Mostrando las entradas con la etiqueta Evolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Evolución. Mostrar todas las entradas

martes, marzo 31, 2009

La perplejidad de Darwin

Por Gonzalo Pontón, consejero delegado de CRÍTICA (EL PAÍS, 29/03/09):

Durante los próximos meses asistiremos a la publicación de varias ediciones conmemorativas de los 150 años de El origen de las especies, que se dio a las prensas cuando su autor, Charles Darwin, iba a cumplir 50. Es justo que sea así. De la carismática trinidad progre (Darwin, Marx, Freud), ninguno ha podido derrotar al tiempo como el primero.

Aunque quedan algunos detalles por ajustar que no afectan a su esencia, la teoría de la evolución ha sido verificada hasta la saciedad desde el registro fósil a la genómica comparativa, y hoy es un hecho científico tan indiscutible como la existencia de los átomos o la de los agujeros negros. Indiscutible, pero no indiscutido. Las Iglesias cristianas, judías y musulmanas no pueden aceptar la teoría de la evolución porque, según sus libros santos, un dios primordial omnipotente y omnisciente lo creó todo en seis días (o en seis mil millones de años, que en lo de la cronología los clérigos más espabilados se apuntan a la metáfora).

Acuciados por los descubrimientos científicos que han ido desmontando, pieza a pieza, la narración del Génesis y todos los mitos de creación existentes, ciertos fundamentalistas religiosos han propuesto, como explicación “científica” alternativa a la evolución, la existencia de un diseñador inteligente, en un remake de la vieja narración bíblica, pero sustituyendo al Anciano de los Días por, digamos, un Enric Satué o un Alberto Corazón todopoderosos.

La teoría de Darwin se asienta en cuatro pilares fundamentales: la evolución, el gradualismo (con las matizaciones de Stephen Jay Gould y Niles Eldredge), la especiación y la selección natural.

A estos cuatro pilares, el profesor Jerry A. Coyne, que acaba de publicar un libro titulado Why Evolution is True, añade un quinto que me parece irrefutable: “La imperfección es la marca de la evolución, no la del diseño consciente”. En efecto, la evolución produce criaturas imperfectas, inacabadas. Los mecanismos evolutivos han dotado al kiwi de unas alas sin función; la mayoría de las ballenas conservan vestigios de pelvis y huesos de las patas como recuerdo de su pasado de cuadrúpedos terrestres; los humanos contamos con músculos para accionar una cola ya desaparecida, erizar plumas de las que no disponemos (la “carne de gallina”) o mover cómicamente las orejas.

Por no hablar del famoso apéndice, muy útil para que nuestros abuelos primates pudieran hacer fermentar las hojas de los árboles y transformar su celulosa en azúcares. ¿Qué función desempeña en los humanos aparte de ponerles, a veces, en riesgo de muerte? Tal vez el diseñador inteligente haya sidoun cirujano avispado. ¿Sabían ustedes lo del nervio laríngeo de los mamíferos?

Yo tampoco, pero el profesor Coyne lo explica de maravilla: el tal nervio interviene en la fonación, pero en vez de ir directamente del cerebro a la laringe, desciende hasta el pecho, gira alrededor de la aorta y regresa a la laringe en un recorrido tres veces mayor del necesario. Fascinante. Pues ese nervio hace lo mismo en las jirafas, bajando y subiendo por su cuello como un taxista sin GPS. Ninguna deidad que se precie sería tan despistada. Lo que sucede es que el nervio laríngeo procede de los arcos branquiales de nuestros antepasados, los peces, y allí sí cumplían una función.

El aparato reproductor de los humanos es una galería de chapuzas y un campo minado.

¿Por qué los testículos no se forman directamente fuera del cuerpo, donde la temperatura es adecuada para los espermatozoides? Se forman en el abdomen, y cuando el feto tiene unos siete meses emigran al escroto a través de los canales inguinales, debilitando las paredes abdominales con el riesgo de causar hernias, a veces mortales. La uretra está muy mal diseñada, porque pasa por medio de la próstata, y cuando ésta se inflama dificulta o impide la micción.

Las mujeres paren a través de la pelvis en un proceso doloroso e ineficaz, porque es demasiado estrecha (por necesidades de la locomoción bipedal) para un cráneo que ha debido ensancharse para acoger el crecimiento del cerebro. Desde luego, el diseñador inteligente no era una mujer. Y ya que estamos hablando de los bajos, si usted fuera diseñador, ¿habría colocado una planta procesadora de residuos junto a un parque de atracciones?

Pero además, Darwin ya previó algo extraño en la selección natural, y es que no siempre actúa en bien de la especie. A veces la evolución puede producir resultados útiles para un individuo, pero perjudiciales para la especie en su conjunto. He aquí un ejemplo fastuoso aportado por el genio de Forges (EL PAÍS, 22 de febrero): en el dibujo aparece un obispo o cardenal (¿Rouco? ¿Camino?) de gesto avinagrado que Darwin observa entre perplejo y azorado. ¿Por qué razón?

Porque ve, como Forges y como yo, que aquí la selección natural no ha jugado en favor de la especie.

Si la selección natural “apaga” los genes más perjudiciales y activa los más favorables, ¿por qué existen los eclesiásticos? Si a través de la evolución y de la cultura, el animal humano ha mejorado la calidad de su vida, ha ampliado el alcance de su inteligencia y ha conseguido dotarse de una consciencia ética que le impulsa a amar a sus semejantes, a respetar sus vidas y sus libertades, y que le reprocha íntimamente, insoportablemente, sus miserias y su capacidad para el mal, ¿cómo es que no se ha desembarazado de los clérigos?

¿Qué función evolutiva tienen esos oscuros intérpretes de unos dioses atávicos que envían a niños-bomba a matar y ser muertos?

¿Por qué sobreviven seres inmorales capaces de engañar a sabiendas a los más débiles y desvalidos de los humanos diciéndoles que los preservativos pueden aumentar el riesgo de contraer el sida?

Sólo desde Darwin puede explicarse la existencia de tales criaturas: deben de ser vestigios de nuestros antepasados los reptiles.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, marzo 01, 2009

Redención y palabra

Por Víctor Gómez Pin, catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 01/03/09):

Es seguro que, al menos en los Estados Unidos, el año Darwin será ocasión de que se acentúe la crudeza de la polémica entre los defensores de las tesis evolucionistas y los defensores de posiciones creacionistas, ya sea en su formulación convencional, ya sea en modalidades aparentemente más sofisticadas, como las que apelan a una idea directriz que se hallaría en el origen de la naturaleza y de la vida y que determinaría su evolución.

Como casi todas las polémicas en las que los defensores de un criterio de objetividad al que medir las teorías se enfrentan a los que sostienen posiciones a priori, la posibilidad de compromiso es muy pequeña, y desde luego nula cuando la polémica se intenta llevar a ese tribunal de la razón que ha de constituir la universidad. En el seno de ésta es imposible -o al menos inaceptable- que alguien niegue el hecho de que todos los seres vivos estamos sometidos a la selección natural y que compartimos rasgos que remiten a un universal común ancestro.

Para un racionalista lo interesante ante los defensores del creacionismo no es quizás tanto posicionarse sobre el contenido de lo que sostienen como preguntarse por qué lo sostienen. Pues en muchos casos, aferrarse a la teoría de un Dios, más o menos disfrazado de “designio inteligente”, es una manera de manifestar la profunda desazón que puede llegar a producir una presentación de la teoría evolucionista que reduce al hombre, es decir, que niega su singularidad radical en el seno de las especies.

Por prudente que fuera Darwin a la hora de extraer consecuencias filosóficas de sus observaciones científicas, de su teoría suele inferirse que la diferencia entre el hombre y las especies que constituyen nuestros parientes es sólo cuantitativa o de grado. La negación de esta singularidad adopta a veces la forma de negación de la diferencia radical entre el lenguaje humano y los códigos de señales animales. Se acepta que la aparición de la vida supuso un enorme salto cualitativo en la historia del universo, pero no se está dispuesto a aceptar que la aparición del lenguaje (es decir aquello en lo que reside la esencia o naturaleza del hombre) supone un salto cualitativo no menos importante.

La homologación del destino de este fruto de la historia evolutiva que es el hombre al destino de los demás animales, puede provocar como reacción el refugio en la irracionalidad o, caso de interiorizar la tesis, una postración nihilista. Pues para el único ser que se sabe fruto contingente de la historia evolutiva, para el único ser que conoce su condición animal, la finitud inherente a esta condición corre el riesgo de ser sentida como una desgracia.

A esta vivencia nihilista y a sus eventuales consecuencias morales alude un héroe de Dostoievski al sostener que en ausencia de Dios todo estaría permitido. Pero felizmente hay alternativa: es ciertamente difícil no buscar refugio en Dios, o no caer en el nihilismo si se niega que la aparición del ser humano supuso un salto cualitativo en la evolución, pero todo cambia si se confía en la radical singularidad de nuestra naturaleza, si se apuesta a la vida del lenguaje y a sus leyes, si, en suma, se sigue el ejemplo del escritor Dostoievski y no el de su héroe.

Pues el trabajo de todos los grandes del verbo (pienso al respeto en admirables páginas de Marcel Proust) sólo se explica en base a la convicción de que el lenguaje no puede reducirse a instrumento al servicio de la subsistencia, y ni siquiera a vehículo de exploración cognoscitiva de la naturaleza. Siendo esta segunda capacidad el primer don con el que la naturaleza nos singularizó, narradores y poetas apuestan a riqueza aún mayor. Apuestan a que el lenguaje, fruto azaroso de la evolución, alcance sin embargo la potencia de ese Verbo al que hacen referencia desde Aristóteles a Chomsky, pasando por los Evangelistas y Descartes; potencia que no nos arranca al mundo pero sí nos hace sentir que lo irreversible del devenir del mundo no es lo único que determina a los seres humanos.

No es en absoluto necesario comulgar con dogma irracional alguno para hacer propia la frase según la cual “en el principio está el Verbo”. Basta simplemente por entender por principio aquello que da sentido y que permite la única aprehensión del mundo que nos sea dada a los humanos. Se trata simplemente de asumir que si la palabra es lo que da significación, sin la palabra todo es insignificante.

Narradores y poetas apuestan a que el lenguaje pueda librarnos parcialmente del gravamen que en la inmediatez natural coarta nuestra libertad, a que pueda rescatarnos del vejamen que para el ser de palabra supone la finitud y, en suma, apuestan a que el lenguaje encierre una potencialidad literalmente redentora.

Sugería Marcel Proust que esta potencia se actualiza en cada uno de nosotros cada vez que asumimos plenamente nuestra singular naturaleza; cada vez que, comportándonos como seres de palabra, en lugar de usarla, hacemos de su enriquecimiento un fin en sí.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, febrero 12, 2009

En el bicentenario del nacimiento de Darwin

Por Eduardo Punset, escritor y divulgador científico (EL MUNDO, 12/02/09):

Si existe una biografía oficial de Charles Darwin y una exposición también oficial -que se inaugura hoy mismo, día de su cumpleaños, en el Museo de Ciencias Naturales de Londres-, esa biografía y esa exposición se las debemos al paleontólogo Niles Eldredge, de la City University de Nueva York. Me acuerdo siempre de él cuando queremos hablar de Darwin porque lo ponía a la altura de Lincoln que, además de ser un buen político, había entendido como nadie la trascendencia de la democracia para la vida ordinaria de la gente. Siendo un científico, Darwin había ido mucho más allá también al conmover toda la filosofía de la vida, descubriendo que los organismos evolucionaban. Marx y Freud fueron muy importantes -cada uno en su campo, dice Eldredge- pero no conmovieron el edificio del pensamiento como hicieron Darwin y Lincoln.

En términos científicos nadie ha podido cuestionar que Darwin tenía razón al sugerir que todos procedemos de un origen común.Hoy hemos podido comprobar que el ADN de la mosca del vinagre es muy parecido al nuestro. Las especies -en contra del pensamiento dogmático y heredado- habían evolucionado. El lo llamaba descendencia con modificación. No era cierto que los distintos arquetipos representaran la voluntad divina, de que perduraran para siempre.La música de la evolución está en la diversidad que trasluce el paso de una especie a otra, mientras que los arquetipos no son sino ruidos instantáneos en la perspectiva del tiempo geológico.

Al asumir una hipótesis científica que consideraba probada, Darwin actuaba en consecuencia en cualquiera de los ámbitos en los que se movía. Cuando uno de los indígenas rescatados de una tribu en Patagonia, en un viaje anterior al de Darwin, decidió por su cuenta y riesgo regresar y reanudar la vida de antes, el capitán del barco lo consideró un fracaso del mundo civilizado y una muestra de la incapacidad de la cultura indígena para adaptarse a la modernidad; para Darwin, en cambio, se trataba de un hecho normal, porque no consideraba que eran dos organismos tan distintos como creía la mayoría de la gente. Un hombre de la calle en Londres y un indígena de la Patagonia. Su honestidad intelectual y su independencia de criterio fueron asombrosas.

Los cambios a lo largo de la evolución se habían hecho mediante la selección natural, modelada por la progresión geométrica de la población y las mutaciones genéticas aleatorias. Siempre hubo más bocas para alimentar que comida disponible; del resto se encargaban las mutaciones aleatorias. Una gran parte de estas mutaciones eran el subproducto del desvarío genético. Otras eran favorables y muchas otras adversas Sin entrar ahora en el debate de si el darwinismo da o no cobijo a la idea de progreso, lo cierto es que, como afirmaba uno de los grandes paleontólogos de Harvard, Stephen J. Gould, darvinista a pesar suyo, «no hay propósito en la evolución». No es cierto que caminemos imperturbablemente hacia un mundo mejor. Si acaso más complejo. «Tenemos cinco dedos» -afirmaba Darwin- «no porque así nos convenga, sino porque los tenían nuestros antepasados anfibios». No es difícil imaginar un mundo más distinto del que existía antes de Darwin. Con anterioridad, no había evolución y en el caso de dar señales de inteligencia era la mano de la divinidad.

PARA el saber en tiempos de Darwin, la Tierra tenía 4.000 años en lugar de 4.000 millones. No hacía falta contar con la perspectiva geológica del tiempo que fundamentaría luego los alambicados procesos de la evolución de las especies. Darwin tuvo que esperar a que los geólogos confirmaran que la historia de la Tierra daba tiempo para que fraguara el largo discurso evolutivo desde las primeras bacterias a los homínidos más recientes.

A pesar de las batallas ideológicas a que ha dado lugar la herencia darviniana, ningún científico ha estado más alejado de la lucha ideológica que Darwin. El mismo era creacionista cuando emprendió el viaje con el Beagle para estudiar la selección natural y la selección sexual, dos columnas básicas de su pensamiento. Es la experimentación la que se interpone en la idea del diseño de un creador y sin duda puso mucho más cuidado en no agraviar a los que se consideraban confesionales que los actuales partidarios de anunciar en los autobuses que Dios no existe. Ahora bien, aunque Darwin pudo modificar algunas de sus hipótesis, es falso que antes de morir aceptara con resignación la doctrina heredada.Darwin sufrió tantas desdichas con la muerte de sus allegados que lo consideró una prueba adicional de la no existencia de Dios. Su amor del alma, Emma -muy religiosa- estaba tan convencida de la ausencia de odio o rabia en la postura agnóstica de Darwin que su lamento por la falta de fe de su marido tenía como única razón «no poder estar con él después de muerto».

Es bastante grotesco calumniar el pensamiento de Darwin tildándolo de una simple teoría. El hablaba siempre de «my theory», de su teoría. Todas las grandes conclusiones de la ciencia son, por supuesto, teorías expuestas a que en un momento determinado se pueda demostrar lo contrario. Darwin nunca escondió sus dos pasiones: ser reconocido por el descubrimiento de la selección natural que modela la evolución y la utilización del método científico en sus análisis. Es muy difícil que el pensamiento dogmático le perdone del todo la osadía de utilizar la ciencia para desmentir mitos como la creación, fruto, supuestamente, de un diseño inteligente y no de la evolución.

Durante un tiempo tampoco se le perdonará que descendamos de un antepasado común de los primates sociales. «Yo no desciendo del mono», me contestó una gran artista de la canción española al sugerirle los principios de la selección natural. Darwin tenía una concepción tan humana de los humanos que escribió el primer libro sobre las emociones básicas y universales con las que venimos al mundo. Aunque ahora cueste creerlo, entonces se consideraba que la ciencia tampoco debía entrar en el análisis de estas emociones a las que, en lugar de conocerlas para gestionarlas luego, había que atropellarlas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Darwin y la vida humana

Por César Nombela, catedrático de la Universidad Complutense (ABC, 12/02/09):

El quehacer de la Ciencia tiene como objetivo el conocimiento racional de la realidad. En el rigor de las aproximaciones metodológicas -observación, medida, experimentación- se sustenta la validez de los resultados, el alcance de las teorías que los interpretan y el de las ideas que se consolidan a partir de esos hallazgos. La práctica de la Ciencia ha supuesto una apasionante aventura intelectual para el ser humano, la única especie biológica capaz de razonar y de reflexionar en el sentido más amplio. También la creación artística de cualquier índole supone un atributo definitorio de la condición humana. Hay diversas formas de conocer y conocernos, la Ciencia no es la única.

La Ciencia ha progresado mediante aproximaciones reduccionistas con la pretensión de obtener conclusiones de validez general. Sin embargo, hay también una aspiración humana para comprender el conjunto de la realidad, desarrollando una cosmovisión propia en la que englobar conocimiento y valoraciones. Desde ese punto de vista, no cabe la fragmentación del conocimiento. Cuando se cumple el segundo centenario de Charles Darwin, junto con el sesquicentenario de la publicación de su obra principal, El origen de las especies, importa valorar su obra científica como tal, así como su influencia en la cultura y en la organización social, que tanto impacto ha tenido en la vide muchas personas.

La variación natural en los seres vivos era patente, desde siglos antes, gracias a los esfuerzos de numerosos naturalistas, comenzando por el propio Aristóteles. Darwin desarrolló su experiencia a partir de la observación detallada de numerosas especies en ambientes salvajes. Igualmente, percibió los efectos de la selección artificial que efectuaban los criadores de aves domésticas, forzando la selección de determinadas variedades. Al proponer la selección de los más aptos, como fuerza que opera sobre las variantes individuales que aparecen de manera natural, Darwin pudo encontrar una de esas ideas que permiten conclusiones de valor general. Fenómenos aleatorios, no deterministas, como la variación biológica, se ven afectados por una selección que opera sobre la capacidad adaptativa.

La evolución biológica mediante la selección natural, se convirtió en la idea dominante, la clave fundamental para explicar los fenómenos propios de los vivientes. Tras Darwin había de llegar la genética mendeliana, que demuestra la herencia de los caracteres y sus variaciones. Surgiría después la Biología Molecular, trasladando al nivel de los propios genes la explicación de las variaciones y las bases de su selección, en una síntesis que validaba las ideas evolutivas. Los datos han ido encajando para configurar que existe una unidad en el sustrato definitorio de los seres vivos, así como una organización biológica que se hace más compleja con la aparición de las sucesivas especies.

En cualquier caso, como señalan los biólogos evolucionistas más razonables, el valor de la aportación de Darwin es haber formulado una teoría sobre la que se puede seguir ampliando el edificio científico, que no está agotada, pues muchas preguntas siguen vigentes. Porque aun siendo una explicación razonable, la teoría de la evolución es eso, una teoría no demostrable experimentalmente en su globalidad. Y porque la cantidad de fenómenos evolutivos por explicar es mayor que la de los explicados. Los grandes saltos como la emergencia de las células eucarióticas (con verdadero núcleo), el propio concepto de especie y su generación, de forma que sea aplicable a todos los organismos (las especies bacterianas no pueden ser definidas como comunidad de reproducción), el ritmo de los cambios evolutivos, etc. son cuestiones que siguen abiertas. El conjunto de ideas que se han ido desarrollando en el mundo de la Ciencia desde Darwin diseñan también un universo en cambio; el universo no es estable como postuló Newton, sino que tuvo un comienzo y evoluciona experimentando un proceso de expansión. Se esfumó hace tiempo el sueño de Laplace, de predecir todo lo que ha de ocurrir en un universo determinista.

Darwin destaca entre los otros científicos que también propusieron la evolución biológica. De ahí que se atribuyan al darwinismo las derivaciones de su teoría que impactaron en el mundo del pensamiento y de la organización social. Los resultados de este impacto no son naturalmente responsabilidad del ilustre naturalista inglés, más bien desbordan el hecho científico para adentrarse en interpretaciones de la naturaleza humana con consecuencias variadas.

El darwinismo social supuso la consagración de principios individualistas, como fuente razonable de toda organización, enfatizando la competencia y la lucha por la existencia. La visión monista del hombre, desde una perspectiva exclusivamente materialista, incluso llegó a formularse como una pseudo-religión inspiradora del materialismo histórico (marxismo), o de la superioridad de las razas y la justificación de la eliminación de los más débiles (nazismo) y la eugenesia. La falta de un propósito atribuible a los procesos de selección natural, ya que actúan sobre cambios aleatorios, ha dado pie a formulaciones descalificadoras de la visión trascendente de la vida humana, que desbordan el alcance del propio hecho científico. En términos dramáticos, Monod nos urge a aceptar nuestra soledad de seres abandonados en un mundo indiferente en que hemos emergido por azar. Desde una visión casi metafísica del azar (como señala Arana), nos insta -con lenguaje paradójicamente evangélico- a elegir entre el reino y las tinieblas, siendo el primero la aceptación de la carencia de sentido. Finalmente, desde una visión más flemática, Dawkins sentencia que somos simplemente el vehículo de genes egoístas, que se auto-propagan en un universo carente de diseño, propósito, mal o bien, por lo que no es probable que sea fruto de ningún diseñador ¿para qué preocuparse?.

Sin embargo, la estructura evolutiva en el mundo de lo vivo, de la que somos parte, supone una visión perfeccionada de la realidad material que también nos constituye. Pero, igualmente sabemos que somos la única especie biológica capaz de actuar anticipando las consecuencias de nuestras acciones, y de elegir en función de criterios de verdad, bien, amor y justicia. Nada hay en el darwinismo que nos demuestre la trascendencia de la vida humana, pero tampoco hay nada que la niegue. Revirtiendo visiones opuestas, Ayala ha llegado a señalar que la teoría de la evolución puede también verse como el regalo de Darwin a la religión; la imperfección es inherente también a los procesos naturales. Desde el conocimiento de nuestra realidad biológica, hermanados en la naturaleza con el resto de los vivientes, podemos seguir abiertos a la pregunta fundamental sobre el sentido de nuestras propias vidas. La vida humana, la de cada persona que habita en este planeta, es el resultado de una serie de fenómenos altamente improbables, pero que, no obstante, han ocurrido. Sabemos mucho más de las leyes físicas que gobiernan el ambiente en el que hemos surgido. Podemos ser más libres para bucear en los misterios que persisten detrás de unas leyes de la naturaleza en las que nuestra propia existencia se enmarca.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, febrero 08, 2009

El enigma del darwinismo social

Por Salvador Giner, presidente del Institut d´EstudisCatalans (LA VANGUARDIA, 08/02/09):

El mundo del saber no habría de ser ya igual a partir del año 1859. Hasta quienes más les place hacer hincapié en la dimensión anónima y colectiva del avance científico se ven obligados a aceptar la fulminante aportación de una sola y sencilla teoría, la expuesta por Charles Darwin en El origen de las especies, de 1859. A pesar de lo radicalmente nuevo de su hipótesis, ni siquiera el mismo Darwin escapó al influjo de las ideas de otros sabios.

Así, El origen es deudor directo de la ciencia social, y en especial de la obra de Malthus, con su noción central de lucha por la vida opor la existencia. Más tarde, en su segunda gran obra, La ascendencia del hombre, de 1871, las ideas de su admirado amigo el sociólogo Herbert Spencer pesaron con igual fuerza. Por su parte, el evolucionismo moderno hunde sus raíces en un filósofo como Spinoza, del siglo XVII.

La deuda con la ciencia social de la deslumbrante idea de Darwin fue saldada inmediatamente por su vasta repercusión en las ciencias humanas. Estudiosos de todos los ámbitos quisieron incorporar el descubrimiento del naturalista inglés a sus propias teorías. La admiración de Karl Marx por Darwin fue inmensa. En todas las ciencias sociales, desde la etnología hasta la politología, desde la sociología hasta la historia, surgió un afán por incorporar un evolucionismo ajustado a nociones como las de selección natural, lucha por la vida y supervivencia de los mejor dotados, a las interpretaciones más científicas de la sociedad humana.

Retrospectivamente contemplamos hoy la aportación de toda esa compleja corriente con suave escepticismo. Pero el mayor tributo que le rendimos no se halla en su rechazo, sino en la aparición de un neoevolucionismo sociológico mucho más cauto, más riguroso y menos grandioso en sus ambiciones, que está produciendo aportaciones interesantes.

La visión de la sociedad humana como espacio esencialmente conflictivo es muy antigua. Las teorías sociológicas más interesantes sobre la dinámica social hacen hincapié, desde mucho antes de Charles Darwin, en la lucha por los recursos escasos, el dominio de unos hombres sobre otros, la consolidación de élites, la subordinación de ciertas clases a otras, la marginación o exclusión sociales y, naturalmente, la guerra, la concurrencia económica -despiadada a veces-y la liza que caracterizan nuestra historia desde siempre. La hipótesis y las explicaciones de Darwin vinieron a reforzar esa vieja tradición “conflictivista” de análisis de los asuntos humanos. La enriquecieron notablemente, aunque, en algunos casos, introdujeron algunas simplificaciones de estilo sociobiológico que la investigación posterior se ha encargado de corregir, matizar y superar.

Por otra parte, lo malo de aportaciones del calibre de la de Darwin -o la de Marx, a la de Freud-es la de su fácil, inevitable tal vez, transformación y degeneración vulgar en mera ideología. Si el mensaje del Evangelio de San Mateo nunca impidió el horror de la Santa Inquisición, tampoco el de Darwin - que no es un mensaje moral-impidió que fuera tergiversado por tirios y troyanos. No pocos tirios - capitanes de industria, depredadores capitalistas de tierras vírgenes, fabricantes privados de armamento-consideraron su riqueza y preeminencia resultado de su superioridad natural en la lucha por la vida, y apelaron al nombre de Charles Darwin para justificarse.

Tampoco la izquierda socialista se salvó del desastre: sabemos que los abusos de la eugenesia en Escandinavia, influidos por un entendimiento erróneo de que la selección natural debía ser complementada por la artificial, produjeron estragos de los que lo mejor es acordarse, en lugar de olvidarse.

El darwinismo social no es cosa del pasado. Así, durante la larga fase neoliberal y neoconservadora que ha conducido a la presente recesión económica, vivíamos en un neodarwinismo social vulgar, larvado e inconfesable, en el que, casi siempre privadamente, gentes responsables aceptaban las disfunciones -es decir, los daños, los descalabros-de la dinámica económica y en gran medida política con la resignación de que era un proceso presuntamente natural del que saldríamos todos ganando con el triunfo de los más competitivos, mejor dotados, más potentes, más eficaces.

Todo ello sin corregir, por imperativo moral, y aunque fuera de modo reformista y pacífico, las injusticias del mundo y la desigualdad brutal de oportunidades que sufre la mayor parte de la raza humana.

Hora es ya de desvelar el enigma que se esconde en ese haz complicado, e inmensamente influyente, de ideas que cubre el darwinismo social. Es hora de señalar cuáles de entre ellas son perniciosas, acientíficas o enteramente falsas. Y cuáles, sin duda alguna, responden a una agradable aproximación a la siempre inalcanzable verdad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, diciembre 26, 2008

El evolucionismo y sus ramificaciones: ciencia y religión

Por Juan A. Herrero Brasas, profesor de Etica Social en la Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 26/12/08):

En el año que ahora termina se cumple el 150 aniversario de la publicación de El Origen de las especies, obra sobre la que Charles Darwin sustentó su teoría de la evolución. La extraordinaria influencia que dicha teoría ha ejercido en la sociedad occidental a lo largo de más de un siglo es algo que tan sólo en la actualidad estamos empezando a vislumbrar en sus auténticas dimensiones.

La teoría de la evolución de Darwin, como es sabido, no surgió en un vacío (Jean B. Lamarck y otros ya habían propuesto sus propias teorías evolucionistas). La idea estaba en el aire, por así decir, pero en El origen de las especies, con sus minuciosas observaciones, Darwin le dio su formulación más sólida y convincente. La teoría darwiniana de la evolución prendió en la mentalidad popular y en las esferas intelectuales con una rapidez y fuerza pasmosas, e influyó decisivamente sobre el clima intelectual y político de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX. Su influencia está presente de un modo central, por ejemplo, en la teoría marxista (El Capital apareció publicado nueve años después de El origen de las especies), como también lo está, entre muchos otros autores decimonónicos, en el pensamiento de Nietzsche y hasta en el del poeta norteamericano Walt Whitman.

En la evolución darwiniana el hombre moderno creyó ver revelada por la naturaleza misma la dirección del progreso, y entendió que lo racional y adecuado era colaborar con ese impulso evolutivo por todos los medios a su alcance. Tal convicción encontró su punto de eclosión en la ideología nazi. Pero para el momento en que el nazismo adquirió su monstruosa forma política, el mundo occidental estaba ya infectado por la ideología del darwinismo social, una ideología de cooperación racional con la evolución de la naturaleza. Racismo y darwinismo social han ido de la mano a lo largo del siglo XX.

La idea de la supervivencia del más fuerte, versión original de la teoría de la evolución darwiniana, entendida como mecanismo exclusivo, carece de suficiente fuerza explicativa. Por ello daría paso en la segunda mitad del pasado siglo a la más sofisticada noción de mutación genética por azar (random genetic mutation). Las mutaciones genéticas, que se producen por azar, pueden ser positivas (las que favorecen una mejor adaptación al medio y proporcionan ventajas reproductivas), indiferentes o negativas. Las mutaciones favorables ocurridas al azar -estadísticamente muy improbables- se habrían ido acumulando hasta dar lugar al estado actual de la naturaleza. Por supuesto, según la teoría, el proceso es más complejo de lo que es posible explicar en un par de líneas, pero lo que subyace en definitiva es la noción del puro azar.

La idea de que, dada la suficiente cantidad de tiempo, el azar es capaz de dar lugar a todo tipo de combinaciones ha sido defendida por los teóricos más radicales del evolucionismo. Es famoso el planteamiento del astrónomo Sir Arthur Edington, que en 1929 afirmó que, dado el tiempo suficiente, un batallón de chimpancés tecleando al azar acabaría escribiendo todas las obras que hay en el Museo Británico. Hoy, sin embargo, una rama de las matemáticas, la probabilística, valiéndose de los últimos avances de la informática, ha demostrado la práctica imposibilidad de la predicción de Edington, y con ello, sin pretenderlo, ha planteado un imponente reto a la teoría de la evolución. Un ejemplo concreto que ponen matemáticos y expertos en probabilidad, como Michael Starbird, de la Universidad de Texas, es el análisis de las probabilidades que hay de que a base de teclear una combinación de 18 caracteres y espacios al azar surja de modo fortuito la shakespeareiana frase To be or not to be.

Este es el resultado: si tuviéramos mil millones de chimpancés tecleando al azar una vez por segundo una combinación de 18 letras y espacios (los que ocupa dicha frase) desde el inicio mismo del universo, hace aproximadamente 13.700 millones de años, la probabilidad de que para el momento actual en alguno de esos tecleos al azar hubiera surgido To be or not to be es una de entre mil millones. Es decir, pese a ese inimaginable número de tecleos, la aparición de dicha frase al azar es infinitamente más improbable que ganar la más difícil de las loterías a base de comprar tan sólo un billete.

Cada una de los millones de coincidencias fortuitas, mutaciones y combinaciones de mutaciones al azar que han tenido que ocurrir para dar lugar a la extrema sofisticación del organismo humano y del resto de la naturaleza implican una probabilidad menor que la aparición de To be or not to be en un tecleado al azar. No hará falta decir más para hacerse idea del descomunal problema que este hallazgo representa para una teoría de la evolución puramente ciega, al azar: dicho de modo simple, no ha habido, ni remotamente, tiempo suficiente desde que hay vida en el planeta Tierra para que se produzcan y acumulen al azar semejante cantidad de mutaciones.

Este problema ya había sido intuido por los grandes físicos del siglo XX. A Einstein se debe la famosa frase de que «Dios no juega a los dados con el Universo», a lo que Niels Bohr replicó: «Quién eres tú, Einstein para decirle a Dios lo que tiene que hacer». Dando aún más la vuelta a la tuerca, Stephen Hawking sentenció: «Dios no sólo juega a los dados, sino que los echa donde no los podemos ver».

El problema no es creacionismo bíblico frente a big bang y evolución. Ese es un dilema ficticio generado a partir de ciertos grupos fundamentalistas norteamericanos. El big bang y la evolución no son de por sí cuestiones que planteen un problema para la religión. El big bang fue descubierto por George LaMaitre, científico belga y sacerdote católico de la primera mitad del siglo XX. Hasta tal punto la teoría del big bang no se veía (ni se ve) como una amenaza para la religión, que Pío XI condecoró a LaMaitre por su descubrimiento. Es más, la teoría del big bang conduce fácilmente a la noción de un poder superior que ha creado el universo a partir de la nada. Precisamente porque esta teoría se veía como tan conveniente para la religión (y especialmente sospechosa, claro, procediendo de un sacerdote católico), Sir Alfred Hoyle, prestigioso matemático, ateo militante y evolucionista convencido, se burló de la misma bautizándola «el big bang», nombre con el que se ha quedado. Poco antes de morir, en 2001, Hoyle, a la vista de los últimos descubrimientos en probabilidad, publicó The Mathematics of Evolution, un libro en que demuestra matemáticamente la imposibilidad de la evolución al azar, por las razones expuestas anteriormente. En su libro, todavía desde un ateísmo militante, Hoyle hace un urgente llamamiento al mundo de la ciencia para que encuentre un nuevo soporte explicativo para la teoría de la evolución antes de que ésta, en su formulación actual, se desplome o caiga en el desprestigio. Un complicación añadida es que, cuando se observan los procesos de azar a gran escala (algo que es posible ahora gracias a los avances informáticos) se observan regularidades. Esto parece sugerir que, en última instancia, incluso si la evolución se hubiera producido por azar, sólo habría sido por un azar aparente.

Son precisamente estos descubrimientos en probabilidad y en física los que están generando entre algunos pensadores una auténtica hipótesis científica de la existencia de un poder e inteligencia supremos, es decir, lo que habitualmente llamamos Dios. Es el caso de intelectuales como Antony Flew, exponente máximo del ateísmo en la segunda mitad del siglo XX. En sus numerosos libros, artículos y debates públicos, Flew argumentó incansablemente a lo largo de décadas a favor de las tesis del ateísmo. En 2004, para perplejidad general, ante una audiencia que esperaba escuchar sus más sofisticadas argumentaciones en defensa del ateísmo, Flew anunció que, basado en la más reciente evidencia científica, había llegado a la inevitable conclusión de que existe Dios. El proceso de su conversión intelectual lo explica en detalle en su reciente libro There Is a God. Pero entiéndase que Flew no estaba necesariamente refiriéndose al Dios bíblico, sino tan sólo a la existencia de un Ser supremo que ha creado el universo y ha guiado la vida sobre la Tierra a su punto actual. De hecho, Flew sigue sin creer en la vida después de la muerte ni en otros postulados que se asocian con el Dios bíblico.

A 150 años de la publicación de El origen de las especies, a 141 de la publicación de El Capital y a poco más de cien de las principales obras de Freud, si una lección debemos sacar es la de ser prudentes y no asumir ciega o fanáticamente lo que la ciencia, y los intereses que subyacen a ella en cada momento histórico, nos presentan como absolutamente evidente e incontrovertible.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, julio 11, 2008

Félix de Azara, Wallace y Darwin

Por Santiago Grisolía, bioquímico (ABC, 03/07/08):

EL pasado 19 de junio, con motivo de la entrega de los Premios Mariano de Cavia, Luca de Tena y Mingote, que da este periódico, tuve la suerte de charlar con Mónica Fernández-Aceytuno y a través de ella me enteré, y debía estar avergonzado por no haberlo sabido antes, del importante papel que tuvo el español Félix de Azara en la evolución de las ideas de Darwin.

Hace ahora 150 años, en junio de 1858, Darwin recibió una carta de Alfred Russel Wallace, naturalista que trabajaba en la lejana Malasia, en la que exponía sus ideas sobre la evolución, coincidentes con las del propio Darwin, quien había estado pensando durante muchos años, y escribiendo notas sobre el tema. Como consecuencia, sus amigos el geólogo Lyell y el botánico Hooker, se apresuraron a leer, ante la Linnean Society, el 1 de julio, las propuestas tanto de Wallace como de Darwin e instaron a este último a escribir febrilmente. Es de señalar que no pudieron estar presentes ni Wallace, por encontrarse aún en Indonesia, ni Darwin que estaba enterrando a uno de sus hijos. En 1859 se publicó «El origen de las especies», que tuvo un éxito inmediato.

Hace poco tiempo, el profesor Giorgio Bernardi, presidente de la Stazione Zoológica Anton Dohrn de Nápoles, me comentó su propósito de organizar una gran reunión en mayo de 2009, conmemorando este hecho y sugirió la posibilidad de que hiciésemos una reunión satélite en Valencia. Con este motivo, mis amigos José Mª López Piñero y el actual compañero del Consejo Valenciano de Cultura, Vicente Muñoz Puelles, me comentaron el hecho de que 50 años después de la publicación del libro de Darwin, los estudiantes de la Facultad de Medicina de Valencia, realizaron una serie de reuniones de gran categoría.

Vicente Muñoz Puelles me hizo conocer un libro de mucho interés, «El centenario del nacimiento de Darwin», y desde luego los discursos de algunos miembros de la Facultad de Medicina, empezando por su rector Bartual, y su colega el rector Unamuno, son de interés, pero especialmente los de Peregrín Casanova, en cuyo nombre se da un premio anual a los estudiantes de Medicina, y los de Gil y Morte, que dejó toda su fortuna a la Facultad de Medicina. Ya entonces, mucho antes de la publicación de «El origen de las especies», un número de religiosos de diversas corrientes empezaron a criticar agriamente las ideas de Darwin, empezando con el encuentro melodramático del obispo de Oxford y Thomas Huxley y el famoso «juicio del mono»; por ejemplo la Semana Católica del 7 de febrero de 1909, decía «homenaje al diablo» o el Universo de Madrid del 5 de febrero de 1909 «una universidad prostituida» y, desde luego, se cebaron con el congreso organizado por los estudiantes de medicina valencianos.

Darwin temía el efecto que sus descubrimientos podrían tener. En 1842, cuando escribió un primer resumen de 35 páginas que después aumentó a unas 250, que depositó con una cantidad de dinero y con instrucciones para su esposa para que fuese publicado después de muerto. Su esposa Emma era devota cristiana. En una carta que ella le escribió antes de casarse, le suplicaba que abandonase su manía de «no creerse nada hasta que esté demostrado». Darwin escribió en el sobre: «Cuando esté muerto quiero que sepas cuántas veces la ha besado y he llorado sobre ella».

Recientemente ha empezado un nuevo ataque contra el darwinismo, así por ejemplo el ciclo de conferencias con el título «Lo que Darwin no sabía», por miembros de la Asociación Estadounidense de Médicos y Cirujanos por la Integridad Científica, con la idea de introducir, en foros de debates y universidades españolas, esta idea que se intentó presentar en conferencias en Barcelona, Málaga, Madrid, Vigo y León. Así no es de extrañar que con el desarrollo del nuevo darwinismo y del conocimiento genético, y el gran impacto de la genética humana, hayan florecido unos nuevos creacionistas, que no son nuevos sino que se han cambiado el nombre y han pasado a llamarse Miembros del Diseño Inteligente, que empezó su andadura hacia el año 1993 con fondos de fundamentalistas. Por todo ello, la Comisión de Ciencias, del Consejo Valenciano de Cultura, está interesada en realizar un encuentro que recuerde aquellos estudiantes y profesores valencianos de hace 99 años, y esclarecer y afirmar la importancia y la veracidad del evolucionismo.

La Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos ha aclarado recientemente que «las observaciones y experimentos de los últimos 150 años han reforzado la idea de la evolución como principio organizador de la biología moderna». Esta institución aboga porque se prohiba el creacionismo en las clases. «No enseñamos astrología como una alternativa a la astronomía», dijo el profesor de la Universidad de California Francisco Ayala, miembro de la Academia.

En los colegios privados protestantes se suele enseñar el creacionismo sin más. En los católicos se opta mayoritariamente por la evolución, aclarando que Dios dotó al hombre de alma y le permitió evolucionar. De hecho, el Papa Juan Pablo II reconoció en 1996 que la evolución es «más que una hipótesis».
Pero volviendo a Félix de Azara. Siendo teniente coronel de Ingenieros, en mayo de 1746, recibió órdenes para ir a América del Sur y delimitar adecuadamente las fronteras de aquellas regiones. Tardó veinte años en regresar.

Félix de Azara, gran trabajador, se dedicó a estudiar la naturaleza. Se atrevió a corregir al gran naturalista Buffon y describió muchas nuevas especies. Sus estudios fueron publicados y traducidos al francés y se le reconoció su valía. Al parecer, Darwin conoció su valioso trabajo y cómo Wallace se anticipó a Darwin al plantear la evolución de las especies.

En el Herald Tribune de los días 21 y 22 de junio, un artículo de Paul Spencer viene a decir que Darwin no se portó muy bien con Wallace, aunque yo lo que sé sobre ellos es todo lo contrario, pero desde luego en «El origen de las especies» no menciona a Félix de Azara. No obstante, la idea de la evolución originalmente no fue sólo de ellos sino de muchos, ya el mismo abuelo de Darwin había escrito algo sobre este tema, e incluso en 1840 Robert Chambers escribió el libro «Vestigios de la historia natural de la creación», en el que unos 20 años antes de Darwin, Chambers ya presentaba una idea general del Cosmos y del hombre, al que atribuyó ser descendiente del mono, lo que provocó una especie de revolución y las primeras críticas religiosas. Aunque Wallace y Darwin conocían este libro y lo criticaron, lo que verdaderamente convenció a los dos fueron las ideas de Malthus.

El mes pasado, Richard Conniff escribió un excelente y bien documentado artículo en el Smithsonian, que recomiendo.

Como dije al principio, yo descubrí la labor de Azara, un hombre liberal, tal es así que se negó a aceptar una valiosa condecoración y fue retratado por Goya. Como he dicho muchas veces, la ciencia española ha sido y es mejor de lo que creemos. Gracias, Mónica.

miércoles, febrero 27, 2008

¿Desciende el hombre del mono?

Por Manuel Soler, catedrático de Biología Animal de la Universidad de Granada y presidente de la Sociedad Española de Biología Evolutiva (EL PAÍS, 23/02/08):

Durante el mes de enero se organizó en España un ciclo de conferencias que, bajo el título Lo que Darwin no sabía, se ha constituido en la primera gran ofensiva iniciada por los grupos religiosos ultraconservadores estadounidenses que pretenden, mediante la crítica de la Teoría Evolutiva, extender la idea de que el Creacionismo (en los últimos tiempos denominado Diseño Inteligente, DI) puede considerarse una teoría científica. Las “conferencias” no son tales, y mucho menos científicas; son actos propagandísticos perfectamente diseñados para persuadir a un público desprevenido y de profundas convicciones religiosas que suele ser el perfil de la mayor parte de los asistentes. Una de las estrategias seguidas habitualmente por los fundamentalistas bíblicos en la organización de estos actos propagandísticos es intentar que sean impartidos en universidades u otras instituciones de carácter científico para, de esta forma, poder reivindicar el carácter de “científico”. En España lo habían conseguido en dos de las ciudades: León y Vigo. Sin embargo, desde la Sociedad Española de Biología Evolutiva escribimos a las autoridades académicas correspondientes haciéndoles ver que se trataba de un fraude (lo que intentan es hacer pasar una idea de fuerte contenido religioso por una teoría propia del campo de la ciencia experimental) y las conferencias fueron canceladas.

Esto atrajo la atención de los medios de comunicación y, entonces, tomó protagonismo el interrogante que da título a este artículo. En al menos dos cadenas de televisión se presentó la noticia con esa frase, e incluso, en una de ellas, se hizo una encuesta. Voy a intentar explicar a los lectores dos cosas: primera, que la evolución biológica no es un dogma en el que se puede creer o no, sino un hecho demostrado científicamente en infinidad de ocasiones; y segunda, que tanto los argumentos utilizados por los defensores del DI como los actos que organizan no tienen nada que ver con la ciencia, sólo es una ideología defendida por fundamentalistas religiosos. Para ello es necesario entender claramente las diferencias entre los conocimientos científicos y las supersticiones o creencias, y para explicarlas voy a responder a la pregunta planteada en el título.

¿Desciende el hombre del mono? Esta pregunta tiene una trampa implícita, y es que, con lo de “el mono”, se hace referencia a una especie de primate de las que existen en la actualidad. Entendida de esta manera la respuesta de un biólogo evolutivo también sería un rotundo no: el hombre no desciende del chimpancé. Lo que sí está perfectamente documentado es que el hombre desciende de otras especies de homínidos ya desaparecidos, y que éstos, a su vez, provienen de otros primates igualmente desaparecidos que también dieron lugar a los chimpancés.

Aunque parezca una perogrullada, la ciencia se basa en la utilización del método científico, método que ha resultado sumamente eficaz como lo demuestra el enorme avance de las distintas ciencias durante los últimos 100 años. Vamos a ver brevemente el proceso científico que da respuesta a la pregunta planteada. En primer lugar, Darwin sugirió, en base a su teoría de la evolución por selección natural, una hipótesis: el hombre desciende de otras especies ancestrales que ya habrían desaparecido. Una hipótesis es sólo una conjetura hasta que se demuestra, y para demostrarla, lo que hay que hacer es emitir predicciones que se deriven de ella y comprobar si se cumplen o no. La predicción más evidente es que si proviene de otras especies, tendrían que aparecer los fósiles de esas otras especies. En la época de Darwin no existían esos fósiles intermedios, pero esta predicción ha sido confirmada con creces como he mencionado anteriormente, lo que apoya que la hipótesis es cierta. No obstante, el método científico no se para aquí, sino que constantemente se siguen emitiendo predicciones que se vuelven a comprobar. Para no cansar demasiado al lector sólo voy a mencionar otra predicción: utilizando una herramienta enormemente potente y precisa como es la biología molecular que permite comparar el genoma de distintas especies, se podría predecir que la similitud de los genomas de las distintas especies de primates vivientes será mayor cuanto mayor sea el parentesco evolutivo entre dichas especies. Esta predicción también se ha cumplido, ya que el genoma humano es muy parecido al del chimpancé, presentando diferencias más acusadas respecto al de otras especies más alejadas.

Así funciona el método científico. Cuando se comprueban muchas predicciones de una misma hipótesis, ya se le da la categoría de Teoría. Sé que esto parecerá una contradicción para muchos, pero es así: la palabra “teoría”, en ciencia, tiene un significado distinto del que tiene a nivel popular. Mientras que en el lenguaje de la calle se entiende como una idea que es posible que sea cierta, en ciencia, por el contrario, una “teoría” es una idea que se ha demostrado sobradamente. La Teoría de la Evolución por Selección Natural, ya merecía el nombre de teoría como consecuencia de la enorme cantidad de pruebas aportadas por Darwin hace 150 años. Desde entonces la evidencia a su favor ha seguido aumentando de manera progresiva. Hay multitud de pruebas de que la evolución es un hecho. En la actualidad la evolución de los seres vivos en este planeta es un hecho tan rotundamente demostrado como la existencia de los átomos o el que la Tierra gira alrededor del Sol.

Los Creacionistas, por el contrario, no siguen nada que se parezca al método científico. Simplemente buscan aspectos que (según ellos), no pueden ser explicados por la Teoría Evolutiva y los presentan como evidencia a favor de la Creación. Llevan décadas utilizando los mismos argumentos. No les importa que ya hayan sido rebatidos reiterada y contundentemente por los científicos, lo único que buscan es hacer propaganda entre crédulos profanos y políticos en lugar de intentar aportar algún descubrimiento científico.

Sus intentos de conseguir que sus ideas sean consideradas científicas han fracasado rotundamente, habiendo sido derrotados en los tribunales en todos los juicios que se han celebrado en Estados Unidos. A pesar de ello, los fanáticos bíblicos que están detrás de estas propuestas no han cesado en sus pretensiones de hacer pasar como científico lo que sólo son creencias religiosas.

Volviendo a las conferencias que se han impartido en España, han sido organizadas por una sociedad americana de médicos y cirujanos (Physicians and Surgeons for Scientific Integrity, PSSI), que, como se puede ver en su página web, no tiene nada que ver ni con la Medicina ni con la Cirugía. Simplemente, son médicos y cirujanos que están en desacuerdo con el Darwinismo. En cuanto a los conferenciantes, no son científicos, son “comunicadores” profesionales (especialmente los dos americanos) entrenados en las técnicas más avanzadas de mercadotecnia para conseguir atraer la atención del público asistente. Se limitan a repetir algunos de los pretendidos errores de la teoría evolutiva lanzando mensajes que siembren la duda en las personas que no tienen la formación adecuada. La eficacia de estos actos propagandísticos que organizan está basada, al igual que los anuncios publicitarios, en explotar las susceptibilidades psicológicas de los que reciben el mensaje. De esta manera, las personas creyentes y con escasos conocimientos sobre biología son las más indefensas frente a estos charlatanes.

Estos motivos son los que justificaron la iniciativa de la Sociedad Española de Biología Evolutiva de evitar que las conferencias se celebraran en las universidades de León y Vigo. Nuestra actitud no es un ataque a nadie, sino nuestra obligada contribución a la defensa de la cultura científica de la sociedad española frente al intento de manipulación de un grupo minoritario y extremista. No se puede permitir que utilicen la universidad para legitimar su descarada actividad propagandística. No se trata de un problema de censura y libertad de expresión, de hecho, no tomamos ninguna medida para intentar evitar la celebración de las conferencias convocadas en instalaciones no universitarias. Pero, las instituciones que amparan y generan la ciencia no deben cobijar doctrinas que niegan la evidencia científica, por muy bien disfrazadas que se presenten.