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domingo, septiembre 09, 2012

Demócratas al ataque

Por Jorge Dezcallar es embajador de España. Su último destino ha sido Washington (El País, 05/09/2012).
Apenas una semana después de la convención republicana en Tampa, Florida, el partido Demócrata abre la suya en Charlotte, Carolina del Norte. Los dos partidos han elegido Estados oscilantes para tratar de inclinarles en su favor. Tanto Florida como Carolina del Norte votaron demócrata con el vendaval Obama de 2008 pero ambos habían votado en 2004 al candidato republicano.
En Tampa los republicanos, empujados por el radicalismo del Tea Party y disparando con pólvora del rey, han hecho gala de acendrado conservadurismo y no han ahorrado críticas a sus rivales que se enfrentan ahora a la tarea de defender la gestión de los cuatro últimos años en medio de una difícil situación económica y sin contar con el entusiasmo que originó en 2008 la aparición del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos. Nunca olvidaré el espectáculo que ofrecía el Mall de Washington el gélido día de su investidura. Durante este tiempo Obama se ha enfrentado a la mala herencia recibida de Bush con dos guerras abiertas y una crisis económica brutal, la peor desde 1929, que ha hecho quebrar bancos, ha estallado la burbuja inmobiliaria, ha dejado sin trabajo a tres millones de norteamericanos y ha forzado a masivas intervenciones de la Reserva Federal con el resultado del aumento del déficit hasta límites intolerables. Pero como dijo Jeb Bush en Tampa, Obama no puede culpar eternamente a su predecesor por lo mal que van las cosas cuatro años más tarde.
Todo ello en medio de una polarización política cada vez más acusada que ha bloqueado el Congreso impidiendo acuerdos sobre la emigración, para aumentar el techo de gasto, o para cerrar la prisión de Guantánamo como Obama había prometido con la lógica decepción de muchos jóvenes, independientes e hispanos que le dieron su apoyo en 2008. Estos últimos —que ya son el 16,5% de la población— votarán demócrata en una proporción de 2 a 1 aunque todavía no se han dado cuenta de la enorme influencia política que les pueden dar las urnas. Ayer un senador amigo me decía desde Tampa que los republicanos daban por perdido el voto hispano porque “Romney no lo había trabajado bastante”. Por su parte, el 94% de los afroamericanos (13,5% de la población) declaran que votarán monolíticamente a Obama. Nunca ha sucedido algo parecido. Los judíos, no numerosos pero influyentes, también votarán demócrata en un 70% a pesar de los rifirrafes de estos años entre Obama y Netanyahu, que no oculta sus simpatías por Romney. Finalmente, las mujeres, que son el 50% de la población muestran crecientes signos de irritación con algunas posiciones republicanas sobre temas como el aborto y la libertad de decidir, mientras que el voto gay es tradicionalmente demócrata.
Está por ver cómo influirá en esta elección el novedoso fenómeno de las llamadas Superpacs (Political Action Committees) que entran en juego por vez primera gracias a una decisión del Tribunal Supremo que, al amparo de la Primera Enmienda, permite a las grandes corporaciones dar dinero sin límites a la campaña de los candidatos así como hacer “gastos independientes”, es decir, no coordinados con ellos, No sería de extrañar que los grandes intereses de Wall Street, el mundo del petróleo, la industria farmacéutica, el sector del carbón o el de los seguros médicos decidieran entrar en la carrera presidencial con medios económicos ilimitados y cabe aventurar a quién apoyarán. Algunos Estados como Montana ya se han quejado de la intromisión de ingentes sumas de dinero durante las primarias que alteraban el juego político local.
Hasta ahora, los demócratas han conseguido centrar el debate en el terreno que les interesa, sobre cuestiones morales como el aborto o sociales como el hecho de que los ricos paguen muy pocos impuestos. El propio Romney, que ingresó 20 millones de dólares al año de rentas en 2011 confiesa haber pagado solo un 13% de impuestos y si las propuestas que ha hecho Paul Ryan en Tampa salen adelante podría acabar pagando menos del 1%. Es claro que ese es el debate que quiere Obama en lugar de debatir la situación económica donde puede mostrar menos éxitos y que es precisamente donde insistirá Romney a partir de ahora. De hecho, ningún presidente de EE UU ha sido elegido con más de un 7% de desempleo y ahora está en un 8,3%.
El gran problema de Obama es que la victoria no se la dará ni la política exterior ni la de seguridad, donde puede exhibir éxitos como la muerte de Bin Laden, sino que se decidirá por la economía y eso explica su creciente nerviosismo con la tardanza de los europeos en resolver sus problemas. Obama no lo tiene fácil pues más del 60% de los americanos piensan que el país va en dirección equivocada, pero si Europa empeora lo tendrá imposible y él necesita ganar para consolidar la reforma sanitaria(Affordable Care Act) que es su gran obra, porque si no gana en noviembre los republicanos la desmantelarán —como acaba de prometer Romney en Tampa— y desaparecerá el gran legado de su presidencia. Solo por eso no se puede arriesgar a ser un presidente de un solo mandato. Y es que la América profunda es muy profunda y por eso tanto Obama como Woody Allen son más populares a este lado del Atlántico.
Sea como fuere, los americanos se enfrentan a una elección fascinante con dos filosofías radicalmente diferentes en relación al papel del gobierno y a cómo arreglar la economía.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, septiembre 01, 2012

La apuesta por la lucha ideológica

Por Josep Ramoneda (El País, 27/08/2012).
Mitt Romney ha entendido que las elecciones se ganan en el terreno ideológico. Y que la cultura digital empuja en esta dirección.
Con la elección de Paul Ryan como compañero de candidatura, el candidato republicano Mitt Romney ha optado por la lucha ideológica. De este modo, se suma a los que piensan que movilizar a los electores en torno a unas ideas, aunque sean simples y toscas, es una baza decisiva para la batalla electoral. Y se distancia del mito de que las elecciones se ganan con la moderación y con el desplazamiento hacia este vaporoso espacio llamado centro.
El Tea Party, ante el conformismo del poder establecido republicano, se ha convertido en la bandera de referencia del partido, la única capaz de generar consignas, contagio y entusiasmo, y Mitt Romney ha decidido acercarse a este grupo en busca de una campaña desacomplejada, montada sobre la forma clásica de la lucha entre el amigo y el enemigo, nosotros (salvadores de Estados Unidos y de sus valores individualistas) contra los otros (traidores que entregan el país al colectivismo). Paul Ryan representa más que nadie este espíritu de batalla. Y de él se espera que movilice a las bases a un combate sin tregua por todo el país.
Algunos sectores del propio partido republicano han expresado su inquietud por una decisión que radicaliza la figura de Mitt Romney y la aleja del electorado moderado. Ante el protagonismo de la derecha radical, electores defraudados por Obama, podrían resistirse a cruzar la frontera electoral. Algunos comentaristas han llegado incluso a decir que, con la apuesta por Ryan, los republicanos habían perdido ya las elecciones. Sin embargo, un ideólogo como William Kristol, referente del llamado neoconservadurismo, ha ridiculizado los miedos del aparato republicano. Su argumento es que cada vez que los dirigentes del partido han caído en el pánico o en la aprehensión por la osadía de los proyectos de sus líderes —como con Reagan en los 80, con Gingrich en 1994, o con el Tea Party en 2010— a la derecha le ha ido de maravilla. Y cuando los hombres fuertes del partido se han sentido confiados y complacidos con las estrategias en curso —como con Bush padre a finales de 1991 y con Bush hijo a principios de 2005— los republicanos han ido al desastre.
En realidad, lo que está diciendo Kristol —y Mitt Romney ha hecho efectivo— es que la lucha ideológica es fundamental para ganar batallas políticas. Que el fin de las ideologías es un camelo. Que la posición ideológica sigue siendo el primer criterio de voto de los ciudadanos. Y que para ganar las elecciones lo primero que hay que conseguir es el pleno de los electores propios, y eso solo es posible cohesionándolos en torno a unas ideas y contra un adversario identificado como enemigo. Si consigues agrupar al electorado tradicional puede que el centro te caiga por añadidura, sin asegurar la plena movilización de los tuyos no hay centro que valga, por muy moderado que sea el discurso.
Efectivamente, creo que Romney y Kristol tienen razón. El candidato ha hecho la única opción que le puede dar la victoria: la confrontación frontal entre dos ideas de Estados Unidos. Es probable que pierda, pero esta es la única vía que le puede dar alguna opción para ganar. Sobre todo teniendo en cuenta que la situación de Estados Unidos no es la misma que la de Europa, porque la dimensión de la crisis es distinta. En Europa, la gestión de la austeridad carboniza al que gobierna, sin distinción de siglas. Obama está desgastado pero no quemado, ha perdido carisma porque el cambio que propuso ha quedado en casi nada, pero todavía tiene margen político.
En las democracias avanzadas se ha instalado el tópico de que las diferencias ideológicas son menores, que las elecciones se ganan por desgaste, que los proyectos políticos poco importan y que finalmente lo que pesa es la gestión. Es un discurso con trampa, que ha sido extremadamente útil para la consolidación de la hegemonía conservadora. La derecha desacredita lo público, proclama la inviabilidad del Estado del bienestar, promueve la desregulación masiva y recupera los viejos acentos morales de raíz religioso; al mismo tiempo, dice que las ideologías han muerto, es decir, que no hay alternativa, como modo desahuciar a una izquierda sin proyecto ni palabra. La derecha sabe que es la ideología la que gana las elecciones.
Solo algunos ejemplos. La derecha volvió al poder en España cuando Aznar comprendió que solo gobernaría si ganaba la batalla ideológica. Y de hecho pese al tremendo desgaste del PSOE, no ganó en 1993 y ganó por los pelos 1996. Solo en 2000 hizo el salto a la mayoría absoluta, porque fue en su primera legislatura cuando dio definitivamente el vuelco y la derecha se hizo ideológicamente mayoritaria en España.
Nicolas Sarkozy llegó a la presidencia francesa gracias una campaña que él mismo ha explicado como de confrontación ideológica en que trató de dinamitar las bases del pensamiento de la izquierda e incluso de la cultura republicana y construir una nueva Francia aunque, una vez en el poder, pronto quedó prisionero de la Francia eterna, a la que él mismo había servido sin rechistar durante muchos años.
Obama entendió el problema. Y su victoria se fundó en una ofensiva ideológica sin precedentes, en forma de reconciliación de la nación americana frente a la fractura propiciada por el complejo militar, financiero y religioso pentecostalista que dio soporte a Bush hijo. Después, quedó también atrapado en las redes del poder, pero la ideología le dio la victoria y ahora le lastra con la carga de la frustración.
Este reconocimiento de la importancia de la ideología, sintoniza con la cultura digital. En el universo digital la base del éxito está en las llamadas comunidades, en conseguir atraer en torno a cualquier proyecto (cultural, político, social) a un número muy importante de personas, capaz de hacer masa crítica y expandirse, que se sientan plenamente implicados. Todo en Internet tiene tendencia a lo efímero, las comunidades también. Por eso consolidar una comunidad requiere elementos identitarios que la diferencien y que al mismo tiempo den conciencia de pertenencia a sus miembros. Esta necesidad de crear identidad para agrupar y activar a muchísimas personas tiene indudablemente un efecto de afirmación y radicalización de las ideas. Y más en un contexto en el que abunda el mensaje breve, simple y escasamente matizado. Lo vemos en la prensa que cada vez se está inclinando más hacia el modelo amigo-enemigo.
Hay condiciones para un retorno a la confrontación ideológica. La derecha lo ha tenido claro siempre. La última batalla ideológica de la izquierda europea fue la famosa tercera vía de Tony Blair pero resultó que no conducía al futuro sino a la derecha. Quien tiene la hegemonía ideológica tiene garantizada la hegemonía política.
Curiosa paradoja de la red universal: salta fronteras, da nuevos poderes a la autonomía del individuo, favorece la dispersión y la provisionalidad, pero, a la vez, nos abruma con la hipermemoria y la recuperación (a través de la gran nube o biblioteca infinita) y reconstruye los espacios comunitarios dotados de fuertes referentes simbólicos. La red favorece la confrontación ideológica. Pero para que el debate sea verdaderamente democrático, un ejercicio de transparencia, persuasión y respeto, se requieren ideas y proyectos, no solo garrotazos populistas. De momento, el protagonismo lo tiene la ruidosa restauración conservadora —de la que el Tea Party es emblema, pero que en España el PP ha hecho suya sin complejos, con Gallardón y Wert como autores intelectuales—, con su alianza con lo religioso y con el valor siempre seguro del nacionalismo. A la izquierda toca desperezarse, perder complejos y entrar en una batalla política que, como Romney ha entendido, cada vez requiere más armamento ideológico.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, agosto 23, 2012

México: no hay retorno

Por Federico Reyes Heroles, escritor y comentarista político (El País, 14/08/2012).
Por fin, ¿en qué quedamos? México, ¿evoluciona o involuciona? Hace 12 años el mundo festejaba la salida de la Presidencia del partido que había gobernado más de medio siglo. El PRI fue convertido en referente de corrupción y autoritarismo. Su derrota se montaba en la “nueva ola” de democratización del mundo. Durante la campaña de 2000 el atractivo candidato de la derecha, Vicente Fox, explotó a fondo ese pasado priísta, en parte realidad y en parte mito. Hizo sentir a los mexicanos que tenían que derrumbar su propio muro, sacar al PRI de la casa presidencial, caminar al ritmo del mundo. Sin embargo, en 2012 el PRI regresa. ¿Cómo explicarlo?
La evolución política de México no ha sido espectacular, no ha tenido un evento fundacional, un Pacto de la Moncloa, pero ha sido consistente. Comenzó desde principios de los años sesenta con una fórmula —los diputados del partido— como escalón previo a la representación proporcional. Desde finales de los setenta hasta 2012 ha habido ocho reformas políticas y han existido 26 partidos. Hoy, solo siete sobreviven. Todos los cambios normativos han tenido avances que conducen a nuevos problemas. Al principio el reto principal fue incorporar a la vida legal a los polos: el Partido Comunista y el Sinarquismo. Una parte de la izquierda había optado por la vía violenta. Abrir cauces legales era prioritario. Después se buscó garantizar que los instrumentos de la elección —el padrón electoral, la credencial y los ciudadanos encargados del sitio de votación— dieran garantías plenas de vigilancia y transparencia. Posteriormente se discutió cómo lograr un financiamiento a los partidos equitativo y vigilado. Es estatal para estar ciertos del origen de los recursos.
La elección en México está cimentada en varios pilares. La organizan los ciudadanos, el central. Son ellos los que reciben cursos de capacitación y se levantan temprano el primer domingo de julio, instalan las casillas y administran la jornada electoral. No se les paga un centavo. La instalación de más de 143.000 sitios de votación —en un territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados— es un reto en sí mismo. La orografía no se deja conquistar fácilmente. Otro pilar es la vigilancia cruzada entre los representantes de partidos. Sentados alrededor de una misma mesa, son ellos los que observan todos y cada uno de los pasos de la jornada. De haber irregularidades se delatan mutuamente. Esto con independencia de observadores y medios.
Cada ciudadano posee una credencial de elector con varios candados de seguridad, incluida una fotografía que debe coincidir con la que está frente a los funcionarios de casilla. Los dedos de los electores son marcados con tinta indeleble. La complejidad del proceso es el resultado de la desconfianza. Es muy caro, pero está blindado contra los mayores calibres corruptores. Cada tres años tenemos nuevas normas con más controles. Los temas se suceden, pero no se repiten. En 1994, Ernesto Zedillo, del PRI, ganó la Presidencia con más del 50% de la votación. Pero él mismo declaró que no había imperado la equidad. Se impulsó entonces la autonomía plena del Instituto Federal Electoral y se establecieron mecanismos que dan garantía de equidad en el acceso de los partidos a los medios. Por esa evolución el proceso de 2012 ha sido el mejor de nuestra historia. No es que de pronto hayamos brincado a la democracia, es que llevamos décadas construyéndola. Seguramente la de 2018 será mejor.
Nunca antes habían participado tantos votantes, 50 millones, el 63% del padrón. De 143.000 casillas solo dejaron de instalarse un puñado por problemas de inundaciones. Nunca antes habían participado tantas mujeres como candidatas. Nunca antes habíamos tenido tanta vigilancia entre partidos, más del 99,9%, con tres o más partidos representados. Nunca antes se había monitoreado —tan severamente y de manera independiente— el tratamiento noticioso de los medios a los candidatos durante las campañas. Cientos de observadores internacionales estuvieron presentes, pero ahora la gran mayoría vino a aprender. Alrededor de un millón de ciudadanos estuvieron a cargo de la elección, del conteo y del recuento de más del 50% de los votos solicitado por la izquierda. El resultado no varió un ápice. Y, sin embargo, es la propia izquierda la que lanza la consigna del gran fraude. El errático presidente del PAN se suma al coro. El presidente Calderón recibe al candidato vencedor. La prensa internacional habla del retorno de los dinosaurios. Mientras tanto, en silencio, el Tribunal Electoral examina las impugnaciones que ya se desmoronan ante la opinión pública: tres votos más aquí para zutano, dos para mengano. No hay lógica. Las causales de anulación son muy claras, ninguna procede.
El retorno del autoritarismo es imposible. De las 32 entidades federales solo nueve no han tenido alternancia: gobernaba y gobierna el PRI. En el orden municipal la alternancia se eleva a alrededor del 80%. Llegó para quedarse. Hay alternancia de primera, segunda, tercera y cuarta generación en todos sentidos. La Presidencia estuvo en manos de la derecha (PAN) 12 años. Pero López Obrador no ha logrado conquistarla. Hace seis años perdió por el 0,56% y ahora por el 6,6%. AMLO perdió en 24 entidades, con el 70% de votos por otras opciones. ¿Por qué? Quizá no ha sabido leer al nuevo México de jóvenes pos-TLC que, en su mayoría, se definen como de centro derecha. Tampoco a los padres de familia de los 650.000 nuevos hogares que se establecen cada año, muchos con hipotecas de su primera vivienda que no quieren un cambio radical. Los mexicanos no somos tan revolucionarios como decimos ser.
Perdió AMLO, no la izquierda. Esa fuerza habrá gobernado la capital por más de 20 años. Gobernará dos nuevas entidades, Tabasco y Morelos. Será la segunda fuerza en la Cámara Baja. AMLO obtuvo 15 millones de votos. Pero no ganó. La mayor contradicción es impugnar la elección presidencial y no el resto, diputados y senadores. ¿Solo se le sobornó para una pista? La compra de cinco millones de votos, en sus cifras, supondría un gasto aproximado de 670 millones de dólares. Clinton gastó en su primera campaña 60. ¿Cómo conseguirlos y gastarlos sin dejar huella? Puede haber habido irregularidades, por supuesto, en un universo de 80 millones de potenciales votantes y con zonas en terrible aislamiento, es imposible garantizar una elección sin mácula. ¿Fraude? Imposible.
Lo grave del caso es que la izquierda dividida se ha apoyado en la ralea de la vida política. El sindicato de la extinta compañía de luz, monumento a la corrupción, los macheteros de Atenco, emblema de la violencia, y un pequeño grupo de campesinos, extorsionadores profesionales, son sus aliados en la causa. Son ellos los que se han apoderado de un movimiento estudiantil de origen espontáneo y fresco —#YOSOY132— que hoy es dirigido hacia la confrontación y la ilegalidad: impedir la instalación del Congreso y la toma de posesión del futuro presidente. Más grave aún es que la nueva izquierda democrática, encabezada por Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera —nuevo jefe de Gobierno—, y gobernadores como Graco Ramírez, militante de viejo de la izquierda, y Arturo Núñez, podrían ser enterrados por el caudillismo de López Obrador.
Incapaz de reconocer su derrota —pero, peor, tampoco sus victorias— AMLO puede herir a la nueva izquierda, que tanta falta le hace a México, con el único afán de seguir en los reflectores. Esa es la tragedia. Peña Nieto será el próximo presidente. La evolución política del país continuará. Ya se habla de otra reforma. No habrá una fecha definitiva, un antes y un después, un muro derribado. En esa evolución el PRI ocupa un espacio importante. Quizá sus gobiernos no eran tan malos como dice la mitología. Pero no hay retorno al autoritarismo. En 2012 no vivimos un problema de las instituciones democráticas, sino de madurez de los actores políticos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, agosto 18, 2012

Vicepresidente con madera de presidente

Por Rafael Navarro-Valls, catedrático, académico y autor de Entre la Casa Blanca y el Vaticano (El Mundo 12/08/2012)
Ni Condolleezza Rice (secretaria de Estado con Bush), ni Rob Portman (senador por Ohio), ni Susana Martínez (gobernadora de Nuevo México) ni siquiera Marco Rubio (senador por Florida). El elegido ha sido Paul Ryan, primer congresista nominado como vicepresidente desde Geraldine Ferraro en 1984. Unhalcón fiscal que no pierde la sonrisa cuando ataca duramente a Obama y le impone un presupuesto en la Cámara de Representantes que el afroamericano tiene que derribar en el Senado. Un implacable defensor de las reducciones masivas de impuestos y de cortes draconianos en los gastos públicos. Pero alguien también con una alternativa radical y razonada a la política económica de Obama en estos cuatro años. Incluso el Washington Post lo ha calificado de «político serio y probado», que combina el rigor con esa emotividad que solo una estrella puede despertar.
Se entiende la inquietud en las filas del presidente afroamericano. Solo una hora después del anuncio oficial del nombramiento, Jim Messina, director de la campaña de Obama, lanzó al ciberespacio un mensaje con un duro ataque al presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes, es decir, a Paul Ryan, calificándolo de máximo exponente del «darwinismo social». Para entender el alboroto de los medios -incluso con los Juegos Olímpicos en marcha- tal vez convenga hacer algunas observaciones sobre lo que debe, o no, ser el número dos en un ticket electoral.
Muy poco después de ser nombrado candidato a la Presidencia, decía John Kennedy: «Tengo 43 años. No moriré estando en funciones, así que la vicepresidencia significa muy poco». Es lo que le espetó a uno de sus colaboradores, enemigo acérrimo de Lyndon Johnson, al que el joven presidente acababa de nominar para la vicepresidencia. Kennedy se equivocaba, si se tienen en cuenta los balazos que tres años más tarde (1963) acabaron con su vida en Dallas.
El que en este caso hubiera acertado sería John Adams, el primer vicepresidente de la historia de Estados Unidos. Solía decir: «Soy vicepresidente, y en tanto que tal no soy nada, pero puedo llegar a serlo todo». Tenía razón, si se repara en que el apartado 1 del artículo II de la Constitución dice: «En caso de cese del cargo de presidente o de su muerte, renuncia o incapacidad para cumplir con las atribuciones y obligaciones de su cargo, éste debe recaer en el vicepresidente». Probablemente la razón por la que un presidente, instintivamente, tienda a tener lejos de sí al vicepresidente es la inquietud que produce tener cerca a una persona (hombre o mujer) cuya máxima aspiración en la vida sólo es posible si el otro muere.
La cualificación del vicepresidente para ocupar eventualmente la Presidencia era algo muy presente entre los Padres Fundadores. De acuerdo con la Carta Magna, cada uno de los miembros del Colegio Electoral tenía derecho a dos papeletas. La persona que obtuviese el número mayor de votos sería el presidente. Quien recibiese el número de votos inmediatamente inferior ocuparía el cargo de vicepresidente. Posteriormente, cambió el sistema. Pero siempre ha quedado en el trasfondo de la contienda electoral la idea de que el vicepresidente, antes que nada, ha de ser alguien competente para ocupar potencialmente la Presidencia.
Sin embargo, sus funciones constitucionales eran (y siguen siendo) tan reducidas que la figura del número dos ha sido siempre objeto de comentarios sarcásticos, incluidos los de los propios vicepresidentes. Por ejemplo, el vicepresidente Coolidge sostenía que tenía solamente dos cosas que hacer: escuchar a los senadores como presidente nato del Senado y estar atento a las alternativas de la salud del presidente. Nelson Rockefeller -vicepresidente con Gerald Ford- observó con sarcasmo que sus atribuciones se reducían a representar a Estados Unidos en los terremotos y los funerales. Thomas Marshall, vicepresidente de Wilson, solía contar esta historia: «Había una vez dos hermanos. Uno de ellos partió por mar en un largo viaje. El otro fue elegido vicepresidente. Jamás se volvió a hablar ni del uno ni del otro».
Cuando Romney se decidió por Ryan para incluirlo en su ticket electoral, una de las principales razones para hacerlo ha debido de ser su potencial competencia para el cargo de presidente. Salvo que hayan jugado en sus cálculos exclusivamente otros factores, en cuyo caso Romney sería mal presidente de Estados Unidos. John McCain buscó en Sarah Palin primordialmente el efecto mediático, prescindiendo de su cualificación como potencial presidenta. Todavía lamenta su error. No parece que sea este el caso del congresista Ryan.
No quiero decir que la elección del vicepresidente no busque en el elegido algunas cualidades, digamos de corto recorrido. Entre ellas: 1. Que no eclipse la figura del presidente; 2. Que aporte, si es posible, votos al ticket electoral, sufragios que de otro modo no lograría el candidato presidencial; 3. Que esté dispuesto a hacer el trabajo sucio, siendo el attack dog (el perro de ataque), el mordaz crítico del candidato adversario. Pero si se olvida la capacidad para ser un potencial presidente, la elección está mal hecha.
En realidad, centrándonos en los últimos vicepresidentes del siglo XX y primeros años del XXI, la vieja aspiración de que elnúmero dos ha de aportar abundantes votos a la Presidencia solamente ha funcionado en el caso de Lyndon Johnson. Desde luego -como se demostró en cuanto ocupó la Casa Blanca tras la muerte de Kennedy- tenía madera de presidente, pero, además, Kennedy buscaba en él su capacidad para aportar al bando demócrata los votos de los delegados de Texas. Lo logró.
SIN EMBARGO, ni Bush padre (vicepresidente con Reagan), Dan Quayle (vicepresidente con el propio Bush), Al Gore (que lo fue con Clinton), Dick Cheney (con Bush hijo) o Joe Biden (con Obama), aportaron significativamente votos a las candidaturas de sus números uno. Se limitaron a ser leales, cumplir dignamente sus funciones y estar a la expectativa. De hecho, la expectativa se hizo realidad (aunque por breve tiempo) en el caso del vicepresidente Bush, al que Reagan transfirió «las obligaciones constitucionales y los poderes del cargo de presidente de Estados Unidos», durante el tiempo en que el anciano presidente permaneciera bajo los efectos de la anestesia por una operación durante su Presidencia.
¿Tiene Ryan madera de presidente? Siendo conservador de pura cepa, probablemente quien lo conozca más de cerca sea Bill Bennet, analista con larga trayectoria en la política conservadora norteamericana. Según Bennet: «Es justamente lo que el Partido Republicano necesita. Si tuviéramos que diseñar a un candidato republicano, esto es lo que buscaríamos precisamente: la juventud, el optimismo, la claridad de ideas». Si a esto se añade que ha ganado sucesivamente desde 1999 su puesto de congresista por Wisconsin, que conoce Washington como la palma de la mano y que es un hombre clave en la Cámara de Representantes por su puesto de presidente del comité de Presupuestos, se entiende que el propio Romney, al presentarlo como su compañero de ticket electoral, tuviera un lapsus al decir: «Les presento al futuro presidente de Estados Unidos de América».
Para escoger a su compañero de travesía, Romney ha seguido un sistema «metódico, estructurado y discreto» (Financial Times). Los cálculos oscilaban entre dos opciones: la carta de la seguridad (Pawlenty, Portman) o la de la audacia (Marco Rubio, Susana Martínez). Romney ha optado por un híbrido, mezcla de brillante juventud (42 años) y de ponderación política. Repárese que, si Obama mantiene a Biden, los dos aspirantes a la vicepresidencia en las elecciones de noviembre serán católicos (Ryan también lo es). Es la primera vez que esto sucede.
El anuncio del candidato a la vicepresidencia se hace en un momento difícil para Romney. Tres encuestas le dan siete puntos menos que Obama, su periplo por Oriente Próximo y Europa no ha sido especialmente afortunado, y las mujeres y la minoría afroamericana e hispana siguen firmes con Obama. Solamente hay una posibilidad: la carta económica. En esto Ryan puede ser muy útil. Esperemos a la sorpresa de octubre, esa incógnita que siempre planea sobre las elecciones presidenciales.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, agosto 13, 2012

Los americanos eligen presidente

Por Javier Rupérez, embajador de España (ABC, 06/08/2012)
SI hubiera que resumir el estado de ánimo del votante americano en los momentos actuales y cara a las elecciones presidenciales que tendrán lugar en noviembre de este año, habría que recurrir a una simple certeza psicológica: estas de 2012 serán muy distintas a las de 2008. Lo serán fundamentalmente en su incertidumbre. Hace cuatro años el candidato demócrata Barack Obama era elegido presidente en medio de un trance nacional de entusiasmo frente al candidato republicano, John Mc Cain, sobre el que los infortunios propios y ajenos se cebaron para robarle incluso la parte más significativa de su electorado. El Obama actual ya muestra en su epidermis las visibles cicatrices que inevitablemente dejan los años de gobierno y su lado más carismático ha quedado visiblemente reducido bajo el peso de los anhelos frustrados, las ilusiones perdidas y las promesas que el viento se llevó. Y el candidato del Partido Republicano, Mitt Romney, figura poco propicia a suscitar fidelidades inquebrantables o locuras colectivas, aparece sin embargo como hombre capaz y reflexivo, con experiencia pública y privada y, a la postre, como personaje del que nadie pone en duda su «presidencialidad». El terreno de juego tal como hoy aparece está más equilibrado de lo que estuvo en 2008, y aunque muestre una cierta tendencia favorable a una victoria del presidente Obama, no es en absoluto descabellado mantener que dadas las circunstancias todo es posible. Como muestra, el botón de lo que ocurrió ya en las elecciones parlamentarias de 2010, cuando un vendaval republicano arrebató la mayoría demócrata de la Cámara de Representantes en un sonoro gesto de reprobación de las políticas de Obama.
Son los signos que se perciben en la Casa Blanca y en la maquinaria electoral de Obama, los que mejor permiten evaluar el estado de ánimo demócrata, preocupado por los encuestas —la mayoría de las cuales reflejan empates técnicos o en el mejor de los casos mayorías de Obama dentro del margen estadístico de error—, la evidente capacidad de Romney para sobrepasar a Obama de manera significativa en la recaudación de fondos o la visible fuerza de movilización mostrada por las parroquias republicanas en sus diversas acepciones, desde los ideólogos del Tea Party hasta los centristas que llegaron a confiar su voto en la persona del primer presidente afro-americano de la historia del país y que se han conjurado para no volver a depositar su voto en el actual inquilino de la Casa Blanca. Por no hablar de los independientes no afiliados que en el 08 cayeron en la tentación obamita y que en grandes números, según parece, no volverán a hacerlo en el 12.
Son varias las razones para la desafección y basta para enumerar el alcance de algunas de ellas para comprender su posible y negativo alcance electoral. Quisieron muchos de sus votantes encontrar en Obama árnica para la permanente bronca política entre derechas e izquierdas, pero sus decisiones no han hecho más que exacerbar los encontronazos, bien en la controvertida decisión de la reforma del sistema de salud — inextremis salvado hace pocos días por el Tribunal Supremo en una sorprendente decisión—, bien en la orientación general de la política económica, que no ha logrado sacar al país del relativo marasmo, bien en su activa participación en las llamadas «guerras culturales», con su apoyo al matrimonio homosexual y en los enfrentamientos con todos los grupos religiosos con motivo de las prácticas del control de la natalidad. Entre los descontentos se encuentran no pocos que provienen del ala radical demócrata, que si bien aplauden la retirada de las tropas de Irak y de Afganistán, no comprenden la continuación de Guantánamo o la contundente política de atentados selectivos llevados con tanta determinación como éxito contra líderes terroristas en Pakistán, Afganistán y Yemen mediante aviones no tripulados —los ya famosos «drones»—.
Con todo, harían mal los republicanos en cantar anticipadamente victoria. Como todas las elecciones reñidas en Estados Unidos, estas se juegan en el reducido pañuelo de los votos electorales de un corto número de estados —los que no están permanentemente adquiridos por ningún partido o tendencia y pueden cambiar el sentido de su voto de una elección a otra— entre los que se deben añadir los de las minorías étnicas. Los blancos votaron mayoritariamente a Mc Cain en 2008 mientras afroamericanos, hispanos y asiáticos lo hacían por Obama en grandes números. ¿Ocurrirá lo propio este año? Son afroamericanos e hispanos hasta cierto punto clientelas cautivas del Partido Demócrata y Obama hace en la actualidad todo lo posible para reforzar su fidelidad. Las supuestas o reales mejoras en la cobertura sanitaria están siendo vendidas primordialmente hacia esos electorados y la recientemente anunciada amnistía para con ciertos grupos de inmigrantes ilegales es un guiño dirigido directamente hacia la población de origen hispano. Romney, que probablemente sea en sus convicciones personales más centrista de lo que la propaganda demócrata le hace aparecer, tiene un arduo camino que recorrer entre sus propios fieles si quiere arañar algún voto en esos grupos. Cuya significación en gran medida dependerá del grado de entusiasmo con que el Partido Demócrata consiga llevarles a las urnas, hasta ahora siempre menor que el que ha mostrado la población blanca en hacerlo. Si Obama lo consigue, apoyado además en el tradicional arrastre positivo que trae consigo la presidencia, ganará las elecciones. ¿O quizás Romney se lance al envite que los demócratas más temen y elija como candidato a la Vicepresidencia a un hispano, que pudiera ser el senador de origen cubano por Florida Marco Rubio, o a una mujer afroamericana, como la exsecretaria de Estado con Bush Condoleezza Rice?
Mitt Romney es mormón —lo cual no parece mover ningún agua arriba o abajo— pero es rico —cosa que siempre se nota mucho— y no siempre preciso en la enumeración de sus programas —cosa que acusan propios y extraños—. William Kristol, el comentarista conservador director de la no menos conservadora publicación Weekly Standard escribía hace poco: «Por supuesto la economía es importante. Pero los votantes quieren saber lo que Romney piensa hacer con respecto a la economía… ¿Cuál es su programa para el crecimiento económico? ¿Y para la reducción del déficit? ¿Y para la reforma de la sanidad? ¿Y para la reforma fiscal?». Por su parte Daniel Henninger, el conocido y respetado comentarista del Wall StreetJournal, recientemente contraponía el «acertado Romney» —celebrando el 4 de Julio en la playa con su familia, al estilo de como lo hacen millones de americanos de clase media en la señalada fecha— y el «equivocado Romney», montado en una espectacular moto de agua con su mujer en una imagen que ha dado la vuelta de los circuitos sociales ejemplificando la lejanía económica y social del candidato con respecto al americano medio. Por si fuera poco, su negativa a mostrar las declaraciones de la renta de años anteriores a 2010.
La campaña todavía no ha comenzado oficialmente. Romney espera todavía su confirmación como candidato en Tampa, Florida, a finales del mes de agosto, mientras que los demócratas tendrán su Convención en Charlotte, North Carolina, a principios de septiembre. Quedan para después los debates, los ataques, las propagandas negativas, las sorpresas, en un panorama en el que la mitad del país daría cualquier cosa para evitar que Obama siguiera en la Casa Blanca y la otra mitad, otro tanto para impedir que los republicanos consigan el acceso a la mansión presidencial. Ambas alternativas son hoy posibles. Verdad esta de perfiles amargos para el que hace todavía solo cuatro años fue llevado a la Casa Blanca en olor casi místico de multitud. Aunque allí siga por otros cuatro, ya nada será lo mismo. Disipada la magia y dilapidada la ilusión, quedará, eso si, como el primer presidente afro-americano en la historia del país. Sic transit gloria mundi.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

sábado, julio 28, 2012

El otro candidato

Por Ibsen Marínez (El País, 23/07/2012)

¿Quién es el otro candidato en las elecciones venezolanas?

La respuesta corta la da Chávez: “Henrique Capriles Radonski es el candidato de la burguesía, de los yanquis y la derecha”. Opino que hará mal quien se conforme con esa parvedad. Hay respuestas más largas.
Al discurrir sobre nuestra América, a muchos analistas extranjeros les da por pensar que si el hombre es “carismático” —aunque sólo sea un espadón vociferante, tiránico e inepto—, habla “en nombre de los pobres” y llena de dicterios al imperialismo yanqui, entonces el tipo es de izquierdas y, sin más, el bueno de la película. A Capriles Radonski le pasa lo que a José Carreras en el chiste de Jerry Seinfeld sobre los tres tenores: es el otro tipo. Y supuesto que Chávez es la izquierda, entonces el otro tipo debe ser la derecha.
Sin embargo, las cosas no son tan simples en Venezuela, uno de los “petroestados” populistas más antiguos del planeta. El petroestado venezolano y sus singularidades podrían explicar porqué Hugo Chávez bien puede perder ante el otro tipo las presidenciales del 7 de octubre.

Cuando eres un petroestado hispanoamericano heredas la potestad de la corona española sobre la riqueza del subsuelo y acabas convirtiéndote en el “ogro filantrópico” descrito por Octavio Paz: sólo tú cortas el bacalao. Tu sólo dispensas todo el dinero de la renta petrolera y el resto de la población —incluida la burguesía local— no son más que cazadores o pedigüeños de esa renta. Y por lo mismo, menos ciudadanos que súbditos cuya religión laica es el estatismo redistributivo.

Clientes o aspirantes a serlo tienen poco o ningún margen para sentirse electores de libre conciencia en un país donde el petroestado-billetera es indistinguible del gobierno de turno y, en términos absolutos, el empleador de bastante más del 80% de la población económicamente activa.

Los petroestados experimentan fases maníacas y ciclos depresivos, según los vaivenes del precio del crudo. En fase maníaca, de altos precios, a sus gobernantes les da por pensar que ahora sí cegarán definitivamente la brecha que nos separa del Primer Mundo. Se arrogan toda clase de competencias, creando así más y más incentivos al despilfarro y la corrupción. En fase depresiva, los petroestados se endeudan y dan en garantía a los mercados la factura petrolera futura o bien aceptan las fórmulas del FMI.

La fase maníaca que siguió al embargo impuesto a Occidente por los países de la OPEP, en 1973, nos trajo al “primer” Carlos Andrés Pérez y la “Venezuela Saudita”. Chávez no ha sido el primero en pretender comprar con petrodólares el liderato de los condenados de la tierra. La verdad es que elencos estatistas, populistas y clientelares se han turnado en el poder desde 1945, época del primer gran auge petrolero venezolano. En un tal país, con tan colosal inflazón del Estado y sus recursos, con una inescapable sujeción de casi toda la población al Gran Dispensador, ¿qué significa estar a la derecha?

Chávez ha presidido el más prolongado boom de precios registrado hasta ahora, una fase maníaca que ha financiado fallidos planes sociales de subsidio directo a los más pobres, el subsidio a la dictadura castrista, un antiimperialismo tan vociferante como dispendioso e inconducente y un decidido e inequívoco empeño en instaurar un régimen totalitario. El elenco chavista añadió el colectivismo y el militarismo al habitual repertorio venezolano de creencias redistributivas y ha ido tan lejos como ha querido por el camino de abolir no sólo la propiedad privada, sino las más caras libertades individuales.

Con todo, ¿qué tienen de justiciera “izquierda” los modos falangistas con que Chávez segrega del favor estatal —ya sea empleo o contratos— a todo aquel que, amparado por la Constitución, haya firmado en 2004 la solicitud de un referéndum revocatorio? ¿Qué hay de democrático en un régimen cuyo presidente literalmente dicta crueles sentencias al poder judicial desde una cadena de televisión? ¿Que inconsultamente firma acuerdos binacionales con impresentables como Alexander Lukashenko o Mahmud Ahmadineyad? ¿Es posible que cinco millones y medio de venezolanos, el 52% del universo elector, que votaron por la oposición en las parlamentarias de hace año y medio, sean todos ellos elitesca minoría blanca, burgueses oligarcas y agentes de la CIA?

En Venezuela, y a partir de los años treinta del siglo pasado, los partidos modernos, casi sin excepción todos de izquierdas, fueron secreción de los conflictos sociales que trajo consigo el negocio petrolero. Modelados leninistamente, animados por la idea de un munificente Estado social de derecho, socialdemócratas y comunistas forjaron en seis décadas un país mayoritariamente ubicado a la izquierda del centro. El petroestado nos hizo también clientelares, manirrotos, consumistas. “En Venezuela, la derecha desentona”, sentenció alguna vez el desaparecido dramaturgo José Ignacio Cabrujas, voz de la tribu.

Tanto así, que la democracia cristiana, único partido que desde los años cuarenta aspiró a encarnar una derecha conservadora, hubo de mutar rápidamente en un partido populista más, so pena de “desentonar” en un país mamador de gallo donde el catolicismo se funde a menudo en cultos sincréticos afroantillanos. Esa escora “a la izquierda”, junto con el desgaste y descrédito de los viejos partidos, hizo posible, en 1998, el triunfo de Chávez.

Henrique Capriles Radonski recoge, sin duda, la mayoritaria propensión nacional al centro izquierda que la discordia y la polarización política, azuzadas por Chávez, parecieron haber sofocado para siempre. Ello se refleja en las encuestas más fiables: a cien días de la elección, figura ya en “empate técnico” con Chávez. Sin exagerar, también en el fervor de la calle, un fervor que recuerda al que nimbó a Chávez en su mejor momento electoral, allá por 1998.

Capriles ganó más que holgadamente las elecciones primarias, convocadas por la Mesa de Unidad Democrática para designar un candidato único de oposición, acaso justamente por ser el vocero más moderado de ella. Como gobernador del Estado Miranda, el segundo más poblado de Venezuela, que alberga la favela más grande de Suramérica, la mayor parte de la Caracas acomodada, populosas ciudades dormitorio y una vasta provincia rural y atrasada, Capriles ha administrado con éxito, durante casi cuatro años, una réplica demográfica del resto del país. Ganó la gobernación en 2008, al derrotar, contra todo pronóstico, a Diosdado Cabello, designado candidato por el dedo jupiterino de Chávez.

Capriles adoptó y mejoró sensiblemente los más emblemáticos planes sociales del chavismo —salud y vivienda—, mitigando de tal modo el sectarismo que los caracteriza en el resto del país que buena parte de la base social chavista de su Estado hoy le apoya. Capriles se declara de centro izquierda liberal, es manifiesto admirador y estudioso del papel jugado por Felipe González en la transición española y, en lugar de la Cuba castrista, propone al Brasil de Cardoso, Lula y Roussef como modelo. Todos los partidos venezolanos afiliados a la Internacional Socialista forman parte de la coalición que lo apoya.

Chávez ha malgastado 14 años en el poder. Esos años lo han gastado y ahora enfrenta a un adversario joven, sin especial don oratorio pero experimentado en funciones de gobierno y quien, desde que fue electo diputado en 1998, a los 26 años, nunca ha perdido una elección.

“¿Cuál crees que es tu mayor fortaleza?”, le pregunté hace unas semanas. Su respuesta: “Siempre me han subestimado y es mejor así”. Tal vez tenga razón, aunque hoy sean muchos quienes creen que con Capriles, el otro tipo, el péndulo venezolano puede regresar desde el caudillismo autoritario de Chávez al centro democrático y plural.

Se oyen apuestas.

Ibsen Martínez es escritor venezolano.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona  

El patetismo del plutócrata

Por Paul Krugman (El País, 22/07/2012).

“Permítanme hablarles de las personas muy ricas. Ellas no son como ustedes y yo”. Eso escribió F. Scott Fitzgerald (y no se refería solo a que tuviesen más dinero). A lo que se refería más bien, al menos en parte, era a que muchos de los muy ricos esperan un grado de deferencia que el resto de nosotros nunca experimenta, y se sienten profundamente consternados cuando no reciben el tratamiento especial que consideran un derecho de nacimiento; su riqueza “los hace blandos ahí donde nosotros somos duros”.
Y como el dinero manda, esta blandura —podríamos llamarla el patetismo de los plutócratas— se ha convertido en un factor de primer orden en la vida política de Estados Unidos.

No es ningún secreto que, en este momento, muchos de los hombres más ricos de Estados Unidos —entre ellos algunos antiguos defensores de Obama— odian, simplemente odian, al presidente Obama. ¿Por qué? Bueno, según ellos, porque “demoniza” los negocios (o, como Mitt Romney decía a principios de esta semana, “ataca el éxito”). Escuchándolos, cabría pensar que el presidente es la reencarnación de Huey Long, predicando el odio de clase y la necesidad de desplumar a los ricos.

Huelga decir que esto es una locura. De hecho, Obama siempre se esfuerza muchísimo por reafirmar su apoyo a la libre empresa y su idea de que hacerse rico es perfectamente correcto. Lo único que ha hecho es indicar que, a veces, las empresas se comportan de manera incorrecta y que esta es una de las razones por las que necesitamos cosas como la regulación financiera. No importa: la mera insinuación de que a veces los ricos no son absolutamente dignos de elogio ha bastado para volver locos a los plutócratas. Wall Street en concreto lleva dos años o más lloriqueando: “¡Mamá! ¡Se está metiendo conmigo!”.

Esperen, hay algo más. No es solo que muchos superricos se sientan profundamente agraviados por la idea de que alguien de su clase pueda recibir críticas, sino que también insisten en que su percepción de que a Obama no le gustan está en la raíz de nuestros problemas económicos. Las empresas no invierten, aseguran, porque los dirigentes empresariales no se sienten valorados. Romney también ha repetido esta frase y ha sostenido que, debido a que el presidente ataca el éxito, “tenemos menos éxito”.

Esto también es una locura (y resulta inquietante que Romney parezca compartir esta visión ilusoria sobre lo que aqueja a nuestra economía). No hay ningún misterio en los motivos por los que la recuperación económica ha sido tan débil. La vivienda sigue deprimida en el periodo posterior a una enorme burbuja y la demanda de los consumidores se ve frenada por un nivel elevado de endeudamiento familiar que es consecuencia de esa burbuja. La inversión empresarial ha aguantado en realidad bastante bien dada esta debilidad de la demanda. ¿Por qué deberían invertir más las empresas cuando no tienen suficientes clientes para hacer un uso pleno de la capacidad que ya poseen?

Pero da igual. Debido a que los ricos no son como usted y yo, muchos de ellos son increíblemente egocéntricos. Ni siquiera se dan cuenta de lo divertido que es —lo ridículo que resulta— que atribuyan la debilidad de una economía de 15 billones de dólares a sus propios sentimientos heridos. Después de todo, ¿quién va a decírselo? Están cómodamente instalados en una burbuja de deferencia y adulación. A menos, claro está, que se presenten a un cargo público.

Como toda persona que sigue las noticias, he sentido temor ante el hecho de que las preguntas sobre la carrera de Romney en Bain Capital, la empresa de capital riesgo que fundó, y su negativa a publicar su declaración tributaria hayan cogido a la campaña de Romney con la guardia baja de un modo tan evidente. ¿No debería un hombre muy rico que aspira a ser presidente —y que se presenta usando específicamente el argumento de que su éxito empresarial lo cualifica para el cargo— haber esperado que la naturaleza de ese éxito llegase a ser un problema? ¿No debería haber sido evidente que el hecho de negarse a publicar sus declaraciones tributarias anteriores a 2010 haría surgir toda clase de sospechas?

Por cierto, aunque no sabemos lo que oculta Romney en sus declaraciones anteriores, el hecho de que siga dando evasivas a pesar de las peticiones de transparencia tanto de republicanos como de demócratas indica que podría ser algo tremendamente perjudicial.

En cualquier caso, lo que ahora está claro es que la campaña no estaba preparada en absoluto para las preguntas evidentes y ha reaccionado a la decisión de la campaña de Obama de hacer esas preguntas con una histeria que seguramente provenga de lo más alto. Sin duda, Romney creía que podía presentarse a las elecciones mientras permanecía seguro dentro de la burbuja plutocrática y está conmocionado y enfadado por haber descubierto que las normas que se aplican a otros también se aplican a personas como él. Nuevamente Fitzgerald, sobre las personas muy ricas: “Piensan, en su fuero interno, que son mejores que nosotros”.

Vale, vamos a calmarnos. La verdad es que muchas, y probablemente la mayoría, de las personas muy ricas no encajan en la descripción de Scott Fitzgerald. Hay gran cantidad de estadounidenses muy ricos que tienen sentido de la perspectiva, que se enorgullecen de sus logros sin creer que su éxito les da derecho a vivir siguiendo unas normas diferentes.

Pero Mitt Romney, según parece, no es una de esas personas. Y puede que ese descubrimiento sea un problema mayor que lo que quiera que se oculte en esas declaraciones tributarias que no va a publicar.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008. © New York Times Service 2012. Traducción de News Clips

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, julio 19, 2011

¿Por qué puede regresar el PRI?

Por Otto Granados, director del Instituto de Administración Pública del Tecnológico de Monterrey (EL PAÍS, 16/07/11):

Las elecciones estatales del pasado 3 de julio dieron el pistoletazo de salida en la disputa por la presidencia de México en el año 2012. Y la pregunta que muchos se hacen es por qué el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el gran derrotado en el año 2000, está ganando elecciones nuevamente.

Lo primero que conviene señalar es que los números muestran que en los últimos años el PRI ha sido el partido más votado tanto en las elecciones legislativas como en las estatales y municipales. En estricto sentido, el que un partido gane o pierda elecciones en condiciones de normalidad electoral y sin grandes niveles de conflictividad no solo no debiera llamar particularmente la atención, sino que podría significar incluso que una democracia incipiente va procesando con razonable eficacia uno de los aspectos elementales de todo sistema político.

Pero ni México tiene todavía un sistema político plenamente homologable al de otras democracias más asentadas, ni la historia del régimen construido en torno al PRI, cuyas bases sociológicas e institucionales aún subsisten, puede calificarse de ordinaria. Quizá por ello, la profecía de que la derrota del PRI del año 2000 lo llevaría a reinventarse y decapitar a los dinosaurios para sobrevivir o, de lo contrario, terminaría perdiendo sucesivamente elecciones hasta ser borrado del mapa político, resultó, en ambos supuestos, fallida.

Once años después, el PRI gobierna en 19 de los 32 Estados del país, en 23 de las 32 ciudades capitales, es mayoría en la Cámara de Diputados y, aun como minoría, en la práctica domina en el Senado. ¿Qué pasó?

La explicación más inmediata, pero no la única, es que el PRI se ha beneficiado fuertemente del pobre desempeño que el Partido Acción Nacional (PAN) ha tenido como Gobierno. Si bien la economía crece y hay un ensanchamiento de las clases medias, la percepción de incompetencia de las dos presidencias panistas, el desencanto con las promesas de cambios reales en el país y la mala calificación ciudadana acerca de la estrategia contra la inseguridad y la violencia han producido la sensación de que la capacidad del PAN para gobernar está agotada. De hecho, hoy el nivel de aprobación de Calderón apenas alcanza el 49%, muy lejano del 66% del que disfrutó al principio de su Gobierno.

Si en las democracias tempranas la formación que ha liderado la transición se debilita y los nuevos gobernantes son poco efectivos, suele ser natural que dicho sentimiento se exprese en un castigo electoral. De hecho, como documentó Samuel Huntington en otras transiciones, los partidos y líderes que emergieron en diversos escenarios de alternancia “fueron derrotados más veces de las que ganaron cuando intentaron ser reelegidos”.

Por el lado de la izquierda, el PRI se ha beneficiado de un paisaje donde el Partido de la Revolución Democrática (PRD) ha mostrado tendencias suicidas muy arraigadas y, por ende, el saldo electoral de esta temporada ha sido, sin matices, un verdadero desastre. Hay al menos tres problemas que el PRD enfrenta para constituir una opción electoral exitosa. Por un lado, parece vivir una galopante crisis de identidad que le impide ocupar el espacio del centro-izquierda que le era más o menos natural cuando nació, a finales de los años ochenta, y en el que ahora compite, con todo y sus indefiniciones, con la retórica general del discurso priista. El segundo punto es que sus debilidades orgánicas no le permiten ofrecer una alternativa realmente original: donde han ganado elecciones ha sido en alianza con el PAN y con candidatos que eran, apenas semanas antes, miembros destacados del PRI. Y el tercero es que el comportamiento de Andrés Manuel López Obrador ha generado serias divisiones internas que han contribuido a destruir la mayor parte del capital político y electoral del PRD.

El segundo factor es el papel del PRI. A despecho de quienes entonaron su réquiem en el 2000, el PRI parece haber conseguido hacer de sus debilidades su principal fortaleza.

A contracorriente de muchas opiniones que le aconsejaban seguir una estrategia rupturista, el PRI se ha desempeñado con eficacia combinando varios ingredientes. Además de su notable instinto de supervivencia, ha sabido evitar escisiones profundas y privilegiar su rodaje pragmático. En segundo lugar, su implantación nacional, ahora fortalecida por el peso de los gobernadores, le ha permitido aprovechar tanto una enorme capacidad de movilización como una poderosa maquinaria electoral en la cual confluyen los residuos del corporativismo que aún simpatiza con el PRI, la militancia histórica (y sociológica) que constituye el núcleo central de su voto duro, y una parte de electores modernos, jóvenes y de zonas urbanas, antes monopolizados por el PAN. Y, por último, ha ejecutado una operación muy hábil para construir, en un México que pasó de la monarquía presidencial al feudalismo regional, una efectiva arquitectura política, presupuestaria y electoral dirigida por los barones del PRI en los Estados.

Esos factores ayudan a explicar por qué los años en que el PRI perdía en los Estados del norte moderno, rico y cercano a EE UU y del centro católico y conservador, y ganaba solo en los del México rural, pobre, caciquil y atrasado, son cosa del pasado. Hoy el PRI gobierna en 19 Estados de muy variada composición económica, social, urbana y demográfica, y está captando tanto los votos tradicionales de la población rural, adulta, con menor escolaridad e ingresos más bajos, como porciones relevantes de jóvenes más educados y de clases medias urbanas y profesionales. En 2011, por ejemplo, el PRI controla 66 de los 100 Ayuntamientos de las ciudades más pobladas y con mayores niveles de urbanización de México.

Y la tercera causa de la resurrección del PRI es que, a menos que realicen una gestión muy notable, cosa que evidentemente no ha ocurrido con el PAN, la evidencia sugiere que las nuevas democracias suelen presentar un síndrome que mezcla desconfianza en la política, percepción de ineficacia de los nuevos líderes, bajos niveles de valoración de las instituciones democráticas e insatisfacción con el desempeño de las instituciones representativas, lo que lleva, entre otras cosas, a la abstención o al voto de castigo al partido gobernante, como hoy ocurre en México.

Más aún: de acuerdo con la experiencia comparada, cuando los regímenes autoritarios fueron más o menos moderados, tuvieron algún éxito económico y sus líderes fueron desplazados de manera democrática y estable, como fue el caso de México en 2000, la sensación de los ciudadanos de que, ante el desencanto con el desempeño del nuevo régimen, el viejo no era tan malo, surge de manera casi espontánea.

Este es un punto del que, consciente o no, el PRI se ha beneficiado. Sabe bien que, tras una historia tan peculiar como la suya, no puede presentarse como un partido muy diferente, y juega con la posibilidad de que, vistas las alternativas, se valore mejor -o menos negativamente- su legado político y su experiencia de gobierno. Es decir, como la memoria es a menudo selectiva, es probable que, a la luz de los problemas del México actual, la gente mire hacia atrás con nostalgia en cuanto a sus logros y que resulte tentador por ello, como apuntaba Fernando Henrique Cardoso hace unos años hablando de América Latina, “comparar un pasado idealizado con un presente frustrado”. Algo de eso revelan los estudios demoscópicos de estos meses.

Finalmente, ¿el saldo electoral de 2011 anticipa automáticamente lo que viene? Puede ser. Todos los sondeos de intención de voto, sin excepción, le dan al PRI una amplia ventaja para las próximas elecciones presidenciales, pero un año es demasiado largo y la política en México es la más inexacta de las ciencias.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, julio 07, 2011

La carrera hacia el Elíseo

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 06/07/11):

La campaña electoral para las elecciones presidenciales francesas que tendrán lugar en mayo del 2012 acaba de comenzar. El pasado 29 de junio, Nicolas Sarkozy llevó a cabo un reajuste ministerial tras el nombramiento de Christine Lagarde como nueva directora gerente del Fondo Monetario Internacional. La elección de ministros centristas para debilitar una eventual candidatura concurrente con la suya de Jean-Louis Borloo y el nombramiento del muy popular David Douillet como secretario de Estado de los franceses en el extranjero, para obtener el apoyo de este importante electorado, muestran que la caza al elector ha prevalecido sobre la racionalidad de la composición de un equipo gubernamental.

Por su parte, Martine Aubry, tras haber mantenido un falso suspense, se ha declarado candidata a la elección presidencial, quemando un poco las etapas, ya que en octubre deben celebrarse unas primarias que designarán quién representará al Partido Socialista francés.

Si Alain Juppé, que disfruta de una buena cuota de popularidad, se mantiene en la reserva en caso de que Nicolas Sarkozy se hundiera, es más que probable que este último opte a un segundo mandato. El modo en que se ha llevado a cabo la remodelación ministerial es un buen indicador. Durante la Quinta República todos los presidentes han buscado ser reelegidos. Sólo fracasó uno, Valéry Giscard d´Estaing, derrotado en 1981 por François Mitterrand.

No habrá plétora de candidatos en la izquierda, pero todo da a entender que quien sea designado por el Partido Socialista llegará en cabeza. La izquierda está todavía traumatizada por el síndrome del 2002, cuando Lionel Jospin fue superado por el líder de la extrema derecha Jean-Marie Le Pen debido a la multiplicación de candidatos de izquierda. Por tanto, esta vez habrá un reflexivo voto útil. En el lado contrario también existe un síndrome 2002 ante el temor de que la candidata de extrema derecha, Marine Le Pen, acceda a la segunda vuelta en detrimento de Nicolas Sarkozy.

Por ahora todos los sondeos pronostican un clásico duelo derecha-izquierda para la segunda vuelta, que, fuera cual fuera el candidato, sería ganado por el aspirante de la izquierda. Nicolas Sarkozy, elegido en el 2007 con la promesa de la mejora del poder adquisitivo, de una república irreprochable en la que no habría privilegios, de una lucha eficaz contra la inseguridad diaria y de una Francia más respetada en el mundo desde la perspectiva de la defensa de los derechos humanos, tiene problemas en cada uno de estos puntos. Si las elecciones tuvieran lugar en las próximas semanas, sería derrotado con toda seguridad. Yel anunciado nacimiento de un niño en el Elíseo, una gran noticia, no parece ser suficiente para hacer variar la corriente. Claro que en Francia, como en cualquier otra parte, el resultado de una elección no se logra más que tres o cuatro meses antes de esta, y no doce meses antes. Un año antes de las elecciones, Giscard d´Estaing estaba convencido de ganar en 1981. Raymond Barre lo estaba en el 1988, Balladur en el 1995, Jospin en el 2002, Ségolène Royal en el 2007. Todos perdieron. Habrá que esperar a enero o febrero del año próximo para tener una visión más precisa de los posibles resultados.

Hasta entonces, la partida se jugará entre Martine Aubry y François Hollande para representar a la izquierda y por tanto ser uno de los principales favoritos en esta elección. El primer desafío será saber si se trata de una guerra fratricida que dejará víctimas o si vencedores y vencidos podrán reconciliarse y mostrar una imagen de unidad ante los franceses. En el 2007 Ségolène Royal, que había ganado las primarias, no supo hacer las paces con los dos derrotados, Laurent Fabius y Dominique Strauss-Kahn, y ambos tampoco hicieron gran cosa para ayudarla.

François Hollande casi lamenta la eliminación, por las causas ya conocidas, de Strauss-Kahn (al que le será difícil volver a ser candidato incluso en caso de un final feliz para su acusación judicial). Estaba convencido de vencerle en las primarias proyectando una imagen de proximidad con la gente corriente y enarbolando la bandera de la izquierda, lejos del patrón del FMI, que hace sufrir una cura de austeridad a numerosos países y que, él mismo, sin embargo, vive como un millonario. Diversos observadores creen que François Hollande hubiera ganado las primarias a Dominique Strauss-Kahn y, con esta vitola, hubiera comenzado con fuerza su asalto a Sarkozy, dando la imagen de un presidente normal en oposición a la imagen de comportamientos bling-bling,es decir, ostentosos y de amistad con millonarios que va ligada tanto a Nicolas Sarkozy como a Strauss-Kahn. Martine Aubry también juega la carta de la seriedad y no compite animada por una ambición personal (de hecho hubiera cedido voluntariamente el puesto a Strauss-Kahn), pero asume sus responsabilidades a fin de que gane la izquierda. Alcaldesa de Lille, una gran ciudad del norte de Francia, está en contacto directo con los estratos populares. Al revés de François Hollande, ya ha sido ministra y también ha trabajado en la empresa privada. Su carácter austero y no demagógico hace que a menudo se la presente como una Angela Merkel de la izquierda. Puede ganar puntos mostrando que no busca contentar, sino renovar un auténtico contacto con los franceses, cansados de promesas jamás cumplidas. Podría ser la primera mujer en llegar al Elíseo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

A Thai Spring?

By Thitinan Pongsudhirak, Director of the Institute of Security and International Studies at Chulalongkorn University (Project Syndicate, 06/07/11):

The thunderous results of Thailand’s general election on July 3 will seem familiar to anyone attuned to the political upheaval in the Middle East and North Africa. Entrenched incumbent regimes everywhere are under severe stress from advances in information technology, shifts in demographics, rising expectations, and the obsolescence of Cold War exigencies. In the absence of a willingness and ability to use violent repression, regime survival can be achieved only through concessions, accommodation, and periodic reinvention.

With 47 million voters and turnout at 75%, Thailand’s latest election results pose a decisive challenge to the country’s long-established regime. The Pheu Thai party, led by Yingluck Shinawatra, the youngest sister of exiled fugitive former Prime Minister Thaksin Shinawatra, secured a resounding triumph, winning 265 seats in the 500-member assembly, while the ruling Democrat Party mustered just 159.

The return to power of Pheu Thai is extraordinary – and not only because Yingluck will be Thailand’s first female prime minister. The establishment-aligned courts dissolved the party’s two previous governments, and banned scores of its leading politicians from office for five years.

Pheu Thai’s victory thus suggests that a previously marginalized electorate has been permanently awakened. A similar majority of the Thai electorate voted for Thaksin’s parties and their pro-poor populist platforms in January 2001, February 2005, April 2006, and December 2007, defying a military coup, a coup-induced constitution, judicial interventions, and army coercion and repression.

The recent election marked a profound break from the past. In the second half of the twentieth century, Thai elections seemed to alternate with military coups. Voters were bought and sold like commodities. After elections, voters hardly ever saw or heard from their MPs, who typically went on to engage in corruption and graft in Bangkok – eventually losing legitimacy and paving the way for military coups. A new constitution and elections invariably ensued. This vicious cycle of coups, constitutions, and elections defined Thai politics for decades.

That pattern reflected Cold War imperatives. The pillars of the Thai state – nation, religion, and the king – struck a unifying, collective chord, and the resulting stability enabled economic development. While growth was so concentrated that popular resentment simmered, communism was kept at bay. Challenges to the established order, with the military-monarchy-bureaucracy triumvirate as its anchor, were repeatedly put down.

Back then, Thai schoolchildren sang martial songs each morning, and Thais knew their place in the rigidly elitist pecking order, which was reinforced by socialization and indoctrination in classrooms and living rooms, where only state-controlled media could enter. Thais were more like obedient subjects than informed citizens. Dissenting views found little traction.

The rise of Thaksin’s Thai Rak Thai party in 2001 changed all that. The party pursued a scientific approach to elections, relied on expensive polling by foreign experts, and offered a clear agenda and strong leadership. It was the first post-Cold War party to capture Thais’ collective imagination. The voices of neglected swaths of the electorate, particularly in the rural north and northeast of the country, began to count. Vote-buying became increasingly insufficient. A bond between party and voters – a bond based on policy – took root.

By 2001, the Cold War was long over. Political leaders who dissented from the status quo could no longer easily be jailed on communism-related charges. The advent of the Internet had made it harder for the authorities to shape Thai minds, as media sources multiplied and the resulting diffusion of information undermined the effectiveness of state propaganda. Moreover, new international norms had come to the fore: external powers that previously turned a blind eye to coups, military dictatorships, and repression now rallied around democracy and human rights.

Thailand’s demographics also changed. The Cold War curriculum of induced unity and stability has no relevance for today’s schoolchildren; indeed, most university students nowadays were born after the Cold War ended.

These factors fostered a new political environment, and Thaksin, who was a telecommunications tycoon at the time, was well positioned to seize the opportunity. He overhauled the bureaucracy, delivered on his promises to the poor, mapped out an industrial strategy, and re-designed an overstretched foreign policy agenda, among other innovative measures.

Of course, Thaksin’s rule had a dark underside: corruption, legislated conflicts of interest, cronyism, human rights violations, and abuse of power, among other evidence of misrule.

Such is Thaksin’s mixed legacy. The opportunities, hopes, and dreams delivered to the downtrodden and the vision and plans for Thailand’s future were enmeshed with his own venality. But, while Thaksin committed many infractions, his gravest “sin” was to have changed the way Thais think and behave. Some see this change as usurpation; others view it as Thailand’s deliverance into the twenty-first century.

Thaksin’s adversaries in Thailand’s entrenched regime were unwilling to accede to his policy innovations and populism. For them, doing so would be tantamount to admitting that most people in this hospitable, well-endowed kingdom had been kept poor by design all along.

For his part, Thaksin has sought to portray the recent election results as being all about him. But he is best viewed as a self-serving, unwitting agent of political modernization. It is these twenty-first-century dynamics and changes, underpinned by an increasingly assertive citizenry, with which the Thai establishment must come to terms if the country is to move forward.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Una hija de la dictadura y de la democracia

Por Lee Byong-Chul, miembro superior del Instituto para la Paz y la Cooperación de Seúl. Prestó sus servicios como miembro del personal encargado de los asuntos exteriores y de la planificación de la política de seguridad nacional de los presidente surcoreanos Kim Young-sam (1993-1998) y Kim Dae-jung (1998-2003) desde 1993 hasta 1999. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Sydicate, 06/07/11):

La de quién sería el próximo Presidente del país, si se celebraran las elecciones mañana, en lugar de en diciembre de 2012, es como una pregunta tópica en Corea del Sur actualmente.

Numerosas encuestas de opinión muestran a Park Geun-hye, del Gran Partido Nacional (GPN) gobernante, como la candidata que va en cabeza. Si fuese elegida, sería la primera presidenta de Corea del Sur y, para sus rivales, su posición dominante en la carrera es un hecho incómodo, pero irrebatible.

Los votantes de Corea del Sur de todas las edades y regiones han acogido con agrado a Park como candidata para dirigir su país. Su estilo político es a un tiempo nuevo y pertinente, porque resulta a la vez sincera y directa en un momento en el que el público está deseoso de dirección moral, y tiene un talento asombroso para simplificar acertadamente asuntos complicados, cosa que probablemente aprendiera –junto con la forma de interpretar y manipular las connotaciones políticas de cada uno de los asuntos– de su padre, el ex Presidente Park Chung-hee.

Park Chunk-hee, aclamado como héroe nacional entre los derechistas radicales, gobernó con mano de hierro de 1963 a 1979, después del golpe militar de 1961 y fue asesinado por su jefe de inteligencia. Su hija está orgullosa de su legado, que señaló el comienzo del auge económico de Corea del Sur.

De hecho, como pilar de la modernidad orientada a la exportación, Park Chung-hee fue en tiempos encumbrado como arquetipo de una dirección política modernizadora en los Estados militares autoritarios. En su país, sigue ocupando el primer puesto en popularidad entre sus jefes de Estado e inspira nostalgia como una antigua canción popular, corolario de la frustración y la ira que inspira al pueblo el actual gobierno del Presidente Lee Myung-bak.

Park, que perdió su primer intento de conseguir la candidatura del GPN frente a Lee en 2007, debe velar por que una ruptura con su antiguo rival no la aparte de la senda hacia la victoria en 2012. Park, política astuta, no vaciló en hacer campaña sin reservas a favor de Lee la última vez, iniciativa que, como parte de una estrategia política a largo plazo, fue perfecta.

Para muchos surcoreanos, la elección de Park como candidata es segura. Ningún candidato en el horizonte parece poder detenerla. Si gana, será la consecuencia de su seriedad y tenacidad, no de su herencia política. Nadie del movimiento conservador de Corea del Sur duda que Park es una de ellos y, como icono de la derecha, sabe perfectamente que no puede permitirse el lujo de traicionar su posición.

Pese a su carisma, Park no es ni una Sarah Palin ni una Eva Perón. De hecho, parece más una Margaret Thatcher coreana: una mujer que no se deja influir por nadie, según la famosa frase de Thatcher, y con principios políticos bien meditados que animan sus acciones. En cualquier caso, parece destinada a crear una nueva Corea del Sur centrándose en su transcendental promesa “jul pu se”, que significa literalmente “reducir-aflojar-fortalecer recortes fiscales”, es decir, “desreglamentación, ley y orden”, sin limitarse a añadir otro capítulo al antiguo libro de su padre. Su gobierno señalaría un nuevo alejamiento del problemático pasado reciente del país.

Los expertos izquierdizantes afirman que la hija del dictador tiene la misma concepción autocrática que su padre, aunque Park prefiere invariablemente el cambio gradual a las medidas radicales y se curtió políticamente en la implacable política del GPN. Otros adoptan una posición flagrantemente sexista, al sostener que una presidenta sería inviable mientras el régimen norcoreano siga amenazando la seguridad nacional.

Aunque esas críticas no parecen preocupar demasiado al electorado, la senda de Park hacia la victoria puede aún resultar más estrecha de lo que sus partidarios esperan. Se la ha llamado la “reina de las elecciones”, en particular desde que venció en una campaña en 2006, después de que un hombre trastornado la rajara con una cuchilla, pero debe exponer convincentemente estrategias prácticas para resolver los problemas más graves de Corea del Sur, incluidos el elevado desempleo, el empeoramiento de los resultados educativos y el programa de armas nucleares de Corea del Norte.

La Sra. Park prometió en cierta ocasión facilitar préstamos a las familias de la clase trabajadora para los gastos educativos de sus hijos desde la escuela primaria hasta la Universidad, al tiempo que sostenía que se debía conceder una mayor autonomía a las universidades locales. Es partidaria de una política dialogante y de las conversaciones a seis bandas para resolver los problemas nucleares.

Cuando llegue el día de las elecciones presidenciales en 2012, los votantes surcoreanos elegirán al candidato que encarne el pragmatismo y el centrismo antes que a una persona muy marcada por su partido o a un ideólogo. El éxito de Park dependerá, al final, de la eficacia de su campaña a la hora de definir aún más su posición en ese sentido.

A diferencia de la hija del ex dictador peruano Alberto Fujimori, que perdió las elecciones presidenciales en el Perú el mes pasado, es probable que Park desafíe la trágica historia de su familia. Si es así, será la mujer más poderosa de Asia, tal vez la más poderosa del mundo, al final del año próximo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona