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sábado, junio 18, 2011

La guerra, cada vez más privada

Por SILVIA BLANCO - Madrid - (El Pais.com, 17/06/2011)

John Edward López, colombiano de 24 años, es uno de los numerosos exmilitares de su país que en las últimas dos semanas han contestado a una peculiar oferta de empleo en Internet. Se trata de trabajar como mercenario en Emiratos Árabes Unidos durante al menos un año. En el anuncio se requiere experiencia en combate. Él dice tenerla. "He estado en el Guaviare y Meta [zonas con presencia de las FARC]" y, agrega, no tiene miedo del riesgo que podría suponer este trabajo. El sueldo prometido es de 2.550 dólares al mes, cinco veces más de lo que ganaba hasta ahora.

La palabra mercenario es tan controvertida como las actividades que el gremio lleva a cabo por el mundo. Llámense contratistas o empresas de seguridad militar privadas, están en plena expansión y vivieron su propia burbuja con las guerras de Afganistán e Irak. Entre 2001 y 2006 brotaron más empresas y se consolidaron las grandes multinacionales estadounidenses y británicas, que controlan el 70% del sector. Hoy, el negocio mueve 100.000 millones de dólares anuales (70.000 millones de euros), según la ONU.

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU debatió recientemente en Ginebra la necesidad de dotar de un marco legal internacional a estas empresas. De establecer con claridad, para todos los países, cuáles son las funciones que pueden desempeñar y cuáles corresponden exclusivamente a los Estados. En realidad, llevan años discutiendo el tema. El principal escollo es la negativa occidental (sobre todo, Francia, Reino Unido y EE UU, donde están las principales compañías), que prefiere la autorregulación. La industria también, claro.

José Luis Gómez del Prado, presidente del grupo de trabajo de la ONU sobre el tema que ha documentado desde 2006 decenas de irregularidades cometidas por estas empresas, explica que "hay un gran vacío legal. El problema es la falta de rendición de cuentas de las compañías, aunque las haya contratado un Gobierno con los impuestos del contribuyente. El ejemplo más claro es Blackwater". El 16 de septiembre de 2007, un grupo de empleados de esta empresa, que ahora se llama Xe Services, ante la sospecha de un ataque de la insurgencia, disparó contra civiles en la concurrida plaza de Nisour, en Bagdad. Mataron a 17 personas e hirieron a 24. Este suceso desató la indignación de los iraquíes y simbolizó la impunidad que suponía la privatización de la guerra. Nadie ha sido condenado todavía por esos hechos. Una maraña legal y jurisdiccional lo ha impedido hasta que en abril un tribunal de EE UU reactivó el caso.

Empleados de la firma estadounidense Blackwater participan en un tiroteo en la ciudad iraquí de Nayaf, en abril de 2004.- GERVASIO SÁNCHEZ (AP)

Uno de los temores de la ONU es que "se use a mercenarios o se recurra a estas empresas para reprimir movimientos prodemocráticos", como apunta Gómez del Prado. En Libia, Muamar el Gadafi ha utilizado a mercenarios africanos para tratar de aplastar la revuelta interna que ha desembocado en guerra civil. Algunos de ellos, capturados por los rebeldes, explicaron a Reuters que las autoridades libias les engañaron o los reclutaron por la fuerza y les dieron armas. Al Yazira filmó hace dos semanas a un grupo de hombres occidentales armados hablando con los rebeldes en la primera línea de fuego cerca de Misrata. Al día siguiente, The Guardian informó de que eran antiguos militares británicos que ayudaban a la OTAN a identificar objetivos para bombardeos.

El episodio es confuso. Pero sí parece verosímil que en un país del que se ha apoderado el caos, sin apenas control fronterizo por el este, se cuelen espías y compañías de seguridad militar privadas que han encontrado en Libia un nuevo hábitat. SGSI Group es una de ellas. Su fundador y gerente, Víctor González Moreno, de 41 años, afirma que está en Bengasi desde hace un par de meses. Explica que tienen a 50 trabajadores allí y que se dedican a adiestrar en el uso de las armas al improvisado ejército que busca derrocar a Gadafi. Asegura, a través de una entrecortada conversación por Skype, que ya han entrenado a unos 1.500 hombres. SGSI Group fue fundada en 1997 con capital español, pero está radicada en Gibraltar. Su responsable de prensa, Mar Monsoriu, afirma que tienen un campo de entrenamiento en Cesárea (Israel). El director de SGSI subraya que no cobran por entrenar a los civiles libios. Pero confía en que sea una inversión de futuro: "No digo que una vez pase la tormenta no vayamos a quedar en muy buena situación con los posibles nuevos clientes".

En este negocio es importante la nacionalidad y la formación. En las tarifas internacionales que maneja el grupo de trabajo de la ONU respecto a los contratistas en Irak, un ex Navy Seal o un exmarine de EE UU, un exlegionario francés o un británico cobran hasta 30 veces más (unos 30.000 dólares al mes) que un hondureño, un indio o un peruano, que cobrarían unos mil euros.

Los mercenarios no solo trabajan en guerras. Ni solo para empresas. La propia ONU contrata seguridad privada para proteger a su personal o sus edificios, igual que ONG o periodistas en zonas de conflicto. Las empresas de seguridad militar han logrado hacerse necesarias allí donde los Estados prefieren mirar para otro lado o es demasiado caro actuar.

viernes, febrero 27, 2009

El Pentágono renuncia a ocultar los féretros de los soldados caídos

Por DAVID ALANDETE - Washington - (El País.com, 27/02/2009)

Por primera vez desde que comenzaron las guerras de Afganistán e Irak, Estados Unidos permitirá que se fotografíen y se filmen los ataúdes que regresan del frente de batalla envueltos en la bandera norteamericana. Una nueva norma anunciada ayer por el secretario de Defensa, Robert Gates, pondrá como condición para la toma de instantáneas que exista un consentimiento previo por parte de la familia del soldado fallecido.

En 1991, el primer presidente George Bush prohibió a la prensa tomar fotos o grabar imágenes de estos ataúdes, antes de la primera guerra del Golfo, un conflicto en el que fallecieron 113 soldados estadounidenses. La norma la diseñó el entonces secretario de Defensa, Dick Cheney, que ocuparía el puesto de vicepresidente cuando se planificaron las invasiones de Irak y Afganistán con Bush hijo.

En esos dos frentes de guerra ya han muerto, desde 2001, más de 4.800 soldados. Los cadáveres llegan diariamente a la base aérea de Dover, en Delaware, donde se les bendice y desde donde se les transporta al lugar en el que se les enterrará. Gates dijo ayer que la decisión de si la prensa debe difundir imágenes de estos ataúdes "deberían tomarla aquéllos a quien más les afecta esto personalmente. Las familias de los caídos".

Imagen sin datar de ataúdes de soldados muertos en combate- REUTERS

Los senadores demócratas John Kerry y Frank Lauternberg, diversos profesores de universidad y varios familiares de soldados caídos en el frente han solicitado durante años que se levantara esta prohibición, que interpretaban como una forma de esconder el coste humano que suponen ambas guerras.

Muchos opinan que el presidente George W. Bush aprovechó esta norma para evitar que sucediera con la guerra de Irak lo mismo que pasó con la de Vietnam. Cuando entonces la ciudadanía vio los ataúdes estadounidenses llegando a decenas, la opinión pública comenzó a oponerse al conflicto. En 2005, el Pentágono difundió unas 700 fotos de ataúdes no identificados, después de varias demandas judiciales en su contra.

El presidente, Barack Obama, anunció el pasado 9 de febrero que había pedido a Gates que reconsiderara la prohibición. Finalmente, el secretario de Defensa ha decidido dejar que sean los familiares quienes tengan la última palabra.

miércoles, noviembre 26, 2008

Abdú no sabe quién acabó con su futuro

Por Oriol Guell (ENVIADO ESPECIAL, El País.comGoma 23/11/2008)




Una niña con su sobrina a cuestas busca a sus padres -AP






Abdú tiene 18 años, un cuerpo escuálido como si no hubiera cumplido ni 14 y la mirada ausente de un anciano. Deambula desde el pasado día 10 por el hacinado campo de refugiados Kigali I, en busca de noticias de su familia. No las consigue. El jueves, ni siquiera sabía si sus padres y hermanos fueron asesinados por los rebeldes tutsis del general Laurent N'Kunda o por el furioso Ejército regular en retirada. "Estaba fuera del pueblo cuando llegaron los rebeldes. Me escondí y no salí hasta que dejé de oír tiros. Unos vecinos me explicaron que mis padres habían muerto, que todo había sido destruido y que nos teníamos que ir a Goma".

El este de Congo se desliza de nuevo hacia la tragedia que en la última década ha dejado más de cuatro millones de muertos y una pesadilla de violaciones en masa y reclutamientos forzosos de niños. En una tierra tan fértil que da cuatro cosechas de patatas al año, la gente pasa hambre y la enorme riqueza del subsuelo -oro, diamantes, coltán...- sólo sirve para financiar las milicias que enquistan un conflicto al que un Estado ausente y unas Naciones Unidas impotentes son incapaces de poner fin.


La ofensiva rebelde de las últimas semanas ha sumido Goma -700.000 habitantes y fronteriza con Ruanda- en un estado de abatimiento. "¿Qué es lo que podemos esperar?", se pregunta Joseline, de unos 45 años, que regenta un puesto de telas en el mercado central de la ciudad, un laberinto de estrechas callejuelas de suelo de arena, puestos de tablas de madera y techo de planchas de zinc. Tiene 10 hijos y su marido, que trabaja en el catastro, hace tiempo que no recibe su salario. "Las cosas están mal desde los tiempos de Mobutu y no hay forma de que mejoren", se lamenta.

La milicia tutsi Congreso Nacional para la Democracia del Pueblo (CNDP) tomó Rutshuru, 75 kilómetros al norte de la ciudad, a finales de octubre y ya controla casi un tercio del Kivu Norte. La noche del 29 al 30, la milicia llegó a las puertas de la ciudad, víctima de la inoperancia de loscascos azules y de un Ejército en descomposición que huyó y se dio al saqueo. "Bajaron como hordas contra la población a la que deben proteger", recuerda el padre Alfonso Continente, misionero en Congo desde hace más de 20 años. "Fue espantoso. Al amanecer, contamos 16 muertos entre los vecinos. Pero nunca sabremos a cuántas mujeres violaron".

La ofensiva fue el último paso de la estrategia de presión sobre el Gobierno de Kinshasa del general N'Kunda, que poco a poco ha ido haciéndose con el control de un tercio del territorio del Kivu Norte. Incluso las agencias de la ONU y las ONG que trabajan sobre el terreno reconocen que N'Kunda maneja como quiere los movimientos y tiempos de esta guerra. "Si no tomó Goma fue porque aún no le interesaba. Quiere sentarse a negociar con el presidente Joseph Kabila y mientras éste no le reciba, N'Kunda dará pasos para mostrar su poder", opina Rosella Bottono, del Programa Muncial de Alimentos de Naciones Unidas en Goma. "Sus 6.000 hombres están mucho más motivados y mejor organizados que el Ejército. La mayoría de las veces, los combates duran el tiempo que los militares necesitan para recoger sus cosas y salir huyendo", admite un miembro de los cascos azules, que pide el anonimato.

Tras 22 años de tiranía de Mobutu Sese Seko (1965-1997) y dos guerras que desangraron el país entre 1997 y 2003, la llegada por las urnas de Joseph Kabila a la presidencia abrió en 2006 un tiempo de esperanza en Congo. Los acuerdos de Goma y Nairobi marcaron la hoja de ruta para la estabilización del país. Un primer paso era la creación del Ejército de la República Democrática del Congo, que debía integrar a la veintena de milicias existentes y ser un pilar del nuevo Estado en paz. Otro, el despliegue de 17.000 cascos azules -la Misión de Naciones Unidas en Congo (Monuc), la segunda mayor de la historia de la ONU tras la de Bosnia- para ayudar a pacificar el país. Y el tercero, la desmovilización por los dos anteriores de los 7.000 extremistas hutus de las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), los restos de los Interhamwe -"los que matan juntos"- que en 1994 acabaron con la vida de 800.000 tutsis y moderados hutus en Ruanda y desestabilizan desde entonces la región de los Grandes Lagos.

Pero dos años después, casi nada ha salido como se esperaba. El pasado mes de agosto era la fecha fijada para la desmovilización del FDLR, pero pasó el verano y la milicia hutu no sólo seguía armada, sino que algunos informes alertaron de que el Ejército congoleño, en lugar de combatirla, colaboraba con ella en la explotación de algunas minas de oro. Este fue el pretexto de N'Kunda, un tutsi que dice defender a su pueblo del FDLR, para levantarse contra el Gobierno congoleño.

Una de las causas del desastre ha sido la debilidad del Ejército de Congo. Los soldados no cobran -sus salarios se pierden en manos de sus oficiales- y, a falta de un lugar donde dejar a sus familias seguras, se las llevan con ellos a las zonas de combate. Una de las imágenes que definen la Goma de hoy son los poblados de míseras casitas de madera levantadas por los soldados para alojar a sus mujeres e hijos.

"La integración de las milicias en el Ejército no ha funcionado", admite un miembro de la Monuc. "La corrupción, la falta de recursos, la disparidad de etnias y la indisciplina llegan a niveles que hacen imposible hablar de un Ejército tal y como lo entendemos en Occidente".

Tampoco la propia Monuc, según todas las fuentes, ha estado a la altura de las circunstancias. "Despertamos expectativas que no podíamos cumplir", afirma Fritz Krebs, agente de la misión. "Se dijo que no íbamos a dejar caer poblaciones en manos de los rebeldes, cuando no tenemos los medios para evitarlo. Y se dijo que veníamos a mantener la paz tras el conflicto, cuando éste nunca terminó y no ha habido paz que mantener".

Rosella Bottone constata que ni siquiera está claro "hasta donde hay voluntad de aplicar el mandato de la Monuc". Según la Resolución 1.592/2005 del Consejo de Seguridad, la misión "está autorizada a utilizar todos los medios necesarios" para "evitar todo intento de emplear la fuerza a fin de poner en peligro el proceso y asegurar la protección de los civiles".

"Pero los rebeldes arrasaron el campo de refugiados de Kibumba sin que los soldados de la Monuc, que estaban al lado, intervinieran", explica Bottone. Tampoco los vecinos de Goma están muy agradecidos a los soldados de la ONU. "¿La Monuc? Parece que están aquí de turismo", exclama Iman, un estudiante de Geología en la Universidad de Goma. "¿Cómo se explica que 17.000 cascos azules y el Ejército no puedan detener a 6.000 milicianos tutsis?", se pregunta.

El mandato de la Monuc termina el próximo 31 de diciembre y Naciones Unidas está a la espera de recibir un informe que ha encargado para valorar su renovación. "Las conclusiones no son nada buenas", explica un funcionario que conoce su contenido. "Demuestra una falta de voluntad de muchos de los países que la integran para entrar en acción. Un ejemplo son los indios. Hace dos años, cuando un pueblo era atacado, intervenían con sus helicópteros. En la última ofensiva, con el Kivu Norte en llamas, los helicópteros ni siquiera han sido utilizados para proteger a la población".

Todas las fuentes consultadas en Goma ilustran el fracaso de la Monuc con la dimisión del general español Vicente Díaz de Villegas a finales de octubre, en plena ofensiva rebelde y sólo dos meses después de ser nombrado por el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon. "Alegó motivos personales. Pero en realidad estaba muy frustrado y no quería asumir la catástrofe que se avecinaba", afirma Fritz Krebs.

El informe en preparación para el Consejo de Seguridad también contiene pruebas que demuestran la intervención de Ruanda en el conflicto, según las fuentes conocedoras de su contenido: "La noche del 29 al 30 de octubre, tanques del Ejército ruandés dispararon desde la frontera contra los soldados de Congo para cubrir la ofensiva tutsi". La intervención de Ruanda, gobernada por el tutsi Paul Kagame y aliada de Estados Unidos, levanta ampollas en un Congo que no olvida como Kigali invadió dos veces el este del país a finales del siglo pasado. "Hay que frenar a Ruanda y su apoyo a N'Kunda o esto volverá a ser una guerra abierta", alertan fuentes de la Monuc.

La comunidad internacional se moviliza para intentar poner freno al avance rebelde. La ONU prepara el envío de 3.000 cascos azules suplementarios. También las organizaciones de los Estados de la región, como la Comunidad de Desarrollo de África Austral, han anunciado que están dispuestas a enviar sus propias tropas. Pero pocos de los que están sobre el terreno consideran que esto sea suficiente. "3.000 soldados más no van a imponer la paz", opina Fritz Krebs, de la Monuc. "Esto es una guerra de baja intensidad, intermitente o como se quiera llamar. Pero es una guerra y si se quiere parar hay que movilizar muchos más medios", afirma Rosella Bottono.

La respuesta de N'Kunda a todos estos anuncios es de una medida suficiencia. Ayer mismo, cuando no hace ni un mes que sus milicias tomaron Rutshuru, acudió a la ciudad a bordo de un coche de lujo con las lunas tintadas. Ante más de un millar de personas, desplegó toda la escenografía para demostrar que ha llegado a la zona para quedarse y nombró al nuevo gobernador de la ciudad.

miércoles, septiembre 10, 2008

Tu cerebro entra en guerra

Por Christopher Boone

Eso pretende ahora el ejército estadounidense, que ha creado un comité para evaluar el potencial militar de la neurociencia. ¿Acaso no era de esperar?

Y es que ayer se publicó un artículo creado por el Departamento de Defensa bajo el título “Neurociencia Cognitiva Emergente y Tecnologías Relacionadas”, en el que se trataban todas aquellas tecnologías que potencialmente podían ser útiles, y también problemáticas.

Los principales campos de estudio fueron cuatro:

Lectura mental. El desarrollo de modelos psicológicos e imágenes neurológicas está haciendo posible observar si una persona está mintiendo.

Aún así, esta ciencia está en sus inicios, y hay problemas para poder realizar un estudio correcto. Estos lectores de mentes permitirían a los estadounidenses interrogar a enemigos capturados, o a “presuntos terroristas”, labor en la que suelen mostrarse de lo más exhaustivos.

Aumento cognitivo. Cuando los soldados se encuentren en plena guerra, sería importante conseguir drogas que los mantuvieran despiertos y alerta durante días, y porqué no, con un deseo de luchar intacto.

Además, se plantea la posibilidad de una mejora tan significativa en el diseño de drogas que permita dar fuerzas casi sobrehumanas a quien las tome. De la misma forma, si se puede llegar a crear una droga que incremente una habilidad, también se plantearía diseñar la opción contraria, para destruir habilidades físicas o mentales.

Control mental. Y entonces viene la gran pregunta que se hacen los militares: Si podemos alterar el cerebro, ¿porqué no controlarlo?

La motivación será básica en los estudios en este campo. Por un lado, que los soldados estadounidenses tengan deseo de luchar. Y por el otro, que los enemigos pierdan toda su motivación. Pero la intención no se queda aquí.

Hay ideas peores, aunque parezca mentira. Otras opciones que se plantean son: ¿Cómo hacer que la gente nos crea más? ¿Y si podemos eliminar la ira o el miedo? ¿Podríamos hacer que el enemigo nos obedeciera?

Conexión cerebro-máquina. Por último, será importante conseguir controlar sistemas robóticos (ya se puede mediante movimientos visuales, por ejemplo). Sería posible trabajar con prótesis sensoriales, asistentes robóticos que harían nuestro trabajo a distancia…

Un futuro inquietante, sin duda.

viernes, julio 11, 2008

La guerra de Oriente Medio

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 06/07/08):

El Departamento de Estado de EE. UU. ha manifestado que resulta estúpido dar por supuesto que hay otra guerra en Oriente Medio a la vuelta de la esquina. Probablemente tiene razón por lo que al mes que viene se refiere, pero yo no apostaría que siga siendo cierto durante un periodo más largo, digamos que hasta finales de año.

Las cuestiones en liza son de todos conocidas. El presidente iraní ha amenazado con borrar a Israel del mapa. Algunos sostienen que se le tradujo mal, pero lo ha dicho más de una vez y en cualquier caso la traducción procedía de Teherán, no de Tel Aviv. Los israelíes después del holocausto no están dispuestos a esperar a que Teherán se halle en condiciones de cumplir su amenaza. Han llegado a la conclusión de que las negociaciones europeas con Teherán, de años de duración, son infructuosas y resulta dudoso que los estadounidenses adopten una iniciativa eficaz; por otra parte, las sanciones pueden perjudicar a Irán, pero ¿le harán cambiar de política?

Los israelíes experimentan una notable presión, política y militar, para actuar en un futuro inmediato. Los riesgos que entraña un ataque israelí contra Irán son, evidentemente, enormes, pero ellos no ven otra opción. Existe mucha mayor unanimidad que en 1981, cuando bombardearon el reactor iraquí de Osirak. En aquella época (como ahora sabemos) numerosas figuras importantes políticas israelíes, generales de las fuerzas armadas y todos los responsables de los servicios de inteligencia fueron contrarios a la iniciativa. Actualmente existe la extendida convicción de que como Israel, en cualquier caso, será censurado por la ONU y la opinión pública mundial, ya actúe o no actúe, ¿qué tiene que perder?

Los israelíes consideran que se han exagerado la magnitud de las dificultades involucradas y la probable reacción subsiguiente. No es correcto ni atinado afirmar que deban ser atacadas todas y cada una de las instalaciones nucleares de Irán; bastaría destruir un puñado de emplazamientos clave. ¿Qué represalias podrían adoptar los iraníes? Disparar unos cuantos misiles contra Israel; algunos serían interceptados, otros causarían daño limitado. Podrían decir a Hizbulah que lanzara un ataque contra Israel: tampoco sería un daño letal. Podrían (como amenazaron) bloquear el estrecho de Ormuz por el que se transporta buena parte del petróleo del mundo. Ello provocaría - creen- una crisis económica mundial ya que el precio del petróleo subiría astronómicamente.

Existen razones de peso contra un ataque israelí aparte del hecho de que el éxito en la guerra nunca es totalmente seguro y de que una operación fracasada constituiría para ellos un notable desastre. Ahmadineyad, señalan algunos expertos, no es Hitler sino a lo sumo un Mussolini en pequeño, un bocazas que exagera enormemente la capacidad militar de su país. Se recordará que durante la guerra irano-iraquí, antes de que Israel destruyera Osirak, los iraníes intentaron tres veces hacer lo propio pero no lo lograron. Verdad es que su capacidad ha mejorado desde entonces, pero sigue siendo sobrevalorada.

Los iraníes saben que sería suicida lanzar un ataque nuclear contra Israel y aunque el fanatismo de sus líderes es indudable, sigue siendo improbable que estén dispuestos a sacrificar a su país en aras de una yihad que no es realmente la suya. Resulta mucho más probable que pasen material nuclear a algunos de sus patrocinados como Hizbulah para amenazar a Israel con alguna “bomba sucia” (de dispersión de material radiactivo).

Mohamed el Baradei, responsable egipcio del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha predicho que un ataque israelí sería como una gigantesca bola de fuego que daría paso a una conflagración que se tragaría no sólo Oriente Medio sino todo el planeta. Sin embargo, El Baradei probablemente exagera; hubo un silencio general cuando los israelíes destruyeron a principios de año una instalación nuclear en Siria. La mayoría de países árabes y otros vecinos de Irán han comprendido que la ambición de este país se cifra en convertirse en la potencia dominante en Oriente Medio y, si es posible, hacerse con el control del petróleo de la región. No les apenaría demasiado contemplar las instalaciones nucleares iraníes destruidas. Indudablemente la solución ideal, desde su punto de vista, estribaría en que Irán e Israel se destruyeran recíprocamente (y hay gente en Europa que coincidiría al respecto). Sin embargo, actualmente consideran que Irán representa la mayor amenaza para su independencia, simplemente porque Israel es un pequeño y aislado país de ambiciones políticas limitadas.

Puede ser que todos estos razonamientos contra un ataque israelí no sean del todo convincentes; sin embargo, existe uno mucho más concluyente. ¿Cabe detener la proliferación nuclear, o sólo diferirla unos años? Las bombas nucleares pueden seguir comprándose o bien robarse, y los conocimientos necesarios para su fabricación no pueden ser destruidos mediante un ataque militar. En suma, a menos que Israel y los países árabes encuentren algún tipo de mutuo acomodo en los próximos años, el futuro presenta un aspecto más bien desolador. Por lo demás, y en lo concerniente a la proliferación de armas de destrucción masiva, lo cierto y verdadero en Oriente Medio es también cierto y verdadero para el resto del mundo.

domingo, mayo 11, 2008

EE UU incineró a caídos en Irak en crematorios para perros

Por Y. MONGE - Washington - (El País.com, 11/05/2008)

Desde el año 2001, los militares de EE UU han estado incinerando cuerpos de soldados caídos en Irak y Afganistán en una instalación del Estado de Delaware que también quemaba perros y otros animales de compañía, según confirmó el viernes por la noche el Pentágono. El secretario de Defensa, Robert Gates, ordenó el final de esta práctica -que ha afectado a más de 200 hombres- y abrió una investigación para saber cómo se han gestionado esas cremaciones.

A pesar de que el portavoz del Pentágono, Geoff Morrell, insistiese en rueda de prensa en que en ningún momento los cadáveres de los uniformados habían sido quemados en los mismos hornos en los que se reducía a cenizas a los animales de compañía, también quiso puntualizar que el Departamento de Defensa consideraba que el uso de ese lugar era "totalmente inapropiado para dar un trato digno a nuestros caídos". "Las familias de los militares fallecidos en acción tienen las más sinceras disculpas del secretario de Defensa", finalizó Morrell.

Oficial indignado

Todo ha salido a la luz -y amenaza con convertirse en un escándalo- después de que un oficial de la Armada que trabaja para el Pentágono viajase el pasado jueves hasta la base aérea de Dover, en Delaware, para atender a la incineración de un colega militar que carecía de familia. Cuando el oficial descubrió que el lugar en cuestión era un crematorio de animales de compañía, ajeno a la base militar, se sintió ofendido y envió un correo electrónico a sus superiores.

La Fuerza Aérea no tiene un crematorio en la base de Dover, puerto de entrada de gran parte de los muertos que llegan de las guerras que Estados Unidos libra en el extranjero. Como consecuencia, en 2001 el Departamento de Defensa se vio obligado a firmar un contrato con dos funerarias que pudiesen hacerse cargo de las cremaciones, la mayoría de ellas de soldados sin familias o amigos cercanos.

Tanto el responsable del crematorio de perros y gatos -un negocio privado- como el militar al frente de la base de Dover aseguran que los cadáveres de los caídos se trataron con todo respeto, que en ningún momento fueron mezclados con los restos de animales y que siempre fueron incinerados en hornos separados.

viernes, abril 25, 2008

"Vencimos a EE UU porque supimos engañarles"

Por GEORGINA HIGUERAS (ENVIADA ESPECIAL) - Hanoi - (El País.com, 25/04/2008)

Tiene 81 años, pero física y mentalmente aparenta muchos menos. El teniente general Nguyen Dinh Uoc afirma, 40 años después de la ofensiva del Tet (Año Nuevo vietnamita), que el alto mando vietnamita la desató porque sabía que "para ganar la guerra al Ejército más avanzado del mundo tenía que confundirle y atraparle en su engaño". Quien estuvo al frente de la división de tanques durante la batalla de Dien Bien Fu -en la que el legendario general Vo Nguyen Giap arrebató Vietnam a Francia (1954)- asegura que de aquellas contiendas no queda rencor. "Luchábamos con coraje por la reunificación de Vietnam", dice.

Ante las elecciones de 1956, previstas en la Conferencia de Ginebra e impedidas por Estados Unidos, este teniente general fue destinado al frente de la propaganda militar como director de la revista del Ejército.

Pregunta. ¿Usted participó en la preparación de la ofensiva del Tet?

Respuesta. No. Precisamente el secretismo fue uno de los motivos de su éxito. Sólo seis personas la planificaron y estuvieron al tanto de toda la operación: el general Van Tien Dung, como comandante de la operación; Tran Van Tra, comandante en jefe del Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (Vietcong, en la terminología estadounidense); Le Duan, secretario general del Partido Comunista de Vietnam, y el general Giap, máximo responsable militar y mano derecha del líder Ho Chi Minh, que ya estaba enfermo.

P. ¿Ustedes dieron por perdida la batalla de Khe Sanh antes de empezarla?

R. Fue nuestra decisión. Khe Sanh fue la trampa. Estados Unidos que haríamos en Khe Sanh lo que en Dien Bien Fu, pero nosotros sabíamos que ellos tenían una fuerza destructiva mucho mayor que los franceses y que no podíamos hacerles frente directamente. Infiltramos a nuestros hombres por las colinas, frente a la base de EE UU en Khe Sanh, y ellos concentraron allí dos divisiones aéreas y más de 500 aviones y helicópteros mientras nosotros penetrábamos por todo Vietnam del Sur. [En menos de tres meses de sitio, combates y bombardeos -entre el 21 de enero y el 6 de abril- murieron 10.000 vietnamitas y 500 marines].

P. ¿Por qué se lanzó la ofensiva del Tet?

R. Para darle la vuelta a la guerra. Estados Unidos pensaba que la tenía ganada, que éramos muy débiles y sólo podíamos atacar en el bosque. Demostramos nuestra fuerza y nuestro coraje con un ataque conjunto en el corazón de las ciudades de 41 provincias en dos noches [el 31 de enero y el 1 de febrero].

P. ¿Por qué eligieron la tregua del Año Nuevo para atacar?

R. Necesitábamos cogerles por sorpresa y aunque unos meses antes estábamos preparados, queríamos causar el máximo impacto en un año electoral norteamericano y esperamos a que entrara 1968.

P. ¿Qué consecuencias inmediatas tuvo la ofensiva?

R. La confusión de la Casa Blanca, que tuvo que reunir el 25 y el 26 de marzo a toda la plana mayor de sus estrategas para ver qué se hacía en Vietnam. Era lo que perseguíamos.

P. ¿Temieron que Estados Unidos respondiera con armas nucleares?

R. Sabemos que examinaron esa posibilidad pero la descartaron porque pensaron que la Unión Soviética o China responderían y no querían meterse en un conflicto nuclear. Además, entre 1964 y 1972 les capturamos a 591 militares, la mayoría pilotos, y no querían arriesgarse a matarles.

P. Militarmente, la ofensiva del Tet se considera una batalla perdida, aunque tuviera como consecuencia que ganaran la guerra.

R. No perdimos nada porque lo ganamos todo. La reunificación era lo único importante.

P. Murieron 45.000 norvietnamitas, frente a 6.000 estadounidenses y survietnamitas. ¿Cómo puede considerarla una victoria?

R. Fue el principio del fin de la presencia de Estados Unidos en nuestro país, la salida del general Westmoreland de Vietnam; el fin del presidente Johnson, que no se presentó a la reelección, y el inicio, al año siguiente, de la retirada parcial de las tropas norteamericanas.

P. Después de tanto sufrimiento, ahora les invaden las inversiones norteamericanas. ¿Qué opina?

R. ¡Bienvenidas sean! La guerra pasó y ahora tenemos que mirar al futuro. Nuestras relaciones son nuevas, no se parecen en nada al pasado. Son relaciones de beneficio mutuo entre países libres.


Un tsunami armado devora Sri Lanka

Por FERNANDO NAVARRO - Madrid - (El País.com, 24/04/2008)

A finales de 2004, un tsunami arrasó el sudeste de Sri Lanka, causando la muerte de unas 35.000 personas. La catástrofe despertó la solidaridad de la comunidad internacional. Podía ser el peor desastre humano en la historia de esta pequeña isla del Océano Índico, si no fuera por el maremoto étnico y político que hunde a Sri Lanka en una guerra abierta y sangrienta, que ha dejado el doble de muertos en 25 años de combates entre el Gobierno y la minoría étnica más numerosa, los tamiles. Dentro de esta ola de violencia, ayer el Ejército llevó a cabo su mayor ofensiva de los últimos años. Más de 100 personas murieron tras una batalla al norte del país.

Tres años después del terremoto marino, en otro mes de diciembre, el comandante general de las Fuerzas Armadas de Sri Lanka, Sarta Fonseka, expuso a los tamiles a otro tsunami: prometió que en agosto de 2008 sus tropas acabarían con los 3.000 rebeldes que formaban la guerrilla de los Tigres de Liberación de la Tierra Tamil (LTTE), enfrentada al Gobierno por sus reivindicaciones independentistas y diferencias religiosas.

Según cifras oficiales del Ministerio de Defensa, esa promesa se cumplió el pasado 18 de abril cuando las operaciones del Ejército alcanzaron la cifra de 3.000 guerrilleros muertos. Pero el Gobierno del combativo Mahinda Rajapakse ha tenido que echar de nuevo las cuentas y cifrar el LTTE en 5.000 tigres tamiles. Con todo, la promesa sigue en pie. El último combate entre las tropas y los guerrilleros tamiles se dio ayer y causó la muerte de más de 100 personas, entre rebeldes y soldados, aunque las cifras varían siempre según el bando que informe. La única certeza es la creciente brutalidad de los ataques.

“Un país dentro de otro país”

La ofensiva tuvo lugar en la península de Jaffna, bastión tamil al norte de Sri Lanka, donde los tigres y el Ejército combaten a diario por controlar cada metro de tierra. “Jaffna es un país dentro de otro país. El Gobierno tiene sus pasos fronterizos pero el control corresponde a los tamiles”, asegura un trabajador humanitario español que opera en la isla y prefiere permanecer en anonimato por motivos de seguridad. El pueblo de Sri Lanka, dividido por el lenguaje y la religión, es mayoritariamente cingalés (74%), aunque la minoría más importante es la tamil (18%), y luego la de origen árabe (7%) y Vedda (1%). El detonante del actual conflicto está en las diferencias religiosas; los cingaleses son budistas y los tamiles son hindúes. Las contradicciones entre unos y otros son recurso para la violencia.

Los rebeldes reivindican al Gobierno la independencia de las regiones del norte y del este, donde la etnia tamil es la más numerosa. Y toman el camino de la lucha armada ante la nula respuesta a sus demandas y la situación de discriminación que sienten por la etnia cingalesa desde hace años, sufriendo expulsiones masivas en la capital, Colombo. En los últimos meses, el conflicto se ha enquistado y las zonas que son liberadas por el LTTE son sometidas a bombardeos y bloqueos por parte del Ejecutivo.

“La carencia de medicinas y alimentos es general en toda la isla, pero especialmente en territorio tamil donde se producen los cortes del Gobierno. El acceso por carretera está cortado y hay que llegar a Jaffna por mar o aire. Un viaje de unos 200 kilómetros por carretera puede durar 10 horas”, explica el trabajador español. Mientras tanto, se suceden los combates entre los guerrilleros y las fuerzas gubernamentales, apoyadas por aliados paramilitares. También los atentados terroristas protagonizados por tamiles, como el que acabó con la vida del ministro cingalés de Transportes, Jeyaraj Fernandopulle, a causa de la explosión de una bomba el pasado 6 de abril.

“Cheque en blanco”

Como en otras ocasiones a lo largo de décadas de lucha armada, es un momento trágico para el país. Sin embargo, la paz hoy es sólo un sueño y no existe en la agenda política. El presidente Rajapakse se ha marcado el objetivo de ir a la batalla. Desde el pasado 16 de enero el país ha vuelto al estado de guerra después de que el Gobierno derogó los acuerdos de alto el fuego del año 2002.

“El Gobierno está en una escalada de violencia y quiere exterminar a los guerrilleros tamiles como sea. Ha decidido ser más beligerante para combatir a los tigres y ahora tiene cheque en blanco”, afirma el trabajador humanitario español. Los enfrentamientos nunca cesaron entre el Ejército y la guerrilla tamil, pero ahora la premisa en ambos bandos es golpear más fuerte que el otro, aunque por el camino se dejen centenares de muertos civiles.

Como en tantas otras partes del mundo, la muerte en esta isla del Índico es un goteo casi diario que apiña los cadáveres en el absoluto olvido de la atención internacional. El pasado año murieron más de 4.000 personas, según diversas organizaciones humanitarias. Y este año las previsiones son peores. Es una realidad incrustada a la piel de Sri Lanka, cuyos habitantes no recuerdan un solo año de paz. Después de más dos décadas de lucha, son más de 70.000 muertos, 600.000 desplazados, 200.000 refugiados en la India y otros tantos por el mundo. Cifras propias de un tsunami devastador.

miércoles, abril 09, 2008

Las guerras mienten

Por Eduardo Galeano (La Jornada. 17/09/2005)

-Pero el motivo... -indagó el señor
Duval-. Un hombre no mata por nada.
-¿El motivo? -contestó Ellery,
encogiéndose de hombros-.
Usted ya conoce el motivo.

(Ellery Queen, Aventura
en
la Mansión de las Tinieblas)

Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios.

Ninguna tiene la honestidad de confesar: "Yo mato para robar".

***

No menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la guerra de cuatro años que está en suspenso desde fines de 2002.

Murieron por el coltan, pero ni ellos lo sabían. El coltan es un mineral raro, y su raro nombre designa la mezcla de dos raros minerales llamados columbita y tantalita. Poco o nada valía el coltan, hasta que se descubrió que era imprescindible para la fabricación de teléfonos celulares, naves espaciales, computadoras y misiles; y entonces pasó a ser más caro que el oro.

Casi todas las reservas conocidas de coltan están en las arenas del Congo. Hace más de cuarenta años, Patricio Lumumba fue sacrificado en un altar de oro y diamantes. Su país vuelve a matarlo cada día. El Congo, país pobrísimo, es riquísimo en minerales, y ese regalo de la naturaleza se sigue convirtiendo en maldición de la historia.

***

Los africanos llaman al petróleo mierda del Diablo.

En 1978 se descubrió petróleo en el sur de Sudán. Siete años después, se sabe que las reservas llegan a más del doble, y la mayor cantidad yace al oeste del país, en la región de Darfur.

Allí ha ocurrido recientemente, y sigue ocurriendo, otra matanza. Muchos campesinos negros, dos millones según algunas estimaciones, han huido o han sucumbido, por bala, cuchillo o hambre, al paso de milicias árabes que el gobierno respalda con tanques y helicópteros.

Esta guerra se disfraza de conflicto étnico y religioso entre los pastores árabes, islámicos, y los labriegos negros, cristianos y animistas. Pero ocurre que las aldeas incendiadas y los cultivos arrasados estaban donde ahora empiezan a estar las torres petroleras que perforan la tierra.

***

La negación de la evidencia, injustamente atribuida a los borrachos, es la más notoria costumbre del presidente del planeta, que gracias a Dios no bebe una gota.

El sigue afirmando, un día sí y otro también, que su guerra de Irak no tiene nada que ver con el petróleo.

"Nos han engañado ocultando información sistemáticamente", escribía desde Irak, allá por 1920, un tal Lawrence de Arabia: "El pueblo de Inglaterra ha sido llevado a Mesopotamia para caer en una trampa de la que será difícil salir con dignidad y con honor".

Yo sé que la historia no se repite; pero a veces dudo.

***

¿Y la obsesión contra Chávez? ¿Nada tiene que ver con el petróleo de Venezuela esta frenética campaña que amenaza matar, en nombre de la democracia, al dictador que ha ganado nueve elecciones limpias?

Y los continuos gritos de alarma por el peligro nuclear iraní, ¿nada tienen que ver con el hecho de que Irán contenga una de las reservas de gas más ricas del mundo? Y si no, ¿cómo se explica eso del peligro nuclear? ¿Fue Irán el país que descargó las bombas nucleares sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki?

***

La empresa Bechtel, con sede en California, había recibido en concesión por cuarenta años el agua de Cochabamba. Toda el agua, incluida la de las lluvias. No bien se instaló, triplicó las tarifas. Una pueblada estalló y la empresa tuvo que irse de Bolivia.

El presidente Bush se apiadó de la expulsada, y la consoló otorgándole el agua de Irak.

Muy generoso de su parte. Irak no sólo es digno de aniquilación por su fabulosa riqueza petrolera: este país, regado por el Tigris y el Eufrates, también merece lo peor porque es la más rica fuente de agua dulce de Medio Oriente.

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El mundo está sediento. Los venenos químicos pudren los ríos y las sequías los exterminan, la sociedad de consumo consume cada vez más agua, el agua es cada vez menos potable y cada vez más escasa. Todos lo dicen, todos lo saben: las guerras del petróleo serán, mañana, guerras del agua.

En realidad, las guerras del agua ya están ocurriendo.

Son guerras de conquista, pero los invasores no echan bombas ni desembarcan tropas. Viajan vestidos de civil estos tecnócratas internacionales que someten a los países pobres a estado de sitio y exigen privatización o muerte. Sus armas, mortíferos instrumentos de extorsión y de castigo, no hacen bulto ni meten ruido.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dos dientes de la misma pinza, impusieron, en estos años, la privatización del agua en dieciseis países pobres. Entre ellos, algunos de los más pobres del mundo, como Benín, Níger, Mozambique, Ruanda, Yemen, Tanzania, Camerún, Honduras, Nicaragua... El argumento era irrefutable: o entregan el agua o no habrá clemencia con la deuda ni préstamos nuevos.

Los expertos también tuvieron la paciencia de explicar que no hacían eso por desmantelar soberanías, sino por ayudar a la modernización de los países hundidos en el atraso por la ineficiencia del Estado. Y si las cuentas del agua privatizada resultaban impagables para la mayoría de la población, tanto mejor: a ver si así se despertaba por fin su dormida voluntad de trabajo y de superación personal.

***

En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios internacionales de las altas finanzas, votados por nadie?

A finales de octubre del año pasado, un plebiscito decidió el destino del agua en Uruguay. La gran mayoría de la población votó, por abrumadora mayoría, confirmando que el agua es un servicio público y un derecho de todos.

Fue una victoria de la democracia contra la tradición de impotencia, que nos enseña que somos incapaces de gestionar el agua ni nada; y contra la mala fama de la propiedad pública, desprestigiada por los políticos que la han usado y maltratado como si lo que es de todos fuera de nadie.

El plebiscito de Uruguay no tuvo ninguna repercusión internacional. Los grandes medios de comunicación no se enteraron de esta batalla de la guerra del agua, perdida por los que siempre ganan; y el ejemplo no contagió a ningún país del mundo. Este fue el primer plebiscito del agua y hasta ahora, que se sepa, fue también el último.

domingo, noviembre 25, 2007

Memoria amnésica

Por Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid (EL PERIÓDICO, 31/10/07)

Una ceremonia como la de la beatificación del 28 de octubre hubiera sido inconcebible hace 40 años, porque el clima religioso en España era menos beligerante y más dialogante que ahora. La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes españoles celebrada en Madrid en 1971 sometió a votación una proposición que hoy parecería revolucionaria: “Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está con nosotros” (1 Jn 1,10). Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos “ministros de reconciliación en el pueblo dividido por una guerra entre hermanos”. La propuesta contó con el apoyo de más del 60% de la asamblea.

En plena dictadura, obispos y sacerdotes se reconocían pecadores con un “nosotros” inclusivo, que iba más allá de los actores eclesiásticos durante la guerra civil, asumían su responsabilidad por no haber sido agentes de paz durante el conflicto y creían necesario pedir perdón por ello.

FUE EL MOMENTO de la ruptura de la Iglesia católica con la dictadura y con el rancio nacionalcatolicismo que hasta entonces la había sustentado, y del compromiso con la democracia. Los clérigos españoles hicieron un sincero ejercicio de autocrítica por las actitudes poco ejemplares adoptadas en el pasado. En la asamblea ni siquiera se tomaron en consideración algunas voces aisladas que pedían el reconocimiento del sacrificio de muchos miles de presbíteros y fieles muertos pacíficamente durante la guerra civil. Actitud que coincidía con la de los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, contrarios a las beatificaciones, ya que se hubieran entendido como una nueva legitimación del franquismo y de la cruzada. Eran tiempos de reconciliación y diálogo, de perdonar y pedir perdón, actitudes auténticamente evangélicas.

Quince años después, la Iglesia católica española seguía oponiéndose a las beatificaciones. El Congreso de Evangelización celebrado en Madrid en 1985 volvía a reiterar su negativa en una declaración que no deja lugar a dudas. “Ante el 50 aniversario de la guerra civil, creemos que no es oportuno llevar adelante el proceso de beatificación de los mártires de la cruzada”.

Sin embargo, inesperadamente y contra todo pronóstico, la actitud de la jerarquía española y del Vaticano cambió. A partir de 1987, comenzaron a activarse de forma compulsiva los procesos de beatificación con discursos excluyentes y motivaciones frentistas. El último tuvo lugar el 28 de octubre con la beatificación de 498 mártires en la plaza del Vaticano en una ceremonia solemne ante decenas de miles de personas. Los obispos españoles habían invitado a los fieles a peregrinar a Roma para celebrar el martirio “de quienes dieron su vida por amor a Jesucristo, en España, durante la persecución religiosa de los años 30 del siglo pasado”. La jerarquía católica consideraba el acto “una hora de gracia para la Iglesia que peregrina en España y para toda la sociedad”, necesaria “en estos momentos en los que, al tiempo que se difunde la mentalidad laicista, la reconciliación aparece amenazada en nuestra sociedad”.

El cambio del clima eclesial en España y en Roma no puede ser más radical. Se aprecia en el mismo lenguaje, político más que religioso, de confrontación y no de reconciliación, de autoafirmación en vez de autocrítica; un lenguaje desafiante más que penitencial, de condena de los otros y de autoexculpación más que de asunción de responsabilidades compartidas. En la asamblea de 1971 se hablaba de un pueblo dividido por una guerra entre hermanos, ahora se habla de “persecución religiosa”.

Entonces se valoraba positivamente la secularización como espacio propicio para vivir la fe libremente y sin coacciones ambientales, ahora se habla de mentalidad laicista. En 1971 se evitó intencionadamente el lenguaje sacrificial y martirial porque no reflejaba adecuadamente lo vivido en la guerra civil, ahora se utiliza sin reparo alguno: “Dieron su vida por Jesucristo”. Si en aquella asamblea se hizo un proceso al franquismo en toda regla, ahora los dardos episcopales se dirigen a menudo contra la democracia. Si entonces se tendían puentes de diálogo con la sociedad y con la cultura, ahora se las anatematiza.

LA NEGATIVA de la jerarquía española a pedir perdón por haber apoyado al bando de los sublevados y a la dictadura, la oposición frontal a la ley de la memoria histórica, acusándola de parcial y revanchista, cuando es un acto de justicia y de rehabilitación de todas las víctimas, y, ahora, la beatificación de los mártires son pruebas fehacientes de que la memoria de la Iglesia católica es frágil, quebradiza: más aún, interesadamente selectiva y excluyente. Solo reconoce y rehabilita a las víctimas de un bando, mientras se olvida de las víctimas del otro bando, a quienes quizá ni siquiera reconozca como tales. Y lo ha hecho a través de una ceremonia multitudinaria y triunfal en el centro de la cristiandad, con representación política oficial, con la cruz como estandarte y con un boato que humilló todavía más a las víctimas asesinadas por el franquismo durante la guerra y la dictadura. Para ellas no hubo un recuerdo el 28 de octubre en la plaza del Vaticano, como tampoco un acto público de rehabilitación, ni religioso ni político. ¡Todo un ejemplo de memoria amnésica, de arrogancia poco evangélica y de falta de misericordia!

Los obispos españoles, con el apoyo del Vaticano, aprovechan cualquier manifestación religiosa por sagrada que sea, como esta de la beatificación, para hacer política partidista, en este caso contra una ley que cuenta con la mayoría parlamentaria. La Iglesia católica ha perdido una nueva oportunidad de ser testigo de reconciliación y ha vuelto a ser signo de división.

¿Dónde están los mártires?

Por E. Miret Magdalena, teólogo seglar y autor de Creer o no creer (EL PAÍS, 29/10/07):

Uno se pregunta, ¿dónde están esos mártires que la Iglesia beatificó ayer? Si miramos a la historia nos perdemos en la oscuridad de los tiempos. Esos 498 mártires beatificados, cuando tanto se habla de memoria histórica, es preciso clarificarlos. Hay que hablar con sentido de la historia, no dejándose llevar por el sentimiento, sino por los hechos.

Los católicos ultraconservadores y la mayor parte de la jerarquía eclesiástica han manifestado una falsa alegría por la decisión de la Santa Sede de celebrar ayer un multitudinario acto para honrar el martirio de aquellos que fueron en gran parte muertos en España por las fuerzas republicanas, dejándose llevar unos y otros por razones políticas más que religiosas.

Hace años, hice un esfuerzo para alcanzar la realidad en mi libro de memorias, Luces y sombras de una larga vida, ya que había vivido aquello de lo que actualmente se habla sin gran fundamento. Insisto, yo aquello lo había vivido personalmente, y en parte padecido, de muy distinta manera a como se cuentan ahora los hechos sucedidos, siguiendo falsos recuerdos. Muchos de los que ahora hablan no vivieron personalmente aquellos momentos y no tienen en cuenta la verdadera realidad histórica. Ya que ésta ha sido falseada por motivos políticos o religiosos de quienes los esgrimen, pero no fueron testigos de ellos.

Más nos valdría callarnos sobre lo que no vivimos, guardar sobre ello un discreto silencio.

Acabo de referirme a todo esto en una entrevista para la radio, procurando ceñirme a lo que sé directamente, sin falsear lo ocurrido con hechos que desconozco o que ocurrieron de otro modo.

Lo primero que se debería recordar es un hecho decisivo: que el papa Pablo VI dio marcha atrás a estos procesos de beatificación de quienes murieron por una u otra causa en nuestra Guerra Civil.

Afirmo, pues, que los hechos han sido frecuentemente modificados por quienes no los vivieron ni los estudiaron objetivamente. En primer lugar, por quienes no vivieron aquellos tristes sucesos. En segundo término, por los que no conocen de cerca su historia. En tercero, por los que no saben lo que es ser mártir. Y, por último, por desconocimiento de lo que la teología enseña acerca de lo que es una beatificación y una canonización.

¿Sabemos de todo esto? Son preguntas que toda persona seria, creyente o no creyente, debe hacerse. Y después adoptar la postura que le parezca más razonable.

Es el trabajo que pediría a todos los que hablan de uno u otro modo de memoria histórica. Y, si no lo hacen, deberían callarse.

Repasaba todo lo que digo en este artículo para clarificar mi propia mente y no dejarme arrastrar por la precipitación o la ignorancia.

En primer lugar, unos y otros condenaron a muerte por sus ideas al otro bando durante la Guerra Civil española. Y a veces por cosas que no tenían que ver con las ideas. Yo tuve en Aragón un tío mío, hombre de derechas, que fue asesinado por los franquistas por motivos interesados, que nada tenían que ver ni con la religión ni con la política.

Por otro lado, me interesé en mis memorias por recordar a unos sacerdotes católicos que por cumplir con su deber de lealtad a las instituciones y el Gobierno legalmente elegidos por los españoles de entonces fueron vilmente asesinados, resultaron víctimas del modo más injusto.

Esto le pasó también a muchos seglares católicos que quisieron una República democrática, y por ella estuvieron en el lado republicano, respetando siempre a quienes pensaban de otro modo, como pasó, por ejemplo, en Cataluña. Fueron fusilados de mala manera por las fuerzas franquistas, que no tenían el menor respeto alguno a sus ideas democráticas.

E incluso hubo militares republicanos de alta graduación, como los generales Miaja y Rojo, que eran convencidos católicos, así como los generales Batet y Aranguren. Por no hablar de alguien que es tenido popularmente por santo: el coronel Antonio Escobar, que luchó convencidamente por defender a la República en Barcelona en nuestra Guerra Civil y que era un ferviente católico.

Ésa y no otra es la verdadera memoria histórica.

Pero ahora el Vaticano sólo se fija en la masa de los frailes y monjas asesinados por los republicanos, y ello sin tener en cuenta su vida personal, recogiendo los nombres de 498 religiosos muertos injustamente y declarados mártires sin conocimiento detallado de sus vidas. Olvidando de paso a los muchos seglares que murieron en circunstancias semejantes por su fe y que son ejemplo para los católicos. Porque, recordemos, la condición clerical no es lo verdaderamente importante como ejemplo de vida cristiana.

Y es que, una vez más, la jerarquía eclesiástica se olvida de su manifestación de fe vital en la vida corriente y se fija en cambio en una piedad empalagosa que más bien aparta de la verdadera fe, porque no atrae hacia un Evangelio sencillo de la vida.

Es un error tanta beatificación clamorosa como la de esos 498 beatos que poco o nada dicen al cristiano que sigue la vida corriente con responsabilidad y sin alharacas. Esos flamantes beatos no aportan nada de particular para lo importante: llevar una vida responsable todos los días de la semana, que es lo que pide el Evangelio.

Conclusión: dejémonos de masivas celebraciones como la de ayer y pongamos de relieve la figura del seglar católico, que muchas veces es el verdadero mártir de la vida.

Historia y memoria

Por Miguel Herrero de Miñón, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAÍS, 24/10/07):

La Ley de Memoria Histórica, que, al parecer, las Cortes van a aprobar de inmediato, ha planteado ya problemas y es más que probable que su aplicación los plantee en el futuro. Puede que, en su día, los estrategas de los partidos lamenten haber emprendido tales caminos, los políticos y dirigentes sociales de cualquier signo tengan que hacer costosos esfuerzos de prudencia, y los juristas, alardes de imaginación ante una norma harto extraña. Porque no pretende regular conductas ni organizar instituciones, como es propio de las normas jurídicas, sino expresar la catarsis de afectos. ¿Qué otro alcance puede tener derogar un bando de guerra caducado hace más de medio siglo, desconocer lo ya hecho por la Constitución en su derogatoria 3 o plantear cuestiones de legitimidad histórica? Esto es, más o menos, lo que Ortega entendía por improperio, algo de difícil cabida en lo que viene entendiéndose como Estado de derecho y constitución racional-normativa.

Pero, con ser ello grave, la verdadera cuestión que la ley plantea es otra mucho más profunda. Nada menos que el cómo tratar políticamente la historia. Hay una historia irreversiblemente ocurrida y que es el pasado de los hombres. Y una historia vivida que es nuestro pasado; el pasado, decía Dilthey, como “forma de edad”. Y los pueblos, como los hombres, muestran su madurez a la hora de asumir la vida ya vivida y planear la que tienen por delante. Tal asunción puede hacerse desde un mínimo hasta un máximo. Lo primero, archivando sus episodios con la misma distante frialdad con que el entomólogo colecciona insectos; tal es la historia que Nietzsche denominaba “historia anticuaria”. Lo segundo, mediante lo que el mismo Nietzsche consideraba como “historia monumental”.

¿Cuál ha de ser la posición de la política ante la historia, cuestión central suscitada por la Ley de Memoria? A mi modesto entender, creo que cabe formular tres tesis al respecto.

Primero, el político no puede desconocer la historia ocurrida y hará bien en conocerla de primera mano y con cuanta mayor precisión mejor. Cánovas del Castillo, Thiers o Churchill son buenos ejemplos de lo fecunda que resulta la alternancia del escaño y el despacho con el archivo. Y el verdadero conocimiento de los archivos, el respeto verdaderamente reverencial hacia la verdad histórica, es lo que mejor inhibe la tentación de sacarla al mercado.

Segundo, el político ha de asumir la historia de su pueblo, saberse fruto de ella y optar por continuarla, sin duda no para repetirla, pero tampoco para olvidarla, o lo que es lo mismo, invertirla. Sólo goza bien de la herencia recibida quien, en expresiónde Hegel, es capaz de heredar dos veces. Quien no hace exclusión ni la acepta a beneficio de inventario, sino que se siente y sabe heredero universal. Un talante verdaderamente democrático ha de renunciar a la tentación “adánica” de inaugurar el mundo y poner nombres a las cosas como si nadie hasta entonces las hubiera conocido. Porque la verdadera democracia exige ser tanto responsable ante la última y la próxima elección como ante las generaciones futuras y pasadas. Hay que asumirla entera, decía De Gaulle de la historia de Francia, desde Clodoveo al Comité de Salvación Pública presidido por Robespierre.

Tercero, el político que pretenda ser hombre de Estado ha de saber que el Estado y el orden por comunión básico que lo legitima es un proceso permanente de integración del cuerpo político. Contribuir a la integración es la tarea capital del político y para ello sirve la historia monumental, porque la integración es un monumento de historia viva y, por viva, asumida y proyectada.

De hecho, toda política, al enfrentarse con el pasado, algo inevitable en todo pueblo que no sea una horda de salvajes acampada por azar en la ribera de un río sin nombre, intenta construir una historia monumental y también aquí cabe distinguir entre tres posibilidades.

La historia monumental sectaria, que negando, demoliendo, incluso físicamente, o falsificando el pasado o, lo que es lo mismo, tratando de invertirlo, pretende imponer una pauta de integración que excluye a media comunidad. Y en tal actitud caen tanto quienes reivindican una memoria histórica que, aun refiriéndose a hechos ciertos, los falsea, porque no atiende al contexto global dramático en el que ocurrieron, como quienes cultivan una retórica que descalifica al adversario, erosiona las instituciones, excluye la reconciliación e impide esa concordia ciudadana, que Cicerón consideraba el más apretado vinculo del Estado. Cuando eso ocurre, tales posiciones se alimentan recíprocamente en un juego especular y la comunidad política se taja por la mitad, hasta hacer realidad el trágico epitafio del poeta romántico: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. Lo demuestra la sarta de esquelas mortuorias, más acusatorias que elegiacas, de los asesinados de uno y otro bando durante la Guerra Civil y la incivil posguerra, a que ha dado lugar la preparación de la Ley de Memoria en cuestión.

Cabe una opción más feliz: la historia monumental por selección que utiliza estratégicamente los recuerdos y los olvidos en pro de una integración en la que todos encuentren cómoda cabida. Recordar, señalaba Xirau, se vincula etimológicamente, como ocurre con la palabra concordia, a corazón, y víscera tan noble es capaz de hacer memoria de los buenos ejemplos y sepultar en la amnesia los malos tragos. La amnistía, que fue arras y símbolo de la transición a la democracia, tiene la misma raíz que amnesia, y si es imprudente no seguir olvidando en común, lo es aún más recordar con parcialidad. Un político socialista, cuya actitud ética es tan de admirar como sus inclinaciones estéticas, el asturiano Pedro Silva, advertía hace días de los peligros que encierra pretender construir al amparo de la ley en ciernes una memoria que sea tan parcial como la que se pretende impugnar.

Y cabe una opción todavía más generosa: la historia monumental por acumulación, capaz de integrar mediante la suma de lo que otrora estuvo enfrentado. Así la III República Francesa, que tantos discípulos ha tenido y tiene aquende los Pirineos, respetó las águilas del II Imperio -verdadera “dictadura de obras” si las ha habido- que hoy, entre las viejas flores de lis, pueblan París sin que la Francia democrática del siglo XXI se sienta amenazada, sino, antes bien, consolidada. Los pueblos orgullosos y seguros de sí mismos suman, no restan, y menos todavía dividen.

miércoles, septiembre 26, 2007

¿Sorpresa devastadora?

Por Samuel Hadas, analista diplomático. Primer embajador de Israel en España y la Santa Sede. Asesor del Centro Peres para la Paz (LA VANGUARDIA, 25/09/07):

En lo que podría ser la primera confirmación israelí que rompe el mutismo que se guarda sobre un tema del que medios de información extranjeros están informando desde hace dos semanas, el ex primer ministro israelí y actual jefe de la oposición, Beniamin Netanyahu, admitió que se produjo una incursión aérea israelí sobre territorio sirio. En lo que pudo haber sido un lapsus linguae, Netanyahu incluso se jactó de que fue “puesto al tanto desde el primer momento”, comentando que dio su respaldo al primer ministro, Ehud Olmert, y que le felicitó personalmente.

Lo que hasta ahora tanto los gobiernos israelí y sirio intentaron encubrir, en el caso de Israel mediante la censura militar, y de Siria, con su férreo control de los medios de comunicación de su país, obtiene así alguna corroboración de parte de un personaje israelí de primera fila. Ninguna fuente gubernamental, tanto en Israel como en Siria, había sido ta directa acerca de la misteriosa incursión aérea que tuvo lugar el 6 de este mes, aunque Siria anunciara entonces solamente una “violación de su espacio aéreo” anticipando una “represalia para cuando llegue el momento adecuado” y que “Israel deberá pagar el precio por el ataque”.

El estricto y sin precedentes apagón informativo oficial y el silencio de las cúpulas oficiales israelí y siria respecto a lo sucedido ha dado pábulo a muchas conjeturas en la prensa extranjera. No hay lugar a duda: el 6 de septiembre sucedió algo importante en el norte de Siria y evidencias circunstanciales apuntan a que se trata de un ataque a alguna instalación nuclear proporcionada por Corea del Norte, escribe Charles Krauthammer, del The Washington Post.El objetivo de la violación del espacio aéreo sirio pudo haber sido un envío de equipamiento nuclear norcoreano para el enriquecimiento de uranio, según FOX News. Podría tratarse de una misión para recabar información de inteligencia, según versión del The New York Times o la destrucción de sistemas de armamento, lo que dejó “un profundo cráter”, como informa la CNN. Según The Observer londinense, se trata de un ataque a supuestas instalaciones nucleares sirias, en el que participaron ocho aviones israelíes F-15 y F-16 que lanzaron misiles aire-tierra y bombas de 250 kilos. También participaron, siempre según este cotidiano, un avión de espionaje y una pequeña fuerza terrestre de elite que dirigió a los aviones a sus blancos por medio de sistemas láser. Casi todos sugieren una cooperación nuclear sirio-norcoreana (dicho sea de paso, la cooperación en materia de misiles entre ambos países es ampliamente conocida desde hace años, como lo es la cooperación con Irán en el desarrollo de armamento químico y biológico no convencional para ser incorporado a cabezas de misiles). Los esfuerzos sirios por reforzar su arsenal de misiles preocupa a Israel, sobre todo porque una parte es transferida a Hizbulah, como quedó demostrado en la segunda guerra de Líbano, cuando esta organización radical disparó más de cuatro mil cohetes y misiles sobre poblaciones del norte de Israel.

Según informó The Sunday Times,Siria había estado planeando una “sorpresa devastadora” contra Israel. El diario sugiere que podría estar relacionada con las informaciones sobre un envío a Siria de material nuclear norcoreano, lo que ha motivado la incursión aérea israelí. “Sabíamos - cita el periódico a una anónima fuente israelí- que Siria dispone de dispositivos químicos mortales, pero no se puede vivir bajo una amenaza nuclear”. Nadie olvida la operación preventiva israelí contra las instalaciones nucleares de Iraq en Osiraq, en 1981, que paralizó el programa armamentista nuclear de Sadam Husein. Tanto Siria como Corea del Norte han desmentido categóricamente las informaciones sobre una cooperación nuclear, pero hay quien cree que Siria e Irán podrían brindar refugio a tecnología nuclear de la que Pyongyang está obligada a deshacerse. No debe llamar la atención la falta de apoyo a Siria de los países árabes. Esto tiene que ver con las estrechas relaciones Damasco-Teherán.

Tarde o temprano (más bien temprano) se desvelará el enigmático secreto que ambas partes guardan tratando quizás de aminorar la tensión existente. ¿Conducirá el incidente a una guerra? La presente crisis podría ser superada, pero la fragilidad de las relaciones Israel-Siria continuará amenazando y en cualquier momento podría causar una irrupción.

La tensión ha aumentado y en el agitado contexto de Oriente Medio existe el riesgo de una complicación y una escalada que conduzca a Israel y Siria a un nuevo conflicto que podría ser desatado por un error de cálculo o un paso en falso. Nadie está interesado en un conflicto armado, pero la retórica siria de que “su país encontrará el camino para responder” no ayuda a calmar la situación. ¿Busca Siria recalentar su frontera con Israel a fin de ser incluido en la conferencia de paz convocada para noviembre? Esto difícilmente sucederá mientras siga proporcionando refugio a los terroristas palestinos que se oponen a un acuerdo con Israel, su territorio siga siendo corredor de paso hacia Iraq de los discípulos de Bin Laden, siga intentando controlar la situación en Líbano a través de Hizbulah y mantenga su alianza estratégica con Irán, considerado la mayor amenaza estratégica no sólo para Israel, sino para la mayoría de países árabes.

Nuestra guerra en Afganistán

Por Juanjo Sánchez Arreseigor (EL CORREO DIGITAL, 25/09/07):

Es la guerra. Por lo tanto entra dentro de lo posible que las fuerzas implicadas, incluidas las españolas, sufran bajas mortales. Sin duda, cada víctima es una tragedia en sí, un desastre humano. En una sola batalla de una guerra pueden caer miles de hombres o incluso decenas de miles en cuestión de horas. Durante los últimos seis años, en Afganistán han muerto algo más de 400 personas, muchas de ellas civiles. Desde un punto de vista militar, si los talibanes enfocan el conflicto como una lucha de desgaste, podrían echar por la fuerza a las tropas bajo auspicio de la ONU en unos 120 o 130 años -década más o menos-.

Los factores relevantes para juzgar nuestra presencia en Afganistán no son el numero de bajas, la imagen exterior de España o el partido político que envió las tropas ni tampoco el partido que ocupe el poder en este momento. Tampoco son relevantes vagas alusiones retóricas a la paz mundial, la lucha contra el terrorismo, el mantenimiento de una paz inexistente en la región o poco definidas consecuencias negativas de una retirada. Estamos enviando a nuestros hombres a una misión peligrosa y al hacerlo tenemos que mirarles a la cara para decirles que tal vez no vuelvan. Y antes de tomar este tipo de decisiones hay que pensárselo siete veces.

Reflexionemos. Supongamos que todo el contingente internacional regresa a casa, dejando a los afganos que se las compongan sin interferencia exterior. ¿Qué sucede entonces? Pues, en primer lugar, que sigue existiendo una interferencia exterior. Los talibanes son un movimiento autóctono surgido de la tribu pastún, pero dicha etnia vive a ambos lados de la frontera y su ideología fanática surge de la secta pakistaní de los deobandies, que son una versión extremista del extremismo wahabita saudí. El Gobierno de Pakistán mira a Afganistán igual que los sirios miran a Líbano: una presa a devorar y anexionar. Para conseguir este objetivo, el ejército y los servicios secretos pakistaníes respaldan incondicionalmente a los talibanes. También pretenden desviar a los fanáticos islamistas autóctonos, ansiosos de derrocar al usurpador actualmente en el poder, el general Pervez Musharraf. Las facciones fanáticas llegaron a establecer un acuerdo de tregua dentro de Pakistán para centrarse en la campaña afgana. El asalto de las tropas del Gobierno a la Mezquita roja rompió ese compromiso.

Los talibanes triunfaron la primera vez gracias al apoyo masivo de Pakistán: dinero, armas, entrenamiento y equipo llovieron sobre ellos para garantizar su triunfo. Esta política se mantuvo sin variaciones bajo los gobiernos de Benazir Bhutto, Nawaf Sharif y el general Musharraf. Muchos talibanes ni siquiera son afganos, pero sería un grave error confundirlos con meros peones. Todo lo contrario: si llegan a recuperar Afganistán, no tardarán en revolverse contra sus antiguos patronos para implantar un régimen integrista en el propio Pakistán. ¿Pueden conseguirlo? En una palabra: sí. En 1965 Pakistán tenía 50 millones de habitantes. Ahora tiene más de 150, superando en población a la inmensa Rusia. Pakistán es una caldera a presión aguardando el momento de explotar.

Entre tanto, en Afganistán, el presidente Karzai intenta crear un gobierno nacional donde apenas existe una nación. Su principal baza es negativa: el mal recuerdo que dejaron los talibanes, que no pueden llevar a cabo una verdadera guerra de guerrillas porque les falta el imprescindible apoyo masivo por parte de la población. Otra cosa es que puedan obtener ayuda mediante la coacción, el soborno o el oportunismo de los pequeños jefecillos locales, emperadores de campanario que, atentos únicamente a su propio interés a corto plazo, no tienen prejuicio alguno en venderse primero a unos y acto seguido a otros según como sople el viento. La otra baza de Karzai es la presencia de las fuerzas internacionales. Sin ellas, la rudimentaria Administración de Karzai podría quizás enfrentarse con éxito a los talibanes, pero la descarada interferencia pakistaní inclinaría la balanza en su contra. Los talibanes tomarían el país por la fuerza en cuestión de meses. Una vez conquistado Afganistán, los integristas de ambos países lo usarían como base de operaciones para derribar a Musharraf. Bajo capa de gran religiosidad, lo que surgiría en la práctica sería un imperio pastún equipado con armas nucleares.

Supongamos que todo esto llega suceder. Desde un punto de vista totalmente cínico ¿qué más nos da a nosotros? ¿Por qué deberíamos involucrarnos? Por varias razones que en última instancia se concretan en una sola: las armas nucleares de Pakistán. Miren el mapa. El hipotético imperio talibán heredaría la implicación pakistaní en la interminable guerra de Cachemira, territorio de población musulmana que India ocupa por fuerza. India tiene armas nucleares. India estuvo gobernada por una dinastía islámica, los grandes mogoles. Los musulmanes ortodoxos siempre han lamentado la pérdida de India, pero aceptan que la mayoría de la población fue siempre no musulmana y por lo tanto nunca llegó a ser tierra verdaderamente islámica. Los fanáticos por su parte la consideran tierra islámica perdida cuya reconquista es obligatoria, como Al-Andalus. Según el Corán los infieles monoteístas -cristianos y judíos- pueden conservar su fe, pero los politeístas deben convertirse o morir. ¿Se atreverían los talibanes a iniciar una guerra que podría llegar a ser atómica? ¿Les importaría a unos fanáticos que viven fuera de la realidad usar armas atómicas contra infieles politeístas? ¿Les preocuparía sufrir millones de bajas civiles en un intercambio atómico o dirían que todos son mártires y se han ido derechitos al cielo?

No nos olvidemos de Bin Laden. Por lo poco que sabemos, está vivo y oculto en algún lugar de Pakistán, cerca de la frontera afgana. El triunfo de los talibanes será el triunfo de Bin Laden. ¿Quiere usted ver a Bin Laden triunfante y con armas atómicas?

Por último, debemos recordar lo que hace pocos días declaraba el Gobierno afgano: ‘No nos manden más soldados; envíen ayuda para reconstruir el país’. No le falta razón, porque si la gente ve que su situación mejora, apoyará al Gobierno y entonces los talibanes podrán pasarse décadas enteras lanzando ataques sin avanzar lo más mínimo. Entonces las muertes de nuestros hombres no habrán sido en vano.

jueves, septiembre 06, 2007

Una nueva rebelión en Congo amenaza la extracción de coltan, esencial para los móviles

R. L. / AGENCIAS - Madrid / Masisi - 06/09/2007

El este de la República Democrática de Congo (RDC), rico en coltan, mineral esencial para la telefonía móvil, vuelve a estar en guerra. Un general tutsi, Laurent Nkunda, acusado de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional, lleva dos semanas sublevado contra el Gobierno en la provincia de Kivu norte, donde está el parque de los gorilas de montaña más importante del mundo. Los combates han producido decenas de muertos y el éxodo masivo. Las guerras en la región de los Grandes Lagos han matado a más de cuatro millones de civiles desde 1994.

No es casual que el centro de la nueva rebelión sea Masisi, la capital de la extracción de coltan, un mineral estratégico que sirve para recubrir las baterías de los teléfonos móviles y de las consolas de los videojuegos más populares. Se calcula que el 12% de la producción mundial de este mineral (columbita-tantalatita) procede del este de Congo, país que posee el 80% de las reservas africanas conocidas de coltan.

Cuando en 1998 los ejércitos de Ruanda, Uganda y Congo peleaban por el control de esta provincia (Kivu norte, rica también en cereales), un informe de la ONU comparó la situación del coltan con los diamantes de sangre de Sierra Leona y Liberia, y señaló a los Gobiernos de Uganda y Ruanda como los grandes agitadores (y beneficiarios) de esa guerra, que según las ONG ha costado desde entonces más de cuatro millones de vidas.

Ahora, cuando en teoría existe un proceso de paz en marcha (desde 2003 y que desembocó en las elecciones de agosto de 2006) y una presencia masiva de tropas de la ONU en la RDC, 17.000 cascos azules, el general Nkunda lanza una nueva rebelión. No es la primera vez que sucede: estuvo en primera línea de la revuelta de los banyamulengues (tutsis congoleños en los Kivus) en noviembre de 1996, que liderada por el ex guerrillero Laurent Kabila acabó en mayo de 1997 con el régimen de Mobutu Sese Seko.

También estuvo Nkunda en el intento de golpe de Estado tutsi de agosto de 1998 contra Kabila, que ya no satisfacía las exigencias de sus patrocinadores, Uganda y Ruanda, y que degeneró en una guerra que llegó a enemistar a los viejos amigos (Yoweri Museveni, presidente de Uganda, y Paul Kagame, presidente de Ruanda), que lanzaron sus ejércitos tras el control de las materias primas.

La actual revuelta del general Nkunda, que dirige las brigadas 81ª y 83ª del Ejército de la RDC y que dice contar con 8.000 hombres armados, comenzó hace dos semanas, pero es en los últimos días cuando se ha agravado.

Aviones de Naciones Unidas han servido para transportar soldados y pertrechos del Ejército leal a Kinshasa y helicópteros artillados de la RDC de fabricación rusa han bombardeado posiciones rebeldes. Fuentes oficiales que cita la agencia Reuters sostienen que han dado muerte a 100 rebeldes, pero no existe confirmación independiente alguna.

Los combates han provocado un éxodo de una población civil diezmada por las guerras, el hambre, las enfermedades y los abusos de todas las partes en conflicto. Miles de ellos ya han cruzado la frontera con Uganda con la esperanza de salvar la vida.

Nkunda acusa al Gobierno de Joseph Kabila (hijo de Laurent Kabila, asesinado en 2001) de apoyar a la guerrilla hutu de las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda y su milicia interahamwe (los que matan juntos), responsables del genocidio de 800.000 tutsis y hutus moderados en la primavera de 1994 en Ruanda. El general rebelde asegura que ese apoyo pone en riesgo la supervivencia de los propios banyamulengues congoleños. Aunque nadie lo dice, es difícil pensar que Nkunda actúe sin el apoyo, o al menos consentimiento, de Ruanda, cuyo Ejército es el más potente de la zona. En la guerra de 1999-2003, Ruanda llegó a contar con una extensión de territorio 14 veces superior al suyo. La RDC es un inmenso país de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, unas cinco veces España.

Amenaza para los gorilas

La nueva crisis de Congo ha llamado esta vez la atención internacional porque los combates se desarrollan cerca del parque nacional de Viruga, donde habitan los gorilas de montaña. Se calcula que quedan unos 700 ejemplares entre las fronteras de la República Democrática de Congo, Ruanda y Uganda. Hace unas semanas, nueve ejemplares fueron hallados muertos, al parecer abatidos por fuerzas de Nkunda. La defensa de estos gorilas, una especie en peligro de extinción, fue llevada a cabo por la zoóloga estadounidense Dian Fossey, asesinada por ese trabajo en su casa de Ruhengeri (Ruanda) en 1985. Su vida y obra fueron recogidas en la película Gorilas en la niebla.

domingo, julio 29, 2007

A War the Pentagon Can’t Win

Por Daniel Benjamin, senior fellow en el Brookings Institution, y Steven Simon, senior fellow en el Council on Foreign Relations. Ambos fueron miembros del National Security Council staff de 1994 a 1999 (THE NEW YORK TIMES, 24/07/07):

As the National Intelligence Estimate issued last week confirms, a terrorist haven has emerged in Pakistan’s tribal belt. And as recent revelations about an aborted 2005 operation in the region demonstrate, our Defense Department is chronically unable to conduct the sort of missions that would disrupt terrorist activity there and in similarly ungoverned places.

These are perhaps the most important kind of counterterrorism missions. Because the Pentagon has shown that it cannot carry them out, the Central Intelligence Agency should be given the chance to perform them.

The story of the scrubbed 2005 operation illustrates why the Pentagon is incapable of doing what needs to be done. The preparations for the mission to capture or kill Al Qaeda’s No. 2 leader, Ayman al-Zawahri, appear to have unfolded like others before it. Intelligence was received about a high-level Qaeda meeting. A small snatch or kill operation was to be carried out by Special Operations. But military brass added large numbers of troops to conduct additional intelligence, force protection, communications and extraction work.

At that point, as one senior intelligence official told this newspaper, “The whole thing turned into the invasion of Pakistan,” and Secretary of Defense Donald Rumsfeld pulled the plug.

To those of us who worked in counterterrorism in the 1990s, this sequence of events feels like the movie “Groundhog Day.” Similar decision-making led to the failure to mount critical operations on at least three occasions during the Clinton administration. The most notable was the effort to get the Pentagon to conduct a ground operation against the Qaeda leadership in Afghanistan beginning in late 1998.

The Clinton White House repeatedly requested options involving ground forces that could hunt and destroy terrorists in Afghanistan. Repeatedly, senior military officials declared such a mission “would be Desert One,” referring to the disastrous 1980 effort to free American hostages in Iran. When the Pentagon finally delivered a plan, the deployment envisioned would have been sufficient to take and hold Kabul but not to surprise and pin down a handful of terrorists.

But the Zawahri stand-down is even more telling. It occurred four years into the global war on terrorism, when the basic questions about the nature of the Qaeda threat had been settled and the nation, in the oft-intoned phrase of the Bush administration, was said to be always “on the offensive.” Moreover, it happened on the watch of Donald Rumsfeld, the most dominating secretary of defense in memory, who overruled military planners routinely as he micromanaged the deployment to Iraq. Perhaps his attention was focused on the growing mess in that country, but even Mr. Rumsfeld, who viewed special forces as the keystone of a transformed 21st-century American military, could not keep on track a mission that would have stunned Al Qaeda.

Highly mobile, highly lethal counterterrorism operations are clearly possible. Israel scored victories with raids in Entebbe, Uganda; Tunis; and Beirut, Lebanon, in the 1970s and 1980s. Other countries, like Germany, have carried out similar operations, like the Mogadishu raid of 1977 that freed passengers on a Lufthansa plane hijacked to Somalia by the Baader-Meinhof gang. An operation in Pakistan’s tribal areas — setting aside the issue of whether this could politically upend President Pervez Musharraf — would be extremely difficult. But it is hard to believe it is impossible.

Since the Desert One debacle, the United States has poured vast resources into its special forces. The Special Operations Command budget has nearly doubled since 2001, and it is expected to grow 150 percent over five years. The command includes more than 50,000 troops, the equivalent of three or four infantry divisions. The best of them — Delta Force and the Navy Seals — have developed into highly skilled unconventional forces.

Yet fear of failure and casualties has meant they are seldom, if ever, deployed for such counterterrorism operations. In theory, the best place in the government for small-scale missions to be planned and executed is the Pentagon, because snatch or kill teams should be plugged into a larger military support team. The reality, unfortunately, is that they can’t be plugged in without being bogged down.

Senior officers, trained to understand the American way of war to mean overwhelming force and superior firepower, view special ops outside a war zone as something to be avoided at all cost. This has been true even in lower-risk efforts to capture war criminals in the Balkans. The record demonstrates that our military is simply incapable of adapting its culture to embrace such operations. The Pentagon should just stop planning for missions it won’t launch.

While the C.I.A. doesn’t have an unblemished record, its counterterrorism operations have shown more promise than the Pentagon’s. The agency has already had some successes operating in ungoverned spaces. In the first reported attack in such a region, a C.I.A.-operated Predator drone launched a missile that killed a Qaeda lieutenant in Yemen in 2002. Since then the Predator has been used to strike Al Qaeda at least eight times, although with limited success. At least initially, the trigger in these attacks was pulled by C.I.A. operatives, not soldiers.

The record of a small, vulnerable C.I.A. paramilitary force in Afghanistan in 2001 was more impressive. The group’s audacious reconnaissance work and direction of local warlords in action against the Taliban provided the most significant battlefield success of the post-9/11 period. Without this risky, cold-start intervention, the American troops that followed the agency into Afghanistan would have gone in blind and worried more about their flanks than about Al Qaeda.

The agency’s history of ill-conceived covert political operations from the 1950s through the 1970s may cause some to worry. That agency, however, no longer exists. Congressional hearings and legislation, as well as fear of casualties, have given the clandestine service its own case of risk aversion, though it seems less severe than the Pentagon’s.

We have failed in Pakistan, and are failing in Iraq, to achieve a primary aim of our counterterrorism policy: preventing Al Qaeda from acquiring safe havens. Our military has shown itself to be a poor instrument for fighting terrorism, and there are now thousands of jihadists who weren’t in Iraq at the time of the 2003 invasion. When the inevitable American drawdown occurs, we will need a way to keep the terrorists off balance in Iraq and to disrupt the conveyor belt that is already moving fighters to places like Lebanon, North Africa and Europe.

With new leadership at both the C.I.A. and the Defense Department, the Bush administration has a chance to fix this problem. The missing ingredient for success with the most important kind of counterterrorism missions is not courage or technical capacity — our uniformed personnel are unsurpassed — but organizational culture. With a small fraction of the resources that Pentagon has for special operations, the C.I.A. could develop the paramilitary capacity we profoundly need.