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jueves, mayo 19, 2011
Los fascistas electrónicos son derrotados una vez más
miércoles, marzo 18, 2009
Clases medias, crisis y fascismo
Entre los años 1960 y 1962 viví en EEUU como becario Fulbright y, después, como profesor adjunto de Economía del Trabajo en la Cornell University de Nueva York. En el verano de 1961 participé en un seminario en la Universidad de Berkeley de California y allí me recomendaron la lectura o reading assignment de un libro de Seymour Martin Lipset: Political Man. Tengo grabado el recuerdo de la obra y que me impresionó mucho el capítulo quinto, que relacionaba el nacimiento de los movimientos extremistas o fascistas con la reacción de las clases medias contra el maltrato sistemático que, en tiempos difíciles, se les aplica por parte de los poderes constituidos.
Tanto me impactó entonces que, 47 años más tarde, al reflexionar sobre las posibles consecuencias sociales y políticas de la presente crisis económica, alguna neurona me trajo a la memoria al autor, el título e incluso el capítulo. De modo que le pedí a mi hija si me podría encontrar el texto en la biblioteca de la Pompeu Fabra. Y, efectivamente, localizó una reedición que he hojeado con renovado interés. Dice, en efecto, el autor que las clases sociales menos sofisticadas culturalmente y con una visión más simplista de los grandes asuntos tienden con más facilidad al autoritarismo. Afirma también que los movimientos de masas pueden tener expresiones extremistas basadas en la clase trabajadora alta y media.
SEGÚN EL esquema generalmente aceptado, la derecha representa una cierta aristocracia y el conservadurismo, mientras que la izquierda significa la reforma y la igualdad. Sin embargo, el factor religioso o las pugnas regionales y territoriales pueden romper la divisoria de clases. En la Alemania y la Austria prenazis, por ejemplo, los votantes hitlerianos eran más de centro y clase media que de derecha. Por su parte, el fascismo fue una ideología populista que inspiró a las pymes partidarias de la libre competencia, de la propiedad privada con posibilidad de generar beneficios contra los monopolios y las grandes empresas capitalistas. Fueron, pues, las clases sociales más desplazadas (pequeños comerciantes, campesinos, autónomos y regionalistas como los de Schleswig-Holstein contra Prusia) los que se enfrentaron al gigantismo y al centralismo. Concretamente, en Alemania, el Mittelstand, que es la base del progreso económico, siempre simpatizó con el federalismo, aparte de luchar contra la unificación. En la Francia del general De Gaulle, además del Rassemblement du Peuple Français, estaba la UDCA (Unión de Defensa de los Comerciantes y Artesanos), el poujadismo (10% en las elecciones de 1956), la clase media baja, los trabajadores independientes o la pequeña burguesía de las regiones decadentes.
ASÍ, PUES, el caldo de cultivo de los movimientos totalitarios puede nutrirse de los sectores descontentos en momentos de adversidad, de los que se sienten psicológicamente relegados, de los económicamente inseguros, de los que se consideran víctimas del sistema en el fracaso personal, de los socialmente aislados no demasiado instruidos y de los autoritarios que ven cómo los poderosos les llevan a perder estatus social. Todo ello constituye un conjunto de ambiciones frustradas que recuerda la llamada de Engels, en 1890, a los que no tenían nada que esperar (más que nada que perder) y convocaba a las víctimas reales o imaginarias de la injusticia social y a los que rompían todo vínculo con la situación establecida
Mutatis mutandis, la crisis económica actual, que en muchos sentidos ya supera a la gran depresión de 1929, puede servir de desencadenante para todo tipo de tentaciones dictatoriales alimentadas por los combustibles tóxicos del odio y el resentimiento. Algunos observadores ya empiezan a mostrar la preocupación por un posible resurgimiento del fascismo. Y, efectivamente, existen algunos indicios, sin ir más lejos, en las filas del sindicalismo británico, donde el partido fascista British National Party se ha apropiado del eslógan “puestos de trabajo británicos para los trabajadores británicos” para hacer de ello un elemento de xenofobia.
EN EL CONJUNTO de Europa también es visible la reaparición de un antisemitismo fomentado por los inmigrantes musulmanes. Los ataques a las sinagogas van acompañados de blogs financieros que atribuyen a la perfidia de Judas y Shylock los desastres de Lehman Brothers o Madoff. También los primeros inmigrantes irlandeses que llegaron a EEUU, huyendo del hambre de la patata, fueron recibidos inicialmente con rótulos que rezaban: “No contratamos a irlandeses”, con el mensaje sobreentendido de que quitan el trabajo y son leales solo al Papa de Roma. Y es que el populismo económico siempre busca culpables entre los habituales muñecos del pimpampum víctimas de los prejuicios raciales y de la discriminación, mientras que no hace referencia alguna a los auténticos responsables de la catástrofe. Vigilemos, pues, este rebrote del fascismo, especialmente cuando la cara fea del monstruo liberticida puede presentarse por internet y causar más maldades aún que durante los años 30. Y anotemos a los que realmente se merecen el oprobio y, en cambio, siguen con altivez e impunidad llenándose los bolsillos como si no hubiesen roto nunca un plato.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
viernes, octubre 03, 2008
Revisionismo fascista en Italia
Por J. Antón Mellón, catedrático de Ciencia Política de la UB (EL PERIÓDICO, 02/10/08):
El pasado 8 de septiembre Italia festejó el 65° aniversario del inicio de la resistencia a la ocupación nazi en 1943. Durante dos años la resistencia italiana luchó contra las tropas alemanas y contra los fascistas italianos reorganizados en la efímera República Social Italiana o República de Saló (1943-1945) en el norte de la península. Fue una guerra civil despiadada en la que no se hicieron prisioneros. Fue una lucha a muerte, porque las concepciones clave del fascismo no pueden convivir con las concepciones clave de la democracia.
La derrota militar del fascismo clásico (1919-1945) a manos de las tropas aliadas y la actuación de la resistencia en los países ocupados supusieron la marginación política de las ideas fascistas. Así, las constituciones europeas posteriores a esa fecha –como la italiana o la alemana– fueron redactadas con criterios radicalmente democráticos y, por tanto, radicalmente antifascistas. Sin embargo, ¿qué pasó con las ideas fascistas? Fueron demonizadas culturalmente y penalizadas jurídicamente, pero subsistieron en la cabeza de los creyentes a la espera de tiempos mejores. Los creyentes son siempre el grupo más fanático dentro del conglomerado de militantes que conviven en todos los partidos políticos que alcanzan el poder, junto con los simpatizantes y los oportunistas.
PARECE QUE en Italia esos nuevos tiempos ya han llegado con Silvio Berlusconi. Ya en su primera etapa al frente del Gobierno italiano, a finales de los años 90, Berlusconi declaró que tan muerto estaba el fascismo como el antifascismo, que todo eso eran etapas del pasado y que con él se inauguraba una nueva era. En el momento actual, como en los anteriores, Berlusconi está gobernando aliado con una formación neopopulista y xenófoba, la Liga Norte (LN) de Bossi, y un partido posfascista (el antiguo MSI, formado por exmilitantes fascistas de Saló), Alianza Nacional (AN), liderado por Fini. Recordemos aquel refrán tan sabio que afirma: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
¿Por qué le molesta a Berlusconi el antifascismo? Simplemente, porque es un empresario ultraconservador que está acostumbrado en sus negocios a que su voluntad sea omnímoda y que quiere gobernar Italia como si fuera una de sus empresas, someter al poder judicial a su voluntad y que la prensa crítica con sus actos sea minoritaria. La cultura antifascista le molesta porque él cree, por ejemplo, que las desigualdades humanas son socialmente útiles y que los listos/guapos deben mandar, y los tontos/feos, obedecer.
MIENTRAS TANTO su ministro de Defensa, Ignazio La Russa (AN), durante los actos de celebración del 65° aniversario de la lucha partisana contra los nazis, afirmó, con gran consternación del presidente de la República, Giorgio Napolitano, y de gran parte de los asistentes, que las milicias fascistas que lucharon con la República de Saló contra las tropas aliadas y contra los partisanos “creyeron que defendían a su patria, y merecen, por tanto, nuestro respeto”. Unos días antes, su compañero de partido y alcalde de Roma, Alemanno, durante una visita a Israel, afirmó, provocadoramente, que “el fascismo no fue el mal absoluto, porque en él se alistó mucha gente de buena fe”.
Por su parte, los otros socios de Gobierno, pertenecientes a la LN, promueven políticas de seguridad que pasan por criminalizar jurídica y policialmente a minorías étnicas o a grupos sociales de forma colectiva. Determinadas ideas políticas conducen, necesariamente, a determinados comportamientos políticos. En Austria, por ejemplo, la inmigración es uno de los factores que explican el ascenso de la derecha radical austriaca en las recientes elecciones.
La necesaria respuesta a la divulgación de estos criterios revisionistas sobre el fascismo debe plantearse en términos de explicar al conjunto de la sociedad qué fue/es el fascismo y qué fue/es el antifascismo. Esta tarea es indispensable para potenciar los valores democráticos. Una sociedad democrática no puede subsistir sin demócratas.
Las ideas fuerza fascistas y democráticas son antitéticas, y sus visiones del mundo, del hombre y de la naturaleza, opuestas. Los demócratas creen que todos los hombres nacen libres e iguales, y por ello opinan que la única fuente de legitimidad del poder es el libre consentimiento de los gobernados, mientras que los fascistas creen que todos los hombres nacen esclavos y solo un pequeño grupo de hombres selectos, que lo demuestran por sus actos, llegan a ser libres y, por ello, deben mandar, carismáticamente, y el resto, obedecer. “Creer, obedecer, combatir”: este fue uno de los lemas más repetidos en la Italia de Mussolini. Desde una óptica socialdarwinista, opinaban que la guerra era la higiene del mundo y que el combate demostraba quién tenía o no razón en el tribunal de la Historia. Su concepción del hombre era que los seres humanos masculinos, si querían estar en armonía con las inexorables leyes de la naturaleza, debían autorreconocerse como agresivos, desiguales, jerarquizados y territorializados.
TODAS ESTAS ideas ya sabemos a qué condujeron: al mundo en guerra entre 1939 y 1945. Por eso es imprescindible que las combatamos allá donde pervivan o resuciten y que no enterremos al antifascismo, como les gustaría a todas las subfamilias de la derecha radical. Sencillamente, por aquello que afirmaba Martin Luther King: “Mucho más que los malvados griten, me preocupa que la gente bondadosa calle”.
sábado, febrero 16, 2008
Fascinante fascismo
“Fascinante fascismo”. Con estas palabras calificó la gran escritora norteamericana Susan Sontag la película del director alemán Hans-Jurgen Syberberg Hitler (1977). Con 22 capítulos, en cuatro partes y con siete horas de duración, la obra de Syberberg, indica el crítico David Thomson, es “la suma de imágenes, fantasmas e interpretaciones” sobre el dictador nazi. Con ello, el director quisiera estudiar las maneras como hemos tratado de asimilar, olvidar o reformar “el más espantoso evento de nuestro tiempo”: la dictadura hitleriana.
En su clásico estudio Técnica del golpe de Estado, el escritor italiano Curzio Malaparte atribuye a Napoleón Bonaparte la invención del golpe de Estado moderno, que consiste en guardar las apariencias de la legalidad, aprovechar los errores del adversario y precipitar los acontecimientos frente a un Estado que siempre quiere ganar tiempo. El ideal del golpista es usar las instituciones democráticas a fin de convertirlas en la primera víctima de la violencia autoritaria.
Aunque el fascismo puede llegar al poder por la fuerza (Mussolini, Franco, Pinochet), la situación más llamativa es cuando lo hace por la vía legal. El caso clásico lo ofrece Adolfo Hitler. ¿Cómo condujo un demagogo febril a la dictadura, la guerra y la derrota a la nación de Bach, Goethe y Schiller? Aprovechando, en primer término, el resentimiento alemán creado por la derrota bélica en 1918 y las condiciones punitivas impuestas, con ceguera, por el Tratado de Versalles en 1919.
La reacción contra estos hechos creó una masa ciudadana descontenta que dio lugar a tropas de asalto armadas para defender a la Alemania derrotada y revertir las condiciones de Versalles. Hitler aprovechó el resentimiento elevado a la categoría de patriotismo y lo sometió a sus intereses. Dos caminos se le abrían a Hitler. Uno, tomar por la fuerza el poder, basado en sus tropas de asalto. El otro, llegar al poder por la vía electoral, “la conquista legal del poder”, indica Malaparte, asegurando así “la simpatía de la masa electoral” y “la adhesión de la inmensa mayoría de la clase media”.
Hitler optó por la segunda vía a fin de ganar las elecciones, convertirse en dictador plebiscitario, someter brutalmente a sus propios partidarios (Ernst Rohm), arrasar con sindicatos, prensa y partidos políticos y establecer un Estado totalitario ufano de serlo y proclamarlo: Hitler nunca pretendió, una vez usada la democracia, ser un demócrata.
¿Qué era Hitler según Malaparte? Un hombre débil que se refugiaba en la brutalidad para enmascarar sus propias debilidades, su egoísmo morboso, su orgullo desmedido pero sin fundamentos. Conducido más por sus pasiones que por sus ideas, Hitler era un hombre devorado por los celos. Celoso, sobre todo, de quienes le elevaron al poder.
El dictador (o el aspirante a serlo) teme el orgullo de quienes lo combaten y sólo ama a quienes puede despreciar. El dictador (o el aspirante a serlo) ambiciona corromper, humillar, envilecer y esclavizar a un pueblo en nombre de… escoja usted, lector, las máscaras retóricas que más le convengan a quienes aspiran al poder autoritario en nuestros días, en nuestros países. A veces, escudados en la legitimidad electoral, en realidad disfrazan su violencia autoritaria.
Hay que celebrar, pues, que el hombre fuerte acepte la derrota pero hay que tomar con un granito de sal su sinceridad y fortalecer a la democracia ganando terrenos de libertad no cediéndole espacios al jefe máximo, y demostrando que, al final de cuentas, el emperador está desnudo y sólo nosotros -los ciudadanos- podemos prestarle la ropa.