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lunes, enero 02, 2012

El ocaso democrático

Por Juan Gabriel Tokatlian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella, Argentina (EL PAÍS, 02/01/12):

Una de las tantas paradojas actuales es que mientras en la periferia muchas sociedades y Gobiernos intentan ampliar los derechos ciudadanos, en varios países centrales se pretende desvertebrar el Estado de derecho. En América Latina y, en tiempos recientes, en Oriente Próximo y el norte de África con la llamada primavera árabe, se observan impulsos y logros importantes en el reclamo y la extensión de derechos y garantías de diverso tipo. Inversamente, en países clave de Occidente, y desde el 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos se denota un esfuerzo desde el Ejecutivo y el Legislativo (y con pocas limitaciones por parte del Poder Judicial) de recortar y suprimir derechos alcanzados con enorme esfuerzo colectivo. Con el presunto objetivo de proteger la seguridad nacional en Estados Unidos se ha gestado una compleja estructura jurídica, burocrática e institucional cívico-militar que ha configurado de hecho una condición de inseguridad permanente; meta que al parecer ha logrado alcanzar el terrorismo transnacional a una década de los atentados en Nueva York, Washington y Filadelfia.

En ese contexto, la poslegalidad tiende a imponerse: se trata de una situación en la que el derecho interno e internacional se manipula, se desconoce o se quiebra a expensas de un bifronte Estado gendarme que opera con escasa rendición de cuentas hacia adentro y con excesivo despliegue militar hacia afuera. Lo poslegal no es patrimonio exclusivo de Estados Unidos -recientemente la secretaria del Interior de Reino Unido, Theresa May, sugirió la necesidad de deshacerse de la Ley de Derechos Humanos de 1998-, pero tiene su manifestación más elocuente e inquietante en aquel país.

La poslegalidad se exacerba en Estados Unidos en medio de una fenomenal crisis económica y ante una ciudadanía que, ante la incertidumbre y de modo confuso, se expresa contradictoriamente frente al delicado balance entre seguridad y libertad. Por ejemplo, en junio de 2010 una encuesta a cargo de Rasmussen Reports indicaba que el 28% de los estadounidenses consideraba que era una mala idea el control civil de los militares y apenas el 44% consideraba bueno dicho control. Pero, a su vez, en una encuesta de Gallup efectuada en septiembre de 2011 un 49% de los entrevistados consideraba que el Gobierno federal era “una amenaza inmediata a los derechos y libertades individuales”.

La poslegalidad, por vía de presuntos términos legales, rápidamente asimilados por los medios de comunicación y los principales líderes políticos nacionales, naturaliza un nuevo lenguaje que facilita el desprecio por los derechos. Así, en vez de referirse a la tortura se habla de “técnicas acrecentadas de interrogación”; el secuestro extraterritorial de personas, realizado de manera clandestina por funcionarios, se denomina “entrega extraordinaria”; las ejecuciones extrajudiciales se justifican en el marco de las “hostilidades” contra “militantes”; y a las guerras punitivas contra países que no han atacado a Estados Unidos se las llama “acción militar cinética”.

La poslegalidad tiene símbolos: Guantánamo y Abu Ghraib. Tiene puntos clave de construcción conceptual: las oficinas del Legal Advisor del Departamento de Estado, del General Counsel del Departamento de Defensa y del Special Counsel de la Casa Blanca. Tiene un mapa de referencia para su racionalización y justificación: la “guerra contra el terrorismo”. Y tiene continuidad política bipartidista: desde George W. Bush a Barack Obama.

Ahora bien, tres asuntos han puesto en evidencia el desbordamiento de la poslegalidad de Estados Unidos. Primero, el incesante uso de vehículos aéreos no tripulados (unmanned aerial vehicles), los denominados drones, en Asia (Irak, Afganistán y Pakistán) y África (Libia, Somalia y Yemen). El recurrente uso de aquel medio de combate -al que hay que sumar un fracasado intento reciente en Irán- ha llevado a debatir en torno a la “guerra de los drones”; un modo de enfrentamiento a distancia, sin grandes contingentes en condición de combate frontal, presuntamente de alta precisión y más económico que el despliegue de tropas. El recurso a los drones ha implicado, entre otras, cierta facilidad para lanzar ataques en los que las bajas propias son casi inexistentes, bastante indiferencia de una opinión pública que apenas si conoce el tema y que, en general, no padece costo alguno inmediato después de su utilización, y un ascendente papel militar de los órganos de inteligencia dado que es la CIA la encargada del sistema de lanzamiento. Si bien en 2009 el Informe del Relator Especial de la ONU para Ejecuciones Extrajudiciales, Philip Alston, sugería que los drones podrían violar el derecho internacional humanitario, nada parece haber conducido a replantear su uso por parte de Washington.

Segundo, en septiembre pasado el Gobierno de Barack Obama fue un paso más adelante en esta materia. En un “panel secreto”, y con aval presidencial, autorizó dar de baja a dos estadounidenses, Anwar al Awlaqi y Samir Khan, mediante misiles lanzados desde un vehículo aéreo no tripulado. En los dos casos no hubo una acusación formal, no se pretendió su arresto ni se buscó poner en marcha el debido proceso. Ni la Constitución ni las enmiendas 5, 6 y 14 fueron tenidas en cuenta para llevar a cabo este targeted killing.

Y tercero, más recientemente, en la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2012 y con una votación de 93 a 7, el Senado aprobó que cualquier estadounidense sospechoso de terrorismo puede ser detenido indefinidamente por autoridades militares (al tiempo que aumenta las restricciones para no trasladar los prisioneros de Guantánamo a territorio continental estadounidense). Para algunos observadores esta legislación es un serio revés al Estado de derecho. Organizaciones de derechos civiles y voces liberales demandan y se consuelan con un eventual veto del presidente Obama.

Los tres ejemplos mencionados apuntan a subrayar que en Estados Unidos la legalidad está en entredicho y que lo poslegal se está tornando en lo habitual. Más temprano que tarde esto tendrá un efecto devastador sobre la democracia en aquel país. Lo que tendrá, y de hecho ya tiene, reverberaciones por fuera de Estados Unidos. En ese caso se habrá dado un paso abismal: del acoso democrático al ocaso democrático.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

jueves, septiembre 15, 2011

¿Por qué nos odian… todavía?

Por Ahmed Rashid, escritor y periodista. Autor de Talibán y Descenso al caos: los Estados Unidos y el desastre de Pakistán, Afganistán y el Asia central (EL MUNDO, 12/09/11):


En la conmoción que siguió al 11 de septiembre del 2001, la pregunta que más se hacían los norteamericanos, que acababan de toparse por primera vez con el extremismo islámico, era «¿Por qué nos odian tanto?». La respuesta simple que a muchos norteamericanos les resultaba tranquilizadora era que «los otros» estaban celosos de la riqueza de Estados Unidos, de sus oportunidades, de su democracia y de lo que ustedes tienen (intente defender esta misma idea ahora, con la recesión económica norteamericana). Sin embargo, Norteamérica y sus instintos civilizadores estaban siendo sometidos a una dura prueba en todo el mundo.

Ahora que Estados Unidos entra en el undécimo año de la guerra más larga que jamás ha librado -la de Afganistán- sin que todavía se le vea un final, mientras el vecino Pakistán se encuentra al borde del cataclismo, la cuestión se está planteando a la inversa: ¿por qué los norteamericanos nos odian tanto? Una ola de antiamericanismo está barriendo Afganistán y Pakistán. Incluso en Irak, donde de nuevo está presente Al Qaeda con aires de venganza y de donde se espera que salgan en este mismo año los últimos 45.000 soldados estadounidenses, está creciendo el antiamericanismo.

La respuesta más beligerante a ese sentir mayoritario es que los norteamericanos son imperialistas que odian el islamismo y que sus denominados instintos civilizadores no tienen nada que ver con la democracia o los Derechos Humanos. La respuesta benévola es que esos pueblos no odian a los norteamericanos sino las políticas que los dirigentes norteamericanos practican. La guerra empequeñece a todo el mundo y a todos los estados, incluso a los victoriosos, de modo que ¿por qué ha de ser diferente Estados Unidos?

Tras el 11-S, el primer ministro británico Tony Blair, y el presidente Bush empeñaron ante el mundo su palabra de que occidente no iba a tolerar por más tiempo ni estados fracasados o inviables ni el extremismo y, sin embargo, en la actualidad hay por el mundo más estados fracasados que nunca. El mensaje de Al Qaeda se ha propagado por Europa, África y la América continental, donde antes no se había sabido jamás de su existencia, y todas las religiones y culturas están produciendo sus propios extremistas (no hay más que ver la reciente matanza de Noruega).

La hambruna, la escasez, la pobreza y el fracaso económico se han multiplicado más allá de toda medida mientras que el cambio climático ha desencadenado inundaciones y sequías terribles, lo que ha traído miseria sin cuento de forma imprevista a millones de lugares. Todo esto no es culpa del 11-S pero, en las mentes de muchas personas, las catástrofes a las que ahora debemos hacer frente son consecuencia de las guerras de Estados Unidos, aunque también esta nación sea una víctima de sus propias guerras y de este mundo en cambio.

De las dos invasiones, la de Irak y la de Afganistán, y de la operación de salvamento de Pakistán, el fracaso más llamativo de Estados Unidos ha sido su incapacidad de contribuir a la reconstrucción del Estado y de la nación allí donde han ido a la guerra. Organizar un Estado consiste en instaurar unas instituciones y un sistema de gobierno que es posible que no hayan existido nunca con anterioridad, como en el caso de Afganistán, o que hayan estado en manos de dictadores sin piedad, como en Irak. Construir una nación consiste en ayudar a los países a desarrollar su cohesión nacional, cosa que Pakistán no ha conseguido llevar a cabo desde su creación, mediante el desarrollo de la economía, de la sociedad civil, de la educación y de la formación.

En el Gobierno de Bush, tanto la organización del Estado como la construcción de una nación eran poco menos que palabrotas. Algo menos en el Gobierno Obama, pero todavía no se las llama por su nombre y, oficialmente, ya no forman parte de la estrategia en Afganistán o Pakistán. Sin embargo, la tan cacareada estrategia antiinsurgencia -COIN- formulada por el general David Petraeus con el fin de derrotar a Al Qaeda depende enormemente de que se mejore el sistema de gobierno, se reconstruyan instituciones como el ejército y la policía propias y se le dé a la población un futuro: en otras palabras, de que se pongan en pie un Estado y una nación.

Sin embargo, a pesar de los miles de millones de dólares invertidos en esta estrategia, la parte social del programa se ha visto reducida al mínimo y se ha dejado en manos del ejército de Estados Unidos y de la CIA, que han transformado la COIN en un instrumento puramente militar. En Afganistán, operaciones militares nocturnas, asesinatos selectivos a cargo de las US Special Operations Forces -Fuerzas de Operaciones Especiales- y ataques de aviones teledirigidos a cargo de la CIA han reemplazado los bombarderos B-52 que siguieron al 11 de septiembre como armas preferidas por los norteamericanos para acabar con los talibán, aunque el coste, en términos de muertes de no combatientes, está siendo excesivamente alto como para que la población local lo pueda soportar.

Los afganos se manifiestan ahora en las calles cada vez que resulta muerto un civil. En Pakistán, los ataques de aviones no tripulados han hecho que toda la población monte en cólera porque nadie es capaz de cuantificar cuál es su grado de éxito en la eliminación de Al Qaeda. John O. Brennan, consejero de Obama, declaró en junio que, durante todo un año, «no se ha registrado ni una sola muerte colateral» achacable a los ataques de los aviones no tripulados. La CIA en tela de juicio por víctimas civiles en los ataques de aviones teledirigidos, tituló The New York Times el 12 de agosto de 2011. La CIA podrá reivindicar que los aviones no tripulados han acabado con 600 activistas sin matar a un solo civil, pero a ver qué afgano o qué paquistaní se puede creer eso.

Estados Unidos invadió Afganistán e Irak sin tener siquiera un plan sobre cómo iban a gobernar ambos países. La CIA por procedimientos clandestinos, una fórmula infalible para socavar el predominio civil. Los antiguos caudillos afganos, de los que los talibán se habían desembarazado en los años 90, la CIA volvió a emplearlos. Se metamorfosearon como mariposas, de caudillos en empresarios, en traficantes de drogas, en transportistas, en magnates inmobiliarios, pero debajo del traje nuevo de Armani seguía estando el mismo caudillo odiado por la población. Así pues, los afganos culpan a los norteamericanos de haber resucitado a sus torturadores antes inactivos.

La corrupción es galopante, pero no solo porque los gobernantes sean unos cleptómanos. Los norteamericanos tienen que asumir una parte muy importante de la culpa por haber adjudicado sustanciosos contratos a personas a las que no debían haberlos adjudicado, hurtando al Congreso la exigencia de responsabilidades y transparencia y no ocupándose de poner en pie una economía en lugar de enriquecer a unos pocos. Todas estas dejaciones (caudillos, corrupción, víctimas civiles) han contribuido a alimentar una variedad diferente y viscosa de antiamericanismo.

Entretanto, la ayuda norteamericana y el desarrollo económico de Pakistán y Afganistán se han centrado en «proyectos de efecto rápido», con la idea de ganarse la voluntad de los ciudadanos pero, como el puré instantáneo de sobre, se desinflan a la misma velocidad. La responsabilidad de fondo, de ayudar a estos estados a desarrollar una economía propia y a crear puestos de trabajo, se ha dejado a la buena ventura. Afganistán está a punto de caer en una recesión económica aguda en cuanto se marchen los cien mil soldados norteamericanos y las decenas de miles de afganos que trabajan para ellos se queden sin trabajo.

En Pakistán, la gente no ve ningún beneficio económico duradero de los 20.000 millones de dólares que Washington ha volcado desde 2001. Grandes cantidades de material militar, pero ni un embalse, ni una universidad, ni una central eléctrica.

El ejército de Pakistán siempre ha pensado que no era consultado suficientemente por los Estados Unidos y que no estaba considerado un verdadero aliado, así que se montó sus propias defensas a base de apoyar simultáneamente tanto a Bush como a la renaciente insurgencia talibán. Hay otra cara en la moneda del antiamericanismo. A los dirigentes políticos de Afganistán y Pakistán les ha venido muy bien exacerbarlo para su propia supervivencia o para justificar sus equivocaciones. Karzai es un maestro consumado a la hora de derramar lágrimas para describir hasta la última perfidia de los norteamericanos al mismo tiempo que no acierta a luchar contra la corrupción ni a hacer posible un mínimo de buen gobierno.

Los intentos de los norteamericanos por cambiar este curso de las cosas, unas veces a base de zanahorias y otras a base de palos, son objeto de continuos desaires mientras que los gobernantes civiles se mantienen en un segundo plano, muertos del miedo de que los aplaste cualquiera de los dos elefantes macho. Entretanto, las voces del extremismo se dedican ahora a equiparar el anti-americanismo con denuncias de que la democracia, el liberalismo, la tolerancia y los derechos de las mujeres son conceptos occidentales o norteamericanos.

Nada va a ir a mejor durante un tiempo muy largo, porque tanto el Gobierno de los Estados Unidos como el de Pakistán son, en cierto sentido, el reflejo exacto el uno del otro. El ejército de Estados Unidos y la CIA dominan las decisiones que se toman en Washington sobre Afganistán y Pakistán. Lo mismo que el ejército de Pakistán y sus servicios secretos hacen en Islamabad.

Tras la trágica muerte de Richard Holbrooke el año pasado, a quien Obama no hacía el menor caso pero que ideó una estrategia política para guiar la toma de decisiones en Estados Unidos, no ha habido una estrategia política de los norteamericanos sobre Pakistán o Afganistán. Diez años después, debería estar claro que, en esta parte del mundo, las guerras no pueden ganarse pura y simplemente por la fuerza militar ni debe delegarse la toma de decisiones en los generales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El final en Afganistán

Por Ahmed Rashid, autor de Descenso al caos: EEUU y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central y de Los talibán, cuya edición conmemorativa del décimo aniversario se publicó en 2010. Vive en Lahore, Pakistán, donde se encontraba el 11-S; inmediatamente sospechó que el cerebro de los ataques era Osama bin Laden (EL PAÍS, 12/09/11):

En Afganistán, 10 años después del 11-S, la guerra más larga que recuerda Estados Unidos está llegando a su fin.

Pero para muchos afganos, este es el décimo año de la ocupación estadounidense y la última fase de una batalla contra los extranjeros que se ha estado librando desde 1979.

Durante la última década, Afganistán y la región han sufrido las terribles consecuencias de la constante guerra; solo en Afganistán, ha habido decenas de miles de víctimas y cinco millones de refugiados.

De hecho, la década del 11-S tuvo su origen en Afganistán, en los reductos de las montañas donde Osama bin Laden, acogido por los talibanes, planeó los ataques contra Estados Unidos. Afganistán fue el primer frente de batalla de EE UU en la “guerra contra el terrorismo” posterior al 11-S.

El presidente Barack Obama ha dicho que 10.000 de los 100.000 soldados estadounidenses que hay en Afganistán se retirarán este año, seguidos de quizás otros 20.000 el año que viene. En 2014, la mayor parte de la coalición dirigida por EE UU y la OTAN, formada por 140.000 soldados de 48 países, se habrá marchado.

Por lo que he presenciado durante mis últimas visitas a Afganistán, la perspectiva de un repliegue deja a muchos afganos preocupados por una posible toma del poder por parte de los talibanes, aun cuando las fuerzas de seguridad afganas contarán con unos 305.000 miembros en 2014.

A los habitantes del inestable Pakistán y de las repúblicas vecinas de Asia Central más vulnerables -Tayikistán, Uzbekistán y Kirguizistán- les preocupa el aumento del extremismo islamista, la penetración en sus fuerzas de seguridad de grupos militantes afiliados a Al Qaeda y la ruina económica.

Pakistán, con más de cien armas nucleares en su arsenal, se encuentra en una peligrosa situación de declive, enfrentado con EE UU y sin el liderazgo que tan desesperadamente necesita.

Un leve indicio de esperanza para Afganistán lo constituye el continuo diálogo entre EE UU y los talibanes. Lo que se debate es nada menos que el final de la guerra.

He seguido cada giro que ha dado este proceso, como lo hice hace dos décadas cuando la ONU, Rusia, Pakistán y EE UU negociaban la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán.

El presidente afgano, Hamid Karzai, ha estado hablando con los talibanes desde 2007. Su embajador era su hermanastro Ahmed Wali Karzai, que fue asesinado el 12 de julio (una muerte que no ha hecho más que intensificar la desconfianza entre los talibanes y el Gobierno afgano).

Los talibanes siempre han dicho que querían unas conversaciones cara a cara con los estadounidenses. Alemania se convirtió en el mediador. En 2001, los alemanes acogieron una reunión en Bonn que estableció el Gobierno afgano provisional y nombró a Hamid Karzai presidente.

El 28 de noviembre de 2010, en un pueblo a las afueras de Múnich, los talibanes vieron cumplido finalmente su deseo. Dos diplomáticos estadounidenses celebraron una sesión de 11 horas con representantes vinculados al líder talibán, el mulá Mohamed Omar. A petición de los talibanes, también estaban presentes representantes de Catar.

Entonces y ahora, la premisa de las conversaciones es que ninguna retirada occidental de Afganistán ni transición a las fuerzas de seguridad afganas puede llegar a buen puerto sin una reducción de la violencia, el fin de la guerra civil entre el Gobierno afgano y los talibanes y un pacto político garantizado por Pakistán y otros Estados vecinos.

Hace poco estuve hablando con un antiguo dirigente talibán en Kabul que sigue en contacto con los líderes talibanes, pero no está autorizado para hablar ante los medios de comunicación. Me dijo: “El problema fundamental es el que hay entre EE UU y los talibanes, y consideramos que el Gobierno afgano es un problema secundario”.

Hay mucho en juego. Todas las partes temen que la marcha de EE UU permita que Al Qaeda y sus aliados extremistas se recuperen en Afganistán, lo que amenazaría aún más la seguridad del centro y el sur de Asia, que ya es la región más peligrosa del mundo, con su explosiva mezcla de terrorismo, armas nucleares y Estados fracasados.

Por tanto, la responsabilidad de los aspirantes a pacificadores es todavía mayor. Desde entonces, se han celebrado dos rondas más de conversaciones: en Doha, Catar, el pasado febrero y de nuevo en Múnich, en mayo.

Inicialmente, las conversaciones giraron en torno a las medidas para fomentar la confianza. Primero, los estadounidenses tenían que comprobar que los representantes talibanes tenían autoridad para negociar. Las conversaciones abarcaron la posibilidad de suavizar las sanciones de la ONU contra los talibanes, liberar prisioneros talibanes en Afganistán y abrir una oficina de representación de los talibanes, posiblemente en Doha.

El 17 de junio, en lo que constituyó un importante impulso para el proceso, el Consejo de Seguridad de la ONU aceptó una propuesta de EE UU para separar a los talibanes de los seguidores de Al Qaeda en la lista de terroristas mundiales que Naciones Unidas mantiene desde 1998.

Tres días después de la reunión de Doha, la secretaria de Estado Hillary Clinton anunciaba que EE UU iba a lanzar “una ofensiva diplomática para que este conflicto avance hacia un resultado político que destruya la alianza entre los talibanes y Al Qaeda, termine con la insurrección y contribuya a crear no solo un Afganistán más estable sino una región más estable”.

Hay muchos aguafiestas en el juego, entre ellos Al Qaeda y sus aliados en Pakistán y Asia Central, que se sentirían traicionados por la paz en Afganistán y tratarían de sembrar más caos mediante sabotajes y asesinatos.

Por eso es crucial que las conversaciones y la identidad de los representantes sigan siendo secretas, para impedir que el proceso sea saboteado.

Muchos observadores se muestran escépticos, y con razón. El general David H. Petraeus, el jefe militar saliente de EE UU en Afganistán, calificaba las conversaciones de “preliminares” y añadía que “desde luego, no alcanzarían la categoría suficiente para ser denominadas negociaciones”.

¿Por qué, entonces, conversan siquiera los talibanes? Dada su fuerza, ¿qué les detiene para esperar la retirada de EE UU y la OTAN y, acto seguido, librarse del corrupto Gobierno de Karzai y simplemente hacerse con el control del país?

Mis conversaciones con los talibanes dejan claras varias cosas. No quieren que la marcha de EE UU deje un vacío que pueda hundir a Afganistán en una nueva guerra civil. Quieren distanciarse de Al Qaeda (llegando incluso al extremo de afirmar que no permitirán que Al Qaeda regrese a suelo afgano). Y están modificando el riguroso código islámico que impusieron en los años noventa. Ya están intentando poner fin a todos los ataques contra las escuelas y permitir que los colegios de niñas y de niños convivan.

Los talibanes también están cansados de ser al mismo tiempo invitados y rehenes de los servicios secretos de Pakistán, que los han apoyado clandestinamente desde que empezó su insurrección en 2003. Ahora estos servicios secretos quieren asegurarse de que cualquier proceso de paz contempla las demandas paquistaníes. “Queremos negociar la paz como afganos, no como títeres de Pakistán”, afirmaba el exdirigente talibán en Kabul.

Por encima de todo, los talibanes son muy conscientes de que si intentan hacerse de nuevo con el poder, se verán rápidamente aislados y se les negará toda asistencia internacional para ayudar al pueblo afgano. Y en seguida volverían a ser tan impopulares como lo eran durante los meses finales de su régimen en 2001.

Finalmente, como afganos, los guerreros talibanes simplemente quieren irse a casa. Muchos de ellos viven en campos de refugiados infestados de malaria en Pakistán. Están agotados por el alto número de víctimas causadas por los ataques con aviones no tripulados y los bombardeos de las fuerzas especiales de EE UU.

El poder de Karzai se está erosionando deprisa dado que se enfrenta a múltiples crisis políticas y económicas. Pero es esencial que cree un consenso dentro del país entre los grupos étnicos de Afganistán para que apoyen las conversaciones de paz (y que Occidente contribuya a crear un consenso similar en la región).

Existe un posible calendario. En diciembre, los alemanes van a conmemorar el 10º aniversario de la reunión inicial en Bonn y la esperanza es que los talibanes participen de algún modo. ¿Podría esa sesión, en contra de todas las probabilidades, señalar el comienzo de la década posterior al 11-S?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El 11-S, diez años después

Por Bernard-Henry Levy. Traducción: José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 12/09/11):

Diez años después, ¿en qué punto nos encontramos?

Al Qaeda aún no está muerta, por supuesto.

Del Sahel a Yemen, de Nigeria a Uzbekistán, o en el Cáucaso, el cáncer terrorista no deja de metastatizarse.

Desgraciadamente, en Afganistán, los talibanes, que eran su ejército de reserva más numeroso, progresan también aprovechando la retirada anunciada por los occidentales.

Los grupos yihadistas paquistaníes que investigué en 2002 y 2003, Jahis-e-Mohamed, Lashkar-e-Toiba, Lashkar-e-Jhangvi y otros, que entonces se coaligaron en torno a la muerte de Daniel Pearl, siguen prosperando, y no solo en las zonas tribales del país, sino en Karachi e Islamabad.

Y nada nos dice que en este preciso instante, en el momento en que escribo estas líneas, un nuevo Jálid Sheij Mohámed, el arquitecto del ataque de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York, no esté preparando otro golpe de un nuevo estilo, una especie de ataque aniversario, igual de mortífero.

Pero lo cierto es que esa no es la tendencia de fondo, la verdadera, y que, si hacemos un balance honesto de estos 10 años de lucha contra Al Qaeda y sus sucursales, dentro y fuera del mundo arábigo-musulmán, tenemos que reconocer que, si no en desbandada, los asesinos están en serio retroceso.

Está la muerte de Bin Laden, que, digan lo que digan de la estructura descentralizada de la organización, de su red de franquicias, ha sido un golpe muy duro para ella.

Está la cuestión paquistaní, que, lo repito, está lejos de haber sido resuelta, pero, al fin, ha quedado planteada y, en cierto modo, eso era lo esencial: qué diferencia con los años de Bush, en los que había quien se obstinaba en tratar como Estado aliado, o incluso amigo, al más canalla de los Estados canalla, al que daba cobijo a los cerebros de la organización, la base de la Base, su base de retaguardia, su base de masas, su base política, ideológica, económica, financiera.

Está el trabajo de los grandes servicios secretos occidentales y árabes, que, como un día sabremos, a lo largo de toda la década han venido desbaratando codo con codo algunos intentos de reedición de la tragedia que hoy se conmemora en Nueva York y en el resto del mundo, con sus casi tres mil víctimas (incluyendo a los heroicos bomberos de la ciudad).

Está el mundo arábigo-musulmán, cuyos titubeos, por no decir cobardías, ya han sido bastante fustigados como para no saludar ahora la toma de conciencia de la que está siendo escenario. Todo comenzó con los facebookers de Túnez y El Cairo, que descubrieron que había otra solución para la juventud del país, que no la confrontación aterradora y, en el fondo, cómplice, de la dictadura y la yihad: ¿qué es eso que ha dado en llamarse “primavera árabe”, sino -según la hipótesis más pesimista- la reducción del yihadismo al rango de una ideología entre muchas, de una ideología perdida entre las demás, marginada y, lo que es más importante, privada del aura de la que disfrutaba cuando pretendía valerse de todo el prestigio que traen de la mano la radicalidad, la audacia y el monopolio de la oposición a las dictaduras de turno? Y continuó con los rebeldes de Bengasi, que descubrieron con estupor el rostro de un Occidente del que, según habían oído desde pequeños, solo podían esperar que les chupase la sangre y, de pronto, les tendía la mano, los salvaba de una masacre anunciada y los ayudaba a liberarse de un yugo que ellos asumían como invencible: creo que la guerra de Libia es el primer golpe -y un golpe probablemente fatal- contra esa idea del “choque de civilizaciones” que, antes de ser norteamericana, fue una idea de los Locos de Dios y, a partir de ahí, el terreno, el caldo de cultivo, la argamasa de sus organizaciones terroristas. Por esta razón la considero como una antiguerra de Irak, lo contrario de esa especie de castigo colectivo, de réplica, que quería ser también la guerra estadounidense en Bagdad, así como un acontecimiento decisivo en términos históricos.

Finalmente, y por consiguiente, está el hecho de que la parte que aún sobrevive de esa internacional del terror aparece cada vez más, incluso a ojos de aquellos a quienes debería seducir y enrolar, como lo que siempre ha sido -aunque lo fuese en secreto-: una organización criminal, un gang, la mayoría de cuyas víctimas se cuenta, hasta nueva orden, entre los mismos musulmanes, y cuyos padrinos nunca vieron el islam de otro modo que como una coartada, un instrumento de reclutamiento y de poder, una tapadera… ¡Que la vergüenza caiga sobre ellos! Esta nueva lucidez representa un progreso decisivo, pues un gang, por poderoso que sea, ya no puede aspirar a ese estatus mágico de Gran Organización que ofrece un proyecto de civilización alternativo a unos pueblos crédulos, drogados por la sumisión…

No digo que la partida haya terminado, sino que ha cambiado de naturaleza. Y que ahora tenemos los medios y el valor necesario para librar esta batalla, esta operación policial planetaria que va a consistir en aislar cada vez más los últimos focos del terror; y lo haremos juntos: los moderados del mundo arábigo-musulmán aliados con los occidentales. Al Qaeda ha perdido.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El precio del 11 de septiembre

Por Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia. (c) Project Syndicate, 2011. Traducción de Rocío L. Barrientos (EL PAÍS, 12/09/11):

Los ataques terroristas perpetrados por Al Qaeda el 11 de septiembre de 2001 tenían la intención de hacer daño a Estados Unidos, y lo consiguieron, pero en formas que Osama bin Laden probablemente nunca imaginó. La respuesta del presidente George W. Bush a los atentados puso en riesgo los principios básicos de Estados Unidos, socavando su economía y debilitando su seguridad.

El ataque a Afganistán posterior a los ataques del 11 de septiembre fue comprensible, pero la posterior invasión de Irak fue totalmente ajena a Al Qaeda, a pesar de que Bush trató de establecer un vínculo. Aquella guerra que se eligió librar se convirtió rápidamente en una guerra muy costosa, y alcanzó magnitudes que fueron más allá de los 60.000 millones de dólares que se dijeron al principio, ya que a una colosal incompetencia se sumaron tergiversaciones deshonestas.

De hecho, cuando Linda Bilmes y yo calculamos los costes de la guerra para Estados Unidos hace tres años, la cifra conservadora osciló entre 3 y 5 billones de dólares. Desde aquel entonces, los costes han aumentado todavía más. Debido a que casi el 50% de las tropas que regresan cumplen los requisitos para recibir algún tipo de paga por incapacidad, y hasta el momento más de 600.000 de ellos han sido atendidos en instalaciones médicas para veteranos, ahora calculamos que los pagos por incapacidad y asistencia médica en el futuro alcanzarán en total una cifra que va de 600.000 a 900.000 millones. Sin embargo, los costes sociales, reflejados en los suicidios de veteranos (hasta 18 por día en los últimos años) y las desintegraciones familiares, son incalculables.

Aun en el caso de que Bush fuese perdonado por llevar a Estados Unidos y a gran parte del resto del mundo a la guerra con pretextos falsos y se le perdonara por tergiversar el costo de dicha decisión, no hay excusa para la forma en que eligió financiarla. La suya fue la primera guerra en la historia pagada enteramente a crédito. Mientras que Estados Unidos entraba en batalla, teniendo déficits ya muy elevados por su recorte de impuestos del año 2001, Bush decidió lanzar una nueva ronda de alivio tributario para los ricos.

Hoy en día, Estados Unidos centra su atención en el desempleo y el déficit. El origen de estas dos amenazas al futuro del país se puede remontar, y no en poca medida, a las guerras en Afganistán e Irak. El aumento en los gastos de defensa, junto con los recortes tributarios de Bush, conforman la razón clave por la que Estados Unidos pasó de un superávit fiscal del 2% del PIB cuando Bush fue elegido a su lamentable déficit y situación de deuda de hoy en día. El gasto público directo en dichas guerras, hasta el momento, asciende a aproximadamente dos billones de dólares, lo que significa 17.000 por cada hogar estadounidense, y aún hay facturas pendientes que aumentarán dicha cifra en más del 50%.

Es más, como Bilmes y yo mismo argumentamos en nuestro libro The Three Trillion Dollar War (la guerra de los tres billones de dólares), las guerras han contribuido a la debilidad macroeconómica de Estados Unidos, lo que ha exacerbado su déficit y deuda. Entonces, como ahora, la agitación en Oriente Próximo condujo a precios del petróleo más elevados, lo que obligó a los estadounidenses a gastar en importaciones de petróleo un dinero que de otra manera podría haberse gastado en la compra de bienes producidos en Estados Unidos.

Pero en aquel entonces la Reserva Federal escondió estas debilidades creando una burbuja inmobiliaria que condujo a un boom de consumo. Se necesitarán años para superar el excesivo endeudamiento y la crisis inmobiliaria resultantes.

Irónicamente, las guerras han debilitado la seguridad de Estados Unidos (y del mundo), una vez más en formas que Bin Laden no hubiera podido imaginar. Una guerra impopular hubiera dificultado el reclutamiento militar, pero como Bush trató de engañar a Estados Unidos sobre los costos de la guerra, financió insuficientemente a las tropas, incluso negándose a hacer gastos básicos; por ejemplo, fondos para vehículos blindados y resistentes a las minas que son necesarios para proteger vidas estadounidenses o fondos para la adecuada asistencia médica de los veteranos que regresan. Un tribunal de Estados Unidos dictaminó recientemente que los derechos de los veteranos habían sido violados. (¡Sorprendentemente, el Gobierno de Obama afirma que se debe restringir el derecho de los veteranos a apelar ante los tribunales!).

La extralimitación militar ha provocado el predecible nerviosismo sobre el uso de la fuerza. Otros se han dado cuenta de ello, y eso también ha debilitado la seguridad de Estados Unidos. Pero la verdadera fuerza de Estados Unidos, en vez de encontrarse en su poder militar y económico, se encuentra en su poder blando, en su autoridad moral. Y dicho poder también se debilitó, ya que Estados Unidos violó derechos humanos básicos como el hábeas corpus y el derecho a no ser torturado, lo que puso en duda su compromiso histórico con el respeto al derecho internacional.

En Afganistán e Irak, Estados Unidos y sus aliados sabían que para alcanzar la victoria a largo plazo se necesita ganar corazones y opiniones. Pero los errores cometidos en los primeros años de dichas guerras complicaron la ya difícil batalla. El daño colateral de la guerra ha sido enorme: según algunas versiones, más de un millón de iraquíes han muerto, ya sea de manera directa o indirecta, a causa de la guerra. Según algunos estudios, al menos 137.000 civiles han muerto violentamente en Afganistán e Irak en los últimos diez años; solo entre los iraquíes hay 1,8 millones de refugiados y 1,7 millones de personas desplazadas dentro del mismo país.

No todas las consecuencias fueron desastrosas. Los déficits -a los que las guerras financiadas con deuda han contribuido tan poderosamente- han forzado ahora a Estados Unidos a afrontar la realidad de sus restricciones presupuestarias. El gasto militar de Estados Unidos sigue siendo casi igual al gasto que hace el resto del mundo en su conjunto, dos décadas después del fin de la guerra fría. Algunos de los gastos que se aumentaron fueron destinados a las costosas guerras en Irak y Afganistán y a la más amplia guerra global contra el terrorismo, pero la mayor parte se desperdició en armas que no funcionan contra enemigos que no existen. Ahora, por fin, esos recursos serán reasignados, y Estados Unidos probablemente obtenga mayor seguridad pagando menos.

Al Qaeda, a pesar de no haber sido derrotada, ya no parece ser la amenaza tan importante que surgió con los ataques del 11 de septiembre. Pero el precio pagado para llegar a este punto, en Estados Unidos y en los demás países, ha sido enorme, y en su mayoría evitable. El legado estará con nosotros durante mucho tiempo. Vale la pena pensar antes de actuar.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Nada ha terminado

Por André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 12/09/11):

El 11 de septiembre se vivió, de entrada, como imposible. Los testigos no creen lo que están viendo, las desvalidas autoridades se creen en plena ciencia-ficción, los prudentes que quieren mantener el sentido común lo pierden al fabular delirantes conspiraciones (la CIA, los judíos, misteriosos especuladores inmobiliarios). Aun así, lo imposible tuvo lugar y a ese lugar no por casualidad se le nombró Zona Cero, o sea, el espacio devastado de las primeras experiencias atómicas. Tampoco hay casualidad alguna en que las autoridades supremas sean introducidas manu militari en los refugios antinucleares: se ajusta el imposible nuevo al imposible antiguo. El apocalipsis hace acto de presencia, pero no del modo en que estaba previsto a lo largo de la guerra fría. Hay que reaprender a “pensar lo impensable”, como lo prescribía un célebre libro de estrategia nuclear de los años cincuenta.

Por fulgurante que parezca, un acontecimiento no es nunca un comienzo absoluto. Una vez disipado el espanto general, es obligado hacer constar que el ataque de Nueva York no es radicalmente inaudito ni en su inspiración, ni por sus actores, ni incluso en su modo operativo. La estrategia del pánico mediante el incendio de las ciudades y el enloquecimiento deliberado de la población fue teorizado hace siglo y medio por el nihilismo ruso, por Bakunin, Netchaiev, o por el mismo Dostoievski. El proyecto de tener como objetivo indiscriminado a los civiles no data de septiembre de 2011, desde Guernica, los fanatismos profanos o celestes han despoblado sin remordimientos al siglo XX. El modo operativo tampoco carece de antecedentes: el objetivo fue atacado en 1993 (en el subsuelo, con un vehículo cargado de explosivos); el medio, un avión desviado, se ensayó en Navidad de 1994 (el Airbus de Argel debía abatirse sobre París). En cuanto al carácter suicida de los asesinos erigiéndose en misiles humanos -”¡viva la muerte!”- solo puede parecerle inverosímil a los ingenuos: bolcheviques, nazis e integristas de toda calaña abundan en sacrificadores profesionales resueltos a sacrificarse ellos mismos por “el bien de la causa”. Las piezas del rompecabezas se desplegaban así en el desorden, faltaba el concepto que permitiera imaginar lo inimaginable.

Incluso si algunos responsables norteamericanos o europeos presentían la existencia de un riesgo mayor, la ventaja seguía perteneciendo a Bin Laden, que calculaba con antelación sus jugadas. Cuando unos meses antes el comandante Masud intentó que París se movilizase, solo le acogió un puñado de “intelectualoides”, también dos o tres diputados. Puertas cerradas tanto en El Elíseo (Chirac) como en Matignon (Jospin), recepcióncalamitosa en un pasillo del Quai d’Orsay. Masud proponía una alianza contra los talibán y estos le asesinaron dos días antes de atacar Nueva York; más tarde, demasiado tarde, sus tropas liberaron Kabul. El 11-S no era fatal, a condición de prevenir su posibilidad. Se ha explicado la ceguera general por la parálisis burocrática (CIA contra FBI) y las rivalidades en el vértice. Explicaciones demasiado cortas: una visión incisiva y consensuada de los riesgos que se corrían en común hubiera barrido esos conflictos rituales y fatigosos. Por el contrario, el prejuicio de vivir “el final de la historia” embriagaba a nuestros buenos apóstoles: ¡la guerra fría ha terminado, las amenazas mayores se han abolido!

El optimismo estratégico celebraba la desaparición del Gran Enemigo Único: ya no hay adversario omnipresente, por tanto, ya no hay adversidad. Este razonamiento falaz servía de pasaporte para el mejor de los mundos: los presupuestos militares se disolvían, la paz universal estaba al alcance de la mano, tan solo subsistían los “conflictos de baja intensidad” que devastaban los suburbios del mundo sin inquietar a las metrópolis repantingadas en su seguridad. El 11-S hace pedazos ese quietismo compartido: de Kabul en llamas al derrumbe de Manhattan la consecuencia es directa. En política como en economía, basta con pretender que una crisis general está definitivamente excluida para bajar la guardia y abrir las puertas al desastre: el Cándido de Voltaire y su crítica del optimismo leibniz-panglossiano debe convertirse en introducción obligada a toda geopolítica del siglo XXI.

Diez años más tarde, ¿hemos franqueado el círculo encantado de nuestros sueños eufóricos que tan caro pagamos? Sí y no.

Sí: Estados Unidos revaluó sus alianzas incondicionales. ¿Acaso no había suministrado Arabia Saudí su ideología (el salafismo) a Al Qaeda, su financiación y una base de reclutamiento (14 de los 19 piratas aéreos eran hijos de la buena sociedad saudí)?

Consecuencia teórica: “El hecho de que durante 60 años las naciones occidentales hayan excusado y se hayan acomodado a la falta de libertad en Oriente Próximo en nada ayudó a nuestra seguridad, porque a largo plazo la estabilidad no puede ser comprada al precio de la libertad” (G. W. Bush, 7/11/2003).

Consecuencia práctica: Sadam Husein, perdonado en 1991 como efecto de la presión saudí al precio de la doble masacre de kurdos y chiíes, es ahorcado. Más tarde, a los déspotas presa de los levantamientos populares “se les deja plantados” (Túnez, Egipto, Libia). Mediterráneo, Oriente Próximo salen de una historia fría y de sociedades heladas. La losa de plomo salta para bien, ya que en todas partes las reivindicaciones democráticas dan cuerpo a sueños de libertad. O para mal, ya que hay que contar hasta tres: 1. Una juventud inquieta parcialmente afín a la Ilustración; 2. Unos partidos religiosos que sueñan con el califato; 3. Unos aparatos militares que nadan en la corrupción, propensos a reprimir. Con, en la trastienda, unos Padrinos (Rusia y China) que apoyan en Irán y en Siria la podredumbre de los poderes torturadores.

No: las ilusiones de un optimismo engañoso oscurecen otra vez los cerebros dirigentes. Una vez eliminado Sadam, Washington estimó resuelto el problema. En mala hora. El asesinato de iraquíes por otros iraquíes, gran deporte del difunto régimen, continuó con otras etiquetas. Todavía hoy -con la excepción quizá de Túnez-, los países que celebran su primavera no parecen muy inmunizados contra la peste del terrorismo, de la intolerancia, de la xenofobia y de las guerras tribales.

La Unión Europea tiende al dejar hacer de las no intervenciones, mariposea y se divide. Cuando, con británicos y franceses a la cabeza, los europeos osan emprender una intervención humanitaria armada (¡bravo!), corren el riesgo de cantar victoria demasiado deprisa: lo siguiente a Gadafi promete ser tan tenso como lo siguiente a Sadam si los que condenaron a muerte a las enfermeras búlgaras pasan, una vez hechos al cambio, por demócratas de pura cepa. Y si a las redes de Al Qaeda, que han saqueado los arsenales del antiguo régimen, se les toma por monaguillos. El viejo continente navega a ciegas. Sus complacencias respecto a la Rusia putiniana, corrompida hasta los huesos, violenta y nihilista, protectora de los Asad, dan prueba de hasta qué punto se olvida la lección disuasiva del 11-S.

Bin Laden ha muerto, su red sobrevive dispersa. Pero la capacidad de daño que golpeó a Manhattan persiste. Fueron suficientes unas regiones fuera de la ley (eso nunca falta), unos padrinos sin escrúpulos (que tampoco faltan), para que un pequeño grupo armado con cúteres golpeara en el corazón de la potencia mundial número 1. ¡Imaginemos los estragos si lo hubiera hecho en una central nuclear! El paradigma de Hiroshima ha prescrito, en adelante, la capacidad de asolar la historia y de poner fin a la aventura humana escapa al monopolio de los grandes estados. ¿En provecho de quién? En provecho de no importa quién. “Una vez derribados los límites de lo posible, es difícil volverlos a levantar”, dejó dicho Clausewitz, anunciando que la era de las batallas con megamasacres no se acabó con Napoleón. La Belle époque se burló de ello, pero el siglo siguiente lo confirmó. Bin Laden ha desaparecido, pero no la estrategia de los odios radicales y sin piedad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Pakistán después del 11-S

Por Shahid Javed Burki, ex ministro de Economía de Pakistán, presidente del Instituto de Política Pública de Lahore (LA VANGUARDIA, 12/08/11):

Los atentados terroristas del 11-S en EE.UU. provocaron en todo el mundo unas ondas de choque de las que Pakistán todavía no se ha recuperado. En realidad, la participación pakistaní en lo que el ex presidente Bush llamó la “guerra global contra el terror” produjo consecuencias abrumadoramente negativas al lanzar el país al primer plano de la atención internacional en un momento en que no estaba en absoluto preparado para conciliar los intereses del mundo con los propios.

La implicación de Pakistán en la guerra contra el terror resultó ser mucho más costosa de lo esperado en términos económicos. Además, acentuó las tensiones dentro de la sociedad pakistaní y desestabilizó la capital comercial del país, Karachi, debido a la entrada de un gran número de refugiados pastunes que trastocaron el delicado equilibrio étnico de la ciudad.

Como dijo el entonces presidente Pervez Musharraf en sus memorias publicadas en el 2006 y en muchos discursos pronunciados después de abandonar el cargo, le resultó imposible desoír la petición de EE.UU. de convertir a Pakistán en aliado en la lucha contra la amenaza terrorista procedente de Afganistán. Musharraf permitió que el espacio aéreo nacional se utilizara para lanzar ataques contra Afganistán. Puso a disposición de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN la red de carreteras para transportar suministros hasta el país vecino, carente de salida al mar. Musharraf y sus socios no previeron que, tras su derrota, un gran número de talibanes y sus partidarios de Al Qaeda se introducirían en Pakistán. Y, entre ellos, Osama bin Laden.

A medida que los huidos establecían refugios en el cinturón tribal del país, desde donde no tardaron en lanzar ataques contra las fuerzas estadounidenses y de la OTAN en Afganistán, creció la presión sobre Pakistán para que utilizara la fuerza para acabar con esos residuos de los combates. Pakistán aseguró que no tenía la capacidad para hacerlo y también dio a entender que no formaba parte de sus intereses estratégicos convertir en enemigos a esos grupos; necesitaría a algunos de ellos para proteger (y proyectar) sus intereses en Afganistán una vez que las fuerzas extranjeras abandonaran el país.

Esas exigencias y posturas opuestas originaron muchas disputas entre Pakistán y Occidente. EE.UU., en particular, deseaba una respuesta mucho más enérgica por parte pakistaní. El deterioro de la relaciones con EE.UU. cuando los comandos de ese país se infiltraron en Pakistán para matar a Bin Laden fue la culminación del desengaño mutuo.

Es cierto que Washington ha enviado ayuda: unos 15.000 millones de dólares a lo largo de la última década. Sin embargo, el grueso de esos recursos ha ido a parar a los militares pakistaníes. Y, aunque los encargados estadounidenses de formular políticas creen que esa cantidad supone una generosa compensación por la ayuda recibida, los funcionarios pakistaníes sostienen que las pérdidas económicas de la extensión del terrorismo por todo el país son mucho mayores. El Gobierno ha calculado que esas pérdidas ascienden al 5% del PIB, o 9.000 millones de dólares al año: seis veces el importe anual de la ayuda. Peor aún ha sido la repercusión sobre la composición étnica del país. Algunos sectores de la población pastún se organizaron para llevar a cabo operaciones contra el ejército y objetivos civiles fáciles. Un grupo, Tehrik e Taliban Pakistan (TTP), logró atacar diversas instalaciones militares, incluido un cuartel del ejército en Rawalpindi, y ocupar brevemente el valle de Swat, a sólo cien kilómetros de Islamabad, la capital. El TTP también estableció un gobierno islámico en Waziristán del Sur, uno de los dos distritos de la frontera con Afganistán. El ejército consiguió expulsarlo de ambas zonas, pero no sin sufrir un elevado número de bajas. Los talibanes reaccionaron a esas derrotas lanzando ataques terroristas en muchos centros urbanos, sobre todo en el Punyab; y han matado a más de 15.000 en los últimos seis años. Los habitantes del Punyab, la provincia más grande del país (con el 56% de la población y el 60% del PIB), consideran los ataques pastunes como una forma de violencia interétnica.

Semejante violencia es más que evidente en Karachi, hasta donde han huido decenas de miles de personas desplazadas por la guerra que se vive en las zonas tribales de Pakistán. Durante la mayor parte del verano, bandas bien armadas que representan a la comunidad mohajir (descendientes de refugiados procedentes de India llegados a partir de 1947, año de la creación de Pakistán) y a los pastunes han librado batallas por toda la ciudad. Se calcula que 400 personas han muerto en esos combates.

¿Debería haberse negado, pues, Pakistán, a participar en la guerra contra el terror? Al margen de su respuesta a la petición estadounidense de ayuda para erradicar la amenaza de Al Qaeda y los talibanes, la lucha habría acabado llegando al país. Con todo, la guerra podría haberse dirigido de manera que minimizara el coste para Pakistán. Podría haberse puesto un mayor énfasis en conseguir un acuerdo con quienes entre los talibanes estaban dispuestos a trabajar con los gobiernos de Afganistán y Pakistán. La medida del fracaso de la estrategia elegida la da el hecho de que conseguir semejante acuerdo negociado sigue siendo aún hoy una cuestión relevante.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, septiembre 11, 2011

The Uncontrollable Momentum of War

By Rory Stewart, a member of the British Parliament, and the author of The Places In Between, about his solo walk across north-central Afghanistan in 2002 (THE NEW YORK TIMES, 10/09/11):

The initial decision to strike back after the 9/11 attacks is easy to understand. History, however, will ask not why the West invaded Afghanistan, but why did it stay so long?

Why, a decade after 9/11, were there still 140,000 coalition troops on the ground? Why were there so many civilian casualties in May and June 2011 — more than in any preceding recorded month? Why had the United States been in Afghanistan for twice the length of World War II?

The conventional answer to all these questions is that Afghanistan still poses an existential threat to global security. In March 2009, presenting his strategy for a surge in troop numbers, President Obama said, “If the Afghan government falls to the Taliban … that country will again be a base for terrorists who want to kill as many of our people as they possibly can.”

These fears are reinforced by a domino theory that if Afghanistan falls, Pakistan will follow, and the Taliban will get their hands on nuclear weapons.

Every one of these claims is wrong.

First, Afghanistan poses less of a threat to global security than has been imagined. The Taliban are extremely unlikely to be able to seize Kabul, even if there was a very significant reduction in foreign troops. In the unlikely event they succeeded, they are even more unlikely to invite Al Qaeda back: Many Taliban leaders see that connection as their fundamental mistake before 9/11 and believe that if they had not supported Al Qaeda, they would still be in power.

And even with a foothold in Afghanistan, Al Qaeda wouldn’t significantly strengthen its ability to harm the West. The U.S. would respond much more vigorously than it did before 9/11 if Al Qaeda bases were detected in Afghanistan, and the Taliban could offer little protection.

If the question is about regional stability, Egypt is more important than Afghanistan. If the concern is terrorism, Pakistan is more important. And Pakistan’s security won’t be determined by events across the border but by its own internal politics, economic decline and toxic relationship with India. Afghanistan isn’t strategically important enough to justify the West’s current level of military and humanitarian investment — and failure there is inevitable unless we reverse course.

Consider the conventional wisdom that following the fall of Kabul, the West was distracted by Iraq and maintained too light a footprint in Afghanistan, failing to provide sufficient money or troops for the mission. Afghans who initially welcomed a foreign military intervention were alienated by the slow pace of development and the poor governance. This lack of progress created the opening for the Taliban to return. According to this narrative, it was only Obama’s surge of 2009 that, in his words, “for the first time in years … put in place the strategy and resources” so that by December 2010, the U.S. was “on track to achieve (its) goals.”

An irony is that the “light footprint” of the early years was relatively successful — Al Qaeda members were driven out of the country almost immediately, and very quickly, school attendance improved dramatically, health clinics were rolled out, and mobile telephone usage exploded. Non-state-controlled media outlets were established and elections were held for the first time in decades. These are accomplishments worthy of pride, but sadly, the addition of more troops and resources to the NATO-led mission since 2006 has made the situation worse.

The tens of billions of dollars donated to the government of Afghanistan have undermined its leadership. The fashionable agendas of foreigners on short-term tours and their micromanagement have pushed aside the priorities of Afghan ministers. Many of the reconstruction projects have fueled waste and corruption. What’s more, the increases in foreign troops didn’t improve security: rather the reverse. Helmand is less safe in 2011 with 32,000 foreign troops in the province than it was in 2005, when there were only 300.

When I walked alone across central Afghanistan in the winter of 2001 and 2002, I found Afghan villagers to be hospitable and generous, but also far more conservative, insular and Islamist than foreigners acknowledged. When I returned to the country in 2006, to establish a nonprofit organization, it was clear that their resistance was inflamed by the increasingly heavy presence of Western troops, which allowed the Taliban to gain support by presenting themselves as fighters for Islam and Afghanistan against a foreign occupation.

In June, Obama announced a drawdown of U.S. forces, to be completed in 2014 with the handover of responsibility to Afghan forces. But a political settlement in the next three years is highly improbable because neither the Taliban, nor the Afghan government, nor Afghanistan’s neighbors are showing much commitment to compromise, in part because they still believe they can win.

Many people have pointed out the absurdity of the West’s approach. From 2008 to 2010, I ran the Carr Center for Human Rights Policy at Harvard’s Kennedy School. The center’s research fellows collectively had more than a century of experience on the ground in Afghanistan. Research by fellows such as Andrew Wilder, David Mansfield and Michael Semple proved that our aid projects were increasing instability; that we were undermining any chance of political settlement with the Taliban; and that the Taliban-controlled areas were often more secure than the government areas. Their findings explained why our counterinsurgency strategy was empty and the “surge” was counterproductive, but they were often ignored by the military and political establishment, which has remained defiantly optimistic.

Over the last decade of war, many politicians have trusted charismatic, optimistic generals rather than their own instincts and reason. Concerns about the huge costs of the mission ($120 billion per year for the U.S. alone) and exaggerated fears about what would follow if it failed co-opted almost everyone: Afghan businessmen and foreign contractors, writers and academics. All continued to hope that some magic plan would extract us from humiliation.

At the heart of our irrational persistence are the demons of guilt and fear. Leaders are hypnotized by fears about global security; feel guilty about the loss of lives; ashamed at their inability to honor our promises to Afghans; and terrified of admitting defeat.

Failure in Afghanistan has become “not an option.” This is the fatal legacy of 9/11, because with that slogan, failure has become invisible, inconceivable and inevitable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, septiembre 08, 2011

Al Qaeda is down, not out

By Amy Zegart, a senior fellow at Stanford’s Hoover Institution and the author of Eyes on Spies: Congress and the United States Intelligence Community (LOS ANGELES TIMES, 07/09/11):

Talk of strategically defeating Al Qaeda is all the rage in the White House these days. Defense Secretary Leon Panetta used the “D-word” in July. President Obama declared in his new counter-terrorism strategy, “We can say with growing confidence… that we have put Al Qaeda on the path to defeat.” Compared to the woeful state of the economy, terrorism has become the administration’s feel-good story of the year.

“Defeat” is a big word. It is also dangerously misleading. Yes, the United States has made great strides in the last decade to harden targets, improve intelligence and degrade the capabilities of violent Islamist extremists. Osama bin Laden’s death was a major accomplishment. But the fight is nowhere close to being won, and America’s most perilous times may lie ahead. Three reasons explain why.

The first is that strategically defeating Al Qaeda is not nearly as important as it sounds. After 9/11, Al Qaeda morphed into a more complicated, decentralized and elusive threat consisting of three elements: core Al Qaeda; affiliates or franchise groups operating in places like Yemen and Somalia with loose ties to the core group; and homegrown terrorists inspired by violent extremism, often through the Internet in the comfort of their own living rooms.

Core Al Qaeda’s capabilities started degrading in 2001, when the U.S. invaded Afghanistan, dismantled training camps, ousted the Taliban and sent Bin Laden running. The CIA has estimated the core group remaining in the Afghanistan/Pakistan region to number 50 to 100 fighters. The last time Bin Laden oversaw a successful operation was 2005, when Al Qaeda struck the London transit system.

But plots by homegrowns and franchise groups have risen dramatically in recent years. The 2009 Ft. Hood shooting, the worst terrorist attack on U.S. soil since 9/11, was the work of a homegrown terrorist. The “mastermind” of the 2010 Times Square car bomb plot was a naturalized American citizen trained by the Pakistani Taliban, not Al Qaeda. Another franchise group, Al Qaeda in the Arabian Peninsula, was behind the foiled 2009 Christmas Day “underwear bomber” aviation plot and the 2010 plot to explode tampered printer cartridges aboard cargo planes. The Bipartisan Policy Center reported 11 violent Islamist extremist terrorist incidents against the U.S. homeland in 2009, the most since 9/11. Nearly all involved what former CIA Director Mike Hayden calls “a witches’ brew” of radicalized Americans and franchise groups.

The second reason why talk of defeat is premature has to do with weapons. Terrorism against Americans is nothing new. The potential for terrorist groups to acquire weapons of mass destruction is. In 1995, a Japanese cult released sarin nerve gas in the Tokyo subway, killing 12 people and injuring thousands. It was the first WMD terrorist attack in modern history, and it sparked a wave of presidential terrorism commissions years before Bin Laden became a household name.

It is this specter of the lone fanatic or small group armed with the world’s most devastating weapons that keeps experts up at night. In 2005, 60 leading nuclear scientists and terrorism experts were asked how many believed the odds of a nuclear attack on the U.S. were negligible. Only three or four hands went up; most were far more pessimistic. Today, there is enough nuclear material to build 120,000 weapons. As long as fissile material is poorly stored and rogue states like Iran and North Korea continue their illicit weapons programs, nuclear terrorism remains a haunting possibility.

The third reason is that the FBI has not yet become a first-rate domestic intelligence agency. Analysts, whose work is vital to success, are still second-class citizens, labeled “support staff” alongside secretaries and janitors, and passed over for key jobs, including running the bureau’s intelligence units. The FBI’s information technology is so antiquated, it belongs in a museum. And the old crime-fighting culture still lives. There is now a move afoot to shrink new classified facilities so that agents don’t have to “waste time” away from their cases to read intelligence documents there.

“Strategically defeating Al Qaeda” sounds too good to be true. Because it is.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Una década de cambios en la seguridad tras el 11-S: de la globalización a la glocalización

Por Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa, Real Instituto Elcano (REAL INSTITUTO ELCANO, 06/09/11):

Tema: Una década después del 11-S persiste la amenaza terrorista y para contrarrestarla, los gobiernos occidentales, en función de sus recursos y experiencia tienen que elegir entre luchar contra las causas últimas que fomentan el terrorismo, la proliferación o los estados fallidos (globalización) o en reducir las consecuencias de esos riesgos globales sobre sus sociedades (glocalización).

Resumen: Los atentados del 11-S generaron respuestas dirigidas inicialmente contra los terroristas, sus santuarios y contra las causas que facilitaron su actuación: dictaduras, mal gobierno, pobreza, marginación, falta de democracia, proliferación o estados frágiles, entre muchos otros. También se pusieron en marcha medidas destinadas a reforzar los servicios de inteligencia, especializar la actuación policial, judicial y fiscal y potenciar las medidas de protección civil. Una década después, y en medio de una crisis financiera sin precedentes, los gobiernos deben sopesar qué instrumentos emplean en su lucha futura contra el terrorismo: los multilaterales de las instituciones globales y regionales, los nacionales dedicados a proteger a sus poblaciones y territorios o la proporción en que combinan ambos instrumentos.

Este ARI describe el dispar resultado de la lucha contra el terrorismo, más negativa en sus aspectos militares y diplomáticos que en los de inteligencia, policiales y protección civil, y cómo la lucha contra el terrorismo se ha ido integrando en estrategias de respuesta más amplias dentro de las nuevas estrategias de seguridad nacional, en lugar de seguir siendo el centro de la seguridad internacional que ha sido durante esta última década.

Análisis: Los atentados del 11-S no descubrieron el fenómeno terrorista pero sirvieron para que las sociedades avanzadas se dieran cuenta de que existían nuevos problemas de seguridad de los que no les podían proteger las fronteras. Sus gobiernos también constataron la descoordinación e incapacidad de sus instrumentos tradicionales para prevenir y responder a estos ataques letales y espectaculares, donde unos actores no estatales con pocos recursos se aprovechaban de la globalización para alterar la vida cotidiana de los ciudadanos.

Obligados a reaccionar cuanto antes, los Gobiernos echaron mano a los instrumentos militares y diplomáticos tradicionales que tenían más a mano aunque no estaban diseñados para hacer frente a los nuevos riesgos. Otros comenzaron a reestructurar sus servicios policiales, de inteligencia y de protección civil y todos, intensificaron la cooperación internacional en todos los ámbitos. El resultado de esas medidas contraterroristas es muy dispar. Las medidas dirigidas a luchar contra las causas profundas del terrorismo internacional: estados frágiles, proliferación, la pobreza, el mal gobierno, la falta de democracia o desarrollo y la radicalización de las ideologías extremistas, entre otras, han dado resultados limitados a pesar de los cuantiosos recursos invertidos en ellas. Son causas de difícil solución y precisan respuestas globales o regionales que tardan en articularse. Por el contrario, se ha progresado bastante en la cooperación internacional en materia policial, judicial, financiera o de inteligencia, así como en la seguridad de los transportes, el control de las fronteras y la protección civil.

A lo largo de esta década, las estrategias específicas de la lucha contra el terrorismo se han ido integrando en las nuevas estrategias de seguridad nacional. En ellas, los gobiernos distribuyen sus prioridades y recursos para atender el terrorismo entre otros riesgos graves que acechan a las sociedades avanzadas acelerados por la globalización. Cada país, en distinta proporción, combina instrumentos multilaterales para hacer frente a riesgos globales colaborando con organizaciones internacionales o regionales y –por si esas medidas fracasan o llegan tarde- refuerzan sus capacidades nacionales para prevenir sus efectos sobre sus poblaciones y territorios.

La guerra (militar) contra el terrorismo

La declaración de guerra al terrorismo fue la respuesta que la administración estadounidense tenía más a mano ante un fenómeno como el terrorista yihadista del que apenas tenía experiencia y conocimiento. La declaración de guerra entraba dentro de la lógica político-militar estadounidense de entonces: arreglar las cuentas pendientes mediante una mezcla de ataques preventivos, cambio de régimen o de líderes e intervencionismo liberal. Una doctrina que contaba con respaldo político y social unánime tanto en Estados Unidos como fuera (recuérdese que la OTAN declaró los atentados dentro del artículo 5 que activaba la defensa colectiva y que el Consejo de Seguridad bendijo la intervención en Afganistán y la estabilización de Irak).

La guerra funcionó mientras los oponentes de Estados Unidos en Irak y Afganistán respondieron de forma convencional, pero dejó de hacerlo cuando, una vez acabado el paseo militar de las fuerzas expedicionarias, los terroristas recurrieron a la guerra irregular. Esta guerra combina todos los tipos de actuación que pueden dañar a los ejércitos regulares y, además, se practica sin sujeción a ningún código moral o legal, lo que coloca a los terroristas en una posición de ventaja. Para hacer frente a la reacción a la guerra irregular, asimétrica o sin restricciones que estaba colocando a las fuerzas armadas estadounidenses contra las cuerdas, el entonces general David H. Petraeus y ahora jefe de la CIA, elaboró la doctrina de contrainsurgencia.

Consistía en proteger a la población y atraerla a la causa de la intervención –ganar sus corazones y mentes- para que se distanciaran de las fuerzas insurgentes. Funcionó en Irak poniendo más tropas y combatiendo más duro, abandonando los campamentos y patrullando junto a las tropas locales en los lugares de mayor riesgo. El Presidente Obama decidió aplicarla en Afganistán pero no estaba dispuesto a pagar el precio de Irak ni a implicarse en una guerra que, desplazada del terrorismo a la insurgencia, iba a precisar más tiempo, recursos y capacidad de adaptación (la “long war” de la contrainsurgencia global que anunció el Secretario de Defensa Robert Gates). Para entonces, el yihadismo internacional contra el que se había iniciado la guerra ya había mutado y había perdido protagonismo a favor de la insurgencia en Irak y en Afganistán –mucho antes de que muriera Osama Bin Laden- su participación se había reducido a unas docenas de militantes. Sea porque no se podía continuar una lucha contra el terrorismo sin terroristas enfrente o porque se había fijado una fecha de salida, las fuerzas internacionales comenzaron a retirarse en el verano de 2011.

Salvo los aliados más fieles que participaron en la Operación Libertad Duradera, la mayor parte de sus coligados en Afganistán e Irak no lucharon una guerra contra el terrorismo, una guerra de necesidad de la que creyeran dependía su futuro, sino una guerra de opción, librada por solidaridad con Estados Unidos y justificada frente a sus opiniones públicas en una tradición de misiones de paz e intervencionismo humanitario. A pesar del esfuerzo realizado (sólo en Afganistán, Estados Unidos y el Reino Unido han gastado 1.283 trillones de dólares y 20 billones de libras, respectivamente) y de los esfuerzos realizados frente a la insurgencia, el desgobierno, la corrupción, el subdesarrollo y la reconstrucción, las fuerzas internacionales se retirarán de Asia Central sin erradicar el terrorismo como se proponían. Además, han perdido buena parte de su crédito moral para liderar al mundo permitiendo detenciones, interrogatorios o extradiciones (Abu-Ghraib, Guantánamo o los vuelos de la CIA) y aprovechando el terrorismo para recortar derechos y libertades individuales más allá de lo justificable. Eso no quiere decir que en el futuro no se vayan a emplear fuerzas militares en la lucha contra el terrorismo, sino que se ha aprendido que en la guerra informal sólo se puede actuar mediante una combinación de inteligencia, fuerzas de operaciones especiales y aviones no tripulados (en 2010, Estados Unidos cuenta con más de 60.000 miembros de operaciones especiales y ha eliminado a 748 terroristas en 118 ataques). Se desplacen donde se desplacen los voluntarios yihadistas, ya no se volverá a ocupar sus santuarios de Pakistán, Yemen o Somalia, sino que se llevarán a cabo acciones encubiertas para eliminar terroristas de forma individual en lugar de desplegar grandes cantidades de soldados sobre el terreno. Recomendar el envío masivo de fuerzas, como se hizo tras el 11-S, merecería ahora una visita al psiquiatra según diagnosticó el Secretario de Defensa Gates en febrero de 2011.

Más positivas han sido las experiencias empleando las fuerzas armadas en misiones no militares o distintas de la guerra. Por ejemplo, las fuerzas navales que la OTAN destino en 2001 a controlar el tráfico marítimo por el Mediterráneo dentro de la operación Active Endeavour, todavía continúan desarrollando esa labor mientras que buques de más de 90 países han participado en la operación la Proliferation Security Initiative para prevenir la proliferación y tráfico de armas de destrucción masiva. La presencia de flotas y medios aéreos de muchos países en tareas de seguridad tiende a perpetuarse en zonas de tránsito críticas como ha ocurrido en el Golfo de Adén y en el Oceáno Índico debido a la piratería. Las lecciones aprendidas se están volcando en el diseño de estrategias de seguridad marítima en las que las fuerzas navales realizarán en el futuro más misiones de vigilancia que de combate, al mismo tiempo que las fuerzas que guardan las costas o vigilan las fronteras se proyectan mar adentro para realizar sus funciones.

La prevención del terrorismo mediante el poder blando

Si la erradicación directa y violenta mediante el poder duro no ha sido posible, tampoco ha dado buenos resultados la actuación con medios blandos sobre las causas profundas, estructurales y remotas que lo generan. Considerando que el terrorismo surge naturalmente en ausencia de democracia, desarrollo y tolerancia, se pusieron en marcha medidas destinadas a restar apoyo social al terrorismo, evitar la radicalización de las comunidades religiosas o étnicas y fomentar el diálogo entre culturas diferenciadas. Dispuestos a reconocer las culpas propias y establecer nuevos patrones de relación con los países musulmanes y con las comunidades musulmanas establecidas en los países occidentales, se prodigaron las aperturas y los puentes al diálogo desde la iniciativa del Greater Middle East del presidente Bush, a la alianza de civilizaciones de los Presidente Zapatero y Erdogan, la Conferencia Islámica-Alemana o el discurso del Presidente Obama en el Cairo, entre tantas otras. A pesar del esfuerzo para buscar un “nuevo comienzo” entre Occidente y los países musulmanes, las encuestas conocidas (Pew Research Centre, Universidad de Maryland/Zogby o Gallup ) muestran que persisten los desencuentros y prejuicios iniciales (también muestran que no han aumentado). En la prevención de la radicalización colaboran autoridades gubernamentales y locales, públicas y privadas, pero sus resultados sólo serán apreciables a largo plazo. Mientras, a corto plazo, proliferan los grupos susceptibles de derivar hacia el extremismo violento de la mano de la frustración, la pobreza, el desempleo, el desarraigo, la marginación, el odio o la ignorancia. Colectivos sobre los que pueden y saben actuar los ideólogos terroristas o la criminalidad organizada para deteriorar la convivencia social mediante actos de terrorismo, bandas, drogas o anarquía. El poder blando, como reconoce Joseph S. Nye, nunca atraerá a Osama Bin Laden ni a sus seguidores. Puede ser crucial para alejar a los musulmanes del reclutamiento pero no se sabe cuándo, dónde y bajo qué circunstancias producirá resultados, lo que dificulta su utilización para luchar contra el terrorismo a plazo fijo.

No han tenido mejor suerte los programas de reconstrucción y gobernanza en Irak y Afganistán. Estados Unidos, sus coligados y las comunidades de donantes han demostrado falta de competencia, recursos y paciencia para obtener resultados sostenibles. Su prisa por emplear el instrumento militar les hizo olvidarse de planificar qué deberían hacer al día siguiente de la caída de los regímenes de los talibanes o de Sadan Hussein, por lo que quienes les recibieron con alivio en las calles vieron pronto que su capacidad real para cambiar las cosas era muy inferior a su capacidad para cambiar tiranos. Los fracasos en la reconstrucción y la gobernanza de Irak y Afganistán, a pesar de las inversiones realizadas, deberían rebajar las expectativas sobre la capacidad de la comunidad internacional para reconstruir naciones. En la misma dirección apuntan las carencias de comprensión cultural de interlocutores de los que conocemos muy poco. Pero la autosuficiencia occidental o su voluntarismo humanitario impide actuar con humildad y prudencia fuera de casa a quienes dentro de ella tienen graves dificultades de gobernanza y bienestar.

La negociación diplomacia ha sido otro de los instrumentos empleados para prevenir la proliferación nuclear y dificultar el acceso de los terroristas a armas de destrucción masiva. Recientemente, la administración estadounidense pudo reunir a los jefes de Estado y de Gobierno en el Consejo de Seguridad en 2009 y en la Cumbre por la Seguridad Nuclear de 2010 para prevenir el terrorismo nuclear, al mismo tiempo que se ha salvado el régimen de no proliferación tras concluir con éxito la Conferencia de Examen del Tratado de No proliferación de 2010. Son avances multilaterales que restringen la facilidad de acceso a las armas de destrucción masiva pero que no pueden impedir que accedan a ella países como Corea del Norte, India, Pakistán, Israel e Irán por motivos estratégico o, con el tiempo, actores no estatales por razones terroristas o criminales.

Finalmente, y a pesar de dominar la sociedad de la información, los países occidentales están perdiendo la batalla de las percepciones, porque el terrorismo yihadista ha sabido adaptarse al uso de Internet y de los nuevos medios de comunicación social. Estos se pueden emplearse positivamente para apoyar el activismo por la libertad que se ha evidenciado a lo largo de la primavera “árabe” o, negativamente, para adoctrinar y exacerbar las bases terroristas y para erosionar la cohesión social como se evidenciado en los disturbios del Reino Unido o en la convocatoria de movilizaciones súbitas (flash-mob) en los Estados Unidos. Las medidas contraterroristas para controlar el ciberespacio tienen un efecto limitado en el tiempo y los terroristas pronto encuentran nuevas formas de llegar a sus distintos tipos de audiencias. También han encontrado el punto débil de las opiniones públicas occidentales, a las que saben distanciar de sus gobiernos atacando a sus contingentes con artefactos explosivos improvisados o amenazando con llevar a cabo acciones de represalia masiva en el interior de sus territorios.

Un nuevo modo de luchar contra el terrorismo es posible

Visto en perspectiva, el terrorismo es ahora uno más entre muchos riesgos graves que aquejan a la seguridad de las sociedades avanzadas. Comparte con ellos la organización en red, la dirección centralizada y la descentralización operativa. Todos se aprovechan de las oportunidades que ofrece la globalización para mover sus miembros, capitales y bienes, su adaptación a las nuevas tecnologías y su capacidad para recuperarse de las medidas contraterroristas. Los terroristas son capaces de coordinar sus actuaciones con otros grupos criminales, organizados o de pequeña delincuencia, contrabandistas, mercado negro, contrabandistas o traficantes ilícitos. La diversificación de perfiles y operaciones dificulta su detección y, además, actúan dentro de la población a la que usan como escudos y compran apoyos sociales con dinero o con miedo y, como resultado, de esta forma híbrida de actuación, desbordan la capacidad de muchos actores estatales para hacerles frente (desde 2006, han muerto en México de forma violenta 3 veces más personas -45.000- que en la guerra de Afganistán durante el mismo período). Por el contrario, las fuerzas que luchan contra ellos están lastradas por culturas y legislaciones compartimentadas, restricciones morales, lagunas jurídicas y limitaciones materiales que hacen difícil combatir el terrorismo con sus propias armas.

La respuesta a problemas de seguridad complejos e interactivos no puede ser simple ni compartimentada. Los gobiernos han ido integrando la lucha contra el terrorismo dentro de estrategias más amplias de seguridad nacional en la que distribuyen los recursos según las prioridades de riesgo. Las estrategias de seguridad nacional continúan incluyendo el terrorismo entre sus inventarios de riesgo pero no reflejan la misma prioridad que en el pasado. Al-Qaeda ha perdido en esta década bastantes dirigentes, muchos miembros y gran parte de su capacidad de atracción por el camino. Muchos de los terroristas de la red tienen una visión más local que internacional y su capacidad de movilizar al islam ha quedado en entredicho como se ha evidenciado durante la primavera árabe. El terrorismo no se percibe ya por las opiniones públicas occidentales de forma unánime como la principal fuente de riesgo (las aproximadamente 10.000 víctimas terroristas de 2010 –mayoritariamente musulmanas- se produjeron lejos de sus domicilios) y las encuestas le colocan en muchos países por debajo de la inmigración o la gran delincuencia (la propia Unión Europa equiparó en 2008 el terrorismo con la criminalidad organizada, rebajando la prioridad que le asignaba su Estrategia Europea de Seguridad de 2003).

Una vez ordenadas las prioridades y recursos en cada estrategia de seguridad nacional, se han desarrollado estratégicas específicas para luchar contra el terrorismo como una especie del género más amplio de riesgos globales. Estrategias contraterroristas como la británica (Contest) actualizada en 2011, se basan en una combinación de inteligencia y justicia, prevención de la radicalización (prevención), disminución de la vulnerabilidad (protección) e incremento de la capacidad de recuperación (resiliencia). Incluso estas estrategias se han subdividido para hacer frente a fenómenos específicos como la radicalización del extremismo violento. Por ejemplo, los Estados Unidos han aprobado en agosto de 2011 la estrategia: “Empowering Local Partners to Prevent Violent Extremism” para ayudar a las comunidades locales a prevenir que el extremismo violento arraigue en los Estados Unidos. La globalización facilita la interacción entre comunidades o individuos separados y el adoctrinamiento de individuos en realidades virtuales que se diseñan para fomentar la radicalización. Los nuevos medios de comunicación social pueden emplearse positivamente para apoyar el activismo por la libertad que se ha evidenciado a lo largo de la primavera “árabe” o, negativamente, para erosionar la cohesión social como se evidenciado en los disturbios del Reino Unido o en la convocatoria de movilizaciones súbitas (flash-mob) en los Estados Unidos.

La seguridad contra el terrorismo no es un bien común gratuito, porque cuesta dinero y los presupuestos muestran la coherencia entre el riesgo que se admite y la respuesta que se da. Tras la centralización de los servicios nacionales de inteligencia en Estados Unidos, la Oficina del Director Nacional de Inteligencia coordina ahora la inteligencia civil y militar de 17 agencias distintas donde trabajan 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 privadas [1] y su presupuesto de inteligencia combinado ha pasado de 26 billones de dólares en 2001 a los 80 de 2010. Una reestructuración similar se ha producido entre las agencias de protección interior, donde el Departamento de Homeland Security dispone de 230.000 miembros y un presupuesto anual de 56 billones de dólares (en el Reino Unido, el MI5 ha doblado su personal y su presupuesto ha pasado de 992 millones a 2 billones de libras).

Conclusiones: El terrorismo islamista es un riesgo mucho más conocido ahora que hace una década. La combinación de medidas preventivas y de recuperación puede mantener el riesgo dentro de unos límites razonables, pero no se puede erradicar y es un fenómeno que permanecerá en los inventarios de riesgo en el futuro. El terrorismo es un fenómeno híbrido que muta y se combina con otros riesgos, por lo que la lucha contra el terrorismo no debe aislarse de la lucha contra otros riesgos globales y hay que lograr economías de escala desarrollando capacidades de inteligencia, policiales, fiscales y militares y de protección civil, entre otras, que abarquen todo el espectro de riesgos, sin convertir la lucha contra el terrorismo en el objeto único de la seguridad.

Además de las estrategias técnicas, la lucha depende de la percepción política y social y de los recursos disponibles. Una década después, la disposición a sufrir recortes de libertades y realizar esfuerzos presupuestarios disminuye entre las poblaciones occidentales que hace años no han sufrido grandes un atentado masivo. Paradójicamente, el éxito en la prevención de los atentados conduce a una relativización del riesgo en los países occidentales y a escatimar unos recursos que se asignarían sin restricción tras un atentado. a un incremento del riesgo en los países desprotegidos). Tras una década de convivencia con el terrorismo, las poblaciones comienzan a relativizar el riesgo y aceptar un margen de inseguridad (nadie pudo pensar que Anders Behring Breivik atentara con un coche bomba y disparara causando 76 muertos en Oslo) por lo que demandan un ajuste continuo entre la seguridad que se les ofrece y el coste de libertad y esfuerzo que se les exige. De ahí la necesidad de ajustar bien el análisis del riesgo terrorista.

Dada la escasez de recursos públicos y privados, también será necesario revisar las prioridades de gasto en función de los resultados, asignándoles en la combinación de instrumentos multilaterales y nacionales que mejor funcione en cada país. Las estrategias de seguridad nacional, como la Estrategia Española de Seguridad recién aprobada, se dedican a analizar riesgos y respuestas. En Estados Unidos, la Comisión que el elaboró en 2004 el Informe sobre el 11-S concluyó que la nación no estaba preparada en 2001 para el ataque. Diez años después, el Presidente Obama ha marcado la dirección a seguir: “Después de una década de guerra, es hora de centrarse en levantar la nación aquí en casa”.

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[1] Adam Cobb, “Intelligence adaptation”, RUSI Journal, agosto-septiembre 2011, pp.54-63.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona