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viernes, febrero 22, 2008

El himno a la alegría

Por José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo (EL PERIÓDICO, 18/01/08)

El cuarto movimiento de la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven constituye uno de los hitos más espectaculares y grandiosos de la música sinfónica de todos los tiempos. El genio de Bonn va construyendo, paso a paso, los prolegómenos de un estallido coral que no tiene parangón en la búsqueda de la armonía entre los instrumentos musicales y las voces.

El texto se inspira en la Oda a la alegría, de Friedrich von Schiller. La letra original no convenció a Beethoven, que la corrigió, no sé si para adaptarla a su inspiración musical o simplemente porque, con todos los respetos al insigne escritor alemán, le resultaba demasiado blanda, sentimental o, si se quiere, cursi.

De todos los millones de oyentes que a lo largo de su historia la hemos escuchado, ¿a quién, en esos momentos, le interesaba tener la traducción a mano? ¿Hay a alguno que le haya motivado más la letra que la música? Sería un sacrilegio musical convertir la masa coral de la Novena en un recitativo desgranado por una voz que nos leyese las estrofas del poema.

La Marsellesa no fue una creación de los ideólogos de la Revolución Francesa. Nace en 1792 y fue un encargo del alcalde de Estrasburgo en la guerra contra Austria. Concebida como Canto de guerra para el Ejército del Rin, se convirtió en símbolo de la revolución cuando los federados de Marsella la cantaron al entrar en París. Más tarde se declaró himno nacional y siempre se han cuestionado algunos pasajes de la letra.

Los himnos pocas veces son la expresión del sentimiento puro de un pueblo. Cuando uno visita países en plena y aguda crisis estructural, como Estado y como sociedad, se encuentra como elemento solidificador de las diferentes y antagónicas tendencias ideológicas, la letra de un himno que cose las costuras desgarradas de la patria con el hilo de la emoción anticolonial.

Nuestro país, por una serie de avatares que no podrían condensarse en las apretadas líneas de este artículo, no supo aglutinar los sentimientos comunes de todos sus habitantes. No es el momento de lamentarnos, sino de admitirlo, madura y serenamente. Las discrepancias son muy hondas y pasará tiempo antes de que las generaciones futuras puedan construir un punto de encuentro emocional que, sin necesidad de ponerle letra al himno, las una a todas en un sentimiento colectivo.

LA BANDERA es un signo externo y visible que identifica a los diferentes países. Nuestra Constitución, en el artículo cuatro, describe su formato añadiendo que se compone de tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas. Hago este inciso para recordar a los patriotas de ocasión que no está prevista la inclusión del toro de Osborne o cualquier ocurrencia más o menos chistosa.

Los himnos sirven también para que algunos jefes de Estado se lleven la mano al corazón exteriorizando, se supone, las intensas emociones que les despierta su música. En definitiva, una demostración de patrioterismo de charanga y pandereta que solo demuestra la banalidad de los himnos frente al verdadero patriotismo del día a día.

Hasta tal punto los himnos son conflictivos y confrontadores que cuando se interpretan en encuentros entre jefes de Estado no se canta la letra y solo se instrumentaliza la música para evitar tensiones innecesarias, como sucedería en las visitas del rey de España a Latinoamérica con letras alusivas al tirano dominador español.

El himno es el reflejo musical de un sentimiento triunfador sobre alguien del pasado. En las competiciones deportivas cumple su verdadero papel simbólico. Solo el que queda en primer lugar siente la emoción de ver izar su bandera y escucha la música de su país.

Al final, lo auténtico es lo que se conecta con las raíces de las gentes que forman parte de una nación. Muchos conocemos el Haka, canto guerrero y desafiante de los maorís que interpretan los jugadores del equipo de rugby de Nueva Zelanda antes de los partidos. Se escenifica con gestos intimidatorios hacia el contrincante que contempla, entre asombrado y divertido, la expresión folclórica de su verdadero significado. Estamos ante un espectáculo deportivo que busca un vencedor y un vencido. El himno nacional neozelandés, por lo menos para mí, es un perfecto desconocido.

CUANDO oigamos la música de nuestro himno pensemos, sin necesidad de cantar, lo que verdaderamente sentimos y lo que podemos hacer para que seamos un país más tolerante, más solidario y más integrado en el mundo que nos rodea.

El Comité Olímpico español está empeñado en buscar una letra para uso exclusivo de los deportistas. Han desistido a la vista de la reacción mayoritaria, pero no abandonan la idea de que el himno tenga letra. Resulta chocante que este organismo, que rige el mundo de un deporte cada vez más profesionalizado y mercantilizado, cuyas figuras más relevantes demuestran su patriotismo llevando sus ganancias a paraísos fiscales, sea al que le ha entrado este ataque de ardor patriótico.

Lo que sí pido, como melómano, es que su tempo sea un poco más lento y solemne. En algún sitio debe haber una grabación del himno nacional interpretado por la Filarmónica de Viena, dirigida por Leonard Bernstein. Los asistentes de pie, en silencio, escucharon en el Teatro Real de Madrid, profundamente emocionados, una versión musical irrepetible.

Tarareando el ‘Himno a la alegría’

Por Carlos Carnero, eurodiputado y miembro de la Presidencia del Partido Socialista Europeo (EL PAÍS, 18/01/08):

Cree usted que los franceses y holandeses votaron no a la Constitución europea porque otorgaba carácter oficial en el derecho primario de la Unión a sus símbolos? ¿Considera que el hecho de reconocerles ese estatuto presagiaba la conversión de la UE en un “superestado” federal -”¡federastas!”, bramaban en el pleno del Parlamento Europeo quienes trataron de reventar a gritos la firma solemne de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE-, ansioso por acabar con la soberanía del Reino Unido? ¿Era posible llegar a un acuerdo que sacara a Europa de la crisis política e institucional en la que se debatía desde 2005 a cambio únicamente de arrinconar la bandera azul de las doce estrellas en un rincón y guardar el CD del Himno a la alegría junto con el vinilo del Baúl de los recuerdos de Karina?

Yo no. En el fondo, tampoco ningún Gobierno de la Unión, ni siquiera los que más arrastran los pies. Pero mire por donde, al final, uno de los damnificados del Tratado de Lisboa han sido los símbolos europeos. Si no se lo cree, búsquelos en ese texto a ver si encuentra por algún lado el artículo I-5 de la Constitución europea que elaboramos en la Convención y les daba carta de naturaleza en la ley fundamental de la UE por primera vez desde que se usan, y va para más de veinte años. No lo intente, el resultado será negativo… y decepcionante.

Vaya por delante que soy de los que creen que el nuevo Tratado es un excelente paso adelante en la construcción europea, pues recupera el impulso del de Maastricht y va mucho más allá de los de Amsterdan y Niza, aunque se quede corto respecto a la Constitución, de la que por otra parte recupera sus contenidos esenciales y casi todos los avances en democracia, eficacia y derechos. Hay temas que no me gustan en el texto que va ahora a ratificación en los países miembros. Por ejemplo: que no figure el precepto que basaba la legitimidad de la Unión en el doblete de Estados y ciudadanos o que se hayan aceptado excepciones nacionales en la Carta de Derechos y el espacio de libertad, seguridad y justicia. Pero Lisboa bien valía una misa.

Aunque en ese ejercicio, lamentablemente, se hayan quedado por el camino la forma -¿quién, a la vista del nuevo Tratado, puede decir que la Constitución europea era larga e incomprensible?- y una parte muy ciudadana del fondo: los símbolos comunitarios. Seguro que usted ya ha pensado o está a punto de hacerlo que esto es una nimiedad, que no tiene importancia, incluso que ¡vaya tontería! Vale. Está en su derecho. Sólo le pido un favor: déjeme intentar demostrarle lo contrario.

Hagamos juntos, sin copiarnos, un pequeño test: ¿cuándo se firmó el Tratado de Roma?,¿tiene primacía el derecho comunitario sobre el nacional de cada Estado miembro?, ¿a qué cantidad aproximada asciende el presupuesto de la UE para este año?, ¿cuáles son los tres criterios que un país debe cumplir para entrar en la Unión?, ¿cómo se llama el presidente de la Comisión Europea? Tómese cinco minutos, o incluso diez. ¿Ha respondido a todas las preguntas? Felicitaciones. Pero puede que la mayor parte de las personas que se sometan a ese rápido examen fracasen. No pasa nada. Hay una segunda oportunidad para aprobar presentándose a la repesca: ¿cómo es la bandera de la Unión?, ¿cuál es el nombre de su himno? ¡Claro!: ¡sobresaliente general!

Cualquiera sabe que la bandera es la azul con las doce estrellas y la música el Himno a la alegría, de Beethoven (aquí los españoles contamos con la inestimable ayuda de Miguel Ríos, todo sea dicho). Todo el mundo identifica ambos elementos con la Unión Europea. Y eso es bueno, porque resumen en una bonita imagen y en un sonido vibrante lo que el proceso de unidad europea abierto hace cincuenta años representa: paz, libertad y solidaridad.

Por cierto, lo hacen dentro y fuera de nuestras fronteras. Lo sé bien porque cuando se me ha aplaudido al llegar a un colegio electoral en Beirut como observador, cuando la gente se me ha acercado en Bosnia a informarme de lo que estaba pasando a tan sólo dos kilómetros o cuando los niños saharauis han corrido detrás de mí en Tinduf, no ha sido porque me conocieran personalmente, sino porque han visto lo que estaba impreso en el brazalete que llevaba en mi brazo, en el casco o en el chaleco antibalas: la bandera europea, que para ellos significa -con razón- derechos humanos, ayuda humanitaria y seguridad.

Y, sin embargo, bandera, himno, divisa o Día de Europa han sido considerados por determinados Gobiernos como dificultades insuperables para negociar y firmar el nuevo Tratado de Lisboa si se incluían en él. Otros Gobiernos pensaban lo contrario. Tanto que, aunque a regañadientes hayan tenido que aceptar el mal menor -dejar fuera del Tratado los símbolos de la Unión- para conseguir el bien mayor -cerrar la crisis y abrir una nueva etapa-, Ejecutivos como el de Zapatero y quince más han firmado una Declaración dejando claro que, para los Estados que ellos representan, su uso va a seguir desarrollándose.

Pues bien, el Parlamento Europeo no se va a quedar atrás. Apoyamos el Tratado de Lisboa. Pero también vamos a aprobar una resolución -de la que soy ponente- para oficializar plenamente en la Eurocámara el uso de los símbolos (bandera, himno, divisa -”Unidad en la Diversidad”- y el 9 de mayo como Día de Europa) de la Unión tal y como figuraban en la Constitución, persiguiendo en realidad un doble objetivo político con esta decisión reglamentaria: invitar a otras instituciones de la Unión -como la Comisión- y los Estados miembros a actuar en igual sentido y, sobre todo, enviar el mensaje a la ciudadanía europea de que los símbolos con los que identifica a la UE y los valores que la animan están vivos y coleando en la casa de la democracia europea.

Así que, por mucho que algunos se empeñen, podemos seguir tarareando el Himno a la alegría -para lo que no hace falta saber idiomas, sino estar de buen humor europeísta- y emocionarnos un poquito al ver a nuestros soldados mantener la paz en muchos lugares del planeta bajo una bandera que nos une. Y ya conseguiremos algún día que el 9 de mayo sea no laborable…