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lunes, junio 16, 2008

Contratos de integración para inmigrantes

Contratos de integración para inmigrantes: tendencias comunes y diferencias en la experiencia europea

Por Virginie Guiraudon, investigadora permanente del CNRS, Lille, Francia, y profesora Marie-Curie del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales del European University Institute (REAL INSTITUTO ELCANO, 10/06/08):

Tema: Los “contratos de integración” para inmigrantes se han generalizado en Europa en los últimos 10 años pero sus resultados siguen sin estar claros.

Resumen: Durantela campaña electoral previa a las elecciones del 9 de marzo en España, el líder del Partido Popular (PP), Mariano Rajoy, anunció que si su partido ganaba los comicios cambiaría la ley de extranjería de forma que los inmigrantes que entrasen en España tendrían que firmar un contrato vinculante por el que se comprometerían a respetar las leyes y costumbres españolas, aprender español, pagar impuestos y hacer lo posible para integrarse en la sociedad española. Agregó que serían devueltos a sus países de origen en caso de pasar un año sin trabajo. [1] Si bien el líder español apuntó a Francia y a Sarkozy como el país y el político que habían inspirado su propuesta electoral, los “contratos de integración” se han generalizado en Europa; el último país en adoptar este instrumento político ha sido Reino Unido. De hecho, la idea se remonta a un informe holandés fechado en 1989 realizado por el Consejo Científico para la Política Gubernamental (WRR) que buscaba soluciones políticas al desempleo de larga duración entre algunos grupos de inmigrantes y que consideraba que la adquisición del idioma del país era esencial a este respecto. En los Países Bajos una ley de 1998 hizo obligatoria la asistencia a cursos de integración para los recién llegados y vinculó esta asistencia a la obtención de prestaciones sociales. [2]En total, 11 países han puesto en marcha cursos y contratos de integración y han establecido exámenes de civismo y ciudadanía: Suecia, Dinamarca y Finlandia fueron los primeros en establecerlos, seguidos por los Países Bajos, Austria, Bélgica, Francia, el Reino Unido y Estonia (aunque en este último caso están dirigidos principalmente a la minoría rusa, no a los nuevos inmigrantes). En Alemania existen ahora cursos de integración obligatorios. Suiza aprobó en 2006 una ordenanza que contempla un “convenio de integración” optativo, que forma parte de una Ley Federal de Extranjería desde el 1 de enero de 2008. Hungría está considerando su establecimiento y, como veremos, el debate permanece abierto en España.

Análisis: Lo que tienen en común todos los “contratos”, “cursos de integración” y “trayectorias hacia la ciudadanía” es que enfocan la integración como un proceso individual en el cual el nuevo inmigrante es responsable de su éxito en la sociedad de acogida y no debe ser una carga para el Estado de bienestar. La noción de “contrato” hace hincapié en la integración como “proceso de doble sentido”. Esto significa que los inmigrantes tienen derechos pero que también tienen deberes y, hasta cierto punto, la obligación de integrarse. Difiere por tanto del enfoque multicultural, que se centra en los grupos o comunidades más que en los individuos, y que busca reconocer las diferencias culturales. Algunos especialistas, como Rogers Brubaker y Christian Joppke, ven en esta evolución la desaparición del multiculturalismo y el “regreso de la asimilación”. De hecho, el multiculturalismo ha sido más la excepción que la norma en Europa. En los países que han desarrollado estos contratos –como los Países Bajos, Francia y Austria– el contexto político de los años noventa incluía la existencia de partidos xenófobos de extrema derecha o populistas que consiguieron mantener la inmigración en la agenda política. Esto ocurría en un momento en el que los partidos mayoritarios evolucionaban desde el consenso del Estado de bienestar posterior a la segunda guerra mundial, adoptando políticas de activación (programas welfare to work) y denunciaban la dependencia de las prestaciones sociales. En el norte de Europa se ha denominado “patriotería del bienestar” a los ataques simultáneos contra los inmigrantes y contra el Estado de bienestar realizados por políticos que acusaban a los inmigrantes de poner en peligro los generosos sistemas de protección social de estos países.

Los cursos holandeses de integración civil y su evolución

Mientras que las “políticas de las minorías” llevadas a cabo en los Países Bajos durante los años ochenta se centraban en el tratamiento igualitario, la integración legal y política de los inmigrantes y el multiculturalismo, los asesores políticos de finales de esa década concluyeron que poner demasiado énfasis en las diferencias culturales tenía efectos negativos en la integración en el mercado laboral de los inmigrantes que no hablaban holandés o que no conocían suficientemente las costumbres holandesas. Un instrumento político acorde con la nueva “política de integración” adoptada en 1994 fueron los cursos de integración cívica (Inburgeringscursussen) destinados a facilitar la integración inicial de los recién llegados y desarrollados a nivel local en varias ciudades holandesas a principios de los años noventa. Los recién llegados recibían material para aprender el idioma e información sobre la sociedad holandesa. En 1998, la ley WIN (Wet Inburgering Nederland) transformó el curso de integración cívica en política de recepción a nivel nacional. Cuando los cursos para recién llegados que las autoridades locales habían considerado útiles se convirtieron en medidas políticas nacionales, comenzó la politización del tema de la inmigración que pronto ocuparía el centro del debate político. En primer lugar, en el año 2000, el intelectual Paul Sheffer escribió un artículo en el que calificó al multiculturalismo de tragedia y a la integración de fracaso, [3] después ocurrieron los ataques terroristas del 11 de septiembre y, por último, con el ascenso y la muerte del político populista de izquierdas Pim Fortyun, cuyo partido, el LPF, ganó las elecciones en 2002. Más tarde la atención se dirigió hacia sucesos como el asesinato de Theo van Gogh, asociado al fracaso de la política de integración por políticos y medios de comunicación, entre ellos Rita Verdonk, ministra de Extranjería e Integración desde 2002, cuando el control de la inmigración y la integración quedaron vinculados intrínsecamente. El Ministerio de Justicia, que se ocupaba del control de la inmigración, asumió también entre sus responsabilidades la integración, que hasta entonces era competencia del Ministerio de Interior. La nueva política fue rebautizada en 2002 como “política de integración de nuevo estilo” y su atención se centró en reformar los cursos de integración cívica. En primer lugar, los emigrantes potenciales en sus países de origen debían pasar un examen que demostrase sus conocimientos del idioma holandés y de la cultura y sociedad holandesa antes de obtener un visado para entrar en los Países Bajos (el Wet Inburgering in het buitenland está en vigor desde marzo de 2006). El material del curso cuesta 64 dólares y muestra matrimonios homosexuales y mujeres en topless; el examen, que se realiza en la embajada, cuesta 350 dólares a los que debe sumarse el precio del permiso de residencia (430 dólares por un permiso temporal y 850 dólares por uno permanente). [4]

Una vez en Holanda, los recién llegados deben asistir a cursos de instrucción cívica para renovar sus permisos de residencia. Por último, desde 2007, los propios inmigrantes deben costear su asistencia a los cursos y deben buscarlos ellos mismos. El reembolso es posible (hasta el 70%) si los inmigrantes aprueban el examen civil. La propuesta de Rita Verdonk de que todas las personas de 16 a 65 años –incluidos los nacionalizados o procedentes de las Antillas Holandesas y los nacidos en Holanda pero residentes en el extranjero– deberían hacer el curso y el examen de integración cívica fue considerada inconstitucional y rechazada por el Parlamento. Desde su implementación no todas las nacionalidades tienen que asistir a los cursos de instrucción cívica: los ciudadanos estadounidenses y australianos están exentos de hacer el examen.

El contrato francés de acogida e integración

Francia fue uno de los primeros países en llamar a la política de inmigración “política de integración”. De hecho, cuando en los años ochenta la política de inmigración cobró relevancia política, se produjo una reinvención del “modelo francés de integración” por parte de los partidos mayoritarios y con la creación del Alto Consejo para la Integración, un organismo consultivo que definió la integración, en un informe de 1991, como una forma de “alentar la participación activa en la sociedad de todos los hombres y las mujeres que van a permanecer de forma duradera en territorio francés aceptando que algunas diferencias, incluidas las culturales, subsistirán pero subrayando la semejanza y la convergencia en el área de la igualdad de derechos y obligaciones para asegurar la cohesión de nuestro tejido social”. [5] La idea de un contrato de integración, tomada prestada del contrato holandés, surgió tras las elecciones generales de 2002. Al principio fue un experimento en 12 departamentos franceses en el segundo semestre de 2003, y se extendió poco a poco hasta convertirse en política de alcance nacional a finales de 2006. Una nueva ley de 2007 otorgó carácter de obligatoriedad al Contrat d’accueil et d’intégration hasta entonces opcional. En caso de incumplimiento de los términos del contrato, el permiso de residencia podría no ser renovado por la prefectura (representación del gobierno central en cada departamento). El contrato se presenta durante una sesión de media jornada que incluye el visionado de una película llamada Vivir en Francia y después se realiza una entrevista individual en la que se comprueba el dominio del idioma francés por parte del inmigrante, sus necesidades laborales, se discute la posibilidad de obtener la seguridad social y ayuda para el alquiler de una vivienda y se realiza un chequeo médico. Durante la entrevista, se explica el contrato. En el se estipula que el inmigrante debe respetar los valores franceses, como la separación de la Iglesia y el Estado o la igualdad entre hombres y mujeres, y se asiste a una sesión de formación sobre las instituciones francesas que está traducida a varios idiomas. Si el conocimiento del francés por parte del inmigrante no se considera adecuado se le ofrecen hasta 400 horas (gratuitas) de clases de idioma al final de las cuales realizará un examen para obtener el diploma de “principiante de francés”. La organización de estos cursos formativos está ahora en manos de una nueva agencia encargada de la política de admisiones, la Anaem (Agencia Nacional para la Acogida de Extranjeros e Inmigración) que se estableció al mismo tiempo que el contrato. Debe subrayarse que otra agencia se encarga de la integración de los inmigrantes, la Acsé (ex-Fas y ex-Fasild), por lo que el contrato forma parte de la política de admisiones francesa (control de la inmigración) y no de la política de integración. El contrato es importante actualmente para la obtención del permiso de residencia permanente (la “tarjeta de 10 años”) y pronto será necesario para la nacionalización. Lo que diferencia este contrato del holandés es que el francés es gratuito y se pone en marcha tras la llegada de los inmigrantes: concierne a las personas mayores de 18 años que están emparentadas con inmigrantes y a ciudadanos franceses, refugiados y emigrantes laborales que permanecen en Francia durante al menos un año. Los ciudadanos de la UE no firman un contrato. De los primeros 20.000 contratos firmados en 2003-2006, más de dos tercios hablaban francés bastante bien. Esto puede explicarse porque muchos firmantes llevaban ya varios años viviendo en Francia. El sistema podría evolucionar como lo ha hecho el holandés pero sigue estando basado en gran medida en incentivos. Todavía no está vinculado a la ciudadanía como lo está el británico que examinaremos a continuación.

El “camino hacia la ciudadanía” británico

El 28 de febrero de 2008, se lanzó en Reino Unido un nuevo programa para la inmigración basado en un sistema de puntos. Aquel día, la ministra del Interior Jacqui Smith declaró: “Las propuestas de hoy forman parte del mayor cambio en la política de inmigración británica en una generación e incluyen un nuevo acuerdo para aquellos inmigrantes que desean la ciudadanía británica, una nueva agencia que fortalezca los controles en la frontera de Reino Unido y la introducción de documentos de identidad para extranjeros”. [6] El control de la inmigración, la integración y el acceso a la ciudadanía están claramente relacionados y se afrontan de manera conjunta. Es un ejemplo del nuevo “Nexo entre inmigración, integración y ciudadanía”, por utilizar los términos empleados por Sergio Carrera. [7] En febrero de 2008, el Ministerio de Interior publicó un informe (The Path to Citizenship) cuyos elementos principales eran los siguientes: la creación de una trayectoria de tres fases hacia la ciudadanía, que incluiría un nuevo “período de prueba”, durante el cual se exigiría a los inmigrantes de que demuestren su contribución al Reino Unido, o en caso contrario que abandonen el país; se negarían las prestaciones sociales a los inmigrantes que no hayan recibido la plena ciudadanía; se obligaría a los inmigrantes a demostrar que pueden hablar inglés; se alargaría el período de prueba a los condenados por delitos menores; se exigiría a los inmigrantes que contribuyan a un fondo destinado a gestionar el impacto de la inmigración; por último, se agilizaría el proceso de obtención de la ciudadanía para los inmigrantes que se involucren en sus comunidades locales a través del voluntariado. El plan está en sintonía con el discurso pronunciado por el primer ministro sobre migración gestionada, centrado en la noción de contrato: “la ciudadanía (…) debe consistir en aceptar activamente un contrato por el cual, en virtud de las responsabilidades asumidas, se gana el derecho de ciudadanía”. [8] En aquel discurso, Gordon Brown anunció además “exámenes de ciudadanía más duros”. Hay que señalar que los exámenes de ciudadanía son relativamente recientes en Reino Unido: la Ley de nacionalidad, inmigración y asilo de 2002, cuya entrada en vigor se realizó el 1 de noviembre de 2005, exige a los que solicitan la nacionalización que aprueben el examen “La vida en Reino Unido” y que sepan hablar inglés, galés o gaélico escocés.

La idea de que los inmigrantes merecen obtener la nacionalidad en caso de que supongan un beneficio claro para la nación se encuentra también en otros países. Por ejemplo, en Francia, los procedimientos de nacionalización a menudo evalúan la autosuficiencia económica del solicitante y discriminan a los solicitantes sin recursos. Estudios cuantitativos sobre la forma en que los burócratas franceses evalúan la “asimilación” del solicitante han mostrado que favorecen a quienes son productivos económicamente. [9] El programa británico se asemeja a algunos de los sistemas más estrictos de Europa, como el austriaco. En Austria, el sistema se basa en una serie de sanciones cuando no se cumple el contrato: si no se completa el programa de integración durante el primer año, el permiso de residencia sólo puede renovarse por otro año. Además las ayudas estatales se retiran progresivamente, deben pagarse las multas y tras cuatro años sin completar el curso, el inmigrante puede ser expulsado si las autoridades demuestran que no desea integrarse.

Conclusión: Desde el precedente holandés al “contrato de acogida e integración” francés y el “Green Paper” británico en el camino a la ciudadanía, se ha producido cierta evolución en los objetivos de los contratos, las ayudas asignadas a los nuevos inmigrantes para poder cumplir su parte y la importancia del contrato a la hora de obtener la renovación de sus permisos de trabajo y su acceso a la ciudadanía. A un lado del espectro, el contrato es una estructura basada en el incentivo cuyo objetivo es que los recién llegados aprendan el idioma del país de acogida para poder encontrar trabajo e incorporarse a la sociedad local más fácilmente. Los cursos de idiomas son gratuitos, el contrato es opcional y las sanciones en caso de no asistencia a clase o de suspender un examen son mínimas. Al otro lado del espectro, el contrato es en primer lugar un instrumento para detener el flujo indeseado de inmigrantes. Los exámenes de idioma e instrucción cívica deben aprobarse en el país de origen antes de poder obtener un visado. Las clases de idiomas y de instrucción cívica no son gratuitas ni tampoco los exámenes y los trámites asociados a lo que también se denomina “trayectoria hacia la ciudadanía”. Prevalecen las sanciones por encima de los incentivos: la no asistencia a las clases puede suponer la no renovación de los permisos de residencia o la pérdida de derechos sociales. Incluso puede afectar a las posibilidades de obtener la nacionalización. La mayor parte de los sistemas incluyen clases de instrucción cívica que hacen hincapié en principios como la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de expresión y los valores laicos, de forma que sugieren que los inmigrantes proceden de tradiciones culturas y políticas que no comparten estos valores, señalando de forma tácita a los países donde predomina el islam. Sin embargo, en estos sistemas la integración se mide con criterios económicos más que culturales: desempleo y dependencia del Estado de bienestar son signos de una integración fallida. La lógica de los cursos de integración es que, una vez que se aprende el idioma, los nuevos inmigrantes conseguirán un trabajo. Pasa por alto otros factores que explican las diferencias a la hora de acceder al empleo tanto para inmigrantes como para no inmigrantes.

De hecho, aunque hay diferencias entre cada contrato, se plantean algunas cuestiones comunes. En primer lugar, respecto a la instrucción cívica: ¿Qué “valores nacionales” o “valores europeos” se enseñan? ¿Quién y cómo decide y elabora los contenidos de los materiales del curso y los exámenes? La película francesa, utilizada en el curso, en la que se muestran aviones militares volando sobre el Arco del Triunfo en París el 14 de julio, es un ejemplo de la necesidad de reflexionar sobre los contenidos de los cursos.

Hasta ahora no ha habido una evaluación suficiente de estos programas. Esto ocurre con la enseñanza del idioma. Es necesario ser prácticos: ¿Qué nivel de calidad tiene esta enseñanza? ¿Está dirigida a obtener un trabajo o solo se enseñan las nociones básicas? ¿Qué ocurre cuando la persona tiene dificultades de aprendizaje o es demasiado mayor para aprender lo bastante rápido un idioma nuevo? En el caso holandés se discutió mucho sobre el hecho de que los cursos no se impartieran en horario apropiado para las madres con niños o que se realizasen demasiado lejos de los barrios donde viven realmente los nuevos inmigrantes. ¿Hay razones de peso para que estos cursos sean obligatorios o se obligue a la gente a pagar por ellos?

Parece que los contratos son más severos en países donde la migración laboral es muy limitada y donde hay una migración neta negativa (más gente se va de la que llega) como es el caso de Francia y de Holanda. Se trata de un contexto de politización simbólica en esta materia y de políticas de migración restrictivas.

Los contratos de integración se han generalizado y la UE está ejerciendo ahora una cierta presión burocrática para que se establezcan. En noviembre de 2004, el Consejo Europeo adoptó los Principios Básicos Comunes para la Política de Integración en la UE (documento del Consejo 16054/04). El cuarto principio básico establece que un “conocimiento básico del idioma de la sociedad de acogida, su historia y sus instituciones es indispensable para la integración; facilitar a los inmigrantes la adquisición de este conocimiento básico es esencial para logar una integración exitosa”. Esto sugiere que los Estados miembro deberían poner en marcha cursos de idioma y de instrucción cívica para ayudar a los inmigrantes a integrarse. Dado que el primero de los principios define la integración como un “proceso de doble sentido de adaptación mutua” y el segundo afirma que “la integración implica respeto por los valores básicos de la Unión Europea”, el marco de integración de la UE legitima la idea de un contrato entre las dos partes del proceso de integración y fomenta la creación de cursos en los que se enseñen los “valores de la UE”. Los principios se difunden a través de una forma de colaboración abierta para la integración de la inmigración con un programa de intercambio de información sobre financiación entre las llamados “mejores prácticas” (INTI).

Los puntos clave que hay que subrayar y sobre los que se debe reflexionar son los siguientes:

> El contrato se firma entre dos partes desiguales y no hay espacio para la negociación. Esto resulta problemático desde un punto de vista legal.
> En relación con esta cuestión, la experiencia demuestra que cada persona tiene diferentes necesidades y perspectivas en el momento de su llegada. Dependiendo de las facilidades y del contexto político que los inmigrantes encuentran en el lugar de acogida, los contratos pueden ser los mismos pero la realidad varía. Podría convertirse en lo peor de ambos mundos: tratamiento no igualitario y tratamiento no lo bastante flexible para responder a las diferentes necesidades y situaciones.
> El contrato tiene un concepto muy restringido de la integración, que es un proceso que depende de muchos factores. Obligar a las personas a asistir a cursos de idioma y de civismo no garantiza su éxito económico o su asimilación social.
> El contrato no plantea la integración como un proceso en el que esté involucrada la sociedad de acogida. Esta última no desempeña ningún papel en “acoger” a los inmigrantes.
> El contrato establece un tratamiento desigual delos que están exentos (ciudadanos de la UE y, a menudo, trabajadores altamente cualificados oinmigrantes de la OCDE), lo cual refuerza la idea de que sólo algunos inmigrantes necesitan integrarse o tienen dificultades parahacerlo.
> El éxito de la integración se reducirá a los indicadores cuantitativos de las tasas de éxito de los exámenes de civismo e idioma y el número de contratos firmados, lo que dirá poco sobre lo que realmente les está ocurriendo a los recién llegados sobre el terreno.

Las consecuencias de estos contratos en términos de cohesión social y de adaptación de los inmigrantes a su nuevo ambiente deberían ser evaluadas lo antes posible. Parecen reflejar un clima de sospecha hacia los inmigrantes, sobre todo hacia los procedentes de países musulmanes. En este sentido es revelador que se acentúen valores tales como el laicismo, los derechos de las mujeres o de los homosexuales.

También parecen ser la solución de todo tipo de asuntos públicos relacionados con la inmigración, que evidentemente el contrato y los cursos no pueden resolver: el desempleo entre ciertos grupos de inmigrantes y el temor al islam. Otro riesgo añadido es que la maquinaria burocrática que gestiona estos programas para los recién llegados lleve a la desaparición de otras políticas que tienen una visión más global del proceso de integración.

NOTAS:

[1] Rajoy quiere obligar a los inmigrantes a firmar “un contrato de integración”.

[2] Un resumen del informe WRR está disponible en ingles: WRR, Immigrant Policy. Summary of the 36th Report to the Government, La Haya, 1990, http://www.wrr.nl/english/content.jsp?objectid=3091.

[3] El artículo, titulado “The Multicultural Tragedy’ fue publicado en el diario de difusión nacional NRC Handelsblad el 29/I/2000 (véase http://www.nrc.nl/W2/Lab/Multicultureel/scheffer.html).

[4] Véase Dirk Jacobs y Andrea Rea, The End of National Models? Integration Courses and Citizenship Trajectories in Europe, estudio presentadoen la conferencia EUSA en Montreal, 17-19/V/2007; y María Bruquetas-Callejo, Blanca Garcés-Mascareñas, Rinus Penninx y Peter Scholten, “Policymaking Related to Immigration and Integration. The Dutch Case”, documento de trabajo nº 15, imisocoe WP Country report.

[5] Alto Consejo para la Integración, L’intégration à la française, Paris, 10/18, 1993 (edición de bolsillo).

[6]El discurso se encuentra en la página web de la Agencia de Fronteras e Inmigración del Ministerio de Interior.

[7] Serge Carrera, A Typology of Different Integration Programmes in the EU, informe IP/C/LIBE/FWC/2005-22 presentado el 13/I/2006, Inmigración e Integración, Dirección General de Políticas Internas de la Unión, Dirección C – Derechos de los Ciudadanos y Asuntos Constitucionales.

[8] Discurso del 20/II/2008, http://www.number-10.gov.uk/output/Page14624.asp

[9] Bruno Maresca e Isabelle Van de Walle, Les caractéristiques socio-économiques des naturalisés : étude de 3 000 dossiers d’acquérants de la nationalité française des années 1992,1994 et 1995, CREDOC, Paris, 1998

Anexo: vínculos a informes y páginas web oficiales

Análisis comparativos

Serge Carrera, A Typology of Different Integration Programmes in the EU, informe IP/C/LIBE/FWC/2005-22 presentado el 13/I/2006, Inmigración e Integración, Dirección General de Políticas Internas de la Unión, Dirección C – Derechos de los Ciudadanos y Asuntos Constitucionales, http://www.libertysecurity.org/article1192.html

Dirk Jacobs y Andrea Rea, The End of National Models? Integration Courses and Citizenship Trajectories in Europe, informe presentado en la conferencia EUSA en Montreal, 17-19/V/2007,
http://www.unc.edu/euce/eusa2007/papers/jacobs-d-11i.pdf

ECRE y Caritas Europa, informe de una red de ONG sobre programas de integración e idioma financiados por el programa INTI de la Comisión Europea, enviado en 2006,

http://www.ecre.org/files/Booklet_Introduction%20programmes%20&%20language%20courses.pdf

Páginas web oficiales de la EU y de países determinados

Vínculo a la página web de la Comisión Europea sobre la integración:

http://ec.europa.eu/justice_home/fsj/immigration/integration/fsj_immigration_integration_en.htm; y a los

Principios Comunes Básicos del Consejo en materia de integración:

http://ue.eu.int/ueDocs/cms_Data/docs/pressData/en/jha/82745.pdf

Vínculo a la agencia francesa encargada de gestionar el CAI (Contrato de integración y acogida): http://www.anaem.fr/article.php3?id_article=458; y a un ejemplar del contrato:

http://www.anaem.fr/IMG/pdf/cai_publication/CONTRAT%202007%20recto%20verso.pdf

Vínculo al informe “Path to Citizenship: The Next Step in Reforming the Immigration System” de febrero de 2008 del Ministerio de Interior británico:

http://www.bia.homeoffice.gov.uk/sitecontent/documents/aboutus/consultations/pathtocitizenship/pathtocitizenship?view=Binary

miércoles, junio 04, 2008

El futuro pasa por la integración de los inmigrantes

Por Rafael Blasco Castany, consejero de Inmigración y Ciudadanía de la Generalitat Valenciana (EL MUNDO, 03/06/08):

España es el segundo país del mundo, tras EEUU, en flujo migratorio y, si nos atenemos a los informes de Naciones Unidas de 2007, el décimo en número de residentes extranjeros con casi 4.500.000 -de ellos, el 33% no tiene permiso de residencia-. Según los últimos datos del Ministerio de Trabajo e Inmigración, 2.073.658 estaban dados de alta en la Seguridad Social en marzo de este año.

Durante el periodo 2000-2006, más del 38% del crecimiento medio del PIB anual de España se puede asignar a la inmigración. Por comunidades, el efecto mayor se encuentra en Baleares (82,08%), La Rioja (69,61%), Comunidad Valenciana (60,41%), Canarias (55,21%), Murcia (54,18%), Cataluña (45,24%) y Madrid (44,80%). Estamos, por tanto, ante un fenómeno que no tiene vuelta atrás. Sus beneficios sociales, económicos, culturales y humanitarios están fuera de toda duda. Pero no es menos cierto que, por su novedad, es un fenómeno que requiere iniciativas novedosas.

La inmigración es intensamente beneficiosa para los países receptores. Pero su aporte a las regiones de acogida tiene su contrapunto en la descapitalización humana de los países de origen. Y más aún. Como ocurre en todo fenómeno social, una mala gestión puede trastocar todos los beneficios. El ejemplo más claro es la pésima gestión del fenómeno de la inmigración en los últimos años por parte del Gobierno socialista. Se ha pasado de la política de aventuras de la pasada legislatura al discurso de contención actual. Un cambio radical de posición mientras el número de personas en situación irregular continúa creciendo.

La inmigración es un fenómeno positivo. La suma de sus ventajas es muy superior a los peligros que acechan su mala gestión. Hay enriquecimiento cultural mutuo. La tolerancia se pone a prueba y se afianza. Las condiciones de vida de muchos de ellos se ven mejoradas. Las sociedades suman proyectos y propuestas, y establecen nuevos vínculos tanto desde el punto de vista humano como de las relaciones políticas. Y eso por no hablar de las ventajas económicas.

Los nuevos españoles han aportado más de un tercio del crecimiento económico de este país. Han generado superávit para los presupuestos públicos y han dinamizado la demanda de diversos sectores económicos. Han impulsado la demanda de bienes y servicios, especialmente en los capítulos de vivienda, alimentación y transporte. Y, además, las remesas enviadas a sus familias han ascendido a 8.300 millones de euros. Una cifra muy superior a la que España destina a cooperación exterior.

Sin embargo, el debate sobre las migraciones es complejo. Sus aristas afectan al lado humanitario de las sociedades. También al económico, al social y al cultural; pero especialmente al humano. En una sociedad moderna, los derechos van más allá de la Declaración de Derechos Humanos. No hay que blindar las sociedades ricas, pero hay que establecer los cauces legales para que toda persona que emigre a otro país pueda hacerlo con garantías jurídicas, laborales y sociales.

Sin entrar en el asunto de las competencias estatales o autonómicas, y dejando de lado los asuntos referentes a vigilancia de límites y fronteras, regulaciones o extradiciones, lo evidente es que las personas extranjeras que viven en España lo hacen en el seno de una sociedad democrática. Y ésta tiene sus normas, su historia y una capacidad propia de regenerarse, compartida por la mayoría y abierta al intercambio. A nadie se le debe obligar a formar parte de ella. Pero nadie tampoco debe atacarla. Hay que enriquecerla. Y eso es la integración: un compromiso voluntario del ciudadano con la sociedad de acogida. Ni un paso más. Pero tampoco ni un paso menos.

Este es el eje sobre el que gira la propuesta de inmigración de Mariano Rajoy para toda España, y que, en el ámbito competencial autonómico, la Comunidad Valenciana pone en marcha desde el respeto constitucional a las competencias, tanto estatales como autonómicas.

De lo que se trata es de que quien llegue pueda tener acceso al conocimiento de las nociones básicas para la convivencia en la sociedad española, y de que, a través de ese conocimiento, ellas mismas sean las que decidan el grado o la intensidad con la que quieran llevar su integración social, o de participar socialmente, sin necesidad alguna de renunciar a su cultura y a su modelo individual y social, siempre que no entre en colisión con la legalidad de la sociedad de acogida.

Los ciudadanos españoles tenemos una larga tradición de educación obligatoria. Desde la escuela se inculcan valores como el humanismo, la democracia, la participación o la solidaridad. Unos valores que, pese a su extensión por todo el mundo, no han cuajado de igual modo en todas las regiones del planeta. Y eso genera distorsiones internacionales. Pero en el actual fenómeno de la inmigración muchas de estas tensiones, aun cuando individuales, pueden irradiarse a sociedades aparentemente inmunes.

Muchos países europeos han dado ya esta paso. Sociedades avanzadas en países como Bélgica, el Reino Unido, Francia, Suecia o Dinamarca han hecho de la integración un compromiso entre la sociedad de acogida y el recién llegado.

Este es el caso del Gobierno de la Comunidad Valenciana, que, dentro del marco constitucional de sus competencias, mediante una iniciativa legislativa, quiere ofrecer a los ciudadanos extranjeros la posibilidad de comprometerse voluntariamente. Un compromiso que agilizará enormemente el proceso de información sobre la sociedad valenciana y española y hará que las personas extranjeras recién llegadas puedan resolver con mayor facilidad sus dudas y buscar soluciones a sus problemas a través de las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas que estarán a su disposición con ese fin.

Una actuación del Gobierno de la Generalitat por la que se compromete a poner a disposición de los recién llegados los instrumentos necesarios para favorecer su integración, como cursos de idiomas, formación, contextualización social, etcétera. Y asume el compromiso de respetar la cultura de estas personas siempre que sea acorde con nuestro marco democrático-constitucional.

Por otro lado, los extranjeros residentes en la Comunitat Valenciana se comprometen a conocer y respetar los valores, principios y costumbres españolas y valencianas, así como a utilizar los medios que pone a su disposición la Generalitat para facilitar su integración.

Es una medida útil, integradora y beneficiosa para el conjunto de la sociedad valenciana y que debería ser tomada como ejemplo dentro del ámbito del Estado español, estableciendo unas pautas básicas de compromiso para todos los extranjeros no comunitarios que lleguen a España, independientemente de la comunidad autónoma en la que residan, que podría ampliarse con las peculiaridades de cada una de ellas.

Un instrumento que, como su propio nombre indica, pretende impulsar la integración social de las personas inmigrantes que aquí residen, porque nuestra sociedad requiere de esa integración social para conformar un futuro sin tensiones sociales, ni discriminaciones por cuestión de raza, sexo o confesión, tal y como proclama nuestra Constitución.

martes, febrero 26, 2008

El contrato de integración

Por Miguel Pajares, miembro del GRECS (UB) y presidente de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat (EL PERIÓDICO, 09/02/08):

La inmigración vuelve a ser tema de campaña electoral. Y no es que no deba ser así, ya que las fuerzas políticas han de presentar sus propuestas para la gestión de la misma, o para resolver los déficits que genera el incremento de población; el problema es cuando se cede a la tentación de la consigna fácil, ligada a los prejuicios xenófobos, con la que solo se busca recoger el voto del miedo y del rechazo a los inmigrantes.

Este ha sido el caso de la consigna planteada por CiU: “La gente no se va de su país por ganas sino por hambre, pero en Catalunya no cabe todo el mundo”. Una consigna que falsea las causas del fenómeno migratorio, pues lo cierto es que la inmigración que hemos recibido, el momento y la cantidad en la que la hemos recibido, ha venido determinado por las necesidades de nuestro mercado laboral. Falsea también sus efectos, dando una imagen de saturación, cuando esta inmigración recibida ha sido la que ha posibilitado los altos índices de crecimiento económico que hemos tenido. Y, lo que es peor, nos presenta la inmigración como algo negativo, algo de lo que debemos prevenirnos, algo que para nuestra sociedad constituye una amenaza. Es aquí donde reside el carácter xenófobo de la consigna.

PERO LA propuesta de campaña que está mereciendo más debate es la planteada por el PP: el contrato de integración que deberán firmar los inmigrantes que vayan a residir en España por más de un año. No es una propuesta novedosa; sigue los pasos de otra parecida que hizo CiU dos años atrás, y coincide con medidas impuestas en otros países. El contrato de integración lo planteó Sarkozy en el 2004, pero antes ya se había introducido en la ley de extranjería austriaca del 2002, y con nombres similares lo tenemos en otros países, como Bélgica (cursos de integración obligatorios), Holanda (estatuto de integración y examen de integración), Dinamarca (examen de integración), Reino Unido (examen de ciudadanía, aunque solo para el acceso a la nacionalidad), etcétera.

El contrato de integración lleva al examen de integración, y en varios países está ya legislado cómo se realiza y lo que sucede cuando no se supera. En Austria, por ejemplo, si dos años después de adquirida la residencia el inmigrante no supera el examen de alemán y de historia austriaca, es multado, y si no lo supera cuatro años después, pierde la residencia.

En estos países, las medidas tipo contrato de integración o examen de integración han sido, en general, introducidas por gobiernos conservadores, y cuando mayor desarrollo han alcanzado ha sido cuando se hallaba la extrema derecha presente en el Gobierno. Así ha sido en Austria, Holanda y Dinamarca, que, por otra parte, han sido los pioneros en este tema. Se trata de medidas ampliamente criticadas desde las entidades de defensa de los derechos humanos y desde las organizaciones que trabajan directamente con la inmigración y la integración.

Las críticas se realizan tanto por el concepto de integración que subyace en esas medidas como por sus efectos sobre la propia integración. El concepto de integración que expresan tiene un fuerte sesgo culturalista y asimilacionista, ya que la reduce a una cuestión de aprendizaje del idioma, de la historia y la cultura del país receptor. El aprendizaje del idioma, o los idiomas, es sin duda muy importante, pero la integración es sobre todo una cuestión de equiparación en derechos, en acceso igualitario al trabajo y los servicios, en participación democrática, etcétera. Así se está poniendo de manifiesto, no solo por parte de las organizaciones sociales, sino también de la propia Comisión Europea, cuyos documentos sobre políticas de integración se centran en aspectos como el acceso al trabajo, a la educación, a la participación, etcétera.

Sobre todos estos aspectos no es el inmigrante el que ha de ser examinado, más bien lo ha de ser la sociedad receptora. Por ello también son criticados los contratos y exámenes de integración, porque culpabilizan al inmigrante de la no integración, hacen recaer sobre él todo el peso de los malos resultados que puedan producirse en este terreno y desvían nuestra atención de las políticas de integración que se hacen y de los recursos que a ellas se le dedican. El efecto final del contrato de integración puede ser que se escamotee con mayor facilidad la carencia de políticas y recursos para la integración.

La integración avanza cuando se combate la discriminación y cuando se dedican a los servicios públicos los recursos adecuados, acordes con el aumento de población que la inmigración supone, la integración avanza. El aprendizaje del idioma o idiomas de la sociedad receptora también es importante, pero más que un asunto de mayor o menor interés de los inmigrantes, es una cuestión de los recursos que se dedican.

SI QUIEREN hablar de integración en la campaña electoral, los partidos políticos han de explicar los avances que van a introducir en la lucha contra la discriminación, los recursos que van a dedicar a los barrios en los que más se han concentrado los inmigrantes, las políticas de promoción de la participación, las nuevas medidas que desarrollarán para corregir las desventajas de las que parten los inmigrantes (en conocimiento del idioma, del entorno social, de los recursos, etcétera). Se trata en definitiva de cambiar la pregunta de partida: más que preguntarnos si los inmigrantes se integran o no, hemos de preguntarnos si la nuestra es o no una sociedad suficientemente integradora.

domingo, febrero 17, 2008

Ciudadanos musulmanes

Por Gema Martín Muñoz, directora general de Casa Árabe (EL PAÍS, 28/12/07):

Auspiciada por los Ministerios de Interior, Justicia y Asuntos Sociales, Metroscopia acaba de hacer pública una encuesta sociológica (La comunidad musulmana de origen inmigrante en España) en la que, por segundo año consecutivo, se nos informa de que la inmensa mayoría de los ciudadanos musulmanes que viven en nuestro país valoran las libertades, el estado de derecho, están en contra de la violencia, y se identifican con la forma de vida española y el respeto a las diferentes religiones. Es decir son ciudadanos “normales”. El 5% que se identifica con el discurso y las actitudes de los grupos integristas (lo cual, aunque nada deseable, no significa que vayan a poner una bomba), es el porcentaje habitual de tendencias radicales que lamentablemente se da en todas las sociedades, tal y como señaló en la presentación de este estudio su director y reputado sociólogo Juan José Toharia.

La encuesta es, por tanto, tranquilizadora y pedagógica. Pero una cuestión que no puede pasar por alto es ¿por qué ha sido necesario realizar esta encuesta? El simple hecho de hacerla nos muestra el nivel de preocupación o estigmatización que recae sobre las personas con identidad musulmana, en tanto que en absoluto se ha planteado tal requisito con respecto a otros colectivos ciudadanos de otras religiones.

Tener que llevar a cabo una encuesta sociológica para demostrar que los musulmanes son en términos generales ciudadanos “normales”, debería hacernos reflexionar hasta qué punto inquietante hemos llegado en todo lo relativo al mundo del islam. Y hasta qué punto la gran mayoría de trabajadores musulmanes pacíficos están sometidos no sólo a las durezas propias de la inmigración, sino también a una lupa escrutadora que con demasiada frecuencia los señala con el dedo por lo que son, no por lo que hacen. Incluso cuando es positivo, como en este caso, no deja de ser otra manera de colocarles en la primera línea, porque si se ha encargado dicha encuesta es que era necesario comprobar que no son un atajo de incivilizados, fanáticos integristas y violentos. Si hay que demostrar que son “normales”, es porque podría caber la posibilidad de que no lo fueran.

Podría incluso considerarse discriminatorio, pero dada la situación, la interpretación que debe prevalecer es que se trata de una muy necesaria reacción frente a esa sensibilidad social que evoluciona hacia la islamofobia. Y ante esto se imponía ofrecer un estudio científico y objetivo que contribuya a cambiar percepciones sociales nocivas y totalizadoras que ven a todo ese colectivo como amenazante, inasimilable y sospechoso. Por ello, la encuesta tiene un doble valor. Uno evidente, la demostración empírica de “su normalidad” en una búsqueda positiva por contener la intolerancia y discriminación contra los musulmanes; y otro subliminal y doloroso, que no debe escapársenos, como es conmover las conciencias sobre si es justo lo que estamos haciendo con la mayoría musulmana que vive en nuestras sociedades, al someterla a ese humillante escrutinio para convencer a nuestra sociedad sobre su “normalidad”.

Toharia también señaló el “desencuentro entre lo que ellos piensan de nosotros y nosotros de ellos”. Era una referencia a las encuestas sociológicas en las que los españoles, como el resto de los europeos, van recrudeciendo su rechazo contra los musulmanes. De hecho, desde el 2002, y de manera creciente, todas las mediciones sociológicas, nacionales e internacionales, muestran una actitud negativa hacia los musulmanes y una estrecha vinculación entre terrorismo e inmigración musulmana. Dado que esos sentimientos se presentan en función del patriotismo y la autodefensa (”defenderse del terrorismo”; como si la mayoría de los musulmanes no tuvieran que hacer lo mismo, cuando son ellos sus víctimas más numerosas) la islamofobia que engendran encuentra legitimación y desculpabilización social. De ahí que podamos hablar de una islamofobia inconsciente que no se entiende como discriminación sino como protección y autodefensa. Ese es el principal problema, que no se admite que exista, para afrontar esta nueva lacra que, según los informes de la UE, se refleja en creciente discriminación dentro de ámbitos tan sustanciales como el trabajo, la vivienda y la educación.

La normalización ciudadana de una serie importante de personas que son musulmanas, y que no desean dejar de serlo, entraña asumir un componente humano y una identidad que hoy día ya forma parte de la personalidad europea. Lo que no significa que desde esa identidad se dejen de aplicar los principios que el Estado de derecho impone. La primera premisa nunca debe excluir a la segunda. Y como la encuesta que aquí comentamos muestra, no se piensa que así deba ser. Por el contrario, emigran porque también desean vivir mejor en sociedades democráticas.

El respeto y la igualdad ante la ley son el mejor modelo de integración. Por ello, no perdamos la perspectiva de que, por el contrario, el caldo de cultivo para el odio y la radicalización son la discriminación, el rechazo y el desprecio hacia la cultura e identidad de un pueblo.