Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía, Cultura y Arte.
domingo, septiembre 09, 2012
Explotar la globalización
jueves, julio 07, 2011
Tecnología y desigualdad
jueves, marzo 31, 2011
Desregulación ‘versus’ desglobalización
viernes, marzo 11, 2011
Un mundo globalizado y una sola familia humana
viernes, febrero 04, 2011
Goodbye to “Globalization”
jueves, septiembre 10, 2009
La llave de la fraternidad
Durante los años posteriores al fin de la guerra fría, Japón ha sorteado los vientos del fundamentalismo del mercado que ha liderado Estados Unidos y que se conoce usualmente como globalización. Aunque en ésta defiende que la libertad es el más alto de todos los valores, el capitalismo fundamentalista ha tratado a la gente no como un fin sino como un medio. Con lo que se ha perdido la dignidad humana.
La reciente crisis financiera, sin embargo, nos ha obligado a enfrentarnos a la realidad. ¿Cómo podemos acabar con el fundamentalismo de mercado y con el capitalismo financiero, que carecen de consideraciones morales, para proteger las finanzas y la forma de vida de nuestros ciudadanos? Ése es el gran desafío del presente.
De lo que se trata es de regresar a la idea de la fraternidad -como en el lema francés de “libertad, igualdad, fraternidad”- como la fuerza moderadora que rebaja los peligros inherentes al uso de la libertad. Tal como yo la entiendo, esa fraternidad debe limitar los excesos de la globalización y recuperar las prácticas económicas locales que proceden de cultivar nuestras tradiciones.
En Japón hubo división de opiniones frente al fenómeno de la globalización. Hubo quienes defendieron sus logros y apoyaron dejarlo todo a los dictados del mercado. Otros entendieron que era necesario ampliar la red de seguridad social y proteger nuestras actividades económicas tradicionales. El Gobierno del primer ministro Junichiro Koizumi (2001-2006), del Partido Liberal Democrático, se inclinó por la primera opción, mientras nosotros, en el Partido Demócrata de Japón, hemos tendido hacia la última posición.
El orden económico y las actividades económicas locales de cualquier país se van configurando a lo largo de los años y reflejan la influencia de sus tradiciones, sus hábitos y el estilo de vida nacional. La globalización ha avanzado sin tener en cuenta los valores no económicos, ni las cuestiones ambientales, ni los problemas derivados del progresivo agotamiento de los recursos. Si analizamos los cambios en la sociedad japonesa que han ocurrido desde el final de la guerra fría, creo que no es exagerado decir que la economía global ha dañado las actividades económicas tradicionales y ha destruido a las comunidades locales.
El capital y los medios de producción pueden moverse ahora fácilmente de uno a otro lado de las fronteras internacionales. Sin embargo, la gente no puede hacerlo con tanta facilidad. En términos de cálculo económico, la gente simplemente es un gasto de personal, pero en el mundo real la gente apoya el tejido de la comunidad local y es la personificación física de su estilo de vida, sus tradiciones y su cultura.
Nuestra responsabilidad como políticos es volver a concentrar nuestra atención en los valores no económicos que han sido lanzados a un lado por la marcha de la globalización. Debemos desarrollar políticas que regeneren los lazos que unen a la gente, que tengan más respeto al medio ambiente, que reconstruyan los sistemas de beneficencia y las ayudas médicas, que faciliten una educación mejor y que apoyen la crianza de los hijos, y se enfrenten a la desigualdad en la riqueza.
Otra meta nacional que emerge del concepto de la fraternidad es la creación de una comunidad del este de Asia. El pacto de seguridad entre Japón y Estados Unidos continuará siendo, por supuesto, la piedra angular de la política diplomática japonesa. Al mismo tiempo, sin embargo, no debemos olvidar nuestra identidad como nación localizada en Asia. Creo que la región del este de Asia, que cada vez da más señales de la vitalidad de su crecimiento económico y de la fuerza de los lazos mutuos, debe reconocerse como la esfera básica del ser de Japón. Por ello, debemos continuar haciendo esfuerzos para establecer una cooperación económica estable y reforzar la seguridad nacional en toda la región.
La reciente crisis financiera ha sugerido a muchas personas que la era del unilateralismo americano podría estar llegando a su término, que nos estamos alejando de un mundo unipolar hacia una era de multipolaridad. No hay, sin embargo, en el presente, ningún país listo para reemplazar a Estados Unidos como el país más poderoso del mundo, como tampoco hay una divisa lista para reemplazar al dólar como divisa clave mundial.
Aunque la influencia de Estados Unidos está disminuyendo, seguirá siendo la principal potencia militar y económica durante las próximas dos o tres décadas. Los datos actuales muestran claramente que China, que tiene con mucho la población más grande del mundo, será uno de los principales poderes económicos del mundo, y ampliará también su poderío militar.
La economía china superará a la japonesa en un futuro no muy distante. ¿Cómo podría Japón mantener su independencia política y económica y proteger sus intereses nacionales al verse atrapado entre Estados Unidos, que lucha por retener su posición como potencia mundial dominante, y China, que busca formas para asentarse como una gran potencia?
Se trata de una cuestión de interés no sólo para Japón sino también para todas las naciones pequeñas y medianas de Asia. Todas quieren que el poder militar estadounidense funcione efectivamente para la estabilidad de la región pero quieren también evitar los excesos políticos y económicos estadounidenses. Y esperan reducir la amenaza militar que representa nuestro vecino China, asegurando que la onda expansiva de su economía se desarrolle de una manera ordenada.
A diferencia de Europa, los países de esta región difieren en el tamaño de sus poblaciones, fases de su desarrollo y sistemas políticos, y por ello la integración económica no puede alcanzarse al corto plazo. Sin embargo, debemos aspirar a avanzar hacia la integración cambiaria regional, como una extensión natural del rápido crecimiento económico comenzado por Japón, seguido por Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong, y después alcanzado por las naciones reunidas en la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) y por China.
El establecimiento de una divisa asiática común probablemente tardará más de 10 años. Para que una divisa así produzca la integración política seguramente se necesitará todavía más tiempo.
La ASEAN, Japón, China (incluyendo a Hong Kong), Corea del Sur y Taiwán suman ahora la cuarta parte del producto interior bruto del mundo. El poder económico del este de Asia ha crecido y las relaciones de interdependencia de sus naciones se han hecho más profundas, lo que no tiene precedentes. Las estructuras necesarias para la formación de un bloque económico regional ya existen.
Por otro lado, debido a los conflictos históricos y culturales existentes entre los países de esta región todavía hay muchas cuestiones políticas por resolver. Los problemas de una creciente militarización y de disputas territoriales no pueden resolverse mediante negociaciones bilaterales entre, por ejemplo, Japón y Corea del Sur, Japón y China. Cuanto más se discutan sus problemas de manera exclusivamente bilateral, mayor riesgo existe de que las emociones de los ciudadanos de cada país se inflamen y el nacionalismo se intensifique.
Resulta paradójico pero las cuestiones que estorban en el camino hacia la integración regional sólo pueden resolverse en realidad mediante el proceso de avanzar hacia una mayor integración regional. La experiencia de la Comunidad Europea nos muestra cómo esa integración puede desactivar las disputas territoriales. Por eso creo que la integración en la región Asia Pacífico es el camino que debemos seguir hacia la realización de los principios del pacifismo y la cooperación multilateral que defiende la constitución japonesa. También es el camino apropiado para proteger la independencia económica y política de Japón y encontrar nuestra posición entre las grandes potencias del mundo, Estados Unidos y China.
Como escribió hace 85 años en Pan-Europa el Conde Coudenhove-Kalergi, el padre de la Unión Europea, “todas las grandes ideas históricas comenzaron siendo un sueño utópico y terminaron como realidades. El que una idea en particular siga siendo un sueño utópico o se convierta en realidad sólo depende del número de personas que crean en el ideal y actúen por él”.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
viernes, mayo 08, 2009
Es la hora del Derecho global
La profunda crisis económica mundial en que nos hallamos inmersos, la necesidad de implantar una justicia global que ponga fin a las grandes lacras de la sociedad humana, el rampante déficit democrático de las principales instituciones internacionales, la crisis de la ley como principal fuente del Derecho y la falta de previsión ante un horizonte político sumamente complejo, revelan el imperativo de un Derecho nuevo, distinto, que ordene la humanidad de acuerdo a las exigencias globales.
Este Derecho global constituye, por sí solo, un auténtico ordenamiento jurídico y no se agota en un puñado de principios morales que pretenden guiar la conducta de los pueblos. Es, por supuesto, un ordenamiento sui generis, complementario de los existentes, abierto, fundado en la persona, con una norma de reconocimiento competencial basada en un principio multisecularmente democrático, liberal: lo que afecta a todos, debe ser aprobado por todos, y no sólo por un grupo de países poderosos o una gran potencia que logra intimidar a las demás merced a su capacidad nuclear.
Si el Derecho de gentes sirvió a los intereses hegemónicos de la vieja Roma, y el Derecho internacional a los de una Europa estatalizada, soberanista y fragmentada, el Derecho global ha de contribuir al bien común de la humanidad y muy particularmente al desarrollo de la paz en el mundo. La coexistencia pacífica entre el Derecho internacional y el Derecho global es necesaria.El reto consiste en transformar paulatinamente el Derecho internacional en un ordenamiento jurídico global, de acuerdo con los principios informadores de este ius novum, sin apelar a demagogias rupturistas.
El gran riesgo que corre en nuestros días el Derecho global es el de su americanización, es decir, la posibilidad, cierta, de que éste se convierta en una mera versión norteamericana del ius publicum europaeum. Globalizar el Derecho no es americanizarlo.Sin embargo, podría llegar a serlo. La Presidencia de Obama puede facilitar su expansión efectiva. En efecto, de la misma manera que el ius gentium fue un Derecho de los romanos, y el Derecho internacional un Derecho europeo, el Derecho global podría erigirse en un Derecho de los americanos.
A partir del 11-S quedó en evidencia la inseguridad en la que vive el mundo en pleno siglo XXI. Ante la gravedad de esta situación, Estados Unidos no está dispuesto a hacer concesiones de soberanía a una comunidad internacional poco eficiente, en la que cada Estado, pese a tener un voto en la Asamblea General de la ONU, está sometido al albur del Consejo de Seguridad. No, Estados Unidos ni quiere, ni puede jugar la carta internacional como si de ello no emanase ninguna amenaza para su posición hegemónica.
En su libro Law Without Nations?, Jeremy A. Rabkin, explica con mucha claridad los argumentos norteamericanos. La seguridad de los Estados Unidos está en peligro y son ellos los que han de defenderse apelando a su soberanía e independencia.
Para Rabkin, las concesiones competenciales a instituciones globales que mengüen la soberanía norteamericana serían dañinas para la democracia. Así, la solución que muchos líderes estadounidenses aplican es el unilateralismo, basado en la inmensa capacidad militar del gigante del Norte. Nada más contrario al Derecho global que un unilateralismo fundado en el poder, como nada más contrario a la democracia que la partitocracia. Ambas ocasionan el empobrecimiento político y, a la larga, la miseria social.
Con o sin Estados Unidos, el Derecho global ha de seguir la senda de la justicia. Si EEUU se une a la iniciativa del Derecho global -parece que Obama lo hará- el riesgo de americanización de este Derecho será mayor que si no lo hace. Pero si no se vincula, el desarrollo del Derecho global será mucho más lento de lo que sería de la mano del coloso americano. Así lo contemplamos, por ejemplo, con la Corte Penal Internacional o el protocolo de Kioto.
Sin embargo, la llave del Derecho global está no sólo en las manos de Estados Unidos, sino también en las de Naciones Unidas.Esta organización mundial, habiendo conseguido grandes éxitos internacionales, no ha logrado cumplir su objetivo principal de mantenimiento de la paz en el mundo. La Guerra Fría y los sucesivos conflictos bélicos se lo han impedido. Pero así como el Derecho global puede desarrollarse sin el apoyo de los Estados Unidos, es condicio sine que non el respaldo de Naciones Unidas.Y este respaldo, fundamental, consiste en una «novación extintiva», por emplear una expresión del Derecho privado.
La ONU ha de transformarse en una nueva institución y no sólo reformarse. Tiene que cambiar sus vestidos, como lo ha hecho Europa, para erigirse en la gran institución coordinadora del Derecho global. Para ello sugiero un nuevo nombre, Humanidad Unida, que refleja cierta continuidad con el rótulo anterior, sustituyendo a su vez el término Nación por el de Humanidad.
En efecto, el Derecho internacional ha sido un Derecho de Estados y naciones, el Derecho global, en cambio, es un Derecho de la humanidad. No se unen las naciones, no se adhieren los gobiernos: nos unimos todos y cada uno de los habitantes de la Tierra. He aquí la gran novedad. Por eso, el Derecho global tiene más de Derecho común que de Derecho de gentes.
La formación de Estados Unidos y el proceso de construcción de la Unión Europea aportan ideas centrales para el desarrollo del Derecho global. Menos, en cambio, la Revolución Francesa, en tanto revolución nacional. La gran contribución americana es la recuperación del concepto de Pueblo (demos, populus), traído a colación en nuestros días por el filósofo americano John Rawls, en su libro The Law of Peoples (1999). La humanidad se compone de personas organizadas en familias y éstas en comunidades, unidas a su vez en pueblos, mas no propiamente en Estados. Los estados constituyen una forma de organizar la sociedad en la Edad Moderna, que hoy ha quedado ampliamente superada, debido a la crisis de los principios que lo informan, particularmente los de soberanía y territorialidad.
James Wilson, Abraham Lincoln y Joseph Story consideraron que el pueblo americano era ya una nación antes de que se constituyeran los Estados, esto es, que el pueblo existía antes que el Estado: «The Union is older than any of the States; and in fact created them as States». Por ello, la Constitución americana lo único que hizo fue unir de forma más perfecta algo que ya existía anteriormente: un pueblo.
Pienso que ésta es la manera de tratar la soberanía en nuestros días: reconvertirla de nuevo en majestad, recuperando así la idea de pueblo. La Humanidad puede ser llamada Pueblo, un pueblo de pueblos, pero no ser erigida en un Superestado, como si de una nación se tratase. Y como la Humanidad es anterior a los estados, el Derecho de la Humanidad, en tanto comunidad universal, debe prevalecer frente al Derecho de los Estados. De la Unión Europea, el Derecho global aprende que, en poco tiempo, se puede hacer mucho, cuando hay voluntad de unión y deseos de reparación y perdón.
El Derecho global es el gran reto jurídico del siglo XXI. Ante un orbe cercado por los nacionalismos anacrónicos, el terrorismo demencial, las amenazas a Occidente y los progresismos de raíz totalitaria, la ciencia jurídica no puede permanecer impávida.El Derecho Global exige el esfuerzo de todos y la renuncia a una serie de privilegios que los pueblos y naciones que habitan el orbe han ido adquiriendo con el paso del tiempo.
Hay que respetar el statu quo, pero sin deificarlo como algo inamovible. La globalización es un proceso que ha de realizarse, por desgracia, con o sin Derecho. Es imparable. Y no tiene retorno.Es deber de los hombres del Derecho ordenarlo conforme a los criterios de justicia. A nosotros, a los juristas del siglo XXI, nos corresponde colocar los cimientos de esta nueva construcción que es el Derecho global: el auténtico Derecho común de la humanidad.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
sábado, abril 18, 2009
¿Qué globalización sobrevivirá?
En este año en que la economía mundial se contraerá por primera vez desde 1945 a algunos economistas les preocupa que la actual crisis pueda significar el principio del fin de la globalización. Las épocas de dificultades económicas y el proteccionismo van de la mano, puesto que cada país culpa de los problemas a los demás y trata de proteger sus empleos internos. En la década de los treinta del pasado siglo, las políticas consistentes en “empobrecer al vecino” empeoraron la crisis. Hoy, a menos que los líderes se resistan a ofrecer respuestas de ese tipo, el pasado podría convertirse en el futuro.
Irónicamente, sin embargo, esa perspectiva tan sombría no significaría el fin de la globalización definida como un aumento de las redes mundiales de interdependencia. La globalización tiene varias dimensiones. Aunque los economistas a menudo se refieren a ella y a la economía mundial como si fueran una sola y misma cosa, otras formas de la globalización también tienen efectos significativos -no todos benéficos- en nuestras vidas cotidianas.
La manifestación más antigua de la globalización fue ambiental. Por ejemplo, la primera epidemia de viruela se registró en Egipto en el año 1350 antes de Cristo. Llegó a China en el 49 después de Cristo, a Europa después del 700, a las Américas en 1520 y a Australia en 1789. La peste bubónica, o peste negra, se originó en Asia, pero al propagarse mató entre un cuarto y un tercio de la población de Europa en el siglo XIV.
En los siglos XV y XVI los europeos llevaron enfermedades a las Américas que destruyeron al 95% de la población nativa. En 1918, una pandemia de gripe causada por un virus de las aves acabó con la vida de 40 millones de personas en todo el mundo, mucho más que las que habían muerto en la guerra mundial que acababa de terminar. Actualmente, algunos científicos predicen que se repetirá la pandemia de gripe aviar.
Desde 1973 han surgido 30 enfermedades contagiosas que se desconocían y otras, más familiares, se han propagado geográficamente con nuevas formas resistentes a los medicamentos. En las dos décadas posteriores a la identificación del VIH/SIDA en los años ochenta han muerto 20 millones de personas y 40 millones más están infectadas en todo el mundo. Algunos expertos prevén que esa cifra se duplicará para 2010. La propagación de especies foráneas de flora y fauna a nuevas zonas ha aniquilado a las especies nativas y podría provocar pérdidas económicas de varios miles de millones de dólares al año.
El cambio climático global afectará a la vida de todo el mundo. Miles de científicos de más de cien países informaron recientemente de que hay nuevas y sólidas evidencias de que la mayor parte del calentamiento observado en los últimos 50 años es atribuible a las actividades humanas, y se prevé que las temperaturas promedio a nivel global aumenten entre 1,3 y 5,5 grados centígrados en el siglo XXI. El resultado podría ser una variación aún más severa del clima, con demasiada agua en algunas regiones y escasez en otras.
Entre los efectos, habrá tormentas y huracanes más fuertes, inundaciones y sequías más prolongadas y más desprendimientos de tierras. En muchas regiones el aumento de la temperatura ha alargado la estación de deshielo y los glaciares se están derritiendo. El ritmo al que subió el nivel del mar en el último siglo fue 10 veces más rápido que el promedio de los últimos tres milenios.
También está la globalización militar, que consiste en las redes de interdependencia en las que se utiliza la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza. Las guerras mundiales del siglo XX son un ejemplo. La anterior era de globalización económica llegó a su cúspide en 1914 y las dos guerras mundiales significaron un retroceso. Pero si bien la integración económica global no recuperó el nivel que tenía en 1914 hasta medio siglo después, la globalización militar creció a medida que la económica se contraía.
Durante la guerra fría, la interdependencia estratégica global entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue aguda y clara. No sólo produjo alianzas que abarcaban todo el mundo, sino que cualquiera de los bandos pudo haber utilizado misiles intercontinentales para destruir al otro en menos de 30 minutos.
Éste fue un rasgo distintivo no porque fuera totalmente nuevo, sino porque la magnitud y la velocidad de un potencial conflicto derivado de la interdependencia militar eran enormes. Actualmente, Al Qaeda y otros actores transnacionales han formado redes globales de agentes y desafían los enfoques convencionales de la defensa nacional mediante lo que se ha dado en llamar la “guerra asimétrica”.
Por último, la globalización social consiste en la propagación de pueblos, culturas, imágenes e ideas. La migración es un ejemplo concreto. En el siglo XIX, alrededor de 80 millones de personas atravesaron los océanos para buscar un nuevo hogar, muchas más que en el siglo XX. Al inicio del siglo XXI, 32 millones de los residentes en Estados Unidos (el 11,5% de la población) habían nacido en el extranjero. Además, aproximadamente 30 millones de personas (estudiantes, empresarios, turistas) entran cada año a este país.
Las ideas son un aspecto igualmente importante de la globalización social. La tecnología hace que la movilidad física sea más fácil, pero las reacciones políticas locales contra los inmigrantes ya estaban creciendo antes de la actual crisis económica.
El peligro actual es que las miopes reacciones proteccionistas a la crisis económica puedan contribuir a asfixiar la globalización económica que ha distribuido crecimiento y ha sacado de la pobreza a millones de personas en el último medio siglo. Pero el proteccionismo no frenará las demás formas de globalización.
La tecnología moderna significa que los patógenos viajan más fácilmente que en periodos anteriores. Las facilidades para viajar aunadas a los tiempos de dificultades económicas implican que las tasas de migración podrían acelerarse hasta el punto de que las fricciones sociales superen el beneficio económico general. De manera similar, las dificultades económicas pueden empeorar las relaciones entre Gobiernos y los conflictos internos que podrían llegar a la violencia.
Al mismo tiempo, los terroristas transnacionales seguirán beneficiándose de la tecnología de la información moderna como Internet. Y si bien la depresión de actividad económica puede desacelerar en cierta medida el ritmo de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también desacelerará el tipo de programas costosos que los Gobiernos deben aplicar para abordar las emisiones ya existentes.
Así pues, a menos que los Gobiernos cooperen para estimular sus economías y se resistan al proteccionismo, el mundo podría encontrarse con que la crisis económica actual no significa el fin de la globalización sino sólo de la del tipo positivo, con lo que quedaríamos en la peor de las situaciones posibles.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
miércoles, febrero 04, 2009
¿Está superada la globalización?
Algunas personas que saben hacer honor a la realidad de los hechos - más bien escasas, si se repara en ello-previeron en su momento la crisis estadounidense que se desencadenó en septiembre del 2008 y comprendieron los peligros que se cernían sobre una economía en cuyo seno los préstamos de riesgo en el sector inmobiliario, el crédito al consumo y, posteriormente, la titulización (transformación de deudas en títulos o valores negociables en el sistema bancario y financiero) construían una burbuja artificial en cuyo interior el enriquecimiento no se correspondía en modo alguno con las realidades del país. Casi nadie se había imaginado la propagación de esta crisis financiera a todo el planeta y menos aún su rapidez, de forma inmediata o casi inmediata.
Es verdad que las principales crisis anteriores fueron crisis circunscritas a un lugar o un sector: Japón en 1989; México en 1994 con la crisis del efecto Tequila; Asia en 1997, o bien la burbuja de internet en el 2000 y la crisis alimentaria del 2008. En esta ocasión, la crisis no sólo tiene una dimensión planetaria, sino que amenaza con ser total - financiera, pero también social, económica, cultural, política-,por lo que cabe hablar de una “crisis global”, la primera en su género.
Ahora bien, ¿hemos penetrado realmente sin trabas en la globalización a través de esta crisis generalizada?
En los años 80y 90, el lugar preeminente de la globalización en el debate público obedecía al propósito de expresar el triunfo absoluto de la economía, el reinado del neoliberalismo que zarandeaba a los estados subrayando su impotencia, el triunfo del capitalismo financiero y de los mercados. En tal perspectiva, el planeta se convertía en una especie de espacio sin fronteras, en beneficio - en definitiva-de toda la humanidad, según los apóstoles de la “globalización feliz” (título de un ensayo de Alain Minc), aunque en detrimento de la mayoría, según las voces más críticas que observaban cómo prosperaban los mecanismos de la exclusión, el paro, la precariedad y la inseguridad.
Pero ya no estamos ahí, y debemos poner de relieve dos hechos importantes. El primero es la toma de conciencia de que, bajo la aparente homogeneidad del ámbito de la globalización, se halla en liza la creación de un mundo multipolar en cuyo seno cabe cuestionar la hegemonía estadounidense a instancias no sólo de la propia existencia de Europa, sino también de la de los llamados países emergentes, como China, India, Brasil o Rusia, por no hablar de Japón, capaces cada uno de ellos de impulsar políticas acordes con sus intereses nacionales o regionales. Si se conviene en que la globalización existe, forzoso es admitir que cristaliza en adelante en un ámbito que abarca amplias zonas del planeta. El segundo hecho es capital: la crisis señala el retorno de los estados, el abandono de ideologías neoliberales, la promesa de medidas intervencionistas, el renovado interés por el keynesianismo; la idea, por último, de que salir de la crisis exige confiar en políticas públicas susceptibles de articular con eficacia las estructuras del Estado. Todo lo contrario de la globalización, al menos de la que se ha conocido hasta ahora, una globalización sin freno ni control.
Dicho esto, deben considerarse tres posibles panoramas.
El primero se cifra en juzgar la crisis una especie de traspié o entrada en un periodo a cuyo término, excepción hecha de algunos ajustes, todo volverá a ser como antes. En tal perspectiva, los estados habrán salvado la esencia del capitalismo de un modo u otro, capitalismo que recuperará su dinámica anterior gracias a lo que en tal caso no habrá sido más que una intervención momentánea. La globalización, de forma idéntica, volverá por sus fueros.
El segundo panorama, opuesto al precedente, considera por el contrario que el retorno de los estados (o de las grandes áreas o entidades políticas, como Europa) adoptará la forma de tendencias generalizadas al proteccionismo y, por tanto, a políticas económicas expuestas a enérgicas obligaciones y fuertes controles ejercidos sobre los actores de la economía internacional; esta lógica podría ser reforzada, por otra parte, por determinadas orientaciones de la ecología que piden, por ejemplo, que para combatir el despilfarro energético se aminoren los transportes internacionales de ciertos productos (con el gasto consiguiente) a fin de consumir y producir lo más cerca posible del punto deseado. En esta perspectiva, la globalización quedará como un simple recuerdo de un pasado reciente.
Por último, el tercer panorama concibe formas de cooperación entre estados combinadas con la creación de organismos e instituciones supranacionales para organizar el planeta de tal modo que, sin dejar de ser una realidad abierta, incorpore crecientemente una óptica reguladora no sólo en el plano económico, sino también, por ejemplo, en materia de justicia. La globalización, en este caso, no se cuestionará, sino que entrará en una nueva era. Tras la fase salvaje, primitiva si se quiere, de los años ochenta y noventa, pasaría a su segundo estadio, el de la regulación. Este tercer panorama concede notable importancia a los encuentros del tipo G-20 que movilizan a numerosos jefes de Estado, y no sólo a los de los países más ricos, así como a organizaciones como la OMC, el FMI o las Naciones Unidas; es compatible, por otra parte, con ciertas aspiraciones de movimientos ecologistas; por ejemplo, las que suscitan cuestiones como la del desorden climático. También es compatible con las expectativas de movimientos altermundistas que, aunque se hallen hoy día más debilitados, no piden que se ponga fin a la globalización sino que se cree otro tipo de globalización.
La crisis actual expone a la luz pública no sólo los extravíos de la “primera globalización”, la de los años ochenta y noventa, sino también las opciones planteadas a los responsables políticos y económicos. Es posible que la crisis en cuestión se limite a constituir un episodio en el marco de un proceso dominado previsiblemente por las lógicas propias del neoliberalismo; es posible, asimismo, que señale el final puro y simple de la globalización; es posible, incluso, que marque la entrada en el segundo estadio de la globalización. Está claro, por el momento, que nada se ha dirimido aún.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
domingo, febrero 01, 2009
La feria de las vanidades de la globalización
En estos días se lleva a cabo la actividad más esperada de la era de la globalización: el Foro Económico Mundial de Davos. Una pasarela que no debe perderse cualquiera que sea alguien en la aldea global, desde los cantantes de rock como Bono hasta las estrellas de Hollywood, desde los creadores de los motores de búsqueda en Internet hasta los banqueros de renombre. Durante la guerra fría, en cambio, el Foro era una cosa muy distinta.
La primera vez que participé en Davos fue en 1981. Fui en coche con mi jefe, el director del Banco Nacional de Hungría. Salimos de Budapest bajo una tormenta de nieve en un Lada azul oscuro, uno de aquellos automóviles que los rusos sólo daban a los cargos del partido; atravesamos la frontera con Austria y los Alpes sin dejar de hablar de economía y mercado. Como es natural, viajábamos de incógnito, no formábamos parte de ninguna delegación, y nuestros nombres no figuraban en la lista de participantes. Nos habían invitado varios banqueros alemanes que habían sufragado el viaje y el alojamiento, porque nuestros salarios “comunistas” no nos habrían permitido jamás emprender aquella aventura. Sin embargo, todo el mundo sabía quiénes éramos. Por otra parte, los participantes eran muy pocos, así que, al cabo de 24 horas, nos conocíamos todos.
Fueron tres días de frío gélido y nevadas históricas, recuerdo que teníamos constantemente los zapatos mojados y la nariz helada, pero las condiciones climáticas no mermaban nuestro entusiasmo mientras dedicábamos horas y horas a debatir modelos econométricos, fórmulas y ecuaciones para convertir el florín húngaro a las monedas europeas. En los pequeños restaurantes de Davos comíamos asado por lo menos una vez al día y bebíamos cerveza sobre manteles a cuadros, nada de vino ni cócteles elaborados, y muchas veces nos quedábamos discutiendo hasta el amanecer, cuando nos íbamos por fin a dormir mientras digeríamos fórmulas y ecuaciones.
Nuestra misión era averiguar si el proyecto en el que estábamos trabajando desde hacía por lo menos un año era factible: si era posible convertir la moneda de un país comunista en el mercado monetario capitalista. Era una empresa a la que nadie se había atrevido hasta ese momento, pero estábamos convencidos de que merecía la pena intentarlo.
Volvimos a casa con una nueva carga de entusiasmo, montones de notas, tarjetas de visita y un larguísimo calendario de reuniones oficiales. Visto en retrospectiva, aquel viaje fue un paso importante en el proceso de aproximación de la economía comunista a la capitalista y sirvió para fraguar relaciones que en 1989, cuando cayó el muro de Berlín, desempeñaron un papel importante en la transición de Hungría hacia la economía de mercado.La segunda vez que fui a Davos fue en 2005, pero esta vez lo hice como esquiadora, no como economista, y confieso que me divertí muchísimo. Mientras grupos de manifestantes a favor y en contra de la globalización, con sus vestimentas de alta montaña a la última moda, paladeaban tazas de humeante chocolate entre insulto e insulto, y banqueros de mediana edad cortejaban a Sharon Stone tras los cristales de bares elegantísimos, yo estaba prácticamente sola en las pistas. Desde los remontes, no podía dejar de pensar que aquel Davos tan moderno parecía la feria de las vanidades de los rostros más famosos de la globalización. Para que a uno lo inviten a Davos no hace falta trabajar en el sector de la economía ni de la innovación tecnológica, sino ser famoso por algún motivo. En 2003, la prestigiosa revista allí editada pidió a Toni Negri, el ex líder de Autonomía, el grupo armado italiano que durante los años setenta aterrorizó a todo el país, que escribiera un artículo contra la globalización. Si alguien pudiera convencer a Bin Laden de intervenir en una videoconferencia, seguramente decidiría hacerlo durante el Foro de Davos.
Según dicen los organizadores, el espíritu de esta reunión no ha cambiado con los años. Fundado en 1971 por Klaus Schwab, un profesor alemán con sendos doctorados en ingeniería y economía, el Foro pretende ser un lugar de encuentro para el mundo de los negocios. En 1981, el frenético intercambio de fórmulas entre los banqueros alemanes y nosotros no era más que una manera de iniciar contactos que luego se prolongarían en los negocios. Y fueron unos contactos que resultaron muy útiles. Lo que ha cambiado desde entonces es el mundo en el que vivimos.
Hoy, los VIP llegan en helicóptero y se mueven por este pueblo de los Alpes escoltados por enjambres de guardaespaldas. La globalización ha hecho que el lugar de encuentro anual haya dejado de ser un puñado de mentes innovadoras que hablaban del futuro de la economía mundial, que se dedicaban a cotejar y comprobar ideas revolucionarias, para convertirse en el supermercado de los rostros famosos. Los antiglobalizadores que durante el día se manifiestan en la nieve delante de McDonald’s se reencuentran, por la noche, en los cócteles patrocinados por los partidarios de la globalización, es decir, las industrias farmacéuticas o las grandes cadenas de alimentación. Y a quien diga que eso es una contradicción, los organizadores del Foro le responden que Davos quiere ser el espejo del mundo.
Entre las iniciativas que confirman esta visión tan ambiciosa está un concurso en YouTube, en el que se invita a los participantes a enviar un vídeo con las respuestas a cuatro preguntas clave, sobre el estado de la economía, la recuperación económica, las previsiones sobre el Gobierno de Obama y la ética en los negocios. Los mejores vídeos se proyectarán durante la asamblea de Davos y el vencedor recibirá una invitación para participar en el Foro.
En 1981 no existía Internet, pero el mundo sabía bien en qué dirección avanzar, pese a que la economía sufría todavía las calenturas del aumento de los precios del petróleo debido a la revolución iraní, y aunque la inflación galopante no acertaba a detenerse. El Foro y Occidente se proyectaban hacia el futuro, la guerra fría se encontraba en las últimas y las finanzas y la economía ya habían empezado a horadar el muro que separaba el Este del Oeste.
En los últimos 10 años, el mundo no ha hecho más que felicitarse porque no sabe muy bien hacia dónde ir y la globalización se ha mostrado incapaz de mirar hacia el futuro, ha resultado ser no un punto de partida, sino una meta. Y Davos ha degenerado en una feria de las vanidades. Como es natural, nadie se ha dado cuenta, porque todos somos víctimas de la misma embriaguez. Por suerte, el mundo está cambiando, aunque el motivo de esa revolución sea una crisis económica extraordinaria, que quizá no tenga nada que envidiar a la Gran Depresión.
Si el Foro Económico Mundial no es verdaderamente más que una instantánea de la aldea global, Davos, este año, no se convertirá en la última versión del Gran Hermano, en la que los súper ricos de la globalización se relacionan unos con otros en las salas iluminadas de un hotel de cinco estrellas, ante los ojos pasmados del mundo entero. George Soros y Jane Fonda no discutirán sobre la política exterior de Barack Obama, los chicos de Google no intercambiarán ideas sobre el futuro de la empresa con Angelina Jolie. En este año de profunda recesión y caos económico, que nadie había previsto durante las conferencias, las reuniones, las fiestas y los cócteles del Foro de hace 12 meses, Davos ofrecerá al mundo un tropel de ideas a menudo incoherentes entre sí, porque nadie, ni los gobiernos, ni los mercados, ni los economistas ni los políticos, sabe de verdad qué hacer. En los últimos años se han visto demasiado obligados a socializar con el mundo de los ricos y los famosos para poder prestar atención al futuro de la economía.
Pero el año que viene y el de después volverán a Davos las mentes del futuro, los supervivientes de la crisis crediticia, y los actores, cantantes, cocineros y peluqueros de moda se quedarán en casa preparándose para otra feria de las vanidades: la noche de los Oscar.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
martes, noviembre 11, 2008
Sin valores no hay futuro
Por Liz Mohn es presidenta de la Fundación Bertelsmann (EL PAÍS, 10/11/08):
La crisis económica que súbitamente nos ha asaltado no ha hecho más que evidenciar que el mundo en que vivimos es cada vez más globalizado. Ahora somos conscientes del vínculo que nos une a otras personas, colectivos, entidades y Gobiernos de países cuyas decisiones y actividades influyen sobre nuestro día a día. Ya no vale alegar diferencias culturales, religiosas o políticas para argumentar que no tenemos nada en común con países o continentes que geográficamente se encuentran muy lejos pero en la práctica están a un click de distancia de nosotros.
La importante victoria de Barack Obama en las elecciones de Estados Unidos es uno de esos acontecimientos que tanto nos afectan. Más allá de las consecuencias políticas señaladas por los analistas, me gustaría destacar el mensaje que el resultado nos envía en cuanto a la evolución de los valores de una sociedad entera y su incidencia más allá de ella misma: con esta elección, la ciudadanía estadounidense ha optado de forma valiente por el cambio. Y este cambio se ha convertido de inmediato en un símbolo de esperanza, no sólo para EE UU sino también para el resto del mundo. Igualmente, las expectativas generadas por los valores que representa Obama deberán cumplirse de forma global, algo que todos deseamos.
En un mundo tan estrechamente conectado en planos como el económico, el político o el tecnológico, se hace evidente que ninguna cultura -ni siquiera la americana- puede actuar sola y que cada una depende -y mucho- de las demás. Pero observamos que la tentación de cada país de actuar en solitario, o de imponer una visión particular, sigue existiendo. Esto es una clara consecuencia de que los valores y las actitudes de los seres humanos se adaptan muy lentamente a las nuevas condiciones de vida y trabajo, ya que actualmente no predomina un pensamiento progresista ni el deseo de reformas, sino más bien la inseguridad y el miedo; la consecuencia de ello es el estancamiento.
Al mismo tiempo, la sociedad y la economía experimentan una marcada pérdida de valores en las “células germinales de nuestra sociedad” como, por ejemplo, en la familia. Con una tasa de natalidad de 1,36 hijos por mujer, la República Federal de Alemania, mi país, ocupa el puesto 189 entre 192 Estados en la escala internacional que mide este ratio. Las consecuencias de este hecho sobre las estructuras sociales resultan determinantes, pues ¿dónde se transmite aún el sentido de comunidad?
En mis años de trabajo al frente de la Fundación Bertelsmann he podido comprobar que todas las comunidades y sociedades encuentran en el diálogo y en la participación ciudadana un denominador común para resolver sus desafíos. Y lo mismo ocurre en empresas de todo el mundo que, sin importar dónde desarrollen su actividad comercial, tienen en el compromiso, en la motivación personal y en la confianza de sus empleados, su principal activo a la hora de enfrentarse al desafío de conseguir la máxima productividad sin desatender su responsabilidad social.
Hoy me planteo si la globalización que ha llegado ya a nuestra vida cotidiana a velocidad de vértigo también lo ha hecho a nuestras conciencias, es decir, si realmente creemos que formamos parte de un todo intercultural e interreligioso o, simplemente, aún vamos a gatas en nuestra personal identificación con el mundo que nos rodea. Si en un reciente estudio hemos constatado la falta de una identidad europea por parte de los ciudadanos del viejo continente, imagínense a qué distancia nos encontramos de sentirnos verdaderamente ciudadanos del mundo.
Reconocer lo que nos une globalmente -que es mucho más que lo que nos separa- nos dotaría de un primer conjunto de valores comunes universalmente aceptados. Es momento entonces de que las personas sean capaces de plantearse esa búsqueda de un sustrato compartido de valores y estén dispuestas a hablar un mismo lenguaje con quienes les rodean. Este proceso ha de empezar por los políticos y los grandes empresarios, que toman decisiones, pero también ha de implicar a los ciudadanos, a las culturas no occidentales, que conforman la mayor parte de la población mundial, a las mujeres, a las minorías y a las futuras generaciones, que se harán cargo del mundo que les dejemos.
Todos debemos tener voz en un debate como el que ha tenido lugar en el congreso Diálogo y Acción, organizado en Madrid por la Fundación Bertelsmann, cuyo objetivo es alcanzar una verdadera globalización de la humanidad y un único lenguaje -a través de los valores- que nos permita tender puentes, cooperar a nivel internacional, mantener posturas comunes ante los difíciles retos que esta sociedad en continuo cambio nos plantea, adoptar acuerdos y encontrar soluciones por la vía amistosa a todos los problemas que nos vayan surgiendo. Esto ha de hacerse sin que cada uno perdamos nuestra identidad, aquella que nos confiere nuestra propia lengua y que permite describir el mundo en todas sus variantes, más rico y con prismas que contribuyan a un diálogo global con el que deberemos afrontar los conflictos de los próximos años. Nuestro mayor objetivo ha de ser que esos valores humanos prevalezcan en todo el mundo y formen nuestra lingua franca común y global para articular una coexistencia pacífica y sostenible.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
domingo, octubre 26, 2008
La globalización en terreno desconocido
Por Nicolás Baverez, historiador y economista (ABC, 26/10/08):
Cada época obedece a un principio. Y el principio de la historia del siglo XXI reside en la globalización. Una globalización estructurada en torno a un movimiento dialéctico: por un lado, la dinámica de la integración, sostenida por el mercado y la tecnología; por el otro, la dinámica del caos, avivada por el conflicto entre el sistema de valores y el aumento de la violencia hasta el límite. En la actualidad, la globalización está expuesta. Conserva su potencial de innovación tecnológica y de apertura de la economía, pero las sucesivas rupturas violentas desde el 11 de septiembre de 2001 hasta el 15 de septiembre de 2008 la han hecho oscilar hacia lo desconocido.
Las revoluciones, las guerras y las crisis económicas no han abandonado la vida de los hombres del siglo XXI; han cambiado de naturaleza. Las revoluciones ya no están guiadas por las ideologías de clase o de raza, sino gobernadas por las identidades y los mitos religiosos, étnicos o nacionalistas. La guerra escapa a los Estados y a las fuerzas militares, a medida que la violencia se independiza del marco institucional y arraiga en la población civil, la cual se convierte en el medio, en lo que está en juego y en el protagonista de los conflictos armados. Las convulsiones económicas se suceden y se aceleran. Así, el estallido de la burbuja especulativa de los créditos en Estados Unidos ha desencadenado una crisis financiera mundial y una recesión en el mundo desarrollado, hasta convertirse en la más peligrosa crisis del capitalismo desde la deflación de los años treinta. La suma del hundimiento del crédito y el consiguiente bloqueo del mercado interbancario, con la quiebra inmobiliaria, la caída de los mercados bursátiles, y el conflicto del petróleo y las materias primas es un fenómeno sin precedentes.
Asistimos al final del ciclo económico que comenzó en los años ochenta y que ha estado marcado por tres signos: la apertura de las fronteras, la liberalización y la innovación financiera. La consecuencia ha sido la descomposición de un modelo económico que mezcla naciones -como Estados Unidos, Reino Unido o España- que importan por medio de créditos, y naciones -como Alemania, China, Japón o Corea- que ahorran, invierten y exportan masivamente. Pero, sobre todo, estamos viviendo el fin de un mundo caracterizado por el monopolio de la historia por parte de Occidente, y por la supremacía absoluta de Estados Unidos desde principios del siglo XX. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del mundo, pero es una potencia relativa que, de momento, está en una situación de quiebra moral, política y económica de la que tardará mucho en recuperarse. Desde que Roosevelt fue elegido en 1932, ningún futuro presidente se ha enfrentado a una situación tan difícil.
Por el momento, en el ámbito económico, la crisis financiera hace que fracasen los instrumentos tradicionales de la política económica. No se consigue rescatar el sistema bancario y el hundimiento del crédito continúa a pesar de la inyección masiva de liquidez, de la reducción concertada de los tipos de interés por parte de los bancos centrales, de la ampliación de la garantía de los depósitos, y de la recapitalización y/o la nacionalización de las grandes instituciones financieras por parte de los Estados desarrollados. La recesión y el desempleo se resisten a las medidas de apoyo presupuestario. En suma, la crisis pone de relieve la debilidad de la regulación y la peligrosidad de las normas del capitalismo financiero, pero también la ausencia de instituciones capaces de hacer frente a las crisis mundiales, por falta de cooperación internacional. Así pues, mientras que la salida de la crisis financiera implica estrategias concertadas entre el norte y el sur o dentro de la Unión Europea, prevalecen el nacionalismo económico, las tentaciones proteccionistas y las medidas de dumping, que aceleran la contracción de los intercambios y fomentan la desconfianza.
Las democracias, en lugar de estar a salvo, se ven especialmente afectadas. Después de la Guerra Fría, se lanzaron sobre los pseudo-dividendos de la paz y del crecimiento intensivo, sin tomar conciencia de los riesgos de la globalización. Después de 2001, cedieron a los impulsos nacionalistas y de protección de la seguridad, y hasta olvidaron sus valores, igual que el Estados Unidos de la Administración de Bush. En lugar de aprender las lecciones de la crisis de las nuevas tecnologías o del hundimiento de Enron, respondieron a la burbuja de Internet con la creación de una burbuja del crédito aún mayor. Actualmente, las democracias del mundo desarrollado deben afrontar tres retos fundamentales. La deslegitimación de los dirigentes -por ejemplo, el vacío de poder que acompaña la agonía de la Administración de Bush-, y la impotencia de las instituciones, debilitadas tanto en el plano mundial, con el arcaísmo impotente de la ONU y de las organizaciones multilaterales de Bretton Woods, como en el plano europeo, con la ausencia de una Europa política y de un Gobierno económico de la zona euro.
Sin embargo, no estamos predestinados a la violencia y el caos. No hay que desesperar de esperar. La globalización puede emprender un nuevo rumbo, más estable y menos caótico, siempre que se dote de instituciones políticas que permitan amortiguar los conflictos que genera. Independientemente de que la cuestión sea la seguridad, el desarme o la lucha contra la proliferación, las negociaciones comerciales o la estabilidad financiera, el desarrollo o los flujos migratorios, los países del norte ya no pueden tomar sus decisiones en solitario.
En el plano geopolítico, la defensa de la libertad pasa por el refuerzo de las libertades individuales y del Estado de Derecho en las democracias. A continuación, por la reactivación de la unidad política y las alianzas estratégicas de las naciones libres. Finalmente, por la multiplicación de las iniciativas diplomáticas, de las organizaciones regionales, y de los mecanismos de concertación que permiten frenar los arrebatos de violencia o las crisis. En el plano económico, en cuanto pase la urgencia ligada a la protección del sistema bancario y la reactivación del crédito, se planteará la cuestión del nuevo rostro del capitalismo. Este capitalismo, más estable y menos predispuesto al riesgo, más dirigido por el poder político y menos entregado a la autorregulación, más orientado hacia la producción que sostenido por las transacciones con activos, más equilibrado entre el sur y el norte, exigirá un poder político legítimo y eficaz que aún está por inventar. Sin embargo, la amenaza del hundimiento del sistema bancario y las fuertes intervenciones públicas requeridas para encauzar el hundimiento del crédito no justifican el retorno a la economía dirigida ni la recuperación de las barreras proteccionistas.
La Humanidad entra en la era de una Historia universal. No tiene que ser forzosamente pacífica y próspera, feliz y tranquila. Se puede decir cualquier cosa del destino del siglo XXI, pero no que está estipulado. Dependerá en gran medida de la voluntad, la lucidez y la sabiduría de las naciones y de los pueblos libres. Depende de ellos el entregarse a un examen de conciencia indispensable acerca de los errores que presidieron la gestión de la posguerra fría y posteriormente de las crisis de 2001 y 2007. Depende de ellos conjurar las pasiones colectivas regresivas, que toman la forma de nacionalismo, proteccionismo o xenofobia. Depende de ellos imaginar y promover las nuevas formas políticas de una sociedad abierta.
Depende de ellos mantener las promesas de la globalización y convertirla en una nueva revolución de la libertad.