Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía, Cultura y Arte.
sábado, agosto 18, 2012
Gente realmente peligrosa
domingo, julio 10, 2011
Los cien años de la superconductividad
sábado, junio 18, 2011
How’s the Weather?
jueves, junio 02, 2011
Recomendaciones arriesgadas
domingo, abril 24, 2011
Paul Baran y los orígenes de internet
martes, marzo 22, 2011
El lenguaje neuronal
viernes, marzo 18, 2011
Ciencia contra la resignación
jueves, abril 29, 2010
El dinero público como motor
sábado, abril 10, 2010
El futuro de las Humanidades
miércoles, mayo 27, 2009
Imprescindibles y bellas
Desde un punto de vista práctico, el secreto más accesible de las matemáticas es que se trata de un lenguaje preciso y universal para la ciencia y la tecnología. Su funcionamiento a este respecto es esquemáticamente este: se imagina un modelo de la situación que interesa estudiar por abstracción de sus aspectos esenciales;se obtienen, por deducción y cálculo,resultados (predicciones) sobre las variables de interés; y se comprueba si estos valores concuerdan con los de las observaciones. Naturalmente, sólo pueden ser provechosos los modelos (también llamados teorías) para los cuales la concordancia entre predicciones y observaciones es aceptable en un determinado dominio. Actualmente, por ejemplo, los populares modelos meteorológicos permiten predecir el tiempo que hará en unos pocos días, en cualquier zona del mundo. Detengámonos un momento para subrayar la analogía entre este modus operandi (llamado método científico o hipotético-deductivo) y el del lenguaje ordinario. La clave de esta analogía está en que nuestras mentes no pueden albergar la realidad, sino sólo ideas acerca de la supuesta realidad. Dicho de otra manera, la realidad viene mediada por sistemas de ideas que pueden llamarse mapas mentales, o códigos internos, por semejanza con el uso de mapas gráficos para situarnos y movernos en un territorio. Estos mapas o modelos mentales con que construimos la realidad generalmente tienen su origen en la educación recibida, en las experiencias vividas, y sólo una parte de ellos incorporan el compromiso de la disciplina científica.
Volvamos a las teorías científicas. Entre las más acreditadas por su generalidad, precisión, simplicidad y belleza están las de la ciencia física. Propuestas por nombres como Euclides (geometría= medida de la tierra), Newton, Euler, Maxwell, Einstein…, y perfeccionadas por muchos otros, nos proporcionan la actual visión del mundo físico, de sus leyes y de sus aplicaciones tecnológicas. Pensemos, como ejemplo, en los sistemas de posicionamiento global (como el GPS o el futuro sistema europeo Galileo) y sus aplicaciones. Las trayectorias de los satélites se rigen por las leyes de Newton, las cuales presuponen la geometría; a su vez, la rotación de un satélite sobre sí mismo obedece a las ecuaciones de Euler sobre el sólido rígido; las comunicaciones se establecen mediante ondas electromagnéticas predichas por Maxwell en 1862 a partir de sus ecuaciones y descubiertas por Hertz en 1888; la indispensable sincronización de los relojes atómicos del sistema tiene su fundamento en la teoría de la relatividad de Einstein…
Además de un lenguaje preciso y universal para la ciencia y la tecnología, hay otro secreto que explica la grandeza de las matemáticas. Más recóndito, pero afortunadamente su esencia se puede captar por analogía, con lo que sucede en el caso del lenguaje ordinario. Al lado de los múltiples usos prácticos de una lengua, como por ejemplo en las noticias dadas por los medios, aquella es también vehículo literario (poesía, novela, teatro), y en este menester la referencia a la realidad real es cuando menos secundaria, y las más de las veces irrelevante. Pues bien, sucede lo mismo con el lenguaje de las matemáticas, que se puede usar en una modalidad interna, que metafóricamente podemos llamar poética, para expresar los hallazgos de un pensamiento dirigido a explorar el universo de conceptos matemáticos (números, figuras, algoritmos…) y sus relaciones recíprocas. Estos hallazgos, que para los matemáticos tienen la misma importancia que La Odisea o la Divina Comedia puedan tener para el acervo cultural, sólo en contadas ocasiones son noticia en los medios, como fue el caso de la demostración del llamado último teorema de Fermat (Wiles, 1995) o de la llamada conjetura de Poincaré (Perelman, 2006).
El aspecto poético de las matemáticas también debiera interesar a todas las personas que quieren estar bien informadas. En efecto, la historia de la ciencia nos muestra que los dos secretos a que hemos aludido se comunican constantemente, en el sentido de que los problemas surgidos del mundo real conducen invariablemente a matemáticas del máximo interés, y viceversa (lo cual resulta aún más enigmático), muchos descubrimientos y construcciones de naturaleza puramente matemática acaban siendo la clave de innovadoras aplicaciones. Es decir, la frontera entre matemática pura y aplicada es tan borrosa como la que separa la realidad de la ficción en el universo literario, o incluso en la vida ordinaria.
Finalmente, quisiera mencionar un último aspecto. Dado que la educación ejerce un papel fundamental en la construcción de la sociedad del conocimiento, convendría que el desarrollo de los talentos especiales no se viera coartado por una mal entendida uniformidad. Siempre se ha hecho con el talento deportivo, sin que haya ido en detrimento de una sólida formación en valores sociales.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
martes, mayo 19, 2009
Sin arrugas en el cerebro
El pasado día 22 de abril la neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini cumplió cien años. Hija de Adamo Levi, un acaudalado ingeniero, y de Adele Montalcini, pintora con talento, Rita creció en una atmósfera familiar muy especial. A pesar de ello, la neuróloga reconoce que su padre imponía en casa el estilo de vida victoriano, donde todas las decisiones las debía tomar el cabeza de familia. Según ella, su padre era de la opinión de que una carrera profesional interfería en los deberes de esposa y madre. Por ello, decidió que sus hijas no iniciaran estudios que supusieran el acceso a la universidad. Pero Rita tenía otros planes.
«Con veinte años me decidí por fin a decirle a mi padre que no tenía ninguna gana de ser esposa y madre, sino que prefería estudiar medicina. Mi niñera acababa de morir de cáncer, y un año después murió también mi padre de un ataque al corazón. Eso me llevó inevitablemente a la medicina», dijo en una entrevista concedida tras la obtención del Nobel. Se convirtió así en una de las siete mujeres, junto con 150 compañeros masculinos, que en los años treinta estudiaron medicina en Turín. En 1936, consiguió la licenciatura; tras ella, comenzó tres años de especialización en neurología y psiquiatría.
Ese mismo año, Mussolini dictó el ‘Manifiesto para la defensa de la raza’, que impedía el desarrollo de la carrera profesional a los ciudadanos italianos no arios. «Mussolini me prohibió trabajar en el ejercicio de la medicina. Él me privó, por sus leyes raciales, de la decisión de si debía ejercer o prefería investigar; no hubiera podido ejercer jamás, incluso aunque lo hubiera deseado: no podía ni siquiera firmar mis propias recetas», decía en la misma entrevista. Por suerte, sus trabajos de investigación eran conocidos, y ese hecho le llevó a Bruselas, en cuyo Instituto de Neurología pasó dos años. Cuando los alemanes invadieron Bélgica, regresó a Italia. Tenía dos alternativas: emigrar a Estados Unidos o iniciar alguna actividad que no requiriera ninguna conexión con el mundo ario. Eligió la segunda, y decidió montar un pequeño centro de investigación en su casa. En sus experimentos, inoculaba células cancerosas en los embriones y veía cómo evolucionaban. La inspiración para ello le vino a raíz de la lectura de un artículo del bioquímico norteamericano Viktor Hamburger sobre los efectos de la extirpación de un miembro en los embriones de pollos, pero su proyecto había empezado a gestarse varios años antes, cuando comenzó a trabajar como ayudante del famoso histólogo italiano Giuseppe Levi.
En 1941, abandonó Turín y se instaló en una casa de campo, con su laboratorio a cuestas. Más tarde, abandonó su refugio del Piamonte y se trasladó a Florencia. Durante los últimos años de la guerra trabajó como enfermera y médica en los campos de refugiados.
Cuando acabó la guerra, Rita volvió con su familia a Turín, y empezó a reunir los resultados de su investigación. Viktor Hamburger, que había leído sus textos, le invitó al Departamento de zoología de la Universidad de Washington.
Ese hecho cambió su vida por completo, puesto que la inicial estancia de unos meses se prolongó durante treinta años. Fue allí donde descubrió el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que juega un papel esencial en la multiplicación de las células. Después de conseguir la cátedra en la Facultad de Zoología de la Universidad de Washington, estableció una unidad de investigación en Roma. A partir de ahí, repartió su tiempo entre Saint Louis y Roma, hasta que se jubiló, en 1977. Tras su jubilación, se instaló en el laboratorio de Roma.
En una entrevista realizada el pasado año decía: «Mi cerebro pronto tendrá un siglo, pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, pero no el cerebro». Y así es, porque, a pesar de algunos achaques propios de la edad, Rita Levi-Montalcini sigue trabajando a sus cien años. Continúa colaborando con el Instituto Europeo de Investigación Cerebral, es senadora vitalicia en el Senado italiano y presidenta de la fundación que lleva su nombre, que trabaja para el acceso a la educación de las niñas africanas.
Rita Levi-Montalcini no sólo ha realizado un trabajo pionero en biología celular, sino que es una de las mujeres más brillantes en el mundo de la ciencia. Junto con Stanley Cohen, recibió, el año 1986, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, y ha sido la décima mujer elegida para la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Además, ha recibido numerosos premios: la Medalla Nacional de Ciencias de Estados Unidos; el premio Louisa Gross Horwitz de la Universidad de Columbia, el doctorado Honoris Causa de la Universidad Complutense de Madrid, etcétera.
La mujer que decidió a los veinte años que no iba a ser esposa y madre, no ha cambiado mucho su opinión acerca de las relaciones entre hombres y mujeres: «Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía», aseguraba en una entrevista reciente. Pero en lo relativo a su profesión, siempre ha manifestado que no se ha sentido discriminada. Es más, ha reconocido que siempre ha sido bien acogida por sus colegas masculinos. Por ello, su consejo a las jóvenes científicas o a aquellas que quieran serlo es muy simple: «No temas jamás a nada, tampoco al futuro. Cuando hagas algo, hazlo del todo y no a la mitad, y además piensa bien con quién quieres compartir tu vida. Entonces conseguirás, si así lo quieres, ser esposa, madre y científica a la vez».
Estoy convencida de que gracias a mujeres como Rita Levi-Montalcini, hoy es más fácil para las mujeres de los países desarrollados acceder al mundo de la investigación científica. Y quizás en África, muy pronto, alguna de esas niñas llegue a ser una investigadora de prestigio.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
martes, mayo 12, 2009
Tiempo, evolución y azar: memoria de Darwin
1. Jacques Barzun, en su sugerente libro Del amanecer a la decadencia, Madrid, 2001, muestra el parentesco de tres grandes tareas contemporáneas que revolucionan el mundo del espíritu a mediados del siglo XIX. Todas ellas maduran en torno a la fecha clave de 1848, en la que nacen, con las aspiraciones democráticas, también nuevas formas culturales.
Se refiere a Richard Wagner, a Charles Darwin y a Karl Marx. «Partiendo de los trabajos pioneros del medio siglo anterior, todos ellos produjeron obras que. . . airearon ante el mundo entero la importancia del objeto que les preocupaban: la evolución, la distribución de la riqueza en la sociedad y la música dramática».
Piensa, sin duda, en tres obras respectivas de estos autores: la Tetralogía wagneriana, partitura que llevó su autor bajo el brazo treinta años; Das Kapital, culminación de una impresionante crítica de la economía política iniciada desde antes de la revolución de 1848; y esa obra cuya publicación este año conmemoramos, lo mismo que el nacimiento de su progenitor: On the Origin of Species by Means of Natural Selection (Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural).
Las tres obras promueven una descomunal síntesis en sus respectivos dominios creadores, la Ciencia de la Vida, la Música y la Economía Política, colmando una tradición en la que se inscriben: la idea de evolución emergente a finales del siglo XVIII; la música romántica; la economía política centrada en el trabajo como fuente de valor, desde Adam Smith hasta David Ricardo.
En los tres casos la creación resultante es de tal envergadura, y sobre todo de tal capacidad de llevar ciertas tradiciones hasta sus últimas consecuencias, que el ámbito de estudio o de creación parece estallar, liberándose flujos y energías insospechadas. Ya nunca la Ciencia de la Vida podrá ser igual (antes y después de Darwin), ni la música después del «drama musical», con sus Motivos Conductores siempre en transformación, ni desde luego la Economía Política después de Marx, y su poderosa síntesis llamada Materialismo Histórico.
Las tres grandes creaciones proceden de la más honda entraña del paradigma epistémico del siglo XIX: el sesgo historicista que domina todos los ámbitos de la creación y del conocimiento, desde la arquitectura a las artes plásticas. Una Historia concebida siempre a partir del gran Paradigma que constituye la Idea de Evolución. Evolución gradual, sin rupturas ni discontinuidades «cuánticas»; evolución a través de pequeñas variaciones.
Las transformaciones wagnerianas de los Motivos Conductores tienen ese carácter. El propio Nietzsche alabó sin reservas esa capacidad de transformaciones ínfimas del arte musical wagneriano.
También son cambios mínimos los que determinan la gestación de variantes en el marco tremendo de la struggle of life, donde impera la ley de «comer o ser comido».
Y el salto de la cantidad a la cualidad en el método dialéctico del Materialismo Histórico presenta también ese carácter.
2. Darwin escribe un gran libro de hechura clásica. Pero bien mirado no es así. De repente tiene lugar un giro extraordinario en medio del texto. Se presupone lo planteado en el libro hasta el momento: la teoría de la evolución de las especies, que tiene en la selección natural (y consiguiente supervivencia de los más adecuados) su primum movens. Son sopesadas y aquilatadas las objeciones que pueden presentar estas hipótesis y se examina el modo de refutarlas.
Entonces el texto da un salto de abismo, descomunal, inconmensurable. Y lo interesante es que ese brinco sin precedentes sólo se presiente ante una tremenda y desconcertante ausencia.
El giro de este libro se produce en el capítulo X, «De la imperfección de los registros geológicos». La tesis del libro se enfrenta a la prueba de fuego: el Tiempo (con mayúsculas).
Darwin aduce la imposibilidad de hallar vestigios de los eslabones intermedios entre las especies en disolución, especies que nunca fueron tales. No parece posible recorrer las innumerables variantes que cubren el trecho entre un remoto vestigio y la posible versión actual. Una ciencia recién constituida, la geología, da entonces amparo a la teoría. Charles Lyelle publica en 1847 los Principios de geología, fundamento de la geología moderna.
Darwin, ayudado de la geología y de la paleontología, constata que la finitud del tiempo encierra eones y avatares que sólo la especulación mitológica del hinduismo -podríamos decir- se había atrevido a pronunciar: millones y millones de años a través de los cuales se produce, a través de ese agente creador tan extraordinario que es el Azar, la constitución de variantes que dejan como conceptos obsoletos las nociones de género y de especie. El Tiempo en toda su deriva inconmensurable hace de pronto presencia en este recorrido por todo el mundo natural.
Darwin escribe la teoría que desbarata toda idea clásica de género y de especie. Frente a ella sólo subsiste, en su monolítica evolución permanente, la Vida.
3. Michel Foucault en Las palabras y las cosas, traza el paradigma de ciencias propias de la «era clásica«: un Discurso de vocación cartesiana distribuye en cuadros -tableaux- los géneros y las especies. Buffon, Linneo abundan en procedimientos vigentes hasta finales del siglo XVIII; y que también encontramos en la manera de orientarse la ciencia de la riqueza de los mercantilistas y fisiócratas; o en el ámbito lingüístico en la gramática cartesiana (la de Port Royal, que Noam Chomsky reivindicó en su obra Cartesian Lingüistics).
Todo ello deja paso, en el siglo XIX, a unidades abismales que atraviesan miríadas de variantes evolutivas: Vida, Trabajo y Lenguaje. Éste no se proyecta en una lingüística general, como sucederá en el siglo XX con Ferdinand de Saussure, sino en la indagación paleontológica de escrituras primigenias, en el desciframiento de Piedras de Rosseta, y sobre todo en la gestación de la gran hipótesis de una común lengua originaria indogermánica de donde proceden nuestras lenguas más familiares. Todas en perpetua evolución y transformación inconsciente. Lo mismo sucede en las ciencias de la vida, y en la economía política.
Wagner traza la evolución infinita, con metonimia de eones, desde el tritono mayor del inicio del Oro del Rhin hasta el Apocalipsis por fuego y agua del final, en El ocaso de los dioses, con la destrucción del mundo (de los dioses, de los héroes).
Karl Marx arranca del comunismo primitivo, y prosigue la historia de la explotación del hombre por el hombre hasta culminar en la metástasis de la mercancía. Ésta se produce en la formación histórica que tiene al capitalismo como Modo de Producción.
Darwin queda absorto y abismado ante la magnitud del tiempo, que impide cualquier comprobación de eslabones intermedios. Pero justamente esa imposibilidad señala el campo futuro de investigación: la búsqueda de yacimientos de fósiles que permitirían trazar quizás lo que en esos millones de años se fue gestando.
Convirtió al Azar en poderoso agente creador (antes de que los artistas, en los inicios de las vanguardias del siglo XX, se apropiaran de esta idea).
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
lunes, mayo 04, 2009
Knowledge and genius
It is a common presumption that if people know a lot, they must be intelligent. Anyone who can reel off capital cities or count to 10 in several languages – or, in the case of a two-year-old girl heralded in newspapers this week, tell an apple from a banana early enough – is counted a bright spark. And often enough intelligence, a good memory and a well-informed mind go together because intelligence prompts curiosity, curiosity results in knowledge, and memory keeps the knowledge available.
But there is no automatic connection between knowledge and intelligence. There are plenty of very bright people who do not know the world’s capitals and cannot count in other languages, because they have never had a chance to learn them. In rural Africa there must be millions of smart kids who know nothing but local lore; they are Thomas Grey’s “village Hampdens” and “mute inglorious Miltons”.
By the same token plenty of people know lots of facts without being creative, thoughtful, quick-witted, humorous and perceptive – the marks of true intelligence. Sometimes an overload of facts is the mark of a dull and pedestrian mind, the antithesis of intelligence.
Moreover, there are different kinds of intelligence, better described as different gifts of mind, so that a person can be wonderfully talented in one respect and hopeless in another. It is misleading to describe anyone as intelligent without specifying what form the intelligence takes. Some mental aptitudes are hard-wired: gifts for maths and music (which often go together) require no knowledge, and manifest themselves early in life. So does artistic ability. Many autists have extremely high-order talents in these respects without acquiring any knowledge, or even interacting much with other people.
But other aptitudes require training, data, experience and practice. Here intelligence and a body of knowledge meet, and the former acts on the latter in productive ways. One can train a parrot to reel off English kings and queens, but it takes an accomplished historian to tell us insightful things about them.
“Intelligence tests” have always been a matter of controversy. Practice improves scores, which raises a question mark over whether they capture anything objective. If someone scores high on verbal tests and low on spatial ones, what does that overall score tell us about the individual in question? Nothing very informative.
There are many “high IQ” societies, the best-known being Mensa, which admits people with IQs in the top 2% of the population. At Mensa’s 50th anniversary in 1996 one of the founders, Lancelot Ware, said he regretted the fact that members devoted far more time to puzzles than improving the world.
That prompts a thought: intelligence is a matter of output, not scores in a test. Einstein was unsuccessful at school and no great shakes as a mathematician, but he was creative and insightful, and saw a whole new way of thinking about gravity and the structure of space-time. A vivid interest in things, and an active desire to understand more about them, is a major characteristic of intelligence. When this leads to great creativity and important discoveries, we call it genius.
In the ancient world a genius was a creature who whispered ideas, ambitions and insights into your ear. The Romantics internalised genius, identifying it with their own inner selves – what Proust called le moi profond, the deepest me. As there are many kinds of achievement, so there are many kinds of genius suited to them. To all, the wonderful old cliche about 99% perspiration applies.
IQ tests rarely predict achievement or correlate with knowledge, and they are too blunt an instrument to capture the variety of human gifts. The latter are what matter. As with everything else, we know these gifts by their fruits, not by artificial ways of defining them.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
domingo, abril 26, 2009
Creando universos
En el segundo centenario del nacimiento de Darwin, y a través del siglo y medio transcurrido desde que salió a la luz El origen de las especies, el pensamiento darwiniano ha logrado ser la referencia más fiable de que disponemos para entender el mundo que nos rodea y la manera como llegó a ser tal cual lo vemos ahora.
Algunas de las claves de la naturaleza, en especial aquella que nos afecta más de cerca, estremecen. La crueldad, el dolor, la ausencia de esperanza y el desamparo forman parte de lo más común en un planeta que, siguiendo las pautas de la selección natural, certifica el bienestar de los más fuertes -bienestar provisional, hasta que les llega la vejez- a costa de los más débiles.
¿Siempre?
Algunos grupos peculiares de organismos entre los que nos encontramos los seres humanos parecen echarle un pulso a esa selección natural ciega y desalmada. Son varios los ejemplos. Los de los primates, sí, pero también los de los insectos sociales, algunos roedores ciegos e incluso unas gambas diminutas. Todos esos seres tuercen el sentido mismo de la adaptación por selección natural basada en las ventajas individuales para volcarse en la cooperación como fórmula útil de cara a organizar el lapso brevísimo de tiempo de la vida.
Darwin fue incapaz de explicar cómo pueden sobrevivir, en un mundo sometido a las leyes de la selección natural, esos grupos solidarios. El sentido común, la intuición de que si se coopera se vive mejor, es magro argumento; resulta fácil demostrar, incluso con pruebas contundentes, que ese tipo de solidaridad no resulta adaptativo.
Se podría contestar que, bueno, puede que sea así pero que existen causas perdidas a las que es preferible apuntarse. Más vale vivir menos tiempo y hacerlo en unas condiciones que no nos avergüencen. Sin embargo, la discusión es otra: ¿cómo pudo fijarse a lo largo de millones de años el altruismo si las claves para la adaptación lo impiden?
Hoy sabemos la respuesta y contamos con elegantes algoritmos matemáticos que prueban cómo apareció la conducta altruista y hasta dónde llega.
Menos en el caso de los humanos.
Nosotros somos unos primates peculiares, con unos usos y conductas muy difíciles de diseccionar. Aun así, lo que sabemos acerca de otros animales se nos puede aplicar aun cuando sólo sea hasta cierto punto. Sabemos que el dolor, la angustia y el absurdo dominan nuestras vidas. Así que aquellos que no creemos en un mundo mágico sobrenatural nos quedamos a menudo sometidos al horror hacia el vacío de una vida que carece de sentido, de una existencia en la que los momentos de felicidad son muy pocos.
¿Hace falta un ejemplo? La enfermedad mortal de un niño. ¿Qué dios insensible, qué selección natural absurda llevaría a la vida a un ser que está condenado a desaparecer antes de haber podido dar paso a lo más elemental en el propósito de todo organismo: la capacidad de perpetuarse?
Pero los humanos somos unos primates muy extraños. Hacemos, en cierto modo, de demiurgos. Construimos unos mundos distintos a éste, unos mundos que no existen, y les soplamos el aliento de la vida para convertirlos en reales en el único lugar en que cualquier realidad tiene su presencia: en la imaginación de alguien.
Tengo amigos que mudan su realidad por otra; que se disfrazan; que van a los hospitales donde los niños se están muriendo, que hacen allí el payaso y que, por unas horas o quizá por unos pocos minutos, convierten nuestro universo infame en otro muy distinto. En un paraíso de risas, alegría y esperanza donde el cerebro del niño más débil se encuentra transportado a la categoría de la felicidad por unos instantes.
Me gustaría que se pudiese alguna vez explicar cómo es que la selección natural condujo a algo así, a un mecanismo tan ajeno a los que gobiernan por lo común los ecosistemas. Yo sé que la vida no tiene ningún propósito. Pero también he de reconocer, aunque sea forzando mi alma empirista, que igual que algunas moléculas consiguen durante un tiempo breve formar un rincón pequeño y aislado del flujo de la entropía creciente -en eso consiste la vida- mis amigos los payasos logran el milagro de rescatar a unos niños de la sensación de condena. Una sola sonrisa, un gesto de complicidad, una mirada al universo que ha aparecido por arte de birlibirloque y tenemos ya los logros que, en el balance último, salen ganando frente a cien años de envidias y toda una existencia de codicias y resquemores.
Si Darwin estuviese vivo hoy y pudiera verlo, se alegraría no poco al comprobar que incluso a la selección natural se le puede echar el pulso del engaño. Sólo durante unos minutos, eso sí. Pero sabido es que, en el aleph, la eternidad equivale a un único instante.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
miércoles, abril 22, 2009
La endogamia mató a los Austrias
Carlos II El Hechizado fue una de las víctimas de los repetidos cruces entre parientes próximos que se dieron en sus antepasados, tanto recientes como remotos. Su coeficiente de consanguinidad era altísimo, similar al del fruto de una relación entre padre e hija o entre hermano y hermana, han hallado científicos españoles. El primer estudio que aplica la genética a una dinastía española, la de los Austrias, ha confirmado la hipótesis de muchos historiadores de que la consanguinidad fue el factor clave en su extinción, cuando murió Carlos II en 1700 sin descendencia. También ha permitido esclarecer los principales trastornos que sufría el rey.
"En el análisis de la consanguinidad nos hemos remontado 16 generaciones desde Carlos II, con un total de 3.000 personajes", explica Gonzalo Álvarez Jurado, catedrático de Genética en la Universidad de Santiago de Compostela y aficionado a la historia. Lo que han encontrado Álvarez y sus colegas, Francisco Ceballos y Celsa Quinteiro, y publican en Plos One, es que pesan tanto las relaciones de parentesco entre el padre y la madre del sujeto como las acumuladas a lo largo de las generaciones.
Desde que Felipe el Hermoso inauguró la dinastía al casarse con Juana La Loca, los matrimonios entre parientes en las diferentes casas reales europeas, para conservar el poder, fueron la norma. El coeficiente de consanguinidad indica la proporción de genes idénticos que se reciben del padre y de la madre. Con la genealogía en la mano, en porcentaje, va aumentando desde el 2,5 de Felipe el Hermoso al 21 de Felipe III. En Felipe IV baja a un 11,5 y Carlos II, a pesar de ser sólo hijo de tío y sobrina, tiene el máximo (25,4), 10 veces mayor que el del fundador.
"Para probar la influencia de la consanguinidad, fuimos a los efectos", indica Álvarez. "Analizamos la mortalidad infantil en los descendientes de cada rey hasta los 10 años y observamos una relación directa entre el coeficiente de consanguinidad y la tasa de mortalidad". Ya los testimonios de la época se extrañaban de la cantidad de abortos y de niños que nacían muertos o morían pronto en la familia mejor cuidada de la España de entonces.
Genealogía de los Hausburgo- EL PAÍSAdemás, los científicos españoles han estudiado desde el punto de vista genético los trastornos de los reyes y, sobre todo, de Carlos II. "Disponemos de los mejores retratos de todos ellos, de grandes pintores, que son muy informativos para los médicos", recuerda Álvarez. Sin embargo, aclara, la barbilla prominente de Carlos I no está relacionada con la consanguinidad.
Dos enfermedades achacables a mutaciones genéticas recesivas, que necesitan heredarse de los dos progenitores, explicarían los trastornos de Carlos II, que era raquítico, no pudo tener hijos y a los 30 años parecía un viejo. Son un déficit hormonal múltiple de la hipófisis (de la hormona de crecimiento, entre otras) y una acidosis tubular renal, causa de raquitismo.
En la lotería genética salió mejor parada la infanta Margarita, hermana del rey y una de las famosas meninas de Velázquez, que se casó y tuvo hijos.
Hay un grado de incertidumbre inevitable en el estudio, debido a la imposibilidad de asegurar la paternidad de los descendientes, pero Álvarez cree que es pequeño, dado el marco de la realeza en la época. Ahora, los investigadores están ampliando el estudio a los Austrias austríacos, que tienen todavía mayor consanguinidad. Un primer análisis indica que en los Borbones es mucho menor.
sábado, abril 18, 2009
Elogio de lo superfluo, indulto del error
Observar es buscar diferencias entre cosas similares. Comprender es encontrar similitudes entre cosas diferentes. La ciencia avanza balanceándose sin cesar entre la observación y la comprensión: de la una a la otra, de la otra a la una. ¿Y el arte? Decir: en el fondo, ciencia y arte son una misma cosa es tan superficial como afirmar: en el fondo, ciencia y arte no tienen nada que ver. Los dos extremos son falsos, pero con el mérito de enmarcar la verdad que se despliega entre ellos.
La relación entre ciencia y arte tiene interés tanto por sus convergencias, que las hay, como por sus divergencias, que también son notorias. Afinando el foco, lo mismo ocurre entre la ciencia y formas más particulares del arte (ciencia y pintura, ciencia y música, ciencia y literatura…), o entre el arte y construcciones más propias de la ciencia (arte y matemática, arte y física, arte y biología…). Ensayemos, por ejemplo, un careo entre ciencia y literatura.
La ciencia es una forma de conocimiento. También la literatura. Todo lo que no es la realidad misma es ficción. Cualquier literatura, incluido el ensayo es, en rigor, una ficción de la realidad. La ciencia, cualquier ciencia, no lo es menos. Sin embargo, la ciencia es más bien una teoría, la literatura más bien una práctica.
La ciencia empieza con la comprensión del mundo y acaba narrando historias, historias que reconstruyen el pasado (cómo ha llegado este paisaje a ser como es), historias que anticipan el futuro (cómo llegará este paisaje a ser lo que será). La literatura empieza narrando historias, pero nunca descarta dar con alguna comprensión de la realidad.
La ciencia es la forma de conocimiento que más se protege contra la ideología y las creencias de sus creadores. La literatura quizá sea la más eficaz para envolver y transmitir creencias, ideologías o meras intuiciones.
El científico, para lograr esta higiene ideológica, se impone una drástica cirugía en tres actos.
El primero y más doloroso consiste en expulsar el Yo de sus contenidos. Con buena objetividad se gana buena universalidad. La ciencia es de uno para todos, aunque sea al alto precio de borrar a ese uno del mapa.
En el segundo acto se decanta todo lo presuntamente superfluo, un nuevo sacrificio para la identidad del autor que ve con tristeza cómo lo más propio de sí mismo se escapa por el desagüe. El premio en este caso tampoco está mal: se trata de anticipar la incertidumbre, la supervivencia.
Y el tercer acto consiste en la persecución implacable del error. El científico avanza con el error, vive con, para y del error. Para ello no deja nunca de enfrentar su verdad con la realidad que pretende comprender. En caso de duda se impone la evidencia experimental. El autor corta por lo sano todo lo que huela a incoherencia o a vacío y con ello se despoja de las complejidades que más le distinguen como ser humano. Pero esto también tiene premio. Gracias a la obsesión por detectar y machacar contradicciones, la ciencia, necesariamente, progresa.
Paradójicamente, cada uno de estos tres sacrificios esconde un gozo intelectual. Separar el Yo de la realidad inaugura el placer de la conversación entre la mente y su mundo exterior (uno).
Decantar lo superfluo produce el más intenso de los gozos intelectuales, aquel que cae con toda nueva comprensión o con toda nueva intuición (dos).
Y de la persecución de contradicciones arranca nada menos que el proceso cognitivo entero. Es el estímulo (y tres): la constatación de que algo se mueve, el anuncio de que algo está a punto de cambiar.
Pero, atención, la mala noticia es que el científico no publica tales gozos intelectuales. Cada gozo intelectual implícito es un efecto colateral de una exclusión primaria. En ciencia lo prioritario es comprender el mundo y para ello se sacrifica el Yo, lo superfluo y el error. El gozo intelectual asoma sólo desde la sombra para crear una íntima adicción al conocimiento científico.
En literatura, curiosamente, se invierten los términos. Si hay algo prioritario buscado por un escritor cuando escribe o por un lector cuando lee, eso es, justamente, alguna clase de gozo intelectual. Y si en el intento resulta que ganamos algo de la comprensión del mundo o de la condición humana, entonces viva la literatura. Quizá esté aquí la clave de una fecundación mutua entre ciencia y literatura.
La ciencia se acerca a la literatura aflojando las tuercas del método científico, la literatura a la ciencia apretándolas. Delicadamente.
Lo primero equivale a tres cosas: el rescate del Yo, el elogio de lo superfluo y el indulto del error. ¿Gana algo con ello la ciencia? Bueno, no es lo mismo aflojar el método, después de haber obtenido sus beneficios, que no aflojarlo porque nunca ha estado apretado. La diferencia es colosal: después del sacrificio en tres actos, uno gana indicios sobre cuál es la parte de uno mismo que compromete la buena comprensión de la realidad. El científico encontraría así un camino para romper su soledad cósmica y para sopesar con más precisión donde termina su rigor científico y donde empieza su rigor mortis. La ciencia no se hace sólo con método científico porque éste sirve para tratar ideas, pero no sirve para capturarlas.
Simétricamente, acerquémonos ahora a la ciencia desde territorio literario. En este caso, el ejercicio consiste en descentrar el Yo, evitar un empacho con lo superfluo y en tratar mínimamente los errores. Suavemente.
Muchos autores, como Borges o Melville, habitan este territorio fronterizo con plena naturalidad. Pero vaya por delante la obviedad de que ello no es condición necesaria ni suficiente para ser un gran escritor. Es el caso de Kafka, o de Proust, cuya garra literaria nadie discute. Pero ¿gana algo la literatura aventurándose hacia la ciencia?
La condición humana siempre está en el origen y el fin de toda literatura. Pero digamos que la comprensión de aquella da un salto significativo cada vez que alguien empuja el Yo fuera del centro del escenario. Moisés apartó el Yo humano de la cohabitación con los dioses, Copérnico empujó el Yo terrícola fuera del centro del cosmos, la revolución americana y la revolución francesa descentraron el Yo aristócrata y Marx lo intentó con el Yo burgués, Darwin barrió el Yo del Homo sapiens del centro de la evolución y Freud desplazó el Yo consciente del centro de la comprensión de sí mismo.
No: descentrar el Yo en literatura no puede ser malo. El ejercicio abre nuevos caminos hacia la comprensión de la condición humana y, de paso, reduce el riesgo de contar siempre la misma historia.
Lo superfluo no tiene por qué ser vergonzante pero tampoco es necesariamente un gran honor. Los diferentes géneros literarios se asocian a su capacidad para asimilar carga superflua: mayor la de un novelón de mil quinientas páginas que la de una novela de trescientas, mayor la de una novela que la de un cuento, la de un cuento que la de un poema y la de un poema que la de un aforismo. Todo bien. Es decir, pensando sólo “a peso” ya se puede decir que un aforismo es más científico que una novela y un poema lo es más que un cuento.
No: dosificar lo superfluo y tratar las contradicciones tampoco puede ser malo dentro de cada género literario. Y es ahí, bajo lo superfluo y de entre los errores, de donde puede brotar un nuevo recurso o un nuevo discurso.
Revolver lo superfluo y las contradicciones significa para la literatura remover la tierra que pisa. Incluso es posible que, durante este proceso, la literatura tropiece con un gozo intelectual científico, lo desentierre y nutra con él alguna de sus historias.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona