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sábado, septiembre 01, 2012

Un nuevo paradigma

Por Sami Naïr, catedrático de Ciencia Política, es profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Su último libro es La lección tunecina (Galaxia Gutemberg).
Desde las revoluciones de 2011, algo está cambiando entre Estados Unidos, Europa y los países árabes musulmanes. Hasta esa fecha el paradigma de la política exterior occidental, asumidas todas las diferencias, se resumía en la defensa, a cualquier precio, de la estabilidad interna en los países árabes, del control de las fronteras occidentales frente a los flujos migratorios y, por fin, de la lucha en contra del integrismo religioso. Los países europeos apoyaban a regímenes dirigidos por dictadores supuestamente laicos (Mubarak, El Asad, Ben Ali, Gadafi), mientras que Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque sostenían a los mismos dirigentes (con matices tratándose de Gadafi y El Asad), ponían hincapié sobre la diferencia entre el islamismo conservador, que merecía el apoyo, y el integrismo, enemigo irreductible. Esta sensibilidad americana y británica a favor del islamismo conservador, incluso el de los Hermanos Musulmanes de Egipto, hunde sus raíces en una vieja tradición, inaugurada en 1944 en el acuerdo de Quincy entre Roosevelt y el rey Ibn Saud, cuyo objetivo era asegurar la perennidad del régimen wahabita a cambio del petróleo árabe. A partir de este momento, Arabia Saudí se volvió una potencia casi-americana en la región, probablemente más involucrada en la estrategia estadounidense de lo que sería Israel más tarde.
Americanos, británicos y saudíes estuvieron estrechamente unidos en la lucha en contra del nacionalismo laico árabe desde los años cincuenta hasta la década de 2000, favoreciendo la constitución por doquier de fundaciones, institutos, editoriales islámicos para hacer frente a las ideologías de izquierdas. Esta ofensiva religiosa acompañaba, en el mundo musulmán, a la “doctrina Eisenhower” de lucha en contra del comunismo. La revolución islámica iraní, en 1979, sorprendió a todo el mundo y trastornó el mapa geopolítico regional. De repente, Arabia Saudí tuvo un adversario en el mismo terreno religioso, aunque chií. Irán, descartado de la escena islámica y árabe desde que la CIA había instalado en el poder al sah Mohamed Reza, volvió así como potencia autónoma y radicalmente opuesta a Estados Unidos y a sus aliados regionales. Y desde 1979, EE
UU, las potencias europeas, Arabia Saudí y Egipto, lo combatieron, incluso apoyándose sobre el Irak nacionalista de Sadam Husein. De allí la guerra de ocho años entre Irak e Irán, que costó más de dos millones de muertos a ambos países, y que acabó sin vencedor.
Desde aquel entonces, el objetivo de las monarquías petrolíferas era contrarrestar la expansión iraní. ¿En nombre de qué ideología? Arabia Saudí, legítimamente, no confiaba en el nacionalismo prosoviético y antifeudal de Sadam Husein. Siria era aliada de hecho con Irán por razones a la vez religiosas (pertenencia del clan El Asad a una rama chií-alauita) y políticas (control de los chiíes libaneses). La única alternativa posible era oponer al chiísmo el sunismo. Así que la primera guerra del Golfo en 1991 y la invasión americano-británica en 2003, de Irak, marcaron el fracaso definitivo del nacionalismo árabe y el auge, en todas partes, de los enfrentamientos confesionales interislámicos.
Las revoluciones democráticas de 2011 plantean ahora nuevos retos. Se ha abierto un peligroso periodo de inseguridad. Han surgido nuevos actores políticos, a veces desconocidos o cuyas estrategias quedan opacas. El hecho más decisivo, tanto para Estados Unidos como para los europeos y Arabia Saudí, ha sido la caída de Hosni Mubarak en Egipto. Él era el verdadero guardián del orden occidental. Y eso porque Arabia Saudí ni entendió ni aceptó el apoyo de Washington a los revolucionarios de la plaza de Tahrir. Tampoco podía aceptar una evolución democrática laica, que representaba un peligro mortal para sí misma. Razón por la cual el periodo de vacilación no duró mucho. La contraofensiva fue iniciada desde Riad; está triunfando ahora, aunque probablemente de manera coyuntural. Su concepto es claro: se trata de recuperar la revolución democrática cuya dinámica era potencialmente laica, dado que los islamistas no tuvieron un papel importante en la contienda, y transformarla en victoria del islam político. Para ello, Arabia Saudí, Catar y las innumerables organizaciones privadas del islamismo financiero internacional, derramaron toneladas de dinero a los movimientos islamistas. Los islamistas tunecinos, como los egipcios, utilizaron esta ayuda “divina” para comprar votos y corromper a sectores enteros de la población en las elecciones frente a los demócratas y laicos. Esta estrategia de Arabia Saudí ha conseguido un verdadero éxito. Para este país, como para sus aliados islamistas en Egipto y Túnez, se trata fundamentalmente de utilizar la democracia para islamizar la sociedad. Y lo están intentando ahora, democráticamente.
Frente a esta nueva situación, las potencias occidentales están reorientando poco a poco su diplomacia. Atrapadas en las redes de la contraofensiva saudí, la apoyan objetivamente. Eligieron a los islamistas como interlocutores privilegiados, tanto en Egipto como en Túnez; favorecieron la victoria de los islamistas supuestamente “liberales” en Libia y, más claramente, están sosteniendo directamente a los islamistas sirios —armados por Arabia Saudí— frente a la dictadura de El Asad.
El nuevo paradigma parece ser el de una búsqueda de la estabilidad regional interna en los países árabes basándose en los islamistas conservadores, que se han convertido en los nuevos aliados. Las fuerzas democráticas laicas árabes parecen demasiado débiles, no constituyen una elección seria de momento… Se abre de hecho un periodo de experimentación del islam político tanto en Túnez, Libia, como en Egipto y probablemente mañana en Siria, bajo dominio saudí y beneficiándose del apoyo directo de Estados Unidos y Europa. Por supuesto, hay que matizar este paradigma en función de los intereses particulares de cada uno, pero en el fondo, es idéntico para todas las potencias occidentales.
Este cambio es, evidentemente, necesario. Hay que tener buenas relaciones, tanto de intereses como de vecindad, con los países de la ribera sur del Mediterráneo. Sin embargo, desde 2011 hemos entrado en una larga época de desestabilización. Nada es menos seguro que la hipótesis de que la “islamización” de estas sociedades pueda tener un éxito fácil. Pues no se trata solo de un problema ideológico, de “recuperación cultural”, tal y como lo afirman los islamistas, sino más bien de un hecho sociológico: el auge de nuevas clases sociales dentro de los sistemas económicos y políticos. Quieren reemplazar a las capas occidentalizadas, orientadas hacia Occidente. En Túnez, hoy día, los islamistas de El Nadha miran hacia Oriente y prometen a sus seguidores la promoción social dentro de los aparatos del Estado y de la función pública. ¿En detrimento de quién? En Egipto, la misma evolución social. La mirada de los islamistas, al igual que la de los grupos sociales que les apoyan, está dirigida hacia Oriente. Es una tendencia de fondo.
Ahora bien, los islamistas no tienen un proyecto económico diferente del de los regímenes dictatoriales: abogan por un liberalismo incapaz de solucionar las demandas económicas de sus seguidores. El clash social parece cierto, aunque los islamistas lo van a cubrir de retórica religiosa. Lo demuestra ya el actual enfrentamiento entre los sindicatos tunecinos y el poder islamista.
Por otra parte, la demanda migratoria hacia Europa se va a incrementar, inevitablemente, tal y como ocurrió en Argelia cuando el partido islamista ganó las elecciones, en 1990. Por esa razón es por la que el nuevo paradigma europeo, más allá de los intereses inmediatos, debe tomar en cuenta las aspiraciones de los demócratas y republicanos árabes, aunque solo sea porque, después de las revoluciones democráticas de 2011, lo importante para todos no es tanto el adjetivo: “islámico”, sino, más bien, el sustantivo: democracia.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, agosto 21, 2012

Don’t Fear All Islamists, Fear Salafis

For Robin Wright, the author of Rock the Casbah: Rage and Rebellion Across the Islamic World, is a fellow at the United States Institute of Peace and the Woodrow Wilson International Center for Scholars (The New York Times, 20/08/2012).
 This spring, I traveled to the cradle of the Arab uprisings — a forlorn street corner in Sidi Bouzid, Tunisia, where a street vendor, drenched in paint thinner, struck a match in December 2010 that ignited the entire Middle East. “We have far more freedoms,” one peddler hawking fruit in the same square lamented, “but far fewer jobs.” Another noted that Mohamed Bouazizi, the vendor who set himself on fire, did so not to vote in a democratic election but because harassment by local officials had cost him his livelihood.
As the peddlers vented, prayers ended at the whitewashed mosque across the street. Among the faithful were Salafis, ultraconservative Sunni Muslims vying to define the new order according to seventh-century religious traditions rather than earthly realities. For years, many Salafis — “salaf” means predecessors — had avoided politics and embraced autocrats as long as they were Muslims. But over the past eight months, clusters of worshipers across the Middle East have morphed into powerful Salafi movements that are tapping into the disillusionment and disorder of transitions.
A new Salafi Crescent, radiating from the Persian Gulf sheikdoms into the Levant and North Africa, is one of the most underappreciated and disturbing byproducts of the Arab revolts. In varying degrees, these populist puritans are moving into the political space once occupied by jihadi militants, who are now less in vogue. Both are fundamentalists who favor a new order modeled on early Islam. Salafis are not necessarily fighters, however. Many disavow violence.
In Tunisia, Salafis started the Reform Front party in May and led protests, including in Sidi Bouzid. This summer, they’ve repeatedly attacked symbols of the new freedom of speech, ransacking an art gallery and blocking Sufi musicians and political comedians from performing. In Egypt, Salafis emerged last year from obscurity, hastily formed parties, and in January won 25 percent of the seats in parliament — second only to the 84-year-old Muslim Brotherhood. Salafis are a growing influence inSyria’s rebellion. And they have parties or factions in Algeria, Bahrain, Kuwait, Libya, Yemen and among Palestinians.
Salafis are only one slice of a rapidly evolving Islamist spectrum. The variety of Islamists in the early 21st century recalls socialism’s many shades in the 20th. Now, as then, some Islamists are more hazardous to Western interests and values than others. The Salafis are most averse to minority and women’s rights.
A common denominator among disparate Salafi groups is inspiration and support from Wahhabis, a puritanical strain of Sunni Islam from Saudi Arabia. Not all Saudis are Wahhabis. Not all Salafis are Wahhabis, either. But Wahhabis are basically all Salafis. And many Arabs, particularly outside the sparsely populated Gulf, suspect that Wahhabis are trying to seize the future by aiding and abetting the region’s newly politicized Salafis — as they did 30 years ago by funding the South Asian madrassas that produced Afghanistan’s Taliban.
Salafis go much further in restricting political and personal life than the larger and more modern Islamist parties that have won electoral pluralities in Egypt, Tunisia and Morocco since October. For most Arabs, the rallying cry is justice, both economic and political. For Salafis, it is also about a virtue that is inflexible and enforceable.
“You have two choices: heaven or hellfire,” Sheikh Muhammad el-Kurdi instructed me after his election to Egypt’s parliament as a member of Al Nour, a Salafi party. It favors gender segregation in schools and offices, he told me, so that men can concentrate. “It’s O.K. for you to be in the room,” he explained. “You are our guest, and we know why you’re here. But you are one woman and we are three men — and we all want to marry you.” Marriage may have been a euphemism.
Other more modern Islamists fear the Salafi factor. “The Salafis try to push us,” said Rachid al-Ghannouchi, founder of Ennahda, the ruling Islamist party in Tunisia. The two Islamist groups there are now rivals. “Salafis are against drafting a constitution. They think it is the Koran,” grumbled Merhézia Labidi, the vice chairwoman of Tunisia’s Constituent Assembly and a member of Ennahda.
Salafis are deepening the divide between Sunni and Shiite Muslims and challenging the “Shiite Crescent,” a term coined byJordan’s King Abdullah in 2004, during the Iraq war, to describe an arc of influence from Shiite-dominated Iran to its allies in Iraq, Syria and Lebanon. Today, these rival crescents risk turning countries in transition into battlefields over the region’s future.
The Salafis represent a painful long-term conundrum for the West. Their goals are the most anti-Western of any Islamist parties. They are trying to push both secularists and other Islamists into the not-always-virtuous past.
American policy recently had its own awakening after 60 years of support for autocratic rulers. The United States opted to embrace people power and electoral change in Tunisia, Egypt, Libya, Morocco and Yemen. Yet Washington still embraces authoritarian Gulf monarchies like Saudi Arabia, tolerating their vague promises of reform and even pledging the United States’ might to protect them.
Foreign policy should be nuanced, whether because of oil needs or to counter threats from Iran. But there is something dreadfully wrong with tying America’s future position in the region to the birthplace and bastion of Salafism and its warped vision of a new order.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, julio 10, 2011

"Sin 'burka' no quiero vivir"

Por JOSÉ MARÍA IRUJO (El Pais.com, 10/07/2011)

Chadia tiene 15 años y unos preciosos ojos verdes que desde hace meses solo ven su madre y sus cuatro hermanos cuando conviven en la intimidad de su casa alquilada de 90 metros cuadrados en el barrio de Reina Regente en Melilla. La niña cubre su rostro con un burka negro y envuelve sus frágiles brazos en unos guantes azul oscuro que le llegan hasta el codo, unas prendas que antes no se habían visto en esta ciudad de 71.000 habitantes, de los que la mitad son musulmanes. Chadia ha abandonado sus clases en el instituto público de su barrio y perdido el curso de 3º de la ESO, pero asegura "ser feliz". "La mujer más feliz", afirma.

El secreto de Chadia, nombre supuesto para preservar su intimidad, duró varias semanas, las mismas que tardó el sistema escolar en alertar a la fiscalía de que una niña tranquila y aplicada llevaba días desaparecida de clase sin que sus padres dieran ninguna explicación. Nadie imaginó en el centro que una de sus alumnas vivía desde entonces encerrada en "la felicidad" de su burka, el mismo que visten la mayoría de las mujeres en Afganistán, a miles de kilómetros de distancia. Este es el primer caso de una niña española, nació en Melilla y es hija de padres españoles, que pretende asistir con burka al colegio, un centro con más de mil alumnos, en su gran mayoría musulmanes.

Mimón, de 42 años, la madre de la adolescente tapa su cabello con el hiyab (pañuelo islámico), viste una túnica color toffee y calza babuchas. Está separada de su marido y se ha hecho cargo de la educación y cuidado de sus cinco hijos. Ella fue la que explicó a la fiscal por qué su hija no asistía al colegio. Lo relata sentada en el salón de su casa, una estancia decorada con varios suras enmarcados del Corán: "Hace dos meses me llamaron y dieron cita con la fiscal y con Protección de Menores. Fuimos a verla y le dijo a la niña que tenía que ir al colegio y cumplir las normas. La niña le contestó que no quería ir al instituto, que no quería estudiar, que llevaba el burka y que no la iban a dejar entrar. Nos pidió que habláramos con el director y lo hicimos, pero este se negó a que acudiera con el burka. Le pidió que se lo quitara en la puerta del colegio. '¡Si sigue con esta actitud es mejor que no venga!', nos dijo".

Mohamed, cinco años, el pequeño de los hermanos, juega sentado en el suelo con un muñeco y observa a su madre en el mismo instante en que se abre una puerta interior y aparece Chadia cubierta con su burka. Anda muy despacio, empujando sus pies hacia delante como si fuera una novia que teme tropezar con su traje, se dirige hacia el periodista y le niega su mano. "Lo siento, pero no puedo tocarle". Se sienta tiesa y erguida junto a su madre y levanta el velo que tapa su cara y lo echa hacia atrás. Una diminuta rejilla del pañuelo negro que cubre su rostro descubre sus ojos.

-¿Por qué dejas que ahora se vean tus ojos?

-Es por respeto a usted que está en mi casa. En la calle nunca me lo permitiría.

Chadia interrumpe a su madre y asegura que quiere contar por qué viste el burka, por qué ha dejado el instituto en el que han estudiado sus hermanas mayores y ella misma desde pequeña, el centro público donde hasta hace unos meses saltaba a la cuerda en el patio con las que antes eran sus mejores amigas. La niña gira la cabeza, mira a los ojos de su interlocutor, los baja levemente e inicia su relato: "Fui con el burka hasta la puerta del colegio, me lo quité en la puerta y lo metí en la mochila. Se me veía la cara. Di mis clases y en el recreo hablé con las niñas. Todas me preguntaban: ¿por qué te pones el burka?, ¿te has echado un novio? Yo les di mis razones. Cuando me llamó el director me dijo: '¡No hables con ellas! Si vienes en ese plan mejor que no vuelvas!'. El director me cogió manía desde que le dejé las cosas claras. Le contesté a él y a la jefa de estudios que seguiría yendo. Volví varios días hasta que lo dejé. Iban a empezar las recuperaciones y no quería estudiar. No me importa perder el curso. Si no me dejan ir con burka no quiero estudiar, quiero hacer algo útil, no estudiar. Además, ahora ni con estudios encuentras trabajo". Mimón, la madre, observa a su hija y asiente con un leve gesto de cabeza.

Miguel Ángel López Díaz, director del instituto, ofrece una versión diferente. "Le comunicamos a la madre que la niña no podía acudir con burka. Le insistimos en que tenía que asistir a clase. Quiso negociar con nosotros: '¿Y si viene sin los guantes?'. Al final regresó al colegio sin el burka, pero con guantes. Le dijimos que se los quitara y lo hizo. En el recreo estuvo haciendo proselitismo con otras niñas y buscando apoyos. Cuando vino a hablar conmigo se lo quitaba y ponía. '¿Qué pasa si me lo pongo y me lo quito?', me decía. Le pedí que, por favor, no viniera tapada ni con guantes, que no enredara a otras niñas. Ya no ha vuelto a venir. Aquí, un 30% de las alumnas llevan el hiyab con toda naturalidad. Nunca hemos tenido problemas. Es una prenda más. Nunca habíamos tenido una niña con burka y no nos gustaría que esto se extienda. No es de aquí, es importado".

Una profesora del instituto, que pide que se omita su identidad, describe a Chadia como una niña normal que al principio del curso vestía vaqueros y no llevaba pañuelo. Y reconstruye el diálogo que mantuvo con varias compañeras de la niña cuando esta regresó después de varios meses de ausencia. "Me decían: 'Es tonta, se tapa y quiere que nos tapemos los demás. No le basta con castigarse ella sola. Lo que pasa es que se ha echado un novio barbudo. No nos deja decir barbudo porque dice que es pecado'. Ninguna de sus amigas se cree que se le ha ocurrido a ella sola vestirse con burka. Nosotros, los profesores, tampoco".

Chadia habla con cierta ironía cuando se le pregunta por los comentarios de sus amigas del colegio y siempre en pasado, aunque se separó de ellas hace pocas semanas. Y sonríe por primera vez ante la pregunta de si se ha echado un novio barbudo como aseguran algunas de sus compañeras de clase, uno de esos jóvenes salafistas que en los últimos años han aparecido como hongos por los barrios musulmanes de Melilla con sus pantalones por encima del tobillo para parecer más puros. "¡Que Dios me libre de los novios! Nadie me ha aleccionado. Alá es el único que me ha aleccionado, nadie más. Me he puesto a leer el Corán y lo he descubierto sola. Es una cuestión de fe. Alá quiere que lo interprete así. ¡Hasta yo me he quedado sorprendida de mi cambio! Por favor, escriba Alá con mayúsculas", ruega.

Mimón, su madre, asegura que la decisión de su hija fue una sorpresa para ella. "Mira lo que me he comprado', me dijo un día. Yo no tenía ni idea. No tiene novio. La gente cree que al ponerse el burka hay un hombre detrás. En este caso no es así. Se lo ha puesto por voluntad propia. Ha dicho que no se lo va a quitar, y no se lo va a quitar. Está feliz y decidida".

-¿Cómo te sientes totalmente tapada, cubierta bajo esa capa de velos tan oscuros? ¿Dónde dice el Corán que la mujer debe vestir así?

-Mire, me siento feliz y orgullosa de llevarlo. Me ha dado luz y ahora sé que estoy yendo por el camino recto. Si das un paso para creer en Alá, él te abre el corazón. Si crees en él y cultivas tu fe no tendrás dudas. En los suras [capítulos del Corán]de las mujeres, en la de la vaca, en la de la luz, en la de Mohamed se explica cómo debe ser la mujer. La única religión que existe es el islam, no hay otra".

Chadia no responde a la pregunta de si considera enemigos o infieles a los que no practican el islam. La niña afirma que no reza en ninguna mezquita, salvo alguna vez en la que frecuentan sus hermanos, en el barrio de La Cañada de Hidun, uno de los más deprimidos de la ciudad. Asegura que se compró el burka durante un viaje a Marruecos, donde también hizo "otras cosas", y sin que su madre conociera sus intenciones. No da detalles de si viajó sola o acompañada, ni de dónde sacó el dinero para adquirir su nueva vestimenta. "Rezo en mi cuarto cinco veces al día. Allí, entre mis libros, es donde me encuentro más cómoda, donde aprendo con mis lecturas y rezos, pero también salgo a la calle. No estoy encerrada ni aislada". Entre sus planes está hacer un curso de cocina, pero "donde haya solo mujeres". "Un hombre no me puede ver".

Chadia solo habla del Corán como su libro de cabecera, no ofrece detalles sobre otras lecturas, y describe así su futura relación con los hombres: "Aunque vista un burka y no deje que ningún hombre me vea, no renuncio a tener una familia e hijos. Mi marido tiene que ser musulmán, debe tener la misma fe que yo y aceptar sin ninguna duda lo que dice el Corán. Sin todo eso no podría aceptarlo como esposo". Su padre no parece ser su ejemplo. "Él y mi hermano Rashid me dicen que me quite el burka. No les gusta. A este pequeño, en cambio, le encanta y me pide que me lo ponga", añade señalando con la mirada a Mohamed que parece atento a la conversación y mira a su hermana con admiración. "Estoy decidida a seguir así toda la vida. Sin el burka no quiero vivir", apostilla.

Durante casi dos horas de conversación la figura paterna no está presente en el hogar de Chadia, un piso humilde sin ascensor, pero ordenado, limpio y luminoso, un bloque de pisos sociales construidos por la Empresa Municipal de la Vivienda, habitadas casi en su totalidad por familias musulmanas y un exlegionario retirado que pasa horas muertas en su terraza, en pantalón corto y pijama, fumando un cigarrillo tras otro y mirando al infinito. En el patio de la calle los niños juegan y charlan apoyados en la pared. El barrio en el que vive esta familia se sitúa cerca del centro de la ciudad y alejado de las zonas más deprimidas como La Cañada de Hidun, donde se han construido centenares de casas ilegales, pero no escapa a las tasas de paro y fracaso escolar, de las más altas de España. Muchos jóvenes de éste y otros barrios viven del trapicheo del hachís y su única salida es una plaza en el Ejército. Un caldo de cultivo para que florezca el salafismo propagado desde algunas mezquitas y escuelas coránicas.

"Estoy separada de mi marido desde hace 10 años. Nos abandonó con cinco hijos: tres niños y dos niñas. No esperamos nada de él. Nos arreglamos como podemos", apostilla la madre. Chadia calla y mira hacia el suelo. Rashid, el hermano mayor, irrumpe en la vivienda y observa al periodista con desconfianza. Viste pantalones vaqueros, camiseta de manga corta y deportivas. Certifica que no le gusta que su hermana pequeña se encierre en un burka. Es viernes al mediodía, la hora del rezo, y el joven que trabaja, conduce un pequeño turismo y ayuda a la familia, anuncia a su madre que va a subir a rezar a la mezquita de Los Pinares, en la parte alta de La Cañada, a unos quince minutos en coche desde su domicilio.

Chadia y su madre reconocen que es la única menor que usa el burka en Melilla, no conocen otro caso, pero aseguran que otras niñas quieren hacerlo. "La mayoría de mis amigas piensan como yo, pero no se atreven a dar el paso. Están discriminando a las mujeres musulmanas. Poco a poco esto irá cambiando, mientras haya vida hay esperanza. ¿Cómo van a hacerlo ahora si no te dejan ni estudiar, si te miran por la calle como si fueran un bicho raro, si pierdes todas las oportunidades de hacer algo? Pero ya verá como esto cambia. No tenemos prisa. Hay que ser paciente".

La estampa de Melilla está cambiando. Las palabras de Chadia no son una exageración. En los barrios periféricos más deprimidos y alejados del centro urbano el visitante se encuentra con algunas jóvenes que visten el niqab, la prenda que cubre todo el rostro de la mujer salvo una leve rejilla. Una vestimenta que antes no era visible, la antesala del burka, una prenda importada desde Arabia Saudí y ajena a las costumbres tradicionales de las mujeres musulmanas de esta ciudad que acostumbran a cubrir su cabello con el hiyab, aunque algunas no lo hacen.

"Soy Saida. ¡Por favor resérvame hora para mañana a las 11.00! Ya sabes". Abida [súbdita de Dios], de 24 años, la encargada de la peluquería Lamia, sabe que cuando recibe esta clase de llamadas telefónicas tiene que cerrar su pequeño y coqueto local para atender a una cliente especial. A una sola, a una de esas mujeres "perfectas" que leen la obra Tú puedes ser la mujer más feliz del mundo. A una de esas chicas a las que nadie, ni otra mujer, salvo esta peluquera menuda, puede ver ni adivinar su rostro o su cabello. "Cierro la puerta para ellas. No quieren que las vean otros clientes, aunque aquí atendemos a mujeres. Tengo que organizar las horas para que no aparezca nadie, para que no molesten. Me dicen: 'Mi marido no quiere que me vea nadie salvo tú'. Son muy coquetas y se arreglan mucho, pero solo para ellos. Ayer estuvo aquí una con burka. Se hizo un tratamiento completo, se alisó el pelo, se echó un tinte y se lo cortó. Todo en la más absoluta intimidad. Tiene unos 30 años y vive aquí en La Cañada. El niqab o el burka no les impide arreglarse. No significa que estén castigadas. Al menos, es lo que ellas me cuentan. Tenemos dos clientas solteras, una de 17 y otra de 20 años, el resto son siempre casadas y con niños. No estudian porque tienen las puertas cerradas en todos los lados. Les dicen que está prohibido usar el niqab".

La peluquería Lamia tiene dos cómodos sillones mecánicos para sus clientas, amplios cristales y un sofá con cojines de vivos colores en el que esperan su turno varias clientas. Unas cortinas correderas aíslan el despacho de Abida, la peluquera. Saida, melillense de 25 años, confiesa sin ningún pudor que dos de sus familiares usan el niqab. "Yo tengo a mi hermana Salwa, de 21 años, y a mi prima Fátima de 22. Mi hermana salía con un grupo de amigas, iban a clase de islam cada día porque querían saber más. Estaba obsesionada con saber. Conoció a un chico, se prometieron y se puso el niqab. Nosotros lo respetamos, pero mi madre no quería. Se llevó un disgusto. Al final hemos aceptado su decisión. Fue un golpe muy fuerte. Nos dijo que quería vestirse como la mujer del profeta".

Al igual que Abida, esta joven española asegura que su hermana y su prima son discriminadas por su vestimenta. "Salwa iba a hacer uno de los cursos de hostelería, albañilería y pintura en el centro de monjas de la caridad María Inmaculada y le dijeron que vestida de esa manera, no. Está prohibido. Mi hermana lleva a su niño al parque, se ha sacado el carné de conducir y tiene solo el bachillerato. No le importa lo que diga la gente. Al principio le molestaba mucho que la gente del barrio se preguntara: '¿Quién será? ¿Quién será?'. Ha aprendido árabe en muy poco tiempo y está todo el día pidiéndome que me ponga ropa larga".

Guarda [Rosa], una joven de 27 años que cubre su cabello con el hiyab, la interrumpe y se dirige al periodista. "Yo si me animo a lo mejor me pongo el niqab. Me siento más valorada si me cubro. Si vuelve por aquí en un par de meses a lo mejor me encuentra totalmente tapada. No conozco a nadie con burka, pero todas las chicas que se ponen el niqab son guapas, o morenas de ojos negros o rubias de ojos verdes y azules. Esto es igual que si viene tu hijo un día y te dice que es gay. Llevar el niqab no es obligatorio, el pañuelo sí".

-¿Has leído el libro Tú puedes ser la mujer más feliz del mundo?

-Sí, me parece maravilloso. Me ha ayudado y cambiado mucho. No hay sometimiento de la mujer al hombre. Solo amor.

La peluquera Abida asoma tras las cortinas y espeta: "Yo he estudiado árabe y no me gusta el burka. Es una exageración. No le veo justificación ni religiosa ni personal. Llevan una vida muy aburrida. Mi hermana no puede venir ni al campo ni a la playa con nosotras", reconoce Saida.

Las mujeres españolas que usan el niqab en Melilla no se bañan en sus playas. Cruzan la frontera, donde se tienen que identificar, y viajan en coche hasta un lugar secreto que muy pocos conocen, una pequeña playa en Marruecos que alquilan sus maridos para que nadie pueda verlas. "Van a una playa marroquí y se bañan solas durante la noche. La compran por horas sus esposos. No creo que la encuentre, es uno de sus secretos mejor guardados", dice Abida.

En la despedida, Mimón, la madre de Chadia, niega la mano al periodista y lanza una pregunta: "A las niñas cristianas las dejan ir con minifalda. ¿Por qué no se respeta a las musulmanas que van tapadas y recatadas? Cuando Chadia abre la puerta de su casa cubre su rostro con el burka y sus ojos desaparecen: "Vayan con Alá".


"Tú puedes ser la mujer más feliz del mundo"

En los tenderetes aledaños a la mezquita central de Melilla, la más grande y concurrida de la ciudad, a unos veinticinco minutos a pie desde la casa de Chadia, se puede comprar la obra Tú puedes ser la mujer más feliz del mundo, del doctor Aid al Qarni. Un libro de 197 páginas que cuesta 17 euros y que se ha convertido en una guía espiritual y de comportamiento para jóvenes melillenses como Chadia a las que se anima a obedecer a sus maridos, recluirse en sus hogares y a ser "perfectas". Sus páginas están trufadas de palabras como amor, felicidad, corazón, perdón y fe, pero el lector se encuentra con preguntas como esta: "¿Puede ser feliz la mujer que muestra su belleza a los perros salvajes y ostenta sus encantos a los lobos?". Y frases donde se inculca la obediencia y el sometimiento de la mujer: "La mujer ejemplar es amable con su esposo y no hace nada para atormentar la vida de ambos", "Ten cuidado de imitar a las mujeres inmorales. Un Hadiz dice: 'Allah maldice a los hombres que imitan a las mujeres y a las mujeres que imitan a los hombres'. Ten cuidado con imitar a los hombres, estar a solas con un hombre no familiar, viajar sin Mahram (familiar hombre), perder la modestia y el pudor, no vestirse correctamente... Permanece en tu hogar y no lo dejes excepto por razones serias y necesarias...".


Fracaso escolar en Melilla: 42,4%

Ninguno de los institutos públicos de Melilla en los barrios de mayoría musulmana ha tenido casos de niñas que, como Chadia, deseen acudir a estudiar en burka. Pero sufren otros problemas, por ejemplo, una tasa de fracaso escolar del 42,4% en 2010, que triplicó la media europea (14%) y superó la española (30,8%). José Cárdenas, de 44 años, profesor del instituto Juan José Fernández, asegura que las niñas vienen vestidas como quieren. "El respeto al hiyab (pañuelo) es total. Si prohibiéramos el velo tendríamos que cerrar. Cuando escuchamos en televisión que hay un problema en algún colegio de la Península nos llama la atención. No tenemos símbolos, ni de unos ni de otros", dice orgulloso.

El asistente social Jaime López, de 44 años, puntualiza que hace un año una niña acudió al colegio con niqab, la prenda que tapa toda la cara menos los ojos. "Solo vino un día. Tenía 16 años y dejó de asistir a clase porque se casó. Pasó del pañuelo al niqab y al matrimonio. Los padres querían que siguiera estudiando, pero ella no. Faltaba mucho a clase y la familia era humilde".

José Antonio Ruiz, director del instituto Leopoldo Queipo, está atareado con las pruebas de selectividad. "Un 50% de nuestras alumnas llevan pañuelo, pero no hay ningún problema. No sé la religión de mis alumnas, ni me lo planteo. Es una opción personal. Nunca ha aparecido una niña con burka o niqab". Pedro Cortés, director del instituto Reina Victoria Eugenia, es más conciso: "Problemas cero. Ninguno".

viernes, marzo 18, 2011

La ‘cuarta ola’ democratizadora

Por Enrique Gil Calvo, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 11/03/11):

El derrumbe del régimen de Gadafi reafirma la percepción, inaugurada con las caídas previas de las dictaduras tunecina y egipcia, de que estaríamos asistiendo al ascenso de la cuarta ola democratizadora, difundida esta vez por efecto dominó entre los sistemas coloniales surgidos de la disolución del antiguo Imperio Otomano.

El concepto de ola democratizadora fue acuñado por el politólogo Samuel Huntington, cuyas posiciones ultraconservadoras no le impidieron ejercer considerable influencia por el efectista impacto de sus metáforas retóricas, de entre las que el famoso choque de civilizaciones es sin duda la más polémica. En cambio, su libro La tercera ola (Paidós, 1994) fue bien recibido, pues en él periodizaba en tres grandes ciclos el proceso histórico de institucionalización de la democracia representativa. Cada ciclo se compone de una ola prodemocrática seguida de otra contraola antidemocrática, y su cronología es la siguiente.

Primera ola de instauración de las democracias liberales primitivas, entre 1828 y 1926, interrumpida por la primera contraola del fascismo de entreguerras, de 1922 a 1942. Segunda ola de democratizaciones impulsadas por el triunfo de los aliados en la II Guerra Mundial, entre 1943 y 1962, a la que siguió la segunda contraola de revoluciones tercermundistas y contrarrevoluciones golpistas de 1958 a 1975. Y tercera ola democratizadora propagada por las transiciones que se produjeron sucesivamente en el sur de Europa, en América Latina y en el este de Europa entre 1974 y 1989, que se quebró por la tercera contraola iniciada en la plaza de Tiananmen y proseguida por las guerras balcánicas, momento en el que Huntington publica su libro.

Pues bien, un tiempo después, cuando los anglosajones optaron por invadir Afganistán e Irak para recuperar su hegemonía imperial, tras el golpe simbólico sufrido con los graves atentados de septiembre de 2001, decidieron legitimar su aventura mediante la retórica justificadora de la exportación de la democracia. Y para ello contaron con el concurso de ideólogos como Huntington, que no dudaron en defender la democratización manu militari de Irak como el inicio de una posible cuarta ola democratizadora, esta vez a extender por el Medio Próximo musulmán. Al fin y al cabo, la segunda ola democratizadora también fue impuesta manu militari a Italia, Alemania y Japón, y a pesar de eso la operación tuvo bastante éxito institucional. Por tanto, ¿por qué no habría de salir bien una operación análoga en Oriente Próximo? No obstante, la invasión de Afganistán e Irak no fue el paseo militar esperado, y su resultado ha sido que las democracias allí impuestas por la fuerza son de momento meras fachadas fallidas, que no consiguen ocultar una realidad hobbesiana-en absoluto democrática. De modo que la idea de una cuarta ola pronto fue abandonada. Pero todo ha cambiado ahora, cuando primero Túnez, después Egipto y ahora Libia están experimentando sendos procesos revolucionarios claramente prodemocráticos, que están significando la caída de sus respectivos regímenes dictatoriales. Por lo tanto, ahora parece que esta vez va en serio, pues por fin está naciendo y cobrando impulso la cuarta ola democratizadora.

¿Cuál es el principal motor del cambio que impulsa la propagación transnacional de una oleada democratizadora? ¿Por qué se difunde con preferencia a ciertos países vecinos más que a otros? Sin despreciar otros factores evidentes, como las transformaciones económicas y sociales, el efecto demostración transmitido por los medios masivos o la exigencia democratizadora del entorno internacional, que tan eficaces fueron para impulsar la tercera ola, Huntington optó por destacar la influencia prioritaria y para él decisiva del factor religioso. Por eso llamó ola católica a la que democratizó a partir de 1975 primero la península Ibérica, después el continente sudamericano y por fin Polonia. Y de ser acertada esta interpretación idealista, deberíamos pensar que ahora es el islam, tras el catolicismo, el que se estaría democratizando.

Ahora bien, ¿no le estaremos dando una importancia excesiva a la religión? ¿Seguro que acertó Huntington al hacer del factor religioso el más decisivo de todos? ¿Y si la religión no hace más que manifestar ritualmente la influencia de otros factores, como son las divisorias culturales y geográficas heredadas de la historia? ¿Cómo explicar que esta cuarta ola se propague sobre ciertas áreas musulmanas con preferencia sobre otras que se resisten a dejarse contagiar? ¿Cuáles son los factores epidemiológicos que favorecen la difusión del virus democratizador?

Hasta ahora, la rebelión ha prendido con rapidez en una zona muy delimitada (Túnez, Libia, Egipto) cuyas características comunes son las siguientes: religión musulmana suní, cultura árabe dominante, pertenencia al Imperio Otomano durante siglos y experiencia colonial reciente bajo dominio europeo. En cambio, en los países en que la rebelión no ha logrado cobrar el mismo vigor, aunque también sean árabes y musulmanes, faltan sin embargo el tercer y cuarto factor: la dominación otomana y la experiencia colonial europea. ¿No serán, por tanto, estas dos últimas características las que canalicen en mayor medida la propagación de la epidemia democratizadora? Y de entre ambas, ¿no será la influencia otomana la que predomine sobre la europea?

De ser esto así, cabría plantear la hipótesis de que, una vez fracasado el modelo iraní, el éxito actual del modelo turco es el más determinante para explicar el contagio de esta cuarta ola, que por tanto no sería tanto una ola islámica o una ola árabe como una ola otomana. Con ello me refiero al área cultural delimitada por las posesiones históricas del Imperio Otomano, con capital en Estambul desde 1453 hasta 1923. Un espacio geográfico institucional que por el este alcanzó el actual Irak sin penetrar en Irán, mientras por el oeste magrebí solo llegó hasta Túnez, sin dominar Argelia ni menos Marruecos. Y de ser cierta esta interpretación, Siria, Líbano, Jordania, Palestina, Yemen, Omán e incluso Arabia Saudí serían más susceptibles de contagio, pero no tanto el resto del área arábigo-musulmana. De todas formas, lo que sí explica bien esta hipótesis de continuidad histórica del factor otomano es la creciente influencia política que el actual régimen turco (una democracia de tercera ola hoy plenamente homologable y consolidada, con liderazgo del islamismo moderado) ejerce sobre todos los países dominados en el pasado por la hegemonía cultural y política de Estambul.

En cualquier caso, si es que llega a florecer y consolidarse, habrá que felicitarse de que por fin se produzca esta cuarta ola de democratización, ya sea islámica, panárabe u otomana. Con ello ascenderá otro peldaño la democratización de la democratización: un lujo hasta 1945 solo al alcance de la élite WASP del planeta, del que las demás poblaciones occidentales (las clases medias del globo terráqueo) no empezamos a disfrutar más que hace un tercio de siglo con la tercera ola. Ya es hora, pues, de que el resto de poblaciones, las clases bajas de la globalización, comiencen a participar también de la democracia, para culminar por fin el ideal de la igualdad política a escala global: hoy se incorporan las masas egipcias, y esperemos que también puedan hacerlo pronto las chinas. Pero esta democratización global también nos deja un punto de melancolía, pues cuando ahora los recién llegados se entusiasman con la celebración de su libertad, nosotros, los occidentales, cada vez más defraudados, nos lamentamos por la ínfima calidad de nuestras democracias defectivas. Por eso, en contraste, ¡qué envidiable nos parece su efervescencia cívica pendiente de estrenar!

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, marzo 17, 2011

El panadero de El Cairo

Por Guy Sorman, ensayista (ABC, 08/03/11):

Nadie en 1989 había previsto la destrucción del muro de Berlín; asimismo, nadie se había planteado una revuelta democrática árabe. Por otra parte, esta revuelta resulta menos sorprendente que los errores de análisis de los observadores occidentales que la precedieron. La idea preconcebida sobre el mundo árabe hasta estas últimas semanas era que «la calle árabe» era por naturaleza turbulenta y una presa fácil para los islamistas radicales, instigada por unos sentimientos hostiles hacia los estadounidenses y, sobre todo, que se oponía visceralmente a Israel. Para contener esta tentación populista, en Europa reinaba el acuerdo para apoyar a los déspotas como murallas contra el levantamiento de las hordas árabes. ¿Por qué fue tan poco previsible en Occidente que los árabes pudieran aspirar a una vida normal? La coalición de intereses materiales entre dirigentes de Occidente y de Oriente es una explicación insuficiente, un determinismo económico demasiado elemental. Es más convincente la costumbre diplomática que lleva a todo gobierno a preferir lo malo conocido (Mubarak) que lo bueno por conocer: la incógnita islamista. Pero la razón esencial en la que se basó la ceguera occidental tiene que ver con el prejuicio: los árabes no son supuestamente como nosotros, ignoran todo sobre la libertad, y el despotismo es su tradición desde tiempos de los faraones (que no eran árabes, pero da igual). Un prejuicio que el sociólogo palestino Edward Said había calificado «de orientalismo». Esta visión de un Oriente eterno estaba y sigue estando reforzada por una ignorancia profunda del islam. En Europa y en Estados Unidos confundimos fácilmente el Corán con el islam, el islam con los musulmanes y los musulmanes con los árabes. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses se lanzaron a la lectura del Corán para encontrar en él una explicación al terrorismo. El Corán no explica ni el 11-S ni el atentado de la estación de Atocha (en Madrid): el Corán dice una cosa y lo contrario, lo que deja a los exégetas una gran libertad de interpretación. En resumen, el islam no es más que lo que los musulmanes hacen de él, tanto para bien como para mal, lo que no es muy diferente del cristianismo.

Y en Occidente no se entiende muy bien hasta qué punto la historia de los árabes está imbricada en la historia de Occidente e iluminada por el Corán. El largo conflicto entre árabes y europeos ha suscitado resentimientos, pero también convergencias. No hablaremos aquí de la leyenda andaluza, sino de los tiempos modernos. Recordaremos que, en el siglo XIX, unos intelectuales de El Cairo comprendieron que para salvar la civilización árabe resultaba crucial adaptar lo que hacía fuerte a Europa: su ciencia y sus instituciones. El instigador de esta occidentalización, Rifaa El Tahtawi, importó a Egipto la educación para todos, una prensa libre, la idea de Constitución y las ciencias europeas que hizo traducir al árabe. Esta occidentalización condujo a los árabes al umbral de la modernidad, hasta la década de 1950. Nadie en 1950, ni en el mundo árabe ni fuera de él, dudaba de que Egipto, faro del mundo árabe, restablecería una brillante cultura y emprendería una vida democrática y normal y un crecimiento económico y liberal. Es conveniente recordar esa época, ya que explica la facilidad con la que los revolucionarios restablecen el vocabulario democrático: no es necesario explicar a los árabes qué es una Constitución y un partido político porque ya experimentaron lo uno y lo otro.

Por tanto, la verdadera ruptura entre el mundo árabe y la democracia liberal no se enmarca dentro de la civilización árabe, ni en el Corán. El despotismo y el socialismo árabes datan de la década de 1950 y proceden de las ideologías occidentales modernas. En realidad, las guerras de descolonización y contra Israel fueron las que permitieron a los militares árabes tomar el poder y conservarlo. Como Europa era una potencia colonial, esos dirigentes árabes obtuvieron el apoyo soviético: en la década de 1950, el modelo soviético les parecía más eficaz que el capitalismo. El mundo árabe despótico se forjó realmente en esos años. Lo mismo sucede con el islam político: la Hermandad Musulmana le debe más al fascismo italiano, del que copiaron los estatutos, que al Corán. Este islam político solo se volvió violento después —no antes— de que lo reprimiera Nasser. Cuando un partido musulmán ganó las elecciones municipales en Argelia en 1991, el ejército argelino anuló las elecciones: solo en ese momento el partido se transformó en una guerrilla y más tarde se unió a Al Qaeda.

Estos hechos recientes, ocultados en Europa, explican las exigencias de los revolucionarios actuales. Estos reclaman la «vuelta» a la democracia, la «vuelta» a una prensa libre y la «vuelta» a unas universidades independientes. También cabe destacar hasta qué punto esas revoluciones obedecen a unas leyes históricas, propias de todas las revoluciones, árabes o no árabes. Desde 1789, las revoluciones son menos obra de levantamientos populares que de minorías ilustradas: la mecha revolucionaria siempre la encienden los grupos sociales que no encuentran en la sociedad el lugar que estiman que les corresponde. Resulta que las universidades de El Cairo o de Túnez han dado varias generaciones de estudiantes que, debido a la militarización de la política y a la estatalización de la economía, están privados de perspectivas. Esta Lumpen Intelligentsiadesencadenó las revoluciones árabes según un esquema que recuerda a todas las revoluciones occidentales, desde 1789 (París) hasta 1989 (Praga). Esta es la razón de que en estas revoluciones árabes no sea cuestión ni del islam, notablemente ausente, ni de Israel, que es la menor de las preocupaciones para la calle árabe; esta se halla inmersa en la búsqueda de dignidad, de una vida mejor, y no de un califato imaginario. Los árabes van en busca de globalización y de integración en un mundo exterior más libre y más próspero; están cansados de que los hayan abandonado en los márgenes de la historia. Nos dicen hasta qué punto están hartos de ser «diferentes», por internet y a menudo en inglés, para que comprendamos el mensaje.

Llegados a este punto, manifestemos nuestra inquietud. ¿Qué se puede esperar de las revoluciones árabes si son unas revoluciones como las demás, una aspiración a los beneficios de la globalización sin un componente islámico significativo? Las revoluciones rara vez conducen a la democracia liberal. Ahora bien, sin una reconversión económica del mundo árabe, toda esperanza de integración de los jóvenes en la economía seguirá frustrada. Egipto, el Magreb, Jordania y Siria necesitan un crecimiento del 7 al 8% anual para que la revolución produzca un mayor bienestar. Es el modelo turco. Esta «turquización» exigiría que los militares renunciasen a su poder político y sobre todo a sus prebendas económicas. Por tanto, nos veríamos tentados a decirles a los árabes sublevados que hicieran «un esfuerzo más»: la república está al alcance de la mano, pero sin una economía liberada seguirá construida sobre la arena.

Los islamistas, antioccidentales y antisionistas, están ahora mismo fuera de juego: pero si la república no conduce al crecimiento, asistiremos a una revancha de los extremistas. Los revolucionarios no han planteado hasta ahora el tema económico: no les parece prioritario, pero lo será. Solo el regreso de los empresarios al mundo árabe, empezando por todos aquellos que viven en el exilio, garantizaría unas repúblicas duraderas. Hoy en día, en Egipto se requieren 500 días de trámites administrativos, con un soborno para cada sello, para abrir una panadería. Egipto será republicano cuando sea posible crear allí una panadería.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, marzo 11, 2011

Los (falsos) credos occidentales

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 06/03/11):

La revolución tunecina y la caída de Mubarak en Egipto deberían inducir a numerosos responsables e intelectuales occidentales a cuestionar buena parte de sus puntos de vista que a decir verdad han guiado con torpeza y escaso acierto el rumbo de su política internacional.

Solía considerarse que el mundo musulmán era impermeable a la democracia; el islamismo radical, la principal amenaza estratégica. De hecho, el sueño de modificar el mapa de Próximo Oriente para implantar allí la democracia – en el caso de Iraq, mediante la guerra-se había convertido en pesadilla. El enfoque realista mandaba contemporizar con regímenes represivos de la región que, al menos, ofrecían la ventaja de representar muros contra el islamismo.

A quienquiera que cuestionaba tales puntos de vista se le trataba de ingenuo o de tonto útil, o bien se le acusaba de hallarse aquejado del “síndrome muniqués” de 1938. Toda reflexión crítica se interpretaba como complicidad, implícita o explícita, con los islamistas. Asomaba, a veces, el terrorismo intelectual. Estos puntos de vista adolecían de una atención excesiva a los efectos ignorando las causas. Indudablemente, el islamismo radical constituía un desafío peligroso para la seguridad de los occidentales y de sus aliados. Sin embargo, ¿cuál era su terreno abonado? ¿Cabía pensar que se trataba de un fenómeno natural o genético susceptible de afectar al mundo árabe-musulmán sin saberse demasiado por qué? Los defensores de estos puntos de vista omitían a sabiendas el hecho de que los occidentales habían apoyado la expansión del islam en su versión radical a fin de contrarrestar el avance del nacionalismo árabe progresista. Ante todo, la cuestión era abstenerse de señalar e identificar las causas geopolíticas del auge del radicalismo islámico (la persistencia del conflicto de Próximo Oriente, la guerra de Iraq y, finalmente, un modo de combatir el terrorismo que sólo acarreaba su crecimiento) y las causas políticas (injusticias sociales, corrupción, ausencia de horizonte político, represión…) aduciendo que comprender quiere decir legitimar y que legitimar significa disculpar.

A base de luchar contra los efectos del islamismo radical sin combatir sus causas, se instaura una política que se nutre de su propio fracaso. Esta actitud conduce inevitablemente al efecto inverso del previsto inicialmente pues se produce una organización del islamismo radical que hace entonces más necesaria la lucha contra él, generándose así un círculo vicioso del que no se sale.

La otra fisura del razonamiento consistía, por analogía, en atribuir al islamismo radical el mismo papel que el representado antaño por el comunismo: el de una importante amenaza susceptible de echar abajo nuestro sistema y acabar con nuestras democracias. Aunque tal presentación de los hechos reportaba la ventaja de mantener importantes presupuestos militares tras la desaparición de la Unión Soviética, surge el interrogante: ¿cómo comparar, en términos de amenaza, Al Qaeda con los millares de armas atómicas de la URSS, los millones de soldados, los millares de carros y aviones de combate del Pacto de Varsovia? Tal perspectiva ha conducido al mismo error estratégico – y error moral-que el cometido durante la guerra fría. En nombre de la defensa de la democracia (amenazada por el comunismo), los occidentales sostuvieron un golpe de Estado en Indonesia – que provocó medio millón de muertos-,además de apoyar a Mobutu y a otros sátrapas africanos, a Pinochet, a Videla y compinches, e incluso al régimen del apartheid. Todos ellos no contribuyeron en nada a la caída del comunismo y, en cambio, cooperaron, como excepción a la regla, a sus fines propagandísticos. La democracia ha triunfado por la transparencia, la comparación de sistemas a que ha dado lugar y el respeto al fomento de unos principios. Pensar que Ben Ali y Mubarak eran el mejor muro de protección contra el islamismo constituía un error. En cierto modo, la impopularidad de estos regímenes debido al tríptico corrupción-injusticias-represión les convertía de hecho en agentes reclutadores indirectos. Los occidentales lo aceptaron porque el simple hecho de pronunciar la palabra “islamismo” conducía a la parálisis intelectual. El militar Lyautey decía:

“Cuando oigo tacones que se cuadran, los cerebros se bloquean”. No es menester que los cerebros se bloqueen a la mera evocación del islamismo; al contrario, hay que abrirlos. La democracia, la justicia social, la transparencia, la coherencia en el respeto a los principios que se dice promover son la mejor manera de luchas eficazmente contra el islamismo radical. Es, igualmente, la mejor, la única vía hacia la reconquista de la confianza occidental en sociedades que, lejos de rechazar nuestros valores como algunos no paran de repetir como en una salmodia, los suscriben pero nos piden que seamos coherentes en su aplicación.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, marzo 07, 2011

Choc des civilisations ? La fin d’une fiction…

Par Abdennour Bidar, philosophe et écrivain (LE MONDE, 01/03/11):

Adieu M. Moubarak. Mais surtout, surtout, Adieu M. Huntington! Essayons de nous souvenir de l’expression que vous utilisiez en cette fin du XXe siècle qui paraît déjà si loin… C’était bien “le choc des civilisations”, n’est-ce pas? L’oraison funèbre de votre thèse vient d’être prononcée par l’événement en marche des révolutions arabes, Egypte et Tunisie. Les concepts aussi doivent mourir un jour, surtout quand ils sont faux. Comme le dit le Coran, “l‘erreur est destinée à disparaître”. Avec ce tremblement de terre auquel nous assistons stupéfaits et dont il y aura sans doute d’autres répliques, ce qui vient de s’écrouler c’est bien en effet cette fiction forgée par Samuel Huntington d’une altérité radicale entre un Occident qui aurait le monopole de l’amour de la liberté et un Orient musulman qui serait au contraire voué à des servitudes éternelles.

Certes, il est trop tôt sans doute pour préjuger de l’issue de la double révolution égyptienne et tunisienne. Mais désormais il sera beaucoup plus difficile d’essentialiser la civilisation islamique comme ce lieu du monde humain où la terre devra rester toujours plate et où l’autoritarisme politique pourra continuer éternellement de vivre en symbiose maudite avec l’autoritarisme de la religion. Et même si probablement ces révolutions – comme tant d’autres avant elles – n’arriveront pas à produire immédiatement de l’égalité et de la liberté, ces foules arabes en mouvement ont envoyé aux téléspectateurs du monde entier une image d’elles-mêmes absolument inédite. Elles nous ont adressé le signal d’un bouleversement sans précédent et sans retour dont il faut essayer de prendre la véritable mesure. De quoi ces révolutions politiques arabes sont-elles le révélateur ?

Ce qui vient de se produire va bien plus loin que la fin de Moubarak, bien plus loin que la fin d’un autoritarisme politique particulier, et bien plus loin enfin que la fin de l’autoritarisme arabe en général – même si celui-ci a probablement hélas de beaux jours devant lui dans plusieurs autres pays de cette aire géographique. Malgré cela, nous pouvons d’ores et déjà estimer que l’événement égyptien, notamment, est considérable. Historique avant même que l’histoire ne s’écrive, parce qu’il y a en lui quelque chose qui déborde infiniment le champ politique. En effet, dans ce pays qui est le phare culturel du monde arabe la chute du Raïs constitue l’un de ces grands moments où une révolution politique vient avertir le monde du renversement jusque là sous-jacent de toute une vision du monde. Comme la Révolution de 1789 qui était le résultat de mutations profondes de la société française. Comme la chute du Mur qui était elle aussi le dernier acte, brutal et spectaculaire, d’une lente agonie du modèle soviétique. Une fois de plus, la révolution politique n’est donc pas seulement politique et par conséquent il faut remonter bien en amont de ce champ politique pour saisir la véritable dimension de ce qui la détermine.

Son séisme, si spectaculaire soit-il, suppose comme conditions de sa production que dans le fond de la culture de ces pays arabes les plaques tectoniques ont commencé de se déplacer depuis bien plus longtemps. En quel sens ? Quelle évolution lente et souterraine de la culture est à l’origine de la révolution soudaine, visible et apparemment imprévisible du politique ? Sans doute une double mutation de la représentation ou de la conscience que les femmes et les hommes de ces peuples arabes ont d’eux-mêmes et de leur existence. Nous l’avons sous-estimé vu d’Occident, mais de toute évidence maintenant (toujours ce miracle ironique des évidences rétrospectives) nous réalisons que ces peuples arabes ont développé une nouvelle culture de la révolte et de la liberté contre tout ce qui veut s’imposer à eux d’en haut, une nouvelle culture de l’indignation et de l’insurrection contre tout ce qui voudrait nier la dignité humaine et soumettre l’homme à la fatalité d’une vie de misère.

LA FIN DE LA RÉSIGNATION

Sans doute que tout cela – culture de la liberté et de la dignité – existait depuis longtemps dans la conscience de ces peuples, mais elle était comme endormie. Par quoi ? Par les ravages d’une vision du monde où l’homme se résigne à souffrir et à obéir à tel ou tel pouvoir ou domination en disant simplement Hamdoulillah, Ma’challah ou Mektoub – “A la grâce de Dieu, Il l’a voulu, c’est ainsi, c’était écrit…” Voilà la dimension réelle de l’événement arabe : ce qui s’exprime à partir de l’épicentre du Caire, c’est la fin de la résignation à la fatalité en général et la dé-légitimation de tout ce qui veut s’imposer à l’homme d’en haut comme une puissance supérieure face à laquelle il ne peut rien, et face à laquelle il n’est rien. Voilà l’évolution de conscience ou révolution existentielle à laquelle est adossée la révolution politique du jour : c’est le vieux mythe et la vieille réalité du fatalisme existentiel arabe qui sont morts le vendredi 11 février sur la place Tahrir.

Mais alors l’événement recèle et révèle une colossale évidence, tellement colossale qu’on aurait dû la voir arriver de très loin… Si ce printemps arabe signe la fin du fatalisme, et pas seulement la fin de la résignation à l’autoritarisme politique, il nous parle aussi nécessairement en filigrane de l’autre grande figure de l’autoritarisme arabe : celui de la religion islam, c’est-à-dire d’une religion qui traditionnellement s’impose et contraint. Vis-à-vis de cela, les foules du Caire ou de Tunis nous disent qu’elles sont passées à un autre islam, à un autre rapport avec leur culture islamique. Elles nous disent qu’elles ne vivent plus l’islam comme soumission – à la tradition, aux coutumes, aux chefs religieux et aux chefs politiques qui veulent se servir du religieux… Voilà pourquoi, sur ce dernier point, la révolution d’Egypte échappera probablement au risque de sa confiscation par les Frères musulmans et autres forces fondamentalistes comme les salafistes ou les djihadistes. Car ceux-ci sont manifestement dépassés. Leur vision de l’islam est dépassée car elle repose sur un paradigme de contrainte et de domination dont les musulmans ne veulent plus. Nous assistons ainsi à la révolution en marche de la religion islam. Bien entendu, les hommes révoltés d’Egypte crient comme toujours Allahou Akbar, “Dieu est le plus grand”. Mais cela a-t-il la même signification religieuse que naguère ? En réalité pas du tout.

Le paradigme islamique classique est pris lui aussi dans le mouvement de bouleversement de fond que nous évoquons. La révolution existentielle arabe touche autant le religieux que le politique et il faut maintenant s’attendre à ce que ce religieux nous apparaisse sous peu comme tout autant bouleversé que le politique. En quel sens ? Depuis des siècles “islam veut dire soumission”. Et ce paradigme a longtemps conditionné consciemment ou inconsciemment, directement ou indirectement, la totalité du champ de l’existence arabe. C’est à partir de lui que l’attitude de soumission s’est autant répandue et légitimée dans tous les espaces privés et publics de ces sociétés, comme une dimension de la vie qu’il faut accepter.

Dans les pays arabes, les oppresseurs politiques, publics et domestiques parlent le plus souvent au nom de l’islam, au nom de Dieu – comme si Dieu et l’islam voulaient des esclaves ! C’est au nom de l’islam que telle famille empêche une femme de s’émanciper. C’est au nom de l’islam que la pression sociale contraint tout le monde à respecter le Ramadan. C’est même parfois au nom de l’autorité de l’islam qu’une police religieuse surveille et châtie. Voilà ce qui est en jeu sur le fond. Les foules qui se sont soulevées contre les régimes politiques demandaient bien sûr du pain ou des droits, mais leurs voix nues et fortes ont commencé de déchirer aussi cette toile de fond d’un religieux hégémonique et liberticide. Ces foules qui sont avant tout des femmes et des hommes dont chacun veut être reconnu comme sujet de droits ont ainsi protesté, toujours en même temps que sur le plan politique et de façon soit subliminale soit délibérée, au nom d’un autre islam possible, libre et non plus contraint, libéré et non plus imposé.

CATACLYSME

Quel message au monde, par conséquent, en plus du message politique ? En quelques longues journées d’un courage inouï, ces peuples tunisien et égyptien ont offert une régénération exceptionnelle à l’image de la culture islamique qui était si tragiquement défigurée par ses propres et interminables errances… Que l’on ne se méprenne cependant pas sur mon propos. Il ne s’agit pas d’islamiser le sens de cette révolution. Justement non, car je dis ici que nous assistons au contraire de la révolution iranienne : non pas à une révolution islamique, mais à une révolution de l’islam par ceux qui en sont aujourd’hui les héritiers. Des héritiers qui proclament la possibilité d’une nouvelle façon de vivre sa culture islamique, plus libre, plus ouverte, plus personnelle.

Ce que j’ai analysé dans mes livres comme émergence du “self islam”, c’est-à-dire islam du choix personnel dans lequel chaque conscience élevée dans la matrice culturelle de l’islam va revendiquer le droit – et assumer la responsabilité – de choisir ce qu’elle veut en retenir pour la construction de sa propre identité. Islam à la carte ? Rien de plus difficile en réalité que la liberté, rien de plus exigeant. En particulier dans le domaine du sacré qui est depuis des millénaires celui où l’homme a renoncé à toute autonomie. Or aujourd’hui c’est bien ce dernier territoire de l’autonomie humaine qu’il faut conquérir. Là aussi il faut oser penser, choisir et agir par soi-même. Tel serait finalement le message de fond incroyable que portent ces révolutions arabes. Quelle surprise ! C’est en ce lieu même du monde humain où la redéfinition de notre apport au sacré paraissait la plus impossible, que nous venons d’entendre cette revendication inouïe : nous les hommes pouvons être libres aussi face au sacré, libres sur le plan spirituel et pas uniquement sur le plan politique ou moral. De ce point de vue, les soulèvements ont potentiellement une immense valeur pour l’humanité entière, très au-delà du monde arabe. Car ils pourraient nous proposer à tous que demain le champ du sacré soit réinvesti par l’homme tout autrement qu’il l’a été durant des millénaires de soumission religieuse. Cataclysme. Car jusqu’ici l’Occident a voulu croire que la modernité se définirait comme abandon de ce champ du sacré, dénoncé comme terre d’illusion…

Le monde arabe semble ouvrir à cet égard une autre voie de sortie et c’est là quelque chose dont la mesure est effectivement considérable. Il nous dirait en effet qu’on peut sortir de la religion autrement, non pas en renonçant à sacraliser nos vies, mais en apprenant à les spiritualiser de façon libre, sans les soumettre à une autorité sacralisée quelle qu’elle soit. Moubarak est tombé, mais à travers sa chute c’est peut-être notre rapport humain à tous les pharaons et les Dieux qui nous dominaient qui vient de changer.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, febrero 21, 2011

La libertad y los árabes

Por Mario Vargas Llosa © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 13/02/11):

El movimiento popular que ha sacudido a países como Túnez, Egipto, Yemen y cuyas réplicas han llegado hasta Argelia, Marruecos y Jordania es el más rotundo desmentido a quienes, como Thomas Carlyle, creen que “la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”. Ningún caudillo, grupo o partido político puede atribuirse ese sísmico levantamiento social que ha decapitado ya la satrapía tunecina de Ben Ali y la egipcia de Hosni Mubarak, tiene al borde del desplome a la yemenita de Ali Abdalá Saleh y provoca escalofríos en los gobiernos de los países donde la onda convulsiva ha llegado más débilmente como en Siria, Jordania, Argelia, Marruecos y Arabia Saudí.

Es obvio que nadie podía prever lo que ha ocurrido en las sociedades autoritarias árabes y que el mundo entero y, en especial, los analistas, la prensa, las cancillerías y think tanks políticos occidentales se han visto tan sorprendidos por la explosión socio-política árabe como lo estuvieron con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites. No es arbitrario acercar ambos acontecimientos: los dos tienen una trascendencia semejante para las respectivas regiones y lanzan precipitaciones y secuelas políticas para el resto del mundo. ¿Qué mejor prueba que la historia no está escrita y que ella puede tomar de pronto direcciones imprevistas que escapan a todas las teorías que pretenden sujetarla dentro de cauces lógicos?

Dicho esto, no es imposible discernir alguna racionalidad en ese contagioso movimiento de protesta que se inicia, como en una historia fantástica, con la inmolación por el fuego de un pobre y desesperado tunecino de provincia llamado Mohamed Bouazizi y con la rapidez del fuego se extiende por todo el Oriente Próximo. Los países donde ello ha ocurrido padecían dictaduras de decenas de años, corruptas hasta el tuétano, cuyos gobernantes, parientes cercanos y clientelas oligárquicas habían acumulado inmensas fortunas, bien seguras en el extranjero, mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud, mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna. La corrupción generalizada y un sistema de favoritismo y privilegio cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social.

Ahora bien, este estado de cosas, que ha sido el de innumerables países a lo largo de la historia, jamás hubiera provocado el alzamiento sin un hecho determinante de los tiempos modernos: la globalización. La revolución de la información ha ido agujereando por doquier los rígidos sistemas de censura que las satrapías árabes habían instalado a fin de tener a los pueblos que explotaban y saqueaban en la ignorancia y el oscurantismo tradicionales. Pero ahora es muy difícil, casi imposible, para un gobierno someter a la sociedad entera a las tinieblas mediáticas a fin de manipularla y engañarla como antaño. La telefonía móvil, el internet, los blogs, el Facebook, el Twitter, las cadenas internacionales de televisión y demás resortes de la tecnología audiovisual han llevado a todos los rincones del mundo la realidad de nuestro tiempo y forzado unas comparaciones que, por supuesto, han mostrado a las masas árabes el anacronismo y barbarie de los regímenes que padecían y la distancia que los separa de los países modernos. Y esos mismos instrumentos de la nueva tecnología han permitido que los manifestantes coordinaran acciones y pudieran introducir cierto orden en lo que en un primer momento pudo parecer una caótica explosión de descontento anárquico. No ha sido así. Uno de los rasgos más sorprendentes de la rebeldía árabe han sido los esfuerzos de los manifestantes por atajar el vandalismo y salir al frente, como en Egipto, de los matones enviados por el régimen a cometer tropelías para desprestigiar el alzamiento e intimidar a la prensa.

La lentitud (para no decir la cobardía) con que los países occidentales -sobre todo los de Europa- han reaccionado, vacilando primero ante lo que ocurría y luego con vacuas declaraciones de buenas intenciones a favor de una solución negociada del conflicto, en vez de apoyar a los rebeldes, tiene que haber causado terrible decepción a los millones de manifestantes que se lanzaron a las calles en los países árabes pidiendo “libertad” y “democracia” y descubrieron que los países libres los miraban con recelo y a veces pánico. Y comprobar, entre otras cosas, que los partidos políticos de Mubarak y Ben Ali ¡eran miembros activos de la Internacional Socialista! Vaya manera de promocionar la social democracia y los derechos humanos en el Oriente Próximo.

La equivocación garrafal de Occidente ha sido ver en el movimiento emancipador de los árabes un caballo de Troya gracias al cual el integrismo islámico podía apoderarse de toda la región y el modelo iraní -una satrapía de fanáticos religiosos- se extendería por todo el Oriente Próximo. La verdad es que el estallido popular no estuvo dirigido por los integristas y que, hasta ahora al menos, éstos no lideran el movimiento emancipador ni pretenden hacerlo. Ellos parecen mucho más conscientes que las cancillerías occidentales de que lo que moviliza a los jóvenes de ambos sexos tunecinos, egipcios, yemenitas y los demás no son la sharia y el deseo de que unos clérigos fanáticos vengan a reemplazar a los dictadorzuelos cleptómanos de los que quieren sacudirse. Habría que ser ciegos o muy prejuiciados para no advertir que el motor secreto de este movimiento es un instinto de libertad y de modernización.

Desde luego que no sabemos aún la deriva que tomará esta rebelión y, por supuesto, no se puede descartar que, en la confusión que todavía prevalece, el integrismo o el Ejército traten de sacar partido. Pero, lo que sí sabemos es que, en su origen y primer desarrollo, este movimiento ha sido civil, no religioso, y claramente inspirado en ideales democráticos de libertad política, libertad de prensa, elecciones libres, lucha contra la corrupción, justicia social, oportunidades para trabajar y mejorar. El Occidente liberal y democrático debería celebrar este hecho como una extraordinaria confirmación de la vigencia universal de los valores que representa la cultura de la libertad y volcar todo su apoyo hacia los pueblos árabes en este momento de su lucha contra los tiranos. No sólo sería un acto de justicia sino también una manera de asegurar la amistad y la colaboración con un futuro Oriente Próximo libre y democrático.

Porque ésta es ahora una posibilidad real. Hasta antes de esta rebelión popular a muchos nos parecía difícil. Lo ocurrido en Irán, y, en cierta forma, en Irak, justificaba cierto pesimismo respecto a la opción democrática en el mundo árabe. Pero lo ocurrido estas últimas semanas debería haber barrido esas reticencias y temores, inspirados en prejuicios culturales y racistas. La libertad no es un valor que sólo los países cultos y evolucionados aprecian en todo lo que significa. Masas desinformadas, discriminadas y explotadas pueden también, por caminos tortuosos a menudo, descubrir que la libertad no es un ente retórico desprovisto de sustancia, sino una llave maestra muy concreta para salir del horror, un instrumento para construir una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir sin miedo, dentro de la legalidad y con oportunidades de progreso. Ha ocurrido en el Asia, en América Latina, en los países que vivieron sometidos a la férula de la Unión Soviética. Y ahora -por fin- está empezando a ocurrir también en los países árabes con una fuerza y heroísmo extraordinarios. Nuestra obligación es mostrarles nuestra solidaridad activa, porque la transformación de Oriente Próximo en una tierra de libertad no sólo beneficiará a millones de árabes sino al mundo entero en general (incluido, por supuesto, Israel, aunque el Gobierno extremista de Netanyahu sea incapaz de entenderlo).

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Quand la “rue arabe” sert de modèle au Nord

Par Georges Corm, ancien ministre des finances de la République libanaise (LE MONDE, 11/02/11):

A partir de la Tunisie, la divine surprise qui a touché la rive sud de la Méditerranée n’est pas aussi simple qu’elle peut apparaître de prime abord. Elle n’est évidemment pas issue de l’Irak. Envahi par l’armée américaine en 2003, sous prétexte de supprimer un tyran et d’y établir une démocratie, l’Irak a, au contraire, connu une involution outrageante dans le communautarisme et l’ethnisme, assortie d’une paupérisation encore plus grave que celle amenée par treize années d’embargo économique onusien, implacable sur ce malheureux peuple.

La surprise n’est pas plus venue du Liban, où, en 2005, la “révolution du Cèdre”, appuyée par l’Occident, n’a servi qu’à aggraver le communautarisme et les dissensions internes. Une commission d’enquête internationale sur l’assassinat de Rafic Hariri, puis la constitution du Tribunal international spécial pour le Liban n’ont fait que jeter encore plus le trouble entre les deux grandes communautés musulmanes du pays (sunnite et chiite) et aggraver les dissensions internes.

L’attaque israélienne d’envergure de 2006 sur le sud du pays pour éradiquer le Hezbollah n’aura pas non plus été les “douleurs d’enfantement” du nouveau Moyen-Orient de George Bush, suivant les termes scandaleux employés à l’époque par Condoleezza Rice, sa ministre des affaires étrangères. En bref, tous les essais d’imposer la démocratie de l’extérieur n’auront eu pour effet que d’aggraver les tensions et instabilités de la région.

En revanche, c’est un pauvre Tunisien désespéré socialement et économiquement qui, en s’immolant par le feu dans une zone rurale, déclenche la vague de protestations populaires qui secouent le sud de la Méditerranée. Les immolations par le feu se multiplient.

Dans cette vague, il faut bien identifier l’alchimie qui en a fait jusqu’ici le succès: de fortes revendications d’équité sociale et économique, couplées à l’aspiration à la liberté politique et à l’alternance dans l’exercice du pouvoir. Soutenir uniquement la revendication politique que portent les classes moyennes et oublier celle de justice et d’équité socio-économique que portent les classes les plus défavorisées conduira à de graves désillusions. Or, le système qui a mené au désespoir social est bien celui de “kleptocraties” liant les pouvoirs locaux aux oligarchies d’affaires qu’ils engendrent et à des grandes firmes européennes ou à de puissants groupes financiers arabes, originaires des pays exportateurs de pétrole. C’est ce système qui a aussi nourri la montée des courants islamistes protestataires.

La vague de néolibéralisme imposée aux Etats du sud de la Méditerranée depuis trente ans a facilité la constitution des oligarchies locales. La façon dont ont été menées les privatisations a joué un rôle important dans cette évolution, ainsi que les redoutables spéculations foncières et le développement des systèmes bancaires, financiers et boursiers ne profitant qu’à cette nouvelle oligarchie d’affaires. Or, de nombreux observateurs ont naïvement misé sur le fait que ces nouveaux entrepreneurs seraient le moteur d’un dynamisme économique innovant et créateur d’emplois qui entraînerait l’émergence d’une démocratie libérale.

La réalité a été tout autre. Le retrait de l’Etat de l’économie et la forte réduction de ses dépenses d’investissement pour assurer l’équilibre budgétaire n’ont pas été compensés par une hausse de l’investissement privé. Ce dernier était supposé créer de nouveaux emplois productifs pour faire face aux pertes d’emplois provoquées par les plans d’ajustement structurels néolibéraux et à l’augmentation du nombre de jeunes entrant sur le marché du travail. Le monde rural a été totalement délaissé et la libéralisation commerciale a rendu plus difficile le développement de l’agroalimentaire et d’une industrie innovante créatrice d’emplois qualifiés.

Face aux fortunes considérables qui se sont constituées ces dernières décennies, le slogan “L’islam est la solution” a visé, entre autres, à rappeler les valeurs d’éthique économique et sociale que comporte cette religion. Ces valeurs ressemblent étrangement à celles de la doctrine sociale de l’Eglise catholique. C’est pourquoi, si la question de l’équité et de la justice économique n’est pas traitée avec courage, on peut penser que les avancées démocratiques resteront plus que fragiles, à supposer qu’elles ne soient pas habilement ou violemment récupérées.

Au demeurant, les organismes internationaux de financement, tout comme l’Union européenne, portent eux aussi une certaine responsabilité. Les programmes d’aides ont essentiellement visé à opérer une mise à niveau institutionnelle libre-échangiste, mais non à changer la structure et le mode de fonctionnement de l’économie réelle. Celle-ci, prisonnière de son caractère rentier et “ploutocratique”, est restée affligée par son manque de dynamisme et d’innovation.

Partout, le modèle économique est devenu celui de la prédominance d’une oligarchie d’argent, liée au pouvoir politique en place et aux pouvoirs européens et américains et à certaines grandes firmes multinationales. Le Liban en est devenu un modèle caricatural où des intérêts financiers et économiques servent à perpétuer des formes aliénantes de pouvoir en s’abritant derrière des slogans communautaires scandaleux tels que celui de “bons” sunnites opposés aux “dangereux” chiites.

Pour que les choses changent durablement en Méditerranée pour qu’un ensemble euro-méditerranéen dynamique, compétitif et pratiquant l’équité sociale puisse émerger, ne faut-il pas que la société civile européenne suive, à son tour, l’exemple de ce qui a été jusqu’ici dédaigneusement appelé dans les médias la “rue arabe” ? Qu’elle élève à son tour le niveau de contestation de la redoutable oligarchie néolibérale qui appauvrit les économies européennes, n’y crée pas suffisamment d’opportunités d’emplois et précarise chaque année un plus grand nombre d’Européens de toutes les nationalités. Cette évolution négative s’est, elle aussi, faite au bénéfice de la petite couche de “manageurs” dont les rémunérations annuelles accaparent toujours plus la richesse nationale.

Au nord comme au sud de la Méditerranée, ces “manageurs” soutiennent les pouvoirs en place et dominent la scène médiatique et culturelle. Il nous faut donc repenser en même temps le devenir non plus d’une seule rive de la Méditerranée, mais bien de ses deux rives et de leurs liens multiformes.

L’exemple de la rive sud devrait stimuler aujourd’hui sur la rive nord la capacité de penser sur un mode différent un autre avenir commun.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona