solucionarlos. El carácter distorsionado y fundamentalista de esas visiones construidas por las ideologías radicales requiere que éstas sean confrontadas y deslegitimadas para prevenir su evolución hacia la radicalización violenta e impedir que ésta deje de ser un fenómeno minoritario.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Alianza frente a fanatismo

Por Miguel Ángel Moratinos, ex ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación (EL PAÍS, 02/08/11):

Europa sufrió una profunda consternación a finales de agosto de 1572 por la matanza de San Bartolomé de París. La demonización de las creencias entre católicos y protestantes hugonotes propició una escalada de violencia que culminó con esta masacre y profundizó en las guerras de religión. En aquel entonces, Enrique IV de Navarra supo entender el destino último de Francia y apostó por la reconciliación de su pueblo. Si París bien vale una misa y esta permitió el primer paso para alcanzar el entendimiento y la paz entre las comunidades religiosas enfrentadas, el Edicto de Nantes fue el que selló ese compromiso de paz en Francia y en toda Europa y muchos autores lo consideran inspirador de los derechos humanos. Escenas de matanzas como la de Oslo y la de isla de Utoya interpelan a la comunidad internacional y a los europeos este verano, 439 años más tarde, para que cerremos definitivamente las puertas a la barbarie, así como a la pretendida justificación política, cultural o religiosa de actos terroristas como los de Noruega.

Desde las páginas de este periódico quiero expresar mi más sentido afecto y solidaridad por las familias de las víctimas y por los noruegos que dan muestras de su consabida tolerancia y respeto a los valores democráticos, mientras ahuyentan el fantasma del pánico y reafirman su apertura.

La Europa del siglo XXI es por naturaleza democrática y multicultural, y no debe admitir la amenaza del extremismo trufado de xenofobia y nacionalismo. La dinámica política europea, globalización versus nacionalismo, no debiera permitir la influencia de partidos que ganan representación parlamentaria a costa de chivos expiatorios y emociones espurias. La Gran Recesión, unida a la escasez de empleo y al empobrecimiento de las sociedades desarrolladas, generan malestar ciudadano y desapego político, y son el caldo de cultivo de nuevos y viejos extremismos que comparten el uso de la violencia contra civiles.

En nombre de las víctimas de Noruega y en el de muchas otras pertenecientes a países que han sufrido ataques terroristas o viven bajo su amenaza, tenemos que poner freno a los extremismos y a las espirales de violencia declarativa en la esfera política. La historia europea contemporánea sabe adónde conducen estas prácticas político-partidarias y hoy, junto al antisemitismo, debemos combatir a su vez la islamofobia, principal blanco de la propaganda del odio, como escribió Stieg Larsson. Me he manifestado enérgicamente y en distintas ocasiones en contra del antisemitismo y seguiré combatiendo sus nuevas y viejas formulaciones, al igual que debemos luchar con firmeza y sin fisuras contra la islamofobia.

Frente al odio, la mentalidad sectaria o la exaltación de la violencia, y como reafirmación del devenir de la historia, el presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero propuso en la 59ª Asamblea General de Naciones Unidas, en 2004, la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones, posteriormente copatrocinada con Turquía con el compromiso del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan. El presidente del Gobierno español, y yo mismo, fuimos conscientes de la necesidad de ir más allá de un diálogo estructurado y eficaz para evitar confrontaciones y violencia en nombre de opciones ideológicas, culturales o religiosas, para pasar a planes concretos que establecen acciones para promover la convivencia y la amplitud y extensión de los derechos humanos y ciudadanos.

Los atentados de Noruega reafirman la vigencia y actualidad de la Alianza de Civilizaciones, iniciativa consolidada en el seno de Naciones Unidas, que cuenta hoy con más de un centenar de países y de organismos regionales y multilaterales. La Alianza de Civilizaciones, que se articula a través de sus foros y de medidas concretas recogidas en planes nacionales, debería ser un medio eficaz para combatir la exclusión de la diferencia y para asegurar nuestros márgenes de libertad y seguridad.

El futuro de la Alianza pasa por profundizar en sus cuatro ejes de acción: juventud, educación, migraciones y medios de comunicación, así como por la optimización que de sus potencialidades deliberativas y proactivas. Frente a lo que opinan algunos sus detractores, la Alianza es un medio político de alcance con incidencia directa en los ámbitos de la paz y la seguridad. Si el monarca francés Enrique IV de Navarra antepuso la paz y la convivencia a sus creencias, bien vale hoy en día que la comunidad internacional apoye y refuerce la Alianza de Civilizaciones.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El horror de Noruega y la libertad de expresión

Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 01/08/11):

“Podemos ignorar la yihad, pero no podemos evitar las consecuencias de ignorar la yihad”. Esa fue la primera reacción de la bloguera antiislámica estadounidense Pamela Geller tras la noticia de los atentados terroristas en Noruega, y en su página web, Atlas Shrugs (Atlas se encoge de hombros), colocó el enlace a un vídeo anterior de una manifestación a favor de Hamás en Oslo. Cuando nos enteramos de que el asesino de masas no era un terrorista islámico sino un terrorista antiislámico, cuyo manifiesto de 1.500 páginas estaba lleno de citas de escritores como ella, Geller se encogió de hombros como Atlas: “Es un maldito asesino. Punto. Es responsable de sus actos. Él y solo él. No ha habido nada de ideología”.

“Nadie ha explicado ni puede explicar qué tienen que ver las supuestas opiniones antiyihad de este individuo con el hecho de que haya asesinado a unos niños”, protestó Robert Spencer, de Jihad Watch, otro bloguero al que Breivik citaba y elogiaba. A los “luchadores de la libertad” como él mismo, decía Spencer, no había que meterlos en ese mismo saco.

Bruce Bawer, un estadounidense residente en Oslo que escribió una jeremiada sobre la toma de Europa (Eurabia) por parte de los musulmanes, se mostró más considerado. Tras tomar nota de que, en su manifiesto de los Neocaballeros Templarios, Anders Behring Breivik “cita de forma elogiosa y con detalle mi trabajo y menciona mi nombre 22 veces”, Bawer reflexiona, con una desolación que le honra: “Es escalofriante pensar que esas notas que yo había escrito para el blog en mi hogar del oeste de Oslo a lo largo de los dos últimos años las estaba leyendo y copiando un futuro asesino en su hogar del oeste de Oslo”.

¿Qué relación hay, pues, entre sus palabras y los actos cometidos por Breivik? ¿Qué consecuencias debe tener para la forma de tratar a unos escritores a los que este asesino de masas citaba en términos tan elogiosos?

En primer lugar, las personas como Geller y Spencer, y mucho menos Bawer, más atento, no son responsables de lo que hizo Breivik. Es un error tan grande declararles cómplices de asesinato de masas como proclamar que los escritores musulmanes no violentos (aunque a veces autoritarios y extremistas) son cómplices de los terroristas musulmanes que atentaron en Nueva York, Londres y Madrid. Dado que ellos llevan muchos años haciendo precisamente eso, sería tentador sentir cierta pizca de satisfacción al ver que a Geller y compañía les ha salido el tiro por la culata. Pero no debemos actuar como ellos. No son cómplices. Punto.

Sin embargo, si es ridículo sugerir que no existe ninguna relación entre la ideología islamista y el terrorismo islamista, también lo es decir que no hay ninguna conexión entre la visión alarmista de la islamización de Europa que difunden estos autores y lo que Breivik creía estar haciendo. ¿”Nada de ideología”? Por supuesto que sí. Una parte importante del manifiesto de Breivik es una evidente repetición -con frecuentes citas sacadas y recortadas de Internet- de las historias de horror que escriben sobre Eurabia, tan debilitada por el veneno del multiculturalismo y otras enfermedades izquierdistas que se somete sin lucha a una situación de dimitud bajo la supremacía musulmana. Su mente, claramente desequilibrada (otra cosa es que esté loco en sentido legal), salta de ahí a la conclusión de que el Caballero Justiciero (él mismo), en su soledad, debe dar un toque de atención heroico y brutal que despierte a esta sociedad debilitada, una señal aguda, como explicó a los investigadores noruegos.

¿Qué hay que hacer con esas palabras tan inflamatorias? Una respuesta, muy popular en algunos sectores de la izquierda europea, es: “¡Prohibirlas!”. Si la idea engendró el hecho, impidamos la idea. Habría que añadir una nueva serie de términos y sentimientos ofensivos y extremistas a la ya larga lista de palabras dentro del “discurso de odio” que son procesables en uno u otro país de Europa. Hace unos años, la entonces ministra de justicia alemana, Brigitte Zypries, logró que la UE aprobara una “decisión marco” para la multiplicación paneuropea de esos tabúes; por suerte, no se ha llevado a la práctica todo lo que ella pretendía.

Por suerte, digo, porque es una vía equivocada. No va a hacer desaparecer esas ideas, solo hacer que pasen a la clandestinidad, donde se enconarán y se harán más venenosas. Congelará el debate legítimo sobre temas importantes: la inmigración, la naturaleza del islam, los hechos históricos. Dará a gente tan repugnante como David Irving la oportunidad de proclamarse mártires de la libertad de expresión. Llevará a los tribunales a personas fantasiosas como Samina Malik -una vendedora de 23 años procesada en Reino Unido por escribir unos pésimos versos en los que glorificaba el martirio y los asesinatos de los yihadistas-, pero no a los hombres que de verdad ejercen la violencia.

Contra la incitación directa a la violencia debe caer, siempre y en todas partes, todo el peso de la ley. Los textos ideológicos que alimentaron la locura de Breivik, en mi opinión, no cruzaron esa línea. Permitir la manifestación de las fantasías militantes de los extremistas, tanto islamistas como antiislámicos, es el precio que pagamos por tener libertad de expresión en una sociedad abierta.

¿Quiere eso decir que no hay que darles respuesta? Por supuesto que no. Precisamente porque el precio de prohibir esas palabras es demasiado alto, y de todas formas sería imposible hacerlo en la era de Internet, es por lo que debemos hacerles frente en combate abierto. Un campo de batalla fundamental es la política, y los políticos de los grandes partidos europeos, viendo el éxito electoral de los partidos populistas y xenófobos, están dedicándose a apaciguar, en vez de levantar la voz contra los mitos extremistas. Otro terreno es el de los medios llamados convencionales. En un país como Noruega -y en Reino Unido-, la radiotelevisión pública y la prensa de calidad responsable son la garantía de que, aunque se difundan opiniones radicales, los peligrosos mitos que proponen estén acompañados de datos, reflexión y sentido común. Para quienes aún leen y escuchan esos medios, claro está.

¿Pero qué sucede cuando uno se informa a través de los periódicos sensacionalistas y demagogos, como los que tanto le gustan a Rupert Murdoch? ¿O en una cadena de televisión que siempre es sectaria, como las de Silvio Berlusconi en Italia o Fox News (también de Murdoch) en Estados Unidos? La noche de los asesinatos de Oslo, la presentadora invitada en el programa de Fox News The O’Reilly Factor, Laura Ingraham, informó de “dos atentados mortales en Noruega, que parecen ser obra, una vez más, de extremistas musulmanes”. Después de contar lo que se sabía de los ataques, continuó: “Mientras tanto, en Nueva York, los musulmanes que desean construir la mezquita en la Zona Cero han logrado una victoria legal…”. Malditos musulmanes, que ponen bombas en Oslo y mezquitas en Nueva York.

¿Y si uno obtiene sus informaciones de lo que ocurre en el mundo, sobre todo, a través de Internet? El caso de Breivik vuelve a mostrar que la red es un recurso fantástico para quienes quieren buscar con la mente abierta. En solo unas horas, se obtiene una cantidad de información para la que antes hacían falta semanas e incluso seguramente un viaje al país en cuestión. Ahora bien, cada vez existen más pruebas de que el funcionamiento de Internet puede contribuir también a cerrar las mentes, reforzar los prejuicios y alimentar las teorías de la conspiración.

En Internet es demasiado fácil encontrar a las otras 1.000 personas que comparten tus opiniones pervertidas. Y entonces entras en una espiral viciosa de pensamiento de grupo que refuerza el peor tipo de ideología: una visión del mundo sistemática y coherente que está totalmente alejada de la cotidianeidad humana. El manifiesto de Breivik, con sus interminables citas sacadas de la Red, es ejemplo perfecto de ese proceso.

No hay soluciones fáciles. “¡Prohibidlo!” es la respuesta equivocada. El verdadero reto es descubrir cómo aprovechar al máximo la extraordinaria capacidad de Internet para abrir las mentes y reducir al mínimo su tendencia a cerrarlas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, agosto 15, 2008

We may admire the Nordic way, but don’t try to import it

By Madeleine Bunting (THE GUARDIAN, 15/08/08):

One of my best friends is a Finn. She came to England at 16, but when it came to giving birth to her first baby 13 years later, there was no hesitation: she went home. When she returned, along with her stories of state of the art healthcare, she brought tangible evidence of the largesse of the Nordic welfare state: each new mother was given a box of exquisite new baby clothes and equipment. Everything was a perfect mint green and lavender. In contrast, when it was my turn several years later to give birth in the UK in an overcrowded, dirty hospital, a harassed nurse handed me a plastic bag stuffed with leaflets advertising baby products and a couple of free samples. In Finland, the state signalled its commitment to the wellbeing of each new citizen with an abundance of gifts; in the UK, it was a crash course in consumer capitalism.

Ever since those mint green baby clothes - and the tales of extraordinary maternity and paternity leave established decades before the UK grudgingly conceded anything remotely comparable - I’ve been intrigued and bewildered by how the Scandinavian model works. I’m not talking about the nuts and bolts of how programmes of health, education and welfare are organised, though successive British politicians have pilfered ideas - most recently David Cameron’s interest in Sweden’s self-governing, parent-run schools. No, what fascinates me are the cultural expectations and understandings that underpin the political consensus that those countries’ huge and expensive welfare states have enjoyed for nearly 50 years.

On successive visits to Denmark, Norway and now, just back from two weeks in Finland, I’ve kept bumping up against the same puzzling phenomenon: a kind of unquestioning assumption of how things should be, a form of social control about the way to behave and one’s responsibilities to others. The point when it became starkly apparent in Finland was at Sunday family lunch in a country barn restaurant; every table was full but all you could hear were murmured whispers and the scrape of cutlery on china - until our families arrived, anarchic, squabbling and full of chatter, despite my Finnish friend’s attempts to get us to be quiet.

“Everyone knows exactly what you have to do in every circumstance, everyone tries to do it, confident that everyone else is doing it and anyone who fails will be subjected to the justified scorn of everybody,” says Andrew Brown of the remarkable degree of mutual trust and expectation that characterises Scandinavian social relations.

Brown’s thought-provoking book on Sweden, Fishing in Utopia, explores how this powerful social fabric has been eroding over the past 25 years. He argues that a set of social relations born from Calvinist protestantism and the intense interdependence of small rural communities is unlikely to outlast the decline of both. Consumerism is a direct challenge to the ingrained self-restraint of countries whose grinding peasant poverty is only at a couple of generations’ remove. As Brown points out, credit cards were only allowed in the late 90s.

Such restriction on personal freedom was regarded as legitimate to achieve general social wellbeing. Central is the concept of jäntelagen, adds Brown, defined as the “Scandinavian code of egalitarian conformity which absolutely forbids anyone to feel superior to their neighbours”. It’s an astonishing contrast to the UK where increasingly it can seem that superiority - and the struggle to achieve it - is the dominant social currency of every type of human interaction, from the rat race of corporate bankers to the knife crime of inner cities.

It’s easy to romanticise this distinctive political culture and its postwar achievements. It’s as close as anywhere to Thomas Jefferson’s dream of a democracy built on the virtues of small farmers - independent-minded but with a commitment to the common good. Frequently one encounters its generosity, humanity and deep democratic ethos: in the Danish tradition of pedagogy and its professionalisation of the skills of nurturing human relationships and development; or in the accessibility of nature in Finland, with its tradition of retreating to the woods and lakes for the pleasures of wood-cutting, swimming and fishing. “Every man’s right” ensures that a Finn can always find a place to pitch a tent and make a fire. Unlike the UK, this is not a landscape controlled by land ownership.

But it’s not hard to see this conformity can also be stiflingly oppressive. In particular, it struggles to cope with cultural diversity, and at its worst, it can even begin to sound like racism. One Swede in Brown’s book talks about the need for 100% “social control” in which “everyone works together”: you could call it consensual authoritarianism, and it is profoundly foreign to most Britons. Despite the persistent illusions of the liberal left, it’s part of why the Scandinavian welfare state has been one of the region’s least successful exports.