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martes, agosto 09, 2011

Lo que Internet debe aprender de la radio

Por Ernesto Hernández Busto, ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenultimosDias.com (EL PAÍS, 03/08/11):

Hubo una época en que la radio fue algo muy parecido a lo que hoy representa Internet. Para quienes nunca se lo imaginaron -o ya lo habían olvidado-, Tim Wu, profesor de Derecho en la Universidad de Columbia, dedica The Master Switch: The Rise and Fall of Information Empires (2010) a recordar que la utopía de un sistema de comunicación sin restricciones no es precisamente un descubrimiento de la era digital.

A comienzos del siglo XX muchas voces independientes (y algunas que califican de “marginales”) vieron en la radio una posibilidad de hacerse oír sin intermediarios. El panorama parecía ilimitado, y un montón de gente “rara”, desde predicadores hasta empresarios deportivos, pasando por todo el espectro de libertarios y “colgados” en los que Estados Unidos siempre ha sido pródigo, fundaron numerosas estaciones radiales que alcanzaban a miles de oyentes. Aquella especie de locura comunicativa, muy parecida al esplendor de la blogosfera hace unos años, dio lugar a varias polémicas que pueden leerse como el primer antecedente de las comunidades virtuales: se debatía sobre cómo aliviar los males de la sociedad, cómo la gente sería liberada, cómo el discurso se elevaría y la distancia desaparecería…

A finales de 1924 -nos cuenta Wu- los fabricantes norteamericanos habían vendido más de dos millones de aparatos de radio capaces de emitir una señal local. Apenas unos años después “lo que era un medio abierto… estaba preparado para convertirse en un gran negocio, dominado por un monopolio radial; lo que fue antaño una tecnología no regulada cayó bajo el estricto mando y control de una agencia federal”.

En su entretenida historia de la tecnología de la comunicación en Estados Unidos durante el siglo pasado Wu quiere mostrarnos cómo muchos inventos asociados a los medios masivos tuvieron su fase de novedad revolucionaria antes de ser absorbidos por la industria en poderosos monopolios. Muchas empresas que hoy controlan el flujo de los contenidos y fabrican políticas a partir del comercio también fueron concebidas en su día como canales accesibles y armas de la libre expresión. Pero el paso “del hobby de alguien a la industria de alguien” parece ser, en la versión de Wu, una ley más ineluctable que la Divina Providencia. Y ahí están la RCA, AT&T, NBC, CBS, etc… para probarlo.

“Esta oscilación de la industria de la información entre lo abierto y lo cerrado -explica Wu- es un fenómeno tan típico que yo le he dado un nombre: el Ciclo. Y para entender por qué eso ocurre debemos entender cómo las industrias que trafican con la información son natural e históricamente diferentes de aquellas basadas en otros productos”.

La singularidad de la comunicación como sector radicaría, según Wu, justo en la falibilidad de la regulación y la lógica de los mercados que tienen que ver con ella. En pocas palabras, los fracasos en esta industria tienen consecuencias mucho peores que en otras. Por eso hace falta establecer un conjunto de principios en torno a la propiedad, la concentración y estructura de tales medios, y que estos se regulen en gran medida por una “moral de la información”, no por un solo organismo regulador o un único estatuto, sino en última instancia por un consenso emergente sobre el valor de la libre información como soporte vital para las sociedades abiertas.

El libro de Wu se lee, por supuesto, en el contexto de la polémica actual sobre la regulación de Internet, su legitimidad y sus límites. El autor es conocido por haber acuñado en 2002 el término “net neutrality”, la noción de que los operadores no deben bloquear ni favorecer ciertos contenidos para que Internet siga siendo un sistema abierto en que cualquiera pueda conectarse y publicar, y donde el dinero y las reglas técnicas no favorezcan nunca a un usuario contra otro, incluso si ese usuario es una corporación poderosa con ilimitados recursos económicos.

Uno de los puntos fundamentales de su análisis es la noción del “interés público” aplicada a las nuevas tecnologías concebidas como “redes de transporte”: “Desde el siglo XVII ha habido la fuerte sensación de que las redes de transporte básicas deben servir al interés público sin discriminación” -decía Wu en Slate, hace 5 años-. “Esto se debe a que mucho depende de ello: ellas catalizan industrias enteras, lo que significa que la discriminación gratuita puede tener un ‘efecto dominó’ en toda la nación. Siguiendo esta lógica, siempre y cuando usted piense que Internet es algo más parecido a una carretera que un expendio de pollo frito, debería ser neutral con respecto a lo que transporta”.

En este gran debate sobre los sistemas de información Wu también ha sido muy criticado. Los empresarios lo acusan de “proponer soluciones para problemas que no existen”. Otros se burlan del agorero de una “Oscura Edad Digital de los Sistemas Cerrados”. El Ciclo de las industrias poderosas tragándose a las nuevas tecnologías está demasiado cerca de las predicciones semiapocalípticas de Lawrence Lessig y coloca en una posición difícil a quienes han hecho de la tecnología el nuevo bálsamo de Fierabrás de las sociedades digitales.

Uno de los presupuestos que sostiene el entusiasmo casi incombustible generado por los “revolucionarios de Internet” es que esta vez la estructura tecnológica ha conseguido romper con esa especie de maldición o destino manifiesto, perfectamente condensada en la metáfora del “conmutador principal ” o “interruptor maestro” que define al Leviatán corporativo.

Para Wu, sin embargo, Silicon Valley no está a salvo de la vieja tentación y los peligros monopolísticos. Recientemente acusó a Apple de buscar reemplazar la “caótica libertad personal de los ordenadores personales” con “un nuevo régimen de artefactos controlados” y de querer encarnar la idea platónica de la dictadura de los sabios como el mejor gobierno posible. Al mismo tiempo, Wu es capaz de sostener que “la piratería ha sido una parte del desarrollo de las tecnologías de la información desde al menos 1890″ o de parafrasear la advertencia de Schumpeter: cuidado con ese tipo especial de hombres que no están motivados por el dinero o el confort, sino que buscan poder para fundar su reino privado. En pocas palabras, “the mogul makes the medium”. Wu no es precisamente una voz neutral: sus ideas han fortalecido la agencia para la que trabaja, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, convirtiéndola en “un contrapeso público al poder privado”.

No todo lo que parece “natural” es necesariamente inevitable, y además Internet ha sido diseñado para resistir la integración y el control centralizado. Sin embargo, los influyentes argumentos de The Master Switch han contribuido a moderar nuestro exceso de confianza en la tecnología. Es un hecho que la telefonía, la radio, la TV y el cine cambiaron nuestras vidas. Pero ¿hasta qué punto modificaron la naturaleza de nuestra existencia? ¿Hasta qué punto representaron un hito en la libertad de expresión? ¿Consiguieron ampliar la democracia norteamericana a nivel de base, o acabaron absorbidas por la lógica del Ciclo?

Tras muchas metáforas políticas que parecen remedos de Un mundo feliz de Huxley, Wu ha puesto sobre la mesa una serie de problemas reales. La distribución de contenidos asociados a plataformas tecnológicas específicas controladas por los gigantes de la industria parece una tendencia consolidada. En la nueva era, el periodismo tiene que afrontar que la gente prefiera la transparencia a la objetividad, como dictaminaba hace poco The Economist. Internet como el foro de libre expresión por excelencia, como ese lugar donde una persona con talento puede competir con un periódico importante, no parece hoy la tendencia en boga. Y todo esto sucede justo cuando la ONU acaba de incluir el acceso a la Red como parte de los Derechos Humanos. Este reconocimiento “oficial” de un instrumento fundamental de la libre expresión coincide con un momento de desencanto: al mismo tiempo que se consagra como derecho, es posible que Internet como modelo de libertad esté llegando a su fin.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, julio 07, 2011

Tecnología y desigualdad

Por Kenneth Rogoff, gran maestro internacional de ajedrez, profesor de Economía y Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y ex economista en jefe del FMI. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 06/07/11):

Hasta ahora, el implacable avance de la tecnología y la globalización ha favorecido enormemente la mano de obra altamente calificada, lo que ha ayudado a generar niveles sin precedentes de desigualdad en el ingreso y la riqueza en todo el mundo. ¿Será que a final de cuentas se renueve la lucha de clases en la que los gobiernos populistas lleguen al poder y se lleve al límite la redistribución del ingreso, y el Estado retome el control de la vida económica?

No hay duda de que la desigualdad en el ingreso es lo que más amenaza a la estabilidad social en todo el mundo, ya sea en los Estados Unidos, la periferia europea o en China. Con todo, es fácil olvidar que las fuerzas del mercado, si se les permite actuar libremente, a la larga podrían ejercer un papel estabilizador. En pocas palabras, cuanto mayor sea la prima para los trabajadores altamente calificados, más grande será el incentivo para encontrar la forma de economizar en el empleo de sus talentos.

El mundo del ajedrez, con el cual estoy muy familiarizado, ilustra claramente la manera en que la innovación puede tener un efecto muy diferente en los salarios relativos en las siguientes décadas de lo que lo tuvo en las últimas tres décadas.

Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, un “autómata” que jugaba ajedrez de modo genial y creativo hizo una gira por las capitales del mundo. “El Turco” ganó partidas contra personas como Napoleón y Benjamín Franklin, mientras que desafiaba a mentes brillantes para conocer sus secretos. A los observadores les llevó varias décadas averiguar cómo funcionaba realmente el Turco: un jugador humano se ocultaba en un compartimiento movedizo en medio de un laberinto de vistosos aparatos.

Ahora, la estafa se revirtió: las máquinas de ajedrez pretenden ser jugadores humanos de ajedrez. Los programas de escritorio de ajedrez han superado considerablemente a los mejores jugadores humanos en la última década, y hacer trampa se ha convertido en un flagelo. Hace poco la Federación francesa de ajedrez suspendió a tres de sus mejores jugadores por conspirar para obtener asistencia computarizada. (Curiosamente, una forma de descubrir a los tramposos es mediante un programa de computadora que detecta si las movidas del jugador se parecen sistemáticamente a las jugadas favoritas de varios de los mejores programas de computadora.)

Por supuesto, hay muchos otros ejemplos de actividades que alguna vez se pensó eran del dominio exclusivo de los humanos intuitivos, pero que las computadoras han logrado manejar. Ahora muchos maestros y escuelas usan programas de computadora para escanear ensayos y así detectar copias, una falta antigua que se hace fácilmente mediante el Internet. En efecto, calificar ensayos es una ciencia en ascenso, y algunos estudios han mostrado que las evaluaciones por computadora son más justas, más coherentes y más informativas que las de un profesor promedio, aunque no necesariamente del mejor.

Los sistemas de computadora avanzados también están ganando terreno en la medicina, las leyes, las finanzas e incluso el entretenimiento. En vista de estos avances, hay razones para creer que la innovación tecnológica conducirá finalmente a la comercialización de muchas destrezas que ahora parecen únicas y valiosas.

Mi colega de Harvard, Kenneth Froot, y yo hicimos un estudio de los movimientos relativos de los precios en un periodo de 700 años de una serie de productos. Para nuestra sorpresa, encontramos que los precios relativos de cereales, metales y muchos otros productos básicos volvían a ubicarse en una tendencia media durante periodos suficientemente largos. Nuestra conjetura era que aunque los descubrimientos aleatorios, los eventos climáticos y las tecnologías podían causar variaciones espectaculares durante determinados periodos, los diferenciales de precio resultantes crearían incentivos en los innovadores para poner más atención en los bienes cuyos precios habían aumentado drásticamente.

Por supuesto, las personas no son bienes, pero los mismos principios se aplican. Como la mano de obra calificada se hace cada vez más cara respecto de la no calificada, las empresas tienen mayores incentivos para encontrar formas de “hacer trampa” mediante el uso de sustitutos en los insumos de precio elevado. El cambio podría llevar muchas décadas, pero también podría llegar mucho más rápido mientras la inteligencia artificial estimule la nueva ola de innovación.

Tal vez los trabajadores calificados intentarán asociarse para lograr que los gobiernos aprueben leyes y reglamentos a fin de que sea más difícil para las empresas hacer obsoletos sus empleos. Sin embargo, si el sistema de comercio global sigue abierto a la competencia, la habilidad de los trabajadores calificados para impedir indefinidamente la tecnología que prescinde de la mano de obra será más eficaz que los intentos en el pasado de los trabajadores no calificados.

La próxima generación de avances tecnológicos también podría promover una mayor equidad en el ingreso si se ofrece un acceso igualitario a la educación. Actualmente, los recursos educativos –en particular los del nivel superior (universidad)- en muchos países pobres están seriamente limitados respecto a los países ricos, y, hasta ahora, el Internet y las computadoras han exacerbado las diferencias.

Sin embargo, no tiene porque ser así. Con seguridad, la educación superior en última instancia se verá afectada por el mismo tipo de ola de tecnología que ha aplastado a las industrias del automóvil y de los medios de comunicación, entre otras. Si la comercialización de la educación en última instancia se extiende al menos al nivel universitario inferior, el impacto en la desigualdad del ingreso podría ser profundo.

Muchos comentaristas parecen creer que la brecha en aumento entre ricos y pobres es un efecto colateral inevitable de la globalización y la tecnología crecientes. Según su punto de vista, los gobiernos tendrán que intervenir radicalmente en los mercados para restaurar el equilibrio social.

No estoy de acuerdo. Sí, necesitamos realmente sistemas de impuestos progresivos, respetar los derechos de los trabajadores y políticas generosas de ayuda por parte de los países ricos. Sin embargo, el pasado no es necesariamente prólogo: dada la extraordinaria flexibilidad de las fuerzas del mercado, sería una tontería, si no peligroso, inferir la creciente desigualdad en los ingresos relativos en las siguientes décadas mediante la extrapolación de las tendencias recientes.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, enero 25, 2009

Encuentra, descarga y usa

Por Ricardo Baeza Yates, vicepresidente de Investigación de Yahoo para Europa, Medio Oriente y Latinoamérica, y profesor asociado de la Universitat Pompeu Fabra (LA VANGUARDIA, 25/01/09):

Hace seis años escribía las siguientes líneas: Encuéntrame, descárgame y úsame. Déjate luego seducir y vuelve a mí una y otra vez. Yo por mi parte usaré mucho, mucho sentido común y trataré de sorprenderte cada día. Aunque no lo parezca, esto es la web de cada día. Como en cualquier medio de comunicación, también en la web debemos formular la siguiente pregunta: ¿Qué es más importante, la forma oel contenido? Por supuesto que el contenido, dirán ustedes, pero en realidad en la web esto no importa si no podemos acceder a él.

La web a finales del 2008 tenía más de 190 millones de sitios y en la práctica un número infinito de páginas, pues la mayoría son dinámicas y se generan en el momento en que la persona interactúa con la web. En esta inmensidad digital, los buscadores son el único medio para encontrar lo que queremos.

Sin embargo, en la web muchas veces tanto la forma como el contenido impiden encontrar y luego ver un sitio web. Es decir, un sitio tiene que estar en la web, lo que depende de muchos factores que tienen un orden causal, la mayoría producto de falta de sentido común, los que detallamos a continuación.

La web tiene un centro fuertemente conectado, en el cual podemos navegar desde un sitio a cualquier otro siguiendo los hiperenlaces. También existen muchísimas islas, sitios no conectados. Si nuestro sitio está en la región central, el buscador lo encontrará. Si no lo está, necesitamos registrarlo en el buscador. Sin embargo, no basta que el buscador lo encuentre, también debe poder descargar todo su contenido para poder indexarlo. Si lo que el buscador encuentra son sólo imágenes o código en lenguaje de programación, no siempre se podrá descargar su contenido. Por eso es importante usar HTML, el lenguaje estándar para describir una página web.

Cuando el buscador ha encontrado el sitio, entonces una persona recién podrá buscarlo. Para encontrarlo, el sitio debe tener las palabras que la gente usará en su búsqueda. Para ello, debemos conocer muy bien nuestro público objetivo. Sin embargo, esto no es suficiente. Como las personas sólo ven las primeras dos páginas de resultados en los buscadores, nuestro sitio tiene que estar en los primeros lugares del resultado (ranking).

El orden del resultado depende evidentemente de muchos factores, como los enlaces desde otros sitios, los títulos de las páginas, el texto, etcétera; y su fórmula exacta en cada buscador es un secreto para que este orden no pueda ser manipulado.

Pero como hay incentivos económicos para tener un mayor tráfico web, existen malas prácticas llamadas spam de web, que consisten en acciones que intentan modificar de manera no ética el orden del resultado, utilizando por ejemplo un texto con datos falsos o enlaces desde sitios web que no tienen un motivo válido. La reputación de un sitio web debe ser ganada de forma externa y su calidad intrínseca es al final de todo lo más importante.

La persona ha encontrado el sitio que quería, pero no sirve de nada si no puede verlo. La visibilidad depende del desempeño computacional de un sitio y de la calidad del enlace internet entre el sitio web y la persona que lo está usando. Incluso en el caso en que todo funcione correctamente, no es suficiente, pues la persona puede abandonar el sitio si la página no es compatible o tarda mucho en cargarse.

Por ello las páginas web tendrían que poder funcionar en cualquier sistema operativo y en cualquier navegador, ser accesibles para personas con discapacidades visuales y por supuesto ser livianas, siendo nuevamente HTML el mejor lenguaje que se puede usar.

Un último problema que puede ocurrir es cuando dibujar la página web es tan complicado, que, pese a que el navegador indica que ya ha descargado todo, aún no vemos la página. Así ocurre cuando se usan diseños complicados y monolíticos que no permiten desplegar la página poco a poco. Esto define la ubicuidad en la web tanto para buscadores como para personas, con sus dos componentes, la encontrabilidad o buscabilidad y la visibilidad.


Como hemos visto, estar en la web es mucho más que tener contratado el servicio de internet y de hospedaje de un sitio web. Es sólo el primer paso, que continúa con la arquitectura de la información y sigue con la ubicuidad y la usabilidad. El último paso, el menos usado, es analizar los datos de las bitácoras (logs) de uso del sitio web, lo que se llama minería de uso. Esto, en conjunto también con evaluaciones de la experiencia de usuario, define un proceso permanente de mejoramiento del sitio, un círculo virtuoso de diseño causal (véase el diagrama adjunto) que es clave para el éxito en la web.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, junio 30, 2008

Fight Terror With YouTube

By Daniel Kimmage, a senior analyst at Radio Free Europe/Radio Liberty (THE NEW YORK TIMES, 26/06/08):

Al Qaeda made its name in blood and pixels, with deadly attacks and an avalanche of electronic news media. Recent news articles depict an online terrorist juggernaut that has defied the best efforts by the United States government to counter it. While these articles are themselves a testimony to Al Qaeda’s media savvy, they don’t tell the whole story.

When it comes to user-generated content and interactivity, Al Qaeda is now behind the curve. And the United States can help to keep it there by encouraging the growth of freer, more empowered online communities, especially in the Arab-Islamic world.

The genius of Al Qaeda was to combine real-world mayhem with virtual marketing. The group’s guerrilla media network supports a family of brands, from Al Qaeda in the Islamic Maghreb (in Algeria and Morocco) to the Islamic State of Iraq, through a daily stream of online media products that would make any corporation jealous.

A recent report I wrote for Radio Free Europe/Radio Liberty details this flow. In July 2007, for example, Al Qaeda released more than 450 statements, books, articles, magazines, audio recordings, short videos of attacks and longer films. These products reach the world through a network of quasi-official online production and distribution entities, like Al Sahab, which releases statements by Osama bin Laden.

But the Qaeda media nexus, as advanced as it is, is old hat. If Web 1.0 was about creating the snazziest official Web resources and Web 2.0 is about letting users run wild with self-created content and interactivity, Al Qaeda and its affiliates are stuck in 1.0.

In late 2006, with YouTube and Facebook growing rapidly, a position paper by a Qaeda-affiliated institute discouraged media jihadists from overly “exuberant” efforts on behalf of the group for fear of diluting its message.

This is probably sound advice, considering how Al Qaeda fares on YouTube. A recent list of the most viewed YouTube videos in Arabic about Al Qaeda included a rehash of an Islamic State of Iraq clip with sardonic commentary added and satirical verses about Al Qaeda by an Iraqi poet.

Statements by Mr. bin Laden and his chief deputy, Ayman al-Zawahri, that are posted to YouTube do draw comments aplenty. But the reactions, which range from praise to blanket condemnation, are a far cry from the invariably positive feedback Al Qaeda gets on moderated jihadist forums. And even Al Qaeda’s biggest YouTube hits attract at most a small fraction of the millions of views that clips of Arab pop stars rack up routinely.

Other Qaeda ventures into interactivity are equally unimpressive. Mr. Zawahri solicited online questions last December, but his answers didn’t appear until early April. That’s eons in Web time.

Even if security concerns dictated the delay, as Mr. Zawahri claimed, this is further evidence of the online obstacles facing the world’s most-wanted fugitives. Try to imagine Osama bin Laden managing his Facebook account, and you can see why full-scale social networking might not be Al Qaeda’s next frontier.

It’s also an indication of how a more interactive, empowered online community, particularly in the Arab-Islamic world, may prove to be Al Qaeda’s Achilles’ heel. Anonymity and accessibility, the hallmarks of Web 1.0, provided an ideal platform for Al Qaeda’s radical demagoguery. Social networking, the emerging hallmark of Web 2.0, can unite a fragmented silent majority and help it to find its voice in the face of thuggish opponents, whether they are repressive rulers or extremist Islamic movements.

Unfortunately, the authoritarian governments of the Middle East are doing their best to hobble Web 2.0. By blocking the Internet, they are leaving the field open to Al Qaeda and its recruiters. The American military’s statistics and jihadists’ own online postings show that among the most common countries of origin for foreign fighters in Iraq are Egypt, Libya, Saudi Arabia, Syria and Yemen. It’s no coincidence that Reporters Without Borders lists Egypt, Saudi Arabia and Syria as “Internet enemies,” and Libya and Yemen as countries where the Web is “under surveillance.” There is a simple lesson here: unfettered access to a free Internet is not merely a goal to which we should aspire on principle, but also a very practical means of countering Al Qaeda. As users increasingly make themselves heard, the ensuing chaos will not be to everyone’s liking, but it may shake the online edifice of Al Qaeda’s totalitarian ideology.

It would be premature to declare Al Qaeda’s marketing strategy hopelessly anachronistic. The group has shown remarkable resilience and will find ways to adapt to new trends.

But Al Qaeda’s online media network is also vulnerable to disruption. Technology-literate intelligence services that understand how the Qaeda media nexus works will do some of the job. The most damaging disruptions to the nexus, however, will come from millions of ordinary users in the communities that Al Qaeda aims for with its propaganda. We should do everything we can to empower them.

miércoles, junio 04, 2008

El espejo africano

Por Juan Villoro, escritor (EL PERIÓDICO, 03/06/08):

Hace unos meses vi una película china que comienza con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros envían mensajes SMS y otros se leen la mano. Dos sistemas de comunicación coinciden en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.

¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad, y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente, la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un “autor de chat”. Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran su escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclan en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple, una fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.

EL ESCRITOR habló de las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Como internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me miró como si yo fuera un alienígena y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino del Chad! La oralidad a la que se refería no era fruto de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición. Me parece que, pese a todo, mi disparatada interpretación no estuvo tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad digital permite un regreso a formas ancestrales de comunicación gregaria.

Quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con aparatos que desafían el entendimiento. Formados en culturas lentas –los tiempos en que había que esperar un año para que instalaran un teléfono–, tenemos ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.

¿Cómo lidiar con el asombro de lo nuevo? Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. A veces alguien le pone un apodo a su ordenador o se refiere a él como a una mascota. El episodio más curioso que presencié al respecto ocurrió durante un congreso de escritores donde un novelista se resistía a apartarse de su portátil. Lo llevaba al desayuno y a todas las sesiones. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más significativo. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto y dijo con desarmante sinceridad: “Hace año y medio me separé de mi mujer; ahora el ordenador es mi pareja”. La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo, me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.

Cuando eso sucedió, me sentí testigo de una obsesión ajena: ese colega humanizaba en exceso su computadora. Seguí viajando en compañía de mi G-4 hasta que, hace unas semanas, sufrió un accidente. Cayó al suelo, y cuando lo encendí en mi hotel, la pantalla mostró un diseño con edificios de translúcida modernidad. Pensé que se trataba de un mensaje promocional. Estas ideas (mejor dicho: estos disparates) revelan una relación irracional con la tecnología. Para empezar, no se trataba de edificios sino de barras de color, provocadas por el golpe que la pantalla había sufrido. Además, no podían haber entrado a mi computadora sin pasar por una conexión a internet. Mis fantasías negaban lo evidente: la computadora había expirado. Una diagonal negra atravesaba la pantalla: sangre de plasma. Sé que la expresión es incorrecta, pero es la única que me permite describir lo que pasó.

HABÍA USADO el teclado durante tantos años que las letras estaban borradas. Si alguien me preguntaba dónde se encontraba la e, no podía decirlo; sin embargo, mis dedos la activaban por su cuenta cuando debía escribirla.
Solo entonces entendí la soledad del colega que hace unos años me pareció un fetichista de los aparatos. Vi la pantalla como un espejo roto. ¿Me traería siete años de mala suerte?

Durante ocho años aquel objeto se había vuelto progresivamente íntimo y desconocido. Ni siquiera sabía dónde tenía las letras, pero podía seguirlas de manera intuitiva, como las líneas de mi mano.

Lo único que en verdad entendí de mi G-4 fue el peso de su ausencia. Cuando alguien muere pensamos de inmediato en lo que no alcanzamos a decirle.

Ahora estreno teclado con la sensación de remontarme a los comienzos de la especie. El desconcierto de la tecnología estimula supersticiones para vincular lo nuevo con el origen.

Cada nueva pantalla es un espejo africano.

martes, abril 01, 2008

El asfalto, la Red y las aulas

Por Juan C. Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 28/03/08):

Estas mismas páginas vieron publicado el pasado día 14 un excelente artículo de la rectora de la Universitat Oberta de Catalunya, Imma Tubella, con el título siguiente: Bajo el asfalto estaba la Red. El estudio de la rectora confirma estadísticamente lo que algunos venimos defendiendo por intuición y observación desde hace ya algunos años: el corte drástico que se ha producido entre dos generaciones -la analógica y la digital- con consecuencias que o vemos y aplicamos o volveremos a perder otra oportunidad, la mejor de la historia, para avanzar por un camino nuevo e inimaginable hace sólo una decena de años.

Ese artículo plasmaba las horas que un joven se pasa delante de la pantalla de un ordenador, los SMS que enviaba, los e-mails que contestaba o escribía, etcétera. Puesto que mi acuerdo es absoluto con su contenido y con la conclusión obtenida, escribo estas líneas para añadir algo que ayude a comprender aún más la realidad que nos inunda.

Esos jóvenes digitalizados pasan seis horas de cada día, casi la mitad del tiempo que no duermen, imbuidos de una cultura analógica en los centros educativos españoles, sean éstos de primaria, secundaria o universitarios. En su casa, en su ocio, digitales; en la escuela o en la universidad, analógicos. No hay nada más diferente que un hospital del Primer Mundo comparado con un hospital del Tercer Mundo, pero no hay nada más idéntico que una escuela del Primer Mundo comparada con una escuela del Tercer Mundo. Si pudiéramos resucitar a un cirujano del siglo XIX y lo pusiéramos inmediatamente en un quirófano de cualquiera de nuestros hospitales, con toda seguridad no sabría dónde se encontraba y con total certeza no se atrevería a realizar una intervención quirúrgica consistente en un trasplante de corazón; pero si la misma operación la realizáramos con un maestro de aquel siglo y lo introdujéramos en una de nuestras aulas escolares, sabría decir que está en un centro educativo y que estaría capacitado para empezar a impartir allí mismo sus clases magistrales. Sólo necesitaría su voz, su libro de texto, sus apuntes y su pizarra, es decir, como siempre, como ayer y como hoy. Y durante seis horas diarias ese profesor, y la inmensa mayoría, se enfrentan a un proceso educativo analógico teniendo delante de ellos a unos alumnos que nacieron en la era de la digitalización.

¿Qué está sucediendo? Que la educación española no está dirigida a la creatividad innovadora en el desarrollo e investigación de nuevas técnicas, tecnologías y productos, sino a la obtención de unos titulados tendentes a trabajar por cuenta ajena para la obtención de un beneficio comercial inmediato. Nosotros, por ejemplo, vendemos equipos y componentes para la red informática, incluso estamos en condiciones de realizar la instalación y puesta en marcha de esos equipos; pero la inteligencia que incorpora la tarjeta de red que transforma los impulsos eléctricos en datos la desarrollan en Estados Unidos, en Alemania, en Irlanda o en Finlandia.

En la nueva sociedad digital, que tan bien describe la señora Tubella, se impone la necesidad de dar un valor real a las personas más que a las cosas, como consecuencia del proceso de digitalización que vivimos, donde la materia prima fundamental es la inteligencia. Hay que invertir en las personas porque son las que con sus capacidades pueden hacer crecer lo que se propongan. Esto puede parecer obvio y por lo tanto desgraciadamente lo obviamos. Estamos en esta nueva sociedad y todavía tenemos sistemas demasiado tradicionales. Los sistemas contables siguen contado como “gasto social” a las personas y como “inversión” a las cosas. En consecuencia, los primeros gastos que recorta una empresa cuando afronta una crisis afectan a las personas y no a las cosas. Esto ya no debe ser así en esta nueva sociedad, es un reto que se debe solucionar. No se puede seguir anclados en los sistemas de la sociedad industrial, donde era mejor invertir en máquinas que agilizasen el proceso, antes que en personas que lo reinventasen. Hoy el valor de la nueva sociedad es el capital humano.

Esa sociedad, esa nueva sociedad, ya no se basa en los parámetros tradicionales de la era del vapor y de la sociedad industrial clásica. Así que tenemos la responsabilidad histórica de ir a otros sitios por otros caminos. Otros sitios donde el proceso no es lineal (compro un producto, lo transformo y lo vendo más caro de lo que lo compré), sino que es un proceso biológico; otros sitios donde cuenta la formación, la inteligencia, la imaginación, la osadía, el riesgo, la diversidad y la emoción. Ése es el nuevo sitio, ésos son los factores que definen al nuevo sitio, a la nueva sociedad. ¿Y quiénes reúnen esas características para acometer esa aventura? La respuesta son los jóvenes; ellos son los que tienen esas características (osadía, imaginación, formación, diversidad, capacidad, riesgo). Y con ellos nos debemos proponer hacer una revolución en España para llegar a un sitio nuevo, para llegar a la nueva sociedad. Tenemos millones de jóvenes en España con edades comprendidas entre los 16 y 35 y que están llamando a nuestra puerta esperando que esa sociedad nueva que ellos sí ven, porque la imaginan, se pueda abrir y puedan tener su oportunidad.

Nuestros jóvenes son tolerantes, solidarios, abiertos, flexibles a las diferencias culturales, generosos, tan inteligentes como cualquiera, responsables, trabajadores y con unas ansias enormes de vivir y de ser felices y con una predisposición enorme para asumir riesgos hasta límites que pudieran, a los que no lo somos ya, parecernos insensatos; jóvenes que hacen proyectos y que dicen: como no sabía que era imposible lo hice y lo logré. Jóvenes capaces de aprender y desaprender con facilidad. Ahí está el ejemplo del euro: los jóvenes aprendieron la peseta y desaprendieron rápidamente la peseta y aprendieron el euro; los mayores no fuimos capaces de desaprender nunca la peseta. Frente a nuestra cultura analógica los jóvenes de hoy día tienen una cultura digital, y sólo digital. Es innata en ellos su capacidad de experimentación. Asumen con facilidad el riesgo sin temor al fracaso, precisamente porque son jóvenes, porque tienen tiempo y están en edad de aprender y probar de nuevo una y otra vez. Están habituados a los cambios de la nueva sociedad y de la cultura digital: Internet, el euro, los teléfonos móviles, los ordenadores, etcétera, son sólo pasos que los asimilan con facilidad, a diferencia de las generaciones mayores. Para ellos el cambio constante y vertiginoso por el que circula la nueva sociedad no es una tragedia que los paralice, sino un paso más en su proceso de formación y de aprendizaje. Y, además, por si fuera poco, tienen la capacidad y la formación para provocar ellos mismos los cambios, no necesitan de nadie. Sólo necesitan que sus gobernantes, sus profesores, los banqueros, sus familias no aspiren a que hagan lo mismo que sus padres pero mejor, y que entiendan que su mundo digital es el único que pueden seguir para ir a sitios distintos y ganar el futuro nuevo y asequible para ellos.