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sábado, junio 18, 2011

Lo que Abbottabad revela sobre Al Qaeda

Por Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente es Public Policy Scholar en el Woodrow Wilson Center de Washington (EL PAÍS, 16/06/11):

En los años que siguieron al 11 de septiembre de 2001 se extendió, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, cierta visión sobre Al Qaeda, el terrorismo global y la amenaza del terrorismo global. Dicho planteamiento, formulado en términos intelectualmente atractivos pero carentes de suficiente evidencia, fue asumido por muchos expertos académicos y analistas de think tanks especializados en cuestiones de seguridad y defensa, al igual que por no pocos periodistas. Incluso llegó a darse por bueno, siquiera temporalmente, entre profesionales de determinados servicios de inteligencia, quizá en este supuesto de un modo políticamente inducido. Me refiero a la conjetura de acuerdo con la cual, como resultado de la intervención militar en Afganistán tras los atentados de Nueva York y Washington, así como de la miríada de iniciativas contraterroristas adoptadas no solo en el ámbito del mundo occidental, sino en países de Asia del Sur, el sureste asiático y Oriente Próximo, el fenómeno del terrorismo yihadista había sufrido una mutación que puede resumirse en las siguientes cuatro tesis.

En primer lugar, según dicho argumento, Al Qaeda había sido destruida como una organización terrorista activa, dotada de jerarquía interna o estructuras de mando y control, hasta el punto de perder sus capacidades y convertirse en una entidad prácticamente irrelevante, cuyos otrora más destacados integrantes estarían dedicados a producir ideología. En segundo lugar, el propio Osama bin Laden ya no era más que un símbolo, un icono con reminiscencias carismáticas, incapacitado para liderar yihad alguna o tomar decisiones en relación con el curso del terrorismo yihadista. En tercer lugar, el yihadismo global había derivado en un fenómeno amorfo, horizontal y no vertical, no solo descentralizado sino desorganizado y, por supuesto, carente de liderazgo y estrategia. En cuarto lugar, como consecuencia, la amenaza del terrorismo global, particularmente en las sociedades occidentales, no procedía ya de organizaciones yihadistas formales, sino de células locales independientes ubicadas en la periferia del movimiento de la yihad global y que actúan por su cuenta.

Sin embargo, transcurrido algo más de un mes desde que unidades operativas especiales de Estados Unidos dieran muerte a Osama bin Laden en el recinto de Abbottabad, donde los servicios de inteligencia de ese mismo país habían conseguido localizarlo, la información procedente de esa localidad paquistaní parece refutar esa visión de Al Qaeda, del terrorismo global y de la amenaza que implica. Lo que se conoce acerca de la documentación y los ordenadores hallados en Abbottabad pone de manifiesto que, hasta el mismo día 2 de mayo, Osama bin Laden hacía mucho más que proporcionar inspiración ocasional mediante la grabación de mensajes audiovisuales destinados a sus seguidores. Actuaba, dentro de los constreñimientos propios de la clandestinidad en que vivía, como auténtico líder de una organización terrorista. Por ejemplo, proporcionaba orientación para el subsiguiente planeamiento y la comisión de atentados. También se ocupaba de gestiones relativas a relaciones con otras entidades yihadistas y de la atención a donantes financieros.

Desde Abbottabad, Osama bin Laden exhortaba a los responsables operativos de Al Qaeda, incluyendo Ayman al Zawahir y Atiyah Abd al Rahman, con quien tenía contacto directo y asiduo, para que se centraran en atentados en Estados Unidos, aunque anotaciones que habrían sido realizadas el pasado año apuntaban asimismo a Canadá, Israel, Reino Unido, Alemania, Francia y España. Sugería fechas adecuadas para actos de terrorismo en territorio estadounidense, como el 4 de julio o el décimo aniversario del 11-S. Indicaba blancos como el sistema ferroviario en distintas ciudades norteamericanas o barcos petroleros e infraestructuras energéticas en el mar. Hasta pergeñó el perfil de individuos que deberían ser reclutados para atentar en Norteamérica, como afroamericanos y latinos. Ordenó asaltos coordinados en sitios turísticos de al menos tres naciones de Europa Occidental y llegó a implicarse en la preparación de atentados concretos, como el previsto para la Semana Santa de 2009 en un centro comercial de Manchester, desbaratado por las fuerzas de seguridad británicas.

En el ámbito de las relaciones interorganizativas, Osama bin Laden no solo trasladaba mensajes con asesoramiento estratégico a Al Qaeda en la península Arábiga, confirmando a esta entidad como primus inter pares en las relaciones entre Al Qaeda y sus franquicias o, como personalmente prefiero describirlas, extensiones territoriales. Más aún, el año pasado decidió sobre si el liderazgo de dicha entidad, actualmente asentada sobre todo en suelo yemení, debía o no permanecer sin cambios. Fue cuando desde el directorio de Al Qaeda en la península Arábiga se le pidió que colocara en la dirección de la misma a Anwar al Awlaki, un conocido doctrinario yihadista de ascendencia yemení pero ciudadanía estadounidense, que cuenta con una notable audiencia a través de Internet. Esto no necesariamente significa que Osama bin Laden haya dispuesto de la misma autoridad sobre los dirigentes de otras dos extensiones territoriales, casos de Al Qaeda en Mesopotamia y de Al Qaeda en el Magreb Islámico, lo que en parte se explica por su distinto proceso de formación.

Pero Osama bin Laden, además de mantener relaciones de autoridad con una de sus franquicias, lo hacía también con organizaciones asociadas con Al Qaeda. Al Shabaab era una de las entidades yihadistas destinataria de instrucciones remitidas por aquel. No extrañará que, hace unas semanas, sus principales mandos en Somalia hablasen, literalmente, de vengar “la muerte de nuestro líder”. Además, 15 días después de que Osama bin Laden fuese abatido, un destacado jefe de los talibanes afganos dio a conocer que lo había visitado en su residencia de Abbottabad. Tampoco sorprenderá que el portavoz de Therik e Taliban Pakistan se haya referido al supuesto jefe interino de Al Qaeda, Saif al Adel, textualmente, como “nuestro nuevo líder”. Y es que, desde Abbottabad, Osama bin Laden se afanaba, en sus últimos días, por unificar en una renovada coalición a las entidades yihadistas que actúan en el sur de Asia. Todo lo cual apunta a la coordinación entre Al Qaeda y sus extensiones territoriales o sus organizaciones asociadas, al mismo tiempo que a una subordinación de estas a aquella.

En suma, Abbottabad nos dice que Al Qaeda permanecía articulada y activa, pese a tener degradadas sus capacidades operativas, muy aminoradas sus infraestructuras terroristas, contar con apenas unos centenares de miembros propios y haber ido progresivamente perdiendo apoyo popular en los países con sociedades mayoritariamente musulmanas. Nos dice que Osama bin Laden continuaba ejerciendo importantes funciones de mando dentro de la misma y proveyéndola de estrategia general. Nos confirma también, a la vista de su dedicación a relaciones interorganizativas, que el yihadismo global no es un fenómeno amorfo sino polimorfo, al igual que la centralidad de Al Qaeda en el seno de este heterogéneo y expandido movimiento. Diez años después del 11-S, la amenaza que plantea el terrorismo global es variada y tiene múltiples focos. Nadie debe ignorar la que suponen las células independientes y los llamados lobos solitarios, a cuya yihad individual acaban de apelar altos dirigentes de Al Qaeda, acaso como evidencia de sus limitaciones operativas, aunque podría también tratarse de una maniobra de distracción. Pero la amenaza terrorista más seria, en nuestras sociedades, sigue procediendo de entidades yihadistas organizadas, incluyendo, todavía, la propia Al Qaeda.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, junio 11, 2011

Dinámica terrorista en Pakistán

Por Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional del Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos (REAL INSTITUTO ELCANO):

Tema: Mucho se habla sobre una escalada de la violencia terrorista en Pakistán pero, transcurrido un mes desde que el líder de al-Qaeda fuese abatido en Abbottabad, no hay evidencia suficiente para afirmar que así sea, aunque aún puede ocurrir.

Resumen: Durante el mes de mayo de 2011, tras la muerte Osama bin Laden, la cifra mensual de atentados con bomba contabilizados en Pakistán se redujo notablemente respecto a la media de los cuatro primeros meses del año y la de los atentados suicidas no fue mayor. Al mismo tiempo, se registró un destacado incremento en la letalidad derivada de los actos de terrorismo. Sin embargo, ello parece indicar no tanto una escalada del terrorismo en Pakistán como una continuidad con la dinámica que dicha violencia, más que cotidiana en ese país surasiático, venía registrando en los meses precedentes de ese año y que manifiesta tanto desafío a la autoridad estatal como afán de control social. Dado que la planificación y preparación de atentados espectaculares y de elevada letalidad no previstos antes de que el líder de al-Qaeda fuera abatido puede requerir cierto tiempo, en los próximos meses aún puede observarse algún incremento notorio de los mismos, particularmente de los de carácter suicida, al igual que de otros episodios terroristas en territorio paquistaní contra blancos autóctonos.

Análisis: A los pocos días de que una unidad estadounidense de operaciones especiales abatiera a Osama bin Laden en la localidad de Abbottabad, donde había sido localizado por los servicios de inteligencia norteamericanos, Therik e Taliban Pakistán (TTP), uno de los mayores aliados de al-Qaeda en el sur de Asia y el principal en territorio paquistaní, anunció represalias por lo sucedido. TTP no es, desde luego, ni la única organización armada de ideología yihadista que practica sistemáticamente actos de terrorismo en Pakistán ni la única asociada con al-Qaeda que actúa en y desde este país surasiático, por lo que cabe esperar que, en una campaña de atentados dentro del mismo que sean ejecutados como venganza por la muerte de Osama bin Laden, sean varios los actores colectivos implicados e incluso se combinen entre sí.

Pero, ¿se ha producido en realidad la anticipada represalia yihadista en Pakistán? ¿Estamos asistiendo a un incremento de los actos de terrorismo en dicho país? ¿Cuál es la evidencia disponible respecto a la dinámica terrorista en el mismo que permita llegar a una conclusión provisional al respecto? Dado que la muerte de Osama bin Laden tuvo lugar en la madrugada del 2 de mayo, es posible responder a esos y otros interrogantes comparando datos agregados de actividad terrorista correspondientes al conjunto de dicho mes con los correspondientes, respectivamente, a los cuatro meses previos de 2011. Ello permitirá apreciar eventuales variaciones en la frecuencia e intensidad de los atentados ocurridos en territorio paquistaní después de lo acontecido en Abbottabad, al igual que en algunas de sus facetas específicas.

Los atentados con bombas y explosivos constituyen el tipo de incidente terrorista más habitual en Pakistán, aunque no el único dentro de un repertorio de violencia terrorista e insurgente más amplio, relacionado con grupos y organizaciones yihadistas en dicho país, por lo que su contabilidad mensual permite disponer de un indicador adecuado para apreciar alteraciones significativas en la dinámica del terrorismo. Como puede comprobarse en la Figura 1, elaborada, al igual que el resto de las contenidas en este análisis, a partir de una sistematización de información compilada, a partir de fuentes abiertas, por el South Asia Terrorism Portal, el número de atentados con bomba registrados en Pakistán durante en mayo de 2011, es decir, a lo largo del mes inmediatamente posterior a la muerte de Osama bin Laden, fue de 45.

Ese dato supone que el número de atentados con bomba perpetrados en Pakistán durante el mes que siguió al asalto por parte de unidades estadounidenses de operaciones especiales al recinto de Abbottabad donde se escondía el líder de al-Qaeda, fue notablemente inferior la media mensual de los ocurridos entre enero y abril de 2011, los cuatro meses precedentes, que resultó ser de 65. Sin embargo, como refleja la misma Figura 1, el número de muertos ocasionados en los 45 atentados con bomba de mayo ascendió a 178, la cifra más alta de las registradas en los cinco primeros meses del año, que entre enero y abril había sido, como media, de 104 al mes. Algo similar ocurre con la cifra de heridos en el mismo tipo de incidentes, que en mayo fue de 315 cuando, en los cuatro meses anteriores, 264 había sido la media.

Figura 1. Atentados con bomba en Pakistán y número de víctimas ocasionadas en los mismos, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Es menester señalar que el número de muertos por atentados con bomba en Pakistán supuso, entre enero y mayo de 2011, aproximadamente el 40% del total de muertos causados en sucesos violentos relacionados con actividades insurgentes y terroristas en todo el país, donde no son inusuales los enfrentamientos entre soldados u otros contingentes de las fuerzas de seguridad y partidas más o menos numerosas de militantes talibán, bien sea en el curso de operaciones contrainsurgentes, bien de asaltos llevados a cabo por los últimos a acuartelamientos militares y dependencias policiales. Por lo común, estos episodios se desarrollan en las regiones noroccidentales del país, donde la presencia insurgente es extensa, la autoridad estatal es débil y en algunas demarcaciones inexistente.

Así pues, durante el mes de mayo, tras haber sido abatido Osama bin Laden, pese a las amenazas de represalias, la cifra mensual de atentados con bomba contabilizados en Pakistán se redujo notablemente respecto a la media de los cuatro primeros meses del año pero, al mismo tiempo, se registró un incremento asimismo destacado en la letalidad derivada de ese tipo de actos de terrorismo. Si bien, a la hora de situar estos datos en el contexto de lo sucedido en Abbottabad, es preciso matizar que en los meses de marzo y abril fueron 169 y 121, respectivamente, los fallecidos como resultado de atentados con bomba en el país, totales que no se distancian demasiado de los 178 registrados en mayo, ya tras la muerte de quien fuera líder de al-Qaeda.

Con todo, la ratio de letalidad, que relaciona mensualmente el número total de víctimas mortales con el de los atentados con bomba perpetrados, alcanzó un valor de 4,0 en mayo de 2011, decididamente por encima de cualquiera de los cuatro meses previos del año, período a lo largo del cual dicho indicador había oscilado entre un mínimo de 0,6 en febrero y un máximo de 2,6 en marzo. Es oportuno, a partir de aquí, detenerse en la distribución según el número de muertos y heridos ocasionados del total de esos atentados, para apreciar mejor en qué medida su dinámica en el mes inmediatamente posterior al abatimiento de Osama bin Laden responde a acciones represalia por parte de Therik e Taliban Pakistan y de otras organizaciones yihadistas afines a al-Qaeda.

En realidad, como revela la Figura 2, lo que diferencia a mayo del cuatrimestre precedente, por lo que se refiere a la letalidad de los actos de terrorismo mediante el uso de explosivos ocurridos aquel mes, es que, aun cuando la frecuencia de los atentados que no causaron ninguna víctima mortal fue marcadamente inferior y los de letalidad media no superaron en frecuencia a los registrados en los meses precedentes, hubo uno que produjo más de 80 muertos. Se trata del cometido por militantes de TTP el 13 de mayo en un centro de adiestramiento militar en una localidad de Khyber Pakhtunkhwa, donde de hecho perdieron la vida más de 90 personas.

Figura 2. Atentados con bomba en Pakistán, según el número de muertos que provocaron, enero-mayo de 2011


Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Ahora bien, a la hora de interpretar ese atentado altamente letal como ejemplo de una escalada iniciada tras la muerte de Osama bin Laden, es conveniente recordar, en primer lugar, que tanto en los meses de marzo y abril, inmediatamente precedentes, se registraron dos atentados con bomba, uno en cada mes, de muy considerable letalidad, con entre 40 y 60 muertos de acuerdo con la categoría correspondiente de la Figura 2 antes mencionada: uno, el 9 de marzo, cerca de Peshawar, de nuevo en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, con más de 40 muertos, y el otro el 3 de abril en el distrito punyabí de Dera Ghazi Khan, en el que perdieron la vida más de 50 personas. Y,en segundo lugar, que cabe inscribir aquel atentado del 13 de mayo en una serie de otros perpetrados por TTP, en la misma zona y contra el mismo blanco, como reacción al acoso de las fuerzas paquistaníes de seguridad.

Por otra parte, la distribución de los atentados con bomba ocurridos en Pakistán entre enero y mayo de 2011 de acuerdo con el número de heridos que produjeron, como se presenta en la Figura 3, confirma la importancia, en este último mes, del aludido atentado del 13 de mayo. Pero obliga a matizar cualquier conclusión respecto al inicio de una represalia por el abatimiento del líder de al-Qaeda, pues tanto en marzo como en abril, los dos meses previos a lo sucedido en Abbottabad, hubo respectivamente un atentado que ocasionó más de 80 heridos y el que se perpetró en el primero de esos meses se encuentra en la misma categoría que el del 13 de mayo por el número de heridos ocasionados.

Figura 3. Atentados con bomba en Pakistán, según el número de heridos que provocaron, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Tampoco puede afirmarse que en mayo, tras la muerte de Osama bin Laden, se hayan incrementado los atentados suicidas en Pakistán respecto a los cuatro meses precedentes, como muestra la Figura 4. Aunque el más letal de todos los ocurridos hasta entonces en 2011 fuese perpetrado precisamente aquel mes y corresponda al episodio del 13 de mayo ya varias veces mencionado. Ello, junto al cuarto acto de terrorismo suicida más cruento de los registrados en lo que había transcurrido del año, hizo que el número de muertos este último mes, como resultado de ese tipo de atentados, fuese muy superior a las cifras del cuatrimestre anterior. De hecho, el 83% de las víctimas mortales ocurridas en atentados con bomba en mayo lo fueron como consecuencia de atentados suicidas, que ese mes supusieron en 8,9% del total de atentados con bomba.

Figura 4. Atentados suicidas en Pakistán y número de víctimas ocasionadas en los mismos, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

En conjunto, no parece pues existir evidencia suficiente como para sostener que en mayo de 2011, tras la muerte de Osama bin Laden, se haya producido una escalada del terrorismo en Pakistán. Los datos indican que más bien parece tratarse de una continuidad con la dinámica que dicha violencia, tanto en lo que se refiere a los atentados con bomba como a los de carácter suicida, venía registrando en los meses precedentes de ese mismo año. Veamos, de cualquier modo, otras facetas de dicha dinámica de violencia terrorista en Pakistán en los cinco primeros meses del año, antes y después de que fuese abatido el líder de Al Qaeda.

Así, por ejemplo, la distribución según divisiones administrativas de los atentados con bomba ocurridos en Pakistán entre enero y mayo de 2011, que se recoge en la Figura 5, tan sólo indica que la incidencia relativa de esos actos de terrorismo es, en el último mes, algo mayor que en tres de los precedentes en Khyber Pakhtunkhwa, la antigua Provincia Fronteriza del Noroeste, una de las demarcaciones en las que se encuentra asentado TTP. En conjunto, sin embargo, como viene ocurriendo desde hace algunos años, la actividad terrorista se concentra en las provincias limítrofes con Afganistán, incluyendo Baluchistán y las denominadas Áreas Tribales Administradas Federalmente (ATAF). Si bien los atentados con bomba se extienden hacia otras provincias del país, como Sindh y, en menor medida durante los cinco primeros meses de 2011, Punyab.

Figura 5. Atentados con bomba en Pakistán, según las divisiones administrativas donde ocurrieron, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Otra faceta reseñable de la dinámica del terrorismo en Pakistán es la que se refiere a la naturaleza predominante de sus blancos y de sus víctimas. Los datos relativos a los blancos predominantes de los atentados suicidas ocurridos durante los cinco primeros meses de 2011 aparecen recogidos en la Figura 6. Como se puede comprobar, sin que lo reducido de las cifras permita subrayar variaciones acusadas, los actos de terrorismo suicida, cuya significación en el contexto del terrorismo yihadista es conocida, aunque en el caso paquistaní supongan, dependiendo del mes, entre el 4% y el 9% del total de atentados con bomba registrados, se dirigen tanto contra blancos militares y policiales como contra blancos civiles de una u otra condición. Esto indica que la violencia terrorista manifiesta una estrategia dual, en la que el desafío a la autoridad estatal se combina con el afán de control social.

Figura 6. Principales atentados suicidas en Pakistán, según naturaleza predominante de los blancos afectados, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Lo antedicho queda a su vez confirmado con los datos proporcionados en la Figura 7, que distribuye, para los cinco primeros meses de 2011, los actos de terrorismo suicida perpetrados en Pakistán según la naturaleza predominante de las víctimas mortales ocasionadas. Aunque lo limitado de las cifras obliga a una gran cautela en el comentario de las mismas, resulta obvio que, cualquiera que fuesen los blancos designados por los grupos y organizaciones terroristas cuyos líderes tomaron la decisión de ejecutar esos atentados suicidas, la realidad es que estos produjeron víctimas mortales predominantemente entre la población civil, a menudo en lugares concurridos como mercados o templos.

Figura 7. Principales atentados suicidas en Pakistán, según naturaleza predominante de las víctimas mortales ocasionadas, enero-mayo de 2011

Fuente: elaboración propia a partir de información compilada por South Asia Terrorism Portal.

Es elocuente que ninguno de esos atentados suicidas ocurridos en Pakistán a lo largo de los cinco primeros meses de 2011 se dirigiese contra extranjeros ni produjese víctimas mortales entre occidentales, pese a que un portavoz de TTP haya señalado expresamente, el pasado mes de mayo, hacia blancos diplomáticos y de la OTAN. El 20 de ese mes, vehículos pertenecientes al consulado de Estados Unidos en Peshawar sufrieron un atentado mediante explosivos detonados por control remoto, aunque el único fallecido fue un transeúnte paquistaní. Pero los blancos occidentales más afectados han sido aquellos cuya visibilidad y accesibilidad es mucho mayor en el país, es decir, blancos relacionados con la OTAN. Entre enero y mayo de este año, no menos de 50 ataques han afectado cisternas y contenedores que transportaban aprovisionamiento para los contingentes de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, en sus siglas en inglés) desplegados en Afganistán.

La mayoría de esos ataques, algunos de ellos perpetrados con artefactos explosivos aunque abundaron sobre todo los asaltos utilizando armas de fuego, tuvieron lugar, como cabe anticipar, en Baluchistán, demarcación fronteriza con Afganistán por la que discurre el flujo de suministros. Si bien también ocurrieron algunos incidentes en Khyber Pakhtunkhwa y en las Áreas Tribales Administradas Federalmente, zonas asimismote tránsito hacia la frontera afgana. En relación con el tema de este análisis, sin embargo, lo relevante es que durante el mes de mayo de 2011, tras haber sido abatido Osama bin Laden, no se registró un incremento en la frecuencia de ataques contra los aludidos blancos relacionados con la OTAN, cuya frecuencia mensual fue de entre nueve y 11, entre enero y abril.

Conclusión: Al finalizar mayo de 2011, transcurrido exactamente un mes desde que Osama bin Laden fuese abatido en la localidad paquistaní de Abbottabad y pese a las amenazas de represalias difundidas públicamente por Therik e Taliban Pakistan y otras entidades yihadistas en el país, la cifra mensual de atentados con bomba se redujo notablemente respecto a la media de los cuatro primeros meses del año y la de los atentados suicidas no fue mayor. Pero, al mismo tiempo, se registró un destacado incremento en la letalidad derivada de los actos de terrorismo, lo que por otra parte obedece a las consecuencias de un sólo incidente especialmente cruento, el más grave de cuantos atentados se han producido en Pakistán en los cinco primeros meses del año. En conjunto, ello parece indicar no tanto una escalada del terrorismo en Pakistán como una continuidad con la dinámica que dicha violencia venía registrando en el país surasiático, donde los atentados son una realidad más que cotidiana.

Se trata de una dinámica de violencia terrorista que, por una parte, busca disuadir a las autoridades paquistaníes, tanto civiles como militares, de tomar decisiones y emprender intervenciones consideradas hostiles por los talibán y su aliados internos. A una lógica de este tipo respondería, por ejemplo, el asalto a una base aérea naval llevado a cabo el 22 de mayo en Karachi por talibán paquistaníes probablemente combinados con elementos de al-Qaeda y ayudados por cómplices dentro de las propias instalaciones militares. Por otra parte, es una dinámica de violencia terrorista con propósito de control social, especialmente en las demarcaciones del país en las que los talibán paquistaníes han sustituido por la fuerza a la autoridad estatal y donde coaccionan a los dirigentes tribales no alineados con los fundamentalistas insurgentes. Sólo en los primeros cinco meses de 2011 han sido asesinados cerca de un centenar de ellos.

Una observación final. Dado que planificar y preparar atentados espectaculares y de elevada letalidad no previstos antes de que el líder de Al Qaeda fuera abatido puede requerir cierto tiempo, en los próximos meses aún puede observarse un incremento notorio de los mismos, particularmente de los de carácter suicida, al igual que de otros episodios terroristas en territorio de Pakistán que, de acuerdo con la tendencia que denota dicha violencia en ese país, afectarían sobre todo blancos autóctonos. Mientras tanto, TTP ha amenazado expresamente con llevar a cabo atentados contra blancos occidentales fuera de Pakistán. TTP ya estuvo implicada en las tentativas para atentar en metro Barcelona, en enero de 2008, y en Times Square, en Nueva York, en mayo de 2010, frustrada en el primer caso y fallida en el segundo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, mayo 06, 2011

The Death of an Icon

By Richard Bulliet , professor of history at Columbia University and author of Islam: The View from the Edge and The Case for Islamo-Christian Civilization (THE NEW YORK TIMES, 05/05/11):

Osama bin Laden, the visual icon of terrorism in our fear-driven age, is gone. No one can replace him.

Jihadists will doubtless commit new outrages and hatch new conspiracies. But warriors committed to sacrificing their lives for his murderous cause are a wasting resource unless they can draw new recruits into their ranks. And while Bin Laden may or may not have been the mastermind behind the attacks launched by Al Qaeda and its imitators, he was unquestionably their master recruiter.

Any number of studies have analyzed the intricate pathways by which a young computer programmer here, an out-of-work immigrant there, or the raped widow of a suicide bomber somewhere else have found their way into jihadist cells in a score of countries. Mosque-based activists nurture some, family networks ensnare others, and a few develop overwhelming feelings of outrage or victimization just by reading the news or watching videotapes.

But Osama bin Laden spoke to everyone, including many millions of Muslims who admired his analysis of world affairs but never themselves developed the courage and commitment to follow his logic to its lethal end. He inspired both the suicide bomber and the armchair critic of American and Israeli imperialism.

In 2003 the Pew Research Center’s Global Attitudes Project reported that 59 percent of Indonesians, 46 percent of Pakistanis, and 56 percent of Jordanians expressed confidence that Bin Laden would “do the right thing in world affairs.”

By 2009, however, Bin Laden’s popularity in these representative countries had fallen steeply to 25 percent in Indonesia, 18 percent in Pakistan, and 28 percent in Jordan. Though these numbers are still distressingly high, Bin Laden’s decline as the symbol of resistance to what he called “Crusaders and Jews” was unquestionable.

What largely accounted for this decline was a near total eclipse of his video image. Though the media or jihadist Web sites aired at least 21 Bin Laden tapes between 2003 and 2009, they included scarcely five minutes of live video footage. The leader who had stirred global fascination as a visual icon had been reduced to a sporadic voice of often uncertain identity.

If one looks back now at the two-hour Bin Laden recruitment video that became publicly available in the aftermath of 9/11, the power of his screen presence is unmistakable, particularly in comparison with other jihadist leaders who show up on the same tape. A tall, bearded, austere-looking man with an impressively calm demeanor, he recites poetry, rides a horse, and fires a Kalashnikov. He delivers a sermon dressed in white robe and headdress, he holds an interview wearing military camo and a white turban, he sits on a rocky hillside wearing the vest and rolled-edge Nuristani hat of the Afghan Taliban.

Most impressive are the clips showing Bin Laden giving an open-air sermon. The camera looks up at him reverently from below as if the cameraman is among the audience. The voices of children are heard in the background. The impression is of Bin Laden explaining to a group of ordinary people the problems they face in the world and the reasons behind them. “Muslims must examine Allah’s Book — the Koran — in order to understand their predicament and the causes of their illnesses so that they may find a way out of their entrapment.”

Compared with the two-dozen jihadist videotapes I analyzed in connection with police investigations in 2002-2003, Bin Laden’s propaganda stands out. Not only does it present a plausible argument for jihad against the West, but his visual presence and calm voiceovers convey an aura of authority and leadership even though his name is never mentioned.

His screen presence also far outshadows that of other jihadist leaders. Where they are strident, or ranting, or dull, he is calm and articulate. Where they come across as one-note preachers or pedantic classroom teachers, he appears as a fully formed individual. Comfortable in the mosque, on the battlefield, at the training camp, or in a poetry recital.

One cannot mourn the death of a man who planned or inspired so many atrocities. But we should recognize that his bigger-than-life iconic presence was the heart and soul of jihadist Islam. When U.S. pressure forced him away from the television cameras, his ideology lost momentum. And now that the dogged determination of American counter-terrorism forces has silenced him for good, there is no one who can replace him.

Thank God.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Bin Laden: The day of reckoning

By Max Boot, a senior fellow in national security studies at the Council on Foreign Relations who is writing a history of guerrilla warfare and terrorism (LOS ANGELES TIMES, 03/05/11):

In evaluating Osama bin Laden’s dubious legacy, it is important to note that there was nothing new about religiously inspired terrorism when this rich Saudi exile convened a small group of jihadists in his Peshawar, Pakistan, home in 1988 to found Al Qaeda, or “the Base” — an organization designed to carry on the war waged so successfully against the Red Army in Afghanistan.

Two of the earliest known terrorist groups — the Jewish Sicarii, or “dagger men,” who terrorized 1st century Judea, and the Shiite Muslim Assassins, who terrorized the Middle East in the Middle Ages — were known for pursuing religious rather than strictly political agendas. More recently, Hezbollah, a Shiite Muslim jihadist group, had already pioneered many of the techniques — especially the use of suicide bombers and the intensive manipulation of the news media — that would become Al Qaeda trademarks.

Bin Laden’s contribution was to take a global approach. In earlier times, terrorist and guerrilla groups had largely operated in one area. The Viet Cong did not try to hit New York. The IRA did not attack Paris. But Bin Laden envisioned and developed an insurgency that reached to Europe, Africa, Asia and North America.

There had been cooperation among radical groups before. Palestinian terrorists, for example, cooperated with Western Marxist groups such as the Baader-Meinhof Gang, sometimes carrying out joint operations such as airplane hijackings. But no previous terrorist had attempted to implement an agenda as ambitious as Bin Laden’s. He dreamed of nothing less than toppling every government in the Middle East and reestablishing a caliphate over the historic lands of Islam stretching from southern Spain to the Philippines.

To carry out this mad dream, he and his cohorts set up terrorist training schools in Afghanistan in the 1990s, where ambitious jihadists could come for political indoctrination, weapons training and instruction in skills such as evading arrest and carrying out kidnappings. There had been terrorism academies before, in such places as Libya and Iran, but Bin Laden’s were especially impressive insofar as they were created without direct support from any government.

To ramp up operations, Bin Laden set up an extensive network to attract funds and recruits from the Persian Gulf, the U.S. and other places where wealthy Muslims reside. The CIA estimated that Al Qaeda was raising and spending $30 million a year in the lead-up to the attacks of Sept. 11, 2001, with only a small portion of the total coming from Bin Laden’s personal fortune.

Bin Laden also showed a flair for two essential aspects of any successful organization: management and media relations. A onetime student of economics at Jidda’s King Abdulaziz University and the offspring of one of Saudi Arabia’s most successful businessmen, Bin Laden brought business school techniques to the task of organizing a global terrorist network. He appointed managers and set up computerized personnel and payroll systems reminiscent of any other start-up company. Peter Bergen has called Al Qaeda “the most bureaucratic terrorist organization in history.”

It was more of a reach for Bin Laden, who had a reputation as a shy, dreamy child, to take charge of public relations, but he did that too. In the 1990s, he began to issue manifestos, usually sent by fax to newspapers such as Al Quds al Arabi in London, declaring war on “the Jews and the Crusaders.” Once his followers began to make good on his boasts with spectacular attacks such as the car bombings of two U.S. embassies in Africa in 1998, Bin Laden took advantage of the moment to sit down for televised interviews.

After 9/11, the most destructive terrorist attack in history, Bin Laden also became a pioneer in employing the Internet to organize operations, raise funds and indoctrinate followers, moving some of the traditional functions of a terrorist sanctuary into cyberspace.

Yet for all the havoc wreaked in Al Qaeda’s name — tens of thousands would die in Iraq alone — it is notable how little Bin Laden and his followers managed to achieve. They did not topple a single regime anywhere. Instead, by slaughtering so many Muslims, they turned Muslim opinion against them. The Pew Global Attitudes Project recorded a sharp drop in those expressing “confidence” in Bin Laden between 2003 and 2010 — in Pakistan from 46% to 18%, in Indonesia from 59% to 25%, in Jordan from 56% to 14%.

Perhaps the greatest repudiation of Bin Laden is simply the fact that regimes across the Middle East are being toppled by peaceful protesters, not by suicide bombers. But, while the Arab Spring could undermine support for jihadism, it could also offer an opening to small, organized groups of fanatics to seize power in moments of turmoil.

While Al Qaeda Central has suffered numerous setbacks, culminating in Bin Laden’s death, it has sprouted regional affiliates, such as its Yemen and Algerian chapters, which appear as dangerous as ever. Numerous other Islamist groups have not pledged even informal fealty to Bin Laden and should not be unduly affected by his death. In Pakistan alone, the roster includes Lashkar-e-Taiba (the group that carried out the Mumbai massacre), the Pakistani Taliban (bent on seizing power in Islamabad), and the Haqqani network (the most dangerous terrorist group in Afghanistan).

If Al Qaeda were to go into decline post-Bin Laden (and that is far from clear), it would not be surprising to see other jihadist organizations compete for the mantle of leading global jihad. Already other groups have adopted many of his innovations, which brought jihadism into the Information Age. The battle against Bin Laden is over, but the battle against Bin Ladensim continues.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Al Qaeda without its leader

By Ahmed Rashid, a Pakistani journalist and the author, most recently, of Descent Into Chaos: The United States and the Failure of Nation Building in Pakistan, Afghanistan, and Central Asia. His book Taliban has recently been updated and reissued on the 10th anniversary of its publication. A version of this piece appears on the BBC’s website (LOS ANGELES TIMES, 03/05/11):

Even as Westerners celebrate the death of Osama bin Laden, cities around the world are bracing for repercussions. Hundreds of dedicated jihadi wannabes will be in mourning today and swearing to give their lives in revenge for the killing of Bin Laden by U.S. forces in the Pakistani city of Abbottabad.

Bin Laden’s death is a huge blow to the terrorist network, but at the same time, Al Qaeda has moved over the years from a highly centralized hierarchy with recruiting, training and orders all filtering down from top leaders to a much more loose and amorphous organization.

Today the group’s philosophy is one man, one bomb. In other words, it does not need another 9/11 to make its mark. One bomb in Times Square in New York placed by one dedicated suicide bomber, or one bomb on a New York subway — both things that were attempted last year — are now considered big enough statements.

Al Qaeda’s decentralization has ensured it will remain a viable franchise for some time. Anyone can join by planting a bomb somewhere. And almost anyone who travels to Pakistan or Afghanistan can receive training from Al Qaeda allies, such as Lashkar-e-Taiba, the Pakistani Taliban or the Afghan group headed by Jalaluddin Haqqani.

Pakistan has refused to go up against Al Qaeda allies like Haqqani because they have up to now waged their attacks in Afghanistan, not Pakistan. Allies like Lashkar-e-Taiba are tacitly tolerated because their main targets are Kashmir and India.

Before 9/11 there were no known Al Qaeda cells in Europe except for the Hamburg cell that launched the 2001 attacks. Today every European country has an Al Qaeda cell, and hundreds of Muslims with European passports have traveled to Pakistan’s tribal areas for training and then returned to Europe.

After the arrest of three Moroccans in Germany recently for planning to plant bombs in train stations, German authorities acknowledged that more than 200 German citizens have received training in the tribal areas, and many of them have returned to Germany. The same is the case in Britain, Scandinavia, France, Spain and Italy.

The threat of random suicide bombings in the U.S. and Europe is particularly high. So is the threat of plane hijackings and bombings of Western military targets and U.S. embassies in the Middle East.

Attacks are likely. One type will be that carried out by dedicated long-term jihadists already living in Western societies as “sleepers.” They may now be expected to spring into action with carefully honed plots they have been working on for years. The U.S. has previously derailed such attacks at the last moment.

There is also likely to be an uptick in terrorism in Afghanistan, where Al Qaeda’s influence among dedicated jihadists like those in the Haqqani group is still strong. Al Qaeda and its affiliated Pakistani groups will also be determined to launch a bombing campaign in Pakistan in memory of Bin Laden, which will heighten tensions in a country already beset with power shortages and an economic crisis.

Finally, Al Qaeda and its allies may find this the right moment to create major divisions between India and Pakistan by launching another Mumbai-style attack on Indian territory, which would aim to take the heat off of Al Qaeda members in Pakistan.

The Middle East, with the ongoing Arab revolts, remains a vacuum that Al Qaeda will try to fill despite the setback of Bin Laden’s death. The group will undoubtedly try to gain influence and clout among the new generation of leaders who have emerged in Tunisia, Egypt, Syria and the Persian Gulf states — except that task will be much more difficult.

Al Qaeda faces difficult days ahead, and clearly Bin Laden’s death will give intelligence agencies around the world many clues and leads to catch other leaders. But Al Qaeda will not disappear overnight.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Bin Laden’s Dead. Al Qaeda’s Not

By Richard A. Clarke, the counterterrorism coordinator at the National Security Council from 1993 to 2001 and the author of Against All Enemies: Inside America’s War on Terror (THE NEW YORK TIMES, 03/05/11):

The United States needed to eliminate Osama bin Laden to fulfill our sense of justice and, to a lesser extent, to end the myth of his invincibility. But dropping Bin Laden’s corpse in the sea does not end the terrorist threat, nor does it remove the ideological motivation of Al Qaeda’s supporters.

Often forgotten amid the ugly violence of Al Qaeda’s attacks was that the terrorists’ declared goal was to replace existing governments in the Muslim world with religiously pure Islamist states and eventually restore an Islamic caliphate. High on Al Qaeda’s list of targets was Egypt’s president, Hosni Mubarak. The protesters of Tahrir Square succeeded in removing him without terrorism and without Al Qaeda.

Thus, even before Bin Laden’s death, analysts had begun to argue that Al Qaeda was rapidly becoming irrelevant. With Bin Laden’s death, it is even more tempting to think that the era of Al Qaeda is over.

But such rejoicing would be premature. To many Islamist ideologues, the Arab Spring simply represents the removal of obstacles that stood in the way of establishing the caliphate. Their goal has not changed, nor has their willingness to use terrorism.

In the months ahead, Bin Laden’s death may encourage Al Qaeda to stage an attack to counter the impression that it is out of business. The more significant threat, however, will come from Al Qaeda’s local affiliates. Bin Laden and his deputies designed Al Qaeda as a network of affiliated groups that could operate largely independently to attack America, Europe and secular governments in the Middle East in order to establish fundamentalist regimes. Once in place, the network no longer needed Bin Laden and, in fact, has been proceeding with minimal direction from him for several years.

The affiliates that Bin Laden helped to create, including Al Qaeda in the Arabian Peninsula and Al Shabab in Somalia, are still recruiting and financing terrorists and training them for attacks. Neither the events of Tahrir Square nor the raid on Bin Laden’s hideout is likely to significantly diminish the appeal of Islamist extremism to those who have been receptive to it.

In many Muslim societies, there remains a radical stratum born of a sense of victimization by the West, fueled by inefficient and corrupt governments, and carried forward by an enormous youth population. Al Qaeda was and is simply a pressure valve, an early form of connective social media that allowed young, militant jihadists fed up with the West and their own governments to organize and vent their anger.

Believing that their religion requires them to act violently against nonbelievers in the West and impure, apostate Muslim elites, the Islamist extremists will not be stopped by the elimination of Al Qaeda’s leader or even by the eradication of Al Qaeda itself. They will continue their struggle, refusing to renounce violence or accept more democratic, less corrupt regimes as a substitute for the caliphate.

Just because we do not always know the identities of their leaders or see a named and hierarchical organization does not mean that Islamist extremists are not working hard to seize the fruits of the Arab Spring. The challenge for the United States is not merely to take advantage of the intelligence gained in the Pakistan raid to further erode Al Qaeda, but to assist moderate Muslims in creating a counterweight to violent extremism, with both an appealingly articulated ideology and an effective organizational structure.

The government that was overthrown in Egypt was corrupt and feckless, as are the regimes now under siege in Libya, Syria and Yemen, but the groups poised to take advantage of the upheaval in those countries include many who share Bin Laden’s vision for repressive religious rule. Similar situations exist in Afghanistan and Pakistan.

Moderate, tolerant and even some secular groups exist, but they often do not have a comprehensive alternative vision, know how to communicate it or have the organizational skills to promote it. American and European experts can assist them in building politically viable organizations, but to succeed these new groups must be homegrown and tap into the Arab and Islamic traditions that speak to many Muslim youth.

Moreover, without investment to create jobs, new governments in these countries will fail under the weight of youth unemployment. Unless corruption is replaced with efficiency, investment will either not materialize or be wasted.

Without alternative movements with vision, appeal, and the ability to deliver change, existing organized extremist groups will fill the void. And despite his death, Bin Laden’s goal may yet be achieved.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

The world after bin Laden

THE WASHINGTON POST, 03/05/11:

The Post asked experts about the implications for U.S. security and policy.

Osama bin Laden’s death changes the political geography of the region around Pakistan and requires a fundamental rethinking of U.S. policy and interests.

The evidence is mounting that Pakistan was complicit in sheltering bin Laden. He was, in large part, Pakistan’s meal-ticket to billions of dollars in U.S. aid. Islamabad has been doing just enough to keep the money flowing but not enough to kill the golden goose. This is no longer tenable.

Did Pakistan ever seriously intend to stop al Qaeda and the Taliban from using its territory as a sanctuary?

If U.S. policymakers determine that the answer is no, efforts to foster a viable regime in Kabul or “win” the war in any other sense of the word could be seriously undermined. Moreover, such a determination would mean that the principal rationale for going into Afghanistan — to keep it from becoming an al-Qaeda base — is no longer salient, because Pakistan has been, and is, its base.

The death of bin Laden is understandably prompting a reexamination of America’s engagement with Afghanistan and Pakistan from all angles. At a time of fiscal stringency, Congress will cast a particularly sharp eye on the Afghan war’s $100 billion-plus annual cost.

What’s needed is an international conference of all the regional players that have a greater stake in the outcome of the Afghan/Pakistan conflict than does the United States. The participants should include China, Russia and India, and the goal should be a deal that will stabilize the region and provide leeway for whatever rate of withdrawal of U.S. forces the Obama administration determines is prudent.

By David Aaron, senior fellow at the RAND Corp., former ambassador to the Organization for Economic Co-operation and Development and former deputy national security adviser.

The basis of our war in Afghanistan and elsewhere has been Congress’s decision, seven days after Sept. 11, 2001, to authorize force against those who “planned, authorized, committed, or aided the terrorist attacks” and those who harbored them. This was intended to destroy al-Qaeda and deprive it of sanctuaries in Afghanistan.

Osama bin Laden’s death puts paid to the war authorized by this resolution. Even before his death, the original rationale provided only tenuous support for military operations in Afghanistan. Indeed, CIA director Leon Panetta publicly said months ago that there were only 50 to 100 members of al Qaeda in the entire country. Would the resolution continue to apply even if only one al-Qaeda fighter remained?

The resolution also includes those who harbored the attackers. In 2001, this surely included Afghanistan’s Taliban government. But Afghanistan has a different government and constitution now. We are helping President Hamid Karzai fight a variety of insurgents, but it’s a big stretch to say they are all part of the entity that “planned, authorized, committed, or aided” the Sept. 11 attacks or harbored those who did. Is this really the basis of our continuing war in the region?

If the answer is yes, it raises a deeper question: whether we still have a constitutional system of checks and balances on big decisions over war and peace. To his credit, President Obama has not claimed, as Bush administration officials did, that the Constitution gives the president exclusive power over warmaking. He has relied on increasingly strained readings of the 2001 resolution. But with bin Laden’s death, this strategy has degenerated into sheer legal fiction. If Obama’s continuation of the war under radically changed circumstances goes unchallenged, it will transform a limited congressional mandate into a magic wand authorizing a never-ending and worldwide conflict in response to a constantly changing threat.

Now is the time for President Obama to declare victory over those responsible for the Sept. 11 attacks and return to Congress for a new resolution defining the extent and limits of our military operations as we enter a second decade in the struggle against terrorism.

By Bruce Ackerman and Oona Hathaway, professors of law at Yale University.

Osama bin Laden is dead. And so, therefore, is al-Qaeda. U.S. intelligence experts have for years weighed what the consequences for al-Qaeda would be when the United States finally captured (unlikely) or killed (more likely, and much better) Osama bin Laden. The argument turned around varying assessments of what al-Qaeda had become.

The operative view within the intelligence community has been that bin Laden had become a figurehead who had inspired Muslims to wage jihad against the United States. He wildly succeeded in that objective, and al-Qaeda had become a franchise and a movement, with jihadist terrorist groups around the world sometimes acting on Bin Laden’s general guidance but always acting as part of a global jihadist-al-Qaeda “movement.” This view was sometimes fuzzy; at times it held that al-Qaeda “affiliates” acted coherently as part of a movement and at times acted independently, albeit inspired by al-Qaeda “central.” This perspective will argue that bin Laden’s death will not fundamentally change the nature of the jihadist threat. Bin Laden fathered an organization, an ideology and a movement. The threat lives on.

The alternative view (a summary of which I wrote for a national intelligence estimate in 2006, but which was deleted before publication for being too alternative and not supported by enough of the intelligence community) has been that al-Qaeda almost literally is Osama bin Laden. It is his creature and tool; his disciples and murderous idealists have orbited around him, cohered because of his inspiration — and will not long survive his death. It is true that bin Laden’s direct operational control, and the power of al-Qaeda, have been much “degraded” since Sept. 11. Yet al-Qaeda has been competent and ruthless, too, and it has been able nonetheless to maintain its structural and operational integrity.

But this is because of the man. Without bin Laden, we will progressively find that his movement becomes like a hive without its queen: Jihadists will be angry and may seek to sting, but they will lose any global coherence or operational structure. Most al-Qaeda members, and almost all aspiring members, will revert to their former, perhaps angry and idealistic, lives, but as fundamentally directionless young men who will focus on local and regional grievances. What remains of al-Qaeda’s leaders (al-Qaeda’s number two, Ayman al-Zawahiri, is a deeper, more strategic thinker than bin Laden ever was but has always lacked charisma, focused heavily on his own Egypt-centric agenda and spent much of his energy demonstrating a lack of leadership skills) will issue stentorian dispatches and try to carry on for a time. But they also will most likely return to local and regional jihadist concerns. They will progressively recede in influence, increase their bickering and lose their “global” relevance. Al-Qaeda has become less and less relevant among Muslims over the years. The organization’s solution to the frustrations and woes of the world is, fundamentally, death. And most people, non-Muslim and Muslim alike, will in most cases choose life.

This local focus has always been the nature of the jihadist threat. With the sole exception of al-Qaeda — in recent years called “al-Qaeda central” by U.S. intelligence authorities and now, to some extentn of Al-Qaeda in the Arabian Peninsula — jihadists have focused on regional historical and political issues, not attacks on the United States. And now, without Bin Laden’s mystique to hold the only global jihadist organization together, so will we find it to be again. Al-Qaeda, except for its death rattles, died in Abbottabad when a Navy SEAL’s bullet reached Osama bin Laden’s zealous brain.

By Glenn Carle, former deputy national intelligence officer for transnational threats on the National Intelligence Council and author of the forthcoming book The Interrogator, about his experience leading the interrogation team for a top al-Qaeda detainee.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, marzo 11, 2011

Why the Mideast revolts will help al-Qaeda

By Michael Scheuer, chief of the CIA’s Osama bin Laden unit from 1996 to 1999 and an adjunct professor of security studies at Georgetown University. He is the author of the new biography Osama bin Laden (THE WASHINGTON POST, 06/03/11):

The rush in the West to proclaim the advance of democracy in the Arab world has led to the propagation of an ill-conceived and dangerous corollary: that the revolts in the Middle East and North Africa also mark the irrelevance of al-Qaeda and other Islamist militant groups.

Al Qaeda Sees History Fly By,” declared the New York Times. “Uprisings Put al Qaeda on Sidelines,” asserted the Wall Street Journal. And Western politicians, academics and even intelligence specialists appear to agree that, with peaceful and pro-democratic change afoot in the Middle East, the world has moved beyond al-Qaeda, leaving Osama bin Laden writhing in the dust.

If only that were true. Since bin Laden declared war against the United States in 1996, al-Qaeda’s main goals have included the destruction of the Arab world’s tyrannies and of Israel. The events of recent weeks only move al-Qaeda closer to those objectives.

Today, the dictatorships of Zine el-Abidine Ben Ali in Tunisia and Hosni Mubarak in Egypt are gone. Yemen’s President Ali Abdullah Saleh is little more than the mayor of his capital city of Sanaa. And Col. Moammar Gaddafi may be on his way out in Libya, unless some knee-jerk U.S.-led intervention saves him by refocusing Libyan and other North African Islamists on what they consider an infidel threat greater than Gaddafi.

As for Israel, the fall of Mubarak – and the unsealing of Egypt’s border with Gaza – pose a security disaster equal to the destruction of Saddam Hussein’s regime in Iraq. Israel’s two anti-Islamist shields to the east and to the west are now history.

All of this amounts to an enormous strategic step forward for al-Qaeda. That these victories have come with virtually no investment of manpower or money by the terrorist network, and with self-defeating applause from the Facebook-obsessed, Twitter-addled West, only makes them all the sweeter for bin Laden.

Peering into the future, the autocrats’ probable successors likewise offer abundant good news for al-Qaeda and kindred groups. In Egypt, Tunisia, Libya, Yemen and any other nation with a U.S.-supported tyranny that sinks in the weeks and months ahead, the role of Islamist groups will become larger – and over time perhaps dominant – if only because the populations in play are almost entirely Muslim and because Islamist groups have the most effective nationwide infrastructures to replace the old guard. And most do and will receive funding, openly or covertly, from always generous donors in Saudi Arabia and other oil-rich Sunni gulf states.

Each new regime is likely to host a more open, religion-friendly environment for speech, assembly and press freedoms than did Mubarak and his ilk. So it will be easier for media-savvy Islamist groups – whether peaceful or militant – to proselytize, publish and foment without immediate threat of arrest and incarceration. Indeed, Washington and its Western allies will dogmatically urge the new governments to maintain such freedoms, even as the Islamists capitalize on them.

The Islamists will follow the formulas for gaining power and then governing that are detailed in the Koran and the Sunnah, the prophet Muhammad’s sayings and traditions. Western experts have long failed to recognize these documents as Islam’s equivalent to the Declaration of Independence, the Constitution and the Federalist Papers. In Egypt, for example, governance based on them would be far more familiar, comfortable and culturally appropriate than anything opposition leader Mohamed El Baradei and his followers could offer.

The blessing of the Arab revolts for al-Qaeda and its allies also can be seen in the opening of prisons across Egypt, Tunisia and Libya. In Egypt alone, the news media are reporting that at least 17,000 prisoners have been freed. Many of those released are not thieves and murderers, but Islamist firebrands that the regimes had jailed to protect their internal security – at times even at the request and with the funding of Washington and its allies. Indeed, many were incarcerated as a result of quiet cooperation between Western and Arab intelligence services; their release is a major setback for these efforts.

So al-Qaeda and like-minded groups are now being replenished by a steady flow of pious, veteran mujaheddin, each of whom will never forget that U.S. and other Western funds helped keep them jailed by Arab tyrants.

The revolts also mean that the United States and its Western allies must take on a far greater share of the counterterrorism operations that they previously conducted with the help of Arab regimes. The days of Mubarak, Saleh, Gaddafi and Ben Ali doing the dirty work for American, European and Israeli counterterrorism efforts are over. Soon it will be U.S. and Western special forces and intelligence services that will be ordered to capture or kill militants in Muslim lands – individuals that our tyrannical friends used to dispose of for us.

How tragic that in the war being waged against the United States by al-Qaeda and its allies precisely because of Washington’s relentless intervention in the Islamic world, the U.S. government will now be forced to intervene even more – or sit on the sidelines and watch al-Qaeda build or expand bases from which to threaten U.S. security.

Of course, open and vociferous participation by Islamists in the demonstrations in Cairo, Tunis, Tripoli and elsewhere would have earned a lethal and Western-supported response from Mubarak, Ben Ali and Gaddafi. So al-Qaeda, the Muslim Brotherhood and other groups simply used a talent that long ago atrophied in the West – the ability to keep their mouths shut. As usual, the West wrongly concluded that silence connotes not strategy, but impotence and irrelevance.

Bin Laden and his peers are counting on the fact that the uprisings’ secular, pro-democracy Facebookers and tweeters – so beloved of reality-averse Western journalists and politicians – are a thin veneer across a deeply pious Arab world. They are confident that these revolts are not about democratic change but about who, in societies where peaceful transfers of power are rare, will fill the vacuum left by the dictators and consolidate power. These men also know that the answer to that question will ultimately come out of the barrel of a Kalashnikov, of which they have many, along with the old tyrants’ weapons stockpiles, on which they are now feasting.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, septiembre 15, 2009

¿Qué amenaza implica el terrorismo global para las sociedades abiertas?

Por Fernando Reinares, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos Investigador Principal del Real Instituto Elcano (ABC, 11/09/09):

Hablar de terrorismo global es hacerlo del terrorismo relacionado directa o indirectamente con Al Qaeda. Este terrorismo global, que lo es por cuanto ambiciona la instauración de un califato panislámico que implique el dominio del credo musulmán sobre la humanidad, por la extensión geográfica de sus actores y de sus acciones, y por haber mostrado capacidad para perpetrar atentados a escala mundial, como los ocurridos hace ocho años en Nueva York y Washington, se ha transformado desde entonces. Hoy en día incluye no sólo a la elusiva estructura terrorista liderada por Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri, sino también a sus extensiones territoriales –como Al Qaeda en la Península Arábiga, Al Qaeda en Irak o Al Qaeda en el Magreb Islámico-, a un diverso elenco de grupos y organizaciones que mantienen estrechos ligámenes con aquella -especialmente, aunque no sólo, de talibanes afganos y paquistaníes- y, por último, a células independientes e incluso individuos aislados únicamente inspirados por la propaganda extremista.

Pues bien, desde hace más de dos años ocurren cada mes centenares de atentados atribuibles a ese terrorismo global. La mayoría son obra de las aludidas extensiones territoriales de Al Qaeda o de algunos de los grupos y las organizaciones afines a la misma. No estamos ante un fenómeno amorfo, carente de articulación y liderazgo, sino ante uno polimorfo, cuyos elementos constitutivos varían en estructura y estrategia, pero comparten en lo fundamental una ideología y una agenda. Sus escenarios preferentes están en el Sur de Asia y Oriente Medio, más concretamente en Afganistán -donde el terrorismo es parte sustancial de una actividad insurgente más amplia-, Pakistán, Irak e incluso India. En estos países, los atentados perpetrados por actores vinculados al actual terrorismo global son prácticamente cotidianos, aunque difieran en magnitud y consecuencias. Sin olvidar que son asimismo frecuentes en otros como Argelia, Somalia o Yemen. Y que en la misma categoría cabría incluir un significativo número de cuantos acontecen en el norte del Cáucaso.

Pese a la retórica antioccidental que lo acompaña, el terrorismo relacionado con Al Qaeda se produce sobre todo en países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas y la mayoría de sus víctimas son musulmanes, calificados de apóstatas o renegados por los extremistas, en ocasiones por tratarse de chiíes y otras veces, las más, por no acatar las directrices que tratan de imponer los terroristas. Esta realidad pone de manifiesto que el actual terrorismo global es más la expresión de un conflicto entre musulmanes que el exponente de un choque de civilizaciones. Dicho lo cual, sus orígenes se remontan a una alianza de Al Qaeda con algunos pequeños grupos armados de orientación islamista, establecida en febrero de 1998, denominada Frente Islámico Mundial contra Judíos y Cruzados. Un eufemismo para señalar como adversario principal a las sociedades abiertas de Norteamérica y Europa, además de Israel. Este discurso se ha mantenido hasta nuestros días e implica que ciudadanos e intereses occidentales son blanco ubicuo y permanente del terrorismo global.

Ahora bien, sólo unos pocos de los miles y miles de sus atentados contabilizados desde el 11-S han tenido lugar en países occidentales. En nuestras sociedades abiertas, los actos de terrorismo global son episódicos si comparamos su frecuencia con la de otras demarcaciones geopolíticas. Este dato sitúa la amenaza para el mundo occidental en su adecuada dimensión, sin exagerar pero sin negar que dicho problema es real y todo indica que duradero. Durante los últimos ocho años, en Estados Unidos se han podido desbaratar al menos una docena de atentados en cuya planificación y ejecución intervinieron individuos relacionados con la urdimbre terrorista que gira en torno a Al Qaeda. Ahora bien, la sofisticación de estas tentativas y el perfil de sus autores han sido muy variados. No ha cesado la amenaza procedente del exterior -perpetrar un nuevo gran atentado en territorio estadounidense continúa estando entre los propósitos de Al Qaeda-, pero la eventualidad de que sean células endógenas e independientes las que perpetren actos relativamente menores de terrorismo en suelo norteamericano -incluyendo a Canadá- está ahí.

Durante ese mismo periodo de tiempo, en la Unión Europea han tenido lugar atrocidades como el 11 de marzo o el 7 de julio, si bien el número de atentados relacionados con el terrorismo global que las policías y los servicios de inteligencia han impedido es mayor del contabilizado en Estados Unidos. Entre los planes que fracasaron adquiere especial significación el que en agosto de 2006 pretendió hacer estallar, mediante explosivos líquidos, al menos siete aeronaves comerciales en ruta desde el aeropuerto de Heathrow hacia sus destinos transatlánticos. Pero no menos relevantes son los atentados previstos en Alemania para el otoño de 2007 o los que pudieron haber afectado a Barcelona y otras metrópolis continentales en 2008. En conjunto, son incidentes en los que han intervenido tanto individuos con pasaporte comunitario -algunos conversos radicalizados- como extranjeros. Individuos que constituían células dirigidas por el directorio de Al Qaeda o vinculadas con su extensión norteafricana, estaban ligados a entidades asociadas -como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, la Unión de Yihad Islámica o Therik e Taliban Pakistan- o formaban redes terroristas independientes.

Tal y como evoluciona, la amenaza del terrorismo global en el mundo occidental sugiere aún la posibilidad de atentados múltiples, con bombas u otros artefactos explosivos, en cuya ejecución participarían suicidas. El transporte público y la aviación civil serían blancos preferentes, sin olvidar otros cuyo menoscabo pudiera ocasionar entre decenas y centenares de muertos, o las infraestructuras energéticas. Esto alude, con todo, a atentados que, si bien pueden ocurrir en cualquier momento y sin previo aviso -¿no es una lección a extraer de los ocurridos en Madrid y Londres?-, causarían numerosas víctimas y una conmoción en la opinión pública tan considerable como coyuntural. Pero seguirían sin afectar en lo esencial el modo de vida y las instituciones occidentales. A este respecto, las sociedades abiertas han mostrado una evidente resiliencia. Para que fuese de otro modo tendrían que producirse atentados de cadencia e intensidad inusitadas, lo que no parece verosímil. O que Al Qaeda tenga éxito en la innovación devastadora que persigue. Es decir, en cometer algún acto de megaterrorismo con armas de destrucción masiva. Un atentado nuclear, por ejemplo, sí podría socavar gravemente los fundamentos del orden social y político inherentes al mundo occidental. Estadísticamente es improbable. Prevenirlo es inexcusable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, marzo 25, 2009

La peor visión sobre Al Qaeda

Por Fawaz A. Gerges, de la cátedra Christian A. Johnson de Oriente Medio, Sarah Lawrence College, Nueva York. Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, Ed. Libros de Vanguardia. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 25/03/09):

En el artículo que publiqué en La Vanguardia el 9 de marzo, argumenté que Al Qaeda ha caído en el descrédito moral en el mundo islámico y afronta una colosal crisis de autoridad y legitimidad: el grupo de Bin Laden se ve asediado tanto interna como externamente.

Pero numerosos expertos en terrorismo, en unión de asesores de Bush, no aceptan este punto de vista; restan importancia a la crisis de legitimidad que no cesa de debilitar a Al Qaeda y a la situación de gran desgaste que aqueja al apoyo del mundo musulmán al grupo terrorista. Tales expertos sostienen que Al Qaeda está en auge y es una organización tan peligrosa como siempre, y que la yihad global es exitosa.

Los expertos recomiendan que se consideren los logros de Bin Laden durante los últimos veinte años: ha atacado el corazón de la mayor potencia de la historia mundial empantanándola además en dos guerras prolongadas y costosas y ha creado, asimismo, una exitosa franquicia global que recluta seguidores en todo el planeta.

La visión más pesimista descansa en una doble vertiente: por una parte, y aunque los seguidores de Bin Laden han sufrido un revés en Iraq y en otros países árabes, han ganado nuevo terreno a lo largo de la frontera tribal afganopakistaní; según esta perspectiva, las huestes de Al Qaeda se han reforzado en la zona tribal de la provincia noroccidental de Pakistán donde Bin Laden y Zauahiri se afanan en rehacer sus redes, atraer nuevos efectivos y tramar nuevos ataques contra objetivos occidentales; estos dos fugitivos no sólo no han sido detenidos, sino que siguen activos. Por otra parte, se arguye que Al Qaeda sigue dirigiendo y organizando sus redes y grupos subordinados en todo el mundo y que Bin Laden y Zauahiri sólo necesitan un teléfono móvil (o un mensaje) para dar órdenes a sus seguidores y elegir sus objetivos.

El conflicto en Afganistán y Pakistán reviste proporciones mucho más amplias y complejas que la concertación de una temible alianza de tribus pastunes y otras a ambos lados de la frontera contra la que consideran una amenaza extranjera contra su identidad y costumbres. La guerra ha atraído a algunos cientos de militantes islamistas de Cachemira, el mundo árabe e incluso Asia Central. Al Qaeda es un pequeño elemento de esta coalición, una especie de efecto secundario, un parásito que se alimenta del caos y la inestabilidad.

Liberar las áreas tribales pastunes de miembros de Al Qaeda y otros extremistas extranjeros requiere la conclusión de un acuerdo político que aborde los legítimos motivos de agravio de las comunidades tribales así como las inquietudes geoestratégicas de Pakistán, Irán e India. Existe asimismo un consenso entre los observadores pakistaníes y afganos en el sentido de que la reforma del sistema político y legal, la integración de las áreas tribales en el seno del marco político principal y la liberación de sus habitantes de la situación de extrema pobreza son esenciales para alcanzar una paz duradera.

Un acuerdo negociado, de laborioso y difícil alcance, con las tribus pastunes (que incorporase a los talibanes al Gobierno) redundaría probablemente en la expulsión de militantes de Al Qaeda y otros grupos del área tribal. El ejemplo de Iraq es ilustrativo.

Si bien Afganistán e Iraq son casos distintos, el desafío se cifra en distinguir las diferencias entre las tribus pastunes y los talibanes por una parte y los yihadistas globales como Al Qaeda por otra, aparte de reservar a las tribus pastunes una efectiva participación en el sistema político y económico de tal forma que se muestren contrarios a Al Qaeda.

Los pastunes no guardan ninguna historia de amor con Al Qaeda. Bin Laden, al tramar el 11-S contra EE. UU. desde Afganistán, violó los términos y condiciones de su estancia en el país y las garantías dadas al mulá Omar, jefe de los talibanes, acarreando su ruina. Fue violentamente censurado por apuñalar a sus anfitriones por la espalda, lo que constituye una blasfemia según el código del honor tribal.

El actual matrimonio de conveniencia entre los miembros de las tribus pastunes y los efectivos de Al Qaeda durará mientras las tribus que dan cobijo a Bin Laden y sus huestes les consideren como una baza a su favor, como hicieron inmediatamente tras el 11-S cuando entregaron a los combatientes extranjeros a EE. UU. En el caso de Washington, la clave estará en no meter a las tribus pastunes en el mismo saco junto con Al Qaeda, sino en intentar separarlos como hizo tardíamente en el caso de la región de Anbar en Iraq.

Resulta tranquilizador el hecho de que la nueva Administración Obama piense tantear una estrategia de mayor carácter regional frente a la guerra en Afganistán, - incluidas unas posibles conversaciones con Irán-y se muestre favorable al incipiente diálogo entre el Gobierno proestadounidense de Kabul y los posibles elementos “cooperadores” de los talibanes.

Asoman indicios alentadores en el sentido de que mengua el apoyo a la ideología de Al Qaeda entre los musulmanes europeos. Peter Clarke, ex jefe del departamento de lucha antiterrorista de la Policía Metropolitana de Nueva York, señaló en una conferencia en Florencia que las convicciones sostenidas por los conspiradores terroristas que han utilizado procedimientos legales normales han propiciado “debates constructivos” en el seno de diversas comunidades de musulmanes en Gran Bretaña que tal vez anteriormente han podido mostrarse escépticos acerca de la amenaza en cuestión. El fiscal de Milán en materia antiterrorista, Armando Spataro, manifestó asimismo que la amenaza terrorista sería difícil de sostener porque “la mayoría de los inmigrantes no aceptan las ideas terroristas”.

En cuanto a la cuestión de si Bin Laden y Zauahiri ejercen un efectivo control operativo sobre sus seguidores incondicionales, la fuerza de los hechos lo desmiente. El control de Al Qaeda sobre su débil red de seguidores se limita al jefe de sus operaciones externas, que suele instruir o sancionar los ataques de los efectivos que van por libre sin consultar a Bin Laden o a Zauahiri.

La noción de un puesto de control centralizado presupone vínculos materiales que ya no existen. Aunque Bin Laden y Zauahiri siguen aún en libertad, hibernan ocultos de modo más profundo e intenso, conscientes del precio de crear cualquier vínculo fuera del círculo más reducido de sus lugartenientes de confianza. Gran número de pruebas indican que mengua el grado de amenaza inicial de Al Qaeda y que las defecciones, divisiones internas y declive del apoyo musulmán han minado su fuerza. Desde el 11-S, Al Qaeda no ha cumplido sus reiteradas amenazas de atacar en el territorio de EE. UU. La mayoría de sus mandos y miembros veteranos han sido capturados o muertos, y sustituidos por agentes sin preparación e ineficaces.

El debilitamiento de Al Qaeda no significa que ya no sea peligroso. El terrorismo perpetrado por determinadas facciones proseguirá durante el próximo decenio, pero su movimiento ya no cuenta con una gran base de apoyo o un refugio seguro. Ahora el grupo de Bin Laden se compone principalmente de bandas errantes de terroristas suicidas en los valles y montañas en la frontera de Pakistán con Afganistán.

Militantes de todo tipo a los que he entrevistado, sobre todo yihadistas arrepentidos, saben que están en una encrucijada. En casa y en el extranjero se les acusa de desencadenar la ira de EE. UU. contra la umma (comunidad musulmana mundial). La mayoría de sus aliados los han abandonado y son censurados por el estamento religioso y la opinión musulmana. Sólo un milagro resucitará a la yihad global.

Bin Laden triunfó el 11-S e incluso puede triunfar de nuevo. Pero esta realidad, por espantosa que sea, no debe hacernos olvidar el carácter contraproducente y autolesivo del desafío de Al Qaeda.

El documento de Gran Bretaña sobre una nueva estrategia de seguridad nacional señaló recientemente que “aunque el terrorismo representa una amenaza para todas nuestras comunidades y un ataque a nuestro modo de vida, no equivale actualmente a una amenaza estratégica”. Al Qaeda ha demostrado ser su propio peor enemigo y muestra una clara vía autodestructiva. Tal vez los países occidentales deberían seguir la máxima de Napoleón: “Nunca distraigas a tu enemigo cuando está cometiendo una equivocación”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, marzo 11, 2009

El descrédito moral de Al Qaeda

Por Fawaz A. Gerges, de la cátedra Christian A. Johnson de Oriente Medio, Sarah Lawrence College, Nueva York. Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, Ed. Libros de Vanguardia. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/03/09):

Si se preguntan qué ha sido de Al Qaeda, sigan la pista de la opinión pública árabe y musulmana y obtendrán una imagen clara de su enorme crisis de autoridad y legitimidad. El equilibrio de fuerzas en el seno del mundo islámico ha cambiado de forma espectacular, en el sentido de una oposición tanto contra la yihad global de Al Qaeda como contra las yihad de signo local.

En la actualidad, un número creciente de musulmanes observa a Al Qaeda a través del prisma de la monstruosidad del asesinato de no combatientes en general, no sólo de civiles musulmanes. Recientes encuestas de opinión y mi propia investigación sobre el terreno corroboran que una mayoría abrumadora de musulmanes no sólo se siente poco comprensiva hacia la ideología de Osama bin Laden y sus seguidores, sino que además le echan directamente la culpa del daño que ha causado a la imagen del islam.

A pesar de sus constantes instigaciones y argumentos engañosos, Bin Laden y su segundo en el mando, Ayman al Zauahiri, se enfrentan a una grave escasez de elementos reclutados en el corazón del mundo árabe, consecuencia de su creciente crisis existencial. La nueva tendencia pone de manifiesto el descrédito moral de Al Qaeda a ojos de los musulmanes y el fracaso de la yihad global en general.

Considérense algunos resultados de los sondeos y encuestas públicas más recientes:

1. Gallup, tras efectuar decenas de miles de entrevistas directas de una hora de duración a residentes de más de 35 países predominantemente musulmanes entre el 2001 y el 2007, concluyó que el 90% de los encuestados condenaba por razones religiosas y humanitarias el asesinato de no combatientes.

2. Según una encuesta de opinión efectuada por Terror Free Tomorrow, organización sin fines de lucro que investiga las razones del apoyo o la oposición al extremismo, menos de uno de cada diez árabes saudíes tenía una opinión favorable de Al Qaeda y el 88% aprobaba que las autoridades saudíes persiguieran a sus integrantes.

3. Una encuesta efectuada en enero por la misma organización en Pakistán mostró que el apoyo a los talibanes, Bin Laden y otros grupos militantes islamistas se había reducido recientemente a la mitad. En agosto del 2007, el 33% de los pakistaníes apoyaba a Al Qaeda y el 38%, a los talibanes. En enero del 2008, el apoyo a Al Qaeda había caído al 18% y a los talibanes, al 19%.

4. Las encuestas del Pew Research Center del año pasado muestran que, en Jordania, Pakistán, Indonesia, Líbano y Bangladesh, se ha registrado un notable descenso de opiniones que consideran que los atentados suicidas y otras formas de violencia contra objetivos civiles pueden legitimarse a fin de defender el islam de sus enemigos. Amplias mayorías dicen que tales ataques son, como máximo, rara vez aceptables.

5. El cambio ha sido especialmente espectacular en Jordania, donde el 29% de los jordanos considera actualmente que los ataques suicidas pueden justificarse con frecuencia o en algunas ocasiones, contra el 57% en mayo del 2005. En el país de mayor población musulmana, Indonesia, el 74% de los encuestados coincide en afirmar que los ataques terroristas “nunca se justifican”, notable descenso respecto del 41% del nivel de apoyo registrado en marzo del 2004; en Pakistán, la cifra es del 86%; en Bangladesh, del 81%, y en Irán, del 80%.

6. Compárense estas cifras con un estudio reciente según el cual sólo el 46% de los estadounidenses cree que “las bombas y otros ataques intencionados contra civiles nunca se justifican”, mientras que el 24% cree que estos ataques se justifican “con frecuencia o en algunas ocasiones”.

7. La confianza en Bin Laden también ha disminuido en la mayoría de los países musulmanes estos años. Una encuesta de diciembre del 2007 en Arabia Saudí, el hogar de Bin Laden, reveló que sus compatriotas “se habían vuelto contra él de modo espectacular; contra su organización, contra los voluntarios de Arabia Saudí en Iraq y contra el terrorismo en general”.

En la provincia de Frontera del Noroeste de Pakistán, donde Al Qaeda posee un fuerte asidero, el porcentaje de quienes tienen una opinión favorable de Bin Laden descendió del 70% en agosto del 2007 a sólo el 4% en enero del 2008, disminución espectacular para un corto periodo.

8. Cabría haber esperado que el mensaje de Al Qaeda a los iraquíes resonara ampliamente en sus corazones, cuyo país ha sido ocupado y desangrado. Pero lo cierto es que, igual que en el caso de sus hermanos musulmanes, los iraquíes de todas las ideologías rechazaron las tácticas terroristas de Al Qaeda en Mesopotamia. Una encuesta de las cadenas ABC News, BBC y NHK en el 2007 reveló que el 100% de los encuestados - tanto suníes como chiíes-consideraba que los ataques de Al Qaeda contra civiles iraquíes eran “inadmisibles”; el 98% rechazó los intentos de los militantes de hacerse con el control de las zonas en las que opera y el 97% se opuso a sus intentos de reclutar a combatientes extranjeros y conducirlos a Iraq.

La pérdida de apoyo público ha exacerbado la crisis de legitimidad y autoridad de Bin Laden y ha perjudicado sus esfuerzos para sostener la guerra contra EE. UU. y sus aliados occidentales y de Oriente Medio. Y aunque Al Qaeda parece haber afianzado su punto de apoyo a lo largo de la frontera tribal de Pakistán con Afganistán, gracias a sus vínculos con los talibanes en ambos países, se enfrenta a desafíos insuperables en el mundo árabe, su base de apoyo histórica, social y religiosa.

En los últimos tres años, la opinión pública árabe se ha tornado crecientemente en contra de al Qaeda, que, a ojos de muchos, promete el cielo pero da muerte y polvo.

El atractivo de Al Qaeda se ha marchitado asimismo en Indonesia, el país musulmán más poblado, con la desaparición de la Yamaa Islamiya, con lazos con Al Qaeda. En especial, desde mayo del 2003, la mayoría de los hombres de Bin Laden (centenares) en la crucial Arabia Saudí - su lugar de nacimiento y centro religioso del islam-resultaron muertos o detenidos, factor que diezmó la red de Al Qaeda y afectó seriamente a las posibilidades de utilizar Arabia como feudo y base de apoyo. El fracaso catastrófico de Bin Laden en Arabia Saudí debe de doler, porque había prometido mantener allí su último baluarte; literalmente, La Meca del mundo islámico.

Durante el último ataque de Israel contra Gaza, Bin Laden trató de usar la ira en la región, instando a los musulmanes a rebelarse, y prometió que su organización abriría “nuevos frentes” contra Estados Unidos y sus aliados además de Iraq y Afganistán. Irónicamente, muchos palestinos y árabes desestimaron su llamamiento por juzgarlo más lesivo para la causa palestina y beneficioso para sus adversarios.

Bin Laden y Zauahiri se han visto reducidos a voz e imagen fijas en las pantallas de televisión y emisoras de radio, ¡lo cual no es un método muy eficaz para librar una guerra santa contra Estados Unidos y sus aliados!

Históricamente, los grupos terroristas que perdieron su base de apoyo se vieron, en último término, abandonados, por más que los propios terroristas siguieran invictos. La historia del terrorismo ultraizquierdista en Europa tras la Segunda Guerra Mundial constituye un ejemplo clásico. Los programas políticos neomarxistas de estos pequeños grupúsculos de clase media - la Fracción del Ejército Rojo en Alemania, las Brigadas Rojas en Italia, Acción Directa en Francia, y otros-mostraron escaso atractivo a ojos de los ciudadanos que los radicales confiaban movilizar.

De modo similar, la razón del fracaso de la insurgencia armada islamista contra los regímenes egipcio y argelino en los años ochenta y noventa consistió en que la opinión pública se hartó de la violencia e inestabilidad provocada por los militantes. En sus memorias publicadas inmediatamente después del 11 de septiembre del 2001, Caballeros bajo la bandera del Profeta,Zauahiri reconoció esta realidad y aconsejó a sus huestes que se esforzaran en ganarse los corazones de los musulmanes. Podría ser que tanto él y su comandante en jefe, Bin Laden, hicieran caso omiso de esta lección esencial a su propia costa.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona