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sábado, septiembre 01, 2012

El futuro en que vivimos

Por Sergio Ramírez, fue vicepresidente de Nicaragua y es escritor (El País, 26/08/2012).
Según el experto australiano en medios de información Ross Dawson, los periódicos impresos en papel terminarán de extinguirse en Estados Unidos en el año 2017, en España en 2024, y en América Latina un poco más allá de 2040. Es decir, pasado mañana. Y ya tenemos pruebas evidentes de esta inminencia, pues hemos visto desaparecer a muchos grandes diarios, o pasar a publicarse solamente en ediciones electrónicas, como el Christian Science Monitor. Otros han entrado en crisis, como Le Monde y The New York Times, agobiados por las deudas, y han perdido miles de lectores que se han pasado a leer periódicos que nacieron ya en las pantallas, como el Huffington Post.
Que en América Latina los periódicos vayan a desaparecer por último, según estos augurios, sólo demuestra quizás que a mayor grado de atraso, mayores expectativas de vida para los medios impresos, aunque precarias de todas maneras, ya que en los países más pobres el acceso a las pantallas es menor, y por tanto mucho menos numeroso el acceso a la lectura electrónica; aunque sólo el año 2012 el ámbito de Internet creció en la región 15%, aumento acelerado que podría acortar los plazos.
Más novedoso aún, hay blogspots que arrastran más lectores que muchos periódicos de los que se venden en los quioscos y los voceadores anuncian por la calle, como el de la bloguera cubana Yoani Sánchez, “Generación Y”, lo que demuestra que la difusión de la información, y de la opinión, ha entrado por cauces insospechados, creando de manera cada vez más extensa una saludable democracia de las palabras, que los Estados autoritarios difícilmente pueden contener, aunque también exista la censura cibernética como bien se ha probado en China.
Si ya no leeremos más los periódicos de papel, debemos entonces advertir que se trata también de un cambio en los conceptos filosóficos que tiene que ver con la materia misma, que se gasta, envejece y desaparece, o se recicla, y con el sentido que tiene la palabra copia, nuestra copia del diario.
Lo que tendremos pronto en la mano será una tableta flexible en la que las noticias cambiarán frente a nuestros ojos, vídeos en lugar de fotos, y que apagaremos y doblaremos antes de meterla en el bolsillo. Las palabras ya no mancharán de tinta nuestras manos; simplemente volverán a la nada.
Pero frente a esta perspectiva, lo más inquietante no es la materia de que estarán hecha los periódicos, ni la forma en que las noticias llegarán a nosotros, sino cómo estará definido en términos éticos y de sustancia el universo de la información, desde luego que cualquiera que sea el mundo en que vivamos, siempre dependeremos de la necesidad de saber lo que ocurre. Nadie ha previsto por el momento un mundo de seres solitarios, que no tengan que comunicarse entre sí.
McLuhan, en su ya clásica frase, preveía una sola aldea global. Hoy deberíamos hablar más bien de una red de aldeas interconectadas de manera instantánea, y simultánea, por los satélites que proveen todas las formas posibles de comunicación, para informarse, recrearse y divertirse, comprar y vender, realizar transacciones financieras, pagar las cuentas domésticas, leer novelas, escuchar música, ver cine, apostar en la bolsa de valores, jugar juegos de destrucción masiva.
Hoy en día, los acontecimientos entran en los hogares al mismo tiempo en que se producen, a través de las cadenas de televisión y de los portales de Internet, de las tabletas y de los teléfonos celulares, y es posible, como nunca antes, conocer la misma noticia en todas partes del globo al mismo tiempo, para gentes de la misma o distintas culturas.
Esto supondría una democratización global de las posibilidades de informarse; pero semejante democratización se convierte en un espejismo repetido si nos atenemos a los contenidos reales de las informaciones, cuya sustancia tiende a deteriorarse.
En la medida en que la tecnología en las comunicaciones está de por medio, el concepto de pasado se evapora, y al mismo tiempo se acelera. Un hecho que es conocido de manera simultánea al momento de producirse, deja atrás el sentido tradicional de “hecho pasado”.
Durante la época colonial, las noticias de que un rey había muerto en España, o había enloquecido, llegaban a América cuando todavía se celebraban las fiestas de su coronación. Ése es el sentido de pasado que hoy no existe.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, julio 19, 2011

Britain’s phone-hacking scandal and the power of newspapers

By Mike Hoyt, the executive editor of the Columbia Journalism Review (LOS ANGELES TIMES, 17/07/11):

A few years ago my old boss, David Laventhol, had an extended conversation with Rupert Murdoch about newspapers. It was after some sort of big-deal journalism dinner, and they talked long after the tired waiters wished they’d go. David had a storied career in newspapers. He helped invent the Style section of the Washington Post when he was a young editor there. He was editor and publisher of Newsday, publisher of the Los Angeles Times and president of Times Mirror, finishing his career with me at the Columbia Journalism Review.

As David tells the story, Murdoch had endless questions about the tiniest details of the production and distribution of dailies, from press types to paper weight to payroll.

They talked about newspapers because they loved them. What’s interesting to consider is why. I strongly suspect they loved them for different reasons, or perhaps for very different applications of the same reason.

In a strange way, Murdoch has done newspapers — those beleaguered products of the past — a large favor. He has reminded us all of their singular power. Even in their weakened form compared with a few years ago, newspapers are simply better than any other part of our vast and rapidly changing media system at the job of digging and finding things out.

Newspapers don’t like to think about it much, but that ability confers power. When News Corp. shut down the News of the World last week, some financial analysts said it would be no big deal if he sold off the entire print portion of the empire; it is the weakest part of the portfolio, they pointed out. Shareholders would be delighted. But they were speaking in terms of financial returns, not in terms of power.

If he knows anything, Murdoch knows the power that newspapers have. His entire history is about using them to accumulate more power. By this year, he had accumulated enough power in Britain that his own man, Andy Coulson, got installed at 10 Downing Street, as Prime Minister David Cameron’s chief spin doctor, at least until the phone-hacking scandal drove Coulson out.

Consider this: In 2006, Rebekah Brooks, then the editor of the Sun — who resigned Friday as chief executive of News Corp.’s British company, News International — called Gordon Brown, who would soon become prime minister, to tell him that her paper was about to break a story reporting that Brown’s infant son, Fraser, had cystic fibrosis. Brooks would now have us believe that this was about prompting a public discussion about cystic fibrosis. If you think so, I will sell you the London Bridge. It was about who should be afraid of whom.

Here in America we don’t talk a lot about power. And especially since the digital revolution has weakened them, many newspapers shy away from using their power. They try to be all things to all readers. They focus-group. They neutralize and soften both their reporting and their opinion.

For just one example, consider the Atlanta Journal-Constitution, where blazing editorial columns were a beacon during the civil rights era. In 2009, the paper decided to quit endorsing candidates in elections because “we have heard from readers — and we agree — that you don’t need us to tell you how to vote.” Really? As Atlanta’s alternative paper, Creative Loafing, put it, the “true reason” for this fold was the Journal-Constitution’s ongoing “attempt to render the paper devoid of any opinion that could offend anyone.” Like so many papers in the U.S., the Journal-Constitution tries to muffle its own power.

That’s one choice to make, of course, though I think it’s the wrong one — it is to pretend not to be what you are. All newspapers have power, if they report in any depth at all. Even small weeklies in small communities can have great power within their communities. They should use it.

But for what? One lesson of the great scandal unfolding in Britain is that newspapers can choose to use their power for bread and circuses, like the News of the World, and to accumulate more and more power. That works, at least until it doesn’t. Or they can use their power for public service — to explain, to encourage and shape honest debate, and best of all, to expose the abuse of power of any kind, even of other news outlets. In the end, the public will appreciate that, and perhaps repay the kindness with loyalty.

The Guardian, the 279,000-circulation daily that labored away pretty much alone for two years on the phone-hacking scandal, is a case in point. Reporter Nick Davies’ first investigative piece about the abuses inside News Corp. ran in July 2009, and he just kept plugging away. Now his story has exploded in a most satisfying fashion, and even Rupert Murdoch probably has a better appreciation than he did before of the power of the daily newspaper.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Donde hay opinión pública

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 16/07/11):

Era como una maldición que se repetía con matemática regularidad. Todo novato del gremio periodístico que volvía de Londres engolaba un poco la voz cuando te explicaba las dos verdades incontrovertibles, que debías aprender para ejercer de conocedor del mundo británico. La comida inglesa era una mierda, pero tenían la mejor carne del mundo. Luego resultó lo de las vacas locas y ya nadie osó decir nada exuberante de las carnes inglesas, por lo demás excelentes.

La segunda revelación afectaba al meollo de la profesión periodística. “La prensa amarilla británica impresiona. No porque venda mucho, sino porque está muy bien hecha. Es verdad que parece basura, pero los reportajes están muy trabajados, hay mucha investigación detrás y además van muy bien escritos”. El ex primer ministro Gordon Brown, que ha sufrido en carne propia los efectos de los tabloides ingleses, definió a esa parte notable del gremio periodístico con muy poca palabras, casi como un titular: “Unos delincuentes sin escrúpulos”.

La prensa amarilla, o el amarillismo en la prensa, es un tema recurrente en el gremio periodístico, aunque tratado siempre de una manera peculiar. Los “amarillos” siempre son los otros y, a diferencia de la Gran Bretaña, aquí la prensa amarilla no sólo no gozó de las mieles del éxito sino que tiene muy mala fama entre todos aquellos que practican el amarillismo en otras facetas de los medios de comunicación, verbigracia, los tertulianos de radio o televisión. Lo más cercano al amarillismo en España, que yo recuerde a bote pronto, se limita al semanario El Caso y al vespertino Pueblo,ambos durante los años cincuenta y sesenta.

Salvo El Caso,que debió ser un buen negocio en una época, al menos para su editor que era un pirata que aún sobrevive a sus propias mentiras, no creo que casi nadie se acuerde de aquellos periódicos “de masas” fracasados. Pueblo tuvo éxito, al menos en los años sesenta, porque disparaba con pólvora de rey; tenía a los sindicatos verticales y al régimen que enjuagaban sus déficits. Lo intentó Sebastián Auger en Barcelona, pero acabó muy mal.

¿Por qué la prensa amarilla no cuajó en España? Quizá porque exige algo que la gente, que en este país sería compradora ideal de “un tabloide”, no está dispuesta a hacer todos los días. Lo puede hacer de vez en cuando, pero no por costumbre. Leer. Hasta el periódico más basura del mundo, el más amarillo entre los amarillos, el que lleva titulares en rojo y una sola palabra en la portada, hasta ese exige leer la continuación en páginas interiores. Cuando los dispendiosos promotores de Claro,el mayor proyecto entre los que conozco de prensa amarilla en España, tomaron como ejemplo el Bild alemán, había algo que puede parecer chocante y hasta ofensivo, y es que incluso el Bild germano exige ser leído. Hay un esfuerzo, por mínimo que sea, para una actividad del todo insólita: leer frases completas que, por muy simples que sean, constan de sujeto y complemento, y en el caso alemán con subordinadas hasta que llegas al verbo. Fracasó. ¡Y cómo no iba a fracasar entre nosotros!

Algo que lleve letra impresa es difícil que sea de masas en este país. Incluso los semanarios más leídos, tipo Hola, lo son porque se componen de fotografías, y los textos se limitan a ilustrar las imágenes. Por eso triunfó la radio en su momento y por eso ahora arrasa la televisión. No exige ni el más mínimo esfuerzo; hasta el mando funciona con un dedo y sin moverse del sitio. En otras palabras, que la prensa amarilla plantea algunos interrogantes que no pueden despacharse con frases hechas, y uno de ellos, fundamental, es el de la opinión pública. ¿Hasta dónde llega la credulidad de la ciudadanía? ¿Dónde está el límite de las tragaderas de un lector? Permítanme el sarcasmo: mientras estén acostumbrados a leer, no hay nada perdido definitivamente.

¿Se puede manipular a la opinión pública de la misma manera, es decir, con la misma facilidad, desde una prensa amarilla que a través de una cadena televisiva? Yo creo que no, porque el impacto de la pantalla es muy superior y apenas si hay elementos de distanciamiento – valga la pedantería brechtiana-entre lo que se ve y el encandilamiento que produce. Nosotros no tenemos ningún problema de prensa basura de masas, sí de televisión basura, y aquí es donde entramos en el meollo del asunto. Si existe una prueba contundente de la fragilidad, por no decir inexistencia, de opinión pública en España es la imposibilidad de abordar la televisión basura y las falsedades manifiestas en las informaciones.

¿Cómo se aborda la frustración? Divirtiendo a la gente, y cada uno se divierte según su nivel mental, cultural o biológico; en esto sí que las clases en España están muy mezcladas. Basta comprobarlo en el fútbol. Han surgido como setas los ideólogos de la unidad de intereses entre aficionados de un mismo club. ¿Quién se lo iba a decir a Gonzalo Fernández de la Mora y su crepúsculo de las ideologías, que le iban a montar chiringuitos teóricos en base a once tipos que hacen virguerías con un balón?

Detengámonos en la historia del insólito cierre del dominical News of the World. Un grupo de delincuentes periodísticos sin escrúpulos llevan al menos diez años comprando y vendiendo basura. Basura de “alto standing” para todos los públicos, pero sobre todo manipulando a la opinión no sólo conforme a sus intereses periodísticos – vender más diarios-sino a sus intereses de oligopolio mediático. El grupo Murdoch en Inglaterra es impensable sin la victoria de Margaret Thatcher y John Mayor. Tony Blair tuvo que pagar a Murdoch un suculento peaje para que colaborara en su victoria y hasta le consultó la invasión de Iraq, que fue jaleada por el grupo de tal modo que hay quien asegura, sin pizca de ironía, que el propio Murdoch formaba parte del Gobierno. (Por cierto, ¿no colocó el tal Murdoch a nuestro Aznar cuando dejó la presidencia?). Todo, en fin, dentro del comportamiento mafioso, que ahora se denomina juego de intereses.

Pero hubo elementos que lograron desencadenar una reacción social sin precedentes, porque no hay precedentes de que un magnate de los medios cierre un semanario que vende casi tres millones de ejemplares. Porque no lo cierra ante la amenaza de que se le vaya la publicidad; no digan tonterías, si eres capaz de vender dos millones ochocientos mil periódicos todas las semanas, bajas las tarifas y hay hostias para colocar anuncios. El mercado es implacable. Y estaba The Guardian,que llevaba años denunciando el periodismo sin escrúpulos y las escuchas ilegales.

Lo nuevo fue el giro de la opinión pública a partir de alguien, como The Guardian,que se cansó de demostrar que los Murdoch habían traspasando los límites de la legalidad en la mayor de las impunidades, y todo se vino abajo. El laborista Tom Watson, una de las víctimas favoritas de los medios de comunicación británicos de Murdoch, lo expresó de manera contundente: “La repulsa de la ciudadanía es la que ha logrado el cierre del dominical. Una victoria para la gente decente”.

Una pregunta periodística obvia por más que sea embarazosa. ¿Podríamos en España tener una reacción semejante de la opinión pública? Se puede optar por varias respuestas, lo cual confirma que lo jodido no está en hacerse preguntas sino en tratar de responderlas. Primera, entre nosotros no se da ningún caso de medios de comunicación basura, ni en prensa ni en radio ni en televisión. Segunda, si llegara a ocurrir, nuestros probados tribunales pondrían coto a tales desmanes. Tercera, la competencia empresarial en los medios hace imposible que alguien se extralimite. Cuarta, los códigos deontológicos de nuestras asociaciones de periodistas harían saltar las alarmas a la primera irregularidad. Y aún podría encontrar una quinta, referida al rigor con el que se asientan los pagos, estrictamente legales, de quienes aparecen en los medios. Y hasta una sexta y definitiva: nuestra carne es cojonuda, y siempre lo será.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, mayo 23, 2011

Was It Something I Wrote?

By Valery Panyushkin, the author of the forthcoming 12 Who Don’t Agree: The Battle for Freedom in Putin’s Russia. This essay was translated by Yevgeniya Traps from the Russian (THE NEW YORK TIMES, 22/05/11):

It’s a warm evening in the summer of 2010. I am leaving a cafe in the very center of Moscow when I notice my car is missing its license plate. I know what this means: I am being followed.

Because the senior officers in the F.S.B. (the main successor to the Soviet K.G.B.) don’t trust their agents, they demand not only an account of the subject’s movements but additional proof, in the form of a license plate, that the observation is being carried out, that the report is not made up, that the target is indeed being followed. It would be silly to pretend that I am not afraid. I am afraid.

I call my friend Marina Litvinovich, an editor who has had many years of experience dealing with the Russian security services. More than once she has been attacked on the street. When this happens they call you by name, beat you half to death, then leave you, taking no money or valuables, thereby ensuring that you never, even for a moment, think you have just been mugged.

“Marinka, what do I do if my license plate has been unscrewed from my car?”

“Look through the car,” Marina answers gravely. “They could have planted a gun, drugs or extremist literature. But I wouldn’t particularly worry about explosives. They don’t usually blow up journalists.”

In conversations like these, “they” always means the same thing: the security services, the government, the ones in power.

I look over the car, first the outside, then the inside, at once anxious and amused. No guns, no drugs, no literature, besides the copy of the Declaration of Children’s Rights I’d left there that morning. It is especially peculiar to turn the ignition key. God forgive me! I turn the key, and there is no explosion. Am I paranoid? Perhaps. Alas, as in the old axiom, just because you’re paranoid doesn’t mean they aren’t after you.

I have been advised that it is best not to inform the police that my license plate has been removed, or that I suspect it is tied to my activities as a journalist. If I do, an investigation will commence. But the police will not want to question the security services. They will simply impound my car for a few months, maybe a year. What would I do without a car? Tomorrow I have to drive to the Vladimir region northeast of Moscow for a work assignment. By car, it will take a few hours, but without one, the trip involves a train and two buses and takes two days. And so, in order to get a new license plate, I explain to the police that the old one fell off all by itself.

But perhaps I can complain to the security services directly. I say to my editor: “Let’s file a formal query with the F.S.B. Why are they following me?”

He fires back: “And what exactly will we say? That they took your license plate?”

He understands exactly what the unscrewed plate means. And I understand exactly what he means by refusing to get involved: businesses won’t advertise in a newspaper that has provoked the government.

A few days later, I am detained at a train station. A policeman stops me as I am about to board, demanding to see my documents. I demand to see a warrant, and he displays a creased fax. I can’t make anything of it; it shows neither my name nor any cause of complaint.

Ten minutes later he lets me go, just in time to make the train. Now I am angry. I call into the radio station Echo of Moscow and tell the host what has happened. One minute later I hear: “The well-known journalist Valery Panyushkin has been detained for questioning by the F.S.B.” The radio station calls the security services’ press representative, wanting to know what I am suspected of, but the representative says there is no information. Still, I feel better: now everything is public, exposed, and this is preferable to being the silent victim of concealed forces.

I try to make out what might have aroused the government’s interest. Was it my article about the shortage of medicine for people with H.I.V., or the one on how the police protect a studio that produces child pornography? Was it my report that the F.S.B. has forbidden the export of blood samples from Russia to protect the profits it makes from the market in donated bone marrow? Could it be because I once juxtaposed Barack Obama at his inauguration, striding through a crowd of supporters lining Pennsylvania Avenue, with Dmitri Medvedev, riding toward his swearing-in in a bulletproof car through streets emptied for the occasion?

It must have been something I wrote a few years ago. I no longer write about politics because it increasingly feels pointless to do so in a country with no real public involvement in political life. But whatever it was that angered the government, as with many things in Russia, there is no way of knowing.

We do not know who ordered the killing of Anna Politkovskaya, the journalist and human rights activist, nor why. She accused the president of Chechnya of kidnapping and murder. Was this the cause?

We do not know who savagely attacked the journalist Oleg Kashin, nor why. He criticized a highway that municipal authorities planned to build through the middle of a forest, angering those who stood to gain by it. Was this the cause?

We do not know because the crimes were not fully investigated. In crimes like these, the hired killers can sometimes be found, but never the people who paid them. Journalists covering the cases know only one thing for sure: that they are in danger as well. But these threats are not the worst of it.

Imagine that Bob Woodward reports on Watergate, and the next day there is only silence; no one responds, no one investigates. Anna Politkovskaya reported dozens of Watergates, but none of her revelations have been seriously pursued; the prosecutors, the Parliament, her colleagues at the official newspapers have remained silent. No one has fully investigated Oleg Kashin’s disclosures. An investigation did result from my reporting on child pornography, but someone tipped off those involved, and all the suspects disappeared.

In Russia today, journalists are murdered like Anna Politkovskaya, beaten like Oleg Kashin and intimidated like me, but — as terrible as this will sound — that is not the real problem. The real problem is that journalists are ignored. The risks they take in challenging Vladimir Putin and the Russian oligarchy have ceased to have meaning. One is valued only for telling a harmless story, an amusing anecdote that can exist, side by side, with ad space.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, mayo 06, 2011

Turkey’s Muzzled Muckrakers

By Andrew Finkel, a journalist who has been based in Istanbul since 1989 and author of the forthcoming Turkey: What Everyone Needs to Know (THE NEW YORK TIMES, 06/05/11):

Imagine if back in the days of Watergate, Bob Woodward and Carl Bernstein had been put on trial for being part of the very conspiracy they were trying to uncover. Then suppose a large section of the Washington press corps proceeded to pat federal prosecutors on the back for a job well done.

Such is the life of a journalist in today’s Turkey — a world in which the justice system punishes the innocent while the Fourth Estate turns a blind eye. Turkey now holds the dubious record for being the country with the most imprisoned journalists — 57 according to a report by the Organization for Security and Cooperation in Europe. There are as many as 1,000 other cases pending against journalists, many of whose only crime was rigorous reporting.

Yet Turkey is also Europe’s fastest growing economy, a candidate country for membership in the European Union, and a nation publicly committed to rooting out the antidemocratic and militaristic forces that have marred its recent past. Turkey should be a beacon to its fellow Muslim-majority nations in North Africa and the Middle East trying throw off the yoke of authoritarianism. But it cannot set an example so long as its own government refuses to tolerate criticism and a cowed media looks the other way.

Turkey has countless capable reporters and photographers eager to do their jobs. For years, these journalists treated the occasional encounter with the country’s antediluvian penal code as a professional rite of passage. I myself stood in the dock more than 10 years ago, charged with “insulting the army” in my column for a Turkish-language paper. I was eventually fired after the chiefs of staff — upset about my reporting on the Kurdish issue, pressured my editors to give me the boot.

But state repression is not the only problem; the jelly-like backbone of Turkey’s Fourth Estate is also to blame. Sadly, the most effective censor in Turkey today is the press itself. To adopt a stance critical of current policies is to position oneself in opposition to the government — and editors only do so as a calculated risk. Columns exposing corruption or criticizing the government’s sprawl-inducing environmental policies are simply spiked.

When Turkish newspapers try to speak their mind, they often discover their advertisers dropping out, explaining apologetically that they have “come under pressure.”

Some of the journalists currently behind bars have been charged in connection with a long-running conspiracy trial intended to dismantle what state prosecutors describe as a well-organized network — codenamed Ergenekon — that intended to provoke a military coup. Others are charged with defying onerous reporting restrictions on court proceedings, including the Ergenekon trial itself.

Most of the Ergenekon suspects are serving or retired military officers charged with plotting or carrying out violent acts in order to turn public opinion against the governing AK Party, which has its roots in an Islamic movement.

But recently, prosecutors ordered the detention of two respected journalists, Nedim Sener and Ahmet Sik, who were once supporters of the Ergenekon trial.

Sener’s reporting revealed that the police had stopped short of finding those really responsible for the murder in 2007 of the Turkish-Armenian newspaper editor Hrant Dink because the trail might have led back to the police themselves. Sik’s unpublished manuscript, which the police tried and failed to ban before it began freely circulating on the Internet, pointed a finger at a prominent religious group known as the Gülen movement. Sik’s book alleged that the group’s members, who have close ties with the AK Party, had penetrated the police force.

Last month, in my regular column for an English-language edition of the daily Zaman — which is affiliated with the Gülen movement — I argued that the government’s fight against antidemocratic forces was taking a decidedly undemocratic turn.

Though I am not a member of the Gulen movement, I believed that Zaman, like the Christian Science Monitor in the United States, could provide a platform for differing points of view. So I argued the obvious, that as a newspaper we had an obligation to defend Sik’s freedom of expression in order to protect our own integrity. The article cost me my job.

My former editor published a column justifying my dismissal, claiming that I had fallen prey to “strong and dark propaganda.” I am not the only one: Cuneyt Ulsever of Zaman’s rival Hurriyet had his column axed after being unofficially censored for months by a colleague who demanded that he revise passages the government might not like.

So this week, as we mark World Press Freedom Day, let us hope that those journalists languishing in Turkish prisons will be freed until the courts prove them guilty — and that their colleagues on the outside throw off their shackles to engage in proper journalism.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, abril 27, 2010

La generación privilegiada

Por Margarita Rivière, periodista y escritora (EL PAÍS, 11/04/10):

Este artículo no está escrito por una máquina. La advertencia, pese a la fotografía y la firma, pronto será imprescindible. Hace pocos días (9/03/2010) Ives Eudes explicaba en el diario Le Monde que entramos en La era de los robots-periodistas. Una simple crónica del partido entre los Minnesota Twins y los Texas Rangers, por ejemplo, venía ya firmada por The Machine (La Máquina). Ideada por dos profesores de la universidad Northwest (Illinois), el periodista-máquina es fruto de un programa de inteligencia artificial llamado Status Monkey, actualmente en pruebas.

El periodista francés explica cómo esa máquina rastrea todos los datos, todos los estilos de escritura y es capaz de redactar una crónica desde el punto de vista del que juega en casa o del visitante y, de acuerdo con las instrucciones del editor, sólo informar o bien animar a la afición. El invento puede aplicarse a cualquier rama del periodismo y se ha especializado en el seguimiento integral de la actualidad. Un programa similar ya ha creado en Estados Unidos un telediario, News at seven, en Internet presentado por Zoe y George, dos seres virtuales, naturalmente.

¿A alguien le extraña que un robot suplante a un supuesto trabajador intelectual o que unos homínidos sustituyan a los presentadores de carne y hueso? ¿No hay ya periodistas y presentadores que parecen dóciles máquinas de absoluta disponibilidad? ¿Y no es real la perspectiva de un robot-escritor de best sellers o, por qué no, de poesía? Uf. ¿Para qué van a hacer falta escritores, periodistas o gente que, simplemente, piense, si eso ya resulta mucho más fácil gracias a una máquina capaz de procesar en segundos millones de datos? Añadamos que una máquina no reclama ni copyright ni derecho alguno de propiedad intelectual.

Ignoro si existe el pintor-robot, el artista-máquina, pero cosas tan impensables como que los chinos fueran propietarios de buena parte de la riqueza de los Estados Unidos, o los árabes de las tradiciones inglesas y unos rusos se hicieran con la propiedad de periódicos británicos, o que los alemanes pudieran comprar media Grecia y Dios sabe qué más maravillas geopolíticas, todo eso hoy es perfectamente real y no parece extrañar a nadie.

Hace pocos días, en Australia, reconocían oficialmente algo que no existía todavía: un nuevo sexo, el neutro (soy incapaz de definirlo más allá de su propio nombre, pero parece que no tiene que ver con la transexualidad, hoy muy déjà vu). Y se aplaude y jalea el genio de Mark Zukerberg (amo de Facebook) que insiste en optimizar los beneficios (para sí mismo) del “negocio de la intimidad” y al espíritu borreguil del tecnocratismo de pacotilla.

El ex canciller Helmut Schmidt en su espléndida autobiografía (Fuera de servicio, Icaria) recién aparecida, hace un impecable inventario de las maravillas que el “capitalismo de rapiña” (sic) movido por una codicia infecciosa (la infectious greed (sic) de Alan Greenspan) deja como herencia cultural y moral. Pero el ex canciller es ya algo muy antiguo que no hace otra cosa que advertir al personal sobre las ventajas de la democracia y de la necesidad del reparto de la riqueza global, comparándolas con las necedades -y vicios- de la cultura neocon que, por lo que se ve, no va a desaparecer sin antes dejar muchísimos damnificados sobre la tierra.

Con el robot-periodista inventado, queridos amigos, ya puede esperarse cualquier cosa y parece muy claro que las personas, el humanismo y la humanidad entera, sobran. Cuando no queda lugar sobre la tierra a lo más propio de los seres humanos, la capacidad de pensar, de relacionar cosas y atar cabos sobre la realidad -esa anomía sin sentido es lo que vemos todos los días en todos los terrenos- no cabe hablar de crisis sino de revolución, de vuelco. Hace años (en 1992, nada menos), el periodista André Fontaine, director de Le Monde durante muchos años, lo definió, en una entrevista que le hice, como “la revolución de las dimensiones (de tiempo y espacio)”.

Quienes pertenecemos a la denostada generación sesentaiochista y seguimos pensando que el futuro ultraconsumista, regido por el valor del dinero se barruntaba ya en los años setenta -véase ¡horror! Marcuse- contemplamos el actual trajín con tanta preocupación como distancia. También nos permitimos un suspiro de alivio: pertenecemos a una ¡generación privilegiada! que conoció la realidad real pese a no vivir más guerras que las económicas. Situados entre la píldora y el sida, fuimos testigos de cómo el sexo pasaba de ser pecado a convertirse en obligación, y vimos cómo la censura política se transformaba en censura económica, mientras las ideologías dejaban paso a los intereses.

Ni los periodistas ni los escritores de esa generación -que hizo que el mundo descubriera a los jóvenes y a las mujeres- imaginamos que tendríamos que competir con robots, como si el humanismo y la información fueran un campo de patatas. No creo que lo mereciéramos, pero la nuestra -por otras muchas razones que un día explicaré- fue, desde luego, una generación privilegiada.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, abril 03, 2010

Los cambios en la prensa escrita

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 31/03/10):

Se suele pensar que la situación de los medios de comunicación, que casi siempre se identifica con crisis, está provocada por la tecnología y, por lo tanto, ésta es la causa principal, cuando no única, de la necesidad de cambiar. Esta visión tecnocéntrica simplifica considerablemente la realidad; lo que realmente está provocando esa transformación es el cambio cultural de los usuarios, de los ciudadanos, que quieren estar informados de otra forma.

Si la aparición de las nuevas tecnologías hubiera significado, como siempre ha sido, hacer mejor y más rápido las mismas cosas, el problema planteado tendría fácil explicación y, seguramente, sencilla solución. Pero en esta Revolución Tecnológica las nuevas tecnologías nos obligan a hacer cosas diferentes, porque el uso de las mismas ha variado los hábitos, las costumbres, la mentalidad y la forma de querer saber de los ciudadanos. No estamos ante un ciudadano que quiere más de lo mismo, sino ante ciudadanos que exigen otras formas distintas de ver el mundo. Hoy no se hacen autopistas, por ejemplo, porque exista la tecnología del coche, sino porque esa tecnología ha cambiado el concepto de la distancia y el tiempo, por eso se hacen autopistas o Trenes de Alta Velocidad.

De igual forma, la nueva manera de querer estar informados supone una presión mayor sobre los medios que el propio cambio tecnológico. Mientras este desafío se vive, casi siempre, como un drama para los medios tradicionales, podríamos entenderlo, por el contrario, como una enorme oportunidad para crear modelos de comunicación más democráticos y participativos, y el desarrollo de innovaciones y nuevos proyectos a los que se puedan incorporar los nuevos profesionales que vienen de una cultura plenamente digital.

Situémonos en este nuevo escenario en el que, por una parte, Internet y la tecnología digital y, por otra, los cambios sociales modifican radicalmente el negocio de los medios de comunicación. La primera señal visible que percibimos nos muestra a una prensa escrita sufriendo una profunda crisis de identidad. Crisis, por cierto, que también afecta a los propios medios digitales, enfrentados a la enorme producción de amateurs y lectores independientes. En este juego participan numerosos y diversos factores, pero podemos identificar un resultado final: la puesta en marcha de una reestructuración del ecosistema económico. ¿Cuál será el resultado final?

De momento tenemos pocas experiencias, pero sí contamos con algunas evidencias e indicadores bastante reveladores. Así, algunos sólo son capaces de ver tras la crisis de los medios un futuro un tanto apocalíptico, tanto para las empresas y los medios tradicionales como para nuestro sistema político democrático. Parecería que esta transformación arrastra consigo a la objetividad y a la investigación y pone en peligro a la mismísima Democracia. Es comprensible la tendencia a caer en el catastrofismo si pensamos en que, día a día, los medios pierden publicidad, lectores, valor en Bolsa y hasta la visión de su propia función social.

Ante este panorama, la respuesta inmediata que vemos en muchos casos, y que pasa por la reducción de presupuestos y plantillas, sólo hace que el resultado final, además de más barato, sea menos relevante y atractivo, en un contexto en que cada vez es más difícil lograr la atención de un lector desbordado por la oferta informativa. De este modo, se acaba por lograr el efecto contrario al deseado, se acelera la crisis, aunque la reducción de costes pueda permitir un período de agonía más prolongado. Un efecto preocupante de este proceso es la posible, y constatable ya en nuestra sociedad, pérdida de credibilidad de los periódicos. En esta situación es cada vez más urgente e imprescindible que los medios tradicionales y los nuevos medios, que nacen ya siendo digitales, desarrollen alternativas a la crisis del periodismo tradicional. Pocos dudan de que un sistema democrático necesita canales de comunicación que permitan a la ciudadanía informarse de las diferentes perspectivas de un problema, para poder debatir con responsabilidad y conocimiento de causa. Pero que el futuro necesite medios no significa, de ningún modo, que necesite los medios del siglo XX.

Las visiones catastrofistas que nos alertan de los peligros que nos acechan con la crisis de los medios esconden muchas veces posturas corporativas preocupadas por su propia subsistencia. Necesitamos medios de comunicación, pero medios que entiendan el nuevo concepto social y tecnológico e informen y dialoguen con el ciudadano del siglo XXI. Los medios podrían encontrar muchas claves en la revolución que se está produciendo alrededor de lo que conocemos como la Web 2.0 y, particularmente, en el mundo de los jóvenes. Por el contrario, para muchos responsables de medios tradicionales, los blogs y, por extensión, los medios nativos digitales, son parásitos de los periódicos que nos conducen a un futuro fragmentado y caótico, donde cada comunidad tendrá sus propias noticias y verdades, sin que exista debate y discusión, perdiéndose un relato unificado y el consenso acerca de los hechos.

Siguiendo este hilo argumental, según ellos, desaparecería en realidad una de las bases que permite hacer política en democracia. Esta postura que he descrito sigue el argumento que Cass Sunstein, profesor de la Universidad de Chicago y uno de los analistas más prestigiosos de las relaciones entre política y tecnología, exponía en su libro Republic.com, publicado en el año 2001. Pero lo sucedido en los últimos nueve años nos demuestra que Internet no es sólo ni principalmente un filtro para seleccionar la información que alguien nos proporciona. Además, ofrece la capacidad de crear un modo colaborativo extraordinario. Así, el mismo Sunstein publicaba, sólo cinco años más tarde, en 2006, un nuevo libro: Infotopía. Cuántas mentes producen conocimiento, donde dando un giro copernicano se convertía en un optimista digital comprometido con la nueva tecnología. Donde antes existía estancamiento e incomunicación, el autor descubre el poder creativo de la colaboración. Esta debería ser la visión del futuro desde la que los medios pueden afrontar su presente crisis, para reinventarse y seguir siendo empresas viables y actores claves en la vida democrática.

En este sentido, una sociedad de usuarios activos y tecnológicamente capacitados, y no de consumidores pasivos, reclama verdaderos medios sociales que padezcan unas relaciones menos jerárquicas y unidireccionales. Los medios están ahora en un periodo apasionante, lleno de incertidumbres, pero también de oportunidades para la innovación, en el que exploran las tecnologías y canales más útiles para que los usuarios consuman y creen información. Los medios que asumen este nuevo escenario se introducen en un proceso de adaptación que tiene mucho de experimental. Sólo mediante la prueba y error continuos, se acabará definiendo la combinación de tecnología, diseño y modelo de relación con los usuarios que los haga viables. En esta fase es imprescindible no dejarse llevar por las urgencias; muchos de los experimentos que ponen en marcha los medios acaban descartándose cuando no proporcionan, por sí mismos, una rentabilidad rápida. Es ésta una estrategia equivocada. En el nuevo periodismo, la Red y la integración de la tecnología son requisitos imprescindibles, no son opciones. Nadie va a venir a decir cómo se hace algo que no se ha hecho nunca, hay que experimentar, fracasar cuando sea necesario y volver a intentarlo.

¿Cuál será el resultado final? Quizás aún es demasiado pronto y lo más interesante está por venir. Sin embargo, se empieza ya a vislumbrar cómo, en este proceso de cambio, los medios están transformándose radicalmente para convertirse en plataformas de contenidos digitales que se hacen sociales, dado que integran a sus usuarios en todo el proceso informativo. En definitiva, se está co-creando con el lector.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, mayo 27, 2009

El periódico es el héroe

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 17/05/09):

Siendo verdad, como escribe Gay Talese en las primeras líneas de El Reino y el Poder que «la mayoría de los periodistas son incansables voyeurs que le ven las verrugas al mundo» y que entre sus especialidades favoritas figuran «los países que se desmoronan y los barcos que se hunden», cualquiera diría que por primera vez nos toca mirarnos al ombligo por razones ajenas al narcisismo pues, si exceptuamos el sector porcino, nada parece tambalearse hoy alrededor con la brusquedad espasmódica del propio periodismo.

Lo dice Helen Mirren a grito pelado en su papel de impaciente y obsesiva directora de The Washington Globe en la película La Sombra del Poder (State of Play): «¡La auténtica noticia es el hundimiento de este maldito periódico, joder!».

Yo traté de planteárselo el otro día a los padres de internet, Tim Berners-Lee y Vinton Cerf, de la forma más elegante posible, pues no en vano celebrábamos la feliz coincidencia de nuestro común y redondo aniversario: «Lo último que podíamos imaginar los jóvenes periodistas que hace 20 años preparábamos el lanzamiento de EL MUNDO es que al otro lado de la Tierra ustedes estaban inventando un nuevo medio de comunicación que nos permitiría añadir al millón y medio de lectores de nuestra versión impresa los más de 21 millones de usuarios únicos de nuestra versión electrónica, como líder mundial que somos de la información on line en español. Muchas gracias, por lo tanto, por lo que han hecho por el mundo… y por EL MUNDO. Pero ya que están aquí, ¿serían tan amables de decirnos qué harían ustedes con esos 21 millones de usuarios para que nuestros accionistas fueran un poco más felices?».

O para evitar tener que reducir nuestra plantilla en un 9%, podría haberles dicho, agriando un poco la tarta de cumpleaños. Es lógico que cada redacción viva su propio drama como si fuera el único que sucediera en el planeta de la prensa, pero ni siquiera las píldoras mucho más amargas que están teniendo que tragar otros grupos españoles dan la medida del terremoto mediático que, dentro del tsunami de la crisis económica general, estamos padeciendo. En Estados Unidos, meca de la libertad de expresión y el pluralismo informativo, más de 23.000 periodistas han perdido sus puestos de trabajo en los últimos 15 meses y en torno a 150 diarios han echado el cierre. Por eso muchos han visto el estreno de La Sombra del Poder, en la que Russell Crowe encarna al periodista tenaz que descubre la verdad a la vieja usanza, como una especie de réquiem por la muerte del más bello de los cisnes.

Si alguien le hubiera dicho a Gay Talese en 1969 -este mayo se cumple el 40 aniversario de la primera edición de The Kingdom and the Power que yo conservo con su firma como un pequeño gran tesoro- que le tocaría presenciar el día en que el sujeto de su deslumbrante biografía coral, el mítico y venerado The New York Times, tendría que vender su sede -«una catedral de tranquila dignidad… preservada de las recesiones económicas, sólida e inquebrantable», dice en el primer capítulo- para poder sobrevivir, seguro que habría contestado, con su mala leche italomeridional, que antes veríamos a un negro en la Casa Blanca.

Y, sin embargo, «así es como es», «that’s the way it is» que diría Walter Cronkite si pudiera seguir despidiéndose de decenas de millones de norteamericanos como lo hizo durante varias décadas en las que la CBS también parecía una institución más firme que la roca de Gibraltar. Hasta tal cota ha llegado la riada que el Senado de los Estados Unidos se ha sentido obligado a crear un Subcomité dedicado a estudiar el «futuro del periodismo» bajo la presidencia de un peso pesado como John Kerry. Y es el contenido de los testimonios de los convocados como expertos en tan alta sede durante las dos últimas semanas lo que debe encender todas las alarmas de quienes crean en la trascendencia de la función social de la prensa independiente. Tanto por el amenazador diagnóstico de los arrogantes profetas de la nueva era, como por el derrotismo de los portavoces de todo aquello que corre el riesgo de ser engullido por las llamas.

En el primer capítulo brillan con luz propia las intervenciones de una tal Marissa Mayer, vicepresidenta de Productos de Búsqueda y Experiencia de Usuario de la todopoderosa Google Corporation y de la mercurial Arianna Huffington, creadora y propietaria del diario electrónico The Huffington Post, concebido en gran medida como un agregador de contenidos ajenos.

Según la señora Mayer, a la que nadie podrá reprochar que ocultara las pretensiones totalizadoras de su compañía -«Nuestra misión consiste en organizar la información mundial»-, ha ocurrido algo tan aparentemente saludable como la dispersión del poder de informar a través de internet, y su primera consecuencia práctica es que «la unidad atómica de consumo de información ha migrado desde el periódico completo hasta el artículo individual». Su analogía parece impecable: de igual manera que quien quiera escuchar una canción se la puede bajar sin tener que comprar el álbum completo, ya no es necesario pasar por el quiosco o -mucha atención- ni siquiera por las páginas de los grandes periódicos en internet para acceder a las historias, artículos y comentarios que cada uno prefiera, pues los buscadores y agregadores de contenidos -es decir, Google y sus polluelos- ayudan a cada usuario a componer su propia ensalada de frutas.

Tal paraíso del libre albedrío informativo, en el que quien pretenda restringir el acceso a los «jardines vallados» de sus propios contenidos servirá tan sólo de anticuada referencia del crepúsculo de una época, obliga sin embargo a fruncir el ceño desde el mismo momento en que la señora Mayer advierte que «esto requiere un acercamiento monetario diferente, pues cada artículo debe autofinanciarse». Es decir, que un individuo u organización periodística sólo invertirá dinero, tiempo y talento en producir aquellos contenidos que generen tráfico masivo o publicidad especializada suficiente como para hacerlos rentables, pues los buscadores y agregadores cortarán cualquier producto informativo en finas lonchas y sólo aquellas que contengan determinadas especias tendrán salida en el mercado.

La señora Mayer -nada que ver, creo, con la firma empaquetadora de salchichas- llegó incluso a comentar que «puesto que los distintos editores publican diversos artículos sobre el mismo asunto cuyo contenido es idéntico o muy parecido», en lugar de «competir entre ellos», lo conveniente sería que aportaran esos contenidos a una URL única, es decir a una sola página electrónica que serviría de «referencia consistente» para el seguimiento de esa historia. Cuando ofreció como ejemplo y modelo el caso de Wikipedia los pelos se me pusieron como escarpias, pues ya he contado en diversos foros mi propia experiencia -una entre un millón- cuando, al visitar el año pasado la Universidad de Harvard, mi anfitriona me preguntó al final si era cierta una de las cosas que decía de mí esa tan extendida y socorrida enciclopedia on line, fruto de la creación colectiva: «He is divorced and lives with Ralph Lauren». Sustituir el pluralismo por el melting pot sería como pasar del Dry Martini, el Bloody Mary o el Bellini a un omnicomprensivo calimocho.

Arianna Huffington fue aun más taxativa: «El futuro del periodismo de calidad no depende del futuro de los periódicos». Y dejó muy claro que no se estaba refiriendo solamente a las ediciones impresas de los diarios sino que su diagnóstico alcanzaba también al concepto de diario multisoporte hacia el que EL MUNDO y otros grandes rotativos -con perdón por lo de rotativo- estamos evolucionando. Para ella «vivimos una Edad de Oro de los consumidores de noticias» y el futuro no pasa ni por la «protección de esos jardines vallados», ni por atacar a Google y los demás agregadores, sino por «los motores de búsqueda, el periodismo ciudadano y los fondos para el periodismo de investigación aportados por fundaciones sin ánimo de lucro».

Veamos la otra cara de la moneda. David Simon, un veterano ex reportero del Baltimore Sun, advirtió de entrada a los senadores que a él lo de «periodismo ciudadano» le suena «un poco como a George Orwell» porque una cosa es «ser un vecino que se entera de las cosas y se preocupa por la gente» y otra muy distinta un periodista, «de igual forma que un vecino con una manguera en el jardín y buenas intenciones no es un bombero».

Con una mezcla de ironía e irritación por tener que subrayar lo obvio, Simon recordó que «el periodismo de altos fines que es el que adquiere información esencial sobre nuestro Gobierno y nuestra sociedad es una profesión que implica un compromiso a tiempo completo de hombres y mujeres adiestrados que vuelven día tras día a los lugares que cubren hasta que los mejores entre ellos se enteran de todo lo que concierne a esa concreta institución».

Ésta es la especie que en su opinión corre peligro de extinción porque «el parásito está lentamente matando a su anfitrión». Con esa crudeza -«sanguijuelas» les llama el personaje de Russell Crowe- se refirió a «los agregadores y buscadores que ordeñan la información de las páginas de las principales publicaciones, contribuyendo con poco más que repetición, comentario y espuma». El problema es que «poco a poco los lectores van obteniendo las noticias a través de los agregadores y abandonan su punto de origen, es decir, los propios periódicos». Y, por lo tanto, puede ocurrir que llegue un día en que esos agregadores terminen intercambiando sus propias banalidades con muy poco periodismo digno de tal nombre que agregar.

Así lo explicó ante el Subcomité el ex director de la redacción de The Washington Post, premio Pulitzer y autor de varios libros de periodismo de investigación Steve Coll: «Incluso los más optimistas propagandistas de las nuevas formas de periodismo admiten que un mundo en el que los medios basados sólo en internet y los agregadores puedan afrontar mantener periodistas profesionales en Bagdad, Kabul e Islamabad, en Europa y en Asia, simplemente no está al alcance de la vista».

Un reciente informe de The Wall Street Journal cifraba en 1,7 millones de norteamericanos los que reciben algún dinero incorporando contenidos a internet y en más de 400.000 los que obtienen su principal fuente de ingresos como blogueros. Algunos pueden ser comentaristas brillantes y muchos más meros relaciones públicas a sueldo de todo tipo de intereses, pero sólo una ínfima proporción, realmente irrelevante, aporta algo genuino. Arcadi Espada lo ha dicho hace poco: en España está por llegar el día en que sea en un blog donde aparezca una noticia importante. Imagínense lo insípidas y onanistas que resultarían las tertulias de las radios y televisiones españolas -y trasládenlo a la Red- si no existiéramos EL MUNDO y El País, es decir si no hubiera redacciones compuestas por centenares de periodistas especializados en las que se distribuye y organiza el trabajo, apostando por la búsqueda de la información diferenciada.

La solución no es, desde luego, recurrir a fondos benéficos para mantener equipos trabajando en proyectos especiales, mientras curritos infrapagados se dedican a teclear para los agregadores de contenidos. En nuestro nivel de autoexigencia hablar de periodismo de investigación es en el fondo una redundancia, pues todo buen reportero tiene algo que investigar a diario. A mí no me cabe duda de que el día en que la «unidad atómica de consumo informativo deje de ser el periódico» como pronostica la sacerdotisa de Google y los chupópteros del trabajo ajeno campen a sus anchas como los piratas de Somalia, las posibilidades de acceder a los papeles del Pentágono, de descubrir el GAL o el Watergate o de investigar el 11-M habrán disminuido dramáticamente. Pero también las posibilidades de contar con una cobertura consistente de los tribunales de justicia, las instituciones financieras o la vida cultural, pues todas estas actividades se hacen en equipo y buena parte de ellas jamás serán rentables por sí mismas.

No seré yo quien se deje llamar inmovilista y menos aún nostálgico. Los periódicos nunca volverán a ser lo que fueron de la forma en la que lo fueron, pero sólo redacciones suficientemente nutridas y cualificadas podrán materializar el derecho a la información de los ciudadanos a través de los distintos soportes conocidos y por conocer.

Por eso La Sombra del Poder termina bien, no porque el mal quede desenmascarado sino porque el tradicional periodista de combate gana para la causa de la búsqueda de la verdad en equipo a la joven bloguera -Rachel Mac Adams- que al principio iba por libre. Lo siento por Arianna Huffington, pero el bueno de la película no es el periodista, ni siquiera el periodismo, sino el periódico. Ese periódico, nuestro periódico, todos los buenos periódicos.

Como dijo Coll en el Senado «no hay una crisis de lectores, hay una crisis de lectores rentables». Pero eso lo resolverán la legislación contra los piratas y la tecnología. A los poderes democráticos les corresponde amortiguar la transición hacia el nuevo modelo porque, así como estoy seguro de que absorberemos el impacto de este primer embate de la crisis, dudo mucho que pudiéramos hacerlo de nuevo sin una merma esencial en la calidad de nuestros contenidos. Y lo cierto es que ni la más eficiente trama de agregadores y blogueros alteraría un ápice el dilema de Jefferson -y su preferencia- entre el Gobierno sin periódicos y los periódicos sin Gobierno.

(Este texto sirvió de base el viernes a la intervención del director de EL MUNDO en la Universidad de Navarra con motivo del 50 aniversario de su Facultad de Periodismo y contiene las ideas que expuso el dia siguiente en el congreso Zeitgeist Europe organizado por Google en Londres)

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, mayo 05, 2009

La prensa, en el ojo del huracán

Por María Dolores Masana, presidenta de Reporteros sin Fronteras-España (EL PAÍS, 02/05/09):

La crisis global, que golpea a numerosos sectores económicos de nuestra sociedad, tiene un efecto especialmente grave cuando analizamos su impacto sobre los medios de comunicación. Seguramente, mayor que en otros sectores a causa de factores negativos que ya incidían sobre la profesión periodística. Desde hace tiempo, la aparición de nuevos medios y soportes así como las nuevas tecnologías han obligado al periodista a transformar su forma de trabajar. Por no hablar del rampante intrusismo, la baja remuneración, la inestabilidad laboral. Es decir, la drástica caída de los resultados económicos ha llevado a muchas empresas a reducir el número de periodistas en las redacciones, a recurrir a jubilaciones anticipadas, así como a una progresiva retirada de corresponsales y enviados especiales a zonas en conflicto.

Todo lo expuesto incide sobre una profesión y un colectivo muy castigado por presiones y ataques, a veces tan directos que han costado la vida o la libertad de muchos profesionales de la información, como Reporteros sin Fronteras denuncia un día sí y otro también. Y es que el ejercicio de la profesión periodística es el campo diario de una lucha sin descanso y también, en demasiadas ocasiones, de comprobación de impotencia con el consecuente malogro de tantas vocaciones.

Hubo un tiempo en que era corriente hablar de la prensa como del cuarto poder. Hoy este poder está seriamente amenazado desde fuera y desde dentro por una pura y simple razón, cualquiera que sea el escenario de la noticia: no gusta que la prensa dé publicidad a situaciones irregulares, que cumpla su derecho y deber de denunciar lo que es incorrecto, impropio, delictivo.

Por esto, desde tantos ángulos sociales y por tan diversos medios se busca silenciar a la prensa, a la auténtica, la fiel a su misión. Asesinatos, secuestros, encarcelamientos y desaparición de periodistas en número creciente. En casi todo el mundo. Y por la acción de muy variados elementos: Gobiernos con serios débitos legales y democráticos, grupos terroristas o paramilitares, sectores dedicados a la delincuencia organizada. Según Reporteros sin Fronteras, sólo desde enero de 2009, 18 periodistas han sido asesinados y 144 se hallan encarcelados. En este sentido de agresiones externas, el periodismo se configura hoy como la profesión más peligrosa del mundo.

Es, pues, sombrío el balance de obstáculos intencionados a que está sometida la prensa. Pero hay un mal peor, que la Federación Andaluza de Asociaciones de la Prensa denunció categóricamente el mes de noviembre en Cádiz y el de marzo en Sevilla, con concentraciones masivas de periodistas, un colectivo, por cierto, que raramente se moviliza. Y es la corrosión de la profesión desde dentro. Por ejemplo, la precariedad laboral hace que a menudo se prescinda de profesionales de reconocida experiencia y cualificación. A juicio de las asociaciones profesionales, ésta es, junto con la concentración de medios, la mayor amenaza contra la prensa como instrumento de creación de una opinión plural y libre. Por tanto, contra la defensa de las libertades y de la buena marcha de democracias supuestamente consolidadas.

Crear un periodismo sin profesionalidad, sin seguridad, sin independencia es deformarlo, desacreditarlo. Conducirlo prácticamente a su anulación. Es una situación alarmante para la salud ciudadana que exige tomarse muy en serio sus causas y los medios apropiados para remediarlas. Cabe preguntarse por qué en un momento grave de crisis generalizada, que se traduce en depreciación del trabajo como derecho esencial del ser humano, conviene hacer hincapié de manera especial en cómo esta lamentable realidad afecta al campo del periodismo. La razón es obvia: por el servicio mismo de bien general que presta la prensa libre como transmisora veraz de los acontecimientos. Sobre todo, por su labor de crítica, de denuncia de abusos, injusticias y procedimientos ilegales sin detenerse ni ante la actuación de los poderes públicos.

Defender el libre ejercicio de la profesión periodística hoy, en un mundo en el que es objeto de toda suerte de presiones, interferencias, amenazas, impedimentos y cortapisas, es harto difícil. Porque vivimos tiempos oscuros. De sombras. De confusión. Un tiempo y un mundo donde prolifera cada vez más la voluntad de desvirtuar los hechos, de transformarlos en medios al servicio de intereses determinados y, por ellos, desactivar la razón crítica, torcer los caminos que conducen a la verdad y ahogar la palabra veraz en beneficio de la mendacidad y la acción sin escrúpulos.

La prensa es el baluarte de la democracia. Así nació. Y así hay que mantenerla contra todo propósito de manipulación y nefasta reducción a mínimos.

En la tarea de defenderla es preciso concienciar a los agentes sociales, a las universidades y otras entidades culturales y, por su especial responsabilidad, a los Gobiernos e instituciones públicas. Porque dejar que la prensa se hunda o se prostituya es permitir que la sociedad pierda un medio esencial para su debida cohesión y conciencia en el ejercicio de sus derechos fundamentales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, abril 15, 2009

Los periodistas y la doble crisis

Por Malén Aznárez, periodista y vicepresidenta de Reporteros Sin Frontera España (EL PAÍS, 14/04/09):

¿Estamos los periodistas preparados para afrontar una doble crisis económica y sus consecuencias? No hace falta señalar que una de ellas es la Crisis con mayúscula, la global que nos afecta a todos y que, a decir de los expertos, es la peor desde la Gran Depresión de 1929, aquella que nos dejó imágenes patéticas de largas colas de estadounidenses con raídos abrigos y sombrero esperando por un plato de sopa, o de gente arruinada tirándose en plancha desde lo alto de los rascacielos.

Pero los medios de comunicación de todo el mundo, y en especial los impresos, los periódicos, están al tiempo sumergidos en una particular crisis vital que lleva arrastrándose desde hace unos años, provocada por la irrupción de Internet, los periódicos digitales, los gratuitos, la caída de la publicidad y las nuevas tecnologías, y que ahora, al socaire de su hermana mayor, ha estallado como una bomba de efecto retardado y amenaza con llevarse por delante no sólo a medios y redacciones, sino también a algunos de los elementos que han sido básicos en el ejercicio del periodismo en los países democráticos.

Las primeras consecuencias ya han empezado a verse: cierre o reestructuración de medios, reducciones drásticas de plantillas, despidos numerosos, jubilaciones anticipadas y, en algunos casos, elección entre congelación de salarios o despidos -desde junio pasado 1.800 periodistas han sido despedidos en España y se calcula que la cifra puede llegar a 5.000-.

Cunde el desánimo entre los profesionales veteranos que ven cómo se cierra una etapa del periodismo que, al menos en España, ha sido de las mejores de su historia. La comprendida entre la muerte de Franco, la Transición, y los inicios de la actual crisis. Una etapa en la que el despertar a la libertad, el adiós a la censura, el florecimiento de nuevos medios y el entusiasmo de unos profesionales que estrenaban democracia dieron lugar al nacimiento de un periodismo de calidad antes desconocido en el país, cuyos presupuestos esenciales eran la veracidad, el rigor y la honestidad. Un periodismo en el que se foguearon y crecieron, ¡y de qué modo!, un montón de profesionales que hoy todos conocemos y respetamos. Periodistas críticos con el poder, ya fuera político, económico, religioso o cultural. Y críticos también -lo que no significa desleales- con las empresas para las que trabajaban. Periodistas acostumbrados a defender, incluso a gritos, sus trabajos ante el redactor-jefe de turno, a no asumir en silencio órdenes caprichosas, vinieran de donde vinieran, y a pelear por llevar una noticia a primera página. Periodistas apasionados, críticos y autocríticos, actitudes, creo yo, esenciales en el oficio.

Un joven periodista planteaba recientemente a una mesa de veteranos colegas que debatían sobre la libertad de expresión, en la Asociación de la Prensa de Madrid, qué se podía hacer para cambiar el sombrío panorama que allí se reflejaba: reciente censura a los medios en Gaza; inconvenientes, cada día mayores, para acceder a la información; malestar de los jóvenes ante la para ellos imposibilidad de plantar cara a unas empresas todopoderosas; cortapisas económicas de éstas para hacer una información atractiva y de calidad; competencia de Internet, mucho más rentable para las empresas a la hora de cubrir conflictos en lugares lejanos, que amenaza con el fin del reporterismo… Entusiasmo; seguir batallando con el poder y el jefe de turno; no rendirse, porque ésta no es una profesión para conformistas; seguir haciendo información seria, rigurosa y sorprendente fueron algunas de las respuestas. En suma, calidad, porque la buena información seguirá siendo información, no importa el soporte en el que se venda.

¿Es posible mantener los principios éticos y el ánimo combativo en medio de un panorama de incertidumbre en el que lo único seguro es que no hay nada seguro? Un paisaje en el que las nuevas tecnologías de la comunicación se imponen a ritmo vertiginoso pero todavía no sabemos cómo serán los nuevos periódicos impresos que ahora se pergeñan, si es que realmente sobreviven… ¿Estamos preparados para, en medio del diluvio, jugarnos el tipo y seguir informando de la única manera que merece la pena: viendo lo que pasa en el lugar de los hechos para luego poder contarlo con la mayor honestidad posible? ¿Estamos dispuestos a resistir las viejas y nuevas presiones? Claro que, a lo mejor, todo esto son sólo tonterías, resabios éticos de un siglo que alumbró a periodistas como Kapuscinsky, García Márquez, Woodward o Bernstein, y lo único importante es contar cosas divertidas, ligeras, y, a ser posible, de bajo coste. Mucha comunicación y poca información.

El estupendo periodista que es Enric González decía hace poco, en este periódico, que se atisba una época en la que a cambio de no tener una cabecera que le ampare, el periodista quedará liberado de los compromisos de sus amos y será él mismo, expuesto a la intemperie, a solas con sus propios compromisos y errores. Y eso que González va por la vida de escéptico. Ojalá acierte, porque las democracias mal pueden sobrevivir sin una información libre y de calidad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, febrero 23, 2009

Defendiendo la verdad y la razón

Por Jaume Guillamet, catedrático de Periodismo de la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona (EL PAÍS, 23/02/09):

El debate sobre el futuro de los diarios contiene una preocupación de fondo por el devenir del periodismo. La alternativa digital, sumada a la competencia audiovisual, incide sobre algo más que la pervivencia de los formatos impresos, también sobre los contenidos y la función social de los medios.

Ese debate informal y sostenido tiene su origen más reciente en la aparición de Internet, hace 15 años, pero la radio y la televisión ya lo habían abierto mucho antes. El control inicial de los gobiernos sobre el audiovisual, así como el tiempo necesario para su perfeccionamiento técnico, retrasaron el estallido de la competencia entre los medios hasta la segunda mitad del siglo XX. El periodismo ha sido absorbido por una industria de la comunicación en la que el espectáculo y la sensación son el mayor reclamo para asegurar los niveles de difusión y audiencia exigidos por la publicidad, fuente de financiación común a todos.

La distinta naturaleza de los medios de comunicación ha otorgado posibilidades y límites diferentes a cada uno de ellos. Hija a la vez de la hoja volante y del libro, y constreñida en espacio y tiempo, la prensa diaria ya había rozado sus lindes con el sensacionalismo amarillo de William Randolph Hearst, el cinematográfico ciudadano Kane, en cuyo deshonor Edward Godkin entonó la “vergüenza pública de que los hombres puedan hacer tanto mal con el objeto de vender más periódicos”.

Hijas sucesivas del telégrafo sin hilos de Marconi, de la siembra de mensajes al viento (broadcast) de Lee de Forest y de la electrónica industrial, la radio y la televisión no han conocido otros límites que los que la política haya podido imponerles y los que el comercio no haya logrado traspasar. En su caso, los umbrales de vergüenza aún no han dejado de sorprender.

Preguntarse en qué medida los medios audiovisuales mantienen el trinomio originario información-formación-entretenimiento es una buena manera de ver el marco en que se mueve hoy el periodismo. La acentuada decantación hacia el entretenimiento más espectacular, en demérito de la formación, puede arrastrar en exceso la información hacia formatos y lenguajes impropios, por coloquiales, subjetivos y ambivalentes. La imitación de los modelos gráficos instantáneos de las noticias audiovisuales tiende a producir, además, un empobrecimiento informativo de los diarios, en cuyas páginas también gana espacio el entretenimiento.

De confirmarse esa tendencia, estaríamos ante el riesgo de una disolución del periodismo en la industria de la comunicación, mientras que Internet parecería proclamar su pura y simple obsolescencia. Hija no esperada de la informática y las telecomunicaciones, esa red global, instantánea y omnicomprensiva, de naturaleza aparentemente ilimitada, ha abierto la puerta a un periodismo más participativo y autogestionado por el ciudadano, hasta poner en duda la necesidad originaria del mensajero y mediador. Como si el periodismo agotara su ciclo histórico.

¿Lo está agotando? No se agota, en todo caso, la necesidad del periodismo como selección, elaboración e información de los hechos, de acuerdo con criterios de interés público, como investigación y presentación de los problemas de la sociedad, como análisis y crítica con aportación de opiniones fundamentadas.

La pregunta es si habrá lugar para el periodismo así entendido -y no como una mera repetición de noticias e impactos- en el espacio vacío que pudiera resultar de la acentuación de esas tendencias, entre su disolución en la industria de la comunicación y la procelosa navegación de los lectores por los mares virtuales de Internet.

Otra pregunta es si hay una conciencia clara de estas amenazas, agravadas por una crisis que ha reducido la publicidad que financia todos los medios, que ha cortado el potente despegue de los diarios gratuitos y que afecta también a los de pago. Una tercera pregunta sería si podría sobrevivir el periodismo a una eventual desaparición de los diarios impresos.

El orden inverso de las respuestas no alterará el sentido de la explicación.

Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin periódicos. Los periódicos son la referencia histórica del periodismo y su cultura profesional, por ser el más antiguo de los medios y el único específico, creados expresamente para la función de informar y crear opinión, ligados en su evolución al progreso de la libertad y de la democracia, víctimas primeras y genuinas de cualquier regresión política. De los periódicos han tomado la radio, la televisión e Internet principios, valores y géneros informativos, así como el nombre mismo de la actividad -periodismo- y las tareas que ejercen sus redactores o periodistas.

No es tan difícil, en cambio, imaginar periódicos sin el periodismo bien entendido al que nos referimos. Hemos sufrido esa extraña situación en España durante gran parte del franquismo y la siguen sufriendo en muchos países. Si sucede por razones políticas, podría suceder también -y, de hecho, comienza- por razones económicas. La tradición periodística anglosajona, que es la más acreditada por su continuidad, coherencia y vinculación originaria con la libertad de prensa, ofrece una conciencia de lo que hay que defender y cómo, frente a esas tendencias de disolución del periodismo, más fuerte y clara que otras tradiciones afectadas por su vinculación originaria al poder y por los accidentes derivados de la historia política. En España, el corte profundo de la Guerra Civil y el franquismo rompió la continuidad de la frágil tradición liberal y ha dejado el periodismo en una situación de escasez de referentes personales y culturales. Con una conciencia más difusa de las amenazas y una situación de debilidad conceptual para la defensa del lugar del periodismo en el futuro de los medios.

Sirva el periodismo norteamericano como referencia, no sólo para explicar las causas de los cambios y amenazas, sino también para construir los argumentos de la defensa. Un periodismo que reconoce la verdad como primera obligación y cuya primera lealtad es con los ciudadanos, de acuerdo con Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que expresaron en The Elements of Journalism (2001, actualización y revisión en 2007; en español, Los elementos del periodismo, EL PAÍS, 2003), fruto de un extenso trabajo de investigación y debate profesional. Un periodismo que no desatiende el concepto de objetividad, sino que lo plantea como método en una disciplina esencial de verificación de las noticias.

Hay una razón histórica, si se quiere elemental, para creer en la pervivencia de los periódicos impresos: contrariamente a lo que se pensó en momentos parecidos del pasado, los nuevos medios no han comportado la desaparición de los antiguos, sino su transformación y adaptación. Tampoco afrontan todos los periódicos los mismos riesgos, más acentuados para los que dependen de las grandes campañas de publicidad que para los ligados a contenidos y recursos locales.

Para el futuro de todos los medios, se requiere una sólida conciencia social y profesional sobre el periodismo que hay que defender. De ahí la necesidad de profundizar en la comprensión y la aplicación del concepto recurrente de periodismo de calidad, de convertirlo en referencia común del ejercicio profesional, de la demanda social y del interés del público. El periodismo de calidad, tomado como condición necesaria pero no suficiente. El problema principal está en su financiación, aún más ahora que la publicidad ha caído en picado y que el horizonte inmediato es de crisis y reducciones de plantillas.

El periodismo de calidad es caro, pero es indispensable para la buena salud de una sociedad democrática. Volvamos a Kovach y Rosenstiel: “El periodismo proporciona algo único en una cultura: la información independiente, fiable, precisa y extensa, que los ciudadanos requieren para ser libres”. Evoquemos a Mariano José de Larra, nuestro primer gran periodista, que definió su oficio como un ejercicio genuino de crítica al Gobierno y defensa de la sociedad, que proclamaba como único objetivo del periodismo “contribuir en lo poco que pudiese al bien de mi país”, sin necesidad de “defender más que la verdad y la razón”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, enero 15, 2009

‘I hope my murder will be seen not as a defeat of freedom but an inspiration’

By Lasantha Wickrematunge (THE GUARDIAN, 13/01/09):

Este extraordinario artículo escrito por el editor del esrilanqués Sunday Leader fue publicado tres días después de ser asesinado en Colombo.

This extraordinary article by the editor of the Sri Lankan Sunday Leader was published three days after he was shot dead in Colombo.

No other profession calls on its practitioners to lay down their lives for their art save the armed forces - and, in Sri Lanka, journalism. In the course of the last few years, the independent media have increasingly come under attack. Electronic and print institutions have been burned, bombed, sealed and coerced. Countless journalists have been harassed, threatened and killed. It has been my honour to belong to all those categories, and now especially the last.

I have been in the business of journalism a good long time. Indeed, 2009 will be the Sunday Leader’s 15th year. Many things have changed in Sri Lanka during that time, and it does not need me to tell you that the greater part of that change has been for the worse. We find ourselves in the midst of a civil war ruthlessly prosecuted by protagonists whose bloodlust knows no bounds. Terror, whether perpetrated by terrorists or the state, has become the order of the day. Indeed, murder has become the primary tool whereby the state seeks to control the organs of liberty. Today it is the journalists, tomorrow it will be the judges. For neither group have the risks ever been higher or the stakes lower.

Why then do we do it? I often wonder that. After all, I too am a husband, and the father of three wonderful children. I too have responsibilities and obligations that transcend my profession, be it the law or journalism. Is it worth the risk? Many people tell me it is not. Friends tell me to revert to the bar, and goodness knows it offers a better and safer livelihood.

Others, including political leaders on both sides, have at various times sought to induce me to take to politics, going so far as to offer me ministries of my choice. Diplomats, recognising the risk journalists face in Sri Lanka, have offered me safe passage and the right of residence in their countries.

Whatever else I may have been stuck for, I have not been stuck for choice.

But there is a calling that is yet above high office, fame, lucre and security. It is the call of conscience.

The Sunday Leader has been a controversial newspaper because we say it like we see it: whether it be a spade, a thief or a murderer, we call it by that name. We do not hide behind euphemism. The investigative articles we print are supported by documentary evidence thanks to the public-spiritedness of citizens who at great risk to themselves pass on this material to us. We have exposed scandal after scandal, and never once in these 15 years has anyone proved us wrong or successfully prosecuted us.

The free media serve as a mirror in which the public can see itself sans mascara and styling gel. From us you learn the state of your nation, and especially its management by the people you elected to give your children a better future. Sometimes the image you see in that mirror is not a pleasant one. But while you may grumble in the privacy of your armchair, the journalists who hold the mirror up to you do so publicly and at great risk to themselves. That is our calling, and we do not shirk it.

The Sunday Leader has never sought safety by unquestioningly articulating the majority view. Let’s face it, that is the way to sell newspapers. On the contrary, as our opinion pieces over the years amply demonstrate, we often voice ideas that many people find distasteful. For instance, we have consistently espoused the view that while separatist terrorism must be eradicated, it is more important to address the root causes of terrorism, and urge government to view Sri Lanka’s ethnic strife in the context of history and not through the telescope of terrorism. We have also agitated against state terrorism in the so-called war against terror, and made no secret of our horror that Sri Lanka is the only country in the world routinely to bomb its own citizens. For these views we have been labelled traitors; and if this be treachery, we wear that label proudly.

Many people suspect that the Sunday Leader has a political agenda: it does not. If we appear more critical of the government than of the opposition, it is only because we believe that - excuse cricketing argot - there is no point in bowling to the fielding side. Remember that for the few years of our existence in which the United National party was in office, we proved to be the biggest thorn in its flesh, exposing excess and corruption wherever it occurred.

Indeed, the stream of embarrassing expositions we published may well have served to precipitate the downfall of that government.

Neither should our distaste for the war be interpreted to mean that we support the Tamil Tigers. The LTTE is among the most ruthless and bloodthirsty organisations to have infested the planet. There is no gainsaying that it must be eradicated. But to do so by violating the rights of Tamil citizens, bombing and shooting mercilessly, is not only wrong but shames the Sinhalese, whose claim to be custodians of the dhamma is for ever called into question by this savagery - much of it unknown to the public because of censorship.

What is more, a military occupation of the country’s north and east will require the Tamil people of those regions to live eternally as second-class citizens, deprived of all self-respect. Do not imagine you can placate them by showering “development” and “reconstruction” on them in the postwar era. The wounds of war will scar them for ever, and you will have an even more bitter and hateful diaspora to contend with. A problem amenable to a political solution will thus become a festering wound that will yield strife for all eternity. If I seem angry and frustrated, it is only because most of my compatriots - and all the government - cannot see this writing so plainly on the wall.

It is well known that I was on two occasions brutally assaulted, while on another my house was sprayed with machine-gun fire. Despite the government’s sanctimonious assurances, there was never a serious police inquiry into the perpetrators of these attacks, and the attackers were never apprehended.

In all these cases, I have reason to believe the attacks were inspired by the government. When finally I am killed, it will be the government that kills me.

The irony in this is that, unknown to most of the public, President Mahinda Rajapaksa and I have been friends for more than a quarter-century. Indeed, I suspect that I am one of the few people remaining to routinely address him by his first name and use the familiar Sinhala address - oya - when talking to him.

Although I do not attend the meetings he periodically holds for newspaper editors, hardly a month passes when we do not meet, privately or with a few close friends present, late at night at President’s House. There we swap yarns, discuss politics and joke about the good old days. A few remarks to him would therefore be in order here.

Mahinda, when you finally fought your way to the Sri Lanka Freedom party presidential nomination in 2005, nowhere were you welcomed more warmly than in this column. Indeed, we broke with a decade of tradition by referring to you throughout by your first name. So well known were your commitments to human rights and liberal values that we ushered you in like a breath of fresh air.

Then, through an act of folly, you got involved in the Helping Hambantota scandal. It was after a lot of soul-searching that we broke the story, urging you to return the money. By the time you did, several weeks later, a great blow had been struck to your reputation. It is one you are still trying to live down.

You have told me yourself that you were not greedy for the presidency. You did not have to hanker after it: it fell into your lap. You have told me that your sons are your greatest joy, and that you love spending time with them, leaving your brothers to operate the machinery of state. Now, it is clear to all who will see that that machinery has operated so well, my sons and daughter do not have a father.

In the wake of my death I know you will make all the usual sanctimonious noises and call upon the police to hold a swift and thorough inquiry.

But like all the inquiries you have ordered in the past, nothing will come of this one, too. For truth be told, we both know who will be behind my death, but dare not call his name. Not just my life but yours too depends on it.

As for me, I have the satisfaction of knowing that I walked tall and bowed to no man. And I have not travelled this journey alone. Fellow journalists in other branches of the media walked with me: most are now dead, imprisoned without trial or exiled in far-off lands. Others walk in the shadow of death that your presidency has cast on the freedoms for which you once fought so hard. You will never be allowed to forget that my death took place under your watch. As anguished as I know you will be, I also know that you will have no choice but to protect my killers: you will see to it that the guilty one is never convicted. You have no choice.

As for the readers of the Sunday Leader, what can I say but thank you for supporting our mission. We have espoused unpopular causes, stood up for those too feeble to stand up for themselves, locked horns with the high and mighty so swollen with power that they have forgotten their roots, exposed corruption and the waste of your hard-earned tax rupees, and made sure that whatever the propaganda of the day, you were allowed to hear a contrary view. For this I - and my family - have paid the price that I had long known I would one day have to pay. I am, and have always been, ready for that. I have done nothing to prevent this outcome: no security, no precautions. I want my murderer to know that I am not a coward like he is, hiding behind human shields while condemning thousands of innocents to death. What am I among so many? It has long been written that my life would be taken, and by whom. All that remained to be written was when.

That the Sunday Leader will continue fighting the good fight, too, is written. For I did not fight this fight alone. Many more of us have to be - and will be - killed before the Leader is laid to rest. I hope my assassination will be seen not as a defeat of freedom but an inspiration for those who survive to step up their efforts. Indeed, I hope that it will help galvanise forces that will usher in a new era of human liberty in our beloved motherland. I also hope it will open the eyes of your president to the fact that however many are slaughtered in the name of patriotism, the human spirit will endure and flourish.

People often ask me why I take such risks and tell me it is a matter of time before I am bumped off. Of course I know that: it is inevitable. But if we do not speak out now, there will be no one left to speak for those who cannot, whether they be ethnic minorities, the disadvantaged or the persecuted. An example that has inspired me throughout my career in journalism has been that of the German theologian, Martin Niemöller. In his youth he was an antisemite and an admirer of Hitler. As nazism took hold of Germany, however, he saw nazism for what it was. It was not just the Jews Hitler sought to extirpate, it was just about anyone with an alternate point of view. Niemöller spoke out, and for his trouble was incarcerated in the Sachsenhausen and Dachau concentration camps from 1937 to 1945, and very nearly executed. While incarcerated, he wrote a poem that, from the first time I read it in my teenage years, stuck hauntingly in my mind:

First they came for the Jews and I did not speak out because I was not a Jew.

Then they came for the Communists and I did not speak out because I was not a Communist.

Then they came for the trade unionists and I did not speak out because I was not a trade unionist.

Then they came for me and there was no one left to speak out for me.

If you remember nothing else, let it be this: the Leader is there for you, be you Sinhalese, Tamil, Muslim, low-caste, homosexual, dissident or disabled.

Its staff will fight on, unbowed and unafraid, with the courage to which you have become accustomed. Do not take that commitment for granted. Let there be no doubt that whatever sacrifices we journalists make, they are not made for our own glory or enrichment: they are made for you. Whether you deserve their sacrifice is another matter. As for me, God knows I tried.

• This is an edited version of an article published in the Sunday Leader editorial column on 11 January. Its author, who co-founded the paper in 1994, was killed three days earlier by unidentified gunmen as he drove to work. He is believed to have written the editorial just days before his death. The full version is at http://www.thesundayleader.lk/