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martes, agosto 14, 2012

El derecho de los museos a sus colecciones

Por Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (El Mundo, 09/08/2012).
No me gustan los museos. Tal vez parece una confesión inaudita en boca de un intelectual profesional, pero así es. Si somos sinceros, a todos nos agrada más ver obras de arte y objetos históricos de cultura material en los lugares a que sus creadores o diseñadores los destinaban: en las casas, templos, jardines o entornos naturales que les correspondían en su día. Así se da cuenta del concepto que tenían los artistas y sus patrones de las grandes obras, o los usuarios o consumidores de objetos más modestos. La satisfacción de apreciar el conjunto de objeto y entorno vale, según mi gusto, más que contemplar una pieza aislada, arrancada de la morada que le dio vida. Aun en el caso de museos de historia natural, se pierde cierta resonancia o cierto romance trasladando, por ejemplo, los huesos de un dinosaurio o una flor tropical a las aulas estériles de un museo de una ciudad fría y artificial.
Así que no me gustan los museos. Pero para mi vida académica son un mal necesario. Y para nuestra forma de vivir hoy son un don precioso, que permite acceso a eruditos que deben estudiar el mundo, al público que quiere educarse y ensanchar su cultura, y a los expertos dedicados a conservar las muestras del pasado del planeta y de las grandezas de la civilización. Y los museos están en peligro. Aun nosotros a quienes no nos gustan, debemos defenderlos. Los amenaza un movimiento mundial, cada vez más coherente, más fuerte, y más estridente, dedicado a reclamar la restitución o «repatriación» de los objetos de importancia cultural. El movimiento tiene raíces muy respetables en el deseo poscolonialista de cancelar las injusticias de los siglos XIX y XX, cuando las grandes potencias occidentales se aprovecharon de su poder y riqueza para adquirir objetos de valor de gente necesitada o atemorizada en zonas desaventajadas del mundo. Intervino también la experiencia chocante de los saqueos de los nuevos vándalos de la II Guerra Mundial, llevando el botín de sus conquistas a embellecer los templos seculares del nazismo y humillar a sus víctimas. Por eso tenemos, desde 1954, una serie de acuerdos internacionales que vigilan el comercio de obras de arte y objetos culturales e insisten en la restitución de objetos adquiridos por robo o saqueo, dentro de determinados límites cronológicos, aun cuando los museos o coleccionistas relevantes los adquirieron honradamente sin enterarse de su obtención ilegal. Es importante mantener esos acuerdos: he aquí uno de los motivos primordiales de insistir en que se trata independientemente, y sin prejuicios, a los casos que caen fuera de sus límites.
Pero hay que reconocer dos hechos: los museos -o por lo menos los buenos- son archivos de fuentes históricas cuya integridad debe respetarse; y las comunidades que dan abrigo a objetos de procedencia lejana tienen un interés legítimo en quedarse con ellos. Invierten emoción y gastos de conservación en joyas que vienen a ser parte de su propio patrimonio. Los códices mesoamericanas de la Biblioteca de la Universidad de Oxford, por ejemplo, o las máscaras mexicanas de piedra verde del Museo Británico han pasado más tiempo ya en Inglaterra que en Méjico y han venido a ser parte del patrimonio de Inglaterra, a pesar del hecho innegable de que llegaron al país por primera vez mediante piraterías y saqueos.
El templo de Debod vino de Egipto, pero ya forma parte imprescindible del paisaje urbano de Madrid. Las pinturas de castas son de origen mexicano, y muy representativas de la historia de México, pero son un tesoro entrañable del Museo de América. La Gioconda es o era italiana, pero el Museo del Louvre sería inconcebible sin su sonrisa. Los caballos de San Marco pertenecían a Constantinopla hasta el siglo XIII, pero ¿quién no diría que en Venecia se hallan en su casa? Constantinopla -o Estambul, por darle su nombre actual- lleva 1.700 años abrigando los restos del trono del oráculo de Delfos y sería otra afrenta barbárica despojársela. El público inglés muestra su afecto por sus obras de arte de origen extranjero, contribuyendo, por ejemplo, con 15 millones de libras para que los cuadros de Zurbarán -adquiridos por el obispo de Durham en 1756-, no se vendieran y destinando casi dos millones para mantener el Crucifijo de Duccio en el país. La belleza y el significado histórico son valores compartidos. No pertenecen a tal o cual nacionalidad puesto que son creaciones de genios universales que por casualidad pertenecían a tal o cual comunidad histórica. Los paraderos actuales de los objetos de importancia cultural deben respetarse como auténticos entornos históricos y parte ineludible de su historia.
En muchos casos, la base de las solicitudes de restitución es mítica. Los egipcios del Egipto actual no tienen nada que ver con los habitantes del mundo faraónico. El Perú actual no es heredero de los incas salvo para una tradición propagandística sin valor histórico. Los griegos modernos son distintos de los antiguos. Papandreu no tiene más vínculo con Pericles que Rajoy con Recesvinto. La moussaka y la taramasalata son símbolos más eficaces que las esculturas del Partenón para representar a la Grecia moderna. El Irán del Sha insistió en calificar el cilindro de Khusro el Magno como «icono nacional», a pesar de que ese artefacto no tenía nada que ver con el Irán de la modernidad, sino por haber sido descubierto bajo su suelo. Los estados modernos no son los propietarios naturales de las obras de la antigüedad.
Si se admite lo contrario, las consecuencias serán desastrosas. Todos los pueblos piensan que sus tesoros, o los de sus supuestos antecesores, son únicos y de un valor cultural excepcional, que los exime de las reglas normales. Para un budista chino, los manuscritos de Dunhuang, adquiridos por Aurel Stein a principios del siglo pasado a un precio sospechosamente bajo, son trascendentales. Para los monjes de Santa Caterina del desierto, el Códice Sinaítico es un tesoro sagrado que se les robó. Para los egipcios, el busto de Nefertiti del Museo de Berlín forma parte de su supuesta herencia. El diamante Koh-i-noor, forzosamente cedido a la entonces reina de Inglaterra por el soldán del Punjab cuando los británicos conquistaron el país en 1849, forma parte de las insignias reales del Reino Unido, pero desde la óptica indiana debe pertenecer a la India, mientras que los paquistaníes, por el mismo motivo, exigen su entrega a su propio país. Según un reportaje reciente, el gobierno venezolano «seguirá reclamando por los siglos de los siglos» la piedra Kueka -un adorno enorme de jaspe que forma parte de una obra de arte alemana expuesta en Berlín- ya que «el pueblo indígena pemón atribuye a la ausencia de la piedra en Venezuela el desequilibro ambiental y espiritual que padece su comunidad».
Los museos de Gran Bretaña se aprovecharon desproporcionadamente de la expansión imperial decimonónica, y tienen los tesoros reales de Asanti -el antiguo reino indígena de lo que hoy es Ghana- y de los obas de Benín, tanto como el botín del saqueo del palacio de Seringapatam en la India. Si el movimiento restitucionista logra sus fines, por ejemplo, en el caso de las esculturas del Partenón, que se adquirieron legítimamente, será imposible negar las reclamaciones de tantos tesoros que efectivamente llegaron a manos de científicos ingleses por métodos moralmente indefensos. Si admitimos a un caso de éstos, no podremos rechazar ninguna otra solicitud, sin multiplicar las injurias. Ni los museos nacionales siquiera quedarían a salvo. Los objetos del Museo Nacional de Irak que llegaron del norte del país se reclamarían como propiedad del pueblo kurdo. Los objetos en Cuenca o Mérida de proveniencia vasca o catalana tendrían que enajenarse. La Galería Nacional Escocesa tendrá que devolver a Italia todas sus obras maestras renacentistas para que quepan los cuadros escoceses reclamados de Manchester o Liverpool.
Hay excepciones cuyos méritos hay que reconocer. La gran estela de Axum volvió a Etiopía en 2005 para borrar la desgracia del saqueo por Mussolini. El museo de la Universidad de Heidelberg concedió un fragmento del Partenón a Grecia en préstamo perpetuo como parte de un intercambio de objetos. El de la Universidad de Princeton, como entidad privada, devolvió a Perú algunos objetos que Hiram Bingham sacó de Macchu Picchu. Pero cada excepción que se admite añade más peso a las demás solicitudes.
La gran mayoría de los objetos contenciosos están en museos donde sirven a la investigación y la enseñanza, donde están disponibles a todo el mundo y donde forman parte de archivos íntegros y sistemáticos para el estudio comparado de civilizaciones. Si uno piensa, por ejemplo, que los esplendores de los incas o los aztecas o los asanti o los griegos antiguos o cualquiera civilización concreta fuesen especiales o superiores o únicos en el mundo, la única forma de llegar a tal conclusión es por contemplarlos en un contexto comparado.
Hay museos locales o provinciales que son como espejos, donde los habitantes pueden contemplarse aisladamente por su mayor o menor satisfacción. El Nuevo Museo de la Acrópolis de Atenas es un buen ejemplo de un museo de este tipo, donde se exhibe el genio de una polis extraordinariamente creativa en la antigüedad, pero sin ubicarlo en un contexto más general. Lo es también el Museo Egipcio de El Cairo, con su enfoque especializado. Otros museos, en lugar de ofrecer a sus visitantes la oportunidad de autocontemplación en un espejo, abren una ventana enorme, donde todo un mundo puede apreciarse y cada civilización se ve más clara por la proximidad de las artes de las demás. Los grandes museos de las capitales del occidente -el Museo Británico, el Louvre, los museos vaticanos, la Institución Smithsoniana de Washington, los museos arqueológicos de Madrid y Berlín- tienen esa vocación. Si queremos que sigan ejerciéndola, debemos defender la inviolabilidad de sus colecciones.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, mayo 05, 2009

La arquitectura como espectáculo

Por Mario Vargas Llosa, 2009 © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2009 (EL PAÍS, 03/05/09):

Visitar en una misma semana dos grandes museos europeos en busca de testimonios de las culturas del Congo y de la Amazonia puede deparar al visitante insospechadas lecciones sobre la civilización de nuestro tiempo y la manera como en ella, sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo esa sustitución del fondo por la forma -del contenido por el continente- que, en el pasado remoto, sólo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro. Entre nosotros, los responsables del prodigio no parecen haber sido magos, diablos ni santos sino el narcisismo y la frivolidad.

El Real Museo de África Central está en Tervuren, a unos 15 kilómetros de Bruselas, en un parque de sueño, rodeado de bosques que en esta mañana primaveral hierven de verdura y de cantos y vuelos de pájaros multicolores. Al pie del edificio hay una laguna circular y estanques artificiales, donde, en la Exposición Universal de 1897, Leopoldo II exhibió congoleses de carne y hueso de su vasto dominio africano con sus cabañas, tatuajes, lanzas y tambores: fueron el atractivo estrella del evento pero nueve de ellos no resistieron el clima y murieron de pulmonía.

El soberano belga -ahí está su estatua de figura imponente y las inevitables barbas rastrilladas- quería que este museo diera una impresión de poderío y orgullo perfectamente justificados (¿no era propietario del Congo, riquísimo dominio 97 veces más grande que su propio país?) y encargó su construcción al arquitecto francés Charles Girault, que había diseñado el Petit Palais de París. El resultado fue versallesco, monumental y bellísimo, aunque el paso del tiempo y los avatares de la historia hayan infligido ahora a este presuntuoso local una connotación un tanto kitsch.

Me dicen que, pese a su enormidad, el museo exhibe sólo un 10% de sus existencias. Aun así, lo que muestran sus vitrinas y salas es muchísimo y está expuesto con inteligencia y gusto. Las notas y paneles son instructivas y la riqueza de la colección de máscaras, armas, instrumentos musicales, utensilios, atuendos, tocados y hasta la gigantesca piragua socavada en un tronco de árbol donde caben un centenar de remeros dan una idea soberbia de la variedad de las culturas centroafricanas. El amigo que me acompaña, que es historiador y ha investigado en los archivos del museo, me asegura que su colección de libros y documentos es la más rica que existe en el mundo sobre el África Central.

Una cosa que sorprende, sobre todo recorriendo los pabellones que rememoran las etapas en que el Congo fue posesión personal de Leopoldo II (1885-1908) y colonia del Estado belga (1908-1960) es que, a diferencia de otros museos europeos donde las antiguas potencias colonizadoras han borrado las huellas de la colonización, avergonzadas de su etapa imperialista, en este museo la vieja creencia en la misión civilizadora y emancipadora de la Europa que conquistaba países lejanos está todavía presente, sin disimulos ni complejos. Hay alusiones al canibalismo y al tráfico de esclavos que practicaban los árabes de Zanzíbar, plagas de las que los belgas habrían librado a los congoleses y fotos de misioneros predicando el Evangelio a masas de africanos desnudos, apiñados y arrodillados. Es verdad que se ven algunas manos cortadas y espaldas flageladas, pero, también, las “acciones heroicas” de la Force Publique reprimiendo los intentos de rebelión de los nativos. Ni una sola referencia, claro está, a los 10 millones de congoleses que, según el historiador Adam Hochschild, habrían perecido a causa de los malos tratos y la explotación en las caucherías y las minas.

Pero no es esto lo que, a lo largo de las dos horas y media que dura la visita, me distrae todo el tiempo y me impide aprovechar como quisiera la formidable diversidad de objetos que atestan las vitrinas. Sino que el museo, a la vez que los exhibe, se exhibe demasiado a sí mismo. Sus cúpulas, vitrales, molduras, arañas, cortinajes, espejos biselados, están continuamente interponiéndose con descaro entre el visitante y lo que, en teoría, es la razón de ser del edificio: revelar la realidad histórica, geográfica, cultural y etnológica centroafricana. No hay que culpar de este exhibicionismo intruso sólo al arquitecto Girault: éste obedecía instrucciones de su patrón, un rey mesiánico y megalómano que, a través de este museo, quería promocionar su obra y lucirse ante la posteridad. Pero, al mismo tiempo y sin saberlo, quien diseñó el Petit Palais y el Museo Real para África Central inauguraba una tendencia de la sensibilidad y los valores estéticos que a lo ancho y lo largo de Europa occidental empujaba ya a los artistas a ser protagonistas de sus propias obras, desnaturalizando de este modo aquella antiquísima vocación del arte y la cultura que quería que el creador desapareciese detrás de su obra para que ésta resplandeciera mejor y con brillo propio. Era sólo el comienzo de una evolución de la que, al cabo de unas décadas, resultaría esa más que curiosa innovación: la de que cada obra arquitectónica, por ejemplo, pasara en muchos casos a ser poco menos que un autorretrato, una arquitectura de autor, un arte exhibicionista y narciso en el que los museos, al igual que los ministerios, los puentes y hasta las plazas, tendrían la función principalísima de llamar la atención no sobre lo que hospedan sus salones o aquello para lo que se supone fueron construidos, sino sobre sí mismos y sobre la inventiva y audacia de sus creadores.

Para comprobarlo hay que darse una vuelta por el Museo de las Primeras Artes y Civilizaciones de África, Asia, Oceanía y de las Américas, como se llama el museo del Quai Branly, de París. Se iba a llamar de las Artes Primitivas, pero la corrección política atajó a tiempo esa denominación “etnocentrista”. Con este museo, el presidente Jacques Chirac quiso inmortalizar su memoria, así como Pompidou inmortalizó la suya con el museo que lleva su nombre y Mitterrand con la singular Biblioteca Nacional cuyos cuatro edificios semejan cuatro libros abiertos y de pie y cuya mayor originalidad consiste en que las salas de lecturas están en los sótanos y los libros en las alturas, protegidos por costosas gelatinas de la destructora luz solar. Pero, a diferencia de éstos tres últimos, Chirac no consiguió del todo su anhelo de perennidad museística porque al único personaje que inmortaliza el Museo del Quai Branly es a quien lo concibió, el arquitecto Jean Nouvel, el más moderno de todos los arquitectos modernos, pues cada una de sus obras es siempre un extraordinario espectáculo.

En el Museo del Quai Branly, Jean Nouvel se supera a sí mismo en la marca personal que ha dejado impresa en el edificio y que va mucho más allá de la que aparece en otras afamadas concepciones suyas como el Instituto del Mundo Árabe en París, la Torre Agbar de Barcelona o la ampliación del Museo Reina Sofía de Madrid. Sin exageración alguna, del Museo del Quai Branly puede decirse que si extrajeran de él las 3.500 piezas etnológicas y artísticas, el local no perdería nada, porque para lo que él muestra y representa, su contenido es indiferente y acaso esté de más. Pese a las minuciosas explicaciones y justificaciones de su catálogo, la verdad es que este bello monumento -lo es, sin duda- acapara de tal modo la atención del visitante con su largo y sinuoso corredor sombreado, la floresta artificial que lo abraza, sus laberínticas salas casi a oscuras en las que echan como llamaradas de luz los nichos, hornacinas o alvéolos de las esquinas donde se exhiben los objetos que éstos se esfuman, desaparecen, convertidos en detalles prescindibles, arrollados por el espectacular entorno que, con sus audacias, sorpresas, guiños, disfuerzos, coqueterías y desplantes, absorbe de tal modo al espectador que no le da tiempo ni libertad para disfrutar de otra cosa que de la representación que es el museo en sí mismo.

Los buenos museos son, como los buenos mayordomos, invisibles. Existen sólo para dar relieve, presencia y atractivo a lo que exhiben, no para exhibirse a sí mismos y apabullar con su histrionismo a los cuadros, esculturas, instalaciones u objetos que albergan. ¿Pruebas? Todavía quedan algunas, reminiscencias de un pasado en vías de extinción. Por ejemplo, los dos museos de arte moderno de Renzo Piano que conozco: el que diseñó para la colección Du Menil, en Houston, y el museo de arte moderno de la Fundación Bayeler, en Suiza. En ambos, los limpios espacios, la atmósfera serena y sigilosa que fomenta la sencillez del diseño y la discreción de los materiales permiten al visitante concentrarse en las obras y entablar con ellas ese silencioso diálogo en que el buen arte habla y enseña y el espectador escucha, goza y aprende. Renzo Piano debe ser uno de los últimos grandes arquitectos que todavía creen que los museos están al servicio de los cuadros y esculturas y no éstos al servicio del museo y su progenitor.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona