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martes, julio 05, 2011

La Primera Internacional

George Novack

La Primera Internacional
(1864-76)


1.

Formación de la Primera Internacional.

La Primera Internacional nació en Inglaterra. Esto no fue accidental. Inglaterra, la cuna del capitalismo industrial, era el país económicamente más avanzado del siglo XIX. Los antagonismos de clase modernos surgieron primero y se desarrollaron más poderosamente en Inglaterra y fue allí donde primero se manifestaron las formas esenciales de la lucha proletaria contra la clase capitalista. En el gran Movimiento Cartista de 1840, Inglaterra presenció la primera movilización política del proletariado como clase. Fue en Inglaterra donde por primera vez la clase obrera se organizó en sindicatos. Los más intrépidos y visionarios líderes de la clase obrera inglesa fueron los primeros en llegar a una clara comprensión de la lucha de clases como factor histórico y principio táctico. Fue allí donde el proletariado adquirió antes el profundo sentido de la solidaridad internacional y la necesidad imperativa de concertar la acción en la lucha contra la sociedad capitalista basada en esta solidaridad.
La Primera Internacional no bajó del cielo completamente desarrollada ni fue la creación exclusiva de la grandiosa mente de Marx. Fue un producto genuino del movimiento de la clase obrera y de la iniciativa de su vanguardia. Creció sobre un terreno ya roturado con la lucha de clases y regado por las semillas del internacionalismo. Su aparición fue preparada por un grupo de precursores que había difundido las ideas y sentimientos de la solidaridad proletaria, ideas que penetraron en pequeños círculos de trabajadores concientes, aun bajo las condiciones más adversas y decepcionantes.
Desde 1845 hasta 1864, hubo una serie de intentos de organización de la clase obrera que culminaron en la fundación de la Primera Internacional. Aquí señalaremos las tres organizaciones más importantes. La primera de ellas fue la Sociedad de Demócratas Fraternales, organizada en 1845 por Julian Harney en Londres, donde se aglutinaron los refugiados políticos de toda Europa. Esta fue la primera organización internacional de la clase obrera. La segunda fue la Liga Comunista que, basada en el trabajo de Marx y Engels, el Manifiesto comunista, dio al movimiento obrero internacional su primer programa científico y las bases teóricas correctas. La tercera fue el Comité Internacional organizado por Ernest Jones en Londres que, por medio de sus mitines masivos y manifiestos, mantuvo vivas las tradiciones del internacionalismo durante los reaccionarios años de 1850.
Cuando las condiciones para su fundación maduraron, la Primera Internacional fue construida sobre las bases del trabajo realizado por estos pioneros. Después de la derrota de las revoluciones de 1848 y durante el auge posterior del capitalismo en la década de 1850, el movimiento obrero estuvo terriblemente deprimido. A muchos parecía que nunca recobraría la intensidad revolucionaria que había desplegado en los momentos más candentes de los levantamientos de 1848. A pesar de que la idea del internacionalismo decayó, nunca estuvo totalmente extinguida. Se mantuvo viva en pequeños grupos aislados muy débiles, pero fieles líderes de la clase obrera. Aquellos que han pasado por períodos comparables de reacción y repliegue durante el siglo XX pueden comprender el carácter de la época.
Más tarde, a finales de la década de 1850, ocurrieron una serie de hechos que cambiaron la situación internacional y contribuyeron a revivir el movimiento obrero y por consiguiente al espíritu internacionalista. Los más importantes fueron la crisis económica de 1857, la más catastrófica y extendida del siglo XIX, la guerra de independencia italiana en 1859 y el estallido de la Guerra Civil en Estados Unidos en 1860 - 1861.
Estos grandes eventos históricos tuvieron consecuencias económicas y políticas extremadamente significativas en Francia e Inglaterra, los países más industrializados de Europa. Debilitaron la dictadura de Napoleón III y lo obligaron a extender las concesiones económicas y políticas a los, hasta ahora, atomizados obreros franceses. Paso a paso avanzaron los trabajadores. Se les dio la oportunidad de votar en las elecciones y se rechazaron las leyes que prohibían las organizaciones sindicales para mejorar las condiciones de vida.
Sin embargo, los desarrollos decisivos tuvieron lugar en Inglaterra. Aunque en 1825 los trabajadores ingleses conquistaron el derecho a sindicalizarse, las masas no tenían derecho a votar. Mientras tanto, el desarrollo continental del capitalismo había creado una competencia peligrosa para los trabajadores ingleses en la forma de trabajo sobreexplotado. Cuando intentaban asegurar salarios más altos, o menos horas de trabajo, los capitalistas ingleses amenazaban con importar fuerza de trabajo barata de Francia, Bélgica, Alemania y otros países. El estallido de la Guerra Civil norteamericana y el embargo de las exportaciones de algodón produjo una crisis algodonera que causó gran miseria entre los obreros textiles ingleses.
Estas condiciones impactaron a los sindicatos británicos y precipitaron el desarrollo de lo que llegó a conocerse como el "Nuevo Sindicalismo" dirigido por un grupo de líderes experimentados de los mecánicos, carpinteros, ebanistas, constructores, zapateros y otros sindicatos.
Estos hombres reconocieron la necesidad de una lucha política a favor de los sindicatos y comenzaron a tomar un profundo interés en los asuntos nacionales y extranjeros. Realizaron enormes mitines de masas exigiendo la extensión del derecho al voto de los obreros, protestando por la conspiración del primer ministro Palmerston para intervenir en la Guerra Civil norteamericana contra el Norte, y dándole una recepción de bienvenida a Mazzini, luchador por la libertad italiana, quien visitó Londres en 1864.
Este despertar político de la clase obrera inglesa y francesa también revivió la idea del internacionalismo. La visita de delegados obreros franceses a la Exposición Mundial de Londres en 1862, aunada la conspiración conjunta de Francia, Inglaterra y Rusia para aplastar la insurrección polaca por la independencia en 1863, condujo a un intercambio de correspondencia sobre sus calamidades comunes y finalmente a un mitin conjunto de representantes obreros franceses e ingleses en el St. Martin's Hall en Londres, en setiembre 28 de 1864. Allí se decidió crear un comité que delineara los estatutos para una organización internacional obrera que deberían ser aprobados en un congreso internacional, citado al año siguiente en Bélgica. Las reseñas periodísticas sobre el comité, que estaba compuesto por numerosos sindicalistas y representantes obreros extranjeros, mencionaban en último lugar a Karl Marx, quien estaba destinado a ser una de las figuras más destacadas de la organización.

2.

El papel de Marx.

Después de las derrotas de 1848, que precipitaron la disolución de la Liga Comunista, y durante los años siguientes de reacción, los exiliados Marx y Engels, a pesar de que siguieron de cerca los acontecimientos políticos, se dedicaron a su trabajo científico. Reconociendo que "hay un tiempo para cada cosa" esperaron un vuelco de la situación para desarrollar su actividad práctica de organización del movimiento obrero en condiciones más propicias. En el momento en que el movimiento obrero y revolucionario comenzó a revivir, los combatientes se pusieron su armadura y se sumergieron en la pelea con todas las armas a su alcance. El 13 de febrero de 1863, Marx escribió a Engels: "La era de la revolución se abre de nuevo claramente en Europa." (Marx - Engels, Selected Correspondence [Correspondencia escogida]) Cuando se conformó el Comité Internacional de Trabajadores, le escribió a sus amigos norteamericanos: "A pesar de que durante años, me he negado sistemáticamente a pertenecer a cualquier "organización", esta vez acepté porque aquí existe la posibilidad de hacer algo realmente bueno."
Inmediatamente Marx se convirtió en el líder intelectual de este comité de cincuenta miembros, la mitad de los cuales eran obreros ingleses. Después que otros vacilaron, asumió la tarea de esbozar el programa y los estatutos de la Primera Internacional. El comité entusiasta y unánimemente aprobó el Discurso inaugural y las Reglas provisionales, pidiendo solamente la adición de unas pocas frases abstractas acerca del "derecho y el deber, la verdad, la moralidad y la justicia" que, como Marx dijo a Engels, fueron incluidas por él de tal forma que no desfiguraron el contenido.
El Discurso inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores pronunciado en el mitin del St. Martin's Hall de Londres, el 28 de setiembre de 1864, es, junto con el Manifiesto comunista, una fuerte denuncia al capitalismo y una exposición de las metas de la clase obrera. Comenzó recordando el impresionante hecho de que durante los años de 1848 a 1864, a pesar de ser un período de incomparable desarrollo industrial y comercial, la miseria de la clase obrera no había disminuido.
Para probar este punto comparó las aterradoras estadísticas publicadas en los Blue Books oficiales sobre la miseria del proletariado inglés con las cifras utilizadas por el ministro de hacienda, Gladstone, en sus discursos ministeriales. Estas mostraban que "el intoxicante aumento de la riqueza y el poder" que se dio en el mismo período había sido en exclusivo beneficio de las clases poseedoras. Quizá la única excepción era la de una pequeña capa aristocrática de trabajadores, que recibían salarios más altos; pero este incremento desaparecía ante el alza general en los precios. "Por todas partes las grandes masas de las clases trabajadoras se hunden cada vez más profundamente, y al mismo ritmo de quienes por encima de ellas ascienden en la escala social... Cada nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiende a agudizar los contrastes sociales y a evidenciar los antagonismos de la sociedad... Esta época está marcada en los anales de la historia por el rápido retorno, el gran alcance y los efectos mortales de esa peste social llamada crisis comercial e industrial." (Obras escogidas)
El discurso señalaba que, incluso en los años reaccionarios de 1850, los trabajadores consiguieron dos conquistas significativas. Una de ellas fue la promulgación legal de la jornada de diez horas de trabajo, forzada por la lucha del proletariado inglés. "La ley de las diez horas" no fue sólo una gran conquista práctica, sino la victoria de un principio; era la primera vez que, a la luz del día, la economía política de la clase media sucumbía ante la economía política de la clase obrera." (Obras escogidas) Otro logro significativo fue el del establecimiento del movimiento cooperativo y de las fábricas cooperativas, que probaron en la práctica que los trabajadores pueden organizar la producción y sus intercambios sin necesidad de los explotadores.
Y aun más: "los señores de la tierra y del capital continuarán utilizando sus privilegios sistemáticamente para la defensa y perpetuación de su monopolio [de los medios de producción]." Por lo tanto, la gran tarea de la clase obrera es la de tomarse el poder político. Los trabajadores se están dando cuenta de esta necesidad, tal como lo demostraron con el resurgimiento de los movimientos obreros en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia y con los esfuerzos por organizar políticamente a los trabajadores. Los obreros "poseen un elemento para el éxito, su número. Pero el número pesa en la balanza sólo cuando está unido en una organización y dirigido hacia un fin consciente". La experiencia ha demostrado que ignorar la solidaridad que debe existir entre los trabajadores de todos los países y dejar de impulsarlos a estar presentes hombro a hombro en todas las luchas por su emancipación, revierte siempre en un fracaso general de todos sus esfuerzos. Esta consideración, junto con las señaladas anteriormente sobre la política exterior, condujo al mitin del St. Martin's Hall a fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores. (Mehring)
El discurso concluyó con el inmortal grito de batalla del Manifiesto comunista: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".
En las Reglas provisionales se incluyen muchas de las máximas clásicas del marxismo. La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos. La lucha por la emancipación de la clase obrera no es la lucha por el establecimiento de nuevos privilegios de clase, sino por la total abolición del régimen de clases. El sometimiento económico del trabajador ante aquellos que se han apropiado de los instrumentos de trabajo, esto es, de las fuentes de la vida, conduce a todo tipo de servidumbre: miseria social, atrofia intelectual y dependencia política. La emancipación económica de la clase obrera es, por lo tanto, la gran meta para la cual deben utilizarse todos los movimientos políticos. La emancipación de los trabajadores no es una tarea local, ni nacional. Abarca a todos los países en los que existe la sociedad moderna y sólo puede lograrse por medio de una cooperación sistemática entre todos estos países. Las reglas trazaron y definieron las tareas del Consejo General compuesto por trabajadores de varios países representados en la asociación.
El Discurso inaugural se diferencia del Manifiesto comunista en la forma. Marx escribió a Engels, "hace falta tiempo, antes de que el movimiento revivido nos permita utilizar el viejo lenguaje audaz. La necesidad del momento es: osadía en el contenido, pero moderación en la forma". Este documento se diferenciaba del Manifiesto porque pretendía agrupar en una sola estructura a trabajadores con diferente grado de desarrollo político. Pero, contenía implícitamente las ideas fundamentales del comunismo. Marx confiaba en que posteriormente la conciencia de clase de los trabajadores se desarrollaría y se elevaría como resultado de su acción unificada para garantizar la victoria final del socialismo científico al interior de la Internacional, y a través de ésta, sobre la clase capitalista.

3.

Logros de la Primera Internacional

La Primera Internacional vivió durante catorce años, desde 1864 hasta 1878. Como es imposible relatar toda su actuación y los documentos de sus congresos, se mencionarán solamente los logros y las actividades organizativas más destacadas.
La Internacional se anotó su primer éxito significativo en la lucha que dirigieron sus miembros por la reforma de los derechos políticos en Inglaterra. Al escribir a Engels el 7 de julio de 1886, Marx decía: "Las demostraciones de los obreros de Londres, maravillosas, si las comparamos con cualquier otra que hayamos visto en Londres desde 1849, son fruto del trabajo de la Internacional. Por ejemplo, Lucraft, el líder de la demostración en Trafalgar Square, es miembro de nuestro consejo. En un mitin de 20.000 personas en Trafalgar Square, Lucraft propuso una demostración en Whitehall Gardens, "donde una vez hicimos picadillo la cabeza de un rey", y poco después, una demostración de 60.000 personas en Hyde Park, casi se convierte en insurrección."
Los actuales dirigentes del Partido Laborista, quienes lo han convertido en un instrumento para preservar el capitalismo y mofarse del marxismo extranjero e impracticable, realmente le deben sus puestos y su poder a la lucha por la extensión de los derechos políticos llevada a cabo bajo la dirección intelectual de Marx.
Los miembros de la Internacional dirigieron una vigorosa campaña por una legislación laboral progresiva. Exigieron una jornada de trabajo más corta y condenaron el trabajo nocturno y todas las formas de trabajo perjudiciales para las mujeres y los niños. En 1886, el Congreso de la Internacional de Ginebra declaró: "Exigiendo la adopción de estas leyes, la clase obrera no consolidará los poderes dominantes, sino que por el contrario, convertirá en su propio instrumento a esos poderes que ahora son utilizados contra ella."
La Internacional estimuló la organización sindical en muchos países. Así mismo, buscó elevar el nivel político del movimiento sindical y lograr que sus miembros fuesen concientes de su misión histórica. "Conduciendo incesantemente una guerra de guerrillas en la lucha diaria entre el capital y el trabajo, los sindicatos llegarán a ser aun más importantes como palanca para la abolición organizada del trabajo asalariado. En el pasado, los sindicatos han concentrado sus actividades demasiado exclusivamente en la lucha inmediata contra el capital, pero en el futuro no se pueden mantener por fuera de la política general y del movimiento social de su clase. Su influencia será cada vez más fuerte y las grandes masas de trabajadores se darán cuenta de que su meta no es estrecha ni egoísta, sino que se propone lograr la emancipación de millones de oprimidos."
De acuerdo a esta línea, la Internacional apoyó las huelgas que se extendieron de un país a otro después de la crisis económica de 1866. En cualquier sitio donde estallaran estas luchas la Internacional llamó a los trabajadores a apoyar, en su propio interés, a sus camaradas extranjeros. Los capitalistas trataron de atribuir estas huelgas a las maquinaciones de la Primera Internacional, así como hoy se las atribuyen a las actividades de los "agitadores extranjeros", "rojos" y "trotskistas". Algunos capitalistas suizos llegaron a enviar un emisario a Londres para averiguar las fuentes financieras de la Internacional, que eran realmente escasas. "si estos buenos cristianos ortodoxos hubiesen vivido durante los primeros días de la cristiandad, habrían investigado la cuenta bancaria de Pablo en Roma", dijo Marx burlonamente.
La Internacional expresó su solidaridad activa siempre que las luchas de los pueblos llegaron al extremo de una guerra civil o nacional. De 1864 a 1869 la Internacional le envió cuatro mensajes al pueblo norteamericano. El primero fue al presidente Lincoln, apoyando la resistencia de su gobierno al poder esclavista; el segundo al presidente Johnson sobre el asesinato de Lincoln; el tercero al pueblo, por su triunfo sobre los esclavistas; y el cuarto a William Sylvis, presidente del National Labor Union, en 1869, en protesta contra los intentos de las clases dominantes europeas de arrastrar a Estados Unidos a la guerra.
La Internacional desató sobre su cabeza la ira de toda la burguesía y de los filisteos cuando, en dos mensajes escritos por Marx, exhortó a los trabajadores franceses que se sublevaron al final de la guerra francoprusiana en 1871 a tomarse el poder y crear la Comuna de París. Con un ejército invasor a sus puertas, estos "titanes de tormentas" de la clase obrera. Fueron sangrientamente masacrados por las fuerzas de la burguesía francesa, ayudadas por el ejército de Bismarck, así como en 1943 - 1945 el general Badoglio logró desviar y aplastar la revolución italiana con la ayuda de las fuerzas anglonorteamericanas y stalinistas.
El mayor logro de la Internacional fue dar la prueba viviente de que la unidad internacional de los trabajadores era posible y fructífera.
A pesar de su inevitablemente primitiva organización interna, aportó un modelo para todas las organizaciones proletarias internacionales posteriores. El término "internacionalismo" está en el diccionario y el himno "La internacional" fue escrito gracias a la existencia de la Primera Internacional.

4.

La lucha por el marxismo.

Junto con estas demostraciones prácticas de la solidaridad de la clase obrera, la Primera Internacional sirvió de instrumento y de terreno para la popularización de las ideas marxistas. A pesar de que Marx fue reconocido como su inspirador y dirigente teórico, sus doctrinas tuvieron que luchar para lograr el predominio dentro de la organización y entre los obreros con conciencia de clase. Desde un principio, Marx tuvo que luchar contra la ideología liberal burguesa y evitar las presiones de los líderes sindicales británicos en el Consejo General.
Pero, los competidores más serios de las ideas del socialismo científico entre los obreros avanzados fueron las diferentes variedades del socialismo pequeñoburgués, anarquismo y actitudes sectarias y oportunistas en relación a los problemas que afrontaba el movimiento obrero. La historia de la Primera Internacional, escribió Marx en una carta a Bolte el 23 de noviembre de 1871, fue "una lucha continua del Consejo General contra las sectas y los experimentos de aficionados, que intentaban mantenerse dentro de la Internacional contra el movimiento real de la clase obrera. Esta lucha se llevaba a cabo en los congresos, pero mucho más en las negociaciones privadas del Consejo General con las secciones individuales". (Selected Correspondence)
Marx tuvo que pelear con las ideas proudhonianas, que hoy han desaparecido totalmente, pero que en esa época eran la corriente más popular del socialismo pequeñoburgués. Los dos futuros yernos de Marx, Paul Lafargue y Charles Longuet, fueron apóstoles de Proudhon antes de volverse marxistas.
A diferencia de los socialistas científicos, los proudhonianos querían conservar la propiedad privada, reorganizando el intercambio de productos apropiados privadamente. Sus planes prácticos para reformar la sociedad burguesa consistían en formar sociedades cooperativas y en remendar el sistema monetario. Estos socialistas pequeñoburgueses eran enemigos de las principales formas y métodos de lucha proletaria. Proudhon se oponía a los sindicatos, deploraba las huelgas y repudiaba la participación directa en política. Sus discípulos sostenían que las naciones deberían disolverse en pequeñas comunidades que luego formarían algún tipo de asociación voluntaria en sustitución del estado.
Marx y sus seguidores tuvieron que luchar continuamente contra esta tendencia, muy poderosa entre los trabajadores franceses y suizos, que no eran obreros de fábrica sino artesanos que todavía se inclinaban hacia las modas y el pensamiento pequeñoburgués.
Sin embargo, la lucha teórica y organizativa más importante de Marx fue contra las ideas anarquistas, representadas por Mijail Bakunin, heroico revolucionario ruso y padre del movimiento político anarquista que hoy está en sus últimos días. Las principales diferencias entre Marx y Bakunin pueden ser brevemente indicadas. El marxismo se basa sobre el proletariado industrial como la fuerza social decisiva de la sociedad moderna. Bakunin buscó la base social para su movimiento revolucionario en los campesinos, el lumpen-proletariado y en los elementos pequeñoburgueses desposeídos y desesperados.
El marxismo lucha contra todos los gobiernos reaccionarios y busca establecer el poder estatal de la clase obrera, como transición necesaria para abolir toda autoridad del estado y las formas de coerción. El anarquismo está contra toda autoridad y todo tipo de estado, independientemente de su carácter reaccionario o progresivo y de su naturaleza de clase. Los anarquistas, por lo tanto, se oponen a la participación en política, mientras los marxistas enseñan que los trabajadores deben participar activamente en política y conquistar el poder del estado "por los medios que sean necesarios".
Estas diferencias principistas le dieron base a Bakunin para formar dentro de la Internacional una organización secreta que buscó tomarse la dirección por medio de tácticas conspirativas. Las luchas internas entre las dos tendencias irreconciliables dividieron y debilitaron considerablemente a la Internacional.
Los marxistas también tuvieron que pelear contra Lasalle, y sus seguidores en el movimiento obrero alemán, alrededor de dos problemas fundamentales. Uno, era su táctica oportunista sobre con qué fuerzas aliarse en la lucha. Lasalle apoyó, por ejemplo, las políticas de Bismarck a favor de los terratenientes - junkers - en contra de los partido burgueses, en vez de defender una política independiente del proletariado. Al mismo tiempo, estos "socialistas bismarckianos" tenían una actitud sectaria hacia los sindicatos y se negaban a entrar en un sindicato si este no tenía su programa y su dirección. No entendían las diferencias entre un sindicato, como organización de masas en el terreno económico que abarca a obreros de todos los grados de desarrollo político y el partido del proletariado que es una selección de obreros revolucionarios con conciencia socialista.
Los fundadores de la Internacional tuvieron que combatir así contra una multitud de enemigos externos y de opositores internos. Estas fuerzas destructivas llegaron a ser arrolladoras bajo condiciones históricas adversas, después del fracaso de la Comuna de París. Esto condujo a la decadencia, desintegración y finalmente a la disolución formal de la Primera Internacional en 1878, después de que su sede fue trasladada a Nueva York.
A pesar de que la Primera Internacional murió, su obra sigue vigente. En 1878 Marx, atacando el argumento de que la Internacional había fracasado, escribió: "En realidad, los partidos obreros socialdemócratas en Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Italia, Bélgica, Holanda y Norteamérica, organizados más o menos dentro de fronteras nacionales, ya no son secciones aisladas dispersamente repartidas en varios países y dirigidas por un Consejo General desde la periferia, sino que representan a la clase obrera misma en constante, activa y directa relación, que se mantiene unida por el intercambio de ideas, la asistencia mutua y la igualdad de fines... Así, lejos de haber muerto, la Internacional se ha desarrollado de un nivel a otro más alto, en el cual muchas de sus tentativas originales ya han sido realizadas. Durante el curso de este constante desarrollo experimentará muchos cambios antes de que el último capítulo de su historia pueda ser escrito". Se verá cómo esta visión profética de Marx acerca de las vicisitudes de la Internacional se ha verificado en la realidad.

martes, agosto 03, 2010

Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo

La doctrina de Marx suscita en todo el mundo civilizado la mayor hostilidad y el odio de toda la ciencia burguesa (tanto la oficial como la liberal), que ve en el marxismo algo así como una "secta perniciosa". Y no puede esperarse otra actitud, pues en una sociedad que tiene como base la lucha de clases no puede existir una ciencia social "imparcial". De uno u otro modo, toda la ciencia oficial y liberal defiende la esclavitud asalariada, mientras que el marxismo ha declarado una guerra implacable a esa esclavitud. Esperar que la ciencia sea imparcial en una sociedad de esclavitud asalariada, sería la misma absurda ingenuidad que esperar imparcialidad por parte de los fabricantes en lo que se refiere al problema de si deben aumentarse los salarios de los obreros disminuyendo los beneficios del capital.

Pero hay más. La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al "sectarismo", en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida al margen de la vía principal que ha seguido el desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, lo genial en Marx es, precisamente, que dio respuesta a los problemas que el pensamiento de avanzada de la humanidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.

La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integrantes.

I

La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se desarrolló la batalla decisiva contra toda la escoria medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia empeñaron todos sus esfuerzos para tratar de "refutar", minar, difamar el materialismo y salieron en defensa de las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión. Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base.

En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-D&uumlhring, que -al igual que el Manifiesto Comunista- son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones. Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es ladialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales -el radio, los electrones, la trasformación de los elementos- son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses, y sus "nuevos" retornos al viejo y decadente idealismo. Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana.

El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo. Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado. La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber.


II


Después de haber comprendido que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Capital, está con sagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista. La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.

Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.

La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno, donde la superioridad de la gran agricultura capitalista es acrecentada, aumenta el empleo de maquinaria, y la economía campesina, atrapada por el capital monetario, languidece y se arruina bajo el peso de su técnica atrasada. En la agricultura la decadencia de la pequeña producción asume otras formas, pero es un hecho indiscutible.

Al azotar la pequeña producción, el capital lleva al aumento de la productividad del trabajo y a la creación de una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social -- cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico sistemático --, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población. Al aumentar la dependencia de los obreros hacia el capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto. Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción. Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx. El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.


III


Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la "libre" sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron inmediatamente diversas doctrinas socialistas. Sin embargo, el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.

Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, no podía descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.

Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.

Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.

El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.

Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden -y, por su situación social, deben- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.

Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proíetariado en el régimen general del capitalismo.

En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el Africa del Sur, se multiplican organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.

martes, diciembre 16, 2008

La modernidad de Karl Marx

Por Andreu Mayayo, historiador (EL PERIÓDICO, 15/12/08):

Hace unos días, encontré a mi amigo Pere Camps Campos, uno de los activistas culturales más incansables que conozco, colgando carteles de la nueva edición del Festival Barnasants, la niña de sus ojos. Este año el cartel reproduce la famosa silueta de Karl Marx con una leyenda sacada de la rumba El muerto vivo: “No estaba muerto, estaba de parranda”. ¡Bingo!

En efecto, un fantasma recorre el mundo desde hace semanas. Es el fantasma de Marx coincidiendo con el 190° aniversario de su nacimiento (Tréveris, Alemania, 1818-Londres, 1883). El pensador del siglo XIX que ha ejercido una influencia más directa, deliberada y profunda sobre la humanidad –según las palabras de Isaiah Berlin, el pensador liberal más prestigioso del siglo XX– nunca había desaparecido del todo, pero ahora su presencia se ha hecho más visible tras los escombros de la contrarrevolución neoconservadora aplastada por la caída del muro de Wall Street.

SI ES CIERTO que en tiempos de crisis es cuando aparecen las mejores oportunidades, el retorno de Marx que nos brindan los nuevos vientos de cambio hemos de aprovecharlo para conocer mejor a un personaje y una obra con demasiada frecuencia malinterpretada, fosilizada y manipulada a conveniencia de muchos sumos sacerdotes de un pensamiento convertido en santa religión, el marxismo, con sus múltiples iglesias: leninismo, estalinismo, trotskismo, maoísmo, castrismo…

La primera cosa que hay que hacer es no perder el tiempo en las estupideces que, desgraciadamente, muchas generaciones se tuvieron que tragar como sapos. Me refiero, claro está, a los famosos Principios elementales y fundamentales de filosofía, donde el bueno de Georges Politzer (un héroe de la resistencia francesa ejecutado por los nazis) certifica la infalibilidad científica del marxismo; o bien, a Los conceptos elementales del materialismo histórico, de la socióloga chilena Martha Harnecker, discípula predilecta de Louis Althusser.

Ambos compartieron sus orígenes en la Acción Católica y el dogmatismo estructuralista que les permitió transitar, sin tener que apearse, del catolicismo al marxismo. Althusser se volvió loco y estranguló a su mujer. Harnecker se refugió en Cuba hasta que resucitó hace unos años en Venezuela como asesora del presidente Hugo Chávez.

Dejémonos, pues, de intermediarios y vayamos directamente a sus escritos empezando por el principio. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hay que hacer caso a la consigna del mayo del 68 que instaba a no fiarse de nadie de más de 30 años. Antes de los 30, Marx escribió de una manera diáfana y brillante todo lo que después encontraremos sepultado y excesivamente encorsertado en los gruesos volúmenes de El capital, salvo el primero, que fue codificado por Friederich Engels. Es decir, que Marx rodó las secuencias pero Engels montó la película. Tuvo que pasar casi un siglo para que los Cuadernos de París (1844), conocidos como Manuscritos económicos y filosóficos, vieran la luz, y habrían de pasar muchos años más para que esos textos empezaran a circular con una cierta fluidez.

Marshall Berman explica en Aventuras marxistas (2002) las emociones despertadas por el descubrimiento de los Manuscritos… y cómo le cambió la vida. Cansado del determinismo económico y la codificación científica del marxismo, le impresionó encontrar en el joven Marx una defensa de la democracia y de la individualidad. Aún más, en plena luna de miel, Marx afirmaba sin rubor “que el amor sexual era lo más importante”. Sus ideas eran una bocanada de aire fresco, y su estilo, deslumbrante. Entre el idealismo filosófico alemán y la realidad, decía, “hay la misma relación que hay entre la masturbación y el amor sexual”.

A BUEN SEGURO que si muchos de los que pasaron por el onanismo levítico de los seminarios marxistas hubieran leído La ideología alemana (1845) no se avergonzarían de su pasado, ni habrían renegado de su impulso emancipador, individual y colectivo. Y habrían aprendido también este pensamiento de Marx y Engels: “El comunismo no es para nosotros ni un Estado que se tenga que crear, ni un ideal sobre el cual tuviera que reglamentarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que abole el estado de cosas presentes”.

Rozando la treintena, Marx escribió con Engels Manifiesto del Partido Comunista (1848), el libro más traducido y difundido en el mundo después de la Biblia, del cual se cumple el 160° aniversario. El Manifiesto… es, paradójicamente, una loa admirable de la capacidad revolucionaria de la burguesía y, al mismo tiempo, una guía espléndida, llena de pasión y de esperanza, para vivir en el mundo moderno.

La modernidad, dice el profesor Berman, es una experiencia vital que comparten todos los hombres y mujeres del mundo. Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Esta es la triste y, a veces cruel, paradoja de nuestra vida (individual y colectiva) Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como apuntaba Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, diciembre 14, 2008

Marx, de vuelta

Por Reyes Mate, profesor de investigación del CSIC (EL PERIÓDICO, 13/12/08):

Marx ha vuelto, de momento, a las librerías. Se reeditan los textos más políticos, salen del almacén ejemplares empolvados de El Capital y los escritores que husmean la dirección del viento llenan páginas preguntándose ¿qué Marx vuelve?

No el que se fue por la puerta trasera de la historia disfrazado de comunista, revisionista, luxemburguista o gramsciano. Durante un siglo la humanidad ha tenido tiempo de experimentar con alguna de esas fórmulas cómo vencer al capitalismo, y no ha habido manera. La caí- da del muro de Berlín dio caza al fantasma que recorría Europa, ese comunismo tras el que, como dice el Manifiesto comunista, corrían “el papa y el zar, Metternich y Guizot, radicales franceses y policías alemanes”: es decir, todos los poderes fácticos. Se han cobrado la pieza y los manifestantes andan disueltos.

NO VUELVE un Marx alternativo, sino otro mucho más cercano a nuestros propios demonios, alguien capaz de decir en este momento una palabra verdadera sobre la crisis que nos invade. Esa palabra no es fácil de pronunciar. Estamos asistiendo al sorprendente espectáculo de que hablan los que tienen que callar y callan los que deberían hablar. Hablan, en efecto, políticos muy viajados, economistas de prestigio o dirigentes mundiales que desde sus puestos de mando no se han enterado de por dónde venía el peligro y que ahora nos abroncan por no poder pagar una hipoteca que ellos nos pusieron en la mano. O son unos incompetentes, por no saber, o si sabían y callaron, unos desalmados. Debe- rían callarse y dejar el espacio libre para que hablen quienes nacieron como alternativa al capitalismo. Son estos los hijos, sobrinos o nietos de Marx, esos mismos que no supieron dar con la fórmula alternativa y por eso no dicen nada. Ese marxismo ambicioso no vuelve.

Vuelve, sí, el Marx que fue capaz de ver como nadie las tripas del capitalismo y que como todos nosotros quedó fascinado por la vida burguesa y por el poder creador/destructor del capitalismo. Al autor de El Capital debemos el haber descubierto la relación entre economía y política, por tanto, que la economía debe estar dirigida desde la política, una tarea hercúlea y a contracorriente porque “el modo de producción de la vida material domina en general el desarrollo de la vida social, política e intelectual”, es decir, que el dinero tiende a convertirse en poder. Suya es también la idea de que en la fábrica hay algo más que el dinero y la voluntad del patrón, a saber: el capital del amo, el trabajo de los obreros y la confianza de los compradores. También nos transmitió la idea de crisis periódica. La producción tiene que ser competitiva, de ahí la necesidad de revolucionar los sistemas de producción y de reducir costes salariales. Al debilitarse la capacidad adquisitiva del trabajador, aumentan los estocs de mercancías, con toda la secuencia que tan bien conocemos.

En diseccionar al monstruo, Marx es incomparable. A él eso no le bastaba. Quería darle cumplida réplica ofreciendo un plan alternativo. Tuvo entonces que echar mano de previsiones o profecías que no se han cumplido. Eso lo damos por descontado. Lo que ahora nos fascina es leer sus críticas al capitalismo no en el contexto de una estrategia alternativa, sino como la cara de una moneda cuya cruz es la fascinación por ese mismo capitalismo. En el citado Manifiesto, Marx mete el estilete en las entraña del sistema –”la burguesía ha ahogado en la aguas heladas del cálculo egoísta los estertores sagrados de la piedad feudal. Redujo la dignidad personal al valor de cambio, y en lugar de las muchas libertades duramente conquistadas colocó la única e indiferente libertad del comercio”– para decir a continuación que “la burguesía ha jugado en la historia un papel eminentemente revolucionario; esta conmoción constante de la producción, esta permanente sacudida de todo el sistema social, esta agitación y constante provisionalidad es lo que distingue a la época burguesa de todas las anteriores”. No se sabe qué admirar más, si la radicalidad de la crítica o el entusiasmo, rayano en la apología, del crítico por el capitalismo.

NO ES MÁS próximo ese Marx. Con él somos conscientes del peligro de un sistema que envenena las aguas, contamina el aire y desertiza la tierra. Y como él vivimos seducidos por un modo de vida gratificante para quien lo disfruta, con el excitante añadido de poner a prueba cada día la capacidad revolucionaria de nuestros conocimientos científicos. Incluso nos resulta cercano el Marx histórico –el Moro, como le motejaban en su tiempo– escindido entre el trabajo teórico realmente visionario y la lucha por la existencia, por cómo llegar a final de mes. Lo que ahora nos dicen sus intérpretes es que nunca se propuso acabar con el sistema, tan solo hacerle coherente y racional. Quien en todo caso se enfrente críticamente al capitalismo no podrá pasar de Marx, pues, como dice otro Marx, el obispo de Múnich, en su libro también titulado El Capital, “Carlos Marx no está muerto y hay que tomarle en serio”.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, diciembre 02, 2008

El retorno de Marx

Por Ángel Rupérez, escritor y profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 30/11/08):

La losa que pesa sobre el pensamiento de Carlos Marx, debido a la usurpación que hicieron de él las revoluciones que se llamaron marxistas, todas fracasadas, ha impedido que reconozcamos, sin esos lúgubres embargos, la grandeza de algunas de sus ideas (no de todas, desde luego). Pero de la misma manera que podemos leer el Evangelio de Jesús liberados de las coacciones que ejercen sobre él los atropellos cometidos en su nombre -múltiples crímenes de toda laya-, así también podemos y debemos recuperar la figura de Marx sin consentir que ninguno de sus usurpadores lastre el alcance del poder crítico y liberador de su pensamiento. Y en estos momentos en los que el capitalismo ha dado muestras evidentes de sus flaquezas más demoledoras, la figura de Marx debe ser recuperada precisamente para recordar la forma como describió el funcionamiento del capitalismo, siempre voraz y dispuesto a cualquier forma de abuso con tal de hacer valer su principio esencial del beneficio por encima de todo.

Que la idolatría del dinero supusiera la humillación de miles y miles de seres humanos, era algo que al primer capitalismo no le importaba la más mínima higa. De ahí que Marx, genial intérprete de esos mecanismos de dominación, fuera a la vez alguien que quisiera y se propusiera cambiar el signo de la historia con el fin de superarla en un proyecto ideal que, al hacerse él mismo historia, degeneró en sociedades también esclavizadas, con el crimen político como bandera y la segregación social como método de dominación. Al caer esos regímenes totalitarios y estafadores, pareció que el capitalismo no tenía oponentes y por eso alguien que se hizo famoso pudo decretar el fin de la historia, que sólo era el sueño de la impunidad absoluta. Ninguna tropelía cometida en nombre del capitalismo podría seriamente ser objeto de una desautorización global en el siglo XXI, puesto que no había ideas alternativas, ya que las únicas que se habían alegado y puesto en práctica habían fracasado estrepitosamente. Incluso un país como China, mastodonte que mantiene intactas las hechuras de un Estado totalitario, hizo su particular revisión y se afilió al capitalismo antaño denostado y del que ahora es un principal motor en el mundo, atropellando a su paso los derechos humanos y también los derechos de la Naturaleza (que son también derechos humanos).

Pero si leemos sin prejuicios los escritos de Marx, nos daremos cuenta del portentoso aliento que hay en ellos para penetrar en los entresijos de la maquinaria del capital voraz y ciego con el fin de no someterse a la primacía del dinero como valor supremo, convertida en ideología inapelable, es decir, en auténtica ley de la historia inmune a cualquier justificada y desconfiada sospecha y no digamos a cualquier intento de superación. Una reflexión crítica sobre nuestro mundo nos avisa, como avisó Marx en el XIX, de que el dinero es el ídolo absoluto que los capitalistas financieros, enfermos de avaricia, han pretendido multiplicar, en forma de beneficios ilimitados, por medio del engaño y la mentira. Las víctimas de sus operaciones fraudulentas no serán precisamente ellos mismos, los grandes tiburones de las finanzas, inmensamente remunerados, a salvo de cualquier imputación legal, lejos de cualquier cárcel justamente punitiva, sino todos los que, gracias a ese bandidaje de cuello blanco, conocerán la ruina de sus vidas, aquí y allá, cerca y lejos, en los países desarrollados pero también en los países pobres, más pobres aún, más miserables aún si cabe cuando la marea negra se extienda. A ese capitalismo ilimitadamente voraz hay que imputarle, con la ayuda de Marx, el encerramiento de la existencia en la cárcel exclusiva del dinero idolatrado y de su progenie no menos ciega e inhumana: los valores que se arrastran detrás de esa estela que no mira más que a su ombligo, y es ajena al horror de la pobreza de los más pobres que ya lo eran y a la de los que lo serán a partir de ahora.

La avaricia insaciable ha dejado al descubierto la esencia de un sistema que solo cree en el fondo en el dinero como único valor y sobre el que pretende que fundamentemos todas las manifestaciones de la existencia. Así, la productividad económica rige los últimos derroteros de la educación superior; las desmesuradas ganancias rigen los principios de la actividad económica; la acumulación de dinero rige los anhelos de tantos y tantos seres humanos, doblados en pequeños terratenientes de sus idolatradas -aunque modestas- riquezas; el valor de cambio de las obras de arte -Hirst y compañía- sustituye con creces su contenido de verdad, como diría Adorno, y, a la postre, su invitación a ser un hecho revelador del hombre esencial antes que un sustituto del dinero. Los escritos de Marx nos ayudan a no creer en esos ídolos y a denunciar las mentiras sobre las que se sustentan. No sé si habrá otras alternativas, pero al menos ese pensamiento, que parecía enterrado, nos devolverá, en el espejo roto de nuestra reciente historia, la mejor imagen de nuestra dignidad.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona