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sábado, junio 18, 2011

Women driven to confusion in Saudi Arabia

By Eman Al Nafjan, the author of the Saudiwoman’s Weblog, a blog on Saudi society, culture, women and human rights issues. She is based in the Saudi capital, Riyadh (THE GUARDIAN, 18/06/11):

On 11 March, when Saudi protesters’ “day of rage” did not materialise, Fouad al-Farhan, a human rights activist, tweeted:

My fear is that the ceiling of our reformist demands will be lowered to women driving for some and combating westernisation for others.”

Two months later, his fears became a reality. A campaign to allow women to drive in Saudi Arabia was started on Facebook. Currently this issue has overtaken all others online, in the press and on the ground.

The movement particularly caught fire when a face for it emerged. A Saudi woman, Manal al-Sharif, came forward and posted a Youtube video advising how to go about the campaign. The plan was that starting from 17 June, Saudi women with international driving licences would begin driving their own cars rather than letting a male driver do it for them.

So far approximately 45 women have driven cars all across the kingdom in connection with the campaign and many of them have posted videos of their excursions online.

That there are women in Saudi who are distressed at the ban on their driving is well known. On the other hand the religious establishment has also been staunch in its demand to maintain the ban. Some of them have even gone so far as to call the campaign western-backed “female terrorism” and “soft terrorism”. Others claimed that the campaign to allow women to drive is an Iranian/Shia conspiracy to destabilise the country.

So we know where Saudi people stand regarding women driving, depending on the degree of their loyalty to the religious establishment. The only position that is not clear is the government’s.

When Manal al-Sharif drove she was arrested and imprisoned for 10 days. She was charged with bypassing rules and regulations, driving a car within the city, enabling a journalist to interview her while driving a car, deliberately disseminating the incident to the media, incitement of Saudi women to drive cars, and turning public opinion against the regulations.

At the same time we have Saudi officials making statements to both local and foreign press that this is not a legal issue but a societal one. King Abdullah said in an interview with Barbara Walters in 2005 that women driving is a social issue and the same statement was made by Prince Naif (second in line to the throne) to local press. Then after Manal’s arrest, the deputy interior minister, Prince Ahmed bin Abdulaziz, issued a statement:

Any claims may be received from any party, regardless of them being right or wrong … but women driving cars in Saudi Arabia has already been decided on in 1990 to not allow women driving. This, for us, the ministry of the interior, continues to stand … Our mission is to implement the system, but whether this action is right or wrong is not for us to say.”

This has many Saudis confused: is it legal for women to drive or not? If not, then doesn’t that go against Saudi Arabia being a signatory to Cedaw, the international Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women? Why do officials make these statements about it being a ban imposed by society and then have police detain women for driving while being female?

So far, the government has been silent. On Friday, several of the women who drove their cars in Saudi cities were ignored by the police. And in one case a woman, Maha al-Qahtani, was stopped in Riyadh and issued with a ticket for not having a Saudi licence, even though she holds two licences from other countries and in Saudi Arabia licences are not issued to women.

Then, after all of the video evidence and witnesses, Saudi traffic officials and local press claimed that there were no women driving. Despite more than 45 reported cases, including the one with a traffic ticket, the official stance seems to be denial.

I wonder what will happen as the women’s driving campaign continues and more Saudi women get behind the wheel. Will the government ignore us until we become a common sight and society gets accustomed to the idea? Will there be a crackdown, with the women who drove arrested and imprisoned? Will the government implement a system that gradually allows women on Saudi roads?

Your guess is as good as mine. All I know as a Saudi woman is that the current situation of gender discrimination against who can and cannot drive their own cars is unsustainable economically, socially and legally.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, junio 17, 2011

¿Las mujeres sauditas son las próximas?

Por Mai Yamani. Su libro más reciente es Cradle of Islam (Project Syndicate, 13/06/11):

La inesperada visibilidad y determinación de las mujeres en las revoluciones que se desarrollan en todo el mundo árabe –en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Bahrain, Siria y otras partes- ayudaron a impulsar lo que se dio a conocer de diferentes maneras como el “despertar árabe” o la “primavera árabe”. Se produjeron cambios importantes en las mentes y en las vidas de las mujeres, lo que las ayudó a romper con los grilletes del pasado, y a exigir su libertad y dignidad.

Desde enero de 2011, imágenes de millones de mujeres manifestando junto a los hombres fueron transmitidas en todo el mundo por periodistas televisivos, publicadas en YouTube y reproducidas en las tapas de los periódicos. Uno podía ver a mujeres de todas las condiciones sociales marchar con la esperanza de un futuro mejor, para ellas y para sus países.

Aparecían de manera prominente –elocuentes y francas, marchando diariamente, portando caricaturas de dictadores y reclamando a gritos un cambio democrático-. Caminaban, iban en autobús, viajaban en carros, hacían llamadas telefónicas y “tweeteaban” con sus compatriotas, motivadas en parte por las demandas sociales, pero, sobre todo, por sus propios derechos.

El contraste entre este espacio dinámico para una protesta abierta y Arabia Saudita no podría ser más marcado. Las mujeres sauditas viven en un sistema petrificado. Los rostros de la familia real están en todas partes; las caras de las mujeres están cubiertas por un velo, ocultas.

En ninguna otra parte del mundo vemos que la modernidad se experimente como semejante problema. En el desierto se erigen rascacielos, pero a las mujeres no se les permite compartir el ascensor con los hombres. Tampoco se las deja caminar por la calle, conducir un auto o salir del país sin el permiso de un guardián varón.

Fatima, una joven de Mecca, me envió un correo electrónico en el ápice de la revolución egipcia: “Olvidémonos de los gritos pidiendo libertad; yo ni siquiera puedo dar a luz sin ser acompaña al hospital por un mihrim (guardián varón)”. Y continuaba: “Y a la mutaw’a (la policía religiosa, conocida oficialmente como el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, y cuyo director tiene rango ministerial) se le otorgó el derecho de humillarnos en público”. Por cierto, la mutaw’a vio cómo sus ya amplios poderes aumentaban aún más gracias a decretos emitidos por el rey Abdullah en marzo, después de ayudar a reprimir las protestas en el reino a principios de ese mes.

Sin embargo, la globalización no conoce límites, ni siquiera los impuestos por los guardianes de la probidad islámica. Las niñas sauditas de nueve años chatean en línea, desoyendo las fatwas emitidas por los clérigos wahabíes que les prohíben acceso a Internet sin la supervisión de un guardián varón. Muchas mujeres en secreto viven pegadas a los canales de televisión satelital, observando a sus pares en las plazas públicas de Egipto o Yemen, más allá de su alcance pero no de su imaginación.

El 21 de mayo, una mujer valiente llamada Manal al Sharif rompió el silencio y la apatía, y se atrevió a desafiar la prohibición de que las mujeres conduzcan un automóvil. Toda la semana siguiente la pasó en una prisión saudita. Pero, a los días de su detención, 500.000 espectadores ya habían visto el video de su excursión en YouTube. Miles de mujeres sauditas, frustradas y humilladas por la prohibición, prometieron montar un “día de manejo” el 17 de junio.

Arabia Saudita es el único país del mundo que les prohíbe a las mujeres conducir autos. El sistema de confinamiento que representa la prohibición no está justificado ni en los textos islámicos, ni en la naturaleza de la sociedad diversa que gobiernan Al Saud y sus socios wahabíes. De hecho, incluso está muy alejada del resto del mundo árabe –lo que se tornó manifiestamente obvio en el contexto del levantamiento social masivo casi en todas partes en la región.

La segregación impuesta se refleja en cada aspecto de la vida saudita. La educación religiosa constituye hasta el 50% del plan de estudios de los estudiantes. Como resultado, el dogma wahabí penetra en todos los hogares del país. Los libros de texto –rosas para las niñas, azules para los varones, cada uno con diferentes contenidos- destacan las reglas prescriptas por el Imán Muhammad bin Abdul Wahhab, un clérigo del siglo XVIII y fundador del wahabismo.

El sistema judicial saudita es uno de los obstáculos más importantes para las aspiraciones de las mujeres, ya que se basa en interpretaciones islámicas que protegen un sistema patriarcal defensivo. En realidad, no sólo las decisiones de los jueces respaldan el sistema, sino también lo contrario: el patriarcado se ha vuelto la fuerza impulsora de la ley.

En consecuencia, las mujeres sauditas tienen prohibido acceder a la profesión legal sobre la base de una constricción wahabí que determina que “una mujer carece de mente y religión”. En otras palabras, el régimen de derecho en Arabia Saudita es el régimen de la misoginia –la absoluta exclusión legal de las mujeres de la esfera pública.

Los gobernantes sauditas anunciaron que las manifestaciones son haram –un pecado castigable con la cárcel y los azotes-. Ahora algunos clérigos pronunciaron que el hecho de que las mujeres conduzcan un automóvil es un haram de inspiración externa, castigable de la misma manera. Sin embargo, a pesar de esas amenazas, miles de mujeres sauditas se sumaron a “Todas somos Manal al Sharif” en Facebook, y aparecieron infinidad de otros videos de mujeres al volante en YouTube desde su arresto.

Al igual que Manal, ellas también fueron detenidas y el gobierno parece decidido a procesarlas. Pero Wajeha al Huwaider, Bahia al Mansour, Rasha al Maliki y muchas otras activistas siguen insistiendo en que conducir un automóvil es su derecho legítimo, y exigen de manera elocuente que se levanten las restricciones y se ponga fin a la dependencia de las mujeres.

La valentía revolucionaria de Rosa Parks al negarse a moverse a la parte de atrás de un ómnibus municipal de Montgomery, Alabama, en 1955 ayudó a que se encendiera el movimiento por los derechos humanos en Estados Unidos. Pronto descubriremos que la manera en que Manal al Sharif desafía el confinamiento sistémico de las mujeres por parte del régimen saudita produce un efecto similar.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, junio 11, 2011

La contrarrevolución del Golfo

Por Ana Echagüe, investigadora en la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (EL PAÍS, 09/06/11):

Arabia Saudí no ha permanecido impasible ante las revueltas árabes. Al contrario, su respuesta ha sido inmediata y rotunda, reflejando su determinación de que los regímenes del Golfo permanezcan ajenos a este tipo de levantamiento revolucionario. El reino se ha alzado como líder de un nuevo frente reaccionario que está resuelto a abatir las demandas populares de reforma. Las herramientas son bien conocidas, ya que han sido empleadas con anterioridad en momentos de crisis política. La inestabilidad política se afronta con palos y zanahorias: dinero por un lado y restricciones del espacio político y social por otro.

El desembolso saudí para paliar cualquier esbozo de queja por parte de la población ha sido desorbitado. Los generosos incentivos financieros se estiman en un total de casi 130.000 millones de dólares (más de 180.000 millones de euros). Las medidas incluyen ayudas al desempleo, subidas salariales y un salario mínimo para empleados del Estado, bonificaciones para trabajadores del sector público y estudiantes, la construcción de 500.000 viviendas, la creación de 60.000 nuevos puestos de trabajo en el Ministerio del Interior y una nueva comisión para combatir la corrupción. Además, se han destinado unos 375 millones de dólares a las instituciones religiosas; esta aparente recompensa por su apoyo a la hora de denunciar cualquier protesta contra el régimen supone un retroceso en las políticas de reforma del rey Abdullah, que habían buscado neutralizar el poder religioso, y una vuelta al más estricto conservadurismo social.

Mientras el PIB per cápita de Egipto es un poco más de 6.000 dólares y el de Túnez está cerca de 9.000 dólares, el de Arabia Saudí está en 24.000 dólares y en alza. Los enormes ingresos procedentes del petróleo actúan como colchón ante cualquier protesta. El Estado distribuye las rentas del petróleo a cambio de que la población ceda sus derechos políticos y civiles, de ahí que no estén permitidos los partidos políticos, ni las manifestaciones, ni las organizaciones de la sociedad civil. Pero el crecimiento económico es desigual y el país se enfrenta a altas tasas de desempleo (27% para los menores de 30 años en 2009), una tasa de inflación en máximos históricos y costes de vivienda fuera del alcance de la mayoría de la clase media. El régimen ha acelerado la creación de empleo en el sector público desde 2008, pero es una batalla perdida. Cada año unos 400.000 saudíes entran en el mercado laboral, unas cantidades que ni la mayor burocracia podría absorber. Mientras medidas blandas contrarrevolucionarias como subsidios y creación de empleos públicos pueden funcionar a corto plazo, a la larga son fiscalmente insostenibles y estructuralmente nocivas. Se crea un sistema corrupto de incentivos, atrayendo a la población a trabajos bien pagados en el sector público en detrimento del sector privado y socavando así la necesaria diversificación económica.

La otra cara de la moneda han sido las medidas restrictivas. La aparente vulnerabilidad del régimen de Bahréin fue una llamada de atención que desató el miedo en los regentes del Golfo, alentándoles a cortar de raíz cualquier disidencia. Un espacio político ya de por sí estrecho se ha visto reducido aún más. Las medidas incluyen detenciones, restricciones de los medios de comunicación y la reiteración de las líneas rojas que no se pueden violar. Los arrestos se han concentrado en las provincias orientales, donde reside la mayoría de los chiíes, y fuentes de Human Rights Watch hablan de hasta 145 detenidos desde febrero. Las autoridades han reiterado la prohibición de manifestaciones y protestas públicas. Los ulemas han cooperado en este esfuerzo, avisando de que las protestas van en contra del islam. También se ha bloqueado el intento de establecer lo que hubiese sido el primer partido político del reino: el Partido Islámico de la Umma. Su llamamiento a una reforma política pacífica, dentro de unos parámetros islámicos, fue suficiente para arrestar a cinco de sus fundadores. Las restricciones a los medios se concretaron en un decreto que prohíbe la publicación de cualquier artículo que contradiga la ley islámica, sirva intereses extranjeros o socave la seguridad nacional. Se criminaliza además la publicación de insultos al gran muftí, a miembros del consejo de ulemas o a representantes del Gobierno. También se han impuesto restricciones en los medios de comunicación electrónicos, obligando a los blogueros a obtener licencias del Gobierno y a los medios electrónicos a registrarse.

Con estas medidas parece ponerse fin a cualquier ambición de reforma albergada tras el ascenso del rey Abdullah al trono en 2005. Aunque la promesa de liberalización no se había materializado, algo de espacio político sí se había abierto en los últimos años y el enfoque del monarca en las reformas de la educación y la justicia, tradicionalmente feudos del poder religioso, parecía señalar su intención de frenar el poder de las instituciones religiosas. Ante las revueltas árabes la familia real ha vuelto a hacer uso del pilar religioso y este ha cumplido, emitiendo las fetua de rigor. Algunos pequeños gestos como el anuncio de la celebración de las elecciones municipales en septiembre de este año (pospuestas desde 2009), la liberación de algunos presos políticos o las reuniones de algunos gobernadores con activistas locales no se perciben ya como esfuerzos reformistas sino como un mero ejercicio de relaciones públicas.

Las respuestas nacionales han estado complementadas por un cierre de bandas regional. Los regímenes del Golfo no dudaron en acudir al apoyo de Bahréin y a mediados de marzo tropas saudíes y fuerzas policiales de los Emiratos Árabes entraban en el pequeño reino supuestamente bajo el paraguas de las fuerzas del Escudo Península del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Asimismo han aunado fuerzas para mediar en el conflicto de Yemen, rendir su apoyo a la intervención en Libia o para ofrecer un total de 20.000 millones de dólares en ayudas económicas a Bahréin y Omán, los dos países más azotados por protestas internas. Las invitaciones a Jordania y Marruecos a formar parte del CCG parecen diseñadas para fortalecer aun más el grupo de monarquías como contrapeso a los cambios regionales.

Y luego está el recurrente espectro de Irán. En abril, el CCG emitió un comunicado en el que reflejaba su preocupación “por las continuas intromisiones iraníes” y acusaba a Irán de conspirar contra las monarquías árabes. La intervención en Bahréin se puede leer en parte como una señal, tanto a los poderes chiíes de la región, Irán e Irak, de que no interfieran en los asuntos de la península Arábiga, como para el presidente Obama, de que no intente apoyar movimientos de cambio en la región del Golfo. Es cierto que la creciente influencia iraní tras la invasión de Irak preocupa a los saudíes y que un componente importante de su política exterior se basa en frenarla, ya sea en Afganistán, Irak, Líbano, Yemen o los Territorios Palestinos.

Pero más allá del balance de poder regional, culpar a Irán de inmiscuirse en asuntos internos y de estar detrás de las revueltas en Bahréin obedece a una vieja táctica de los Gobiernos de la región para deslegitimar las protestas, tachándolas de intromisiones del exterior. Se externalizan así las raíces de las protestas y se desligan de cualquier agravio nacional legítimo. Se deslegitima además a la oposición chií, cuestionando su lealtad. Pero el juego sectario es peligroso y lo que se está consiguiendo es recrudecer las tensiones.

De momento, Arabia Saudí parece haber despistado a las revueltas. La oposición está dividida ideológicamente y poco organizada, el rey goza de popularidad y el régimen sigue su política de patronazgo. A la larga, sin embargo, esta fórmula de apaciguamiento puede resultar insostenible. La distribución de las rentas alimenta la imagen de una familia real magnánima y generosa, pero al ofuscar la diferencia entre prestaciones sociales y donaciones reales se exacerba el problema de la falta de derechos. Es posible que los saudíes se cansen un día de ser tratados como súbditos, aunque muy bien tratados, en lugar de como ciudadanos con derechos y obligaciones. Hasta ahora las peticiones de reforma no han mencionado el cambio de régimen y se han limitado a pedir moderadas reformas políticas, pero el contrato social que define la relación entre los gobernantes y los ciudadanos -el trueque de riqueza económica a cambio de poder político- no durará siempre. Para mantener su legitimidad el régimen tendrá algún día que reformarse y hacerse eco de los tiempos que corren.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, marzo 26, 2011

Si Bahreïn tombait…

Par Anis Bouayad, consultant en stratégie (LE MONDE, 22/03/11):

Avec l’envoi de plus de 1 000 hommes à Bahreïn et la répression brutale qui s’en est suivie, l’Arabie saoudite vient de signifier que l’épicentre de la révolution arabe s’est déplacé du Maghreb au Machrek, de Tunis à Manama. Nul doute que le soulèvement des Tunisiens et des Egyptiens demeurera, aux yeux de l’histoire, l’événement fondateur de ce que d’aucuns appellent la “renaissance arabe”. Malgré tout, la contestation qui secoue le petit royaume de Bahreïn (à peine 600 000 habitants, hors expatriés) revêt une tout autre importance. Ce petit Etat occupe une place particulièrement importante qu’il doit à sa position géopolitique, à sa composition sociologique et, accessoirement, à sa structure confessionnelle.

Tout comme les Tunisiens, les Bahreïnis ont fait le pari de la connaissance. Le pays a depuis longtemps massivement investi dans l’enseignement et la formation. Et bien avant Al-Jazira, l’influente chaîne du voisin qatari, Bahreïn a exercé une sorte de magistère dans l’édition et la presse arabes, à l’instar du Caire. Que ces deux foyers du savoir constituent, avec les universités tunisiennes, le ferment du “printemps arabe” n’est pas anodin. La revendication en cours est beaucoup plus culturelle et sociologique que religieuse ou confessionnelle.

Moins riche que ses voisins, Bahreïn fait partie intégrante du collier de perles que forment les pays du Golfe. Richissimes, ces pays disposent de fonds souverains bien dotés et massivement engagés un peu partout dans le monde. Non seulement les capitaux issus des pétrodollars sont présents dans certains des plus beaux fleurons de l’industrie, de la finance et du tourisme occidentaux, mais ces capitaux sont tout autant massivement investis dans nombre de pays émergents ou en développement. Et, bien sûr, dans de nombreux pays arabes. La contestation au sein de ce petit pays qu’est Bahreïn a toutes les chances de générer une onde de choc débordant ses frontières pour affecter des contrées lointaines, y compris en Occident.

Cet effet systémique paraît encore plus tangible pour cet autre voisin de Bahreïn, à savoir l’Arabie saoudite. Proche, dans tous les sens du terme, du royaume de Bahreïn, l’Arabie saoudite compte une minorité chiite, concentrée dans l’est du pays. Cette zone recèle justement l’essentiel des réserves de pétrole et est directement limitrophe de Bahreïn. Que ce dernier bascule, sous une forme ou une autre, dans la démocratie, et c’est tout le royaume saoudien qui est ébranlé. Si le séisme, même atténué, se propage en Arabie saoudite, il provoquera des répliques dans de nombreux pays, des plus proches aux plus éloignés.

Effet papillon

Cet effet papillon s’expliquerait par la triple posture du royaume saoudien. Ce pays jouit, d’abord, d’un prestige particulier dans le monde arabo-musulman, puisqu’il abrite les lieux saints de l’Islam, La Mecque et Médine. L’Arabie saoudite a, ensuite, financé de très nombreux projets, y compris culturels et cultuels. Enfin, ce pays est, depuis la seconde guerre mondiale, le meilleur allié et relais des Etats-Unis dans la région.

Que l’Arabie saoudite soit affectée par le retournement en cours à Bahreïn, et c’est tout le monde arabe qui en sera affecté. C’est en cela que le petit royaume de Bahreïn est l’épicentre d’un phénomène qui le dépasse. Sa déstabilisation pourrait faire tache d’huile dans les pétromonarchies voisines, et menacerait l’Arabie saoudite, épine dorsale du monde arabe, sinon musulman.

Le danger est d’autant plus réel que la contestation qui enfle est moins confessionnelle que démocratique. Bien que près de 70 % des Bahreïnis soient chiites, les revendications sont similaires à celles exprimées par les Tunisiens et les Egyptiens, des sunnites, pourtant : plus de liberté, plus d’égalité et plus de justice sociale et économique. Tous ces pays semblent saisis par le même syndrome : la démocratie par l’économie. Se situant au-delà de l’antagonisme classique sunnites-chiites, ce mouvement de contestation déroute les gouvernants et les caciques. Cet embrasement embarrasse les dirigeants en place, parce qu’il leur offre peu de prise pour sa manipulation.

Partie de ce petit pays qu’est Bahreïn, la turbulence risque alors d’éprouver durement nombre de pays, aussi bien arabes qu’occidentaux. Si tel était le cas, la “renaissance arabe” aurait alors accouché d’une révolution.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, marzo 21, 2009

¿Corre peligro la Casa de Saud?

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAÍS, 19/03/09):

A Abdelaziz Bin Abdelrahman Bin Faisal al Saud no le caía bien Winston Churchill. Al menos eso es lo que contaba en 1977 David Holden -periodista británico buen conocedor de las entretelas del desierto- del jeque fundador de la “moderna” Arabia Saudí. Corría 1945, terminaba la Segunda Guerra Mundial, e Inglaterra y Estados Unidos rivalizaban por el petróleo saudí. La decadencia de aquélla y el cansancio de Churchill eran notorios. Tanto como el empuje imperial norteamericano y el proyecto político de su presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR).

Sir Winston ofreció a Abdelaziz una cena regada con buen vino francés y habanos y le obsequió con un viejo Rolls-Royce. El vehículo acabó en un museo de Riad. Por el contrario, FDR acogió a su huésped en el crucero Quincy y le permitió embarcar con un séquito de 50 personas y 100 corderos. Le regaló un bimotor DC-3, embrión de Saudia Airlines, con lo que Estados Unidos no sólo se garantizaría el monopolio del suministro de aviones militares y civiles, sino también el del petróleo.

El encuentro de 1945 constituyó el inicio de la larga relación entre la Casa de Saud y las sucesivas administraciones (y multinacionales) norteamericanas. A FDR -que estaba a punto de morir mientras el Estado de Israel comenzaba a nacer- las intensas horas del Quincy le resultaron reveladoras. El presidente intentó ganarse a Abdelaziz para que los dirigentes árabes permitieran una mayor emigración judía a Palestina. A ello Abdelaziz respondió: “Dé usted a los judíos y a sus descendientes las tierras y hogares de los alemanes que les han oprimido”.

El coronel William Eddy, que ejerció de intérprete, relata que el presidente resultó impresionado por Abdelaziz y que afirmó que “en cinco minutos había aprendido más sobre Palestina que en toda la documentación que se le había suministrado”. Durante esa jornada, el presidente trasladó al emir dos compromisos personales: nunca haría nada hostil hacia los árabes, y el Gobierno de los Estados Unidos no cambiaría los principios básicos de su política hacia Palestina sin consultar previamente con árabes y judíos.

Lamentablemente para los árabes, Truman sucedería a Roosevelt dos meses después y, a pesar de una resistencia inicial, traicionaría los compromisos de FDR. El nuevo presidente se rinde al lobby judío y lo expresa significativamente: “Lo siento, caballeros, pero debo dar satisfacción a cientos de miles de ciudadanos ansiosos por que el sionismo triunfe, y no tengo centenares de miles de árabes en mi circunscripción”.

A raíz de ello, la Casa de Saud diseña una estrategia pragmática: a) Explotación de los gigantescos recursos petroleros sobre losque se asienta, en coordinación con Estados Unidos, garante de su seguridad. b) Ello asegura la enorme riqueza de los principales dignatarios, la de los 2.000 príncipes del reino y la relativa de los súbditos del mismo. c) El mantenimiento de tal situación requiere no sólo la estabilidad interna del reino, sino también la de la región. d) Para ello, la Casa de Saud entiende que es requisito imprescindible que el espíritu de Roosevelt se imponga a la traición de Truman y que el conflicto israelo-palestino concluya.

Las guerras árabe-israelíes de 1967 y 1973 consolidan el expansionismo israelí e institucionalizan en el área lo más temido por los saudíes: la inestabilidad. De ahí que el monarca reinante en 1975, Jaled, ose traspasar la línea roja del frente árabe-islámico: el reconocimiento de Israel. El Custodio de los Lugares Santos del Islam anuncia, nada menos, que el reino podría aceptar el derecho de Israel a existir dentro de las fronteras anteriores a la guerra de 1967 a cambio de su retirada de los territorios árabes entonces ocupados, sobre las que se establecería un Estado palestino. Paz por territorios. Doctrina de Naciones Unidas y embrión de la iniciativa saudí de paz de 2002, ofrecida por el rey Abdalá y asumida en pleno por la Liga Árabe. Como era de esperar, el Israel expansionista rechaza tal oferta. Y la Casa de Saud debe hacer frente a un agravamiento de la inestabilidad.

En 1979 triunfa en Irán la revolución islámica chií y el poder saudí está convencido de que durante el hajj -la gigantesca peregrinación a La Meca- los iraníes, chiíes, le desafiarán y provocarán graves disturbios. Turki al Faisal, jefe de los servicios de inteligencia del reino, recibe informes de que se producirán en unos pueblos chiíes cercanos a La Meca. Se adoptan las debidas precauciones. La sorpresa es mayúscula cuando, contra todo pronóstico, es la Gran Mezquita la que es tomada al asalto por la Hermandad Musulmana, saudí y suní, como protesta por la corrupción y alejamiento de la recta vía de la Casa de Saud.

Las fuerzas saudíes necesitaron dos semanas para vencer la fiera resistencia de los rebeldes. El 9 de enero de 1980, 63 supervivientes fueron decapitados: 41 saudíes, 10 egipcios, 7 yemeníes, 3 kuwaitíes, un sudanés y un iraquí. ¿Un ensayo para Al Qaeda? En cualquier caso, un contundente aviso para la familia Saud. A partir de entonces queda claro que la estabilidad no está garantizada. Que el Estado (que es la familia) tiene bases frágiles, que los lugares santos del islam son vulnerables y que la península Arábiga no está a salvo del radicalismo político del área. La propia Casa de Saud ha tomado conciencia de sus debilidades.

Treinta años después, el mismo príncipe que coordinó el desalojo de los asaltantes wahabíes de la Gran Mezquita de La Meca, el jefe de la inteligencia del reino y luego, como embajador en Washington, hombre clave de los intereses saudíes, acaba de publicar un artículo en Financial Times (23-1-09) donde anuncia que “la paciencia saudí se está acabando”. La masacre de Gaza ha sido el detonante. La inestabilidad es mayor que nunca en la región. Los Estados Unidos de Bush son culpables. El desastre que originaron en Irak ha facilitado el ascenso de Irán.

Turki al Faisal advierte a Obama. Hoy, todos los saudíes son gazauíes y sólo queda una última -que ha de ser rápida- oportunidad para evitar el estallido definitivo en el área. EE UU debe promover seriamente la iniciativa de paz saudí, esto es, la que respaldan la ONU y el derecho internacional: paz por territorios. Un Estado palestino viable, con capital en Jerusalén Este y el reconocimiento de Israel por todos y cada uno de los países árabes.

Turki al Faisal revela que durante la invasión de Gaza, el presidente de Irán dirigió una carta al rey Abdalá, reconociendo explícitamente a Arabia Saudí como líder de los mundos árabe e islámico, suní y chií, e instándole a adoptar “un papel de mayor confrontación ante las atrocidades y asesinato de vuestros propios niños en Gaza”.

Al Faisal asegura que hasta ahora el reino se ha resistido a ello, pero que, de seguir así las cosas, “podría ser incapaz de impedir que sus ciudadanos se unan a la revuelta mundial contra Israel”, lo que “crearía un caos y derramamiento de sangre en la región sin precedentes”, que, sin duda, afectaría a la Casa de Saud. Como buen musulmán, termina invocando a que todos recemos para que “el señor Obama posea la visión, equidad y resolución para refrenar al criminal régimen israelí”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona